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NO SE NACE SABIENDO ANDAR JUNTOS” ALGUNAS PROPUESTAS PARA EL CAMINO SINODAL EN FIDELIDAD AL ESPÍRITU
“WE ARE NOT BORN KNOWING HOW TO WALK TOGETHER” SOME PROPOSALS FOR THE SYNODAL PATH IN FIDELITY TO THE SPIRIT
NO SE NACE SABIENDO ANDAR JUNTOS” ALGUNAS PROPUESTAS PARA EL CAMINO SINODAL EN FIDELIDAD AL ESPÍRITU
Revista Iberoamericana de Teología, vol. XIX, núm. 36, pp. 11-45, 2023
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Recepción: 14 Septiembre 2022
Aprobación: 14 Octubre 2022
Resumen: Cuando hablamos de una Iglesia sinodal, nos estamos refiriendo a un caminar juntos hacia una meta común. Con todo, la experiencia milenaria de la Iglesia nos indica que son muy pocas las veces que hemos caminado juntos en pie de igualdad (laicos, religiosos, sacerdotes, agentes de pastoral). La participación en la Iglesia ha sido durante mucho tiempo desigual. Pero el reconocimiento de la igualdad de los fieles para que de verdad caminemos “codo a codo” no basta para mostrar que nuestra máxima dignidad, la de ser hijos e hijas de Dios, se encuentra realizada en perfecta equidad de dignidad. Requerimos capacitarnos para caminar lado a lado, con la guía e inspiración del Espíritu, y prepararnos para responder a esta misión común. Ofrecemos aquí elementos para discernir la voz del Espíritu que nos llama, convoca, acompaña y guía, así como cuatro necesarias habilitaciones para responder como Iglesia a los signos de los tiempos actuales.
Palabras clave: Sinodalidad, Iglesia, fieles, Espíritu, papa Francisco, discernimiento.
Abstract: When we speak of a synodal church, we are referring to “walking together” towards a common goal. However, the Church’s millennial experience reveals that only on a few occasions have we walked together as equals (lay people, religious orders, priests, pastoral ministers). Participation in the Church has long been unequal. Nevertheless, the recognition of equality among the faithful (so that we can walk shoulder to shoulder) is not enough to show that our greatest dignity, which is to be children of God, is fulfilled in perfect equality in dignity. We are required to prepare ourselves to walk side by side with the stewardship and inspiration from the Holy Spirit so that we can attain this lofty goal. Here are some guidelines to understand the voice of the Holy Spirit who calls us, keeps us company and guides us, as well as four tools that are needed to respond as a Church to the challenges of the times.
Keywords: Synodality, Church, faithful, Holy Spirit, Pope Francis, discernment..
“Una persona, un hombre rico, corrió hacia Jesús mientras Él ‘iba de camino’”
Fuente: (Mc 10, 17).
Así empieza el papa Francisco su homilía en la misa de apertura del Sínodo de Obispos el 10 de octubre de 2021, desde la Basílica de San Pedro. ¿Era esta la primera palabra de Francisco para resaltar la importancia del “camino de Jesús”? Más aún, ¿del “camino de la Iglesia”? Ciertamente no. Muy a propósito de este deseo de promover la sinodalidad, el mismo papa resalta la importancia de “caminar juntos”, haciéndose él mismo parte de la Asamblea general ordinaria en su discurso a los obispos reunidos en el Aula Pablo vi en el 50º aniversario de la institución del sínodo de obispos. [1] Ahí resalta la necesidad y la belleza de este caminar conjunto en comunidad, y en el caso de esta conmemoración, el representante de Pedro se ve unido al colegio episcopal.
Sin embargo, “caminar juntos” no es algo que nos lleve automáticamente a la meta esperada. Como todo en nuestra vida, requiere de un aprendizaje. Y no equivale automáticamente a la sinodalidad. Este es un término que requiere precisiones y necesarias profundizaciones. Analicémoslo a continuación.
1. Precisión del término: ¿qué entendemos por sinodalidad?
El documento de la Comisión Teológica Internacional (cti) titulado La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia[2] nos ofrece un acercamiento bíblico, histórico, teológico y diferenciado de lo que podemos entender como sinodalidad. Rescataremos los elementos básicos de dicho análisis, los cuales nos sirven de guía para tener una comprensión amplia y honda de este término que, en opinión de Santiago Madrigal, tiene un sentido plurívoco.[3]
“Caminar conjunto en comunidad” no necesariamente se refiere a una colectividad creyente, por lo que es necesario darle un contenido teológico. “Sínodo”, palabra compuesta por la preposición σύν y el sustantivo ὁδός, indica, en primer lugar, el camino que recorren juntos los miembros del Pueblo de Dios. Palabra muy antigua empleada en la Tradición eclesial,[4] remite al Señor Jesús, que se presenta a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), y que sirve de base para que los cristianos sean llamados, a su vez, “seguidores del camino” (Hch 9, 2; 19, 9.23).[5] Posteriormente, este término se entendió también de un segundo modo: como los discípulos de Jesús convocados en asamblea, y también de una tercera manera: como comunidad eclesial.[6]
En los primeros siglos del cristianismo, los contenidos de lo que sucede en dichas asambleas en donde se convoca a los cristianos se van enriqueciendo. San Juan Crisóstomo explica que la Iglesia es una asamblea convocada para dar gracias y cantar alabanzas a Dios. En ella, los que la componen se mantienen unidos en una relación recíproca y ordenada, y además coinciden en el ἁγάπη y en la ὁμονοία (el mismo sentir). [7] Esta práctica se extendió en términos geográficos y organizativos, pues su éxito como modo de proceder eclesial se manifestó a nivel diocesano, provincial, regional, patriarcal y universal, con un propósito particular: “discernir, a la luz de la Palabra de Dios y escuchando al Espíritu Santo, las cuestiones doctrinales, litúrgicas, canónicas y pastorales que se van presentando periódicamente”. [8] Como vemos, aquí entra el papel del Espíritu Santo como inspirador de la asamblea para la toma de decisiones que conciernen a todos en distintos aspectos de la vida eclesial.
Con la intervención progresiva de los obispos en los diferentes niveles eclesiales, la práctica sinodal puede llevar a confundir sinodalidad y colegialidad, por lo que es necesario distinguirlas y vincularlas en el contexto de la comunión que es buscada como meta última de la Iglesia. La Iglesia, constituida como pueblo de Dios desde el bautismo —lo que hace destacar la común dignidad de los creyentes— es enriquecida con los carismas concedidos a todos los fieles en orden a manifestar y realizar la comunión de los creyentes entre sí y con Dios a imagen de la comunión trinitaria. Esta comunión horizontal y vertical se expresa concretamente de tres modos: en el caminar juntos, en reunirse en asamblea y en participar todos activa y creativamente en la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta corresponsabilidad y participación de todo el pueblo de Dios en la vida y misión de la Iglesia hacia la meta común de la comunión humana y con Dios, es lo que podemos sintetizar como sinodalidad y, como podemos ver, implica a la totalidad de la Iglesia. La colegialidad, por otro lado, es un ejercicio más reducido de dicha sinodalidad, que consiste en el ejercicio del ministerio de los obispos que sirven a la Iglesia particular confiada a cada uno de ellos, en la comunión entre las Iglesias particulares dentro de una única Iglesia universal, y en la comunión jerárquica del Colegio episcopal con el Obispo de Roma.[9]
Pero volvamos ahora a nuestro acercamiento a la sinodalidad. Desde la perspectiva intrínsecamente abierta y universal de la Iglesia, ella no se restringe de ningún modo a la Iglesia católica, como podría pensarse desde la aproximación anterior. Porque, cuando hablamos de la comunión en referencia a la comunidad trinitaria, hemos hablado de la comunión de todos los seres humanos entre sí y de ellos con Dios. Por ello, la misión de la comu nidad católica se abre instintivamente al ecumenismo, al diálogo interreligioso y a la dimensión ecológica y cósmica, ya que, como bien está intuido en el Génesis, la humanidad completa —simbolizada en varón y mujer— está llamada a custodiar el universo y orientarlo hacia su plenitud (Gn 1, 26-28).[10] En esta intencionalidad eclesial hacia la comunión con el todo y con todos, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento destacan la necesidad de la conversión del corazón hacia Dios y la justicia en las relaciones con el prójimo —en particular con los pobres y los oprimidos—. El Antiguo Testamento tiene como principales anunciadores de este mensaje a los profetas (Is 42, 6-7. 49, 8-10; Jr 37, 21; 38, 1; Ez 22, 7-14). El Nuevo Testamento tiene a Jesús de Nazaret como el portavoz de Dios en la necesidad de la conversión y de la atención a la justicia en las relaciones con el prójimo, manifiesta en su presentación pública (Mc 1, 15), en el inicio de su misión (Lc 4, 16-21) y en todo su actuar misericordioso en favor de los más desamparados de su tiempo (Mt 4, 23-25; Lc 7, 21-23; Mc 4, Mc 1, 34.40-42 y passim).
