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La prensa clandestina ante la violencia fascista en El Salvador. El caso de Prensa Comunista (1975-1978)
The Clandestine Press in the Face of Fascist Violence in El Salvador: The Case of Prensa Comunista (1975-1978)
Anuario de Estudios Centroamericanos, vol. 50, pp. 1-26, 2024
Universidad de Costa Rica

Dossier

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Recepción: 01 Agosto 2024

Aprobación: 18 Noviembre 2024

DOI: https://doi.org/10.15517/gn58zv98

Resumen: En el contexto de la escalada de violencia estatal en la década de los setenta, surgieron en El Salvador organizaciones insurgentes con órganos de propaganda y contrapropaganda. Este artículo se enmarca en dicho proceso, de manera que analiza el rol de la prensa clandestina en la caracterización de la dictadura militar desde una categoría preponderante: el fascismo. A través de fuentes documentales de la prensa clandestina insurgente, se examinan los diferentes usos y debates en torno a la categoría “fascismo”. Se estudia en particular el contenido de Prensa Comunista, publicación clandestina del Ejército Revolucionario del Pueblo entre 1975 y 1978.

Palabras clave: fascismo, insurgencia, prensa clandestina, violencia estatal, El Salvador.

Abstract: In the context of the escalation of state violence in the 1970s, insurgent organizations with organs of propaganda and counterpropaganda emerged in El Salvador. This article situates itself within this process, analyzing the role of clandestine press in characterizing the military dictatorship using a predominant category: fascism. Through documentary sources from the insurgent clandestine press, the different uses and debates surrounding the category of "fascism" are examined. In particular, the content of Prensa Comunista, the clandestine publication of the Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) between 1975 and 1978, is analyzed.

Keywords: fascism, insurgency, clandestine press, state violence, El Salvador.

Introducción

Durante la década de los años setenta del siglo XX, la prensa clandestina salvadoreña constituyó un rico repositorio de identidades y debates ideológicos en torno a diversos tópicos del mundo militante. En particular, destaca el uso del “fascismo” no como calificativo ante el adversario político, sino como categoría analítica para la descripción de la dictadura militar y su escalada de violencia. Así pues, este artículo pretende explorar cómo la prensa clandestina conformó identidades y articuló demandas de las organizaciones insurgentes, particularmente desde los diversos modos de interpretar el fascismo.

Tomando como corpus de análisis los números de Prensa Comunista, publicación clandestina del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de 1975 a 1978, este trabajo ofrece un análisis de contenido guiado por la identificación del uso de la categoría “fascismo”. Como hipótesis de trabajo se plantea que “fascismo” no es empleado como un adjetivo para descalificar a los adversarios políticos, sino como una categoría analítica para describir a la dictadura militar de la época. El contenido de los números de la publicación clandestina se analizó por medio de una codificación humana en el software ATLAS.ti versión 25; mientras que la organización de las citas en las que a juicio del investigador son los tres ejes teóricos emergentes: 1) distinción entre “fascista” y “fascistoide”, 2) descripción del proceso histórico de “fascistización” y 3) presentación del proyecto revolucionario como respuesta a la escalada de violencia fascista en los años setenta.

En un primer subapartado del artículo se reseñan los hechos más significativos del contexto de la violencia estatal bajo el régimen militar autoritario en el país. Se incluye aquí la conformación de las Organizaciones Político-Militares (OPM) que surgieron en resistencia a dicha violencia; con énfasis en la caracterización del ERP. Dentro del repertorio insurgente ante la violencia fascista destaca el papel de la prensa clandestina. Así, en el segundo apartado del artículo se discute teóricamente el rol de la prensa clandestina antifascista como estrategia de contrapropaganda insurgente.

En el tercer apartado, a partir de documentos consultados en el Centro de Información, Documentación y Apoyo a la Investigación (CIDAI) de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), se identifican los usos de la categoría “fascismo” en OPM que produjeron documentos clandestinos para su propia militancia y para las masas. En el cuarto subapartado se profundiza en los resultados análisis de contenido de Prensa Comunista.

El Salvador bajo la violencia estatal en la década del setenta

En la década de los años setenta del siglo XX, El Salvador vivió un proceso de intensa movilización social y política, con la conformación de frentes de masas, Organizaciones Político-Militares (OPM) y la sistemática represión como respuesta violenta del Estado dominado por el autoritarismo militar. Particularmente el período de 1972 a 1979 ha sido identificado como el de la conformación de los bandos en disputa que entrarían en abierta confrontación armada en la década siguiente. La literatura sobre el período, postula Molinari (2024), lo ha concebido como “antesala” de la guerra civil, o bien de la transición democrática (Molinari, 2024).

En esa década, la alternancia en el poder político no era democrática. La vía de acceso al poder era, ora el fraude electoral, ora el golpe de Estado. Por la vía del fraude electoral, el oficialista Partido de Conciliación Nacional (PNC) se impuso sobre la Unión Nacional Opositora (UNO) en 1972 y 1977. Se impuso primero al coronel Armando A. Molina y después al general Carlos Humberto Romero, ante las candidaturas opositoras de Napoleón Duarte y Ernesto Claramout respectivamente. Estos fraudes electorales cerraron las posibilidades de transformación pacífica (Hernández-Pico et al., 1973; Grenni, 2014).

Por la vía golpista, se intentó infructuosamente derrocar al general Sánchez el 25 de marzo de 1972. Sería hasta siete años después, el 15 de octubre de 1979, que la denominada Juventud Militar Democrática derrocaría al general Carlos Romero, a fin de instaurar una Junta cívico-militar que condensó una serie de demandas de transformación de un Estado agroexportador oligárquico ya en crisis (El País, 16 de octubre de 1979; Whitehead et al., 2005, p. 12).

