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Las lógicas del consumo alimentario popular en pandemia: experiencias de hogares con niños y niñas del Gran La Plata durante el ASPO / DISPO (2020-2021)
The logics of food consumption in pandemic: experiences of low-income households with children in Greater La Plata during the ASPO / DISPO (2020-2021)
Cuadernos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Jujuy, vol. 64, pp. 13-38, 2024
Universidad Nacional de Jujuy

Articulo Original

Revista Cuadernos FHyCS-UNJu por Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Jujuy se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional. Basada en una obra en http://revista.fhycs.unju.edu.ar/revistacuadernos

Recepción: 30 Octubre 2022

Aprobación: 04 Agosto 2023

Resumen: La situación alimentaria entre las clases populares se ha visto afectada recientemente, a la luz de la crisis económica como así también del impacto que tuvo la pandemia del COVID-19. Situado en este escenario, a partir de una investigación cualitativa en el Gran La Plata, se analizan aquellos rasgos novedosos del consumo alimentario reciente en hogares populares integrados por niños y niñas, focalizando en los sentidos prácticos y situados que modelan arreglos familiares de consumo específicos. Se destaca un escenario de rupturas y continuidades parciales con respecto a la situación previa a la pandemia que contribuyó a configurar los mundos alimentarios en contextos de desigualdad social. En este sentido, en un marco más amplio de penuria económica que traían los hogares populares y que ya venía impactando en los consumos domésticos, se sobreimprimieron nuevos rasgos asociados al agravamiento inusitado de la situación económica de las familias, a las restricciones a la movilidad para la realización de las compras, y a la movilización de estrategias de corto plazo para gestionar la escasez (como la multiplicación de fuentes de acceso a los alimentos -que llevaron a articular lógicas mercantiles y no mercantiles de provisión- y la agudización de prácticas como la “búsqueda de precios” y el “hacer rendir las preparaciones”).

Palabras clave: ASPO-DISPO, Consumo alimentario, infancia, sectores populares.

Abstract: The food situation among the working classes has been affected recently, because of the economic crisis as well as the impact of the COVID-19 pandemic. In this context, based on qualitative research in La Plata area, we analyze the novel features of food consumption in low-income households made up of children, focusing on the practical and situated senses that model specific family consumption arrangements. It highlights a scenario of ruptures and partial continuities with respect to the previous situation that contributed to the configuration of food worlds in scenarios of social inequality. In this sense, within a broader framework of economic hardship that popular households were experiencing and that was already having an impact on household consumption, new features associated with the unusual worsening of the economic situation of families, restrictions on mobility for making purchases, and the mobilization of short-term strategies to manage shortages were superimposed, and the mobilization of short-term strategies to manage shortages (such as the multiplication of sources of access to food - which led to the articulation of mercantile and non-mercantile logics of supply - and the intensification of practices such as “price shopping” and maximizing food preparations).

Keywords: ASPO-DISPO, childhood, food consumption, low-income households.

Introducción

El proceso de deterioro económico y social de la Argentina es prepandémico, sin embargo, en el contexto de la crisis sanitaria se profundizó con un nuevo aumento de la pobreza, la indigencia y el desempleo (Tuñon et al. 2023). Tal profundización tuvo un fuerte impacto sobre distintas dimensiones vinculadas con las condiciones de vida de la población. Entre ellas, el incremento histórico en los indicadores de inseguridad alimentaria, agudizados por la pandemia del COVID-19 (Tuñón y Sánchez, 2021). En este marco, diversos estudios analizaron la cuestión alimentaria de la población en general, y de los hogares vulnerables con niños y niñas en particular, considerando los nuevos escenarios abiertos a raíz de la pandemia por COVID-19 (Angeli y Huergo, 2021; Longui et al., 2021; Molina et al., 2021; Nin et al., 2021; Ortale, Santos y Ravazzoli, 2022, entre otros). En términos generales, esta bibliografía ha destacado un empeoramiento de la situación de los hogares populares, que profundizó una preocupación en torno a la seguridad alimentaria en estos sectores ya presente en los años previos a la pandemia. En este sentido, la pandemia en cierta medida prolongó, agudizó y le imprimió rasgos novedosos a una tendencia previa.

En este contexto, una vez aquietadas las aguas de la emergencia sanitaria y ensayando una mirada de balance que habilita la distancia retrospectiva, en este artículo nos proponemos sistematizar una serie de rasgos que asumió el consumo alimentario popular en pandemia, en hogares integrados por niños y niñas, y en los cuales las acciones asociadas al abastecimiento de los alimentos estuvieron centralmente a cargo de las mujeres-madres. Se destaca esta característica justamente porque se trata de espacios en los que la alimentación, la maternidad y la infancia se enlazan en las prácticas de consumo. De esta manera, nuestro análisis contribuye a profundizar en una mirada del consumo alimentario como actividad situada e inscripta en las relaciones cotidianas y las emociones: una dimensión que, en la extendida indagación de la situación alimentaria popular reciente, ha sido sin embargo escasamente abordada.

Nuestro objetivo procura identificar y abstraer aquellos rasgos específicamente emergentes de la situación alimentaria reciente -situados próximos al orden de las interacciones y los sentidos prácticos de las personas- que dialogaron y conectaron con una situación estructural previa de los mundos alimentarios populares que distaba de ser satisfactoria. Puntualmente, nos proponemos desplegar una serie de rasgos que caracterizaron el modo de acceso y abastecimiento de alimentos por parte de los hogares populares en un entorno urbano concreto -los barrios populares que conforman el aglomerado urbano del Gran La Plata-, y durante un periodo acotado y específico: en el transcurso de las etapas del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) / Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorios (DISPO) -es decir, en el periodo que se abrió entre marzo de 2020, cuando se inicia el ASPO, y mayo de 2021, momento en el que se realizaron las entrevistas en contexto de DISPO-.1 Para ello, retomaremos un conjunto de datos y observaciones cualitativas elaboradas en el marco de una instancia colectiva de investigación de la cual los autores de este artículo hemos formado parte.

La hipótesis que esbozamos es que la pandemia implicó una transformación en el modo de acceso a los alimentos de los hogares populares en dos sentidos concretos: por un lado, a partir de una diversificación creciente de las fuentes (mercantiles y no mercantiles) de abastecimiento de alimentos por parte de los hogares. Por otro, a partir del despliegue de una serie de sentidos prácticos -plurales, situados y complejos, aunque con una razonabilidad identificable- de abastecimiento de alimentos en el mercado. Estos sentidos se organizaron como arreglos situados de los hogares, que se modelaron atendiendo simultáneamente a diversos factores, como (a) la búsqueda de mejores precios en un contexto crecientemente inflacionario, (b) la percepción de exposición al riesgo, (c) la frecuencia de la obtención de recursos para la conformación de los “presupuestos” alimentarios, (d) la atención a la distancia -y el costo de movilidad- a los lugares de compra, y, por último, (e) la “negociación” doméstica con los deseos y necesidades de los niños y niñas.

