ARTÍCULOS LIBRES
MEMORIAS DE LA OCUPACIÓN Y LA PRODUCCIÓN DE UN “NUEVO” BARRIO INFORMAL
Memories of the occupation and production of a “new” informal neighborhood
MEMORIAS DE LA OCUPACIÓN Y LA PRODUCCIÓN DE UN “NUEVO” BARRIO INFORMAL
Avá. Revista de Antropología, vol. 38, pp. 313-338, 2021
Universidad Nacional de Misiones
Recepción: 10 Mayo 2020
Aprobación: 22 Julio 2021
Resumen: Este artículo tiene como objetivo abordar las memorias acerca del proceso de ocupación y construcción barrial de un asentamiento informal surgido en el año 2000. Se busca explorar las construcciones memoriales respecto de la ocupación, la organización, las representaciones de los referentes y los usos legítimos de la tierra y las viviendas. En la bibliografía académica, los procesos de tomas de tierra aparecen en forma polar; por una parte, las experiencias clásicas se enlazan a un relato épico, por la otra, las ocupaciones recientes se ligan a prácticas violentas y/o ilegales. Partimos de la hipótesis de que estas representaciones polares no dan cuenta de las memorias que se expresan en los relatos de los vecinos de este barrio. La investigación tuvo un abordaje de tipo cualitativo y se basó en entrevistas semi estructuradas, realizadas a finales del año 2018 a vecinos del asentamiento.
Palabras clave: Asentamientos informales, Memorias, Derecho a la vivienda, Mercado informal.
Abstract: This article examines memories about the process of land occupation and neighborhood creation of an informal settlement that emerged in the year 2000. It seeks to explore the memory construction about land seizure occupation, organization, representations of political referents, and the legitimate uses of land and residential units. Scholarship on land occupation has represented the process in polarized ways. On the one hand, classic experiences are linked to epic tales; on the other hand, recent seizures are linked to violent and/or illegal practices. We argue that these polar representations do not account for the memories narrated by the residents of this informal settlement. This qualitative research was based on semi structured interviews with residents of this neighborhood at the end of 2018.
Keywords: Informal settlements, Memories, Right to housing, Informal Market.
Introducción
La Isla[1] es un barrio “nuevo” localizado en un humedal. Está cercado por dos arroyos y se ubica en la localidad de San Francisco Solano, Quilmes Oeste. Su origen se vincula a un complejo de viviendas fallido que se construyó en plena crisis de comienzos de siglo. Estas viviendas nunca se terminaron y fueron ocupadas por vecinos de barrios colindantes. Este artículo tiene como objetivo abordar las memorias de esta ocupación y su posterior construcción barrial. La investigación se desarrolla en un barrio que ha sido frecuentemente presentado en los medios de comunicación por ser un “centro de delincuencia” y cuyo referente político está detenido por presunta participación en el tráfico de drogas.
Aquí se busca explorar las memorias de los ocupantes para elucidar las particularidades de sus formas de construir sentidos respecto de la ocupación, las modalidades de organización, las representaciones acerca de los referentes y los usos legítimos de los terrenos y las viviendas actuales. Para abordar este objetivo se operacionalizó el problema de investigación mediante una serie de dimensiones, a saber: los relatos de la ocupación y las actividades para hacer habitable el terreno; las memorias en torno a la organización y la hechura del barrio; el papel del conocimiento técnico; las representaciones sobre los usos legítimos de los terrenos y las viviendas: entre la necesidad y la mercantilización, y las informaciones y valoraciones sobre las formas de organización y el principal referente barrial.
En la bibliografía académica, los procesos de tomas de tierras aparecen en forma polar; por una parte, las experiencias clásicas se enlazan a un relato épico organizado por referentes barriales de base como modalidad de consumar el derecho a la vivienda, por la otra, las ocupaciones recientes –mucho menos estudiadas- se ligan a grupos paraestatales asociados a ilegalismos de diverso tipo como modalidad de territorializar dichas actividades. A razón de ello, en este trabajo partimos de la hipótesis de que las representaciones polares presentes en la bibliografía no dan cuenta de las complejas modalidades de representación que aparecen en los relatos de los vecinos de este barrio. Trabajaremos con memorias según diversos nudos memoriales que remiten a momentos cronológicos diferentes, así construiremos el eje diacrónico de las memorias. A su vez, nos insertaremos en las divergencias memoriales entendiendo que éstas remiten a un eje sincrónico de tensión. La investigación tuvo un abordaje de tipo cualitativo y se basó en una serie de entrevistas semi estructuradas, realizadas a finales del año 2018 a vecinos del barrio La Isla. Se buscó heterogeneizar la muestra de entrevistados a partir de variables generacionales y de tipo de vínculo con el terreno y la vivienda (familias de tomadores, compradores y vendedores del terreno).
Fundamentos del debate
Existe una vasta literatura sobre las ocupaciones de tierras de comienzos de los ochenta en San Francisco Solano. Éstas fueron abordadas como una modalidad de superar las dificultades habitacionales que se produjeron durante la dictadura, a partir de una serie de restricciones a los clásicos loteos en paralelo con la liberación del precio de los alquileres, la erradicación de las villas de la ciudad y la destrucción de viviendas para la construcción de las autopistas (Snitcofsky, 2018). El supuesto teórico de estos estudios es que la necesidad habitacional de estos trabajadores empobrecidos conlleva al proceso de ocupación. Este, sin embargo, se logra producir bajo el auspicio de un repertorio de organización ya existente; tal repertorio había tenido el apoyo, la planificación y la organización de la iglesia y las comunidades eclesiales de base (Manzano, 2020; Echevarría, 2015; Stratta, 2009; Woods, 2007; Vommaro, 2006; Cravino, 1998; 2001; Merklen, 1991, 1997; Fara, 1988; Izaguirre y Aristizábal, 1988; Cuenya, 1984).
Trabajos previos de nuestro equipo han problematizado la relación inmediata entre necesidad habitacional y ocupación de tierras (Nardín, 2019). Allí se estudió que tras este vínculo existe una distancia institucional que justifica ciudadana y moralmente la acción emprendida mientras que se intercepta con una serie de imperativos actitudinales particulares. En estos procesos de toma de tierra, el sujeto de la acción es un trabajador empobrecido, inserto dentro de una red familiar nuclear, que busca generar las condiciones habitacionales semejantes al loteo. La crisis del modelo de afiliación laboral aún no se había profundizado y la meta de construcción de un barrio con un emplazamiento tradicional representaba espacialmente la promesa de inclusión en un mundo suburbano que se estaba cerrando.
