DOSSIER
EL LABERINTO DE LAS ESMERALDAS. INCERTIDUMBRES Y DIFICULTADES DE LA MINERÍA EN EL OCCIDENTE DE BOYACÁ, COLOMBIA
The labyrinth of emeralds. Uncertainties and difficulties of mining in western Boyacá, Colombia.
EL LABERINTO DE LAS ESMERALDAS. INCERTIDUMBRES Y DIFICULTADES DE LA MINERÍA EN EL OCCIDENTE DE BOYACÁ, COLOMBIA
Avá. Revista de Antropología, vol. 38, pp. 228-258, 2021
Universidad Nacional de Misiones
Recepción: 02 Junio 2020
Aprobación: 15 Abril 2021
Resumen: Este artículo propone una interpretación sociológica de la sociedad esmeraldera para entender lo que ocurre en la actualidad en el Occidente de Boyacá frente al conflictivo encuentro entre los actores locales, los actores empresariales de una multinacional minera y los proyectos de formalización de la actividad minera de esmeraldas. Propongo como hipótesis de investigación que los actores que participan en la cadena de producción y comercialización de la esmeralda desarrollan una disposición para la negociación, como una característica de los individuos en sociedades donde la eficacia institucional es insuficiente y donde los individuos se deslizan entre los límites de la formalidad, la informalidad y la ilegalidad. La disposición para la negociación es usada por los actores para negociar constantemente su posición percibida como desventajosa, en una situación de interacción. Es una disposición maleable a las distintas y múltiples situaciones que pueden enfrentar los actores en sociedades de alta incertidumbre.
Palabras clave: Minería de esmeraldas, (I)legalidad, Formalización, Disposición para la negociación.
Abstract: This article proposes a sociological interpretation of the emerald trade society in western Boyacá to understand the current conflictive encounter between local actors, business actors of a mining multinational, and the formalization projects of the emerald mining activity. I propose as a research hypothesis that the actors involved in the emerald production and marketing chain develop a disposition for negotiation as a characteristic of individuals in societies where institutional effectiveness is insufficient and where individuals slide between the limits of formality, informality, and illegality. Actors use the negotiation disposition to constantly negotiate their perceived disadvantageous position in an interaction situation. It is a malleable disposition to the different and multiple situations the actors can face in societies of high uncertainty.
Keywords: Emerald mining, (Il)legality, Formalization, Negotiation disposition.
Introducción
Este artículo propone una interpretación sociológica de la sociedad esmeraldera para entender lo que ocurre en la actualidad en el Occidente de Boyacá frente al conflictivo encuentro entre los actores locales, los actores empresariales de una multinacional minera y los proyectos de formalización de la actividad minera de esmeraldas.
Propongo como hipótesis de investigación que los actores que participan en la cadena de producción y comercialización de la esmeralda desarrollan una disposición para la negociación, como una característica de los individuos en sociedades donde la eficacia institucional es insuficiente y donde los individuos se deslizan entre los límites de la formalidad, la informalidad y la ilegalidad. La disposición para la negociación es usada por los actores para negociar constantemente su posición percibida como desventajosa, en una situación de interacción. Es una disposición maleable a las distintas y múltiples situaciones que pueden enfrentar los actores en sociedades de alta incertidumbre. La disposición para la negociación suple la carencia de un “mínimo de capital económico y cultural” necesario para tener la aptitud y disposición de “ajustar las prácticas al cosmos económico” Bourdieu (2003: 322; 1977). Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la normativa nacional e internacional se extiende a las actividades económicas de minería para la regulación y formalización?
Mi trabajo se inscribe dentro de un proceso de investigación de campo de larga data en la región de minería de piedras preciosas en Boyacá donde me he dedicado al estudio de diferentes problemáticas desde las perspectivas de la antropología económica y la sociología política (Parra, 2006; Parra & Valbuena, 2020). No obstante, se inscribe también en el marco de una interrogación sociológica general que busca comprender de qué manera ciertas sociedades latinoamericanas desarrollan una disposición para la negociación, que he llamado Business en otros trabajos (Parra, 2020).
Tal como lo presentan Rabossi (2019) y Parra (2013) la informalidad tiene sus matices en cada caso particular y esto implica que los estudios de sociedades particulares tienen mucha relevancia tanto para la comprensión como para el desarrollo de nuevas conceptualizaciones que contribuyen a entender estos fenómenos. En este análisis parto de que existe una disonancia sobre la manera de ver los proyectos nacionales de formalización entre actores públicos y empresariales, y los actores locales de la sociedad esmeraldera. Por esta razón, propongo una descripción etnográfica que permita comprender la definición de los poderes y la sociabilidad de la sociedad esmeraldera, que enmarca el contexto actual de recepción conflictiva de las políticas de formalización de la minería de la esmeralda.
Mi hipótesis es que esos actores que fueron forjados en una sociedad y en una actividad económica de mucha incertidumbre, desarrollaron instintivamente una disposición para la negociación. Esos actores están en una situación de desfase frente a las políticas de formalización minera que, al contrario de sus expectativas disposicionales de negociación, son percibidas como políticas rígidas. Este encuentro genera conflicto y dificultades que se traducen en situaciones problemáticas para los mineros y comerciantes que no pueden adaptarse rápidamente a una normativa de formalización.
El trabajo etnográfico aquí presentado hace parte de un largo trabajo de investigación que inició hace dos décadas y ahora retomo en un momento álgido de esta sociedad[2], que enfrenta el cambio progresivo de la sociedad esmeraldera que se había consolidado en la segunda mitad del siglo XX, y la llegada en el XXI de capitales internacionales y figuras de las empresas multinacionales que tomaron el control de la explotación en las minas de mayor producción e importancia en la región y en el mercado de la esmeralda.
El artículo está organizado en tres partes. Una presentación de las nociones sociedad esmeraldera y disposición para la negociación como marco interpretativo, desarrollado para la comprensión de la problemática actual del desfase entre los actores y la situación actual de formalización de la minería. Una segunda parte de contextualización histórica del Occidente minero remontándonos a la segunda mitad del siglo XX, donde presentaré la formación de los poderes locales y su relación con los habitantes de la región. Finalmente, presentaré una etnografía actual de la región con el fin de explicar los actores sociales que participan de manera desigual en la economía esmeraldera y la problematización de la situación actual.
La sociedad esmeraldera
En la minería de esmeraldas en Boyacá se explota un recurso que produce riqueza de manera inmediata. Es el caso de las piedras preciosas, que, en bruto, puras y desnudas pueden llegar a tener un gran valor. A diferencia de otros minerales, la minería de las piedras preciosas da al minero la contingencia de tener una riqueza (pequeña o grande). Esta riqueza posible se convirtió en la obsesión de muchos colombianos que desde mediados del siglo XX se aventuraron hacia lo profundo de la cordillera, y quedaron prendados por “la fiebre verde”, que es la manera como los mineros llaman a ese sentimiento que los mantiene en la búsqueda de la gema. Las ambivalencias que se presentan entre estos individuos y la constitución de una sociedad llena de incertidumbres e indeterminaciones se traducen en muchos aspectos de la vida en esta región.
