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El COVID-19 es oficialmente una pandemia. Una enfermedad infecciosa nueva que puede presentar manifestaciones clínicas graves, incluyendo la muerte, presente ya en 124 países (Emanuel et al., 2020). Su causa es el virus SARS-CoV-2 y se originó en diciembre de 2019 en la ciudad china de Wuhan, provincia de Hubei (CDCP, 2020; Li et al., 2020). La propagación de esta nueva forma de coronavirus ha sido vertiginosa a nivel mundial y sobre todo en España (OMS, 2020), poniendo en jaque la capacidad de respuesta y la resiliencia de nuestro sistema público de salud (Legido-Quigley et al., 2020). Asimismo, la progresión y generalización de la enfermedad se ha visto acompañada de políticas de salud pública, como la puesta en cuarentena de los ciudadanos durante períodos de tiempo significativos, cuyas consecuencias en la salud mental serán un asunto a evaluar en el futuro próximo (Brooks et al., 2020).
Este artículo se escribe en un momento en que el crecimiento de la enfermedad en España no ha llegado todavía a su máxima intensidad. A 27 de marzo de 2020, la cifra total de infectados por coronavirus asciende a 57.627 personas, con un total de 4,366 fallecidos (Ministerio de Sanidad, 2020). El impacto psicológico del COVID-19 y sus cifras sobre la población es evidente, pero conviene enfatizar que una amplia mayoría de las personas no sufrirán trastornos mentales a causa de ello (Taylor, 2019). No obstante, un porcentaje significativo experimentará reacciones intensas, principalmente en forma de miedo al contagio (Zhou, 2020), por la prolongación de la cuarentena (Brooks et al., 2020; Xiao, 2020), la pérdida de seres queridos (Wang et al., 2020) o por la crisis económica (Dávila-Quintana González López-Valcárcel, 2009). Por otro lado, experiencias previas con otros coronavirus orientan a que el personal sanitario de primera línea es un subgrupo de especial riesgo, sobre todo cuando finalice la fase actual de contención de la pandemia (Gardner y Moallef, 2015; Lee et al., 2018).
Con relación al posible impacto en la población general en nuestro país, en China, una encuesta a 1,210 personas reveló que el 53.8% valoró el impacto psicológico de la situación como moderado-grave, un 16.5% refirió síntomas depresivos entre moderados y graves, un 28.8% síntomas de ansiedad entre moderados y graves y un 8.1% niveles de estrés entre moderados y graves. La mayoría de los encuestados (84.7%) pasaron entre 20 y 24 horas al día confinados en casa y la principal preocupación (75.2%) fue que sus familiares se contagiaran de COVID-19 (Wang et al., 2020).
En suma, de forma general, se pueden identificar dos colectivos especialmente vulnerables en estas primeras fases de crisis socio-sanitaria. Por un lado, los profesionales sanitarios, fundamentalmente aquellos que trabajan más expuestos a un posible contagio, con sobrecarga y en unas condiciones que se caracterizan por la precariedad en las medidas de seguridad y la disponibilidad de los medios materiales necesarios. Por otro lado, las personas con psicopatología previa, en especial aquellos con trastornos mentales graves y en situación de aislamiento extremo por exposición al virus o contagio. Más adelante habría que contemplar un tercer grupo que incluiría a los individuos que como consecuencia de la crisis se han expuesto a sucesos potencialmente traumáticos.
Principales Focos de Intervención
El artículo 43 de la Constitución Española y el Real Decreto 1030/2006, de 15 de septiembre, amparan el derecho de cualquier ciudadano que lo necesite a recibir tratamiento psicológico especializado en la sanidad pública (Prado-Abril et al., 2019). Tal y como apuntan Duan y Zhu (2020), una intervención psicológica especializada ante el COVID-19 debe ser lo suficientemente dinámica y flexible como para adaptarse rápidamente a las diferentes fases de la pandemia. En las etapas iniciales, los psicólogos clínicos deben colaborar activamente en el tratamiento de la enfermedad (Mohammed et al., 2015). En concreto, las potenciales dianas terapéuticas son:
En etapas posteriores, es previsible que en algunas personas persista sintomatología hipocondriaca, ansiosa, insomnio o estrés agudo, así como síntomas compatibles con un trastorno de estrés postraumático (TEPT). En estos casos, la intervención de primera línea debe ser psicológica, minimizando en lo posible el uso de psicofármacos (NICE, 2014; 2018).
