Dossier
Memorias bajo la tierra. El entramado de la violencia en el proceso revolucionario salvadoreño y sus narrativas en la posguerra
Memories under Earth. The Web of Violence in the Salvadoran Revolutionary Process and its Postwar Narratives
Memorias bajo la tierra. El entramado de la violencia en el proceso revolucionario salvadoreño y sus narrativas en la posguerra
Anuario de Estudios Centroamericanos, vol. 50, pp. 1-40, 2024
Universidad de Costa Rica

Recepción: 29 Septiembre 2024
Aprobación: 11 Diciembre 2024
Resumen: Del conflicto armado en El Salvador aún quedan sin ser localizadas cientos de osamentas de personas que fueron asesinadas o que cayeron en combate (de ambos bandos), las cuales siguen formando parte del mapa invisible de muertos. Ese es el tema que ocupa este trabajo. Se parte de un caso particular, la recuperación de las osamentas de mi hermana, una radista de las Fuerzas Armadas de Liberación, quien cayó en combate. El proceso de búsqueda y recuperación de sus osamentas fue complejo, esto me permitió dilucidar sobre las percepciones e imaginarios de la revolución, la violencia, la guerra y la posguerra.
Palabras clave: mártir, restos humanos, memoria, olvido, guerra, posguerra, El Salvador.
Abstract: Hundreds of humans remains of the armed conflict in El Salvador have yet to be recovered. These remains belong to victims of assassination as well as to individuals killed in combat, on both sides of the conflict. They form part of the invisible map of our dead. In the following pages I will focus upon one case in particular, that of the recovery of the remains of my sister. She was a radio operator from the Armed Liberation Forces, killed in combat. The process of recovery of her remains was complex, something that has allowed me to shed light upon perceptions and imaginaries of the revolution, the war and the post-war periods.
Keywords: martyr, human remains, memory, forget, war, postwar, El Salvador.
Introducción
A Rafa, quien me ayuda a “contar el cuento”.
A “Ana” y Oscar, por su entereza en tiempos de guerra y posguerra.

En varias ocasiones, Ralph Sprenkels (Rafa)2 insistió en que debía tomar notas sobre lo que estaba pasando durante el complejo proceso de exhumación de las osamentas de Tamara Ruth Melara Minero (1968-1988), mi hermana. De esa manera, podría reconstruir y reflexionar sobre lo que había y estaba pasando, lo que él llamaba “contar el cuento”. Mi razón y mi corazón le hicieron parcialmente caso. Fui recolectando cartas, documentos y tomé notas al respecto, pero mi emoción los archivó. Después de 18 años, durante la pandemia, empecé nuevamente a revisar cartas y fotografías, abrí el archivo sobre la exhumación. Me puse a escarbar en mis adentros, a repasar y renombrar los dolores con mayor claridad y un poco más de razón.
Este es el resultado de la reconstrucción del proceso de pérdida de mi hermana. En este escrito describo, con la ayuda de dos testimonios, cómo murió y bajo qué circunstancias. Posteriormente, relato cómo fue el proceso de búsqueda, recuperación y entierro de sus osamentas. Esta reconstrucción ha devenido en una reflexión sobre las diferentes percepciones, imaginarios e identidades creados en la posguerra sobre las personas que cayeron en la guerra en El Salvador (1980-1992) y que fueron parte de las organizaciones político-militares (OPM), tal como mi hermana. Asimismo, amplío la mirada hacia cómo se reconstruye la pérdida y cómo recuperan las osamentas de sus seres queridos otras personas o grupos que vivieron el conflicto armado.
En El Salvador, del reciente conflicto armado, todavía hay cientos de osamentas regadas por todo el país. Cerca de donde había caído mi hermana se encontraban los restos de otras personas pertenecientes a las OPM, quienes hasta entonces no habían sido identificadas por sus seres queridos, ni reconocidas legamente. Esto también ocurrió, en alguna medida, dentro de las tropas del Ejército que quedaban tirados tras los combates. A nivel público, se sabe que, durante las últimas décadas, desde que terminó la guerra, se han reconocido y rescatado osamentas de personas asesinadas, principalmente civiles, de manera individual o colectiva en los lugares donde acontecieron los hechos o donde se dejaron (Comisión de la Verdad, 1993). La ubicación de osamentas individuales y colectivas sigue siendo un proceso vigente, al igual que el dolor y la ausencia que esto conlleva (Figura 1).
Durante el proceso de búsqueda de las osamentas de mi hermana, en el 2000, me preguntaba ¿por qué habíamos esperado el tiempo que habíamos esperado para sacar las osamentas de mi hermana? y ¿por qué las osamentas de tantos caídos seguían ahí? En especial tenía curiosidad de entender si el FMLN había hecho esfuerzos en la posguerra para recuperar las osamentas de los y las combatientes o militantes que habían dado su vida por “la causa revolucionaria”; y cómo se vislumbraba la idea de héroe, heroína y mártir (la cual había sido tan importante durante la guerra) en la posguerra.
El proceso de exhumación también me llevó a relacionarme con diferentes instituciones estatales dado que requería permisos para el traslado de mi hermana. Esta relación resultó en un proceso bastante complejo, puesto que enfrenté un profundo desconocimiento, negación e indiferencia por parte de las instituciones sobre la guerra. El olvido premiaba, el pasado se invisibilizaba y otro tipo de violencia se imponía en la agenda pública (Ver Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, 2001).
Este escrito es también una reflexión sobre mi propio dolor y olvido, mi propio dolor y recuerdo. El tiempo que me ha tomado escribir esta historia da cuenta del dolor de la pérdida, así como la clandestinidad, el miedo y la violencia política incrustadas durante el conflicto armado (Ver Sprenkels y Melara, 2017) y, más recientemente, en la posguerra. Todo esto impacta en mi presente, mi historia y la de tantos otros y otras. Este “cuento” es parte de mi propio reconocimiento sobre el pasado, una reflexión, procesamiento y conciliación con esa historia. Un aporte para la memoria que sabe de olvidos y que ahora, poco a poco, se va deconstruyendo, reconstruyendo y visibilizando.
Metodología
Para llevar a cabo la reconstrucción de esta historia, que es una mezcla de memorias de otros y otras testigos y mi experiencia personal, utilicé una metodología cualitativa. Retomé dos entrevistas a profundidad hechas por Ralph Sprenkels quien entrevistó a dos excombatientes, Ana3 y Oscar. Ambos estuvieron cerca de mi hermana meses previos a su muerte y el día que cayó. Sus testimonios aparecen en el libro de Sprenkels, Después de la insurgencia. Revolución y política electoral en El Salvador (2023). Para poder usar sus entrevistas en este artículo, les pedí permiso a los excombatientes, quienes aprobaron su utilización. De igual forma, a partir de dichas entrevistas, reconstruí con ambos datos y situaciones más específicas, necesarias para comprender las circunstancias en las que murió mi hermana. Sumo también testimonios de otros excombatientes que ayudan a hilar la historia. Asimismo incluyo, tal como mencioné al inicio, documentos oficiales de las diferentes instituciones del Estado con las cuales entré en contacto durante el proceso de recuperación de las osamentas de mi hermana, y una carta de Diana y Luis, mi madre y mi padre, relacionada con este tema.
El viaje a Bella Vista

A principios de abril del 2000 íbamos rumbo al volcán de San Salvador. A distancia, este siempre me parecía majestuoso, era un referente geográfico y simbólico. Entramos por un camino de tierra desde el municipio de Nejapa, ubicado al norte la capital. Viajábamos en un picop (Figura 2), en la parte de atrás iban cuatro hombres, excombatientes de las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), la organización armada del Partido Comunista de El Salvador (PCS). Entre ellos estaba Oscar, quien era un informante clave, él sabía mejor que nadie el destino de nuestro viaje. Adelante, en la cabina del carro, Rafa, mi compañero, manejaba. Mi madre, Diana, y yo estábamos sentadas a su lado. Por suerte, no había comenzado la época lluviosa, y al pasar solo levantábamos una cortina de polvo entre el camino de baches.
Oscar y sus compañeros hicieron la señal de alto. Paramos en medio de un cafetal. Estábamos en las faldas del volcán, lugar que después supimos se llamaba finca “Bella Vista”. Desde ahí se podía ver, como un hermoso bosquejo, el cerro de Guazapa, donde tiempo atrás estuvo uno de los frentes de guerra más importantes de la guerrilla salvadoreña. Nos detuvimos a mirarlo, resultaba casi imposible no conmoverse pensando en las historias que el cerro conllevaba.
A mi alrededor, veía un terreno lleno de cafetales, arbustos de café por cualquier lado sembrados a una distancia similar y, de vez en cuando, sobresalía algún árbol que los excombatientes llamaban pepetos. Desubicada, escuchaba las voces que caminaban en diferentes direcciones, se miraban, se volvían a juntar buscando aclarar su propio relato, era un vaivén sobre un espacio indefinido del terreno. No teníamos un plan claro, nos guiábamos por la intuición, nuestras habilidades y conocimientos. Rafa, por ejemplo, les hacía preguntas y ayudaba a hilar las memorias en una reconstrucción, al mismo tiempo que registraba la visita con su cámara.
