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“Los campos” de José Antonio Arvelo. Por una historia de las emociones desde la poesía agraria decimonónica venezolana.
“Los campos” by José Antonio Arvelo. For a history of the emotions, seen from Venezuelan nineteenth-century agrarian poetry.
Procesos Históricos, núm. 37, pp. 101-115, 2020
Universidad de los Andes


Recepción: 15 Octubre 2019

Aprobación: 15 Diciembre 2019

Resumen: En Venezuela, las últimas décadas del siglo XIX se caracterizaron por la inestabilidad política, por la merma de las cosechas y el ganado, por el abandono de los campos. Ello marcó la vida de la República, en especial, alentó una importante poesía agraria en la que afloraron las emociones de diferentes poetas. Entre ellos, José Antonio Arvelo, quien materializó su experiencia e imprimió su sentir en “Los campos”. Esta composición fue publicada entre 1859-1872, pieza brillante que permite afirmar la posibilidad de una historia cultural, una historia de las emociones, desde el análisis histórico-literario y la mirada comprensiva del historiador sobre el mundo afectivo de los sujetos.

Palabras clave: Venezuela siglo XIX, poesía agraria, José Antonio Arvelo, historia cultural, historia de las emociones.

Abstract: In Venezuela, the last decades of the nineteenth century were characterized by political instability, the decline in crops, the decline in livestock and the abandonment of the field. This marked the life of the Republic, especially, it encouraged an important agricultural poetry in which the emotions of different poets surfaced. Among them, José Antonio Arvelo, who materialized his experience and printed his feeling in “Los campos”. This composition was published between 1859-1872, a brilliant piece that allows us to affirm the possibility of a cultural history, a history of emotions, from the historical-literary analysis and the historian's comprehensive view of the subject's affective world.

Keywords: Venezuela 19th century, agrarian poetry, José Antonio Arvelo, cultural history, history of emotions.

1. Historia cultural, historia de las emociones: Breve introducción.

Durante las dos últimas décadas del siglo XX al presente, las formas de hacer historia, parafraseando el título de la obra del historiador británico Peter Burke, se diversificaron. En parte, como resultado de la “ruptura posmoderna”1, un movimiento que subrayó la necesidad de crear una disciplina y una historiografía libre de las ataduras metodológicas heredadas del positivismo, el materialismo y el estructuralismo de los Annales. Entre ellas, la habitual exploración de la economía, la política, la geografía, es decir, las condiciones objetivas de la sociedad2.

Con ese propósito emergieron varias opciones historiográficas: historia cultural, historia de género, etnohistoria, historia de las ideas, historia conceptual, historia oral, historia regional, microhistoria, historia desde abajo y otras más; propuestas que, en primer lugar, se inclinaron por el estudio de las ideas, mentalidades, representaciones, imaginario, en fin, buscaron la comprensión del pensamiento simbólico de los sujetos. Por ello, en segundo lugar, pasaron a conformar –a decir del historiador español Jaume Aurell– una nueva historia, heterogénea en su abordaje, método, fuentes, teoría y conclusiones3.

De las propuestas historiográficas referidas, la historia cultural se alzó desde inicios de la década 90, cuando sus cultivadores –Roger Chartier, Pierre Nora, Carlos Ginzburg, Robert Darnton, Eric Hobsbawm, Lynn Hunt, Peter Burke y otros– fijaron su atención en lo social, más exactamente, en la historia cultural de lo social. Una historia que busca advertir en las prácticas4 esos signos de pertenencia e identidad5 –cargados emocionalmente, contradictorios y enfrentados6– con los que los individuos y los grupos – dados por el género, la edad, la profesión, las tradiciones educativas, las lealtades religiosas, las solidaridades territoriales, etcétera– han sido capaces de crear y recrear, dar sentido y significado al mundo, a los otros y a sí mismos7.

Este planteamiento desde finales del siglo XX, en especial durante la primera década del siglo XXI, originó una historiografía que renovó las miradas sobre el mundo afectivo, sobre las experiencias del sujeto. Ello revalorizó los contenidos privados, es decir, revivió el interés por los sentires, emociones, sentimientos y motivaciones. Así también se afirmó la posibilidad de un estudio diacrónico a partir de los elementos emocionales, subjetivos y sensibles que, consciente o inconscientemente, hombres y mujeres plasmaron en sus acciones individuales o colectivas8.

Esta forma de hacer historia ha sido denominada historia cultural de las emociones, o simplemente historia de las emociones. La falta de consenso en la denominación no debe resultar extraña, pues la propuesta historiográfica aún es muy joven en América Latina y está explorando sus propios caminos teóricos, metodológicos, historiográficos, incluso, epistemológicos pues atiende a su singularidad histórica9.

