Dossier “Morir en pandemias: políticas y prácticas sociales en América latina”
ESPACIO, PODER, ESTÉTICA RITUAL Y AGENCIA POSTMORTUORIA: EL FUNERAL DE ESTADO DE DIEGO MARADONA
SPACE, POWER, RITUAL AESTHETICS AND POST-MORTUARY AGENCY: THE STATE FUNERAL OF DIEGO MARADONA
ESPACIO, PODER, ESTÉTICA RITUAL Y AGENCIA POSTMORTUORIA: EL FUNERAL DE ESTADO DE DIEGO MARADONA
Andes, vol. 33, núm. 2, pp. 333-357, 2022
Instituto de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades

Resumen: El artículo analiza las formas en que se despliega el poder, el uso del espacio y la estética en el funeral de estado de Diego Maradona. Se argumenta que tanto el Estado como los asistentes, a pesar de tomar como materia prima símbolos análogos, poseen sus propios y distintivos modos de simbolizar el ritual. Donde un análisis raudo puede homologar las nociones sobre el fútbol, el espacio y la nación que se desarrollan en el funeral, este trabajo, que combina las herramientas metodológicas brindadas por la etnografía, la netnografía y la utilización de diversas fuentes, muestra distintivos procesos de creatividad cultural en torno a las exequias del futbolista.
Palabras clave: funeral de estado, espacio , ritual , poder, símbolos.
Abstract: This paper analyses how power, use of space and aesthetics are displayed in Diego Maradona's state funeral. The argument is that, in spite of taking the same symbols as raw materials, both the State and the assistants have their own and distinctive ways of symbolizing the ritual. A quick analysis might equate the conceptions of football, space and nation developed during the funeral. However, this paper, that combines methodological tools from ethnography, netnography and the use of several sources, shows distinctive processes of cultural creativity surrounding the football player's funeral.
Keywords: state funeral, space , ritual, power, symbols.
Introducción
La irrupción de la noticia del deceso de Diego Maradona en noviembre de 2020 sacudió a la población de la Argentina. Ese país, también lleva inscripto en la memoria la puesta en escena de funerales de estado multitudinarios de personas altamente relevantes para la vida política y social (como los de Bartolomé Mitre, Hipólito Irigoyen, Carlos Gardel, Eva Perón y, más recientemente, Néstor Kirchner).
El funeral de Maradona se desarrolla en una etapa política y sanitaria distintiva. El año 2019, el presidente Mauricio Macri había finalizado el ejercicio de su gobierno con una tasa negativa del PBI, un incremento del índice inflacionario, un crecimiento de la pobreza y la indigencia, y un fuerte endeudamiento externo[1]. Pese a estos indicadores, disputó por segunda vez la presidencia en ese año, perdiendo las elecciones nacionales por un 40,28% frente al 48,24 % obtenido por la coalición Frente de Todos, cuyos candidatos fueron Alberto Fernández, y Cristina Fernández. El inicio de este nuevo período reinstauró a algunas facciones del peronismo[2] como fuerza política en el poder e implicó el retorno de la gente al espacio público. Pero las promesas de crecimiento económico, disminución de la pobreza y renegociación de la deuda externa se dieron de bruces. En diciembre de 2019 se desató un brote de coronavirus en China, que implicó la declaración de la emergencia en salud pública de importancia internacional por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en enero del 2020 y el reconocimiento de la existencia de una pandemia en marzo de ese año. La necesidad de imponer restricciones sanitarias luego de la confirmación de los primeros casos de infectados por la COVID-19 en marzo de 2020 en la Argentina marcó la agenda política de los meses siguientes. La puesta en marcha de un conjunto de medidas frente a la contingencia ocasionada por la pandemia, como la prohibición de despidos, los subsidios a personas y empresas, la fuerte emisión monetaria y la adquisición de vacunas[3], derivaron en un incremento de la aceptación pública presidencial. Meses después, esta aprobación fue socavándose en virtud del declive económico y el creciente cuestionamiento a la gestión de la salud debido, por ejemplo, al alto número de enfermos y fallecidos. En este contexto, la muerte de Maradona presentó un desafío para el gobierno nacional, a la vez que una posibilidad de reencauzar el creciente descontento.
Apenas conocido su deceso, la gente se lanzó raudamente a las calles. El gobierno nacional, en acuerdo con la familia, puso en marcha un funeral de estado. La estrategia política de convocar masivamente a los hinchas provocó que se interrumpiera un espacio/tiempo específico iniciado meses antes debido a la irrupción del COVID-19, caracterizado por una discontinuidad de los encuentros interpersonales y una percepción de incertidumbre sanitaria que aquí denomino “temporalidad pandémica”. Como veremos con posterioridad, ello se tornó especialmente notable en los disturbios que se produjeron durante las exequias.
