Artículos

La errante travesía de los libros antiguos por Suramérica: Viajes a la Mérida colonial (1558-1802)

The wandering voyage of the ancient books by South America: trips to the colonial Mérida (1558-1802).

Argenis R. Arellano R.
Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela, Venezuela
Johnny V. Barrios B.
Universidad de Los Andes., Venezuela

La errante travesía de los libros antiguos por Suramérica: Viajes a la Mérida colonial (1558-1802)

Procesos Históricos, núm. 33, pp. 115-148, 2018

Universidad de los Andes

Resumen: El arribo de los primeros volúmenes impresos a la Mérida colonial, se remonta a los inicios del proceso de exploración, conquista y ocupación efectiva del territorio americano llevado a cabo por la Corona española. Sin duda, a lo largo del periodo colonial hispanoamericano, el tránsito de saberes a través de materiales impresos jugó un papel fundamental en la penetración de las culturas amerindias y en la expansión de la cultura europea. No obstante, el pasado del impreso se remonta a tradiciones milenarias y su difusión se debe en gran parte a los viajes intercontinentales e interoceánicos que abarcan desde la civilización islámica hasta los puertos atlánticos españoles. Por tal razón, su estudio y comprensión permite abrir otra ventana en la búsqueda por conocer cómo se llevó a cabo el intercambio de ideas en el proceso de mundialización a partir de 1492; asumiendo como protagonista de primer plano un producto cultural esencial en el desarrollo de la civilización occidental: el libro.

Palabras clave: Libros antiguos, bibliotecas, viajes y viajeros, Suramérica, Mérida colonial, Universidad de Los Andes.

Abstract: The arrival of the first printed volumes to the colonial Merida, goes back to the beginnings of the process of exploration, conquest and effective occupation of the territory carried out by the Spanish Crown. Undoubtedly, throughout the Spanish-American colonial period, the transit of resources through printed materials played a fundamental role in the penetration of Amerindian cultures and in the expansion of European culture. However, the past of the document goes back to ancient traditions and its diffusion is due in large part to intercontinental and interoceanic trips that range from the Islamic civilization to the Spanish Atlantic ports. For this reason, its study and its meteo capacity allow opening another window in the search to know how the exchange of ideas was carried out in the process of globalization from 1492; assuming as protagonist of foreground an essential cultural product in the development of Western civilization: the book.

Keywords: Ancient books, libraries, travel and travelers, South America, colonial Merida, University of Los Andes.

Introducción

El arribo de los primeros volúmenes impresos a la Mérida colonial, se remonta a los inicios del proceso de exploración, conquista y ocupación efectiva del territorio americano llevado a cabo por la Corona española.1 Desde el siglo XVI, las huestes conquistadoras, los funcionarios administrativos, los comerciantes y, fundamentalmente, las órdenes religiosas, participaron en el tránsito de los primeros libros desde Europa hasta Hispanoamérica llevando a cabo una notable tarea en este sentido. Sin duda, a lo largo del periodo colonial hispanoamericano, el tránsito de saberes a través de materiales impresos jugó un papel fundamental en la penetración de las culturas amerindias y en la expansión de la cultura europea. No obstante, el pasado del impreso se remonta a la tradición milenaria china y su difusión se debe en gran parte a la civilización islámica hasta llegar a los puertos atlánticos españoles. Por tal razón, su estudio y comprensión permite abrir otra ventana en la búsqueda por conocer cómo se llevó a cabo el intercambio de ideas en el proceso de mundialización comenzado en 1492; asumiendo como protagonista de primer plano un producto cultural esencial en el desarrollo de la civilización occidental: el libro.

Si bien existen autores que han afirmado que el arribo de libros a la Provincia de Venezuela se inició a partir de la segunda década del siglo XVI,2 para el caso merideño dicho fenómeno ha podido constatarse a partir de los documentos que describen la fundación de los primeros conventos en la región andina.3 Así, con el establecimiento del Convento “San Vicente Ferrer” de los dominicos en 1567 y del Convento “San Juan Evangelista” de los agustinos en 1592, se fueron poniendo en marcha tempranamente las labores doctrinales en la meseta merideña, mismas que fueron llevadas a cabo con éxito gracias a la presencia de pequeñas «librerías» de uso personal traídas por algunos religiosos. Éstas, incluían misales, catecismos y otros materiales impresos que, sin duda, se complementaban con los documentos manuscritos.4

En el presente artículo, intentamos una aproximación a la historia del libro en Mérida desde un enfoque histórico-cultural, destacando la travesía de los impresos que conforman actualmente parte del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes (S. XVI-XVII). Particularmente, buscamos resaltar los elementos asociados a los viajes realizados por quienes, reconociendo el valor del libro como producto cultural (de y para el conocimiento), tuvieron a bien reunir y trasladar compendios bibliográficos de transcendental valor histórico. Sin duda, cada libro representa una aventura en sí mismo, su difusión revolucionaría en el campo de las ideas occidentales a finales del siglo XV, se proyectaron desde los principales centros impresores de Europa y las costas de España. Desde la península ibérica, los ejemplares recorrieron el circuito comercial atlántico hasta México y El Caribe, para posteriormente arribar a las costas de Suramérica y de ahí ascender hasta la ciudad serrana de Mérida; una travesía no exenta de peligros y sacrificios, pero que deja entrever el valor que tenía para la época el ser portador de la palabra impresa.

Del barrio de libreros de Chengdu a la biblioteca de al-Hakam II: el otro ángulo de la historia del libro antiguo europeo

El hombre es un viajero por naturaleza, reta el espacio-tiempo con inquietud y espíritu de aventura, avanzando sobre la tierra con el deseo de conocer lo que está más allá de su lugar de origen. A lo largo de los siglos ha logrado explorar, reconocer y conquistar el mundo. Registros de viajes se pueden encontrar en los textos bíblicos, las crónicas medievales, las obras humanistas del renacimiento, los diarios de viaje de los siglos XVIII- XIX y los relatos del siglo XX, dejando una lista de figuras célebres (Moises, Heródoto, San Agustín, Marco Polo, Ibn Battuta, Zheng He, Colón, Magallanes, La Condamine, Humboldt, entre otros), cuyos testimonios constituyen una bibliografía rica en datos geográficos, históricos y culturales para el conocimiento de los complejos procesos de desplazamiento, descubrimiento, conquista, ocupación y desarrollo de las civilizaciones. Empero, en todos ellos hay un lugar común: su historia se conoce a través de libros.

Una mirada retrospectiva sobre la errante travesía de los libros antiguos en el contexto hispanoamericano, acusa ineludiblemente los orígenes del libro europeo y, por ende, de los libros en el contexto del Asia oriental, cuna de revolucionarias ideas conservadas en palabras y grafías sui generis y de una sabiduría ancestral llena de vida, ambas asombrosas a la vista de los viajeros y exploradores occidentales. Como expresara Zhuangi en el siglo IV a.C.: “Los libros son sólo palabras, aunque sean preciosas. Lo que es precioso en las palabras son las ideas”.

Generalmente se piensa que muchos de los objetos que constituyen parte de nuestra vida cotidiana son producto de la civilización occidental. Pero la historia y los documentos científicos han venido demostrando la importancia de las técnicas y las herramientas de los antiguos chinos, incluyendo el papel, la tinta y la imprenta. La vitalidad e inventiva de los chinos hicieron que el Asia oriental se convirtiera en la cuna de innumerables proyectos y descubrimientos que con el tiempo han contribuido al desarrollo de toda la humanidad. En China se crearon máquinas de hilar seda con bobinas movidas a pedal, el timón, la rueca, la acupuntura, la porcelana, el fútbol, los naipes, la pirotecnia, la cometa, el papel moneda, el reloj mecánico y el sismógrafo, por mencionar sólo algunos. Además, antes de que los ingleses mecanizaran su agricultura, los chinos ya usaban arados de hierro y máquinas sembradoras, trilladoras y cosechadoras. De China vino la brújula, los molinos de agua que podían producir energía limpia para los hornos de hierro y acero. Inventaron la pólvora, el cañón; el reloj mecánico, el sismógrafo, la laca, la pintura fosforescente, los carretes de pescar, el puente colgante, la carretilla, el paraguas, el abanico, el estribo, la herradura, la llave y un sinfín de utensilios. Sin contar su desarrollo y avance en áreas como la ciencia médica, matemáticas, astronomía, arquitectura, geografía, impresión con tinta de colores y la metalurgia; todo un marco de conocimiento conservado en libros.

El vestigio más antiguo de un texto xilografiado sobre papel es anterior a 751 d.C. Hacia finales del siglo octavo los libros no manuscritos comienzan a producirse y reproducirse.5 Hay noticias que enuncian como en un barrio de libreros de Chengdu en 883 d.C., se podían elegir libros de geomancia, interpretación de los sueños y diccionarios impresos. Lo cual trajo consigo la multiplicación de bibliotecas generando un tipo de bibliofilia china rica en detalles en el contexto de la historia del libro antiguo. Por tanto, un hecho sustancial es que los chinos inventaron el papel e imprimieron libros siglos antes que Johannes Gutenberg usara tipos móviles de metal y porcelana en sus imprentas. Durante la Dinastía Ming (1368-1644) los tipos móviles de madera fueron perfeccionados y los libros se imprimieron utilizando el proceso de impresión a dos colores; la rápida adopción de la tecnología del papel y la imprenta en China, precipitó la difusión del conocimiento entre la élite literaria y la aristocracia.

Por otro lado, los contactos producto de los viajes del extremo Oriente al Mediterráneo, debido al comercio generado por el mundo islámico,6 permitieron la transmisión de algunas de esas técnicas milenarias, las cuales fueron introducidas en Europa. En relación al papel, los procedimientos de fabricación perfeccionados en China a partir del siglo II a.C. se difundieron de Samarcanda a Bagdad y Damasco, alcanzando una proyección importante en Egipto, el Magrib y la España musulmana entre los siglos X y XI. Por tanto, no es casualidad que los primeros papeles fabricados en Italia daten de finales del siglo XIII. Sin duda, sin este largo viaje Occidente no hubiese podido sentar las bases de su modernidad. Como escribe Jacques Gernet:

Cuenta la tradición que fueron los prisioneros hechos por los árabes en la batalla de Talas en 751 quienes les enseñaron los procedimientos de fabricación del papel. De hecho, las influencias chinas en Transoxiana y en Persia son anteriores a mediados del siglo VIII: fabricantes de papel, tejedores, orfebres y pintores chinos estaban ya instalados en Kufa (la actual Karbala al suroeste de Bagdad) y en Samarcanda en el momento de la Conquista árabe.7

Las caravanas de Oriente Medio, abren la posibilidad de que el libro no sólo se consolide en la historia islámica, sino que trascienda en importancia y significado para el Islam. Al-Hakam, fue un califa que asumió y gobernó durante 30 años, fue un bibliófilo que por pasión estableció un centro de sabiduría que se desarrolló en Córdoba, el cual llegó a contar con una biblioteca cuyo catálogo fue registrado a través de 40 volúmenes de 50 folios cada uno aproximadamente, con más de 40.000 obras. Esa misma pasión lo llevó a interesarse en la literatura, al margen de los asuntos políticos-administrativos propios de su condición de gobernante. En su palacio albergó a muchos eruditos, escribas correctores, encuadernadores, iluminadores y dibujantes. Antes de subir al trono organizó un servicio de búsqueda de los libros que faltaban en la colección real. Algunas crónicas señalan que tenía contratados copistas y literatos con la misión de cotejar los originales con las reproducciones. Sin embargo, tras la subida al poder de Almanzor, la biblioteca sufrió una importante devastación, debido a la ortodoxia musulmana. Se estima que Almanzor, puso en venta los libros y puso fin a este extraordinario proyecto.