Traer un hecho del pasado al presente no es siempre una tarea fácil, en particular cuando el pasado requiere recordar memorias dolorosas, marcadas por la violencia, la pérdida y el desencanto (Ver Silber, 2018). Muchas veces el pasado requiere o le demanda al cuerpo olvido para seguir avanzando. Al mismo tiempo, el pasar de los años puede diluir la claridad de recuerdos, de manera que se torna en un complejo rompecabezas. Por eso, esta tarea de recordar, tal como sostienen Climo y Cattell (2002), “involucra frecuentemente a otros”, lo cual permite ir sumando y reconstruyendo.
En el caso de las osamentas de Tamara Ruth Melara Minero, los excombatientes fueron hilando pedazos de información que recordaban, así, poco a poco, las memorias adquirían coherencia en un relato. Oscar recordó un árbol, un pepeto con una marca que él había hecho en aquel momento. Todos y todas nos dimos a la tarea de revisar los pepetos en un área más restringida, pero nadie la localizó. Los pepetos que había en ese momento eran árboles relativamente jóvenes, los cuales con los años fueron reemplazados por otros. Sin embargo, después de dar varias vueltas, los excombatientes coincidieron en la ubicación de un lugar más específico, asegurando que las osamentas de Tamara estaban enterradas cerca de una quebrada en la finca.
Tamara, entre en cerro de Guazapa y el volcán de San Salvador
Mi familia se exilió a finales de 1980 debido a la violencia política en El Salvador. Nos fuimos a vivir a Managua, Nicaragua. En los primeros años, mi hermana Tamara y mi hermano Pavel se vincularon al proceso revolucionario sandinista. Poco después de haber llegado, se formó una organización de la juventud del PCS llamada Frente Juvenil 22 de enero (FJ22) a la cual se sumaron. A partir de 1982, Tamara y Pavel estaban metidos de lleno en el proceso organizativo del movimiento juvenil. Ambos participaron en las brigadas internacionales de cortas de café, las cortas de algodón y la venta de periódicos para promover la lucha revolucionaria del FMLN en el exterior. Tamara, en particular, destacaba por su liderazgo dentro de la organización juvenil.
Dentro del PCS se tomó la decisión de ir formando militarmente a algunos de los miembros del FJ22. Estos fueron reclutados y entrenados militarmente con el objetivo de ser enviados al frente de guerra. Esta decisión del partido se vio acelerada a mediados de los ochenta, debido a la cantidad de pérdidas de combatientes que habían tenido en El Salvador y la dificultad para reclutar nuevos miembros (Sprenkels, 2023). En 1986, a sus 18 años, Tamara recibía entrenamiento militar en una casa de seguridad en Nicaragua y posteriormente en Cuba. Luego de medio año estaba en el frente de guerra en el cerro de Guazapa.
Tamara entró al frente de guerra como radista, formaba parte de una unidad de comunicaciones. Poco después también entró Ana, una joven de origen guatemalteco con quién había entablado amistad y militancia en Nicaragua, ambas habían pertenecido al FJ22. En el frente, Tamara le enseñó a Ana el trabajo que debían hacer en conjunto. Según Ana, ambas eran radistas del mando político y no radistas operativas. Es decir, que a su cargo tenían “las comunicaciones políticas con los sindicatos y movimientos de masas y sociales”. Trabajaban con “un radio Sony de onda corta” y tenían “mucho trabajo… Casi siempre nos desvelábamos” descifrando las claves que venían de Cuba y Nicaragua (Ana, comunicación personal, 9 de febrero de 2020). En la vida diaria, ellas compartían mucho tiempo: trabajaban, comían y dormían juntas (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009).
Como estaban asignadas al mando político, se movían entre Guazapa, donde estaba el campamento, y el volcán de San Salvador, este último conocido en el frente como “el Volcán”. Entre estar en el cerro de Guazapa y el Volcán había una gran diferencia. En una crónica, escrita por Gustavo Gil (2017), Alicia, una exguerrillera del ERP, expresa en su testimonio de forma graciosa, poética y clara, la diferencia que existía entre estar el cerro de Guazapa y el volcán de San Salvador durante la guerra:
Yo pertenecía al Cerro de Guazapa y me organicé en el ERP. Estábamos tan cerca de la capital que se decía que éramos el lunar en el corazón del enemigo. Pero también estaban los del volcán de San Salvador, que sí que estaban cerca, y eran la garrapata en el culo del enemigo [ríe].
Las palabras de Ana coinciden con el testimonio de Alicia, quien describe el campamento en el cerro:
Sin duda ir al cerro [de Guazapa] era como irte a un resort o de vacaciones. Estabas en el mismo lugar una semana o el tiempo que fuera, te bañabas todos los días, podías hablar con voz normal, comías mejor, tomabas el agua que querías, había mejor clima, había con quien más charlar, no te tocaba cocinar, era bien poca posta4 la que hacías, podías escuchar música, etc.
En cambio, sobre el Volcán relata:
El volcán era lo peor. Creo que solo el compañerismo hacía llevadero las condiciones extremas que pasábamos. Limitados de agua, sin aseo personal, alertas, llevando el trabajo diario, comiendo y durmiendo mal, muy mal (Ana, comunicación personal, 18 de febrero de 2020).
En el Volcán operaban normalmente unidades pequeñas (como máximo veinte personas) de las diferentes OPM que entraban y salían en tiempo relativamente corto. Oscar pertenecía a una unidad de las Fuerzas Especiales (FES) de las FAL, una de las pocas destacadas en el Volcán.
A partir de 1985 se dio un proceso de desconcentración de las fuerzas regulares. Pasaron de tener grandes grupos a formar pequeñas unidades. Según Oscar, este cambio obedecía a que las grandes concentraciones militares con las que operaba el FMLN hasta entonces, en batallones, eran blanco fácil del ejército. Esto había generado muchas bajas, con lo cual se redujo la cantidad de combatientes, además, el reclutamiento de nuevos guerrilleros dentro de la población era difícil. Por lo anterior se formaron unidades pequeñas, con la finalidad de acercarse a diferentes zonas, entre ellas las ciudades, lo cual les permitiría involucrarse más con la población y generar redes de colaboradores. Sin embargo, lo que principalmente les interesaba era hacer trabajo de expansión para reclutar nuevos elementos para el movimiento guerrillero.
Sprenkels (2023) sostiene que este cambio estaba encaminado a “la ofensiva general de 1989”. Bajo este fin, “las fuerzas guerrilleras expandieron y consolidaron las operaciones en y alrededor del volcán de San Salvador, justo al lado de la capital. Para aumentar el número de tropas, las OPM intensificaron el reclutamiento en todas sus esferas de influencia” (Oñate, 2011). Sin embargo, en el Volcán el reclutamiento no funcionó como se esperaba. En la práctica tenían más combatientes muertos que gente reclutada (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
A través del Volcán también se facilitaba el enlace con las diferentes unidades y organizaciones vinculadas al FMLN. Oscar, quien en 1987 fue trasladado de Nejapa a una unidad guerrillera en la zona del Volcán, recuerda que, por su edad, tenía 13 años, le resultaba fácil mezclarse entre la población como un civil. Al principio, su trabajo era llevar correspondencia, trasladar dirigentes políticos hacia los campamentos provisionales del Volcán, contactar con los “comandos urbanos, guerrillas urbanas y milicias urbanas”, al igual que con gente del movimiento social (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009). Posteriormente pasó a formar parte de las Fuerzas Especiales.
La unidad de Oscar se movía en una zona amplia del Volcán, abarcaba desde un municipio llamado Mejicanos,5 hasta cierta zona en el municipio de Nejapa. En ese espacio de terreno, las unidades guerrilleras se movían “con mucha frecuencia”, por eso los campamentos que montaban eran provisionales. Oscar explica que en “el Volcán había una alta movilidad en los grupos, tanto de las FPL, como nuestros, e incluso del ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo]”, por eso “a veces estabas un día, dos días, una semana, te ibas, regresabas al mismo lugar” (comunicación personal, 15 de abril de 2020).
Esta necesidad de moverse se debía principalmente “al constante movimiento del enemigo” y a los operativos militares que estos hacían. Además, se desplazaban por prevención, “después de haber permanecido varios días en un mismo sitio” era importante buscar uno nuevo (O. Mejía, comunicación personal, 18 de marzo de 2020). Esa zona del Volcán estaba llena de cafetales, lo cual influía también en su movilidad. Casi siempre había gente y cuando era la época de la corta de café se llenaban los cafetales. La gente que llegaba venía “de todas partes del país”. Para la guerrilla, esto significaba que la probabilidad de que “el enemigo se infiltrara, en ocasiones, disfrazado de trabajadores” era alta, de manera que podrían ubicarlos, eso también influía en los continuos traslados de lugar (O. Mejía, comunicación personal, 18 de marzo de 2020).
Oscar sostiene que entre la población del lugar algunas personas “colaboraban tanto con el enemigo como con” ellos, a pesar de que tenían colaboradores al igual que el Ejército. Esto se debía a que “la gente no se quería meter en dificultades con ningún bando. Entonces, colaboraban con el que llegaba” (comunicación personal, 18 de marzo de 2020), lo anterior incrementaba el riesgo, por eso se desplazaban.
