Artículos

Crecer en las calles de México: la historia de Ojitos

Growing up on the streets of Mexico: The story of Ojitos

Danielle Strickland
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), México

Crecer en las calles de México: la historia de Ojitos

Psicología Iberoamericana, vol. 30, núm. 2, e303497, 2022

Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

La Universidad Iberoamericana, como entidad editorial, conserva los derechos patrimoniales (copyright) de las obras publicadas, y favorece y permite la reutilización de las mismas bajo la licencia de uso CC BY 4.0. Ⓒ Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

Recepción: 16 Agosto 2022

Aprobación: 24 Octubre 2022

Financiamiento

Fuente: CONACYT

Beneficiario: Danielle Strickland

Resumen: Crecer en la calle conlleva múltiples violencias. En este texto se examinan algunas razones del arraigo a un estilo de vida tan violento, a pesar de la plétora de grupos y personas trabajando para reubicar a estos jóvenes en ámbitos socialmente aceptados. El análisis se basa en la historia de vida de ‘Ojitos’ en las calles de Veracruz, la Ciudad de México y Guadalajara, dando atención especial a la intervención de la autora en su vida. Se concluye con cuestionamientos sobre la relevancia del apego seguro durante la primera infancia, el relativismo de la violencia y las estéticas morales interactivas en las investigaciones socioculturales.

Palabras clave: poblaciones callejeras, niños de la calle, apego, arraigo a la calle, estéticas morales interactivas.

Abstract: Growing up on the street entails multiple forms of violence. This text examines some of reasons for connectedness to such a violent lifestyle, despite the plethora of groups and individuals working to relocate these young people in socially accepted settings. The analysis is based on the life story of 'Ojitos' in the streets of Veracruz, Mexico City and Guadalajara, giving special attention to the author's intervention in his life. It concludes with questions about the relevance of healthy attachment during early childhood, the relativism of violence, and interactive moral aesthetics in sociocultural research.

Keywords: street populations, street children, attachment, street connectedness, interactive moral aesthetics.

Introducción

Después de mis primeros dos años en una escuela de artes liberales en medio de los campos de maíz de Ohio, llegué a Guadalajara como estudiante de intercambio. El programa de ‘servicio-aprendizaje’ se estructuraba con 20 horas a la semana de clases universitarias y 20 horas de trabajo voluntario con una organización de la sociedad civil (OSC). Me tocó trabajar en la Escuela al Aire Libre del Movimiento de Apoyo a Menores Abandonados (MAMA, A.C.), dando clases de alfabetización a niños que trabajaban o pedían limosna en la Plaza Tapatía del Centro Histórico.[1] La experiencia fue un parteaguas en mi vida. Decidí que mi llamada era ser ‘maira’ y, en cuanto terminé la carrera, volví a Guadalajara para lograr mi sueño. Después de un par de años dejé mi trabajo en MAMA para fundar el Colectivo Pro-Derechos de la Niñez, A.C. (CODENI), con la misión de concientizar y empoderar a los niños en situación de calle y a sus familias. A lo largo de los años fui testigo de muchos casos de éxito, pero los niños en contextos más violentos raramente logaron desarraigarse de la calle.

Estos casos me dejaron inquieta, por lo que dediqué mi tesis de la Maestría en Educación, así como la del Doctorado en Ciencias Sociales, al tema de proyectos educativos con poblaciones en situación de calle. En lugar de encontrar el hilo negro que buscaba para ‘salvar’ a estos niños, entre más profundizaba en el tema como académica, más se complejizaba. Los chavos que acompañaba, tanto en el papel de ‘maira’ como el de ‘investigadora’, me llevaron a desviarme de la calle para estudiar temas relacionados con el crimen organizado y el sistema penitenciario, donde encontraba las mismas bases de violencia estructural.

Hace poco me enteré de la muerte de uno de mis más grandes maestros a la fecha, un joven de la Ciudad de México (CDMX) llamado ‘Ojitos’. Recordar lo que aprendí de él me inspiró a retornar al tema de las poblaciones callejeras y escribir este texto.

En las siguientes páginas examinaremos por qué tantos niños y jóvenes eligen permanecer en la calle a pesar de la plétora de ofertas para que tengan una vida menos violenta, dentro de las normas sociales. El análisis retoma los planteamientos teóricos sobre el arraigo a la calle, así como el apego seguro durante la primera infancia. Iniciaremos con un bosquejo histórico del fenómeno de ‘niños de la calle’ en el país y específicamente en la CDMX, donde hay mayor presencia de poblaciones callejeras[3] y organizaciones dedicadas a ayudarles, seguida por la presentación de las teorías del apego y el arraigo. A partir de la contextualización y estas bases teóricas entraremos a la historia de vida de Ojitos, reconstruida desde su narrativa autobiográfica, entrevistas a profundidad con educadores de calle y miembros de su familia, así como mi propio proceso de aprendizaje comprometido o engaged learning (Carrithers, 1992) con él. Para entender su arraigo a la calle, exploraremos el apego durante su primera infancia, su estatus social en el mundo callejero y algunos otros factores. El texto concluye con reflexiones sobre los principales aprendizajes de mis vivencias con Ojitos.

Consideraciones metodológicas y éticas

La historia de vida presentada aquí se recuperó como parte de una investigación más amplia con cuatro grupos de jóvenes callejeros y cuatro OSC en la CDMX. Como explica Chárriez Cordero (2012, p. 51), “Las historias de vida conforman una perspectiva fenomenológica, la cual visualiza la conducta humana, lo que las personas dicen y hacen, como el producto de la definición de su mundo”. Por ende, se eligió este método con la intención de acercar mi comprensión del fenómeno de ‘callejerización’ lo más que se pudiera a las propias perspectivas de los jóvenes que participaron en el proyecto. Retomando a Mallimaci y Giménez (2006, pp. 200-201):

En contraposición con una utilización clásica del método biográfico en ciencias sociales, que privilegia el arsenal teórico y metodológico ‘objetivo’ portado por el investigador, preferimos la biografía interpretativa, que se preocupa por rescatar la perspectiva del actor. Desde esta orientación, buscamos más reflexionar, conocer y comprender las valiosas vidas de los investigados que probar y verificar las hipótesis del investigador.

Con esta lógica, aquí buscamos entender las vivencias de apego y arraigo a la calle principalmente desde el relato de Ojitos, complementándolo con mis experiencias de aprendizaje comprometido con él y las entrevistas con sus educadores y familiares.