Por su parte, Marco Polo, con su Libro de las Maravillas, abre la posibilidad a Occidente de reencontrarse con un mundo más desarrollado a través de su viaje por Asia, siguiendo las rutas de las caravanas. Pero dentro de este marco referencial, destaca todo un ajuar de aspectos que vinculan al libro como producto cultural a una nueva forma de concebir el conocimiento. Alrededor de los primeros libros y las técnicas de su fabricación, aparecieron los maestros y obreros dedicados a su producción. El viaje de los primeros libros a Europa y su circulación dentro del continente, agudizó su perfeccionamiento y abrió un nuevo escenario de encuentro que tuvo como protagonistas al impresor humanista y al librero filósofo, al tiempo que abrió todo un universo de autores que constituyen, sin duda, la base misma de la razón de ser del libro. Cuando la imprenta se perfeccionó en Europa, en 1450 aproximadamente, ya el libro tenía una historia antigua; el primer libro que sale de la Imprenta de Gutenberg ya reclamaba sus orígenes no europeos.

Asimismo, se genera una geografía del libro, localidades, regionalidades, nacionalidades y continentalidades a razón de su producción y uso. Se difunde el libro, es decir, los hombres se desplazan con ellos: el libro se hace parte constitutiva del viaje como expresión y requerimiento de la naturaleza humana. Gradualmente, se instalan establecimientos-talleres de imprenta y se gesta una geografía de la edición. De esta forma, antes de pasar al Nuevo Mundo, donde hibridó y expendió, el libro anidó en un continente otrora marginal, permitiendo a los europeos avanzar hacia una centralidad global. La exploración, conquista y ocupación efectiva de los territorios transatlánticos dio píe a que la introducción del libro moderno (europeo) a las Indias, afianzara una superioridad civilizatoria que representa una historia llena de peripecias y protagonismos rica en sí misma. América, es registrada, dibujada, cartografiada, exaltada y letrada teniendo como material de soporte el libro antiguo europeo.

Como se podrá prever, al mismo tiempo el libro y las bibliotecas en Europa y posteriormente en América, generó un comercio legal e ilegal, donde la participación del poder civil y eclesiástico jugó un papel de primer orden. Los tirajes y bultos de libros, que llegaban por barco a los puertos hispanoamericanos, en algunos casos conservados, resguardados, confiscados, quemados o execrados, re-vitalizaron su circulación. Las casas de los criollos hispanos, expectoraban a través de sus bibliotecas un legado intelectual que enunciaba su posición social en medio de una estética colonial que, además de su valor económico, mostraban su importe sociocultural y lingüístico en medio de una insalvable brecha que dejaba una clara evidencia entre quienes tienen acceso al conocimiento y los que no.

La imprenta occidental y los libros antiguos en Hispanoamérica son producto, en gran medida, de los centros impresores europeos que utilizaron los puertos hispanos para el tránsito de sus productos. Los viajes a América aumentaron la demanda del libro. Aunque también un sinfín de problemas comerciales, se acentuó una nueva forma de criminalidad protagonizada por la piratería, el contrabando, la falsificación y el hurto, dando paso a la censura y la prohibición. Gracias a la alfabetización, las universidades y los centros de estudios, cuyas bases se encuentran en las inquietudes religiosas de la época, permitieron el fortalecimiento del interés por la investigación y el análisis, lo que devino en la conformación de nuevas rutas comerciales, que incluían volúmenes impresos como productos económicos de intercambio, lo cual generó la difusión de conocimientos, fabricación de punzones, matrices y tintas para imprimir, así como una demanda de papel. Por tanto, al multiplicarse vertiginosamente el número de libros se produjo un cambio en la mentalidad del hombre en sus métodos de trabajo y en la experimentación del mundo que se abrió generacionalmente ante sus ojos.

Por esta razón, aquel movimiento libresco que cobraba vida en el barrio de libreros de Chengdu, y que a su paso por el mundo islámico dio forma a bibliotecas como la de Al-Hakam II, nos obliga a realizar una lectura trasversal de la historia del libro situándolo fuera de Europa. Es decir, buscando el otro ángulo de esa historia antes de Gutenberg, y en el caso de América, antes de la primera Biblia que llegó con los barcos de Colón.

La imprenta occidental y los libros antiguos en Hispanoamérica: de los centros impresores europeos a los puertos hispanos

En el contexto de los viajes a la América hispana, las indagaciones realizadas hasta ahora en la colección de libros del siglo XVI del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes (Mérida-Venezuela), permiten ubicar, en parte, los principales centros tipográficos europeos para la época y la cantidad de impresores en cada uno de ellos. Actualmente, hemos logrado determinar que ciertas regiones de España, Francia e Italia fueron puntos cardinales en el desplazamiento de los impresos pertenecientes a esta colección. Como se podrá prever, si tomamos en cuenta el nexo colonial hispanoamericano, es comprensible que las imprentas hispanas tengan una mayor presencia dentro de este diagnóstico. No obstante, el desarrollo logrado por la industria tipográfica en Francia e Italia, permitió la presencia de un buen número de obras impresas no españolas, cuyos vestigios pueden rastrearse desde Europa hasta los estantes de la biblioteca universitaria emeritense. Actualmente, un número importante de estos ejemplares reposan para su consulta en la Sala de Libros Antiguos de esta universidad bicentenaria: un universo de conocimiento que atravesó a hombro ciudades renacentistas, caminos polvorientos a lomo de mula, océanos agrestes, mares indescifrables y lagos infectados; selvas empantanadas y caminos de herradura, para alcanzar la húmeda y gris geografía de los parajes andinos venezolanos. Sin duda, la rápida difusión del arte de imprimir en Europa desde finales del siglo XV, y a lo largo de la siguiente centuria, fue determinante en la evolución del mercado librero, por ello las colecciones reunidas en Mérida durante el periodo colonial permiten dar cuenta de cómo viajaban las ideas desde distintos lugares del “viejo mundo” hasta los más recónditos lugares de Suramérica; es decir, cual fue el alcance de la circulación de los impresos coloniales durante la “carrera de Indias”.8

Los datos recabados con el inventario de la colección de libros del siglo diecisiete, es posible una aproximación al estudio del aumento drástico de obras impresas en Alemania, sumándose a España, Francia e Italia. Además, cómo el número de obras impresas en Portugal aumentó considerablemente; sin dejar de lado que, la multiplicación de talleres tipográficos, demuestra como el oficio del impresor fue determinante en la dinámica sociedades europeas del siglo XVII.

Lo señalado permite advertir la preponderancia de España, Francia e Italia, como los principales centros tipográficos en donde fueron compuestos gran parte de los libros de los siglos XVI y XVII del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA. Este ejercicio, además de permitir conocer los cambios que pudieron ocurrir a lo largo de estos dos siglos, advierte cuáles eran las ciudades con mayor número de impresores y, por ende, comprender la errante travesía de los libros antiguos por Suramérica y, particularmente la de aquellos que sortearon los viajes a la Mérida colonial (1558-1810).

Para el caso español, la investigación que sustenta este artículo ha permitido reconocer cómo dentro de los libros del siglo XVI, presentes hoy en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA, existen treinta y seis tipógrafos que conforman una muestra de los avances del arte de imprimir en dicha centuria (Mapa 1). Es importante destacar que la mayoría de estos talleres estaban localizados en Salamanca (10 impresores), lugar en donde convivieron dos familias de impresores como fueron los Portonaris9 y los Terranova. Por otro lado, en el triángulo conformado entre Madrid, Alcalá de Henares y Cuenca, se conformó otra región importante en donde se localizaron diez tipógrafos más, destacándose la actividad llevada a cabo en el taller de Luis Sánchez. Asimismo, Zaragoza fue otro centro de impresores, en el cual, fueron referentes los trabajos realizados por Simon de Portonaris, único miembro de la familia de impresores italianos Portonaris con un taller fuera de Salamanca.


Mapa N° 1

A través del inventario realizado a la colección de impresos del siglo XVII, Madrid se convierte así en el principal centro de impresores hispanos. Cabe acotar que, en la Imprenta Real fueron compuestos el mayor número de libros madrileños existentes en la Biblioteca Central ULA. El éxito de la Typographia Regia se debió, en buena medida, a la experiencia de impresores como Luis Sánchez y Ioseph Fernandez de Buendia, quienes contaban con talleres propios y brindaron su experiencia al reino. Otros impresores importantes establecidos en Madrid fueron Francisco Martínez, Juan García Infanzón y Domingo García Morras; además, también debemos destacar la presencia de un grupo importante de mujeres impresoras, en el que se encuentra María de Quiñones, Julia de Paredes y las viudas de Melchor Álvarez, Mateo de Llanos, Francisco Martínez y Alonso de Martín, de cuyos trabajos existen muestras en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central “Tulio Febres Cordero”.

El caso de las mujeres impresoras es digno de estudio amplios, no obstante, dedicaremos un par de párrafos para esbozar dicha temática. A través de los estudios realizados por la Biblioteca Nacional de España fundamentados en sus colecciones históricas, y con aportes como el de Juan Delgado, Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII)10, y la obra coordinada por Marina Garone Gravier y Albert Corbeto, Muses de la imprenta: la Dona i les arts del llibre, segles XVI-XIX,11 ha sido posible determinar que la mujer jugaba un rol importante dentro de las imprentas familiares, sin embargo, la poca documentación existente no ha permitido ahondar en las labores específicas que realizaban. Por otro lado, la participación de las féminas en este tipo de negocios, parece no haberse realizado por iniciativa propia; por el contrario, se veían obligadas a mantener a flote los talleres de sus maridos al momento de enviudar, labor que también era heredada a los hijos.


Mapa N° 2

María Quiñones, por citar un ejemplo, enviudó de dos matrimonios con impresores reconocidos (Pedro Madrigal y Juan de la Cuesta) durante el primer cuarto del siglo XVII. No obstante, a partir del año 1628 María Quiñones asumió directamente las riendas de su taller, firmando sus impresiones con su nombre,12 lo cual, demuestra un cambio en el nivel de responsabilidad asumida por dicha mujer en estos años (Imagen N° 1). Tres son las obras impresas por Quiñones, que reposan en los estantes del Fondo Antiguo de la Biblioteca ULA: Relaciones del cardenal Bentivollo, pvblicadas por Enrico Pvteano, coronista de sv magestad em Flandes, y tradvzidas por don Francisco de Mendoca y Cespedes de italiano en lengua castellana… (1638); Advertencias nvevas a la letra, y moralidad de los evangilios de qvaresma, miercoles, viernes, y domingo, por el doctor Antonio Ferreira... libro posthvmo… (1657); y Cartas de la serafica, y mistica doctora Santa Teresa de Iesvs... con notas del señor don Iuan de Palafox, y Mendoza... (1662).