Mi propósito al hablar de una sociedad minera es poder comprender el tipo de individuos que allí se fabrican (Martuccelli, 2002; 2010b; Martuccelli & Santiago, 2017), dentro de la sociedad esmeraldera como conjunto heterogéneo de individuos cuya consistencia está marcada por los siguientes cuatro elementos:
1. Una consistencia identitaria basada en una reacción a un estigma que muestra una conciencia de ser esmeraldero en un modo de construcción de una identidad negativa, que, en el contexto de la segunda mitad del siglo XX, relaciona a este grupo con la ilegalidad (mafia y narcotráfico). Para la sociedad colombiana, estos grupos fueron conocidos en los años setenta y ochenta en una relación negativa y estigmatizante que relacionaba a “los esmeralderos” con la ilegalidad, especialmente con el narcotráfico, con la informalidad por su manera de comercializar la piedra a partir de negocios de palabra y a su riqueza adquirida a través del comercio de esta piedra preciosa con los nuevos ricos, una clase emergente de la segunda mitad del siglo XX que tuvo como base los boom de la esmeralda, la coca y la violencia de los años 1980 (Betancourt Echeverry & García, 1994; Gutiérrez & Barón, 2008).
2. La actividad minera y comercial alrededor de la esmeralda que estructura actores muy diversos y heterogéneos que cumplen roles distintos a lo largo de toda la cadena productiva (guaqueros, mineros, comerciantes, comisionistas, talladores, empresarios, exportadores, patrones).
3. Una relación constitutiva con la incertidumbre que ha producido un tipo de individuo predispuesto a adaptarse, negociar, y moldear sus reacciones por la maleabilidad de las situaciones cambiantes de la vida, con las formas indeterminadas que toma la sociedad esmeraldera. Los actores suelen decir que se trata de una piedra preciosa que “no se sabe cuándo se va a encontrar”, “si se les va a ir de las manos o no” y la relacionan con la suerte. Ellos consideran que no controlan el comercio, sino que lo adjudican al destino de cada uno según su suerte. Esta relación con la incertidumbre es consustancial a esta sociedad y se relaciona con la debilidad de las instituciones, con una economía minera de piedras preciosas que ha funcionado en la informalidad del trabajo guaquero no tecnificado, en la cual la ganancia no se controla, sino que, como es característico en la informalidad depende de factores externos inciertos que los guaqueros no controlan y consideran que no se pueden controlar.
4. El cuarto elemento y no menos importante es la sociabilidad entendida como la manera de relacionarse en la interacción cara a cara vertical y horizontalmente. La sociedad esmeraldera se ha constituido de manera desigual y arbitraria según el dinero y la riqueza. El dinero se constituye como un eje que define relaciones de amistad, familia y compadrazgos en un sistema de préstamos, favores/oportunidades y regalos muy desiguales, lo que imprime una situación agonística de trasfondo en las relaciones (Sabourin, 2011). Es así, que se espera que quienes tienen dinero “den la oportunidad” [3] a los otros y quienes no lo tienen, asuman un lugar subalterno en esta compleja sociedad (Wolf, 1990). La coincidencia de estas economías y probablemente los encuentros posibles entre grupos que se sentían identificados con los mundos agrícolas y mineros, dieron paso a una sociabilidad posible en la que compartían trayectorias similares de un mundo campesino, el trabajo duro y la riqueza posible y alcanzada[4]. Es en este contexto que es posible hablar de una sociedad esmeraldera que permite ciertas relaciones y sociabilidades, normas e interacciones para comprender su cambiante mundo en el medio de las cordilleras, en el contexto de un país que a pesar de las dificultades eligió el desarrollo de la democracia y un contexto económico global que se expande hasta lo más recóndito de la cordillera.
Estos cuatro elementos son determinantes en el tipo de individuos que constituyen esta sociedad y desarrollan una disposición para la negociación que se manifiesta tanto en su actividad económica, en su vida social y familiar, y en el marco del tema que nos atañe que es la formalización minera. En la sociedad esmeraldera no es la norma general (del derecho) lo que prima, aunque no se ignore. Es la negociación local lo que vale y esa disposición para negociar es resaltada por los esmeralderos como un atributo positivo, como una característica que les permite solucionar los problemas en el marco de las posiciones desiguales que ocupan unos y otros. La disposición para la negociación es un rasgo de los individuos históricamente producidos por las estructuras sociales del Occidente de Boyacá: marcadas por poderes familiares locales, por una economía de extracción particular en la que la incertidumbre juega un papel determinante en el sentido en que establece reglas de aceptación de la oportunidad, de la inviabilidad de contratos formales, de tiempos de producción difícilmente medibles, de jerarquías y de aceptación de justicia y normas locales.
El laberinto de la formalización
La búsqueda de esta piedra preciosa se remonta a tiempos prehispánicos, pero es a partir de la segunda mitad del Siglo XX que se presenta una intensificación en los conflictos sociales desgajados del control territorial y de la producción, una intensificación en la explotación de un recurso no renovable (Uribe, 1992). Pero los mineros que trabajan en la región ya sea por su cuenta o ligados a alguna concesión minera, reclaman como suyo ese recurso que es la esmeralda. Los mineros y sus familias han reclamado históricamente el derecho a la explotación de un recurso que está en el subsuelo del territorio que habitan.
Los actores se encuentran ante la normativa que declara al Estado como el dueño de los recursos que reposan en el subsuelo colombiano. Desde el nuevo código de minas (Ley 685 de 2001) se establecieron mecanismos específicos para acceder a licencias y permisos de explotación, los cuales, según la normativa debería dar prelación a las asociaciones o comunidades que han ejercido minería tradicional. Sin embargo, la regulación de la piedra ha pasado por diferentes fases y desde los años 2000 ha sido objeto de diferentes proyectos y procesos de formalización de la minería dirigidos desde el gobierno nacional[5]. Estas leyes y decretos enuncian las figuras jurídicas, requisitos, mecanismos y disposiciones generales del proceso administrativo por el cual los mineros tradicionales, de pequeña escala y comerciantes (para este caso de la piedra preciosa) se someten al cumplimiento de los requisitos jurídicos, técnicos, ambientales, económicos, sociales y laborales para ejercer las actividades de extracción y comercialización.
Estos proyectos han definido el panorama minero actual de la piedra preciosa, en el cual las principales minas de esmeraldas son explotadas por grandes empresas multinacionales. Para el 2016 se presentaron 457 propuestas de concesión minera, 325 títulos, 266 en etapa de explotación, 27 en exploración y 32 en construcción y montaje. Según el Censo Minero Departamental (2012) de las 247 minas de esmeraldas explotadas en Boyacá, el 15% se explotan sin título minero, sin considerar la explotación tradicional y artesanal que se ha realizado históricamente en las quebradas y otras fuentes hídricas de los municipios de la provincia de Occidente.