Estos dos rasgos -continúa nuestra hipótesis- incidieron activamente en la modelación de los “mundos alimentarios” pandémicos en el universo de las clases populares, al menos en lo que respecta a la zona urbana del Gran La Plata. Retomamos aquí la noción de “mundos alimentarios” referida recientemente por Pohl-Valero y Vargas Domínguez (2021) -entendiéndola y utilizándola con ciertas licencias- como el entramado histórico y situado de diversos elementos -económicos, culturales, políticos, naturales- que hacen al hecho alimentario, a la vez que la elaboración significativa de ese entramado compartido por un grupo. En la modelación de esos mundos, los niños y niñas ocuparon un lugar central en tanto se erigieron en el centro de las preocupaciones alimentarias de los adultos.

Desde estas coordenadas, nos preguntamos: ¿Cómo se abastecieron los hogares de los alimentos necesarios para cocinar durante la pandemia? ¿Qué racionalidades y estrategias guiaron las decisiones de consumo? ¿Qué papel tuvieron los niños y niñas en dichas estrategias y cómo se involucraron en negociaciones alrededor de lo que se adquiere para comer? Y por último, ¿cómo un acto de consumo tan elemental para la sobrevivencia como lo es la adquisición de comida cobra sentido para definir las relaciones entre madres e hijos? A través de estos interrogantes el artículo aborda la problemática que surge del nexo entre la economía, la cultura y el sentido (Cook, 2013; Zelizer, 2009) mediante el examen de un tipo de consumo ordinario como lo es el alimentario, imbricado en las subjetividades de las madres y sus hijos e hijas en contextos de una elevada precariedad.

En lo sucesivo nos centramos en responder estas preguntas, a fin de describir y caracterizar las pautas de consumo popular que surgieron en torno a la alimentación durante los años 2020 y 2021. Para ello, el trabajo se estructura del siguiente modo. En la primera sección, se presenta la estrategia teórico-metodológica que sustenta el análisis. En la segunda sección, se aborda uno de los rasgos que medió activamente en la provisión de alimentos: la diversificación de las fuentes de aprovisionamiento en tanto estrategia de las familias. En la tercera sección profundizamos en el segundo rasgo: los sentidos prácticos que orientaron las decisiones de compra de los hogares. Por último, en las reflexiones finales presentamos un balance de los resultados.

1. Una mirada teórico-metodológica para el estudio de las prácticas de consumo alimentario

Nuestra aproximación se sitúa en el marco de preguntas desplegadas por la sociología económica (Zelizer, 2002, 2009) los estudios socio-antropológicos sobre infancia, (Cook, 2009, 2013; Zelizer, 2002, 2009) y la antropología del consumo alimentario (Rosato y Arribas, 2008; Aguirre, 2017), como así también en aquellos aportes asociados al trabajo alimentario con perspectiva de género (Cairns, Jhonston y Bauman, 2010; DeVault, 1991).

En primer lugar, es deudor de la impronta de los estudios de Zelizer (2002, 2009), al asumir que los hogares pueden ser abordados como espacios fértiles para analizar las sutilezas de la intimidad y las actividades económicas. Los hogares son espacios en que las obligaciones familiares y la vida económica se entrelazan y exigen un trabajo relacional decisivo, en el que los niños y niñas tienen un papel activo. Parafraseando a la autora, son hervideros de actividades económicas, en los que las transacciones económicas incluyen todo tipo de interacción social, implicando la producción, distribución, consumo y transferencia de bienes. Así, la vida económica y la vida sentimental están inevitablemente enlazadas.

A su vez, y en línea con lo planteado, este trabajo se inscribe en una mirada del consumo popular que recupera la impronta de De Certeau (1980), en tanto práctica activa y creativa de apropiación por parte de las personas y los grupos -enfoque que nos aleja de los supuestos estrechamente economicistas en torno al acto del consumo-2. Desde esta perspectiva general en torno al consumo, recuperamos la mirada más específica de los estudios socio-antropológicos sobre infancia, que reconocen que los niños se involucran activa y creativamente en una amplia gama de relaciones económicas, incluidas las de consumo (Cook, 2009, 2013).

En el caso particular del consumo alimentario, numerosos trabajos han puesto en evidencia la desproporcionada responsabilidad de las mujeres en la tarea alimentaria. Sobre este asunto, un conjunto de estudios provenientes de la literatura feminista se centraron en explorar cómo los significados sociales y culturales de la comida sirven para reproducir desigualdades de género (De Vault, 1991), cuestionando la conexión históricamente naturalizada entre la comida y la feminidad, que ha servido para legitimar el trabajo alimentario desproporcionado de las mujeres (Cairns, Jhonston y Bauman, 2010; Pautassi, 2016). Parte de ese trabajo alimentario supone el despliegue de estrategias invisibilizadas (Began et al., 2018) que para quienes tienen recursos económicos limitados son aún más arduas: buscar ofertas, comparar precios, hacer permanentemente cálculos, recorrer importantes distancias, hacer cola para retirar alimentos de comedores comunitarios, son actividades que se integran al repertorio de trabajo cotidiano. En definitiva el análisis de las prácticas alimentarias de madres pobres y de clase trabajadora revela la tensión material y emocional que surge en la brecha entre los ideales alimentarios y la experiencia concreta de alimentarlos con recursos limitados (Alkon et al., 2013; Beagan et al., 2018; Chen, 2016).

Desde este posicionamiento, consideramos que el mejor modo de captar los matices de esta actividad es desde una estrategia metodológica cualitativa, atenta tanto a las modulaciones de las prácticas como a su carácter situado. En este sentido, los métodos cualitativos no solo nos permiten reponer los sentidos asignados por los actores, sino restituir la morfología de las prácticas de consumo. Como refiriera De Certeau contrastando con las investigaciones cuantitativas, “este tipo de investigación [cuantitativa] sirve para comprender únicamente el material de las prácticas, no su forma” (1980: 49).

En concordancia con estos señalamientos, el argumento de este trabajo se sustenta metodológicamente en el análisis de un corpus de 63 entrevistas en profundidad (presenciales y telefónicas). 51 entrevistas se dirigieron a hogares y 12 a referentes territoriales encargados de la asistencia alimentaria comunitaria. El trabajo de campo se desarrolló entre los meses de abril y mayo de 2021 en ocho barrios populares del Gran La Plata3. Se logró una cobertura territorial amplia, con presencia en tres distritos (La Plata, Berisso y Ensenada) y en distintos contextos barriales dentro de los mismos, a saber: Barrio 1 (La Plata-Sudeste); Barrio 2 (Berisso-Sudeste); Barrio 3 (La Plata-Sudeste); Barrio 4 (La Plata-Noroeste); Barrio 5, (La Plata-Sudoeste); Barrio 6 (La Plata-Sudoeste); Barrio 7 (Ensenada-Noreste); Barrio 8 (La Plata-Noroeste).