Portada del registro LA-623.
Imagen N° 1.
Portada del registro LA-623.
Nótese el pie de imprenta con los datos de María Quiñones

El despliegue de la industria tipográfica italiana logrado en el siglo XVI, está representado en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA a través de un importante número de libros compuestos por veintiséis tipógrafos distintos. Fueron las imprentas italianas las primeras en superar la producción alemana de libros, en buena medida, debido a una sólida industria de producción de papel que permitió en el siglo XVI la consolidación de verdaderos núcleos tipográficos en Venecia, Florencia y Milán. Sin embargo, aunque en nuestra colección existen al menos veinte obras impresas en talleres venecianos, no hay volúmenes que hayan sido compuestos en Florencia, y sólo dos provienen de Milán. Por otro lado, otras ciudades bien representadas en nuestro fondo fueron Turín, Roma y Bolonia.


Mapa N° 3

En el caso de Venecia, el taller de Michaelis Tramezzini ha sido uno de los más reconocidos a través de la historia del libro. En las portadas de sus impresos era incluida una curiosa marca editorial (Imagen N° 2), en la cual, era representada una Sibila rodeada de la inscripción: Ne turbata volent rapidis oracula ventis, nunc folio vates commodiore sonat. Entre las producciones de este impresor existentes en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA, se encuentras los siguientes títulos: Commentaria R.P.D. Lvdovici Gomes... In regulas cancellariae iudiciales, quae, usu quotidiano, in curia, & foro saepe versantur (1540); Secvnda Edictio Tractatvs de gratijs expectatiuis, ac aliis literis ad uacatura beneficia… R.P.D. Io. Staphilei (1549); y Qvintiliani Mandosii ivreconsvlti, advocvati romani, in regulas cancellariae apostolicae sanctissimi d. nostri Ivlii tertii Pontificis Maximi. Commentaria... (1554).

Portada del registro LA-74.
Imagen N° 2.
Portada del registro LA-74.
Nótese la marca tipográfica de Tramezzini.

En Turín, por otro lado, la tradición tipográfica de Nicolai Bevilaquae a lo largo del siglo XV fue heredada a sus hijos, quienes continuaron con dicha imprenta familiar en la siguiente centuria. De esta manera, en los talleres de los Haeredes Nicolai Bevilaquae fueron compuestos algunas obras de Santo Tomás de Aquino o sobre su pensamiento, que reposan actualmente en la Biblioteca Central de la Universidad de Mérida, entre las cuales, destacamos el título Prima secvndae Summae Theologicae angelici doctoris S. Thomae Aqvinatis cum commentarijs… (1581). Finalmente, destacamos la presencia de un grabado imponente (Imagen N° 3) en las portadas de los volúmenes impresos por los Bevilaquae, el mismo da cuenta de los avances tipográficos logrados en la Italia del Renacimiento.

Portada del registro LA-410
(II).
Imagen N° 3.
Portada del registro LA-410 (II).

A lo largo del siglo XVII, aunque el epicentro tipográfico europeo se consolidó en los Países Bajos, la imprenta en Italia atravesó por periodos de altibajos. No obstante, el arte tipográfico continuó con su expansión, fenómeno que se ve representado en un buen número de libros antiguos de la Biblioteca Central que fueron impresos en Palermo, Mesina, Vicenza, Pavia, Génova, además de otros que provenían de los centros tipográficos por excelencia como Venecia, Roma y Nápoles, cuya producción de libros continuó siendo respetable y a la altura de otros núcleos tipográficos de Europa.


Mapa N° 4

En el caso de Venecia, hemos logrado identificar algunos volúmenes impresos en los talleres Giunta presentes en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA. La tradición tipográfica de esta familia, tuvo sus orígenes a finales del siglo XV en Florencia, cuando el comerciante de lana Filippo Giunta decidió probar suerte con el negocio de la imprenta, sin saber que llegaría a convertirse en el impresor más destacado de aquella región. Ya para los inicios del siglo XVI, distintos integrantes de esta familia lograron instalar imprentas en Venecia y en Lyon, sin embargo, en el caso veneciano decidieron reunirse y organizar un negocio familiar en los años treinta, por lo cual, sus producciones eran identificadas con las palabras Apud Iuntas (Imprenta Giunta) en el pie de imprenta de sus volúmenes. Otro aspecto que ha permitido reconocer los ejemplares compuestos por esta familia, ha sido su marca tipográfica representada por una flor de lis custodiada por dos ángeles, siendo esta utilizada también por los miembros de la familia que en algunos periodos trabajaron de manera independiente. (Imagen N° 4)

Otros importantes impresores italianos del siglo XVII, bien representados en el acervo antiguo de la Biblioteca Central “Tulio Febres Cordero” de la Universidad de Los Andes, fueron Iacobi Gaffari de Nápoles y Nicolai Bua de Palermo.

Portada del registro LA-636.
Imagen N° 4.
Portada del registro LA-636.
Marca tipográfica de los Giunta

Desde los primeros años del siglo XVI, Paris y Lyon se convirtieron en dos de los principales centros impresores de Europa, muy por encima de la considerable producción tipográfica lograda en regiones Toulouse. La imprenta de Jacobo Giunta13 fue una de las más importantes de Lyon, generando un importante número de obras desde el año 1520 hasta su fallecimiento en 1547, convirtiéndose un un hombre acaudalado con talleres y almacenes por toda Europa. Posteriormente y como era ya tradición, sus herederos continuaron el negocio; algunas de las producciones realizadas por los continuadores de Jacobo Giunta son resguardadas en la Biblioteca de la Universidad de Mérida.


Mapa N° 5

Terzo Tariffi, haciendo referencia al registro LA-323, expresó que su portada con el bel grabado y en el que están presentes las iniciales de Luca Antonio Giunta, fundador de la imprenta, se ha salvado milagrosamente de los codiciosos arrancadores de portadas. Además, agregó lo siguiente sobre este volumen:

…la importancia del ejemplar que posee nuestra Universidad, no está solamente en la obra de Aristóteles ó en los comentarios de Santo Tomás: el tipógrafo-editor Giunta antepuso como prefacio al texto aristotélico, un rarísimo escrito de Jerónimo Savonarola, o sea el Apologeticus de ratione poeticae artis. Se trata de un escrito de Savonarola de gran resonancia en su época y que, como muchas otras obras importantes del Renacimiento, no ha sido todavía divulgado ni comentado. Estas páginas fueron el reflejo de aquellas famosas prédicas quaresmales sobre el Apocalipsis, que prepararon al valiente predicador el camino hacia la hoguera… Este mismo escrito Apologeticus se halla en una edición de las obras de Savonarola de 1542 de los impresores Giunta, de cuyos talleres salió en el año siguiente 1543 el ejemplar que tiene nuestra Universidad; así que éste viene sin duda constituyendo una curiosidad bibliográfica por estar encuadernado con las obras de Aristóteles a las cuales sirve de introducción. Se trata de toda manera de un valioso documento para la interpretación de un aspecto muy discutido de la estética renacentista. Del Apologeticus no existe, según nos consta, ninguna traducción al castellano. Las teorías estéticas contenidas en el Apologeticus que nosotros tenemos en el libro del cual estamos hablando, influenciaron profundamente el arte de Baccio della Porta, Lorenzo di Credi, de los Della Robbia, Miguel Angel, apasionado lector de las obras de Savonarola, y sobre todo, de Sandro Botticelli.14

El texto comentado por Tariffi, fue incluido junto a la obra Aristotelis stagiritae peripateticorvm principis libri de coelo et mvndo vna cvm divi Thomae Aqvinatis preclarissimis commentariis…, cuya portada mostramos a través de la imagen N° 5. Otro destacado impresor en la Lyon del XVI, del cual, existen obras en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA, fue Gulielmum Rovillium así como de sus herederos. Entre los textos impresos por Rovillium destacamos algunos de autores trascendentes en la época como fueron Martín Azpilcueta, Luis Carerio y los escritos de papa Bonifacio VIII.

La cartografía (mapas N° 5 y 6) que hemos elaborado, permite observar luego de simples comparaciones el crecimiento exponencial de impresores franceses y su distribución por un rango territorial más amplio en el que resaltan ciudades como Aviñon, Douai, Gex y Tournon. Si bien, en esta centuria el creciente absolutismo real intentó regular el establecimiento de imprentas, destacamos que en la colección ulandina de libros antiguos del siglo XVII existe una buena muestra de impresos provenientes de los talleres tipográficos franceses de dicha centuria.

Portada del registro LA-323.
Imagen N° 5.
Portada del registro LA-323.

Entre las composiciones parisinas existentes en la Biblioteca Central, resaltan las de Sebastian Cramoisy15, principal responsable de las ediciones galas de la Compañía de Jesús y quien fuera el primer director de la Imprimerie Royale desde el año 1643 hasta 1660, destacamos títulos como Sancti Fvlgentii episcopi rvspensis. De veritate praedestinationis & gratiae libri III… (1612); De Monarchia Divina, ecclesiastica, et seculari christiana... authore M. Michaele Mauclero doctore sorbonico... (1621); Iacobi Gvtherii in Senatv París, advocati, civis et patricii romani, de officiis domvs avgvstae pvblicae et privatae, libri tres… (1628); y R. P. Corn. Cornelii a Lapide… In Iosve, ivdices, ruth, libros qvatvor regvm, et paralipomenon, commentarii… (1644). Las raíces jesuíticas de la Biblioteca universitaria, permite comprender la presencia de los trabajos de Cramoisy.

En el caso de los impresores establecidos en Lyon, Laurent Anisson ha sido considerado como uno de los más importantes, llegando a conformar una nueva dinastía tipográfica. Laurent Anisson nació en Viena en el año 1600, y aunque su familia estaba dedicada al comercio, decidió aprender el arte de imprimir en el taller de los hermanos Cardon y dedicarse a dicha empresa de manera independiente desde 1632, posicionándose como uno de los más respetados productores de libros en Lyon. Tras su muerte, luego de más de cuarenta años de trayectoria, sus herederos Jacques y Jean continuaron con la empresa familiar fundando la Oficina Anisson, en la Rue Mercière de Lyon. Este taller se llegó a convertir en una editorial tan influyente, que estableció contratos comerciales con libreros españoles e italianos, y además, estableció sociedades con los libreros Claude III Rigaud y Jean Posuel.16


Mapa N° 6

A partir de reconocer un poco la trascendencia de los Anisson como impresores, podemos valorar de una manera más justa los ejemplares que conforman parte del Fondo Antiguo de la Biblioteca ULA. Entre estos destacamos ejemplares como Martihi Bonacinae… Opera omnia in tres tomos distributa… (1617)17; R. P. Didaci de Baeza... Commentariorvm allegoricorvm, et moralivm de Christo figurato in veteri testamento (1642); y Corpvs ivris civiles, in IV. partes distinctvm. eruriditissimis Dionysii Gothofredi i.c. clarissimi notis illustratum… (1662). Cabe destacar que, también existe en dicho acervo algunas muestras de las impresiones realizadas en sociedad con Posuel, Rigaud, Boissat y Devenet, así como varias de sus herederos.

