PRÁCTICAS ESPACIALES Y TRÁFICO DE DROGAS EN PUEBLO NUEVO DE PAVAS 1: RETERRITORIALIZAR LA LÍNEA
PRACTICES ON SPACE AND DRUG TRAFFICKING IN PUEBLO NUEVO OF PAVAS: RETERRITORIALIZE LA LÍNEA
PRÁCTICAS ESPACIALES Y TRÁFICO DE DROGAS EN PUEBLO NUEVO DE PAVAS 1: RETERRITORIALIZAR LA LÍNEA
Revista de Ciencias Sociales (Cr), vol. II, núm. 152, pp. 69-88, 2016
Universidad de Costa Rica
Recepción: 15 Junio 2015
Aprobación: 06 Abril 2016
Resumen: En este artículo se analiza la dinámica de diversos miembros de una comunidad en Pavas, específicamente en la zona denominada La Línea. Este espacio se caracteriza por la venta y el tráfico de drogas, siendo un lugar de altas tensiones y difícil sobrevivencia. Para este análisis se utilizaron tres imágenes narrativas sobre diferentes situaciones que acontecen en su cotidianidad. Para esta investigación se realizaron entrevistas a vecinos de la comunidad, familiares y conocidos de los perjudicados, así como grupos focales. El análisis de estas situaciones conduce a visualizar la fractura social que el comercio de la droga y su represión ha producido en los sectores de mayor expulsión social y económica, afectando principalmente a la juventud masculina.
Palabras clave: NARCOTRÁFICO, DROGAS, EXPULSIÓN SOCIAL, MASCULINIDAD, ESPACIO, VIOLENCIA, HOMICIDIO DOLOSO.
Abstract: This article discusses the dynamics of various members of a community in Pavas, specifically in the area called La Linea. This space is characterized by the sale and trafficking of drugs, being a place of conflict and difficult survival. In this analysis, it be used three narrative images of different situations that happen in their daily life. For this research, we made interviews with community residents, relatives and acquaintances of those affected, besides focus groups. The analysis of these situations leads to visualize the social fracture, which has been produced by the drug trade and its repression, affecting sectors of more social and economic expulsion, mainly male youth.
Keywords: DRUG TRAFFICKING, DRUGS, SOCIAL EXPULSION, MASCULINITY, SPACE, VIOLENCE, INTENTIONAL HOMICIDE.
Introducción
Morir asesinado en la calle; tal parece ser el destino de los vendedores de droga de Pueblo Nuevo de Pavas: “No nos pagan para vender, ni para matar, nos pagan para morir” (Participante del programa, masculino 16 años), así resumía la situación un joven de la zona, que asistía al programa de prevención de violencia y que durante un breve período, había sido reclutado en las filas de los traficantes. El “pacto” tácito al que se adhiere al ingresar en esta profesión de alto riesgo, no es únicamente la venta de mercancías ilegales sino la lucha a muerte por el espacio; un espacio imbricado en una red de lealtades y conflictos mucho más antiguos que la corta vida de los jóvenes vendedores. Generaciones enteras de jóvenes traficantes han desaparecido en esta misma lucha. Pero los efectos de esta dinámica exceden con creces las organizaciones criminales y son extensibles a la dinámica de toda la comunidad. El resultado de años de conflicto es un ambiente de alta tensión y violencia en el que las dinámicas comunicacionales ambiguas y contradictorias han ido moldeando un tejido social debilitado.
Este artículo es producto de una investigación realizada por los autores en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica, la cual buscó recrear los significantes vida, muerte y ritos funerarios de cinco sujetos asesinados en dos puntos geográficos: La Línea y Pavas centro. Todos fueron vendedores de drogas en el espacio que los vecinos del barrio Pueblo Nuevo de Pavas2 denominan La Línea, debido a las líneas del tren. Se privilegiaron las vías de acceso a la subjetividad por medio de la palabra; con entrevistas a vecinos de la comunidad, familiares y conocidos de los ajusticiados (20 entrevistas y cuatro grupos focales). Asimismo, como parte de una investigación más amplia, se analizaron los datos estadísticos de los Informes de Homicidios Dolosos entre los años 2006 y 2013 realizados por el Departamento de Planificación del Poder Judicial para el Ministerio Público, el cual se encarga de consolidar los datos oficiales del Poder Judicial, incluyendo los fallos del Ministerio Público, OIJ y Fiscalía, estableciendo las causas de muerte que se documentan sobre el barrio Pueblo Nuevo de Pavas en lo referente a conflictos en el espacio y venta de drogas3.
