Secciones
Referencias
Resumen
Servicios
Buscar
Fuente


Las derechas en América Latina: El poder de la servidumbre voluntaria
The Right in Latin America: The Power of Voluntary Servitude
Iberoforum. Revista de Ciencias Sociales, vol. 5, núm. 2, pp. 1-28, 2025
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Dossier


Recepción: 11 Abril 2025

Aprobación: 24 Junio 2025

Publicación: 01 Septiembre 2025

DOI: https://doi.org/10.48102/if.2025.v5.n2.422

Resumen: En el artículo desarrollo dos premisas ligadas a los procesos políticos recientes en América Latina y, más exactamente, a la recomposición de las fuerzas de derecha. La primera es que la identidad de las derechas en la región, desde el siglo XIX en adelante, se definió a partir de sus inclinaciones de vasallaje en relación con las potencias del norte global. Ello ocurrió porque el entramado de poder global fue el que delimitó el campo para los antagonismos más determinantes de las vidas política y social de los países del continente. La segunda premisa, derivada de la anterior, es que la radicalización de los gobiernos de derecha en América Latina se corresponde con los momentos de mayor intensidad de sus vasallajes políticos, en particular respecto a Estados Unidos desde mediados del siglo XX. La constatación de algo tan simple como que la fuente del poder de la derecha latinoamericana proviene de su régimen de sumisión —históricamente consolidado— antes que de su régimen de dominación interna es un hecho prácticamente ignorado por la bibliografía sobre las derechas contemporáneas, así como, más en general, por la teoría crítica dominante.

Palabras clave: Procesos políticos, cambio social, América Latina, modernidad vasalla, sociedad mundial poscolonial.

Abstract: In the article, I present two premises related to recent political processes in Latin America, specifically regarding the reconfiguration of right-wing forces. The first is that the identity of the right-wing in the region, from the 19th century onward, has been shaped by its vassal-like relationship with the powers of the Global North. This occurred because the global power structure defined the framework for the most decisive political and social antagonisms in the lives of the countries in the continent. The second premise, which follows from the first, is that the radicalization of right-wing governments in Latin America corresponds with periods of intensified political vassalage, particularly in relation to the United States since the mid-20th century. The recognition of a simple truth —that the source of the power of the Latin American right derives more from its historically entrenched regime of submission than from its internal dominance— is a fact largely overlooked by literature on contemporary right-wing movements and, more broadly, by dominant critical theory.

Keywords: Political processes, social change, Latin America, vassal modernity, postcolonial world society.

Introducción: esbozo del escenario histórico1

Izquierda y derecha, en su sentido más elemental, constituyen dos puntos de referencia que dependen uno del otro. Si bien su función primaria es la de organizar el espacio y aquello que en él se ubica, trasladado a la historia política de los últimos siglos estos identificadores fueron empleados para delimitar un escenario de antagonismo entre fuerzas basadas en identidades interconectadas. Estas identidades políticas, definidas como una izquierda y una derecha enfrentadas, fueron portadoras de sendos programas de cambio social. El relato dominante sostiene que fue a partir de la Revolución francesa que comenzaron a emplearse los términos “izquierda” y “derecha” para trazar la política divisoria determinante del futuro colectivo que estaba en disputa.

Esta experiencia inaugural se acotó a la trayectoria doméstica y al juego político interno de una sociedad imperial como era la francesa de aquellos tiempos. Los principios de libertad, igualdad y fraternidad, que enarbolaron los izquierdistas contra el Antiguo Régimen, atendían exclusivamente a las exigencias de cambios radicales en su entramado interno de poder, pese a que se proclamaron como consignas universales. Cuando Rousseau (2003) advertía en El contrato social que “el hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado” (p. 43), ese mundo totalizado aludía, antes que nada, a la realidad doméstica francesa. La gesta revolucionaria no puso en cuestión la empresa imperial de Francia, no al menos como un problema que debía considerarse en la agenda política.2 Como veremos a continuación, por otro carril transitó la historia de cómo los ideales de la Revolución francesa se diseminaron por el sur global.