Cualquier intervención debe fundamentarse en una evaluación exhaustiva de los posibles factores de riesgo que puedan perpetuar el problema, el estado previo de salud mental del paciente, el historial de duelos, la presencia de antecedentes de autolesiones o conductas suicidas tanto en el paciente como en su familia, el historial de traumas previos y el contexto socioeconómico del paciente.
Retos Presentes y Futuros
A la hora de organizar la asistencia psicológica en las distintas fases de la pandemia, podemos destacar tres grandes desafíos:
Consideraciones Éticas para la Investigación
Nos parece relevante dedicar un último apartado a subrayar algunos aspectos éticos importantes para las investigaciones en marcha. La investigación en emergencias sanitarias es esencial para comprender la prevalencia de los problemas de salud mental en estos contextos y fortalecer la evidencia disponible de las intervenciones. Por supuesto, cualquier investigación en este momento debe cumplir con los estándares éticos habituales. Es decir, que los participantes conozcan con el máximo detalle posible las características y normas del estudio para garantizar el consentimiento informado, que se asegure la neutralidad, responsabilidad y seguridad del investigador o investigadores y el imperativo de garantizar que la investigación esté bien diseñada y tenga en cuenta los factores contextuales de la crisis (CIOMS, 2016).
Aunque existen debates éticos todavía no resueltos acerca de la investigación psicológica en contextos de emergencias (Chiumento et al., 2017), algunas cuestiones que pueden orientar la toma de decisiones éticas son:
¿La investigación tiene realmente la capacidad de aportar conocimientos útiles para la sociedad?
¿Es posible asegurar que los participantes se encuentran en un estado físico o mental con garantías para que den su consentimiento de participación en el estudio?
En el caso de la investigación con menores, ¿los padres o tutores legales se encuentran en un estado físico o mental suficiente para entender las implicaciones de la participación del menor en el estudio?
¿El comité ético que valora el estudio está suficientemente preparado para juzgar los estándares éticos y científicos de la investigación?
Por último, añadimos algunas recomendaciones generales sobre la investigación en contextos de emergencia humanitaria:
Extender el foco de investigación más allá del TEPT y los síntomas internalizantes.
Potenciar la colaboración entre investigadores y clínicos.
Reducir la brecha entre la investigación empírica y la práctica clínica.
Priorizar la investigación sobre los tratamientos psicológicos más frecuentemente aplicados y efectivos, pero en los que aún es necesario recopilar más datos.
Adaptar el diseño de los ensayos controlados aleatorios cuando sea necesario y aplicar diseños de investigación innovadores cuando estos no sean factibles.
Garantizar y evaluar el efecto de los tratamientos psicológicos en personas con trastornos mentales graves.
Mantener los tratamientos psicológicos con mayor apoyo empírico en los sistemas públicos de salud.
Especificar todos los posibles conflictos de intereses de los investigadores participantes.
A modo de conclusión, nos gustaría enfatizar el valor decisivo de los profesionales de salud mental, en particular de los psicólogos clínicos, en las distintas fases de la pandemia. Esta crisis sociosanitaria, sin precedentes recientes en nuestro país, aunque tiene y tendrá muchas consecuencias negativas, también nos brinda múltiples oportunidades para aprender y mejorar, entre otras la importancia de reforzar los sistemas públicos de salud y la capacitación de sus profesionales en materia de atención psicológica en emergencias, la apertura de nuevos y valiosísimos campos de investigación o la importancia de la unidad social ante futuros retos similares. De esta situación saldremos más fuertes y mejor preparados. Sin duda.
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Notas
Notas de autor
Correspondencia: finchausti@riojasalud.es (F. Inchausti).