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Exposición a la violencia familiar y violencia en el noviazgo en adolescentes de Ciudad de México: factores protectores y riesgo
Exposure to family violence and dating violence in adolescents in Mexico City: The protective and risk factors
Exposición a la violencia familiar y violencia en el noviazgo en adolescentes de Ciudad de México: factores protectores y riesgo
Psicología Iberoamericana, vol. 30, núm. 2, 2022
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Recepción: 01 Junio 2022
Aprobación: 04 Noviembre 2022
Financiamiento
Fuente: Fondos Sectoriales Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la Secretaría de Salud
Nº de contrato: 87708
Beneficiario: Gabriela Josefina Saldívar Hernández
Resumen: La mayoría de los adolescentes que viven violencia en el noviazgo reportan ser testigos de violencia interparental o haber sufrido algún tipo de abuso infantil. En contraparte, se ha encontrado que las relaciones familiares pueden ser un factor protector. El objetivo de esta investigación cuantitativa es determinar si la violencia interparental y la exposición al abuso infantil predicen la violencia en el noviazgo y si los estilos de comunicación interparental no violentos protegen contra esta. El estudio fue transversal descriptivo y los datos se recolectaron mediante una encuesta con escalas específicas para medir las variables. La muestra fue no probabilística e incluyó a 870 estudiantes de ambos sexos (rango de edad 12-16 años, M=13, SD=.99); la información se recopiló a través de un cuestionario autoaplicable. Los análisis de regresión mostraron que quienes atestiguaron violencia interparental y/o sufrieron violencia infantil cuentan con un mayor riesgo de ser agresores o víctimas y quienes observaron estilos de comunicación sin violencia interparental tuvieron menos riesgo. Se concluyó que es necesario trabajar con cuidadores primarios de adolescentes en programas de prevención.
Palabras clave: violencia interparental, violencia infantil, violencia en el noviazgo, adolescentes, factores de riego y protectores.
Abstract: Most adolescents who experience dating violence report witnessing interparental violence or having suffered some type of child abuse. In contrast, it has been found that family relationships can be a protective factor. The aim of this quantitative study was to determine whether interparental violence and exposure to child abuse predict dating violence and whether nonviolent interparental communication styles protect against dating violence. The study was descriptive and cross-sectional. Data were collected using a survey with specific scales to measure the variables. The sample was non-probabilistic and included 870 students of both sexes (age range 12-16 years, M=13, SD=.99). The information was collected through a self-administered questionnaire. Regression analyses showed that those who witnessed interparental violence and/or suffered childhood violence have a higher risk of being aggressors or victims and those who observed communication styles without interparental violence had less risk. It was concluded that it is necessary to work with primary caregivers of adolescents in prevention programs.
Keywords: interparental violence, child violence, dating violence, adolescents, risk and protective factors.
Introducción
En las últimas décadas se ha producido un esfuerzo global para evidenciar la magnitud de las consecuencias y los costos de la violencia (García-Moreno et al., 2005; Krug et al., 2002). En el informe mundial de salud mental y violencia se evidenció que una de las áreas de violencia interpersonal que tenía más repercusiones era la violencia en la pareja, y que quienes tenían más consecuencias psicológicas, físicas, sexuales, sociales, etc., eran las mujeres (Krug et al., 2002). Los estudios internacionales sobre violencia en la pareja evidenciaron la importancia de examinar las relaciones de pareja que no cohabitan, es decir, durante el noviazgo, ya que el fenómeno de la violencia en estas duplas es reconocido a nivel mundial como un problema de salud pública y de derechos humanos (Martínez et al., 2016; Taylor et al., 2013; Yanez-Peñúñuri et al., 2019).
Sin embargo, en Latinoamérica en general y en México en particular, a pesar del gran número de evidencia científica sobre este tipo de violencia, aún no se han podido disminuir sus niveles. En la última encuesta nacional de INEGI/ENDIREH (2021) sobre la dinámica de las relaciones en los hogares se encontró que aproximadamente 47.3 millones de mujeres de 15 años y más (93.7 %) tienen o han tenido una relación de pareja. De ellas, 39.9% ha experimentado algún tipo de violencia en la relación actual o última. Entre los tipos de violencia ejercida contra las mujeres por su pareja actual o última a lo largo de la relación, la violencia psicológica (35.4%) fue la más experimentada, seguida de la violencia económica o patrimonial (19.1%), la violencia física (16.8%) y la violencia sexual (6.9%). En esta encuesta también se incluyeron reactivos para conocer la percepción de las mujeres sobre el efecto de la emergencia sanitaria en los conflictos en el ámbito familiar y de pareja antes y después de marzo de 2020. Del total de mujeres de 15 años y más, 8.5% declaró que los conflictos iniciaron o aumentaron desde la emergencia sanitaria, 8.2% indicó que disminuyeron y 53.4% dijo que la emergencia sanitaria no generó cambios (INEGI/ENDIREH, 2021). Las cifras antes mencionadas evidencian que la violencia en el noviazgo es un fenómeno recurrente en nuestro país a pesar de las políticas públicas para erradicar la violencia hacia las mujeres.