Como se mencionó con antelación, La Isla[2] se emplaza en un humedal cercado por dos arroyos. Paradójicamente, a pesar de su inadecuación para ser habitado, este territorio fue adquirido por el Estado para la realización de un complejo de viviendas que nunca se terminó y en el contexto de un proceso de movilización social de envergadura, estas viviendas sin finalizar fueron ocupadas por vecinos de barrios colindantes.
La ocupación de La Isla se produce hace 20 años en plena crisis de fin de siglo. Casi 20 años después de las ocupaciones clásicas –que la circundan–. El modelo de integración por la vía del trabajo había dejado fuera a grandes contingentes de habitantes suburbanos. Asimismo, el proceso de densificación de los emplazamientos populares evidenciaba las dificultades de las generaciones venideras para acceder a nuevos espacios residenciales. Los partícipes de esta ocupación ya no son (sólo) las familias de los trabajadores empobrecidos que esperan acceder al extinguido modelo de loteo, sino que diversas redes políticas, sociales y filiales se ponen en juego bajo el doble ocaso de las tradicionales fuentes de afiliación local: la laboral y la eclesiástica.
Una nueva narrativa académica ha surgido con el objeto de entender estos procesos de ocupaciones de tierras. Las investigaciones de Cravino abordaron un tema de gran relevancia a saber: las tramas del mercado informal de tierras (Cravino, 2006). Ciertamente las memorias investigadas remiten a esta mercantilización de los asentamientos. Para Ossona (2007) estos nuevos asentamientos no contendrían las referencias al mundo fabril que caracterizó a las anteriores y los territorios en los que se llevan adelante se transmutarían en un “espacio trampa”. Tales ámbitos habrían sido connotados por la modalidad de construcción del poder político territorializado y verticalizado mediante políticas sociales mediadas por el partidismo, y transfiguradas en ilegalismos tolerados y/o fomentados por las instituciones estatales y políticas.
Este enfoque centrado en los ilegalismos de estos procesos de ocupación de tierras se tematiza en otros abordajes. Trufó, et al, (2017) estudian la circulación de las violencias en las ocupaciones de tierras, reconociendo que anteriormente el problema de la violencia no constituía el foco de los procesos de toma, aunque aparecía tangencialmente[3]. Para ellos, sin embargo, el reconocimiento de este eje no debe reducir el abanico de situaciones y de procesos de sociabilidad presentes, incluso, en las ocupaciones recientes.
Abordando esta cuestión, un trabajo reciente de Ossona (2017) presenta dos matrices de referentes sociales polares, Alcira representaría la clásica referente barrial que organiza las tomas construyendo comunidades de base y La Pantera remitiría a un nuevo tipo de referente, proveniente del extranjero, desanclado de las pautas comunitarias clásicas. Este organizaría las ocupaciones de forma autoritariamente mercantil; a su vez, este referente se vincula con las formas de ejercicio productivo y comercial de la feria de La Salada. Es así como la cuestión de los referentes asume un estatuto central a la hora de entender las formas de construcción territorial, los entramados políticos y de sociabilidad insertos en él.
Con la lectura atenta de lo reseñado nos preguntamos ¿Pueden estos enfoques dar cuenta de la configuración de sentidos que aparecen en las memorias de los habitantes de este barrio? Este trabajo va a abordar en profundidad las memorias acerca de la ocupación y la constitución del barrio y el papel de los referentes en la organización de este proceso para finalmente y, como proceso reflexivo de segundo nivel –en una mirada oblicua entre el campo y la bibliografía-, retomar en las conclusiones estos abordajes teóricos con el objeto de plantear una interpretación alternativa de este proceso de toma de tierras y de configuración barrial desde el prisma de las construcciones memoriales que los sustentan.
El espacio social y la construcción de los datos
La noción de representación social fue desarrollada por Moscovici (1961) para el estudio de las formas en que se representaban el psicoanálisis aquellos que no pertenecían a la disciplina. Jodelet (1986) revisitó este concepto y lo desplegó como herramienta analítica modular. Una representación social es una forma de presentación discursiva de la realidad social, que implica una construcción activa de un sujeto socializado; por ello no es el puro reflejo interior de algo exterior sino una modalidad específica de presentar mediante el lenguaje la realidad social acorde a las experiencias que cada sujeto haya vivido. Las representaciones sociales sobre procesos o hechos temporalmente previos suponen un tipo especial de representación social, las memorias. Como tempranamente mostró Halbwachs (2003) las memorias son evocaciones interpeladas por la actualidad, son construcciones representacionales generadas a contrapelo; éstas dan cuenta, entonces, de las formas de interpretar el pasado desde el tamiz de las experiencias y las circulaciones de sentido contemporáneas (Benjamin, 2005). Ahora bien, no todos los acontecimientos del pasado emergen en los relatos como memorables; la construcción de lo memorable supone una elaboración compleja que se liga a cierta ruptura con la cotidianeidad, es justamente ese quiebre el que posibilita un plus reflexivo que emerge como memoria narrativa (Jelin, 2002): la ocupación, la domesticación del terreno, la construcción de la vivienda, etc. integran este tipo de relatos. A su vez, las memorias se enlazan a construcciones identitarias. Una identidad se asienta sobre una forma de comprender los hechos significativos de la experiencia, de elaborar de una forma particular el pasado y el presente (Jelin, 2002). Las tensiones memoriales y representacionales de los entrevistados dan cuenta de estas identidades divergentes.
El estudio de las representaciones y, especialmente de las memorias narrativas, implica el acercamiento a los relatos producidos por los sujetos en torno a una serie de dimensiones seleccionadas (hitos memorables) para construir el objeto de investigación; una forma adecuada de aproximación a tales relatos es la realización de entrevistas semi estructuradas. Estas tienen una serie de preguntas que guían la construcción de los datos, pero permiten el desarrollo argumental de los entrevistados sin encasillarlos en respuestas previamente concebidas. En nuestro caso, el proceso de entrevistas, no obstante, estuvo precedido por el acercamiento paulatino al barrio, a sus instituciones y a sus referentes. Nuestra primera aproximación al espacio social se produce casi un año antes de este trabajo de campo mediante entrevistas. Este conocimiento previo –fruto de diversas visitas al barrio, de una sólida relación con el Centro de Integración Comunitaria (CIC) donde brindamos una serie de talleres de extensión universitaria, etc.- fue central a la hora de entablar las situaciones de diálogo, conocer a los referentes centrales, identificar situaciones conflictivas previas y actuales y poder tener una mayor proximidad con un conjunto más heterogéneo de entrevistados con experiencias y representaciones sociales diversas.