Portada del registro LA-653.
Imagen N° 6.
Portada del registro LA-653.

A modo de cierre del presente apartado, destacamos la multiplicidad de lugares de edición así como de impresores y talleres tipográficos, de los cuales, provienen los centenares de libros que conforman el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central “Tulio Febres Cordero” de la Universidad de Los Andes. Es innegable que al entrar en contacto directo con estos impresos, es posible palpar los avances del arte de imprimir en Europa; asimismo, se logra entrar en razón de los alcances de la circulación de volúmenes en tiempos coloniales. El análisis sobre el tráfico trasatlántico de libros, ha sido un aspecto que permitió comprender la conformación de bibliotecas en los lugares más apartados de las provincias hispanas en ultramar; los millones de libros que arribaron a las Indias — tal y como lo determinó Irving Albert Leonard en The books of the brave —, sólo fue posible gracias a redes comerciales diseñadas en muchos casos sólo para abastecer las demandas del Nuevo Mundo. Esto sin pretender profundizar en otro importante mecanismo para el envío de mercancías hacia América, el contrabando.

1. Los libros antiguos en Suramérica: los viajes a la Mérida colonial

Algunos libros que actualmente conforman parte del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central “Tulio Febres Cordero” de la Universidad de Los Andes, trascienden los límites cronológicos de la misma fundación de la Ciudad Serrana. Este hecho puede explicarse si se tiene en cuenta los alcances del comercio y la circulación de impresos tanto en la Europa del siglo XVI como en Hispanoamérica desde finales de esta misma centuria. En este sentido, los viajes internos en el “viejo” continente así como las caravanas transatlánticas permitieron la llegada de los primeros libros a los principales núcleos poblados en América; asimismo, en lo concerniente a la presencia de impresos en la Mérida colonial fueron determinantes las actuaciones de la orden jesuítica y, posteriormente, la de los primeros obispos de la diócesis de Mérida de Maracaibo.

Si partimos de la premisa del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien ha expresado que de los diversos instrumentos utilizados por el hombre, el libro ha sido el más asombroso ya que actúa como una extensión de la memoria y de la imaginación18, podemos comprender la razón por la cual la mayoría de los volúmenes que en principio arribaron a nuestras tierras, eran de contenido religioso. Sin embargo, los hombres de la Compañía de Jesús rompieron con esta tendencia y embarcaron grandes cantidades de impresos tanto para llevar a cabo sus labores evangelizadoras como para desarrollar labores educativas. En consecuencia, para el logro de dicha empresa los jesuitas conformaron en el siglo XVII importantes bibliotecas a lo largo y ancho de los dominios hispánicos.

A partir de los inventarios realizados a distintas librerías jesuíticas, resalta a simple vista lo selectas y organizadas de las mismas, lo cual refleja que la memoria y la imaginación de los religiosos de la Compañía se distanciaba notablemente de la mentalidad de otras órdenes religiosas. Gracias a esta particularidad, no cabe duda que algunas áreas del conocimiento como la medicina, farmacopea, filosofía, escolástica e historia, entre otras que eran propias de los avances del pensamiento europeo del siglo XVII, se difundieron por los territorios de ultramar. Sin embargo, la dispersión que sufrieron estas librerías a consecuencia del decreto de expulsión emitido por Carlos III en el año 1767, derivó en la pérdida de un gran número de impresos y, por ende, de todo un legado cultural.

Una Biblioteca Jesuítica en las cumbres andinas

Para el caso merideño, desde el siglo XVI y a la par de la predicación religiosa, se emprendieron un conjunto de prácticas escolares que tenían como fin instruir a los hijos de españoles y criollos en las primeras letras. Ya para el siglo XVII, específicamente en el año 1628, la Compañía de Jesús estableció el Colegio “San Francisco Javier” en una de las esquinas adyacentes a la Plaza Mayor, por lo que a partir de entonces Mérida contó con una institución académica a la que acudieron un nutrido grupo de jóvenes para adiestrarse en primeras letras, latinidad, filosofía, derecho y teología; antecedente que es considerado hoy como el primer colegio de humanidades de Venezuela.19 En este sentido, un capítulo especial en el proceso de conformación de las colecciones de impresos antiguos existentes actualmente en la Universidad de Los Andes, se debe a la presencia de la Compañía de Jesús en los Andes venezolanos entre los años 1628 y 1767.

Los Jesuitas han sido reconocidos por numerosos investigadores e historiógrafos como la orden de mayor influencia sociocultural en Hispanoamérica y, por ende, su huella ha quedado indeleble en la historia de Mérida. Como señala Edda Samudio, la presencia jesuítica se puede registrar desde el año 1614, año en que pudo haber surgido la idea de instaurar un colegio en la región, pues para la época, Mérida ya mostraba signos de crecimiento económico y demográfico: “…para los vecinos merideños no era desconocida la función que los jesuitas cumplían en la formación de los jóvenes, antes de que se fundara el plantel en la ciudad, era conocido que los hijos de aquellos se formaban en el Colegio-Seminario (San Bartolomé).20 No obstante, fue en el año 1628 cuando se instauró el Colegio “San Francisco Javier de Mérida” con la ayuda de los religiosos Juan de Arcos y Juan de Cabrera, siendo ubicado en una de las casas más humildes adyacente a la Plaza Mayor. Igualmente señala:

…en aquel inmueble se inició la existencia del primer centro de educación en Mérida; posteriormente, en la misma manzana, aparte del Colegio con sus aulas, la biblioteca y las dependencias administrativas, se encontraba la iglesia y la residencia de los Padres de la Compañía de Jesús y, además, una tienda que mantenían en la casa que se encontraba en la esquina oeste de la cuadra, propiedad del colegio.21

Desde aquellos tiempos, el colegio jesuítico mantuvo activas sus labores formativas en nuestra ciudad hasta el año 1767, momento en que estos religiosos fueron expulsados. Habían transcurrido así 139 años en los que el Colegio “San Francisco Javier” de Mérida se dedicó a la formación espiritual, académica y humanística de numerosas generaciones, siempre apoyada en la Ratio Studiorum.

La Ratio atque Institutio Studiorum Societatis Jesu,22 fue una especie de instrumento técnico y metodológico sobre el cual el modelo de educación jesuítica en Europa cobró forma. En el plan de estudios expuesto en la Ratio Studiorum existían tres ciclos,23 en los cuales, todo el componente humano (autoridades, profesores, ayudantes y estudiantes) tenían reglas generales y específicas a seguir que además eran adaptables a las necesidades de los distintos contextos espacio-temporales. A su vez, existían tres momentos claves dentro de la pedagogía jesuítica orientados al éxito de las lecciones impartidas: la prelección, entendida como el momento en que el profesor explicaba sus contenidos de manera clara y con moderación, teniendo en cuenta los instrumentos de apoyo a su alcance y la capacidad individual de los alumnos; un segundo momento era dedicado a la repetición, práctica que permitía al estudiante memorizar lo principal y lo más útil de cada lección, permitiendo así ejercitar la memoria y fomentar el ingenio; por último, la aplicación, ejercicios o concertación, momento en que a través de debates entre alumnos o ejercicios prácticos grupales coordinados por el profesor, eran puestos en práctica los conocimientos aprehendidos y ejercitada la capacidad del discurso. Asimismo, el éxito de este modelo educativo estaba vinculado a la presencia del recurso bibliográfico y, por ende, todo lo inherente a la gestión bibliotecaria fue sujeto a regulaciones.

El valor que se daba a los libros por parte de la Compañía de Jesús, se reflejaba en la conformación y organización de bibliotecas a partir de normativas que se remontan a los tiempos de Loyola. Seguidamente, con la Ratio Studiorum estas disposiciones fueron perfeccionadas y dieron lugar a bibliotecas selectas, clasificadas y actualizadas, en cuya gestión se tenía en cuenta el correcto uso de los libros por parte de profesores y estudiantes y se pre-establecía que las autoridades debían tratar constantemente con los libreros, con lo cual se aseguraba que no faltaran los libros más usados y se adquirieran los que se esperaban utilizar en el año escolar siguiente.

Por otro lado, para garantizar el correcto funcionamiento de cada uno de los cargos internos en los colegios o universidades jesuitas fueron redactadas las Regulae Societatis Iesu. En dicha normativa, fueron incluidas las Regulae Praefecti Bibliothecae orientadas específicamente a la normalización del cargo de bibliotecario o “prefecto” de la biblioteca. El desarrollo continuo de las reglas inherentes a la correcta administración de las colecciones bibliográficas, demostraba el valor trascendental de los libros para el funcionamiento pedagógico y cultural de los centros de estudios. Según Aurora Miguel Alonso:

Es importante partir de este texto para el estudio de cualquier colección libraria jesuita, pues especifica detalladamente todo el funcionamiento de la biblioteca. Señala normas específicas para su apertura, la selección de los libros, préstamos, creación de una colección pensada para los estudiantes o profesores del centro, independiente de la más completa del centro y, por último, la redacción de los dos catálogos imprescindibles en la biblioteca: el catálogo de autores y el de materias, este último, coincidente con la colocación del fondo en las estanterías. Unas pautas tan específicas dieron lugar a la homogeneización completa de las bibliotecas de la Compañía de Jesús, facilitada además por repertorios específicos que permitieron mantener esta homogeneidad en toda Europa y en la América colonial.24

Es decir, para el inicio del siglo XVII ya se había conformado todo un marco normativo específico en cada uno de los pasos de la gestión bibliotecaria, teniendo especial atención en la vinculación entre los fundamentos ideológicos y académicos de la Compañía y la conformación de colecciones que brindaran apoyo directo en el logro de sus objetivos.

Finalmente, la organización y el uso de las bibliotecas jesuíticas continuó perfeccionándose, y toda la experiencia reunida fue adaptada en la tarea evangelizadora y formativa en Hispanoamérica. Las innumerables cajas de libros que cruzaron el Atlántico como parte del equipaje de estos religiosos, permitieron conformar bibliotecas que de antemano eran entendidas como el principal instrumento para adoctrinar y extender los dominios de la religión católica, además de ser el apoyo para la vida cotidiana y académica de los jesuitas. De esta manera, los compendios reunidos por la Compañía en la Nueva España, por ejemplo, fueron los más ricos en aquellos territorios,25 y esta fue una constante en todos los lugares en donde los seguidores de Loyola se lograron instalar, incluyendo los Andes venezolanos.