En búsqueda de reducir la ‘autoridad’ (Corona Berkin & Kaltmeier, 2012), todas las entrevistas y diálogos llevados a cabo para recolectar datos fueron grabados y transcritos para asegurar su fidelidad. La historia de vida que se presenta aquí fue revisada y aprobada por Ojitos al final de la investigación. También discutimos el proceso de callejerización que presento para explicar el arraigo a la calle. Para cumplir con las normas de anonimato profesional, utilizo seudónimos para proteger la identidad de todas las personas mencionadas en su historia. El proyecto fue aprobado por un comité de ética conformado por investigadores del CIESAS-Occidente y la Universidad de Guadalajara.

Un esbozo del mundo callejero

La presencia de niños en situación de calle en México se ha registrado desde la invasión de los españoles en el siglo XVI, pero fue hasta los años sesenta que inició una ola de interés en diversos sectores académicos para abordar a los ‘niños de la calle’ como categoría social (Cárdenas, 2008). Alrededor del mismo tiempo hubo un boom de acciones efectuadas por grupos religiosos, organizaciones de la sociedad civil y el Estado para atender la problemática, principalmente desde un enfoque asistencialista, aunque también empezaron a surgir esfuerzos de corte represor, utilizando centros de detención para ‘readaptar’ a los niños y reintegrarlos a sus familias y a la sociedad (Strickland, 2015). En los años 80 las intervenciones en este campo empezaron a incluir modelos de educación popular, resultados de la boga de praxis pedagógicas izquierdistas en Brasil y Colombia. A pesar de la diversidad de proyectos para reducir las poblaciones en situación de calle, el número de ingresos a este mundo de vida siempre ha sobrepasado, por mucho, a los egresos. ¿Por qué?

Empezamos con las llegadas a la calle. La continuidad de este fenómeno tiene que ver, en parte, con la alta tasa de migración urbana en México. Mientras que a nivel mundial el 56% de la población humana se concentra en las ciudades, el auge de los urbanitas ha sido más pronunciado en América Latina y el Caribe, pasando de 41.3% de la población total en 1950 a aproximadamente 81.2% setenta años después (Buchholz, 2020). Alineándose a la norma regional, en México ocho de cada diez personas viven en zonas urbanas. La llegada de tanta gente a las ciudades, sin recursos, en búsqueda de oportunidades, ha contribuido a la persistencia de las poblaciones en situación de calle, a pesar de la diversidad de políticas públicas y el trabajo de múltiples instituciones dedicadas específicamente a atender esta problemática.

Una vez dentro del mundo callejero, la salida tiende ser complicada. Como explica Martínez Jiménez (2018) a partir de su investigación con poblaciones callejeras en la CDMX, salir de la calle es un proceso paulatino e itinerante, lleno de las diversas intervenciones e inflexiones experimentadas por cada persona de manera particular. En este sentido, no hay esperanza de un planteamiento único de intervención para reducir el número de personas viviendo en la calle.

También es importante destacar la relevancia de la exclusión social. La violencia estructural que más afecta a los estratos socioeconómicos bajos representa un gran obstáculo para la integración social de los niños y otras personas en situación de calle. En oposición al interés de integrarles, a partir de un estudio con jóvenes en situación de calle en Xalapa, Narváez Aguilera (2021) resalta las prácticas de ‘limpieza’ y control social que promueven “la segregación socioespacial neoliberal hacia grupos sociales, considerados como productores de riesgo y peligrosidad” (p. 13). Similarmente, datos del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación en la Ciudad de México revelan que 86.1% de las personas en la capital del país consideran que hay discriminación hacia las poblaciones callejeras.

Recientemente ha habido varios esfuerzos para generar datos sociodemográficos sobre las poblaciones callejeras. En parte por el constante desplazamiento de estas personas, y en parte por intereses políticos, los números reportados varían drásticamente. Por ejemplo, el Censo de Poblaciones Callejeras en la CDMX, coordinado por Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS), con la colaboración de académicos y OSC en julio de 2017, contó 6,754 personas (4,354 en espacios públicos y 2,400 en albergues) distribuidas entre más de 100 puntos con poblaciones de cinco personas o más y 346 puntos con menos de cinco habitantes (Martínez Arellano, 2019). Por otro lado, la Secretaría de Inclusión y Bienestar Social (SIBISO) reportó 932 personas en situación de calle en la ciudad tan sólo tres años después, en un conteo realizado sin la participación de académicos u OSC (SIBISO, 2020).

El segundo informe también mencionó que a 64.5% de las personas encuestadas le gustaría definitivamente dejar la calle. Llama la atención este dato, en comparación con el estimado de que menos del 20% de los niños en situación de calle —quienes son supuestamente ‘más fáciles de rescatar’— superan su arraigo a este mundo de vida (Pérez García, 2009).

Es allí donde surge la pregunta que motiva las labores de tantas OSC, grupos religiosos, servidores públicos y académicos de diversas disciplinas: ¿por qué no dejan la calle? Aquí abordaremos esta interrogante con base en dos teorías: el apego y el arraigo a la calle.

El apego

Todos los seres humanos nacemos con el instinto de buscar protección y contención emocional de otras personas cuando sentimos peligro. Según Bloom (1999), este impulso se debe a una necesidad innata de orden, seguridad y protección adecuada. Quienes garantizan esta protección durante la primera infancia —generalmente los padres— son ‘figuras de apego’ (Bowlby, 1986) o ‘cuidadores primarios’. Cuando los cuidadores primarios son estables el niño tiende gozar de un ‘apego seguro’, lo cual facilita su desarrollo neurológico (Calle, 2012) y la generación de más relaciones de confianza. Si los cuidadores tardan en responderle, o su respuesta es irregular, el niño se desarrolla con menos seguridad y tiene miedo de ser abandonado. Bowlby (1986) caracteriza a estos niños como casos de ‘apego ansioso’. Si las respuestas de la figura de apego son aún más irregulares, el niño pierde esperanza y desarrolla un ‘apego evitativo’. En casos de apego ansioso y de apego evitativo, les cuesta trabajo a los niños confiar en otras personas y desarrollar relaciones sanas. Además, su capacidad de resiliencia y la habilidad de superar experiencias traumáticas tienden ser limitadas (Bowlby, 1986).

A su vez, la ansiedad de un niño sin apego seguro le lleva a buscar el confort propio y el control de sí mismo. En el caso de los niños en situación de calle, esto se ha relacionado con los altos niveles de consumo de drogas y desconfianza en quienes les ofrecen ayuda (Makowski, 2010; Pérez López, 2007; Strickland, 2015; Turnbull et al., 2009). Además, los que han sufrido abuso físico a menudo demuestran comportamientos destructivos como cutting u otras formas de mutilación por propia mano, sexualidad compulsiva y violencia hacia otros (Bloom, 1999).

