MANIFESTACIONES DE LA ESPIRITUALIDAD EN EL MARCO DE UNA FIESTA PATRONAL: “LA CANDELARIA” EN CONTEXTO ETNOGRÁFICO

María G. Morgante
Facultad de Ciencias Naturales y Museo. Universidad Nacional de La Plata, Argentina
Laura S. Teves
Facultad de Ciencias Naturales y Museo. Universidad Nacional de La Plata, Argentina

MANIFESTACIONES DE LA ESPIRITUALIDAD EN EL MARCO DE UNA FIESTA PATRONAL: “LA CANDELARIA” EN CONTEXTO ETNOGRÁFICO

Mitológicas, vol. XXXIII, pp. 9-22, 2018

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Resumen: La celebración de las Fiestas Patronales es un complejo ritual tradicional que reúne, año tras año, a familias, vecinos y amigos de la comunidad de Molinos. La fe y la devoción se renuevan a través de la organización de las misas, las bendiciones, los rezos de las novenas y los desfiles de jinetes a caballo. El escenario de las ceremonias son la Iglesia y el Cementerio de Molinos, mientras que las procesiones y los galopes con banderas y estandartes ocupan las calles centrales del pueblo. Las casas de familia están abiertas para reencontrarse y compartir la mesa, allí se erigen los altares donde generaciones de abuelos, padres e hijos reafirman sus promesas y renuevan la fe y el compromiso con los santos patronos. Este trabajo se propone aportar a la comprensión de la articulación entre la religiosidad y espiritualidad, a través del relevamiento etnográfico de la celebración de las Fiestas Patronales en el pueblo de Molinos. A través de ello, se pretende aportar evidencia en torno a las Fiestas como un momento privilegiado en el que se ponen de manifiesto la integridad de las instituciones y representaciones propias de la comunidad y que trascienden los espacios y los tiempos inmediatamente identificados con la celebración.

Palabras clave: Festividades, Espiritualidad, Etnografía, Vida diaria.

Abstract: The celebration of the Patron Saint is a traditional ritual complex that brings together, year after year, families, neighbors and friends of the community of Molinos. Faith and devotion are renewed through the organization of masses, blessings, prayers of novenas and the desfiles of horsemenon-horseback. The setting for the ceremonies is the Church and the Molinos Cemetery, while the processions and gallops with flags and banners occupy the central streets of the town. Family houses are open to meet and share the table, where altars are erected where generations of grandparents, parents and children reaffirm their promises and renew their faith and commitment to the patron saints.This work aims to contribute to the understanding of the articulation between religiosity and spirituality, through the ethnographic survey of the celebration of the Patron Saint Festivities in the town of Molinos. Through this, it is intended to provide evidence about the Festivities as a privileged moment in which the integrity of the institutions and representations of the community are revealed and that transcend the spaces and times immediately identified with the celebration.

Keywords: Festivities, Spirituality, thnogra, Ethnography, Everyday Life.

Introducción

El Departamento de Molinos se localiza en la porción meridional de los Valles Calchaquíes salteños, e incluye a los municipios de Molinos y Seclantás, registrando el primero una población total de 2510 habitantes (1) (INDEC, 2010). Se localiza en una región con una antigua tradición cultural que combina elementos prehispánicos, entre los que se destacan la presencia diaguita y la expansión Inca (Lorandi, 1988). En las primeras décadas del siglo XVI llegan a los valles habitados por tribus confederadas por Calchaquí, los primeros colonizadores españoles y los primeros intentos de instalación de misiones jesuíticas (Page, 2010). Durante el siglo siguiente se fundará el pueblo de Molinos, sobre la base de grandes explotaciones agrícolas dependientes de la mano de obra local (Teves, 2011). La Iglesia San Pedro Nolasco de Molinos tiene su origen en el año 1658, a partir de un oratorio en la casa de la Encomienda de Molinos. El actual edificio se construye en el siglo XVIII, durante la gobernación de Nicolás de Isasmendi (Cortazar, 1949) y su edificación dará lugar al crecimiento del pueblo en torno a lo que actualmente es la Parroquia de Molinos (2).

