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Recepción: 12 Diciembre 2017
Aprobación: 12 Marzo 2018
Resumen: La conquista y colonización de las Américas fue una empresa tan económica e ideológica como corporal, las concepciones europeas acerca de la influencia de los alimentos, del suelo y del clima en el cuerpo humano determinaron en gran medida las rutas y formas de exploración, conquista y colonización de los territorios y habitantes del Nuevo Mundo. En este sentido, este artículo indaga, a través de algunos casos extraídos de crónicas y documentos del siglo XVI, cómo el temor a los cambios físicos y temperamentales causados por el clima, el suelo y la alimentación, fue una variable influyente en la toma de decisiones sobre el proceso de exploración, conquista y fundación de asentamientos en la Venezuela del siglo XVI.
Palabras clave: Cuerpo, conquista, alimentación, clima, Venezuela.
Abstract: The conquest and colonization of the Americas was both an economic, as well as an ideological and corporeal undertaking. European notions about the influence of food, soil and weather over the human body largely determined routes and ways of exploration, conquest and colonization of New World lands and inhabitants. Accordingly, this paper aims, based on several instances obtained from 16th century chronicles and documents, to show how fear of physical and temperamental changes caused by weather, soil and nutrition was an influential variable in the process of exploration, conquest and establishment of settlements in 16th century Venezuela.
Keywords: Body, conquest, food, weather, Venezuela.
Introducción
El cuerpo humano, más allá de su morfología física y biológica, posee una dimensión sociocultural que lo introduce en el régimen de lo historiable; los cuerpos tienen una historia que contar, pues como todo fenómeno social y cultural, pertenece al mundo de las representaciones, de lo simbólico y lo imaginario. El cuerpo, además, es una condición sine qua non de la historia, ya que está presente en cada acto humano, desde el más trivial hasta el más trascendental, no sólo como un ente pasivo, sobre la que recae lo simbólico, sino sobre todo como ente generador de percepciones sobre las que se fundan las representaciones. En el cuerpo se encarna una doble paradoja pues por un lado es construido social y culturalmente, pero al mismo tiempo es el “vector semántico por medio del cual se construye la evidencia de la relación con el mundo”1. Es decir, es una arquitectura social y política, y al mismo tiempo es él el que determina la percepción de la realidad sobre la que se construye lo imaginario. Tomando esto en consideración, en esta investigación, pretendemos indagar cómo las ideas y representaciones europeas acerca de la influencia de los alimentos, del suelo y del clima en el cuerpo humano fueron variables determinantes a la hora de elegir las rutas y formas de exploración, conquista y colonización de los territorios y habitantes del Nuevo Mundo.
Los humores y el cuerpo
De acuerdo con la teoría hipocrática de los humores, revitalizada por Galeno y vigente durante toda la Edad Media hasta el siglo XIX, el cuerpo humano estaba conformado por cuatro humores: la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla; a cada humor se le relacionaba con un elemento del universo, con un órgano corporal, y se le atribuían propiedades relacionadas con la temperatura y la humedad. A saber, a la sangre se le relacionaba con el corazón, el aire, lo caliente y lo seco; a la flema, con el cerebro, el agua, lo frío y lo húmedo; a la bilis negra con el bazo, la tierra, lo frío y lo seco; y, finalmente a la bilis amarilla con el hígado, el fuego, lo caliente y lo húmedo.
Sumado a ello, se creía que la predominancia de uno u otro humor era variable durante el año y determinaba el temperamento y la complexión de los individuos, de forma tal que la predominancia de sangre producía individuos de temperamento sanguinario; la bilis amarilla, individuos coléricos; la bilis negra, individuos melancólicos; y la flema, individuos flemáticos. Según esta teoría, cualquier desequilibrio en los humores corporales podría acarrear importantes enfermedades y mutaciones en la complexión física y anímica de los individuos; por ello, los cambios dietéticos y climáticos a los que se veían sometidos los viajeros y conquistadores eran temidos, pues se creía que dichos cambios podían alterar la composición de los humores corporales, ocasionando enfermedades, y mutaciones y de temperamento.
Siguiendo este orden, la alimentación junto con el cambio de clima y de tierras (lugares), fueron considerados durante la conquista como las principales causas de las diferencias corporales entre los distintos grupos humanos, del Viejo y del Nuevo Mundo. Es decir, en la mentalidad europea, el motivo por el cual los indígenas, los negros y los europeos eran física y anímicamente distintos se debía, entre otras cosas, al clima en el que vivían y a la dieta que consumían. Sin embargo, para los conquistadores estas diferencias corporales no eran permanentes, ellos consideraban que un cambio en el equilibrio de los humores corporales podía transformarlos física y mentalmente; por tanto, creían que un europeo podía convertirse en indígena si se alimentaba como tal y si vivía bajo las condiciones climáticas en las que vivía éste, y viceversa2. Por lo tanto, mantener el régimen ibérico de alimentación y asentarse en zonas climáticas y tierras semejantes a las conocidas del Viejo Mundo, era un asunto primordial para los exploradores que influyó en la toma de decisiones durante el proceso de exploración, conquista y colonización de América.