Según resultados de las pruebas psicométricas que se aplican a los nuevos ingresos en Fundación Pro Niños de la Calle, una de las OSC más reconocidas por su trabajo con niños en situación de calle en México, aproximadamente 49% de los niños presenta un ‘apego evitativo’ y 40% entra en la categoría de ‘apego ansioso’, dejando sólo 11% de la población sin problemas de apego (Garza Caligaris, 2010). Por ende, se puede insinuar una correlación directa entre el apego inseguro y el ‘callejerismo’.

El arraigo

El arraigo a la calle, o la ‘callejerización’, se refiere al proceso de cambios identitarios que ocurre durante la adaptación a este mundo de vida. La transición del hogar a la calle para un niño —sea motivada por abuso, desplazamiento, sobrevivencia y/o la búsqueda de libertad— implica una ruptura de vínculos familiares. Quienes han escrito sobre el fenómeno de callejerización lo han dividido en etapas (Cárdenas, 2008; Lucchini, 1998; Pérez García, 2003; Pérez López, 2007; Strickland, 2015). Para analizar la historia de Ojitos, contemplaremos cinco etapas del proceso de callejerización: el encuentro, el festejo, la profesionalización, la crisis del futuro y la juventud callejera.

El encuentro

Cuando un niño llega a la calle, su proceso generalmente inicia con un periodo de aprendizaje de habilidades para sobrevivir, es decir, una inducción a la vida callejera. Comienza a conocer las dinámicas y las redes de la calle, a quiénes puede recurrir para ayuda, así como las amenazas, y la familia biológica y el hogar que dejó se sustituyen por un grupo de ‘callejeros’ y un territorio. Juan Martín Pérez García (2009) identifica tres perfiles de grupos en la CDMX. Los ‘grupos escuela’ se reconocen por la integración y capacitación de nuevos niños, presentándoles a los actores e instancias que les ayudan a sobrevivir en la calle. Estos grupos generalmente se encuentran cerca del centro de la ciudad, debido a la alta concentración de comedores, centros de día y albergues en esta zona. Los ‘grupos de tránsito’ son menos estables y se forman por migrantes y otras personas que van de paso por la ciudad, considerando que la cantidad de personas en un punto de pernocta ofrece cierta seguridad. Se encuentran estos grupos en las centrales camioneras y cerca de las principales salidas de la ciudad. Finalmente, hay ‘grupos de arraigo’ que se encuentran en el periférico de la ciudad. Ellos tienen menos contacto con las instancias de apoyo y a menudo se forman por chavos callejeros que han salido de los grupos escuela.

El festejo y la libertad

La segunda etapa de la callejerización es cuando el niño más disfruta la independencia y cuando más se fortalece el arraigo al mundo callejero. Ruth Pérez López (2007) describe esta etapa como la fase de “enamoramiento” de la calle; es cuando el chavo vive la calle como un espacio “estimulante, creativo y recreativo” (p. 33). Se mueve fácilmente entre puntos de pernocta y aun entre ciudades, utilizando estrategias básicas para sobrevivir, como ‘charolear’ (pedir limosna), ‘faquirear’ (soplar fuego o acostarse sobre vidrios rotos), robar, limpiar parabrisas y aprovechar las ofertas de las instancias de apoyo. Aquí toman relevancia las representaciones sociales del ‘niño de la calle’, asociadas con ‘tristeza’, ‘victimización’, ‘pobreza’, que le permiten sobrevivir de la caridad de otras personas (Xelhuantzi Santillán & Flores Palacios, 2014).

Según Kurt Shaw (2002), en esta etapa predomina el ‘mito de la libertad’, mientras el niño fortalece su posición en el grupo con el consumo de drogas y relaciones sexuales.[4] La percepción de la ‘libertad’ del niño se limita a no tener reglas y poder hacer lo que quiera cuando quiera, sin considerar fuerzas opresoras como la pobreza, la inseguridad y la violencia; “el aire libre equivale a la libertad” (Shaw, 2002, p. 11).

Efectivamente, las libertades de la calle tienen un precio alto, pero caracterizarlas como mito es negar su valor para el niño. La idea de ‘ser libre’ es, sin duda, uno de los principales factores que fomenta el arraigo a la calle. Sin embargo, en vez de partir de este valor, los programas tienden buscar mayor control sobre los niños (Turnbull et al., 2009), tratándoles como víctimas vulnerables que requieren ayuda estructurada para ‘reintegrarse’ a la sociedad, sin reconocer que, por lo menos inicialmente, la calle es un espacio donde el niño puede disfrutar de todo lo que le prohibían en otros lados (Pérez García, 2003; Shaw, 2002).

En resumen, la ausencia de responsabilidades, la posibilidad de consumir drogas y tener relaciones sexuales, o simplemente no tener que responder a las exigencias de los adultos y respetar normas sociales, son aspectos de la vida callejera atractivos para el niño. En ese sentido, ‘la libertad callejera’ y las diferencias entre cómo el niño y los ‘adultos conformistas’ la perciben es parte fundamental del rompecabezas.

La profesionalización

La tercera etapa de la callejerización es la profesionalización, y se da hasta que el niño ha vivido en la calle por un periodo prolongado y se autoidentifica como alguien ‘de la calle’. Ya ha logrado cierto estatus entre otros callejeros, una identidad personalizada, un apodo y una posición en su grupo. Como callejero profesional, “las conductas de alto riesgo son parte de su cotidianidad: trasgresión de la ley, alto consumo de drogas, prácticas sexuales sin protección […]” (Cárdenas, 2008, p. 43). El chavo cuenta con redes extensas para fines diversos y su vida cotidiana se guía por cuestiones de resistencia, poder y rebeldía. Esta etapa se reconoce como el clímax de la vida callejera (Strickland, 2015).

La crisis del futuro

Inevitablemente llegará una declinación en la trayectoria callejera, marcada por una crisis. Los traumas por abuso, encarcelamiento y la muerte de seres queridos, así como daños por el consumo de sustancias se revelan física, mental y emocionalmente. Llega un momento en que alcanza a ver el fin de su vida si sigue en la calle; se encuentra sin oportunidades y sin esperanza para el futuro en este contexto tan violento, nocivo y peligroso (Pérez López, 2007). Es decir, se desilusiona y se da cuenta del alto costo de la ‘libertad’ callejera. Esta etapa representa la última oportunidad para salir de la calle (Lucchini, 1998).