Destaquemos de nuevo el caminar sinodal de la Iglesia en las primeras comunidades cristianas, cuando hemos afirmado que ella no puede andar apropiadamente si no es bajo la inspiración del Espíritu Santo, que la guía y orienta permanentemente y que pide ser escuchado para acertar, como hemos dicho, en las decisiones tomadas (Hch 5, 19-21; 6, 1-6; 8, 26.29.39; 13, 1-3). En este caminar sinodal, el llamado Concilio de Jerusalén es un paradigma de un modo de proceder, pues en él se dan aspectos muy comunes de la convivencia humana: el intercambio de los propios juicios, la diversidad de opiniones y la vivacidad en el debate. Lo que en muchas de las reuniones humanas puede tener un final poco feliz —dado que la diversidad puede llegar a diferencias insuperables—, no sucedió de esta manera en aquella difícil conciliación de posiciones eclesiales: por la recíproca escucha del Espíritu Santo, pudieron llegar al consenso y a la unanimidad (ὁμοϑυμαδόν, cf. Hch 15,25.), fruto de un discernimiento comunitario liderado por Pedro, Pablo, Santiago, pero donde también participaron los ancianos y la comunidad, en el contexto de la misión evangelizadora de la Iglesia que se ve desplegada paulatinamente en los Hechos de los Apóstoles. [11]
2. ¿Quiénes caminamos juntos? Actores de la Iglesia sinodal
Ahora bien, ¿quiénes son los actores que van a construir una Iglesia sinodal? Dice el papa Francisco: “Todos, el papa, los obispos, los sacerdotes, las religiosas y los religiosos, las hermanas y los hermanos laicos”. [12]
Pero, de verdad, ¿todos estos actores han tenido el hábito de participar y de incidir en la marcha de la Iglesia? Seamos sinceros: no. Los más marginados históricamente dentro de la Iglesia en este “ir juntos hacia un camino común” son los laicos y, de ellos, las mujeres. No es extraño entonces que, por ejemplo, la red de laicos argentinos llamada Generación Francisco haya reaccionado con singular entusiasmo ante la iniciativa del Papa de convocar a una asamblea eclesial. Solo esperaban que se crearan condiciones para que se dieran mecanismos efectivos de consulta al Pueblo de Dios que permitieran trascender los tradicionales ámbitos institucionales, que ordinariamente restringen la participación solo a las élites eclesiales. [13] Según esta red, la importancia de los laicos no radica solo en ampliar su participación en la vida de la Iglesia, sino en que su participación genere al mismo tiempo una “contracorriente cultural” que vaya siendo un contrapeso real a la influencia de los “poderosos del mundo”.[14]Por ello, el gran reto de una Iglesia sinodal es que los que han tenido poca voz o incidencia en el rumbo de la Iglesia la incrementen, y esos son los laicos.
3. Las concreciones de este caminar juntos siguiendo el sueño y la obra de Jesús guiados por el Espíritu Santo
Una vez que hemos aclarado lo que está de fondo en el término sinodalidad y que hemos precisado que todos estamos invitados a recorrer juntos este camino hacia una meta común, guiados por el Espíritu, volvamos al texto con el que el papa Francisco abría el Sínodo de los Obispos. El hombre rico se encuentra con Jesús mientras Él “iba de camino”. Ya podemos entender mejor la intencionalidad de Jesús, que trae en esa marcha todo un plan salvífico, integrador, que llama a la comunión inmediata (los efectos de la meta se han de ver ya con signos de comunión eclesial entre sus miembros) y mediata (la progresiva comunión con los que se van integrando al nuevo pueblo de Dios, procedentes tanto de la tradición judía como pagana). El evangelista Mateo ve en el Sermón del Monte (Mt 5-7) todo un plan de transformación personal, comunitaria y social, donde se indican caminos para poder soñar y caminar hacia relaciones reconciliadas, plenas, amplias, justas, cósmicas. Si analizamos brevemente el texto del papa Francisco, que retoma a Jesús en la realización histórica de dicho sueño, podemos rescatar dos puntos que desarrollamos en los siguientes subapartados.
3.1 Dios camina en la historia (aquí, en la persona de Jesús) y comparte las vicisitudes de la humanidad. La Iglesia, a su vez, está invitada a encarnar este estilo de Dios que “camina a nuestro lado y nos alcanza ahí donde estemos, en las rutas a veces ásperas de la vida”.[15]
El número 1 de la Gaudium et Spes es uno de los textos más citados para sintetizar la gran visión que tuvo la Iglesia cuando definió su postura frente al mundo: no significaba solo caminar al lado de los hombres y mujeres contemporáneos para compartir su vida, sino apropiarse de ese sentir, de los gozos y sufrimientos, en tónica de esperanza, de empatía, de intentar “ponernos en los zapatos del otro” y dejar que el corazón, la mente, el mismo cuerpo sientan lo que el otro vive, pero sobre todo lo que el otro sufre y busca.
En América Latina, ese caminar al lado de los hombres y las mujeres contemporáneos tiene nombres y apellidos concretos, que se revelaron particularmente en el Documento final de la Asamblea Especial para la Región Amazónica. Los obispos de la región amazónica quieren ser una Iglesia samaritana, encarnada al modo en el que el Hijo de Dios se encarnó (Documento final de la Asamblea Especial para la Región Panamazónica. Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral, 2109, 22).[16] Y así como reconocen la multiplicidad de interlocutores presentes en la zona y que representan a las diferentes culturas (pueblos indígenas, ribereños, campesinos y afrodescendientes) (DAERP, 23), también asumen la necesidad del diálogo y del intercambio con otros actores que intervienen en esta amplia región (Iglesias cristianas, otras denominaciones religiosas, organizaciones de la sociedad civil, movimientos sociales populares, personas de buena voluntad que buscan la defensa de la vida, la integridad de la creación, la paz y el bien común) e incluso con el mismo Estado (DAERP, 23). Porque el Sínodo fue un llamado a todos los discípulos misioneros de la Amazonía, que han de tomar conciencia de que, a raíz de su bautismo, están enviados a la misión como todos los demás creyentes (DAERP, 26).
Pero, en este acompañamiento, a los que la Iglesia acompaña son, en muchas ocasiones, aquellos que requieren ser atendidos como Jesús atendió a los sufrientes del camino: migrantes (DAERP, 29), los jóvenes presentes en el territorio —en los cuales se reconoce el deseo de protagonismo a través de su compromiso con el diálogo, de su sensibilidad ecológica y de su atención a la “casa común”— (DAERP, 30-33), y los innumerables habitantes de las ciudades provenientes de las comunidades indígenas y rurales —con los múltiples problemas a los que se enfrentan cuando habitan la selva urbana: falta de trabajo, aumento de consumo de drogas y alcohol, discriminación y suicidio infantil—, de los que las mujeres son las principales víctimas (DAERP, 34).