La selección de los territorios y de los hogares familiares contactados se orientó por un criterio intencional: escogimos espacios barriales con los que los diferentes miembros del equipo de investigación mantenemos lazos producto del desarrollo de actividades de extensión y/o investigación en ellos. De este modo, el conocimiento previo de los espacios, de sus referentes comunitarios y de las familias, se constituyeron en factores que nos permitieron desarrollar el trabajo de campo con una importante fluidez, pese al contexto sanitariamente adverso de la pandemia. En términos operativos, en primer lugar, contactamos a los referentes de comedores y ollas populares, a quienes les comentamos acerca de los propósitos de la investigación y la relevancia de conocer sus puntos de vista -de hecho, fueron entrevistados-. Posteriormente configuramos un listado de contactos telefónicos de los hogares. Si bien ya contábamos con un importante volumen de información por nuestro trabajo territorial previo, en algunos barrios recibimos el apoyo y la colaboración de los referentes para actualizar y/o ampliar el listado. Adicionalmente, este se fue completando/ampliando a partir de la técnica de bola de nieve, en la que a medida que se hacían entrevistas algunas personas entrevistadas proveían información sobre potenciales hogares a contactar que reunieran las características que el estudio requería: estar integrados por niños y niñas y recibir asistencia alimentaria. En esta búsqueda se procuró contactar hogares cuyas conformaciones familiares fueran heterogéneas: monoparentales, nucleares y extendidos.

Respecto de los rasgos de estos territorios, cabe destacar que son barrios similares entre sí: se ubican en zonas periféricas, en todos los casos presentan un acceso al suelo y la vivienda a través de la ocupación de terrenos en condiciones de precariedad y un importante déficit en el acceso formal a los servicios básicos. En efecto, se trata de territorios identificados por el Registro Nacional de Barrios Populares. Sus habitantes comparten características socio-económicas: los ingresos se ubican en la mayor parte de los casos por debajo de la línea de pobreza, al tiempo que son fluctuantes dada la naturaleza informal de las ocupaciones que las personas adultas desarrollan. Por este motivo, no es difícil advertir que previo a la pandemia muchos de estos hogares ya requerían con anterioridad a la pandemia de programas estatales de transferencias de ingresos como así también de programas de acceso a los alimentos para garantizar la sobrevivencia cotidiana. Sin embargo -como señalamos en la introducción- durante la pandemia este requerimiento se intensificó masivamente mostrando nuevos rasgos.

Frente a esta situación, la respuesta del Estado se canalizó rápidamente a través de mecanismos directos (entrega de bolsones y viandas de comida elaborada) como así también de otros tres mecanismos de central importancia: dos a escala nacional como lo fue la progresiva distribución de la Tarjeta Alimentar y el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE)4 y uno a escala provincial, como lo fue la entrega de bolsones del Servicio Alimentario Escolar. Los hogares incluidos en la muestra recibían todos o algunos de estos programas.

En este marco, examinamos los testimonios de referentes territoriales que gestionan comedores/ollas populares y en el caso de los hogares, nos basamos en los relatos ofrecidos por mujeres - madres sobre el trabajo de alimentar a sus hijos e hijas durante la pandemia. Asumimos que estos relatos proporcionan una vía de entrada a los procesos de provisión de alimentos y los encuentros con el consumo en sus diversas modalidades. Escogimos a las mujeres-madres porque son generalmente quienes se ocupan de las compras de alimentos como así también de elaborar aquello que se come. Esto -siguiendo a Cook (2009)- plantea cuestiones de gusto, deseo, elección, personalidad y autoridad. La comida sitúa al niño o niña como sujeto y objeto, como persona con gustos y aversiones, pero también como alguien que hay que alimentar. Si bien en circunstancias extremas -como las que aquí analizamos- a una madre o padre no les resulta fácil distinguir el “deseo” de la “necesidad”, de algún modo siempre intuye y alimenta ambos.

En concordancia con los lineamientos éticos consensuados en la investigación en ciencias sociales (Wiles, 2013) todas las personas que participaron del estudio fueron informadas acerca de las características y encuadre institucional de la investigación. Asimismo, su participación se realizó de manera voluntaria, y a fines de resguardar su identidad, tanto la denominación de los barrios en que viven como sus nombres fueron reemplazados por información ficticia.

En lo que sigue exploramos cómo se fueron modelando los consumos alimentarios durante la pandemia y sus rasgos novedosos, en tanto experiencias subjetivas complejas que envuelven tanto a los adultos como a los niños y niñas, ya que como oportunamente señaló Cook (2009) las madres no solo se ocupan del mercado o del aspecto económico del consumo sino también de reconocer y adjudicar los deseos de los niños y niñas.

2. Diversificación de las fuentes de provisión

Un primer rasgo que emerge del análisis de las entrevistas en torno a estas pautas de consumo se vincula con la diversificación de fuentes de provisión de “mercadería” y/o alimentos por parte de los hogares. Esta diversificación remite a la creciente presencia articulada de lógicas mercantiles como no mercantiles de acceso a los alimentos. Por un lado, los hogares analizados se valieron de “mercadería” adquirida en comercios, almacenes y supermercados, a partir de transacciones dinerarias. En estos casos, el dinero fue obtenido, a su vez, por varios caminos, como los ingresos asociados a empleos formales y/o informales y los ingresos asociados a programas sociales (como la AUH y la Tarjeta Alimentar). Por otro lado, se destaca la presencia de otras fuentes no mercantiles de provisión, tanto de “mercadería” (fundamentalmente, los bolsones de alimentos canalizados por las escuelas públicas a modo de Servicio Alimentario Escolar), como de comidas ya elaboradas en comedores, ollas y merenderos locales.

La presencia de esta diversidad de fuentes de acceso a los alimentos no es, en sí, una novedad histórica en el mundo popular, pero sí lo fue para algunos de los hogares que componen este universo, que por primera vez debieron acudir a ollas populares o comedores locales para cubrir las necesidades alimentarias del grupo familiar en su totalidad (cuando con anterioridad a la pandemia no lo requerían, o solo demandaban esta asistencia alimentaria para los niños y niñas). Una de las referentes barriales entrevistada, a cargo de un comedor popular, condensaba esa situación del siguiente modo:

Hay gente de antes de la pandemia, que cuando yo les invitaba que vengan al comedor, “vengan busquen ahí comida”, medio que te miraba así viste, entre ojos ¿Por qué? Porque tenían plata, porque tenían trabajo... Ahora toda esa gente que me miraba así entre ojo, ¡toda esa está viniendo! están viniendo los chicos, jóvenes ¡De todo, de todo! Hay mucho inquilino acá, los inquilinos todo, el comedor está abierto para todos. Mira, tanto era que las ollas que yo tenía no me alcanzaban para la comida (S., referente Barrio 7).