El golpe del 79 pretendía apaciguar la oposición popular mediante reformas distributivas y políticas (Stanley, 1996, p. 5; Vázquez, 1997, p. 213), tales como un nuevo intento de reforma agraria y la nacionalización de la banca. La primera Junta civil-militar, donde no se sumaron las Organizaciones Político-Militares (OPM) (Zinecker, 2017), determinó la disolución de la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN) (Sprenkels y Melara, 2017, p. 96; Sprenkels, 2018, pp. 13-19), pero sus bases paramilitares pasarían a lo que sería la contrainsurgente Defensa Civil (Vázquez, 1997, p. 209; Costa, 1999, p. 40). Los civiles de la primera Junta revolucionaria (Guillermo Ungo del MNR y Ramón Mayorga de la UCA) la abandonaron en enero de 1980. A partir de entonces, el poder recayó en la alianza entre los militares y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), quienes reivindicaron un programa reformista contrainsurgente (Medina, 1990, p. 51; Córdova y Benítez, [1990] 2003, p. 519).

La década de los setenta se caracterizó por el surgimiento de las OPM y frentes de masas como respuesta a las condiciones de violencia de Estado, autoritarismo y desigualdad. La primera OPM fundada en esa década nació como escisión del Partido Comunista Salvadoreño (PCS) en abril del setenta: las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) estaba activo desde aquel año, pero se constituyó formalmente en marzo de 1972 (Sprenkels, 2018, p. 1016).1Las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN) se formaron en 1975 como una escisión del ERP, inconformes con la ejecución de Roque Dalton ocurrida en mayo de ese año. El Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC), la más pequeña de las OPM, se constituyó en 1976. Hasta 1979 se formaría el brazo armado del Partido Comunista Salvadoreño: las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL).

Cada OPM se vinculó con frentes de masas. En 1975, la Resistencia Nacional se vinculó con el Frente de Acción Popular Unificada (FAPU) que se había conformado un año antes con la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños (FENASTRAS) y otras importantes organizaciones.2 También en el 75, las FPL se vincularon con el Bloque Popular Revolucionario (BPR), que integraba a la Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños 21 de Junio (ANDES) y a la Federación de Trabajadores del Campos (FTC).3 Dos años después, el ERP se vincularía con las Ligas Populares 28 de febrero (LP-28)4 (González, 1999, p. 49; Sprenkels y Melara, 2017, p. 92). El PRTC se articuló con el Movimiento de Liberación Popular (MLP) que sería fundado en 1979. Se estimaba, en septiembre de 1979, que el BPR tendría entre 60 000 y 80 000 integrantes, FAPU entre 8000 y 15 000 y las Ligas Populares 28 de Febrero 5000 (Ellacuría, 1991b, p. 735). En contraste, entre “reservistas del ejército, sicarios y verdugos”, en 1979 sumaban ochenta mil los efectivos de las fuerzas contrainsurgentes (Flores, 1979, p. 82).

Con la vía electoral vedada y las OPM en proceso de consolidación, el régimen militar intensificó la represión durante los años setenta (Ellacuría, 1991a, p. 356; Stanley, 1996, p. 1). De acuerdo con un seguimiento de prensa realizado por López Vallecillos (1979, p. 871), mientras en el gobierno de Molina (1972-1977) se registraron 37 asesinatos por motivos políticos, bajo los dos años del gobierno de Romero (1977-1979) fueron 461; 113 personas fueron detenidas por motivos políticos bajo el gobierno de Molina, mientras bajo el de Romero fueron 477; comparando los mismos períodos, los detenidos-desaparecidos pasaron de 69 a 131. Tan solo en octubre y noviembre de 1979, bajo la Junta de Gobierno que sustituyó al depuesto Romero, se registraron 87 asesinatos por motivos políticos, 27 capturas y 3 detenidos-desaparecidos (López, 1979, p. 883).

En los años setenta el Estado salvadoreño consolidó un aparato contrainsurgente; por ejemplo, con la creación de la Sección de Operaciones Especiales de la Policía Nacional (Von Santos, 2015, p. 301) y el control de grupos paramilitares como las Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista de Guerras de Eliminación (FALANGE) y la Unión Guerra Blanca (UGB) (Sprenkels y Melara, 2017, p. 91). Para 1978 las fuerzas de seguridad y los escuadrones de la muerte asesinaban un promedio de 57 personas mensualmente (Desilets-Bixler, 2002, p. 28).

La represión fue cubierta de “legalidad” cuando en 1977 se decretó la Ley de Defensa y Garantía del Orden Público, con lo cual se promulgaba un estado de excepción que permitía a las autoridades controlar, reprimir y capturar a cualquiera que fuese considerado como "opositor” (Sprenkels y Melara, 2017, p. 93). Dicha Ley sería derogada dos años después por presión de la administración estadounidense de Jimmy Carter. Sin embargo, bajo su vigencia, sirvió como uno más de los instrumentos represivos en el repertorio del régimen autoritario salvadoreño en contra no solo de actores armados, sino también de “enemigos” del régimen en esa década: profesores,5 estudiantes,6 trabajadores7y religiosos.8

Prensa antifascista, propaganda y contrapropaganda

En lo que Jowett y O´Donell (2012, p. 2) califican como su “sentido más neutral”, la propaganda es la diseminación o promoción de ideas particulares; para Edward Bernays ([1928] 2008) esta hace uso de la manipulación para moldear mentes, diseminando ideas a gran escala para influir en la opinión pública. Con el fin de seducir y movilizar a la audiencia, la propaganda explota emociones y sentimientos ya existentes en los receptores. La propaganda busca, deliberadamente, influir en las creencias y actitudes de la audiencia, manipulando sus cogniciones para lograr un comportamiento deseado por el emisor (Walton, 2013). La propaganda, entonces, puede cambiar creencias incluso con la complacencia del receptor, quien puede tener la necesidad psicológica de recibir y aceptar la influencia (Ellul, 1965, p. xi). La propaganda es tan necesaria para un Estado que difunde su proyecto ideológico como para el receptor que busca resonancia de sus propias ideas (Ellul, 1965, p. 121).