La alimentación del Nuevo Mundo y sus efectos sobre el cuerpo
En la España del siglo XVI los alimentos eran mucho más que una fuente de subsistencia: Se creía que una dieta distinta a la propia podía transformar severamente el cuerpo y el espíritu de los individuos. Era lugar común en el imaginario ibérico creer que el consumo de una dieta distinta a la acostumbrada, afectaba el equilibrio de los humores del cuerpo, alterando la forma de ser, la personalidad y la identidad. De esta creencia derivaba la constante preocupación de los colonizadores por cosechar en el Nuevo Mundo los rubros básicos de la dieta ibérica, pues consideraban que sólo de esta forma se mantendrían tal cual eran y florecerían en la empresa de ultramar. De allí que desde el tercer viaje colombino, en la instrucción dada en Medina del Campo en 1497, los Reyes Católicos ordenaron llevar seis mil seiscientas fanegas de trigo y seiscientas fanegas de cebada, así como bestias, azadones, picos, palancas y demás herramientas necesarias para labrar y sembrar en el Nuevo Mundo los productos básicos de la dieta europea3.
Esta orden dictada por los Reyes en 1497 responde a las inquietudes manifestadas por Colón en el Memorial de su segundo viaje que entregó a Antonio Torres para que lo consignase a los monarcas. En este memorial el Almirante solicita ayuda para consolidar la colonización y escribe que entre las causas por las cuales fracasaron los primeros asentamientos, estaba el cambio de aguas y aires y el cambio de alimentación. Señala el Almirante refiriéndose a los colonos que:
La conservación de la sanidad, después de Dios, está en que esta gente sea proveída de los mantenimientos que en España acostumbraba, porque dellos, ni de otros que viniesen de nuevo sus Altezas se podrán servir si no están sanos; y esta provisión ha de durar hasta que acá se haya fecho cimiento de lo que acá se sembrare é plantare, digo de trigos y cebadas, é viñas, de lo cual para este año se ha fecho poco, porque no se pudo le antes tomar asiento, y luego que se tomó adolescieron aquellos poquitos labradores que acá estaban, los cuales aunque estovieran sanos tenían tan pocas bestias y tan magras y flacas, que poco es lo que pudieran hacer: con todo, alguna cosa han sembrado, más para probar la tierra, que parece muy maravillosa, para que de allí se pueda esperar remedio alguno en nuestras necesidades4.
Colón señala que el cambio de “mantenimientos”, es decir, el cambio de alimentación, es un obstáculo para la empresa colonizadora pues sin los mantenimientos acostumbrados era imposible “la conservación de la sanidad de sus hombres”; ante esta información enviada en el memorial, los Reyes, que parecen comprender y concordar en la importancia del asunto, ordenan que inmediatamente, en el siguiente viaje, se envíe todo lo necesario para que granos de trigo y cebada, claves en la dieta europea, se sembrasen en el Nuevo Mundo.
Sin embargo, durante las primeras décadas de exploración del continente americano, mantener la dieta ibérica fue una quimera; de hecho, mantener una dieta cualquiera ya era un asunto difícil para los exploradores que en muchos casos morían por inanición, o terminaban superando los límites de los tabúes gastronómicos cristianos y cometiendo actos caníbales a causa del hambre. Los exploradores, pese a la desconfianza que generaban los productos americanos, especialmente los tubérculos, incorporaron a su dieta los alimentos amerindios para poder mantenerse con vida. A pesar de ello, se temía que por consumir los alimentos de los indios y vivir en el clima americano, a la larga los europeos terminarían enfermando, o peor aún, transformándose en otros. Al respecto, el alemán Nicolás Federmann expresó claramente las dificultades físicas que experimentó por el cambio de dieta y escribió:
…observé que continuaba o proseguía mi enfermedad y la de muchos de los míos, sin esperanza de una mejoría, debido a la alimentación a la que no estábamos acostumbrados y a la falta de cualquier remedio o medicina para devolver la salud a un enfermo5.
Aunque resultaba imposible para los conquistadores, sobre todo en las largas jornadas de exploración de territorios, prescindir de los alimentos del Nuevo Mundo, esto no era sinónimo de que dichos alimentos fuesen de su agrado, ni que los comiesen sin recelo, pues como hemos visto se temía que ocasionasen ciertos males. Además de esto, existía un recelo grupal ante el consumo y deleite de los mismos por parte de los conquistadores. Durante las primeras décadas de la conquista aquellos blancos que consumían con gusto los potajes americanos sin que hubiese necesidad de ello eran vistos como sospechosos por los demás europeos. Un ejemplo de ello lo encontramos en una denuncia puesta a finales del siglo XVI en México contra un español que estaba entre los indígenas comiendo chiles y tomates, sin tener necesidad pues tenía trigo en su despensa para sustentarse6. Por lo visto, la denuncia no recaía sobre el hecho de que consumiera alimentos de la dieta americana, sino por haberlos preferido teniendo disponibilidad de elementos propios de la dieta europea.