Mientras aquellos valores subversivos que inspiraron la oposición entre izquierda y derecha —como el de la igualdad— se ajustaron a las luchas de poder domésticas de las potencias del norte global, resultaba bastante sencillo detectar qué tipo de igualdad concreta era la que se buscaba, y también se podía discernir con relativa facilidad quiénes eran los actores políticos que promocionaban el cambio social igualitario y quiénes se oponían férreamente a él. Aquí la realización de la igualdad se entendía como un proceso orientado a liquidar las desigualdades existentes entre las diferentes clases de individuos que poblaban cada sociedad nacional, ya fuera la francesa, la alemana, la española o la norteamericana. Los problemas severos de identidad y de orientación política recién aparecieron cuando los valores en pugna de la modernidad europea se globalizaron.

El marco nacionalista y eurocéntrico que determinó la identificación originaria entre derecha e izquierda, fue asimilado por algunas fuerzas políticas y por el grueso de los intelectuales en América Latina para moldear sus propios imaginarios de emancipación social, o bien para oponerse a un enemigo a veces inexistente. El resultado de esta penetración simbólica fue una tremenda confusión, a partir de la cual entraron en competencia principios de igualdad y de libertad que en la práctica se oponían entre sí, multiplicándose los enfrentamientos entre actores políticos que, al menos en el papel, guardaban férreos compromisos igualitarios. Como suele suceder en todo combate de esta naturaleza, la inocencia se reducía a cero. Lo que allí se combinaba era la alienación del dominado con la miseria humana y la cruda realidad del cálculo en las luchas de poder.

La situación de mezcolanza dio rienda suelta a un profundo desacuerdo respecto a las identidades políticas que debían ser consideradas de izquierda y de derecha en una sociedad poscolonial que no se terminaba de asumir como tal. Uno de los rasgos recurrentes que presentaba este escenario revuelto es que aquellos sectores que defendían a pies juntillas, en suelo latinoamericano, las doctrinas igualitaristas de la izquierda europea recibían instrucciones —por lo general desconcertantes— de las organizaciones políticas del viejo continente; a veces eran financiados por éstas, o bien, se identificaban por cuenta propia con la Europa moderna y su cultura ilustrada antes que con el acervo autóctono o híbrido de la sociedad histórica que habitaban, quedando sobre todo postergado el reconocimiento de las tradiciones del campo popular de su propia comunidad territorial.

Hasta principios del siglo XX, el estado de confusión identitaria en América Latina, provocado por la globalización de la modernidad europea, se saldó a favor de los grupos políticos e intelectuales dependientes de la Europa imperial. En Colombia, José María Samper (1969) sostenía que: “imitar a Europa en sus leyes, costumbres y doctrinas es la única forma de evitar la barbarie en nuestra América” (p. 65). En Chile, por esos mismos años, José Victorino Lastarria (1905) profesaba un desprecio similar por la cultura popular de la región: “Europa es la razón encarnada; América, la pasión bruta. Debemos sujetarnos a ella como el discípulo al maestro” (p. 114). Pero esta situación de sometimiento voluntario de larga data estaba a punto de experimentar su primer punto de quiebre estructural.

Aunque suene extraño —o algo exagerado— el acontecimiento principal que trastocó la cultura política de los países latinoamericanos y del conjunto del sur global fue la emergencia de una sociedad mundial poscolonial, entendida como la primera sociedad verdaderamente mundial de la historia de la humanidad. Como todo proceso de transformación estructural a gran escala, esta mutación no ocurrió de un mes ni de un año para el otro. La sociedad mundial poscolonial se fue edificando desde mediados del siglo XX a partir de la progresión de al menos tres procesos históricos de profundo calado, estrechamente articulados entre sí. El primero de ellos es el movimiento de descolonización en su fase avanzada, el cual involucró la trabajosa conquista de las independencias formales de los países africanos y asiáticos. El segundo, algo más acotado en el espacio, pero más extendido en el tiempo, se asoció a la emergencia y la progresión contestaria de los movimientos de liberación nacional del sur global, dotados de un poder singular de transformación estructural desde abajo. Y el tercero, que integra parcialmente a la vez que trasciende a los dos anteriores, remite al ascenso sostenido del bloque Asia-Pacífico; este movimiento ascensional tuvo su primer epicentro en Japón, luego en los llamados “tigres asiáticos”, y actualmente se concentra en una China globalizadora que no para de expandirse (Torres, 2023a, 2024).3 Como señala Étienne Balibar (2025), habitamos un sistema social poscolonial, considerado por el autor francés una forma capitalista absoluta. Más adelante avanzaré en la descripción de esta nueva sociedad multipolar, que descentró relativamente a Europa y reestructuró la realidad latinoamericana.