En este sentido, lo emergente de la situación suscitada por la pandemia remite a un incremento de la gravitación de estas fuentes no-mercantiles de abastecimiento de los hogares. Asimismo, esta tendencia se articuló con una creciente importancia relativa, dentro de los presupuestos de las familias, del dinero derivado de los programas sociales para la provisión de alimentos. Esto se explica tanto por el impacto de la Tarjeta Alimentar en los presupuestos familiares como, correlativamente, por la merma generalizada de los ingresos derivados de actividades laborales durante el ASPO. Otra referente barrial expresaba esta situación de los hogares del siguiente modo:

Nosotros en un momento empezamos a ver que no siempre se repartía toda la comida y eso pasó cuando la gente cobraba el IFE o la tarjeta Alimentar, cuando cobraba todos eso fue cuando a nosotros nos empezaba a sobrar la comida en la olla. Entonces sacábamos la cuenta de la fecha y en la fecha en la que ellos no tenían ni un mango ahí hacíamos nosotros. (M., referente Barrio 5).

La mayor presencia durante el confinamiento de lógicas no-mercantiles de abastecimiento de alimentos -bolsones de “mercadería” y comida preparada en los comedores y ollas populares- si bien fue valorada en términos de una “ayuda” significativa y valiosa por los hogares, en algún punto friccionó con una tendencia previa, observada en diversos estudios que han analizado las formas del consumo popular reciente (Figueiro, 2008; Gago, 2016; Wilkis, 2013). Estos trabajos han subrayado una tendencia a la monetización creciente de las economías y consumos populares, que con la revitalización de los comedores populares resulta parcialmente suspendida. En este sentido, la irrupción de la Tarjeta Alimentar en los hogares, en cambio, pareció dialogar mejor con esa tendencia previa y con los hábitos de consumo emergentes de ella, que se aproximan a la figura/nominación de “consumidor” en oposición a la de “beneficiario” (Rosato y Arribas, 2008)5.

Asociado a esta dinámica observamos que la demanda de la comida ofrecida por los comedores y ollas populares mermaba conforme las personas recibían este tipo de asistencia social, individualizada y monetizada. Allí advertimos que el circuito de la alimentación comunitaria ligado a los comedores, por un lado, y el circuito de consumo habilitado por la Tarjeta Alimentar, por el otro, en las estrategias de los hogares se concibieron como complementarios aunque jerarquizados: en los momentos en que los ingresos de las familias permitieron sustraerse a la comida comunitaria, esa fue la elección de consumo prevaleciente.6 En estas elecciones intervinieron hábitos de consumo previos, pero también, como veremos más adelante, pautas emergentes de la propia situación sanitaria: una cierta percepción del riesgo al contagio, por la cual existían reparos por la copresencia en espacios de comensalidad colectiva o de reparto de alimentos en los comedores. Así lo expresaba una entrevistada:

-“R: [al comedor] solamente vamos a buscar la comida.

-P: ¿o sea que no comen ahí, se la llevan a su casa?

-R: claro. Porque viste que eso es peor, el estar juntos con gente que no conoces y eso. Uno nunca sabe. Por suerte vamos con el tupper, a veces tenemos que ir todos juntos por el tema del horario, pero vamos y nos quedamos en nuestra parte, la gente aislada en el otro lado, así. Nosotros buscamos nuestras cosas y nos vamos. Por el tema de sacarlos también un poco a ellos que caminen, para no tenerlos todo el día encerrados” (Camila).

En suma, en todos los relatos se destaca que en términos comparativos, es decir, contrastando con los hábitos de consumo previos a la pandemia, durante una buena parte del 2020 se produjo una mayor diversificación de fuentes de abastecimiento de alimentos como estrategia para enfrentar una situación de emergencia económica y de inseguridad alimentaria en particular. Esta diversificación remite al carácter complementario de la “ayuda”, que se conectó con hábitos previos y se organizó en una estructura de preferencias y prioridades que fueron estableciendo las familias. A su vez, en aquellos hogares que más afectados vieron sus ingresos laborales, la “ayuda” fue lo que permitió garantizar un piso mínimo de acceso a los alimentos y pasó a percibirse, antes que como un complemento de los ingresos principales, en la fuente central de los recursos familiares. En los relatos, esa noción difusa de “ayuda”, asume una inflexión específica: pierde su sentido reflexivo (“ayuda a”) a expensas de su carácter sustantivo: “la ayuda” como cosa en sí.7

3. Los sentidos prácticos detrás de las actividades de compra

De manera complementaria a lo subrayado hasta aquí, cabe destacar otro rasgo que adoptaron las formas de consumo alimentario, puntualmente aquellas mercantilizadas. Nos referimos al desarrollo de un sentido práctico que orientó las decisiones de compra, que se constituyó como un arreglo situado de diversos factores. Ese sentido práctico, tal como señala Bourdieu (2007), justamente orientó opciones, esas “cosas por hacer” no totalmente conscientes frente a las exigencias prácticas.

A continuación, presentamos aquellos rasgos que emergieron con mayor fuerza y regularidad de los relatos y que predican acerca de lo arduo que ha resultado el trabajo “invisible” de aprovisionamiento de alimentos (Beagan et al., 2018). Frente a la pérdida de ingresos por la coyuntura pandémica, las encargadas de las compras se encontraron con una mayor exigencia de equilibrar prácticas de consumo. En la búsqueda de ese equilibrio se ajustaron las prioridades alimentarias, y se vieron exigidas a desarrollar una serie de estrategias, que conllevaron una importante dosis de trabajo cotidiano, cargado de frustración frente a un escenario de privación.

3.1. La búsqueda de precios

La “búsqueda de precios” se constituyó en una referencia constante de las entrevistas. Con ello se remite al carácter proactivo e informado de las prácticas de compra, orientadas en buena medida a partir de una cierta lógica calculatoria, en el marco de un contexto económico altamente inflacionario. Así, en la compra de alimentos durante la pandemia, se advierte el despliegue de estrategias activas de “búsqueda de precios” por parte de las compradoras. Esta búsqueda aparece en los relatos como una práctica ya conocida -y en ese sentido, nuevamente, este tampoco constituye un hábito plenamente emergente del ASPO, siendo identificada previamente en trabajos sobre el tema (Aguirre y Diaz Córdova, 2021)- sin embargo, la misma se agudiza y asume una centralidad inusitada en las prácticas de consumo familiar durante el confinamiento.

La “búsqueda de precios” previa a efectuar el acto de compra remite a prácticas diversas, como la circulación de información entre familias sobre comercios con “buenos precios” o el recorrido por varios sitios buscando ofertas o promociones, o simplemente precios bajos. Una entrevistada en su relato, condensa esta práctica:

“Yo voy a buscar los supermercados más económicos. Me recorro con la bicicleta por todos lados (…) Siempre voy donde hay ofertas. Primero miro los carteles afuera, cuánto de descuento hacen y voy...acá a Día o a Carrefour, que con la tarjeta te hacen el 15% de descuento en yogures” (Emilia).

