Artículos
Recepción: 04 Marzo 2021
Aprobación: 22 Marzo 2022
Resumen: El artículo analiza las transformaciones que acontecieron en Villa Barranca Yaco (Córdoba, Argentina) en la década de 1970: las prácticas de subjetivación que preexistieron al golpe de Estado de 1976, las mutaciones sociales que se empezaron a producir y el sentido estratégico que las mismas tuvieron para el desarrollo posterior del neoliberalismo. La genealogía, como marco teórico metodológico, permitió construir inteligibilidad sobre las condiciones de posibilidad del presente, visibilizando las luchas que lo soportan. Se realizaron entrevistas a personas vinculadas al barrio y se hizo un análisis de fuentes secundarias. El trabajo da cuenta de una época previa al neoliberalismo con características opuestas a la fragmentación social del presente, un momento de activa organización comunitaria e intersectorial. Luego, el genocidio reorganizador generó una destitución de prácticas de subjetivación colectivizantes. Esta destitución se configura como una condición de posibilidad de una sociedad neoliberal organizada en torno al individualismo y la competencia.
Palabras clave: GENEALOGÍA, NEOLIBERALISMO, GENOCIDIO, POBREZA, FRAGMENTACIÓN SOCIAL.
Abstract: This paper analyses the transformations that took place in Villa Barranca Yaco (Córdoba, Argentina) in the 1970s: subjectivation practices that existed before the coup, mutations it generated and the strategic sense these transformations had for the subsequent development of neoliberalism. Genealogy, as methodological theoretical framework, allows the construction of intelligibility over the conditions of possibility of the present, making the struggles that support it visible. Interviews with people linked to the neighborhood and analysis of secondary sources were conducted. The paper gives an account of a time prior to neoliberalism with characteristics opposed to the social fragmentation of the present, a time of active community. Then, the reorganizing genocide generated a destitution of collectivizing subjectivation practices. Destitution that is configured as a condition of possibility of a neoliberal society organized around individualism and competition.
Keywords: GENEAOLOGY, NEOLIBERALISM, GENOCIDE, POVERTY, SOCIAL FRAGMENTATION.
INTRODUCCIÓN
“(…) solo los contenidos históricos pueden permitir recuperar el clivaje de los enfrentamientos y las luchas que los ordenamientos funcionales o las organizaciones sistemáticas tienen por meta, justamente, enmascarar” (Foucault, 2000, p. 21).
La fragmentación social que atraviesa la vida de los sectores populares de Córdoba (Argentina) (Ciuffolini, 2011, 2017) no se define ni por un déficit en las capacidades de articulación de sus habitantes ni por la ausencia o retirada del Estado. Más bien, está condicionada por el ejercicio de un modo gobierno que se ramifica y reproduce a través de la fragmentación (Ghisiglieri, 2020; Grinberg, 2010). Un modo de gobierno que moldea las posibilidades actuales de subjetivación y hunde sus raíces en una historicidad compleja, heterogénea y en disputa (Foucault, 2008; Grinberg, 2020).
Su genealogía remite a un período de profundas transformaciones sociales que se inician a mediados del siglo xx con la creciente participación sociopolítica de amplios sectores de la población. Participación que tiene entre sus principales hitos la revuelta obrero estudiantil de 1969, llamada el Cordobazo (Gordillo, 2019). Como contrapartida, desde el golpe de Estado de 1955, los sucesivos gobiernos de la época van a desplegar diferentes estrategias de disciplinamiento con el objetivo de instaurar las reformas en clave neoliberal1 que el capitalismo financiero internacional empezaba a requerir (Harvey, 2005). Sin embargo, la organización y movilización social siguió consolidándose. Frente a este escenario, la violencia estatal fue in crescendo, hasta llegar al uso sistemático del terror, la tortura, la desaparición y el asesinato, que encontró en la última dictadura cívico militar (1976-1983)2 su máxima expresión.