Los trabajos de Ildefonso Leal26 y José del Rey Fajardo27, han comentado y dado a conocer parte de los inventarios de libros registrados en el proceso de expulsión de los jesuitas de los núcleos establecidos en la Venezuela colonial. Sin embargo, la investigación que sustenta el presente estudio parte de un esfuerzo empírico desarrollado directamente en el actual Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA, el cual, nos ha permitido afirmar que buena parte de los volúmenes de los siglos XVI y XVII pertenecieron a la orden jesuítica. Dicha afirmación, además de tener sus bases en la presencia del ex libris28 con el que eran identificados los impresos de los jesuitas instalados en la Mérida colonial29, también tiene que ver con la identificación de autores e imprentas jesuitas. (Imágenes N° 7 y 8)


Gráfico N° 1

Volúmenes del siglo XVI y XVII con el ex libris de la Compañía de Jesús existentes en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central “Tulio Febres Cordero”

Distintos autores han opinado sobre las proporciones de la Biblioteca reunida por los jesuitas en Mérida. Ildefonso Leal, a propósito del inventario de bienes levantado en julio de 1767, expresó que eran dos los aspectos más destacables en dicho documento: la biblioteca y el patrimonio económico del Colegio de Mérida. Sobre los libros agregó:

Aunque es poco lo que se sabe sobre las bibliotecas coloniales venezolanas, no es aventurado afirmar que la del colegio merideño contenía un buen número de obras sobre filosofía, teología, derecho y medicina. En total se inventariaron 450 volúmenes “de las obras que se encontraron enteras”, sin incluir los libros duplicados “y otros tronchados… que no se han reducido a tan prolijo inventario”.30

“De la Compañía de Jesús de Mérida”.
Imagen N° 7. Ex libris
“De la Compañía de Jesús de Mérida”.
Portada del registro LA-223.

“Del Colegio de la Compañía de Jesús de
Mérida. Librería”
Imagen N° 8. Ex libris
“Del Colegio de la Compañía de Jesús de Mérida. Librería”
Portada del registro LA-623.

Por su parte, historiadores como Edda O. Samudio A., José del Rey Fajardo y Manuel Briceño Jáuregui, han expresado que la biblioteca constituida en el Colegio Jesuita de Mérida fue fundamental para impartir las clases, y que gradualmente logró convertirse en un acervo bibliográfico que llegó a contener, según un inventario finalizado el 22 de Octubre de 1771, 883 títulos.31 Estos mismos académicos, luego de analizar dicho documento y de establecer analogías con otros inventarios, señalaron que: “Las huellas del siglo XVI y XVII en la biblioteca merideña son inconfundibles. El siglo XVIII se hizo muy tímidamente presente quizá por las penurias económicas del colegio”.32

Por su parte, Tulio Febres Cordero − reconocido como el “patriarca” de las letras merideñas − también se dedicó a indagar sobre las proporciones de la biblioteca jesuítica merideña. En un escrito titulado “Antigua biblioteca de los Jesuitas de Mérida”,33 cuya fuente de información fue un documento hallado en el archivo de la Universidad de Los Andes, Don Tulio expresó que era probable que a la biblioteca del Colegio “San Francisco Javier” pertenecieran varios volúmenes casi incunables presentes a inicios del siglo XX en la biblioteca universitaria. Además agregó:

…la Biblioteca de los P.P. Jesuitas en Mérida, la componían, para el tiempo de expulsión, los siguientes volúmenes:

En folio 394

En cuarto 433

En octavo 198

En dieciseisavo 33

Suman…………. 1.058 volúmenes.

Estos libros fueron entregados por la autoridad civil a los P.P. Dominicos, junto con otros bienes muebles e inmuebles por haberlo así dispuesto el gobierno español en real cédula.34

Así, luego de haber valorado los impresos antiguos existentes en Universidad Serrana, y teniendo como base el mencionado documento, afirmó: “Efectivamente, esos libros y otros destruidos por el terremoto de 1812 y desaparecidos a través del tiempo, pertenecieron a la Biblioteca que en Mérida fundaron los P.P. Jesuitas”.35

Cualquiera que sea el criterio usado para contabilizar esta importante biblioteca, se trataba de una cantidad importante de libros teniendo en cuenta el contexto merideño del siglo XVII. No obstante, con el decreto de expulsión muchos de los compendios bibliográficos reunidos por los jesuitas en Hispanoamérica no fueron aprovechados ni valorados por las órdenes religiosas a las que le fueron adjudicados, siendo una constante la dispersión y pérdida de volúmenes. Al respecto, autores como María Idalia García Aguilar han expresado que la historia de la “transmisión” de los libros que habían pertenecido a los jesuitas fue tanto enredada como tortuosa, dando como resultado una enorme pérdida cultural que aún se intenta subsanar.36

Cabe destacar que, la librería existente en el Colegio de los Jesuitas expulsados luego de un enredado pleito administrativo, pasó efectivamente a las manos de los religiosos los Dominicos en el año 1779, por disposición del Virrey. Posteriormente, este mismo compendio bibliográfico llegó a conformar parte de los bienes de la Casa de Estudios iniciada por Ramos de Lora. Finalmente, el gran aporte religioso y cultural realizado por la Compañía de Jesús en la Mérida colonial, pudo verse materializado gracias a su importante colección bibliográfica. Dicho compendio bibliográfico contenía un buen número de obras sobre filosofía, teología, derecho y medicina, destacando además la presencia de autores como Suárez y Molina cuya influencia ideológica fue vinculada con en el proceso independentista. En este sentido, la biblioteca de los jesuitas asentados en la meseta andina fue la principal colección bibliográfica que existió en la región, tanto por el número de volúmenes como por la significación y representación de cada una de sus obras en el contexto geohistórico colonial venezolano.

B. Los libros de los primeros obispos: el arribo de los impresos como símbolo de conocimiento, poder, prestigio y riqueza en la Mérida Colonial

Con la Bula de Erección de la Diócesis de Mérida de 1777 se inició un periodo de rehabilitación en la meseta merideña, desatendida religiosa y educativamente desde la expulsión de los jesuitas. La gran distancia y los dificultosos caminos entre Mérida y Santa Fe de Bogotá, fueron otras de las causas que generaron el descuido doctrinal, por lo cual, los feligreses iniciaron una serie de demandas a las instancias correspondientes para corregir tal abandono. Luego de haber sido analizadas por la curia romana dichas solicitudes, el papa Pío VI consideró atender “la necesidad que había de proveer de pasto espiritual a los residentes de aquella vasta Provincia”,37 decidiendo crear una Diócesis en la región.

Fray Juan Ramos de Lora, oriundo de Sevilla, fue nombrado como el primer obispo de la Diócesis de Mérida de Maracaibo por Real Cédula Ejecutorial firmada en enero de 1783. Este religioso franciscano, quien había pasado cerca de dos décadas encabezando las labores misionales entre Sierra Gorda y la Baja California, zarpó desde Veracruz para desembarcar en el Puerto de Maracaibo el 16 de marzo de 1784 a bordo del paquebote “Nuestra Señora del Rosario”; luego de una estadía de casi once meses en tierras lacustres, inició su periplo hacia los Andes merideños. A través de los registros aduaneros,38 ha sido posible determinar que traía en su equipaje dos docenas de Artes de Nebrija por los cuales canceló un impuesto de 120 reales de plata.39 Estos impresos le permitirían iniciar con las labores doctrinales y formativas exigidas por las nuevas políticas implementadas por Carlos III en el siglo XVIII, entre las cuales, se estipulaba la creación de un centro de estudios eclesiásticos y superiores en la capital de cada nueva sede episcopal.

El cumplimiento de esta disposición constituyó el objetivo inicial de Ramos de Lora, por lo que el primer paso dado fue la puesta en marcha de una “casa de educación” para los jóvenes inclinados a seguir el estado eclesiástico, cuyas constituciones fueron redactadas el 29 de Marzo de 1785. En el lustro siguiente, la “casa de estudios” que al inicio permitió la formación religiosa de dieciocho jóvenes, pasó a convertirse en Seminario Conciliar en 1786, luego en Colegio Seminario Tridentino en 1787, hasta alcanzar el título de Real Seminario de San Buenaventura de Mérida en 1789, momento en que dicho instituto contaba ya con más de cuarenta estudiantes. Las instalaciones del convento franciscano sirvieron como el establecimiento de aquel “centro de luces”. No obstante, este primer obispo se encargó de la construcción de un nuevo edificio. En este sentido, para el día 21 de Junio de 1790, el mayordomo a cargo de la nueva sede, Don Juan Moreno, elaboró un documento en el que fue descrita la distribución espacial de la recién construida estructura, documento que permitió determinar la existencia temprana de un espacio para albergar los libros existentes: “En lo alto de estos ángulos principales se hallan diez y ocho quartos con sus tamaños proporcionados, uno de los cuales sirve de librería que queda contiguo á la Capilla.”40

Esta librería albergó la colección de impresos reunida por el mismo Fray Juan Ramos de Lora, la cual, fue donada al seminario el 5 de Agosto de 1790 a través de documento público. Esta información nos ha permitido determinar que durante su estancia en la Diócesis de Mérida de Maracaibo, y ejerciendo plenamente sus labores religiosas, el primer obispo logró reunir una biblioteca de 617 volúmenes. Por su parte, Agustín Millares Carlo, entendido como el último especialista que se dedicó al estudio razonado del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central ULA, infirió que el sevillano no se desprendió de sus libros hasta que el nuevo edificio del Seminario, ya terminado, contara con un local adecuado.41 Además, el contenido de dicha colección pudo conocerse a través del inventario y avalúo realizado el 29 de abril de 1791 por Juan Nucete, con la intención de entregar los libros al señor Luis de Villamizar, provisor, vicario general y gobernador del obispado de Mérida.

Ildefonso Leal en su artículo “Inventario y Avalúo de la Biblioteca del Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida. Año 1791”,42 analizó con detenimiento el contenido de esta biblioteca. Si bien, los datos bibliográficos del avalúo son sucintos, se logró dar a conocer que predominaban las obras teológicas, algunos clásicos (Virgilio, Cicerón y Horacio), así como las obras de derecho y de literatura. Sin embargo, es importante destacar que, de los volúmenes de los siglos XVI y XVII que reposan hoy en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes, sólo existen seis plenamente identificados con el ex libris “Librería del Sr. Lora. Mérida”.43 Los contenidos de estos impresos, se corresponden con las áreas del conocimiento que todo religioso debía manejar (liturgia, teología y derecho canónico). Con todo, otros contenidos como el derecho civil, representado por la obra de Nonius Acosta titulada Tractatvs de privilegiis creditorvm resolvtione et extinctione ivris hypothecarum constituti in bonis per communem debitorem legitime acquisitis seu possessis, y el derecho penal, por la obra de Josse van Damhouder, Praxis rervm civilivm, praetoribvs, propraetoribvs, consvlibvs, proconsvlibvs, magistratibvs, reliqvisque id genvs ivstitiariis ac officiariis…, permiten acercarnos a los múltiples significados concatenados en la labor encargada a Ramos de Lora como primer obispo de la diócesis de Mérida.