A pesar de ello, en este trabajo se afirma su existencia; primero, reclamando la mirada analítica-comprensiva del investigador sobre el mundo afectivo pasado, sobre esas emociones que, como refiere Agustín Escolano Benito, son expresiones reconocibles demostrativas del sentimiento, inquietudes y deseos de unos sujetos entorno a un propósito10; segundo, convocando al examen y relectura de documentos públicos y privados, orales o escritos, en los que sujetos de carne y hueso han dejado plasmadas sus historias. Esto es, a decir de Javier Moscoso, la observación –por parte del historiador– de unos avatares que se muestran junto a unos anhelos siempre enmarcados, no determinados, por contextos bien particulares11; y tercero, ofreciendo un análisis histórico-literario de “Los campos”, poema de José Antonio Arvelo (1843-1884), publicado entre 1859-187212. Un tiempo crítico en la historia de Venezuela en el que afloraron significativas emociones en los actores del momento, entre ellos, diferentes poetas que dieron lugar una importante poesía agraria, fuente brillante y rica a la luz de una historia de las emociones.

Dicho esto, a continuación, se explora el lapso histórico en que emerge “Los campos”; seguidamente, se estudian los rasgos de la poesía agraria decimonónica venezolana, grupo al que pertenece “Los campos”; luego se efectúa el análisis histórico-literario propiamente; y para finalizar se ofrecen algunas comprensiones. Con todo ello se abona la historia cultural, en especial, a una historia de las emociones que afirma al mundo afectivo como importante motor del devenir, pues hacer y sentir está conjugado en los sujetos.

2. De 1859 a 1872: etapa crítica en la Venezuela decimonónica.

Desde inicios del proceso de Independencia y tras la separación de Colombia, el territorio venezolano emprendió el camino para su constitución como república moderna. Por ello, entre 1830 y1847, debe reconocerse el esfuerzo que en esa dirección desplegó José Antonio Páez quien, durante el lapso referido, asumió la dirección de la joven república creando expectativas crecientes en cuanto a la posibilidad de concretar el progreso económico de la nación; así como el desarraigar la improvisación por la planificación, las armas por las leyes y lo irracional por las instituciones13.

Con esos propósitos, primero, logró cierto “entendimiento” con hacendados, comerciantes, letrados, profesionales, funcionarios, civiles y militares que afirmaron la necesidad de difundir e instaurar la paz en la República14; segundo, permitió la libertad de expresión a través de la prensa, lo cual dio lugar a la lectura y discusión pública de temas políticos, económicos, religiosos y sociales15; y tercero, “dejó que el Congreso legislase a fin de crear una infraestructura legal y financiera favorable a la expansión de la agricultura, la cría y el comercio”16.

Los contravalores irrumpieron en el lapso 1848-1858, cuando la dirección de la república fue asumida por los hermanos Monagas y los poderes se subordinaron a los caprichos del ejecutivo nacional. Esto animó la incompetencia administrativa, la corrupción y la inmoralidad. Ante esta situación, abundó en las ciudades la discordia entre facciones políticas; y en el campo se resintió su abandono, bien reflejado en la merma de las cosechas y el ganado17.

Así es como, el 20 de febrero de 1859, militares ambiciosos y civiles agotados dieron inicio a los enfrentamientos contra las tropas del gobierno. Con ello, ambos grupos, bajo el pretexto de restablecer el orden, iniciaron una cruenta guerra civil conocida en la historia de Venezuela como la Guerra Federal (1859-1863)18.

Cierto freno en el uso de la fuerza y las armas, se logró a partir de 1864 cuando los líderes del Partido Liberal promulgan la Constitución de ese mismo año con la que, al menos superficialmente, se resolverían algunos de los problemas irresolutos. Entre ellos, el tema político que halló salida en la adopción –en apariencia definitiva– del modelo federal de gobierno que reconocía la autonomía política de los estados. Asimismo, el tema social encontró “remedio” en la declaración de ciertos derechos conjugados en el credo liberal19.

Empero, el juego político en el que la tierra, la riqueza y el poder pasaban de un grupo de jefes militares a otro grupo de caudillos, no tuvo fin, pues las divisiones internas entre miembros de la oligarquía liberal, dieron lugar a nuevas revueltas y desórdenes20. Ello se vivió hasta la llegada de Antonio Guzmán Blanco al poder, pues, desde 1870 y por los 17 años siguientes, con su personalidad y proyecto, buscó insertar al país en los derroteros de la modernidad, en la práctica del orden y el cultivo de la paz.

Todo lo anotado confirma que el lapso entre 1859 y1872 es fragmento de una etapa crítica en la historia de Venezuela, no sólo por la inestabilidad política, sino también por el abandono del campo y el alto número de víctimas mortales que marcaron la vida de la nación. Sin duda, avatares experimentados por diferentes sujetos, entre ellos, intelectuales, poetas y literatos que, en locuciones, sonetos, silvas, madrigales, odas, cuadros de costumbres y otras composiciones líricas, plasmaron sus más vívidas emociones. En especial, para criticar la ruina del país y animar a su remedio, reclamando la vuelta a los campos, al trabajo y a la vida agrícola; a la búsqueda de la paz y la felicidad. Estos rasgos fundaron una importante poesía agraria a la cual pertenece “Los campos” de José Antonio Arvelo.