Feierstein (2007) llamó “genocidio reorganizador” a esta tecnología de poder que se termina de consolidar con la dictadura. A diferencia de otros tipos de genocidios basados en el racismo (véase Foucault, 2000), el “genocidio reorganizador” –sostiene Feierstein (2007)– tiene dos características centrales: por un lado, su intervención está destinada a un “otro interno” que, por su peligrosidad, debe ser eliminado para salvar al conjunto; por el otro, su objetivo es transformar los modos de funcionamiento de la sociedad a través del aniquilamiento de las relaciones sociales basadas en la autonomía y la reciprocidad para lograr así la instauración de otros modos vinculares (Feierstein, 2007). Tanto en Argentina como en otros países latinoamericanos, el despliegue de esta tecnología fue una condición de posibilidad de la instauración de la racionalidad neoliberal de gobierno.
En este marco de discusiones, este trabajo se propone avanzar en la comprensión de las implicancias y los efectos que este período de transformaciones sociales tuvo en la producción de subjetividades de los sectores populares de Córdoba a través del análisis del caso de un barrio de la ciudad. Se intentará visibilizar cómo el presente se nutre de una historia de prácticas de gobierno y de resistencias que operan como su condición de posibilidad. Un presente neoliberal que, en su mismo ejercicio de poder, invisibiliza las luchas y los otros modos de ser, pensar y actuar sobre los que se configura y a los que subyuga.
ASPECTOS METODOLÓGICOS
Desde una perspectiva foucaultiana (Foucault, 2000; 2006; 2008), la genealogía no se remite ni a la búsqueda de los orígenes ni al hallazgo de “la verdad” histórica. Más bien, es el análisis de cómo se configura una verdad histórica, bajo qué dispositivos de poder se produce: “La apuesta consiste en determinar cuáles son, en sus mecanismos, en sus efectos, sus relaciones, esos diferentes dispositivos de poder que se ejercen, en niveles diferentes de la sociedad, en ámbitos y con extensiones tan variadas” (Foucault, 2000, p. 26).
La genealogía es una estrategia de análisis inmanente y ascendente (Foucault, 2000; 2008). Toma como punto de partida los focos locales de saber poder y, desde allí, indaga las articulaciones con las que estas prácticas se vinculan y a las que le sirven de soporte. En este sentido, es un análisis que apunta a su exterior. En lugar de indagar las causas profundas e inherentes a determinadas prácticas, se dirige a las condiciones que las posibilitaron, a los apoyos institucionales, a los juegos de poder, a los enunciados de los que se sirven para fundamentarse y que hicieron posible esas prácticas.
En este sentido, se trata de un abordaje que busca analizar la realidad social sin negar su carácter indeterminado y múltiple: “No partir de la unidad, ni del dos –dirá Foucault (2006)–, sino de la multiplicidad de procesos, e intentar establecer su inteligibilidad” (p. 278). Para ello, será necesario trazar mapas o cartografías que permitan operar en esa heterogeneidad (Deleuze y Guattari, 2001). Foucault (2000) propone valerse de los saberes parciales, de la memoria de la gente, como estrategia para hacer estallar los saberes unitarios y lograr una verdadera “reivindicación de los saberes sometidos” (p. 22).
DISEÑO
El trabajo de campo de esta investigación se llevó adelante en Villa Barranca Yaco (Córdoba, Argentina), un barrio popular en el que viven unas 350 familias y está ubicado en los márgenes de la Ruta Nacional No. 19, en el ingreso este de la ciudad de Córdoba. El mismo se realizó entre los años 2013 y 2017, en el marco de dos proyectos complementarios: la investigación doctoral “Procesos de subjetivación en jóvenes en condiciones de pobreza en un barrio de la ciudad de Córdoba (Argentina)”3 y el Proyecto de Responsabilidad Social Universitaria “Proceso de inserción en una comunidad desde la Investigación Acción Participativa”4.
Se entrevistaron un total de 15 personas de la comunidad que, por sus trayectorias, aportaron diferentes puntos de vista sobre la historia del lugar: referentes de organizaciones sociales, adultos y adultas mayores, así como vecinos y vecinas del barrio que quisieron participar de manera espontánea. La selección se hizo por la estrategia llamada “bola de nieve”.
