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Perspectivas de la memoria, acción psicosocial y conflicto armado en Colombia
Perspectives of memory, psychosocial action and armed conflict in Colombia
Tésis Psicológica, vol. 17, núm. 2, pp. 1-24, 2022
Fundación Universitaria Los Libertadores

SECCIÓN MONOGRÁFICA


Recepción: 18 Febrero 2022

Recibido del documento revisado: 23 Marzo 2022

Aprobación: 31 Agosto 2022

DOI: https://doi.org/10.37511/tesis.v17n2a9

RESUMEN: Antecedentes: Se inicia con una introducción conceptual desde los autores más relevantes que han contribuido a la construcción de la categoría de memoria y los posteriores desarrollos sobre memorias de paz como conceptos pertinentes para la comprensión de los procesos de transición del conflicto en Colombia. Objetivo: El artículo pretende establecer una mirada a las diversas memorias que emergen alrededor del conflicto armado en Colombia. Reflexión: Se ubican algunos actores de la memoria del conflicto en Colombia y se invita a la reflexión sobre la práctica de procesos que utilizan la categoría de memoria. Así, las memorias de paz como escenarios de tensión entre la historia oficial y la narrativa subjetiva aparecen como espacio para la construcción de identidades y su abordaje desde los distintos actores involucrados, ya sean víctimas o firmantes de la paz (excombatientes), pueden concurrir como elemento dinamizador de sociedades pacíficas. Conclusiones: En ello la acción psicosocial se propone desde la recuperación de relatos de vivencias para resignificar los procesos de experiencia del conflicto, visibilizando la importancia de aquellos elementos que produjeron formas diferentes de acción para proteger los grupos, los individuos, la memoria y la identidad.

Palabras clave: Memorias, identidad, acción psicosocial, paz, Colombia.

ABSTRACT: Background: It begins with a conceptual introduction from the most relevant authors who have contributed to the construction of the memory category and the subsequent developments on peace memories as relevant concepts for understanding the transition processes of the conflict in Colombia. Objective: The article aims to establish a look at the various memories that emerge around the armed conflict in Colombia. Reflection: Some actors of the memory of the conflict in Colombia are located and reflection is invited on the practice of processes that use the category of memory. Thus, the memories of peace as scenarios of tension between the official history and the subjective narrative appear as a space for the construction of identities and their approach from the different actors involved, whether they are victims or signatories of peace (ex-combatants), they can concur as dynamic element of peaceful societies. Conclusions: In this, psychosocial action is proposed from the recovery of stories of experiences to redefine the processes of conflict experience, making visible the importance of those elements that produced different forms of action to protect groups, individuals, memory and identity.

Keywords: Memories, identity, psychosocial action, peace, Colombia.

Introducción

Las construcciones derivadas de los procesos de investigación sobre los escenarios emocionales, la caracterización y comprensión de los aportes desde la psicología en torno a los acuerdos de paz y el escenario de posconflicto en Colombia, ponen de manifiesto la necesidad de reconocer el lugar de la memoria histórica en las dimensiones de la construcción de identidad del sí mismo y el encuentro con el otro.

Como señalan Badenes (2010) y Erll (2012), los estudios sobre memoria histórica se hacen visibles en los campos de estudios sociales desde comienzos del siglo XX pero se consolidan después de la segunda guerra mundial con el interés por recuperar los elementos narrativos de la guerra y mostrar el carácter de transformación de la vida social y material de las personas que participaron de manera directa e indirecta en los sucesos de la guerra (Suleiman, 2019).

En este sentido, la posibilidad de contar las historias de procesos humanos sensibles como por ejemplo, el holocausto, permite comprender sus dimensiones sociales y culturales, mismas que trascienden las fronteras nacionales para volverse situaciones humanas sobre las cuales desarrollar profundas reflexiones. Sumado, permiten poner en perspectiva los elementos identitarios que dan forma a procesos de organización social a partir de los hechos que se vivenciaron, las consecuencias que se vivieron y las formas de reconstrucción que se asumieron (Suleiman, 2019; Pollak, 2006).

La necesidad de recopilar los relatos de las experiencias sociales que trascienden las narrativas cotidianas sobre la realidad social se hace particularmente importantes para dar cuenta de los procesos históricos, con el ánimo de ofrecer las diversas perspectivas sobre la complejidad de los mismos y la posibilidad de visibilizar todas aquellas fuentes que en el proceso han sido marginadas y excluidas. Existe un ánimo de contar los sucesos para explorar sus condiciones de aparición, el desarrollo y sus implicaciones con el fin de rastrear los elementos más insospechados, pero que, con una carga de significados diversos, ayuda a la comprensión de realidades históricas que derivan en el aprendizaje para el futuro (Traverso, 2006).