3. Poesía agraria: fuente para la historia de las emociones.

Entre 1830-1870, la poesía en Venezuela se alimentó del neoclasicismo (tomando como temáticas la libertad, la razón, la educación, la moral, la historia y la naturaleza) y del romanticismo europeo (acentuando la perfección en la escritura, en la imaginación del poeta y la expresión de los sentimientos, las emociones, los anhelos). Pero, la poesía venezolana también adoptó una expresión eclética propia, un estilo claro e inspirado en la realidad nacional, que tendrá como punto común la descripción del paisaje, la crítica y problematización de la ruina política, económica, social y moral21.

Además, en la poesía agraria se dio la manifestación de una actitud ética-ideal para los hombres de su tiempo, es decir, la promoción de temas universales como la exaltación del campo, su feracidad y sosiego; su afirmación y figuración como sostén y madre nutricia de la nación. En fin, el campo no solo fue modelo para el ser moral, sino también asiento de las más puras emociones, sentimientos e intenciones22.

En general, las composiciones y con ellas la actitud ética-ideal, fueron difundidas en prensa, boletines y hojas sueltas que llegaron al oído de la mayoría de los habitantes, letrados y no letrados, pues quienes sabían leer tenía la obligación moral de pronunciar, en voz alta y en las plazas, el contenido impreso23.

La poesía agraria decimonónica venezolana también se afirmó en las ideas de Andrés Bello, especialmente las plasmadas en Silva a la agricultura de la Zona Tórrida, donde, en líneas generales, se coloca en primer plano el valor de la tierra reafirmándola en todos sus sentidos –político, social, económico, moral– como símbolo y pilar de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas24. Por ello, quien estudie la poesía agraria notará la existencia de poetas bellistas25. Más propiamente, se registra una primera generación que nació antes de 1850, descendientes de padres, tíos o abuelos que participaron en la guerra de independencia y coinciden en la necesidad de superar la pobreza y la ruina nacional. También hay una segunda generación que, entre 1850-1870, desarrolla su obra inspirada en las contiendas civiles y el desorden político como los grandes males que impiden la consolidación del orden y el cultivo de la paz26.

Desde esta base, los poetas bellistas reprodujeron en sus composiciones la figura del héroe y la libertad de la patria para condenar el egoísmo del caudillo, el arrebato de la recluta y la violencia devastadora de la guerra civil. Afirmaron también la plenitud y fertilidad de la tierra, el trabajo campesino y su familia como modelos. En general, en los bellistas surgen tres temáticas recurrentes: la patria heroica, el lar nativo y el beatusille27. En los cultivadores de esta última temática suele emerger la felicidad y la paz, como esas emociones medulares resultantes del trabajo y la vida humilde del campo, frente a las glorias y los honores vanos que produce la ciudad y la guerra28.

Entre los bellistas del beatus illese inscribe José Antonio Arvelo, autor de “Los campos”, quien nació en Caracas en 1843, cuando la Venezuela ya superaba la primera década de vida política independiente. Arvelo fue hijo de Colombia Beluche y Rafael Arvelo29. De joven recibió su primera formación en Caracas, pero, por las revueltas militares y civiles sucedidas en la capital, tuvo que completar sus estudios en Valencia. En la prensa de ambas ciudades, Arvelo publicó varios ensayos, que desde 1859 le harían conocer como poeta30. Sobre él y sus composiciones escribió Felipe Tejera31:

Como poeta lírico, Arvelo tiene hermosas y delicadas composiciones que denotan un sentimiento poético y una imaginación pintoresca. Versifica bien y su estilo por lo común es correcto y castizo, los temas bien desarrollados. El tono conveniente y armónico. Parece un tanto afecto a la escuela de Bécquer y de Heine (…) Poeta espontáneo y de sentimiento delicado, pinta con nativo colorido nuestros campos, llora con amargura las ilusiones perdidas, vibra el ardiente alambre de su lira para condenar nuestras guerras intestinas [negritas mías]32.

La valoración de Tejera, sin duda, describe la emocionalidad inserta por Arvelo a sus composiciones. Ello es compresible pues, tal como ya se estudió, la lírica de este poeta tuvo como escenario cardinal la Guerra Federal y la devastación dejada a su paso. Pero Arvelo no sólo era afecto a Bécquer33 y a Heine34 sino también a Bello, como precisamente se evidencia en “Los campos” donde, como preámbulo del poema, cita un fragmento de Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida35.

