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Recepción: 15 Enero 2019
Aprobación: 15 Marzo 2019
Resumen: Este artículo estudia la comercialización de importaciones en Bogotá a finales del periodo colonial. Se reconstruyen las actividades de cuatro grupos de mercaderes, las cuales muestran la importancia de las redes familiares y su influencia política en la realización de sus negocios. Las redes de grandes comerciantes se conectaban con el mercado local a través de las tiendas de tratantes. Aunque el comercio de importación fue una actividad prestigiosa y rentable en el centro del virreinato, el volumen y valor de estos intercambios no se comparan con los llevados a cabo en otros espacios coloniales latinoamericanos de mayor desarrollo económico, lo cual es consistente con el reducido tamaño de la economía neogranadina.
Palabras clave: Comerciantes, Santafé de Bogotá, comercio interno, historia empresarial regional.
Abstract: This article studies the commercialization of imported goods in Bogotá during the late colonial period. The activities of four groups of traders are reconstructed, showing the importance of merchant’s family networks and their political influence in the development of their businesses. Large trader’s networks were connected to the local market space through tiendas de tratantes or local shops. Although import trade was prestigious and profitable activity in the center of the viceroyalty, the volume and value of these exchanges were not comparable with those carried out in other colonial spaces in Latin American with a greater economic development, which is consistent with the small size of the New Granada Economy.
Keywords: Merchants, Santafé de Bogotá, local trade, Regional Business History.
Introducción
Este artículo estudia la distribución de mercancías importadas en Santafé de Bogotá a finales del siglo XVIII, con el fin de entender las estrategias políticas y económicas que los comerciantes locales utilizaron para desarrollar sus actividades en el mercado más importante del centro de la Nueva Granada. Para esto se reconstruyen las actividades económicas y políticas de José Acevedo y Gómez, Antonio Arrázola, los hermanos de Ugarte y los hermanos de Francisco Martín, comerciantes de Santafé con conexiones en España y Cartagena, principal puerto de entrada de mercancías europeas a la Nueva Granada.
Este ensayo muestra que la introducción de mercancías a la ciudad de Santafé se sustentó en la construcción de redes familiares con influencia política por parte de los comerciantes, tal y como sucedió en otros espacios hispanoamericanos como Nueva España, Perú y El Río de la Plata. Estos contactos les permitieron crear organizaciones con reglas y mecanismos de crédito propios, basados principalmente en la confianza mutua. Así, los comerciantes disminuían el riesgo derivado de los largos trayectos que debían transitar sus mercancías, como consecuencia de los precarios caminos del virreinato. Las mercancías importadas llegaban al consumidor final santafereño por medio de los mercados públicos y establecimientos de comercio local, como las pulperías, y, principalmente, las tiendas de tratantes, en las cuales también se distribuían mercancías locales. A pesar de la importancia de la comercialización de importaciones para abastecer a la ciudad, este artículo muestra que los volúmenes de mercancías fueron significativamente menores a los realizados en regiones más prósperas de Latinoamérica.
Esta investigación se inscribe en una tendencia historiográfica que ha venido reconstruyendo y analizando las actividades mercantiles de los grandes comerciantes del centro de la Nueva Granada con una perspectiva de historia regional1. La importancia de este tipo de estudios radica en la posibilidad de entender mejor la racionalidad económica del comerciante colonial, sus motivaciones, sus restricciones y el impacto de su actividad en la economía y la política regional. Así, se busca hacer un aporte para entender mejor los vínculos económicos al interior de la Nueva Granada, posterior a la política de liberalización comercial introducida por las reformas Borbónicas (segunda mitad siglo XVIII). También incorpora algunos datos sobre la participación de los comerciantes en los flujos de comercio, las restricciones geográficas y los costos de transporte a los cuales se enfrentaban, así como el impacto económico y social de su actividad económica.
La información recopilada se analiza utilizando categorías conceptuales propuestas por el neoinstitucionalismo económico y la sociología económica. Mientras que para el institucionalismo las redes sociales son una institución informal, la sociología económica las considera una expresión del capital social, concepto definido en términos de los vínculos de confianza entre individuos, los cuales crean un sistema de normas que permiten las interacciones entre ellos2. Una definición alternativa e incluso más general de redes de negocios es la conformación de un grupo o grupos de personas que forman asociaciones con el objetivo de obtener beneficios mutuos en el largo plazo3. En términos generales, hay un relativo consenso en la literatura que estudia a individuos de negocios en épocas pre-modernas, acerca de que las redes conformadas por éstos deben cumplir algunos criterios específicos, en particular tres: la participación voluntaria, la no existencia de mecanismos oficiales de membresía (y si existen son informales), y la transferencia de recursos a través de la red de manera estable, perdurable y beneficiosa para las partes involucradas4. Uno de los retos más importantes a los que se enfrenta este tipo de historiografía es el de establecer con certeza los límites de estas redes. Es razonable pensar que estos mercaderes estaban asociados a múltiples redes de negocios, e incluso otras de tipo intelectual y político, y que estas interacciones estaban mutuamente imbricadas, generando desafíos importantes a la hora de estudiarlas a partir de fuentes archivísticas. No obstante, una de las ventajas del enfoque de redes sociales radica en que resalta la importancia de diversos tipos de sociabilidades como elemento crítico de las relaciones comerciales. Así, los comerciantes son vistos en constante interacción con sus corresponsales y asociados, compartiendo información, demandando pagos de deudas, evaluando la viabilidad de nuevas relaciones comerciales, comentando las vicisitudes de la política local, regional e imperial etc. Sin embargo, no se debe perder de vista que el análisis de redes se enmarca en el concepto más general de capital social que permite tener un mejor entendimiento de los vínculos y la operación interna de la red.
