Recolección de guácharo o tayu (Steatornis caripensis), el ave de las cavernas, en la comunidad de Muún Shamatak de El Cenepa, Perú
Collect of guácharo or tayu (Steatornis caripensis), the cave bird, in the community of Muún Shamatak of El Cenepa, Peru
Recolección de guácharo o tayu (Steatornis caripensis), el ave de las cavernas, en la comunidad de Muún Shamatak de El Cenepa, Perú
Iberoforum. Revista de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana, vol. XV, núm. 30, pp. 1-26, 2020
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Palabras clave: Defensa de la vida, Amazonas, práctica comunitaria, awajún
Keywords: Defense of life, Amazon, communitarian practice, awajún.
Durante la última semana del mes de marzo o inicios del mes de abril, de cada año, en hogares de comunidades nativas awajún de El Cenepa, en el norte de la amazonia peruana, las cocinas despiden un aroma agradable: el de pichones de tayu weakbao (asándose a la brasa) o yunkunamu. Por un lado, es la señal de un tiempo muy corto de abundancia de alimento y, por otro, el inicio del nuevo ciclo de cuidado del tayu y de la naturaleza que la alimenta.
En la comunidad awajún de Muún Shamatak, la recolección del tayu mantiene una práctica ancestral heredada de generación a generación; ésta empieza con la confección de una escalera de 150 metros, elaborada por los varones, y finaliza con la degustación de deliciosos platillos que las mujeres preparan empleando como ingrediente esencial el tayu. Por su parte, los niños y niñas disfrutan a su manera; atan una cuerda a una de las patas del pichón, luego lo lanzan al aire. El ave, que empieza a aprender a volar, se eleva a poca altura y a unos escasos metros de distancia cae; los niños corren felices detrás de sus juguetes. Algunas niñas cargan al pichón como si se tratara de un bebé y lo pasean por las calles de la comunidad.
La recolección del guácharo empieza un día lunes con la sesión de la Asamblea Comunal, coordinado por el apu elegido democráticamente. Participan de la reunión los comuneros empadronados. Allí, conforman dos grandes grupos de trabajo: uno para la recolección de shuat y otro para la recolección de daek; trabajos a realizarse los días martes y miércoles. Concluida la labor del día miércoles, los varones se reúnen en torno al apu, a la entrada de la cueva del tayu para conformar doce nuevos grupos de trabajo que asumirán la confección de una parte de la escalera. El día jueves limpian el suelo sobre el que colocarán el shuat y daek, lianas con las que construirán la escalera. El día viernes, un grupo clasifica shuat y otros unen daek hasta conseguir tres lianas firmes de 150 metros. El día sábado atan las varas que atraviesan las lianas daek, de nombre tutik, y otros construyen tambos cerca a la entrada a la cueva. El día domingo, la escalera de 150 m está lista para ser colocada en la cueva.
Para elegir a los comuneros que ingresarán a la cueva, participa un representante de las familias que ha heredado la cueva por generaciones. Luego, con la aprobación del apu, aproximadamente a las 11:00 a. m., ingresa uno de los jóvenes, el más valiente, para realizar una rápida exploración de reconocimiento del terreno y confirmar la existencia de pichones. Transcurridos treinta minutos asciende y anuncia: ¡makichik! (uno), ¡jima! (dos). Con su ascenso, además de anunciar si será una recolección abundante, garantiza la firmeza de la escalera. A continuación, ingresan cincuenta comuneros recolectores, la mayoría jóvenes. Bajan aferrados a la liana del centro de la escalera al grito de ¡tae!, ¡tae!, ¡tae! El rugido espanta temores, da valor e indica la parte de la escalera en que el sujeto se encuentra para que el siguiente pueda iniciar su descenso. Permanecen en el interior de la cueva de domingo a lunes, desplazándose en grupo con changuina al hombro por los diversos rincones de la cueva. Todos van descalzos y alumbrados por una linterna.
Recolectar tayu requiere de un buen estado de salud, adiestramiento físico, psicológico y espiritual para descender y ascender por una escalera de 150 m con la única seguridad que brinda la fuerza de brazos y piernas. No existe mecanismo adicional de seguridad en caso de sufrir un mareo o luxación de tobillos; el factor psicológico es importante para vencer el miedo a la gravedad y la oscuridad; y el aspecto espiritual para integrar los temores propios de la cosmovisión awajún como la existencia del “Tijai”, ser mitológico que posee la habilidad de distraer hombres para retenerlos en la profundidad de la tierra. El mito “El hombre que cayó a la cueva del guácharo” plantea las consideraciones a tener en cuenta a quien desee participar de la recolección.