IMÁGENES NARRATIVAS
Según Giorgio Agamben, “el paradigma es un caso singular que está aislado del contexto al que pertenece únicamente en la medida en la que, presentando su propia singularidad, vuelve inteligible un nuevo conjunto de cuya homogeneidad él forma parte” (2008, 18-19). Siguiendo la vía metodológica de este autor, la investigación indagó tres ejes paradigmáticos del lazo social en esta comunidad:
Estos ejes paradigmáticos se presentaron repetitivamente en las narraciones durante los años de este trabajo investigativo, el cual contempló tres frentes: 20 entrevistas a profundidad a vecinos, familiares y amigos(as) de los cinco narcotraficantes asesinados en su lugar de venta: La Línea o en el centro de Pavas (distrito del cantón central de San José); cuatro grupos focales, dos de jóvenes menores de 30 años y dos de madres y mujeres de la comunidad, con un total de participantes de 18 autóctonos de la comunidad. Pero quizás el elemento más importante es el componente etnográfico de la investigación: la investigadora ha trabajado diariamente en esta comunidad durante la última década y el investigador cuenta con una experiencia de tres años en esta comunidad en atención directa a jóvenes en riesgo social y sus familias4.
Como forma de sintetizar y explicitar estos tres ejes paradigmáticos se eligió, la denominación “imágenes narrativas”, entendidas como imágenes vitales que condensan la repetición discursiva. Lo anterior permitió postular los tres ejes paradigmáticos mencionados en los que se demuestra tal y como lo formula Agamben: “el funcionamiento [repetitivo] de series finitas de eventos” (2008, 19. Traducción propia), encontrados en las narraciones de los entrevistados y del trabajo con los grupos focales, en tres casos ejemplares. En este artículo se eligen presentar estas tres imágenes vitales que ejemplifican la modalidad relacional, códigos implícitos y explícitos de los sujetos de una comunidad, estableciendo en la particularidad del caso aquello que se refleja sistemáticamente en el colectivo: “la analogía nombra la aproximación de lo particular a lo particular” (2008, 20. Traducción propia). Por lo anterior, la importancia de las imágenes narrativas como forma de abordar y analizar modalidades del lazo social en una comunidad vulnerabilizada por las condiciones de pobreza, exclusión y venta de drogas.
Primera imagen narrativa:
Byron (joven masculino 26 años; uno de los casos entrevistados para esta investigación, que además ha sido atendido en el Programa de prevención de violencia) frecuenta asiduamente la plaza de mayor venta de droga de la comunidad denominada por los vecinos: La Línea, debido a la vía férrea que la atraviesa. Una mañana, él es objeto de burla por otros jóvenes del mismo espacio, vendedores y consumidores. Byron no tiene trabajo formal y según las narraciones de los vecinos, ha sido un fracaso en la venta de drogas, pues no puede contenerse y consume todo antes de venderlas. Más tarde ese día, Byron se compra una botella de vodka y embriagado delante de su madre, la quiebra y se la inserta en el centro de su pecho mientras repite varias veces en voz alta: “Nadie lo tiene que agarrar a uno a lo playo5”. La madre explica que se penetra el vidrio con fuerza una y otra vez agrandando la herida.
¿Desencadenante, pasaje al acto contra su propio cuerpo? Sí, pero sobre todo un indicador de violencia propio del funcionamiento de la división de género en la comunidad de Pueblo Nuevo. Esta división de género en donde el uso de la violencia es central, invita a reflexionar sobre el performance6 de la masculinidad: ofender sin ser ofendido, golpear sin ser golpeado, matar sin morir. Estos performances de masculinidad hegemónica toman la modalidad de lucha por territorios, conquista por puestos de venta de droga, al mismo tiempo que efectúan una separación categórica entre cómo debe actuar una mujer y cómo debe hacerlo un hombre. El género, las prácticas en las que escinde a hombres y mujeres, y la subsecuente organización identitaria que produce, impacta los modos de ejecución de la violencia en esta comunidad. A nivel nacional (y aplica igualmente para los años analizados en este estudio) por cada 10 asesinos, 9 son hombres7 y por cada 10 víctimas solo 2 son mujeres (Poder Judicial 2006-2013). Hombres y mujeres, sometidos a las mismas condiciones materiales, reaccionan distinto ante estas. La desigualdad social es una variable importante, pero no necesariamente la única; el género excede la explicación estructural de la distribución desigual de la riqueza.
Segunda imagen narrativa:
Justo eran las 6:20 p.m. de un viernes de julio de este año (2014), ambos investigadores realizaban trabajo de campo. Se encontraba sobre la mesa un mapa de Pueblo Nuevo, Pavas y algunas mujeres —vecinas de la comunidad— estaban señalando situaciones de riesgo alrededor de este. Se oyeron tres disparos que retumbaron en sus oídos; dirían que sucedieron detrás de la ventana y si no, a 10 metros de esta, en La Línea. Preocupados preguntan: “—¿Qué pasa, llamamos una patrulla?” ; una de las entrevistadas respondió “—Es Toto, su papá se juntó8con su hermana, que antes era la hijastra. Esto lo jodió y se fumó la ganancia, entonces se unió con otros dos y como debe mucha plata y ahora no les puede pagar; entonces está asaltando” (participante femenino, 44 años).