De manera complementaria, se recolectaron y analizaron documentos de organizaciones sociales y políticas, así como autobiografías5, con el fin de producir datos que enriquezcan la información que se producía en las entrevistas. Este segmento de la investigación concluyó con un taller con vecinas y vecinos, así como con la producción de una cartilla de difusión en la que se plasmó la reconstrucción histórica realizada.
ANÁLISIS
José (Hombre adulto) -Ahí, al frente de la ruta, más o menos sería donde está el cpc, en barrio Pueyrredón, había una canchita, hecha por la Susana6, que en ese tiempo está ligada a los subversivos, famosa era… Pero depende de la interpretación que le dé cada uno, si era guerrillera o no… pero hacía eso del agua, ayudó con la copa de leche, lo que necesitaban los chicos para estudiar, lo que sea… (Registro de campo, 24 de noviembre de 2017).
A fines de la década del 60 y principios de los años 70, se encuentra en Córdoba un un denso entramado de diversas organizaciones: agrupaciones afiliadas a tendencias del peronismo (tanto de derecha como de izquierda), corrientes de izquierda no peronistas (entre las que se destacaba el Partido Revolucionario de los Trabajadores), agrupaciones universitarias, sindicales y otras vinculadas al sector de la Iglesia Católica que se adhería al Concilio Vaticano ii (Gutiérrez, 2004; Piotti, 2016). Como señala Feierstein (2007), el común denominador de estas construcciones políticas no era tanto su posicionamiento político o su lectura de la situación socio-política (muy disímiles en algunos casos), sino su solidaridad y la convicción de que un cambio social era posible.
En este contexto, se da en Córdoba en 1973, la primera experiencia de articulación intervillas de la ciudad: la Coordinadora de Villas. Este era un espacio que tenía como objetivo incidir en la agenda pública y que contaba con la participación representativa de las diversas villas que la constituían (Morillo et al., 2008). En ese entonces, la ciudad tenía cincuenta y dos barrios populares, de los cuales doce habían logrado algún tipo de organización formal (Gutiérrez, 2004; sehas, 1990). En los años posteriores, se conformará también una experiencia relevante a nivel nacional, el Movimiento Villero Peronista, entre los años 1973-1976 (Camelli, 2017). En general, estas asociaciones villeras tenían tres demandas centrales: mejores condiciones de habitabilidad, acceso a la vivienda y resistencia a los desalojos (Camelli, 2017).
Entrevistador: –Después nos contaron que ahí se empezaron a organizar para traer el agua…
José (hombre adulto): –Claro, después, a partir del momento que venían los muchachos estos… que eran subversivos al final… pero a nosotros la gente no nos hizo nada mal, todo lo contrario, ellos hicieron la red de agua, (¿viste? ahora es todo de plástico, los caños…) y tuvimos luz y un montón de cosas… y hasta ese momento no lo teníamos, se organizaron como grupo ellos y nos dieron un montón de cosas (Registro de campo, 24 de noviembre de 2017).
Barranca Yaco es una de las barriadas que cuenta con una fuerte actividad organizativa y política en este momento. Se concentran allí un grupo de personas que son nombradas en los relatos de las personas entrevistadas, en ocasiones de manera difusa, y que a continuación, se intentará reconstruir.
En primer lugar, se debe mencionar a un actor social sumamente relevante de este período: el “Cura Gringo”, Nelio Francisco Javier Rougier Martín, sacerdote de la Fraternidad de Hermanitos del Evangelio7. El “Cura Gringo” estaba acompañado por el entonces seminarista Felipe “El Gato” González, su pareja Marta “Marita” Fernández y por María de las Mercedes Gómez de Orzaocoa8 (ambas enfermeras). Algunos de ellos vivieron total o transitoriamente en el barrio. Como señala Barral (2019), esto daba cuenta de una concepción de comunalización que excedía la tradicional idea de la parroquia como centro de congregación y proponían “(…) pequeñas fraternidades voluntarias configuradas por las interacciones entre individuos que se eligen (jóvenes militantes cristianos seminaristas o laicos), de la misma manera que eligen los variados caminos de su militancia política y de afiliación al catolicismo” (p. 166).
