Reseñas
Los reyes taumaturgos, un siglo después
The Royal Touch, a Century Later
Los reyes taumaturgos, un siglo después
Desacatos. Revista de Ciencias Sociales, núm. 60, pp. 204-209, 2019
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
![]() | Bloch Marc. Los reyes taumaturgos. 2017. México. Fondo de Cultura Económica |
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En 2004, el Fondo de Cultura Económica (FCE) cumplió siete décadas de haber sido fundado por Daniel Cosío Villegas, edificador de instituciones en el México de la posrevolución. Con este motivo, se informó la emisión de la Colección Conmemorativa 70 Aniversario. Dos años después, se anunció que sólo 70 de los miles de libros de su catálogo serían reeditados por última vez. Desde hacía años, algunos de esos títulos eran inconseguibles, por lo que, al ser considerada una colección de clásicos, su reedición fue bienvenida.
Del Renacimiento a las Indias, de la Conquista del Nuevo Mundo a las revoluciones francesa, rusa o mexicana; de la filosofía a la ciencia política, la antropología y la historia; de la ciencia y la cultura al cuento, la novela, la poesía o las crónicas y los cantares; de la democracia a la revolución comunista, o de la idea del alma y la inmortalidad entre los griegos, al dios de los brujos, el racismo cotidiano en la tierra, Balún Canán o el saber en el libro de los libros de Chilam Balam, la colección articulaba épocas y mundos, saberes y conocimientos. En ella figuraban los nombres de precursores, fundadores y revolucionarios de ciencias, disciplinas, géneros y temas: Francesco Guichiardini, Giambaptista Vico, Alexis de Tocqueville, David Hume, Adam Smith, Karl Marx, Friedrich Engels, Jules Michelet, Theodor Mommsen, Benedetto Croce, Isaiah Berlin, Edmond Husserl, Martin Heidegger o Roger Caillois, pero también Alfonso Reyes, José Lezama Lima, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Miguel León Portilla, sor Juana Inés de la Cruz, Margaret Murray, María Rosa Lida de Malkiel o Rosario Castellanos. En esta constelación, el libro 67 era un estudio sobre un ritual extraño: el poder curativo atribuido a los reyes de Francia e Inglaterra y las creencias populares en torno al milagro real. Los reyes taumaturgos era su título; Marc Bloch (1886-1944), el nombre de su autor.
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Correspondiente a la editio princeps de 1924, publicada con el pie de imprenta de la Facultad de Letras de la Universidad de Estrasburgo, en la que su autor era entonces profesor de historia medieval, la primera edición en español fue publicada por el FCE en 1988, en la sección Obras de Historia, con un tiraje de 2 000 ejemplares —en 1993 hubo una reedición con el mismo tiraje—. Como es evidente, la primera edición en nuestro idioma se publicó 64 años después de la estrasburguesa.1 Aún más extraño, a juzgar por la página legal, es que se basó en esta última y no en la publicada por la editorial parisina Gallimard cinco años antes, con un prólogo notable del historiador Jacques Le Goff (1991).2 No obstante, a la edición parisina de 1983 corresponde tanto la segunda edición de 2006, en la Colección Conmemorativa 70 Aniversario, con tiraje de 2 000 ejemplares, como la tercera, de 2017, en la sección Obras de Historia. Veinte años después de su primera aparición en nuestro medio, la suerte de esta obra ha sido peculiar: una editorial, tres ediciones, una reimpresión y alrededor de 8 000 ejemplares publicados han hecho de Los reyes taumaturgos una de las obras más conocidas de Marc Bloch en español y un número importante de sus lectores en todo el planeta es, precisamente, de nuestro continente y nuestra lengua.