Llamó la atención, que ninguna de las participantes intentó llamar a la policía, aduciendo que era innecesario e infructuoso.
Asaltar o vender son dos actividades comerciales que recaen en muchas ocasiones en el vendedor, principalmente en aquel que carece de experiencia como el caso de Toto y no sabe administrar la plaza en la que trabaja. El negocio de la droga, en el sentido en que lo describe el antropólogo-médico Merryl Singer (2008), se establece un continuo entre economía formal e informal de la venta de drogas y de ese modo responde a las reglas de la economía global. Así se vende o se asalta en función de las buenas o las malas épocas. En el espacio de La Línea, el conflicto revienta ascendentemente cuando emerge el período de los asaltos, el cual debe cesar pronto para estabilizar los espacios de venta y no impactar la economía de los vendedores.
Tercera imagen narrativa:
El mismo día del asalto, interesados en conocer cómo trabaja el Programa de Seguridad Comunitaria, se interroga a una dirigente comunal. Su respuesta impactó: “La policía dice que cuando hay un asalto para que nos den pelota, debemos llamarlos por teléfono y llamar al vecino”. La cadena debe extenderse y el vecino debe reportar el asalto y llamar a alguien más para que haga lo mismo. La líder continúa: “entonces, hacemos una cadena y si hay un asalto deben de entrar como veinte llamadas, solo así nos van a hacer caso, tenemos que ser como veinte acusando un mismo asalto” (participante femenina, 33 años).
¿Por qué este trato de parte de la policía? ¿Por qué en barrios de otro estrato social no es necesaria una acusación masiva para que la policía dé alguna respuesta? ¿Cuántas voces de estos barrios populares son el equivalente de una sola voz proveniente de otro espacio? Las interrogantes anteriormente planteadas permiten reflexionar con Bourdieu (1993) sobre los modos en los que el ejercicio del habla excede los valores comunicativos. Es decir, los determinantes espaciales, de clase, género o etnia se adhieren como significantes suplementarios, los cuales brindan un valor menor o mayor al mensaje. Quien llama a pedir auxilio es escuchado en forma diferente. El ejercicio de la competencia lingüística se encuentra atravesado de la estructura simbólica del poder. Una reflexión sobre la policía en los barrios populares también merece atención, para conocer a profundidad prácticas de violencia y discriminación que el cuerpo policial emprende en espacios como el de Pueblo Nuevo, por el hecho violento de desestimar una llamada de auxilio.
EL ESPACIO EN DISPUTA
Vivir en un espacio supone compartirlo y en ocasiones pelearlo sobre la base de la dialéctica: expulsión/apropiación o reterritorialización/desterritorialización, siguiendo la lectura de Deleuze y Guattari (1980). De una forma o de otra, las viñetas aquí presentadas permiten adentrarse en los interrogantes que propone el debate espacial, el cual se presencia cotidianamente en este barrio. Pero antes, se introduce a la dimensión del problema de la violencia vinculada a la venta y compra de drogas que se extiende a todo el territorio nacional y toma un giro dramático a partir de 1990, en los barrios de mayor desigualdad social del área urbana.
En las últimas dos décadas9 el aumento de infracciones a ley de psicotrópicos, corresponde a la puesta en marcha de estrategias de carteles de drogas que comenzaron a explotar el territorio nacional como zona de pasaje y los consecuentes esfuerzos nacionales e internacionales por frenarlos; además de coincidir con la introducción del crack al país (Rogelio Ramos, comunicación personal, 03 de setiembre de 2013).

Costa Rica se ubica en el territorio que une a los países productores y consumidores de droga10. Durante la década de los 80, en el inicio del tráfico de cocaína a gran escala, buena parte de este se realizaba por aire y la implicación del territorio nacional era menor. El crecimiento en los controles internacionales ha privilegiado la explotación de vías de comercio marítimas, así como terrestres, aumentando la vulnerabilidad en los sectores más empobrecidos que participan en las labores requeridas para el trasiego de estupefacientes (Rogelio Ramos, comunicación personal, 03 de setiembre de 2013).
La contraparte de los socios “poderosos” y su vinculación al narcotráfico es menos evidente, resultando más difícil y peligroso de desarticular11.
Según el Reporte de la situación de Costa Rica 201312, el flujo de cocaína que recorre Centroamérica ha ido en aumento desde el 2005. De hecho, en el 2011, los países centroamericanos decomisaron trece veces más cocaína que México. Costa Rica ocupa la segunda posición de los países de la región que más incautaciones han realizado en los últimos años, solo por detrás de Panamá (Organismo de Investigación Judicial y Organización de las Naciones Unidas 2013, 29). Independientemente de que las razones del incremento de estas incautaciones se deba al aumento en el tráfico, o en la ampliación en las modalidades de control policial por medio del refuerzo de las políticas estadounidenses en la región; interesa demostrar que hay un alto tráfico de mercancía que requiere la puesta en marcha de redes logísticas complejas.