El Volcán era militarmente una “zona en disputa”, según Oscar. La guerrilla no había logrado tener ahí “zonas bajo control”. La unidad guerrillera de Oscar estaba continuamente en alerta, porque “todo el tiempo, en cualquier lugar y en cualquier momento” era posible “combatir con el enemigo de manera sorpresiva” (comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009). Además, los combates surgían de manera rápida y duraban poco tiempo. Como la guerrilla operaba con unidades pequeñas y no tenía zonas controladas, al enfrentarse al Ejército, el cual normalmente andaba en grupos mucho más grandes que ellos, les tocaba frecuentemente “correr, correr, correr” (comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
En la unidad de Oscar “todo mundo decía: Yo me quiero ir para Guazapa. Soñábamos con irnos a Guazapa, que decidieran trasladarnos a Guazapa, porque allá sabías [que] había una situación más tranquila. Era menos lo tensionado”. Eso
Afectaba, incluso, psicológicamente, la moral de la fuerza porque en una guerra necesitas victorias militares también. No andar corriendo todo el tiempo, porque el Volcán era la zona donde menos deseabas ir, porque, por estar tan cerca de la capital, por ser zonas cafetaleras que siempre estaban siendo trabajadas, eso hacía que siempre hubiera presencia enemiga en la zona (comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
Oscar contaba que “El Negro Pelsón”, un combatiente de las FAL, quien también cayó en el Volcán en la finca Bella Vista, se ponía a hacer números y les decía a los compañeros que entraban al frente de guerra: “Mirá, aquí [en el Volcán] la clave es que no te maten en dos meses, si en dos meses no te matan, ya no te matan”. Agregaba: “no, es que a todos los matan antes de llegar a los dos meses”. El Negro Pelsón era amigo de Tamara y Oscar cree que él se lo ha de haber dicho, “pero con ella no funcionó, porque ella sí estuvo varios [meses], como seis meses”. Y es que, según Oscar, “todos los frentes de guerra eran complicados, pero esa mierda del Volcán era de lo más complicado” (comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
Para la unidad de comunicaciones en la que operaba Tamara, el Volcán era clave. La posición geográfica se consideraba esencial para la transmisión de las comunicaciones. Las instrucciones que se enviaban desde ahí llegaban más rápido a la capital y a los municipios aledaños de importancia para las fuerzas guerrilleras (Ana, comunicación personal, 25 de enero de 2016). Además, desde ahí se podían recibir y transmitir las comunicaciones con el centro de comunicaciones en Managua, donde estaba ubicado el mando central del PCS (Sprenkels, 2023).
Los días previos a la emboscada
Normalmente, la unidad de comunicaciones donde estaban Tamara y Ana se desplazaba en el Volcán entre una zona definida como de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), ubicadas al norte del volcán de San Salvador, que era parte del municipio de Quezaltepeque; y la definida como la de las FAL, donde se movía la unidad de Oscar que, como mencioné anteriormente, se desplazaban entre Mejicanos y Nejapa (O. Mejía, comunicación personal, 18 de marzo de 2020). Las áreas en que se movían las dos fuerzas guerrilleras tenían fronteras colindantes.
Meses antes de que Tamara muriera, las FAL y las FPL buscaban darle un nuevo enfoque a la zona del Volcán, con el objetivo de establecerla como una “zona controlada de manera conjunta” para constituir un “frente de guerra” (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009). De esta manera, modificaron la operación, la cual pasó de ser una unidad pequeña a una unidad relativamente grande, compuesta por cerca de sesenta personas. Esto, según la percepción de Ana, hacía la unidad “inmanejable” (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009).
Según Ana, mirando en retrospectiva, el ataque que sufrió la unidad donde venía Tamara obedeció a un descuido del mando. Ella recuerda que cuando empezaron a unirse a las FPL, como a la semana, cada vez que llegaban a un “tablón”6 y se instalaban, a la hora, a las dos horas, el Ejército les caía. Ana cuenta sobre esos días:
Cayó mucha gente, hubo que sacar un montón de heridos, anduvimos en guindas por lugares sumamente inhóspitos en el Volcán, tuvimos serias dificultades para alimentarnos, para tener agua. Una época, un par de semanas muy, muy duras… Y una de las veces que íbamos guindeando, incluso agarraron a roquetazos el Volcán con helicópteros. Primero, no vas a mandar una unidad de helicópteros si no tenés seguro una posición. Y segundo, la cantidad de dinero que implica eso (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009).
Oscar confirmó esta información. En su relato explica que en las semanas previas a que muriera Tamara, los atacaron desde Nejapa con artillería pesada, y desde Apopa también les disparaban. Además, sucedió algo que hasta entonces ocurría relativamente poco en el Volcán: los embistieron desde el aire con la fuerza aérea.
Ana piensa que los del mando tal vez se “durmieron”, es decir, se descuidaron, dado que tuvieron muchas bajas:
Llevábamos ya un recuento como de once en el Volcán, eso era totalmente atípico… Hubo un día que cayeron cinco personas de una sola vez, ese día que andábamos guindeando que nos mandaron, fueron cinco muertos de un solo en la quebrada San Carlos. Ahí éramos mezclados, de los dos andábamos gente [FPL y PCS]. Era un grupo grande, andábamos un grupo grande y claro entre más grande más vulnerable (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009).
Ana tenía la intuición de que había en alguna de las dos organizaciones un infiltrado. La percepción de que algo andaba mal coincide con el relato de Oscar: “el enemigo tenía la capacidad de llegar a nuestro campamento a la hora que se le antojaba, y de ir directamente, y del primer disparo hacerlo al jefe de la unidad” (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
En el volcán de San Salvador los terrenos de los cafetales estaban estructurados de forma cuadrada y en (casi) todas las esquinas había accesos con calles de tierra para extraer el café, excepto en las partes donde había alguna quebrada. Debido a eso, explica Oscar, cuando su unidad instalaba un campamento tenía que poner “emboscadas” (una especie de postas) en todas las esquinas del terreno. Eso ocurría todos los días, desde muy temprano por la mañana, a eso de las seis, hasta las seis de la tarde. Esto también incrementaba la tensión, ya que el enemigo aparecía de repente y quien estaba de posta no tenía tiempo de avisar a sus compañeros, de manera que el combate iniciaba directamente.
Dentro de las dos organizaciones (PCS y FPL) se comenzó a sospechar que había un infiltrado, dada la forma de persecución e información con la que operaba el Ejército. El mando del PC de Guazapa les dijo que en el Volcán había gente infiltrada, que alguien estaba dando información “al enemigo” y que los tenían bien “controlados”. Les dijeron: “No sabemos si el infiltrado es del PC o es de las FPL” (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
Entonces, les recomendaron que se separaran para convertirse nuevamente en unidades pequeñas, aunque la unidad de comunicaciones de Tamara siguió operando con gente de las FPL y las FAL. En palabras de Oscar, la separación facilitaría que ellos controlaran si el infiltrado “era del PC o era de la FPL” (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
El 23 septiembre de 1988
Como la unidad de Oscar era la que mejor conocía la zona del Volcán dentro de las FAL, cuando ingresó la unidad de comunicaciones, fue esta la encargada “de garantizar su desplazamiento” (comunicación personal, 18 de marzo de 2020), como tantas otras veces lo había hecho.
El 23 de septiembre, a las siete de la mañana, la columna en la cual venían Tamara y Ana se dirigía hacia la zona del Volcán, donde se movía la unidad de las FAL. Poco antes, habían estado con los compañeros de las FPL, en la zona de Quezaltepeque. Caminaron toda la noche, por la mañana llegaron al punto de encuentro planificado.
El capitán René Armando, quien estaba al mando de la unidad de Oscar, le dijo a la unidad que se preparara porque iban a traer a “La Negra” (Tamara), “La Seca Adriana” (Ana) y “El Chato Rodrigo”. La unidad al mando del capitán salió del campamento provisional a un lugar que la guerrilla llamaba “El salto del tigre”, en el Volcán de San Salvador. Según Oscar, ahí los entregaron a la unidad de comunicaciones y ellos les brindaron seguridad hasta el campamento en la finca Bella Vista.
Llegaron como a las nueve y cuarto de la mañana al campamento. Oscar recuerda que
Sólo llegamos, y estábamos instalándonos cada quien. Recuerdo que “la negra” se había cortado el pelo. Ella usaba su cabello largo, y esta vez, lo traía a la altura de los hombros. Recuerdo que estaba sacando agua, tomando agua de un cántaro en la cocina. Teníamos una cocinita de gas, le decíamos “la cocina”. Yo me acerqué y le dije: “¿Te cortaste el cabello? “Sí”, me dijo, “mucho calor”.
Luego, [Tamara] tomó agua y se fue a ubicar con el capitán René Armando y “La Seca Adriana” …[D]esgraciadamente, se ubicaron como a unos 12 metros de donde ya estaba el enemigo, que se había acercado a paso lento.
