Dossier
INTRODUCCIÓN: APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA EVANGELIZACIÓN
INTRODUCCIÓN: APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA EVANGELIZACIÓN
Revista Iberoamericana de Teología, vol. XIX, núm. 36, pp. 53-73, 2023
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

INTRODUCCIÓN: APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA EVANGELIZACIÓN
Hacer una historia de larga duración de lo que denominamos evangelización es, antes que nada, cobrar conciencia de su dificultad —casi imposibilidad—, como la de todo aquello que se relacione con el fenómeno religioso premoderno. ¿Por qué asentar de entrada esto?
Hasta la emergencia de la Modernidad, puede afirmarse que todas las sociedades eran religiosas por motivos de su constitución centralizada, incluso, incipientemente, las sociedades segmentarias, y, claramente, las estratificadas. Una visión del mundo englobaba todo el espectro de una cultura y este modo de comprenderlo era común a todas ellas: es posible observar “[…] todo el mundo y duplicarlo de manera clara y distinta: para todo lo que es inmanente existe un correlato trascendente”. [1] Ello se transforma lentamente a medida que se instaura la sociedad moderna, funcionalmente diferenciada, policéntrica y “laica”. A partir de ahí, hay una fractura que nos impide aproximarnos cabalmente, tanto en términos de experiencia como de conocimiento, a lo que pudo haber sido ese mundo sumergido en lo divino en todos los sentidos. A ello se ha referido el gran historiador jesuita Michel de Certeau como "la inversión de lo pensable". Hay una realidad que no podemos ya concebir: "Dios se le ha escondido a Occidente", existe una visibilidad de lo que lo funda: "Hay aquí un rasgo fundamental del siglo xvii, a la vez religioso y cultural: una no-visibilidad del sentido (y aún de Dios)".[2] Esto impacta necesariamente cualquier intento de historiar los fenómenos religiosos, y así lo sintetiza magistralmente este autor cuando se refiere a su respectiva investigación, por lo que cito in extenso:
Al presentarlos aquí en forma de cuestiones, distingo, un poco arbitrariamente, en las determinaciones características de las investigaciones que hacemos: 1. las que aparecen primero ligadas al contenido de la historia, a la sociedad eclesiástica o a los fenómenos religiosos que estudiamos; 2. las que se refieren a su organización científica, es decir a nuestra manera de “comprender” la historia y por consiguiente a la relación que mantiene con su objeto religioso nuestra óptica actual de historiadores. Desde el primer punto de vista, hay cosas que se mueven delante de nosotros y que podemos analizar, desde el segundo punto de vista, somos nosotros los que nos hemos movido en relación con la manera como eran vividas y pensadas esas cosas por sus contemporáneos o por los historiadores que nos han precedido. No podemos eliminar ninguno de los dos aspectos. Su conjunto define al trabajo del historiador.[3]
Este reto está entonces presente cuando intentamos historiar la evangelización y ello es fundamental para saber de antemano las limitaciones intrínsecas del problema.
1. El término evangelización.
El núcleo del asunto es que no podemos suponer que evangelizar en el siglo xiii es lo mismo que evangelizar en el siglo xvii, y menos aún en el siglo xxi. La identidad, pensada siempre como autorreferencia y heterorreferencia,[4] nos lleva a concluir que la historia nos conduce justamente por el camino de la continuidad y la fractura —el cambio— al mismo tiempo. Así, en primer lugar, habría que analizar qué han entendido por evangelización, a lo largo de su ya centenaria historia, los habitantes de las sociedades pasadas. De la documentación posterior a la imprenta, los diccionarios son una útil llave. Veamos un par de ejemplos:
2) “Evangelizo, zas. Evangelizar, anunciar, y dar buenas nuevas, ó mensages. Matth. II ubi Interpres more Graecorum dixit: Pauperes evangelizantur. Y esá pasivo son evangelizados, reciben la buena nueva del Evangelio. Y no como declara Rod. Aunque mas es de espantar de Valla, que quiere mas que se diga Evangelizat, que Evangelizantur, como si quisiese Christo decir, que los pobres predicaban el Evangelio, y no que lo recibían. Luc. I Missus sum hace tibi Evangelizare, ut hunc tibi laetum nuntium preferrem. Luc. I Evangelizo vobis gaudium magnum, Hebraismus est, pro Affero vobis laetum nunium gaudii magni”.[6]
3) “Evangelización. Acción que consiste en llevar el Evangelio, la buena nueva de la salvación, a los que no la han recibido todavía; es, pues, al mismo tiempo llamamiento a la conversión y convocación a la Iglesia de Dios. La evangelización no se debe por tanto confundir con la pastoral, de la que sólo es el primer estadio. Hoy día se distingue la primera evangelización, el anuncio de la fe a los que no la han oído nunca, y la segunda evangelización, el anuncio a los países, pueblos o medios descristianizados”.[7]