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La idea que cristalizó en esta obra, surgió durante la Gran Guerra europea, hace un siglo. Al ser movilizado al frente de batalla el 1 de agosto de 1914, recién comenzada la conflagración, el profesor de liceo se vio inmerso en la dura vida del soldado. Sirvió durante casi toda la guerra, en la batalla de Somme, en la del Marne, incluso en la nada gloriosa tarea de pacificar Argelia. Con una treintena de años a cuestas, participó en todas las operaciones posibles: “tomó parte en ataques absurdos y mortales por la conquista de un punto minúsculo sobre el mapa, que terminaban frecuentemente en la retirada hacia las posiciones de donde había partido”, recuerda su hijo en los Écrits de guerre (1914-1918), para sentenciar: “vio caer a su alrededor a numerosos compañeros. Durante más de cuatro años todos los días frecuentó a la muerte” (Bloch, 1997: 3). En reconocimiento a su valor, el sargento de infantería terminó la guerra con el grado de capitán, condecorado con la Cruz de Guerra, con cuatro menciones, y con la Legión de Honor. “Usted es un guerrero”, le confesó un joven oficial al historiador, de acuerdo con lo que él mismo recordaba en su ensayo sobre las causas de la derrota francesa en 1940, La extraña derrota (Bloch, 2003), piedra de toque de la historia del tiempo presente.
Étienne Bloch observa que de los cientos de miles de hombres que hicieron la guerra, raros eran los que, al estar sumergidos en la acción, eran capaces de tener una mirada lúcida sobre los acontecimientos en los cuales participaban, de brindar una visión de conjunto mucho más amplia y obtener de ahí enseñanzas de gran magnitud. Sin duda, Marc Bloch era de esos pocos (Bloch, 1997: 3). La condición múltiple de testigo, soldado e historiador, cuyos testimonios y reflexiones son todavía invaluables, formaría una especie de química que le permitiría mirar la guerra desde un observatorio excepcional, al mismo tiempo que su obra se impregnaba de una triple experiencia: la Gran Guerra, que culminó con la victoria de 1918; la guerra de 1939-1940, que concluyó en derrota, y la Resistencia antinazi, que terminó en tortura y fusilamiento. L’Histoire, la Guerre, la Résistance (Bloch, 2006a), como se intitula otra importante compilación de sus ensayos, es un testimonio de esa huella.
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La guerra fue “un inmenso experimento de psicología social, de una riqueza nunca vista hasta la fecha”, escribió Marc Bloch (1999: 180) a propósito de las noticias falsas que se difundían con velocidad entre los soldados de las trincheras. El nacimiento de las mentiras, incluso de las leyendas, era producto de las “representaciones colectivas” que actuaban como un elemento deformante de las noticias: una mala percepción que fuera contraria al sentimiento espiritual colectivo podría dar origen a un error individual mas no a un bulo popular de gran difusión. “Esta puesta en marcha sólo tiene lugar debido a que la imaginación ya había sido previamente dispuesta, de modo firme y callado, para ello”, escribió (1999: 179).
Así, para el historiador movilizado al frente de combate, las trincheras se convirtieron en una “zona de formación de las leyendas”: la desinformación de los soldados en el frente de batalla y la desconfianza hacia la propaganda —alimentada por la carencia de periódicos y un servicio de correo bajo sospecha de estar intervenido— conducían al escepticismo radical ante lo impreso. Estas condiciones hicieron posible “una prodigiosa revitalización de la tradición oral, antigua madre de leyendas y mitos”, en las que la censura hizo posible el retorno a una “situación intelectual de épocas muy antiguas anteriores al periódico, a la gacetilla o al libro” (Bloch, 1999: 194). Con su acostumbrada agudeza, Carlo Ginzburg escribió en el prólogo a la edición italiana de I re taumaturgui que, a partir de esta experiencia, sobre todo al observar que las cocinas eran el “lugar privilegiado donde nacían y se difundían las ‘falsas noticias’, los mitos y las leyendas de la vida de trinchera”, Bloch reconstruyó “una sociedad casi medieval, y una mentalidad que le correspondía”. El historiador italiano considera que “es de esta experiencia de la que nacen Los reyes taumaturgos” (Ginzburg, 2015: 60). ¿Acaso Perrin no recordaba que en una excursión a los Basses-Vosges, en febrero de 1919, el historiador le comentó: “cuando haya terminado con mis rurales [se refería a la tesis de doctorado de 1920 (Bloch, 2006b)], abordaré el estudio de la unción de la realeza sagrada de Reims”? (Perrin, 2011: XI).