Fallecido el primer obispo de Mérida en el año 1790, fue nombrado Fray Manuel Cándido Torrijos como su sucesor. Este religioso neogranadino quien se encontraba en España al momento de su nombramiento, tomó rumbo hacia la sede del obispado y llegó en agosto de 1794, trayendo consigo una biblioteca de cuyas proporciones se ha especulado, siendo motivo de controversias y opiniones encontradas. La crónica de Ildelfonso Leal que lleva por título “La Biblioteca del Obispo de Mérida Fray Manuel Cándido de Torrijos en 1792”,44 es de gran pertinencia para toda investigación en este sentido, ya que los datos expuestos permiten entrever las proporciones, alejados del mito de los 30.000 volúmenes, de esta sobresaliente biblioteca:

Torrijos embarcó en el Bergantín “El Areñón”, de 112 toneladas, en Cádiz, el 25 de abril de 1792. Traía un voluminoso equipaje: 65 cajones de libros, más de 8 baúles y 10 cajas marcadas y numeradas [...] En total, Torrijos embarcó 3.000 (tres mil) libros de las más diversas materias. 45

En este sentido, en el voluminoso equipaje de Torrijos venían cerca de tres mil impresos de las más diversas materias; tal número de ejemplares fue tergiversado por distintos autores durante el siglo XIX y parte del XX, quienes al opinar sobre dicha colección expresaron que se trataba de una biblioteca de treinta mil volúmenes.46

Adentrándonos en las especificidades de esta “mítica” biblioteca, ha sido posible determinar que Torrijos había procurado mantenerse al día con los últimos adelantos del pensamiento ilustrado. El historiador Homero Calderón,47 quien ha estudiado detalladamente la minuta de esta colección, señala que entre sus libros se encontraban títulos de los más variados géneros: literatura, clásicos de la antigüedad grecolatina, medicina, derecho, matemáticas, física, geografía, historia, filosofía, diccionarios, teología, y naturalmente, una buena parte de obras de carácter religioso: hagiográficos, bíblicos, litúrgicos, etc. Por otro lado, el ya citado Ildefonso Leal48 agregó a las temáticas anteriores otros títulos incluidos en áreas como la química, farmacopea y geografía, es decir, se trataba de una biblioteca de preocupaciones enciclopédicas y de vanguardia en la que se destacaban excelsas publicaciones, a saber: 34 tomos del periódico madrileño del siglo XVIII, “El Seminario Erudito”; 15 tomos de las obras de Feijóo; El Quijote de Miguel de Cervantes; las obras de Aristóteles, Cicerón, Fray Luís de Granada, Séneca y Santo Tomás; La Historia de la Iglesia y del Mundo de Gabriel Álvarez de Toledo; la Monarquía Indiana, de Torquemada; la Biblioteca Oriental y Occidental de Antonio León Pinedo, 16 tomos del famosísimo Espectáculo de la Naturaleza del abate Noel Antonio Pluche; los cinco volúmenes de Institutiones philosophicae, de Antoine de Malvin; las obras Diss. de experientia et ratione conjungenda in physica, medicina et chirurgia y las Institutiones physicae, ambas de la autoría de François Bayle; los títulos Medicina rationalis systematica, Medicina Consultatoria y Theoremtata Physica, del alemán Friedrich Hoffmann; las obras Física Moderna, racional y experimental y Lógica moderna, o arte de hallar la verdad y perfeccionar la razón, de Daniel Sennert; la Opera Mathematica, de Cristóbal Clavius; los Elementos de Física de José Sigaud de Lafond; los Principios de matemáticas de Benito Bails; y la Opera Médica de Herculeo Sajón; entre otras curiosidades bibliográficas.

Cabe resaltar que, los libros de distintas áreas de la ciencia aportados por el segundo obispo de Mérida, dieron realce y renovaron la colección de la biblioteca del seminario en el ocaso del siglo XVIII. Según Héctor García Chuecos, en la biblioteca del segundo Obispo de Mérida se hallaron libros de ideas tan avanzadas, que a su muerte repentina tres meses de tomar posesión de la diócesis, el Comisario de la Inquisición tuvo que intervenir para extraerlos de ella.49 Una vez fallecido el Obispo Torrijos el 20 de noviembre de 1794, sus posesiones pasaron a conformar los bienes del Colegio Seminario fundado por su antecesor.

El siglo XIX se inició con la dirección obispal de Santiago Hernández Milanés, quien además de iniciar la construcción de la catedral de Mérida según los planos de la de Toledo y lograr en el año 1806 la merced real para que el Seminario otorgase grados mayores y menores, también realizó importantes labores en función del crecimiento de la biblioteca. Las solicitudes correspondientes para elevar el Seminario de Mérida a la categoría de Universidad fueron iniciadas desde el año 1790 por Francisco Javier de Irastorza y el Cabildo eclesiástico, recibiendo como primera respuesta una negativa por parte de las del claustro pleno de la Universidad de Caracas, quienes argumentaron en contra del proyecto de una Universidad para Mérida que, el Seminario San Buenaventura no alcanzaba el necesario número de cursantes y no poseía una librería suficiente para la instrucción de las artes y ciencias.50

En tal sentido, el obispo Hernández Milanés junto a Irastorza y su comitiva en su interés por que se otorgara la licencia real, alegaron que los alcances de la biblioteca del Seminario de Mérida eran más que aceptables. En dicha respuesta se argumentó, que el acervo bibliográfico se había conformado con la librería del obispo Ramos de Lora de 617 volúmenes, con otros ejemplares que se fueron agregando sin grabar las rentas y que contenía autores selectos por haber sido encargada a España, que así mismo se había sumado la copiosa librería que condujo el reverendo obispo Cándido Torrijos que alcanzaba 2.940 obras y la de los conventos de Santo Domingo, San Agustín y del suprimido de San Francisco.51 Este documento permite reconocer el gran valor que tenían las bibliotecas en el contexto sociocultural de la Hispanoamérica colonial.

Luego de tales esfuerzos, fue concedida la facultad de otorgar grados mayores y menores en filosofía, teología y derecho canónico, fechada en Aranjuez el 18 de junio de 1806. Desde dicho momento, el seminario de Mérida estuvo al mismo nivel que las universidades de Caracas y Santa Fe. La noticia de haber conseguido la Gracia Real, fue difundida por Hernández Milanés a través de una carta pastoral leída a sus feligreses el día 23 de mayo de 1808, realizando además un llamado a los pobladores para continuar trabajando y lograr aventajar así a las casas de estudios vecinas, acto que implicaba el aumento de la biblioteca:

… todos unidos procuremos adelantar este establecimiento según ntras. Fuerzas. Los eclesiásticos deben fácilmente contribuir sin dispendio de sus rentas, y de sus herederos dexando al fin de sus dias sus pocos, ó muchos libros á la Biblioteca del Seminario, pues sus herederos en comun, ó dexan perder los libros, ó los venden de modo que casi nada les valen.52

De esta manera, como una muestra del compromiso asumido y esperando ser una referencia a seguir, el mismo obispo Hernández Milanés donó su colección privada de libros, la cual, alcanzaba 544 ejemplares.

Según el inventario hallado por el Dr. García Chuecos en el Archivo del Registro Principal de Caracas, la biblioteca del cuarto obispo de Mérida alcanzaba la suma antes comentada, tratándose en su mayoría de obras teológicas y literatura religiosa, siendo esto algo natural debido al carácter de su dueño y al ambiente predominantemente doctrinal de la época. No obstante, también incluía volúmenes de Derecho Civil, entre los que se destacaban las obras de Solórzano, las Institutas de Binnio, las de Castilla, el Derecho Público de Olmedo, la Novísima Recopilación de las Indias y el Teatro de Legislación; de Derecho Canónico, entre las cuales figuraban el Derecho Público Eclesiástico de Lockis, las Instituciones Eclesiásticas de Benedicto XIV y Cabalario, las Colecciones Canónicas de Lougat, las Decretales de Giraldi, el Derecho Eclesiástico de Barardi y el Derecho Canónico de Rupret y Van Spen; de Filosofía, con obras de pensadores como Muratori, Condillac y Eximeno; de Literatura profana, entre estos el Quijote de Cervantes, el Telémaco de Fenelón, las Recreaciones de Arnaul, la Historia Natural de Buffon, la Agricultura de Feijó y la Medicina de Bouchon; de Pedagogía y Enseñanza secundaria, con algunas obras de Gramática Castellana, Geografía, Viajes, Embriología, Aritmética; y finalmente, algunos diccionarios de castellano, latín, francés, geografía, agricultura y uno de siete lenguas.53

Hernández Milanés continuó con sus labores religiosas, culturales y educativas en la ciudad de “sierras nevadas”, otorgando los primeros grados académicos en el mes de Diciembre de 1808. De manera seguida, toda la Provincia de Venezuela se vio inmersa en avatares a causa de los movimientos revolucionarios que encontrarían un punto álgido en los sucesos del 19 de abril de 1810, acciones que resultaron en el establecimiento de Juntas Patrióticas defensoras de los Derechos de Fernando VII. Por su parte, la junta establecida en Mérida dispuso la creación de la Real Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros, el 21 de septiembre de 1810.


Mapa N° 7

La existencia actual de fondos antiguos en ciudades como Mérida (Venezuela), rompe por completo con la noción de un contexto colonial hispanoamericano culturalmente limitado por los “férreos” controles de las autoridades metropolitanas. En este sentido, este tipo de acervos permite al investigador cultural, al historiador, al economista, al bibliotecólogo, entre otros, reubicar sus “enfoques” y obtener así imágenes más nítidas sobre un contexto espacio temporal que realmente fue dinámico en todos sus perfiles. Aquella empresa de conocimientos de alcance intercontinental, alimentó el imaginario del viajero aventurero, del conquistador, del religioso del representante de los intereses de la corona; sin embargo, el mismo “poder” alojado en el libro, proporcionó contradictoriamente el ideario político que condenó los intereses colonialistas de la corona hispana.

A modo de conclusión

Como ha quedado señalado a lo largo de este trabajo, la imprenta occidental y los libros antiguos en Hispanoamérica son el resultado de la labor llevada a cabo en los centros impresores europeos que, tras la larga marcha de la imprenta, el papel y la tinta utilizaron los puertos hispanos para el tránsito de sus productos culturales. El hecho de que lo viajes a América aumentara la demanda del libro, generó nuevas formas de comprender el valor económico y sociocultural de los impresos. La difusión de conocimientos fue posible gracias a la vertiginosa evolución del acceso a libros, lo cual se tradujo en un cambio en la mentalidad del hombre, en sus métodos de trabajo y en la experimentación del mundo.