Los gobiernos emplean la propaganda para controlar el pensamiento y la conducta. En términos de Pineda (2008, p. 206), la propaganda es “un fenómeno comunicativo de naturaleza ideológica cuyo fin es conseguir, mantener o reforzar una posición de poder sobre el receptor, de forma que se satisfagan los fines ulteriores de poder político (en un sentido amplio) del emisor”.

En el fascismo, según la interpretación de Adorno ([1967] 2020, p. 12) la propaganda es la “sustancia misma de la política”, pues los medios sustituyen a los fines. El lenguaje y la mentira son ejes sustantivos del propagandismo fascista. “La propaganda hace del lenguaje un instrumento, una palanca, una máquina” (Adorno y Horkheimer, [1947] 2007, p. 339). Aunque la propaganda llegue a tener contenidos verdaderos o justos, “los conductores y los conducidos se juntan en la comunidad de la mentira” (Adorno y Horkheimer, [1947] 2007, p. 339).

El mismo Adorno ([1967] 2020, p. 23) enfatiza que “la propaganda es sobre todo una técnica de psicología de masas”. Los movimientos fascistas formulan más promesas que teorías. Ofrecen “gratificaciones irracionales” (Adorno, [1943] (2009), p. 10), al emplear recursos emotivos para distraer a las masas de los problemas reales. La propaganda distorsiona, pues, la realidad en beneficio de los intereses del poder en turno; de manera que sirve incluso para justificar atrocidades en el nombre de la Seguridad Nacional, como cuando los medios repiten versiones oficiales de los hechos (Chomsky y Herman, 1973).

La propaganda fascista se fundamenta en la creación de un ambiente de miedo y la exaltación de la identidad nacional, deshumanizando al adversario y justificando acciones en nombre de abstracciones como la unidad y la pureza. Para Adorno y Horkheimer ([1947] 2007, p. 339), dado que dicha propaganda es antihumana, la resistencia ante la misma es ignorarla. Sin embargo, algunos años después, Adorno ([1967] 2020, p. 31) cambiaría de opinión, al pensar en cambio que, para combatir a la propaganda del fascismo, es necesario estar en su mismo campo de batalla: “Pero no hay que oponer mentiras a mentiras, no hay que intentar ser tan artero como él, sino luchar realmente contra él con la fuerza”.

Las medidas para combatir, contrarrestar o desmentir la propaganda adversaria son consideradas contrapropaganda (Pineda, 2008, p. 206). Nicholas J. Cull (2015) concibe a la contrapropaganda como una respuesta a las ideas difundidas por el adversario, en ese sentido, la categoriza en dos tipos: 1) la contrapropaganda táctica que se despliega para contrarrestar mensajes específicos del adversario y 2) la contrapro-paganda estratégica como respuesta a toda la actividad propagandística del adversario.

La prensa clandestina hace referencia a medios de comunicación que operan de forma secreta o no oficial en contextos de represión política. Así pues, la prensa que se enfrenta al fascismo busca incentivar la resistencia ante el totalitarismo, luchando en contra de ideologías opresivas.9 Dentro de las características de la prensa antifascista se pueden mencionar el compromiso político con causas de izquierda, la crítica social, el desarrollo de la conciencia crítica y la interlocución con movimientos antifascistas a nivel internacional.

La prensa clandestina ante la violencia fascista en El Salvador de los años setenta

El estudio de la comunicación de la movilización insurgente implica observar las estructuras organizativas, las estrategias de movilización y las políticas comunicativas de las organizaciones revolucionarias (Cortina, 2018). En el caso de las OPM salvadoreñas, la radio fue un medio de comunicación fundamental durante el conflicto armado. Antes y durante la Guerra Civil, la comunicación insurgente también echó mano de producción audiovisual y estrategias culturales como el teatro popular; las organizaciones armadas incluso crearon agencias informativas.

En la década previa al conflicto armado, la prensa clandestina de las OPM fue fundamental (Cortina, 2012), al lograr desarrollar símbolos y códigos distintivos del proyecto insurgente. La prensa clandestina contribuyó, al interior de las organizaciones, a construir una identidad combatiente. En los años setenta destacaron publicaciones clandestinas como El Rebelde y Estrella Roja de las FPL (Alvarenga, 2013a); El Combatiente y Prensa Comunista del ERP, Por la Cusa Proletaria de la RN y Voz Popular del PCS.

Tres obras son fundamentales en el estado del arte sobre el estudio de la prensa clandestina de los años setenta en El Salvador (Alvarenga, 2016; Cortina, 2017; FLACSO El Salvador, 2011). En 2011, FLACSO El Salvador y la Fundación Manuel Gallardo, publicaron una compilación de prensa clandestina del periodo 1970-1975. Las publicaciones revolucionarias de ese periodo (particularmente del ERP y las FPL) eran antagónicas tanto de las fuerzas contrainsurgentes como de la vía electoral promovida por el PCS.

