Dossier
EVANGELIZACIÓN-ACCIÓN Y EL PROCESO MIGRATORIO
EVANGELIZACIÓN-ACCIÓN Y EL PROCESO MIGRATORIO
Revista Iberoamericana de Teología, vol. XIX, núm. 36, pp. 105-134, 2023
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Recepción: 14 Julio 2022
Aprobación: 20 Septiembre 2022
Resumen: La acción promovida por diferentes actores de Organizaciones Basadas en la Fe (jesuitas, franciscanos, dominicos, escalabrinianos, diócesis y organizaciones de seglares católicos) nos muestra un ejemplo de renovación del proceso de evangelización. Es un ejemplo de lo que se ha denominado teología de la acción (reflexionado especialmente desde la Pontificia Universidad Xaveriana, en Colombia). La evangelización-acción se inserta en un proceso amplio de reflexión y acompañamiento a los migrantes. Este esfuerzo no es nuevo, y la Iglesia católica ha prestado especial atención al fenómeno con la creación en 1970 del Pontificio Consejo de la Pastoral para los migrantes e itinerantes (reformado en 2016 por Francisco en la Sección Migrantes y Refugiados de la Curia Vaticana). No pretendo aquí realizar un estudio de caso del actuar de las Organizaciones Basadas en la Fe, sino reflexionar en torno a la renovación evangelizadora que posibilitan. El presente artículo muestra a través del estudio de textos del magisterio cómo esta atención al migrante nos ofrece una propuesta de difusión de la Buena Nueva por medio de discursos u homilías, así como de una nueva manera de acompañar cristianamente, no solamente a los forasteros, sino a todos los habitantes de las periferias existenciales.
Palabras clave: migración, teología de la acción, evangelización, Erga migrantes caritas Christi, Fratelli Tutti.
Abstract: The action promoted by different actors of Faith-Based Organizations (Jesuits, Franciscans, Dominicans, Scalabrinians, diocesans, and organizations founded by Catholic lay people) shows us an example of the renewal of the evangelization process. It is an example of what has been called Theology of Action (especially reflected from the Pontifical Xavierian University in Colombia). Evangelization-action is part of a broader process of reflection and accompaniment of migrants. This effort is not new, and the Catholic Church has paid attention to the phenomenon since the creation in 1970 of the Pontifical Council for Pastoral Care for Migrants and Itinerant People (reformed in 2016 by Francis in the Migrants and Refugees Section of the Vatican Curia). I do not intend here to conduct a case study of the actions of Faith-Based Organizations, but to reflect on the evangelizing renewal that they make possible. This article studies some of the text of the magisterium and shows this attention to the migrant. It offers us a proposal to analyze the dissemination of the Good News through speeches or homilies and as a new way of accompanying by Christian way, not only foreigners but all the inhabitants of the existential peripheries.
Keywords: Migration, Theology of praxis, Evangelization, Erga migrantes caritas Christi, Fratelli Tutti.
No amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino de verdad y con hechos... 1 Jn 3, 17-18
Durante el siglo pasado la migración fue una de las problemáticas con mayor crecimiento a nivel mundial, pasando de 173 millones en 2000, a 221 millones en 2010 y 281 millones de personas quienes viven fuera de su país de origen en 2020.
[1] Si bien el año 2020 ha visto una disminución del fenómeno debido a mayores restricciones fronterizas y a la crisis del Covid-19, al mismo tiempo se ha precarizado más otro tipo de movilidad humana como lo es el éxodo centroamericano.
El estudio migratorio no puede limitarse a nociones como pobreza, marginación, discriminación y exclusión, que lo circunscribe a una definición fundamentalmente económica. […] Los estudios migratorios también [deben] tener en cuenta los problemas psicológicos y emocionales y los cambios que estos últimos producen en la vida cotidiana, en la fe, esperanza y religiosidad de las diferentes poblaciones.[2]
Por ello pretendo enfocar mi reflexión en el análisis de los documentos base del Pontificio Consejo de la Pastoral para los migrantes e itinerantes.
Veo en la acción promovida por diferentes actores de Organizaciones Basadas en la Fe (jesuitas, franciscanos, dominicos, escalabrinianos, diócesis y organizaciones de seglares católicos) un ejemplo de lo que se ha denominado teología de la acción (reflexionado especialmente desde la Pontificia Universidad Xaveriana), un proceso de evangelización-acción que se inserta en un proceso amplio de reflexión y acompañamiento a los migrantes. Este esfuerzo no es nuevo, y la Iglesia católica ha prestado especial atención al fenómeno con la creación en 1970 del Pontificio Consejo de la Pastoral para los Migrantes e Itinerantes (reformado en 2016 por Francisco en la Sección Migrantes y Refugiados de la Curia Vaticana). En la instrucción Erga migrantes caritas Christi, el cardenal Hamao indicaba en 2004 durante el pontificado de Juan Pablo II:
[…] la defensa de los valores cristianos pasa también por la no discriminación de los inmigrantes, sobre todo gracias a una sólida regeneración espiritual de los fieles mismos. El diálogo fraterno y el respeto recíproco, testimonio vivido del amor y de la acogida, serán así, por sí mismos, la primera e indispensable forma de evangelización (Erga migrantes caritas Christi, 2004, 99).
Es justamente esta forma de evangelización-acción que pretendemos estudiar en este artículo poniendo de relieve las acciones promovidas a favor de los migrantes con los documentos básicos de la Sección Migrantes y Refugiados de la curia vaticana[3] Erga migrantes caritas Christi, “La caridad de Cristo hacia los migrantes” de 2004, las orientaciones pastorales “Acoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados forzosos” de 2013, y la Fratelli Tutti de 2020.
Esta cuestión es parte de las temáticas fundamentales del pontificado de Francisco. En varios textos, alocuciones, discursos, podemos ver esa preocupación, como lo hizo en la homilía que pronunció en la misa de 2019 para inaugurar la jornada mundial del migrante y refugiado de ese año:
[…] todos los habitantes de las periferias existenciales que, junto con los migrantes y los refugiados, son víctimas de la cultura del descarte.