3.2 Esta sinodalidad (caminar juntos) no es solo “caminar con” y “sintonizar con”, sino caminar “hacia una meta común”
Esta meta común, como lo hemos indicado de cierto modo, es que todos los seres humanos vivamos en armonía, fraternidad, realización personal y comunitaria, reconciliados con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con el universo. Es la meta del Reino de Dios al que nos invita Jesús de Nazaret, y por el cual damos la vida y procuramos que lleguen algunas anticipaciones, señales, signos, con nuestro esfuerzo y, sobre todo, con la gracia de Dios. Pero, para ello, no hay otra manera de irnos aproximando a la meta anunciada por Jesucristo que salir de nuestro confort o, como dice san Ignacio, de nuestro “propio amor, querer e interés”. [17] La “Iglesia en salida” está constituida por hombres y mujeres que salen de su comodidad para seguir a Jesús, que no solo va “con nosotros”, sino “delante” de nosotros.
Cuando nos referimos a este andar de ruta con el prójimo (sea cual sea su rostro distinto, extraño, desconocido, a veces irreconocible pero, al mismo tiempo próximo porque lo hacemos próximo dado el genuino interés que mostramos por él, solo por ser humano), esa experiencia conjunta hace que brote en nosotros una gran cantidad de textos evangélicos donde Jesús se encuentra con los demás, los escucha, discierne la situación en la que se encuentra el que lo busca y decide hacer el bien (actuando exactamente de acuerdo con lo que era: un hombre para los demás). Por ello, el itinerario que seguiremos es el que emprende Jesús como lo presenta el evangelio de Lucas: Jesús sube a Jerusalén. Y en ese camino, en medio de todo lo que sucede, encuentra muchas personas en todo tipo de necesidades. Ahí ejerce su ministerio: curar, aliviar, orientar, invitar, cuestionar, salvar, practicar la misericordia. Ese camino nos servirá de brújula para hablar de la Iglesia que se pone al servicio de los demás.
4. Mediaciones necesarias para caminar sinodalmente
Sin embargo, en este contexto de aumento de participación de la totalidad de los actores eclesiales, las mediaciones que voy a proponer para fortalecer la Iglesia sinodal no van dirigidas exclusivamente a los laicos, sino a todos los miembros de la comunidad cristiana. No son los sacerdotes o los religiosos o religiosas las que se pondrán en la palestra a mostrar a los demás hacia dónde se debe de caminar y cómo. Porque todos los actores de este camino sinodal, cada uno en su nivel y desde su estilo de vida, necesitan prepararse para caminar con la gran diversidad de actores que componen no solo el mapa eclesial, sino el mapa social. Y porque la capacitación que se requiere para hacernos auténticamente cristianos en este caminar juntos no tiene que ver ni con el estado de vida, ni con el poder, ni con los sacramentos. Tiene que ver con vida cristiana en general.
¿Qué se requiere para participar en la construcción de la Iglesia sinodal?
4.1 Considerar que, como hijos de Dios, TODOS SOMOS IGUALES
Desde esta conciencia, afirma el papa Francisco, “cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea solo receptivo de sus acciones” (Evangelii Gaudium, 2013, 120.)[18]
La igualdad de todos los fieles, una dimensión en la que se insistió tanto en el Concilio Vaticano II y para la que ayudó la recuperación de la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios, no es vivida por nuestros fieles laicos como esperábamos que lo hicieran (después de un siglo xx de un fuerte compromiso de su parte tanto en instancias eclesiales como en proyectos no eclesiales). Hay que decirlo con toda crudeza: el fiel cristiano bautizado no solo no se siente en pie de igualdad en relación con el presbítero y con los miembros de la vida consagrada (en todas sus formas), sino que diversas razones históricas no le han permitido trabajar y marchar codo a codo con el clero y con los integrantes de la vida religiosa. ¿Cuáles son?
• En parte porque la afirmación de la igualdad de todos los fieles (Lumen Gentium, 1964, 9)[19] no se ha hecho real dada la escasa participación de los laicos en la marcha de la Iglesia durante siglos (la inercia de la pasividad es enorme y ancestral, como también es inmensa la apatía de la ciudadanía latinoamericana frente a los desafíos económicos, políticos, sociales culturales, religiosos y ambientales del continente).
• En parte también porque nuestra jerarquía no ha cedido al laicado los espacios de responsabilidad —y hay que decirlo con todas sus letras: de poder— que le corresponderían si de verdad compartieran la misión de la Iglesia.
• En parte, por otro lado, porque la formación de los laicos no ha sido suficientemente profunda, cualificada, de largo aliento y acompañada por una espiritualidad madura que les dé un talante cristiano necesario para responder a los desafíos de los tiempos.
• Pero también —y esto es esencial— en parte porque se ha menospreciado el saber de los laicos, su experiencia espiritual, su visión alternativa de la Iglesia y de la sociedad, su sensus fidei, y se ha favorecido un discernimiento que se recarga en los líderes eclesiales (sacerdotes, religiosos y religiosas). Esta consideración —injusta, por otra parte— de los actores eclesiales consagrados como más aptos para detectar la voz de Dios en la historia, los ha hecho responsabilizarse de la toma de la mayor parte de las decisiones eclesiales y ha menospreciado esa sensibilidad particular del laico inserto en el mundo y que es más consciente de los problemas candentes de la sociedad, de las comunidades, de las personas. Dicho de otro modo, la palabra “desde abajo” no ha llegado con suficiente fuerza “arriba”, ni se ha tomado como punto de partida metodológico para todo trabajo que de verdad surja “de las entrañas” de la comunidad eclesial. Esto lo veremos en el siguiente punto.
• En parte, finalmente, porque un buen número de cristianos —y aquí también tendríamos que incluir al clero y a la vida consagrada— comparte un desencanto epocal (emparentado con la posmodernidad o bebiendo de su mismo pozo) que hace que la esperanza esté gravemente minada y que los movimientos eclesiales o los institutos religiosos y seculares manifiesten poca vitalidad innovadora, escasez de vocaciones o un tibio compromiso con el cambio social, económico, político y ecológico que las realidades de nuestros continentes están urgiendo día con día.
No es, por tanto, gratuito, que el papa Francisco tenga que recordarnos una vez más en su Encíclica Evangelii Gaudium la responsabilidad de todo el pueblo de Dios en la proclamación del Evangelio (EG, 110). Esta invitación a la responsabilidad compartida la podemos entender en un contexto donde crece un excesivo individualismo, donde la masificación ha permeado la vida de las ciudades y donde los habitantes de la urbe buscan a toda costa —comprensiblemente, por cierto— su supervivencia. La tendencia a salir avante en la “selva de concreto” conlleva en los habitantes de la ciudad una preocupación sobre todo por salvar el propio pellejo (si acaso, también el de la familia nuclear), que se eleva por encima de su incorporación a los esfuerzos colectivos y que se transforma no solo en una lucha personal y aislada, sino en un trabajo para la resolución de necesidades inmediatas. Esta inercia vital por afrontar los retos de ganar el pan cotidiano se ve reflejada fácilmente en el ámbito eclesial, y se refuerza con una teología tradicional que pervive en nuestra cultura católica y que remite a la “salvación individual”. Por ello, Francisco recupera la dimensión comunitaria de la salvación e insiste en la solidaridad colectiva: “nadie se salva solo. […] Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana” (EG, 113). Y dice “comunidad humana” y no comunidad eclesial, pues la compenetración que tiene toda persona con los demás es antropológica, no solo eclesiológica.[20] Y ser parte del Pueblo de Dios implica ser parte de esta comunidad humana de todos los tiempos que Dios quiere convocar —sin excepción de pueblo o de persona— y a la cual quiere congregar en su amor (EG, 114) y en toda su diversidad (EG, 115).