La Isla aparece frecuentemente en los medios de comunicación. La inseguridad es el focus que determina la mayor parte de sus emergencias; “delincuentes escondidos en la Isla”, “centros de cocina de paco”, “sedes de acopio y logística de drogas” son las tematizaciones de las noticias emergentes. Con menor frecuencia, pero también recurrentemente, las inundaciones aparecen en los portales de noticias y en los periódicos locales.
La detención del referente del entramado barrial marcó un nuevo hito mediático. Francisco “Paco” Valdez, fue detenido por presunta vinculación con el narcotráfico[4], en un operativo fuertemente espectacularizado, generó condiciones particulares en relación a las interrogaciones acerca del problema de estudio que nos ocupa. La relación inmediata que los medios de comunicación atribuían al barrio con la delincuencia y, especialmente con el tráfico de drogas abría espacio para la narración oral de los vecinos acerca de la hechura barrial, sus dificultades y potencias. Este trabajo se asienta en esa situación e interpela a los vecinos desde el “origen” de la ocupación hasta la actualidad.
Durante este trabajo de campo se realizaron doce entrevistas a los habitantes de La Isla, sin embargo, para la construcción de los datos de este artículo se trabajó con una muestra que contiene a los habitantes más antiguos de este emplazamiento. Se buscó heterogeneizar la muestra a partir de dos aspectos que se intuyen como influyentes en las representaciones diferenciales: por un lado, la dimensión generacional, para esto se trabajó con dos franjas diferentes de edades. La generación no implica apenas una diversidad etaria, sino que supone una relación experiencial diferente con el espacio social y una trayectoria de sociabilidad distinta. Mientras los mayores son tomadores de tierra, los jóvenes llegan de niños y se socializan en una gama de modalidades representacionales acerca de las ocupaciones de tierras, muy particulares. Por otro lado, se seleccionaron entrevistados con diversas experiencias respecto de la cuestión que nos interpela, tomadores que participan de la organización del barrio, hijos de tomadores, hijos de compradores e hijos de vendedores.
Matilde y Celina participaron de la toma y fueron delegadas de su manzana; el relato de ambas se encuentra ligado a cierta forma memorial particular que las identifica y las acerca. Matilde tiene 52 años y trabaja en el CIC que es una de las instituciones más importantes del barrio. Posee una gama amplia de relaciones sociales y de experiencias en asistencia social cuyo eje se encuentra en la institución en la que trabaja. Tiene la secundaria completa. Celina tiene 46 años, llegó al barrio en los primeros días luego de la toma y ocupó un terreno, fue delegada de la manzana. Es desocupada y hace changas, anteriormente trabajó de cuidadora; tiene una amplia trayectoria en programas sociales. El día de la entrevista estaba tratando de organizar un club del trueque en el barrio, al no lograrlo estaba yendo a la feria de San Francisco Solano a vender unas tortas y demás masas dulces.
Jazmín, Julián y Emilio forman parte de la otra franja etaria, la de los “hijos” del barrio; ellos elaboran y reproducen diversas formas de memoria barrial que se distancian de los sentidos de Matilde y Celina. Jazmín tiene 19 años, es hija de un ocupante que tomó tres terrenos y vendió dos de ellos. Tiene el secundario completo y trabaja cuidando niños. Julián tiene 26 años, llegó al barrio de bebé cuando sus padres ocuparon un terreno, tiene el secundario completo y ha realizado cursos de formación en el CIC como electricista, está desocupado y realiza changas. Emilio tiene 24 años y seis hijos, llegó al barrio con 9 años cuando sus padres compraron un terreno, dos años después de la toma. No terminó el secundario y trabaja de carrero (una de las actividades laborales más difundidas en el barrio). Su actividad le hace conocer cada rincón barrial.
Análisis
En las páginas que siguen se presenta un breve análisis de las entrevistas. Para un trabajo más detallado se dispuso dividir el problema en cuatro grandes dimensiones. En primer lugar se abordan las memorias de la ocupación y los mandatos de trabajo sobre los terrenos; en segundo término se despliegan las memorias acerca de la forma de hechura del barrio y los procesos de intervención en pos de lograr un emplazamiento urbano tradicional, en tercer lugar se analizan las representaciones sobre la noción de “necesidad” y los procesos de mercantilización de las tierras y las viviendas del barrio; finalmente, en un cuarto apartado se abordan las representaciones sobre el referente barrial.
Ocupación y tierra indócil
Los habitantes de los asentamientos no vienen de la calle, vienen de alquilar o de vivir con sus padres. En nuestra muestra tenemos un caso de cada tipo. Matilde vivía con sus padres, eran muchas personas en la casa, pero la construcción era sólida y estaba emplazada en un barrio asentado; Celina alquilaba, pero con la crisis económica y social de comienzos de siglo el alquiler se tornó imposible de sostener. ¿Cómo fue el proceso de llegada a La Isla? Los primeros momentos adquieren más dificultad mientras menos problemas habitacionales hayan tenido en su pasado cercano[5]. Tomemos este aspecto a partir de las representaciones que emergen en los relatos de Celina:
E: ¿Te costó tomar la decisión de venir?
R: Sí, lloraba yo, no quería saber nada. Al estar viviendo, en un lugar cómodo. En calles, cerca del colectivo, el venir a esto. Para mí esto era una villa, un infierno todo [Ríe]. (Comunicación personal, Celina, 28 de noviembre de 2018).
Ingresemos más profundamente en el relato: la comodidad previa y la relativa infraestructura urbana construyen el material que configura la otredad positiva frente a “la villa” / “el infierno” como actualidad negativa. Un pasado inclusivo en relación a los servicios de movilidad y transporte y a la urbanización clásica se quiebran frente a la apuesta presente. La polaridad aparece sin matices. La metáfora del infierno como representación de la villa es contundente. No obstante, la risa dota a sus palabras de una lectura a contrapelo, hoy está asentada y vive en una casa confortable, a pesar de habitar un barrio insularizado.[6]
¿Ahora, cómo se rememora el proceso mismo de ocupación? Es sabido que la ocupación duró dos días. En cuarenta y ocho horas decenas de miles de personas ocuparon el humedal, cubierto de pastos, agua y desechos.[7]
E: ¿Y tu papá agarró un terreno?
