Dossier
La insoportable levedad de la sed
The Unbearable Lightness of Thirst
La insoportable levedad de la sed
Iberoforum. Revista de Ciencias Sociales, vol. 5, núm. 1, pp. 1-25, 2025
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Recepción: 28 Agosto 2024
Aprobación: 02 Enero 2025
Publicación: 18 Febrero 2025
Resumen: Este ensayo fotográfico ilustra, en tres momentos diferentes, una crónica de la sed y su combate en tres frentes: a) el combate de los incendios forestales en los cerros sagrados de la Sierra de las Cruces y Montealto, Estado de México; b) las ceremonias de petición de lluvia de otomíes y nahuas de la Huasteca Sur, y c) los rituales de lluvia del norte de Guerrero.
Palabras clave: Sequía, ritual, cosmovisión, incendios forestales, agua.
Abstract: This photographic essay illustrates, in three different moments, a chronicle of thirst and its combat on three fronts: a) the fight against forest fires in the sacred hills of the Sierra de las Cruces and Montealto, Estado de México; b) the rain petition ceremonies of the Otomi and Nahua of the Huasteca Sur, and c) the rain rituals of northern Guerrero.
Keywords: Drought, ritual, cosmovision, forest fires, water.
Se intuía que 2024 sería complejo en materia climática: si en el 2023, en México, se experimentaron tres olas de calor, en el 2024 se estimaba que se vivirían al menos cinco. Se predijo que estados como Sonora, Chihuahua, Coahuila o Tamaulipas tendrían jornadas con más de cuarenta grados centígrados de calor, con sensaciones térmicas cercanas a los cincuenta.1 En 2023, Nuevo León vivió una terrible sequía que casi agotó la disponibilidad de agua potable, sobre todo en la zona metropolitana de Monterrey, sometiendo a la incertidumbre hídrica a casi quince millones de personas.
Monterrey es, actualmente, una ciudad de destino para miles de trabajadores migrantes que provienen de regiones del sur de México e inclusive de Centroamérica. Durante mis estancias de campo, tanto en la Huasteca Sur (especialmente en el municipio de Ixhuatlán de Madero, Veracruz) como en el Alto Balsas (Guerrero), identifiqué con más precisión familias cuyo destino común era la ciudad de Monterrey; en ambos lugares, afirmaban que si en dicha ciudad no llovía, era porque “la gente de allá no sabe hacer costumbre”, señalando la falta de conocimientos locales sobre los protocolos ceremoniales que se deben llevar a cabo para pedir la lluvia.
En la Huasteca se sabe que Apanchaneh, la sirena dueña del agua, sólo concede la lluvia si el ritual conocido como atlatlacuatiliztli se desarrolla de la forma, en el tiempo y los lugares correctos. Lo mismo sucede en Guerrero con el ritual de atzatiliztli: la lluvia no descenderá del cielo si no hay danzas, peleas de tigres, música y abundante comida para las cruces que, desde los cerros, son las llaves que abren o cierran las compuertas que resguardan las aguas celestiales.
Pero este año la sed y la sequía se tornaron más graves; sus violentos efectos también se trasladaron al sur del país: muchos ríos y arroyos bajaron alarmantemente sus niveles y la gente buscó agua en donde pudo. En muchas comunidades, la población tuvo que beber agua de los charcos; las cascadas se secaron y el agua de las pozas, al estancarse por falta de corriente, se pudrió irremediablemente. El fuego no tuvo piedad de miles de hectáreas de bosques en todo el país; muchos animales perdieron la vida o, bien, su hábitat.
La sed atormentó a la gente, la cual se abrazó a su vida ceremonial para contenerla: tanto en la Huasteca como en Guerrero y en el Estado de México —por mencionar los casos que documenté fotográficamente con detalle a lo largo del año—, se multiplicaron los rituales de petición de lluvia y desagravio. Este ensayo fotográfico ilustra, en tres momentos diferentes, una crónica de la sed y su combate en tres frentes: a) el combate de los incendios forestales en los cerros sagrados de la Sierra de las Cruces y Montealto, Estado de México; b) las ceremonias de petición de lluvia de otomíes y nahuas de la Huasteca Sur, y c) los rituales de lluvia del norte de Guerrero.
En el primer caso, los pueblos otomíes de esta sierra, enclavada entre las ciudades de México y Toluca, han experimentado en los años recientes una poderosa gentrificación urbana que hace pensar que los incendios tienen propósitos inmobiliarios peligrosos. En el segundo caso, se vivió en el 2024 una intensa actividad ceremonial de veneración a la Sirena-Santa Juanita, la cual no se detuvo ni con la sustracción de esta piedra sagrada de su santuario en mayo de este año —las imágenes corresponden a una celebración llevada a cabo un par de meses antes de su robo—. En el tercer caso, las imágenes dan cuenta de la petición de lluvia en el cerro más alto de San Francisco Ozomatlán, Guerrero.
La sed y la sequía fueron explicadas en estas tres regiones como una respuesta de los dueños del agua ante la indiferencia humana en pedir, agradecer y proteger. La piel del monte está lastimada y, en la Huasteca, el niño-maíz entró al cuerpo de los especialistas rituales (tlamatiketl) y lloró desconsolado por las faltas de respeto de los humanos, empeñados en ensuciar y agredir el cuerpo de la tierra. En Guerrero, la petición de lluvia implicó dar sangre de animales —y de los propios enmascarados—.
Dar vida para asegurarla; respetar la tierra para preservarla. Tal es el mensaje que deseo transmitir en clave cosmopolítica, es decir, tener presente que la vida es el resultado de complejas negociaciones entre humanos, animales, ancestros, dioses, meteoros: de esta diplomacia depende que nuestra casa común siga siendo sostenida por el trabajo de todos los implicados.