Esta práctica, si bien fue central en las estrategias de los hogares en pandemia, deber ser comprendida en interacción con otros elementos que la modelaron de modos específicos: la evaluación de la accesibilidad y peligrosidad de los lugares de realización de las compras, la periodicidad con que se accedió a recursos, y las propias “negociaciones” al interior de los hogares en torno a lo que se consideró prioritario comprar.

3.2. La distancia a los comercios y los costos de movilidad

A esta lógica de buscar precios u ofertas, deben sobreimprimírsele otros elementos propios del carácter situado del consumo. Algunos de estos elementos conducen a que la lógica racional abstracta de la maximización del beneficio, en verdad, se inscriba en estrategias razonables (Bourdieu, 1997) de consumo, que atienden a la dimensión de la espacialidad y la movilidad de los actos de compra. Así lo expresa una entrevistada:

“P: ¿Y mayormente las compras las haces por el barrio?

R: Y... a veces voy a Vital [mayorista] como muy lejos o a los chinos de 116... la otra vez cuando le compre la carne a mi hermana fui a una carnicería del barrio La Loma que venden las promos de carne, que te viene el combo familiar y eso, que te viene bastante variedad, me servía más eso que andar comprando un kilo de carne picada, un kilo de bola de lomo...

P: Claro... ¿y notas diferencia de precios entre los locales de ahí y otros de afuera?

R: Ehhh... si te pones a buscar hay diferencia pero tampoco te conviene irte re lejos para comprar dos kilos de carne... Capaz terminás gastando más en moverte... depende la compra que hagas también” (Maribel).

El relato de Maribel inscribe por ejemplo su estrategia de “buscar precios” en una lógica práctica mayor: la accesibilidad a los lugares de compra, el costo del desplazamiento y las posibilidades de movilidad. Estos factores operan también en su cálculo práctico a la hora de hacer las compras de alimentos, y aparece en muchos de los testimonios en los que se describen las prácticas de consumo: se buscan precios, pero considerando la distancia a los lugares de compra -generalmente alejados de los barrios de residencia-, el costo de la movilidad, y/o las posibilidades de traslados por la ciudad -para los que se requería gestionar autorizaciones-. Durante la pandemia y a diferencia de las prácticas de consumo previas, estos factores han tenido una importancia significativa al momento de orientar las prácticas.

3.3. El temor al contagio y la evitación del contacto

A estos factores condicionantes del consumo popular cabe sumarle un elemento adicional, propio de la situación sanitaria en contexto de ASPO: el temor al “amontonamiento de gente”, que transformó ciertos hábitos de consumo de los hogares por el miedo al contacto próximo. En este sentido, contra cierta imagen estereotipada de las “cuarentenas comunitarias” en los barrios populares en tanto zonas de contacto endógeno indiferenciado, en las entrevistas se describen comportamientos individuales tendientes a la evitación de agrupamientos y a la búsqueda de recorridos que garantizaran el distanciamiento social en el barrio. De modo que la “búsqueda de precios”, en el momento más acuciante del aislamiento, debió también desplegarse en el marco de arreglos específicos, que contemplaban otros elementos de las escenas circunscriptas de consumo, tales como priorizar aquellos comercios del barrio más espaciosos o poco concurridos, que evitasen la aglomeración. Algunos relatos de estas estrategias son iluminadores:

“Yo antes iba a comprar al chino de acá, a cuatro cuadras, pero después dejé de ir porque se llenaba mucha gente y empecé ir acá a la esquina de mi casa que me quedaba más cerca, aparte por las nenas también, para cuidarlas” (Karina).

“P: Cuando fue lo de la cuarentena ¿cambiaste los lugares donde comprabas?

R: Sí, cambié totalmente porque yo iba a un negocio donde había mucha oferta, por ahí traían más cosas pero se llena mucho de gente hasta el día de hoy, así que yo ahora voy a cierto horario que sé que es la hora de la siesta, que está abierto y mucha gente no va, así que soy muy cuidadosa en ese sentido” (Paula).

Estos testimonio.s muestran algo destacado en otras investigaciones: la importancia de atender a la espacialidad de las experiencias de las personas, para la comprensión de las dinámicas situadas que asumió la pandemia para diversos actores (Marcús et al., 2020; Segura y Pinedo, 2022). Asimismo, los relatos recogidos evidencian la importancia de mostrar el carácter heterogéneo de las prácticas de los sujetos, y permiten problematizar las miradas monolíticas construidas alrededor del modo de transitar la pandemia de los sectores populares.

3.4. La temporalidad de las compras

A su vez, cabe atender a otro elemento que caracterizó las decisiones de consumo, asociado a la periodicidad de la obtención de los recursos, que impactó directamente en el tipo de temporalidad de las compras. La misma estuvo condicionada por la frecuencia en que los hogares pudieron hacerse de ingresos, en un contexto ya señalado de caída de los ingresos regulares (resultantes de actividades laborales más o menos sostenidas en el tiempo) que aportó gran inestabilidad a los presupuestos domésticos.

En este cuadro, en los relatos se estableció recurrentemente una distinción general que organizó en buena medida las pautas de consumo de los hogares: la diferenciación entre “compras grandes” (realizadas, fundamentalmente en supermercados de mayor escala y con una frecuencia mensual/quincenal) y las “compras chicas” (efectuadas fundamentalmente en el contexto barrial y con mayor frecuencia). Los grandes supermercados fueron priorizados por los mejores precios, aunque también, en algunos casos, se subrayó la importancia del “fiado” o pago a cuenta en los almacenes de proximidad. En varios relatos, en los cuales los ingresos por actividades laborales eran muy magros o inestables cuando no nulos, se destaca que el cobro de la AUH o la carga de la Tarjeta Alimentar otorgaban un horizonte mínimo de previsión para planificar las compras. Por ello se destinaba este dinero para hacer una “compra grande” en supermercados de gran escala, circunscribiendo la compra de alimentos frescos (verdura, pan, carne) a los almacenes de cercanía, cuando el presupuesto así lo permitía. En esta “compra grande”, se contaba al menos con una mínima holgura para adquirir productos alimentarios que cubriesen algún deseo de los niños y niñas. En este sentido, el acotado margen de acción para los consumos se producía a inicios de mes, al momento de disponer de los ingresos de los programas. De este modo lo describe una entrevistada:

“-R: Lo que hago, una vez al mes cuando me cargan la tarjeta, voy a Vital [mayorista] y compro, sería lo que es más seco y se puede almacenar: azúcar, galletitas para los nenes, fideos, esas cosas.

-P: Lo que te dura como para todo el mes… ¿y te queda cerca Vital?

-R: Sí, bastante cerca, 10 kilómetros más o menos sería. (…) Eso con la Tarjeta Alimentar

-P: Y para hacer algún mandado, ¿te manejas por tu barrio?

-R: Sí, siempre los negocios de acá cerquita de mí casa (…) igual soy de buscar precio” (Leticia).