De esta manera, parte de la literatura contemporánea que estudia el comercio y los comerciales del periodo moderno temprano han acudido a la idea de que éstos actuaban a través de redes sociales de algún tipo5 (comerciales, de negocios o de intercambio). Dada las dificultades para hacer cumplir las reglas formales del régimen colonial en América de finales del siglo XVIII y principios del XIX, los vínculos de confianza, principalmente familiares, permitieron el desarrollo de negocios que en ausencia de estos vínculos no se hubieran podido realizar. Los estudios basados en este enfoque han permitido establecer que las redes sociales o clientelares de los comerciantes latinoamericanos durante el periodo colonial, se definían principalmente por cuatro círculos concéntricos al comerciante: 1) el círculo de la familia extensa; 2) el círculo definido por el mismo origen racial o étnico, dentro o fuera de la región o del país; 3) el círculo definido por la amistad, que en la tradición mediterránea implicaba beneficio mutuo; y 4) el círculo definido por la jerarquía de la “cabeza” de la red6.
Tres secciones componen el presente documento. En la primera se exploran las características del comercio en el puerto de Cartagena a finales del siglo XVIII, punto de llegada de las mercancías importadas a la Nueva Granada y que después serían comercializadas en la capital virreinal; mientras que en la segunda sección se describe al grupo de comerciantes de Santafé, sus vínculos y contactos con otros comerciantes locales. En la tercera parte se estudian los mecanismos de distribución de mercancías al interior de la ciudad, para finalizar con algunas conclusiones.
El comercio interno neogranadino durante las reformas borbónicas
La ciudad de Santafé de Bogotá era la capital y uno de los principales centros urbanos de la Nueva Granada. En su condición de centro administrativo, la ciudad albergaba la burocracia colonial cuyos funcionarios, en su mayoría peninsulares, devengaban altos salarios. A pesar de la pobreza material que caracterizaba al virreinato de la Nueva Granada a finales del siglo XVIII, la producción minera y la agricultura mostraron un importante crecimiento, resultado en parte de las políticas borbónicas. Para finales del siglo XVIII, la ciudad de Santafé era un mercado de aproximadamente 28.000 habitantes (cerca del 2.3% de la población del virreinato). Su área de influencia económica abarcaba el centro y nororiente del territorio, así como parte de los llanos orientales, lugares que proveían las carnes consumidas en la ciudad. Adicionalmente, la tasa de crecimiento de la población santafereña era casi 3 veces la del virreinato.
A pesar de los altos costos de llevar mercancías hasta el interior y la precariedad de los caminos, lo anterior es una muestra de la importancia de Santafé como mercado para las mercancías importadas. La ciudad también era centro de distribución de mercancías europeas a otras regiones del interior, puesto que algunos comerciantes antioqueños llegaban hasta Santafé para aprovisionarse de mercancías que vendían en los centros mineros del occidente neogranadino.

Pero antes de llegar a Santafé, las mercancías importadas llegaban a la ciudad de Cartagena de Indias, principal puerto de comercio habilitado para la Nueva Granada. Los comerciantes españoles llegaban allí con sus mercancías donde las intercambiaban con negociantes mayoristas y minoristas de ciudades del interior del virreinato quienes, a su vez, se desplazaban hacia Cartagena con las mercancías y el oro que intercambiarían con los comerciantes y mercaderes españoles. El gráfico 1 muestra la evolución del comercio exterior neogranadino realizado en el puerto de Cartagena, medido por los recaudos de avería, el cual tiene un importante desempeño en el primer
quinquenio del siglo XIX, que se enmarca por dos periodos de guerra entre España y Gran Bretaña, el primero entre 1796 y 1802 y el segundo entre 1805 y 1807.
El derecho de avería era un impuesto del 2% sobre el valor de las mercancías importadas y exportadas, y cuyo recaudo y administración estuvo a cargo del Consulado de Comercio, principal agremiación de comerciantes de Cartagena fundado en 1795. Dado que el Consulado de Cartagena no percibía derechos de avería por los metales preciosos7, la serie presentada es una buena aproximación a las exportaciones e importaciones de bienes distintos a las remesas de oro y plata, principales productos de exportación neogranadinos. El auge en las exportaciones en el primer quinquenio del siglo XIX surge por la represión de mercancías durante la guerra entre España y Gran Bretaña, el cual se frena nuevamente por el conflicto iniciado en 1805. Se debe tener en cuenta también que este es el comercio legal registrado en el puerto y no tiene en cuenta el contrabando, el cual debió haber sido alto, principalmente en los periodos de guerra, cuando el comercio transatlántico legal se vio interrumpido, dificultando el tránsito seguro de las embarcaciones españolas, frenando la expansión comercial española iniciada en 17928.
El número de comerciantes mayoristas que importaban mercancías desde Europa en 1771 era de 42 aproximadamente9. Comerciar directamente con España requería un nivel considerable de capital, del cual no disponían los comerciantes al por menor, cuyo número ascendía a cerca de 59 en la Cartagena de finales del siglo XVIII. Para 1795 en la ciudad figuraban cerca de “cincuenta y nueve dependientes o empleados, hombres que en su mayoría eran parientes del patrón o tenían vínculos familiares con otros miembros de la comunidad de comerciantes”10. La cantidad de comerciantes de la ciudad era variable, debido a que unos eran residentes de la ciudad mientras otros podrían ir de paso vendiendo sus mercancías. Sin embargo, el comerciante mayorista en la Cartagena colonial era reconocido como parte de un grupo social prestigioso.