Como afirma Huyssen (2002), el retorno al pasado pone en perspectiva la actividad humana en torno a problemas específicos en las sociedades modernas y contemporáneas, con el ánimo de construir contextos de reflexión que permitan mirar con mayores posibilidades el futuro. Esta consideración es importante en medio de una oleada de situaciones que no son elementos anónimos a una porción de la humanidad -contextos nacionales-, sino que involucran a la totalidad, por ser este un mundo globalizado en el que la interdependencia es un flujo constante en el que los problemas y situaciones del orden social se dan en casi todos los contextos (Huyssen, 2002).

Este escenario global, que propone una mirada reflexiva sobre la memoria histórica como un hecho humano, rescata también la posibilidad de mirar las situaciones contextuales, con el afán de incorporar las reflexiones situadas, de tal suerte, que no es una propuesta que universalice los sentidos y significados atribuidos a los hechos de la guerra y el conflicto y las vivencias asociadas a ellos, sino que da el lugar para proponer los contextos locales como lugares particulares donde las condiciones son plurales y desencadenan sentidos que hacen de la memoria un camino sobre el cual indagar para conocer las formas identitarias, los procesos grupales y su conexión con situaciones globales (Burke, 1993).

Se abren campos poco explorados en la producción académica sobre la sociedad, los estudios sobre aspectos de la cotidianidad se vuelven un recurso para la interpretación de los significados sociales de la subjetividad y textos como los de Berger y Luckman (1991) sobre la construcción social de la realidad se tornan lecturas obligadas para reconocer los elementos de la interacción social como centrales para interpretar la relación sociedad-sujeto.

Los estudios de memoria se concentran en los aspectos marginales de la teoría sociológica y la historia clásica, aspectos como la vivencia de la locura, las prácticas de rituales como la brujería o el esoterismo, las vivencias de los conflictos políticos, la experiencia subjetiva de la guerra, entre otros muchos aspectos, se vuelven temas de relevancia para comprender la complejidad de la dinámica social, para recuperar los elementos del patrimonio de los grupos, comunidades o pueblos que han sido invisibilizados por los grandes relatos modernos, pero que son fuente significativa de análisis de la cotidianidad social (Ramos, 2011).

Estas lógicas renovadas nutren los contextos académicos de ricas narraciones que permiten orientar la dinámica a una intención de potenciar a los sujetos sociales y brindar formas de reencuentro con la importancia del relato. Estás características abren paso a dispositivos de recuperación de memorias como archivos de relatos, museos, compilación de textos, entre otros lugares, que se convierten en espacios de albergue de las historias y fortín contra el olvido del tiempo. En ese sentido, este trabajo pretende establecer una mirada a las diversas memorias que emergen alrededor del conflicto armado en Colombia y los sentidos que son materia de trabajo para los dispositivos psicosociales.

Algunos aportes de los estudios de memoria y la guerra

El campo más desarrollado sobre la consolidación de relatos de memoria, es el de las vivencias o experiencias de la guerra. En los últimos treinta años se han visibilizado los procesos asociados a los conflictos y sus consecuencias han derivado en la configuración de los trabajos de memoria como elementos para la comprensión de las causas políticas y sociales implícitas en los acontecimientos, tales relatos permiten orientar los hechos y darles marcos contextuales específicos que abren el análisis a problemas y situaciones que no permite detallar el análisis estructural.

Como se mencionó, en Europa, la finalización de la segunda guerra trajo consigo una reflexión generalizada de los hechos traumáticos producto del conflicto que derivó en la toma de posturas políticas capaces de hacer frente a posibles situaciones parecidas en el futuro (Huyssen, 2002).

En América Latina el auge de los estudios de memoria deriva de las condiciones vividas en los años de las dictaduras militares, con el fin de recuperar aquellas historias que fueron pérdidas o escondidas con propósitos muy claros de encubrimiento. Pero no solo se preocupan por poner en evidencia los eventos traumáticos de los hechos del conflicto social o de los lugares de poder, también son recursos sociales para preservar la identidad de las formas culturales y la promoción del reconocimiento de las dificultades que se vivieron y por las que no se debería volver a pasar (Allier, 2015).

Los casos más reconocidos del papel de la memoria en los procesos nacionales de América Latina son el de Chile y Argentina en torno a las vivencias de las épocas de dictadura militar. Como mencionan Herrera y Pertuz (2016), los caminos que abrieron las narraciones sobre la violencia política de las dictaduras en Chile y Argentina permitieron el reconocimiento de las formas en las que los usos del poder configuraron discursos y prácticas de implantación del miedo y el terror en los ciudadanos con el fin de promocionar su estabilidad política en el poder.

A partir de la visibilización de los dispositivos de control y poder, se configuran cambios en el marco de la política de las naciones para evitar nichos de reproducción de estos sistemas que puedan afectar de manera significativa el avance a formas democráticas de orden social (Calveiro, 2006). La reconstrucción de las vivencias del conflicto permite construir posibilidades para el futuro que incluyen políticas de no repetición y de transición a formas de control y orden social acordes a los procesos políticos nacionales, pero que no necesariamente se extienden a otros lugares del globo (Huyssen, 2002).