Luis Alvarenga (2016) analizó las publicaciones de la prensa revolucionaria del período 1970-1979, de manera que identificó posturas divergentes como aquellos debates entre “revisionistas” y “ultraizquierdistas”. Desde la perspectiva de Alvarenga, las publicaciones clandestinas correlacionan las acciones política y comunicativa. En ellas pudo observar un tránsito del sectarismo hacia un discurso unitario, como respuesta sobre todo a dos procesos; por un lado, el triunfo de la Revolución sandinista y, por el otro, el recrudecimiento de la represión a partir del fraude de 1977.

Por su parte, Eudald Cortina (2017) estudió a profundidad la prensa clandestina salvadoreña desde 1970 hasta 1992; abarcó por tanto la formación de las organizaciones insurgentes y todo el desarrollo de la Guerra Civil. Para Cortina, así como la dictadura militar y las organizaciones insurgentes se enfrentaron en el plano militar y político, también lo hicieron en el de la comunicación y la propaganda. En su análisis, las acciones de propaganda armada y las publicaciones clandestinas operaron en conjunto para hacer visibles a las OPM, denunciar las embestidas represivas del régimen autoritario y debatir posiciones político-ideológicas. En el caso de la prensa clandestina, para Cortina, el impacto fue mayor al interior de las OPM, puesto que se configuró un universo militante con identidades colectivas y marcos interpretativos. En la década de los setenta, la prensa clandestina estaba destinada particularmente a públicos ya politizados.

Dentro de la amplitud temática tratada en sus publicaciones clandestinas, las OPM concebían a la escalada represiva de los años setenta como fascista. Las FPL, por ejemplo, calificaban al régimen autoritario salvadoreño como una “tiranía militar fascistoide”.10 En el documento Realidad Nacional: Dictadura Fascista,11 sin fecha, autoría de Roque Dalton,12 el ERP sostuvo:

El gobierno de Molina, instrumento del imperialismo norteamericano y representante del sector dominante de la burguesía local, efectúa una escalada fascista contra el pueblo salvadoreño; que un proceso de fascistización del Estado, de la política y de la vida nacional se desarrolla cada vez más rápida y evidentemente ante nuestros ojos.

Dalton aclara en su texto que no usa el término “escalada fascista” como una etiqueta o un epíteto de agitación, sino como una caracterización del régimen.

En el análisis de Roque Dalton, el sistema imperialista es “la actual base mundial del fascismo”. El fascismo, en la lectura del poeta revolucionario, “es una de las caras de la medalla de la dominación neocolonialista”. Por “proceso de fascistización”, Dalton entiende la combinación indisoluble del fascismo “con el reformismo desarrollista y la demagogia social”. Dalton concibe así dos niveles del fascismo, uno como “estrategia de dominación imperialista” y otro como “política resultante de la estructura de poder en el seno de las clases dominantes locales”. Por “política de fascistización múltiplemente instrumentalizada”, se entiende el despliegue de acciones militares-represivas y la “violencia organizada directa”.

En su documento analítico, Dalton también identifica un “fascismo criollo”, dado un pensamiento fascista ya existente en El Salvador (se ejemplifica con los supuestos rasgos fascistas de la dictadura de Hernández Martínez). Se postulan cinco manifestaciones sobresalientes del llamado “proceso de fascistización” de El Salvador: 1) militarización dependiente del país, con la asesoría de la CIA y el Pentágono, fortaleciendo además a grupos paramilitares como ORDEN; 2) la “consolidación fascistoide del Estado”, con la “hegemonía absolutizante del PCN” y el “perfeccionamiento de la infraestructura represiva” con nuevas cárceles y reformas penales; 3) la acción organizada contra el movimiento de masas con represión directa, divisionismo y guerra psicológica; 4) elevación de la “falsa ideología nacionalista” y de la “ideología anticomunista”; y 5) el control violento de la población, haciendo de las “masas del pueblo” un objetivo militar contrainsurgente.

“¡Cerremos el paso a los fascistas asesinos!” tituló el Partido Comunista Salvadoreño (PCS) un comunicado el 6 de marzo de 1977.13 En él calificó como “grave amenaza del fascismo” a la “sangrienta escalada represiva desarrollada bajo el presente gobierno”. El PCS critica el fracaso del intento reformista del coronel Molina y cómo prefirió “entregar el poder a los fascistas”. El PCS llamaba a ponerle un freno al fascismo, dirigiendo su proclama a “la clase obrera, a todos los trabajadores de la ciudad y el campo, a los estudiantes y demás sectores democráticos y progresistas”.

En sus pronunciamientos a propósito de la conmemoración del primero de mayo de 1977 a 1979, el Partido Comunista Salvadoreño (PCS) posicionó mensajes contra “los fascistas”. El primero de mayo de 1977, el PCS publicó “Organicemos la resistencia y derroquemos a los fascistas”.14 La represión de la protesta popular por el fraude electoral de ese año es identificada en el documento como una escalada fascista.

El primero de mayo de 1978, el PCS publicó el manifiesto titulado “La lucha resuelta de los trabajadores, de todos los sectores democráticos, unitariamente, sin sectarismo ni aventurerismos detendrá a los fascistas”.15 En tal documento, el PCS reconoce una “escalada hacia el fascismo” emprendida desde el fraude electoral de 1972. Destaca que a la par se conformó una “heróica resistencia popular al fascismo”. El PCS postuló cuatro características de la “ofensiva fascista” de 1978: 1) el régimen implementa una ofensiva y no una simple acción refleja ante la subversión; 2) la ofensiva de la “camarilla fascista” incluye maniobras de guerra psicológica para ganar la simpatía de la pequeña burguesía, capas medias y las masas; 3) la represión no se dirige contra todos los sectores populares y democráticos al mismo tiempo, sino “primero contra unos y después contra otros”; y 4) la represión se apoya de grupos paramilitares, destacadamente ORDEN, “envenenados con un rabioso anticomunismo y un nacionalismo de opereta”. En la interpretación del PCS en 1978, la “vieja dictadura militar derechista” se estaba transformando en un régimen fascista.