2. Un marco general del proceso evangelizador.
| Periodo | Lugares donde se evangelizó |
| Antigüedad | El cristianismo evangelizó en: Palestina (la destrucción de Jerusalén en el año 70 no significó el fin de la Iglesia, se alentaron misiones); Antioquía (fue la segunda casa de la Iglesia y su capital en el Este. Para el siglo iv al menos medio millón de la población eran cristianos); Anatolia (durante el tiempo del apóstol Pablo fueron tierras prometedoras para actividad misionera); Roma (creció la conversión de varios individuos por el influjo de cristianos de otras partes del Imperio romano. Fue creciendo en este periodo la Iglesia romana); en Galia (corresponde a algunas partes de Francia, Bélgica, Suiza, Países Bajos y Alemania) y España el progreso en la evangelización fue lento; Gran Bretaña (para el año de 314 estaba representada en el Concilio de Arlés); Egipto (especialmente se predicó en Alejandría para la conversión de los judíos. Para el siglo iii las escrituras fueron traducidas al copto); Cirene (Libia, desde tiempos tempranos se tiene registro de población cristiana); Norte de África (tanto en Túnez como en Argelia fueron los espacios en donde más rápido entró el cristianismo. Cipriano, Tertuliano y Agustín de Hipona fueron de esas regiones). Después de Constantino y fuera del Imperio romano se evangelizó en: Edessa (hoy Sanliurfa, en Turquía); India; Etiopía; Armenia; Austria; Alemania; Irlanda; Francia. |
| EdadMedia | El cristianismo evangelizó en: Gran Bretaña (el papa Gregorio el Grande comenzó con misiones a Inglaterra, a pesar de que desde el siglo iii ya había Iglesias cristianas. Columbano de Luxeuil cruzó Irlanda y fundó varios monasterios en Escocia); Francia (Columbano de Luxeuil fundó un monasterio en Francia y ayudó a predicar); Suiza (San Galo se convirtió en el apóstol de Suiza); Holanda y Bélgica (Willibordo misionó y fundó un monasterio en Utrecht y de ahí se misionó en el área); Alemania (quien se encargó de llevar el evangelio fue San Bonifacio); Escandinavia (gracias a las labores de expandir el Imperio romano Carlo Magno mandó a evangelizar en las fronteras); Eslovaquia (la primera gran misión se asocia con Constantino y también con Metodio); Rusia (para el tiempo de Vladimir, 980-1015, Rusia ya había sido “cristianizada”); Bohemia (para el tiempo del rey Boleslav, 967-999, ya había sido cristianizada); Polonia (inició la influencia cristiana en 963, pero durante un siglo la evangelización fue esporádica y confusa); Hungría (en 973 el príncipe de Hungría se casó con una princesa cristiana y después se bautizó. Con el rey Stephen, 975-1038, es cuando Hungría se volvió cristiana); China (se difundió el cristianismo por diferentes rutas, sin embargo fue con el emperador Wu Tsung, taoísta, quien se opuso a la influencia cristiana y disminuyó la Iglesia); Dinamarca (por la influencia del rey Canuto el Grande es que el cristianismo se pudo predicar); Noruega (San Olaf predicó el evangelio y desde 1016 se evangelizó en Islandia); Groenlandia (los vikingos se asentaron en Islandia, donde retomaron influencia cristiana); Suecia (gracias a la ayuda del rey Sverker fue que el cristianismo tomó fuerza); Finlandia (con el apoyo del rey Eric se evangelizó); Lituania (el rey Mindowe se bautizó hasta 1251, tras su muerte la influencia del cristianismo fue eliminada. El rey Jagiello en 1386 se bautizó); Ucrania (los dominicos tuvieron presencia en el siglo xiii logrando que el príncipe Bart fuera bautizado). |