Las Reformas Borbónicas11 buscaron una relativa liberalización del comercio trasatlántico iniciada en la década de 1770, acabando de debilitar de manera formal el monopolio comercial el cual ya se venía desgastando como consecuencia del contrabando y de un sistema de galeones insuficiente. Así, mientras Cádiz perdía su monopolio como puerta de salida de España, en América se abrían paulatinamere algunos nuevos puertos en el Caribe y el Atlántico12. Las reformas buscaban aprovechar mejor las oportunidades que brindaban una agricultura tropical para intensificar el comercio de bienes españoles y capturar así una mayor parte de las exportaciones de oro y plata de las colonias, fomentando también el comercio entre las propias colonias que se daba de manera marginal y no del todo legal. Esto se verifica tanto en el aumento de la exportación de frutos de la tierra que creció 21% anual en promedio entre 1784 y 1793; como en el aumento de su participación en el total exportado, que pasó del 4.9% en 1784 al 27% en 179313. Así, el comercio exterior de la Nueva Granada no sólo se estaba expandiendo a finales del siglo XVIII, sino también diversificando, lo cual fue un resultado importante de las reformas acometidas por el gobierno Borbón en cuanto a la mayor liberalización de comercio con sus colonias.
A pesar de la continua llegada de nuevos comerciantes a Cartagena, la comunidad ya existente continuó siendo compuesta en su mayoría por inmigrantes españoles que llegaban a vender sus mercancías periódicamente o como representantes de las casas de comerciantes españoles. Aunque los criollos podían comerciar con España en igualdad de condiciones que el español peninsular, en la práctica no se fomentó su participación en el comercio exterior, puesto que la política oficial estaba encaminada a que el criollo se limitara al abastecimiento interno, dejando los intercambios transatlánticos en manos de los peninsulares.
En el contexto latinoamericano, el mayor costo de transporte interno lo asumían los comerciantes de la Nueva Granada que llevaban mercancías importadas desde el puerto a la capital virreinal, o que exportaban a España los frutos producidos al interior. De hecho, el costo de traer mercancías desde Europa era menor que desde el puerto a la capital14. A principios de la década 1830, William Wills estimó que el valor de las mercancías importadas en Santafé anualmente ascendía a 1’200.000 pesos, sumados los costos de transporte y los impuestos15. Los costos de transporte correspondían entonces a cerca del 50 por ciento del valor de las mercancías en el puerto de llegada. Por tal razón, los requerimientos de capital para el comercio a larga distancia fueron altos, lo que representaba una fuerte barrera a la entrada de nuevos comerciantes lo que mantenía dicho comercio en manos de unos pocos.
El recorrido de las 220 leguas que componían la ruta del río Magdalena, principal arteria fluvial del virreinato, hasta Santafé vía el puerto de Honda, tardaba cerca de un mes y medio en completarse en condiciones climáticas favorables (las temporadas lluviosas podían agregar hasta 15 días al recorrido). Si, por ejemplo, se quería transportar 100 cargas de mercancías de 10 arrobas cada una, se debía pagar por ellas 20 pesos aproximadamente16. Otros cálculos sobre los altos fletes muestran que estos podían oscilar entre 22 a 34 centavos por tonelada-kilómetro, los cuales, en época de lluvias o escases de mulas, podían llegar a duplicarse17.
Para la distribución de mercancías europeas en Santafé se necesitaba que las relaciones de los comerciantes con sus contrapartes cartageneras, y en algunos casos, peninsulares, se basaran en la confianza mutua, pues las distancias y la dificultad en las comunicaciones dificultaba la agilidad de los intercambios. Los comerciantes cartageneros también podían tener comisionistas, cuya función consistía en hacer que la mercancía llegara efectivamente a su lugar de destino en el plazo indicado, y sin correr ningún riesgo, asumiendo todos los costos de transportes y estableciendo los precios, teniendo en cuenta los costos adicionales que conlleva el proceso de recepción de la mercancía, hasta la entrega en su lugar de destino, con el fin de derivar su ganancia. Esto se aparecía en el caso de los hermanos Juan y Matías de Francisco o de los primos Antonio y José Arrazola, como se verá más adelante.
En Santafé, los comerciantes se relacionaban con los de Cartagena comprando, casi siempre a crédito18, las mercancías y artículos importados que llegaban al puerto, logrando de esta manera financiar su negocio. Estas operaciones de crédito eran concedidas por un período máximo de doce meses, y al momento de su vencimiento los comerciantes de Santafé (que trabajaban de forma independiente o como agentes de comerciantes de Cartagena) debían hacer llegar a sus acreedores en Cartagena el pago en oro y plata, no siempre acuñados19. Así, los principios de lealtad, honor y la honestidad de cada comerciante tenían un papel importante en el retorno de las utilidades al lugar de origen de la mercancía.
Los Comerciantes de Santafé
Con base en la distribución del monto de conciertos de comerciantes20 para 406 transacciones realizadas en los años de 1785, 1786, 1788 y 180421 se puede hacer una primera aproximación al tipo de comerciantes de la ciudad de Santafé. Cerca del 86 por ciento de los comerciantes que adquirieron obligaciones lo hicieron por montos inferiores a 150 pesos, lo cual es un valor relativamente bajo teniendo en cuenta que los mayores acuerdos de pago considerados en la muestra son de 2.974 pesos en 1785, 2.484 pesos en 1804 y 1.497 pesos en 1785, generados por la importación de géneros de Castilla por parte de Tomás Ramírez, Manuel Fuentemayor y Andrés Otero22 respectivamente23. Por su parte, los menores pagos fluctúan entre 1 y 6 pesos correspondientes a 201 transacciones de los ramos de pulperías, cerería y tiendas de mercaderes, ramos que corresponden al comercio minorista. Los pagos promedio que se realizaron fueron por 83 pesos el cual es mayor que el valor de la mediana de las transacciones que es de 6 pesos.