Los funerales de estado y las formas de ritualidad tejidas alrededor de ellos conforman un tópico de interés relevante para las ciencias sociales[4]. El presente trabajo combina estos aportes, con las investigaciones que, lejos de analizar el fútbol como un reflejo especular de la sociedad, muestran las lógicas nativas que se despliegan en torno al deporte, en las que la noción de patria ocupa un rol central[5]. Estas ideas se complementan con los trabajos centrados en la espacialidad y las prácticas, que han resaltado el modo en que los “espacios” se transforman en “lugares” socialmente significativos[6]. En este sentido, el trabajo explora las lógicas simbólicas en torno al funeral de estado realizado a Diego Maradona, tanto desde la perspectiva del gobierno como del resto de los participantes. En particular, analiza los procesos de creatividad cultural ligados a las exequias, poniendo especial atención a las formas en que se desarrollan y complementan, por un lado, la perspectiva del Estado y, por el otro, la de los asistentes, en relación los símbolos relativos al fútbol, la nación y al uso del espacio. La investigación incorpora el abordaje de los discursos, las prácticas, el rol de los actores políticos y los modos de acción social frente al deceso. La indagación combina las herramientas metodológicas brindadas por la etnografía y la netnografía (es decir, la etnografía realizada a través de medios digitales)[7], a las que debí acudir en diversos períodos en virtud del Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO)[8]. Se realizaron catorce entrevistas. El trabajo de campo etnográfico y la observación participante se desarrolló durante el período del velorio y el entierro. Asimismo, con posterioridad se continuaron las entrevistas de forma presencial y a través de medios digitales. Esta indagación, además, utiliza como fuente la cobertura oficial del gobierno argentino mediante notas periodísticas y redes sociales. Asimismo, emplea información desplegada en programas televisivos, y archivos digitales de la web.
La primera sección de este artículo explora el modo en que el funeral se organizó en torno a la Casa Rosada y la Plaza de Mayo, centro de poder [9] de la Argentina, poniendo especial atención a la puesta en escena de una estética ritual ligada a la idea de nación. La segunda, estudia la apropiación ritual y espacial del evento por parte de los asistentes, focalizando en el despliegue de símbolos y a una idea de nación, esta vez vinculada al plano deportivo. La tercera analiza los disturbios producidos en el evento desde una perspectiva que se aleja de la idea de “caos”, para afirmar que las acciones de los asistentes implicaron una construcción espacial y simbólica que se nutrió del lenguaje futbolístico. Finalmente, la cuarta pone el acento en la trayectoria hacia el cementerio y en el comienzo de una serie de eventos que se inician en el funeral, caracterizados por apariciones efímeras de su figura basadas en una lectura de su propia agencia y de elementos de la naturaleza, que componen una especie de teofanía nacional de carácter popular.
Poder y espacio ritual
Desde los inicios de su carrera deportiva, Maradona había suscitado el interés del público a nivel global, y de la Argentina en particular. Se ha sugerido que, especialmente desde la década del ´60 en que el acceso a los aparatos de televisión y radio garantizaron la participación masiva de la población en eventos deportivos como la Copa del Mundo. Como resultado, se han desarrollado localmente ciertas formas de patriotismo[10]. Un paso más allá de estas ideas, Maradona construyó su imagen en torno a sus dotes deportivos, acompañadas por un persistente alegato en defensa de su país tanto en el plano profesional como en el político. Pero sus significaciones no se agotan en este punto. Las conexiones entre Maradona, la narrativa del martirio y la simbología católica son múltiples[11]. El despliegue de un esfuerzo físico inusitado al interior del campo deportivo, aun estando visiblemente herido[12], y frases como “me cortaron las piernas” pronunciada en ocasión de una prueba de drogas realizada durante el Mundial de Fútbol disputado en Estados Unidos en 1994, lo ligaron a la idea de sacrificio y abnegación. En la narrativa nativa “el Diego”, también era “el Diez”, “Dios” (e incluso “D10s” en virtud de una relación metonímica que abrevaba en la economía simbólica del lenguaje). Su origen humilde, su épica individual, la astucia y sagacidad que ponía en juego, su insolencia y el descaro tanto en la cancha como en sus declaraciones públicas, lo hicieron un hábil modelo de la “viveza criolla”[13], y con ello un exponente de la identidad nacional. Constituyó una figura heroica desde sus primeros logros futbolísticos, que se acrecentaron con la obtención del triunfo de la Argentina en el Mundial de Fútbol realizado en 1986 en México. Desde entonces conformó una figura casi sobrehumana, que al mismo tiempo encarnaba las contradicciones propias de un ser humano.