El impacto de la violencia en el noviazgo en la sociedad actual hace necesaria la identificación de su prevalencia, de los factores de riesgo asociados, de las nuevas formas de violencia digitales hacia la pareja, de las nuevas reglas en las relaciones románticas, del estudio de poblaciones específicas (adolescentes que viven en comunidades violentas, indígenas, en reclusión, etc.) (Garcia et al., 2022; Muñiz-Rivas et al., 2022; Rubio-Garay et al., 2017). Asimismo, se podría incrementar la eficacia de los programas preventivos de la violencia en el noviazgo en diferentes entornos como los educativos, los comunitarios, salud, etc. (Saldívar et al., 2022)
Diversos estudios internacionales realizados principalmente en Estados unidos y Canadá han encontrado que la prevalencia de la violencia en el noviazgo oscila entre 10 y 45% en los adolescentes (Beatriz et al., 2018; Belknap et al., 2013; Cornelius & Resseguie, 2007; De La Rue et al., 2017; Edwards & Hinsz, 2014; Fernández-Fuertes & Fuertes, 2010; Gidycz et al., 2011; Niolon et al., 2019; Taylor et al., 2013). La gran mayoría de los estudios en adolescentes se realizan en centros de educación secundaria porque es donde se inician las primeras relaciones de noviazgo, además de ser la población más accesible para investigación (Capaldi et al., 2012).
La violencia en el noviazgo en poblaciones de adolescentes es un problema social que genera consecuencias negativas en la salud (física o mental) y en el funcionamiento interpersonal de las víctimas. Las consecuencias en el ámbito académico se traducen en mayores dificultades de aprendizaje, falta de seguridad, bajo rendimiento académico, menores logros educativos, abandono de los estudios y deserción, entre otras (Castro & Casique, 2010; Foshee et al., 2009; Gracia-Leiva et al., 2019; Olsen et al., 2010). Los adolescentes reportan que sus relaciones de noviazgo están permeadas por la violencia psicológica, física y sexual; tanto los hombres como las mujeres pueden ser víctimas y/o perpetradores (Antônio & Hokoda, 2009; Castro & Casique, 2010; Clarey et al., 2010; Giordano et al., 2010).
Los datos sobre violencia en el noviazgo son inconsistentes cuando se comparan por sexo, ya que algunos reportan a más hombres como víctimas (Lichter & McCloskey, 2004; Moylan et al., 2010; Sousa et al., 2010), mientras que otros indican que ellos perpetran formas más graves de violencia (Antônio & Hokoda, 2009; Choi & Temple, 2016; Langhinrichsen-Rohling, 2010; Temple et al., 2013). También se ha señalado que la violencia en el noviazgo suele ser recíproca en la población adolescente (Foshee et al., 2009; Giordano et al., 2010; Rubio-Garay et al., 2017; Swahn et al., 2010; Testa et al., 2011); esto puede deberse a cierto equilibrio en la asimetría de poder en las relaciones de los adolescentes, lo que contribuiría a una mayor reciprocidad víctima-agresor (Ferrer-Pérez & Bosch-Fiol, 2019).
En México la violencia en el noviazgo en adolescentes y jóvenes tiene casi las mismas frecuencias que las reportadas a nivel internacional. Entre los primeros estudios realizados en el país se encuentra el elaborado a mujeres de preparatoria y bachillerato a nivel nacional con edades entre 14 a 21 años, en el cual se encontró que el 25% de las estudiantes reportó haber sufrido alguna forma de violencia psicológica por parte de sus novios o “frees”, 16% violencia física, 3% violencia sexual y 2% violencia económica (Castro, 2007).
Los resultados de la primera y única Encuesta Nacional de Violencia en las Relaciones de Noviazgo (ENVINOV) señala que 15.5 % de los mexicanos de entre 15 y 24 años con relaciones de pareja ha sido víctima de violencia física, 75.8% ha sufrido agresiones psicológicas y 16.5% ha vivido al menos una experiencia de violencia sexual en su vida (INEGI/IMJUVE, 2008). Estos resultados hicieron evidente que los adolescentes y jóvenes mexicanos no tienen habilidades para vincularse sin violencia. Los estudios posteriores al ENVINOV encontraron que en las relaciones de pareja de adolescentes y jóvenes el tipo de violencia que se reporta con más frecuencia es la psicológica, en sus diversas categorías; específicamente, la mayor incidencia se reporta a finales de la adolescencia (Rojas-Solís, 2013; Rubio-Garay et al., 2017). A pesar de los datos obtenidos en esta encuesta, a la fecha México no cuenta con una estrategia de cobertura nacional de prevención o intervención ante la violencia en el noviazgo.
Los factores de riesgo que se han asociado a la violencia en el noviazgo han sido numerosos. Uno de ellos es el observado en los contextos familiares donde adolescentes o jóvenes fueron testigos de violencia entre sus padres (interparental) o fueron víctimas de violencia intrafamiliar en la infancia (Muñiz-Rivas et al., 2019), ya que estas características se han reportado como factores que aumentan la probabilidad de involucrarse en relaciones de pareja violentas (Black et al., 2010; Hamby et al., 2010; Manchikanti Gómez, 2010; Milletich et al., 2010; Morris et al., 2015; Moylan et al., 2010; Narayan et al., 2013; Narayan et al., 2014; Tajima et al., 2011). La violencia en la infancia se ha asociado con baja autoestima, habilidades sociales deficientes, depresión y ansiedad (Sousa et al., 2010; Turner et al., 2010); también se ha asociado durante la adolescencia con conductas agresivas, violencia, delincuencia, etc. (Millett et al., 2013; Narayan et al., 2013)
La adolescencia se caracteriza por un cambio en las relaciones interpersonales (Viner et al., 2012). Las conductas y creencias que se aprendieron en el entorno familiar se suelen aplicar en la convivencia entre pares. La teoría social plantea que la familia puede funcionar como un modelo de transmisión intergeneracional de violencia (Black et al., 2010; Clarey et al., 2010; Milletich et al., 2010) y que, dado su carácter de dispositivo fundamental de socialización y de aprendizaje, la existencia de violencia entre los padres podría generar guiones que los hijos aprenderían para resolver conflictos a través de la violencia en sus relaciones de noviazgo (Capaldi et al., 2012; Sims et al., 2008).