Por esta razón, ha de considerarse el movimiento que cobró vida desde el barrio de libreros de Chengdu, el paso de la tecnología del libro por el mundo islámico representado en bibliotecas como las de Al-Hakam II, hasta su recepción en el contexto mediterráneo europeo. Es decir, es importante buscar siempre el otro ángulo de esa historia que palpita antes de imprenta de Gutenberg, y en el caso de América, antes de la primera Biblia que llegó en los barcos de Colón.

Para acercarnos al contexto de los “viajes del libro” a la América hispana, hemos tomado como ejemplo la colección de libros del siglo XVI y XVII del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes (Mérida-Venezuela), la cual nos permitió situar tanto los principales centros tipográficos europeos para la época y la cantidad de impresores en cada uno de ellos, como una muestra importante de sus producciones en parajes sudamericanos. Por otro lado, aunque las imprentas hispanas han tenido una mayor presencia dentro de este diagnóstico, el desarrollo logrado por la industria tipográfica en Francia e Italia permitió la presencia de un buen número de obras impresas no españolas, cuyos vestigios pueden rastrearse desde Europa hasta los estantes de la biblioteca universitaria emeritense. En este sentido, los viajes internos en el “viejo” continente así como las caravanas transatlánticas permitieron la llegada de los primeros libros a los principales núcleos poblados en América; asimismo, en lo concerniente a la presencia de impresos en la Mérida colonial fueron determinantes las actuaciones de la orden jesuítica y, posteriormente, la de los primeros obispos de la diócesis de Mérida de Maracaibo.

La existencia actual de fondos antiguos en ciudades como Mérida (Venezuela), rompe por completo con la noción de un contexto colonial hispanoamericano culturalmente limitado por los “férreos” controles de las autoridades metropolitanas. Este tipo de acervos permite al investigador cultural, al historiador, al economista, al bibliotecólogo, entre otros, reubicar sus “enfoques” y obtener así imágenes más nítidas sobre un contexto espacio temporal que realmente fue dinámico en todos sus perfiles. La antigua empresa del libro de alcance intercontinental, alimentó el imaginario del viajero aventurero, del conquistador, del religioso del representante de los intereses de la corona; sin embargo, el mismo “poder” alojado en el libro, proporcionó contradictoriamente el ideario político que condenó los intereses colonialistas de la Corona hispana.

Fuentes consultadas

1 Araque, Oneiver Arturo. Conventos Coloniales de Mérida 1591-1886. Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, Rectorado-Secretaría, Archivo Histórico, 2004.

2 Arellano, Argenis. Historia Cultural del Fondo Antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes (Libros de los siglos XVI y XVII). (Trabajo de Grado para optar al título de MSc. en Historia de Venezuela). Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, 2017; 521 pp.

3 Arellano, Argenis. Lugares de la palabra: Historia Cultural de la(s) Biblioteca(s) de la Universidad de Los Andes. (Memoria de Grado para optar al título de Lcdo. En Historia). Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, Escuela de Historia, 2011; 225 hh.

4 Arellano, Argenis. “El libro y los espacios bibliotecarios de la Universidad de Los Andes (Mérida- Venezuela)”. En: Procesos Históricos. Revista de Historia y Ciencias Sociales. N° 28 (Mérida- Universidad de Los Andes, Julio-Diciembre de 2015); pp. 170-190. Disponible en:

5 Borges, Jorge Luis. Borges Oral. Madrid: Alianza Editorial S.A., 2000.

6 Burke, Peter (ed.). Formas de hacer historia. Madrid: Alianza Editorial, 1993.

7 Calderón, Homero. “La Biblioteca de Torrijos, minuta de un tesoro bibliográfico”. En: Boletín del Archivo Histórico. Año: 7, Nº 11 (Mérida-Secretaría Universidad de Los Andes, Enero-Junio de 2008); pp. 13-27.

8 Calderón, Homero. y Juan Márquez. “Los Libros de Medicina de la Minuta Torrijos”. En: Boletín del Archivo Histórico. Año: 14, Nº 26 (Mérida-Secretaría Universidad de Los Andes, Julio-Diciembre de 2015); pp. 51-142.

9 Clemente San Román, Yolanda. “Los catálogos de librería de las sociedades Anisson-Posuel y Arnaud-Borde conservados en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense”. En: Revista General de Información y Documentación. Vol. 20 (Madrid, 2010); p. 353-389.

10 Chalbaud Cardona, Eloi. Historia de la Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela: Ediciones del Rectorado ULA, 1970.

11 Delgado, Juan. Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII). Madrid: Arco/Libros, 1996. Fajardo, José del Rey. Las bibliotecas jesuíticas en la Venezuela colonial. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1999.

12 Fajardo, José del Rey, Edda Samudio y otros. Virtud Letras y Política en la Mérida Colonial. Mérida-Venezuela: Universidad Católica del Táchira, 1995.

13 Fajardo, José del Rey, Edda Samudio y otros. El Colegio San Francisco Javier en la Mérida colonial: germen histórico de la Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, Ediciones del Rectorado, 2003.

14 Febres Cordero, José Rafael. Fundación de la Ciudad de Mérida. Mérida (Venezuela): Consejo Municipal del Libertador, 1983.

15 Febres Cordero, Julio. Tres siglos de imprenta y cultura venezolanas 1500-1800. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1959.

16 Febres Cordero, Tulio. “Antigua biblioteca de los Jesuitas de Mérida”. En: : Páginas Sueltas. Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Letras, Centro de Investigaciones Literarias, 1966; pp. 28-29.

17 Febvre, Lucien y Henri-Jean Martin. La aparición del libro. México: Ediciones Uteha, 1962

18 Figueroa, Guillermo. Documentos para la historia de la iglesia colonial en Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1965

19 García Chuecos, Héctor. El Real Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida: 1875- 1810. Cultura intelectual de Venezuela desde su descubrimiento hasta 1810. Caracas-Venezuela: Editorial Arte, Biblioteca de autores y temas merideños, 1963.

20 Garone Gravier, Marina y Albert Corbeto (eds.). Muses de la imprenta: la Dona i les arts del llibre, segles XVI-XIX. Barcelona-España: Museu Diocesà, Associació de Bibliòfils de Barcelona, 2009.

21 García Aguilar, María Idalia. “Imprenta y librerías jesuitas en la Nueva España”. En: María Idalia

22 García Aguilar y Pedro Rueda Ramírez (coords.). El libro en circulación en la América colonial: producción, circuitos de distribución y conformación de bibliotecas en los siglos XVI al XVIII. México: Quivira, 2014; pp. 205-237.

23 Labrador Herraiz, Carmen. “La Ratio Studiorum de 1599. Un sistema educativo singular”. En: Revista de Educación. N° 319 (Madrid-Ministerio de Educación, Cultura y Deporte español, Mayo- Agosto de 1999); pp. 117-134.

24 Leal, Ildefonso. “El Colegio de los Jesuitas de Mérida. 1628-1767”. En: Revista de Historia. Año: IV, Nº 25 (Caracas-Instituto de Estudios Hispanoamericanos UCV, Enero de 1966); pp. 35-43.

25 Leal, Ildefonso. “Inventario y avalúo de la Biblioteca del Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida. Año 1791”. En: Revista de Historia. Año IV, Nº 26-27 (Caracas-Instituto de Estudios Hispanoamericanos UCV, Junio de 1966); pp. 63-90.

26 Leal, Ildefonso. Libros y Bibliotecas en Venezuela Colonial (1633-1767). Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 1978.

27 Leal, Ildefonso. Nuevas Crónicas de Historia de Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1985.

28 Miguel Alonso, Aurora. “La evolución del «Systema Bibliothecae» de la Compañía de Jesús y su influencia en la historia de la bibliografía española”. En: Javier Vergara Ciordia (coord.). Estudios sobre la Compañía de Jesús: los jesuitas y su influencia en la cultura moderna (s. XVI-XVIII). Madrid: UNED, 2003; pp. 361-422.

29 Rodríguez San Pedro, Joaquín. Legislación Ultramarina Concordada y Anotada. Madrid: Imprenta Manuel Minuesa, 1867.

30 Terzo Tariffi. Los Libros Antiguos de la Universidad de Los Andes. (Obra inédita) Mérida- Venezuela: Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes, 1957.