Sus acciones fueron frecuentemente relacionales y contextuales, aunque sus enfrentamientos con el poder se ejercieron en varios planos. Éstos abarcaron desde denuncias sobre ostentación y enriquecimiento contra el Papa Juan Pablo II, y críticas abiertas a figuras como el presidente de EEUU George Bush, los directivos del Club Napoli y la FIFA[14], hasta su participación activa en manifestaciones contrahegemónicas de carácter global, como la realizada en 2005 en la Ciudad de Mar del Plata, Argentina, contra la implementación del ALCA[15]. Si bien unas veces se definió a sí mismo como un peronista, sus vinculaciones se dieron tanto con el área conservadora del partido como con el ala nacional y popular, lo que se manifestó especialmente en sus abiertas declaraciones en favor de los tres últimos períodos en que éste ejerció el poder en el país[16].
Los excesos durante su vida, las adiciones a diversas substancias, y el deterioro físico producto de su desempeño como jugador profesional lo llevaron a sufrir diversas intervenciones quirúrgicas, internaciones hospitalarias, e incluso a estar al borde de la muerte en varias oportunidades, durante los años 2000, 2004, 2005, 2007, 2012, 2019 y 2020. En su última aparición pública, veinte días antes de su deceso, su imagen se encontraba visiblemente deteriorada, lo que desató rumores acerca de su estado de salud[17]. El 25 de noviembre de 2020 hacia el mediodía diversos portales de noticias y programas televisivos anunciaron el fallecimiento del jugador. Las agencias del mundo pronto se hicieron eco de estos hechos.
Luego de algunas horas de incertidumbre sobre el posible desarrollo de una despedida de carácter público del ídolo, el gobierno nacional, como se mencionó, pactó con la familia la convocatoria a un funeral de estado. Desde sus inicios, éste consistió en un despliegue del poder político y una clara puesta en escena de una estética ritual ligada a la idea de nación. El establecimiento de tres días de duelo nacional, así como la colocación de un gran listón negro en la Casa Rosada y banderas a media asta formaron parte de estas primeras demostraciones[18]. La decisión política de la realización del funeral implicó la apertura de un tiempo sagrado, especial, en un contexto en el que muchas actividades corrientes se hallaban suspendidas debido al DISPO, y en que la participación en los velorios de los ciudadanos fallecidos en ese período era sólo permitida para un número mínimo de asistentes[19]. Las personas que no acudieron a la Plaza de Mayo[20] pudieron seguir los acontecimientos por los medios televisivos, radiales y digitales.

Los estudios sobre el afianzamiento simbólico del poder político mostraron la importancia de la utilización y apropiación del espacio por los sectores en ejercicio del gobierno. Edward Shils [21] afirmó que la sociedad se halla gobernada por una zona central de ideas y creencias irreductibles, asociadas a instituciones y actividades, en torno de las cuales el gobierno ejerce su dominio. Este centro, sugirió, no es estrictamente geográfico, aunque sí simbólico. Clifford Geertz complejizó estos argumentos al mostrar que no siempre ese eje difiere del espacio. Es decir, que el dominio del poder se halla ligado tanto a un conjunto de nociones sagradas e irreductibles, como a un aparato institucional y a una geografía socialmente significativa[22].
Partiendo de estas ideas, puede interpretarse el mensaje político que implicó la celebración de las exequias de Maradona en la Casa Rosada, sede del gobierno nacional, y sitio donde, hacía apenas diez años, se había efectuado el masivo funeral del ex presidente Kirchner[23]. No sorprende entonces que la utilización del espacio público a través de la acción ritual mortuoria se presentara tanto como un recurso para la consolidación de la imagen del gobierno, como para transmitir una idea unificadora de nación. En esta línea argumental, las primeras declaraciones públicas del presidente Fernández luego del deceso delinearon rasgos compartidos con el jugador: “(La última vez que lo vi), él vino a apoyarme. Siempre me apoyó, hasta el final. (…). Él ha sido muy leal y muy fiel a sus ideas”[24]. La ligazón entre la figura del jugador y el gobierno se expuso a nivel discursivo con estas afirmaciones, y se consolidó mediante la presencia del presidente durante todo el evento mortuorio.
El gobierno también procuró enfatizar los aspectos simbólicos de su relación con el fallecido, conectando su deceso con el centro espacial de ejercicio del poder [25], es decir, la Casa Rosada, y junto con ella la propia Plaza de Mayo. La zona, utilizada en lo cotidiano para actividades ordinarias, se encontraba ligada en la memoria social con la muerte y el duelo[26]. Así, una vez más, debió ser revestida por un conjunto de símbolos que la unificaran con un tiempo y espacio circunscrito, en un contexto de connotación sagrada y ritual[27]. En un doble proceso, esta estética desingularizaba el deceso [28], desplazando el duelo individual por una muerte, al plano colectivo de la nación. Por otra parte, conectaba al fallecido con un horizonte de significaciones ligadas a un escaso conjunto de muertos capaces de motorizar el dolor público de forma masiva [29].