De acuerdo con lo anterior, la memoria se traduce en la necesidad de situarse en un proceso de construcción de los relatos desde la perspectiva de los participantes, sujetos o grupos que dan sentido a sus vivencias. Un ejemplo de esto es la noción de violencia política que muestra Poncio del Pino (2003) en la masacre de Uchuraccay, en la que se narran las versiones de cómo se da el asesinato de 10 periodistas en una confusión provocada desde instancias de poder, para que la población indígena residente connote a los periodistas como enemigos y termine llevándolos a la muerte. A través del relato y dando la palabra a los pobladores, indígenas y campesinos, Poncio del Pino (2003) logra mostrar las condiciones del pueblo, sus nociones sobre la violencia de la época y la manera en que fueron manipulados por los actores de poder para desatar un pasaje de horror que la historia del Perú no debe olvidar.

De esta manera, es claro que los estudios de memoria permiten identificar la vulnerabilidad de los actores sociales y las condiciones de aprovechamiento de las instancias de poder, es decir, son perspectivas que visibilizan la asimetría en las fuerzas con las que interactúan los procesos institucionales. En torno al conflicto y la guerra, los relatos de vulnerabilidad exhiben los profundos entramados de poder con el objetivo de resignificar las historias oficiales en la vida social y mostrar vías de análisis alternas que redunden en posibilidad de cambio en las dinámicas de relación entre grupos sociales y la institucionalidad.

La memoria colectiva

Halbwachs (2004) plantea que existe una diferencia entre la memoria histórica y colectiva, a pesar de ser procesos complementarios; mientras la historia se describe como una sucesión de hechos, la memoria colectiva permite narrar las experiencias y vivencias en torno a hechos específicos brindando mayores detalles y ampliando la perspectiva general:

Nuestra memoria no se basa en la historia aprendida, sino en la historia vivida. Así pues, por historia hay que entender, no una sucesión cronológica de hechos y fechas, sino todo aquello que hace que un periodo se distinga de los demás (p. 56).

Erl (2012), afirma que la memoria colectiva obedece a procesos socioculturales, es decir, está referida al entramado de significados, prácticas y tradiciones. Lo anterior, marca la senda que se debe recorrer al tratar de realizar estudios de memoria colectiva, donde el objetivo es poner en evidencia la experiencia social dando lugar al significado que atribuyen los actores sociales a los fenómenos ocurridos. Halbwachs (2004), habla de la memoria colectiva como un proceso histórico referido en un contexto específico, en el cual los sujetos están inscritos en marcos sociales. El autor plantea elaborar procesos que permitan mirar la identidad de los grupos y actores sociales, la configuración de los procesos de significación por los que pasa la comprensión de los hechos; los intereses sobre los que se cimientan las posiciones ideológicas, los compromisos comportamentales y las relaciones de institucionalidad que promueven valores y significados que afectan los juicios grupales e individuales ante una situación dada.

En este sentido, Halbwachs (2004) también menciona la importancia de la memoria en la resignificación del tiempo, pues afirma que los procesos humanos no siguen líneas temporales estrictas y que los elementos narrativos se inscriben en temporalidades alternas entre el pasado y el presente que son producto de la relación de los sujetos con sus contextos de vida. El autor distingue la memoria desde dos perspectivas: interna y externa. La primera hace parte del sujeto; la inscripción de sus vivencias a contextos específicos de vida cultural y social. La segunda, refiere los procesos amplios de la cronología histórica, su referencia son los grandes episodios de la vivencia de una nación o pueblo y se configura a partir de hitos o hechos de gran envergadura.

Ahora bien, si la memoria se considera en sus dos dimensiones interna y externa, se puede afirmar que son procesos complementarios, pero no reducibles el uno en el otro. Es en esta complementariedad en la que se vuelve significativo generar procesos de comprensión que permitan ligar las experiencias colectivas con procesos estructurales más grandes con el fin de dar cuenta de la complejidad de los fenómenos sociales sin perder de vista las afectaciones e implicaciones que tienen en la vida cultural de los sujetos.

Por otro lado, Manero y Soto (2005), muestran la importancia de la memoria colectiva como elemento productor de realidades. Para los autores, contar la historia desde la narrativa de los grupos sociales o de los sujetos, permite reconstruir los elementos de la realidad subjetiva e intersubjetiva y abrir la mirada a los procesos sociales activos que reflejan la realidad, también sugieren, que la memoria resulta ser una condición importante para las reivindicaciones sociales, en tanto, permiten movilizar las vivencias del pasado para proyectar cambios hacia el futuro.

Memoria colectiva: Memorias de paz en Colombia

Siguiendo las conclusiones derivadas de Halbwachs (2004) y la diada cultura-sujeto; la memoria ocupa el lugar de los hechos puntuados en la historia externa como narrativa oficial y las narrativas subjetivas como memoria interna que dan lugar a la subjetividad en un continuo tiempo-espacio que es significado por los sujetos que en él participan. La memoria colectiva permite entonces, la cohesión de los grupos sociales en torno a causas políticas contextuales y estructurales, a razón de que los arreglos de la memoria son intencionados en función de las necesidades e intereses del mismo colectivo.