El Señor nos pide que pongamos en práctica la caridad hacia ellos; nos pide que restauremos su humanidad, a la vez que la nuestra, sin excluir a nadie, sin dejar a nadie afuera.[4]
Este concepto de periferias existenciales de Francisco es básico para entender cómo el proceso de acompañamiento a las personas migrantes y refugiadas es un ejemplo de evangelización-acción. Para el papa Francisco la periferia hace referencia a los que no están en el centro, claro, y es también una denuncia a la mentalidad principesca, como él mismo la define, que ha caracterizado a los obispos y a los cristianos que tienden a olvidar a los más vulnerables, a los cuales borramos y excluimos de nuestras existencias. Es decir, que no son solo los que están lejos geográficamente, sino también los que alejamos e invisibilizamos en nuestra vida cristiana diaria.
Mi reflexión empezará primero por explicar por qué considero la labor de la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral como un ejemplo del modelo de evangelización-acción. Las Organizaciones Basadas en la Fe han jugado un rol histórico en el acompañamiento a los migrantes, y se han renovado para que esta nueva evangelización promueva las virtudes teologales de fe, caridad, esperanza y la virtud cardinal de justicia. En un segundo momento revisaré una de las instrucciones fundamentales que dio pie a esta nueva evangelización, la Erga migrantes caritas Christi, aprobada por Juan Pablo II en 2004. Finalmente me enfocaré en el documento que publicó en 2020 el papa Francisco, que presta especial atención a la hermandad con los migrantes: la carta encíclica Fratelli Tutti. La Iglesia católica, apoyándose en la naturaleza propia de su institucionalidad, puede promover un apoyo trasnacional que difícilmente otras instituciones podrían llevar a cabo.
La Sección Migrantes y Refugiados como un ejemplo de evangelización-acción
Para entender el actuar de varios religiosos, fieles laicos o consagradas y consagrados que dedican su cuerpo y alma a acompañar a sus hermanos en el camino, me parece que los conceptos de evangelizaciónacción y teología de la acción son fundamentales. La evangelización-acción no es nueva, pues la reflexión sobre los procesos históricos analizados a la luz de la fe está presente en el estudio de las Sagradas Escrituras mismas. Se podría decir que es una característica esencial de las religiones del libro. Sin embargo, queremos aquí retomar la idea de teología de la acción tal y como se ha reflexionado desde la Pontificia Universidad Xaveriana, donde ha habido, desde mediados de la década pasada, un enfoque especial en entender mejor el concepto.
La teología de la acción, como la define el teólogo Edgar Antonio López, es “una manera de hacer teología que capta la acción continua de Dios en la historia mediante las acciones humanas, las cuales han de ser objeto de percepción, análisis y planificación”.[5] Este es el concepto clave con el cual propongo acercarme al análisis del fenómeno migratorio y los esfuerzos realizados por varias congregaciones religiosas para acompañar a los hermanos en tránsito y a quienes se ven obligados a establecerse en territorios adversos. Es decir, veo en las nuevas pastorales migratorias, enunciadas al principio del actual milenio, una renovación evangelizadora.
La respuesta pastoral al fenómeno de la movilidad humana es un ejemplo de evangelización-acción que pretende acompañar a los más vulnerables. La evangelización-acción asume la complejidad del actuar humano. El caso mexicano es un claro ejemplo de ello. Como bien lo nota López, “es evidente que no todas las acciones humanas se orientan a la construcción del Reino de Dios, pues algunas de ellas alienan, infligen daño o causan violencia y dolor”.[6] Frente a ello, es necesaria una nueva evangelización que acompañe tanto a los actores de esta movilidad humana como a las comunidades que interactúan con ellos. Aquí es donde encuentro la conexión entre la teología de la acción y la evangelización-acción. El fenómeno migratorio me permite ejemplificar esta conexión. La fuerza de la acción nos la presenta el apóstol san Juan en su primera carta: “Si uno goza de riquezas en este mundo y cierra su corazón cuando ve a su hermano en apuros, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino de verdad y con hechos...” (1 Jn 3, 17-18). Por ello, comparto la visión según la cual la “teología debe fijar ahora su atención en las historias singulares, prestando suficiente atención a la dialéctica entre procesos de corta y larga duración que dan forma a las comunidades y a los grupos sociales en contextos particulares”.[7] Veo en particular la obra de la Sección Migrantes y Refugiados como parte de esta evangelización-acción, estudiada desde la óptica de la teología de la acción. Por ello me parece tan importante entender cómo los retos de los nuevos tiempos produjeron un cambio en las respuestas pastorales a las nuevas necesidades espirituales y materiales de creyentes y no creyentes inmersos en los nuevos de procesos de movilidad humana. Como lo explica el teólogo Alberto Parra, la teología de la acción tiene su origen en la constitución pastoral producto del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes.
La teología quedaba convocada a fundamentar de modo permanente el valor, la autonomía y el sentido de la actividad humana en el mundo y en la sociedad, no menos que su fontal relación con el plan de gracia, de revelación y de salvación; acción humana opacada por el pecado, pero perfeccionada por quien nos amó con obras y condujo la acción humana al plano de valor y sentido escatológico de los nuevos cielos y de la nueva Tierra en que habite la justicia.[8]
El nuevo actuar de la Iglesia católica de cara a los migrantes y refugiados sin importar que sean o no creyentes es parte de este camino hacia la teología de la actividad humana que abrió el Concilio Vaticano II. La Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral ayuda a la Iglesia en acompañar a los refugiados, quienes se ven obligados a migrar, o a las víctimas de la trata de seres humanos, y no se limita solamente a apoyar a cristianos o católicos. No busca propagar la fe o el Evangelio a través de discursos y declaratorias, sino a través de la acción, de los hechos. Por ello es una muestra de la evangelización-acción. El dicasterio también promueve una importante sección de publicación destinada principalmente a quienes no sean migrantes o refugiados, para que sepan lo que se está haciendo en el terreno, con los menos favorecidos, con las personas que están en el camino. Esa parte es también fundamental en la teología de la acción y la evangelización-acción.
El principio esperanza es puntal para entrever el futuro de la acción presente hacia un mundo que puede ser mejor y diferente. El principio responsabilidad orienta nuestra acción con el sumo respeto por los seres bióticos y abióticos, compañeros de camino de hoy y de mañana. Y el principio planificación entrevé los objetivos y metas de nuestra acción: lejos del decir sin hacer, fuertes en el hacer del decir y del decir del hacer.[9]
Aquí está la clave para entender la renovación evangelizadora que plantea la evangelización-acción.
