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SASSO DELLA CROCE: MONTAÑA SAGRADA Y RELIGIOSIDAD LADINA EN LAS DOLOMITAS DE VAL BADIA (ALTO ADIGE, ITALIA)
Mitológicas, vol. XXXIII, pp. 35-50, 2018
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


Resumen: El presente trabajo aborda la relación entre el paisaje de alta montaña en el macizo dolomítico conocido como Sasso della Croce (Sas d´ la Cruz) y el patrimonio religioso material e intangible de los pobladores del valle alpino de Badía, quienes tradicionalmente conciben a la montaña de la Santa Cruz como morada de un mítico dragón. Para esta investigación realicé entrevistas informales y observaciones de campo en el hospicio de la Santa Cruz, el Museo Ladino de San Martino y las aldeas montañesas de Badía, Corvara y Colfosco. Visité la iglesia de la Santa Cruz, lugar de peregrinación ladina en las faldas de la montaña sagrada. Además, ascendí a las cimas del Piz Ciaval y Sasso delle Dieci (3062 m), desafiando tramos expuestos de escalada en roca y peligrosos desfiladeros, sin llevar equipamiento de escalada, tan solo imitando el modo en que lo hacen los escaladores lugareños. En las consideraciones del trabajo analizo la mitología ladina vinculada al monte de la Santa Cruz, teniendo en cuenta la vigencia del mito del caballero y el dragón a lo largo del arco alpino y su extensión a ciertas montañas sagradas del mundo vasco. Dicho mito arroja luz sobre las tensiones resultantes de la introducción de prácticas cristianas sobre un substrato de creencias alpinas que muestra claras influencias de Europa del Este. Por último se aborda el proceso de cristianización de este monte, tomando en cuenta la toponimia, su asociación con la figura del Santo de Oies y las prácticas de peregrinaje que tienen lugar en la iglesia de la Santa Cruz, en las faldas de la montaña sacra.

Palabras clave: Montañas, Patrimonios, Cultura Ladina, Mitología, Dolomitas.

Abstract: This paper explores de connection between the landscape of the Dolomites - in particular the so called “Mountain of the Holy Cross” - and the religious heritage (tangible and intangible) of the rural inhabitants in the alpine valley of Badia. Ladino folklore describes this particular mountain as the abode of a mythical dragon. For the purpose of this research I performed informal interviews and I undertook field observations at the Hospice of the Holy Cross, the Ladino Museum in San Martin and the mountain villages of Badía, Corvara and Colfosco. I visited the Chapel of the Holy Cross, which is a place of pilgrimage located on the slopes of the homonym mountain. I ascended to the summits of Piz Ciaval and Sasso delle Dieci (3062 m), rock-climbing on difficult terrain and overcoming exposed sections of blurred trails above sheer precipices. I completed these ascents without using technical equipment, in the ways in which local ladino people traditionally climb in the Dolomites. Ladino mythology around the mountain of the Holy Cross is analyzed in this article, keeping in mind the universality of myth about the knight and the dragon, which is widely spread over the alpine arch and in the Basque mountains of the Pyrenees. This myth exposes social tensions resulting from the imposition of Christian rituals over traditional alpine beliefs with Eastern European influences. Last but not least, I analyze the process of “Christianization” of this massif, taking into consideration its name, the association with the Saint of Oies and the pilgrimages that ladino people undertake towards the church of the Holy Cross, on the slopes of their sacred mountain.

Keywords: Mountains, Heritage, Ladino Cuture, Mythology, Dolomites.

El paisaje cultural de las Dolomitas en Val Badia

Las Dolomitas del noreste de Italia han sido por décadas un importante destino turístico celebrado por belleza de sus paisajes montañosos. El factor natural de la geografía es el que primero atrajo a los visitantes, dando origen a sus reconocidos centros de esquí invernales. Por mucho tiempo, las singularidades del universo cultural de los pueblos ladinos permanecieron virtualmente ignoradas más allá de los confines de la región. Sin embargo, en los últimos años la situación ha cambiado en forma considerable, al punto de que existen numerosos museos orientados a informar acerca de distintos aspectos de la cultura y de la historia de los pobladores de Ladinia.