La reproducción de la conducta violenta en las relaciones de noviazgo se ha relacionado con el sexo del adolescente y el ser testigo de violencia entre los padres (Fritz et al., 2012), es decir, los hijos hombres que atestiguan que su padre ejerce violencia hacia su madre serían más propensos a ejercer violencia hacia las mujeres, o las adolescentes que son testigos de la violencia que sufre su madre podrían convertirse en víctimas en un futuro (Fritz et al., 2012); sin embargo, hay evidencia de que esta asociación no se cumple necesariamente (Castro & Cacique, 2010; Lichter & McCloskey, 2004; Sims et al., 2008).
Las expresiones hostiles para la resolución de conflicto en la pareja impactan negativamente sobre las prácticas de crianza en tres dimensiones: (a) involucramiento parental (Sims et al., 2008); (b) consistencia parental (Tajima et al., 2011); y (c) prácticas disciplinarias (Tajima et al., 2011). Estas últimas pueden convertirse en violencia infantil, dado que hay evidencia que indica que los padres que utilizan la violencia para negociar sus conflictos tienen mayor probabilidad de emplear estrategias severas de disciplina con base en el castigo físico (bofetadas, golpes) y en el castigo psicológico (amenazas, gritos) como medios correctivos en sus hijos (Gover et al., 2011; Manchikanti Gómez, 2010). El castigo físico hacia los niños es una práctica generalizada y legitimada por los usos y costumbres (Castro & Cacique, 2010; Frías, 2022; Guzmán et al., 2021; Oramas et al., 2017; Rojas-Solís, 2013). La violencia que los padres perpetran sobre sus hijos puede ser un predictor significativo para la violencia posterior en las relaciones de noviazgo de estos (Fritz et al., 2012; Goncy, 2020; Olsen et al., 2010; Oramas et al., 2017; Rivera & Fincham, 2015; Ruel et al., 2020). Por otra parte, se ha estudiado que la solución de los conflictos cotidianos en la familia del adolescente con un enfoque positivo que contribuya al desarrollo de habilidades como el fomento de la tolerancia y respeto a las opiniones, y el aprendizaje de habilidades para la resolución de conflictos sin violencia, generan un ambiente familiar que propicia el intercambio de información, además de promover la autonomía del adolescente (Doucette et al., 2021; Fitria & Tondok, 2022; Hebert et al., 2019).
Existe evidencia que muestra que los adolescentes que han atestiguado que sus padres practican estilos no violentos para negociar conflictos, que conviven con su familia extensa (Makin-Byrd & Bierman, 2013) y que tienen una buena relación con la madre (Dardis et al., 2014; Franklin et al., 2012), están más protegidos contra la violencia en sus relaciones de noviazgo.
La existencia de un núcleo familiar que se perciba como cohesionado, con relaciones que faciliten la expresión del conflicto, pero que no se fundamenten en él, permite pronosticar un ajuste psicológico más adecuado en los adolescentes (Fitria & Tondok, 2022; Xiao & Stanton, 2011). Cuando los padres tienen relaciones positivas con sus hijos y practican estilos de comunicación y disciplinarios no violentos, es más probable que los primeros desarrollen buenas habilidades para negociar conflictos, resolver problemas y regular el afecto negativo (Dardis et al., 2014; Doucette et al., 2021; Franklin et al., 2012; Hebert et al., 2019; Milletich et al., 2010).
Como se puede observar en los datos expuestos anteriormente, la violencia en el noviazgo tiene implicaciones sociales y consecuencias en la salud global de los adolescentes. Este fenómeno a nivel mundial tiene repercusiones individuales y sociales, por lo cual se puede afirmar que la violencia en el noviazgo es un asunto de salud pública y que es necesario estudiarlo, sobre todo porque este problema se oculta detrás de patrones culturales violentos, comunidades con altos índices de violencia de género y como un tema de carácter privado.
En México los estudios sobre violencia en el noviazgo realizado en poblaciones con adolescentes (12 a 16 años) no reportan información que aborde con detalle las diferentes regiones y contextos del país, los espacios de ocurrencia de la violencia, el ambiente familiar de los adolescentes que en las últimas décadas ha cambiado —ya que en ocasiones se trata de familias reconstruidas o monoparentales— y la interrelación que puede haber entre estos ámbitos reproductores de violencia.
Por lo anteriormente descrito, los objetivos de este trabajo fueron: 1) conocer la frecuencia de la violencia en el noviazgo en estudiantes de nivel secundaria, 2) analizar si la violencia interparental y la exposición a la violencia infantil que predicen la violencia en las relaciones de noviazgo, y 3) averiguar si los estilos de comunicación no violentos entre los padres son un factor protector contra la violencia en las relaciones de noviazgo. Las hipótesis son: a) las mujeres reportarán significativamente más violencia en sus relaciones de noviazgo, b) la violencia interparental y la exposición a violencia infantil son factores de riesgo para la perpetración y/o victimización de violencia en las relaciones de noviazgo, y c) los estilos de comunicación interparental no violentos serán factores de protección contra la violencia en las relaciones de noviazgo.
Método
Muestra
Se trabajó con una muestra no probabilística por conveniencia con un diseño de investigación transversal que incluyó a 870 estudiantes de ambos sexos (51% mujeres y 49% hombres). Los datos se recolectaron mediante una encuesta aplicada a estudiantes de los tres grados de secundaria (rango de edad 12-16 años, M=13, SD=.99). El 19.2% de los sujetos menciona que vive con una figura masculina que sustituye o hace las funciones de su padre (padrastro, abuelo, tío, hermano, otra persona, etc.); el 5.4% de los sujetos menciona que vive con una figura masculina que sustituye o hace las funciones de su madre (madrastra, abuela, tía, hermana, otra persona, etc.) y el 34.2% menciona que existen conflictos entre sus cuidadores por falta de dinero. Los criterios de inclusión fueron: a) que desearan participar en la encuesta y (b) que hubieran experimentado, ejercido u observado algún tipo de violencia de noviazgo de manera unidireccional o bidireccional.