La crisis sanitaria de Covid-19 ha obligado a hacer más visible esta realidad. Desde abril de 2020, cada 15 días, la Sección Migrantes y Refugiados ha publicado de manera más puntual sucesos sobre la situación del virus y el fenómeno migratorio,[10] sin embargo, la evangelización-acción de esta sección antecede a la pandemia y tiene que ver con la funda- ción del Pontificio Consejo para la Pastoral de los migrantes en 1970, durante el pontificado de Pablo VI, su supresión en 2017 y su refundación por Francisco en el marco del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Integral.
En 2014, durante la preparación de los 100 años de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el misionero italiano Fabio Baggio, director del Instituto Scalabriniano de Migraciones,[11] ofreció una nota histórica fundamental para entender el rol que las Organizaciones Basadas en la Fe han jugado en el acompañamiento a los migrantes.[12]
En la conferencia que impartió, señaló en principio el actuar hacia los migrantes católicos. Explicaba cómo el fundador de los misioneros de san Carlos, Giovanni Battista Scalabrini, quien había promovido primero una orden de misioneros para los italianos que buscaban mejores oportunidades de vida en América, en particular en Estados Unidos y Brasil, presentó en 1905 un nuevo proyecto: la creación de “una comisión central para la coordinación de la asistencia de todos los migrantes católicos (Congregatio pro Emigrantis Catholicis) dentro de la curia pontificia.[13]
La propuesta de Scalabrini tomó tiempo para concretarse, pero en 1912 el papa Pío X constituyó la Oficina para el Cuidado Espiritual de los Migrantes (Officium de Sprituali Migrantium Cura). El enfoque de los primeros años era hacia los italianos. La propuesta de Pío X fue retomada y ampliada por su sucesor Benedicto XV. De hecho, este carácter preponderante del caso italiano se mantuvo durante el pontificado de Pío XI y buena parte del pontificado de Pío XII. “Hubo que esperar hasta 1952 para que la jornada tuviera alcance mundial. Al final de la segunda guerra mundial, la Iglesia se conmovió profundamente frente a los dramas de millones de migrantes y desplazados, apátridas y refugiados, exilados y perseguidos en todos los continentes”.[14]
Pío XII publicó en agosto de 1952 una constitución apostólica, Exsul Familia, presentando a la Sagrada Familia como el arquetipo de todas las familias migrantes forzadas a huir de su lugar de residencia, así como en su momento lo vivió la familia de Nazaret, cuando fue a Egipto.
La familia de Nazaret [es] modelo y consuelo de los refugiados. La familia de Nazaret desterrada, Jesús, María y José, migrantes a Egipto y refugiados allí para sustraerse a las iras de un rey impío, son el modelo, el ejemplo y el consuelo de los migrantes y peregrinos de todos los tiempos y lugares, y de todos los prófugos de cualquiera de las condiciones que, por miedo de las persecuciones o acuciados por la necesidad, se ven obligados a abandonar la patria, los padres queridos, los parientes y a los dulces amigos para dirigirse a tierras extrañas (Exsul Familia, 1952, 1).[15]
Este punto es fundamental. Las familias migrantes, separadas, deportadas, explotadas, maltratadas, son la encarnación del rostro de Dios. Ello es vital para entender la evangelización-acción. El rostro de Dios presente en la vida y corazones de los migrantes es lo que nos tiene que mover a entendernos todos como hermanos.
En su análisis del documento, Baggio insiste en que el pontífice hacía hincapié en la larga tradición y “las acciones pastorales de la Iglesia católica a favor de los peregrinos, forasteros, desterrados y migrantes de todos los tiempos, y estructuraba la pastoral de la movilidad humana para la Iglesia universal y las Iglesias locales”.[16]
En la constitución apostólica, el papa Pío XII realiza un relato histórico del papel de la Iglesia. Inicia relatando las acciones de san Ambrosio respecto a los desplazados y prisioneros durante la invasión de los godos a Italia, para después mencionar la evangelización y la civilización de los bárbaros. Me interesa mucho destacar este punto en particular, porque este proceso de acompañamiento a los migrantes forma parte integral del proceso evangelizador (ef,5).
El acompañamiento de los sacerdotes se fue mezclando con la convivencia civil y las relaciones sociales. Esta tarea se vio fortalecida por el actuar de las misiones de las órdenes religiosas, misiones que aumentaron con el actuar y las exacciones cometidas en América y en Europa contra los indios y las poblaciones negras. En este sentido, Pío XII vio la necesidad de acercarse a los más necesitados.
Durante la Edad Media también existieron obras de caridad que apoyaban a los peregrinos. Ya en los tiempos de la expansión europea, eran las obras de sacerdotes las que organizaban parroquias para congregar a fieles con quienes compartían lengua y nación, aun en territorios lejanos. Un caso, por ejemplo, es la parroquia francesa de la Ciudad de México, ubicada en la zona norponiente, en el barrio de Polanco, a cargo de los hermanos de san Juan. Sin embargo, para Pío XII los nuevos tiempos requerían de un actuar mayor por parte de la Iglesia. Los esfuerzos de León XIII, Pío X y Benedicto XV fueron fundamentales. Motivado por las consecuencias del conflicto bélico iniciado en 1914, fue justamente Benedicto XV quien vio la necesidad de una cooperación más articulada. Posteriormente, el tema fundamental para Pío XII consistió en asegurar el cuidado espiritual de esos migrantes y refugiados.
Ahora bien, si es verdad que muchas asociaciones e instituciones civiles, nacionales e internacionales, se han esforzado y se esfuerzan con emulación por ayudar a los extranjeros en sus necesidades materiales y morales, Nos, en virtud de nuestro supremo y universal ministerio apostólico, no podemos dejar de intensificar nuestro gran amor hacia estos hijos, que se hallan en tribulaciones y en las calamidades del exilio y sin dejar aparte, dentro de lo que nos es posible, el socorro material, nos esforzamos con todo nuestro interés en procurarles principalmente el consuelo de la asistencia espiritual (ef, 78).