Ana me contó que cuando llegaron “lo primero que hicieron todos fue descansar y quitarse las cosas de encima. Los compañeros que estaban en el Volcán estaban (casi todos) muy relajados, incluso [había] varios limpiando sus fusiles, con los fusiles desarmados, recuerdo muy bien eso” (Ana, comunicación personal, 25 de enero de 2016). Diez minutos después comenzó el ataque:
[E]stábamos sentándonos en un tronco a la orilla de la quebrada que se supone que era el lugar más seguro, no a la orilla de la vereda, sino a la orilla de la quebrada, cuando nos empezaron a disparar. “La negra” yo creo que ni sintió… cayó de una sola vez. Nos tiraron granadas, un montón de cosas, yo recuerdo que solo me había quitado la mochila. Tamara creo que ni se había quitado la mochila… [L]a lógica era esperar cualquier problema por el lado de las calles, de las veredas, no por el lado de una quebrada inhóspita, eso no era algo normal, por eso es que fue tan sorpresivo (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009).
Oscar coincide con la interpretación de Ana sobre lo inesperado del ataque. De hecho, su unidad había colocado la posta al lado de la calle que era el acceso más inmediato a su campamento provisional, y no en la quebrada que era una zona de difícil acceso, inclinada y llena de una planta llamada curarina.
Cuando Tamara recibió los disparos, Ana pensó que estaba herida:
Yo solo la vi caer [a Tamara], pero pensé que estaba solo herida, y en medio de la balacera traté de sacarla. Allí fue que tiraron granadas y una me dio en varios lados, recuerdo que rápido me despabilé, y seguí tratando de sacarla…René Armando me dijo que ya no se podía hacer nada por ella (Ana, comunicación personal, 25 de enero de 2016).
Ana se desmayó por algunos segundos y cuando volvió en sí, René Armando la estaba sacando. René Armando le insistía en que tenían que salir, pero no le hacía caso, según ella, primero tenía que sacar su bolso con las claves y la radio.
Mi mochila había quedado ahí, yo ya me la había quitado [del lugar], y en la mochila estaban claves, estaban mensajes, estaba todo lo que había estado manejando últimamente de Managua…[E]staban los indicativos, estaban las horas de comunicación, estaba eso que se manejaba casi semanal o quincenal, quién comandaba los indicativos, cuáles eran las claves para la semana siguiente, porque cambiaban, [eran] unas libretitas para codificar o decodificar. Era información que no se podía quedar ahí tirada, así de sencillo…Entonces, me regrese a traerlo, creo que jalé la mochila al final, creo que jalé la de Tamara también, intenté sacarla, pero no [lo logré]. Para comenzar [Tamara] pesaba barbaridades, y él [René Armando] me dijo “Ya no se puede hacer nada, está muerta, ¡Déjala!, ¡déjala, que ya está muerta!” (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009).
Su cuerpo quedó allí, y ellos [los combatientes] no se la llevaron. Hasta donde yo sé casi siempre dejaban los cuerpos de los compañeros (Ana, comunicación personal, 25 de enero de 2016).
Ana fue la última en salir del caos que reinaba en el campamento. René Armando la jalaba, pero ella insistía en sacar a Tamara y las claves. Ana dice que lo que la hizo salir del lugar fue ver que René Armando se iba. Para ella, él “era el más valiente” y cuando lo vio irse, sin ella, se dijo así misma “si no salgo ahorita, acá me quedó, porque el último en salir ya se va” (Ana, comunicación personal, 25 de enero de 2016).
Oscar estaba un poquito más retirado de la zona de ataque y cuando comenzaron los tiroteos y granadazos, su unidad comenzó a contrarrestar de inmediato. Sin embargo, la situación era muy delicada, dado que entre su unidad y el enemigo (una unidad de las fuerzas especiales de la Policía de Hacienda) estaban los tres compañeros.
Decidieron colocarse al lado de uno de los bordes del terreno y comenzaron a disparar hacia los lados. Según Oscar, disparaban más “por hacer alguna incidencia psicológica en el enemigo”, porque en realidad tenían poca visibilidad por la vegetación. Oscar escuchó que Ana le decía a Tamara: “¡Negra, Negra, Negra, Negra!”, como queriendo despertarla, pero Tamara ya no reaccionaba (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
Oscar logró ver que Ana estaba herida, su rostro estaba manchado de sangre, las esquirlas de una ganada le habían dado en la cabeza y en la clavícula (Ana, comunicación personal, 20 de febrero de 2020). Ella fue una de las últimas en salir en dirección oriente, hacia donde todos los demás combatientes salieron. Caminaron alrededor de cuatro horas hasta que finalmente se detuvieron en algún lugar.
El entierro

En los testimonios de Oscar y Ana no queda claro si fue el mismo día o al día siguiente que un grupo de la unidad, entre dos o tres combatientes, regresó a la finca Bella Vista, donde había caído Tamara. Entre los que regresaron estaba René Armando, Oscar, Balta e Iván. Oscar cuenta que entraron despacio, a fin de asegurarse de que no hubiera presencia de la fuerza especial de la Policía de Hacienda, dado que normalmente cuando mataban a alguien se quedaban esperando para emboscarlos y hacerles más bajas.
Oscar relató que al encontrar el cadáver de Tamara tenía impactos de bala en diferentes partes del cuerpo y cree que por los signos que presentaba, probablemente, fue violada. Oscar comunicó por radio la situación al mando. Ellos le ordenaron que la enterraran en el mismo lugar donde estaba. En ese momento no tenían herramientas para cavar, solo andaban diataganes.7
Utilizando esta arma blanca, y con dificultad, cavaron un hoyo. Poco después pidieron ayuda y llegaron otros compañeros, quienes llevaron un plástico negro que normalmente cada guerrillero cargaba para recolectar agua en la zona, con este y el que ella cargaba envolvieron el cuerpo. Excavaron aproximadamente cincuenta centímetros de profundidad y la sepultaron (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009). Con su diataganes, Oscar marcó una cruz en el pepeto que estaba a lado de donde enterraron su cuerpo (Figura 3).
El infiltrado
Oscar sospechaba que “el enemigo” tenía información previa de que ellos iban a estar ahí. Desde su perspectiva, la forma en que los habían atacado solo se explicaba si de antemano “el enemigo” sabía dónde estaban. Él considera que la columna guerrillera pasó por detrás de las fuerzas especiales de la Policía de Hacienda, quienes estaban en la quebrada, un terreno de difícil acceso. Además, la persecución que vivían desde hace varias semanas y la información del mando de Guazapa, sobre un probable infiltrado, acentuaba sus sospechas.
Semanas previas a la muerte de Tamara, cuando aún andaban en el grupo grande y mezclado, había una persona en particular que a Ana le caía mal, “a mí me daba hasta culpa no poder saludarla, porque a mí me caía muy mal, no me había hecho absolutamente nada, pero me caía muy mal”. Ana cree que en algún momento las dos organizaciones concluyeron que el hecho de que los persiguieran de esa manera era demasiada coincidencia, “acabábamos de llegar a un lugar y justo ahí llegaban [el enemigo]”.
Dentro de las FPL se detectó a una persona infiltrada “tenía que haber un soplón y era él [el que le caía mal] y lo ejecutaron… me dio mucho sentimiento porque…” él tenía una compañera con quien “se había acompañado y estaba embarazada”. Él “no era ningún inocente, pero si debe de haber sido complicado identificar a alguien, o empezar a desconfiar de repente de quién es el soplón… Esas semanas [de persecución] culminaron con la muerte de Tamara” (Ana, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 11 de mayo de 2009). Oscar también confirmó que el infiltrado pertenecía a las FPL y que poco después lo habían ejecutado, para ellos también ahí “finalizó el problema” (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
Los imaginarios de la guerra en la posguerra
Semanas después de la primera visita a la finca Bella Vista, regresamos por segunda vez. Para ese entonces, Rafa contactó a Madeleine Lagadec, una organización de derechos humanos conocida por su intenso e importante trabajo en la exhumación de restos de víctimas del conflicto (Constanza, Mira y Segovia, 2007), especialmente del caso el Mozote. La organización tenía conocimiento de cómo proceder en estos casos, además tenía contacto con el Instituto de Medicina Legal “Dr. Roberto Masferrer”, lo cual en principio facilitaría la exhumación. La gente de Madeleine Lagadec nos dijo que antes de entrar en contacto con las instituciones del Estado, necesitábamos estar seguros de dónde estaban las osamentas, porque ni la Fiscalía General de la República (FGR), ni otra institución oficial, iniciaría una investigación por sí misma y mucho menos buscaría las osamentas.
Oscar contactó a otros excombatientes que estuvieron el día de la emboscada en la cual cayó Tamara, entre ellos estaba el capitán, René Armando, “Balta”, “Lluvia”, “El Escuadrón”, “Jairo” y tres excombatientes más, cuyos nombres no recuerdo. En dos picops nos dirigimos nuevamente al volcán. Esta vez, en la tina del carro, sonaban los picos y palas. Además de Rafa y Diana, nos acompañaban una prima y un primo míos.