La actual población del pueblo de Molinos se declara mayoritariamente católica, aunque al respecto vale diferenciar lo que A. Martínez (2010) refiere como los que confiesan relacionarse con Dios “por medio de la institución eclesial”, de la tendencia a relacionarse “por su propia cuenta” con matices diferenciales respecto del modo de vincular la Iglesia católica y sus prácticas en el marco de la cotidianidad.

La celebración de las Fiestas Patronales es un complejo ritual tradicional que reúne, año tras año, a familias, vecinos y amigos de la comunidad de Molinos (Cortazar; 1944, Coluccio, 1995). La fe y la devoción se renuevan a través de la organización de las misas, las bendiciones, los rezos de las novenas y los desfiles de jinetes a caballo. El escenario de las ceremonias son la Iglesia y el Cementerio de Molinos, mientras que las procesiones y los galopes con banderas y estandartes ocupan las calles centrales del pueblo. Las casas de familia están abiertas para reencontrase y compartir la mesa, allí se erigen los altares donde generaciones de abuelos, padres e hijos reafirman sus promesas y renuevan la fe y el compromiso con los santos patronos.

Este trabajo se propone aportar a la comprensión de la articulación entre la religiosidad y espiritualidad, a través del relevamiento etnográfico de la celebración de las Fiestas Patronales en el pueblo de Molinos (3). A través de ello, se pretende aportar evidencia en torno a las Fiestas como un momento privilegiado en el que se ponen de manifiesto la integridad de las instituciones y representaciones propias de la comunidad (Morgante, 2003) y que trascienden los espacios y los tiempos inmediatamente identificados con la celebración (Sánchez Garrido, 2005; D´Épinay, 2008).

Antecedentes

A lo largo de diferentes campañas desarrollados por miembros del grupo LINEA y a través de entrevistas con distintos pobladores y referentes institucionales, se advirtió sobre el interés comunitario por el rescate de un antiguo cementerio ubicado en el pueblo de Molinos. Ello condujo al desarrollo del Proyecto de Extensión “Diseño de un plan de manejo para la recuperación y puesta en valor del “Cementerio del Bajo”, implementado durante los años 2015-2016. A lo largo de las distintas actividades propuestas en este proyecto, se insistió en la importancia del registro etnográfico de “la Candelaria”, modo en el que se refiere localmente a las celebraciones patronales en el pueblo de Molinos. Tomando en consideración estos antecedentes, y recuperando un primer abordaje del evento llevado a cabo en el año 1978 por la Dra. Marta Crivos, otros miembros del LINEA nos propusimos retomar este trabajo. Así, durante las diferentes campañas iniciadas entre los meses de enero y febrero de 2017 asistimos a los eventos vinculados al festejo. A su vez, en distintas instancias de trabajo de campo desarrolladas en otros momentos del año, recolectamos información relevante para un acercamiento etnográfico a este complejo ritual, que inicia a fines del mes de enero y culmina el primer domingo de febrero; no obstante lo cual involucra un conjunto de acciones y relaciones que trascienden al período de la celebración misma.

Estas actividades se enmarcan en un proyecto de Investigación y Desarrollo en curso, denominado “Caracterización antropológica del modo de vida. Estrategias de investigación etnográfica en el estudio de la subsistencia y el bienestar humano (Valles Calchaquíes, Salta)” (4). Allí nos proponemos tomar en consideración los resultados obtenidos en etapas previas de nuestras investigaciones en los Valles Calchaquíes salteños (Crivos y Martínez, 1989; Crivos, 2004 y 2007, entre otros), y la importancia de la puesta en valor de aspectos del modo de vida de sus pobladores en un particular entorno biofísico y ante condiciones socio históricas cambiantes. Específicamente nos interesaremos por el relevamiento y análisis de información acerca del cuerpo de creencias que sostiene y da sentido a saberes y prácticas involucrados en la subsistencia y la búsqueda del bienestar (Morgante y Martínez, 2017). Ello implica considerar tanto los recursos materiales para la acción como los componentes vinculados a la esfera de lo espiritual que le otorgan sentido. Así se genera una interrelación entre el ámbito propiamente humano y el resto de los componentes del entorno, donde la capacidad de agencia del hombre puede verse impedida, limitada o favorecida en el marco de una particular visión del mundo.