En este relato se observa que el consumo del hogar fue fundamentalmente organizado y regulado conforme el ingreso de dinero proveniente de los programas sociales. Estos ingresos fueron los que condicionaron la realización de las compras sustantivas de “mercadería” que se pudieran almacenar en la casa. En otros hogares, en los que la provisión de alimentos no perecederos fue parcialmente asegurada por otros medios no mercantiles -como los bolsones de alimentos-, se priorizó la Tarjeta Alimentar para la compra de alimentos considerados nutricionalmente muy importantes en la dieta tales como las carnes y las verduras, en negocios de cercanía y el dinero de la asignación universal por hijo, para artículos de limpieza. Esta es una pauta que se repite y que da cuenta de otro fenómeno de interés: las marcas que se le imprimió al dinero que ingresó a la vida doméstica (Zelizer, 2009). En su escasez, a cada fuente de ingresos -en este caso, cada programa social de transferencias monetarias como también los ingresos provenientes de actividades laborales- le fueron especificados determinados usos orientados a ciertos tipos de consumos, lo cual en buena medida funcionó como criterio ordenador de los gastos:

“-P: O sea que la tarjeta Alimentar te sirve para la carnicería, digamos…

-R: Sí, en realidad, carnicería, verdulería, almacenes. Como nos dan la mercadería en la escuela, yo lo que hago con la tarjeta es agarrarlo para la verdulería o para la carnicería (...) Después con la AUH compro para el mes lo que sea de limpieza o si falta azúcar… Trato de ir a un lugar que sé que cobran más barato y compro ahí.

-P: Buscas precios... y dónde encontras ¿es por tu barrio o más lejos?

-R: Voy más lejos. Se llama “Lo de Don Pancho”, está por Facebook, es muy barato, es pasando Nini [mayorista]. No sé si es La Cumbre ese barrio. (…) Es un supermercado pero te venden dos azúcar por 100 pesos y capaz que de marca, y se puede sobrevivir con eso. Hay cosas muy baratas, te venden dos cosas a precio de uno o siempre es la mitad de lo de un almacén” (Camila).

Más allá de estos matices, en casi todos los relatos se hizo mención a la necesidad creciente de salir a “buscar precios”, que en muchos casos condujo a la preferencia por realizar las compras en supermercados, por lo general distantes del lugar de residencia. Asociada a esta práctica, como modo de gestionar la escasez encontramos la importancia y necesidad de “hacer rendir” las compras -de acuerdo a la expresión de varios informantes-. En el testimonio de esta entrevistada se aborda la cuestión:

“-R: Cuando cobramos la Alimentar, le compramos un cajón de pollo en la Avícola, y compro en la carnicería cuatro o cinco kilos de carne. Que eso lo pongo en bolsitas y separo todo.

-P: ¿Y lo congelan?

-R: Claro, lo pongo en el freezer, sí.

-P: Así que cuando cobran la Alimentar, ¿la destinan a eso principalmente? ¿A carne?

-R: Más que nada a carne, sí. Carne y un poco de verdura.

-P: ¿Y la verdura dónde la compran? ¿Ahí por el barrio...?

-R: Sí, acá en el barrio nomás. Donde acepten la Tarjeta, compramos” (Beatriz).

La posibilidad de controlar la temporalidad de la realización de compras, acopiando mercadería o alimentos frescos (el uso del freezer para fraccionar y hacer “durar” la comida), resultó central en este sentido para varios hogares. Con esta posibilidad, cabe destacar, contaron solo aquellos hogares que, sin dejar de estar situados en un marco de escasez generalizada y en lógicas de acción de corto plazo, pudieron gestionar mínimamente el acceso a los alimentos. Estos hogares, a partir de ese equipamiento material, pudieron desplegar grados de libertad en torno a la elección de lugares de compra más económicos (y generalmente más distantes), y ejercer cierto grado de administración y planificación de la dieta mensual del hogar.

En línea con estas observaciones, en cuanto a la temporalidad de la realización de las compras durante el ASPO, cabe destacar una última tendencia general. En el análisis contrastado con estrategias de consumo desplegadas en clases medias en la fase inicial del ASPO (Ortale, Santos y Ravazzoli, 2022; Ravazzoli, 2022), observamos que estos sectores -que tuvieron mayores posibilidades de gestionar sus presupuestos alimentarios- buscaron acopiar mercaderías y espaciar las compras, bajo la fórmula “pocas salidas, grandes compras”. En cambio, en el universo del consumo popular descripto aquí, esas salidas tuvieron que ser más frecuentes, realizando compras conforme los hogares se hacían de recursos. En consecuencia, cabe interpretar que la exposición al riesgo de unos y otros sectores derivada de este aspecto, también fue diferencial. En este sentido, como han observado Segura y Pinedo (2022), transitar la pandemia supuso que “cada sujeto, cada grupo social tuvo que ‘negociar’ con arreglos espaciales y temporales muy diferentes y desiguales entre sí y que nunca habían experimentado en su historia” (2022: 14).

3.5. Los “arreglos familiares”: el consumo mediado por el vínculo entre madres e hijos/as.

Por último, cabe destacar otro elemento que aparece en los relatos como mediación activa de las prácticas de consumo, y que aporta mayor densidad de sentidos a los “arreglos contextuales” que hemos descripto. Nos referimos a las negociaciones que, en el seno de las familias, se dieron fundamentalmente entre madres e hijos/as orientando las decisiones de consumo.

Atendiendo a esta dimensión, en las salidas para hacer compras alimentarias se reconocen dos prácticas diferenciadas. Por un lado, aquellas madres que intencional y estratégicamente eligen hacerlas sin los hijos/as, para evitar el mal momento de no poder comprar los alimentos que los niños y niñas desean y tienen frente a ellos. Esto no implica que en la compra no se tenga en cuenta su deseo, en numerosos relatos se insiste en que toda vez que el presupuesto lo permite, se incluyen consumos que atienden alguno de sus gustos o deseos. Por otro lado, aquellas madres que por diversas circunstancias sí van acompañadas de sus hijos/as, y en esa salida inevitablemente despliegan algún tipo de negociación en torno a qué comprar o no. El caso de Carla lo ilustra muy claramente:

“-R: Por ahí uno va a hacer mandados y ella (su hija de 7 años) te pide algo y bueno, por ahí uno no tenía para hacer eso… Ayer fuimos al supermercado y quería comer patitas de esas que vienen ya rebozadas y todo. Por ahí uno le dice ¡No, no, no! Porque está 450 pesos el kilo, entonces, era mucho para una sola comida. Entonces ¿Qué hice? Le traje para ella y nosotros comimos otra cosa. Le traje un poquito para que ella no se quede con las ganas, pero hubo veces que sí, que le he tenido que decir “no hija”, vamos a hacer otra cosa.

-P: ¿Y esas veces qué pasó?