| PrimeraModernidad | El catolicismo evangelizó en: Malaca (alrededor del año 1511 se predicó el evangelio por los portugueses); Japón (a partir de 1549 el jesuita Francisco Javier con otros compañeros arribaron a la isla); China (Mateo Ricci se estableció en Macao y aprendió el idioma hasta que en 1600 ingresó a Pekín); Filipinas (para el año de 1579 el Papa creó el obispado de Manila, se crearon hospitales, orfanatorios y escuelas cristianas); India (el misionero más importante fue Robert de Nobili); América (órdenes religiosas como los franciscanos, agustinos y dominicos se embarcaron a la predicación del continente desde España; en el último cuarto del siglo xvi entró la Compañía de Jesús, que tuvo un gran papel misionero); Vietnam (el pionero en misionar fue Alexandre de Rhodes en el siglo xvii); África (los portugueses desde el siglo xvi intentaron establecer misiones, pero no fue del todo exitoso. La labor de los frailes capuchinos a partir de 1645 tuvo resultados); Canadá (los jesuitas arribaron al territorio a partir de 1632). Los protestantes no dedicaron mucho tiempo a la evangelización. Pudieron hacerse presentes en: Indonesia y Ceilán (hoy Sri Lanka, la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales a partir de 1622 mandó misioneros); Taiwán (los holandeses tuvieron mayor éxito misionero que los católicos, hasta que los piratas chinos los expulsaron). |
| Modernidad | Las misiones católicas empezaron a decaer, principalmente por los cambios políticos, ya que España y Portugal perdieron su poder y las naciones protestantes comenzaron a emerger, sobre todo, el naciente Imperio británico. Asimismo, fue extinguida la Compañía de Jesús, por lo que más de 3 000 misioneros fueron retirados de sus territorios de misión. La Iglesia Ortodoxa evangelizó en: Siberia del Este (iniciaron las misiones en 1682) y del Oeste (desde 1702); China (en comparación con el avance católico en China, los rusos lograron convertir pocas personas a finales del siglo xviii en Pekín); Montes Urales (las labores se dieron principalmente entre los calmucos) y en la región del Volga (Pedro el Grande apoyó las misiones en este territorio). Los protestantes evangelizaron en: Norte América (los anglicanos no tuvieron tanto éxito convirtiendo a los indios, pero los presbiterianos John Elliot y David Brain Herd lograron evangelizar. Se fundó en 1702 la Society for the Propagation of the Gospel in Foreign Parts en 1701); India (el rey Federico IV promovió la evangelización), Groenlandia (el colegio misionero de Copenhague mandó misioneros en 1722 y en 1733 la Hermandad de Morovia se sumó) y Costa de Oro (Ghana, en 1751 Thomas Thompson tuvo su labor con los africanos nativos); India (con la Iglesia de Inglaterra en India de 1787-1840 y la Iglesia de Escocia en India de 1830-1850); Japón y Corea (en el año de 1865 fue que llegó el primer misionero a Corea); China (el misionero Robert Morrison llegó en 1807 y para 1813 ya había traducido el Nuevo Testamento en 1819. Hasta 1842 fue que diferentes Iglesias y sociedades entraron al territorio); Tailandia (durante la primera mitad del siglo xix fue tierra de misión de los protestantes la Iglesia Congregacional llegó en 1831, los Bautistas en 1833 y los Presbiterianos en 1840); Malasia; Isla de Borneo (los primeros misioneros llegaron en 1847 y la conversión inició en 1851); Indonesia; Myanmar (la primera misión norteamericana fue llevada a cabo por Adoniram Judson en 1813); Sri Lanka; Isla Tahití (el rey Poware fue bautizado en 1838 y la Biblia fue traducida en 1838 en tahitiano); Tonga (el metodista John Thomas fue el primero en llegar); Nueva Zelanda (las primeras conversiones se dieron en 1825); Turquía (se establecieron las misiones a partir de 1831 cuando William Goodell se estableció en Constantinopla); Egipto (las misiones ingresaron en 1818 y 1820); Sierra Leona (misionaron en los inicios del siglo xix); Ghana (la Misión de Basilea ingresó en 1828 y los metodistas en 1834); Nigeria (el anglicano Henry Townsend empezó sus trabajos en 1842); Sudáfrica (el misionero más conocido fue David Livingstone, 1813-1873). |