4.2 Poseer el sensus fidei (sentido de la fe)
La segunda condición que se requiere para avanzar en ser una Iglesia sinodal es poseer el sensus fidei. Dice el papa Francisco:
El sensus fidei impide separar rígidamente entre Ecclesia docens y Ecclesia dicens, ya que también la grey tiene su “olfato” para encontrar nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia.[21]
¿Por qué se requiere el sensus fidei, ese olfato espiritual, para participar en un sínodo? Porque, en el sínodo, el principal reto es encontrar lo que Dios quiere para la Iglesia. Ese reto es espiritual. Y la herramienta fundamental para hallar esta voluntad es el discernimiento.
Hablemos un poco más de este “instinto de fe”.
La Comisión Teológica Internacional publicó un documento llamado El “sensus fidei” en la vida de la Iglesia,[22] donde vierte los resultados de la investigación de la naturaleza del sensus fidei y su lugar en la vida de la Iglesia. Tomaremos algunos elementos de este documento para resaltar la importancia del desarrollo de este “sentido de la fe” para ejercer el discernimiento en el camino sinodal que pretendemos emprender.
¿Qué es el sensus fidei? Según el documento, es una especie de instinto espiritual que permite al creyente juzgar si una enseñanza particular o si una práctica concreta está conforme al Evangelio.[23] Surge de la connaturalidad entre el sujeto creyente y el objeto de fe (la verdad revelada en Jesucristo). Esta connaturalidad lleva a un conocimiento particular, fruto de la interacción entre el creyente y Jesucristo y sus enseñanzas.
En esta empatía entre el creyente y Jesucristo (o su mensaje), se genera una apropiación que llega al corazón. Dicha apropiación lleva al creyente a un comportamiento ético (conforme al Evangelio) y a una acción en beneficio de los demás.
Si profundizamos en lo anterior, descubrimos lo siguiente:
a) La base del sensus fidei es un encuentro espiritual. En él hay una relación entre Jesucristo y el creyente. Sin experiencia espiritual, no puede haber sensus fidei. Como lo más importante de nuestra fe es la relación con Jesucristo (mucho más importante que la enseñanza, aunque no esté separada), este encuentro personal es esencial para desarrollar este sentido. Este sensus fidei ha sido transmitido a lo largo de los siglos a nuestro pueblo de Dios por obra del Espíritu; aunque los fieles no tengan una formación completa sobre la vida de Jesucristo ni hayan hecho estudios especializados de exégesis bíblica o ni siquiera un acercamiento cristológico o teológico en un aula académica formal, tienen la capacidad de desarrollar este “instinto de fe” por su práctica personal y por la herencia de la práctica eclesial que corre de generación en generación y de familia en familia. Y a pesar de que, por ejemplo, la religiosidad popular tenga algunas expresiones simbólicas o incluso teológicas no tan acordes con la llamada “ortodoxia” católica, nuestro pueblo sencillo es capaz de captar el corazón del mensaje evangélico y de transmitirlo a las generaciones posteriores.
b) El conocimiento de Jesucristo no se da solo en la oración: la palabra de Dios (Evangelios, Nuevo Testamento, Antiguo Testamento) da contenidos a esa fe. Sin esos contenidos, podemos estar diciendo que amamos a Dios, pero en realidad podemos estar adorando a un ídolo. El acceso a Dios para nosotros los cristianos es Jesucristo. Otros accesos a Dios son complementarios para nosotros. Es cierto: podemos dialogar con ellos y hemos de aprender de sus aportes, pues somos conscientes de que las Semillas —o incluso los Frutos— del Verbo se han sembrado y han germinado en otras tradiciones religiosas. Pero los leemos siempre desde nuestra fe cristiana y desde los valores que hemos adquirido a partir de esos contenidos y desde intuiciones que hemos desarrollado para captar lo que Dios nos va pidiendo en el aquí y en el ahora.
c) El encuentro con Jesús desencadena el seguimiento. Y como el seguimiento es un camino detrás de Jesús sin un itinerario definido, sin tareas específicas y con frecuencia por caminos “inéditos”, el discernimiento es una herramienta esencial para andar en la fe. En su ejercicio, el Espíritu nos anima, guía y conduce a la unión con Dios, con nuestros hermanos, con la creación.
d) Pero esta invitación a la unión con Dios, con nuestros hermanos y con la creación requiere mediaciones concretas. Como bien nos muestra el evangelio de Marcos, el Señor Jesús llama a sus discípulos con dos intenciones precisas. Ciertamente, invita a los Doce a iniciar la constitución de un pueblo nuevo que representará al nuevo Israel, regenerado por el Espíritu, y que, con el liderazgo del Mesías (Jesús), será “luz para las naciones”. Por ello, todo discípulo es invitado en primera instancia a estar con Jesús. En su compañía, a la escucha de su Palabra y empapado por su ejemplo, el seguidor del Resucitado aprenderá un nuevo modo de ser y de estar en el mundo, viviendo en comunidad e invitando a que ese nuevo grupo sea un signo de una nueva humanidad. Pero, además, el discípulo es invitado “a predicar con poder para expulsar demonios” (Mc 3, 15). ¿Qué significa “expulsar demonios” en nuestros días? Esto equivale a combatir el mal, el sufrimiento, la pobreza, el dolor, la enfermedad, la soledad, el sinsentido, la marginación, la opresión, la injusticia, etc. Todo discípulo es, como Jesús, llamado a “pasar la vida haciendo el bien” (Hch 10, 38).
Si nosotros queremos promover una Iglesia sinodal, necesitamos convertirnos todos nosotros —desde el fiel más “pequeño” hasta el Papa— en discípulos mejor capacitados para caminar hacia una meta común. Los fieles tradicionales, los que han crecido en nuestros países latinoamericanos y han heredado y transmitido (muy a su modo) la fe cristiana —como lo hemos dicho— han recibido en su mayoría una evangelización incompleta y, por ello, aunque posean un sensus fidei “básico”, no tienen un sensus fidei suficientemente desarrollado y que se haya mostrado profético, contracultural y mediador de un cambio de las relaciones sociales, culturales, familiares, económicas desajustadas de nuestro continente, porque no se les ha capacitado para ello y porque han tenido un papel poco activo en la misión de la Iglesia. Ya hemos mencionado algunas razones de ello, aunque seguramente haya otras cuyo análisis supera el alcance de este trabajo.
5. La capacitación para una Iglesia sinodal
¿Cómo promover esta capacitación? Sugerimos cuatro formaciones indispensables para que los fieles asuman un papel mucho más protagónico en la propagación de la fe y para que el cristianismo tenga una incidencia más importante en la vida de la Iglesia y del continente. Las cuatro formaciones que requieren los cristianos y que consideramos indispensables por promover una Iglesia sinodal (a mediano y largo plazo) serían:
5.1 Una formación para el “despertar espiritual”.
5.2 Una formación bíblica más completa.
5.3 Una capacitación para el discernimiento.
5.4 Un acompañamiento para poder dar el “salto cualitativo”.
5.1 Una formación para el “despertar espiritual”.
Para la renovación de nuestra Iglesia y para la reanimación de una sociedad que parece “sin espíritu”, necesitamos personas que puedan tener el encuentro con el Dios vivo. Una experiencia espiritual renovada y actualizada es una urgencia del momento. Se requiere promover ese encuentro con el Señor de la Vida a través de retiros, espacios para la interiorización espiritual, momentos de silencio, altos sistemáticos frente al trajín de cada día, ejercicios espirituales de todo tipo, etc. Hay que ayudar a los creyentes a ir más allá de la Tradición y de los sacramentos. De la Tradición, porque las enseñanzas que se transmiten no han sido actualizadas o porque se hace poca reflexión sobre los orígenes o sobre el sentido de ricas tradiciones o costumbres que heredamos de nuestros padres. De los sacramentos, porque estos dicen a nuestros contemporáneos cada vez menos porque están desconectados de sus vidas o porque también se ha perdido el significado inicial de su celebración.