Para asegurar el éxito del recolector, practican la revisión del sueño; no recomiendan el ingreso a la cueva a quien haya soñado días previos serpientes o cadáveres. Todos aquéllos que ingresan a la cueva y regresan a la superficie son llamados seetachu, “el que no tiene miedo”. Concluida la recolección del tayu, el apu de la comunidad revisa la cueva para verificar que todos los recolectores hayan regresado, luego realiza su ascenso. Una vez en la superficie, el apu corta las amarras de la escalera, así asegura que ningún depredador ingrese a la cueva.
De regreso a la comunidad los varones disfrutan visitándose, conversando y bebiendo masato, bebida que las mujeres elaboran de la yuca (Manihot esculenta), comparten la experiencia de haber observado el interior de la tierra; evalúan el trabajo en equipo, celebran que no hubo accidentes o no encontraron culebra dukam, y agradecen haber regresado a salvo.
La recolección del tayu reúne a la comunidad e integra a las familias, posibilita la transmisión de saberes a las nuevas generaciones; los muún (adultos) relatan y actualiza el conocimiento de los mitos que rodean la recolección del tayu; el conocimiento de las plantas que se emplean para la construcción de la escalera. Evalúan el modo en que cuidan la tierra en que habita el tayu, y describen la estrategia de organización de la comunidad para la recolección. El trabajo en equipo exige diálogo para llegar a acuerdos y para la resolución de conflictos. Comprende a la vez un tiempo de paz, requiere de paz y genera paz.
Los días posteriores a la recolección del tayu, la sonrisa de satisfacción es generalizada, hombres y mujeres, niños y niñas se ven felices. Gozan de la revitalización de una tradición cultural ancestral que defiende la vida y llama a conservar la naturaleza y cuidar la tierra.
La recolección del tayu no está ajeno a desafíos. Es una práctica que también plantea preguntas al corazón de la cosmovisión de los awajún de El Cenepa debido a la incorporación de prácticas de socialización como el empleo del dinero para adquirir un bien. Así, ponerle precio a un tayu plantea preguntas de fondo al ancestral sentido de la recolección del tayu. Por un lado, porque es una práctica que invita a conservar el bosque y cuidar el hábitat en donde vive el tayu y, por otro, porque reúne componentes como la actitud de agradecimiento a la naturaleza que provee los alimentos, debido a que los awajún no han podido domesticar al tayu, a pesar de numerosos intentos. También permite la celebración de la vida, la unión de fuerzas, la alianza de clanes familiares, la conservación de la especie Steatornis caripensis, la distribución equitativa y el compartir con el huérfano, la viuda y el anciano.
Dada la capacidad adquisitiva de algunos comuneros, la recolección de tayu presenta el riesgo de una recolección al margen de los criterios de conservación ancestral. Uno de los acuerdos básicos es recolectar sólo pichones, y si en un nido hay dos pichos, sólo se recoge uno; siempre se ha de respetar a la madre. Todos los comuneros están invitados a participar de la recolección sólo en la temporada. Sin embargo, se acentúa la visita de cazadores furtivos a la entrada de la cueva para cazar a las aves madres, y omiten el criterio de conservación que señala no recolectar a todos los pichones de los nidos. Se manifiesta cierta indiferencia en la repartición equitativa, se deja de considerar a las personas que por estado de salud o por ser huérfanos o viudas no pueden participar de manera directa en la recolección. Finalmente, empiezan a priorizar la tasación de un precio del tayu para su venta en las localidades cercanas, donde pueden alcanzar precios muy altos.
Según el apu Remigio: “las nuevas generaciones no conocen nuestras prácticas ancestrales, la recolección del tayu nos enseña a unirnos para conseguir un objetivo común”. El desconocimiento cultural de las nuevas generaciones, identificado por el apu Remigio, advierte de los nuevos caminos que empiezan a transitar los awajún de El Cenepa, un pueblo que no ha desarrollado la agricultura y que depende en lo absoluto del bosque y la naturaleza para sobrevivir.
Los awajún forman parte de los 55 pueblos originarios de la amazonia peruana. Tiene una población aproximada de 60 000 habitantes y ocupan, fundamentalmente, territorios en la provincia de Condorcanqui, Amazonas, Perú. Se comunican en aguaruna, palabra posiblemente quechua, que descompuesta en “awaq” significa tejido y “runa” hombre, y se autodenominan aents “personas”.




















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