3. Periodizar desde una interpretación.
Si bien se puede subsumir la evangelización en la periodización tradicional por épocas como un proceso que va de la Antigüedad, pasando por la Edad Media, la Primera Modernidad, la Modernidad y llegando a la Globalización, la propuesta que aquí se hace es que hay una fractura —que se empieza a manifestar en el siglo xvii, o sea al inicio de la Primera Modernidad— que vuelve inconmensurable el fenómeno de la evangelización de antes y después de esta época. A explicarlo, muy someramente, se avocan las siguientes líneas.
3.1. La evangelización de la Antigüedad
La religión cristiana, nacida como minoría en el seno del Imperio romano, tuvo desde un inicio la excepcional característica de pretender la evangelización de los no cristianos. Llevar el Evangelio era su tarea esencial. Sobre esta época, en la que la Iglesia no existía propiamente como una institución conformada, no se ocupa este texto, sino que lo hace cuando la evangelización cumple las dos funciones que la caracterizarán como un fenómeno de la cultura occidental, o sea, cuando es “[…] al mismo tiempo llamamiento a la conversión y convocación a la iglesia de Dios”,[8] pero ya cuando se trata de la Iglesia romana propiamente.
3.2. La evangelización en la Edad Media
En el curso de la Edad Media, y especialmente a partir del siglo xiii, la evangelización empezó a tomar la forma con la que actualmente la reconocemos. En este siglo, en el contexto del proceso de urbanización, surgieron diversos tipos de movimientos de laicos que pretendían retornar a la pobreza, humildad e igualdad de la “comunidad cristiana primitiva”.[9] A raíz de ello surgieron diversas agrupaciones, algunas consideradas heréticas, y otras que fueron incorporadas a la Iglesia como órdenes mendicantes. Estas últimas son las que iniciaron propiamente una evangelización consistente, organizada y de largo aliento.
Conformados en duplas, recorrían los caminos evangelizando a la población, primero a la europea, ya supuestamente cristianizada, continuando con los “infieles”, fueran musulmanes, mongoles o chinos. Se destacaron desde entonces los carmelitas, los dominicos y los eremitas de san Agustín, o sea, los agustinos.[10]
Es importante destacar que de finales del siglo xi hasta las postrimerías del siglo xiii se llevaron a cabo múltiples campañas militares conocidas como Las Cruzadas. En algún sentido podrían considerarse como parte del proceso de evangelización, pero ya desde aquí empieza a documentarse con más argumentación una doble conceptualización del modo en que habían de ganarse las almas para la ciudad de Dios, a saber, por la fuerza o por la persuasión. En este caso se trata francamente de guerras, en las que la conquista territorial de Jerusalén y Tierra Santa por parte del emergente poder papal era un modo de extender la cristiandad ante el dominio musulmán. De esta dualidad surgirían las primeras críticas a la evangelización forzada en el xvi, llegando hasta las que la incluyen en el proceso de colonización eurocéntrico en nuestros días.
3.3. La evangelización de la Primera Modernidad
La evangelización a la que generalmente se refieren los estudios históricos se inscribe en la que reconocemos como Primera Modernidad. Es difícil trazar líneas temporales para cualquier fenómeno histórico, pero es necesario hacerlo al menos en términos heurísticos, de modo que para este caso puede delinearse un proceso que corre tenuemente desde el siglo xiv y se vuelve francamente visible en el xvi.