Escenario
Los datos se recolectaron en una escuela pública de educación básica (secundaria) que se ubica en la alcaldía Cuauhtémoc en la zona centro de la Ciudad de México, la cual se caracteriza por un elevado flujo migratorio cotidiano, dado que es un área que concentra al 10% del total de los comercios de la ciudad, en la que tienen su lugar de empleo casi ciento setenta mil personas —de las cuales la mayoría no vive ahí, pero inscribe a sus hijos en las escuelas cercanas— y por la que transitan más de dos millones de personas todos los días (Ardi & Pareyón, 2019). Por otra parte, el Boletín Estadístico de la Incidencia Delictiva de la Ciudad de México en el mes de febrero 2022 coloca a esta alcaldía como una de las más altas en delitos contra el patrimonio (1628 denuncias), es la tercera en delitos contra la familia (237 denuncias) y es la segunda con más denuncias de delitos contra la libertad; aparece asimismo la violencia sexual (98 denuncias) y es la primera alcaldía en delitos contra la sociedad (44 denuncias), en los que se considera el narcomenudeo. También es una zona de comercio en donde el riesgo de sufrir algún tipo de violencia es más alto, ya que mucha de la población que circula en esta zona asiste a comprar o vender algún producto (Fiscalía General de Justicia de Ciudad de México, 2022).
Instrumento
Para medir las variables objeto de estudio, se administraron 4 instrumentos de evaluación que cumplen las debidas garantías de fiabilidad y validez. Se construyó un cuestionario de tipo autoaplicable con las siguientes secciones:
Datos sociodemográficos
Incluye los datos personales del entrevistado como sexo, edad, con quién vive, si tiene papá o mamá, si ha tenido novio (a), etc.
Violencia en el noviazgo
En esta sección se utilizó la escala Conflict in Adolescent Dating Relationship Inventory (CADRI), instrumento diseñado para detectar la presencia de cinco posibles formas de violencia en las parejas de adolescentes. Consta de una subescala para agresores y otra para víctimas. A su vez, ambas subescalas se encuentran subdividas en áreas que exploran la violencia sexual (4 ítems) (p. ej., para la subescala de agresores se plantea: “acaricié sus pechos, genitales y/o nalgas cuando él/ella no quería”, mientras que para la subescala de víctimas se formula: “acarició mis pechos, genitales y/o nalgas cuando yo no quería”); relacional (3 aspectos) (p. ej., para la subescala de agresores se expone: “traté de poner a sus amigos en su contra”, y para la subescala de víctimas: “trató de poner a mis amigos en mi contra”); verbal-emocional (10 elementos) (p. ej., para la subescala de agresores se expresa: “hice algo para poner a mi chico/a celoso/a”, cuando para la subescala de víctimas se preguntó si “hizo algo para ponerme celoso/a”); amenazas (4 apartados) (p. ej., para la subescala de agresores se enuncia: “destrocé o amenacé con destrozar algo que él/ella valoraba” y para la subescala de víctimas: “destrozó o amenazó con destrozar algo que yo valoraba”; y física (4 datos) (p. ej., para la subescala de agresores se indaga: “le lancé algún objeto”, en tanto que para la subescala de víctimas se menciona: “me lanzó algún objeto”). Se califica con una escala de valoración tipo Likert de cuatro alternativas de respuesta: 1 nunca a 4 muy frecuente (Fernández-Fuertes et al., 2006). La fiabilidad total fue de un α= .82. La fiabilidad de la subescala para los agresores fue de α= .81 y para las víctimas de α= .86.
Exposición a la violencia interparental
Se midió con la Escala de Tácticas de Conflicto (Straus, 1979; Straus et al., 1998), que evalúa el nivel de agresividad interparental que atestiguan los sujetos. Incluye subescalas de violencia psicológica (por ejemplo: “la/o insultó, le dijo groserías”), violencia física moderada (p. ej: “la/o empujó”) y severa (p. ej: “la/o quemó”). Se califica con una escala que va de nunca (1) a con mucha frecuencia (4). Cuenta con una versión para conductas observadas para padres y otra para madres. La fiabilidad de la escala para padres fue de α= .77 y para madres fue de α= .81. Esta escala también se ha usado en otras investigaciones sobre violencia de pareja en México (Villatoro et al., 2006).
Violencia infantil
Se midió con la escala Parent-child Conflict Tactics Scales (Straus et al., 1998), que evalúa las conductas del padre y la madre hacia los hijos. Incluye subescalas de violencia psicológica (p. ej.: “Te ha gritado”), violencia física (p. ej: “Te ha aventado cosas”) y violencia física severa (p. ej: “Te ha quemado”) Estos reactivos están relacionados con formas de castigo corporal que tradicionalmente se han visto como “respuestas esperadas por parte de los padres para corregir malas conductas persistentes”. Se califica con seis alternativas de respuesta: nunca (1) a diario o casi diario (6). Ha mostrado características psicométricas adecuadas en población mexicana (Villatoro et al., 2006). La fiabilidad de las escalas para padres y madres en este estudio fue: para padres de α= .89 y para madres de α= .91. Para el presente estudio se hizo una recodificación de la escala de la siguiente manera: Nunca (0); baja (1) 1 en los últimos doce meses; media: (2) de 1 a 11 veces al año, (3) de 1 a 4 veces al año; y severa (4) por lo menos dos veces a la semana y diario o casi diario.