Durante las prolongadas y arduas jornadas de exploración era imposible rechazar los alimentos americanos, incluso, se peleaban por ellos y se les prefería a las riquezas. El cronista Juan de Castellanos testifica la importancia de los alimentos indígenas sobre los metales y piedras preciosas en varios episodios como en el que narra que una hueste persiguió desesperadamente a un grupo de indios: “No por oro ni piedras esmeraldas/Sino para gozar de su comida/Y ver dó la tenían recogida”7. Así pues, aunque el motor final de muchos exploradores eran las riquezas que podían hallarse en el trayecto, lo cierto es que las rutas del día a día y la fundación de poblados se trazaban, en primer lugar, en función de una de las pulsiones básicas del cuerpo: el hambre. Refiriéndose a la fundación de Mérida, se dice en La corografía de la Gobernación de Venezuela y de la Nueva Andalucía, que Juan Rodríguez Suarez decidió fundar una ciudad en este asentamiento por “ser muy abundante de todo género de comidas y de cacao como el de la Nueva España, y muchas minas de oro”8. Así pues, no sólo oro, sino también la generosidad de la tierra en la producción de alimentos eran los criterios determinantes de la empresa de fundación de asentamientos.
El temor europeo a los cambios provocados por la dieta americana era tal que, por ejemplo, se creía que una alimentación a base de yuca y raíces podía alterar la virilidad de los hombres. Al respecto, el maestre de campo, Domingo de Vera Ibarguen, narrando las jornadas en la búsqueda de El Dorado liderada por Antonio de Berrio, dice que “es el camino y entrada por tierra alta y fría y que la gente come maíz y no yuca, ni raíces, ni otras comidas que crían a las gentes afeminadas”9. En este fragmento deducimos que Ibarguen considera que el consumo de yuca y otras raíces10 propiciaba el afeminamiento entre los indígenas, o en sus propias palabras, criaba “a las gentes afeminadas”; mientras que el consumo de maíz mantenía la virilidad, de allí que se favoreciera a las etnias del maíz frente a las consumidoras de yuca y otros tubérculos. Bien es cierto que este comentario parece alabar el consumo de maíz por tratarse de un grano, sin embargo, el mismo en exceso también era visto con recelo y desconfianza por los europeos, aunque era preferido frente a otros alimentos del Nuevo Mundo que, como bien lo expresa Ibarguen, eran considerados tan nocivos para el cuerpo que no sólo podían tener consecuencias directas sobre la salud, sino también sobre el temperamento, la sexualidad y la identidad de género de los individuos.
Además de lo antes señalado, la yuca también era rechazada por los europeos por considerarla un alimento poco sustancioso, aunque el pan de yuca o casabe era uno de los productos más comunes en los poblados indígenas de Tierra Firme, y por tanto muchos exploradores lo consumieron y lo llevaron como sustento en las largas jornadas de exploración. Aun así era considerado un alimento secundario, poco sustancioso para el mantenimiento. Así, Fray Bartolomé de las Casas se quejaba de que a los indígenas que trabajaban en las minas y labranzas para su manutención cotidiana se les daba tan sólo pan cazabi:
¿Dónde pudo concurrir mayor ceguedad que a los indios que trabajaban en las estancias o granjas (…) ordenasen que les dieren por comida cuotidiana pan cazabi, que no tiene casi substancia que hierbas y ajes, que son como turmas de tierra, y ají, que es la pimienta; en fin, es hierba: como si dijeran, denles paja y heno abasto11.
Aunque de Las Casas no hace referencia a la yuca como producto capaz de enfermar o afeminar a los individuos, sí señala que el mismo no era lo suficientemente sustancioso como para ser la base de la alimentación de los indígenas que trabajaban en las minas. Para Antonio de Herrera, en la constitución de los aborígenes predominaba el humor flemático. Señalaba que los indígenas “abundaban de mucha sangre, y humor flemático, por ser su comida de hiervas, raíces y cosas terrestres, y de pescado. El pan hacían de raíces, que en la Española llaman yuca: grano dijeron que no tenían”12. La configuración de los humores de un individuo en el imaginario de Herrera se encontraba directamente relacionada con la alimentación, por tanto, comer raíces y cosas terrestres así como pescado favorecía la fisiognomía y el temperamento flemático. Al referirse a raíces y cosas terrestres, Herrera alude a los tubérculos, alimentos que entraron sólo por necesidad en la dieta europea en la cual los granos tenían un rol central, así como las frutas y hortalizas; mientras que los tubérculos, no consumidos comúnmente en la Europa de entonces, eran considerados comidas típicas de los indígenas y a ello se le imputaba de ser la causa de las diferencias entre indígenas y europeos.
El consumo de alimentos de la dieta americana era visto con recelo por los cristianos. A pesar de que el maíz, por ser un grano y no un tubérculo, fue uno de los productos más consumidos por los conquistadores, su consumo se hacía con cautela y cierta desconfianza al creerse que causaba diversos males corporales. Al respecto, en la Relación de Nuestra Señora de Caraballeda y Santiago de León, escrita por el gobernador Juan de Pimentel, se afirma que a los indios los catarros solían afectarles más que a los europeos debido a que estos “como tienen costumbre de bañarse, siempre sáltales en dolor de costa(do), y éste se les aviva con el maíz jojoto que es tierno y con lo mucho que beben en las borracheras”13. Así pues, costumbres de higiene y alimentación son las causas que según Pimentel justificaban la debilidad de los indígenas frente a los catarros. Aunque en el fragmento no se señala que el maíz sea la causa de la enfermedad, se le considera junto con los baños y las borracheras, la razón por la cual en los indígenas un catarro resultaba mortal, en tanto que en los europeos no era más que una enfermedad, en la mayoría de los casos, leve.