A partir del siglo xiii la urbanización de Europa generó cambios diversos, entre ellos una reforma de la Iglesia, cuya corrupción por la acumulación de poder y bienes materiales la ponía ya en crisis ante la feligresía de las ciudades. Una serie de “movimientos laicales”, que buscaban la pobreza y humildad propias de la propuesta evangélica primitiva, se generaron entonces.[11] De estos, unos fueron considerados heréticos y a partir de otros surgieron las órdenes mendicantes. Ellas sirvieron de sostén para combatir esas herejías anticlericales, mismas que se originaron frente a un clero corrupto[12] y fueron la clave para la reevangelización de una feligresía ignorante de la fe. La figura de Francisco de Asís fue central en este proceso. Se conformaron así franciscanos, dominicos y agustinos. “Los mendicantes, a diferencia de los antiguos monjes, no se retiraron del mundo, sino que se entregaron a una labor dentro de él, encontrando en el tejido social urbano los modelos de la pobreza más aguda”.[13] Se puede considerar, por tanto, que el concepto de evangelización histórico que manejamos se inició propiamente entonces, tanto en cuanto a la reevangelización de la grey interna, como en cuanto a los no cristianos, a los que los franciscanos dedicaron especialmente sus afanes. San Francisco “[…] dio en su vida muchos ejemplos de este anhelo, como cuando fue a Egipto o pretendió pasar a África a través de España para cristianizar a los musulmanes”.[14]
Es justamente en esta época en la que se inicia el paradójico camino en el que el mismo crecimiento de la evangelización va a conducir, entre otros factores, a la desaparición de una visión religiosa del mundo. Desde el siglo xv, con la Península Ibérica como principal protagonista, empieza la expansión del cristianismo con la llamada Reconquista, que culmina en 1492 con la toma del emirato de Granada y la posterior expulsión de los judíos, así como con la conversión forzada de los musulmanes que habitaron en España hasta su expulsión entre 1609 y 1614. Pero el fenómeno con el que se denota la ruptura entre el Antiguo Régimen y la Modernidad es ciertamente la Reforma. Alphonse Dupront —destacado por de Certeau— señala:
[…] un primer dato brutal, tan evidente como capital para el espíritu moderno, es la transformación progresiva de la herejía en confesión y de confesión en iglesia... Tal es, a mi parecer, el mayor hecho moderno: el hereje notorio se convierte pública y oficialmente en ministro de iglesia, de otra Iglesia.[15]
Lentamente, a partir de ahí, la evangelización va perdiendo todo el sentido anterior, queda inserta en un mundo en el que la religión acabará siendo un subsistema más[16] y la ciencia ocupará el lugar de la Verdad religiosa. El concepto de evangelización será otro.
Sin embargo, esta sombra todavía no se observaba en el curso del siglo xvi, cuya primera mitad se consideró, incluso hasta nuestros días, la “era dorada” de la evangelización con la catolización —nótese, ya no cristianización— más importante de la historia, la de la recién descubierta América. Conversiones milagrosas, logradas más por la virtud de unos cuantos frailes que por una acción práctica y de poca probabilidad de éxito, fueron todavía consideradas como posibles en las primeras crónicas que historiaron esta etapa.[17] No obstante, el impresionante aumento de pueblos que pasaron a formar parte del Imperio español y de la Iglesia católica —pertenencia que iba necesariamente incluida en la conquista— pusieron cada vez más en claro la paradoja de que, a mayor noticia de otras culturas con sus respectivas religiones, más se apreciaba como vulnerable el absoluto de la propia verdad, o sea, a mayor conocimiento, más duda.
Así se instaló un doble proceso de cuestionamiento de los principios de la fe: uno interno, ante la fractura del cristianismo, y otro externo, debido al contacto con todo tipo de infieles.