El primero de mayo de 1979, el PCS publicó el pronunciamiento “Profundicemos la lucha por imponer a los fascistas el cese de la represión y el respeto de los derechos y libertades democráticas”.16 Haciendo un balance del VII Congreso del partido, se concluye que el movimiento popular ha puesto en una “honda crisis a la camarilla fascista encumbrada en el marco del Estado”.

El 20 de agosto de ese mismo año, el PCS lanzó el pronunciamiento “Rechacemos la maniobra de los fascistas de participar en las elecciones de 1980”.17 En él, contrario a la posición proelectoral del período 1966-1977, se hace un llamado a no participar en las elecciones para diputados y consejos municipales de marzo de 1980 y, en cambio, reforzar “la lucha contra la dictadura fascista”.

El Partido de la Revolución salvadoreña, Ejército Revolucionario del Pueblo (PRS-ERP), lanzó lo que denominó una “publicación especial” de su órgano Prensa Comunista bajo el título “Fascismo y la Revolución Salvadoreña”. Como se analiza más a detalle en el subapartado siguiente, en ese número el ERP califica al gobierno del coronel Molina como un “régimen fascista” y analiza lo que denominó “desarrollo de un Estado fascista”.

Interpretaciones sobre el fascismo en Prensa Clandestina (1975-1978)

El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) apareció públicamente en marzo de 1972 tras atacar el puesto de la Guardia Nacional del hospital infantil Benjamín Bloom.18 Sus antecedentes pueden rastrearse desde la década de 1960 con el trabajo político de los Comandos Organizadores del Pueblo (COP)19 y la Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT),20 con militantes de diversas procedencias, desde jóvenes activistas del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y estudiantes católicos de clase media, hasta juventudes comunistas (Alvarenga, 2016, p. 83; Martín y Cortina, 2014, p. 663). Así, cuando el ERP salió a la luz pública, como señalan Martín y Cortina (2014, p. 677), en realidad era una federación de pequeños grupos armados más que una organización unificada.

Un parteaguas en el desarrollo del ERP fue la ejecución de Roque Dalton y Armando Arteaga el 10 de mayo de 1975. Diez días antes, ante las inminentes ejecuciones, la Resistencia Nacional (RN), entonces corriente dentro del ERP, se escindió (Martín y Cortina, 2014, p. 683). Incluso los líderes de la RN tenían sentencia de muerte por parte del ERP, pero la intermediación de las FPL les salvó la vida. Este proceso aislaría al ERP desde 1975 y hasta finales de 1979 cuando se conformaría el frente guerrillero entre las diversas OPM.

A finales de 1975 e inicios de 1976, se preparó el Congreso para conformar el Partido de la Revolución Salvadoreña (PRS) como brazo político del ERP constituido en 1977. Ese año, el grupo de COP tomó el control del ERP, tras haber expulsado un año antes a Edgar Alejandro Rivas Mira. El máximo liderazgo recayó desde entonces en Joaquín Villalobos (Letona, 2013, p. 33). Fue solo a partir de entonces que el ERP asumió una estructura jerarquizada sin la heterogeneidad de grupos armados característica de sus primeros años; además de una posición insurreccional que se desmarcaba de la estrategia electoral del PCS y de la estrategia de guerra popular prolongada de las FPL (Alvarenga, 2013a, p. 41).

Las publicaciones clandestinas fueron clave en la estrategia de comunicación del ERP. En 1971, incluso antes de su aparición pública el año siguiente, el ERP comenzó a circular de forma interna El Combatiente. Por medio de sus publicaciones, el ERP pretendía politizar a los integrantes de frentes de masas y aglutinar a la organización (Cortina, 2017, p. 155). En 1972, la línea política del ERP denominada Resistencia Nacional comenzó a publicar Por la causa proletaria, con el objetivo de vincularse con las organizaciones de masas (Cortina, 2017, p. 159). Al escindirse del ERP, la Resistencia Nacional continuó publicando su periódico al menos hasta 1979.

La prensa y propaganda fueron ejes muy importantes de la actuación del ERP desde su formación y durante la Guerra Civil; formando incluso un aparato de comunicación que incluyó diversos medios, como la radio, revistas y películas bajo la producción del denominado “Sistema Venceremos” (Alvarenga, 2013b). Las propias intervenciones de propaganda, como las tomas de estaciones de radio y el estallamiento de las denominadas “bombas de propaganda” en la década de los setenta, eran planificadas como acciones armadas simultáneas en diversos puntos (Alvarenga, 2013b, p. 120).

En mayo de 1975, luego de la escisión de la RN, el ERP, junto con su entonces nuevo organismo político, el Partido de la Revolución Salvadoreña (PRS), comenzó a publicar Prensa Comunista.21 Se eligió ese nombre, a sugerencia de Alejandro Rivas Mira, en un intento por acercarse a China,22 identificarse como los “auténticos comunistas” y diferenciarse del PCS, a quien consideraban “revisionista” (Alvarenga, 2013a, p. 124; Alvarenga, 2016, p. 86). Este órgano dejó de publicarse a finales de 1978. El ERP sí continuó con la publicación de El Combatiente al menos hasta 1980.