Bosque de Jilotzingo, Estado de México, arrasado por los incendios en la Semana Santa de 2024
Jilotzingo es uno de los municipios que más ha sufrido el embate de los cambios de uso de suelo, lo que trae como consecuencia la aparición de nuevos desarrollos habitacionales que amenazan el bosque.

Brigadista combatiendo los incendios en el bosque de Jilotzingo durante la Semana Santa de 2024
Cuando los incendios se salieron de control, acudieron centenares de voluntarios para sumarse a la tarea de extinguir el fuego.

Estragos de los incendios forestales en el bosque de Huitzizilapan, Estado de México, en la Semana Santa de 2024
No existe, a la fecha, información precisa de las hectáreas de bosque arrasadas, pero se calcula que pueden sobrepasar las quinientas, poniendo en riesgo los manantiales y la fauna que estos bosques resguardan.

Transporte de brigadistas en medio de los incendios forestales; Huixquilucan, Estado de México; Semana Santa de 2024
Los brigadistas de los pueblos vecinos se sumaron a combatir los incendios, no sólo por un acto de solidaridad, sino para evitar que el fuego atravesara los linderos e invadiera otros núcleos agrarios, como en efecto sucedió.

Una pareja de brigadistas combatiendo los incendios en el bosque de Jilotzingo; Semana Santa de 2024
En un principio, los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) pidieron a la población abstenerse de sumarse a las tareas de control del fuego. Sin embargo, ante la lentitud de la respuesta, los vecinos se organizaron por su propia cuenta.

Brigadistas voluntarios de combate a los incendios en el bosque de Otozolotepec, Estado de México; Semana Santa de 2024
Muchas familias recuerdan esta Semana Santa como “la semana del castigo”. A los trabajos se sumaron niños, adultos y jóvenes, obligando al Gobierno a enviar ayuda por tierra y aire.

Deslaves mortales en Jilotzingo; septiembre de 2024
Seis meses después de los incendios, el péndulo del cambio climático volvió a golpear Jilotzingo: las lluvias atípicas provocaron un deslave mortal que acabó con la vida de catorce personas y dejó sin hogar a cuarenta y siete familias. La pérdida de bosque hizo que las rocas y el lodo bajaran sin control desde la montaña.

La piedra sagrada de Santa Juanita, venerada en La Joya, Ixhuatlán de Madero, Veracruz; abril de 2024
La piedra fue sustraída durante el mes de mayo, apenas un mes después de ser tomada esta imagen.