3.4. La evangelización en la Modernidad: siglos xvii al xix.
A partir del momento en que los principios se relativizan y se invierten, la pertenencia a una Iglesia (o a un ‘cuerpo’) tiende a fundamentar la certeza, más que el contenido (convertido en algo discutible, puesto que es parcial, o común pero oculto, ‘místico’) de las verdades propias de cada una de ellas. La antinomia (más aún, la agresividad) entre los grupos toma la delantera sobre las disputas entre ‘verdades’; arrastra consigo un escepticismo que puede observarse por todas partes; prepara también (y ya esboza) un tipo no religioso de certeza, a saber; la participación en la sociedad civil. Los valores invertidos en la Iglesia se encuentran, por el mismo hecho de su fragmentación en iglesias coexistentes y mutuamente opuestas, abonadas a la cuenta de la unidad política o nacional. Una Iglesia que ha abandonado su tradición, favorece a la estructura sobre el mensaje y a la unidad geográfica sobre toda forma de ‘catolicidad’. En ese momento nace la nación.[18]
Las órdenes mendicantes fueron las encargadas de la primera evangelización, como ya se señaló, y si bien estas siguieron con esa tarea, fue la recién fundada Compañía de Jesús la que se encargaría de llevar a cabo las conversiones en la era postridentina. De hecho, se le considera como la realizadora de las transformaciones de la Iglesia católica a partir de la fractura de la Reforma.[19]
A los jesuitas les tocará enfrentar el claroscuro de la expansión imperial, primero peninsular, y luego hispana y portuguesa ya separadas,[20] y la evangelización que la acompañó a todo el mundo que se iba conociendo, como puede apreciarse en el cuadro anterior. Tres son los aspectos relevantes que se pueden destacar, en este breve texto, para esta etapa: los cambios intra europeos y sus consecuencias en el exterior; la agudización de la tensión entre una evangelización persuasiva y una forzada; la jerarquización de los infieles que comienza a identificarse con niveles de civilización.
Los siglos xvii y buena parte del xviii son los de la evangelización hispanoportuguesa y América es el centro. La extinción de la Compañía de Jesús en 1773 fue un factor importante para el declive de la actividad misionera católica, amén de que la crisis política del Imperio español fue la otra tenaza de este suceso. Si bien hubo un proceso evangelizador en la India, China, Vietnam, África y Canadá, el de la América hispano-lusitana fue el central, ocupando al clero regular —dominicos, franciscanos, mercedarios, agustinos, jesuitas— y al clero secular en menor medida. Para el siglo xix, tocó el turno a la evangelización protestante, en buena medida anglicana, la cual acompañó la emergencia del Imperio británico.[21]
Pero más allá de lo cuantitativo —que además siempre es dudoso por la índole de las fuentes—, fue la religiosidad barroca el fenómeno que caracterizó a la fe católica postridentina durante el complejo proceso de modernización. A lo largo del siglo xvii la tónica estuvo en la exteriorización de las prácticas religiosas en detrimento de los contenidos doctrinales.[22] Es importante aquí hacer el vínculo entre esta necesidad de volver constatable la ortodoxia[23] y la crítica de buena parte de la historiografía respecto a la catolización de América, en cuanto a que los frailes introdujeran “un cristianismo más ritual que dogmático”,[24] pues la piedad barroca estuvo presente tanto en Europa como en las regiones exteriores, era una forma de reaccionar ante una verdad que se pulverizaba lentamente. Una evangelización de esta índole propició un catolicismo devocional en las regiones recién conquistadas, especialmente en la América hispano-lusitana; así, los santos ocuparon de alguna forma el lugar de los dioses autóctonos, de modo que lo festivo y visible inundó los templos, la prédica y las conmemoraciones. Para muchos católicos, incluso hasta la actualidad, se trata de una religiosidad supersticiosa, pero lo mismo puede observarse en España, Portugal, Italia, etcétera, durante esa época. Es un complejo asunto del que se han ocupado tanto historiadores como antropólogos y etnólogos, pero que frecuentemente se deja de lado en la apreciación de la evangelización.[25]