Un hito para el reconocimiento y puesta en valor del legado cultural de las Dolomitas ha sido la inauguración del Museo Ladino en Val Badia. El establecimiento se encuentra albergado en la pintoresca aldea de San Martino, en el interior del castel de Tor, que domina al poblado. El castillo ha sido cuidadosamente remodelado para albergar exhibiciones museísticas dedicadas íntegramente a la cultura de las poblaciones réticas, ofreciendo una excelente introducción a la historia, la cultura, las artesanías y el turismo en el mundo ladino. Tratándose de un museo inaugurado hace más de una década, resulta admirable la moderna concepción museográfica que permite continuar disfrutando de las exhibiciones como si las mismas acabasen de ser montadas.

En las primeras salas se aborda la historia de la ocupación humana de las Dolomitas, con referencia a los campamentos de caza diseminados en la etapa mesolítica, a la trashumancia pastoril iniciada en el Neolítico, a los lugares de culto emplazados en las colinas durante la Edad del Bronce y a las estrategias empleadas para la romanización de las poblaciones réticas a fines de la Edad del Hierro. Una sala del museo se dedica a explicar la historia del turismo en las Dolomitas, centrándose en los testimonios de los guías alpinos y destacando el papel que cabe a las primeras exploraciones geológicas y paleontológicas que se desarrollaron en estas montañas a fines del siglo XIX.

Otros temas a los que se dedica el museo incluyen la historia, la lengua y la identidad de los ladinos, con especial referencia a sus leyendas y mitología. Particularmente creativa e informativa resulta la muestra multimedia sobre arquitectura vernácula, en la que entre otros aspectos se explica la localización de los masos en las vertientes dolomíticas en respuesta al riesgo de avalanchas. La stua - la sala calefaccionada y con paredes revestidas en madera que constituye el centro de la vida doméstica - se convierte en un elemento arquitectónico fundamental en el paisaje de las Dolomitas.

Al igual que en tantos rincones de los Alpes, las actividades productivas típicas de Ladinia incluyen el arado, la siembra, la preparación del heno, el horneado del pan y la elaboración de productos lácteos. Resultan de particular interés las colecciones de muñecas y muñecos de madera pintada, acompañadas de explicaciones acerca de cómo las mismas eran transportadas a pie, a través de los Alpes. El visitante no puede dejar de ponderar el esfuerzo y la valentía de los comerciantes itinerantes, quienes con sus mochilas de madera cargadas de mercadería, desafiaron las montañas dolomíticas mucho antes que se atrevieran a hacerlo los alpinistas modernos.

La siguiente sección de este artículo describe en tono vivencial mi experiencia de ascensión a las alturas del Sasso della Croce, desde la iglesia de la Cruz hasta la cumbre Ciaval y el Sasso delle Dieci, superando escalofriantes desfiladeros sobre la ladera más abrupta de la montaña y tramos verticales de escalada en roca, a la usanza tradicional de los montañistas ladinos. Dichas actividades fueron desarrolladas siguiendo recomendaciones recibidas en mis conversaciones con pobladores de la zona, para quienes los espacios de alta montaña en las alturas del Sas Dla Crusc revisten de notoria sacralidad. En la segunda parte de este trabajo se analiza la mitología ladina vinculada a esta montaña, teniendo en cuenta la vigencia del mito del caballero y el dragón a lo largo del arco alpino y su incorporación a ciertas montañas sagradas del mundo vasco. Por último se analiza el proceso de cristianización de la montaña teniendo en cuenta la toponimia, la asociación con la figura del Santo de Oies y las prácticas de peregrinaje que tienen lugar en la iglesia de la Santa Cruz, en las faldas de la montaña sacra.

Ascenso al Monte de la Santa Cruz

Alcanzando los tres mil metros sobre el nivel del mar, el Sasso della Croce es una de las montañas más imponentes y enigmáticas de las Dolomitas. En las faldas del Sas Dla Crusc (su nombre ladino) se yergue una iglesia dedicada a la Santa Cruz que, desde hace medio milenio es meta de peregrinaje para devotos procedentes de diversos poblados de Val Badía. Las paredes verticales de roca desnuda que constituyen el telón de fondo del templo son meca para escaladores lugareños y para montañistas venidos de distintos rincones de los Alpes.