La participación de los asistentes procuró encauzarse mediante una senda que partía de los caminos adyacentes a la Plaza de Mayo, la atravesaba, y llegaba a la Casa Rosada, donde se encontraba el féretro. La ruta estaba compuesta por cercados metálicos y vallas vivas conformadas por miembros de las fuerzas de seguridad uniformados[30], y por otros vestidos de civil. Éstos procuraron conducir a los participantes por el recorrido, y establecer la distancia proxémica en el contexto de la COVID-19. El ambicioso y plurivalente mensaje del gobierno estaba marcado por el duelo, pero también, como mencionamos, por el despliegue de símbolos que remitían a la unificación bajo la idea de nación. Todo ello, sin descuidar el cariz sanitario, reforzado por postas de salud salpicadas por doquier.
Retomando los clivajes que dividían al arco político, los periodistas de los medios opositores crearon una narrativa del descontento, signada por dos temáticas centrales: por un lado, la imprudente organización de unas exequias masivas en esa situación sanitaria, y, por el otro, lo inoportuno de su realización en la Casa Rosada, en detrimento de sitios que representaran a todo el arco político[31] (como por ejemplo el Congreso Nacional[32]). En paralelo, este lapso de interrupción de la temporalidad pandémica era interpretado (especialmente por los periodistas opositores), en términos de traspié gubernamental.
En el interior de la Casa Rosada, el ataúd se encontraba separado de la multitud por nuevas vallas decoradas con banderas argentinas. Detrás de ellas se hallaban personas vinculadas al centro de poder, como el presidente Alberto Fernández, la vicepresidenta Cristina Fernández, y otros miembros de su arco político. También, actores ligados al deporte (sus compañeros de la selección nacional de fútbol y sus representantes, entre otros), y su familia. Las manifestaciones del partido opositor mayoritario, Juntos por el Cambio[33], conformaron más bien expresiones públicas a través de las redes sociales.
Más allá de ese despliegue, como analizaré en los siguientes apartados, fue la masa de participantes la encargada de organizar articuladamente sus propios símbolos e interpretaciones.
Hinchas y estética ritual
Si la puesta en marcha del aparato estatal en los funerales de personas altamente relevantes de la vida social argentina no era una novedad, la masiva participación de la población y su apropiación ritual, tampoco.
La cualidad de los espacios se halla dada por la acción social y las definiciones nativas sobre él [34]. En la arena diaria ellos se solapan y superponen [35]. De modo que mientras el gobierno nacional desplegaba una estética ritual en torno a un centro sagrado, las personas generaban sus propias construcciones simbólicas. Anunciado el deceso, la gente se congregó en las zonas que, en la memoria social, se vinculaban con la trayectoria de vida del futbolista, como las casas donde habitó y las canchas de los clubes de fútbol de los que formó parte. También, en el sitio en que se estaba realizando la autopsia de su cuerpo[36]. En muchos de ellos construyeron altares populares[37]. Procesos similares ocurrieron en el plano internacional[38]. La idea de que la muerte del jugador no era posible se insinuó en los medios de comunicación, y se concretó entre el público. Como mencionó Paula, una mujer a quien conocí durante el funeral: “Yo estaba segura de que era un error. No podía ser que el Diego se nos muera. Tantas veces parecía que se iba a morir, pero no, vivió. Y se ponía la camiseta de nuevo y salía. Yo llamé a mi viejo y le pregunté ¨Es verdad?¨. Y era, porque estaba en todos los canales (de televisión).” (Paula, Buenos Aires, 2021).
En la Plaza de Mayo, mientras el aparato estatal procuró organizar filas de personas para que, siguiendo un estricto orden, pudieran ingresar al salón donde estaba el féretro, la manifestación diluyó las jerarquías sociales y las rivalidades deportivas. En efecto, hinchas vestidos con camisetas de clubes antinómicos se mostraban abrazados en llanto. El control popular del espacio se reflejó en los medios, que destacaban la presencia de personas de diferentes sectores socioeconómicos y clubes de fútbol[39]. Si el canal deportivo ESPN 2 señalaba que “Maradona trasciende todo, clase social, ideología política, edad, sexo.”[40], la televisación oficial de la Casa Rosada apostaba a una búsqueda estética en la que los silencios del público se complementaban con paneos cenitales o cerrados, cuyo objetivo era mostrar una multiplicidad de actores aunados detrás de símbolos patrios[41]. Las decoraciones que desplegaron los hinchas no eran grandes ni esplendorosas. Construidas con materiales que tenían a mano, como banderas de sus propios clubes, abrevaban en la estética futbolística[42] .

