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La mirada que abraza
Revista Latinoamericana de Estudios Educativos (Colombia), vol. 16, núm. 2, pp. 10-12, 2020
Universidad de Caldas

Hace años Eduardo Galeano publicó El Libro de los abrazos como una invitación a vivir otro tipo de encuentros, otras solidaridades, otras formas de entrar en relación. Sus relatos despiertan sentimientos muy distintos a los miedos prodigados por la actual sociedad. Su lectura abre posibilidades de ver en el otro alguien más que un enemigo. Ahora bien, si el libro de Galeano contiene abrazos, es posible que una mirada también nos abrace. Varios escritores y artistas han puesto su atención en el florecimiento de los sentidos. La visión es quizás, la más privilegiada. Ver es una de las primeras impresiones que todos recibimos al nacer. A través del ojo se nos da la bienvenida al mundo. Por él, empezamos a descubrir los prismas coloridos de la vida y la certeza de ocupar un lugar en la existencia de los otros.

Esto lo vivió intensamente el pintor francés Paul Cézanne, para quien el color llegaba con tal plenitud a sus sentidos, que podía estar horas observando “un trozo de naturaleza” hasta llegar al éxtasis de la saciedad. Dejarse arrobar por el color, seducirse de él, remite ya a un cambio de mirada, en tanto el observador no persigue el color del objeto sino la luminosidad que emerge de él. Es un ir a los objetos mismos, lo que provoca mirar la realidad tal y como se nos da: “el objeto ya no está cubierto de reflejos perdidos en su relación con el aire y los demás objetos, sino que está como sordamente iluminado desde dentro; la luz emana de él y da por resultado una impresión de solidez y materialidad” (Merleau-Ponty, 1977, p. 40). Por ello, nuestros sentidos poseen la capacidad de ver en los objetos, cualidades mucho más complejas que las que nos enseña la ciencia; es decir, percibimos el objeto vivido “como el centro de donde proceden: así vemos la profundidad, lo aterciopelado, la suavidad, la dureza; Cézanne incluso decía, su olor” (pp. 41-42).

Tal vez sea este uno de los motivos que hizo que la modernidad fuese eminentemente óculo-centrista, desplazando sentidos valiosos para el arte como el tacto o el olfato. No obstante, es innegable que a través de la mirada tenemos certeza de mundo, o que nos permite descubrir la maravilla de las cosas; por ejemplo, sentir cómo en lo lejano un objeto se nos hace diáfano a medida que nos acercamos; ver cómo un guante de terciopelo nos envuelve en suavidad antes que nuestra mano se vista de él; experimentar dolor cuando vemos caer a alguien sobre el duro cemento de una calle. La vista no es solo vista, es mirada que nos lanza a modos indescifrables de proceder frente a las personas y las cosas. El ver nos dota de información articulada a un oler, oír, palpar y gustar; sinergias que nos hacen perceptibles más que verificadores de verdad.

El ver se torna más complejo cuando entramos en contacto con otros que también nos ven. Nuestros ojos se relacionan con otros ojos, ahora no solo ven… nos ven. Las miradas se cruzan, se tocan, se escuchan; incluso, se huelen. En el encuentro no vamos tras un objeto, más bien, reaccionamos ante la expresividad o inexpresividad del otro. Por tanto, nuestra mirada se afecta por quien nos ve, emergiendo una leve tensión en el encuentro. Ya no son mis ojos los que tocan en su espesor a alguien, son los ojos de este alguien los que me tocan. Me siento presente y vulnerable ante su mirada. Antonio Machado (1990), en sus Proverbios y Cantares, describe esta fenomenología del ver de la siguiente manera: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve. Los ojos porque suspiras, sábelo bien / los ojos en que te miras / son ojos porque te ven” (p. 51).

El destello de los ojos se abre a la mirada de los cuerpos. Pasamos del encuentro a la relación. Presencia que dice algo a alguien e intersubjetividad que invoca llamado y atención, rompiendo de este modo una inmunidad excluyente, aun sabiendo que las palabras tardan en llegar: “no solo en la retina quedan grabadas las mejores imágenes” (Calmels, 2013, p. 174). El deseo de ver se amalgama con el deseo de preguntar, se busca en la familiaridad algo qué decir, qué solicitar, en qué coincidir, a fin de tener un pretexto para volver a encontrarnos y posibilitar así una mirada más. Machado lo explicita nuevamente: “Y en la cosa nunca vista / de tus ojos me he buscado / en el ver con que me miras” (p. 82).

En estos tiempos el mundo ha con-centrado su mirada en la mirada; los contactos piel a piel se han ido distanciado. Nos sentimos frágiles al posible contagio de un virus y temerosos de ser motivo de contagio para otros. El encierro y cuarentena nos ha vuelto desconfiados y sospechosos, a lo cual ya nos tenía acostumbrados esta sociedad de consumo. Inseguros de portar una infección que bien pudimos adquirir en nuestros recorridos a través del contacto directo o indirecto con otros, no haber conservado la debida distancia en sitios de encuentro, o no “desinfectarse” antes de entrar a casa. Estas inseguridades aumentan más la desconfianza, la cual se apoya en frases emitidas a través de los medios como distanciamiento social, aislamiento preventivo, quedarse en casa y confinamiento total; recomendaciones que, si bien nos protegen, aumentan los miedos de ser infectado o ser foco de infección. Por lo pronto, será mejor estar en casa mientras la ciencia nos provee de una vacuna y volver así a abrazarnos; ¿pero qué podemos hacer mientras tanto?

En medio de la distancia que precavidamente se nos recomienda, muchos salimos de casa “inmunizados” con tapabocas y guantes, en busca de víveres, tratando de no ser contagiados. En los encuentros siento que quienes me miran lo hacen desde su misma condición preventiva. Una distancia de dos metros o más nos separan y una parte de nuestros rostros está cubierta. Sin embargo, a pesar del cubrimiento de nuestras bocas y lo limitado de nuestros gestos, puedo ver que el otro me sonríe al saludar con su mirada: sus mejillas se ensanchan, sus ojos se vuelven pequeños y una leve depresión en su arco visual marca unas cuantas arrugas; expresión que me genera acogimiento y empatía, y una cierta sensación de ser atendido. No así otras miradas impenetrables, que bajo la directriz del no-me-tocarás, no solo aíslan con su boca, manos y nariz, sino que esterilizan también con su mirada.

Hasta donde la ciencia nos ha dicho, la inmunidad de la mirada no nos previene de un contagio viral, así como la amabilidad expresada a través de nuestros gestos, o dar preeminencia a otros en cortesías como: ¡siga usted!… ¡después de usted! Atención que responde al llamado de alguien que reclama un gesto de humanidad. La mirada que excluye –que mancha– puede ser en estos tiempos también la que atiende, sonríe y abraza; proximidad que no pueden aislar guantes o tapabocas. Hoy otra humanidad es posible: la que acaricia con los gestos y abraza con la mirada.

Referencias bibliográficas

Calmels, D. (2013). Fugas. El fin del cuerpo en los comienzos del milenio. Buenos Aires, Argentina: Biblos.

Galeano, E. (2015). El libro de los abrazos. Buenos Aires, Argentina. Siglo Veintiuno Editores.

Machado, A. (1990). Antología apócrifa: Amor-Sabiduría-Humor. Buenos Aires, Argentina: Callao.

Merleau-Ponty, M. (1977). La duda de Cézanne. En: Sentido y sinsentido. Barcelona, España: Península.

Información adicional

Cómo citar: Jaramillo-Echeverri, L. G. (2020). Carta al editor. La mirada que abraza. Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, 16(2), 10-12.

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