Al igual que en los macizos dolomíticos de Scilliar y Catinaccio, en la montaña de la Santa Cruz es posible admirar en toda su magnitud el fenómeno del enrojecimiento de las paredes con la luz de los últimos rayos del sol poniente. Una sinfonía de rojos, rosas, ocres, dorados, índigos y violetas que queda impresa para siempre en la memoria, especialmente si se la goza en una tarde de otoño bajo un cielo azul sin ninguna nube. Los ladinos acuñaron para describir esta maravilla el concepto de enrosadira. Los pobladores de las aldeas de San Cassiano y La Villa tienen el privilegio admirar este espectáculo con la mayor cercanía y en forma casi cotidiana (Figura 1).

La inconfundible imagen del Saso de la Cruz ha sido seleccionada para la tapa del libro “Dolomiti: Patrimonio Mondiale UNESCO” (Micheletti, 2010). El famoso alpinista Reinhold Messner, nativo de la vecina Val de Funes, cuenta al Sasso della Croce entre las montañas más sagradas de los Alpes (Messner, 2014: 316). En sus libros dedica extensos párrafos a describir las dificultades que conlleva su ascenso por las vías de mayor exigencia (véase Messner, 1991).


Figura 1
El monte Sasso della Croce en las Dolomitas de Val Badia (© María Constanza Ceruti)


Figura 2
Peligroso desfiladero que funciona como sendero (© María Constanza Ceruti)

Encaré el ascenso del Sasso della Croce desde el refugio alpino junto a la iglesia de la Cruz, por la misma

El macizo referido globalmente como Sasso della Croce tiene dos cumbres, separadas entre sí por un sendero que bordea un peligroso abismo. La llamada Piz de Ciaval, Sas Dla Crusc o Kreuzkofel es una cumbre relativamente accesible que alcanza una altitud de 2907 metros sobre el nivel del mar y que se yergue casi mil quinientos metros por encima de la localidad de Badía. Su ascensión no reviste dificultades técnicas, especialmente si se la encara por la vertiente que asciende desde el altiplano de Fanes.

La cumbre principal alcanza una altitud de 3062 metros sobre el nivel del mar y culmina en un promontorio rocoso sumamente abrupto y expuesto. Recibe el nombre de Sas Dles Diesc, Heiligkreuzkofel o Sasso delle Dieci. Su ascensión reviste de ciertos riesgos, especialmente si se opta por encarar el tramo final sin equipamiento técnico de escalada, ya que se trata de una breve vía ferrata sobre un promontorio rocoso muy abrupto y expuesto. El ascenso inicial por la vertiente que cae a pico hacia el valle de Badía también ofrece dificultades, especialmente para quienes no están familiarizados con la verticalidad de los precipicios sobre los que se trazan muchos de los senderos dolomíticos.

Encaré el ascenso del Sasso della Croce desde el refugio alpino junto a la iglesia de la Cruz, por la misma vertiente casi vertical que utilizan los escaladores en roca, pero siguiendo un sendero que estimé más asequible. Si bien la senda gana altura suavemente mientras faldea la ladera, asciende abruptamente en otros tramos, resultando en partes muy ríspida y expuesta.

Se trata de un sendero parcialmente attrezzato cuyo grado de exposición es tal que hace recomendable llevar equipamiento para vías ferratas; es decir casco, arnés y cuerdas. Yo no tenía ninguna “attrezzatura” más allá de mis pantalones y un buzo de polar. Sin embargo, ya había dejado atrás a los otros tres escaladores que habían partido conmigo desde el refugio en la mañana y que cargaban en sus mochilas pesados elementos técnicos de los que yo prescindiría. Dicho sea de paso, al avanzar la jornada advertí que ninguno de aquellos escaladores llegó a pisar la cima. Debieron volver al refugio, asustados quizás por las precarias condiciones del terreno. No era para menos. La erosión pluvial reciente y los deslaves de terreno o franas habían afectado significativamente a las laderas de la montaña en los últimos meses.


Figura 3
La cumbre del Sasso delle Dieci desde el Piz Ciaval (© María Constanza Ceruti)

Recuerdo que en un tramo particularmente delicado, al maniobrar con mi mochila intentando escalar un promontorio rocoso, sentí caer la botella plástica de coca cola que llevaba como único alimento y bebida para la jornada. La seguí con la vista mientras rodaba cuesta abajo por el empinadísimo precipicio y no pude evitar un escalofrío. Tras el shock inicial quedó solo la vergüenza que me generaba el hecho de que el envase permaneciera como un desecho plástico en medio de la pureza de aquel espacio. La falta de líquido y de nutrientes durante el ascenso no me preocupaba demasiado, por el momento.