La sal fue también causa de muy grandes desvelos durante las travesías, pues su carencia era considerada por los europeos como muy dañina para la salud. Castellanos narra las penurias de la compañía de Jorge Espira de la siguiente forma:
Todos van sin vigor y sin sustancia; Su gran necesidad es
increíble; Y en aquella larguísima distancia Hallar grano de sal es imposible:
Que de todas las faltas de importancia La falta de la sal es más terrible, Pues
cuando sal algún soldado tiene Con solamente yerbas se mantiene14. Más adelante
insiste sobre el mismo asunto, Para necesidades del hambriento, Que tales eran
ya malos y buenos, Dos caballos sirvieron de alimento, Tales que menester no
habían frenos; Y en tan terribilísimo tormento, Sal era lo que más echaban
menos; Y para dar remedios á su vida Por mil partes
buscaban la salida15.
Más allá de ser una carencia para el paladar, los cronistas resaltan la importancia de la sal para el mantenimiento de la salud, ya que la ausencia de la sal en la dieta europea era vista como causa de toda una serie de enfermedades. Ilustrando lo antes afirmado, después de haber sostenido una batalla contra un grupo de indígenas asentados junto al río Papamene, los españoles comenzaron a enfermar de fiebres y ceguera, y los caballos también caían muertos uno a uno; se culpó de estos males al clima de la tierra y a la falta de sal en la región16. Más adelante, en otro pasaje, Castellanos vuelve a insistir en la importancia de la sal, y en esta ocasión señala que la causa de la aparición de ronchas en la piel y de gusanos es la falta de sal que padecían las huestes:
Demas de no hallar mantenimiento Faltabales la sal y es una cosa Que no causa pequeño
detrimento En gente de salud menesterosa Pues de falta en un descubrimiento Es aquesta la mas
perniciosa Y ansi los cuerpos en aquellos puertos Se
hinchen de gusanos sin ser muertos
Saliales a todos mucho grano Con
las alteraciones de un devieso Y dentro molestisimo gusano Aspero peludillo y algo grueso Da voces y gemidos el mas sano Por ser aquel dolor en gran esceso17.
La sal, por tanto, era mucho más que un condimento o conservante para los europeos, era un elemento básico de su dieta, y su carencia generaba recelo y temor por creerse que tenía graves efectos sobre la salud, logrando incluso generar cegueras, ronchas y gusaneras.
Difiriendo con la imagen clásica del conquistador fuerte y acuerpado, con armadura y espada que ilustran los relatos de la conquista, la realidad parece haber estado bastante alejada de estas representaciones. Al respecto, los cronistas nos presentan imágenes menos hercúleas de los conquistadores y exploradores, a quienes en muchos casos describen más bien como flacos, macilentos, desgarbados y débiles, a causa de las penurias del proceso de exploración y conquista. Por ejemplo, el cronista Juan de Castellanos autor de las Elegías sobre Varones Ilustres de Indias18, narra los periplos de la compañía que dirigía Álvaro de Ordaz quien llevó a sus hombres por un camino de desdichas cuando regresaban del Nuevo Reino de Granada hacia Coro. En el retorno se encontraron con la feroz resistencia de los indígena a quienes los europeos habían maltratado de ida, así pues, a la vuelta estos indígenas en venganza no sólo les dificultaron el camino haciéndoles la guerra, sino que escondían y quemaban los alimentos dejando hambrienta a la hueste. Castellanos, en los siguientes versos elabora una imagen muy atormentada de estos hombres hambrientos que deciden regresar cansados y fracasados al punto de partida:
Después que las razones se notaron, Por nuestra flaca gente
peregrina, En el negocio dieron y tomaron, Y sin contradicción se determina
Volver donde los barcos se dejaron Para consigo dar en la marina: Llegaron do
querían macilentos, Cansados, flojos, flacos y hambrientos19.
Castellanos, en otro de sus tantos versos, haciendo una valoración general del proceso de conquista, afirma que “hambre mortal y bélicos furores/ (…) siempre fueron en aumento/ en el discurso del descubrimiento”20, dándonos a entender claramente que el hambre y el cansancio fueron elementos cotidianos en el proceso de exploración, cuestión que desmitifica la imagen del conquistador fornido y nos devuelve una de sus facetas más humanas y desestimadas, la del hombre famélico. Esta imagen del conquistador hambriento y atormentado, que divaga al borde de la inanición explorando las geografías desconocidas del Nuevo Mundo, desesperado por encontrar algo de comer, –hasta el punto de comerse a sus caballos, perros e incluso a otros seres humanos–, contrasta con la del colono que ya asentado en la geografía del Nuevo Mundo mira con recelo los productos americanos y evita su consumo, especialmente el consumo de los tubérculos, por considerarlos “comida de indios” y creer que pueden llegar a afectar su cuerpo y su forma de ser.