Todos ellos se incorporan en algún momento de esta primera mitad de la década del 70 al Partido Revolucionario de los Trabajadores, junto con los médicos Abel Bohoslavsky9, José Enrique Verdiell Giesenow10 y José Luis Boscarol11, quienes colaboran en un centro de salud construido en el lugar. Además, se han encontrado referencias de personas pertenecientes a la agrupación Montoneros, quienes hacían una asesoría jurídica también allí (Gutiérrez, 2004).
Es una época en la que, de acuerdo con las fuentes consultadas, hay mucha cooperación y participación, lo cual es percibido por la cantidad de actividades que se realizan. Además del centro de asistencia médica mencionado, se crea un sindicato de trabajadores de la basura, un apoyo escolar y de alfabetización a adultos, se recolectan materiales para los vecinos y las vecinas, se hacen peñas y festejos por fechas patrias, y se celebran misas. También se construye una red eléctrica y de agua potable. En el sector había un solo grifo de agua en la entrada a la villa; el tendido eléctrico, por su parte, llegaba hasta la calle de ingreso al barrio.
José (Hombre adulto): –(En relación con el agua) Buscaba mi mamá, mi hermano, el que podía. Calculá, nosotros éramos un montón de hermanos, chicos la mayoría… gastaba en agua para el colegio, para la comida, para el baño... Imagínate un día de estos, buscar agua, los calorones, y como 200 metros, ida y vuelta... (Registro de campo, 24 de noviembre de 2017).
De acuerdo con los relatos, para recaudar dinero, organizan una comisión integrada por personas del barrio que lo hacen a través de ferias o de colaboraciones de los vecinos y las vecinas. Con ese dinero, compran materiales y construyen el tendido. Se aseguran de que el cable llegue “hasta la última casa”. Después, era responsabilidad de cada vivienda conectarse.
Para la conexión de agua hacen algo similar: compran mangueras y uniones. Llevan la conexión a todas las casas y les dejan una unión en “T” para que cada hogar se pueda unir. De este modo, empieza el barrio a abastecerse de agua potable y luz eléctrica.
Rosa (Mujer adulta): –Sí, cuando hicieron eso yo era chica, mi abuela participaba. Porque fue un grupo de vecinos que se juntó porque no tenían luz. Acá antes no había luz, no había cable, no había nada… ¿Qué pasó? Esa gente se organizó para decir no, tenemos que ver la forma de que todos tengan la electricidad (porque la electricidad estaba hasta la calle Lituania, arriba nada más, y había posibilidades de tenerla). Entonces, ¿qué dijeron? Bueno, hay que ver para que todos tengan luz y todos tengan agua.
¿Qué hicieron? Se juntaron muchas personas, habrán sido 20 personas, más que todo mujeres12, había algunos hombres, pero siempre eran más mujeres, y salían a pedir entre las casas plata… y juntaban todo, se hacían venta de cosas, cooperaban muchísimo. Todos cooperaban (Registro de campo, 1 de noviembre de 2017).
Es interesante notar que el desarrollo de esta infraestructura se hace desde una particular participación de la comunidad, que se desdobla, por un lado, en la gestión compartida de la construcción de las redes y, por el otro, en la responsabilidad familiar de la vinculación red/casa. Es decir, la acción comunitaria se emplaza en el tejido barrial, mientras que el vínculo con la vivienda lo define cada familia. Si la gestión de la red está a cargo del conjunto, la conexión última a la vivienda queda a cargo de los propietarios y las propietarias. Esto contrasta notoriamente con las políticas habitacionales que se desarrollaron en la década del 2000 de “llave en mano”, en las cuales la capacidad del poder estatal fue mucho mayor (Ghisiglieri, 2020).
A su vez, la relación entre los actores internos y externos a la comunidad también presenta una doble modulación. En algunos relatos, como el de Rosa, se observa una vinculación horizontal y de efectiva participación, con actores externos que acompañan o promueven acciones. Los actores internos, por su parte, dan cuenta de un compromiso compartido con los valores, las luchas y la búsqueda de garantizar derechos (Piotti et al., 2009).