Materiales y método

Los materiales analizados en esta presentación proceden de los trabajos de campo llevados a cabo en el período 2015-2018, pertenecientes a los archivos del LINEA. Reúnen datos primarios obtenidos mediante observación de tipo participante, sistemática, heurística (Spradley, 1980) y entrevistas -abiertas, semiestructuradas y estructuradas-, individuales y/o grupales (Kvale, 2011). Las formas de registro de la información incluyen grabaciones, planillas de observación, diario de campo, video-filmación, fotografías y relevamiento geo-referenciado.

Las entrevistas, en todos sus tipos, permitieron evidenciar la complejidad de dimensiones involucradas en la celebración de las Fiestas Patronales, cuyo análisis pudo complementarse con la información brindada por los registros observacionales y visuales. Se atendió primordialmente al reconocimiento, en el discurso de los entrevistados, de diferentes actividades, lugares y personas que aparecían nombradas.

El abordaje etnográfico de esta celebración pone de relevancia un todo complejo que, en las relaciones y tensiones entre sus participantes, se manifiesta en un conjunto de instituciones (religiosas, jurídicas, morales –políticas y familiares- y económicas –prestación y distribución), y de manifestaciones en lo estético y lo morfológico, al modo de un hecho social total (Mauss, 1971). En esta primera etapa de la investigación acerca de la Celebración de la Fiesta de “la Candelaria”, trabajamos bajo el supuesto de que la misma involucra la participación activa de la comunidad y ordena fenómenos de la cotidianidad de los molinistos y otros vecinos (Morgante et. al, 2018). Asimismo, partimos de la consideración de que la celebración pone de manifiesto un ordenamiento social que perdura a lo largo del ciclo anual y que se vincula, entre otros aspectos, con la circulación de objetos y personas que se asocian a la devoción de “la Candelaria” y, por su intermedio, contribuyen al bienestar de la comunidad en su conjunto. Parte de estas cuestiones se sostienen en la significación que condensa la representación icónica de la virgen patrona que, por medio de sus manifestaciones de espiritualidad, traspasa distintos aspectos del modo de vida local.

El registro de las actuaciones en el ámbito doméstico y su proyección en eventos que construyen el colectivo o comunidad que las consagra y valida, puede observarse, entre otros aspectos en el sentido de las transmisión y solidaridad intergeneracionales expresada en la propiciación de celebraciones, entre las que se destacan las Fiestas Patronales (Morgante y Martínez, 2017). Ellas propician mediante diversas prácticas rituales un fundamento a las actividades, modos de organización e intercambio material y simbólico que trascienden el ámbito de la vida doméstica para dar sentido al desarrollo de la vida comunitaria en toda su expresión espacial y temporal (D´Épinay, 2008). En este marco, el recorte que cada sociedad realiza de los aspectos significativos de su entorno y las valoraciones -positivas, negativas o ambiguas- que los hombres otorgan a sus componentes, se vinculan íntimamente con las nociones de bienestar y salud que operan en diferentes momentos de la historia de cada comunidad.

Las Fiestas Patronales en honor a San Pedro Nolasco y la Virgen de la Candelaria

Las Fiestas Patronales se inician formalmente, con la entronización de las imágenes de los Santos Patronos. Las figuras que representan a San Pedro Nolasco y la Virgen de la Candelaria, son trasladadas desde la Iglesia hasta la casa de dos vecinos ubicadas en puntos enfrentados del pueblo y son llevadas en procesión hacia el monolito central del lugar. Allí o en la Iglesia, se celebra la primera misa. Las casas de las familias desde donde partirá la procesión son decididas y consensuadas con anticipación en las reuniones mensuales del Consejo Pastoral. Este acto inaugural a la celebración de las Fiestas ocurre el día anterior al comienzo de la Novena. Previo a ello, un grupo de vecinos –en su mayoría mujeres emparentadas que sostienen tradicionalmente este rol- acondicionarán las imágenes en el interior de la Iglesia y arreglarán las banderas que serán exhibidas en las rondas de alféreces que sucederán los días próximos. Los fieles colaboran con distintos elementos que deben renovarse cada año, concernientes a la vestimenta y los adornos de las imágenes, e incluyendo pedidos que se realizan especialmente a aquellos que concurren desde la ciudad de Salta donde se proveen muchos productos que no se comercializan en Molinos.