Suficientemente atemorizada por la visión de la botella despeñada, comencé a mirar el terreno con mayor recelo. Describir la ruta como un “sendero” me parecía poco adecuado, si apenas cabían los pies en un espacio ínfimo entre dos paredes abismales: hacia arriba se extendía un muro absolutamente vertical de roca y hacia abajo, una pared apenas menos empinada, pero igualmente peligrosa (Figura 2). Para peor, la erosión ocasionada por las precipitaciones incesantes de aquel verano – el más lluvioso de los últimos treinta años según repetían mis interlocutores ladinos – había depositado grava y pedregullo que acrecentaban el riesgo de resbalar en una superficie rocosa en la que por momentos era casi imposible mantener el equilibrio. Una caída en esas circunstancias hubiera sido fatal (la memoria oral de los ladinos mantiene el recuerdo de varias personas fallecidas al recorrer este camino).

Estando a punto de tomar la decisión de regresar, advertí que me alcanzaba caminando a paso seguro un joven de unos treinta y cinco años, de cabellos rubios, corpulento, vestido muy sencillamente. Entendí que debía ser un lugareño y recordé la frase aquella que dice que “los hijos de los Alpes caminan sin temor junto al abismo”. Cuando me pasó, casi sin detenerse, pensé que sería oportuno seguirlo (para lo cual tuve que dejar de lado las dudas y enfocarme en acelerar la marcha). En tramos menos expuestos de la ruta advertí apilamientos de piedra que servían para orientación y demarcación. En grietas naturales y nichos rocosos descubrí alguna que otra pequeña placa de metal o fotografía, destinada a recordar la memoria de un montañista fallecido tiempo atrás.


Figura 4
Escalando el promontorio rocoso de la cumbre principal (© María Constanza Ceruti)


Figura 5
La autora en la cima del Sasso delle Dieci (© María Constanza Ceruti)

Mientras ascendíamos, mantuvimos una afable conversación en italiano con el joven escalador, oriundo de la aldea de Oies, a los pies de la montaña de la Santa Cruz. En tan buena compañía, me resultó relativamente fácil alcanzar el portezuelo y seguir el sendero que bordeaba el precipicio en dirección a la primera de las cumbres. Nos detuvimos unos instantes en un balcón natural sobre el vacío, porque ofrecía una vista maravillosa de toda la Val Badía. Estábamos en la cúspide de Pilatus, el pilar central de roca vertical que se eleva por encima de la iglesia de la Santa Cruz y culmina en un distintivo promontorio. Fue escalado por Reinhold Messner y su hermano Gunther en 1968 (véase Messner, 1991). Aún hoy los escaladores en roca necesitan tiempo, equipamiento y mucho coraje para atreverse a repetir estas vías. Un trío de rocciatori había partido esta mañana para recorrer una ruta cercana. Al pasar junto al precipicio no pude evitar asomarme para tratar de avistarlos. Afortunadamente no siento mayor temor cuando el abismo se abre estando en un entorno natural donde la roca sea firme.

En tan solo dos horas y media desde el comienzo de la ascensión alcanzamos la cumbre Ciaval del Sasso della Croce. Dejamos los nombres escritos en el libro y tomamos alguna fotografía; pero no nos entretuvimos demasiado porque ambicionábamos continuar hacia la cima principal y debíamos escalarla cuanto antes (Figura 3). Las nubes comenzaban a rodear las alturas de la montaña, cual humo que surge de las fauces de un dragón… Si el tiempo llegaba a descomponerse había que preocuparse del riesgo de una tormenta eléctrica. Mi circunstancial compañero temía al fulmine tanto como yo. Como la mayoría de los pobladores alpinos, contaba entre sus amigos a escaladores que habían perdido la vida a causa del rayo.

El Sasso delle Dieci nos esperaba como un diente de roca de formas abruptas y verticales que emergía del cuerpo del macizo. Al fondo se divisaba el altiplano de Fanes y el Lago Verde, adonde había estado caminando la tarde anterior. De algún modo añoraba la paz de aquella caminata, en la que nada podía salir mal y no había nada que temer. La cumbre principal de esta montaña seguía seduciéndome con sus formas surrealistas, pero junto al deseo agigantado por la proximidad, crecían también la incertidumbre y el miedo (Figura 4).