Al llegar, todos conversaban y reconstruían la historia desde sus propias perspectivas, sumando más información para localizar el lugar. Bajo el sol candente, los excombatientes buscaban, en un terreno que para mí seguía siendo ilegible. Poco después, coincidieron en que su cuerpo había quedado cerca de una quebrada que lograron determinar. Bajo la sombra de un pepeto comenzaron a escarbar. El capitán, como si aún pesara cierta jerarquía de los tiempos de guerra, definía los pasos a seguir. Él limpió con su corvo la poca maleza que había. La tierra estaba seca, dura y compacta. Oscar con pico en mano metió la primera punzada. Otro excombatiente sacaba cuidadosamente tierra con una pala, no sabían a qué altura estaban las osamentas. Mi madre, mi prima, mi primo y yo los mirábamos en silencio, estupefactos.
Rafa merodeaba con su cámara, registraba detalles de lo que iba pasando. Los excombatientes se turnaban con picos y palas, excavaban y excavaban. La tierra seca y dura iba abriendo paso, descubriendo sus entrañas. Algunas de las raíces del pepeto fueron quedando al aire. Los excombatientes sudaban bajo el calor del mediodía. Excavaron un poco más de medio metro, cuando aparecieron los primeros rastros de un plástico negro, deteriorados por los años. El mismo con el que la habían envuelto. Ese día, Oscar nos contó que en esa zona del Volcán llovía poco y que para poder tener agua, necesitaban recogerla colgando un plástico entre los cafetales; esa era la función del plástico negro que aparecía entre la tierra y que esa vez, en vez de agua, había resguardado a mi hermana.
Los ojos de Diana, mi madre, se entristecieron aún más cuando empezaron a aparecer las primeras osamentas. El capitán dejó la pala a un lado y siguió desenterrando cuidadosamente con sus manos. Me puse una mascarilla y me senté a lado del pepeto. Alguien colocó un plástico negro sobre el piso. Mientras unos excavaban, yo recibía una a una las partes de las osamentas de mi hermana. El silencio imperó en ese momento. Su cráneo estaba completo, al igual que sus costillas, los huesos de sus brazos y sus piernas; sin embargo, los restos de su mano derecha faltaban. Cerca de sus pies encontramos unos elásticos que, según los excombatientes, servían para asegurar el doblez de sus pantalones.
Rafa registró con su cámara el proceso de excavación. Por eso, tengo registro de cómo encontramos sus restos. Ese día, con un gran dolor en el pecho, bajo una nueva cobija de plástico negro, la volvimos a enterrar en el mismo lugar. No nos la podíamos llevar, sabíamos que necesitábamos un reconocimiento oficial para trasladar los restos del Volcán a un cementerio. La encontramos, pero no la teníamos.
La Fiscalía General de la República

El proceso para exhumar las osamentas inició en la FGR. Esta institución asignó una fiscal, a quien llamaré La fiscal,8 ella tendría en sus manos la autorización de la exhumación. La primera entrevista que tuve con La fiscal asignada rondó, la mayor parte del tiempo, entorno al cobro de un seguro de vida. Ella trataba de indagar si mi familia quería cobrar un seguro de vida debido a la muerte de Tamara. Yo trababa de explicarle las condiciones en que había muerto y el proceso de guerra en el país durante los años ochenta. Además, le aclaré que mi familia no estaba en El Salvador cuando Tamara cayó, y que por eso no la habíamos enterrado. No hubo manera de convencerla de que no estábamos interesados en obtener el pago de un seguro y que solo queríamos exhumar sus osamentas para otorgarles un lugar a sus restos, proceso que ante nuestros ojos era digno y emocionalmente necesario.
La fiscal tomó contacto con la Unidad de Investigación Criminal (UIC), de la Policía Nacional Civil. La policía mandó a llamar a varios de los que participaron en la exhumación, entre los que estaba yo. Nos interrogaron. En ese momento, en tiempos de paz, en El Salvador ocurrían aproximadamente 18 asesinatos diarios por violencia (Cruz, 2003). Yo comprendía que para la policía el que nosotros hubiéramos encontrado las osamentas era motivo suficiente para iniciar una investigación. Sin embargo, la dirección que tomó el interrogatorio fue tenso (Figura 4).
La policía, al igual que la fiscalía, intentaba comprobar o descartar el cobro de un seguro de vida, pero, además, nos interrogó colocándonos como sospechosos del crimen. Al igual que a La fiscal, yo le expliqué al agente de la UIC el porqué de la exhumación y las condiciones en que había muerto Tamara, pero era difícil que comprendiera. Tras horas de preguntas y respuestas, la policía descartó que fuéramos los responsables de la muerte de Tamara.
Al final, todos salimos cansados de tratar de esclarecer las circunstancias en que se había desarrollado la guerra, eso que muchos llamaban “la revolución” o “la lucha armada”; una época que considerábamos épica parecía inexistente para otros y otras. Ese momento fue impactante para mí, no entendía cómo dos funcionarios públicos no lograban considerar que aún podía haber osamentas de la guerra reciente, y no solo de la violencia brutal que vivíamos en la posguerra. En realidad, era como si habláramos dos idiomas diferentes.
A pesar de la confusión, la policía no encontró razones para retenernos y La fiscal dio luz verde para proceder con las diligencias judiciales. El procedimiento para el traslado de restos, según la ley, requería varios pasos. En primer lugar, se debía escribir una carta al director Departamental de la zona de San Salvador, la cual detallara el lugar donde se encontraban los restos y adonde serían trasladados. Después, se debía gestionar una autorización del Ministerio de Salud, a través de la Unidad de Saneamiento Ambiental correspondiente. Dicha unidad exigía que, para exhumar un cadáver y trasladarlo después de más de siete años, se debía cumplir una lista de requisitos, caso contrario, no se otorgaba el permiso de traslado.
La lista de requisitos era un contraste con la realidad. Entre las exigencias estaba que el traslado debía hacerse en una bolsa de polietileno de 1 milímetro de espesor y en un envase metálico con cierre hermético donde se depositarían los restos, debido a los posibles olores que podría emanar. Otro requisito era el equipo de protección con el cual se haría la excavación. Las personas encargadas debían usar uniformes especiales, guantes, gorro, gabacha y mascarilla protectora. Posteriormente, esta ropa debería de ser desinfectada con agua hervida u otra solución. Dichos recursos y costos debían correr por nuestra cuenta.
Proseguía la lista. Indicaron que la fosa que contenía los restos debía ser enterrada de inmediato junto a todos los desperdicios y abrojos producto de la exhumación. Además, exigían que los restos no debían detenerse en ningún punto: “Los restos deberán ser conducidos de inmediato hacia el punto de la inhumación, sin estacionarse en ningún punto del recorrido, tomando en ese lugar las mismas precauciones higiénicas de la exhumación”. Al final del documento, se menciona: “Nota: si usted no cumple con estos requisitos, no podemos darle permiso para el traslado de los restos de la persona fallecida”.9
Por su parte, La fiscal del caso exigía un “estudio antropológico” de los restos para corroborar su reconocimiento, eso implicaba que, tras la exhumación de los restos en la finca, estos debían ir directamente al Instituto de Medicina Legal. Lo anterior generaría un incumplimiento de las exigencias del Ministerio de Salud, de manera que se negaría la exhumación.
En las conversaciones que tuve con el funcionario público de salud le expliqué que varios de los requisitos que estaban en la lista eran imposibles de cumplir y que otros no eran necesarios. Le dije que Tamara había muerto hace más de 12 años y que encontramos sus osamentas, no un cuerpo en descomposición. Le conté que ya habíamos localizado las osamentas para asegurar la localización, un requisito básico de la fiscalía, dado que, sin una localización exacta, la fiscalía no procedería. Tras largas conversaciones, acordamos que los restos serían desplazados en una bolsa de un milímetro de espesor y que serían colocados en una caja de madera para su traslado, además, que las osamentas debían realizar dos paradas obligatorias antes de llegar al cementerio: el Instituto de Medicina Legal, requisito de la fiscalía; y la casa de mi familia, un deseo personal, aunque yo pensaba que velar a los muertos era un derecho de cualquier ser humano.
La partida de defunción
Pese a los acuerdos hasta el momento adquiridos con la de Unidad de Saneamiento Ambiental, esta tenía otro requerimiento básico. La unidad solo procedería con la exhumación tras una orden de pago que debía hacer en el Ministerio de Hacienda. En esa ventanilla, me exigían mostrar la partida de defunción, un requisito que también demandaba el cementerio. Era un poco difícil comprender por qué exigían una partida de defunción antes del reconocimiento de las osamentas de una persona.
Sin embargo, fui a solicitar dicha partida a la alcaldía de Apopa, dado que la finca Bella Vista era jurisdicción de dicho municipio. Llevé la documentación que hasta entonces había obtenido y la entregué en una ventanilla llamada de “La Familia”. Tras revisar la información, la funcionaria pública me dijo que para dicho trámite era necesario hacer un nuevo juicio de identidad, por medio de la Procuraduría General de la República y me los devolvió. Sin saber exactamente qué hacer, decidí probar suerte y regresé a la Unidad de Saneamiento Ambiental a fin de explicar la posición de la alcaldía de Apopa. Tras mostrar los documentos que hasta ese momento tenía en mis manos, La fiscal del caso aceptó que pagara la orden sin la partida de defunción.