También es necesario —por no decir urgente— ir más allá de entender el cristianismo como un asunto moral (hacer el bien y evitar el mal). Es cierto que el cristianismo ha incorporado la dimensión moral como parte del aprendizaje no solo humano, sino creyente, de la manera de comportarse adecuadamente en el mundo. [24] De hecho, el Nuevo Testamento es rico en enseñanzas que ayudan a la vida moral de los fieles de las distintas comunidades a las que están dirigidas los escritos. El discernimiento moral es necesario para todo infante que quiere sobrevivir en una sociedad que tiene sus códigos de supervivencia y que ha elaborado leyes para un mejor entendimiento social. “Hacer el bien y evitar el mal” pertenece a la esencia de toda sociedad que ha sobrevivido el paso de la historia y de los tiempos. Pero sabemos bien que los Diez Mandamientos, tan representativos —no únicos, evidentemente— de la mentalidad judía, no son eminentemente cristianos, aunque hayan sido reinterpretados por y para la misma Iglesia. San Pablo fue muy claro en el aporte de la ley mosaica para la iniciación de los creyentes; pero fue mucho más incisivo en señalar sus límites, al grado de expresar un nexo complejo entre Ley y pecado. Pero muchos miembros de nuestra Iglesia parecen haber asumido acrítica y reductivamente que el cumplimiento de los “mandamientos de la Iglesia” son suficientes para medir nuestro compromiso cristiano. La experiencia paulina del encuentro con Jesús habría de hacernos reaccionar como él, y llevarnos allende nuestra mediocridad de vida cristiana para cuestionar aquello que impide nuestra verdadera libertad cristiana y nuestro compromiso radical con Jesús y con nuestros hermanos y nuestras hermanas. Por ello, el encuentro personal con Jesucristo es esencial; porque, como hemos dicho, nuestra gente —particularmente en las ciudades— está inserta en un cristianismo cultural, tradicional, costumbrista. Es cierto que, en varios países de América Latina, las Comunidades Eclesiales de Base y otros grupos católicos insertos en medios populares promovieron la lectura meditada de la palabra de Dios y métodos para hacer el nexo entre la Palabra, la vida y el compromiso por los demás. Es verdad también que la religiosidad popular mantiene la fe del pueblo, y ha logrado que muchos pueblos indígenas y comunidades campesinas sientan que Dios los acompaña a través de devociones diversas a Jesucristo o muy en particular a la Virgen María, o que Dios los favorece por medio de los milagros que se atribuyen a los santos patronos de los pueblos. Pero, como hemos visto también, esta religiosidad popular no siempre ayuda a dar el salto hacia un cristianismo vigoroso, cuestionador y propositivo de nuevas alternativas de cambio personal y social. Sabemos, por el contacto con los habitantes de las grandes ciudades, que el catolicismo cultural es extremadamente limitado, pues el creyente medio no pasa de hacer lo básico para cumplir los preceptos de la Iglesia y aspirar a la salvación. Si no hay experiencia mística, el cristiano tiene poco que decir en el mundo de hoy.
5.2 Una formación bíblica más completa.
Urge capacitar a la comunidad eclesial de nuestros tiempos a que tenga un manejo sapiencial, pastoral y —en la medida de lo posible— científico de la palabra de Dios. Este acercamiento diverso y a la altura de la preparación de los fieles los ayudará a:
• conocer mejor la palabra de Dios;
• entender paulatinamente sus aspectos más hondos de sentido;
• aplicarla y adecuarla a los tiempos que vive la Iglesia, pues se requiere discernir juntos los signos de los tiempos (en su dimensión eclesial y social) y que cada creyente vaya descubriendo el llamado de Dios en su vida (dimensión individual).
Los que nos hemos adentrado en la enseñanza de la palabra de Dios nos damos cuenta de la complejidad de esta tarea. La inmensa cantidad de estudios que hay sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, tanto del lado católico como de la parte de las Iglesias de la Reforma, nos hace ver que el problema hermenéutico sigue siendo un problema sin resolver de una vez para siempre. Se requiere una inmersión ingente y profunda en los libros sagrados para tener una satisfactoria aproximación al sentido de los textos, al mismo tiempo que este estudio es más fructífero, real y transformador en la medida que la comunidad cristiana —que lee, ora y estudia la Palabra— la aplica a su vida personal, comunitaria y social.
Hemos de señalar, con todo, que en esta profundización en el triple nivel de conocimiento de la Palabra, todos somos maestros y alumnos. Porque hemos de partir de un principio pedagógico esencial: el punto de partida de esta larga y honda inmersión en el texto bíblico es el pueblo de Dios que se deja tocar por la palabra de Dios y se deja transformar por ella desde lo más íntimo. La dimensión experiencial y sapiencial es el cimiento del aprendizaje conjunto de lo que Dios quiere decirnos a través de la Sagrada Escritura, y funge a su vez como punto de partida de “enseñanzas complementarias” que provienen de las ciencias bíblicas, de los estudios exegéticos o de los aportes de los teólogos. La necesidad de ser complementados en su acercamiento al misterio de la Palabra habrá de venir de los fieles, de sus preguntas, de sus búsquedas; porque estas aproximaciones académicas suplementarias, con toda la riqueza que puedan encerrar, no pretenden ser simplemente una enseñanza escolar que busca generar más conocimientos sin nexo con la vida o con la praxis cristiana. Este acercamiento a la palabra de Dios ya es una praxis sinodal, donde se difumina la clásica división entre docentes y aprendices y donde todos nos constituimos maestros y alumnos a la vez, aunque se respeten los momentos de intervención de los diferentes miembros de la comunidad cristiana en este aprendizaje colectivo.
En segundo lugar, no podemos negar que esta aproximación a la Palabra tiene que ser particularmente orante, porque la oración viene a ayudar al creyente a madurar su reflexión de fe. Este nexo entre Palabra, oración y maduración en la fe debe ser particularmente tomado en cuenta, porque la Palabra pretende fomentar y fortalecer el encuentro cara-a-cara con el Señor de la vida. Es experiencia común —como muchos sabemos también— que, a medida que nuestro pueblo comienza a comprender la Palabra y a aplicarla, un nuevo horizonte se abre para su vida y su ser cristiano. Emerge entonces “la sed” que, misteriosamente, se despierta en el interior del creyente. No lo podemos negar: la palabra de Dios ejerce una fascinación que no generan otras lecturas. ¡Y vaya que en la historia de la humanidad se ha creado mucha gran literatura que conmueve la vida de los pueblos y que orienta moral o sapiencialmente su diario caminar!
De este modo, este acercamiento en diferentes niveles a la palabra de Dios requerirá hacerse “de rodillas”. Esto significa que, como primer momento, la reflexión de la Palabra ha de tocar el corazón de cada fiel y ha de promover la relación personal del creyente con Dios. Pero no podemos dejar de constatar que esta Palabra se transmite muy frecuentemente en un contexto eclesial. Y la experiencia nos muestra que, cuando se favorece el intercambio comunitario de encuentros espirituales con Dios en un ámbito de mística colectiva, se enriquece (¡y también se cuestiona!) la vida de los fieles. Los fieles experimentan entonces en este intercambio la unidad y la diversidad del Espíritu, la vida que genera en sus corazones y cómo inspira a la comunidad cristiana, genera su crecimiento y la hace unirse y consolidarse.