Estilos de comunicación no violentos entre los padresEstilos de comunicación no violentos entre los padres
Se midió a través de tres reactivos sobre estilos de comunicación sin violencia del padre hacia la madre y viceversa; evalúa los estilos de comunicación positiva que utilizan los padres para resolver conflictos (p. ej: “discuten los problemas calmadamente”). Se califica con una escala que va de nunca (1) a con mucha frecuencia (4). Sus características psicométricas son adecuadas en población mexicana (Villatoro et al., 2006). La fiabilidad de las escalas para padres y madres en este estudio fue: para padres de α= .65 y para madres, α= .66.
Procedimiento y consideraciones éticas
El estudio cumplió los valores éticos requeridos en la investigación con seres humanos, respetando los principios fundamentales incluidos en la Declaración de Helsinki y en sus actualizaciones (consentimiento informado y derecho a la información, protección de datos personales y garantías de confidencialidad, no discriminación, gratuidad y posibilidad de abandonar el estudio en cualquiera de sus fases). Tras la aprobación del Comité de Ética en Investigación del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, se envió una carta explicativa a la Dirección General de Educación Secundaria Técnica y a la Dirección de Escuelas Secundarias Generales de la Ciudad de México. Para este proyecto solo se interesó una escuela secundaria técnica del centro de la Ciudad de México. En la carta se explicaban los objetivos del proyecto y que este constaba de tres fases: la primera fase de diagnóstico de la población, la segunda comprendía el desarrollo del programa y en la tercera se englobaban la implementación y evaluación del programa (Saldívar, 2018; Saldívar et al., 2022). Tres profesionales de la salud mental previamente entrenados fueron los encargados de acudir al plantel escolar para explicar a los profesores y a los padres el propósito del estudio y solicitarles su consentimiento. Se les informó además que se trataba de un estudio sin riesgo que contaba con la aprobación del Comité de Ética del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz. También se les dijo que se darían pláticas a los alumnos, padres de familia, profesores y personal del colegio sobre violencia en el noviazgo, salud mental, salud sexual y reproductiva, bullying, etc. Contando con el consentimiento de la institución y de los padres, se procedió a contactar con los estudiantes. Los participantes fueron contactados en el salón de clases y se les suministró la siguiente información para obtener su consentimiento informado: a) el procedimiento de la investigación y sus beneficios; b) la posibilidad de no aceptar participar en el estudio o de retirarse durante la aplicación de los instrumentos, sin que ello conllevase repercusiones académicas o de otro tipo; c) la confidencialidad y el mantenimiento reservado de los cuestionarios. Los datos se recopilaron durante el horario escolar. Los estudiantes no recibieron recompensas ni incentivos por participar. La encuesta se aplicó en horario escolar en los turnos matutino y vespertino. La aplicación del instrumento tuvo una duración de 60 a 75 minutos. La obtención de los datos se realizó en abril y mayo de 2017. A los participantes se les entregó un directorio de instituciones donde podían solicitar más información y ayuda en caso de que la necesitaran.
Análisis de datos
Los datos obtenidos se incorporaron en una base de datos de SPSS versión 25.0. Se realizó una limpieza de la base de datos a partir del escaneo de valores perdidos y respuestas no comprometidas, eliminando aquellos casos con porcentajes superiores al 5% de valores perdidos sobre el total de variables y desviaciones estándar inferiores a 0.5 y/o superiores a valores Z=3, según lo indicado por Calleja (2019).
Se realizaron análisis estadísticos descriptivos e inferenciales. Inicialmente se realizaron análisis descriptivos de los participantes y de las variables de interés (media y desviación estándar de las puntuaciones del CADRI, frecuencia simple de los tipos de violencia en el noviazgo). También se utilizaron pruebas de estadística inferencial (χ.) para identificar las diferencias significativas en los sujetos que solo perpetran, quienes solo son víctimas o quienes están en violencia recíproca y las diferencias por sexo. Considerando que las variables no mostraban una distribución normal, se realizó una prueba de Mann-Whitney para verificar la diferencia entre los patrones de perpetración de violencia en el noviazgo según el género. Se utilizó el Eta-Cuadrado (ɳ2) como medida del tamaño del efecto, basándose en la clasificación propuesta por Cohen (1988) para interpretar la magnitud del tamaño del efecto.
Posteriormente, se realizaron regresiones logísticas bivariadas para investigar los predictores que aumentan la probabilidad de que los adolescentes sean autores de violencia (0-no; 1-sí), utilizando la técnica de estimación Enter.
Las variables independientes utilizadas en el análisis fueron: ser testigo de la violencia interperental (0-no, 1-sí); haber sufrido maltrato físico (0-no, 1-sí) y psicológico (0-no, 1-sí) en la infancia por parte de los padres o cuidadores; estilos de comunicación no violentos entre los padres (0-no, 1-sí). Se adoptaron los valores propuestos por Wackerly et al. (2008) para la interpretación de la regresión logística (Odd Ratio): 1.50=pequeño, 2.50=medio y 4.30=grande (intervalo de confianza del 95%). Las variables que fueron predictores significativos de la violencia en el noviazgo, así como sus variables protectoras, fueron probadas en un modelo de regresión logística multivariante.