Así, tan sólo el 10 por ciento de los acuerdos de pago fueron realizados por grandes comerciantes que podrían comprometerse con altos pagos de alcabala, cuyo monto era proporcional al valor de las transacciones comerciales realizadas. Por tal razón, se puede concluir que la mayoría de las transacciones se hacían en pequeños montos, lo cual corresponde más al ámbito de comerciantes al menudeo que de grandes importadores de mercancías.
Las clasificaciones de los comerciantes en la época estaban basadas en la importancia de su actividad en la región y de las diferencias de capital, experiencia, contactos y pureza de sangre que ostentaran los comerciantes24. Probablemente, a medida que un comerciante acumulaba cierto capital y aumentaba sus volúmenes de comercio, obtenía cierto éxito que le permitía ascender en la clasificación. Lo anterior muestra que en el desarrollo de esta actividad existía cierta movilidad social25, limitada por la jerarquización racial y requisitos de pureza de sangre propias de la sociedad colonial26. En Bogotá se podían identificar comerciantes al por mayor, tratantes (dedicados al comercio mayorista y menudeo), pulperos, otros tenderos y otros comerciantes del comercio al menudeo27.
El número de comerciantes formalmente establecidos en Santafé a finales del siglo XVIII pudo haber sido de cerca de 15028, de los cuales 65 manejaban grandes volúmenes de comercio, y de estos, cerca de la mitad comerciaban directamente con España29. Aunque muchos eran de origen español, a finales de siglo el número de criollos que participaban en el comercio de larga distancia era cada vez mayor.
En este grupo se encuentran comerciantes como José Acevedo y Gómez, protagonista del movimiento independentista colombiano iniciado en 1810, quien contaba con estudios no concluidos de gramática y filosofía en el Colegio del Rosario, y que “se destacó por sus actividades comerciales a gran escala, gracias a las cuales llegó a acumular una importante fortuna.”30 Acevedo participó en la administración colonial como Procurador General en 1808 y Regidor Perpetuo del Cabildo de Santafé, además encabezó el grupo de comerciantes firmantes de la solicitud de establecimiento del Consulado de Santafé en 1804, en calidad de Juez Diputado del Real Consulado31.
En mayo de 1804, Acevedo adquirió efectos de Castilla por un valor de 57.900 pesos y ropas por un valor de 51.109 pesos a Juan de Francisco Martín32, uno de los 35 comerciantes establecidos en Cartagena y dedicados al intercambio con España. Desafortunadamente, la información recolectada no permite verificar si existió continuidad en esta relación comercial. Acevedo no sólo introducía mercancías importadas a través de sus contactos cartageneros, sino que también estaba en capacidad de negociar directamente con España. En julio de 1810, Acevedo se quejaba de los efectos negativos que tuvo para su negocio la inseguridad y los bloqueos del comercio trasatlántico que se dieron como consecuencia de la Guerra con Gran Bretaña entre 1805 y 180733, generándole pérdidas estimadas en 120.000 pesos, “fruto de 20 años de trabajo”34.
El contacto de Acevedo, Juan de Francisco Martín, también intercambiaba mercancías con su hermano Matías De Francisco Martín35 dueño de una tienda en la Calle Real Primera en Santafé36. Juan de Francisco en asocio con Mateo Arroyo, otro de los comerciantes de Cartagena dedicado a la importación, elevaron en 1798 una solicitud para poder exportar a Estados Unidos, al igual que otros comerciantes de Cartagena que querían aprovechar la nueva libertad de comercio para expandir sus negocios como Andrés de León, Esteban Baltazar Amador, Andrés de Urquinaona, Francisco Martin de Bustamante y el italiano Agustín Gneco37. Entre 1790 y 1795, Mateo Arroyo comerciaba también con el palo de tinte, uno de los principales productos de exportación del virreinato, del cual envió a España cantidades por un valor aproximado de 5.000 pesos38. Entre 1804 y 1805 Arroyo y su socio Juan de Francisco recibieron cargamentos de quina desde Santafé enviados por el gaditano José González Llorente39, quien había llegado a Cartagena en 1779 para dedicarse al comercio, de lo cual obtuvo una fortuna que le permitió trasladarse a Bogotá definitivamente a comienzos del siglo XIX. Dentro del grupo de comerciantes de Santafé también se encuentra Antonio Arrazola, cuya red de negocios se extendía hasta Cartagena mediante el comercio de la quina con su primo José Arrazola Ugarte40, comerciante de origen vasco, vinculado al Consulado de Cartagena y relacionado con la familia de comerciantes Amador Rodríguez, encabezada por el gaditano Esteban Baltasar Amador41. Antonio Arrazola era el contacto en Santafé de su primo (casado con Manuela Amador, una de las dos hijas del jefe de la familia Amador), y de los cuñados de este, Juan de Dios y Antonio Carlos Amador.
Pedro de Ugarte fue otro comerciante establecido en Santafé, que en asocio con el notable científico y sacerdote español José Celestino Mutis, compartía intereses comerciales en el negocio de la quina y en menor medida en la minería42. También es probable que Ugarte hubiera tenido intereses en el negocio de bienes raíces. A finales de la década de 1770, Ugarte comerciaba con paños de Quito, lienzos morcotes y efectos de castilla como hierro, cera y especias y también revendía mercancías directamente en la ciudad43. Tras su muerte en 1792, Ugarte heredó sus bienes y negocios a su esposa, María Josefa Franqui y a sus sobrinos, Nicolás y José Antonio de Ugarte. En su testamento también figura que entre 1780 y 1792 el valor de sus negocios ascendió a 12´000.000 de pesos44, probablemente como resultado de su actividad comercial y demás negocios45. Sus sobrinos, Nicolás y José Antonio de Ugarte también fueron dos importantes comerciantes de la ciudad de Santafé. Aunque sus negocios se concentraban en la introducción de mercancías y de ropas de la tierra, José de Ugarte aparece también como propietario de la hacienda “Chaleche” entre 1770 y 1792, la cual se componía de “casa, tierras, muebles, y entre ellas 60046 reses… un fondo de cobre grande y alguna corta herramienta; cuya hacienda y tierras es citada en vecindario de Sesquilé"47. Esta era una lujosa hacienda, esporádico lugar de hospedaje del virrey, en la cual la actividad ganadera pudo tener cierta importancia, por cuanto sus extensos pastizales no sólo sirvieron para mantener el hato propio de la hacienda (que había crecido en 81 cabezas de ganado al momento de la venta), sino que también se alquilaba a otros ganaderos48. Fuera de su actividad comercial, tanto Pedro, Nicolás y José de Ugarte ocuparon cargos en la administración de la ciudad, entre ellos el de alcalde en distintos periodos: el primero en los periodos 1768 – 1770 y 1783 - 1784, el segundo en 1800 - 1817 y el tercero entre 1809 y 1810.