La juventud callejera

No todos los niños callejeros llegan a la juventud. La expectativa de vida para alguien que crece en la calle de la CDMX es de 24 años, pero muchos mueren antes (Strickland, 2015). Si llega a esta etapa, probablemente ha pasado por casas hogar, centros de rehabilitación y centros de reclusión, así como otros programas de apoyo para personas en situación de calle. Las drogas han dañado su salud física y mental y la muerte lo espera por sobredosis, ser atropellado o algún hecho violento… pero el arraigo a la calle prevalece.

A lo largo del proceso de callejerización generalmente se fortalecen algunos factores de arraigo, tales como las redes de apoyo, las adicciones y la identidad callejera. El sentido de pertenencia a uno o varios grupos callejeros es también parte clave de este proceso, así como la asimilación y el refinamiento de prácticas cotidianas como charolear, faquirear, limpiar parabrisas, consumir drogas, dormir en espacios abiertos y moverse en las redes de este mundo de vida. La comodidad y la seguridad que se genera con estas actividades y contactos contribuye a su arraigo. Además, el chavo desarrolla discursos para utilizar con diferentes sujetos que facilitan su sobrevivencia en el mundo callejero (Turnbull et al., 2009). Es decir, a lo largo del proceso de callejerización va perfeccionando sus habilidades para sacar provecho de las oportunidades que se le presentan.

Mientras las etapas presentadas aquí ayudan a conceptualizar el arraigo a la calle, es importante reconocer que el proceso de callejerización es distinto en cada caso y, por ende, hay que usar estas categorías homogéneas con cautela (Lucchini, 2007). Es decir, a pesar de las semejanzas en las trayectorias, los factores de arraigo y las vivencias en calle afectan el proceso identitario de cada chavo de manera distinta. Por ende, la historia de callejerización de Ojitos que se presenta a continuación es representativa hasta cierto punto, pero es única.

La historia de Ojitos

Con dólares recién ganados en el bolsillo, Juan conquistó a Yadira en Tijuana y la llevó a vivir con su familia en Coacalco, Estado de México. La familia de Juan la rechazó por haberse embarazado antes de casarse y pronto empezaron los problemas domésticos. La relación se complicó aún más con el alcoholismo y peleas de pareja, pero duró lo suficiente para traer al mundo a dos hijos, Ojitos y su hermana menor, Sarita. Por problemas con la abuela de Ojitos, la familia saldría de casa por varios días. En una de esas ocasiones, se estaban quedando en un hotel en la colonia Guerrero de la CDMX cuando, según cuenta la familia de Juan, Yadira salió a comprar tacos de barbacoa y nunca regresó. Juan y los niños volvieron al departamento de la abuela en Coacalco sin ella.

El alcoholismo de Juan empeoró, resultando en salidas de casa prolongadas, a veces con Ojitos. Viajaban por tren, pedían limosna, robaban y dormían en la calle. La abuela esperaba las llamadas telefónicas para sacarlos de la cárcel y, mientras tanto, dio a Sarita en adopción a una pareja de doctores, sin pedir sus datos de contacto. Según Paty, una hermana de Juan, la abuela les ofreció a ambos niños, pero sólo querían a Sarita, supuestamente porque era güerita y Ojitos era moreno.

A la edad de cinco años, Ojitos viajó a Veracruz en un tren de carga con su padre. Durante casi dos años vivieron en un baldío a unas cuadras de la playa. Juan pasaba los días tomando alcohol del 96, mientras Ojitos pedía limosna en las calles y a veces cuidaba a un niño más pequeño en un taller mecánico. “[Los del taller] me pagaban con comida y me la llevaba para compartirla con mi papá. [Mi papá] siempre me cuidaba mucho. Yo era su consentido. Nunca me pegaba.”

Un día la abuela recibió una llamada de la policía de Veracruz. Habían detenido a su hijo y reportaron que estaba en fase terminal de cirrosis hepática. Cuando llegaron de vuelta a Coacalco, la abuela mandó a Ojitos a vivir con una tía abuela en el estado de Puebla. Juan duró ocho meses más, entre el departamento de su hermana y el de su mamá, pero murió sin la oportunidad de despedirse de su hijo, quien ya tenía ocho años.

Ojitos no se adaptó al hogar en Puebla y su tía abuela lo mandó de regreso a Coacalco poco después de la muerte de Juan. Lo recibieron sus tíos, Paty y Hugo, quienes trabajaban en un table dance. Durante la noche, Ojitos y los demás niños del hogar se quedaban bajo la supervisión de su prima mayor. Un día Paty se enteró de que Ojitos había pedido a su prima Sofi y a una vecinita que se bajaran los calzones. Los tíos decidieron que Ojitos ya no podría quedarse allí. La abuela tampoco lo quería; Ojitos recuerda su relación con ella como llena de rechazo, golpes y maltrato.

“Como no podía estar ahí cuidándolo, tuve que buscar otra opción,” explicó Paty, “y una amiga que vive en La Raza me dijo, ‘Mándamelo, yo tengo casi puros varones, así que no va a haber problemas’.” Ojitos se fue a vivir con la familia Guzmán con mucho resentimiento hacia sus tíos por haberle ‘regalado’, pero pronto empezó a adaptarse a su nuevo hogar.

“Los Guzmán eran muy buenos conmigo, pero nunca me querían tanto como a sus propios hijos,” recordó Ojitos. Duró varios años en su hogar, pero con su llegada a la adolescencia, los Guzmán ya no aguantaban su rebeldía y poco después de su décimo cuarto cumpleaños le dejaron en Casa Alianza, una institución de asistencia privada (IAP) para niños sin hogar. Allí Ojitos se integró rápidamente a un grupo de chavos ‘de la calle’. “Salimos [de Casa Alianza] como cinco veces. Nos quedamos allá por la Procu, en el Caballito, en el Zarco, pero siempre nos dejaron entrar de nuevo,” relató Ojitos.

Un año después de su llegada a Casa Alianza, el área de trabajo social intentó reintegrarlo a la familia Guzmán. A pesar de no contar con un acta de nacimiento, lo habían inscrito en un programa de primaria abierta. Regresó a La Raza con el plan de estudiar y recibir acompañamiento por parte de un trabajador social de Casa Alianza. El señor Guzmán estaba trabajando en Estados Unidos en este tiempo y mandó una máquina de DVD a la familia. “Era bien chida,” recordó Ojitos. “Todavía no había de ésas en México.” Ojitos la llevó a la escuela para presumirla y se perdió. Le dio miedo regresar a casa sin la máquina y decidió mejor quedarse en uno de los puntos de pernocta que había conocido cuando escapaba de Casa Alianza.