Paralelo al incremento del flujo de comercio de las drogas, se ha acentuado el consumo local (Reporte de la situación de Costa Rica 2013), así como, el número de denuncias por violación a la ley de psicotrópicos (Anuarios Policiales 1990-2011), debido a que la droga recibida como forma de pago por el traslado, debe revenderse y abastecer el negocio local, para recuperar así lo ganado. Lo anterior encadena como consecuencia lógica un mayor nivel de consumo. Continuando con el Reporte de la situación de Costa Rica 2013, se observa que la cantidad de personas que consumieron cocaína por el total de habitantes a nivel nacional ascendió de 1,8% en 2006 hasta 3,0% en 2010 (prevalencia por vida de consumo). En el caso del consumo de marihuana, según la Encuesta Nacional del 2010, realizada por el IAFA, este ha aumentado un 260% desde 2006; convirtiéndose por ende en la droga ilícita más consumida en el país (IAFA 2012, 40). Siguiendo ambos aumentos, la causalidad parece evidente: a mayor participación del trasiego internacional de drogas, mayor consumo local y mayor necesidad de construcción de redes locales que se encarguen de la venta.
LA DESIGUALDAD SOCIAL: ¿QUIÉN VENDE? ¿QUIÉN COBRA?
Según los Informes de Homicidios Dolosos entre los años 2006 y 2013 realizados por el Departamento de Planificación del Poder Judicial para el Ministerio Público y el Censo 2011, rara vez los homicidios ocurren en los barrios de mayor poder adquisitivo. Generalmente, se dan en los sectores de más alta adversidad económica, barrios populares donde mueren gran cantidad de jóvenes asesinados en la calle, muchos de ellos vendedores de droga o sicarios. En Costa Rica durante el mes de agosto de 2014, se contabilizaron (a través de diversos medios de prensa escrita) 15 muertos13; sin tomar en consideración todos aquellos que fueron heridos, violentados o desaparecidos. Los crímenes evidencian la pugna entre grupos narco por dominar la zona para la comercialización de las drogas, en este caso fue la caída de un mando medio en el narco nacional, junto con su banda. En el periódico La Nación, se publica la opinión al respecto del director en ejercicio (2015) del OIJ, Francisco Segura:
Cuando usted quita una organización de este tipo, claro, aunque mantiene algún poder desde la cárcel, siempre habrá gente que quiere entrar en ese espacio y empiezan a darse los choques. Cuando detuvieron al Indio14 sabíamos que, en un momento determinado, tendrían que darse homicidios, porque eso es consecuencia lógica. Para el director del OIJ, en este momento puede haber entre tres y cuatro organizaciones que se pelean “esos mercados” (Arguedas 31 de agosto de 2014).
La mayor parte de los homicidios dolosos15 en este país se focalizan en puntos urbanos específicos16, en los que coinciden los indicadores más bajos de desarrollo humano en las áreas urbanas, incluyendo hacinamiento, desempleo y necesidades básicas insatisfechas (INEC 2011). Entre el 2006 y el 2013, los mayores focos de desigualdad social del país se ven particularmente impactados por un mayor número de muertes, entre dos y siete veces que en el resto del territorio nacional17 (la tasa de homicidio para estos 7 años es de 9,5): Los Cuadros (Purral 46,9), Lomas del Río y Rincón Grande (Pavas 18,9), La Carpio (Uruca 27,6), La León XIII (65) y la ciudad de Limón (62) (Informes de Homicidios Dolosos entre los años 2006 y 2013 realizados por el Departamento de Planificación del Poder Judicial para el Ministerio Público y Censo 2011). Según estos datos, es claro como la violencia eclosiona en los espacios donde la expulsión económica y social son problemáticas centrales18.