Al igual que José Acevedo y Gómez, José de Ugarte aparece como firmante de la petición de establecimiento del Consulado en Santafé en 1804, en calidad de Regidor Alcalde Mayor Provincial. En la misma petición aparece Vicente Rojo49 comerciante y alcalde de la ciudad en 1798. Entre 1785 y 1788 realizó 5 introducciones de géneros de Castilla por un valor total de 88.050 pesos, importados directamente desde España e introducidos por la aduana de Cartagena50. Andrés Otero era otro comerciante relacionado en la petición que aparece en los libros de conciertos con el tercer mayor acuerdo de pago para todo el periodo considerado. Otero aparece como importador de géneros y efectos de Castilla en 1785 por un valor de 74.874 pesos, en 1786 por un valor de 23.112 (realizada en dos transacciones, una en agosto y otra en diciembre) y en 1788 por 2.350 pesos51. Andrés Otero, que murió en marzo de 1813, también fue alcalde de la ciudad en 1811 y síndico procurador a finales del siglo XVIII52. Los anteriores casos permiten establecer tres características generales de este grupo económico. En primer lugar, estos comerciantes tuvieron interés adicional en negocios distintos a los de su actividad mercantil. En segundo lugar, la importancia de las relaciones familiares en el desarrollo comercial de la sociedad colonial. Finalmente, los grandes comerciantes santafereños también eran influyentes funcionarios coloniales. Estas características son compartidas por otros comerciantes de la América española, como en el caso de las redes asociadas a los mercados de la Nueva España53, en particular Puebla54 Guadalajara55 y al sur del continente en el Río de la Plata56.
Sin embargo, estas redes mercantiles estaban mejor organizadas y manejaban volúmenes de comercio mayores: “En una sola transacción un comerciante de Buenos Aires manejaba una suma equivalente al total de importaciones de un comerciante antioqueño de la elite durante todo el año”57. Adicionalmente, esto se verifica en la participación de los impuestos al comercio en el total recaudado para algunas regiones de la América española (ver gráfico 2), en el cual la región central de la Nueva Granada apenas llega a un 2% (inferior al 8% correspondiente al total sudamericano), nivel similar al alcanzado en el norte del Perú, pero ampliamente superado por el comercio del norte de Argentina y México, y por la totalidad de Bolivia y del centro y sur peruanos58, donde la minería y el comercio fueron sectores más dinámicos.

Por ejemplo, la ciudad de Lima “había sido desde la más temprana época colonial el mercado principal y casi exclusivo de producción de la costa ecuatoriana” y su demanda “venía a reunir la demanda agregada de todo el virreinato peruano (…) dada la situación de monopolio comercial que la favorecía”60. Adicionalmente, los menores volúmenes de comercio de la Nueva Granada son consistentes con el reducido tamaño de su economía, puesto que su producto por habitante en 1800 era casi la tercera parte del rioplatense y algo más de la mitad del novohispano61.
El caso de los Ugarte sugiere que algunos comerciantes santafereños también tenían intereses en la producción agrícola. Fuera de los metales preciosos, la quina era uno de los principales productos de exportación neogranadinos que cada vez ganaba mayor participación en las exportaciones como producto de las reformas borbónicas y en el que los comerciantes santafereños tenían especial interés. Sin embargo, no se puede concluir con certeza que este fuera el caso general, sino más bien una excepción, y que la regla la constituyeran comerciantes especializados en su actividad, y cuyos capitales no tenían vinculación con otras actividades productivas como la agricultura o minería, característica presente en otros espacios neogranadinos, como en el caso de las provincias de Antioquia y Popayán62.
La formación de redes familiares había sido una de las principales características de la sociedad colonial y base para la realización de grandes negocios63. Las largas distancias y la debilidad de las reglas sobre la formación de compañías de comercio hacían que los vínculos familiares fueran la única manera de desarrollar grandes intercambios comerciales, y por tanto no sorprende que “los mismos comerciantes se preocuparan por estrechar los lazos familiares entre sí.”64 Los comerciantes españoles preferían asociarse con peninsulares residentes en las colonias, frecuentemente relacionados por lazos de familia, o por vínculos de honor e intereses personales en el negocio familiar, en caso de ausencia de parientes en la colonia. El aislamiento geográfico también favoreció la concentración del poder político regional en unas pocas familias locales65. En particular, las elites santafereñas no sólo desarrollaban actividades de tipo comercial, sino que también tenían intereses en el acceso al poder político de la ciudad y la provincia mediante el control de cargos en la administración colonial.66 Este hecho fue percibido como negativo por la administración borbónica, la cual buscó debilitar las redes familiares que se habían tomado el poder político regional, una actitud no muy exitosa en la Nueva Granada.