Los nueve días previos al festejo central, se celebra una Novena para la virgen. Si bien el día calendario que corresponde a la Virgen de la Candelaria es el día 2 de febrero, en los últimos años se prioriza el primer domingo de ese mes, atendiendo a que ese día pueden concentrarse la mayor cantidad de asistentes (locales y foráneos). Con el transcurrir de las jornadas puede evidenciarse la asistencia creciente de devotos y turistas. En el primer caso, muchos llegan solos o en familia, en tanto otros lo hacen en procesión a pie desde sus parajes o pueblos de origen portando las imágenes de sus propios patronos. También, con el correr de los días, crece la instalación de puestos comerciales en los que se ofrece comida, bebida y artículos varios que no se encuentran durante el resto del año en el pueblo. Este es el momento, asimismo, en que vecinos de Molinos montan puestos en los que ofrecen su gastronomía o parte de su producción artesanal.

Cada día de la Novena estará destinado a la expresión de las intenciones de las instituciones y parajes asociados al pueblo. Ellos son los encargados de las lecturas del Evangelio y de las ofrendas en alimentos a los patronos en sus correspondientes jornadas. Para cada caso, se entregan productos característicos de cada uno de estos parajes, con la colaboración económica de la institución que acompañe.

Algunos días las imágenes recorren distintos circuitos del pueblo, en procesión. También se realiza durante tres jornadas la bendición en la Parroquia de banderas y estandartes que portarán los distintos grupos de alféreces o guardianes de la virgen. Los alféreces son vecinos del pueblo que, en situaciones de vulnerabilidad y que por su voluntad o la de una persona cercana, han prometido servir a la Virgen. Se organizan por grupos, en torno a la figura del alférez mayor, cuyo título se lleva comúnmente por tradición familiar (Jacob, 2017).

El sábado por la noche, previo a la última misa, sucede la Serenata que concentra la mayor participación comunitaria y que involucra a autoridades civiles y religiosas presidiendo los actos, acompañadas con espectáculos artísticos de música y danza. Durante la celebración se desarrollan distintas actividades culturales, deportivas y recreativas, que reúnen a los vecinos de la localidad, a otros de lugares cercanos y a muchos que han migrado pero retornan anualmente para el festejo. También incluye la presencia, que ha aumentado con los años, de turistas que se interesan por el fenómeno y/o medios de prensa provinciales y nacionales que registran el evento.

El primer domingo de febrero se celebra la misa central. Posteriormente se lleva a cabo un desfile cívico del que participan, además de los alféreces, asociaciones de gauchos, bandas militares, alumnos de las escuelas, y representantes de los pueblos originarios, entre otros; junto a autoridades municipales, provinciales y distintos actores de instituciones de la localidad.

Pese a que tanto San Pedro como “la Candelaria” son los patronos del pueblo de Molinos, la imagen de la Virgen es el elemento central y preponderante del festejo. La Virgen de la Candelaria encarna la devoción mariana en la versión de su primera aparición entre grupos pastores de las Islas Canarias y, llegada al territorio del noroeste argentino, conserva sus atributos primordiales: el niño de corta edad en el brazo izquierdo, la vela encendida en la mano derecha, la canasta con tórtolas colgando de uno de sus brazos. Se asocia a la imagen de San Pedro Nolasco, su contraparte masculina, con quien comparte sitial en el altar principal de la Iglesia de Molinos y junto a quien es destronada con motivo de la celebración patronal.