Como un aspecto adicional en este acercamiento a la Palabra, ella dará más fruto si se hace desde la inserción “en el corazón del mundo” —muy en particular “en el corazón de los pobres”— para hacerla carne, solidaridad, creatividad pastoral, compromiso para transformar la sociedad en la que se está inserto y para ofrecer alternativas de vida nueva. También hemos aprendido de la vida de las comunidades creyentes que la práctica de la Palabra por la comunidad tiene efectos en los mismos individuos que la constituyen, pues el compromiso por los demás y la entrega de la vida por dar vida a otros genera al mismo tiempo nueva vida personal y comunitaria. También se ha de asumir este aprendizaje común en el acercamiento a la Palabra con la plena conciencia de las muchas cosas que ignoramos del misterio de Dios que estuvo presente en los autores inspirados. Pero, además, del misterio de Dios que quiere seguirse revelando hoy. Por ello, las comunidades que se sumerjan en este enriquecimiento común con la Sagrada Escritura han de estar atentas a los signos de los tiempos y a la luz que el Espíritu puede generar en aquellas y aquellos que la reflexionan en el tiempo actual. La distancia que nos separa de la escritura de los textos originales, de los autores que plasmaron la experiencia religiosa y del tiempo en que se elaboraron los libros sagrados, obliga a permanecer reverentes frente a las muchas cosas que desconocemos de aquellos ayeres. Pero, al mismo tiempo, hemos de guardar la esperanza de que Dios, a través de ella y con las limitaciones concomitantes al tiempo, espacio, autores y contexto en la que nos fue comunicada, se nos quiere seguir revelando y quiere que la hagamos realidad en nuestra vida eclesial, social, política, ecológica y de reconciliación con la creación entera.
5.3 Una capacitación para el discernimiento.
Esta capacitación deberá ayudar a crear “discípulos del Espíritu”.[25] El discípulo del Espíritu ha de adquirir en buen grado, y en la medida de sus posibilidades y de su historia personal y social, las características cristianas siguientes:
• Profundidad en su experiencia personal de Dios.
• Creatividad en la acción apostólica.
• Generosidad en el don de su tiempo, esfuerzo, recursos económicos o materiales en la búsqueda de que el Reino de Dios vaya manifestando signos de actualidad en nuestro mundo.
• Capacidad colaborativa para emprender proyectos con otros, pues todo proyecto por el Reino es tanto más “eficaz” cuanto caminamos juntos comprometidos en un proyecto común.
• Mayor claridad en el papel que puede ir desempeñando en la Iglesia y en el mundo, pues el “discípulo del Espíritu” va descubriendo el llamado particular que Dios le hace en el contexto que vive, con las cualidades que tiene y en el “tiempo personal” por el que pasa.
Por otra parte, el “discípulo del Espíritu” está invitado a conocer al menos tres acciones que el Espíritu realiza en él y secundarlas:
5.3.1 El Espíritu funciona en él como “animador”.
5.3.2 El Espíritu actúa en él como “guía”.
5.3.3 El Espíritu lo lleva a la unidad personal, eclesial, social y cósmica.
5.3.1 El Espíritu y su función de animador de la vida del creyente.
El creyente puede saber que está animado por el Espíritu Santo si:
a) Hay un aumento de fe, esperanza o caridad en su vida
San Ignacio de Loyola tuvo una gran intuición al ayudar a los que reciben sus Ejercicios Espirituales a confirmar que las acciones, decisiones, intuiciones que tienen los creyentes van en la línea del Buen Espíritu si tienen un aumento en alguna de estas tres virtudes teologales reconocidas por la Iglesia desde tiempos muy remotos.[26]
b) Hay un incremento de amor a Dios y un deseo de servirlo como corresponencia a ese amor primero recibido
También aquí podríamos abundar en textos evangélicos, pero solo citaremos el del endemoniado de Gerasa. Liberado de su “posesión”, y rehabilitado completamente por Jesús, este hombre reformado expresa su deseo de seguir al Señor al mismo nivel que los Doce:
Cuando subió a la barca, el que había estado endemoniado le pidió quedarse con él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: “Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti”. Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados (Mc 5, 18-20).
Como vemos, aunque Jesús se rehusó a que lo acompañara, sí deja al hombre de Gerasa una tarea particular. El exorcizado va a proclamar —dentro de sus posibilidades y en su ambiente— cómo Dios ha intervenido a su favor y esa Buena Noticia de que el Señor está a favor de la vida y del bien de los seres humanos.
c) Se ha apropiado (al menos temporalmente) de los frutos que el Espíritu deja en las personas
Estos frutos son estados anímico-espirituales que son constructivos para las personas que los experimentan y edificantes para su entorno. Estos estados anímico-espirituales son mencionados en la carta a los Gálatas: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí” (Gal 5, 22-23).
d) Experimenta los siguientes impulsos:
• Fuerza para seguir adelante.
• Energías para colaborar con el Reino en medio de las adversidades.
• Gozo profundo en el servicio a pesar de los sufrimientos.
• Capacidad de vida común, a pesar de las limitaciones propias y ajenas.
5.3.2 El Espíritu actúa en él como “guía”
La guía del Espíritu se puede percibir especialmente cuando estamos activos en el trabajo por los demás, y la podemos encontrar en:
a) El modo como se realiza la misión
El Espíritu también actúa cuando encontramos la manera concreta de amar. Y esto se puede percibir en diferentes situaciones:
• Vislumbramos un rumbo adecuado del proyecto que tenemos entre manos.
• Vemos que el eco de nuestra acción positiva repercute en el bien de los que son afectados por nuestra misión.
• Intuimos que “hacemos el bien”, aunque no siempre se pueda percibir inmediatamente.
Si queremos tomar un texto que fundamente este criterio para detectar la acción del Espíritu en la vida apostólica de los fieles, lo podemos encontrar en las palabras de Jesús: “Por sus frutos los reconocerán” (Mt 7, 20). Quizás Jesús no tuvo necesidad de especificar qué tipo de frutos tendrían que ser visibles para los testigos de los mismos, porque cualquiera que tiene cierto sentido moral puede detectarlos presentes en la acción humana. Con todo, ya hemos visto que san Pablo se ha encargado de especificar algunos que apuntan a una dirección de una labor coherente con el Evangelio (Gal 5, 22-23; Rom 12, 2; Flp 2, 2-5; 1 Cor 12, 31-13, 7).
b) Los modos y contenidos de la caridad a los demás
La caridad adquiere signos concretos en el proyecto: formación de comunidad; reconciliación entre los miembros; alcohólicos rehabilitados; las personas adquieren conciencia de que son seres humanos dignos y valiosos; los jóvenes ofrecen su apoyo a personas en situación de vulnerabilidad; se da mayor aceptación de la diversidad en la comunidad, etc. La caridad, “el mayor de los carismas” (1 Cor 12, 31; 13, 13), se hace realidad y repercute en beneficio de las personas que la reciben.
c) Que encontramos el mejor medio para servir a los hermanos[27]
La comunidad que se ha organizado para llevar adelante un proyecto ya no solo hace el bien, sino que se reúne con mayor frecuencia y evalúa los resultados, los discierne, sopesa los beneficios adquiridos —como también acepta los fracasos de los intentos— y realiza una nueva planeación después de la experiencia de la labor realizada para mejorar los logros obtenidos.
d) La detección y vencimiento de las diversas tentaciones que nos presenta el Mal Espíritu
Aquí mencionamos solo algunos ejemplos, pero se pueden encontrar muchos más en la marcha de las comunidades cristianas:
• la ambición por la obtención de recursos económicos para el beneficio propio disminuye (o incluso desaparece);
• más que la búsqueda de prestigio, la gente intenta mejorar la vida de la comunidad;
• las capacidades de los miembros de la comunidad son aprovechadas para el servicio de todos, etc.
Cuando la comunidad cristiana va creciendo en compromiso y en servicio a los demás, las tentaciones no desaparecen, sino que adquieren otra concreción (tanto en los individuos como en la comunidad misma). Pasará como sucedió con Jesús después de haber vencido al Diablo en su estancia en el desierto: “Concluida la tentación, el Diablo se alejó de él hasta otra ocasión” (Lc 4, 13).