A partir de ese día, no volvió a ver a los Guzmán. Ojitos comenzó a construir una red de apoyo en calle y frecuentaba varias IAP, incluyendo Casa Alianza y Pro Niños, donde era muy querido por el personal. “Es súper amoroso, compartido […] deja que se desborde”, explicó una educadora de Pro Niños.

Entrando a la etapa del festejo, Ojitos conoció a Kika, de 13 años, afuera de la Procuraduría por Avenida Reforma y se hicieron novios. Poco después, empezaron a tener problemas en este punto de pernocta. “Nos quitaron las cosas […] ya no nos querían allí. Un vato que ya está encerrado me enseñó el baldío [frente de la plaza de los mariachis en Garibaldi]. Iba a ser más seguro para Kika porque no entraba tanta gente.” Durante los próximos cuatro años Ojitos y Kika reconocieron al ‘Garibaldío’ como su ‘residencia principal’. Desde allí crearon una red de sobrevivencia con comedores de grupos religiosos, varias IAP, negocios y vendedores de la zona que les regalaban comida y ropa, así como hoteles baratos para cuando requerían un descanso de la calle.

La pareja casi siempre se acompañaba por el mejor amigo de Ojitos, Chupón, quien dejó la calle a los 17 años con el apoyo de Pro Niños. Los educadores esperaban que la salida de Chupón representara la ‘crisis del futuro’ para Ojitos y que dejara la calle, también. En las palabras de uno de ellos:

Algo que sí le pegó mucho es cuando Chupón decide desafanarse del grupo. Se me hace que sí le da una buena dosis de realidad a [Ojitos]. Yo no sé cuánto, de qué manera lo habrá sufrido o vivido o llorado, pero creo que es uno de los tal vez muchos momentos que ha tenido en la vida que sí lo han marcado. Tú los veías y decías, ‘estos güeyes sí son carnales.’ Los veías y decías, ‘de verdad estos chavos sí se quieren un montón.’ Y cuando Chupón se va, digo, ‘qué chido porque seguro que [Ojitos] le sigue los pasos, ¿no?’

La pérdida de su mejor amigo fue seguida por varios enfrentamientos con la ley. El primero surgió en Coruña (una casa hogar del gobierno). Como explicó Ojitos:

¿Ya ves que los viejitos se quedan por la entrada y siempre están allí afuera sentados en sus sillas? Pues dejaron una silla de ruedas afuera. Un compa se subió y nos la llevamos. Le dijimos al poli que íbamos a la tienda y [el poli] pensó que mi compa estaba discapacitado. Ya conocíamos a un señor que realmente era discapacitado por ahí. Pasamos con él y le vendimos la silla en 50 varos.

El segundo problema fue por el robo de un tanque de gas de un vecino del Garibaldío. Un día, otro chavo que se quedaba allí consiguió una estufa y algo de carne. “Nada más faltaba el gas para hacer una súper cena […] Se puede brincar del baldío a las casas de atrás y allá vimos un tanque. Entonces nos brincamos para subirlo, nada más que esta casa era de un judicial y nos pelamos,” contó Ojitos. En ambas ocasiones Ojitos fue encerrado por menos de un mes en el Consejo Tutelar.

En febrero de 2010, fue detenido por tercera ocasión. Le arrestaron fuera del Garibaldío por el robo de un discman, pero esta vez fue procesado como adulto. Por ser ‘primodelincuente’, después de tres meses en el Reclusorio Norte la jueza rebajó su sentencia a dos años, ocho meses, y salió preliberado con la condición de pagar la sentencia con jornadas de trabajo. Cuando llegó al baldío no estaba Kika y nadie ahí la había visto en más de dos meses. Se rumoró que ella se había ido con un chavo de Tepito y estaba prostituyéndose por Avenida Reforma. Otros dijeron que la habían apuñalado en Tepito y estaba muerta.[5] Ojitos tocó fondo. Pasó tres semanas fumando crack en el Garibaldío hasta que lo encontró Samuel, un educador de Programa Niños de la Calle (PNC), y empezó a trabajar con él de nuevo. ¿Por fin había llegado su ‘crisis del futuro’?

Ojitos y la Maira

Aquí fue cuando mi relación con Ojitos cambió y comencé a actuar mucho más como maira que como etnógrafa. Primero ayudé con la búsqueda de Kika. Ojitos y yo dejamos su foto y datos a varias IAP, así como en la Comisión de Derechos Humanos. A su vez, junto con Samuel, comenzamos a ayudarle con un plan de vida fuera de la calle. Ojitos dejó de consumir crack y participaba en las actividades de PNC. Le llevé a ver a sus tíos Paty y Hugo en Coacalco por la primera vez en cinco años y empezamos los trámites para su acta de nacimiento.

Sabíamos que tarde o temprano sería detenido por no cumplir con las condiciones de su preliberación si se quedaba en el Garibaldío. “Como ya falté, si voy ahora me van a encerrar otra vez,” me explicó. Además, todos coincidimos en que no superaría su arraigo a la calle si seguía en la CDMX. Por ende, empezamos a planear un ‘nuevo comienzo’ en Guadalajara.

Aprovechando los contactos que tenía de mi experiencia como maira, le reservé un espacio en el albergue Ombudsman, A.C. y coordiné el acompañamiento personalizado de Beto, un educador de CODENI. Se acordó que Ojitos se iría a Guadalajara conmigo en cuanto terminara mi periodo de trabajo de campo, pero tres semanas antes de nuestra fecha de salida fue detenido nuevamente.

Negocié su salida con la jueza, incluyendo el cambio de sede para el seguimiento de su proceso de preliberación. A las 11 p.m., la noche antes de nuestra fecha de salida Ojitos fue liberado del Reclusorio Norte por segunda ocasión.

En menos de un mes yo tendría que iniciar otra etapa de mi trabajo de campo con una estancia de seis meses en Río de Janeiro, pero Ojitos estaba comprometido con el plan. Comenzó a trabajar en una imprenta de la familia de Beto y cayó bien al personal de la Comisaría de Preliberados donde cumpliría con las firmas y las jornadas de trabajo requeridas para su libertad definitiva.

Cuando estaba en Río, Beto me mandaba reportes semanales sobre Ojitos y los primeros eran muy positivos. Por fin se logró conseguirle un acta de nacimiento y retomó sus estudios de educación primaria. En su tiempo libre fungía como ‘mairín’ en CODENI, ayudando a los educadores y jugando con los niños. Pero el consumo de drogas era una práctica común entre los chavos de Ombudsman y Ojitos no resistía la tentación.