Resultados
Violencia en las relaciones de noviazgo
La mayoría de los adolescentes de la muestra han experimentado VN. No se encontraron diferencias significativas por sexo. El tipo de violencia más común fue la recíproca (Tabla 1).
| Total (N=870) | Hombres (n=426) | Mujeres (n=444) | |
| No han perpetrado ni sido víctimas de VN | 43.2% (n=376) | 49.2% | 50.8% (ns) |
| Violencia recíproca de VN | 44.1% (n=384) | 50.3% | 49.7% (ns) |
| Solo haber sido víctimas de VN | 5.6% (n=49) | 57.1% | 42.9% (ns) |
| Solo haber perpetrado VN | 7% (n=61) | 41% | 59% (ns) |
Exposición a la violencia interparental
Las mujeres reportaron, en proporción significativamente mayor, haber atestiguado violencia psicológica (VP) del padre hacia la madre [χ2=6.8 (gl 870/1), p=0.01] y de la madre hacia el padre [χ2=8.89 (gl 870/1), p=0.00]. Lo mismo se observó en la violencia física (VF) del padre hacia la madre en el caso de las mujeres [χ2=9.41 (gl 870/1), p=0.01] (Tabla 2).
| Total n=870 | Hombres n=426 | Mujeres N=444 | χ2 | ||||
| n | % | n | % | n | % | ||
| VP del padre hacia la madre | 464 | 53.3 | 208 | 48.8 | 256 | 57.6 | 6.80* |
| VF moderada del padre hacia la madre | 169 | 19.4 | 65 | 15.3 | 104 | 23.4 | 9.41* |
| VF severa del padre hacia la madre | 50 | 5.7 | 22 | 5.2 | 28 | 6.3 | 0.53 |
| VP de la madre hacia el padre | 404 | 46.4 | 176 | 41.3 | 228 | 51.4 | 8.89* |
| VF moderada de la madre hacia el padre | 123 | 14.1 | 52 | 12.2 | 71 | 16.0 | 2.58 |
| VF severa de la madre hacia el padre | 31 | 3.6 | 20 | 4.7 | 11 | 2.5 | 3.08 |
Exposición a violencia infantil
Las mujeres reportaron una proporción significativamente mayor de exposición a violencia durante la infancia [(82%), χ2= 4.94 (gl 870/1), p= .03] (Tabla 3).
| Total n=870 | Hombres n=426 | Mujeres n=444 | χ2 | ||||
| n | % | n | % | n | % | ||
| VP del padre hacia el hijo | 712 | 81.8 | 347 | 81.5 | 365 | 82.2 | 0.08 |
| VF moderada del padre hacia el hijo | 437 | 50.2 | 220 | 5.6 | 217 | 48.9 | 0.67 |
| VF severa del padre hacia el hijo | 82 | 9.4 | 45 | 10.6 | 37 | 8.3 | 1.26 |
| VP de la madre hacia el hijo | 685 | 78.7 | 322 | 75.6 | 363 | 81.8 | 4.97* |
| VF moderada de la madre hacia el hijo | 418 | 48.0 | 192 | 45.1 | 226 | 50.9 | 2.97 |
| VF severa de la madre hacia el hijo | 80 | 9.2 | 41 | 9.6 | 39 | 8.8 | 1.08 |
Estilos de comunicación sin violencia entre los padres
Los sujetos reportaron que sus padres utilizaron con mayor frecuencia el estilo de comunicación no violento con sus madres. Sin embargo, las diferencias no fueron significativas al comparar por sexo (Tabla 4).
| Total | Hombres | Mujeres | χ2 | ||||
| n | % | n | % | n | % | ||
| Estilos no violentos del padre hacia la madre | 748 | 86 | 362 | 85 | 386 | 86.9 | 0.69 |
| Estilos no violentos de la madre hacia el padre | 724 | 83.2 | 350 | 82.2 | 374 | 84.2 | 0.67 |
Análisis de Regresión logística (exposición a violencia interparental y violencia infantil)
En cuanto a los adolescentes que presenciaron violencia interparental, cuando fueron testigos de VP del padre hacia la madre el riesgo de perpetrar VN es dos veces mayor (OR=2.02), y para quienes fueron testigos de VF severa de la madre hacia el padre el riesgo de ser víctimas de VN es casi siete veces mayor (OR=6.95) (Tabla 5).
Al controlar por sexo, se observó que los hombres que fueron testigos de VF severa del padre hacia la madre aumentan nueve veces el riesgo (OR=9.03) de ser víctimas de VN, mientras que quienes observaron VF severa de la madre hacia el padre aumentan cuatro veces el riesgo (OR=4.30) de ser víctimas de VN. Las mujeres que atestiguaron VP del padre hacia la madre aumentan tres veces el riesgo de perpetrar VN (OR=3.0) (Tabla 5).
Exposición a violencia infantil
Los adolescentes que reportaron haber sido víctimas de VF por parte del padre y de la madre tienen dos veces más riesgo (OR=2.27, padre y OR=2.11, madre) de ser víctimas de VN (Tabla 5).
| Riesgo de violencia en relaciones de noviazgo | |||
| OR | IC | ||
| VIOLENCIA FÍSICA | |||
| Riesgo de ser víctima de VN | |||
| VF del padre hacia el hijo | 2.27 | 1.06-4.85* | |
| VF de la madre hacia el hijo | 2.11 | 1.11-3.99* | |
| EXPOSICIÓN A VIOLENCIA INTERPARENTAL | |||
| Riesgo de ser perpetrador de VN | |||
| VP del padre hacia la madre | 2.02 | 1.11-3.69* | |
| Riesgo de ser víctima de violencia en VN | |||
| VF severa de la madre hacia el padre | 6.95 | 1.99-24.23** | |
| EXPOSICIÓN A VIOLENCIA INTERPARENTAL POR SEXO | |||
| Hombres-riesgo de ser víctimas de VN | |||
| VF severa del padre hacia la madre | 9.03 | 1.34-60.96* | |
| VF severa de la madre hacia el padre | 4.30 | 1.64-11.27** | |
| Hombres-riesgo de violencia recíproca en relaciones de noviazgo | |||
| VF severa del padre hacia la madre | 3.39 | 1.20-9.61* | |
| Mujeres-riesgo de perpetrar VN | |||
| VP del padre hacia la madre | 3.00 | 1.25-7.20* | |
Estilos de comunicación sin violencia entre los padres
El uso de un estilo de comunicación no violento del padre hacia la madre protege a los adolescentes de involucrarse en violencia recíproca en las relaciones de noviazgo (OR=.35) y de ser víctima y/o perpetrador de VN (OR=.42). Al controlar por sexo, se detectó que, en los hombres, observar dicho estilo de comunicación del padre hacia la madre los protege de involucrarse en violencia recíproca en el noviazgo (OR=.22) y, cuando estos estilos los usa la madre con el padre, los protegen de ser víctima y/o perpetrador de VN (OR=.27) (Tabla 6).