Aunque la geografía americana ofrecía una amplia variedad de frutas, granos, tubérculos y vegetales aptos para el consumo humano, el desconocimiento de éstos despertó la desconfianza y el recelo de los europeos, especialmente durante las primeras décadas de la conquista. Muchas veces los conquistadores preferían soportar hambre que arriesgarse a consumir productos desconocidos. La aceptación o el rechazo hacia los alimentos americanos dependió sobre todo del estado de la conquista y del hambre que se sufría en cada etapa. Es decir, productos que durante el proceso de exploración eran más codiciados que el oro, debido a la falta de alimento y al hambre de los exploradores, una vez afianzados los asentamientos y cuando ya se estaban cosechando los campos, esos mismos productos pasaban a ser alimentos rechazados e incluso temidos por los colonos. Se les rechazaba no sólo por considerárseles propios de los indígenas y de grupos sociales inferiores, sino también porque se temían las repercusiones que su consumo podía acarrear sobre la salud y los humores. De allí se podría afirmar que los productos amerindios, especialmente los tubérculos, fueron en principio alimentos para tiempos de hambre, y su consumo entre los conquistadores y colonos sólo era bien visto cuando no existían otros productos con los cuales alimentarse.
En el imaginario del conquistador, el cambio de dieta afectaba a todos los humanos, por tanto también los amerindios se veían afectados cuando consumían alimentos propios de Europa. Según señala Rebecca Earle, muchos escritores coloniales adjudicaron la rápida disminución de ciertos poblados indígenas al consumo en exceso de alimentos del Viejo Mundo, sugiriendo que el cambio de dieta había resultado mortal para los indios21; sin embargo, los productos alimenticios traídos de Europa en el siglo XVI estaban destinados casi exclusivamente al consumo de las minorías blancas ya que la cantidad de productos europeos era reducida. Además, el consumo de alimentos europeos era un privilegio casi exclusivo de las élites blancas acaudaladas que de esta forma podían presumir su estatus social en la mesa.
Vemos pues que los alimentos fueron instrumentos esenciales en el proceso de exploración, conquista y colonización de América, obstaculizando y en otros casos propiciando la conquista de una región; así pues, el proceso de colonización no puede ser comprendido adecuadamente si no se toma en consideración el impacto físico y mental que el cambio de dieta supuso en los conquistadores.
Las consecuencias del cambio de clima y tierras en los cuerpos
Así como se recelaba de los alimentos americanos por los cambios y enfermedades que podían causar en los cuerpos, los europeos del siglo XVI creían que los climas extraños y los aires de la tierra eran capaces de causar cambios físicos y enfermedades, temiéndose particularmente los climas calientes y húmedos, pues se consideraba que podían causar alteraciones en el equilibrio de los humores corporales22. Ilustrando lo antes mencionado, el explorador italiano Girolamo Benzoni dejó constancia escrita de las incomodidades sufridas debido al clima en Maracapaná y culpaba de sus malestares físicos al clima caliente y húmedo que caracteriza esta región. Narra así el milanés: “caí por entonces enfermo por el cambio de clima y alimentos, los calores y mal dormir y esa continua humedad de la tierra”23. Asimismo, Nicolás Federmann y su hueste comparten la misma creencia de que ciertos aires de la tierra y la humedad, afectaban la salud de los hombres. Escribió el alemán que durante su travesía por la Provincia de Barquisimeto, sesenta cristianos cayeron gravemente enfermos, y no podían caminar ni andar a caballo, por lo que debieron ser trasportados urgentemente de regreso a Coro en hamacas, pues “los españoles prefirieron abandonar el aire insano y la humedad de aquella provincia, a la que atribuían la causa de su dolencia, esperando curarse al cambiar de lugar y aire”24.
Tanto Benzoni como Federmann hacen referencia al calor y a la humedad de la región como factores claves en el debilitamiento de la salud de sus hombres. Ambos elementos se consideraban nocivos por afectar directamente el equilibrio de los humores pues según la teoría galénica, vigente en la medicina del siglo XVI, los humores estaban directamente relacionados con el calor y con la humedad. En este sentido, se temía que los individuos coléricos y los melancólicos que tenían predominancia de humores relacionados con lo seco, se vieran especialmente afectados por los elevados niveles de humedad de ciertas zonas; o que los individuos flemáticos y los sanguinolentos se viesen debilitados en los climas secos. Por ello, se temían los cambios de clima por el efecto que podían tener sobre los humores, favoreciendo unos y desfavoreciendo otros, lo cual se traducía en un desequilibrio para la salud del individuo, e incluso en su forma de ser.
En cuanto a la tierra, existía también la creencia de que del suelo brotaban ciertos males que podían enfermar a los hombres. Al respecto, Juan de Castellanos relató que tras una sangrienta batalla contra los indígenas que vivían cercanos al cauce del río Papamene, sur de Bogotá, los hombres de la compañía de Hutten, que ya venían maltrechos y hambrientos, comenzaron a sufrir fiebres, dolores muy fuertes y una severa picazón en los ojos que en muchos de ellos culminó en ceguera. Los caballos también sufrieron una especie de lepra y caída del pelo, y varios de ellos murieron. De acuerdo con el testimonio dejado por Juan de Castellanos, la justificación que daban los cristianos a estos males era la carencia de sal y “las malas influencias del suelo”; los versos al respecto son los siguientes:
Pasados los sanguíneos efetos Y
trances rigurosos deste dia,
Los indios estuvieron mas quietos, Pues á guerra
ninguno se movía; Pero como los hombres son subyetos
A males que la nueva tierra cría, Demás de fiebres mal que comun
era, Muchos adolescieron de ceguera.