Los números consultados de Prensa Comunista permiten observar que, entre 1975 y 1978, el ERP trató de desmarcarse, particularmente del PCS, sobre el uso del calificativo “fascistoide” para caracterizar a la dictadura militar; en su lugar lo nombra directamente “fascista”, no como calificativo, sino como categoría analítica. Así, el ERP concibió a la dictadura y la escalada represiva como expresiones de un régimen fascista. En términos procesuales, también se identificó una fascistización del Estado al menos desde 1972, además de que se vinculó al proceso con la estructuración de la economía desde la dirección de la denominada oligarquía financiera. Ante la escalada fascista, el llamado fue a la unificación del movimiento popular, esto destacadamente en los números 7 y 8 de la publicación clandestina.

Variaciones sobre fascismo y fascistización

Para el PRS-ERP (s. f.a, p. 1) la oligarquía impulsora de la dictadura militar lanzó una ofensiva financiera especulativa que podría conceptualizarse como un proceso de fascistización del Estado. En un intento por desmarcarse del “revisionismo” del PCS,23 el ERP criticó en las páginas de Prensa Comunista la denominación de “fascistoide”, para preferir el uso de “fascista” como descripción de un proceso de control absoluto del Estado (PRS-ERP, s. f.a, p. 16). La diferencia entre “fascista” y “fascistoide”, según el ERP en 1975, no era solo de fondo, sino también de forma, la primera correspondía a una categoría propia de un proceso en curso y la segunda a un simple calificativo “revisionista” sin rigor analítico.

En la lectura del ERP, El Salvador sufría una “imposición fascista” por parte de la oligarquía. Postura crítica ante quienes eran calificados de “defensores de posiciones antifascistoides” que impulsaban el planteamiento de un Frente único. El ERP se opuso a ese Frente dado que incluía a clases ajenas al proyecto revolucionario. En su lectura, definir como “escalada fascistoide” a la dictadura militar era oponerse a definirla correctamente como fascista (PRS-ERP, s. f.a, p. 14).

En la interpretación del ERP, mediante el proceso de fascistización24 del Estado la oligarquía busca consolidar su hegemonía (PRS-ERP, s. f.a, p. 10). En los diversos números de Prensa Comunista, es posible identificar un análisis del proceso de fascistización durante el gobierno del coronel Arturo Armando Molina (1972-1977) y el inicio del mandato de Carlos Humberto Romero (1977-1978). La dictadura militar salvadoreña de esos años es calificada como “fascista” en las páginas de la publicación clandestina. El proceso de fascistización es conceptualizado como “contrarrevolucionario”. En la publicación, además del fascismo de Molina y Romero, también se identifica un claro antagonismo del ERP ante las que denominó “desviaciones revisionistas”, sobre todo de la UNO y el PCS (PRS-ERP, s. f.b).

La crisis política derivada del fraude electoral de 1972 en el que se impuso a Molina representó, según el PRS-ERP, “el punto en que se hace irreversible el proceso de fascistización”; dejando a las masas una sola opción: “la toma violenta del poder estatal” (PRS-ERP, s. f.b, p. 1). En tal proceso de fascistización se destaca el rol de los sectores financiero y agroexportador. En los primeros análisis de Prensa Comunista, el fascismo fue comprendido como una respuesta histórica del sector hegemónico, destacando los aspectos económicos.

La perspectiva economicista en la conceptualización del fascismo era dominante en la prensa clandestina del ERP para 1976. Ese año, Prensa Comunista acusó al “fascismo de la oligarquía financiera” de agotar el modelo agroexportador y llevar al fracaso del Mercado Común Centroamericano (PRS-ERP, 1976). En su interpretación, fue la “camarilla fascista” la que impuso a Romero como candidato contrarrevolucionario. Al juego electoral se le calificó entonces de “maniobra fascista” (PRS-ERP, 1976, pp. 11-15). Así, al incorporar factores políticos y no solo económicos, el fascismo fue comprendido como una eventual “contrarrevolución victoriosa” contra el “revisionismo de derecha” de la UNO y las masas. También se visualizaron las debilidades fascistas: la corrupción y su estructura de poder inestable (PRS-ERP, 1976, pp. 13 y 30).

La conjunción de factores económicos y políticos en la concepción del proceso de fascistización fue más patente en Prensa Comunista a partir de mayo de 1977, cuando en su análisis de coyuntura el ERP identificó que en los últimos meses del gobierno de Fidel Sánchez Hernández el país ya estaba inmerso en una “escalada fascista” (PRS-ERP, 1977a, pp. 47-48). En el recuento histórico del ERP, los gobiernos de Molina y Romero serían el apuntalamiento de la dictadura fascista. En su análisis, entre 1972 y 1977, el poder se concentró aún más en la figura del ejecutivo, la política económica quedó plenamente en manos de la oligarquía y la represión política quedó en manos del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

Desde el número de marzo de 1977, Prensa Comunista describió al Estado salvadoreño en su conjunto como una estructura fascista y ya no solo al proyecto económico oligárquico. En el análisis del ERP, la Asamblea Legislativa quedó en absoluto control del “partido fascista” (el Partido de Conciliación Nacional). En un rasgo fascista muy particular, acusó el ERP, se impulsó el nacionalismo desde el control de los medios de comunicación. Se consolidaron también los grupos paramilitares con una ideología anticomunista. Todas estas fueron calificadas como “características básicas de la forma de dominación fascista”.

En el número especial de octubre de 1977, Balance histórico del I Congreso del PRS, la organización revisitó los asesinatos de Roque Dalton25 y Armando “Pancho” Arteaga, así como la escisión de la Resistencia Nacional (PRS-ERP, 1977b). Respecto al uso de la categoría de “fascismo”, en ese Balance histórico del ERP se describió así la “política de dominación fascista” bajo la dictadura de Molina:

Esta política es la de lanzar sobre el pueblo un gobierno que mantenga la situación de explotación en medio de la crisis y que destruya todos los intentos populares por organizarse y luchar por sus intereses. Todo esto para defender los intereses del grupo explotador más poderoso del país: la oligarquía cafetalera que es también la propietaria de los más fuertes intereses en la industria, bancos, comercio y finanzas (PRS-ERP, 1977b, p. 1).