Una vez desatada la ola de liberación nacional del sur global a mediados del siglo pasado, incluyendo en ella a los movimientos populares de América Latina, las globalizaciones del norte se toparon con un contrapoder desconocido de alcance continental que, a partir de la diseminación de sus doctrinas soberanistas de carácter plebeyo, y sobre todo del apoyo masivo conquistado por sus políticas de empoderamiento popular, consiguió instalar en el imaginario social una nueva identidad de izquierda a la vez antiimperialista y antioligárquica. ¿Quiénes eran allí los principales actores que se oponían al avance de un proceso de liberación nacional destinado a incrementar el bienestar del conjunto de la sociedad y no de unos pocos? Pues la gran potencia imperial en turno y las élites “nacionales” supeditadas a la primera.4 Ambas veían con preocupación la posibilidad de perder una fracción de su poder, acumulado a partir de un modo de apropiación salvaje y excluyente de las riquezas nacionales, arraigado en la historia ignominiosa del saqueo colonial (Bagú, 1949, 1952).

De esta manera, si las izquierdas autóctonas, que comenzaron a ocupar el centro de las diferentes escenas políticas nacionales, se autodefinían en tales términos por la propia exigencia práctica de su programa de cambio social igualitario, la derecha regional quedó redefinida a partir de una identidad proimperialista y pro-oligárquica. Esta nueva díada izquierda/derecha, que por primera vez se traslada al núcleo de la confrontación política de las naciones periféricas durante los años de la Guerra Fría, nace en el sur global, pero lo hace con anterioridad al surgimiento de la sociedad mundial poscolonial. En el caso de América Latina, venía prosperando lentamente —y en otros términos— desde la ola de independencias políticas desatada a principios del siglo XIX, siendo eclipsada recién a fines del mismo siglo por aquel imaginario político moderno importado desde el norte global.

En el plano ideológico, una de las transformaciones que provocó el avance de la sociedad mundial poscolonial fue la desmonopolización de la fórmula izquierda/derecha europea, provocada por el ingreso intempestivo del sur global, en particular de sus gobiernos autonomistas, a los nuevos foros de discusión sobre aquellos asuntos internacionales que los involucraba directamente (Santa Cruz, 2024). Desde entonces, en vez de percibir de una forma distorsionada los enfrentamientos políticos nacionales en la periferia, a partir de un mapa diseñado en los países del norte global para sus propios combates internos, se multiplicaron en el sur los proyectos autónomos de transformación social, cada uno de ellos identificando a sus propios enemigos vitales.

Una novedad que trajo aparejada la conflictiva mundialización de la política iniciada a mediados del siglo XX, y asentada sobre un campo de interacción multipolar antes que bipolar, es que se universalizó el reconocimiento de un entramado de poder mundial, al interior del cual cada una de las sociedades descolonizadas se entrelazaba con muchas otras de una forma increíblemente estrecha y asimétrica. Aunque no se trataba de una interdependencia horizontal, involucraba acciones y reacciones en ambas direcciones. A partir de esta transformación mayúscula, la díada izquierda/derecha se libera parcialmente de la dictaminación europea universalista, democratizando la posibilidad de definir sus propios contenidos, al mismo tiempo que se unifica en el reconocimiento del nuevo tablero mundial poscolonial.

Las revoluciones del tercer mundo, que se hicieron para emancipar a los países de los sometimientos imperial y oligárquico, al poco andar corroboraron que las potencias occidentales eran las opositoras más robustas a sus planes revolucionarios. Dado que los países dominantes competían entre sí y no siempre actuaban en bloque en relación con el sur global, la izquierda latinoamericana aprendió rápidamente que las estrechas posibilidades de emancipación nacional dependían de encontrar en cada momento el mejor socio en el norte global para conseguir limitar las embestidas de su opresor externo principal.