Con ese fragmento, puesto como epígrafe del poema, Arvelo anuncia su apego al valor de la libertad y al cultivo de los campos como base de la república. Es esta, al ojo del historiador, una posición natural en él, pues, además de poeta, llegó a ser dramaturgo, militar y magistrado36. En definitiva, se trata de un hombre que reconoció y sintió de cerca la necesidad de reconstruir material y moralmente la nación. Sobre las facetas de Arvelo y tras ocurrir su fallecimiento el 19 de abril de 1884 en Valencia, escribe el poeta José Antonio Pérez Calvo:

Con Arvelo la sociedad perdió un miembro distinguidísimo, la patria un servidor esforzado e íntegro, Carabobo el más popular de sus magistrados, la literatura un idolatra y la democracia un apóstol37.

4. Análisis de “Los campos” de José Antonio Arvelo: una ventana a las emociones.

“Los campos”38 es una composición lírica ideada por Arvelo, tal como ya se estudió, en una circunstancia histórico-emocional muy particular. Una etapa crítica en la historia decimonónica de Venezuela, caracterizada por el desorden político y la ruina económica; por la emergencia de un mundo afectivo que avivó la libertad creativa y emotiva de Arvelo quien, desde diferentes figuras literarias, registra la realidad nacional y sus sentires, sus deseos, sus anhelos de constituir una república próspera, celosa de las leyes y el comportamiento honroso.

Entonces, no debe extrañar que, en las cuatro secciones, diez estrofas y ciento quince versos que compone a “Los campos”, justamente, el campo se convierta en símbolo contenedor de ese sentir, propósito o fin último que Arvelo imprime a su hacer y su práctica, a su accionar como poeta. Esto es, el querer para sí, para su historia y la de sus coterráneos: la felicidad de la república.

Para su mejor entendimiento aquí hemos desplegado una mirada comprensiva sobre “Los campos”, específicamente, ayudados de un análisis histórico-literario en el que se van identificando los diferentes atributos de la pieza lírica: la voz poética, el autor implícito, el oyente lírico, el mensaje, el temple de ánimo y más39.

Así es como, al observar la primera sección de “Los campos” –compuesta por dos estrofas– se advierte, en los primeros diez versos, una voz poética que reclama y muestra su desdén, su menosprecio por los trovadores que mienten al exaltar y exagerar las “hazañas” caudillistas. Cuando contrariamente, según el autor implícito, los poetas deben valorar, enaltecer o apreciar otro tipo de gestas como la “del pobre jornalero”, la vida del campo y el trabajo agrícola que día a día libra la batalla en “valles y montañas”.

Con ello, sin duda, Arvelo relaciona el campo con la honestidad y el trabajo, esto es, la muestra de un sentido ético-moral y una manera de ser-social que, ante el desorden político y el abandono del medio rural, se debería cultivar en lo más íntimo de sus coterráneos.

En la segunda estrofa, el campo es el oyente lírico principal y en la descripción de sus atributos, el poeta introduce una superposición espacial, esto es, una descripción del paisaje campestre que domina el resto de los versos. Por ello, el temple de ánimo o emocionalidad del autor es contemplativa, pues se limita a destacar la hermosura y abundancia de los “bosques de azahares”, “la feraz llanura” y “las regiones de occidente” donde el sol se oculta para llevar “a otro hemisferio luz y vida”. En esta última frase, el autor toma la bondad para sumarla como rasgo de ese campo que viene dibujando.

En la II sección del poema –compuesta por una estrofa– el campo vuelve a ser el símbolo capital, pero, esta vez, va a representar el asiento predilecto de la libertad y la paz, como valores políticos y religiosos de la nación posible. La voz poética es precisa al señalar que en el campo todo es “independencia y calma”, motivos por los que el hombre que lo habita puede, sin límites, conocer y gozar esa benignidad en las flores, en los ríos y en los vientos donde yace Dios, su calma y sosiego. Aquí Arvelo enlaza el campo a la idea de paz y al sentimiento que ella produce, esto es, armonía, tranquilidad, felicidad.

La III sección –integrada por seis estrofas– es la más larga y rica de la composición. En la primera estrofa, la voz poética se muestra exaltada y emocionada cuando advierte a los oyentes, lectores y público del momento, que falsamente el hombre encontrará satisfacción en “donde el vicio / a la virtud aterra”, porque sólo “en los campos reside la dicha”. Indudablemente, aquí Arvelo ha afirmado el campo como equivalente al bienestar, prosperidad y armonía no sólo económica, sino también moral y social.

En la segunda estrofa, el temple de ánimo del autor se torna increpador, en especial, cuando recuerda a los “ambiciosos vulgares” –los caudillos y sus tropas– de gloria fugaz, pues el pueblo que hoy les ofrece “vil adulación” y les “llamará su Dios”, mañana les lanzará a “hondos abismos”. La intención explícita es enseñar al público coterráneo que el poder y la ambición son fútiles porque su base es la “lisonja sin conciencia”, esto es, el elogio sin méritos, sin reales sacrificios, sin verdaderos objetivos.