La desigualdad social en la ciudad, más que en zonas rurales, produce territorios fértiles para el crecimiento del consumo y venta de drogas, y con ello, el alza en los índices de violencia (Informes de Homicidios Dolosos entre los años 2006 y 2013. Departamento de Planificación del Poder Judicial para el Ministerio Público y Censo 2011) (ver gráfico 2). La venta de droga se da sobre el sector más expulsado de la sociedad y el cúmulo de riqueza queda en los sectores de mayor capacidad de consumo. Se construyen imperios de negocios ilícitos que se valen de las necesidades de los más desposeídos para echar a andar su maquinaria. Tomando las palabras de Fernández (2010): “los muertos en América Latina, los dólares en el norte”. En Costa Rica: los muertos en Pavas, Desamparados, en la León XIII y Limón… ¿y el dinero?19…
Dentro de la organización comercial que se menciona en los barrios desfavorecidos, el impacto del narcotráfico en la región ha cambiado la incidencia y las modalidades del crimen en Costa Rica; “los crímenes por “presunción de sicariato”, se duplicaron durante el 2012, al pasar de 17 a 37. En ese sentido, persiste la relación entre estos eventos y el narcotráfico” (Poder Judicial 2012). Conjuntamente existen otras muertes “colaterales” que llevan como título encomillado en el informe “error u omisión”20, cuya gravedad es mayor al tratarse de personas no vinculadas a las redes de tráfico. El sicariato en el discurso mediático y oficial fue durante muchos años atribuido a la influencia de extranjeros, principalmente mexicanos y colombianos. No obstante, el discurso cambia en los últimos seis años y la alta incidencia en este tipo de crímenes impide que los reportes policiales sigan atribuyéndolo a colombianos radicados en el país. La incidencia en el 2012 pone al sicariato en el centro de las preocupaciones judiciales y ya no es posible atribuirlo exclusivamente a ninguna otra nacionalidad; el sicariato otrora extranjero en el discurso, se nacionaliza21. El Director del OIJ describe esta transformación:
Uno podría decir que un 60% es de criminalidad organizada y un 40% de la común, donde el victimario y la víctima se conocían (…) Desde el momento en que empezamos a hablar de sicarios, estamos hablando de otro tipo de homicidios. Costa Rica es apta para el trasiego de droga y el lavado de dinero. Las organizaciones se desplazaron. Usted ve mexicanos y colombianos interactuando con los ticos. Eso cambió la situación (Arguedas, 31 de agosto de 2014).
Otra tendencia que es relevante para esta investigación y que se encuentra vinculada con los “ajusticiamientos” es el espacio donde tienden a cometerse los homicidios en el país. Entre el 2006-2013 alrededor de la mitad de los homicidios se realizaron en espacios públicos22.

En cuanto a las causas que atribuye el Poder Judicial a los homicidios, estas son bastante ambiguas. Así figuran, una al lado de la otra: presunción de sicariato, y crimen por encargo, sin precisar ninguna diferencia entre ambas: problemas de drogas y venganzas aparecen separadas sin que se procure quitar la ambigüedad que supondría una “venganza por drogas”, categoría principal de los dieciséis homicidios reportados y estudiados en la zona. Otra categoría confusa es error u omisión. Los efectos del sicariato aparecen sub-reportados del total de casos indagados en esta investigación, al menos dos entran en esta categoría. En el gráfico 4 se unen esas cinco categorías23.

Al estado actual se concluye que se ha desarrollado un cambio en el uso del espacio y de las relaciones del poder ante la introducción masiva de la cocaína, transformándose la estructura del delito y la historia de muchos, afectando adversamente con muertes violentas más que todo, la juventud masculina de los barrios populares. A continuación, se regresa con las imágenes narrativas para describir, desde el discurso subjetivo, cómo se vive esta violencia y cómo el espacio psíquico y el espacio social se encuentran entrelazados24. Lo psíquico y lo geográfico se fundan en una misma banda de Moebius25 y es el mismo espacio el que permite el lazo social. Por esta razón, Zeneidi (2014) defiende la importancia de aprehender la dimensión heterogénea, simbólica e imaginaria del espacio. El espacio no es una tela de fondo, es un recurso psíquico y mantiene un rol activo en la estructuración de relaciones sociales y en la estructuración de identidades.
IMAGEN NARRATIVA 1: EL EJERCICIO DE LA VIOLENCIA COMO NO EXPULSIÓN DEL LAZO SOCIAL
El género es determinante para entender el fenómeno de la violencia y sus manifestaciones diferenciales entre hombres y mujeres; los “Anuarios Judiciales” de los últimos seis años son contundentes al respecto: 92% de los homicidios dolosos en Pavas de 1997 al 2006 (95 muertos) fueron hombres (Informes de Homicidios Dolosos entre los años 1997 y 2006. Departamento de Planificación del Poder Judicial para el Ministerio Público).

¿Qué elementos de la masculinidad lleva a los hombres a verse envueltos en este tipo de actividades? Quien viva en estos barrios asediados por la violencia institucionalizada, requiere de mecanismos suplementarios para enfrentarla: volverse amigo de los traficantes, evadir en lo posible el contacto con lo demás y vivir bajo el abrigo de la casa, denunciar incesantemente o volverse miembro de una pandilla. Para los jóvenes, ejercer esta violencia puede convertirse en una competencia por la supervivencia e incluso, una competencia laboral si se encuentran directamente vinculados con el tráfico. Bourgois (2010) se refiere a estos niveles de violencia como “capital de respeto”, sin embargo, existe en la violencia algo que excede el pragmatismo de la “competencia”.