El duelo público autorizó comportamientos ligados al sufrimiento, y trasladó otros desde el plano deportivo al nuevo contexto ritual. El llanto, aunque vedado especialmente para los hombres en otras instancias de la vida social[43], conformó una expresión de dolor público y compartido. A la par, enlazó con cantos cuya temática central eran las hazañas del jugador. Todo ello, bajo el paraguas de la idea de nación. Entre lágrimas, Roberto, uno de los hombres que estaba allí, me contó que: “Es que el Diego es patria, es país, nadie nos defendió como él. Cantarle es como hablarle, como acompañarlo al otro lado también, porque él siempre nos acompañó y nos defendió como país y en la selección (nacional). Como pueblo y en la cancha”.
En los funerales de estado no sólo hay un cambio de la persona y una modificación en su estatus en el sistema social, sino que el fallecido se vacía de su individualidad, deviniendo en un sujeto público[44]. Sin embargo, Maradona ya era un sujeto público antes de su deceso. En varios sentidos también lo era su cuerpo, y aquello que lo rodeaba.
Desde sus inicios como jugador, la valoración social de su carisma se constituyó mediante un lento proceso de demostración de habilidades y de un mérito visible, que lo tornó diferente al colectivo, en un contexto como el de la Argentina, donde el selfse encuentra ligado al fútbol, y éste resulta una arena de manifestación de capacidades extraordinarias[45]. El horizonte mítico de Maradona se consolidó a partir de su rol como jugador en la selección nacional de fútbol.
A lo largo de su vida, sus apariciones públicas estimularon el interés de la multitud. Sus cualidades fueron interpretadas en términos discursivos, materiales y corporales, en una matriz simbólica que puede definirse como inextricable. Las personas se aglomeraban junto a él, pugnando por tocarlo, tomándolo por asalto, incluso, en ocasiones, contra su voluntad. Con el correr del tiempo, en una operación metonímica, los objetos de su zona existencial adquirieron las cualidades del héroe, obteniendo parte de su mana[46]. Como las reliquias de santo [47], esta condición de “objetivación sagrada” se extendió a sus pertenencias personales e incluso a piezas descartadas que hubieran pasado por sus manos[48]. Las cosas de Maradona podían (tal como ocurre en la actualidad) comprarse o venderse, pero en virtud del poder que emanaba de ellos, pertenecían a la rara categoría de objetos que son a la vez personas y cosas[49]. Es decir, conformaban una especie de mercancías con un plus de significación. Entendida en términos de materialidad, mantenían a su persona presente[50], y eran capaces de exponer conexiones metonímicas con ella. En una entrevista realizada en abril de 2021, Fernando, un miembro de la Asociación Argentina de Coleccionistas de Camisetas de Fútbol[51], me contó que “Las camisetas de Maradona son las más raras. Todos queremos una. Sabemos que es original porque miramos las fotos de cuando jugó con ella, estudiamos los hilos con que están hechas, los escudos, las telas. Pero el que tiene una, la muestra una vez y la guarda. O la ponés en un cuadro. No andás con la camiseta del Diego por la calle. No se toca, se guarda. Es sagrada.” (Fernando, Buenos Aires, 2021). Así, nos encontramos frente a una extensión de las cualidades del sujeto, en los objetos[52].
Pero este análisis debe complejizarse. En el peregrinaje de su deceso, los materiales que conformaron la estética de su funeral también poseían una serie de significaciones. Las camisetas de los clubes de fútbol, de la selección nacional, las banderas de Argentina, las pancartas de agradecimiento marcaron dos aspectos inseparables. Por un lado, dividieron al público bajo una retórica ligada al fútbol representado por una multiplicidad de clubes pero, por el otro, en un mismo movimiento lo unificaron bajo la idea de patria como colectivo indisociable, nutrido por el papel de Maradona como héroe en la selección nacional, y por sus arengas públicas en defensa de los intereses del país. Su origen humilde, que retomaba una y otra vez en sus declaraciones públicas, hacía de él una figura identificada con los sectores populares. Diversas escenas de su trayectoria, vinculadas con un arrojo físico extremo, lo unieron también a la lógica del sufrimiento en pos de la obtención del triunfo deportivo para su patria. Su esfuerzo fue interpretado en términos de un sacrificio voluntario, una especie de don, pero de sí mismo[53].