Cuando finalmente detuve la marcha al pie del promontorio de la cima, procuré no pensar en los abismos que se abrían a ambos lados. Respiré hondo y comencé a escalar, seguida de cerca por el oportuno compañero ladino, quien para entonces oficiaba abiertamente de ángel custodio. Al comenzar la acción desapareció el temor y tras los primeros pasos, la escalada fluyó con una naturalidad asombrosa. Pensé en que había domado al mítico dragón de la montaña cuando finalmente alcancé el pie de la cruz que señala la cima del Sasso delle Dieci, agradeciendo profundamente en el corazón por aquel momento (Figura 5).

El descenso no presentó dificultades, pese a la lluvia y la granizada que se descargaron sobre nosotros por momentos. Inclusive tuvimos oportunidad de relocalizar la perdida botella de coca cola y rescatarla del precipicio. Increíblemente, no estaba siquiera dañada, así que pude finalmente beber y recuperar algunas fuerzas.

Aquel día en las cumbres del Sasso della Croce entendí la pasión visceral que sienten algunos escaladores ladinos y porqué arriesgan la vida en esta actividad. Y comprendí cabalmente el poder que tienen las Dolomitas sobre nuestras almas. El gozo adictivo que surge del contacto de las manos con la roca desnuda y la fascinación que conlleva danzar sobre una pared vertical sin nada que nos limite, excepto nuestra prudencia. Experimenté, aunque en reducida escala, la maravilla de ser un mortal que vive una aventura divina, suspendida entre el temor y la audacia… entre el cielo y la tierra.


Figura 6
Un dragon avistado en un jardin de Val Badía (© María Constanza Ceruti)

El Monte del Dragón y la cristianización del paisaje dolomítico

En la antigüedad los pobladores de Val Badía creían que en una caverna del Sas Dla Crusc vivía un dragón capaz de devorar a los humanos y a su ganado. Los campesinos vivían aterrorizados y comenzaban a abandonar las pasturas a los pies de la montaña. Un valiente guerrero que residía en el castillo de Brach en Marebbe decidió liberar al valle del flagelo del dragón. Alistó su caballo con una montura de San Jorge y buscó a la bestia en su cueva. Cuando el dragón emergió de su guarida logró darle muerte asestándole una flecha en el corazón. El cuerpo del dragón cayó rodando en una canaleta rocosa y se dice que años después, un campesino de la región logró identificar su esqueleto (Miribung, 2014: 8-11).

Aún hoy en día los pobladores ladinos vinculan al Sasso della Croce - montaña sagrada del centro del valle de Badía - con la figura de un mítico dragón (Figura 6). Es posible que en tiempos antiguos el Sas Dla Crusc fuese lugar de culto, donde inclusive llegaran a practicarse sacrificios humanos. Las leyendas de dragones en las montañas alpinas y pirenaicas suelen mantener en la memoria colectiva el recuerdo de ancestrales ritos sacrificiales efectuados en el marco de una religiosidad de sustrato celta. Por otra parte, el mero hecho de que el macizo lleve el nombre de la Santa Cruz revela la importancia que tuvo para los lugareños la “cristianización” de esta montaña.

Los orígenes de la cristianización del Sasso della Croce se remontan al conde Ottwin de Lurngau, quien optó por recluirse en la montaña para seguir una vida eremítica. Su hijo Volkhold también supo detenerse al pie del monte de la Santa Cruz para meditar sobre la pasión y muerte de Cristo. Se dice que durante la construcción de la iglesia los carpinteros del vecino paraje de San Leonardo se cortaban reiteradamente las manos al confeccionar sus tallas y que las vendas ensangrentadas eran transportadas por palomas hasta el pie de la pared rocosa, dando cuenta de la coloración rojiza que la misma adquiría en el tramonto.

En mi caminata por el altiplano de Fanes pude advertir la inusual apariencia que presenta el Sasso della Croce al ser visto desde esta perspectiva, diferente a la que se obtiene desde el fondo del valle de Badía. El perfil de la montaña adquiere una morfología que podría caracterizarse como draconiana. La textura de la roca, con notables pliegues elevados por la orogenia alpina, imprime al terreno la apariencia de “escamas”. Predominan los colores claros - grises y blancos - que contrastan con las tonalidades ocres de las restantes montañas; de allí quizás la analogía con un antiguo esqueleto gigantesco que pudiera ser observado por un campesino, o con la piel escamosa de un dragón.