Ante un otro, cuya conciencia es impenetrable, a la institución que impone una fe solo le resta observar las prácticas cotidianas materializadas y combatir la heterodoxia con castigos igualmente observables: la Inquisición es el ejemplo más claro de ello. La tensión entre una evangelización persuasiva y una forzada es un indicio más de este problema, mismo que se agudiza a medida que avanza la Modernidad con los cambios que ella conllevó. Ya desde el surgimiento de las órdenes mendicantes había la propuesta de una evangelización compasiva y amorosa, solidarizada con los pobres[26] y que atacaba las guerras de cruzada, pero fue hasta que emergió América en el panorama occidental, que esta controversia se hizo más evidente y argumentada. Si bien son famosos los textos defensivos de los indios, cuyo máximo exponente ha sido la figura de Bartolomé de las Casas,[27] en la práctica de la misión evangelizadora se empezó a presentar una situación cada vez más compleja. De hecho, la mayor parte de los autores aceptan que, de no haber habido una conquista militar, América no se hubiera cristianizado. Antonio Rubial afirma que “en otros lugares donde se intentó la cristianización por medios pacíficos, como China, Japón o la India, la misión no tuvo el apoyo de los militares y el cristianismo jamás se convirtió en una religión de la mayoría, con todo y la sangre derramada por sus mártires”.[28]
De hecho, para las últimas décadas del siglo xvi y durante el xvii, la decepción e incluso el derrotismo permearon la labor evangelizadora en gran medida, y ello, además, se insertaba en un siglo en el que la desconfianza ante lo herético crecía cada vez con más violencia, como puede constatarse con la persecución de las brujas en muchas partes de Europa, la mencionada Inquisición española y la cacería de la hechicería en América. La problemática se recrudecía en los límites fronterizos del Imperio en América, a cuya evangelización estaban destinados los jesuitas, pues se trataba de pueblos seminómadas más difíciles de asentar; aunque no hay que olvidar que las misiones fronterizas del Sur entre los guaraníes fueron las más famosas y persistentes en cuanto a la conversión de indígenas americanos por parte de los ignacianos.[29] La necesidad del uso de la fuerza y la vigilancia aparece en las crónicas cada vez más, sobre todo, porque la imposibilidad de la comunicación con los múltiples y diferentes pueblos autóctonos se fue percibiendo desde los inicios del xvii. Por una parte, más allá del espacio en el que se hablaban lenguas francas —el náhuatl, el aimara y el guaraní, sobre todo— los misioneros se resistían a aprender los cientos de lenguas de todo el resto del continente, por más que el papado y los superiores generales insistían constantemente en tal necesidad. Para predicar acudían frecuentemente a intérpretes locales, lo cual los alejaba más del contacto cultural con los indígenas.[30] Otro factor que condujo a la tensión entre los métodos persuasivos y los violentos para introducir la religión, fue la resistencia, tras un inicio prometedor, ante la evangelización entre los naturales del Oriente —China, India y Japón—, en buena medida por la oposición de la Iglesia a los métodos de la accommodatio de los jesuitas, que intentaban adecuar la conversión a la ritualidad autóctona —sobre todo en China— para conseguir una base cultural común.[31] Las narraciones sobre los mártires de la evangelización son abundantes a partir del siglo xvii.[32]
El último punto por resaltar es que en esta etapa la sociedad veteroeuropea era todavía estratificada —aunque ya se podían observar los síntomas de la transformación de una sociedad religiosa a una funcionalmente diferenciada—, lo cual se reflejó en el propio proceso de evangelización, pues ya desde el siglo xvii se jerarquizaban en términos de más a menos “salvajes” a los habitantes americanos y a toda América se le colocaba debajo de China, por ejemplo. Esta clasificación se fue asociando al concepto de civilización, o sea, a más bárbaro, menos civilizado, y lo civilizado se vinculaba con el conocimiento de la escritura. La cultura del impreso se consideraría cada vez más signo de civilización, en tanto que la cultura de la oralidad —ámbito propio de la evangelización—, como síntoma de atraso.[33]