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En Los reyes taumaturgos, Bloch estudia un rito extraordinario: el día de su coronación y unción, los reyes de Francia e Inglaterra curaban a los enfermos de las escrófulas —adenitis tuberculosa— con el simple toque de sus manos. Entre los enfermos, el ritual creaba expectativa en el poder curativo de los reyes: “sólo en cuanto Rey era taumaturgo”, dice Bloch a propósito de Enrique II (p. 111). No obstante, la creencia en el toque real guarda relación estrecha con las representaciones colectivas preexistentes al ritual de curación: “nadie habría pensado en proclamar el milagro si de antemano no se estuviese habituado a esperar de los reyes precisamente milagros” (p. 388), es decir, la creencia popular en el poder curativo de los reyes y el carácter sagrado de la realeza franco-inglesa se basaba en una creencia anterior, mágica y maravillosa, de muy larga duración: la creencia en los milagros. “Lo que creó la fe en el milagro fue la idea de que tenía que tratarse de un milagro”, explica el historiador (p. 388).
Así, provenientes de los más recónditos lugares de la geografía del reino —“Aller voir le roi!”—, los enfermos se postraban ante el rey para que oficiara el ritual de curación, y al ser el supremo oficiante del rito, creara el milagro a la vista de todos. Por ello, en medio de la intensa rivalidad franco-inglesa, “cada pretendiente debió tratar de atraer, por todos los medios, a los escrofulosos en busca de curación” (p. 189): en 1611, Luis XIII tocó a 2 210 personas, y en la fiesta de Pentecostés de 1715, Luis XIV tocó a 1 700. De esta manera, cuando era necesario obtener respeto y lealtad popular, o mantener el derecho sagrado de la realeza frente a la Iglesia, “siempre el ciclo de la realeza sagrada, y en particular el poder taumatúrgico, suministraban a la propaganda real sus temas predilectos” (p. 217).
He aquí las características de la historia de un milagro: de sus orquestadores y sus creyentes, de sus analogías y diferencias recíprocas a uno y otro lado del Canal de La Mancha. ¿El objetivo? El estudio de la concepción de la realeza sagrada por medio del rito de curación de los milagros, el análisis de las creencias colectivas en Europa occidental desde el siglo xi hasta el xix. Bloch parte de un rito de curación, por siglos referido, para construir el sistema de prácticas y creencias de los pueblos de Europa occidental durante ocho siglos de historia compartida. Además, estudia una forma específica del poder político monárquico que echa mano de las creencias populares para obtener carisma, prestigio y legitimidad: “la idea de la realeza santa, legado de edades primitivas, fortalecido por el rito de la unción y por la gran expansión de la leyenda monárquica hábilmente explotada por algunos políticos astutos, terminó dominando la conciencia popular” (p. 388).
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Esta obra representa una “contribución a la historia política de Europa en sentido amplio, en el verdadero significado de esta palabra” (p. 86), al ensamblarse a partir del estudio de las creencias colectivas sobre la realeza maravillosa y sagrada en Francia e Inglaterra, es también la “historia de un milagro” (p. 86). Pero es, con mayor propiedad, la historia comparada de un milagro. “En efecto, el milagro real es tan inglés como francés”, decía Bloch:
En un estudio explicativo de sus orígenes, los dos países no podrán ser estudiados en forma separada, si se trata de establecer por qué el rito de curación hizo su aparición en Francia en un momento y no en otro, no se puede intentarlo si antes no se establece la época en que el mismo rito surgió en Inglaterra, sin esta precaución indispensable, ¿cómo saber si los reyes de Francia no se limitaron a imitar simplemente a sus rivales del otro lado de Canal de La Mancha? Si se trata de analizar la concepción de la realeza, que el rito de curación no hizo más que traducir, se verá que las mismas ideas colectivas se encuentran, en su origen, en las dos naciones vecinas (p. 109).