Estos intentos de formalización del sector minero, según lo presenta el discurso de la Agencia Nacional Minera y otras entidades estatales, tiene el propósito de llevar a cabo una “minería bien hecha”, es decir, una minería concertada con las comunidades, respetuosa con el medio ambiente, en diálogo con las autoridades locales; llevando a cabo un seguimiento de los impactos de gestión social de las empresas que explotan los minerales, y de las concesiones mineras. Las regulaciones de la explotación y del trabajo minero responden a las demandas internacionales que exigen a los gobiernos un mayor control fiscal y ambiental.
Por esto, los actores de la cadena de la esmeralda deben adaptarse a situaciones inéditas de formalización de sus prácticas. Estos proyectos de formalización consisten en una voluntad de control y registro de la extracción y comercialización de la piedra a través de declaración, pago de impuestos y regalías, compromisos de responsabilidad ambiental y social. Esta voluntad de formalización involucra a todos los actores de una cadena económica y social muy diferenciada y diversa. Se extiende desde los guaqueros hasta multinacionales de extracción esmeraldera, desde pequeños y medianos comerciantes y talladores hasta los grandes exportadores: todos deberán responder a los estándares de transparencia, trazabilidad, respeto de las normas jurídicas y administrativas.
Los discursos de formalización del gobierno nacional, de las instituciones del Estado y de las multinacionales, se apoyan en la necesidad de regular una actividad que ha sido caracterizada por llevarse a cabo en la informalidad, algunas veces en la liminalidad con la ilegalidad. Así, busca no solo formalizar la explotación si no también, otros eslabones de la cadena de valor para garantizar la rentabilidad del negocio para el Estado. El comercio de la esmeralda es legal cuando la comercialización de una piedra preciosa circula por circuitos formales. Sin embargo, la falta de regulación y de control a lo largo de la cadena y el contexto de la región esmeraldífera y de la misma producción de la esmeralda, administrada por patrones locales, dio paso a ciertas prácticas que se prolongaron durante décadas en el marco de sus regulaciones propias.
Cuando los actores públicos y privados hablan de proyectos de formalización se refieren a la voluntad de regular las actividades económicas mineras que, por diferentes razones, escapan de la regulación estatal. Así pues, hay que tomar en cuenta la lógica de la categorización estatal (Nóbrega, 2019). Ésta en efecto produce aquellos indicadores públicos nacionales e internacionales que deben medir, proyectar y regular las actividades sociales y económicas.
Por eso, es necesario analizar los proyectos de formalización en los terrenos empíricos de las actividades socioeconómicas, para deconstruir la noción misma de formalidad a partir del análisis de un campo de investigación, y mostrar de este modo los desfases entre el dispositivo institucional existente en Colombia para la regulación de la minería de esmeraldas y su aplicación efectiva en el terreno. Existe, en efecto, en Colombia un dispositivo institucional de regulación de la minería y de los derechos laborales y sociales desde el aparato estatal colombiano. Las normativas de la OIT y de los organismos internacionales están integradas a los principios de la Constitución del 1991 y a la Ley colombiana vigente. De hecho, estos dispositivos constitucionales y jurídicos constituyen un corpus necesario para la regulación de la minería en relación con el daño ambiental y humano, teniendo en cuenta que el proceso sociohistórico colombiano ha dado lugar a considerables despojos socioambientales y humanos, que la ciudadanía colombiana reconoce buscando remediar con una diversidad de procesos y prácticas nacionales y locales.
Sin embargo, la formulación de leyes y la organización de dispositivos legales no son una garantía suficiente para el respeto de los derechos y obligaciones. La instauración de estos procesos en los territorios nacionales ocurre de maneras muy diferenciadas dependiendo no solamente de la actividad a formalizar, sino de la constitución de su sociedad y sus relaciones históricas. Parto de la tesis de la individuación planteada por el sociólogo franco-peruano Danilo Martuccelli (2002; 2010b; 2017), según la cual cada sociedad histórica fabrica un tipo de individuos. Esta tesis establece una relación entre los procesos estructurales históricos de una sociedad y los individuos que en ella se desarrollan. No se trata solamente de una fuerza estructural que define a los individuos, sino que ellos mismos responden a esa estructura con su agencia[6].
La conflictiva sociedad colombiana del Siglo XX (González, 2014; Palacios, 2003; Palacios y Safford 2002; Pécaut, 1987) permite ver que en la región esmeraldífera, las débiles e ineficientes instituciones del Estado dieron paso a una sociedad muy inestable donde actores locales tomaron las riendas de la producción y administración de la minería de las esmeraldas y ocuparon los espacios políticos y administrativos a través de un poder local impuesto a los habitantes de esos territorios mineros (Parra y Valbuena, 2020). A su vez, los grupos que quedaron en el campo de esos poderes locales fueron aceptando y moldeando las relaciones, de manera que esta sociedad en el contexto de su indeterminación presenta un orden que permitió la producción y comercialización de la piedra, en el contexto de acuerdos desiguales que se fueron estableciendo en esta sociedad.
Las formas sociales en esta región se basan en un poder local de patrones de las esmeraldas donde su dominio en todos los ámbitos definió las relaciones y la sociabilidad en esta región, creando una desigualdad encastrada y dando paso al poder patronal como eje de la vida social (Gluckman, 1961; Wolf, 1990). En esta sociedad las relaciones se basan en acuerdos personales, en negocios de palabra y confianza, en intercambios desiguales que para los menos favorecidos fueron leídos como favores y oportunidades y sobre todo en un marco de regulaciones propias en lo que tiene que ver con el trabajo y la producción de la esmeralda (Nóbrega, 2019).
Se trata de una región con una historia económica que abarca el abrupto tránsito de un sistema agrícola a un sistema minero extractivista de piedras preciosas (Parra, 2006). Este fragoso cambio se vivió en menos de una década, durante los años sesenta, cuando los hijos de las familias campesinas, varones niños y jóvenes principalmente, de esta región, se sintieron atraídos por la fuerza minera que los impulsó a dejar los rastrillos y las cosechas y a moverse hacia la aventura de una minería arriesgada porque el ingreso de civiles a las minas estaba prohibido por el administrador de las minas que en 1960 era el Banco de la República (Steiner, 2018).
El caso del Zar
En Colombia los instrumentos sociales de un “Estado en formación” (González, 2014) funcionan a medias, no cumplen con sus promesas, de cierto modo este mundo social no está realmente instituido: es un país dividido en una sociedad fragmentada (Palacios y Safford, 2002). Así, los individuos se convierten en los actores que organizan el mundo social anticipando instituciones poco efectivas (Martuccelli, 2010). Fijémonos un momento en la figura de Víctor Carranza, el “Zar de las esmeraldas” (Brazeal, 2016; Cepeda y Giraldo, 2012), quien detentaba un poder de mayor orden durante varias décadas y hasta su muerte en el año 2013.