La dupla virgen-santo representa el valor de la familia en su sentido más amplio. Dicho sentido es altamente valorado en la comunidad estudiada, tal como lo revelan numerosos testimonios recogidos durante más de cuarenta años de trabajo sostenido en este lugar por miembros del LINEA. El niño en brazos expresa la valoración de la maternidad y la continuidad generacional, así como la asistencia de los mayores en el cuidado de aquellos más vulnerables, en este caso, a través del vínculo de crianza (Morgante y Remorini, 2018).

Por su parte, las velas aseguran la presencia de la luz -tanto física como espiritual- en las unidades domésticas y a través de ellas, en todos los espacios que hacen al desarrollo de la vida cotidiana en Molinos. Durante los festejos, después de la procesión, las velas bendecidas se llevan a las casas para encenderse cuando hubiese necesidad de invocar a la Virgen. Así la imagen sagrada mediará en situaciones tales como la protección ante lluvias intensas, rayos y granizo; malos espíritus; enfermedades; concepción, embarazos y partos; problemas con los rebaños y otras situaciones amenazantes para la subsistencia. En este último sentido, la imagen aparece mencionada en los registros por primera vez en un oratorio próximo a la ciudad de Salta, en la Finca denominado “La Viña”. Por esta razón en muchos lugares se la nombra como “Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña” en alusión a su protección sobre la actividad vitivinícola, central para la economía de estas comunidades. El poder de la luz de las velas también se vincula con el deseo de constituir una pareja. Entre otros patrocinios, todas estas acciones aparecen mencionadas en las canciones que se entonan en las ceremonias de la Iglesia, así como en las lecturas de los textos sagrados y el discurso de los representantes del culto que intervienen en diversos momentos de la celebración patronal.

La canasta con tórtolas, como único bien para ofrecer a otros, asocia a la Candelaria con los hombres comunes, gran parte de los cuales se esfuerzan por ofrecer su dádiva desde su condición de humildad. Este acto es el que se espera de cada uno de los participantes en distintos momentos de la fiesta (en la misa, en los almuerzos, en la meriendas, en los concursos culinarios, en la doma, en el bingo). En este sentido, la ofrenda en dinero, en productos y/o en servicios se inscribe en el sentido más clásico del sistema de dones (Mauss, 1971): bajo una aparente voluntad que encierra obligación y que, además, garantiza circulación y redistribución, a través del modo de relacionarse de las personas.

La imagen es especialmente asistida por sus guardianes, aquellos que en circunstancias de riesgo se promesaron a la virgen y le ofrecieron sus servicios. La institución de los alféreces no aparece en ningún otro pueblo de los Valles Calchaquíes y con escasa frecuencia en otras celebraciones patronales vinculadas a la Virgen de la Candelaria, tanto en territorio americano como europeo. Su función es la de ser los guardianes de las tradiciones y los custodios de María, sobre todo en estos días significativos en que desfilan con sus estandartes y con el escudo propio.

Así, los grupos de alféreces se alternan durante los tres últimos días de la celebración para honrar especialmente a la virgen patrona. A través suyo, las parcialidades a las que representan renuevan cada año el prestigio que les permite conservar y heredar entre sus parientes y amigos dicha condición. Los guardianes de la virgen también encarnan el milagro de la espiritualidad mariana: su iniciación, o “promesamiento”, es producto de la exposición (generalmente a temprana edad) a una enfermedad u otra condición de vulnerabilidad cercana a la muerte. Su salvación reproduce el mito de santificación de “La Candelaria”. Esta condición trasciende a la defunción de los alféreces, motivo por el cual cada grupo va a realizar cada día una “batida de banderas” (5) frente al viejo cementerio en honor a los guardianes de la virgen ya fallecidos. Además, cada grupo – a través de su alférez mayor- será el responsable de coordinar anticipadamente todos los aspectos de la merienda y el almuerzo del día en que estén “a cargo” de los patronos. Las erogaciones económicas son asumidas previamente por un grupo reducido y podrán ser recuperadas parcial o totalmente mediante la limosna de la “desatada” que sucede en cada uno de los hogares de las familias propiciantes. En ese acto, son nombrados los alféreces y colaboradores que, según consta en los libros de actas, integran cada agrupación, listado que puede ser actualizado cada año por la baja o alta de nuevos miembros.