En otros relatos, en cambio, los actores externos ocupan un lugar de asimetría y proveeduría. Gutiérrez (2004) ha señalado al respecto una concepción de pueblo que subyacía a muchas de estas prácticas, entendido como necesariamente vinculado a “líderes naturales” y bajo algún tipo de relación de dependencia. El relato de José se inscribiría como producto de este diagrama (“ellos hicieron la red de agua” y “se organizaron como grupo y nos dieron un montón de cosas”). Del lado de los actores internos, se percibe en algunos casos una relación de tipo instrumental, guiada por la posibilidad de conseguir recursos que estas agrupaciones representaron (Piotti et al., 2009).
“NO ARMEN MUTUALES”. DESTITUCIÓN DE PRÁCTICAS DE SUBJETIVACIÓN COLECTIVAS
El 27 de febrero del año 1974, en el breve lapso democrático que va de 1973 a 1976, la provincia de Córdoba sufre un golpe de estado policial (conocido como Navarrazo), bajo el silencio cómplice del gobierno nacional. De manera simultánea, en todo el país entra en acción el grupo paramilitar Alianza Anticomunista Argentina (la “Triple A”), que inicia la persecución, asesinato y desaparición sistemática de activistas sociales y políticos, tarea que luego se intensificará con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
José (hombre adulto): –Molina13 participaba en esa época… era un muchacho que lo buscaban, un hombre que lo buscaban por todo Córdoba, por todos los barrios, que lo habían buscado, lo habían hecho desaparecer los militares. Para ellos era una organización terrorista, todos los que formaban parte de ese grupo, y los hicieron desaparecer (Registro de campo, 24 de noviembre de 2017).
Todas las personas que tenían algún tipo de inserción o trabajo comunitario en Barranca Yaco tuvieron que partir y/o fueron asesinadas y/o desaparecieron. El “Cura Gringo” se traslada a Tucumán, donde lo secuestran y desaparecen a sus 45 años, el primero de noviembre de 1975. Los últimos registros que se tienen de él fueron en el campo de concentración “La Escuelita de Famaillá” (Tucumán), donde habría sido crucificado. María de las Mercedes Gómez de Orzaocoa fue secuestrada en las proximidades del barrio, cuando tenía 25 años y estaba embarazada de siete meses. Aún hoy permanecen desaparecidos. “Marita” Fernández fue detenida y llevada a la cárcel del Buen Pastor, donde participó de la fuga de mujeres en 1975 y logró salvar su vida. Abel Bohoslavsky, en noviembre de 1975, se exilió. “Chanchón” Boscarol fue asesinado el 11 de agosto de 1974 en Alta Gracia. “Pepe” Verdiell, por su parte, fue secuestrado en Capital Federal el 29 de abril de 1976. Para fines de 1976, la desarticulación de las diferentes experiencias de organización comunitaria y política que se habían gestado hasta entonces en el lugar estaba consumada.
De acuerdo con los relatos, en el año 1978, el dueño de los terrenos donde está asentado Barranca Yaco organiza una reunión con los habitantes del lugar. A las 15 h, en un encuentro muy breve, les refiere estar “contento” de que ellos habiten esas tierras, que pueden hacer uso de ellas por el tiempo que deseen, ya que nadie se las va a reclamar. Lo único que les pide es que “no armen mutuales” (Registro de campo, 13 de mayo de 2017).
Este enunciado da cuenta del sentido estratégico de las acciones genocidas. La desaparición, asesinato, hostigamiento, persecución y tortura de miles de personas que estaban involucradas en actividades con compromiso social y político fueron parte de una maquinaria de disciplinamiento social con la cual se buscó alterar los modos de funcionamiento de la sociedad a través de la “destrucción y refundación de relaciones sociales” (Feierstein, 2007, p. 356). Es decir, el objetivo de estas prácticas genocidas excedía a las personas afectadas directamente y se enfocaba, más bien, en destituir las prácticas de subjetivación con horizontes colectivizantes que estas personas agenciaban.