Como un palimpsesto de significaciones, en esta compleja construcción simbólica se solaparon y articularon dos tipos de validaciones sobre la nación: una de corte político que el Estado pretendía imponer, y otra, también unificadora, que anclaba el fervor futbolístico de los hinchas ligado al rol de Maradona como héroe en la selección nacional.
Coreografía del duelo
Es posible que la participación popular en las exequias de Maradona responda a cuestiones múltiples, vinculadas con un terreno político propicio para las manifestaciones colectivas, el ejercicio de un vínculo de reciprocidad con el ídolo, el dolor, el fervor, y cierta permisividad de la distancia proxémica ligada a la transición de la ASPO a la DISPO. También, a la interrupción de la “temporalidad pandémica” que facilitó el retorno de los encuentros interpersonales, al menos durante esa jornada.
Debe señalarse que en el contexto futbolístico la fidelidad y el comportamiento recíproco resultan tópicos altamente relevantes. Aquí las formas de actuar son relacionales y las lealtades móviles. Pero la fidelidad vinculada a la identidad deportiva, sea referida a un club o a una figura como la de Maradona, conforma un proceso continuo[54]. Cierto es que el hincha puede cuestionar a su ídolo deportivo; pese a ello, el lazo de lealtad subsiste. Este punto se encuentra estrechamente ligado a la reciprocidad. En la cancha, el jugador intenta realizar un despliegue corporal y ejercer una virtuosidad con el objeto de obtener el triunfo de su equipo. Como contrapartida, la conducta socialmente esperada de los hinchas consiste en avivar a la propia parcialidad (aún mediante insultos), asistiendo siempre al campo de juego[55]. Estas dos cuestiones son relevantes para el análisis. Conjugadas, sugieren que la lealtad hacia un jugador con las características físicas de Maradona, que se ha brindado hasta el punto del sacrificio, puede ser contraprestada mediante un vitoreo que, siendo impracticable en la cancha en virtud de su deceso, se traslada al plano ritual de su funeral, con similares propósitos. Debe puntualizarse, sin embargo, que la intervención en el contexto mortuorio nunca obedece a un solo factor[56], ni los participantes están implicados por igual en su desarrollo[57].
El evento conformó una communitas[58] espontánea e indiferenciada, que contribuyó a crear lazos efímeros entre las personas, pero cargados de empatía, compasión, compañerismo y respeto mutuo[59]. En este contexto de unidad, la última etapa del velorio también permite repasar las fuertes conexiones entre las acciones en el evento mortuorio y las que se llevan a cabo en el ámbito deportivo. Esta dinámica es evidente a partir del anuncio de la culminación de las exequias a media tarde, contrariamente a lo sugerido en varios medios de comunicación, sobre su continuidad hasta la siguiente jornada. En ese momento el registro emocional, marcado por el dolor y la congoja, echó mano a la retórica futbolística de modo más desenfrenado.
Un pequeño grupo de hinchas se enfrentó a las fuerzas de seguridad y trepó a las rejas que rodeaban la Casa Rosada. Sus formas de desplazamiento corporal, sus cánticos y su efusividad respondían más a lógicas vinculadas al uso del espacio en el contexto deportivo, que a la interpretación inicial que el Estado, en términos de un trayecto ordenado y lineal, hizo de este evento.
En la arena futbolística, las estrategias y herramientas de distinción responden al tipo de vínculo y al entorno en que se desarrollan las acciones. El ejercicio de la violencia contra los rivales, su evitación, la ejecución de cánticos, entre otros, forman parte del abanico de acciones desplegadas y cuidadosamente ejecutadas según el caso[60]. Esto no es menos cierto para el ritual que analizamos. Pero la “falta de orden” proclamada por buena parte de los medios de comunicación, en la lógica nativa conformó, en cambio, un elaborado ejercicio de control corporal en el que, al igual que en la cancha, formaron parte tanto los adultos como los niños. Montarse sobre las rejas, gritar y agitar los brazos conformaron modos de exhibir, al igual que en otras situaciones deportivas, la resistencia, el “aguante”[61]. Así, mostrando una lógica de representaciones[62] y, agrego, ocupación del espacio, que exponía un “otro” diferente al gobierno, construyeron un “nosotros” popular, pero en sus propios términos. Cierto es que intempestivamente, y luego de algunas rencillas con la policía, en un claro ejercicio de control de fuerzas, ingresaron a la sede de gobierno, incluso después de que el presidente Fernández intentara hablar con ellos a través de un megáfono, pretendiendo ponerles un coto. Ante estos hechos, el cuerpo fue raudamente trasladado, y escondido dentro de la Casa Rosada[63]. Sin embargo, de ningún modo los hinchas manifestaron una voluntad explícita de apoderarse del féretro. Tomar las vallas por asalto, pasar sobre ellas y enfrentar a las fuerzas de seguridad fueron acciones calculadas, medidas, casi como una coreografía que contempló las acciones posibles y acordes en relación con el contexto de muerte de una figura numinosa como Maradona.