En un claro ejercicio de historia comparativa, el historiador estudia las originalidades del ritual taumatúrgico, al igual que las similitudes y diferencias recíprocas; las explica y sugiere un procedimiento de comparación histórica fecundo en extremo: 1) elección y descubrimiento de los fenómenos; 2) elección de los tipos de la comparación histórica: entre sociedades vecinas y contemporáneas, o entre sociedades distantes en tiempos y espacios — él explora ambos—; 3) la interpretación de los fenómenos: causas de las similitudes y las diferencias evolutivas; formulación de las unidades de análisis; investigación de influencias y préstamos; investigación de filiaciones y relaciones, y explicación de las supervivencias. A propósito, es muy probable que el historiador se haya cuestionado: ¿de qué están compuestas las antiguas creencias colectivas sobre el poder sobrenatural atribuido a los “reyes-magos”? ¿De dónde viene el ritual taumatúrgico practicado por los reyes ingleses y franceses? ¿Tiene un origen común o es una respuesta del espíritu humano ante causas parecidas? ¿Las analogías se deben a coincidencias, imitaciones o influencias mutuas? ¿Cómo se explican las supervivencias en la Edad Media de las antiguas creencias sobre los “reyes-magos”, que durante ocho siglos fueron puestas en práctica a uno y otro lado del Canal de La Mancha? Las preguntas llevan una orientación que marca el resultado concreto del hallazgo: unidades de análisis, influencias, filiaciones, supervivencias; es decir, el procedimiento de la historia comparativa arroja luz sobre el comienzo de la investigación (Ríos, 2016: 210-211). “¿Qué lectura puede hacer de Los reyes taumaturgos un historiador hoy?”, se cuestionaba Le Goff, y respondía: “la primera fascinación que provoca el libro proviene, aún y siempre, de su perspectiva comparatista” (p. 50).
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En este procedimiento se encuentra la explicación de las originalidades y las diferencias del ritual taumatúrgico practicado a uno y otro lado del Canal de La Mancha, del año 1000 al siglo xix, al igual que la explicación de las creencias maravillosas de los pueblos de Europa sobre el carácter sobrenatural de los jefes-reyes, durante un periodo todavía más amplio: el que corresponde a las “representaciones colectivas que originaron el tacto de las escrófulas” (p. 120). De este modo, el análisis de las estructuras emplazado en el tiempo es el mismo que años más tarde se llamaría “larga duración” histórica. “Prefiero la historia comparativa”, decía Braudel y añadía: “que es para mí la historia de larga duración” (1996: 88).
Aaron Guriêvitch decía que “en Los reyes taumaturgos ya está contenida una alusión a la teoría del ‘tiempo de la larga duración’” (2003: 45). Su juicio es cierto, pero a condición de observar lo siguiente: las representaciones colectivas, que se convirtieron en la base de las creencias del poder político, no sólo persistieron después de la desaparición del toque real, sino que, como ha estudiado Ulrich Raulff, la huella de lo sagrado en la sociedad moderna y de la teología en la política, la antigua creencia vinculada al poder político de la cual surge una parte del sentimiento nacional francés, sobrevivieron en la memoria científicamente elaborada de la nación y la patria, se modernizaron o actualizaron al revestirse con las características de una época distinta, como la nuestra (1997: 35-58). Es aquí donde se encuentra una de las claves de la prodigiosa actualidad del milagro real.
Bibliografía
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Guriêvitch, Aaron, 2003, A Síntese Histórica e a Escola dos Anais, Perspectiva, São Paulo.
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Ríos Gordillo, Carlos Alberto, 2016, Las formas de la comparación: Marc Bloch y las ciencias humanas. Ensayo de morfología e historia, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa/Siglo XXI Editores/Anthropos (Colección Pensamiento Crítico/Pensamiento Utópico), México.
Notas