R: Sí, agarró un terreno y quedamos ahí, ahora no... agarramos allá en la franja que están allá las casillas (…) Algunos entraban acá el 1° de abril entraban hasta ahí, después ya, pero lo que más grande fue el 31 de marzo cuando se juntó esto, ahí se habían metido, pero después venía más gente y se metían…
E: ¿Y durante cuánto tiempo fue?
R: No, dos días, dos días fue, hasta que se llenó todo el barrio y ya se llenó y no entró más nadie. (Comunicación personal, Jazmín, 28 de noviembre de 2018).
En las memorias, la ocupación aparece como un aluvión, como un hervidero que se mueve con rapidez. Esta rapidez se liga a un aprendizaje anterior que hemos analizado en trabajos previos (Maneiro, 2020). Entre los ocupantes de La Isla hay aproximadamente un cuarto que son “hijos” de los tomadores de las ocupaciones clásicas, no obstante, la relevancia organizativa y memorial tiene un aspecto más cualitativo, ya que los vecinos de las ocupaciones clásicas elaboran un relato de estas tomas más actuales como legado propio (Nardin, 2019; Maneiro, 2020).
Volviendo al relato de la entrevistada, es menester atender a dos aspectos: primero el vertiginoso llegar de los ocupantes, segundo un freno ligado a la finitud espacial. “Se llenó” es la afirmación que evidencia el freno y manifiesta el límite de la densidad poblacional establecida por los organizadores. Tal límite normativo es constitutivo de estas ocupaciones pues evita el trazado informal, que evoca a “la villa”, “el infierno”. También se han de respetar los trazados de las calles y los espacios verdes.
Primer momento: hacer un barrio. Desplazamientos y coordinación
La Isla se ocupa a partir de una toma muy populosa. Si se la compara con las ocupaciones clásicas, la organización es mucho más incipiente, frágil y se desarrolla en el mismo momento en que se produce la acción. Sin embargo, como se mencionó previamente, una fracción minoritaria pero cualitativamente relevante de los tomadores, eran “hijos” de las tomas clásicas. Esta transmisión generacional fue central para expandir el conocimiento de la acción en las primeras fases del proceso de ocupación hacia los ocupantes sin experiencias previas. El recibimiento de los vecinos, la distribución en el predio y la primera mensura fueron tareas que rememoran las modalidades memoriales de las tomas clásicas (Nardin, 2019; Merklen, 1997; Izaguirre y Aristizabal, 1988). Detengámonos en los relatos de este proceso en los entrevistados:
E: ¿Cómo fueron las divisiones de los terrenos?
R: ¿Las divisiones? vinieron unos agrimensores midieron cada zona que tenía que tener una medida de 9, 9 por 25 y así fue, algunos te daban más porque son de la esquina, pero los terrenos están todos medidos por agrimensor cada esquina tiene su mojón, ya sabes que es tu terreno, no te pases ni para acá ni para allá, y la mayoría son todos casi 9x25.
E: Acá en la franja, la franja que había que dejar…
R: Sí, un mes estuvimos ahí. Después vinieron. Ya estaban alguna gente estaba levantando su casita ya, porque ya nos dijeron que no nos iban a sacar, después vinieron los agrimensores y dijeron no este va a ser un espacio en blanco, espacios verdes, dijo, vamos a tener que correrlos más para allá y nos corrieron (Comunicación personal, Julián, 28 de noviembre de 2018).
El planeamiento barrial incluía el emplazamiento de una franja especial para espacios comunitarios (espacios verdes, instituciones públicas, etc.); la protección de estos terrenos no fue sencilla y fue tratada en artículos ya publicados (Maneiro, 2020). Por ello, a posteriori de la ocupación, se suscitaron controles, traslados y movilidades diversas. A la frágil organización comunitaria se le adhirió el saber técnico. Esta voz autorizada colaboraría en el ordenamiento de la distribución de los terrenos y los traslados necesarios. Ya en los asentamientos clásicos, la planificación urbana y el conocimiento técnico cumplían un papel central, no obstante, éste, aquí se encuentra resaltado. El estatuto de los agrimensores, funciona en los relatos como un aliviador de conflictos. El saber justifica y dirime aspectos que de otra forma hubieran sido altamente perturbadores.
La promesa de un barrio formal aparece, dentro de los relatos memoriales, como justificación secundaria para la realización de acciones disruptivas diversas, tales como la movilidad hacia otro terreno. El barrio esperado debe tener un emplazamiento de espacios verdes y predios institucionales; ello se inscribe como un pilar memorial en las representaciones sociales de los nuevos ocupantes. Comprende, así, una garantía de separación de las otredades, un elemento sustancial de la diferenciación entre el barrio urbanizado tradicionalmente y la constitución de las villas y se relaciona con la construcción del “límite” de densidad demográfica-habitacional esperado. No obstante, el proceso de hechura de esta diagramación tuvo sus complejidades:
R: A mí me trasladaron, había gente que no vivía que vino a tomar hizo una casita y se iba. Entonces esta franja se tenía que mover porque esto era lugar verde, zona verde decían los que venían a medir, todo. Entonces no se podía habitar. Cada manzana tenía su delegado, yo era delegada de la manzana. Entonces nos teníamos que trasladar, ésta era la manzana 42. Si yo no me trasladaba, se hacía una reunión. La delegada reunía a todos los vecinos en una casa o afuera nos sentábamos todos los vecinos de la manzana y ahí se planteaba el problema. Entonces decíamos "no, pero te vamos a dar un terreno, no es que te sacamos de acá y no te damos". La misma comisión era, "te damos un terreno" entonces cada uno, si le gustaba el terreno donde se traslada, se iba, se ha trasladado gente con... la última que se traslado tenía una casa de dos pisos de material ¿Sabes lo que era destruir eso?
E: ¿Para mantener la zona verde?
R: Para mantener la zona verde, para que sea un barrio. Yo le dije a ellos: “Mirá, yo no me quiero ir muy lejos de la zona verde”, yo ya tenía los vecinos ya hacía como un año que estábamos acá, yo los conocía. Y "no, no me quiero ir lejos, no me voy a ir lejos", el hecho fue que en frente así [en diagonal] del CIC había un terreno -la comisión ya sabía quién estaba, quién no estaba, quien vivía- porque se caminaba todos los días, se hacían censos, porque yo he censado gente y bueno, me trasladaron, "yo quiero ese terreno, sino yo no me muevo… no se mueve nadie, vos decidís, o me das ese terreno que está vacío y yo me muevo y se mueve la gente sino no se mueve nadie, y esto es así". (Comunicación personal, Celina, 28 de noviembre de 2018).