Cuando llegué de Brasil, Ojitos vivía en una casa abandonada en el centro de Guadalajara, estaba peleado con el agua y había abandonado todas las actividades de su proyecto de vida. Beto y yo no queríamos aceptar el fracaso de nuestra intervención. Utilizamos todos los manejos educativos que pudimos imaginar, le internamos en centros de rehabilitación en dos ocasiones e incluso le invitamos a vivir en nuestras casas. Sin embargo, después de un largo año de intervenciones forzadas, aceptamos la decisión de Ojitos de vivir en la calle y le dije que no le iba a apoyar hasta que accediera a ingresar nuevamente a un centro de rehabilitación. Se metía a robar negocios del centro por la noche y pasaba los días drogándose y limpiando parabrisas por la Plaza Tapatía. Aprendí que no hay límites geográficos para el mundo callejero.

El arraigo de Ojitos a la calle

Desde que acepté la decisión de Ojitos de abandonar su proyecto de vida he reflexionado sobre las razones del fracaso. Para empezar, podemos clasificar la salida de Ojitos de la calle como ‘expulsión’ (Lucchini, 2007). Los requisitos para la preliberación, junto con las presiones de Samuel, de Beto y mías, forzaron su salida. Es decir, por no ser ‘decisión propia’ aumentó la probabilidad de su recaída. Por otro lado, se podría argumentar que fue una ‘salida activa’, según el mismo modelo de Lucchini, ya que un evento necesario (el riesgo de tener que cumplir una sentencia de varios años en el reclusorio) sirvió para que Ojitos reflexionara sobre su futuro y decidiera dejar la calle.

Ojitos tenía donde quedarse fuera de la calle, una nueva ‘imagen’ como trabajador en la imprenta, estudiante y mairín, así como el respaldo de un equipo de mairos para prevenir su recaída. Sin embargo, este ‘nuevo comienzo’ no era rival para los factores de arraigo a la calle que tenían más de 15 años desarrollándose en su identidad.

Entre las habilidades de ‘callejero profesional’ de Ojitos se resaltan su facilidad para relacionarse con los educadores de calle y otras fuentes de apoyo de su red de sobrevivencia, el discurso que usaba para pedir limosna y su habilidad de romper los candados de las cortinas de negocios para robarlos. Además, tenía experiencia limpiando parabrisas, faquireando y vendiendo drogas para ganar dinero.

En la CDMX logró una posición importante en el mundo callejero, reconocido por callejeros de diversos grupos, educadores, comerciantes y vecinos de Garibaldi y Tepito. Frecuentaba cinco diferentes comedores y varios puestos de tacos y negocios para conseguir comida gratis. Además, se destaca cómo Ojitos valoraba las relaciones con los educadores de calle y aprovechaba su ayuda en momentos difíciles. El siguiente relato de un educador de Pro Niños ejemplifica esta característica de Ojitos:

Después de un tiempo que yo no había ido al baldío, llego con una voluntaria alemana y había mucha banda que no conocía. El único [que conocía] era Ojitos y Kika. Varios de ellos eran mucho más grandes que Ojitos y empezaron a molestar a la voluntaria, empezaron a fastidiarme a mí, pidiendo dinero y todo, y Ojitos, a pesar de que estaba súper drogado, mucho más que ellos, fue así de, “aguanten güeyes, él es [Paco] y lo conozco desde hace mucho tiempo y no se pasen…”, y acá. Y se me hizo muy chido porque es como confirmar esta imagen que tenía del chavo, súper noble, y bien fiel a lo que conoce y aprecia.

Durante mi trabajo de campo en la CDMX, Ojitos era uno de los más respetados del Garibaldío. Aunque no defendía su posición con fuerza física como otros, por antigüedad, experiencia y nobleza contaba con el aprecio de los demás. Turnbull y sus colegas (2009) resaltan el valor de la identidad callejera y el estatus social en este mundo, explicando cómo el hecho de convertirse en ‘receptor de asistencia’ debilita su reputación. En otras palabras, dejar la calle con apoyo —como el que yo brindaba a Ojitos— era admitir que alguien más le tenía que cuidar y así rendirse de la responsabilidad que tenía sobre su propia vida (Turnbull et al., 2009, p.1287).

El arraigo de Ojitos también tenía que ver con las relaciones y redes que había construido a lo largo de tantos años en el mismo territorio. Contaba con una abundancia de amigos en las zonas de Garibaldi, Tepito y otras partes del centro, los cuales le garantizaban seguridad y cierto prestigio en el mundo callejero de la zona. Como explicó Paco, “Siempre ha sido su referente principal Garibaldi y se ha movido en las zonas cercanas –Reforma, el Caballito– y a desplazarse a Tepito por activo o piedra”. Ojitos confirmó su arraigo a este territorio cuando le pregunté por qué no se había ido con unos amigos a Acapulco: “Nel. No me gusta salir de México, neta. A mí no me late salir de mi territorio. Aparte la droga está bien cara allá”.

El rechazo que sintió de su familia biológica y de la familia Guzmán, así como su inhabilidad para adaptarse a sus hogares, se pueden relacionar con un apego evitativo que también contribuyó al arraigo de Ojitos a la calle. La ausencia de una familia facilitó su noviazgo con Kika y la vida que construyeron juntos en el Garibaldío. Aquí es importante notar que, aunque las relaciones que construyó con Kika y Chupón eran afectivas, seguramente se limitaron por la falta de apego seguro durante la primera infancia. Además, tarde o temprano las adicciones siempre llegan a obstaculizar las amistades y los noviazgos.

El tiempo que Ojitos pasó en la calle con su padre y la idealización que tenía sobre su relación con él —“siempre me cuidaba mucho, yo era su consentido, nunca me pegaba”— también aportaron a su arraigo. Sumando a este imaginario el rechazo que sentía de otros miembros de su familia, Ojitos justificaba su decisión a seguir los pasos de su padre como callejero. Aquí se presenta una línea interesante para la investigación psicológica: ¿cómo se relaciona el apego evitativo con la construcción de imaginarios ideales de los cuidadores primarios que hayan muerto? Varios otros jóvenes que participaron en la investigación más amplia refirieron a sus padres fallecidos con una grandeza parecida a esta descripción de Juan por parte de Ojitos.

Finalmente, hay que considerar los varios traumas que también fomentaron su arraigo a la calle. Entre ellos se resaltan las peleas domésticas y abuso de alcohol por parte de sus cuidadores primarios desde su nacimiento, el abandono por su madre cuando tenía dos años, la temporada de su infancia que pasó en la calle con su padre y el fallecimiento de éste cuando Ojitos tenía ocho años, el rechazo que sentía de su abuela, así como de sus tíos y su familia adoptiva, el sentimiento de abandono que sufrió de nuevo cuando Chupón fue reintegrado a su familia y con la desaparición de Kika, el tiempo que sirvió en prisión y mi decisión de no apoyarlo hasta que dejara las drogas.