- R: No, no… sabe entender ella. Así que dice: “bueno má, no hay problema”. No es que bueno, te hace capricho o algo” (Carla).

Como observamos a la luz del testimonio, la compra de alimentos tiene lugar en un contexto en el que pese a la escasez de recursos, se presenta algún margen para la negociación entre los adultos y los niños y niñas, que suele derivar más en su cooperación que en conflicto, mostrando la empatía de los hijos e hijas hacia sus madres. Así lo señalan algunas entrevistadas:

“Ver que los chicos no se ponen en caprichosos a veces te duele mucho más todavía (…) que los chicos sean tan chiquitos y que tengan que entender cosas que no se tendrían por qué fijar... entender que no hay, que no les pueda dar un gusto, una fruta” (Vanesa).

“Ya estaban cansados de fideos (…) si…tratamos de acomodarnos con lo poco que teníamos y bueno, tratar de hablar con los nenes que no…porque a veces ellos querían otra cosa y hablábamos y les decíamos que la cosa va a mejorar, que ya mi hija iba a empezar a trabajar y la cosa iba a mejorar, íbamos a poder comer carnecita o el… ¿cómo le dicen… este….? Ay! en mi país le decimos codo… ¡las salchichas! …ya vamos a comer salchichas y bueno, ahí un poco empezaron a entender, poco a poco….El chiquitín a veces me decía: “No” (se ríe) pero de todos modos ellos comían” (Nora).

Estos relatos permiten ver cómo un acto de consumo tan básico para la sobrevivencia como lo es la compra de alimentos, encierra ese trabajo relacional al que refiere Zelizer (2002, 2009). Esas definiciones alrededor de lo que se puede o no comprar y las respuestas que suelen desencadenar no hablan de la madre o del niño o la niña, sino de su relación (Cook, 2009). Esto nos lleva a una cuestión adicional que ha sido señalada en otras investigaciones y que aquí también observamos: el costo emocional de decir constantemente “no” a los niños y niñas. Cuando el consumo es una de las prácticas dominantes de la ciudadanía social, tener que negar repetidamente las cosas que quieren los niños y niñas para mantener un presupuesto no solo es algo agotador y desprovisto de derechos, sino que potencialmente posiciona a los compradores de bajos ingresos como “consumidores fracasados” o “malos padres” (Beagan et al., 2018; Power, 2005), opacando la vida cotidiana con una importante dosis de dolor. Siguiendo con el relato de Vanesa quien señala:

“Trato de darles un gusto, viste, pobrecitos... Todo el mes, renegando, diciéndoles “no hijo”, “no tengo plata”, “no tengo plata y no”. Cobro y lo primero que hago es comprarles algo. Como para que lo disfruten, pobrecitos (…) Hay cosas que no están a mi alcance y no sé qué hacer. Me supera, me supera bastante el no poder darle los gustos a los chicos, o no poder cocinarles algo rico o bien hecho, pero bueno... trato de ponerle onda” (Vanesa).

Vemos entonces que en el espacio del consumo alimentario, no solo se pone en juego la subsistencia física sino también la adscripción a una comunidad de la cual se espera aceptación y reconocimiento. Las consecuencias de parecer socialmente incompetente en un espacio tan básico y relevante como la alimentación pueden ser dolorosas y vergonzantes y pueden tener implicaciones directas en la formación de la identidad y las relaciones con los otros (Villagómez, 2016). Del análisis de los relatos de las entrevistadas se desprende que “ser buena madre” es poder satisfacer algún consumo de los hijos e hijas ya que también es allí donde pueden expresar su amor y preocupación. Lo destacable es que durante la pandemia ese consumo deseado que se narra gira básicamente alrededor de los alimentos y como advertimos -al igual que otros estudios en contextos de pobreza y desigualdad social (Chen, 2016)-, la falta de recursos para adquirirlos y poder preparar las comidas se puede traducir en dietas menos satisfactorias y en una mayor sensación de fracaso respecto de su papel como madres. Sin lugar a dudas, durante el contexto analizado, en los hogares populares se enfrentaron momentos de una elevada incertidumbre respecto de las posibilidades de adquirir o consumir alimentos de calidad adecuada, cantidad suficiente y de un modo socialmente aceptable.

Vemos entonces que en el espacio del consumo alimentario, no solo se pone en juego la subsistencia física sino también la adscripción a una comunidad de la cual se espera aceptación y reconocimiento. Las consecuencias de parecer socialmente incompetente en un espacio tan básico y relevante como la alimentación pueden ser dolorosas y vergonzantes y pueden tener implicaciones directas en la formación de la identidad y las relaciones con los otros (Villagómez, 2016). Del análisis de los relatos de las entrevistadas se desprende que “ser buena madre” es poder satisfacer algún consumo de los hijos e hijas ya que también es allí donde pueden expresar su amor y preocupación. Lo destacable es que durante la pandemia ese consumo deseado que se narra gira básicamente alrededor de los alimentos y como advertimos -al igual que otros estudios en contextos de pobreza y desigualdad social (Chen, 2016)-, la falta de recursos para adquirirlos y poder preparar las comidas se puede traducir en dietas menos satisfactorias y en una mayor sensación de fracaso respecto de su papel como madres. Sin lugar a dudas, durante el contexto analizado, en los hogares populares se enfrentaron momentos de una elevada incertidumbre respecto de las posibilidades de adquirir o consumir alimentos de calidad adecuada, cantidad suficiente y de un modo socialmente aceptable.

Por último, resulta importante señalar también que el horizonte de deseos de consumos alimentarios por parte de los niños y niñas, durante el confinamiento ha sido favorecido por programas de cocina o campañas de difusión a través de la televisión o redes como YouTube o Tik Tok, que consiguen posicionar ciertos productos como bienes que forman parte de estilos de vida que parecen deseables (Villagómez, 2016), y que, como pueden y cuando tienen la oportunidad, las madres adquieren. Así, los mensajes comerciales no se presentaron sin consecuencias en la vida cotidiana sino que más bien plantearon una serie de trabas, tal como lo expresa una entrevistada:

“Ellos son muy de mirar Tik Tok y ven las comidas, los helados, las gelatinas, los flanes, todo eso les gusta a ellos. Yo les puedo hacer una gelatina o comprar dulce de leche y hacerles galletitas pero los postrecitos son caros, no puedo comprar tanto. El otro día encontraron un video de Tik Tok, era de cómo hacer serenito casero, pero bueno eso se compra en otro momento, cuando se puede, cuando cobramos le compramos un yogurt a cada uno, o un sachet para que lo puedan compartir” (Marisa).

Esta práctica que relata la entrevistada se describe con recurrencia, y predica acerca del trabajo permanente de “calibración” (Cairns et al., 2017) que las mujeres tuvieron que llevar adelante a diario. Si bien ellas necesitaron tener un férreo control económico sobre lo que se compraba, mucho más intenso y exigente que en momentos previos a la emergencia de la pandemia, ese control no lo ejercieron de un modo autoritario, sino que procuraron encontrar la manera de que lo que adquirido se ajustase de cierto modo al gusto de los niños y niñas.