En relación con el conflicto armado en Colombia aparecen distintos actores portadores y constructores de la memoria, a través de ellos se definen y redefinen las realidades del pasado con miras a proponer aspectos diferenciados según las narrativas, los contextos y los intereses que reclaman cada uno de ellos. Estas narrativas revelan matices desde la experiencia vivida y las lecturas distintas que en un mismo hecho se pueden considerar.

Las voces de las víctimas

Una experiencia que puede resultar ilustrativa de los colectivos de memoria son los llamados “Costureros de la memoria”: agrupaciones de personas, en su mayoría mujeres, que con una intencionalidad común se reúnen a “tejer” sentidos y significados. Utilizan el tejido con hilos, lanas y telas como una actividad y como un producto, a través del cual se narran las historias del conflicto en las que se refieren experiencias subjetivas en el marco de procesos estructurales de la cronología del conflicto.

En sus obras apuntan a visibilizar los procesos de pérdida, trauma, enunciación de los hechos violentos de los que han sido víctimas. En ellos emerge y se recoge el dolor de quienes bajo diferentes formas y en distintos lugares de la geografía nacional han sido víctimas de la violencia derivada del ejercicio del poder de distintos actores armados (estatales, guerrillas, paramilitares).

En estos “costureros”, un propósito político convoca la reflexión con el ánimo de relievar una realidad dolorosa, también con el ánimo de que estas tragedias sociales no se repitan en la sociedad (Buitrago, 2020). Los costureros son espacios de conversación, espacios de resignificación y son espacios de producción de sentido que se expresa en los tejidos que se hacen simbólica y físicamente. Son puntadas que tejen testimonio de dolor, pero también de vida, allí entre las telas y los hilos surgen también historias reivindicativas, de risas y de proposición.

El “Costurero de la Memoria Kilómetros de Vida y de Memoria”, así como otros costureros de memoria en Colombia, han traído la posibilidad de colectivizar las vivencias del conflicto y señalar los elementos de poder que están detrás de los grandes problemas históricos del país, es una muestra de la complementariedad de los grandes procesos estructurales que interactúan con los elementos micro de la sociedad para reproducir realidades dolorosas, que en este caso traen la remembranza por los actores que lo vivieron:

Nosotros hacemos memoria siempre en mayúsculas, porque hacer memoria es luchar, luchar sin violencia contra la injusticia, la impunidad y el olvido; es un acto de resistencia, de valor incalculable, es nombre propio, es una apuesta de fortaleza del alma (Marina Salazar en Agamez Paneso, 2019).

Como lo enuncia una miembro del Costurero Kilómetros de Vida y de Memoria, trabajar en los aspectos emocionales y reconstruir la memoria, tiene un papel preponderante en la búsqueda de la verdad y la justicia. La memoria con su voz potente es capaz de denunciar y transformar (Venegas 2020). La cualidad política que consideran los colectivos de víctimas a través de la memoria está marcada por la denuncia, por la demanda y el reconocimiento de las responsabilidades de los implicados, por la garantía del derecho de las personas a no ser olvidadas ni a que se olviden los actos contra ellos cometidos, en la intencionalidad de que las sociedades reconozcan esta verdad y que a través de las instituciones se camine en dirección a la justicia:

El tejido nos permite volver a vivir lo que pasó con la idea de contar todo lo que está perdido, escondido en el pasado (…) es una forma de liberación de todas aquellas cosas injustas que sucedieron y que quedaron enterradas pero que nosotras las sacamos. (Participante Investigación, 2019).

El reconocimiento de los testimonios, las versiones, las narrativas, tiene como objetivo que la sociedad se abra a la escucha y comprensión de los escenarios invisibilizados históricamente por el conflicto, que ha privilegiado ciertas historias oficiales a través de medios de comunicación y otros dispositivos que terminan configurando formas de la realidad que dan cuenta de un orden particular dejando de lado otros sentidos también importantes:

“mi desplazamiento fue terrible, llegamos a esta ciudad esperanzados de encontrar buenas personas, pero seguimos sufriendo porque la gente nos miraba con desconfianza, eso da muy duro. Fue hasta después que hablando con las compañeras del costurero, entendí que eso no solo nos pasaba a nosotros y acá costuriando fui entendiendo que había mucha desinformación, que la gente de acá no entendía, porque nunca se mostró la historia como es, sino como se veía desde acá” (Participante investigación, 2019)

Los colectivos para la memoria han contribuido con la creación de objetos como monumentos, telares en conmemoraciones y participación permanente en eventos que denuncian y ponen en el escenario de lo público, el dolor experimentado en lo privado. La mención de los hechos asociados al conflicto en relación a los contextos y los actos de violencia, como masacres, asesinatos selectivos; los desplazamientos forzados, las amenazas; las descripciones de los ambientes marcados por los poderes locales, entre otras, aparecen especialmente relevantes los actos conmemorativos que dan nombre a las víctimas de desaparición forzada “falsos positivos”, de asesinatos selectivos o masacres.