Existía para Pío XII una doble necesidad. La primera era el acompañamiento a los migrantes y refugiados. La segunda era seguir insistiendo ante los gobiernos y las organizaciones internacionales para que velen por el bienestar de los migrantes y reduzcan los peligros que corren los pueblos forzados a huir de sus tierras. Se trataba de “coordinar los postulados de la justicia con las exigencias de la caridad” (ef, 61). Por ello, era fundamental que en todas las diócesis se organizara anualmente un día especial para los migrantes. Esta idea fue ampliada nuevamente por el papa Pablo VI en 1969, cuando en la instrucción Nemo Est reiteró, como lo resalta Baggio, la importancia de celebrar una jornada del migrante que atendiera dos objetivos:
a) que todos los integrantes del Pueblo de Dios, cada uno según su condición, conozcan más sus deberes para con el cumplimento del plan salvífico de Dios y colaboren responsablemente en el sustentamiento de las obras de asistencia a los migrantes;
b) que los cristianos oren para que el Señor suscite nuevas vocaciones misioneras, fortalezca el celo apostólico de los sacerdotes y los migrantes mantengan viva su fe. Al mismo tiempo, el documento otorgaba amplia discreción a las Conferencias Episcopales para elegir la fecha más conveniente para la celebración de la Jornada.[17]
El nuevo milenio y las nuevas realidades del proceso migratorio obligaron a la Iglesia a profundizar un cambio anunciado ya desde finales de la década de 1980. Era necesario ofrecer a los diferentes actores de la evangelización en la pastoral migrante un marco más claro para continuar su labor y apoyarse en sectores laicales y organizaciones de la sociedad civil, algunas basadas en la fe, pero no exclusivamente.
La Erga migrantes caritas Christi. Veinte años de acompañamiento al migrante
Desde la primera década del siglo XX, la Iglesia católica entendió que el proceso migratorio estaba entrando en una nueva fase: un aumento exponencial en el desplazamiento humano por razones climáticas, económicas o vinculadas a violencias, sean esos procesos de migración interna o externa.
En 2004, Juan Pablo II aprobó las instrucciones Erga migrantes caritas Christi (La caridad de Cristo hacia los migrantes), que fueron profundizadas y retomadas por Francisco al principio de su pontificado, en 2013, con las orientaciones pastorales “Acoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados forzosos”.[18]
Las instrucciones Erga migrantes caritas Christi, documento fundamental para entender la renovación evangelizadora que ha acompañado al fenómeno migratorio, han marcado en las dos primeras décadas del siglo xx la atención brindada a los migrantes. Francisco, por su parte, le ha dado atención al migrante y al ser humano en general a través de la encíclica Fratelli Tutti, así como de la reorganización de la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.
Cabe mencionar que a pesar de que encontré una línea clara entre las instrucciones publicadas en 2004 y la Fratelli Tutti de 2020, esta última no hace referencia a las instrucciones de 2004, ni a las instrucciones de la Nemo Est de 1969. Esa ausencia no se debe a que no haya alineación entre los diferentes documentos —como lo pretendo mostrar aquí—, sino a la naturaleza propia de cada uno, pues la carta Fratelli Tutti es una enseñanza no solamente para los católicos, sino para todas las mujeres y los hombres de buena voluntad.
La instrucción pastoral, al contrario, tiene como objetivo enmarcar un ordenamiento jurídico pastoral para la institución eclesiástica, y tiene consecuencias para los diferentes agentes pastorales: capellanes, misioneros, coordinadores nacionales, presbíteros diocesanos o eparquiales, religiosos, religiosas, laicas y laicos, así como las diferentes asociaciones y movimientos eclesiales. Las orientaciones pastorales “Acoger a Cristo en los refugiados y los desplazados forzosos” inician con un balance muy claro de la situación:
En el mundo de hoy, la migración ha cambiado y está destinada a aumentar en las futuras décadas. En el pasado era mucho más fácil distinguir entre migración voluntaria y migración forzosa, entre quienes dejaban su país de nacimiento en búsqueda de un trabajo o una educación mejores, y los que lo hacían al ver su vida amenazada por persecuciones. Pero, a lo largo de los años, la situación se ha vuelto más compleja y, por consiguiente, la protección a los refugiados se ha extendido a otros grupos, como por ejemplo a quienes huyen de la guerra.
En este apartado empezaré con una revisión de las instrucciones publicadas por Juan Pablo II, para después pasar al análisis de la Fratelli Tutti, y finalmente retomar las reflexiones de dos actores que han estado trabajando gran parte de su vida religiosa y académica sobre el tema migrante: los jesuitas Alberto Ares Mateos y Rafael Moreno Villa.
Desde la publicación del Motu proprio del papa Pablo VI Pastoralis migratorum cura y la Instrucción de la Sagrada Congregación para los Obispos De Pastoralis migratorum cura (mejor conocida como Nemo Est), transcurrieron 35 años para que se realizara una actualización de la pastoral migratoria. El texto Erga migrantes caritas Christi de 2004 marcó una renovación que tomó en cuenta los retos del nuevo milenio. Es decir, la Erga migrantes caritas Christi pretendía ser “una respuesta eclesial a las nuevas necesidades pastorales de los migrantes, a fin de conducirlos, a su vez, a transformar la experiencia migratoria, no solo en ocasión de crecimiento de la vida cristiana, sino también de nueva evangelización y de misión” (emcc, presentación). Para mí, un ejemplo de la nueva evangelización y la necesidad de procesar la evangelización-acción.
Lo que animaba a esas instrucciones era atender las nuevas necesidades espirituales y pastorales de los migrantes, pero también hacer de la experiencia migratoria un “instrumento de diálogo y de anuncio del mensaje cristiano”. Por ello veo en este documento un claro ejemplo de lo que es la evangelización-acción; la importancia de testimoniar la fe, más que anunciarla. No se trata de mostrar las contradicciones entre fe anunciada y fe vivida, sino de proponer, a través del testimonio, una relación intraeclesial de hermandad, que también rebasa la relación entre católicos de diferentes orígenes. Se trata también de favorecer un discurso ecuménico entre hermanos cristianos y un diálogo interreligioso con hermanos de otros orígenes, con un especial énfasis en los hermanos musulmanes.