En la tercera estrofa, la voz poética se muestra comprensiva y equipara al campo como símbolo de amor, como cura física-espiritual y escudo protector de la familia. Con ello, Arvelo llama al campesino engañado, cansado y agotado por el uso de las armas a olvidar las promesas de los caudillos y a retornar al campo donde podrá aliviar las “heridas” de la guerra y la desilusión presente.

En la cuarta estrofa, el autor resalta lo venturoso que resulta el asiento del campesino en el campo; allí, donde “los afectos envejecen” y “se conservan (…) del doméstico hogar los atractivos”; es decir, el amor, la moral y la virtud personal y familiar.

En la quinta estrofa, la voz poética presenta al campo como fuente de inspiración lírica, por eso llama a otros –interesados como él– al cultivo de la poesía pastoril, bucólica e idílica. Esa poesía que los poetas Teócrito y Virgilio erigieron, inspirados en “la belleza y la armonía” de la vida en el campo. Además, el autor, de forma implícita, convoca a la creación de una poesía que sirva tanto para admirar la hermosura del paisaje, como para que los actores del momento copien, asimilen y practiquen su pasividad, orden y tranquilidad, como emocionalidad necesaria a la república agraria.

En la sexta estrofa, el campo se convierte en símbolo de independencia y dignidad humana, pues, la voz poética compara la vida del campesino libre y esforzado, con “la mísera existencia” de un hombre que, por ir tras “del poderoso” a la guerra, ha abandonado la tierra y el trabajo honesto, es decir, su propio sustento, honra y moral. Por ello, la voz poética llama a reflexionar a los hombres de su tiempo, a mirar en el campo su “dulce independencia”, esa libertad y felicidad tan necesaria al ser humano.

En la cuarta y última sección de “Los campos”, la voz poética nuevamente se dirige a los vates, a los poetas, para insistir en el cultivo de la poesía pastoril propia, que se diferencie de otras al inspirarse en los “campos feraces de la patria mía”. En esta estrofa, el campo se trasluce en símbolo de identidad, no sólo de un tipo de lírica nacional, sino una lírica agraria que permita afianzar valores que apoyen la concreción definitiva de la nación y el país.

Ahora bien, ha notado el lector como Arvelo convierte el campo en símbolo de prosperidad, moralidad y felicidad, en oposición a la ambición, vicios y miseria que provoca la guerra en la Venezuela decimonónica. Entonces, el campo, además de aludir a valores económicos, políticos, morales y espirituales, también se convirtió en símbolo de ciudadanía a que se aspiraba; en un modelo inspirador de la poesía edificante. Más exactamente, una poesía agraria que se afirma como ventana a las emociones porque las composiciones líricas han sido pensadas y plasmadas por sujetos de carne y hueso que, si lugar a duda, no resultaron ajenos a su realidad histórica particular. Contrariamente, los poetas del momento vieron en la poesía una manera de descargar sus emociones, expresar sus anhelos y difundir sus sentires, tal como lo hizo José Antonio Arvelo.

5. Por una historia cultural de las emociones: a modo de conclusión.

En “Los campos” de José Antonio Arvelo emerge el campo como símbolo encarnador de emociones y figuras positivas; enlazadas con mensajes de libertad, paz, honestidad, virtud, prosperidad, amor, bondad, familia, bienestar y demás valores políticos, religiosos, éticos, sociales, económicos y morales. Todo ello conforma el conjunto de sentidos, significaciones, comportamientos, en fin, ideas materiales y emocionales presentes en el imaginario agrario decimonónico venezolano.

Por ello, en esta investigación se afirma la idea de que un poema es la materialización de una experiencia; pero también el rastro, la manifestación, las huellas de unas emociones que serán recurso de la Historia. Entonces, el historiador debe ver en la profundidad descriptiva del poeta, en la belleza del paisaje figurado; así como en la fecundidad de la tierra esbozada, esas valiosas expresiones de un mundo pasado, emotivo, vivo, dinámico y colorido.

Expresiones que, en el caso de “Los campos”, fueron convocando a los actores del momento a la construcción de la república agraria tomando como modelo ideal a la vida campesina y el trabajo agrícola. Este es un rasgo comprensible en la Venezuela decimonónica pues, con la Guerra Federal, la sociedad pareció sumergirse en el colapso y la incertidumbre, en una etapa histórica cargada emocionalmente. Por ello se comprende que los poetas bellistas, entre ellos, Arvelo, asumieron la tarea de mantener viva la aspiración de un orden social, político y económico que encausara a la sociedad hacia la ansiada modernidad, a la práctica del orden, al cultivo de la paz, a la preservación de la felicidad.