Por su parte, son más limitados los discursos al nombrar abiertamente los responsables de los hechos de violencia, en algunos casos se mencionan los ejércitos responsables, pero no se llega fácilmente a la identificación concreta de los individuos de mando o los ejecutores directos de los hechos de violencia, y quizás la omisión sea explicable por la inminente presencia de los poderes de los victimarios, aún vigentes en muchas regiones y localidades.

Se reconoce entonces en la memoria la posibilidad de reconstruir la realidad de los sujetos y grupos sociales, lo que permite visibilizar las vivencias y experiencias de significación cultural de los eventos históricos. En la vivencia del conflicto armado es evidente la relación de la memoria con la manera compleja de interpretar el fenómeno. Como se ha mostrado antes, la memoria ayuda a potenciar las actividades grupales y tomar posición sobre los hechos y los lugares de poder implicados, esta experiencia permite orientar los caminos hacia perspectivas futuras, pasadas por la reflexión y el ajuste de las dificultades, ese es uno de los propósitos de trabajar la memoria de manera colectiva (Madrigal y Sánchez, 2014; Bogoya, 2017).

Un aspecto interesante es que los colectivos de la memoria han surgido de manera generalmente espontánea, si bien las iniciativas estatales han tenido alguna incidencia, son los grupos de víctimas por sí mismos quienes han operado en la construcción de escenarios propios. Esto implica reconocer en los espacios de la memoria, un lugar de empoderamiento de las víctimas y un dispositivo para comprometer sus búsquedas. Estos procesos anidados en las transformaciones del conflicto al post conflicto no aparecen en la inmediatez de los hechos, las personas decantan y poco a poco se suman a los movimientos sociales entrando y saliendo en ellos desde sus necesidades propias.

Gracias a los espacios donde se recrea la memoria, es posible reconstruir el tejido social, restablecer el empoderamiento colectivo, consolidar la recuperación de la dignidad y consolidar la transformación subjetiva e intersubjetiva de las víctimas del conflicto armado.

Narrativas de excombatientes de Grupos Guerrilleros

Pensar en la memoria del conflicto desde los actores armados reviste otro lugar para encontrar versiones distintas en narrativas asociadas al proceso de vinculación al conflicto; atender estas versiones es de alguna manera un ejercicio que implica desmontar o si se quiere deconstruir las representaciones sociales, los imaginarios, los sentidos y significados, consolidados desde la influencia de años y años de definición pública de los combatientes como enemigos.

Acercarse a estas memorias en particular implica reconocer los propios prejuicios, la verdad interna que sostiene las imágenes de la guerra y la barbarie en el primer plano y permitirse desvelar los rostros de esas mujeres y hombres cuyas historias detrás de los fusiles, nos hablan de una humanidad que solo puede entenderse desde la puesta en contexto. Conocer las narrativas de los y las excombatientes recorre el universo de las implicaciones, condiciones y sentidos asociados a la pertenencia a un grupo armado ilegal; la permanencia en la vida clandestina y el ejército y los sentidos construidos en esa vida cotidiana; en algún punto, tocar también las acciones militares y los eventos marcados por el ejercicio de la violencia desde los distintos actores involucrados.

En las narrativas establecidas por la institucionalidad oficial (Agencia para la Reincorporación y la Normalización -ARN-), se configuran representaciones del excombatiente como un sujeto desprovisto de postura política y se privilegia la idea de un individuo victimizado, delincuente o enfermo mental que no decide sobre sí mismo y su militancia, sino que ella es producto de la coacción, de la anomia o de la condición psíquica. Claro está, existen contingencias asociadas a la historia, las condiciones sociopolíticas y económicas de los contextos que influyen sobre la toma de decisión sobre la militancia, por lo tanto, no se puede reducir el hecho a la linealidad causal, sino que es necesario acercarse a las experiencias para comprender los sentidos que sustentan tales decisiones. (Soto et al., 2020).

En entrevistas y grupos focales realizados con excombatientes se encontró que las memorias que evocan firmantes de la paz, las narrativas pueden leerse de distinta manera. Entre los y las participantes del estudio llevado a cabo con excombatientes de las FARC-EP en la vereda la Elvira del municipio de Buenos Aires, Cauca, en el año 2018, se observa discursos que refieren la no obligatoriedad, ni la fuerza como mecanismo de reclutamiento. En estos casos se enuncia un compromiso político remembrado por aquellos que en su juventud optaron por un camino que buscaba justicia y equidad. Estás ideas y anhelos de cambio fueron la base para la incorporación a las guerrillas, vivencias caracterizadas por la alfabetización y el aprendizaje de conocimientos que reemplazaron la ausencia de posibilidad para ir a la escuela, protección y apoyo frente a los riesgos a la integridad y a la vida en medio de un contexto de confrontación de poderes armados, respaldo institucional en materia de salud y desarrollo social en comparación con la inoperancia o inexistencia del Estado en esas regiones.