Siguiendo las observaciones de Anton Blok (1975) sobre el poder de las familias en Sicilia de finales del siglo XIX, la mafia siciliana, que el autor holandés estudió en una antropología histórica de un pueblo de la isla, se caracterizó por forjarse un papel paralelo y similar a un Estado cuyo representante oficial italiano se definía por su relativa ausencia y debilidad. La “mafia siciliana” ha estado gozando de los tres elementos de dominación capitalista, la dominación territorial, la dominación de la fuerza, y la dominación de la producción económica, al hacer “un uso privado de la violencia en pro del control” (Blok, 1975: 6).
Así, guardando las proporciones, el poder de Carranza le permitió una negociación directa. No se trata de una cesión ni de un ejercicio de delegación de poder al individuo porque la relación de fuerza entre el Estado y el Zar le permitía a ese último negociar en buena posición. La disposición para la negociación se deja ver aquí en la cima de la pirámide del poder de la sociedad esmeraldera. El poder del Zar era inmenso: su capacidad de injerencia en decisiones del Estado, el conocimiento de todos los pormenores de la política que lo afectarán a él y a sus negocios, su amplia capacidad de protección de la justicia, el desarrollo de sus arsenales de defensa y número de hombres a su servicio, el beneficio de sus negocios demuestra un poder que actúa al mismo nivel del Estado.
Carranza estableció un dominio sobre el negocio de las esmeraldas, a pesar de su poco carisma y poca simpatía que generaba entre los otros patrones (medianos y en todo caso más locales) y entre los habitantes (quienes siempre lo han juzgado de déspota), y entre los negociantes (para quienes era un ventajoso)[7]. Este personaje creó alrededor de sí mismo una imagen ambigua y única, logró apaciguar las guerras verdes, profundizar rencillas entre clanes, y logró imponerse aún después de su muerte en 2013, al preparar del terreno para que la multinacional Minera Texas Colombia (MTC) adquiriera el 48% de las acciones de la mina de Puerto Arturo en Muzo (Dinero, 2017). Es la mina que ha producido las esmeraldas más apetecidas en el mercado mundial. Entre los asociados quedaron como parte de sus aliados las familias Molina y Sánchez. En esa transacción, Carranza prolongó la organización de un poder en la región, pero, esta vez, mediada por un discurso de legalidad y formalización estratégico por sus posibles alianzas con los gobiernos de turno, como era su costumbre y capacidad. No hay olvidar que Víctor Carranza (1935-2013), hombre campesino de pocas palabras, siempre exigió a sus aliados y socios (como Juan Beetar) tener un trato directo con las personalidades y políticos influyentes del país (Brazeal, 2014).
Durante la década del 2000, en conflicto con otras familias de la Provincia del Occidente, Carranza realizó esta jugada que puso fuera del negocio de Puerto Arturo a muchos esmeralderos colombianos. Este hecho posibilitó el control de la multinacional MTC que hoy ejerce la minería esmeraldífera en esta importante mina, con avanzadas tecnologías para la exploración y con una organización empresarial formal que regula a los empleados y los contrata con el cumplimiento y pago de las prestaciones sociales. La Minería Texas Colombia SA, MTC, emplea alrededor de mil mineros que ganan cerca de dos salarios mínimos (alrededor de 400 dólares) (Núñez, 2016). Los contratos laborales propuestos por la empresa sitúan al trabajador en una relación asalariada de venta de mano de obra a cambio de un ingreso mensual.
Esta relación de trabajo es propuesta por la empresa como una regulación laboral y es vivida por los obreros que logran ser contratados como la única alternativa posible de trabajo en la nueva situación de la minería. Para los obreros de la empresa esta regulación impide aquello que ellos consideraban como “la oportunidad”, como una suerte de derecho establecido a enguacarse, a esa posibilidad (libertad) de enriquecerse, aunque sea mediado por la suerte y para una riqueza momentánea. La oportunidad consistía en la posibilidad de estar presente cuando la mina produjera esmeraldas y participar de una repartición de gemas para los obreros, e incluso se “respetaba” el robo de piedras que estaba contemplado como una práctica en las minas.
El presidente de la multinacional, Charles Burgess, ha salido en varios medios de comunicación (Urrutia, 2017) presentando la importancia de esta empresa para la formalización de un negocio que tiene una historia untada de sangre, guerras y corrupción. En la Colombia de hoy, es conveniente, frente a grupos de mineros cuya historia se enmarca en tanta violencia, instituciones frágiles y mafias, oponer un discurso de formalización y legalidad. Pero ¿para qué formalizar? y, concretamente, ¿qué significa formalizar la producción y el negocio esmeraldero? ¿Qué consecuencias sociales pueden observarse cuando un tal proyecto de formalización se inscribe en una sociedad esmeraldera cuya disposición para la negociación parece imprimir la dinámica de una disonancia en desface?
La década de 1960
El deseo de aventura y de riqueza era más fuerte que el respeto por la ley. Desafiantes, estos muchachos pasaban horas escondidos en el monte, esperando el momento para poder ingresar clandestinamente a las minas con un cincel, un martillo y una linterna para “echar una picadita”. Esto lo podían hacer de manera superficial en la tierra porque en ese entonces “las esmeraldas florecían” y eran fáciles de encontrar, como lo cuenta un viejo esmeraldero haciendo alusión a la cantidad de piedras que se encontraban en esa época. Solían ir en parejas o pequeños grupos, siempre había alguien que cuidaba y daba aviso y otro que entraba a la búsqueda. Otras veces entraban a pequeños túneles donde sólo podía deslizarse una persona y allí “picar”. Muchos jóvenes murieron en esa aventura que tuvo lugar bajo la vigilancia de una policía y de un ejército con órdenes de mantener afuera de las minas a los intrusos y de salvaguardar esa riqueza de la nación que representaban las esmeraldas.
Hoy, esos niños son septuagenarios y octogenarios, narran esas historias con picardía, recordando su bravura y deseo por “las verdes” que a muchos de ellos les cambiaron la vida. Las experiencias de enriquecimiento vividas por algunos pocos jóvenes afortunados se convirtieron en las imágenes ilusorias para los otros aventureros. Aún se sentía el vaho de los años de La Violencia en Colombia[8] que, en esta región principalmente conservadora, fue impetuosa por los sentimientos políticos desatados por el bipartidismo que llegaba hasta allí a través de los discursos radicales. La presencia del bandolero Efraín González, alias el Siete Colores, quien transitaba por allí entrando en el imaginario de la región como un invencible salvador capaz de enfrentar al Ejército en favor de los pobres (Steiner, 2006).