Las Fiestas Patronales como hecho social total

Esta caracterización etnográfica de algunos aspectos considerados centrales en la celebración de las Fiestas Patronales nos permite realizar unas primeras conclusiones que confrontaremos con nuevos datos a obtener mediante futuras exploraciones en terreno. Entre ellas, la expresión de la celebración en términos de “hecho social total” (Mauss, 1971) en el que se manifiestan distintas instituciones y son la expresión de diversos fenómenos. A continuación ofreceremos algunos ejemplos de ello, centrados en las características y prácticas de las agrupaciones de alféreces, elegidas deliberadamente por tratarse de un aspecto diferencial del festejo patronal en el pueblo de Molinos.

Desde su expresión en términos de instituciones religiosas, se destaca el papel de los alféreces que, como vecinos del pueblo han prometido servir a la Virgen (por voluntad propia o la de un allegado) en situaciones de vulnerabilidad. La fe constituye un requisito indispensable para alcanzar tal condición, fundando un vínculo recíproco veneración-protección. Cada agrupación asume la responsabilidad de honrar y velar las banderas estandartes en un altar familiar, así como cumplir con el circuito ceremonial establecido en torno a la parroquia y al cementerio. La participación requiere de la habilidad para montar a caballo, y se destaca su sentido tradicional durante el ceremonial, en contraposición a la figura del gaucho. Pese a que los cambios en las actividades de subsistencia a lo largo del tiempo devienen en una menor disponibilidad de los mismos, la solidaridad entre los grupos hace posible sortear actualmente la dificultad para disponer de caballos para la monta.

En términos de instituciones jurídicas, al interior de las agrupaciones, entre agrupaciones y más allá de ellas, rigen diferentes relaciones de tipo contractual: patrocinio, cuidado, admisibilidad, permeabilidad, asistencia, aprovisionamiento, entre otros. El cumplimiento de este sistema normativo da lugar a la presencia y convivencia de subgrupos, con intereses propios y eventualmente en conflicto entre sí, bajo un objetivo común. A su vez establece un contrato a otros niveles: garantiza la protección de los patronos para su bienestar: trabajo, familia, salud, vivienda.

Desde el punto de vista de las instituciones morales, los alféreces, y por su intermedio los representados por ellos, renuevan cada año el prestigio que les permite transmitir entre sus parientes y amigos dicha condición. Esta condición trasciende a la defunción de los alféreces, motivo por el cual cada grupo va a realizar cada día una “batida de banderas” frente al viejo cementerio en honor de los ya fallecidos. De este modo operan como personas morales que contraen obligaciones por el grupo en su conjunto.

En el terreno de las instituciones económicas, los alféreces están a cargo de las comidas y organización del altar familiar en el día de la guarda. Los costos se financian previamente por un grupo reducido, pueden recuperarse a posterior dentro de un círculo acotado de parientes, vecinos y/o amigos. Reproduciendo el ejemplo de la Candelaria, los hombres comunes se esfuerzan por ofrecer su dádiva desde su condición de humildad. Este acto es el que se espera de cada uno de los participantes en distintos momentos de la fiesta (en la misa, en los almuerzos, en la meriendas, en los concursos culinarios, en la doma, en el bingo). En este sentido, la ofrenda en dinero, en productos y/o en servicios se inscribe en el sentido más clásico del sistema de dones: bajo una aparente voluntad que encierra obligación y que, además, garantiza circulación y redistribución, a través del modo de relacionarse de las personas.

Las Fiestas Patronales dan lugar a la expresión de distintos fenómenos estéticos y morfológicos. Entre ellos, cada grupo de alféreces compite en cada jornada exhibiendo caballos, monturas, estandartes, formación, vestimenta, preparación de la mesa y el altar; entre otros. Cada agrupación responde, además, a un ordenamiento de parientes y familias que se reconocen asociadas a un lugar específico del pueblo o a sus orillas: San Santiago Apóstol (Trasla Loma), Fortín Molinos (Centro), Virgen de la Candelaria (Orilla del pueblo), San Pedro Nolasco (Entre Ríos).