Ese primer acto, podemos decir de humanidad, fue el que me llevó a mí a la insurgencia a pelear contra las cosas que yo creía no eran justas. (…) sentí una admiración muy grande hacia mis compañeros que protestaban frente a las injusticias y reivindicaban los derechos, por esto me metí a la guerrilla (Participante Investigación, 2018).

Ahora bien, la permanencia en la militancia es una decisión que se reafirma cotidianamente día a día, esta decisión se sostiene en la construcción de elementos relacionales que tejen una vida social y dan cuenta de una identidad grupal que redunda en la configuración de sujetos emocionales y políticos que tienen un proyecto común en el tiempo y en el territorio:

La guerrilla es un grupo humano en que se comparten cosas y saberes. Son un montón de detalles de la vida guerrillera en donde se comparten cariños, saberes, destrezas y cuidados y se hacen unos lazos de camaradería y compañerismo muy fuertes, sin dejar de lado la disciplina y la preparación para el combate” (Participante del proyecto de investigación, 2018).

Así mismo, cuando se accede y se comprenden estas historias es claro que existen lugares comunes con relación al conflicto; el de la esterilidad y dolor de la lucha armada, de la utilización de la violencia como mecanismo que solo reproduce la inequidad y la injusticia, dejando por fuera la construcción del camino de la paz como alternativa única para la misma.

En últimas, como se ha mostrado en los relatos de los excombatientes, se abren otras vías de análisis sobre los hechos y situaciones que configuran la decisión sobre la militancia, no como una obligación o imposición de fuera, sino como un camino posible sobre su situación y la de su contexto. Estos sentidos y significados refieren la reconstrucción de otros elementos de la memoria que visibilizan aspectos que la legitimidad oficial no reivindica, por su lugar clandestino y subversivo en el marco de la legalidad de la sociedad. Estas memorias ayudan a situar los problemas de la experiencia del sujeto en el marco de las estructuras más grandes, sin perder de vista la complejidad que conecta unas y otras en la sociedad que aportan a las comprensiones acerca del conflicto.

Memorias alternativas: memorias de paz

Fortalecer las relaciones entre sujetos y posibilitar elementos comunitarios, haciendo énfasis en las vivencias comunes y las formas de afrontamiento de los tiempos y experiencias difíciles o consolidando marcos políticos de acción social para transformar la realidad desde la memoria, pues por definición, la memoria fortalece la subjetividad y permite la cohesión en el reconocimiento de aspectos comunitarios de la vivencia, se forman procesos de identidad que gestionan los intereses y proyectan los movimientos sociales a niveles de acción en medio de la estructura de la sociedad.

En esta vía, la producción de memoria también tiene unos lugares políticos implicados con la posibilidad subjetiva de avanzar en los problemas y generar espacios de movilización política, tal es el caso de lo que quizás pueda consolidar “las memorias de paz”. Estas narraciones son un contraste importante con aquellas que provienen de la guerra y el conflicto, pues su centro de interés es rescatar los elementos simbólicos que permiten la construcción de una realidad que ha decantado el conflicto para movilizar sus acciones hacia la construcción de un presente por fuera de la violencia.

Las memorias de paz permiten manifestar los elementos que al margen de la guerra nacen y sobreviven en medio de dificultades y vulnerabilidades, son relatos que permiten dar cuenta de aquellos grupos, comunidades y/o personas que han logrado construir espacios de realidad en los que cambien las esperanzas en el porvenir y los sueños de libertad creadora. Por supuesto, no se trata de una negación de esa otra memoria del conflicto, sino una extensión de ella, en donde se expone la importancia de la movilización de acciones que son oasis en medio del desierto de la guerra.

Un ejemplo de esta forma de construcción de memoria la expone la Fundación Mahluna (2013) en una iniciativa compilada en un documento llamado “Memorias de Paz”. En este documento catálogo, que recoge de manera gráfica historietas creadas por niños, niñas y adolescentes que fueron reclutados, se muestran las formas de significación de algunos jóvenes que reflexionan sobre las dificultades en medio de la sociedad violenta e injusta y de su decidida visión de alternativas paralelas para hacerle frente y construir proyectos de vida. Las narraciones permiten ver el enfoque que le dan los participantes a las actividades que fueron necesarias para aprovechar las condiciones del contexto y ponerlas a su favor en función de la esperanza y la búsqueda de alternativas al conflicto.

Las iniciativas de construcción de memorias de paz constituyen unas versiones alternativas de la sociedad hacia esas otras características de la vivencia humana que enseñan la complejidad de la vida social, son elementos que recurren a la imaginación de los sujetos, a la relación entre personas que hacen comunidad y resisten a los embates del tiempo y la estructura para abrirse espacio en medio de la dificultad. Están puestas en el escenario público para dignificar la resistencia de los grupos sociales y las posibilidades de ver otra realidad posible, son producto de las actividades de personas que en medio de la guerra forjan un destino colectivo que promociona la vida y son en general invisibilizadas, olvidadas (Ver informe de la Comisión de la Verdad, Capítulo: Impactos, Afrontamientos y Resistencias, 2022).