El comercio no era una actividad que otorgara mayor prestigio social en el siglo XVI. Sin embargo, durante los siglos XVII y XVIII los comerciantes fueron acumulando fortuna y poder mediante alianzas matrimoniales con familias dedicadas a actividades de mayor prestigio que el comercio como la producción agrícola.67 En particular, tres de los casos aquí presentados llevarían a concluir que el comercio a larga distancia en el siglo XVIII otorgaba un mayor prestigio que en siglos anteriores, si se tiene en cuenta que José Acevedo y Gómez era miembro de una notable familia, al igual que Nicolás y José Antonio de Ugarte que heredaron parte de la fortuna y negocios de su tío, también comerciante.
La importancia de las redes familiares y los vínculos personales entre comerciantes como determinantes del desarrollo del comercio a larga distancia contrasta con la incipiente institucionalidad formal existente sobre mecanismos de asociación impersonal entre comerciantes.68 En el Capítulo X de las Ordenanzas de Bilbao69 se presenta la normativa sobre la creación de sociedades generales o colectivas dedicadas al comercio y se especifica la claridad con la que éstas deben conformarse, estableciendo la confianza entre las partes como patrón que regiría todo tipo de acuerdo comercial entre ellas. En este capítulo se puede apreciar que principios como la buena fe, la confianza y la simétrica distribución de información entre las partes son las principales características que deberían determinar la asociación entre comerciantes, y en general, todos sus acuerdos contractuales. Estas condiciones se lograban con el registro de asociación mediante escritura pública ante un escribano, principal veedor de la fe pública.
En la teoría del capital social70 aplicada a las relaciones económicas, las reglas e instituciones propician la confianza, en la medida en que “pueden influir directamente sobre el comportamiento al establecer mecanismos de recompensas y castigos, o directamente, al ayudar a los individuos a gobernarse a sí mismos al proporcionar información, asesoría técnica, mecanismos alternativos de resolución de conflictos y demás.”71 Las redes sociales como expresión del capital social constituyen un mecanismo que favorece la circulación de información, y en ese sentido, permite reducir las ineficiencias que se producen por su escasez, lo que favorece la mejor asignación de los recursos a través del comercio. Las organizaciones no solo están insertadas en un conjunto de relaciones de intercambio con otros actores sociales sino también en una estructura de relaciones sociales más amplias que sus propias actividades crean, pero que a la vez actúan para configurar o restringir sus posibilidades de acción.72 Así, los vínculos familiares, el honor y en general los intercambios personales entre los comerciantes neogranadinos de finales del siglo XVIII delimitaron el desarrollo de organizaciones comerciales que a su vez crearon sus propias reglas.
Estos vínculos entre comerciantes permitieron los flujos de comercio y el desarrollo de algunas operaciones de crédito, al menos entre ellos, dado que no era una actividad generalizada para toda la sociedad colonial.73 El crédito se podía efectuar en el mercado interno, o con mercaderes peninsulares. Con la figura de vales, libranzas de comercio y acuerdos concertados entre comerciantes, se podía establecer por escrito la negociación entre las partes con los términos de pago y vencimientos pactados en el momento de la negociación, facilitando el cumplimiento de los plazos de este y su cobranza. Una característica de los códigos comerciales y de navegación españoles y demás normas comerciales de la época fue la incorporación gradual de las prácticas comunes del comercio colonial. Sin embargo, pese a este componente consuetudinario de las ordenanzas, los mercaderes y comerciantes minimizaban el riesgo en sus transacciones negociando con sus propios familiares. Por tal razón, los vínculos de confianza y reciprocidad logrados mediante la cercanía familiar pudieron reemplazar la institucionalidad formal de la época, cuyo cumplimiento o ejecución74 era apreciado como débil.
En todo caso, estas experiencias asociativas en la Nueva Granada debieron haber sido escasas y reducidas a unas pocas actividades económicas. El inglés William Wills, observador de la economía neogranadina de la primera mitad del siglo XIX señala que la retención de capitales en algunas regiones y la falta de desarrollo de algunas actividades productivas fueron resultado del aislamiento y la falta de asociación de los hombres de negocios de la época75. Más que el aislamiento geográfico, Wills criticaba la falta de asociación que pudo haber reducido los efectos de este. Finalmente, es posible que los grandes comerciantes santafereños utilizaran su poder político y el de su familia para favorecer su actividad comercial. Tanto los Ugarte, varias veces alcaldes de la ciudad, como José Acevedo y Gómez, representante santafereño en el Consulado de Cartagena entre otros cargos, tuvieron acceso a la administración colonial.
Esto les permitió expresar, de manera privilegiada, sus intereses y sus quejas con respecto a la administración y el manejo de asuntos comerciales por parte de la corona española. Tanto los funcionarios como directivas del consulado debían ser comerciantes de reconocida fortuna y miembros destacados de la comunidad. Dichas condiciones limitaban la elección a un grupo reducido de individuos, haciendo que los intereses del Consulado coincidieran con los de un círculo muy limitado de personas.
El Consulado también tenía una responsabilidad especial con la integración del mercado interno neogranadino construyendo y manteniendo en buen estado las rutas comerciales del interior. Sin embargo, a 10 años de su establecimiento, surgieron quejas y reclamos por la indiferencia de los funcionarios consulares ante su responsabilidad con el desarrollo e integración comercial de la Nueva Granada76, lo cual, sumado a sospechas por el mal manejo de fondos77, generaron tensiones y conflictos entre los comerciantes del Virreinato. El incumplimiento de las obras que conectarían el puerto de Cartagena con las diferentes regiones al interior del país y en especial con la capital virreinal, puso en evidencia el monopolio comercial de los comerciantes de Cartagena, en su mayoría nativos españoles que además se beneficiaban de los ingresos generados por el situado fiscal.78
A pesar de la importancia de los negociantes cartageneros en el comercio con España, comerciantes de otras regiones, entre ellas Santafé, comerciaban directamente con peninsulares. Tras el establecimiento de la política borbónica de comercio libre, a la capital se le reconoció como provincia negociadora en el comercio externo, conectándose al circuito trasatlántico de mercancías, las cuales podían llegar a la ciudad directamente sin pasar por el registro de aduanas cartagenero, evitando tener que adquirir mercancías revendidas. Este reconocimiento fue apoyado por los cabildos de San Gil, Pamplona, Tunja, Purificación, Timaná y en particular el de Socorro, que eran muy críticos de los privilegios otorgados a los comerciantes cartageneros y en especial, con la deficiente gestión del Consulado.79 Sin embargo, el comercio del interior seguía dependiendo de Cartagena, pues se notaba todavía una fuerte presencia de mercaderes españoles que desplazaban a los criollos.