Como señalaron tempranamente Edelman y Kordon (1986), durante el período del “Proceso de Reorganización Nacional” (1976-1983) se produjeron modificaciones sustanciales en las prácticas sociales preexistentes y, con ellas, en la producción de subjetividades. Para este fin, se montó todo un dispositivo de producción de verdad cuya incidencia en las subjetividades fue definido por las autoras como “inducciones”. Las inducciones operan como modelos identificatorios (del ser) y operacionales (del hacer). En un trabajo realizado con familiares de desaparecidos, las autoras señalaron una proliferación de discursos desde el poder que inducían a la culpa, al silencio, a dar por muerto a los desaparecidos, a la dilución de responsabilidades, al olvido y a considerar la disidencia política como falta de adaptación social (Edelman y Kordon, 1986).
Esta última inducción puede servir para pensar el uso del término “subversivo” al que hace referencia José en el fragmento de entrevista anterior (“eran subversivos al final… pero a nosotros la gente no nos hizo nada mal, todo lo contrario”). Asimismo, la consigna “no armen mutuales” puede pensarse como un modelo operacional referido a desincentivar subjetivaciones colectivizantes. De hecho, se deberá esperar hasta la década del 90 para poder percibir un nuevo movimiento de organización comunitaria de importancia con la creación de una mutual: la Asociación Mutual Barranca Yaco14.
En el plano intersubjetivo, los procesos de destitución lograron alterar los pactos intersubjetivos15 (Kaës, 2010) de buena parte de la población, a través de redefinir lo negado o repudiado socialmente16. Es decir, impusieron la concreción de nuevos pactos sociales que debieron garantizar la negación y/o el repudio de determinados valores, actitudes y conductas que bajo el régimen de saber-poder genocida se volvieron peligrosas (por ejemplo, prácticas que fueron estigmatizadas como parte de “organizaciones terroristas”) y, por lo tanto, inadmisibles de ser nombradas y de convertirse en modelos identificatorios (Bleichmar, 2009; Edelman y Kordon, 1986).
Para hacer desaparecer las prácticas de cooperación y articulación comunitaria fue necesario, además de hacer desaparecer a las personas que las efectuaban, afectar las disposiciones subjetivas que las posibilitaban. Siguiendo a autores que han trabajado la temática (Bleichmar, 2009; Edelman y Kordon, 1986; Feierstein, 2007; Murillo, 2011, 2018), se puede señalar aquí a la empatía, la confianza, la solidaridad, la responsabilidad ciudadana, la reflexión crítica. En términos de Bleichmar (2009), la dictadura cívico-militar inició un proceso de “desmantelamiento de la subjetividad, (…) de desconstrucción de los modos anteriores de subjetividad que no necesariamente estallaron, pero fueron dejando restos de erosión permanente (…)” (p. 14).
El genocidio reorganizador, entonces, fue una condición de posibilidad de la subjetivación neoliberal del presente. Buscó generar las condiciones propicias para que este modo de gestionar la vida pudiese instalarse y, para ello, propició la desarticulación social y fragmentó los lazos de cooperación. De hecho, si se analizan las prácticas preexistentes al genocidio en Barranca Yaco, se observa que estas prácticas se inscriben en un régimen de saber-poder diferente al neoliberal (en relación con cómo concebir el lugar de la pobreza y su relación con el conjunto de la sociedad, la articulación entre lo público y lo privado, lo comunitario y lo familiar).
Con el neoliberalismo (Álvarez, 2005; Ciuffolini, 2017; Foucault, 2007; Murillo, 2011, 2018), los derechos, los deseos y las potencias de los sujetos serán recodificados desde las grillas de inteligibilidad del sujeto consumidor y sujeto emprendedor. Los valores ligados al emprendedurismo empiezan a moldear las conductas, a la par que invisibilizan las condiciones de partida y los despojos preexistentes; el individualismo y la competencia impregnan el lazo social, desestimando los intercambios solidarios y/o cooperativos bajo la idea de que el mejor modo en que se puede convivir es desde la asunción de la autoresponsabilización de cada ser humano respecto de su vida y su muerte (Murillo y Pisani, 2020).
El genocidio, en este sentido, propició la demolición de una subjetividad que tenía una fuerte impronta altruista y con valores ligados al bien común, la justicia social y la igualdad de oportunidades (Bleichmar, 2009; Edelman y Kordon, 1986; Feierstein, 2007), y generó la permeabilidad necesaria en la población para la diseminación de la competencia y el individualismo como un modo predominante del lazo social.