Ciertamente, la matriz organizacional clásica compuesta por delegados por manzana y reuniones periódicas de la comisión tuvo relevancia. Estos dos ejes organizacionales del barrio constituyen los eslabones más importantes para la tramitación de las mudanzas y la planificación barrial. La impronta tradicional muestra su mayor esplendor en el papel de los delegados como organizadores del barrio venidero, promotores de una urbanización formal y hacedores de una politicidad de base centrada en la “necesidad” de vivienda.
Ahora, prontamente este organigrama institucional de base perdió vigencia, no sólo se eclipsó la retícula de organización, sino también fueron emergiendo otros criterios acerca de las legitimidades de las viviendas y los terrenos que configuran el barrio.
Segundo momento y cortes sincrónicos: entre el derecho y la mercantilización
R: Si tenés necesidad, si no tenés donde vivir, tenés que tomar un lugar (…). Tenés que ocuparte, que quedarte, que estar. Algunos no cumplen, pero gracias a Dios ¡hasta ahora! La mayoría de los terrenos que tomaron, se quedaron. (Comunicación personal, Matilde, 28 de noviembre de 2018).
Matilde expresa los criterios normativos de las tomas clásicas. Su narrativa se centra en la necesidad y en la persistencia. Esa necesidad, reconoce un criterio de derecho, hay una norma violada, un agravio latente que nos recuerda a los teóricos de la privación relativa. No es una necesidad en abstracto, es una necesidad frente a una institución debilitada: el derecho a la vivienda. Con todo, ese derecho popular tiene pautas que lo rigen, no sólo es menester tener la necesidad de vivienda, sino que se solicita cumplir con algunas contrapartes: ocupar la vivienda, vivirla y trabajar el terreno. Esta naturalizada vinculación entre una necesidad, un criterio ligado a un derecho popular y una distancia con la institución del derecho formal, constituye una construcción histórica compleja. La casa propia, como correlato doméstico del modelo de urbanización suburbano, tiene más de medio siglo de profundización y expansión y, a pesar de entrar en crisis ya en la década del 70 reemerge en las memorias como matriz legitimadora. Sin embargo, esta legitimidad no se presenta sin condicionantes; se relaciona con una serie de imperativos morales entre los cuales el de permanecer y trabajar en el terreno son los más exigidos (Nardin, 2019).
Estas memorias con criterios legitimantes clásicos están en disputa con otras modalidades de representación de los usos de los terrenos y las viviendas. Los entrevistados narran ventas de terrenos familiares con mayor o menor reprobación, cuentan sus propias compras e, incluso, describen subdivisiones que atentan contra la estricta delimitación métrica del terreno clásico. Exploremos estos otros contenidos memoriales:
R: Acá, cuando recién agarraron, querían venir y vendían los terrenos, cuando recién agarran. Por ejemplo, yo agarro un terreno y se lo vendo a una persona que alquila. Entonces, bueno ¡son pendejos, son pibes! Ellos, los que venden los terrenos, vienen se toman todo el día y toda la noche y al otro día viene una persona y le dice "che, no querés vender el terreno", "sí”, "a cuánto" “póngale quince mil pesos” y bueno… vende, pero… Pero uno no sabe si se van a quedar, eso es lo más lindo, porque no sabemos si nos vamos a poder quedar en el terreno, después te echan y el que compró se jode (Comunicación personal, Matilde, 28 de noviembre de 2018).
Matilde describe una acción realizada por “unos pendejos”. Esta acción se distancia de sus parámetros de legitimidad. Otros tomadores son los que sólo ocupan transitoria y oportunistamente el terreno y lo venden, incluso sabiendo que no pueden dar garantías respecto de la seguridad de permanencia en el espacio. La mercantilización aparece como un acto reprobable, irresponsable e inoportuno. Otras posibles necesidades de estos jóvenes, tales como la dificultad de obtención de dinero y la legitimidad intrínseca que se adjudican por haber participado de los momentos más peligrosos y difíciles no aparecen aquí y configuran otro relato en pugna[8].
En el relato que sigue se describe la compra de un terreno a dos años de la ocupación de La Isla.
E: Y el terreno de tu casa cuando viniste con tu mamá ¿Quién se los otorgó?
R: Y eso fue, la amiga de ella lo había comprado y bueno, se lo vendió a ella. Se lo compró a los pibes que están al principio, los que toman para vender. Ella, la amiga de mi mamá, tenía dos terrenos y le vendió la mitad.
E: Ah, está bien. ¿Y cómo era ese terreno cuando llegaron?
R: Estaba… no tenía nada.
E: No tenía nada.
R: Había que rellenar todo, armar todo, porque era un terreno bajo y se inundaba (Comunicación personal, Joaquín, 28 de noviembre de 2018).
Habían pasado dos años y el terreno había sido vendido dos veces. La compradora había adquirido más de uno y no los había trabajado. Es interesante ingresar en el relato desde su lógica intrínseca. El joven, sólo expresa que su madre compró un terreno bajo, inundable. No parece haber nada extraño en esta descripción, si no fuera porque es una compra de un terreno tomado. No obstante, este devenir memorial trasgrede múltiples criterios de legitimación que fueron centrales en las ocupaciones clásicas. ¿Se pueden entrever indicadores que den cuenta en el propio relato de Joaquín de la distancia con las modalidades legítimamente aceptadas? Tres aspectos del relato asumen interés, el primero es la identificación de los tomadores y de su particular modalidad de acción; otro es la referencia explícita de la doble compra de la amiga de su madre; y, en tercer lugar, la manifiesta falta de trabajo en el terreno. La tensión entre la ocupación y la necesidad emergen en los primeros dos aspectos, haciendo ingresar la mercantilización como un elemento central del espacio de referencia; la falta de domesticación del terreno, aparece como otro aspecto ligado a los mandatos de las tomas clásicas. Diferenciándose de todo ello, él y su madre habitan el espacio, lo trabajan, lo mejoran y lo hacen sólo con el objeto de vivir allí.
Más allá de estos indicadores, el sólo relato memorial de las múltiples ventas expresa una laxitud que estaba vedada en las ocupaciones anteriores (lo cual no quiere decir que no hubiera espacios mercantilizados, pero estos eran residuales y relativamente clandestinos). Es menester subrayar que son los jóvenes quienes narran estos aspectos, evidenciando algún corrimiento –tal vez, generacional- respecto de los imperativos clásicos.[9]
E: Y ¿tuvieron que pagar por el terreno? ¿se lo compraron a alguien o fue…?
R: No, vinimos y lo tomamos, al que sí le pagaron fue a mi papá, digamos, porque mi papá los vendía (Comunicación personal, Jazmín, 28 de noviembre de 2018).