Tener en debida cuenta la nueva normativa de los dos Códigos Canónicos vigentes, latino y oriental, respondiendo también a las exigencias particulares de los fieles emigrados de las Iglesias Orientales Católicas, cada vez más numerosos. Existe, además, la necesidad de una visión ecuménica del fenómeno, debido a la presencia, en los flujos migratorios, de cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, así como de una visión interreligiosa, a causa del número siempre mayor de migrantes de otras religiones, en particular de religión musulmana. Habrá que promover, en fin, una pastoral abierta a nuevas perspectivas en nuestras mismas estructuras pastorales que garantice, al mismo tiempo, la comunión entre los agentes de esta pastoral específica y la jerarquía local (emcc, Art. 3).
Son numerosos los retos que implica esta pastoral migrante para la Iglesia. Más que el discurso o diálogo, que sirven muy bien para el acompañamiento a católicos migrantes, como es el caso por ejemplo en las parroquias latinas en Estados Unidos o en las parroquias polacas, italianas, irlandesas, etc., el ejemplo y el testimonio son herramientas de evangelización más eficaces cuando se trata de otras denominaciones cristianas, o fieles de otros credos no cristianos.
En esta realidad, la pastoral de los inmigrantes es un servicio eclesial para los fieles de idioma y cultura distintos de aquellos del país que los acoge y, al mismo tiempo, garantiza una aportación específica de las colectividades extranjeras para la construcción de una Iglesia que ha de ser signo e instrumento de unidad, con miras a una humanidad renovada (emcc, Art. 99).
Esa realidad produce una serie de tensiones dentro de la propia institución o en una misma diócesis. Parroquias autóctonas podrían entrar en conflicto con capellanías o parroquias de migrantes. Dentro de los mismos grupos, es diferente la vivencia para los migrantes que ya se han establecido desde hace varias generaciones y donde existen o podrían existir redes de apoyo, pero también de exclusión. Al menos, la Iglesia institucional es consciente de esos problemas entre comunidades católicas. Cuando se trata de grupos más alejados a la vida católica, sin embargo, el diálogo y el anuncio de la Buena Nueva no son suficientes. El camino es ser testigo.
El testimonio, esta característica de la evangelización-acción es fundamental. Existe en este sentido una continuidad en la Erga migrantes caritas Christi y la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de 1969, de Pablo VI (emcc, 82). Lo interesante aquí es que no se limita esta labor de evangelización-acción solo a personal religioso, sino también a los fieles laicos, quienes a través de la comunión demuestran las virtudes de los valores cristianos: la “aceptación de las legítimas diversidades”, […] el diálogo fraterno y el respeto recíproco, testimonio vivido del amor y de la acogida, serán así, por sí mismos, la primera e indispensable forma de evangelización” (emcc, 99). La no discriminación es en sí un valor cristiano.
De hecho, la instrucción pastoral es todavía más clara en cuanto a que las migraciones son parte misma de la naturaleza de la comunidad cristiana nacida en Pentecostés.
Las migraciones, por consiguiente, ofrecen a la Iglesia una ocasión histórica para verificar sus propias notas características. Ella, de hecho, es una, porque expresa, en cierto sentido, incluso la unidad de toda la familia humana; es santa, también para santificar a todos los hombres y para que en ellos sea santificado el nombre de Dios; es católica igualmente porque se abre a las diversidades que se han de armonizar, y es apostólica, por último, porque está comprometida a evangelizar a todo el hombre y a todos los hombres (emcc, 97).
Sin embargo, esta afirmación es a la vez una muestra de lo difícil que resulta esta labor. Los nacionalismos exacerbados que denuncia el texto son una muestra de que no es suficiente asumir que el pensamiento cristiano ha permeado de manera plena en las sociedades tradicionalmente católicas, y que se necesita una acción pastoral más clara y precisa. No se trata solamente de una lejanía geográfica, sino también de una lejanía cultural, e inclusive religiosa, aun entre comunidades católicas que viven diferentes ritos o expresiones populares de su fe.
Por ello, en las propias instrucciones se hace un llamado a las Iglesias particulares para brindar una mejor acogida a los inmigrantes con iniciativas pastorales de encuentro y diálogo, pero igualmente ayudando a los fieles a superar prejuicios y suspicacias […] Con mucho respeto y atención por las tradiciones y las culturas de los inmigrantes, los cristianos estamos llamados a darles testimonio del Evangelio, de la caridad y de la paz también a ellos, y a anunciarles explícitamente la Palabra de Dios, para que les llegue la bendición del Señor, prometida a Abrahán y a su descendencia por siempre (emcc, 100).
Se podría discutir qué tanto esas instrucciones fueron o no seguidas, pero no es aquí mi objetivo. Lo que quiero resaltar es que tenemos en este documento una visión de la Iglesia que se basa en las virtudes de verdad, justicia, caridad y libertad para que la Iglesia sea plenamente católica, es decir, universal; y al ser universal, no cabe en ella la noción de extranjería o marginación. La meta es hacer una promoción humana y cristiana de la persona. En este sentido la conversión es la que rompe con las fronteras. Esta idea será retomada ampliamente por Francisco en la Fratelli Tutti, cuando dedique un apartado al límite de las fronteras, como lo analizaré más adelante.
Ares Mateos, en su análisis breve de la carta encíclica, retoma de hecho lo compleja que es la idea de frontera: “Las fronteras son espacios de encuentro y separación, de limitación y de fecundidad mutua. Hay fronteras físicas, pero muchas veces construimos fronteras existenciales, culturales, sociales, políticas”.[19] Si trasladamos eso a la cuestión del Evangelio y la evangelización, los propios migrantes, sean o no cristianos, son también constructores de la catolicidad de las Iglesias locales. La instrucción de hecho retoma una cita de Juan Pablo II:
Las migraciones brindan a la Iglesia local la oportunidad de medir su catolicidad, que consiste no solo en acoger a las distintas etnias, sino y sobre todo, en realizar la comunión de esas etnias. El pluralismo étnico y cultural en la Iglesia no constituye una situación que hay que tolerar en cuanto transitoria, sino una propia dimensión estructural. La unidad de la Iglesia no resulta del origen y del idioma comunes, sino del Espíritu de Pentecostés que, acogiendo en un Pueblo a las gentes de hablas y de naciones distintas, confiere a todos la fe en el mismo Señor y la llamada a la misma esperanza (emcc, 100).