| Factores protectores contra la VN | |||
| OR | IC | ||
| ESTILOS DE COMUNICACIÓN NO VIOLENTOS | |||
| VN recíproca | |||
| Estilos de comunicación no violentos del padre hacia la madre | 0.35 | 0.20-0.64* | |
| Estilos de comunicación no violentos de la madre hacia el padre | 0.42 | 0.25-0.72* | |
| Por sexo | |||
| Hombres-VN recíproca | |||
| Estilos de comunicación no violentos del padre hacia la madre | 0.22 | 0.09-0.55* | |
| Hombres-perpetrador y/o víctima de VN | |||
| Estilos de comunicación no violentos de la madre hacia el padre | 0.27 | 0.12-0.60* | |
Discusión
Nuestro estudio mostró que la violencia recíproca es la forma más común de VN, lo cual concuerda con resultados de otras investigaciones (Foshee et al., 2009; Giordano et al., 2010; Muñiz-Rivas et al., 2022; Rojas-Solís, 2013; Swahn et al., 2010; Testa et al., 2011). Sobre este tipo de violencia se han planteado diversas explicaciones. Una de ellas es el ejercicio de poder que suele darse entre los miembros de la pareja para obtener el control de la relación; otra sugiere que puede deberse a una inadecuada regularización de las emociones en los miembros de la pareja, lo que resulta en poca capacidad para controlar las emociones negativas o detener la cadena de conductas violentas recíprocas y puede aumentar con el paso del tiempo. Otra explicación plantea que vivir en culturas permeadas por la hostilidad, en donde la violencia femenina se ve como menos consecuente que la violencia masculina, propicia el involucramiento en VN (Langhinrichsen-Rohling, 2010; Testa et al., 2011). Por último, la teoría de la transmisión intergeneracional de la violencia plantea que las víctimas podrían observar y aprender sobre la violencia en pareja (por ejemplo, al ver la violencia entre sus padres) (Gracia-Leiva et al., 2019)
Con respecto a la primera hipótesis de nuestro estudio sobre que las mujeres reportarán significativamente más violencia en sus relaciones de noviazgo, encontramos que la premisa se acepta ya que los resultados demuestran que las mujeres perpetraron más VN que los hombres. En este sentido, se ha reportado que la violencia ejercida por las adolescentes, en ocasiones se utiliza como un mecanismo de defensa que se genera por el miedo en situaciones en las que la agresión es recíproca o cuando la pareja emplea la coerción, el control excesivo y la manipulación para someterlas (Capaldi et al., 2012; Langhinrichsen-Rohling, 2010). Es necesario realizar más estudios de tipo cualitativo sobre violencia femenina en las relaciones de noviazgo con adolescentes. También se ha sugerido que para explorar la prevalencia de este fenómeno y evitar sesgos se debería utilizar la evaluación de observadores externos y tomando como unidad de análisis la pareja en lugar de las personas a nivel individual, con el fin de comprender, prevenir e intervenir sobre este tipo de violencia (Gracia-Leiva et al., 2019).
En relación con la segunda hipótesis, que propone que la violencia interparental y la exposición a violencia infantil son factores de riesgo para la perpetración y/o victimización de violencia en las relaciones de noviazgo, encontramos que la violencia interparental de tipo psicológico (VP) por parte del padre hacia la madre es un factor de riesgo para perpetrar VN, al igual que ser testigo de violencia física (VF) severa de la madre hacia el padre. Estos resultados concuerdan con los de otras investigaciones en las que se ha reportado que, independientemente del sexo del progenitor, ser testigo de violencia entre los padres durante la infancia de los sujetos influye en la capacidad de autorregulación de sus emociones, de su conducta y de sus expectativas sobre sus relaciones interpersonales (Black et al., 2010; Choi & Temple, 2016; Doucette et al., 2021; Franklin et al., 2012; Gracia-Leiva et al., 2019). El riesgo que generan las madres se puede explicar a partir de la teoría de aprendizaje social, que plantea que el acto de violencia cometido por una madre puede servir como un modelador de conducta violenta en las relaciones de pareja (Doucette et al., 2021; Goncy, 2020; Olsen et al., 2010; Ruel et al., 2020).
Las comparaciones por sexo mostraron que los hombres que observaron violencia física (VF) grave entre ambos padres tienen un riesgo significativamente mayor de ser víctimas de VN. Las mujeres, por otro lado, mostraron mayor riesgo de ejercer VN cuando son testigos de violencia psicológica (VP) del padre hacia la madre. Cuando alguien es testigo de violencia entre sus padres esto se constituye como un factor de riesgo para perpetrar o ser víctima de VN; se ha identificado que haber percibido violencia psicológica (VP) del padre hacia la madre incrementa en riesgo de VN, lo que evidencia que no únicamente el observar violencia física (VF) severa influye en las relaciones interpersonales de los adolescentes (Dardis et al., 2014; Doucette et al., 2021; Franklin et al., 2012; Goncy, 2020; Ruel et al., 2020).