El caballero que da muerte al dragón en la mitología ladina es referido como Gran Bracun y se dice que vive en el castillo de Brach, en Marebbe (ciertas fuentes lo identifican con Francesch Willhelm de Brach, personaje histórico al que la memoria oral describe como un “Cruzado”). También he escuchado a mis interlocutores referirse a él como “Brach Dracun” y afirmar que venía del oriente. La superposición simbólica entre el caballero Gran Bracun y San Jorge queda subrayada en el pasaje de la leyenda que especifica las características de la silla de montar seleccionada para enfrentar al dragón.

En este sentido, es interesante señalar con fines comparativos, la vinculación con San Jorge y con el perfil de un “Cruzado” que se realiza en el folclore de Val di Susa, en relación a la figura de Bonifacio Roero o Rotario, personaje histórico que efectuó en 1358 la primera ascensión históricamente documentada a una cumbre de alta montaña alpina con fines religiosos (véase Ceruti, 2017b). En aquella oportunidad, Bonifacio llevó a la cima del monte Rocciamelone un tríptico de la Virgen María, que tenía en su reverso una representación de San Jorge. En el Medioevo, Rocciamelone era considerado un monte temible por su climatología, al que había que ascender con el fin de “cristianizarlo”, tal como lo hiciera Bonifacio Rotario, atendiendo al pedido de los frailes de la abadía de Novalesa, situada a los pies de la montaña. El temor que ciertos montes alpinos suscitaban entre los lugareños era potenciado por las creencias populares en dragones mitológicos (a los que se atribuían la climatología extrema, los incendios forestales y demás calamidades). De allí la necesidad de invocar la ayuda del patrono San Jorge en la ascensión, para “vencer al dragón” y “cristianizar a la montaña”.

La mitología que vincula a picos sagrados con dragones es compartida por diversos pueblos que habitan en las montañas de Europa. Ciertamente, las leyendas de dragones en cuevas montañosas abundan en el folclore rural de otras partes del macizo alpino. Por ejemplo, a orillas del lago suizo de Thunersee y con vista a los Alpes de Jungfrau, visité una cueva convertida en lugar de peregrinación, adonde la tradición ubica el encuentro del santo Beatus con un dragón.

La presencia de dragones mitológicos en los Pirineos ha sido atribuida a influencias de los peregrinos jacobeos procedentes de los Alpes, cuando ingresaban a la península ibérica en su camino a Santiago de Compostela (véase Ceruti, 2015e). El folclore pirenaico también enfatiza el vínculo entre montañas, doncellas, dragones y caballeros. Ciertamente resultan semejantes los temas y argumentos presentados en los relatos de caballeros que enfrentan a dragones devoradores de humanos en la mitología de los vascos (véase Ceruti, 2011 y 2015d). Una leyenda vasca refiere que en la sierra de Aralar moraba un dragón al que periódicamente se le ofrendaba una doncella en sacrificio. Se advierte que entre los vascos se hace más clara referencia a sacrificios de doncellas, ofrecidas al dragón a fin de saciar preventivamente su voraz apetito por los humanos. Asimismo, en el relato vasco aparecen más claramente reforzados los vínculos entre la montaña y el dragón, puesto que uno de los principales picos en cuestión recibe el nombre de Mondragón (Ceruti, 2015d: 58-59). Se dice que en este temible monte los moradores del valle lograron vencer al monstruo reemplazando la doncella sacrificial por una muñeca de cera con una afilada lanza en su interior (Ortiz-Osés y Garagalza, 2006: 223). En otras regiones del país vasco es la propia doncella la que logra vencer al dragón; o es reemplazada en su lugar por el caballero cristiano Teodosio de Goñi (Ortiz-Osés y Garagalza, 2006: 169-171). Hay que tener en mente que los sacrificios humanos formaban una parte sustancial de la antigua tradición religiosa celta.

La Iglesia de la Santa Cruz, el Santo de Oies y el peregrinaje a la Montaña Sagrada

La iglesia y hospicio de “la Santa Cruz” se encuentran ubicados a 2045 metros sobre el nivel del mar, sobre las faldas de la montaña homónima y directamente debajo de las paredes verticales del Sasso della Croce (Figura 7). El edificio del hospicio data del siglo XVII y ha funcionado tradicionalmente como albergue para peregrinos. Actualmente, en el llamado refugio de la Santa Cruz, pernoctan también los alpinistas que se aprestan para ascender la montaña por sus vías de escalada en roca.