La Sirena-Santa Juanita es vestida como novia; La Joya; abril de 2024
Los rituales en honor de la Sirena implican la celebración de una boda entre ella y los fieles, lo que exige adornarla de la manera apropiada: la figura es perfumada y maquillada; sus labios son retocados. Durante la ceremonia, se ejecutan sones de costumbre.

Madrina de la comunidad de Zapote Bravo; La Joya; julio de 2024
Durante los rituales en honor de la Sirena, es común la ingesta de la planta “Santa Rosa” (cannabis), la cual es un vehículo para el trance de las “madrinas de la flor”, quienes entran en éxtasis para que, por sus bocas, hable la dueña del agua con sus fieles reunidos en su honor. En esta imagen, una madrina replica el mensaje de la deidad, interesada en aliviar la sed y el hambre provocadas por la sequía.

Capilla de Santa Juanita; La Joya; julio de 2024
Casi al amanecer, los fieles bailan y encienden velas en el exterior de la capilla de Santa Juanita, antes de visitar la poza donde ésta habita. Durante la sequía, la poza se secó casi por completo.

Niño-maíz de la comunidad de Primo Verdad, Benito Juárez, Veracruz; junio de 2024
En otros pueblos de la Huasteca, los tlamatiketl (especialistas rituales nahuas) también hacen el costumbre de atlatahualiztli (petición de lluvia). Muy jóvenes, casi adolescentes, estos especialistas prestan sus cuerpos para que el niño-maíz hable. En la imagen, esta deidad llora por el maltrato y las faltas de respeto que los seres humanos cometen hacia la Santa Tierra.

Tlamatiketl en la comunidad de Primo Verdad; junio de 2024
El tlamatiketl se sumerge en el pozo de la comunidad para hablar cara a cara con Apanchaneh, la sirena dueña del agua subterránea.

Sirena de la comunidad de Primo Verdad; junio de 2024
Una madrina carga las figuras de papel recortado de la Sirena, adornada con un peine, dentro de una olla de barro que representa el depósito subterráneo del agua.

Tlamatiketl de la comunidad de Primo Verdad; junio de 2024
Luego de una semana intensa de rituales y con el son del aguacero como fondo musical, el tlamatiketl hace llover con el agua extraía del pozo sagrado, esperando que la Sirena replique esta acción a una escala más amplia.

Cruces de San Francisco Ozomatlán, Guerrero; mayo de 2024
Los habitantes nahuas de la cuenca del Río Balsas ascienden el 2 de mayo a su cerro sagrado para honrar las cruces que cuidan el agua del mundo celeste. Luego de adornarlas con collares de cempasúchil, les ofrendan sandía, naranjas, semillas de ajonjolí, mole y velas.

Ofrenda a las cruces en San Francisco Ozomatlán; mayo de 2024
La ofrenda a las cruces implica sacrificios de sangre. En este caso, la víctima es el ave sagrada: el guajolote, cuya sangre se recoge para dar de beber a las cruces y al cerro mismo. La línea metonímica sangre-agua es común en todo el territorio mesoamericano.

Sacrificio en San Francisco Ozomatlán; mayo de 2024
A medianoche se hace otro sacrificio en el cerro: el jaguar o tecuán, “devorador de gentes”, es rastreado por los cazadores y sus perros hasta ser cazado; su cuerpo se presenta ante las cruces como ofrenda, la cual se entrega a cambio de la lluvia.

Bajada de las cruces; San Francisco Ozomatlán; mayo de 2024
Amanece en el cerro y es tiempo de bajar las cruces hasta el pueblo. La noche discurrió entre rezos, alabanzas y peticiones de lluvia, así como de salud, de protección a los hijos del pueblo donde se encuentren (ya sea en México, Monterrey o Nueva York). La petición está hecha: la última palabra la tienen las cruces.

Baile del jaguar; San Francisco Ozomatlán; mayo de 2024
Las cruces bajan y el jaguar-tecuán, redivivo, baila delante de ellas.
Notas
Notas de autor
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