Ahora bien, sobran ejemplos de los fracasos de este movimiento táctico. Los ingleses brindaron una colaboración decisiva a las fuerzas de izquierda para la independencia de América Latina de los españoles a principios del siglo XIX, para luego desempeñar ese mismo papel de dominador imperial en la región hasta la primera mitad del siglo XX (Ramos, 1975; Galasso, 2023). Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el apoyo de Estados Unidos resultó determinante para la liberación de África y Asia de las garras europeas pero, al poco andar, el nuevo imperio consiguió someter a estos continentes descolonizados, desestabilizando a sus gobiernos de izquierdas y asesinando a aquellos líderes independentistas que no conseguía sobornar (Fanon, 2018; Wallerstein, 1974; de Bragança y Wallerstein, 1982).5

En estas situaciones de efervescencia popular a gran escala y de contrapoder estatal plebeyo, resultaba poco sostenible la conservación de la fórmula europea de lucha ideológica como parámetro de aplicación universal. Los nuevos programas de cambio social de las izquierdas autonomistas del sur global pusieron en serios aprietos a todo el espectro de las izquierdas europea y norteamericana, en la medida en que éstas ya no podían legitimarse en el escenario internacional como actores igualitarios si no asumían un programa creíble de cambio social antiimperialista y con ello profundamente autocrítico.

Varias décadas antes, a partir del VII Congreso de la Segunda Internacional, celebrado en Stuttgart en 1907, ya se había comenzado a plantear una defensa abierta de la política colonial, como las que ensayaron Hendrick van Kol, Eduard Bernstein y Edward David.6 El problema que se presentaba era de difícil solución dado que las conquistas sociales de las izquierdas del norte global se sostenían en muchos casos a partir de una política de asalto imperial. Por aquellos años, cuando se señalaba que los antagonismos que activaban las políticas de liberación nacional en América Latina no se regían por la oposición entre izquierda y derecha, lo que de verdad se estaba reconociendo es que no lo hacían según la fórmula europea. Ésta última seguía orientando el comportamiento de algunos partidos comunistas y socialistas de la región, de los movimientos anarquistas y, sobre todo, de la mayoría de los intelectuales radicados en las universidades y divorciados de una política de masas.

La fórmula latinoamericana

Desde mediados del siglo XX se generaliza una nueva “fórmula latinoamericana” para la díada izquierda/derecha, que madura producto de las trágicas enseñanzas que arrojaron las experiencias de liberación nacional. Poco tuvieron que ver aquí los debates suscitados en los recintos académicos. Al igual que sucedió con la “fórmula europea” inspirada en la revolución de 1789, los valores centrales que puso en juego la visión autóctona fueron la igualdad y la libertad. A ello se le agregó una idea novedosa de justicia, aunque ésta última no se explicita como un principio aglutinador en los programas de cambio social de izquierdas de todos los países de la región.

Ahora bien, al tratarse de nociones abstractas, dejan inicialmente sin dilucidar de qué hablamos en concreto cuando hablamos de igualdad y de libertad. Si bien líneas arriba argumenté que para el caso francés la identificación del referente empírico de estos valores aflora a simple vista, lo cierto es que, una vez concluida esa breve pero poderosa experiencia revolucionaria, el ideario francés flotó por el mundo, siendo sus apropiaciones posteriores más coherentes en el norte global que en el sur. Al igual que sucede con la fórmula europea, en la versión latinoamericana resulta indistinto tomar a la igualdad o a la libertad como principio normativo principal desde el momento en que remite, al mismo horizonte de expectativas transformadoras.

Esta izquierda regional, “autonomista”, consideró a la igualdad entre países como el principio de igualdad rector, así como a la libertad nacional como la idea de libertad estructurante en primera instancia (Torres y Borrastero, 2020). Además, priorizó estos valores desde el momento en que aprendió, en el barro de la práctica política, que la libertad nacional es una condición necesaria para la conquista sostenida de la libertad de los individuos en los campos populares, y que la igualdad entre países es el punto óptimo de llegada para conseguir reducir la desigualdad entre las personas a los niveles alcanzados por las naciones más desarrolladas. Como solía repetir un gran presidente argentino: “No puede haber un pueblo ni un hombre libre en una nación esclava”. Del mismo modo, la derecha regional se configuró primeramente a partir de un régimen de vasallaje respecto de las potencias imperiales, el cual acentuó la desigualdad entre clases de países, para, a partir de allí, establecer un régimen de dominación interna del campo popular. Éste último adoptó su forma más tenebrosa en las décadas de 1960 y 1970.