Notas

1 La Fundación de Mérida se remonta al 09 de octubre de 1558, cuando la expedición conquistadora a mando del Capitán Juan Rodríguez llegó a la sierra andina. Se prevé que con la expedición llegaron los primeros libros a la región. Véase: Febres Cordero, José Rafael. Fundación de la Ciudad de Mérida. Mérida (Venezuela), Consejo Municipal del Libertador, 1983; S/a. Probanza de Juan Rodríguez Xuarez. Mérida (Venezuela), Consejo Municipal del Libertador, 1983
2 Al respecto véase la obra de Julio Febres Cordero titulada Tres siglos de imprenta y cultura venezolanas 1500-1800. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1959; p. 97.
3 Al respecto véanse los trabajos de José Del Rey Fajardo, E. Samudio y Briceño M.: Virtud Letras y Política en la Mérida Colonial. Mérida-Venezuela, Universidad Católica del Táchira, 1995; : El Colegio San Francisco Javier en la Mérida Colonial. Germen histórico de la Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela, Ediciones del Rectorado, 2003; y Oneiver Arturo Araque: Conventos Coloniales de Mérida 1591-1886. Mérida-Venezuela, Universidad de Los Andes, Rectorado-Secretaría, Archivo Histórico, 2004.
4 Desde el siglo XVI y hasta los inicios del XIX, fue común en la realidad hispanoamericana el empleo del término librería para aludir a las colecciones de libros reunidas en un espacio determinado tanto por individuos como por congregaciones.
5 Consúltese: Lucien X. Libros en llamas: Historia de la interminable destrucción de biblioteca. México: Fondo de Cultura Económica, 2007.
6 Cabe acotar que junto al judaísmo y el cristianismo el Islam constituye una de las tres religiones llamadas “religiones del libro”.
7 Jacques Gernet. El mundo chino. Barcelona-Esaña: Crítica, 1999; p. 248.
8 Gracias a la investigación que sustenta este artículo, hemos podido desarrollar un inventario propio del mencionado Fondo, el cual permite prever algunos rasgos de la historia de la imprenta y de su expansión por Europa en los siglos XVI y XVII. Este hecho queda representado en los libros antiguos de la Biblioteca Central “Tulio Febres Cordero” ULA. En consecuencia, tras una clasificación de los impresos de los siglos XVI y XVII, ha sido posible advertir los lugares de impresión y sus correspondientes tipógrafos. De esta manera, con los datos recabados se ha podido organizar una cartografía (histórica) donde se pueden situar, de forma ilustrativa, los principales centros tipográficos, así como los impresores con mayor trayectoria.
9 En este caso, nos referimos al taller dirigido en Salamanca por Andrea de Portonaris, el cual, funcionó entre 1547 y 1568 luego de haber experimentado la dinámica tipográfica de Lyon.
10 Juan Delgado: Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII). Madrid: Arco/Libros, 1996; 2 vol.
11 Marina Garone Gravier y Albert Corbeto (eds.): Muses de la imprenta: la Dona i les arts del llibre, segles XVI-XIX. Barcelona-España: Museu Diocesà, Associació de Bibliòfils de Barcelona, 2009; 280 pp.
12 Antes del año 1630, las obras impresas en este taller llevaban la firma “Herederos de la Viuda de Pedro Madrigal”.
13 La información sobre Jacobo Giunta ha sido consultada en la obra de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin: La aparición del libro. México: Ediciones Uteha, 1962; pp. 130-131.
14 Terzo Tariffi. Los Libros Antiguos de la Universidad de Los Andes. (Obra inédita) Mérida-Venezuela: Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes, 1957.
15 Tras la muerte de Sebastian Cramoisy (1585-1669), su firma fue continuada por su hijo Sebastian Mabre- Cramoisy, quien asumió también los cargos de director de la Imprenta Real e Impresor del rey. Al respecto véase: Yolanda Clemente San Román: “Los catálogos de librería de las sociedades Anisson-Posuel y Arnaud- Borde conservados en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense”. En: Revista General de Información y Documentación. Vol. 20 (Madrid, 2010); p. 356.
16 Sobre los Anisson hemos consultado: Yolanda Clemente San Román: “Los catálogos de librería de las sociedades Anisson-Posuel… op. cit., p. 355.
17 Véase imagen N° 6.
18 Jorge Luis Borges: Borges Oral. Madrid: Alianza Editorial S.A., 2000; p. 9.
19 Consúltese: José del Rey Fajardo S. J.: Las bibliotecas jesuíticas en la Venezuela colonial. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1999; Vol. I, p. 168.
20 Edda Samudio, José del Rey Fajardo y Manuel Briceño J.: El Colegio San Francisco Javier en la Mérida Colonial. Germen histórico de la Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela: Ediciones del Rectorado, 2003; Vol. I, Tomo I, p. 18.
21 Idem.
22 Según Carmen Labrador Herraiz, dicho texto incluye el método y programa de estudio de la Compañía de Jesús. Desde las primeras páginas del impreso original, fue incluida la propia historia del documento que para su consolidación fueron necesarios catorce años de elaboración, experimentación y revisión en orden a conseguir un sistema completo de estudios que fuera, en lo posible, más breve y fácil y que pudiera ponerse en práctica de la misma manera, sin dificultad y suavemente. Para ello, al final de las páginas introductorias se recomendaba a los superiores energía y eficacia en la aplicación de este método, así como ánimo y exactitud en beneficio de los estudiantes. Al respecto véase el artículo de Labrador titulado “La Ratio Studiorum de 1599. Un sistema educativo singular”. En: Revista de Educación. N° 319 (Madrid-Ministerio de Educación, Cultura y Deporte español, Mayo-Agosto de 1999); pp. 117-134.
23 Desde el punto de vista académico, la Ratio Studiorum comprendía tres grandes ciclos. El primero o de Estudios Inferiores, estaba estructurado en base a cinco años y en ellos se impartían tres cursos para el estudio de la gramática (elemental, media, superior), uno para las humanidades y uno para retórica, con las clases distribuidas en dos semestres y los contenidos estrechamente relacionados entre sí. El segundo y el tercer ciclo correspondían a los Estudios Superiores: en el segundo, se organizaba el currículo de filosofía en tres años, en los cuales, el primero era dedicado al estudio de la lógica y matemáticas, el siguiente a la física y la ética, y el último a la metafísica, la psicología y la matemática superior. Finalmente, el tercer ciclo era dedicado exclusivamente a los estudios de teología, se cursaba durante cuatro años por los aspirantes al sacerdocio. Además, para determinados alumnos “de virtud probada y que brillen por su ingenio” se añadían dos cursos más en privado y, de éstos, algunos podían ser promovidos al grado de maestro o doctor. Al respecto véase Carmen Labrador Herraiz: “La Ratio Studiorum de 1599… op. cit., p. 122-123.
24 Aurora Miguel Alonso: “La evolución del «Systema Bibliothecae» de la Compañía de Jesús y su influencia en la historia de la bibliografía española”. En: Javier Vergara Ciordia (coord.): Estudios sobre la Compañía de Jesús: los jesuitas y su influencia en la cultura moderna (s. XVI-XVIII). Madrid: UNED, 2003; pp. 361- 422.
25 María Idalia García Aguilar: “Imprenta y librerías jesuitas en la Nueva España”. En: María Idalia García Aguilar y Pedro Rueda Ramírez (coords.): El libro en circulación en la América colonial: producción, circuitos de distribución y conformación de bibliotecas en los siglos XVI al XVIII. México: Quivira, 2014; pp. 205-237.
26 Ildefonso Leal: “El Colegio de los Jesuitas de Mérida. 1628-1767”. En: Revista de Historia. Año: IV, Nº 25 (Caracas-Instituto de Estudios Hispanoamericanos UCV, Enero de 1966); pp. 35-43; : “Inventario y avalúo de la Biblioteca del Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida. Año 1791”. En: Revista de Historia. Año IV, Nº 26-27 (Caracas-Instituto de Estudios Hispanoamericanos UCV, Junio de 1966); pp. 63-90; y : Libros y Bibliotecas en Venezuela Colonial (1633-1767). Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 1978; 2 Tomos, N° 132 y 133.
27 La gran mayoría de los estudios realizados por el S. J. José del Rey Fajardo, sobre bibliotecas jesuíticas fueron compilados en el trabajo titulado Las bibliotecas jesuíticas en la Venezuela colonial. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1999; 2 vol.
28 Inscripción, sello o marca que se plasma en las portadas de los libros para identificar al dueño y dar testimonio de su posesión.
29 También hay volúmenes en donde la inscripción variaba entre “Colegio de la Soc. de Jhus” o “Del Colegio de la Compañía de Jesús de Mérida. Librería”; en otros
30 Ildefonso Leal: “El Colegio de los Jesuitas de Mérida… op. cit. p. 41.
31 Edda Samudio, José del Rey Fajardo y Manuel Briceño J.: Virtud Letras y Política en la Mérida Colonial. Mérida-Venezuela: Universidad Católica del Táchira, 1995; Vol. II, pp. 135-188. Este inventario fue incluido como un documento anexo, el cual, consiste en la transcripción del inventario desplegado a lo largo de 61 folios y vuelto, que reposa en el Archivo Arquidiocesano de Mérida en la Carpeta “Religiosos, 1749-1780”. Dicho registro de bienes fue elaborado en la ciudad de Mérida a partir del día 20 de Septiembre de 1771 con la colaboración de varios escribanos y ante la presencia del cabildo, y finalizado el día 22 de Octubre del mismo año.
32 Edda Samudio, José del Rey Fajardo y Manuel Briceño J.: El Colegio San Francisco Javier… op. cit. Vol. II, Tomo I, p. 191.
33 Tulio Febres Cordero: “Antigua biblioteca de los Jesuitas de Mérida”. En: : Páginas Sueltas. Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Letras, Centro de Investigaciones Literarias, 1966; pp. 28-29.
34 Ibíd., p. 29.
35 Ibíd., p. 28.
36 Véase el ya citado artículo de esta autora titulado “Imprenta y librerías jesuitas en la Nueva España”. En: María Idalia García Aguilar y Pedro Rueda Ramírez (coords.): El libro en circulación… op. cit. p. 210.
37 Eloi Chalbaud Cardona: Historia de la Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela: Ediciones del Rectorado ULA, 1970; Tomo I, p. 23.
38 Por Real Orden de fecha 5 de Noviembre de 1779, se declaró que todos los equipajes de los provistos en dignidad y empleos, y demás personas que pasaran a las Indias Occidentales, debían registrarse en sus aduanas y exigirse a los efectos embarcados los derechos de reglamento, exceptuando las ropas hechas y de uso de las mismas personas y sus familias o criados, y de las pontificales de los arzobispos y obispos destinados a las mitras de América. Al respecto véase la obra del Dr. Joaquín Rodríguez San Pedro, Legislación Ultramarina Concordada y Anotada. Madrid: Imprenta Manuel Minuesa, 1867; Tomo VII, p. 558.
39 “Ajustamiento de los Dchos. Reales que debe contribuir el Ilmo. Y Reverendísimo Sr. Obispo Diocesano Dn. Fr. Juan Ramos de Lora”. En: Eloi Chalbaud Cardona: Historia de la… op. cit. Tomo I, pp. 58-59.
40 Eloi Chalbaud Cardona. Historia de la… op. cit. Tomo I, p. 106.
41 Agustín Millares Carlo. Libros del Siglo XVI. Descritos y comentados. Mérida-Venezuela: Universidad de Los Andes, Consejo de Publicaciones, 1978; p. 28.
42 Ildefonso Leal. “Inventario y avalúo de la Biblioteca del Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida. Año 1791”. En: Revista de Historia. Año IV, Nº 26-27, (Caracas-Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la UCV, Junio de 1966); pp. 63-90.
43 De estos seis volúmenes, uno corresponde al siglo XVI (LA-82) y cinco al siglo XVII (LA-229; LA-604; LA-350; LA-351; LA-354).
44 Ildefonso Leal. Nuevas Crónicas de Historia de Venezuela. Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1985. Tomo I, pp. 457-460.
45 Idem.
46 Para un acercamiento a la historiografía que dio inicio al mito de los treinta mil volúmenes, véase el apartado “Torrijos y su mítica colección de libros”, en Argenis Arellano: Lugares de la palabra: Historia Cultural de la(s) Biblioteca(s) de la Universidad de Los Andes. Mérida-Venezuela: Tesis para optar a Lic. Historia, Universidad de Los Andes, 2011; pp. 87-95.
47 Homero Calderón: “La Biblioteca de Torrijos, minuta de un tesoro bibliográfico”. En: Boletín del Archivo Histórico. Año: 7, Nº 11 (Mérida-Secretaría Universidad de Los Andes, Enero-Junio de 2008); pp. 13-27.
48 Ildefonso Leal: “La Biblioteca del Obispo de Mérida Fray Manuel Cándido de Torrijos en 1792”. En: Ildefonso Leal: Nuevas crónicas de historia de Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1985; Tomo I; pp. 457-460.
49 Héctor García Chuecos: El Real Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida: 1875- 1810. Cultura intelectual de Venezuela desde su descubrimiento hasta 1810. Caracas-Venezuela: Editorial Arte, Biblioteca de autores y temas merideños, 1963; pp. 252-254.
50 Eloi Chalbaud Cardona: Historia de la Universidad de Los Andes… op. cit., Tomo I, p. 348.
51 “Ereccion de universidad en dicha ciudad con facultad de conceder grados menores y maiores”. En: Guillermo Figueroa: Documentos para la historia de la iglesia colonial en Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1965; Tomo II, p. 342.
52 Eloi Chalbaud Cardona: Historia de la Universidad de Los Andes… op. cit., Tomo I, p. 397.
53 Héctor García Chuecos. Historia Colonial de Venezuela… op. cit., Tomo I. pp. 201-202.
HTML generado a partir de XML-JATS4R por