El templo de la Santa Cruz fue construido hace más de quinientos años y consagrado en 1484 por el obispo de Brixen. Tras ser temporalmente clausurado por un emperador austríaco hijo de María Teresa, fue reabierto en al año 1839. La iglesia estaba originalmente consagrada a la Virgen y a la Santísima Trinidad, antes de ser finalmente dedicada a la Santa Cruz. El campanario adyacente se remonta al siglo XVII AD.

La iglesia de la Santa Cruz es meta de peregrinajes anuales y bianuales que organizan los pobladores de las vecinas aldeas de Badía, Corvara y San Cassiano. Dichas procesiones, encabezadas usualmente por el párroco local, son integradas por mujeres ataviadas con trajes típicos ladinos y acompañadas por numerosos miembros de la comunidad. Conservan en nuestros días vestigios de la antigua tradición ladina de las rogativas, que se realizaban periódicamente para el apaciguamiento preventivo de catástrofes naturales.

En todo el arco alpino encontramos santuarios católicos que funcionan como centros de peregrinaje (Ceruti, 2016b). Notre Dame de Guerison, en las inmediaciones de Courmayeur, está situado en la base del Monte Blanco y constituye el más importante centro de peregrinaje en el valle de Aosta (Ceruti, 2015a). En los Alpes franco-italianos, imágenes de la Virgen María coronan las cimas de montes como el Zerbion (Ceruti, 2015b), el Gran Paradiso (Ceruti, 2017a) y la cumbre Zumstein del Monte Rosa (Ceruti, 2016a).

La tradición de peregrinar hacia altas montañas aparece asociada a diversos sistemas montañosos del mundo (véase Bernbaum, 1990 y Ceruti, 2014). En los Andes sudamericanos, se cultiva también en montes del sur de Perú y norte de Argentina (Ceruti, 2013). Centenares de peregrinos superan la cota de los 4700 metros de altitud durante su ascenso a los glaciares de la cordillera de Vilcanota para la festividad del Señor de la Estrella de la Nieve o Qoyllur Ritti en Perú (Ceruti, 2007). En la Quebrada de Humahuaca, en el norte de Argentina, he estudiado multitudinarias peregrinaciones tradicionales hacia los santuarios de Punta Corral y del Abra de Punta Corral, situados entre 3600 y 4000 metros de altitud respectivamente (Ceruti, 2010). Con una concurrencia de menos de cien personas, la procesión para honrar a la Virgen en la cima del cerro Sixilera involucra una ascensión a un abrupto monte de casi 5000 metros sobre el nivel del mar (Ceruti, 2015c).

De regreso a los Alpes, advertimos que a los pies del Sasso della Croce se extiende la villa ladina de Oies, caracterizada por sus antiguos masos agrupados sobre las faldas bajas de la montaña. La aldea de Oies alberga la casa natal de Joseph Freinademetz (1852- 1908) quien fuera misionero católico en China. Su vida estuvo dedicada a reforzar los lazos espirituales con el mundo de Oriente. Su muerte, ocurrida como consecuencia de la fiebre tifoidea, le valió el mote de “mártir de Badía”.

Joseph fue canonizado como santo de la Iglesia Católica por el Papa Juan Pablo II en el año 2003. La imagen Freinademetz se encuentra en numerosos altares en las iglesias de las Dolomitas, ya sea en fotografías antiguas o en imágenes esculpidas que lo representan vestido a la usanza oriental y rodeado de ancianos chinos. Su casa natal en Oies se ha convertido en lugar de peregrinaje y también forma parte de los circuitos turísticos trazados para descubrir caminando, el patrimonio cultural de esta parte de Ladinia.

Gracias a las procesiones periódicas que conducen a los peregrinos hasta la iglesia de la Santa Cruz, y gracias a los ecos que siguieron a la canonización del santo de Oies, se puede decir que en nuestros días continúa activamente el proceso de “cristianización” de la montaña del dragón. Su magia y su magnetismo siguen intactos.


Figura 7
Iglesia de la Santa Cruz al pie de la montaña sagrada (© María Constanza Ceruti)

Bibliografía

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Ceruti, M. C. 2007 Qoyllur Riti: Etnografía de un peregrinaje ritual de raíz incaica por las altas montañas del sur de Perú. Scripta Ethnologica XXIX: 9-35.

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