De vuelta al volcán

El 2 de junio del 2000 subimos al Volcán, junto a la FGR, el Instituto de Medicina Legal, la Unidad de Saneamiento Ambiental del Ministerio de Salud Pública, miembros de Madeleine Lagadec, varios de los excombatientes que habían ayudado a la localización de las osamentas y algunos integrantes de mi familia. Aquella mañana caliente, las autoridades reconocieron oficialmente las osamentas de Tamara, mi hermana. Revisaron la zona, llenaron formularios, sacaron las osamentas y se subieron nuevamente a sus respectivos carros (Figura 5). La primera parada de las osamentas de mi hermana fue el Instituto de Medicina Legal. Ahí estuvo por varias semanas.
Después de un tiempo, llamé a Medicina Legal en reiteradas ocasiones, pero sin mucho éxito. Yo quería saber cuándo podía retirar los restos de mi hermana, pero Medicina Legal me repetía que no me los darían hasta que La fiscal lo autorizara. La fiscal, por su parte, argumentaba que no tenía tiempo para autorizar el retiro y que en algún momento lo haría.
Mientras tanto, seguíamos en comunicación con la alcaldía de Apopa para poder obtener la partida de defunción y presentarla al cementerio, pero la alcaldía insistía en el juicio de identidad para autorizar la partida de defunción. Para obtener este juicio, la Fiscalía debía trasladar la información a la Procuraduría General de la República. Sin embargo, la Fiscalía insistía en que la información ya vertida por su institución era suficiente para obtener la partida en la alcaldía, de manera que se negaba a trasladar la información a la Procuraduría. Nadie quería ceder para facilitar los trámites.
Finalmente, el 13 de julio de 2000, obtuve la autorización de La fiscal para retirar los restos de Medicina Legal. En la carta La fiscal del caso indica:
Por este medio de la presente solicito colaboración en el sentido de ordenar a quien corresponda entregue restos óseos pertenecientes al cadáver de Tamara Ruth Melara Minero, quien fue exhumada el día 2 de Junio del presente año en la finca Bella Vista, Cantón Las Delicias, Jurisdicción de Apopa siendo reconocida por medio de los señores Óscar Mejía Mejía, Óscar Sorto González, así como familiares de la occisa.
No omito manifestarle que ha dicho cadáver se le practicó estudio Antropológico, determinándose en el mismo pertenecer a Tamara Ruth Melara Minero.
Solicitando que dichos restos le sean entregados a la señora Lidice Michelle Melara Minero, previa identificación, ya que se encuentran en depósito desde el día de su Exhumación (La fiscal, comunicación escrita, 13 de julio del 2000).
El 17 de julio pudimos retirar las osamentas. Al tenerlas, me impactó ver el cráneo de Tamara, pues llevaba una máscara roja que cubría la mitad de este, hecha con un material parecido a la plastilina. Me pareció una falta de respeto recibir las osamentas de mi hermana de esa manera. Le pregunté al funcionario público que nos la entregó por qué llevaba eso, él nos explicó que estudiantes de medicina estaban haciendo pruebas.
El estudio antropológico del patólogo estaba escrito con un lenguaje bastante directo y técnico. Con mi poco conocimiento sobre el tema, de su reporte logré evidenciar varias cosas que confirmaban que las osamentas pertenecían a Tamara. En primer lugar, se reconocía que estas correspondían a una mujer entre los 18 y 23 años, dado el análisis de los huesos. Medía aproximadamente 1.63 cm. El rango de edad y la altura coincidían con la de hermana.
Entre los testimonios de los excombatientes se había mencionado que cuando la encontraron, después de su muerte, no tenía “la mano derecha”, lo cual fue comprobado. De igual forma, el patólogo realizó una prueba de contraposición entre una fotografía de mi hermana y el cráneo encontrado, ambos coincidían. Un hallazgo clave lo encontraron en la dentadura, la cual mostraba claros signos de tratamiento “odontológico restaurativo”. Tamara había utilizado frenos o braquets durante varios años; y dentro del frente de guerra no había muchas mujeres que tuvieran este tratamiento.
Nos llevamos los restos de mi hermana en una caja de madera que nos donó Madeleine Lagadec. La Unidad de Saneamiento Ambiental nos autorizó tener sus osamentas en casa por tres días, lo cual yo reescribiría, partiendo de mis emociones, como “solo tres días”. Fue intenso, necesario e importante tenerla en casa. Para mi padre, quien no había sido partícipe de la decisión de exhumarla, pero que tampoco nos lo prohibió o impidió, el lugar de Tamara era en el Volcán. Por eso, para él fue un momento muy emotivo, donde reconoció y palpó finalmente la muerte de su hija. El silencio, la ternura y el dolor circundaron por la casa durante esos días.
Pese a los requisitos iniciales, al explicar la situación ante la administración del cementerio y mostrar los documentos que nos había otorgado la FGR, el Instituto de Medicina Legal y la Unidad Saneamiento Ambiental, finalmente aceptó enterrarla en ese lugar.
La ceremonia de bienvenida y despedida
Por esas coincidencias de la vida, que a veces no logramos explicar, enterramos a mi hermana el 29 de julio de 2000, exactamente 32 años después de su nacimiento. La ceremonia fue un momento emotivo, donde se juntaron familiares, amigos y amigas, así como personas de diferentes organizaciones políticas y sociales. En El Salvador la política permea muchos aspectos de la vida, entre ellos la muerte.
Tras cantos, lecturas de cartas y palabras de cariño, enterramos las osamentas de Tamara. Al lado de su placa colocamos otra sin restos, como símbolo de recuerdo de la muerte de mi hermano, Pavel, a quien aún no encontramos. Ese día, en comunidad, le dimos la bienvenida a Tamara a un espacio que nosotros escogimos y, al mismo tiempo, nos despedimos de ella honrando su vida y su muerte.
La partida de defunción, un segundo intento
Tras el entierro, insistimos en solicitar la partida de defunción en la alcaldía de Apopa. La funcionaria de Familia de la alcaldía mantuvo su posición de exigir un nuevo juicio de identidad. En varias ocasiones acudí a la Fiscalía para convencer a La fiscal. En una de nuestras últimas pláticas, La fiscal, cansada de mi insistencia, argumentó que yo no necesitaba una partida de defunción, que mi hermana ya estaba enterrada y que eso era lo que mi familia y yo queríamos, y dado que no íbamos a cobrar un seguro de vida, la partida de defunción no tenía sentido, me dijo que dejara de insistir en tal tontería.
Agotados de seguir los canales formales y empujar con nuestras propias fuerzas, decidimos buscar ayuda a través de la gente del Partido Comunista de El Salvador. La alcaldía de Apopa estaba en manos del partido de izquierda, el FMLN, y pensábamos que debido a las relaciones de antaño de mi padre y mi madre con el partido lograríamos, a través de su dirección y sus abogados, obtener la partida de defunción.
Mi padre y mi madre enviaron una carta al Consejo Municipal de Apopa, hasta lograr una cita con él. El día del encuentro, nos dijeron que el alcalde estaba fuera del país y nos atendió su secretario. Después de escucharnos, él conversó por teléfono con la funcionaria de la oficina de la Familia que nos había atendido semanas atrás. La conversación subió poco a poco de tono. El secretario coincidía con la posición de la Fiscalía de que los documentos elaborados por dicha institución y Medicina Legal eran suficientes para proporcionar una partida de defunción por parte de la alcaldía. La funcionaria de la oficina de la Familia insistía en el juicio de identidad.
Dentro de la alcaldía, el proceso había sido discutido entre dos abogados. Uno de ellos amenazaba con imponernos una multa por no seguir el debido proceso en la declaración de la muerte. Según él, cuando alguien fallecía, su deceso debía ser declarado en los primeros quince días. Nosotros nos habíamos tardado doce años. La funcionaria de la oficina de la Familia exigía las declaraciones de los testigos y además argumentaba que una situación similar nunca había ocurrido en esa alcaldía. Cuando acabó la conversación, quedó claro que la mujer que trabajaba en la oficina de la Familia tenía más poder que el secretario y el alcalde. La ida y venida de papeles, visitas y sinsabores continuó en un círculo sin salida. Tras meses de discusión y tensiones, desistimos de obtener la partida de defunción.
La revolución y los mártires de la posguerra
Yo crecí escuchando canciones, consignas y discursos donde el mayor sacrificio revolucionario era la entrega de la vida por la revolución: ¡Patria o muerte! ¡Venceremos! Así rezaba una de las consignas más emblemáticas en los años ochenta. En los libros de poesía y literatura que llegaron a mis manos cuando yo era una niña y una adolescente, la revolución era un ideal, la utopía a seguir, la construcción de una sociedad nueva. Los hombres y mujeres que entregaban su vida por ella, los sacrificados, se consideraban mártires, como si un poder divino actuara sobre ellos y ellas, y de esta manera le otorgábamos significado a la lucha revolucionaria. Esta idea impregnaba el discurso de las organizaciones político-militares y su militancia (Ver Alvarenga, 2017; Peterson y Peterson, 2008; Sprenkels, 2023; Torres-Rivas, 2011).