Por la recurrencia de traumas en su vida, Ojitos decía que quería morir a los 25 años y vivir sin el estrés de pensar en un futuro fuera de la calle. Cada vez que le veía, después de abandonar su proyecto de vida, le preguntaba si había tocado fondo, recordándole que contaba con mi apoyo para internarse en un centro de rehabilitación. Pero siempre me respondía: “Para mí no hay fondo. Puedes sacar el niño de la calle, pero no puedes sacar la calle del niño.”

Reflexiones Finales

Mi relación con Ojitos ejemplifica las ‘estéticas morales interactivas’. Con este planteamiento Carrithers (2005) explica que en las relaciones que se forman en las investigaciones socioculturales se genera un aprecio recíproco, guiado por un sentido moral. Fue esta moral la que me motivó a buscar a Kika, a pagar la fianza de Ojitos y a procurar los apoyos necesarios para su ‘nuevo comienzo’ en Guadalajara. La misma estética moral motivó a Ojitos a llevarme a las partes de Tepito que, según él, “ninguna antropóloga había pisado.” Nos apoyábamos mutuamente, sobre todo cuando Ojitos vivió en Guadalajara. Yo aseguraba la cobertura de sus necesidades básicas y le ayudaba con sus tareas escolares. A cambio, él escuchaba con paciencia mientras relataba el análisis de datos de mi estudio y me ayudó a repensar algunas conclusiones. Tal como planteó Schütz (1962), estábamos mutuamente involucrados en la biografía del otro (citado en Carrithers, 2005, p. 438).

Cuando las adicciones volvieron a tomar control de la vida de Ojitos —lo que seguramente tenía que ver con su ansiedad por haber crecido sin un apego seguro—, el cariño que le tenía no me permitió aceptar el fracaso de mi plan de ´salvarle de la calle´ y ser testigo de su suicidio paulatino. Dejarlo ir fue un proceso doloroso, pero eventualmente el dolor comenzó a producir conocimiento. Mi reflexión continua sobre este proceso de aprendizaje comprometido no sólo ha ampliado y profundizado mi comprensión del arraigo a la calle, también ha contribuido a otras comprensiones sobre las relaciones interculturales.

Cuando escuché que Ojitos había muerto por sobredosis la noticia no me sorprendió; fue el duelo lo que no esperaba. Nuevamente me pregunté si pudiera haber hecho algo más para que dejara la calle. No puedo devolverle la vida, pero puedo celebrarla compartiendo lo que aprendí de él. Por todo ello, cierro con cuatro aprendizajes que atribuyo a mi relación con Ojitos.

El primero se relaciona con mi comprensión del relativismo cultural. Mientras hay aspectos de la cultura callejera que sigo condenando (por ejemplo, los robos y la violencia sexual), ahora entiendo que dejar la calle no te hace mejor persona. Inicialmente, el contraste de los valores y prácticas del mundo callejero con los de mi propio mundo de vida generó el shock que me motivó a intervenir en la vida de Ojitos. Sin embargo, cuanto más aprendí sobre la cultura callejera más valores y actitudes míos se revelaron como contingentes y arbitrarios.

En 2009, Turnbull y sus colegas argumentaron que uno de los principales obstáculos para los educadores de calle es cómo “se aferran a la cosmovisión de la sociedad dominante; y los niños deben comprometerse con esto para conseguir lo que quieren” (Turnbull et al., 2099, p. 1287). Definitivamente esto fue parte de mi error cuando intervine en la vida de Ojitos. Tanto las investigaciones como las intervenciones en el mundo callejero precisan procurar mayor apertura al respecto.

El segundo aprendizaje parte del reconocimiento de que, efectivamente, el apego evitativo obstaculiza la integración de un niño a una familia tradicional y, por ende, facilita su arraigo a la calle. Pero lo que a menudo simplificamos como apego evitativo tiene mucho que ver con la necesidad de controlar su propia vida. Cuando el capital social, cultural y económico de uno es tan limitado, se agranda el valor de la autonomía.

Dicho esto, hay que resaltar que el apego evitativo y la valoración de la ‘libertad’ y la autonomía no impiden las relaciones afectivas. Fui una de muchas personas bendecidas por la amistad de Ojitos. Aquí la recomendación para los educadores de calle es mantener como enfoque central a lo largo del acompañamiento la capacidad de agencia y su importancia para el niño o joven.

El tercer aprendizaje se relaciona con el relativismo de la manera en que se experimenta la violencia. Poco antes de aceptar el fracaso de mi intervención con Ojitos, él llegó a mi casa a las 11 de la noche sangrando de la cabeza. Me contó que estaba cuidando los carros estacionados afuera de un bar en el centro cuando llegaron otros ‘cuidacoches’ a tomar la cuadra. El enfrentamiento se escaló a una pelea en la que Ojitos fue golpeado repetidamente y se estrelló un envase de caguama en su cabeza. Nuevamente pensé que había llegado a la ‘crisis del futuro’ e iba a aceptar mi invitación a internarse en un centro de rehabilitación. Sin embargo, sólo se enjuagó la cabeza y salió cojeando por la puerta. “Son los golpes de la vida callejera,” me dijo. “No te preocupes por mí.” Tal como deberíamos respetar la valoración de la ‘libertad’ para los niños callejeros, hay que reconocer que los actos violentos afectan a cada persona de manera distinta. Aquí surge otra línea para futuras investigaciones psicológicas sobre cómo se relacionan el apego evitativo y la capacidad de soportar la violencia crónica.

Concluyo con el cuarto aprendizaje, que se relaciona con el alcance de las investigaciones socioculturales. Como académicos, generalmente nos enfocamos en nuestras contribuciones a un campo de conocimiento, pero al reconocer las estéticas morales interactivas sobresale la valoración ‘del otro’ en los proyectos de investigación y nuestro compromiso con su bienestar. Las categorías de activista, educador e investigador no tienen que ser tan rígidas, ya que todos estos roles deben ser guiados por el mismo sentido moral. Por consiguiente, los proyectos de investigación-acción, que involucran a actores de diversos perfiles, ofrecen un impacto mucho mayor que los métodos tradicionales que se limitan a la producción de conocimiento. Quizá la comprensión más radical que resultó de esta experiencia de aprendizaje comprometido es cómo las comprensiones más valiosas me llegaron hasta que dejé mi nombramiento de ‘investigadora’ y actué como ‘maira’.