De allí pues que, desde este particular análisis histórico-literario, se ve como uno de los rasgos de la poesía agraria, al menos en “Los campos”, es su tránsito entre lo real y lo ideal, entre la crítica y el llamado a la reflexión, entre la problematización de la realidad y la promoción de una identidad nacional. Desde estos rasgos se pensó delinear, nutrir y configurar una manera de ser social, un sentido ético-moral, un modelo económico-político. En fin, un imaginario que esbozó lo que debían ser la república y sus hombres: un cuerpo ordenado, próspero e independiente; forjado por individuos libres, honestos y laboriosos. Y, sobre todo, sujetos que procuraran –por encima del caos y las ambiciones personales– la felicidad nacional. Este fue, tal como ya se anotó, el sentir último que Arvelo imprimió a su hacer, a su práctica, a su accionar como poeta.

Dicho esto, invitamos a los lectores a observar por sí mismos esos elementos emocionales, subjetivos y sensibles que habitan en “Los campos” de José Antonio Arvelo. Rasgos que acercan a la historia, a un fragmento muy vívido de nuestro devenir venezolano. Para ello se inserta el poema, pues de este modo se podrá, no solo confrontar el análisis ofrecido, sino también –desde sus particulares comprensiones–sumar a la historia cultural, una historia de las emociones poliédrica, plural y siempre abierta a las nuevas miradas.

LOS CAMPOS40

A MI HERMANA CONCEPCIÓN



¿Amaís la Libertad? El campo habita,
no allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve…
Andrés Bello.

I

Canten otros al ínclito guerrero;

canten otros del héroe las victorias;

multipliquen y encomien sus hazañas

y exageren sus glorias:

que yo cantar prefiero

del pobre jornalero,

humilde habitador de las cabañas,

sus líquidos cristales bullidores,

sus rústicos amores,

sus valles y montañas.

Canto a los de mi patria campos bellos.

¡Dulces campos! en ellos

tiende Ceres su manto de esmeraldas

y Flora disemina sus guirnaldas;

en ellos desde bosques de azahares,

donde la brisa matinal murmura,

las aves trovadoras

con plácidos cantares

saludan las auroras;

y en la feraz llanura,

que el abril engalana,

da la torcaz doliente

al sol la despedida,

cuando entre nubes de topacio y grana

se oculta en las regiones de Occidente

llevando a otro hemisferio luz y vida.

Desde la enhiesta cumbre

desciende el arroyuelo,

reflejando la lumbre

y el puro azul del cielo;

ora entre peñas raudo se desata,

ya forma con sus aguas cristalinas

impetuosa, soberbia catarata

y a las plantas se ve de las colinas

y se pierde entre extensos bucarales

donde cuelgan sus nidos los turpiales.

II

Todo en los campos sin cesar respira

independencia y calma;

en los campos más cerca a Dios se mira

con los ojos del alma.

El aura nemorosa,

las brilladoras gotas de rocío,

el blanco lirio, la purpúrea rosa,

el árbol secular, el ancho río,

de la fuente las ondas murmuraciones

y el céfiro que gime

son de un cuadro sublime

pinceladas brillantes

que revelan al hombre la existencia,

la suprema bondad, la omnipotencia

«del que orbe formara en seis instantes.

III

En vano, en vano al mundanal bullicio

ventura el hombre pide:

no puede ella existir en donde el vicio

a la virtud aterra;

en los campos reside

la dicha, si no ha huido de la tierra.

Ambiciosos vulgares,

¿la juzgáis del poder en la eminencia

y en los vanos, ridículos altares

que erige la lisonja sin conciencia?

Trepad aquella cumbre

impelidos por ebria muchedumbre:

a vuestras plantas quemará su incienso

la vil adulación y un pueblo inmenso

os llamará su Dios, su fe, su égida!

Mas, ah! Temed el rápido descenso,

temblad por la caída!

Habéis de recorrer hondos abismos,

lanzados por los mismos

que os ayudaren a subir, y en vano

buscando apoyo tenderéis la mano.

Amantes que miráis desvanecidas

Como efímeros lampos,

las del amor imágenes queridas:

ocurrid a los campos

y bálsamo hallarán vuestras heridas.

Esposo afortunado

a quien la suerte dio con mano pía

un ángel de belleza no manchado

por la del mundo repugnante orgía:

los campos habitad! ellos ofrecen

la posible ventura

en ellos los afectos envejecen

y la virtud perdura;

en ellos se conservan muy más vivos

del doméstico hogar los atractivos.

Vates que inspiraciones

hayáis en la belleza y la armonía,

si queréis elevar dulces canciones

«en alas de la ardiente fantasía»,

las selvas recorred: allí murmura

cada bosque un idilio,

y cada flor recuerda la ternura

de los cantos de Teócrito y Virgilio.

Ser miserable y bajo,

que, huyendo del trabajo,

giráis alrededor del poderoso

y pedís con ahínco vergonzoso

un pedazo de pan, un vil mendrugo,

siendo por obtener don tan mezquino

de vuestra propia dignidad verdugo:

id al campo, mirad al campesino,

comparad con su dulce independencia

vuestra arrastrada, mísera existencia!

Si al pecho depravado

un resto de amor propio le ha quedado,

ante ese campesino, reverente,

es fuerza que bajéis la impura frente!....