La reconstrucción de las circunstancias en que la unidad de Tamara y Ana y la unidad de Oscar operaron en el Volcán me ha llevado a reflexionar sobre el significado de la palabra “revolución” o lo que yo había entendido por esta. La violencia descrita en ese lugar, el reclutamiento de niños soldados, la situación del infiltrado, el juicio y su ajusticiamiento, la muerte de mi hermana y el abandono de sus osamentas, así como las de tantos otros y otras (que aún no se han recuperado) contrastaba con los discursos revolucionarios predominantes dentro de las organizaciones político-militares del FMLN en la guerra, y del FMLN como partido político en la posguerra.
Durante la guerra, la palabra revolución dentro de las OPM fungía como motor movilizador, por lo general, se destacaban aspectos positivos del grupo o lo que Van Dijk llama la identidad del “nosotros” (Ver Van Dijk, 1996). Bajo la palabra revolución se resaltaban valores como la justicia social y la solidaridad, los cuales fungían como pegamento, unificando diferentes proyectos colectivos e individuales. Asimismo, la revolución implicó la lucha armada, una forma de hacer política que se consideraba legítima. Los militantes fueron los actores que participaron en esta, una de las representaciones más sobresalientes era el ser guerrillero o guerrillera. Si uno de ellos caía en combate era reconocido como un mártir, la entrega de la sangre se consideraba la expresión máxima de sacrificio revolucionario para la construcción de un futuro mejor. Este carácter colectivo donde se expresó solidaridad, militancia, lealtad, sacrificio y esperanza fueron parte de la identidad de la revolución salvadoreña (Cortina Orero, 2017).
No obstante, bajo la sombrilla de este proceso revolucionario también existieron otras narrativas, complejas y enredadas, que lo definen. Entre estas podemos nombrar relatos de abuso de poder, ejecuciones internas, castigos, decisiones tomadas por ciertos mandos o militantes para beneficio propio, privilegios de ciertos grupos dentro de la guerrilla y otras formas de violencia interna. Esos relatos incómodos han sido muchas veces ignorados, callados en nombre de la revolución o bajo la justificación de no hacerle el juego al enemigo. Desde hace años, poco a poco se han develado algunos casos (Ver Galeas y Ayala, 2008; Sprenkels, 2023) que van formando parte de la redefinición de lo que entendemos por revolución.
En El Salvador de la paz no hubo revolución, ni la mayoría de las personas que dieron su vida por la causa revolucionaria se convirtieron en mártires revolucionarios, calificativo que aclaro no me gustaría otorgarle a mi hermana y a mi hermano; lo traigo como referencia dado el peso ideológico, moral y central que jugó esta categoría en este período. Durante la transición se hicieron pocos esfuerzos por parte del FMLN como partido político para recuperar de manera sistemática y estructurada las osamentas de los caídos en combate. En esta etapa, el FMLN destinó la mayor parte de su esfuerzo a la transformación de organi-zación político-militar a partido político. Otra parte sustancial de su energía la dedicó a resolver los fuertes conflictos internos y separaciones dentro del partido y las organizaciones que lo constituían (Sprenkels, 2023; Kruijt, 2009).
La muerte del combatiente común o compañeros militantes como categoría identitaria, esa bandera de lucha e inspiración que había sido de suma importancia durante “la revolución” para el FMLN, no adquirió el mismo nivel en su agenda política durante la transición y la posguerra. Oscar me contó que después de los Acuerdos de Paz (1992), durante la fase de cese de fuego, el mando de las FAL decidió construir un memorial en la ciudadela Manuel Hungo.10
No obstante, todos los y las combatientes no se llevaron a ese lugar. Oscar cree que probablemente solo trasladaron a aquellos cuya ubicación se conocía y que contaban con la aprobación de su familia, pues no todos querían mover a sus muertos del lugar donde habían caído. Años después, en el 2020, Oscar me contó que el memorial estaba en una situación deplorable, varias tumbas estaban abiertas y las osamentas al descubierto. Han sido los y las excombatientes quienes en los últimos años se han encargado del cuidado, apoyándose económicamente entre ellos para mantenerlo (O. Mejía, comunicación personal, 24 de mayo de 2020).
El olvido o el recuerdo, según la perspectiva desde la que se mire, no se aplicó a todos los caídos por igual. Dentro del FMLN, oficialmente, se reconocieron ciertos muertos y se convirtieron en mártires aquellos que representaban la grandeza y la moralidad revolucionaria (en su mayoría hombres), primordialmente de los líderes políticos. Se definió qué se debía recordar y cómo se debía hacer, de manera que se crea un nuevo marco de interpretación para consolidar y crear identidad entre la militancia y otras audiencias, particularmente las electorales (Sprenkels, 2023).
Cuando el FMLN accedió al poder con el gobierno de Mauricio Funes (2009-2014), tampoco hubo un cambio orientado a la búsqueda sistemática por parte del partido o las instituciones del Estado, a fin de recuperar los restos de combatientes, militantes, militares y gente asesinada y desaparecida durante el conflicto armado. Fue hasta el 2017, con el gobierno de Salvador Sánchez Cerén (2014-2019) que se da un paso importante en este tema, pues se anuncia la formación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABÚSQUEDA).
Dicha comisión nace impulsada por la organización Programas de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés), la Fundación Mauricio Aquino (MAF, por sus siglas en inglés) y familiares “salvadoreños estadounidenses” que perdieron a sus seres queridos durante el conflicto armado. Su objetivo era saber qué sucedió con las personas desaparecidas de manera forzada, para así, eventualmente, enterrarlos de manera digna y contribuir a curar el duelo colectivo (WOLA, 2017). Tal como se mencionó, esta comisión abarca la “desaparición forzada” durante el conflicto; sin embargo, no está en sus objetivos la búsqueda de las osamentas de personas que cayeron en combate de ambos bandos o civiles asesinados durante ataques a las comunidades perpetrados por el Ejército.
La formación de esta Comisión ha facilitado la búsqueda de personas desaparecidas durante el conflicto armado, se ha contribuido a la recopilación de un banco de datos en el Instituto de Medicina Legal. Sin embargo, en un artículo de Hinestrosa, Huhle y Jave, escrito en el 2021, se analizan cuatro comisiones de búsqueda en América Latina, entre ellas la de El Salvador. En este se señalan algunos de los problemas que enfrentan dichas comisiones, entre los cuales encuentro similitudes con respecto a los problemas que enfrenté en el 2002 y que he mencionado a lo largo de este artículo. Según ellos, uno de los problemas es la coordinación entra la Comisión de Búsqueda y la Fiscalía, esta coordinación es un desafío.
Principalmente, la Fiscalía juega un papel central, dado que no facilita la cooperación con otras instituciones, sino que mantiene rigidez en la facilitación de datos y expedientes y muestra falta de cuidado con su obligación de búsqueda, puesto que da prioridad a la investigación de los perpetradores (Hinestroza, Huhle y Jave, 2021). Aunque sería necesario ahondar en cómo se desarrollan estos procesos hoy en día, esto nos indica que adentrarse en el proceso de búsqueda de la reconstrucción de los hechos del conflicto armado sigue siendo una tarea difícil desde diferentes ángulos.
Un mapa de muertos en reconstrucción
De la guerra aún hay muertos enterrados, semienterrados o a la intemperie, sin reconocimiento oficial, por todos lados, de los diferentes bandos, en particular de civiles. Entre la tierra, enterrados y a veces bastante cerca de la superficie (metafórica y físicamente hablando), existe un mapa de muertos que nos constituye como sociedad. Cuando Rafa llegó a El Salvador, en 1992, escribió una frase impresionante y conmovedora para referirse a Chalatenango: “Aquí las direcciones se dan por los muertos. Allí donde cayó aquel” (Ralph Sprenkels, comunicación personal, 1993). Esta frase reflejaba el mapa direccional y de identidad en el cual se movía la gente en este departamento, uno de los más golpeados por la violencia durante el conflicto armado. La cantidad de civiles asesinados de manera individual y masiva en el norte de Chalatenango fue impresionante (Comisión de la Verdad, 1993, p. 9).
La frase también refleja la importancia de nombrar y honrar a los muertos en este lugar. De hecho, desde que terminó la guerra, en el norte de Chalatenango se han desarrollado diferentes esfuerzos encaminados a la recuperación de osamentas, el registro de personas asesinadas y desaparecidas, y a la conmemoración de masacres y otros momentos relevantes para las comunidades. Esta tarea ha sido llevada a cabo principalmente por parte de organizaciones no gubernamentales y familiares (Redacción FOCOS, 2021). Actualmente, sobrevivientes de las masacres, la Asociación Sumpul y académicos de la Universidad de Western Ontario, Canadá, construyen un mapeo de las masacres ocurridas en Chalatenango.11
Para los excombatientes que me ayudaron a encontrar a mi hermana, esta referencia de los muertos que mencionó Sprenkels no era muy diferente. Mientras exhumábamos las osamentas de Tamara, Oscar contaba que en las faldas del volcán había “otro compañero, tirado hacia el lado de Mejicanos”, quien cayó en una emboscada (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009). Mencionó también al “Negro Pelsón”, él estaba enterrado cerca de donde encontramos a Tamara. A él, años después, en el 2007, lo exhumaron en la finca Bella Vista.