De esta manera, los comerciantes más representativos del comercio santafereño80 solicitaron directamente al Rey el reconocimiento para establecer el Consulado de Santafé en 1804. El nuevo consulado debería concentrarse en la construcción y mejoramiento de los caminos necesarios para el flujo de mercancías al interior del virreinato, así como el fomento a la producción de bienes locales como la quina. Para los comerciantes de Santafé el desarrollo económico de la región central del virreinato, en particular de la agricultura y la artesanía, dependía del desarrollo del comercio, lo cual es la principal justificación para el establecimiento de la representación consular. Con mejores caminos se reducirían los costos de transporte y se incentivaría el flujo de frutos del virreinato y la introducción de maquinaria que permitiría el desarrollo de industrias como ingenios azucareros, aumentando así las ganancias y con esto, las rentas públicas.
Comercialización de mercancías en la ciudad
La difícil geografía neogranadina y la dispersión demográfica impactaban negativamente el desarrollo del mercado interno. A esto se suman los elevados costos de transporte los cuales pudieron generar importantes brechas de precios. En Bogotá, por ejemplo, “los precios de las mercancías podían llegar al doble o al triple del que se cobraba en otras partes del país.”81 Así, los circuitos mercantiles locales prevalecían sobre los regionales, virreinales o internacionales, generando economías que eran prácticamente autárquicas, pero que podían tener internamente cierto desarrollo mercantil. El alto costo de transporte también hacía que el número de comerciantes de importaciones fuera bajo y que sólo una pequeña parte de las mercancías que circulaban en la capital fueran importadas, las cuales tenía un valor significativamente mayor al de los productos locales. En 1761 las mercancías importadas a la capital ascendían a 400 cargas, de las cuales el 65 por ciento eran productos de economía doméstica como harina, vino, pescado, aceitunas, aceite de oliva, hierro, entre otros y textiles (lienzos, tejidos de lana, sedas y sombreros) mientras que las restantes cargas consistían en una variedad de artículos como cera, papel y quincallería, entre otros.82

Para el mismo año se comerciaron 19.300 cargas de productos locales, de las cuales casi tres cuartas partes consistían en mercancías de tierra caliente cuyas entradas se registraban en el ramo de camellón, o derechos de peaje, como melazas, mieles y alfandoques, que representaba 13.900 cargas. El valor del pago de camellón por las cargas de mercancías que entraron y salieron de Santafé entre 1769 y 1805 fue creciente, lo cual sugiere un comportamiento similarmente creciente de las introducciones legales de mercancías locales e importadas a Santafé83. En el gráfico 3 se muestra el valor del pago de camellón por las cargas de mercancías que entraron y salieron de Santafé entre 1769 y 1805, serie que muestra un aumento en la comercialización de dichos bienes en la ciudad, a juzgar por el crecimiento del 3% anual promedio que experimenta el pago de camellón a partir de 1777 hasta el primer año del siglo XIX.
El resto de las mercancías comerciadas en la ciudad eran azúcar, tabaco y anís (2.500 cargas), lienzos domésticos, camisas y frazadas de Tunja, y tejidos de lana de Quito (más de 2.500 cargas), así como otros artículos como jabón, cuero, arroz, conservas, quesos, entre otros y otros productos agrícolas producidos localmente. Aunque las mercancías locales circulaban en mayor volumen que las importadas, aquellas tenían un menor valor, haciendo que el margen de ganancia de los pequeños mercaderes y pulperos del comercio local no fuera muy alto. Esto se verifica con la composición de los ramos que componen el pago del impuesto de alcabala (ver Cuadro), en la cual los efectos de castilla y efectos de la tierra, principales negocios de los grandes importadores de la ciudad superan en participación a ramos propios del comercio al menudeo como carnicerías, tiendas de pulperías, composición de pulperías y tiendas de mercaderes.
A finales del siglo XVIII la ciudad estaba organizada en 195 manzanas agrupadas en cuatro parroquias -la Catedral, las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino-, que a su vez se dividían en 9 barrios - El príncipe, La catedral, Palacio, San Jorge, Las Nieves Oriental y occidental, Santa Bárbara Oriental y Occidental y San Victorino-. Se podía apreciar cierta especialización espacial entre los distintos barrios de la ciudad. El barrio San Jorge, que hacía parte de la parroquia de la Catedral, era sede de una importante actividad comercial, con un 34,7 por ciento de locales dedicados al comercio en 1798.84 No obstante, en mayor o menor medida se podían encontrar tiendas o pulperías en los distintos barrios de la ciudad.

La comercialización de importaciones en Santafé se hacía en alguna de las tres plazas de mercado (la de San Francisco, Mayor y San Victorino), en tiendas y pulperías, que correspondían a los distintos tipos de establecimientos o espacios comerciales de la ciudad, según la información reportada en un padrón realizado en el barrio de San Jorge en 1798 y 1803. Las tiendas a su vez podían ser de comercio y mercaderías, ropas de la tierra, de cerería, de miel, de confitura y de carpintería. De las tres categorías, la tienda en ocasiones tenía funciones de residencia, lo cual hace difícil su clasificación.