Sin mediar justificaciones, tales como criterios de necesidad y/o de laboriosidad la entrevistada relata un itinerario mercantilizado a posteriori del proceso de tomas. Esta familia no se corresponde ni con el perfil de las clásicas tomas, ni con la otredad de los jóvenes de paso que oportunamente toman, venden y se van. Son tomadores instalados en el barrio que logran apropiarse de más de un terreno y, mientras se quedan con uno para su propia vivienda, venden los excedentes. No estamos frente a un relato que memorializa la acción de unos jóvenes out siders que abren el espacio a la mercantilización, la venta de terrenos no resulta exógena sino por el contrario, es intrínsecamente constitutiva respecto de una de las modalidades de construcción del barrio. Ingresemos más profundamente en el relato de la entrevistada:
R: Nosotros teníamos esa casa en la esquina esta y esa que esta acá al lado y era todo grande. No sabés lo que era… Y después mi papá lo dividió, viste. Dividió, así, por terrenos. Dividió, teníamos tres casas, bueno qué hizo mi papá. Vendió ese, le vendió a un boliviano. Después el boliviano se fue, se vendió y después empezó a pasar gente. Creo que… No sé [gente] de la política, esas cosas que no sé muy bien cómo se dicen, y te daban los papeles del terreno. Te los daban, te hacían firmar y te daban los papeles… Y después vendió esa también, y después nos quedamos con esta sola (Comunicación personal, Jazmín, 28 de noviembre de 2018).
En la construcción memorial de la entrevistada, llaman la atención diversos aspectos. El primero es la naturalización de la ocupación excedente para la venta por parte de un habitante histórico, el segundo es la remisión a la movilidad de los vecinos; y el tercero es la relación entre la obtención de papeles respecto del terreno y el entramado político. En la articulación de estos componentes se genera un nuevo núcleo memorial que se contrapone a las formas memoriales de las ocupaciones previas. Mientras un criterio de necesidad agraviado remitía a un derecho popular vulnerado, acá emerge sin tapujos la obtención de dinero por el terreno tomado; mientras en los relatos memoriales clásicos se resaltaba que los vecinos llegaban al barrio para quedarse y para armar un barrio formal, acá se resalta la movilidad y, si en los otros relatos la relación con las instituciones políticas y por la obtención de certificaciones se legitimaba mediante la ocupación propia del espacio, acá se mencionan lazos políticos que colaboran en la certificación de terrenos mercantilizados. Ahora bien, todas estas modificaciones se fueron produciendo de la mano de una transformación social y política que excede el barrio. Tales transformaciones no podrían ser abordadas en este artículo, pero ciertamente, son las que brindan las condiciones de posibilidad para la mutación del lazo con los vecinos, con las instituciones políticas y con el propio mercado informal de tierras[10].
Cabe detenerse en la movilidad de los habitantes del barrio, personas desconocidas, que habitan transitoriamente el espacio social doméstico y que resultan ajenas a los entramados comunitarios; son nuevos habitantes de estos barrios que coexisten con los vecinos históricos. Los nuevos no tienen una relación externa a ellos, sino que son los fundadores quienes los incluyen en los entramados barriales, vendiéndoles el terreno. Estas pautas de sociabilidad se enlazan constituyendo nuevos criterios de habitabilidad a partir de sus propias acciones de mercantilización. Entre las memorias clásicas y éstas se configura un campo en tensión, que contiene relatos con criterios de habitabilidad distintos que refieren, a su vez, a una complejización de las identidades que habitan estos barrios periféricos.
Tercer momento y corte sincrónico: Referencias, organizaciones y líderes
Ya revisamos las memorias sobre la llegada al territorio, sobre el emplazamiento urbano, profundizamos los criterios que sustentan la toma y la emergencia de la mercantilización. Nos referimos, a su vez, a las formas en que se evocaba la organización barrial y la relevancia del conocimiento técnico como sostén ante una modalidad organizacional débil. No obstante, es preciso volver a los dichos específicos sobre la organización del territorio como clave para comprender la diversidad memorial.
Ya habíamos hecho notar, al comienzo de este artículo, que la red organizacional de este asentamiento era relativamente endeble y que el conocimiento técnico aparecía como un sostén ante las complejidades de ordenamiento. Esta debilidad supuso prontamente el estrechamiento organizacional hacia un solo referente barrial de relevancia, en esto hay acuerdo entre todos los entrevistados. Celina, miembro del grupo más allegado al referente, describe sus intervenciones de la siguiente manera.
R: La comisión quedó en Paco. Francisco Valdez. Él es el que siempre peleó por el barrio, él es el que peleó por las bombas, el que peleó por el plan de vivienda, por el colegio. Tuvo sus defectos, muchos, pero dentro de todo hizo algo por el barrio. Fue el único que, como decimos nosotros, le puso el hombro para hacer algo en el barrio (Comunicación personal, Celina, 28 de noviembre de 2018).
Ya en este relato, inmerso en el circulo cálido de cercanía al referente, se identifica la bipolaridad de su acción. Pelear por el barrio y tener defectos; inmersa en una red de sentidos que se extiende por los pliegues de lo político, la entrevistada naturaliza el doblez de su acción.
Sin embargo, según otro perfil de entrevistados la supremacía de Paco Valdez fue producto de disputas que emergieron con virulencia[11]. Matilde, una de las delegadas que fue quedando afuera del proceso organizativo, lo rememora de la siguiente forma:
E: ¿Y no tenían delegados?
R: Teníamos delegados ¡pero más sinvergüenza los delegados de nosotros! Yo fui delegada, yo sí fui, pero…
E: ¿Cómo fue esa experiencia?
R: Y....fue buena porque yo peleaba por el terreno de los vecinos, porque había uno que vino y que era delegado y que bueno, quería sacarnos una parte del terreno, porque había vendido el terreno de un vecino que se fue, que se fue porque bueno no podía estar. Pero después vino y reclamó y ese mismo, esa misma persona quiso vender el terreno. Vendió, y vino y me dice "Matilde tengo que sacarte una parte" ¡no! le digo, "por qué me vas a sacar, si este es mi terreno" y me dice " no, pero tengo que sacarle porque la vecina…" "¡no! si vos vendiste, es tu problema" y yo tenía todos mis vecinos en contra mía…
E: ¿Y por qué?
R: Porque me decían a mí que él era un matón, que él me iba a venir a lastimar (Comunicación personal, Matilde, 28 de noviembre de 2018).