Gilberto, un excombatiente que entrevisté en el 2021, con el objetivo de reconstruir cómo murió mi hermano Pavel, me contó que él, junto con otros compañeros, habían ubicado unas fosas en Soyapango, donde calculaban que había entre 60 y 80 combatientes que murieron durante la ofensiva de 1989. Asimismo, mencionó que otro compañero tenía una lista de compañeros y compañeras que salieron de Cabañas para la ofensiva de 1989 y nunca más regresaron (G. García, comunicación personal, 17 de mayo 2021).
A este mapa de muertos también se suman los muertos del ejército que han quedado por ahí. Por ejemplo, Oscar contó una historia sobre un combate en Guazapa, donde quedaron aproximadamente ocho soldados tirados. Nunca los llegaron a sacar, “se los comieron los sopes”, los huesos están “regados por todos lados” (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009). En la posguerra, sus familiares se han acercado a los excombatientes para preguntarles por estos. Oscar dice que “Ya no podés decir ‘esto es de mi hijo, esto es del otro’”.
El pasar del tiempo, ese tiempo en el cual por diversas razones no se han recuperado las osamentas, va teniendo consecuencias. Una de ellas es que cada vez es más difícil recuperarlas, debido al daño físico que estas sufren y el cambio físico del paisaje. Un tema clave son los testigos, es necesario conocer personas que estuvieron en el lugar y que tienen conocimiento sobre las circunstancias en las cuales ocurrieron los hechos, aunque cada vez quedan menos testigos para reconstruir estos procesos. A esto se suman los recursos económicos, la falta de conocimiento sobre cómo comenzar la búsqueda y a quién pedir apoyo con los trámites legales (O. Mejía, comunicación personal con Ralph Sprenkels, 17 de mayo de 2009).
En El Salvador, bajo la tierra, existen cientos de muertos, osamentas, que son evidencia de la guerra, del dolor, de las pérdidas, de nuestras emociones, de nuestra memoria. Son una huella de la reconstrucción de ese mapa que con dolor nos pertenece. Reconocerlos en sus relatos, nombrarlos con nombres y apellidos, y dignificarlos en el presente significa acercarnos un poco más a la verdad, reparar un poquito nuestras vidas y sanar como sociedad.
Mi memoria y mi olvido, mi olvido y mi memoria
Una vez le pregunté a una compañera del PCS sobre las razones del reclutamiento de mi hermana y mi hermano, ¿por qué creía ella que los habían reclutado? Ella me respondió: “pero, lo hicieron porque quisieron”. Esas palabras me conmovieron. Entendí que la responsabilidad parecía residir directamente sobre ambos, lo cual borra la lucha en conjunto, la responsabilidad moral y las decisiones de la organización, como si el ideal de la lucha revolucionaria en colectivo no hubiera jugado ningún papel en la toma de decisiones de mi hermana y mi hermano, y tantos otros. Ha sido difícil comprender cómo en la posguerra esa idea de responsabilidad colectiva con los muertos, que alguna vez existió en el llamado “proceso revolucionario”, se diluyó. La desilusión, el sinsabor y el dolor no solo encontraban eco en la ilusión de un proceso de transformación que nunca se dio, sino también en el desinterés del Partido Comunista, en particular, y del FMLN, en general, de reflexionar, comprender y repensar de manera crítica el reciente conflicto armado.
La búsqueda de las osamentas de mi hermana, la reconstrucción de las circunstancias en las cuales ocurrieron los hechos y la puesta de este problema de manera pública, han requerido hasta ahora de un esfuerzo individual, familiar y colectivo con los excombatientes. Este esfuerzo no nació o se impulsó desde la organización a la cual pertenecieron mi hermana, mi hermano y mi familia. Aunque es necesario señalar que en algún momento nos ayudaron de manera concreta, la organización que impulsó la revolución no fue capaz de organizarse y comprometerse para honrar a sus muertos en tiempos de paz.
Indagar en mí sobre mi propio proceso de duelo y mis miedos abrió el espacio para tomar la decisión de recuperar las osamentas de mi hermana. Esta decisión dio pie a otras lecturas sobre lo que pasó en el Volcán y la muerte de Tamara, pero también sobre mi interpretación sobre la lucha revolucionaria. Reconstruir los hechos a partir de los testimonios y enfrentarme a la relación con instituciones estatales para trasladar sus osamentas al cementerio, me ha permitido reflexionar sobre qué y cómo recordar, y qué y cómo recuerdan otros y otras el conflicto armado en El Salvador.
De igual forma, he reflexionado sobre el olvido y he entendido que se necesita cierta dosis de este para procesar todo el drama colectivo. Además, comprendí que mucha información sobre mi hermana y sobre tantos muertos de la guerra quedará en el olvido con el paso de tiempo. De mejor manera, entendí que la memoria sobre lo que había pasado en el conflicto armado tiene profundas dificultades para hacerse un espacio en la vorágine de la violencia actual y en los dramas cotidianos que nos circundaban. Al excavar en el pasado reciente, me di cuenta de que el olvido, la indiferencia u otros dramas, se premian sobre la memoria del conflicto, que para mí había sido tan importante. Mi realidad, mi vivencia, estaba desconectada de la memoria de otros y otras en mi país.
En conversaciones recientes con Ana, me dijo que en el contexto salvadoreño aún era delicado hablar sobre su militancia y que en varios de sus círculos sociales ella no hablaba “tan abiertamente” sobre su participación. Agregó que era
Un tema que te deja un estigma, de ser una persona que no está dentro de la normalidad dentro de su experiencia de vida, ni en la normalidad en cuanto a su visión de vida, ni en cuanto a su propio carácter personal… Al margen que haya sido un tema generacional, siempre uno está como en un segmento de la sociedad un poco diferenciado (Ana, comunicación personal, 20 de agosto de 2024).
Las palabras de Ana resuenan en mi historia de vida y me hacen pensar en lo que estoy escribiendo. ¿Cuántas veces no he dudado en publicar esto abiertamente? Pienso en Halbwachs, quien decía “el pasado desconectado es memoria muerta” (Climo y Cattell, 2002), pero especialmente pienso en las palabras de Rafa, quién me escribió tras el entierro de mi hermana: “Aprendí que en la tristeza más profunda se encuentra también la mayor fortaleza. La cosa es saber dónde buscar. Michelle lo sabe y me lo ha enseñado” (R. Sprenkels, comunicación personal, 2001).
Esas palabras me impulsan nuevamente a escribir y aumentan mi necesidad de contar. Y es que durante la guerra, en la búsqueda de las osamentas de mi hermana se impusieron otros temas como la lucha revolucionaria, las circunstancias políticas, la violencia, el miedo, la clandestinidad y, en el caso de mi familia, la distancia. En ese momento no pudimos hacer un reconocimiento físico del cuerpo de mi hermana y mucho menos obtener información directa de los testimonios. De acuerdo con la información proporcionada, asumimos su muerte sin hacer más preguntas.
La guerra, además, seguía ocupando una posición hegemónica en la vida y en las decisiones de mi familia, lo cual coloca la muerte de mi hermana en algún rincón doloroso del alma. Posteriormente, durante los primeros años de la transición, siguió imperando, aunque con sus matices, la clandestinidad. Había una voz interior que me decía que era “mejor no preguntar”. Esta se veía reforzada con la violencia política y social que aún se vivía en El Salvador.
El miedo seguía presente en un país en transición, así como el dolor de enfrentarse al reconocimiento de la pérdida. Cuando finalmente tomé la decisión, obtener sus osamentas fue reconocer su ausencia, pasó de ser una historia, que a veces era como un nube borrosa y fantasmal, a una realidad. Desenterrarla, enterrarla nuevamente y otorgarle un lugar, materializaba la huella que encontraba sentido en la reconstrucción de los testimonios de los excombatientes.
A pasos de tiempo de tortuga, porque el dolor profundo no sabe de prisas, he logrado acercarme desde mi presente al pasado, debido a un arduo trabajo en mi proceso del duelo. Las pérdidas requieren tiempo, nadie sabe con certeza cuando empieza uno a cargarlas con un peso más liviano y se convierten en calma, en aprendizaje y serenidad que permiten dar paso a visibilizar y honrar un tiempo y un lugar.
Referencias
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Notas
Información adicional
Acerca de la persona autora: Lidice Michelle Melara Minero. Salvadoreña. Socióloga con master en Ciencia Política, ambos por la Universidad José Simeón Cañas, San Salvador, El Salvador. Actualmente es integrante del equipo de investigación Surviving Memory in Postwar El Salvador, University of Western Ontario, Canadá, además, de la Casa Museo Jon cortina y el grupo O Istmo. Sus líneas de investigación son la derecha, la revolución, el conflicto armado, la violencia y temas sobre memoria en El Salvador. Asimismo, es artista visual y en su trabajo aborda también estos temas, así como la ausencia, las pérdidas y la resiliencia.
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