Para el joven Byron no ser aceptado por los vendedores de droga significa una humillación en el espacio de La Línea, que no solo implica sus posibilidades de movimiento y vinculación social; sino la pérdida de un importante referente identitario que lo despoja del sentido de vivir. Ante la desesperación realiza un acto de destrucción contra su cuerpo. Para Byron, él no es suficientemente hombre para ser un vendedor de droga respetado. A partir de lo que relata Byron, encontrarse en el cero del capital de respeto y no sentir respeto por sí mismo lo conduce a destruir su cuerpo. Ha fracasado en todos sus intentos de inserción al lazo social, escuela, colegio, trabajo, y su intento desesperado de contar con algún respeto en el grupo de los vendedores de droga también ha quedado en el desprecio. Esta cadena de expulsiones lo conduce directamente a rechazar y agredir su propio cuerpo. Su incapacidad de insertarse en el grupo de vendedores —los machos admirados del barrio— lo transforma en rabia contra su cuerpo y en este acto de maltrato, trata de sentirse, de convencerse “menos playo”. Su rabia lo entrega a destruir su cuerpo frágil y no masculinizado. En consecuencia, su no posibilidad de inserción social, sea cual sea al grupo, lo deja destrozado y con odio contra sí mismo. La ausencia de referentes identitarios que lo sostengan no le permiten salir de su propia agresión.
IMAGEN NARRATIVA 2: LA BANALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
No nos pagan para matar, nos pagan para morir
De las emblemáticas bandas de Los Diablos y Los Polacos que poblaron los titulares de los periódicos y las calles de Pavas durante los años 90 y la primera década de este siglo, solo queda el nombre y una raquítica generación de sucesores muy mal organizados. De estas primeras generaciones, un ajuste de cuentas tras otro, exterminó a ambas bandas. Se pretende mostrar la fluctuación de las muertes en Pavas que permite lanzar la hipótesis que estos cambios obedecen a las diferentes fases de organización y desorganización de los territorios que administran y poseen las bandas.

Los años de 2008 a 2010 estuvieron marcados por una lucha in crescendo entre varios grupos que se disputaban varias plazas. Una serie de homicidios ponen fin a este periodo de desestructuración y la “paz” se instala por algunos años. En tiempos recientes, la privación de libertad del “Indio” (uno de los líderes del tráfico local de drogas en Costa Rica) ha lanzado una nueva lucha por territorio, la cual ha tenido como escenario Desamparados. Pero, más allá del ascenso y descenso en la tasa de homicidios, también los vendedores de droga cuentan con períodos de mayor tranquilidad y períodos de mayor turbulencia. Las fases de mayores disturbios son negativas para los vendedores de droga y los vecinos “prefieren” los tiempos en los que algún traficante toma control del espacio y él mismo ejerce el poder sobre criminales comunes, desplazando sus actividades a otros espacios. El objetivo de quienes controlan los puntos de venta es crear un ambiente de “paz” en el que la policía no intervenga. La seguridad es necesaria para que pueda haber un tráfico de drogas rentable. La venta de las drogas, cuyo “kit de trabajo” incluye reglamentariamente un arma, provee una herramienta potencial para poder asaltar. La ambición, el endeudamiento por consumo o pérdida de mercancía, o alguna otra situación que genere un desequilibrio económico en el bolsillo del vendedor puede a menudo conducir a una serie de asaltos que la posesión de un arma facilita. De este modo, se presencia una oscilación entre períodos de robos y crimen común, con periodos de control por grupos narcos en los que reina una apariencia de “paz” relativa mientras que las tensiones por la lucha territorial se van incrementando.

El asalto o los homicidios se viven como una desventaja y un riesgo innecesario para los administradores de los puestos. El crimen atrae la policía, la policía decomisa o roba las drogas y mercancías, lo que resulta inmediatamente en una pérdida de rentabilidad para el negocio. Aunado a lo anterior, los compradores de otros sitios geográficos dejan de frecuentar los puestos cuando aumenta la percepción de la peligrosidad, lo que compromete aún más la rentabilidad. Son los más jóvenes como Toto, según lo anteriormente expuesto, quienes por su inexperiencia perjudican el negocio local de venta de droga. Se gana mayor dinero, con mayor rapidez en los asaltos, pero ingresar al comercio de la droga tiene la ventaja inmediata de obtener un revolver, alcanzar el ingreso a un grupo de pares con claras divisiones jerárquicas, incrementando su capital de respeto entre los hombres y de seducción ante las mujeres. El narcotráfico redefine las prácticas espaciales, la visión de mundo y los ideales identitarios, asociados tanto al cuerpo como a los mandatos que lo constituyen.