Algunas consideraciones finales

Al comienzo de esta presentación, manifestamos nuestro objetivo en torno a aportar a la comprensión de la articulación entre la religiosidad y la espiritualidad, a través del relevamiento etnográfico de la celebración de las Fiestas Patronales en el pueblo de Molinos. Así, pretendemos aportar evidencia en torno a las Fiestas como un momento privilegiado en el que se ponen de manifiesto la integridad de las instituciones y representaciones propias de esta comunidad y que trascienden los espacios y los tiempos inmediatamente identificados con la celebración.

En primer lugar, la fiesta recupera –a pesar de sus tensiones y la presencia o protagonismo de algunas parcialidades-, el sentido de comunidad. Esta se hace extensiva a la presencia de quienes ya no habitan o nunca habitaron en el pueblo, pero que se vinculan con él por diversas razones. El elemento convocante son las manifestaciones de la espiritualidad, que superan la adscripción de las imágenes veneradas a la institución de la Iglesia y adquieren una expresión fundada en parte en prácticas previas a la evangelización de la región. Estas prácticas dan cuenta de la expresión patrimonial, recuperando la trasmisión intergeneracional recreada en el marco de la cotidianidad de los actores que las protagonizan.

La imagen de la Candelaria, en toda su expresión de espiritualidad y simbolismo, trasciende a los aspectos de la celebración patronal que podrían considerarse relativos o exclusivo del campo de lo sagrado. Desde el momento en que es bajada de su camarín y en las procesiones en las que se funde con los lugares y los hombres “comunes”, sacraliza lo cotidiano u otorga el sentido de lo cotidiano a su esencia sacra. En ese interjuego se refuerzan pautas, acciones, conductas y valores que se asocian íntimamente con la procura de la subsistencia y de la salud. Aunque se evidencian con más fuerza en este momento, acompañarán la vida de los molinistos el resto del año.

Así, espiritualidad, ritual, prosperidad económica, prácticas de cuidado, salud, comunidad e identidad se expresan con intensidad en cada fecha patronal para sostenerse en otros contextos y en otros momentos más allá de la fiesta. Por ello, la misma es una expresión más de un orden social que no disocia entre lo extraordinario y lo cotidiano. En este marco, la celebración aporta a la manifestación de una espiritualidad que se sustenta en el ritual, a la vez que legitima la reciprocidad entre los componentes del universo de valores. Además, la fiesta brinda el escenario en el que los conflictos puedan dirimirse ritualmente, proveyendo un mecanismo para la reducción de tensiones en el ámbito de la vida cotidiana. Así, “la Candelaria” preserva la salud física y espiritual de sus devotos por medio de una fecha del calendario ritual que se sostiene con una gran profundidad temporal y que, pese a las modificaciones sufridas a lo largo del tiempo, se continua reivindicando como un componente de la identidad de los habitantes del Pueblo de Molinos.

Bibliografía

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Notas

1. Más de 1100 habitantes residen en el pueblo homónimo. La localidad cabecera se vincula histórica y geopolíticamente con otros asentamientos rurales o “fincas”, entre las que se encuentran Churkal, Aguadita, Tacuil, Amaicha, Colomé y Gualfín.
2. Declarada Monumento Histórica Nacional en 1942.
3. Una primera versión de este trabajo fue presentado en el Work-shop “La espiritualidad en contexto etnográfico”, organizado por el Laboratorio de Investigaciones en Etnografía Aplicada (LINEA, FCNyM, UNLP) y el Centro Argentino de Etnología Americana (CAEA, CONICET) desarrollado en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP en el mes de mayo de 2017.
4. Código del proyecto 11 N841 (2918-2019). Dirigido por la Dra. Marta Crivos y co-dirigido por la Dra. Carolina Remorin
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