Demás de sinsabores y de enojos, Érales el dolor tan
importuno Como si les picaran con abrojos; Y por ser el remedio tan ninguno
Hubo quien se quedó sin ambos ojos, Y otros, que es menos mal, con solo uno:
Demás desto, de indios y otra gente Murieron muchos
repentinamente.
Cayeronse también caballos
muertos, Para sus dueños grave desconsuelo; Otros de lepra llenos y cubiertos,
Otros sin les quedar un solo pelo. Causaban otros muchos desconciertos Las
malas influencias de aquel suelo La sal que es gran socorro de la vida, Alli nunca jamas fué conocida25.
En el fragmento anterior vemos que, no sólo los conquistadores padecían las rigurosidades y enfermedades del cambio de tierras y clima, también los indios que eran llevados con las huestes como baquianos o como cargadores padecían las mismas adversidades. Alonso Pacheco, en la “Relación geográfica y descripción de la ciudad de Trujillo”, hablando sobre los indios Timotes, afirmaba que en Trujillo casi no habían quedado indígenas pues estos enfermaron gravemente con los cambios de clima al ir de una región a otra. Hay que considerar que la geografía venezolana cuenta con importantes contrastes climáticos, siendo la zona andina de temperaturas bajas que pueden descender a cero 0ºC, como es el caso de la región de donde provenían los Timotes; mientras que en la región llanera y costera, las temperaturas pueden alcanzar los 40º centígrados. Por tanto, las variaciones térmicas pueden ser radicales para hombres debilitados física y anímicamente, que además se exponían a enfermedades para las que no poseían anticuerpos. El fragmento de Alonso Pacheco señala que los indígenas habían muerto: “Porque los que eran de tierra fría al huir a la caliente, enfermaban y morían muchos; y los de la tierra caliente a la fría, por lo consiguiente”26.
Hoy sabemos que, más allá de las incomodidades físicas que puede generar un cambio de clima y de alimentación en el cuerpo, la verdadera razón por la cual los indígenas murieron masivamente de enfermedades que en Europa eran insignificantes, fue su falta de anticuerpos ante virus para los que el sistema inmunológico europeo estaba mejor condicionado, en concreto, la viruela, el sarampión y la gripe. Estas enfermedades causaron un cataclismo demográfico entre los naturales. No obstante, los europeos de la época desconocían la falta de anticuerpos de los indígenas y creyeron que el motivo por el cual los amerindios morían al contagiarse de catarros, viruela o sarampión se debía a que eran excesivamente débiles y enfermizos, incapaces de sobrevivir a un cambio de clima o de tierras. Verlos morir con tanta facilidad, reafirmaba en los europeos su temor a padecer las consecuencias de un cambio de temperatura y humedad, y por ello solían preferir realizar sus asentamientos en zonas donde el clima les recordaba su región de origen en Europa.
En los relatos de Nicolás Federmann encontramos nuevamente presente esta creencia cuando menciona que el cacique de los ayamanes le regaló una india y éste, para evitar su muerte, prefirió dejarla en Coro, por ser este un clima cálido y semejante al de proveniencia de la mujer. Dice Federmann: “Llevé esta enana conmigo hasta Coro, donde quedó, pues no quise sacarla de su tierra, porque ella, como los demás indios, no viven mucho tiempo fuera de su patria y especialmente en tierras frías”27.
El propio Fray Bartolomé de las Casas férreo defensor de los indígenas, se oponía a que los indios fuesen trasladados de sus tierras. Argumentaba no sólo las consecuencias negativas a nivel emocional de desarraigar a los indígenas de su tierra natal, sino también argumentaba que “en todas estas Indias es perniciosa a la salud y vida destas gentes la tal mudanza”28; es decir, que la mudanza en si misma de tierras y aires era considerada riesgosa para los naturales, acostumbrados a un clima y a una tierra determinada, de allí que la tal mudanza resultase perniciosa e incluso mortal. Y más adelante, este mismo autor señala que, cuando los indígenas en las minas enfermaban, como único remedio se les daba “pan cazabi (…) y enviábanlos a sus tierras a que se curasen”29, pues el regreso a la tierra y a los aires natales se consideraba un buen remedio para el enfermo.
El cambio radical de temperaturas fue un asunto que también afectó a los conquistadores. Ejemplo de ello es que la compañía de Alfinger sufrió las inclemencias del cambio de clima cálido del llano, al clima frío del páramo de Pamplona. Al respecto apunta Castellanos que:
Y como fuesen del calor estremo A
los estremos grandes deste
frio, Lo que no vencen belicos calores Vencieron frigidisimos temblores30.
Esta excursión por el páramo de Pamplona culminó con la muerte de más de trescientos indios ladinos, y “no poca cuantidad de cristianos”31 fallecieron; y de los que sobrevivieron, dice Castellanos que algunos culminaron con las manos y/o los pies congelados, y varios caballos murieron32.