Si aceptamos que la valoración de los restos físicos y las disputas sobre ellos constituyen formas de moldear la realidad política y los vínculos entre los vivos[64], los hechos sugieren un nuevo mensaje: aunque el gobierno tuvo el monopolio del control del cadáver, el evento se movió al compás de los lazos de lealtad, fidelidad y reciprocidad entre los hinchas y el ídolo.
Trayectoria al cementerio y agencia postmortuoria
A la luz de los hechos mencionados en el apartado anterior, el traslado del cuerpo hacia el cementerio implicó el despliegue de un operativo estatal de gran envergadura.
Aunque un análisis raudo puede mostrarlos como actores antagónicos, los miembros de las fuerzas policiales, agentes del estado encargados de custodiar el cuerpo y guiar el cortejo fúnebre, y los hinchas, se hallaban embebidos por un mismo fervor ritual. Si las fuerzas policiales por turnos se encargan de interrumpir las disputas entre facciones deportivas y a la par son conceptualizadas con hostilidad por las hinchadas, en otro orden son a la vez hinchas (en el sentido amplio de simpatizantes de una parcialidad deportiva y de la selección nacional). En esta línea, también forman parte del colectivo que, bajo la idea de Nación, vitoreó al fallecido. Cuando el féretro fue retirado de la Casa Rosada e inició su camino al cementerio, la policía lo escoltó, arengando mediante sus propios recursos. A lo largo de su trayecto, hicieron sonar sus sirenas y zigzaguearon con sus motos, delimitando el espacio por el que debía transitar el féretro. A la par, agitando sus brazos, también llamaron a las personas a aplaudir y vivar a Maradona.
Una multitud se congregó en los ribetes, cruces ypuentes de la autopista que conducía al cementerio donde sería inhumado. El vitoreo desde los balcones, los movimientos corporales bruscos agitando banderas y camisetas sobre las cabezas, el empleo de elementos como los papeles trozados[65], y la entonación de canciones que lo tenían como protagonista, marcaron el camino. En la cobertura televisiva abundaron las metáforas que articulan las fuerzas de la naturaleza y la trayectoria social del jugador, que conformaron a la vez apelaciones al dolor y la figura de la nación como figura englobante: “Un país conmovido. Cielo más celeste no podía haber para despedir a Maradona (…) Es un desborde (de gente). Es el desborde que Diego vivió durante toda su vida (…), gente, autos por delante, policías por detrás, filas siguiéndolo (…) Es el último saludo de un país. Es una Argentina de pie que abraza a Maradona, al gran Diego, a nuestro Diego, a nuestro héroe. (…). Vaya si es del Diego de la gente. Es el Diego del pueblo, es el Diego de la Argentina. Es el Diego universal” (min. 50) [66]
La agencia de los muertos, y en especial sus intervenciones prodigiosas, conforman una interpretación nativa sobre la realidad muy extendida[67], y las exequias del jugador no fueron una excepción. Su funeral inicia un derrotero de manifestaciones mediante las que Maradona, desde un mundo-otro, comenzó a comunicarse de diversas maneras con los hinchas. Este complejo proceso, que sólo esbozaré, también se nutre de las acciones que realizó durante su vida.
En reiteradas ocasiones Maradona había declarado que su habilidad para la gambeta[68]abrevaba en su niñez, marcada por la pobreza. La pericia para intuir los movimientos de los contrarios, señaló, emanaba de las destrezas que debió desarrollar para jugar completamente a oscurasen el potrero[69] de su barrio natal, que por las noches no poseía iluminación. La gambeta también fue uno de los aspectos más representativos de su estilo de juego, reiteradamente celebrado por los hinchas. Retomando estas cuestiones, en el contexto de la ruta hacia el cementerio, el coche fúnebre equivocó el camino, y debió realizar una serie de maniobras automovilísticas para retomarlo. En la narrativa nativa, estos movimientos no fueron azarosos ni eventuales, sino manifestaciones de la agencia del jugador. Camila, una de las personas que se encontraba allí, mencionó “Esta fue una gambeta del Diego, como las que hacía en la cancha. Esquivó el camino, era como decirnos “Pará, pará, no me fui, sigo acá. Te gambeteo el destino, te gambeteo la muerte” (Camila, San Miguel, 2021). En esta línea, una acción que se efectúa en el contexto del juego (es decir, la gambeta) resultó una metáfora que ilustra una frontera que en este caso se muestra incompetente para separar dos instancias. Por un lado, la del mundo de los vivos, en la que el jugador debería abandonar su condición ontológica anterior. Por el otro, la del mundo de los muertos, en la que no termina de ingresar de forma definitiva.