Si bien en el uso de la categoría “fascista” los aspectos económicos siguieron siendo preponderantes, en los últimos números de Prensa Comunista el fascismo fue concebido como un proceso contrarrevolucionario que apareció a manera de escalada represiva (PRS-ERP, 1978a, p. 5). Apuntalando la concepción del proceso político de fascistización, el ERP acusó a los partidos políticos de oposición que participaron electoralmente de ser aval de la “pseudoapertura democrática” del régimen fascista (PRS-ERP, 1978a, p. 17).

Respuesta revolucionaria ante la tiranía fascista

Desde los primeros números de Prensa Comunista el ERP expuso que su proyecto revolucionario tenía tres elementos: el Partido, el Ejército Revolucionario y el Frente Popular (PRS-ERP, s. f.a, p. 4). Identificó la existencia de una situación revolucionaria dadas las crisis económica y política (PRS-ERP, s. f.a, p. 8). Así, ante el proceso de fascistización, el ERP antepuso la posibilidad de un proyecto revolucionario antifascista.

En el número especial Fascismo y la revolución salvadoreña el PRS-ERP calificó el papel de la Asamblea Legislativa como “un simple organismo que sanciona formal y legalmente las medidas fascistas” (PRS-ERP, s. f.b, p. 14). El fascismo salvadoreño, señaló el documento, no tenía el apoyo de las masas, sino de “bandas armadas”, destacadamente ORDEN. Ante el fascismo, en la interpretación del ERP, surge una propuesta revolucionaria. En su postura, tal respuesta ha surgido en dos momentos históricos, en 1930-1932 y a partir de 1972. La respuesta es la acción de organizaciones populares, pero no del PCS a quien califican reiteradamente de “representante del revisionismo”, ni de la UNO, calificada insistentemente de “reformismo burgués” (PRS-ERP, s. f.b, pp. 5, 11 y 12). Ese número especial concluyó de hecho con un llamamiento para deponer a la “tiranía fascista” e instaurar un gobierno revolucionario provisional.

En septiembre de 1978 se publicó el octavo número de Prensa Comunista, en el cual Ana Guadalupe Martínez califica de fascista al régimen de Romero, al denunciar la existencia de cárceles clandestinas de la Guardia Nacional, donde se cometen torturas y asesinatos. El número cierra con un llamado de René Cruz (seudónimo de Joaquín Villalobos) a la unidad de las fuerzas de izquierda ante el fascismo: “la unidad de todas las fuerzas democráticas, populares y revolucionarias, como el único camino que puede llevar al pueblo a la victoria” (PRS-ERP, 1978b, p. 17). El fascismo era pues el adversario declarado del movimiento revolucionario en proyecto.

Conclusiones

La prensa clandestina salvadoreña en los años setenta no solo fungió como contrapropaganda ante la dictadura militar de la época, también sirvió como plataforma político-ideológica para posicionar aproximaciones teóricas que describiesen de mejor forma a la dictadura militar, cohesionaran a los militantes de la OPM y llamaran a la unidad de las fuerzas revolucionarias. En ese marco, el uso del “fascismo” no como adjetivo sino como categoría fue preponderante. El caso de Prensa Comunista del PRS-ERP ilustra muy bien la carga semántica de la categoría “fascismo”, desde su fuerza teórica para describir, denunciar y analizar a la dictadura militar y su escalada de violencia.

La resistencia armada ante la escalada de violencia estatal en los años setenta no solo incluyó violencia revolucionaria, sino también intervenciones de propaganda y contrapropaganda donde la prensa clandestina ocupó un lugar fundamental. La confrontación entre violencia estatal y la resistencia insurgente dejó en las páginas de la prensa clandestina un testimonio sobre la violencia de la época y también sobre las categorías empleadas para describirla y hacerle frente. La prensa clandestina es una fuente sobre la triada violencia, resistencia y comunicación.

Los números de Prensa Comunista publicados entre 1975 y 1978 permiten observar que el ERP insistió en desmarcarse del PCS al descalificar el uso de la categoría “fascistoide” y optar por la concepción de un proceso histórico de fascistización que durante esa década decantó en una escalada represiva que sería respondida con la articulación de un movimiento revolucionario. Las publicaciones clandestinas, como el caso que Prensa Comunista ilustra, construyeron identidades políticas, definieron adversarios y aliados, visibilizaron la escalada represiva del régimen militar de los setenta y fueron un llamado a la movilización social. El fascismo fue un componente conceptual primigenio en el marco interpretativo de las OPM. El análisis de otras publicaciones permitirá profundizar en el debate ideológico que sobre dicha categoría entraron las diversas organizaciones insurgentes. Otras agendas de investigación abiertas son el análisis comparativo de estrategias de comunicación insurgente entre países, el impacto de las publicaciones clandestinas en la opinión pública, la importancia de estas fuentes para la memoria histórica y los debates de la posguerra.