5.3.3 El Espíritu lleva al creyente a la unidad personal, eclesial, social y cósmica
Vamos sintiendo que el Espíritu Santo es de verdad fuente de unidad cuando van sucediendo cosas como las siguientes:
• Reconciliación, armonía, unidad (Hch 2, 44; 4, 32).
• Vida en sencillez y alegría (Hch 2, 46).
• Las personas de la comunidad comparten con otros lo que son y lo que tienen (Hch 2, 45; 4, 32).
• Nadie (o menos gente) pasa necesidad (Hch 2, 44-45; 4, 34).
• Los fieles realizan oraciones en común (Hch 2, 42).
• Los miembros de la comunidad disciernen juntos lo que Dios quiere de ellos (Hch 1, 24-26; 6, 2-5).
5.4 Un acompañamiento para poder dar el “salto cualitativo”
Hay fieles que necesitan brincar de ser discípulos a ser apóstoles. Y si el Documento de Aparecida habla de que los cristianos han de ser “discípulos” y “misioneros”,[28] desgraciadamente tenemos muchos discípulos que nunca han sido misioneros. Si vamos a la raíz de los llamados que hace Dios en el Antiguo Testamento, podremos percibir que los encuentros que se generan entre Dios y los patriarcas, los profetas u otros personajes relevantes de la historia de Israel siempre conllevan una misión específica. Y no es ajeno Jesús a esa característica en los evangelios, pues en ellos también nos daremos cuenta de que, si no hay apostolado, no hay vida cristiana.[29]Por ello, resulta esencial para darle mayor relevancia a ese encuentro con Dios que tomen conciencia de las implicaciones de dichos encuentros. Así, será necesario acompañar a esos creyentes que han estado en largos procesos formativos a dar “el salto al abismo del compromiso”. Para ello se requiere una pedagogía que acompañe a todos esos tímidos miembros a develar sus temores, a identificar sus impedimentos, a nombrar las “excusas” para no comprometerse en algún terreno donde se requiere su servicio o donde puedan apoyar a personas que tienen distintas necesidades.
Sin embargo, nos damos cuenta de que muchos fieles tienen miedo. Hay muchas razones que pueden estar operando en su interior y que les impiden dar este “salto cualitativo”. ¿Qué los podrá incentivar? Damos pistas con cuatro cosas que podrían impulsar a los fieles a comprometerse decididamente por los demás, motivarlos a dar el “paso al abismo”:
5.4.1 El deseo del encuentro y lo inesperado y variado del mismo
La Iglesia en salida y que está marcada por la sinodalidad implica no solo que ese encuentro con los otros —mientras se marcha hacia una meta común— sea casual, sino “provocado”. No se trata de que esperemos a que “otro” venga a tocar a mi puerta, sino que yo salga a los caminos y me haga “encontradizo”.
En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con un gran número de personas. Entre ellas se destaca gente hambrienta (Lc 9, 10-17), un niño epiléptico (9, 37-43), diez leprosos (17, 11-19), individuos que lo quieren seguir (9, 57-62; 14, 25-27), personas perdidas (la oveja, la moneda, el hijo: 15, 1-32) y también gente que se resiste al mensaje (10, 13-16). En ese camino, invita a colaborar por el Reino a los Doce (9, 1-6) y a los Setenta y dos (10, 1-11). Jesús no solo “se topa” con distintas personas en necesidad, sino que, como hemos dicho, se hace “encontradizo” y ejerce ahí la misericordia. En esta subida a Jerusalén aparece la parábola del Buen Samaritano, en la que un hombre se topa súbitamente con un herido (10, 25-37). En este contexto de misión, Jesús enseña a sus discípulos a orar (Padrenuestro: 11, 1-13), pero también es acusado de estar poseído por Belcebú (11, 14-26) y tiene conflictos con los enemigos (11, 37-53).
Si analizamos con más detenimiento este itinerario de Jesús, nos daremos cuenta de que, en este ejercicio del bien y de la expulsión de los demonios, también está presente la cruz. El pueblo samaritano no lo recibe en su paso por Jerusalén (Lc 9, 53); los que lo quieren seguir tienen sus resistencias individuales o familiares, típicas cuando se quiere tener un compromiso más profundo con los demás (Lc 9, 57-62); es acusado de estar expulsando a los demonios con el poder de Belcebú (Lc 11, 15); se topa con la hipocresía de los fariseos y de los legistas (Lc 11, 39-48); algunas personas no están conformes con su mensaje, porque sus familias se empiezan a dividir por las consecuencias del mismo (Lc 12, 51-53). Eso no amilana a Jesús, que está siempre disponible para el encuentro y se muestra interesado genuinamente por la vida de los demás y por todo lo que pueda aliviarla, enriquecerla, plenificarla. En este camino, la gente cuenta su historia; desde ahí, Jesús ejerce la misericordia.
Como vemos, cuando decidimos salir de nosotros mismos para abrazar y aliviar a la humanidad, todo esto y muchas cosas más hacen su aparición como sorpresa, novedad, empatía, vida.
5.4.2 Dios nos encuentra en el camino
Es cierto: Dios se encuentra en la oración, en el silencio, en las capillas. Pero, como hemos visto, Jesús enseña a sus discípulos a orar en medio de la misión. Porque, en esta multitud de encuentros que tiene Jesús, brotan problemas, sentimientos, preguntas, crisis. Ahí es donde se requiere más la oración: cuando estamos en el servicio de los demás y cuando aparecen las dificultades a la hora de concretar el beneficio para las personas. El Espíritu se hace entonces especialmente inspirador, impulsador, clarificador, consolador.
Sin querer ser exhaustivo, baste recordar que el Padrenuestro contiene varios elementos de una oración que se revela como expresión del gran proyecto de Jesús: el Reino de Dios. Escogeremos dos aspectos en donde oración y misión se ven íntimamente ligados.
a) “Hágase tu voluntad”
La expresión nos habla de la voluntad de Jesús (y del creyente) de apropiarse del proyecto de bondad y vida que tiene Dios Padre para nuestra creación y nuestra historia. Cumplir la voluntad de Dios, como dice Luis Ángel Montes Peral, constituye “la prueba más fehaciente de honradez religiosa” y de fidelidad a la salvación que nos ofrece. Por otra parte, tiene implícita la confianza en la bondad de los designios del Padre y significa reconocer que todo lo hace bien y lo pone a nuestro servicio.[30] Hacer la voluntad de Dios es el móvil de Jesús en su misión (y su alimento: Jn 4, 34). Esa voluntad de amor del Padre tiene que ver con ese sentirnos hijas e hijos de Dios, con la construcción de la fraternidad y sororidad como raza humana, con la reconciliación con Dios, con el entendimiento y armonía entre nosotros como humanos, con nuestra integración con la creación entera. Pero esa voluntad más explícita del Padre se hace vida en el Hijo y se inicia a través de esa encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, cuya vida, obra, gestos, palabras y testimonio buscan responder históricamente al gran proyecto de Dios para todos.
b) “Venga tu Reino”
El proyecto de Jesús es extremadamente ambicioso y genera en nosotros la necesidad de que el Espíritu nos inspire, sostenga y nos dé fuerza para que vaya viniendo la justicia, la paz, la plenitud de nuestra realización como seres humanos y como hijos e hijas de Dios. En nuestra incorporación al proyecto de Jesús, somos conscientes de nuestra fragilidad y de que solo secundamos dicho Reino. Por ello, aspiramos a dejar reinar al Padre soberano —el cual, obviamente, cuenta con nuestra colaboración— para que desaparezcan las enemistades, las separaciones, las barreras e incomunicaciones humanas, [31] y que pasa muchas veces por la lucha contra el antirreino, contra todo lo que mata, destruye, divide, desprecia, margina, anula. Por eso, la expresión “venga tu Reino” también forma parte de esta oración que impele a hombres y mujeres a la acción y a su compromiso por un mundo más humano, más armónico, más como Dios lo sueña. Así, la oración del Padrenuestro, al menos de lo que se desprende de las dos expresiones que hemos citado, tiene orientaciones apostólicas claras. En ellas, oración y misión van siempre íntimamente ligadas.