Más exactamente, la izquierda autonomista combinó dos ideas de igualdad: una que apuntaba a la igualdad entre clases de países y regiones, y otra a la igualdad entre clases de individuos al interior de una determinada esfera nacional. Esta segunda acepción es heredera de la Revolución francesa. Ambas entidades, la sociedad y el individuo, también perforan el principio de libertad. Es por ello que el autonomismo como expresión histórica adoptó una identidad y luego una política del cambio social a la vez antiimperialista y antioligárquica. Una no se puede realizar sin la otra, si de lo que se trata es de propiciar el avance de un proceso de liberación nacional. El componente antioligárquico se podría traducir hoy, igualmente, como una nítida disposición antielitista. Llegado el caso, el ideario del autonomismo también podría encarnarse en un principio de justicia, en la medida en que éste último contemple los principios de igualdad y de libertad comentados líneas arriba. Si la izquierda antiimperialista del norte global enarboló la consigna existencial “imperialismo o revolución”, siendo allí la revolución la cumbre de un cambio social anticapitalista (Sztompka, 2002), la izquierda antiimperialista del sur global —de extracción popular— sintetizaba el drama nacional a partir de la consigna “colonia o liberación”, o “patria o colonia”, siendo la conquista de un cuerpo nacional autónomo un proceso considerado revolucionario.7

De cualquier manera, aquí tiene poca importancia el nombre que le asignemos a la identidad de izquierda: si autonomismo, si socialismo nacional, si socialismo a secas, si comunismo o si democracia. Lo que sin dudas resulta decisivo son los principios rectores que deberían conformar un movimiento de izquierdas cuyo programa de cambio social se enfrentará inexorablemente en nuestra región, en los tiempos venideros, a una derecha nuevamente dispuesta a la aniquilación física de sus oponentes. Visto desde la izquierda autóctona, el problema a partir del cual se comienza a explicar la mayoría de las tragedias sociales de América Latina a lo largo de su historia es el vasallaje de la derecha, existiendo también un vasallaje propio de la izquierda europeizante. La archicitada frase del expresidente argentino Humberto Illia: “No les tengo miedo a los de afuera que nos quieren comprar, sino a los de adentro que nos quieren vender” (en Rovelli, 2020), registra a la perfección el peso decisivo que adquiere el comportamiento entreguista de las élites latinoamericanas.

Uno de los aspectos que diferencia a la izquierda regional de la versión europea que predomina hasta hoy es que la primera consiguió reconocer la existencia de dos derechas diametralmente opuestas en sus formas de construcción de poder, que se someten alegremente entre sí, para luego instrumentar un programa conjunto de transformación regresiva que recae con mayor dureza sobre los pueblos oprimidos de la periferia mundial (González Casanova, 2006; Stavenhagen, 1981). De este modo, producto de sus urgencias políticas, la izquierda latinoamericana logró distinguir entre una derecha supremacista, que por lo general habita los estratos cimeros de los países dominantes, y una versión regional, que se somete gustosamente a la primera a cambio de recibir algunas migajas del pastel usurpado.8 Me refiero a la identificación de una derecha globalizadora y de otra plenamente globalizada por la primera.

Lo que hoy se denomina “extrema derecha”, de resultar válida como categoría para América Latina, debería aludir antes que nada a un tipo de vasallaje extremo. El gobierno de Milei en Argentina es el mejor ejemplo de este tipo de servilismo radicalizado. En cualquier caso, no hay que menospreciar el papel político que desempeñan las derechas latinoamericanas. La concreción del saqueo imperial de nuestros territorios siempre dependió de la instalación de un régimen efectivo de dominación interna por parte de las derechas criollas. Éstas deben encontrar el mejor modo de instrumentar un proyecto de dominación externa en su propia comunidad nacional a partir del manejo de la dinámica política local y del clima social, sin contar con el mejor escenario para hacerlo. Su situación nunca es la mejor porque la derecha regional renuncia a la representación de los intereses económicos populares.