La evangelización católica sufrió una fuerte contracción hacia finales del siglo xviii, tanto frente al fenómeno de la Revolución Francesa, como ante la supresión de la Compañía de Jesús[34] y, así mismo, de cara a la vertiginosa labor evangelizadora de las Iglesias protestantes. No menos importante fue el surgimiento del Estado-Nación y, por ende, de las Iglesias nacionales. El nacionalismo y anticlericalismo de los liberales del siglo xix hizo su mella en la labor evangélica. El ejemplo más evidente es el de la Compañía de Jesús, ya que a pesar de que los jesuitas fueron restituidos en 1814, durante todo el siglo xix siguieron siendo intermitentemente expulsados y aceptados en diversos países latinoamericanos.[35] Sus misiones se afectaron en ocasiones en forma irreversible. Por ejemplo, el más famoso de estos casos es el de las misiones entre los guaraníes.[36]
A medida que el Imperio español declinaba, el Imperio británico iniciaba la era del colonialismo y con ella se instauró la gran eclosión de las sociedades misioneras anglicanas y de otras comunidades protestantes.[37] Ello no implicó la inactividad de la Iglesia católica, como puede apreciarse con el surgimiento de nuevas órdenes misioneras, tales como la Congregación de Misioneros Oblatos de la Beata Virgen María Inmaculada (Congregatio Missionariorum B. M. V. Immaculatae) en 1816; los Scheut Fathers (Congregación del Inmaculado Corazón de María-Congregatio Immaculati Cordis Mariae), en 1862; y la Sociedad de los Misioneros de África (Missionarii Africae), mejor conocidos como los White Fathers (1868).[38]
Por último, es muy importante recalcar que, a medida que nos acercamos al mundo contemporáneo, evangelizar ha dejado de ser la práctica de convertir en católico al que no conoce esta religión, sino que se trata más bien de reafirmar y reorientar un catolicismo que, al menos nominalmente, se reconoce como religión oficial.[39]
4. Coda
La ruptura entre la sociedad religiosa y la moderna, y su respectiva inconmensurabilidad, se tornó visible en el siglo xviii ante los principios de la cultura ilustrada que propondrían la igualdad entre “los hombres”. Ello repercutió en forma lenta, pero sin retorno, en el proceso de evangelización. La posibilidad de observar al “otro”, auténticamente como otro, a la vez que como igual, ha sido solo viable en la medida que emerge el concepto de cultura[40] y, con él, la ocasión de comparar sin estigmatizar lo diferente. Este camino ha sido largo y accidentado —todo el siglo xix y buena parte del xx— y hasta hoy incompleto, pero al aceptar que no hay una sola “verdad”, y al emerger la posibilidad del ecumenismo, la nueva evangelización[41] es ya más una conversación que una persuasión y, por supuesto, ningún tipo de represión la acompaña.
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Notas
“Los largos viajes, las condiciones de vida tan duras y distintas de los países de proveniencia, las enfermedades, el aislamiento y la necesidad de tener que vivir con una población por lo general hostil, hacían que la elección de los candidatos fuera particularmente delicada”. Emanuele Colombo, “Carta para la misión” en Lexicón de formas discursivas cultivadas por la Compañía de Jesús, dirección de Perla Chinchilla Pawling (México: Universidad Iberoamericana, 2019), 412.
“Es también de notar la gran influencia de la literatura hagiográfica, con vidas de mártires o de misioneros célebres, como Francisco Javier, a la vez antiguo misionero y ‘futuro’ santo que aparece en las cartas ya a finales del siglo xvi y cuya devoción a través de novenas tuvo un impacto directo en la redacción de cartas indipetae por jesuitas franceses y belgas del siglo xvii, que ulteriores investigaciones podrían sin duda extender a otros escenarios europeos”. Aliocha Maldavsky,
“Pedir las Indias. Las cartas indipitae de los jesuitas europeos, siglos xvi-xviii, ensayo historiográfico” Relaciones. Estudios de historia y sociedad, vol. 33, núm 132 (otoño, 2012), 157.
Consultado en : https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Iglesia_cat%C3%B3lica_por_pa%C3%ADs