Desde su registro memorial, ella, da cuenta de un proceso de mutación que no sólo supone un achicamiento de las personas que comprenden la red organizativa sino, sobre todo, remite a la transformación de los criterios de autoridad en el entramado comunitario y a las modificaciones en los usos de los terrenos y en las modalidades legitimadas por los referentes en torno a dichos usos. Ella refiere a un corrimiento desde una organización democrática a una vertical, sostenida mediante el temor a la violencia del líder. Asimismo, evoca los procesos de mercantilización de la tierra que son fomentados o directamente producidos por el propio mediador. Ambos procesos, desde esta evocación memorial, van intersectándose y configurando un nuevo esquema representacional acerca de los referentes barriales, su papel y su intervención como legitimadores de diversas prácticas sociales.
Mientras estos procesos legitimadores se instalan, se abre una brecha con la figura del mediador. La representación negativa se expande hacia diversos nudos quebrando el círculo cálido y la coherencia del relato:
E: Y acá en La Isla ¿Sabes cómo se hizo para dividir los terrenos cuando fue la toma?
R: Sí, acá había un delegado, que él dividió todos los terrenos. Dividió todos los terrenos, todas las medidas de los terrenos, y después al pasar de los años hicieron planes de vivienda. [Señala dos tipos de vivienda, una de ellas de dos pisos que está en 890 y 818]
E: ¿Y ese delegado quién lo eligió?
R: Y la gente de acá, pero él, ya no está más, está preso ahora.
E: ¿Está preso?
R: [Asiente] Y si esto, acá tendría que haber calles como esa que está ahí, la calle de allá, esa donde está la cola. Eso deberíamos tener calle, todo, y no. Y ese delegado se robó todo. Las máquinas que había del otro lado, todo se robó.
E: ¿Qué máquinas había del otro lado?
R: Había unas máquinas viales que eran para arreglar las calles, para hacer el asfalto, y eso tenía su grupo de gente y se robaban todo. Materiales, máquinas, muchas máquinas se robaron. Por eso está todo, así como está, si no tendríamos que tener todo vereda, calle. Fue él, el que se robó todo (Comunicación personal, Emilio, 28 de noviembre de 2018).
Prestemos atención a la morfología del relato. Emilio comienza describiendo las acciones que realizó el referente a lo largo del tiempo. Enuncia su labor desde la ocupación, la organización y la distribución de los asentados hasta su intervención en la puesta en marcha de diversos planes de vivienda[12]. No obstante, ahí el relato se corta, el entrevistado comenta que el referente está preso y sus enunciados comienzan a ser eminentemente negativos. La presunción de malversación de recursos públicos y la estafa invaden el relato.
El barrio tiene enormes dificultades. Las inundaciones asolan el emplazamiento sistemáticamente. Evidentemente las responsabilidades acerca de estas falencias exceden la capacidad decisoria de un referente barrial, pero, en las representaciones existe un chivo expiatorio al que adjudicarle todos los adeudos; Paco Valdez se apropia y personifica las intrínsecas cualidades de un estado que deja en manos de sus referentes una enorme cantidad de responsabilidades, a la vez que se le solicitan recursos económicos y territoriales para avanzar en la política. Él mismo se torna prisionero de este mecanismo. Sin embargo, la referencia al tráfico de drogas no es enunciada. Lo que sí emerge recurrentemente es su papel en la promoción de la mercantilización de los terrenos, así como en la venta y en el alquiler de las viviendas, como así también el vínculo espurio con la política.
R: Paco muchas veces se postuló también para estar en la política… también hizo muchos programas así viste, hablaba del barrio, como que quería ayudar. Casi todas las casas que están acá son de él. Él las alquila, y quedó la mujer de él ahora. Ahí donde dice kiosco él está alquilando. Él estuvo en la toma y el agarró mucho terreno (Comunicación personal, Jazmín, 28 de noviembre de 2018).
Más allá del relato de Emilio, que tilda al referente de ladrón y estafador, resulta más anclado en las entrevistas la remisión al referente como jefe y cuasi “dueño” del barrio, él es el que gestiona gran parte de los alquileres, porque “agarró mucho terreno”; su enraizamiento territorial adquiere así un correlato representacional. Esta entrevista muestra, una vez más, que el delegado y mayor referente del barrio legítima y potencia la mercantilización de las viviendas. La renta aparece como un medio legítimo de ganar dinero. Los criterios de merecimiento clásicos se desarman. No obstante, su detención pone en entredicho la legalidad, legitimidad y moralidad de sus acciones, a pesar de que nadie menciona la venta y distribución de drogas, sí aparece la figura del ladrón y del estafador en el relato de los vecinos que formaron parte de su circuito cálido.
Palabras finales
En este apartado se retoman de forma estilizada los hallazgos del trabajo, se revisitan las discusiones teóricas presentadas al comienzo y se plantean algunas reflexiones en base a los resultados de esta investigación. El trabajo presentó dos clivajes centrales, uno que corta los relatos en un sentido diacrónico y otro que corta las referencias acerca del entramado barrial de manera sincrónica.
Comencemos con estas memorias para sistematizar el eje diacrónico. Primero, se evoca la llegada al barrio y la transformación del espacio social de pertenencia; dentro de este núcleo memorial, el hito de llegada al barrio tiene diversos sentidos según cuán rupturista sea con respecto a las experiencias previas. Un segundo momento refiere a los primeros años de la ocupación de la tierra y el esfuerzo mancomunado de los referentes, los delegados, los técnicos y los vecinos para organizar y emplazar un barrio que tenga las características formales de los otros barrios colindantes; dentro de este eje de memorias, los partícipes valoran la comisión de vecinos, las reuniones, el papel de los delegados y de los técnicos agrimensores; es esa red organizativa la que planifica y va posibilitando el tránsito –siempre lejano- hacia al barrio imaginado. Este segundo momento contiene una serie de criterios de habitabilidad que ha caracterizado a las memorias de los asentamientos populares. En ellos adquiere centralidad el uso de la tierra para vivienda (única) de uso familiar, como centro de valoración y el resguardo de los espacios verdes, como forma de construir un barrio que exceda la sumatoria de viviendas; sin embargo, ya dentro de este momento memorial se mencionan referencias a acumulación de terrenos y ventas, evidenciando diversos criterios aun marginales. Estas divergencias adquieren mayor relevancia a medida que la narrativa se acerca temporalmente. El tercer núcleo memorial remite al eclipse del apoyo técnico y el enflaquecimiento de la red organizativa. El proceso culmina en la centralidad de un solo referente que es representado de manera divergente entre los entrevistados (sobre estas diferencias se trabajará en el corte sincrónico). A su vez, de manera articulada, este proceso de estrechamiento se presenta en las memorias ligado a la profundización de las modalidades mercantiles de intercambio de terrenos y viviendas. Dicho aspecto asume relevancias y valoraciones diferenciales según los perfiles de los entrevistados (que también serán mencionadas dentro del corte sincrónico).