IV

Canten otros las glorias del guerrero;

las proezas del héroe canten otros:

que yo cantar prefiero

a los campos, mansión de la alegría;

sobre todo a vosotros,

campos feraces de la patria mía.

Referencias

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Notas

1 Burke, Peter (Ed.). Formas de hacer Historia. Madrid, Alianza Universidad, 2da Edición, 1996, pp. 20-32.
2 Aurell, Jaume; Balmaceda, Catalina; Burke, Peter y Soza, Felipe. Comprender el pasado. Una historia de la escritura y el pensamiento histórico. Madrid, Akal, 2013, pp. 288-311.
3 Aurell, Jaume. La escritura de la memoria. De los positivismos a los postmodernismos. Valencia, Universitat, 2005, pp. 113-130.
4 Chartier, Roger. El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. Barcelona, Gedisa, 2005, pp. 53-56.
5 Hobsbawm, Eric. “Introducción: La invención de la tradición”, en Hobsbawm, Eric y Ranger, Terence (Edits.). La invención de la tradición. Barcelona, Crítica, 2002, pp. 12-14.
6 Ríos Saloma, Martín. “De la historia de las mentalidades a la historia cultural. Notas sobre el desarrollo de la historiografía en la segunda mitad del siglo XX”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, N° 37. (D. F., Universidad Nacional Autónoma de México, enero-junio de 2009), pp. 121-123.
7 Chartier, El mundo como representación…, pp. 49-50.
8 Moscoso, Javier. “La historia de las emociones, ¿de qué es historia?, en Vínculos de Historia, N° 4. (Ciudad Real, Universidad de Castilla-La Mancha, 2015), pp. 15-19.
9 Zaragoza Bernal, Juan Manuel. “Historia de las emociones: una corriente historiográfica en expansión”, en Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de las Ciencias, Vol. 65, N° 1. (Madrid, Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2013).
10 Escolano Benito, Agustín. “Humanidad. Una historia de las emociones por Stuart Walton. Madrid, Taurus, 2005, 480 páginas”, en Historia y Memoria de la Educación, N° 2. (Madrid, Universidad de Valladolid, 2015), pp. 356-358.
11 Moscoso, “La historia de las emociones…”, pp. 20-21.
12 La referencia más documentada sobre la datación del poema “Los campos” se halló en la obra de Tejera, Felipe. Perfiles Venezolanos. Caracas, Presidencia de la República, 1973, p. 387.
13 Pérez Vila, Manuel. “El gobierno deliberativo. Hacendados, comerciantes y artesanos frente a la crisis, 1830-1848”, en Fundación John Boulton. Política y economía en Venezuela, 1810-1991. Caracas, Tipografía Americana, 1992, pp. 70-71.
14 León, Ramón David. “Como se engendró el caos sectario”, en León, Ramón David. Hombres y sucesos de Venezuela. (La República desde José Antonio Páez hasta Rómulo Gallegos). Caracas, Tipografía Americana, 1952, pp. 39-42.
15 Ramírez Vivas, Marco Aurelio. “El discurso Poético Venezolano producido entre 1830-1870 (Aspectos teóricos metodológicos para su estudio literario)”, en FERMENTUM,Revista Venezolana de Sociología y Antropología, Año 24, Nº 69. (Mérida, Universidad de Los Andes, Centro de Investigaciones en Ciencias Humanas-HUMANIC, enero-abril de 2014), pp. 90-97.
16 Pérez Vila, “El gobierno deliberativo…”, p. 63.
17 Brewer Carías, Allan. “La constitución del estado independiente y autónomo”, en Brewer Carías, Allan. Las Constituciones de Venezuela. (Serie Estudios, N° 71). Caracas, Academia de Ciencias Políticas y Sociales, 2008, T. I, p. 159.
18 Benjamín A, Frankel. “La guerra Federal y sus secuelas 1859-1869”, en Fundación John Boulton. Ob. Cit., pp. 132-136.
19 Sufragio universal, libertad de imprenta, supresión de la prisión por deudas, derogación de la recluta, prohibición perpetua de la esclavitud, abolición de la pena de muerte y el ostracismo, entre otras ideas conjugaron el creo liberal. Para más, véase: Carrera Damas, Germán. Una Nación Llamada Venezuela. Caracas, Monte Ávila, 2006, pp. 91-117.
20 Carrillo, Tomás E. y Crazut, Rafael J., “Capítulo IV. Rojas Paúl-El político”, en Carrillo, Tomas E. El pensamiento económico de Juan Pablo Rojas Paúl. (Colección Historia del Pensamiento Económico Venezolano, Serie 6). Caracas, Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1998, p. 97.
21 Cardozo, Lubio. “El neoclasismo en la poesía venezolana” y “El romanticismo en la poesía lírica venezolana del siglo diecinueve”, en Cardozo, Lubio. La poesía lírica venezolana en el siglo diecinueve. Ensayos de Historia, Teoría y Crítica. Mérida, Universidad de Los Andes, Consejo de Publicaciones, 1992, pp. 89-138.