Otro tipo de establecimiento comercial fueron las tiendas, en particular las de trato, en las que se podían encontrar prendas de vestir como telas e insumos para la confección de vestidos85, así como comestibles importados y locales. Las tiendas de tratantes se podían encontrar en la Calle Real, y su prestigio aumentaba a medida que se encontraban más cerca a la plaza central. Algunos tratantes importantes fueron José González Llorente y Matías De Francisco, quienes distribuían mercancías importadas en sus tiendas, gracias a sus contactos en Cartagena, además de productos de consumo diario como harinas y pan.

Por otra parte, se encuentran las pulperías, distribuidas en todos los barrios de la ciudad, en las cuales se comercializaban alimentos, productos de mercería, buhonería y droguería, pero a diferencia de las tiendas de trato no se vendían paños o algún tipo de tejido y se vendía licor para su consumo en el lugar. Tanto las tiendas como las pulperías se encontraban reguladas por el cabildo y la junta municipal de propios, y debían pagar alcabala y otros cargos fiscales de acuerdo con sus ventas. Mientras que las tiendas pagaban 10 pesos en promedio, las pulperías pagaban 6 pesos, los cuales podían amortizar en tres pagos anuales. En el Gráfico 4 se puede apreciar el pago de derechos de alcabala por parte de los pulperos, como proporción del recaudo total, entre 1788 y 1794. La participación del pago es relativamente baja y no supera el 1%, además es decreciente, lo cual se explica por el mayor crecimiento de los otros ramos que componen el recaudo de este impuesto.86 Además, comparado con otras ciudades coloniales, las ventas en las pulperías neogranadinas a principios del siglo XIX fueron bajas: “Al finalizar el período colonial, las rentas del derecho de pulperías sumaban lo siguiente al año: Venezuela, 30.000; Nueva Granada, 6.000; Quito, nada; total, 36.000.” 87 En términos per cápita esto equivalía a 41,8 pesos para Venezuela y 4,8 pesos para la Nueva Granada, teniendo en cuenta los datos de población de Maddison88.
Las pulperías, a diferencia de las tiendas de trato (en las cuales se podía conseguir vino importado, pero no para el consumo en el lugar), ostentaban una dudosa reputación, asociada a la comercialización de licores y la formación de tumultos y riñas reputación que compartía en cierta forma con las chicherías, tradicionales sitios de encuentro y distribución de chicha en la ciudad. Esto llevó a que se tomaran medidas restrictivas y de control a estos establecimientos, como limitar el número de pulperías a 12089.
En síntesis, el vínculo entre el comercio del circuito trasatlántico y el consumidor final fueron principalmente las tiendas de tratantes y en menor medida el mercado en las plazas de la ciudad. Por su parte las pulperías tuvieron una mayor importancia en el abastecimiento de mercancías locales.
Conclusión
El estudio de la actividad económica de los comerciantes de Santafé a finales del siglo XVIII permite entender mejor las estrategias a las cuales acudieron para reducir los efectos negativos que la difícil geografía, la precariedad de caminos y la dispersión demográfica tenían sobre la rentabilidad de sus negocios. La principal de ellas fue la formación de redes sociales extensas, con participación no sólo en actividades económicas sino también políticas, que les permitieran usar una retórica corporativista en la que sus intereses particulares se alineaban con el beneficio público del virreinato.
Así, los comerciantes que realizaban intercambios a larga distancia se favorecieron de pertenecer a una extensa red familiar que les procuraba seguridad para realizar grandes transacciones comerciales, ante la incipiente legislación comercial. Las redes de comercio aquí identificadas tenían características similares (cercanía familiar, cierta diversificación de actividades productivas y acceso al poder político) a las de otros espacios coloniales, pero estaban menos organizadas en intercambiaban menores volúmenes de comercio, lo cual es de esperarse en una región que, como la Nueva Granada, tenía una importancia marginal dentro de la economía hispanoamericana del siglo XVIII. Estas redes permitieron la asociación de comerciantes para el transporte de mercancías desde el puerto a los mercados locales, logrando economías de escala en el transporte de mercancías al interior de la Nueva Granada.
Sin embargo, las dificultades geográficas y la precariedad de los caminos, traducidas en altos costos de trasporte, hicieron que muy pocos comerciantes se dedicaran al comercio de larga distancia. Esto hizo que las ganancias de la mayor apertura al comercio trasatlántico promovida por las reformas borbónicas tuvieran efectos asimétricos en el interior del virreinato, y que las regiones a las cuales las mercancías accedían con un menor costo de transporte disfrutaran en mayor medida de los beneficios de las políticas borbónicas.
No sólo los grandes comerciantes introducían todas las mercancías que circularon en la ciudad, las mercancías locales que circulaban junto con las de ultramar eran distribuidas por comerciantes al menudeo en los distintos mercados, tiendas y pulperías que funcionaron en la ciudad, y que conformaban los circuitos de abastecimiento local que funcionaban junto con los circuitos trasatlánticos. De tal manera que la articulación entre ambos circuitos se logró principalmente a través de las tiendas y mercados, espacios de gran importancia económica y social en la ciudad. Claramente, el consumo de uno u otro tipo de producto se hacía de manera desigual, reservando los productos importados para el consumo mayoritario de las clases altas.
Hacía 1810 el clima de tensión entre la metrópoli y los comerciantes neogranadinos los involucraría directamente en las luchas por la independencia, algunos defendiendo la causa independentista como José Acevedo y Gómez y otros fieles a la corona española, significando esto la interrupción de su actividad comercial, o en el peor de los casos, el fin de sus negocios.
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Notas
Madrid. En la imprenta de Pedro Marín. Biblioteca Nacional de Colombia.
Notas de autor