Ingresemos, entonces, en los cortes sincrónicos. Éstos emergen en los recuerdos en el tercer momento diacrónico y manifiestan pliegues en los dos aspectos mencionados en el párrafo anterior. Las modalidades de representación acerca del uso de las viviendas y las actitudes respecto del referente más importante y más polémico del barrio. Ambos aspectos, a su vez, se encuentran relacionados en un núcleo figurativo que expresa formas emergentes de representación social acerca de la tierra, la vivienda y las formas de organización barrial.
Es sabido que las memorias acerca de las ocupaciones de tierra (clásicas) centran sus argumentos justificatorios en la necesidad de la vivienda y densifican sus criterios de merecimiento recordando los sufrimientos padecidos, los esfuerzos realizados y la solidaridad organizativa. No obstante, en la actualidad se pudieron identificar elementos que se distancian de este núcleo, la permisibilidad del acopio de terrenos, del intercambio mercantil y de los ingresos mediante rentas informales emergieron entre los entrevistados más jóvenes y/o más allegados al referente.
A su vez las modalidades de valoración del referente barrial más importante variaron significativamente según perfiles de entrevistados, aunque, también, manifestaron otra mutación específica: un vecino “que hizo mucho por el barrio” aparece ahora como un “sin vergüenza” que realiza diversos tipos de acciones violentas e ilegales. Este corte sincrónico entre “él” y nosotros adquiere relevancia narrativa. Éste personifica los problemas barriales y su detención marca un nuevo clivaje.
Antes de terminar revisemos estas conclusiones de nuestro trabajo con las lentes de la bibliografía mencionada al comienzo de este artículo. Se debe afirmar que existe un parecido de familia entre los hallazgos de la nueva bibliografía y nuestros resultados; estos se expresan en la variación temporal y la emergencia representacional de la violencia, la mercantilización y el ejercicio autoritario del poder, también. Sin embargo, caben señalar varios matices que, finalmente, modifican significativamente las características de las memorias emergentes que se abordan en este artículo respecto de las representaciones que aparecen tematizadas en la bibliografía sobre las nuevas tomas.
Ossona (2007) construye una relación polar entre las ocupaciones clásicas y las nuevas. En principio, este barrio constituye un ejemplo prototípico de las últimas. No obstante, éste surge de la mano de modalidades organizativas, criterios de legitimación acerca del uso doméstico y no mercantil -de los terrenos- y formas de planificación barrial que se asemejan a las tomas clásicas; no se evidencia en las memorias una diferencia de cualidad en las remisiones a estos procesos embrionarios. Esta génesis diferencial -expresada en las memorias en torno al relato del primer y segundo momento diacrónico- es central en la configuración de criterios morales que perviven.
Con todo, sí se manifiesta en los relatos memoriales una diferencia de envergadura. Se identificó una debilidad de este andamiaje organizativo clásico que se solidifica mediante un zócalo que le brinda solidez: es el conocimiento técnico el que sutura esta debilidad. No obstante, esta sutura es parcial y temporalmente limitada. Nuevos trabajos acerca del papel de los peritos y los técnicos podrían ser de utilidad para comprender más profundamente la especificidad de cada caso.
El enflaquecimiento de la organización comunitaria, la legitimidad del intercambio mercantil, la personalización del liderazgo y la consolidación de las violencias como forma de ejercicio del poder territorial, inmerso en redes político-estatales aparecen en las representaciones sociales actuales. Sin embargo, estas representaciones se encuentran en pugna con las representaciones memoriales clásicas dentro del entramado barrial. Es por la evidencia de esta tensión que los hallazgos de nuestro trabajo memorial parecen más cercanos a los de Tufró, M., Brescia, F., y Píngaro Lefevre (2017).
Profundicemos esta afirmación. Mientras subyacen criterios clásicos acerca del uso de la vivienda, ligados al valor de uso, también aparecen relatos que describen otras formas de utilización ancladas en lo mercantil; si las primeras son fuertemente normativas, las segundas evaden dicha interpelación. Dentro de este campo de tensión entre memorias y representaciones en disputa emerge la degradación y la detención del referente que, a su vez propiciaba el proceso de mercanitilización de la tierra y la vivienda[13]. Estas memorias traen consigo una nueva complejidad en torno a las modalidades de ejercicio del poder territorial y sus imperativos. Más que una polaridad entre modalidades excluyentes se pueden encontrar formas diferenciales que tienen ciertos polos pero que se encuentran en un fluir -que acerca y aleja- diversos nudos de sentido en una dinámica móvil.
Caben algunas palabras en torno a las representaciones sobre los referentes. Al comienzo de este artículo se desarrolló la polaridad que presenta Ossona (2017) entre dos modalidades de mediación. Este enfoque excluyente y radicalmente contradictorio entre formas clásicas y nuevas parece no ser atinado para el caso que hemos trabajado. Las memorias analizadas remiten a un proceso de transformación del mediador; los entrevistados del círculo cálido del referente construyen sentidos en tensión acerca de él y sólo finalmente lo separan de los procesos de sociabilidad barrial; construyen, así, una nueva otredad que dista de ser inmediata e irreflexiva. La tensión entre diversos criterios morales emerge con claridad.
Para terminar y abrir nuevas discusiones para futuros trabajos, el señalamiento de Ossona acerca de los nuevos referentes como provenientes del “extranjero” conlleva aspectos muy discutibles en torno a las sociabilidades nativas y ajenas. El itinerario del referente de La Isla está fuertemente ligado a aspectos intrínsecos de la forma de ejercicio del poder territorial en los espacios conurbanos. Las demandas hacia los activadores de políticas barriales intervienen fomentando una serie de responsabilidades de gestión territorial, que implican el manejo de recursos y soberanías que se deben poner en discusión para comprender la transfiguración violenta y la inscripción en los ilegalismos. El ejercicio del poder territorial brinda espacios en tensión para los propios referentes, con demandas verticales de diverso tipo, que pueden tramitarse de formas variadas, el abuso de poder y los ilegalismos son una de las tantas formas de tramitación; sin duda mucho queda por hacer para tratar de evitarla.
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Notas
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