Así las cosas, las narrativas que se construyen y que se instalan como versiones colectivas en Colombia, están centradas en la violencia misma y por ello se consolidan como realidades dominantes. La identidad de los colombianos es descrita entonces desde referentes de la violencia y las pautas que instalan la memoria contribuyen a ello. Vale anotar que no se pretende desconocer, subestimar o desestimar los hechos mismos, ni sus interpretaciones ancladas en el fenómeno de la violencia, sin embargo, vale la pena preguntarse si acaso en el sentido social, no opera como en el caso subjetivo, que la definición y reiteración sobre el problema no permite salir de la pauta problemática.

En la misma perspectiva, White y Epston (1993), hablan de la experiencia vivida como aquella fracción de tiempo que puede relatarse y llevarse a la expresión y como ella empieza a ocupar el lugar de dominancia del relato, de manera que simultáneamente desplaza otros relatos que quizás constituyen fuentes de posibilidad para construcciones alternativas. La mirada sobre las memorias de paz constituye el reto de encontrar en los relatos alternativos espacios para reconocer los eventos, los significados anclados a procesos de resistencia, reconstrucción, acciones de reivindicación y mucho de las prácticas sociales que han servido como soporte a la posibilidad de seguir viviendo en medio de las circunstancias adversas.

El lugar de la acción psicosocial desde las memorias

Respecto de las memorias alternativas, aún quedan por exaltar y descubrir las que dan cuenta de esos momentos de resistencia, de resiliencia, de posibilidad. Muchas de ellas están escondidas detrás de las lágrimas, las angustias y los rencores. Desde ellas se han consolidado identidades que luchan por la paz y la justicia y enuncian en sus narrativas la reivindicación de derechos, la responsabilidad de quienes fueron perpetradores y un anhelo de no repetición. Por su parte, el recuerdo de los tiempos de la vida, de la alegría, del encuentro, de la risa, ha sido combustible para afrontar la adversidad y plataforma de reconstrucción con un componente que rescata, desde formas diversas, una premisa identitaria desde la vivencia de la paz.

Es importante por ello reconocer los espacios de emergencia de las prácticas y los sentidos que evidencian la solidaridad, la compasión, el perdón, la reconciliación, el entusiasmo por la vida y la convivencia pacífica, la aceptación y el cuidado del otro, como basamento para la reconstrucción de los tejidos sociales y la conformación de mecanismos que sostienen la historia en relaciones de reciprocidad.

Por su parte, la acción social implica una redefinición del término intervención psicosocial y apunta a superar las tradicionales formas de trabajo dirigidas a irrumpir en los procesos sociales desde una postura externa, que se ubica en muchas ocasiones como una entrada de experto que privilegia su saber por encima del otro e incorpora este a una realidad que le es ajena, para transformarla desde su lógica, esto deriva en una noción de la realidad habitada por sujetos pasivos y desprovistos de conocimiento.

El trabajo de la memoria ha enfatizado los hechos de la violencia, ello puede resultar un proceso cuyas referencias ocupen el lugar de la “búsqueda de la verdad”, como una verdad única que dé lugar a la historia oficial, una historia única y de las conveniencias de los grupos de poder, que conduzca nuevamente a las voces calladas de los grupos minoritarios o de las comunidades excluidas. Acercarse a propuestas teóricas y metodológicas en materia de memoria, reviste un ejercicio comprensivo de los contextos históricos en los cuáles se han creado comisiones de la verdad y la memoria.

Así mismo, las formas que asume la memoria toman el lugar de la comprensión de lo subjetivo/privado y la colectividad/lo público, como dos niveles comprensivos y con ello las prácticas asociadas a los procesos de reparación y reconciliación como lugar fáctico de la memoria desde el sentir de las víctimas y de los agentes de la confrontación. El reconocimiento de la memoria plantea también el reto de lo local, regional, nacional y/o internacional. Por ello el sentido de estas puede resultar en objeto de disputas y conflictos, porque lo que para algunos puede ser rememoración/conmemoración, para otros es celebración, lo que para algunos es motivo de un sentir reconciliador, para otros aún deja la huella del resentimiento.

En Colombia este proceso tiene relevancia porque las diversas voces suelen comprometer conflictos de intereses y quizás la academia y su incidencia en la praxis puedan contribuir a la armonización de los discursos que procuren el diálogo y la comprensión de confluencias para la paz. En el nivel internacional la experiencia del proceso en Colombia resulta significativo no solo por su particularidad sino además por las cualidades que ocupan la posición geocéntrica y los intereses de paz para el continente. El énfasis sobre las memorias de la convivencia, el cese de la confrontación, los escenarios del diálogo, y en general las cualidades de una memoria focalizada en experiencias de paz que contribuyan a la paz misma, resulta innovador y constructor de escenarios posibles.