IMAGEN NARRATIVA 3: DECIR, NO DECIR: EL RIESGO DE MUERTE SIEMPRE PRESENTE
Sería un error limitar el acontecer en Pavas a la condición de confinamiento y exclusión espacial. Durante la realización de los grupos focales para la actual investigación, se vivenció una condición donde la banalización del peligro caía sobre las mujeres de la comunidad que nos acompañaban y los investigadores exaltábamos, la situación que se vivía: Toto disparaba casi detrás de la ventana de donde estábamos. ¿Qué sucede cuando se comparte un espacio común entre diferentes historias subjetivas, según su hábitat espacial y el sitio se ve afectado por una amenaza compartida, capaz de atentar contra la integridad física? Una cierta lógica de “banalización del mal”; una incorporación cotidiana de la violencia extrema (Wolseth 2008), por parte de unos y una exaltación del peligro por parte de los otros (en este caso los investigadores). Esta confusión de lo extremo y lo cotidiano (Rothberg 2002) impacta la capacidad de juzgar el bien y el mal, es el mecanismo de toda resistencia, y sin esta capacidad, todo proceso político se dificulta aún más.
Ante la amenaza, los entrevistadores tomamos medidas del lado de la institucionalidad, con menos dudas sobre ello, creíamos en una solución que vendría del Estado: llamar para que venga la policía a protegernos a todos por igual, independientemente de nuestro grado de creencia en las instituciones públicas. De hecho, la policía vino pero esto no siempre es lo que ocurre.
El vínculo ambiguo que une a los vecinos con la policía muestra, además del hastío, un deseo de confianza que se entorpece por el recuerdo reciente de sus múltiples errores: la policía a menudo no llega cuando se le llama; la policía teme entrar a ciertos lugares que lo requieren; la policía los delata ante los delincuentes que los vecinos denuncian; la policía decomisa y guarda para sí la droga26. Durante el laboratorio improvisado que nos produjo esta situación y al lado del ímpetu de llamar de los investigadores, surgió la inquietud de los participantes del grupo focal de ser vistos hablando con la policía; ya que esto los implicaba como delatores ante Toto, quien los conoce y podría tomar represalias contra ellos. Al respecto, el Informe Nacional de la Policía indicaba que:
La complejidad que envuelve este tipo de investigaciones [investigaciones policiales sobre homicidios relacionados al tráfico de drogas], así como la poca colaboración y hermetismo de la ciudadanía, tomando en cuenta el grado de peligrosidad que se les atribuye a los autores, provoca que el porcentaje de resolución de estas causas sea relativamente bajo (21,6%) (2012, 9).
Al igual que cualquier otro acto lingüístico, las llamadas de auxilio se efectúan desde lugares simbólicos singulares que son reconocidos de inmediato. El acento y los giros lingüísticos determinan en una simple conversación telefónica: si sé es o no extranjero y de qué país, de qué zona se viene, a cuál clase socioeconómica se pertenece, si se es hombre o mujer. Siguiendo a Bourdieu (2001), se encuentra que los usos sociales de la lengua se basan en un sistema diferencial a partir de las variantes propiamente lingüísticas: prosódicas y de articulación, de léxico y de sintaxis; que permite organizar los sistemas jerárquicos de clase. Por lo tanto, la llamada de auxilio adquiere su valor en función de las características inherentes de quién la realiza y nosotros como investigadores obtuvimos, sin duda, mejores resultados que la mujer del barrio que insiste a menudo y cuya capacidad de réplica se ve limitada por las mismas restricciones del capital cultural que posee.
Por el mismo acto —llamar telefónicamente— se cumplen dos objetivos, reducir aritméticamente el valor de una de sus llamadas (1/20, hacen falta veinte) y hacer a todos los vecinos cómplices de la acusación para que ninguno sostenga una condición ambigua: la posición ambigua vendría a entenderse como proteger a quien asaltaba y proteger aquel que quiere acusar. Acusar y lograr expulsar el mal de la comunidad. Vecinos acusando vecinos, familiares contra familiares y al final un puente de extensión entre este barrio y la cárcel27.
Así, el trato diferencial que da una institución, como por ejemplo la policía, determina el grado de creencia en la eficacia institucional que las poblaciones pueden tener en ella.
Continuando con Bordieu (2001), la manera en que las condiciones asociadas al capital simbólico, determinan los efectos sociales de los que son capaces, aquellos que interactúan con personas de otros medios sociales. Asimismo, existen diversas estrategias de la policía, además de la llamada en cadena anteriormente descrita. El Programa de Seguridad Comunitaria se encuentra organizado por la policía que busca apoderar a las mujeres para que denuncien a quienes delinquen28, fortaleciendo en múltiples ocasiones el irrespeto al derecho de las garantías individuales: “evitar ser víctimas de la delincuencia y mejorar la calidad de vida en sus respectivas comunidades”29. El mecanismo con el que se pretende alcanzar estos objetivos es centralmente la denuncia; deben traer fotos de los sospechosos; en ocasiones se trata de sus vecinos, hijos o sobrinos, junto con acusaciones masivas de los asaltos.