Desde 2004, se venían anunciando los problemas y limitaciones canónico-estructurales y teológico-pastorales de un fenómeno global, que durante muchos años se había basado en una aproximación pastoral monoétnica. Las realidades múltiples de los caminos migratorios ya se podían imaginar desde esa época, pero las nuevas rutas migrantes que se han constituido en los últimos años constituyen retos que superaron las expectativas. Las caravanas migrantes de los últimos años en América Central y México son un claro ejemplo de ello. No solamente caminan centroamericanos de lengua hispana, sino también poblaciones indígenas, migrantes angloparlantes caribeños, o francófonos, o también migración proveniente de África, en el caso de México. Sobre este tema en particular, Zefitret A. Molla presentó una interesante tesis de maestría: “A Treacherous Journey Through Latin America: The Plight of Black African and Haitian Migrants Forced to Remain in Mexico”. Si bien no trata el tema religioso en sí, muestra cómo el acompañamiento al migrante es cada vez más diverso, y el mosaico cultural más complejo.[20] La migración en Centroamérica y México tiene características propias, por ejemplo, las caravanas, la trata de personas por parte del crimen organizado, la migración infantil no acompañada, y el hecho de que México ya no es solo lugar de paso. Esa transformación del fenómeno migratorio ha requerido también una adaptación mayor por parte de las instituciones de acogida que merecía un estudio propio.
La evangelización-acción marca una renovación del proceso evangelizador que acompaña a los migrantes. En particular porque la fórmula clásica de la Misión para el cuidado de las almas (Missio cum cura animarum) estaba enfocada en capellanías/misiones de lengua y cultura única, o parecida, pero la realidad de las nuevas colectividades migratorias conlleva una renovada intervención pastoral que no puede enfocarse en un solo grupo sociolingüístico. Existe entonces el reto no solamente de crear un marco evangelizador plural y diverso, sino de crear estructuras maleables, basadas en el papel de los laicos y religiosos, como es el caso de los jesuitas y escalabrinianos, o franciscanos, quienes muchas veces se apoyan en laicos formados, para gestionar los centros, y en voluntarios formados y multilingües.
En el caso de México, esta alianza entre laicos y religiosos es la base del funcionamiento de iniciativas como el Servicio Jesuita a Migrantes[21] o “La 72”[22] y otras casas para migrantes. La realidad social y cultural que se vive en los países con altos índices migratorios, sean esos países considerados como terrenos de migración de paso o países meta, lleva también una transformación del proceso evangelizador. La temática del acompañamiento a las personas migrantes es tan nodal que, tras aprobarse en el decreto 3 de la Congregación general de 2008,[23] se reafirmó en 2017 como una de las cuatro preferencias apostólicas de la Compañía de Jesús para guiar las diferentes obras jesuitas de 2019 a 2029.
Existe un ajuste al tratarse de sociedades cada vez más multiculturales. Ese tránsito social y cultural lleva a posturas políticas y discriminatorias explícitas, que obligan a los pastores a repensar y reafirmar los valores cristianos católicos, lo que provoca una renovación evangelizadora con los migrantes, pero también con los fieles “tradicionales”. “El paso de sociedades monoculturales a sociedades multiculturales puede revelarse como un signo de la viva presencia de Dios en la historia y en la comunidad de los hombres, porque presenta una oportunidad providencial para realizar el plan de Dios de una comunión universal” (emcc, 9). Este punto es fundamental. Justamente la teología de la acción ve en esas acciones emprendidas por la Iglesia la parte vital. Esas acciones son un signo de la viva presencia de Dios en la historia y en las comunidades de los hombres. No quiero aquí profundizar en una serie de ejemplos, sino plantear el apoyo humanitario de numerosas Organizaciones Basadas en la Fe que ofrecen hospitalidad a migrantes, asesorías legales, auxilio mental y espiritual, procuran tener siempre una comida y espacios de aseo y primeros auxilios, que permitan mantener la dignidad humana en las mujeres, hombres, niñas y niños migrantes.
Las mismas instrucciones insisten en lo que ha conllevado esta renovación evangelizadora:
La centralidad de la persona.
• La defensa de los derechos del hombre y de la mujer migrantes y sus hijos.
• La dimensión eclesial y misionera de las migraciones.
• La revalorización del apostolado seglar.
• El valor de las culturas en la obra de evangelización.
• La tutela y la valoración de las minorías, incluso dentro de la Iglesia; la importancia del diálogo intra y extra eclesial.
• La aportación específica de la migración para la paz universal. (emcc, 27)
El ecumenismo y el diálogo interreligioso afrontan sus propios retos. En este sentido, se apunta hacia una teología de la comunión que no solo busque puntos comunes, sino que pretenda recuperar dimensiones comunes como lo son la oración, el ayuno, la apertura a la trascendencia, la adoración a Dios y la búsqueda de sentido para el hombre, así como la solidaridad entre naciones, sin importar las limitaciones de los Estados. Es en este marco que la Iglesia católica sigue asumiendo como irrenunciable la salvación en Cristo, y que “ni el intercambio y el compartir los valores ‘humanos’ menoscaben el compromiso eclesial de la evangelización” (emcc, 69).
Fratelli Tutti y el nuevo acompañamiento a migrantes
La encíclica Fratelli Tutti, dada a conocer en Asís en octubre de 2020, es uno de los legados más importantes del pontífice Francisco, y en esa medida, uno de los documentos fundamentales para el análisis de su propuesta misional y evangelizadora. La palabra evangelización, de hecho, está ausente explícitamente del texto. En siete ocasiones el Papa hace referencia al Evangelio, pero todo el texto es un manifiesto de su propuesta evangelizadora.
Sería atrevido hacer un balance de lo que ha logrado o no provocar esta carta encíclica en la vida y las actividades reales de las Organizaciones Basadas en la Fe. Así que lo que hago aquí es analizar el espíritu de lo que el Papa pretende compartir con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad. Este discurso marca una serie de continuidades, pero también una ruptura. Un ejemplo son las citas en las que Francisco se apoya en múltiples ocasiones para no hablar de diálogo interreligioso, sino de hacer reales las dimensiones compartidas.