El Banco de la República administró y explotó las minas de esmeraldas entre 1946 y 1966. Durante esos años se presentaron invasiones y saqueos en los que se enfrentaron los mineros, que deseaban entrar a buscar esmeraldas, contra los policías y soldados. “En esa época les tirábamos piedras desde la loma a esos pobres soldados, pero es que si lo agarraban a uno se lo llevaban tres meses a la cárcel en Tunja[9] por robo al Estado”[10]. Con la finalización del contrato con el Banco se creó por decreto del Gobierno la Empresa Colombiana de Minas, Ecominas, que estaría encargada de las labores de explotación y comercialización de la piedra preciosa. Desde 1969 se autorizó al Gobierno para entregar la explotación de los yacimientos por concesiones mediante la creación de empresas mixtas.
Entre los años 1970 y 1976 las minas fueron militarizas para contener los saqueos y los desmanes de orden público. En 1976 la Sociedad Minera Boyacense Ltda. tomó en arriendo las minas de Muzo y la Empresa Esmeraldas y Minas de Colombia, Esmeracol, firmó un contrato para la explotación de la mina de Coscuez. Los enfrentamientos entre los clanes de patrones no tardaron de desatarse, fueron sangrientos y dieron paso a un conflicto del que aún se habla en Colombia, conocido como las guerras verdes. Con el objetivo de poner fin a esos conflictos, en 1980 se celebraron nuevos contratos de arrendamiento y extensión para la explotación minera entre Ecominas (empresa del Estado) y las empresas privadas. A Esmeracol, de propiedad de Juan Beetar Dow y Benito Méndez Silva, le dieron el manejo de las minas de Coscuez; a Tecminas, de Gilberto Molina y Víctor Carranza, las de Quípama; a Coexminas, de Julio Roberto Silva, las de Muzo, y a la familia Quintero Morales, las de Peñas Blancas. “Con esta repartición se selló el final de la primera guerra verde y el matrimonio bien avenido entre esmeraldas y narcotráfico” (Molano, 2017).

Estas Sociedades fueron encabezadas por líderes reconocidos en la región por su poder económico, varios de ellos se enriquecieron con alguna esmeralda que les permitió iniciar con pequeñas fortunas que fueron amasando hasta volverse muy ricos. Las familias que detentaron ese poder económico llegaron a tener inmensas propiedades en las ciudades, fincas, incursionaron en los negocios del ganado lechero y de carne en diferentes departamentos del país, otros invirtieron en negocios en la capital como agencias de viajes, comercios de todo tipo, hoteles y moteles. Se movilizaban entre la capital y las minas en helicópteros privados. Ellos y sus familias tuvieron una vida de mucho lujo y excesos. La mayoría de estos patronos de las esmeraldas eran oriundos de la región cundiboyacense
Después del retiro del Banco de la República y del Ejército Nacional en los años sesenta, las familias más poderosas económicamente, lideradas por hombres con inteligencia para los negocios, los empresarios, como lo fueron Víctor Carranza y Gilberto Molina, se pusieron al frente de las minas para administrar la producción de la esmeralda. Se convirtieron en patrones y dueños del negocio de la región. Luego, con las guerras de esmeraldas, nuevamente estos poderes clánicos, familiares, se fueron reconfigurando, dejando a algunas familias a cargo.
La manera en que los habitantes del Occidente de Boyacá narran su historia, suele hacerse en referencia a grupos familiares: los López de Borbur, los Molina de Muzo, los Rincón de Maripí, etc. Confieren a cada clan características particulares: buenos y generosos, malos y muy asesinos, pero siempre señalan que son dominantes.
La figura sólida de los patrones contrasta con la característica de incertidumbre del negocio de la esmeralda. La exploración y comercialización de la piedra tiene un fuerte componente de contingencia. Esto significa que en el proceso de exploración y de explotación de la piedra no se sabe ni cuándo, ni cuánta esmeralda se va a poder hallar. Una vez iniciada la explotación tampoco se sabe ni el día, ni el mes, ni el año en que se encontrará la veta. Esta incertidumbre se incrustó en la manera de pensar la minería de esmeraldas y se tradujo en prácticas y representaciones que otorgaron aún más legitimidad y poder a los patrones. La disposición para la negociación se estructura en una división social del conocimiento de la piedra, de la esmeralda. La gran masa de los guaqueros y de sus familias viven en medio de un relativo desconocimiento de los procesos efectivos de la comercialización de la cadena de producción. La división social del trabajo esmeraldero es tan desigual que ha producido una superstición de la magia verde que otorga un poder a la suerte como si la riqueza tuviese un origen natural y paradójicamente mágico. Se trata de un hecho relevante desde la perspectiva antropológica, sin embrago, el hecho social extractivista de su economía obliga a que las investigaciones tengan en cuenta un mundo material altamente capitalista y desigual que tiene lugar detrás del velo mágico que parece envolver la economía esmeraldera. Desde mi punto de vista, los investigadores en esta región deben asumir una responsabilidad que permita mostrar las dificultades regionales y no romantizar situaciones de la desigualdad y la pobreza de la provincia más desfavorecida del departamento de Boyacá.
Pareciera que los guaqueros persiguieran quimeras de fácil enriquecimiento por culpa de una creencia ilusoria en la causalidad mágica del descubrimiento de las piedras (Bourdieu, 1977, 2003). Se relaciona con la configuración del desface entre expectativas subjetivas y oportunidades objetivas que Bourdieu analizó en el caso de los subproletarios argelinos que llegaban a la capital de Argelia para trabajar como obreros. Al extremo opuesto de los niños colegiales californianos que organizaban sistemas de seguro basados sobre el dinero de bolsillo (que les daban sus padres), aquellos se sentían desubicados, según el análisis interesante de Bourdieu, en el espacio y sobre todo en el tiempo, no lograban anticipar más de uno o dos días el dinero de su semana.
Excluidos del juego [social], aquellos hombres desposeídos de la ilusión vital de tener una función o una misión, de tener que ser o que hacer algo, pueden, para escapar del no-tiempo de una vida en la cual no pasa nada y no hay nada que esperar, y para sentirse existir, recurrir a actividades que, como las carreras de caballos, el totocalcio, el jogo do bicho y todos los juegos de azar de todos los “bidonvilles” y favellas del mundo, permiten abstraerse del tiempo anulado de una vida sin justificación y sobre todo sin inversión posible, recreando el vector temporal, y reintroduciendo por un momento, hasta el final de la partida o hasta la tarde del domingo, la espera, es decir el tiempo finalizado, que de suyo es fuente de satisfacción[11]. (Bourdieu, 2003: 320-321)
En consecuencia, vivían el instante y el ínfimo pago que recibían se volatilizaba “de manera mágica” en las apuestas del juego de azar. El caso de los guaqueros puede ser comparable con el de aquellos subproletarios argelinos, sus representaciones simbólicas de la piedra como un elemento que contiene una magia natural que otorga riqueza los justifica en seguir persiguiendo un sueño etéreo que no se realiza. La cruel y absurda paradoja es que aquellos patrones de las esmeraldas que cristalizan la arbitrariedad sobre la cual se basa ese mundo social esmeraldero, son las mismas figuras que comprueban las justificaciones fantasmagóricas sobre la corroboración de la riqueza realizada a través de las esmeraldas.