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Notas

1 Las referencias de Sprenkels (2018) no corresponden a páginas, sino a “posiciones” en el dispositivo de libros electrónicos.
2 Movimiento Revolucionario Campesino, Vanguardia Proletaria, Unión Nacional de Jornaleros, Asociación Revolucionaria de Estudiantes de Secundaria, Organización Magisterial Revolucionaria, Frente Universitario Estudiantil Revolucionario Salvador Allende (López, 1979, p. 870).
3 La FTC a su vez agrupaba a la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS) y la Unión de Trabajadores del Campo (UTC).
4 Nombradas así en memoria a las víctimas de la masacre del 28 de febrero en la Plaza Libertad, en el marco de la protesta popular contra el fraude electoral.
5 Entre los eventos represivos contra el magisterio destaca la disolución violenta de la huelga de ANDES en 1971.
6 La UES estuvo ocupada militarmente durante varios períodos en la década de los setenta. Destaca la represión violenta de estudiantes en julio de 1975 (Sprenkels y Melara, 2017, pp. 89 y 91).
7 Entre muchos actos represivos contra la clase trabajadora, puede ejemplificarse la represión violenta de 1975 contra la huelga del Ingenio Azucarero La Cabaña.
8 En un acto paradigmático de epresión contra la iglesia progresista, la Guardia Nacional asesinó en 1977 al sacerdote jesuita Rutilio Grande y dos colaboradores en Aguilares (Sprenkels y Melara, 2017, p. 91).
9 El caso de la contrapropaganda de la prensa antifascista en el marco de la Guerra Civil española es paradigmático. Dicho proceso se ha estudiado, por ejemplo, desde la óptica de la propaganda antifascista de republicanos españoles exiliados en México (Boned, 2001). Piñero (2005) estudió cómo las canciones fueron un importante instrumento tanto de propaganda franquista como de contrapropaganda antifascista. En el caso de las canciones antifascistas encontró que más que exaltar los valores propios, se enfocaron en vilipendiar los del bando adversario. Roland Baumann (2022) estudió la posición de la prensa antifascista francesa sobre la guerra española. En el mismo contexto, Severiano Rojo (2016) analizó imágenes de ruinas publicadas en periódicos vascos en 1936 y 1937, identificando cómo la prensa antifascista empleó esas fotografías como parte de la contrapropaganda antifranquista. En otro de sus trabajos (Rojo, 2021), analizó la prensa antifascista de Vizcaya entre 1936 y 1939, encontrando que la contrapropaganda recurría a mitos históricos para generar emociones y sentimientos. Sevillano (2020), por su parte, estudió cómo el antifascismo republicano español construyó en su prensa una idea del enemigo del pueblo.
10 Cfr. FPL (s. f.). La fiera fascistoide ataca cobarde y criminalmente la zona de Cinquera (CIDAI, A26G2C5F7). Sobre el uso discursivo de las FPL sobre la “tiranía militar fascistoide”, véase: Grassetti (2023).En un acto paradigmático de represión contra la iglesia progresista, la Guardia Nacional asesinó en 1977 al sacerdote jesuita Rutilio Grande y dos colaboradores en Aguilares (Sprenkels y Melara, 2017, p. 91).
12 El documento no tiene la firma de Dalton, sin embargo, en un número especial de Prensa Comunista de octubre de 1977, donde el ERP expone las razones de la ejecución del poeta, le atribuye la autoría del documento (PRS-ERP, 1977a, p. 38): “La participación política de Dalton en este período no tiene mucha significación, sus aportes son pocos y sin mucho significado si bien hay algunos trabajos que tienen algún valor político, estos estarían ligados a su capacidad como escritor e historicista, por ejemplo: Realidad Nacional Dictadura Fascista. Este trabajo plantea el fascismo o escalada fascistoide como parte de una etapa avanzada de la guerra especial de contrainsurgencia”.
18 Un año antes de la primera acción armada del ERP, los jóvenes integrantes de “El Grupo”, en coordinación con las guatemaltecas Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), participaron en el secuestro del empresario Ernesto Regalado Dueñas (Martín y Cortina, 2014, p. 671).
19 Nacientes tras la efervescencia del movimiento estudiantil de la UES de 1970-71, los COP se integraron a lo que sería el ERP por la influencia de Edgar Alejandro Rivas Mira (Martín y Cortina, 2014, p. 675).
20 Que a su vez sería antecedente del Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC) formado en 1976.
21 En el Repositorio Institucional de la UCA es posible descargar la versión digital de siete números de Prensa Comunista. http://repositorio.uca.edu.sv/jspui/handle/11674/287
22 Tras el asesinato de Roque Dalton, el ERP se aisló y perdió apoyo internacionalista. Por ello una estrategia fue conseguir el apoyo de la China entonces en polémica con la Unión Soviética (Alvarenga, 2013b).
23 Aunque, como se señaló en el subapartado anterior, al menos a partir de 1977, los comunicados del PCS ya no enfatizaban en el epíteto “fascistoide”, sino en el uso de la categoría “fascista” para caracterizar a la dictadura militar.
24 Es de destacar que antes de la publicación de Prensa Comunista, Roque Dalton ya había hecho una contribución teórica significativa sobre el “proceso de fascistización”, la cual se reseñó en el subapartado precedente. Así, a pesar de su denostación en las páginas de Prensa Comunista, el legado conceptual de Dalton no fue del todo desechado por sus verdugos.
25 En ese número se calificó al régimen de Molina como una “política de dominación fascista”. Respecto al caso Dalton, se reiteró la acusación de que el poeta era un agente del “revisionismo” infiltrado en el ERP, pero se calificó su ejecución como un “error”. Acusaron a Dalton de su propia muerte, pues supuestamente empujó a la organización hacia una “lucha fratricida” que terminó con su propia vida.

Información adicional

Acerca de la persona autora: Edgar Baltazar Landeros. Mexicano. Becario del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, Universidad Nacional Autónoma de México, San Cristóbal de las Casas, México. Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en Gestión de Proyectos Urbanos y Espacio Público por la Universidad Oberta de Cataluya.

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