El conocimiento académico es un arma de doble filo. Las categorías de apego, por ejemplo, nos sirven para comprender procesos como la callejerización, pero también provocan estigmas que limitan nuestras expectativas y esperanzas para las personas. Por ende, el enfoque fenomenológico y las metodologías horizontales son fundamentales para los estudios socioculturales como éste.

Agradecimientos

Los datos empíricos presentados en este artículo fueron recopilados con el apoyo de una beca para estudios de doctorado del CONACYT. No se percibe ningún conflicto de interés para esta publicación.

Referencias

Bloom, S. L. (1999). Trauma theory abbreviated. Community Works, 1-14

Bowlby, J. (1986). Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata.

Buchholz, K. (2020, Noviembre 4). How has the world’s urban population changed from 1950 to today? World Economic Forum. https://www.weforum.org/agenda/2020/11/global-continent-urban-population-urbanisation-percent/#:~:text=56.2%25%20of%20the%20global%20population,up%20from%2041.3%25%20in%201950

Calle, D. A. (2012). Apego, desarrollo y resiliencia. Informes Psicológicos, 12(1), 25–40.

Cárdenas, S. (2008). Niños de la calle rompiendo círculos: trayectorias de un proceso educativo liberador (Tesis de maestría). Instituto Superior de Investigación y Docencia para el Magisterio, México.

Carrithers, M. (1992). Why humans have cultures: Explaining anthropology and social diversity. Oxford University Press.

Carrithers, M. (2005). Anthropology as a moral science of possibilities. Current Anthropology, 46(3), 433-456. https://doi.org/10.1086/428801

Chárriez Cordero, M. (2012). Historias de vida: una metodología de investigación cualitativa. Revista Griot, 5(1), 50-67.

Corona Berkin, S., & Kaltmeier, O. (2012). En diálogo. Metodologías horizontales en ciencias sociales y culturales. Gedisa.

Garza Caligaris, M. L. (Coord.) (2010). De la calle a la esperanza: modelo educativo de la Fundación Pro Niños de la Calle. Lenguaraz.

Lucchini, R. (1998). Sociología de la supervivencia: el niño y la calle. Universidad de Fribourg & Universidad Nacional Autónoma de México.

Lucchini, R. (2007). Street children: Deconstruction of a category. En I. Rizzini, U. M. Butler y D. Stoecklin, (Eds.), Life on the streets, children and adolescents on the streets: Inevitable trajectories? (pp. 49- 75). Institut International des Droits de L’enfant.

Makowski, S. (Coord.) (2010). Niños, niñas adolescentes y jóvenes en situaciones de calle: elementos para repensar las formas de intervención. Lenguaraz.

Mallimaci, F., & Giménez Béliveau, V. (2006). Historia de vida y métodos biográficos. En I. Vasilachis de Gialdino (Coord.), Estrategias de investigación cualitativa (pp. 23-60). Gedisa.

Martínez Arellano, I. (2019). El mundo de la trashumancia: los habitantes de las calles en la Ciudad de México. Cuicuilco, 26(75), 93-115.

Martínez Jiménez, M. B. (2018). “De la calle fui…”: Poblaciones callejeras en la Ciudad de México (Tesis de maestría). Instituto Mora, México.

Narváez Aguilera, A. (2021). Subjetividades juveniles de la cultura callejera: participación y exclusión en Xalapa. Linhas Críticas, 27, 1-24. https://doi.org/10.26512/lc.v27.2021.35205

Pérez García, J. M. (agosto 17, 2009). Entrevista realizada en las instalaciones de El Caracol, A.C.. Ciudad de México.

Pérez García, J. M. (2003). La infancia callejera: apuntes para reflexionar el fenómeno. Revista Española de Educación Comparada, 9, 153-186.

Pérez López, R. (2007). La trayectoria del niño de la calle: entre inestabilidad y continuidad. En N. Del Río Lugo (Coord.), Niñez y juventud dislocaciones y mudanzas (pp. 71-88).Universidad Autónoma de México.

Secretaría de Inclusión y Bienestar Social (SIBISO). (2020). Infografía conteo calle 2020.https://www.sibiso.cdmx.gob.mx/storage/app/media/inforgrafia-conteo-calle2020.pdf

Shaw, K. (2002). Hacia una teoría general de la calle. En Shine a light, la red internacional pro niños de la calle. www.cit-dr.org/sal/library.html

Strickland, D. (2010). Rompiendo círculos de pobreza con intervenciones pedagógicas: el caso de CODENI, Estudios de la Ciénega, Transdisciplinary Journal for Development, (21), 9-27.

Strickland, D. (2015). Las interfaces callejeras: logros, desafíos y oportunidades para las organizaciones de la sociedad civil. Centro Mexicano para la Filantropía.

Turnbull, B., Hernández, R., & Reyes, M. (2009). Street children and their helpers: An actor-oriented approach. Children and Youth Services Review, 31(12), 1283-1288. https://doi.org/10.1016/j.childyouth.2009.05.013

Xelhuantzi Santillán, R. I., & Flores Palacios, F. (2014). Niño de calle: representación social del concepto en Guadalajara y Ciudad de México. Psicología Iberoamericana, 22(2), 54-63. https://doi.org/10.48102/pi.v22i2.68

Notas

1 En este texto se utilizan las palabras ‘niños’, ‘amigos’, ‘tíos’, ‘educadores’, ‘académicos’, etc. en referencia a ambos géneros. La categoría ‘en situación de calle’ refiere a toda persona que sobrevive del comercio informal y otras actividades no reguladas en la vía pública.
2 ‘Mairo’ es un nombre nativo de Guadalajara que nació de los niños en situación de calle durante los años 80 para referirse a los educadores que llegaron con ellos. Significa una mezcla entre maestro, amigo y figura paterna (Strickland, 2010).
3 ‘Población callejera’ se refiere específicamente a quienes pernoctan en la calle, mientras personas ‘en situación de calle’ hace referencia tanto a estas personas como a otras que pasen la mayor parte de su tiempo en la vía pública por necesidad.
4 Favores sexuales, especialmente de niños pequeños, niñas y mujeres, se pueden cambiar por alimentos, drogas o protección (Strickland, 2015).
5 Kika apareció varios meses después. Estaba en una casa de seguridad para niñas prostitutas, pero salió cuando cumplió los 18 años. La última noticia que tuve de ella fue que estaba viviendo en casa de su padre con su novio y su hijo.
HTML generado a partir de XML-JATS4R por