Las citas del gran imán Ahmed el-Tayeb son casi tan frecuentes como las citas del Evangelio. Las múltiples referencias al pueblo judío, al judío herido, son otra muestra de ello. No se menciona el diálogo interreligioso: se hace verbo. Ello no significa que Francisco descuide la identidad cristiana. Como lo resalta Ares Mateos al retomar el apartado 277 de la encíclica Fratelli Tutti:
En este contexto, “la Iglesia valora la acción de Dios en las demás religiones, y no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres”. Nuestras Iglesias locales reciben una especial invitación a generar espacios de diálogo con comunidades migrantes de distintos credos, junto al respeto y al entendimiento mutuo.[24]
En Fratelli Tutti el papa Francisco presenta en tres momentos explícitos las preocupaciones que tiene sobre los hermanos migrantes. Para el sumo pontífice, la fraternidad y la amistad social pueden lograrse solo cuando desaparece el ellos y se deja lugar a un nosotros, que incluye a los migrantes. Primero, en los apartados 37 a 41 de la Fratelli Tutti, en el subcapítulo “Sin dignidad humana en las fronteras”, Francisco plantea en cinco apartados la situación general de la migración.
El actuar de los Estados y los regímenes políticos, sean populistas o liberales, promueven un rechazo a la llegada de las personas migrantes, pues les ofrecen medidas de austeridad que niegan las tragedias que viven: guerra, persecuciones, catástrofes naturales (ft, 37). Francisco también es consciente de la gran atracción que produce el modelo cultural occidental, tanto en su polo europeo como norteamericano. Esta atracción provoca que traficantes abusen psicológica y físicamente de las personas migrantes. De hecho, Francisco retoma la reflexión del documento final “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” del sínodo de los obispos de 2018:[25]
Los jóvenes que emigran tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia viven un desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que pierden a los elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra uno de los padres o ambos, dejando a los hijos en el país de origen.[26]
De hecho, Francisco termina este apartado reafirmando, como lo hizo su predecesor Benedicto XVI, el derecho a no emigrar (ft, 38). Este derecho es todavía más necesario debido a la xenofobia promovida en varios países de llegada, vinculada muchas veces con fines políticos. Francisco es muy duro cuando hace un balance, y debe reconocer que los cristianos muchas veces promueven y comparten esta xenofobia. Para él “es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes, haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno” (ft, 39). Ese punto tan fundamental lo resalta también el jesuita Rafael Moreno Villa en el documento “Visión cristiana de migración a la luz de la encíclica Fratelli Tutti”, cuando cita el artículo 125.
Lo anterior supone otra manera de entender las relaciones y el intercambio entre países. Si toda persona tiene una dignidad inalienable, si todo ser humano es mi hermano o mi hermana, y si en realidad el mundo es de todos, no importa si alguien ha nacido aquí o si vive fuera de los límites del propio país.[27]
Más allá del llamado a los cristianos, y en particular a los católicos, para el Papa el fenómeno migratorio es y será un fenómeno cada vez más importante. No entraré aquí en este debate, pero la reflexión del sumo pontífice no se queda solamente a nivel doctrinal o pastoral, sino que nos habla de las implicaciones políticas de ser católico, y del papel que los cristianos juegan en la sociedad civil. Esa importancia política no es nueva, y algunos pensadores católicos ya han reflexionado en el siglo xx sobre el problema del racismo europeo y la crisis del Estado nacional.[28] Francisco sabe que la responsabilidad no es solo de las grandes infraestructuras, de los partidos o regímenes políticos. “Comprendo que ante las personas migrantes algunos tengan dudas y sientan temores. Lo entiendo como parte del instinto natural de autodefensa. Pero también es verdad que una persona y un pueblo solo son fecundos si saben integrar creativamente en su interior la apertura a los otros” (ft, 41).
Consciente de esta realidad, Francisco explica en los apartados 61 a 62 de la Fratelli Tutti que la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, hace una invitación a tomar en cuenta al extranjero, a no excluirlo, y existe una constante referencia a lo que el pueblo vivió en Egipto, como forastero, y a lo que la propia Sagrada Familia también vivió en este mismo territorio (Ex 22, 20; Ex 23, 9; Lv 19, 33-34; Dt 23, 21-22). Subraya que en el Nuevo Testamento existe una invitación clara al amor fraterno, en particular en las Cartas a los Gálatas o en la primera Epístola de Juan (Ga 5,14; 1 Jn 2,10-11; 1 Jn 3,14; 1 Jn 4,20). Asimismo, resalta que los más grandes exponentes de esta apertura al otro fueron Pablo y Juan, para quienes el amor del hermano debe ser el mismo, sin importar si es de aquí o de allá (1 Ts 3,12; 3 Jn 5) (ft, 62).
Finalmente, Francisco le dedica a la dignidad humana del migrante un último momento entre los apartados 129 y 136. En esos apartados reafirma que todos los seres humanos somos hermanos y hermanas “Fratelli tutti”. Esa idea no es una abstracción, sino la encarnación de la fraternidad de todos en Cristo. Esto lo demuestra en un subcapítulo titulado “El límite de las fronteras” y en otro subcapítulo titulado “Las ofrendas recíprocas”. Los gestos de Francisco —que no aparecen en la carta— son un ejemplo claro de lo que se espera. Sus visitas a la isla de Lampedusa en 2013 o a la isla de Lesbos en 2016 son una muestra clara de la fuerza de la evangelización-acción. Los cambios estructurales son largos y sujetos a las voluntades políticas. Si se actúa como cristiano, los valores de Cristo llaman a respetar el derecho de todo ser humano y a la promoción de la fraternidad humana. Esa caridad cristiana debe acompañarse por un deseo de justicia. Los cristianos deben hacerse escuchar para lograr cambiar las realidades actuales. Francisco propone ejemplos concretos que en muchos lugares las Organizaciones Basadas en la Fe, los religiosos, laicos y fieles pueden promover:
Incrementar y simplificar la concesión de visados.
Adoptar programas de patrocinio privado y comunitario.
Abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables.
Ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos.
Asegurar una adecuada asistencia consular.
Tener siempre consigo los documentos personales de identidad.
Permitir un acceso equitativo a la justicia.
Abrir cuentas bancarias.
Garantizar lo básico para la subsistencia vital.
Dar libertad de movimiento.
Ofrecer la posibilidad de trabajar.
Proteger a los menores de edad.
Asegurar el acceso regular a la educación.
Prever programas de custodia temporal o de acogida.
Garantizar la libertad religiosa.
Promover la inserción social.
Favorecer la reagrupación familiar.
Preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos. (ft, 120)
En su reflexión sobre la Fratelli Tutti, Ares Mateos cita ampliamente el apartado 187 y reafirma:
Uno de los ejes nucleares de la Encíclica tiene que ver con la dimensión política que emana de la fraternidad universal. En esta, la caridad, “corazón del espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos, que está detrás de todas las acciones que se realicen a su favor. Solo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura, y por lo tanto verdaderamente integrados en la sociedad”. Esta mirada es el núcleo del verdadero espíritu de la política.[29]
Muchos de esos temas son polémicos y causan rupturas en las comunidades. Numerosos partidos políticos, vinculados algunos abiertamente con sectores neoconservadores cristianos o con propuestas populistas, no comparten esas iniciativas. Por el contrario, llaman a un robustecimiento de las fronteras, a mantener encapsulados a los migrantes. Para ellos también se da esta nueva evangelización. Por ello, tanto Juan Pablo II como Benedicto xvi y Francisco entendieron que el acompañamiento pastoral a los migrantes también beneficia a las comunidades cristianas en las cuales se acogen a quienes buscan nuevas oportunidades fuera de su lugar de origen. En particular, el esquema político invita a generar un concepto de ciudadanía que “se basa en la igualdad de derechos y deberes bajo cuya protección todos disfrutan de la justicia” (ft, 131).
De hecho, Francisco va más allá y propone también que a nivel conceptual los cristianos se vayan despojando del uso indiscriminado del concepto de minorías, el cual “prepara el terreno para la hostilidad y la discordia y quita los logros y los derechos religiosos y civiles de algunos ciudadanos al discriminarlos”.[30] El pensamiento de Francisco rebasa el ámbito religioso y es una clara invitación a la cooperación internacional y a la búsqueda de una gobernanza global para las migraciones. En este sentido, para el sumo pontífice no es suficiente atender la situación de emergencia, sino que es necesario aportar una respuesta a mediano y largo plazo. Un llamado más a no dejar todo a nivel de compromiso, sino de acción. En ello veo una muestra más de la evangelización-acción, pues para Francisco el apoyo ofrecido debe valorar las culturas de los beneficiarios y favorecer un acompañamiento que no condicione las ayudas a prácticas ideológicas ajenas a los beneficiados (ft, 131). Ese punto también lo resalta Ares Mateos en su análisis, cuando dice que los elementos centrales de la encíclica son “la sana política puesta al servicio del verdadero bien común, de sociedades inclusivas, no de fanatismos o de miedos que construyen fronteras, y el camino por una gobernanza mundial renovada”.[31]
Francisco insiste en ver la llegada de los migrantes como un don y no dejarse cegar por ideologías que buscan el enfrentamiento en lugar de la hermandad. “La dignidad de todo ser humano [es inalienable]” (ft, 132). Creo que, de hecho, el concepto mismo de evangelización-acción que propone Francisco se encuentra en el apartado 133: “Las culturas diversas, que han gestado su riqueza a lo largo de siglos, deben ser preservadas para no empobrecer este mundo. Esto sin dejar de estimularlas para que pueda brotar algo nuevo de sí mismas en el encuentro con otras realidades”.
Es en la segunda oración donde veo esta invitación a la nueva evangelización. Existen muchos casos que muestran los beneficios de la migración (los latinos en Estados Unidos, los italianos y judíos en Argentina). Lo fundamental es “consolidar los derechos humanos generales y comunes, para ayudar a garantizar una vida digna para todos los hombres […] evitando el uso de políticas de doble medida (ft, 136). Ares Mateos también retoma este punto: “Como nos indica el papa Francisco, la espiritualidad y la Teología de las Migraciones se reconocen como disciplinas que nos ayudan a encontrar el rostro de Dios en las vidas y corazones de nuestros hermanos y hermanas migrantes”.[32]
Conclusiones
La transformación en las últimas décadas del fenómeno migratorio global ha permitido que la Iglesia católica renueve su compromiso con los migrantes, sean católicos o no. El diálogo ecuménico y la apertura interreligiosa promovidos en el Concilio Vaticano II permitieron la creación en 1970 de un Pontificio Consejo de la Pastoral para los migrantes e itinerantes. Pensado principalmente para atender a comunidades monoculturales, con pastores o misioneros que compartían lengua y cultura con los fieles, este modelo comenzó a mostrar sus límites a finales del siglo XX.
Durante el siglo XXI, primero con Juan Pablo II y después con Francisco, apareció la necesidad de un nuevo modelo pastoral-evangelizador. Si bien se afirmaba la relevancia irrenunciable de la salvación por Cristo, la necesidad de evangelizar no pasaba por un discurso explícito, sino por una renovación a través de la evangelización-acción en la cual el católico debe demostrar su fe a partir del ejemplo —no dejarse llevar por ideologías o propuestas políticas que nieguen el amor, lo orillen a la exclusión, la incomprensión y el racismo— y privilegiar las virtudes de fe, caridad, esperanza y justicia.
El documento clave que deberá permitir un fortalecimiento de esta nueva opción evangelizadora es la encíclica Fratelli Tutti, que no solo hace un llamado a revalorizar nuestro bagaje cultural y emocional cristiano, sino que nos invita a repensar las implicaciones políticas de nuestro compromiso cristiano:
Si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados-enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer (ft, 277).
Por ello Francisco cierra esta carta encíclica con una oración al creador y una “Oración cristiana ecuménica”. Esta última es una clara invitación a considerarnos todos hermanos, rostros diferentes de la misma humanidad, que Dios tanto ama.
Las Organizaciones Basadas en la Fe, que han de ser promotoras de esta renovación evangelizadora, son llamadas a ser parte de los actores sociales y pastorales más importantes en el acompañamiento a migrantes, capaces de aprovechar el carácter multi- y trasnacional de la Iglesia católica para invitar a los fieles a construir una hermandad real, lejos de las posturas de los regímenes políticos y las lógicas populistas o neoliberales que promueven la cultura del descarte. En ellas convergen los intereses tanto de religiosas y religiosos como de fieles laicas y laicos. Esa nueva forma de ser cristiano cobra un sentido político explícito que podría verse acompañada por una transformación social, en algunos casos junto a los Estados y los diferentes regímenes políticos, en otros casos, a su pesar.
Referencias
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Notas