La peculiar contingencia que caracteriza la minería de esmeraldas hizo que durante décadas los obreros de la mina trabajaran a cambio de “la oportunidad”. Se trataba de la posibilidad de hacer parte de los grupos de obreros que entraban a la mina para trabajar, a cambio de la comida, vivir en los campamentos y estar presente el día que la mina pinte, que diera esmeralda. Si corrían con esta suerte, podrían hacer parte de un reparto de talegas de tierra en la que una parte iba para el grupo de mineros que estaba adentro, otro para los obreros del corte, otro para mandos medios y, por supuesto, las mejores piedras para los patrones (planteros y socios). En esa distribución jerárquica y desigual se imponía la figura de los patrones, legitimada por el dinero, exaltada en algunos pocos de ellos por un cierto carisma y simpatía, o en otros por su desprecio. Las brechas que se abrieron entre los magnates y los guaqueros no tienen precedente, se han profundizado durante décadas dejando a su paso una de las regiones con los índices más altos de pobreza y analfabetismo. El dominio de los patrones ha dado paso a una desigualdad fuertemente marcada en el occidente hasta el día de hoy, que se evidencia en el Índice de Incidencia de Pobreza Multidimensional para 2017 de 51.5, índice que supera significativamente la media del Departamento de 36.1 (DANE, 2017).
La incertidumbre y la suerte fortalecieron esa figura de poder que representaba el patrón, casi como figuras mágicas, donde por supuesto, el dinero y el poder eran los mediadores. Los guaqueros que siguen estando destinados a lavar los residuos de las minas, aceptaron lavar una tierra que los patrones les otorgaban. Cuentan que cuando un patrón estaba de buenas, lo hacía con recurrencia Don Gilberto Molina, patrón en Quípama, arrojaban el tambre[12] con Bulldozer y a veces iban buenas y millonarias piedras.
A los guaqueros, a quienes el Banco quiso mantener afuera valiéndose de la fuerza pública, los patrones los dejaron al margen repartiendo una tierra residual, que los mantenía pasivos y ocupados y con las posibilidades de realizar el sueño verde. El gobierno a través del Decreto 3037 de 1986 señaló que “los controles que deben establecerse para aprovechar los desechos provenientes de los frentes de explotación de las minas de Muzo y de Coscuez, para permitir que la población flotante que oscilaba en 1984 entre cinco mil y veinte mil personas pueda aprovechar la búsqueda de gemas y además carnés especiales para las personas que se dedican al laboreo de los desechos de estas minas” (Martin de Retana, 1990: 102-103). Con el aval del gobierno y el control de los patrones en el territorio se propusieron mantener el orden de una población que pudo haber llegado a las 35 mil personas (Molano Bravo, 2017).
Se fue creando una relación compleja entre los guaqueros y los patrones, un lazo de protección y servicio en el que se aceptó el dominio capitalista de los socios de las minas sobre una numerosa población. Los patrones, quizás sin planearlo, establecieron unas relaciones paternalistas en las que daban tierras residuales para el rebusque y aportes económicos o en especie a los habitantes, a través de su participación en las fiestas religiosas, en las escuelas, o cuando ocurrían calamidades o celebraciones.
El laberinto del Occidente

La Foto 1 muestra uno de los lugares de guaquería que se ubica en la frontera entre Muzo y Quípama. Es un lugar donde la búsqueda de piedras en vertientes de agua se lleva a cabo desde inicios del Siglo XX. En la explotación que se llevó a cabo en los años 1970 y 1980 se removieron montañas de tierra que fueron lavadas sobre esas vertientes y cambiaron su afluencia. Hoy, los guaqueros, pequeños mineros, vuelven a lavar esas tierras ya removidas con el agua que aún corre por sus quebradas valiéndose de mangueras que usan para traer el agua.
La guaquería es la búsqueda de la esmeralda en vertientes de agua, caminos y en túneles ya abandonados. Los pequeños mineros que están al lado de las minas se denominan guaqueros y defienden un oficio que ellos consideran ancestral. Es un trabajo de subsistencia que les permite llevar a cabo un rebusque diario que los provea de alimento. Algunos, “con suerte” pueden encontrar piedras de un valor mayor. Es importante recordar que al tratarse de un recurso mineral no renovable pasa por épocas de escasez y que la posibilidad de encontrar esmeraldas en la superficie es cada vez más difícil.
Después de décadas de intensa extracción de esmeraldas, es necesario cavar profundos túneles y esto requiere maquinarias e inversiones de alto costo. El trabajo del guaquero y su imposibilidad técnica sumado a la presencia de la multinacional disminuye su posibilidad de acceso a este recurso, lo que empobrece aún más a estos mineros, denominados por la normativa del Ministerio de Minas como mineros de subsistencia. Existen leyes de protección de la minería de subsistencia[13] en la cual clasifican por trabajar a tajo abierto y están contemplados bajo la categoría de barequeros o como sea que se denominan localmente. Ante la ausencia de la palabra guaquero, muchos de ellos no se sienten representados en la norma. Desde el Ministerio de Minas se ha desplegado un conjunto de regulaciones para registrar al minero de subsistencia y a sus familias. Sin embargo, la desconfianza es grande. Los mineros de subsistencia no confían en personas externas a su territorio y el trabajo que llevan a cabo en los territorios los funcionarios del ministerio se encuentra con personas que no desean dar sus datos ni inscribirse en las plataformas de regulación. Los guaqueros alegan que han sido engañados anteriormente, piensan que registrarse en las bases de datos de mineros de subsistencia les generará impuestos o costos.
Las minas Hoy

La noche que llegamos llovía muy fuerte y hubo una borrasca que desentejó tres casas de la Inspección de Policía. Por la lluvia y porque esa noche era noche de peleas de gallos casi no encontramos un transporte que nos llevara de la inspección al caserío de Casa Blanca donde nos esperaban dos mineros que cuidaban el hotel que hospeda a los ingenieros de la empresa Fura en Coscuez. Por suerte, apareció un hombre conduciendo las reliquias de un Renault 18 que nos llevó, arrastrando su carro sobre las piedras de la carretera.