Por último, quisiera señalar que estas transformaciones van a estar al servicio de poner fin a un modelo de desarrollo de industrialización que había logrado generar importantes avances en términos de derechos e igualdad. Como señaló Basualdo (٢٠٠٦), es posible entender, desde esta perspectiva, el despliegue del gobierno neoliberal y la instauración de su modelo de valorización financiera como una gran “revancha” de los poderes hegemónicos17, como una reformulación de las relaciones de fuerzas a favor de los sectores dominantes y el consecuente empobrecimiento, cada vez más generalizado, del sector asalariado. Un proceso de deterioro de salarios e incremento de la desocupación y subocupación que se extenderá hasta el año ٢٠٠٣ (Arakaki, ٢٠١١), y del cual, hasta la fecha, no hubo recuperación18.
REFLEXIONES FINALES
Este trabajo problematiza las condiciones de subjetivación de los sectores populares de Córdoba desde un análisis situado de un barrio de la ciudad, buscando comprender cómo se producen subjetividades en este entramado particular, cómo este entramado se articula con dimensiones meso y macrosociales y cómo subyace al mismo una lucha por otros modos de subjetivación en disputa al orden neoliberal. La genealogía, en este sentido, constituye un aporte fundamental para problematizar cómo las actuales relaciones de fragmentación social se inscriben en un proceso histórico que ha tendido a empobrecer las posibilidades de organización comunitaria y promover la desarticulación.
En este marco, el trabajo aborda una estrategia de gobierno de la subjetividad implementada en el período genocida cuya función estratégica fue la de desincentivar/disuadir/desaparecer prácticas de subjetivación colectivizantes que se oponían a la instauración del gobierno neoliberal de las conductas. Estrategia de destitución cuyo diagrama se podría sistematizar bajo un primer momento en el que determinadas prácticas colectivizantes entraron en conflicto con el modo de gobierno que se buscaba instaurar, un segundo momento en el que acontecieron los procesos destituyentes y, por último, dos derivas: por un lado, la emergencia de nuevas prácticas (en parte, acordes a los nuevos modos de gobierno, en parte, en resistencia a los mismos) y, por el otro, una disputa por los modos de representación de este proceso (Feierstein, 2007). Lo que da unidad al conjunto de prácticas y permite hablar de un proceso de destitución, son sus efectos de disuasión de prácticas colectivas.
Una línea de investigación que se abre aquí se refiere a la comprensión de este modo de ejercicio del poder destituyente que se configura como condición de posibilidad de la fragmentación y el individualismo; al uso de esta grilla de inteligibilidad para pensar otros procesos de destitución de prácticas de subjetivación colectivizantes, otros procesos que, a la par que refuerzan el individualismo, destituyen acuerdos comunitarios de convivencia, estrategias de afrontamientos colectivo de los problemas, etc.
De igual manera, se considera que es necesario profundizar en las implicancias de abordar este proceso desde la perspectiva de pactos intersubjetivos de negación. La misma permitiría hipotetizar que las inscripciones previas no necesariamente se destruyen, sino que pueden estar repudiadas, lo cual abre la posibilidad al proceso opuesto, a una reapropiación de lo destituido. El ejercicio de la memoria colectiva puede provocar estos efectos en tanto visibiliza precisamente destituciones acaecidas, abriendo la posibilidad de recuperar aquellas capacidades de agencia social que preexistían a la destitución.
En este sentido, un abordaje histórico de la subjetivación permite indagar las condiciones de posibilidad del presente, poner en consideración aquellas otras prácticas de subjetivación que el poder busca invisibilizar. Así, es posible criticar el manto de naturalidad que envuelve lo actual, recuperar las batallas que encubre y librar esos restos de resistencias históricas, esos –como dice el poeta Juan Gelman (1978)– “sueños rotos por la realidad”, “esos pedacitos desparramados bajo todo el país hojitas caídas del fervor / la esperanza / la fe / pedacitos que fueron alegría/combate/confianza en sueños” (p. 403). Queda con Gelman la pregunta “¿Se juntarán algún día?”.
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Notas