En resumen, cuando salimos al encuentro con los otros, y queremos que se haga la voluntad de Dios sobre nuestras vidas y nuestra historia, y pedimos y luchamos para que “venga su Reino”, Dios sale a nuestro encuentro.
5.4.3 Descubrir la amplitud de nuestra familia
En nuestra cultura moderna, donde abunda el anonimato, la gente se refugia en sus relaciones afectivas, que se restringen frecuentemente a la familia nuclear. Cuando somos invitados a salir al encuentro del otro, este “nidito” se convierte en el lugar más cómodo, en la justificación más frecuente y en el cobijo más fácil para permanecer encerrados en él y para restringirnos y no ser “cristianos en salida”.
Los que han ejercido un apostolado cotidiano —personas de la vida religiosa, laicos comprometidos, sacerdotes que se encarnan en la vida del pueblo— crean por lo general lazos afectivos fuertes, profundos, ricos y amplios con la gente a la que han servido. Aquella promesa: “Les aseguro que nadie que haya dejado casa o mujer o hermanos o parientes o hijos por el Reino de Dios dejará de recibir cien veces más en esta vida y en la edad futura heredará la vida eterna” (Lc 18, 29 par.), es real. Los que hemos experimentado esta promesa cumplida tenemos que ser capaces de transmitir la alegría de formar parte de una familia inmensa. Porque no solo trabajamos por la gente: la amamos; disfrutamos los encuentros, gozamos los intercambios y compartimos los dolores, las preocupaciones, los problemas, los fracasos de todos los días. Acompañamos a la gente y nos dejamos acompañar —porque, en una Iglesia sinodal, todos somos maestros y aprendices en la apasionante aventura de la vida— sin tantos aspavientos, sin acontecimientos necesariamente trascendentes, en el diálogo sobre el trabajo, los hijos, los vecinos, nuestras experiencias, o cuando discutimos sobre la situación del país o compartimos los “hobbies” que cada persona tiene. En todo ello nos vamos haciendo amigos y amigas, hermanos y hermanas, compañeros de una misma pertenencia humana. Hemos de ser capaces de irradiar este gozo que viene de la sencillez de la vida y de mostrar ese corazón donde cabe mucha gente.
5.4.4 Encontrar la vocación apostólica personal
No hay mejor lugar para descubrir el llamado que Dios me hace a colaborar por el Reino que estar en la “intemperie de la necesidad”. Mucha gente no sabe con precisión qué les pide Dios en su vida. Pueden creer que con seguir los mandamientos de la Iglesia o con ser personas bien portadas ya están realizando lo que Dios espera de ellas. Pero la falta de dirección “apostólica” de nuestra vida cristiana no es la desorientación más grave. Hay muchos jóvenes que no saben algo mucho más elemental: lo que quieren hacer en la vida o de su vida. Conocen de sí mismos(as) algunas capacidades, talentos, valores, intereses. Lo que he constatado en mi contacto con muchos jóvenes en estas circunstancias es que las habilidades que más se despiertan, desarrollan y crean son aquellas que surgen cuando nos encontramos con gente en la penuria extrema, en el abandono, en la explotación, en la impotencia.
Mientras coordiné un programa de voluntarios —allá por los años noventa—, muchos de ellos, una vez culminada su experiencia, tuvieron “iluminaciones” sobre la carrera que les gustaría estudiar para ayudar a la gente que sirvieron. Aunque no tuvieron una claridad diáfana ni adquirieron una garantía de encontrar exactamente lo que querían hacer en la vida, la experiencia les ayudó a vislumbrar mejor un “camino”, un sentido de vida, que los motivó a seguir buscando una carrera universitaria que respondiera no solo a sus intereses más profundos, sino a una realidad donde pudieran aportar algo a sus hermanos y hermanas que se encontraban en el dolor.
A más de 25 años de inicio de este programa de voluntarios, no puedo afirmar que la semilla sembrada en ellos cayó siempre en tierra buena. Como en todo terreno humano, muchas semillas cayeron en el camino y se las llevaron los pájaros: el Mal Espíritu se comió esa semilla y no pudo producir el fruto esperado (Mc 4, 3). Otras crecieron en terreno pedregoso: algunos voluntarios, después de la experiencia, fueron ahogados por las preocupaciones del mundo o por las seducciones de las riquezas o de otros ídolos y su inicial generosidad se diluyó en buena medida (Mc 4, 19). Pero puedo decir que hubo varios en los que la semilla fructificó, lenta pero seguramente, y aportan a nuestra sociedad su granito de arena desde su capacidad y experiencia profesional a la construcción de una sociedad más solidaria y fraterna.
6. Recapitulación
Si recapitulamos lo que hemos expuesto, lo podemos expresar en las siguientes afirmaciones:
1. Para construir una Iglesia sinodal, se requieren cristianos que, en igualdad de participación, quieran caminar juntos en un proyecto común. Por supuesto, cada quien aportará lo que puede, tiene y quiere para que la Iglesia sinodal sea una realidad.
2. Los actores de esta Iglesia sinodal somos todos. Nadie queda exento de participación, pues todo bautizado, desde la dignidad de hijo o hija de Dios recibida, pertenece por igual a la comunidad cristiana y tiene una responsabilidad en la misión de la Iglesia que somos todos.
3. Hay que capacitarnos y capacitar a otros hermanos y hermanas para este proyecto común. No se nace listo para marchar sinodalmente.
4. Necesitamos formarnos para profundizar (o iniciar) un encuentro con el Dios vivo, ahondar en nuestro conocimiento bíblico, capacitarnos para discernir la voz del Espíritu en nuestras vidas y en nuestra Iglesia, y animar a los cristianos a dar el salto para el compromiso apostólico concreto. Estos aspectos son necesarios para promover nuestra Iglesia sinodal.
Este aprendizaje pertenece a nuestra vida cristiana en general, no a unos cuantos privilegiados. En la Iglesia sinodal, necesitamos aprender juntos, y ayudarnos unos a otros para alcanzar esta cuádruple habilitación. Es obvio que hay personas más capacitadas que otras para facilitar el aprendizaje anterior. Los que lideren esta cuádruple formación tendrían que estar constituidos por un equipo diverso: sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas, agentes de pastoral, diáconos y servidores de nuestras diversas comunidades. Porque no solo tendrían que representar a gente capaz de acompañar estos largos procesos, sino que ellos mismos, simbólicamente, tendrían que representar a la Iglesia sinodal, variada en su composición, en su pensar, en su experiencia, en su creatividad.
Resumimos, por tanto, las cuatro capacitaciones fundamentales para ser “sinodales”:
1. Pasar (y hacer pasar) por un encuentro con el Dios vivo a través de Jesucristo.
2. Necesitamos un manejo muy decente de la Biblia (científico, sapiencial, pastoral, profundo y apropiado).
3. Requerimos capacitarnos para discernir la voz de Dios en nuestra vida, en nuestra Iglesia y en el mundo.
4. La Iglesia demanda apóstoles comprometidos, lúcidos y entregados, que descubran a Dios en ese compromiso y que experimenten “probaditas” de esa gran familia que Dios quiere crear.
Para construir una Iglesia sinodal, necesitamos recorrer un camino largo, que implica trabajar en diferentes dimensiones personales y comunitarias. Imaginamos estas cuatro vías de habilitación como una manera de contribuir a que los creyentes en camino trabajen en esperanza activa, creativa, proactiva. La realidad actual nos presenta retos enormes a nuestra fe. Por ello, necesitamos dar una respuesta a la altura de las circunstancias, si es que nuestra fe tiene algo que decir a nuestros contemporáneos.
Bibliografía
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Notas