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Doctor Hermes Pumarejo Hernández 1926-2017
Martha Monsalvo
Martha Monsalvo
Doctor Hermes Pumarejo Hernández 1926-2017
Revista Colombiana de Obstetricia y Ginecología, vol. 68, núm. 4, pp. 315-316, 2017
Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología; Revista Colombiana de Obstetricia y Ginecología
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IN MEMORIAM

Doctor Hermes Pumarejo Hernández 1926-2017

Martha Monsalvo
Revista Colombiana de Obstetricia y Ginecología, vol. 68, núm. 4, pp. 315-316, 2017
Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología; Revista Colombiana de Obstetricia y Ginecología

Es más importante ser el mejor, que ser el primero; conciliar ambas cualidades no fue difícil para Hermes Pumarejo Hernández. Como pionero en el ejercicio de su profesión en nuestra región, se proyectó con luz propia logrando un punto de quiebre, un antes y un después, en la manera de abordar los enormes retos de la salud materno-fetal, bajo la mirada científica del primer ginecólogo en pisar tierras vallenatas, en los inicios de la segunda mitad del siglo XX. Este hito sería el sello que marcaría su carrera.

Su ánimo de progreso lo invita a emigrar de su natal Atanquez, hermosa población de las estribaciones de la Sierra Nevada, donde nace en 1926, hacia Valledupar.

Cumplido el ciclo escolar se hace imperativa la educación superior; para tal fin, Puma, como todos lo llamaban, retó sus miedos al abordar en Buenaventura la nave de bandera italiana llamada Marco Polo, con destino a Antofagasta, Chile, para trasladarse en un tren transandino hacia Buenos Aires; transcurría el año 1952. Ya en 1958, se tituló como médico Ginecoobstetra, estudios realizados en la Universidad Nacional de Buenos Aires y en el Instituto “Alberto Peralta Ramos” del hospital Rivadavia.

Su estadía en Argentina, por el término de diez años, fue matizada por lo mejor de la cultura gaucha, con parrillas magistrales y bailes de tango que le permitieron exhibir sus dotes de galán que jamás dejó extinguir.

Regresó a Colombia a ejercer su profesión en 1958, inicialmente y por corto tiempo en la fría Bogotá, en el Hospital San José; pero ya estaba escrito, Valledupar lo reclamaba para acogerlo con calidez uterina, logrando un encuentro maravilloso entre dos almas (paciente-médico), y fue en este lugar donde Dios en su sabiduría lo sembró para verlo germinar, crecer y florecer en el ámbito laboral y personal, así como esculpir con honestidad un nuevo derrotero de servicio a la comunidad; también en nuestra ciudad encuentra el verdadero amor, Puma pone fin a su legendaria soltería, vencido por el donaire, la belleza y amabilidad de Gloria Ariza, con quien forja una ejemplar familia con sus hijos Andrea y Hermes Enrique, el cual hereda sus genes de médico.

Por más de 40 años sorteó sin tambalearse los cambios en el ejercicio de la obstetricia, desde la década de los sesenta a la actualidad; se vio obligado, según comentaba, a culminar delicadas cirugías con linternas, por los cortes del fluido eléctrico de antaño, con las mínimas asepsias permitidas por no disponibilidad de agua potable.

Suplió la adversidad con eficiencia y eficacia frente a aquellos imprevistos; en nuestro léxico vallenato la palabra cesárea sonaba aún exótica y, como obstetra de primera línea, siempre privilegió la atención del parto seguro.

Los ginecoobstetras nacidos en Valledupar entendemos que nuestra vocación tiene un decano: el doctor Hermes Pumarejo Hernández. Él fue nuestro subliminal ejemplo; y quiero agregar que estuvimos inspirados no solo en un gran profesional, sino también en un gran ser humano.

Jamás imaginé que algún día compartiría con él la misma profesión, pero lo que eleva mi alma, en el más alto sentido de agradecimiento, es haber tenido la suerte de recibir muchos de sus apostolados, con una generosidad incalculable, durante mis primeros años de ejercicio; por esta razón me siento digna de reconocerlo como un maestro. Tampoco albergo dudas por la forma en que los vallenatos correspondieron a su impecable labor, otorgándole el cariño, el respeto, la admiración y todo tipo de honores merecidos.

En esos sentimientos, que Dios teje hilvanando bendición y designios, hoy la vida nos permite despedir a Puma a ese otro mundo, que desconoce linderos porque su extensión abarca lo inimaginable, para sepultarlo por siempre en cada uno de los corazones de sus colegas obstetras, con la seguridad de que nuestro latido no permitirá que se borre de la memoria su legado por siempre.

Paz en su tumba.

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