Siguiendo el postulado de Wacquant (2010), muchas de las políticas represivas no son más que castigo a los pobres y que el paso es directo entre barrios populares y “gueto carceral”. La respuesta del Estado a las comunidades de mayor desigualdad social es la represión. La policía colabora con construcciones discursivas que oponen a “delincuentes” y ciudadanos, promoviendo la expulsión. Sin embargo, el mismo comité de seguridad siente que su palabra puede ser traicionada por quienes empujan la denuncia. Los que deciden acusar sobre la modalidad que se describe, sienten que también corren riesgo de ser asesinados.
El policía es una figura de doble vínculo: la alianza con los vendedores de droga y la alianza con los vecinos que no desean cohabitar con los vendedores de droga. Los mismos vendedores de droga son los que denuncian la traición de la policía, diciéndoles que ya saben quienes llamaron y “que pagarán con su vida”. Los vecinos acusan a los traficantes con la policía; la policía acusa a los vecinos con los vendedores de droga y estos se vengan, amenazando o golpeando a los traidores; secuencia de traiciones. También está la policía que hace semblante de allanamiento avisando la víspera para que tengan tiempo de esconder la droga y las armas en otro sitio. Al menos cuatro tipos de información disonante son enviadas a los vecinos por la policía y los vendedores de droga.

Se presenta una condición “esquizofrenizante” en el marco comunicacional (Bateson 1985). Para este autor, la patologización de la comunicación explica la etiología de la esquizofrenia. Esta misma configuración de comunicación patógena existe entre esta comunidad y los vendedores de droga y el cuerpo policial. En este proceso de comunicación se recibe órdenes contradictorias; la policía ordena la acusación, pero la acusación arriesga a transformar al sujeto acusador en acusado. Por lo tanto, la metacomunicación es imposible de alcanzar, ya que se duda permanentemente sobre cuál mensaje puede destruir o cuál puede hacer un bien (erradicar el mal) ¿Cuándo hablar? ¿Cuándo silenciarse? ¿De quién protegerse? Continuando con Bateson (1985), la víctima no puede abandonar el campo de la comunicación: si guarda silencio está comunicando y si habla está comunicando. La destrucción de la comunicación es una muestra de disolución masiva del tejido comunitario. Cualquier acto puede ser visualizado por sí mismo y por los otros como negativo, cualquiera de los actos corre un riesgo; hacer o no hacer es igual de peligroso.
CONCLUSIÓN: TERRITORIALIZAR LA LÍNEA
Las prácticas espaciales, las relaciones de poder y el tejido comunitario fragilizado se mira con mayor claridad en el conflicto de territorialización y desterritorialización (Deleuze y Guattari 1980) qué sucede en La Línea y qué ha podido ser abordado con las tres imágenes narrativas anteriormente descritas: un sujeto con altas dosis de frustración por no alcanzar el ideal hegemónico masculino del vendedor de droga; Toto, un joven que lucha por aumentar su capital espacial y de respeto en La Línea no obstante ha fallado; y por último el Comité de Seguridad que se ha dedicado a denunciar, con el fin de expulsar el mal de su comunidad.
La Línea podría ser un simple espacio de paso, un lugar donde el tren se estaciona para llevar o traer a los vecinos del barrio; no obstante, el hacinamiento y la ausencia de zonas verdes o de ocio la han convertido en el único lugar para estar en la comunidad, ya que esta carece de otros espacios habitables donde encontrarse entre sí. Es el equivalente del mall30 para los chicos de los barrios de clase media o los clubes sociales de los que gozan mayor capacidad adquisitiva. Es el espacio público por excelencia del barrio; del encuentro juvenil y donde las generaciones más grandes transitan bajo la amenaza permanente de no saber quién protege y quién traiciona.
Asimismo, La Línea es el territorio de la resistencia31, donde se hace visible lo marginal, donde el conflicto territorial del barrio muestra la escisión de visiones de mundo, de prácticas espaciales en los entrelaces de poder, apoyados en la ambigüedad institucional. Es lo visible que se desea invisibilizar, la impotencia por solucionar o la potencia de una resistencia. En La Línea todo es visible: los lazos sociales, el espacio, la venta de droga y las armas. Lo único que queda aún invisibilizado es la jerarquía social: los que dominan estas ventas, este trasiego de drogas y armas. Para quienes transgreden la ley, estar en La Línea es luchar a muerte por el espacio; es vida si pueden proteger su inclusión, su capital espacial32. Entre estas muertes de jóvenes hombres de los barrios populares, Costa Rica recibió el 9 de setiembre de 2014, 1.7 millones de dólares de los Estados Unidos para la lucha contra el narcotráfico33. La guerra de la droga, ¿a quién ha beneficiado, a quién sigue destruyendo? Urge una reorientación de este fracaso34 en esta política de represión.
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Notas