En la Relación Geográfica referente a Barquisimeto, escrita en 1579 por los alcaldes Sebastián González de Arévalo y Juan Ruiz de la Parra, se hacen ciertas consideraciones sobre la tierra, el clima del lugar y su influencia sobre la salud de los habitantes. Resaltan en su narración estos alcaldes que, aunque la tierra era sana, era común la plaga de viruelas en la región, enfermedad que resultaba mortal para los indios caquetíos. El calor de la tierra y la frecuencia de los baños son la explicación que dan los cristianos al hecho de que en los indios esta enfermedad era mortal, en tanto que los europeos podían padecerla sin afrontar tantas complicaciones:
Dijeron que esta tierra se tiene por sana comunmente, y otras veces da una enfermedad general de viruelas que los caquetíos llaman cumaragua, como está dicho, aunque por otro nombre la llaman mene. Muere cantidad de indios naturales, pues se lavan por ser la tierra calurosa, y el agua es contraria a la dicha enfermedad. El remedio que acá se tiene para esta enfermedad, según se ha visto por experiencia, es sangrarlos y los tres días dada la primera calentura. Es enfermedad que se pega mucho de unos a otros. (También) corre un poniente frío que acarrea grandes catarros y romadizos, que es a la salida del invierno, desde noviembre en adelante, poco tiempo. Más o menos duran estos vientos dos o tres meses. Mueren de esta enfermedad algunos naturales según es dicho, y algunos españoles33.
Reforzando lo mencionado anteriormente, en este fragmento se repite la idea de que los baños frecuentes eran nocivos para la salud. Los indios, que a juicio de los europeos del siglo XVI se bañaban con excesiva frecuencia, según el imaginario de los colonos se veían debilitados físicamente por sus constantes baños, práctica que podía incluso costarles la vida.
Analizando la misiva anterior de los alcaldes, observamos que ellos afirman en primer lugar que el asentamiento de Barquisimeto reposa sobre una tierra que “se tiene por sana comúnmente”. No obstante, enseguida aclaran que, pese a la salubridad de la tierra, eventualmente “da una enfermedad general de viruelas”. El relato deja entrever la creencia que existía entre los colonos del siglo XVI de que de la tierra brotaban enfermedades que podían afectar a los hombres. Esta creencia corresponde con la teoría de la abiogénesis, también conocida como teoría de la generación espontánea, cuya vigencia se mantuvo hasta el siglo XVII en Europa, y que sostenía que de elementos inanimados como la tierra podían surgir vapores capaces de enfermar a los organismos vivos, especialmente en zonas pantanosas o putrefactas. De esta teoría nace la explicación generalizada que daban los europeos del siglo XVI al hecho de que de la tierra brotaran vapores con enfermedades tales como la viruela de los barquisimetanos o la ceguera en el sur de Bogotá.
Pese a estas eventuales plagas de viruela que afectaba a los indígenas, Barquisimeto fue uno de los asentamientos más elogiados en las fuentes del siglo XVI. La sanidad de su tierra es una idea celebrada y constantemente mencionada entre los conquistadores, probablemente esto se deba a que era una tierra que se consideraba con propiedades similares a las tierras castellanas, en las que podrían cultivarse trigo y viñedos, elementos básicos de la alimentación europea. En este sentido, el gobernador segoviano Juan Pérez de Tolosa en su “Relación de las Tierras y Provincias de la Gobernación de Venezuela” del año 1546 escribió que el valle de Barquisimeto “es tierra muy sana. Hace frío como en Castilla”34, y más adelante prosigue elogiando el valle de Barquisimeto y en su descripción afirma que “la tierra es sana y aparejada para que se coseche el trigo y se den viñedos”35.
La idea de que el cambio de clima y de tierra podía afectar a los individuos hasta el punto de transformar radicalmente sus personalidades y cuerpos, se mantuvo hasta finales del periodo colonial. A inicios del siglo XIX, el viajero francés Jean Dauxion Lavaysse, en el capítulo sexto de su obra, al hablar de los negros y las diferencias entre ellos, señala que: “Las razas inferiores de negros se mejoran en las colonias en cuanto a la inteligencia; sea por su mezcla con las razas superiores, sea por el clima mejor de lo que es generalmente en Guinea”36. Como podemos deducir del fragmento anterior, para el viajero francés, la inteligencia podía aumentar sólo por residir en un clima más afable que el clima de origen.
El clima, por tanto, fue un elemento de fundamental importancia en el imaginario europeo desde el siglo XVI hasta el XIX, ya que se le consideraba capaz de alterar la salud, corpulencia e incluso inteligencia de los hombres. Por ello, la elección de los asentamientos coloniales no dependió sólo de la disponibilidad de mano de obra indígena o de las riquezas minerales de la región, también dependió de la amabilidad del clima, pues se temían los efectos que un clima adverso podría causar. Más adelante, el mismo autor, Jean Dauxion Lavaysse, realizó una comparación entre los indígenas americanos de acuerdo al clima en que vivían. El viajero escribió que:
Hay en la constitución física y moral de los indígenas de la América situada en las mismas latitudes que Europa, una energía de carácter, una aptitud para las abstracciones y las combinaciones del espíritu y un gusto por la elocuencia, así como una belleza y fuerza en el cuerpo, que los hacen muy superiores al indígena indolente y apático de los países cálidos de este mismo continente37.