Para poder asumir las preguntas por la memoria y la construcción de identidad se hace necesario primero apuntar a las comprensiones de la subjetividad. La subjetividad como eminentemente esencialista se trasciende y pretende lo que González Rey (2002) define, como un énfasis en la organización simultánea y contradictoria de los espacios sociales e individuales en la comprensión de la configuración de la subjetividad. Como una crítica a la psicología de corte individualista, da lugar a una comprensión que se produce desde el sujeto narrativo, no sólo discursivo, que va más allá de la mera narrativa del lenguaje verbal para tocar los espacios emocionales, el afecto y en general los sentidos y significados que caracterizan la psique humana y, simultáneamente, considerar la organización social y las formas de funcionamiento de las instituciones que se cristalizan y se expresan en prácticas y políticas sociales.

Lo anterior, propone por tanto un ejercicio de diálogo interdisciplinar que supone reconocer que lo que ocurre en la subjetividad convoca un estudio de los fenómenos antropo-sociales y la producción de conocimiento enriquecido por las diferentes prácticas y representaciones del conocimiento social. Las prácticas sociales asociadas a las memorias consolidan también, la definición de las marcas que pueden aparecer como rituales, inscripciones simbólicas, fechas, instalaciones, imágenes, y toda clase de narrativas orales, escritas, de representación. Las memorias se circunscriben también al presente que evoca el pasado, atendiendo el devenir de las demandas sociales y políticas vigentes en el escenario en donde emergen, con ellas se validan o no, las diferentes participaciones y los diferentes relatos. Así las historias están ancladas particularmente a los actores sociales y a discursos específicos portadores de sus propias verdades. La memoria alude siempre el registro de experiencias que operan como recuerdo.

Conclusiones

Para la psicología clásica, quizás la que ha dado respuesta a las necesidades de la institucionalidad y de la mirada ingenua; la memoria opera como atributo del sujeto, en relación con el proceso de almacenamiento de información, su abordaje aparece casi siempre en relación con los procesos de aprendizaje y motivación; sin embargo, la memoria ha cobrado sentidos especiales para las psicologías de corte crítico, social, histórico y para las psicológicas asociadas a los paradigmas de redefinición de los procesos psicológicos como atributos o como características intrapsíquicas, redefiniéndolos como procesos que operan en sistemas relacionados en donde el sujeto es activo en la definición de la realidad y opera desde la intersubjetividad.

Desde el punto de vista de los enfoques psicosociales se enuncia un problema interesante, según Sandoval (como se citó en Gergen, 1976), afirma que la memoria abordada como una narrativa de sentido individual y colectiva, aporta a la comprensión de la construcción de realidades sociales que afectan los procesos identitarios y serían insumo para producir estrategias de acción psicosocial. Esto pone de plano una clara relación entre acción, sentidos y decisiones.

Ahora bien, la conformación de nuevos retos para hacer de la psicología una disciplina con sentido social, enuncia relaciones y tensiones entre esa memoria que opera como un acto individual y la memoria colectiva, y en los escenarios del posconflicto da lugar a que se establezcan preguntas y retos para el abordaje de estas tensiones. El imbricado fenómeno de la reconstrucción de las memorias permite identificar las identidades enmarcadas en la búsqueda de la paz, que se enuncian en las distintas voces de quienes participaron, a través de la diversidad de sus experiencias vividas narradas y de quienes desde la intencionalidad institucional y desde los medios de comunicación proponen escenarios de convivencia y paz.

Se hace imperativo reconocer ¿de qué manera las memorias y la identidad de los individuos conforman un entramado?, más allá de la suma de las partes, la memoria colectiva puede dar lugar a la conformación de la historia socialmente compartida y a esos elementos identitarios de la vida de los y las mujeres que participaron en la guerra como sujetos activos en la confrontación, los y las que fueron víctimas, los hombres y las mujeres que son testigos de la transformación social que genera la situación del posconflicto.

Quizás la identificación y el análisis comprensivo de las polifonías de las memorias permita avanzar en la posibilidad de la comprensión de los distintos escenarios que en el conflicto co-existieron como realidades paralelas y que quizás al conocerlos, reconocerlos, redefinirlos; se pueda encarar la definición de distintos lugares que motivaron las confrontaciones y las luchas y que ahora dan lugar a la definición común de una sociedad en busca de la paz.

El ejercicio de aproximación a las narrativas de los actores, permite ampliar la mirada en la comprensión del fenómeno de la guerra y conformar narrativas que propongan alternativas a la paz para esclarecer que las historias subjetivas están entretejidas con las historias sociales, lo que implica acercarse a las múltiples dimensiones del orden subjetivo que se recrean en lo social; como la identidad, la pertenencia del sujeto a diversos sistemas sociales, la consolidación de mecanismos de comprensión y asimilación de las dinámicas institucionales, entre otros; así mismo, fortalecer los espacios para la convivencia a través de las prácticas relacionadas con lo colaborativo, la dimensión de lo público, entre otros.

En últimas, la memoria se reconstruye en los escenarios del posconflicto, para establecer, ya sea procesos de sanación de las heridas individuales o colectivas, para la definición de los procesos de verdad que dan lugar a la justicia, para restablecer las identidades individuales y de los colectivos, para tramitar las diferencias aún vigentes entre los actores y abrir espacios de transición hacia la reconciliación.

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