Los sujetos que sufrieron violencia física (VF) durante la infancia por parte de ambos padres tienen más riesgo de ser víctimas de VN. Se ha mostrado que la exposición de los menores a situaciones de violencia constituye un modelo de aprendizaje de conductas violentas dentro del hogar, además, aunada a factores como los estilos de disciplina violentos, ha demostrado tener un papel relevante en el riesgo de ejercer violencia contra la pareja posteriormente (Oramas et al., 2017; Ruel et al., 2020; Turner et al., 2010). Ante los resultados anteriores, la segunda hipótesis planteada en el estudio se acepta.
Con respecto a la última hipótesis sobre los estilos de comunicación interparental no violentos como factores de protección contra la violencia en las relaciones de noviazgo, se encontró que dichos estilos de comunicación efectivamente son factores de protección contra la VN. Esto se ha documentado en otros estudios que han mostrado que cuando los hijos atestiguan relaciones interparentales positivas se reduce el riesgo de que ellos mismos se involucren o permanezcan en relaciones de noviazgo violentas (Dardis et al., 2014; Doucette et al., 2021; Makin-Byrd & Bierman, 2013).
Las comparaciones por sexo de quienes atestiguaron estilos de comunicación no violentos entre sus padres mostraron que para los hombres esto constituye un factor protector contra el involucramiento en relaciones de noviazgo en las que haya violencia recíproca. Estos resultados también concuerdan con los de otros estudios, en los que se evidenció que ser testigo de una comunicación efectiva para solucionar los conflictos entre los padres protege de involucrarse en una relación de noviazgo violenta. Tal como se mencionó, el hogar es el primer espacio de socialización. El ser testigo de una comunicación no violenta entre los padres contribuye al aprendizaje de relaciones de pareja saludables (Doucette et al., 2021; Franklin et al., 2012; Gracia-Leiva et al., 2019; Klausli & Tresch Owen, 2011). Ante los resultados anteriores, esta última hipótesis también se acepta.
Los estudios sobre factores de riesgo y factores protectores evidencian a la familia como lugar de aprendizaje sobre la violencia y como factor de enseñanza para relaciones saludables. El trabajo de prevención, desde los profesionales de la salud mental, debiera incorporar estrategias de abordaje con un fundamento que las incluya como espacios de intervención para detener una problemática tan compleja como la violencia. El contexto mexicano actual está cada vez más inundado por eventos de violencia en muchos escenarios y en diferentes niveles de las relaciones interpersonales; ante este panorama, se hace cada vez más imperiosa la necesidad de enfocarnos en trabajar en las comunidades y los grupos sociales como la familia, para afrontar el fenómeno de la violencia y reducir los costos tan elevados que produce a nivel personal y social.
Aunque este estudio arrojó evidencia sobre algunos factores que están involucrados en la VN, tiene limitaciones. Una de ellas es el hecho de haber usado un diseño transversal, lo que afecta el alcance de las inferencias, además de no contar con variables de contraste sobre los estilos de crianza a los que estuvieron sometidos los adolescentes de la muestra. Otra limitación del estudio es que la investigación se llevó a cabo en la Ciudad de México, en un área específica con ciertas características particulares (descrita como zona de alta violencia) y no podría generalizarse a otras regiones del país.
Como conclusiones, la presente investigación evidenció que la violencia recíproca fue una de las más frecuentes entre los adolescentes y también que los problemas de relación familiar, la parentalidad negativa y el miedo a la violencia en la familia incrementan el riesgo de VN. Aunque estas variables ya han sido estudiadas en otros ámbitos del mundo, hay que recordar que la VN se integra en un sistema dinámico de influencia, por lo que se requiere un enfoque multifactorial, dinámico y que aborde factores de riesgo de todos los niveles del modelo ecológico y sus posibles combinaciones. En definitiva, los resultados obtenidos confirman cierta evidencia acumulada sobre que la VN es un tema de investigación relevante, por su magnitud y consecuencias.
Los trabajos posteriores deberían seguir investigando otros factores que puedan explicar mejor la VN a estas edades para mejorar los programas de prevención e intervención, ya que la existencia cada vez más común de familias reconstruidas, los cambios existentes en el monitoreo parental, la baja cohesión familiar, el poco involucramiento de los padres de familia y la estructura familiar también tienen un impacto en la exposición a la violencia.
En contextos escolares los programas de prevención para VN podrían ser parte de los programas académicos para fomentar las relaciones saludables, ya sea de noviazgo o de amistad, y crear un entorno escolar en donde los adolescentes se sientan seguros de pedir ayuda. También los programas de prevención en VN podrían incluir una educación explícita sobre la transmisión intergeneracional de la violencia, las pruebas de su impacto y las posibles consecuencias negativas. Además, la participación de los padres en los programas de prevención o intervención puede ayudar a mitigar el impacto a largo plazo (Gracia-Leiva et al., 2019). En general se ha encontrado que adolescentes que participan en programas de prevención suelen informar de un mayor conocimiento sobre la violencia en el noviazgo y una disminución de las actitudes que apoyan la VN. Algunos estudios sugieren que las familias y las comunidades deben ayudar a los adolescentes supervivientes de VN a desarrollarse positivamente (Fitria & Tondok, 2022; Park & Kim, 2018). Además, los adolescentes pueden tener la oportunidad de establecer relaciones de pareja saludables después de la intervención. Por último, la realización de estudios en diferentes contextos culturales, que atiendan la orientación sexual o en grupos específicos como migrantes, adolescentes en reclusión, etc., también haría avanzar la investigación sobre la VN.
Agradecimientos
Agradecemos a los adolescentes que participaron en este estudio, así como a los psicólogos de campo y a las autoridades de la escuela secundaria pública de la Ciudad de México. Esta investigación fue apoyada por los Fondos Sectoriales Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la Secretaría de Salud (número 87708).
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Notas