De acuerdo al fragmento anterior, observamos que en mentalidad del francés la latitud influye en el ánimo de espíritu y en la constitución, fuerza y belleza corporal de los hombres. Creía pues, que la posición geográfica y el clima derivado de una latitud influían en la constitución física y anímica de los individuos. En su opinión, los indígenas situados en la misma latitud que los europeos tenían más semejanza con éstos y por tanto, en su imaginario eurocéntrico, eran mejores; en tanto que los indígenas de latitudes más al sur que Europa, eran considerados menos agraciados y más débiles. Este fragmento enuncia los principios del determinismo geográfico sobre las culturas acuñado por Ratzel.
En otro sentido, el impacto del clima en el cuerpo de los conquistadores también afectó la forma en que los exploradores y conquistadores se vestían y cubrían. La humedad y el calor tropical los forzaron a reinventar sus vestimentas, cuestión que afectó sobre todo a las prendas metálicas y armaduras para el combate que fácilmente se oxidaban y corroían en las regiones tropicales. Girolamo Benzoni señala que los hombres que junto a él viajaban debieron prescindir de ciertas piezas de la armadura, como la coraza de hierro y la lóriga, debido a que las condiciones climáticas del Nuevo Mundo las arruinaban con mucha facilidad y también porque durante las largas y calurosas travesías estas piezas de acero se convertían en una pesada carga al andar. De allí que la coraza tradicional usada en Europa en el proceso de reconquista fue sustituida por jubones de lana de algodón estofado, aunque éstos últimos no resultaban tan eficientes como las corazas de hierro, eran más ligeros al andar y menos calurosos. Dice Benzoni que los cristianos, en América:
No usan ni lóriga ni corazas de hierro, ni arcabuces, no sólo debido a la gran humedad de aquellas tierras sin cultivar, sino también por la frecuencia que tienen que dormir al aire libre, lo que arruinaría bien pronto todas las piezas, por ser el rocío muy abundante38.
Pese a lo afirmado por Benzoni, no todos los conquistadores renunciaron con facilidad al uso de la coraza, muchos por temor a las flechas envenenadas de sus adversarios indígenas continuaban llevándola y otros idearon alternativas para sustituirla. La alternativa más extendida fue el uso de sayos estofados de algodón, no obstante, hubo otros inventos más creativos, por ejemplo, los soldados de Antonio Heredia compraron en La Española corazas hechas con láminas de cuerno, las cuales pese a ser muy efectivas contra las flechas por su dureza y a no sufrir la oxidación por la humedad que sí sufrían las corazas metálicas, resultaron aún más pesadas que las corazas metálicas y por ello pronto fueron abandonadas39.
Consideraciones finales
Tal y como señaló Jacques Le Goff, “el cuerpo es el lugar crucial de una de las tensiones generadoras de dinámica de Occidente”40en este sentido, la conquista de las américas puede ser leída a través de los conflictos y dinámicas generados por la corporeidad; las pulsiones del cuerpo como el hambre, el frío, la sed, el dolor o el cansancio fueron tensiones que generaron respuestas y que se constituyeron en vectores influyentes en la toma de decisiones en las primeras décadas del proceso de exploración, conquista y colonización de las Américas. La conquista de América debe ser también entendida como una empresa corporalmente compleja que exigió a los colonos un proceso de adaptación y resistencia física no desdeñable.
Las concepciones europeas acerca de los alimentos, del clima y de la salubridad de la tierra determinaron en gran medida las formas de exploración, conquista y colonización de los territorios y habitantes del Nuevo Mundo. El temor a que el clima y los alimentos americanos cambiaran la constitución física de los conquistadores, destruyeran su salud o los convirtiesen en indígenas fue determinante en el proceso de elección de los asentamientos para la fundación de ciudades o en la incorporación de ciertos rubros a la dieta cristiana. Tras una revisión de las fuentes del siglo XVI sobre Venezuela, es posible concluir que en la decisión de la fundación de los asentamientos el cuerpo fue determinante pues bastaba que un puñado de conquistadores enfermaran para que se culpase a la insalubridad de la tierra y se abandonase el asentamiento. En este sentido, se demuestra que las pulsiones y las sensaciones corporales fueron determinantes en la configuración de las rutas y asentamientos que se trazaron en América durante la época en cuestión.
Durante el siglo XVI, la pertenencia a un grupo étnico, aunque se basaba principalmente en la genealogía de los individuos era en gran medida una cuestión performable; es decir, el performance del cuerpo era central para mantener y hacer valer las distinciones grupales que estructuraban la sociedad colonial. La pertenencia a un grupo étnico y social implicaba una puesta en escena diaria que incluía múltiples prácticas corporales entre las que se encontraba el comer. La alimentación que era considerada como capaz de transformar la corporalidad, servía también para performar la identidad y la pertenencia a un grupo, así como la construcción del gusto de clase; en este sentido, el consumo de tubérculos, llamados entonces “raíces” era considerado algo propio de los indios y rechazado categóricamente por las élites coloniales que una vez asentadas, dejaron de consumir los productos americanos para evitar performar gastronómicamente como ellos. La alimentación en la colonia interesaba al poder, e incluso era objeto de sus legislaciones, pues de esta manera las jerarquías y distinciones sociales podían ser exhibidas, encarnadas, y principalmente, mantenidas.
Bibliohemerografía
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Notas
Notas de autor