El carácter liminal de la figura del jugador no culminó con su entierro. El período que siguió a su inhumación estuvo marcado por una serie de apariciones de Maradona de carácter serial y público. En esta línea, a lo largo del país numerosos hinchas detallaron que habían observado mensajes iconográficos del jugador. Como una especie de teofanía popular, las redes sociales se poblaron de imágenes donde, en la interpretación nativa, podía verse su figura plasmada en distintas superficies, como por ejemplo nubes o amaneceres. De modo similar a la tradición del simbolismo de las apariciones religiosas contemporáneas,fueron registradas mediante soportes como la tecnología fotográfica o fílmica[70], lo que, sumado a la difusión en los medios digitales,aseguró un raudo acceso para el público en general[71].

Sin embargo, a diferencia de las apariciones religiosas que ocurren en el seno de las religiones católicas y protestantes, entre otras, marcadas por el contacto sistemático entre una entidad y una persona[72] a quien la primera le brinda un mensaje, aquí la imagen de Maradona sólo se muestra presente, por lo general personificando un evento relevante para el self futbolístico nacional. Por supuesto, esto no significa que no emitiera un mensaje, sino que su característica era de otro tipo: sin palabras y evocativa. Así, la gente es capaz de leer en las nubes escenas en las que el jugador alza la copa del mundo, tal como lo hiciera en el triunfo del campeonato mundial realizado en México en 1986, o cuando realiza una famosa jugada que lo llevará al triunfo frente a la parcialidad alemana en el partido final de ese mismo campeonato.
Esta teofanía popular, como una especie de aparicionismo efímero, se mantuvo ligada al período de fervor ritual, perdiendo paulatinamente relevancia tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales.
Consideraciones finales
En este trabajo se revisaron las lógicas simbólicas y el uso del espacio puestos en juego en el funeral de estado de Diego Maradona tanto por el gobierno nacional como por los asistentes. El trabajo de campo etnográfico realizado durante el velorio y las inmediaciones del entierro, junto a las entrevistas presenciales, las efectuadas mediante medios digitales y las fuentes utilizadas, permitieron profundizar en las lógicas nativas ligadas a este deceso.
Las exequias reunieron el pasado individual del fallecido a través de sus logros, el presente histórico manifestado por las decoraciones y los actores políticos, y el pasado nacional a través de su vinculación con el centro del poder político de la Argentina. La convocatoria pública, además, interrumpió la “temporalidad pandémica” luego de meses en que los encuentros interpersonales masivos, y los velorios de un número importante de asistentes, se hallaban suspendidos por el advenimiento de la pandemia por la COVID-19.
Pero los procesos de creatividad cultural no son lineales y unidireccionales. Por un lado, el Estado procuró imponer un conjunto de nociones unificadoras ligadas a lo nacional, que se nutría, v.gr., de banderas a media asta, un monumental listón negro en el frente a la Casa de Gobierno, un control del espacio ordenado, una fuerte ligazón entre la figura del futbolista y el partido político gobernante, y un funeral inserto en una geografía ligada al centro de poder, como la Casa Rosada y la Plaza de Mayo. Mientras tanto, las personas que participaron de las exequias tejieron sus significaciones, articuladas especialmente con los modos de acción futbolística. Mediante un proceso que terminó por adquirir elementos épicos, conjugaron las nociones de resurrección y sacrificio, con sus propias ideas de la nación. En esta línea, las acciones en el funeral no respondieron a una planificación ordenada, en los términos en que ésta fue concebida por los organizadores, sino a modos de actuar impregnados por un lenguaje futbolístico en el que la fidelidad y la reciprocidad, identificada en acciones como ir a alentar al ídolo mediante cantos, poniendo el cuerpo a merced del ritual, enfrentándose a la policía, etc. son centrales. Es decir, implicaron un orden en sus propios términos, una especie de coreografía corporal socialmente significativa, marcada por la experiencia emocional del dolor.
Pero las significaciones tejidas no se agotaron en este plano. Ilustrando los modos en que las fronteras entre el mundo de los vivos y el de los muertos pueden ser permeables, la jornada del velorio y las sucesivas mostraron formas de agencia de Maradona y procesos de comunicación iconográfica que se nutrieron de su historia individual y futbolística. Estas formas efímeras de teofanía popular fueron interpretadas como mensajes, aunque iconográficos y no verbales. Por supuesto, estos modos en que se desarrolla la experiencia ritual actúan de forma articulada, conectando múltiples significaciones a la vez, y creando otras nuevas.
Notas