Desde Casa Blanca, se puede ir a pie hasta los barrios mineros que se han implantado cerca de las minas de esmeralda de Coscuez desde los años setenta. En Casa Blanca estábamos en medio de la pródiga cordillera, a 3 horas de Chiquinquirá la capital de Departamento de Boyacá y a 6 horas de Bogotá. La caminata hasta las minas no es fácil para quien no está acostumbrado, porque las minas se ubican en lo bajo de la montaña, el terreno es inclinado y dispar. Doris, una guaquera, de 40 años nos invitó a hacer la caminata “pónganse las botas y gorras porque el sol pica feo”. Caminamos unos 15 minutos muy despacio, atravesamos el caserío de Chácaro, por la carretera de tierra negra, porque aquí la tierra es negra y el resto es verde. A los pocos minutos vino a verme Rubén un hombre de 50 años que servía ese día como conductor, y me dijo: “La bajada es dura y ustedes no están acostumbrados, Doris quiere llevarlos a pie, pero es que esa mujer es un macho, se van a cansar pronto. Déjenos bajarlos en las camionetas”.
En efecto, Doris es una mujer particular, una “guaquera verraca” con una fuerza física como la tienen las mujeres en esta región donde trabajan el campo y trabajan en la mina, cuidan y cocinan. Los carros nos llevaron cerca a la quebrada hasta la gallera y desde allí Doris lideró una caminata.
Al cruzar los barrios, se siente la melancolía, las miradas tristes de quienes se asoman con sonrisas. Expresan una añoranza por aquellos años en los que los caminos estaban llenos de gente, de Toyotas, de comerciantes con gruesas cadenas de oro y dijes extravagantes de caballos, herraduras, estrellas de David y Cristos engastados con esmeralda y diamantes, se vendía mucha cerveza, los prostíbulos estaban atiborrados, había carne y comida sin falta y el comercio se realizaba no solo con dinero en efectivo, sino con esmeraldas y entre los menos afortunados en un intercambio de comida y víveres por morralla, una piedra de poco valor. Una época en la que todos se sentían con suerte y tenían el dinero en efectivo en sus manos, se jugaba y se apostaba mucha plata, carros y hasta fincas y casas en los juegos de cartas y en las peleas de gallos. El dinero era para gastarlo porque como reza la famosa ranchera titulada “Un puño de tierra” de Antonio Aguilar:
El día que yo me muera
No voy a llevarme nada
Hay que darle, gusto al gusto
La vida pronto se acaba
Lo que pasó en este mundo
Nomás el recuerdo queda
Ya muerto voy a llevarme
Nomás un puño de tierra
Las familias más pobres se favorecían de “la buena voluntad” de los patrones y mineros con suerte, de sus esmeraldas, de sus propinas, de los regalos de billetes de 10 mil o 20 mil que en esos años “eran plata”. Hoy no se ve nada, ni 2 mil ni 5 mil. Los patrones perdieron sus fortunas, otros se fueron y los que quedan ya no son los patrones de antaño, sino los ingenieros de las multinacionales que funcionan en las minas ya agotadas. A quienes no conocen, que no son de allí, son gente estudiada de otras partes, extranjeros, da igual si son peruanos o de la India, que viven resguardados en las minas cuidadas por empresas de seguridad privada, detrás de las rejas y en algunas de las minas de la región, hasta con perros guardianes y avanzados protocolos de seguridad. Los guaqueros ya no son bienvenidos allí, y si bien su estatus de lavadores de tierra no ha cambiado, lo que no es igual es la sociabilidad que tenían con los patrones de antaño que “sí eran gente, se sentaban a jartar cerveza y lo invitaban a uno y por ahí le botaban a uno alguito. Nos dejaban trabajar. Había para todo el mundo” (entrevista con guaquero, Coscuez, enero de 2020).
Tanta riqueza y hoy las casas de los barrios son ruinas del auge esmeraldero de las décadas anteriores, los billares hoy son espacios de tierra donde los niños juegan a la pelota. Las casas grandes de los que entonces eran los patrones también están atacadas por el tiempo y la naturaleza que retoma su lugar. La plata se esfumó, se la gastaron toda en parranda y celebración. Pensaban que la esmeralda nunca se acabaría como parte del “embrujo verde” que como ellos lo describen “todo se ve verde” cuando se piensa que se está cerca de una veta hembra a punto de parir verdes esmeraldas. Pero era precisamente un embrujo, la fiesta duró los años en que la producción podía hacerse de manera precaria, sin maquinarias demasiado sofisticadas, sino a través de túneles que iban cavando los contingentes de obreros, avanzando con taladros hidráulicos, sacando la tierra con fuerza humana que empujaba los carros una y otra vez en turnos interminables de ocho horas, trabajando todos los días, sin parar, por años. Aún se hace así, pero la esmeralda está cada vez más profunda, el calor se hace insoportable, los cimientos de azufre también acechan, y los patrones vencidos por la resaca del embrujo, y por sus malos negocios vendieron las concesiones a las multinacionales.
Es en este medio que hoy tratan de convivir en el mismo espacio las multinacionales con su formalismo y los guaqueros con su historia desafortunada que los enlaza con los patrones de una época de auge, y una relación con el dinero como valor supremo devorador e ilusorio, pero que se erigió como un elemento constitutivo de esta sociedad minera.
Al atravesar los barrios se escucha el sonar de las quebradas donde los guaqueros, nombrados mineros de subsistencia por el Ministerio de Minas, también denominados mineros informales por las empresas multinacionales que ven su trabajo como un peligro para las minas y solicitan sistemáticamente a las Alcaldías y al Ministerio de Minas la clausura de sus trabajos y de sus túneles informales por trabajar sin la suficiente seguridad industrial, por realizar una actividad ilegal y trabajar bajo tierra en túneles que hace años fueron abandonados por las empresas.
En este escenario se encuentran los actores, el Ministerio que busca proteger su trabajo y subsistencia en economías muy precarias, y apoya los procesos de explotación de las multinacionales; las Alcaldías entre la espada y la pared que son las empresas multinacionales y los actores locales, incluidos mineros medianos con permisos de explotación y poderes de patrones locales que esperan que se les permita a los guaqueros seguir buscando esmeraldas. Las empresas multinacionales por su parte alegan con leyes en mano por el control de una población que perciben como grupos que acechan en sus puertas y que han tenido en el último año varias incursiones al interior de sus minas exigiendo el acceso al recurso natural y sobre todo exigiendo el acceso a los residuos sólidos de la mina[14].
Es un trabajo peligroso, difícil, agotador como lo relata Alirio, un guaquero de 47 años que trabaja en turnos nocturnos:
Cuando se está dentro del túnel se está a unos 50 grados, uno tiene ganas de empelotarse, de arrancarse la piel (haciendo un gesto pellizcándose los antebrazos y los muslos). Es como si uno quedara bañado por una cascada, por el sudor que le escurre a uno por la jeta y por todo el cuerpo. Un día me dio mucho miedo, hubo un derrumbe, todos tratamos de sacar a los hombres que quedaron debajo, jalamos tan fuerte que sentía miedo de que les arrancáramos las patas. Cuando logramos sacarlos ya estaban muertos. Yo no sé por qué sigo haciendo esto, es por el trabajo, por la adrenalina, ¿qué tal que me enguaque[15]? ¿Que me encuentre una verde que me saque de pobre? (Entrevista realizada en Casablanca, enero de 2020).