22 Ídem.
23 Ramírez Vivas, “El discurso Poético…”, pp. 96-99.
24 Ídem.
25 Destacan como poetas bellistas: Luis Alejandro Blanco, Cecilio Acosta, Rafael María Baralt, Gerónimo Eusebio Blanco, José Vicente Nucete, Amenodoro Urdaneta, Vicente Coronado, Marco Antonio Saluzzo, Felipe Tejera, Fernando Morales Marcano y Fermín Toro.
26 Ramírez Vivas, “El discurso Poético…”, pp. 89-90.
27 La expresión proviene de la tradición latina, más exactamente de unos versos cultivados por Horacio acerca de la vida humilde y campestre.
28 Ramírez Vivas, “El discurso Poético…”, pp. 89-90.
29 Sobre Colombia Beluche poco se conoce, no así sobre la vida de Rafael Arvelo (1814-1878) quien nació en Valencia, estado Carabobo. Su padre fue diputado al primer Congreso de Colombia en 1823. Rafael Arvelo cursó estudios en Colombia hasta 1828, en ese año regresa a Venezuela para iniciar su carrera política desde el partido liberal, primero, desempeñándose como diputado al Congreso, luego fue Gobernador de Provincia, Ministro de Interior y Justicia (1857) y Presidente interino de la República (1867). Además de ello, Rafael Arvelo cultivó poesía popular, en general, dedicada a acontecimientos y personas. Se atribuye a Rafael Arvelo dar el título de “pacificador y regenerador de Venezuela” a Antonio Guzmán Blanco. Rafael Arvelo fue sepultado en el panteón nacional en 1878. Esta sucinta biografía fue organizada a partir de los datos hallados en Garrido y Compañía. Diccionario biográfico de Venezuela. Madrid, Blass S.A Tipografía, 1953, p. 91. y Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas, Fundación Polar, 2da edición, 1997, T. I, p. 281.
30 La obra poética de José Antonio Arvelo está diseminada en la prensa de la época, sin embargo, se tiene referencia de Mis versos: primera colección de poesía publicada en 1883. Esta obra aparece registrada en el catálogo público de la Biblioteca Nacional de Venezuela.
31 Felipe Tejera (1846-1924) escritor, crítico literario y poeta venezolano, entre sus obras se cuentan: La Boliviada (1883) y Camafeos (1906). En prosa se hallan: Perfiles venezolanos (1881), Cervantismo venezolano (1949) y otras más.
32 Tejera, Perfiles Venezolanos…, p. 387.
33 Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), poeta de origen español, considerado uno de los más importantes representantes de la corriente posromántica, aquella inclinada a la temática intimista y a la sencillez expresiva.
34 Heinrich Heine (1797-1856), poeta alemán que cultivo un ferviente lirismo apegado a una sátira mordaz contra personas e instituciones.
35 Esta silva que tiene 373 versos, fue publicada por Andrés Bello en Repertorio Américano, en octubre de 1826. Para ahondar en el contenido de esta silva puede verse el estudio de Ramírez Vivas, Marco Aurelio. Antología poética de Andrés Bello. Desde el paisaje americano. Mérida, Universidad de Los Andes, Consejo de Publicaciones, Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico, 2008.
36 José Antonio Arvelo no sólo se destacó como poeta, igual que su padre Rafael Arvelo. También lo hizo como dramaturgo entre 1869-1872, lapso en el que publicó “Los encuentros inesperados” y “El castigo de una coqueta” (1869). Esta última obra fue publicada, años más tarde, con el título de “El palurdo y la coqueta” (1875). Para más véase a Tejera, Perfiles Venezolanos…, p. 387.
37 Fragmento tomado de la obra del crítico literario venezolano Bravo, Víctor. Diccionario General de la Literatura Venezolana. Caracas, Monte Ávila, 2013, p. 51.
38 La edición de “Los campos” que aquí se examina se encuentra en Rojas, José María. Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos (1875). (Marco Aurelio Ramírez Vivas, Coord. de la Edición). Mérida, Universidad de Los Andes, Vicerrectorado Administrativo, 2012, pp. 358-364.
39 Las herramientas para el análisis literario fueron aprendidas en 2015, en el Seminario “La lírica venezolana (1830-1870) como fuente de documentación histórica”, dirigido por el profesor Dr. Marco Aurelio Ramírez Vivas a estudiantes de la maestría en Historia de Venezuela de la Universidad de Los Andes (Mérida, Venezuela).
40 El poema ha sido tomado de Rojas, Biblioteca de escritores... pp. 358-364.

Notas de autor

* Profesora Instructora en la Universidad Politécnica Territorial del estado Mérida, UPTM.

Magíster Scientiae en Historia de Venezuela (ULA, 2019).



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