Reflexiones finales

El panorama presentado en relación a las lógicas del consumo alimentario en los sectores populares durante el ASPO, muestra un escenario de rupturas y continuidades parciales con respecto a la situación previa. Por un lado, es preciso señalar que ninguno de los hogares entrevistados llegaba a la pandemia desde una situación económica que implicaba tener holgadamente resueltos los presupuestos domésticos. En este sentido, el agravamiento de la situación económica de los hogares populares -y las estrategias desplegadas durante el confinamiento- deben enmarcarse en una realidad previa y de mayor alcance de estos hogares, por la cual ya se encontraba afectada su capacidad de consumo. Sin embargo, por otro lado, la pandemia implicó un agravamiento de la situación económica de las familias que llegó a impactar en uno de los aspectos más sensibles de sus decisiones económicas; esto es, en cómo resolver la alimentación cotidiana de los miembros del hogar. En este sentido, se movilizaron estrategias de corto plazo, multiplicando las fuentes de acceso a los alimentos, que llevaron a articular lógicas mercantiles y no mercantiles de provisión. A su vez, se agudizaron prácticas ya conocidas, como “salir a buscar precios” y “hacer rendir la mercadería”.

Todo ello supuso una serie de rupturas y emergentes específicos de la pandemia: la “búsqueda de precios” y el “hacer rendir las preparaciones” como recursos para gestionar la escasez, se desplegaron no solo con una intensidad inusitada, sino en un escenario desconocido, caracterizado, entre otros rasgos, por los costos de -y las barreras emergentes a- la movilidad cotidiana durante el ASPO-DISPO, y la evitación de situaciones de exposición al contagio del virus. En ese escenario novedoso se debieron conformar “arreglos contextuales” de consumo, que calibraran estos factores con otros, como las propias expectativas de los miembros del hogar -y fundamentalmente de los niños y niñas- en torno a aquello definible como “necesario” y/o “deseable” de consumir. Pero en todo caso, llevar a cabo esos “arreglos” concretándolos en actos de compra y consumo de alimentos, implicó un formidable esfuerzo y preocupación por parte de los hogares populares, manifestado con claridad e intensidad en los relatos de las mujeres, sobre las cuales recayó fundamentalmente esta tarea.

Esta preocupación -que cabe añadir a la preocupación por la situación estrictamente sanitaria- sin dudas marcó el tono subjetivo de los/as miembros adultos de las familias y en especial de las mujeres durante el confinamiento, y constituyó uno de los rasgos de los “mundos alimentarios” populares, durante la pandemia. Estos mundos, en su diversidad, se vieron sin embargo signados por una serie de rasgos repetidos que intentamos caracterizar en las líneas precedentes: tramitar la escases de recursos destinados a la alimentación, no contar con un control de la temporalidad de estos ingresos -y por ello de las compras-, padecer la distancia a los lugares de abastecimiento más económicos y, en muchos casos, con eje en la alimentación, sufrir la elaboración de la maternidad como experiencia de denegación del deseo infantil. Todos estos elementos -entre otros- se constituyen en factores que, a partir del consumo como actividad, dan densidad a toda una experiencia de clase, a la vez que se tornan, por ello, factores enclasantes.

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Notas

1| El decreto 297/2020 estableció el ASPO desde el 20/3/20 hasta el 31/3/2020 en todo el país y luego los sucesivos decretos fueron extendiéndolo de manera diferencial en el territorio nacional (según la situación sanitaria de la provincia y/o distrito). En el caso del Área Metropolitana de Buenos Aires (comprendido por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 40 municipios de la Provincia de Buenos Aires), el mismo se extendió hasta el mes de noviembre del 2020, momento a partir del cual se pasó al DISPO. Asimismo, cabe consignar que entre los meses de mayo y junio de 2021 en esta área por razones sanitarias se volvió a decretar el ASPO (decreto 241/2021).
2| Adicionalmente, comprendemos al consumo como “una arena fértil para la indagación del proceso continuo de constitución reciproca del mundo material y de la vida social y cultural, en el marco de patrones de actividades cotidianas que involucran el aprovisionamiento y uso de bienes” (Rosato y Arribas, 2008: 9). En esta perspectiva el consumo es comprendido como un proceso de apropiación y uso –antes que como un acto- que se sitúa y realiza en el mundo material y cultural de los sujetos a la vez que contribuye a constituirlo.
3| Se trata de un área de la provincia de Buenos Aires integrada por diferentes localidades, entre ellas La Plata, Berisso y Ensenada, localidades que han sido incluidas en nuestra investigación.
4| La Tarjeta Alimentar es una política de complemento integral alimentario que no sustituye a la AUH. Su implementación depende del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación (Plan Argentina contra el Hambre). La tarjeta puede ser usada únicamente para la compra de alimentos de la canasta básica, excluyendo bebidas alcohólicas. Los destinatarios son: personas que cobren la Asignación Universal por Hijo con hijo/as de hasta 14 años inclusive (inicialmente los destinatarios eran niño/as de hasta 6 años de edad, en mayo de 2021 se amplío el rango de edad cubierto). Embarazadas a partir de los 3 meses que cobren la Asignación por Embarazo para Protección Social. Personas con discapacidad que cobren la Asignación Universal por Hijo, sin límite de edad.
5| Rosato y Arribas (2008) destacaron tempranamente que “el proceso de diferenciación y clasificación de personas como consumidores, usuarios y beneficiarios es resultado de la colusión y la tensión entre las prácticas y representaciones que orientan la actividad categorizadora del Estado (Bourdieu, 1988) en el campo del consumo, y las prácticas y representaciones que organizan –a través de la apropiación y uso de bienes- la experiencia cotidiana y concreta de personas categorizadas y socialmente situadas (2008:11)”. A su vez, observan, esas categorías han suscitado un “efecto de teoría”, incorporándose al sentido común: “Se tornaron una idea evidente, naturalizada, simple, transparente: el consumidor es aquel que compra un objeto-cosa, se adueña de él y lo consume; el usuario, compra derecho de uso de una cosa ajena y la hace uso de él y el beneficiario es simplemente aquel que recibe un beneficio. En el terreno del sentido común, mientras que consumidor y usuarios se funden y se confunden en el acto de adquirir y pagar, el beneficiario es entendido como quien no paga por lo que consume o usa, sino que depende de que otro pague por él” (2008: 11-12)
6| Estas preferencias suscitaron reacciones generalmente reprobatorias entre los referentes a cargo de los comedores populares, que cuestionaban el carácter instrumental y espasmódico del vínculo de algunos hogares con estos espacios (Aliano et al, 2022).
7| En los relatos, esa noción difusa de “ayuda”, asume una inflexión específica: pierde su sentido reflexivo (“ayuda a”) a expensas de su carácter sustantivo: “la ayuda” como cosa en sí.


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