Hay una relación directa que los guaqueros establecen entre la fortuna de encontrar una esmeralda y salir de la pobreza. Esta idea hace parte de su imaginario que recrea constantemente la imagen aventurera y rica de los patrones. Alirio narra de forma impactante el trabajo en los túneles. La sensación de sofoco, allí las minas están muy calientes, y a pesar del aire que instalan en las minas, las condiciones de trabajo son inhumanas. Otra guaquera relató que en los ingresos conocidos como “voladoras”, a las minas abandonadas, siempre se está en peligro de perderse en los laberinticos túneles, o de sufrir un accidente por causa de derrumbe de tierra. Los túneles de mina donde trabajan los guaqueros, llamados cortes, por ser minería que no está a cielo abierto, tiene de carácter de ilegal. A pesar de que implementen cierto grado de seguridad industrial, se estima que diez mineros mueren cada año[16].

Conclusiones: ¿un laberinto sin salida?
El agua ha corrido, la montaña se ha derrumbado, las vertientes se han secado, mucha gente se ha ido y el recurso de la esmeralda ha disminuido. La esmeralda ya no es fácil de encontrar y hay que cavar profundo para encontrar la piedra. La esmeralda es un recurso no renovable y los relatos de cada década reflejan su disminución.
Hoy, los patrones que quedan, los que no murieron ni fueron extraditados, ya no organizan el mundo social igual que antes, y la normativa de regulación de la economía minera avanza turbadamente en la región. Se vive el encuentro de los proyectos de formalización que siguen normativas públicas internacionales cara a una sociedad esmeraldera con su complejidad propia, normas locales, instituciones disfuncionales y una disposición a negociar reglas entre jerarquías, a arreglar los conflictos cara a cara evitando el papel de las burocracias y de las instituciones.
Hoy, la proyección en materia de desarrollo económico en Colombia se refleja en una legislación moderna que promueve la inversión extranjera y su ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico -OCDE- que ha impactado la economía extractiva del país. El país entero debe adoptar las reglamentaciones internacionales, posibilitar el ingreso de capitales y promover la modernización de sus instituciones y de sus estructuras socioeconómicas. En estos proyectos internacionales y del gobierno nacional, el sector minero esmeraldero debe adaptarse y ser formalizado para disminuir los índices de ilegalidad en el contexto particular de la historia del Occidente de Boyacá, atravesada históricamente por diversas violencias y economías ilegales, y en un negocio donde la formalización es un ideal difícil de concretizar.
Desde 2013, estos actores compiten con empresas multinacionales que con capitales extranjeros actúan en una región de la cual desconocen sus dinámicas, imponiendo ciertas normas que, si bien son acordes a los proyectos de formalización del gobierno nacional, chocan con las dinámicas de los actores locales acostumbrados a realizar la actividad minera en el contexto de sus acuerdos y normas locales.
Por un lado, el poder erigido por los patrones sobre su área de influencia, se ha desarrollado de manera diferencial y ha generado enfrentamientos entre sus clanes por la posesión de las minas, del territorio y por las muestras de hombría y dominancia como ellos mismos lo explican. Estos poderes se prolongaron durante varias décadas y los que aún están en la escena son aquellos patrones que son accionistas de las multinacionales. No son los mismos patrones de los años setenta, son sus nietos que ya no provienen del mundo campesino, sino que crecieron y estudiaron en la capital o en el extranjero, que estudiaron “administración de negocios internacionales” por ejemplo, y que, si bien conocen la esmeralda por ser el negocio familiar, ya no tienen relación directa con la tierra, con el campo ni el guaqueo, ni con sus habitantes.
Por otro lado, el proyecto de la formalización de la esmeralda presentado desde la MTC y apoyado por el gobierno de Santos y ahora de Duque habla de unas líneas planteadas desde una lectura económica básica que divide la economía entre lo formal y lo informal, siendo lo formal lo que cumple con la normatividad y, por lo tanto, representa lo deseable.
Finalmente, están los guaqueros, como los sub-proletarios argelinos analizados por Bourdieu para quienes “la adaptación a las exigencias tácitas del cosmos económico no es accesible” porque carecen “de un mínimo de capital económico y cultural, es decir, del mínimo de poder sobre los mecanismos que deben dominar (…) y carecen también de la aptitud para ajustar las prácticas en función del futuro que depende estrechamente de las oportunidades efectivas de dominar el porvenir que están inscritas en las condiciones presentes” (Bourdieu, 2003: 322).
Para explicar la sociedad esmeraldera en el marco actual de los procesos de formalización, y de la presencia de la multinacional, es necesario entender que:
La explotación de la esmeralda requiere de mayor tecnificación. No hay todavía escasez, pero la piedra se encuentra en un nivel de subsuelo más profundo, lo cual restringe la participación y la posibilidad de aprovechamiento de los guaqueros. Este hecho técnico los vuelve más dependientes y vulnerables frente a las grandes empresas que ya están presentes en las minas.
∙ Los guaqueros, que, como se ha explicado en el texto, se encuentran en lo más bajo de la cadena productiva de las esmeraldas, se resisten a someterse a los procesos de formalización, por una tradición de desconfianza con todo lo que es externo a la región, incluyendo a los funcionarios del Estado.
∙ Desconocen los mecanismos económicos de la cadena de las esmeraldas, lo cual lo vuelve marginales y sometidos a la arbitrariedad en la misma cadena. Lo curioso es que la interpretación que parecen dar de su propia condición marginal se basa en una creencia en la suerte y la magia de la esmeralda.
∙ Los guaqueros parecen entonces sometidos a sobrevivir el día a día, esperando un golpe de suerte que les salve de la pobreza.
∙ La carencia estructural de los actores locales esmeralderos, que no cuentan el mínimo de capital económico ni cultural, desconociendo el mecanismo de la cadena de producción y comercialización de las esmeraldas, se suple por un mecanismo estructuralmente fabricado por esta sociedad, que hemos denominado la disposición para la negociación. Funciona como un mecanismo maleable que se ajusta constantemente a la incertidumbre y la indeterminación de la sociedad esmeraldera.
∙ Lo anterior produce la disonancia radical entre los proyectos de formalización presentados por los actores públicos y empresariales, y los guaqueros quienes no pueden comprender la rigidez y la impersonalidad de la formalización empresarial y burocrática. Es así que la disposición a la negociación entra de nuevo en la escena y algunos comerciantes "formalizan" algunas de sus prácticas y buscan estrategias que les permitan seguir en la búsqueda y el negocio de las esmeraldas, mientras que el gigante multinacional se lleva las esmeraldas en bruto directamente al mercado internacional dejando por fuera del negocio a mineros, comerciantes y talladores.
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Notas
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