La derecha radical en América Latina: ¿radicalización de qué?

Toda derecha latinoamericana ha sido y es una derecha vasalla. Esta premisa se puede corroborar sin excepciones en todos los países de la región en los últimos siglos. Dentro de la familia terminológica del vasallaje habitan nociones como las de servilismo, sumisión, servidumbre, acatamiento, obediencia, subordinación, entreguismo y adulación. Si la disposición al vasallaje se asocia o no a personalidades miedosas, inseguras y de baja autoestima, como algunos observadores sostienen, es una elucubración psicológica que excede mi análisis. La existencia de un gobierno de derecha que basa su dominación en una forma de servidumbre voluntaria es un fenómeno prácticamente excluido de la teoría política moderna. En el imaginario noreuropeo, al menos desde el siglo XVI, el problema político de la sumisión se asoció al comportamiento pasivo de los individuos del campo popular respecto a la máxima autoridad de su comunidad territorial. Ésta última podría personificarse en un señor feudal, un monarca o en el presidente de un Estado moderno secularizado.

El libro hasta hoy más célebre que se concentró en este tipo singular de obediencia se titula La servidumbre voluntaria; fue escrito por Étienne de La Boétie en 1548, y publicado por primera vez en 1572. Allí, de La Boétie (2020) desarrolla una crítica al fenómeno de la autoridad inmediatamente superior, muy alejado de las relaciones de poder que Europa establecía con el resto del mundo. Para el autor francés, quien optaba por no ser libre era un individuo plebeyo, sin ninguna oportunidad para erigirse como gobernante, menos aún de un pueblo entero. Desde el texto de de La Boétie en adelante, pasando por las críticas penetrantes de la Escuela de Frankfurt en el siglo XX (Marcuse, 1964; Fromm, 1941), la bibliografía que se ocupó de problematizar esta forma de inclinación psicosocial se enfocó en el mismo plano intranacional.

El problema del comportamiento vasallo de las élites latinoamericanas tampoco ha sido tratado como un asunto de primer orden por la teoría social regional.9 El fenómeno sí se presentó como un problema determinante para los intelectuales orgánicos de los gobiernos de izquierda. Pero dadas las urgencias políticas que acompañaban sus quehaceres, no alcanzaron a convertir el asunto de la servidumbre voluntaria de la derecha en un objeto de estudio. Los intelectuales autonómicos volcados a la política se concentraron en combatir directamente esta forma de sumisión, priorizando la redacción de encendidos artículos periodísticos antes que la comprensión del fenómeno en toda su complejidad social.

En las formas de gobierno que despliegan las derechas latinoamericanas se imbrican dos tipos de vasallaje: uno externo y otro interno. El primero conlleva la sumisión a determinados países dominantes y sus élites globalizadoras; el segundo, a una fracción de las élites de poder “nacionales”, francamente disminuida por sus condiciones periférica y globalizada. La distinción entre ambos tipos suele desdibujarse desde el momento en que las élites centrales, extranjeras, tienden a subsumir a sus pares periféricas dentro de un campo en el cual ambas interactúan de una forma asimétrica.10 Esta relación histórica entre las altas esferas convierte en los hechos a la derecha latinoamericana en un apéndice del campo de élite global. Dicho en otros términos, en América Latina el tipo vasallaje decisivo es el “externo”, aunque la modalidad “interna” no debe subestimarse.

Del mismo modo en que a mediados del siglo XX se mundializa el sistema interestatal, trascendiendo el circuito noratlántico (Tilly, 1990), también se reproduce un sistema de relaciones ampliadas entre élites, un “sistema interélite”, que pone en relación a los estratos cimeros del norte y del sur global. Este sistema escapa por completo al control de los pueblos de toda nación (Torres, 2023a). Cuando señalaba en el punto anterior que la derecha regional es a la vez oligárquica y proimperialista estaba reconociendo la existencia de una dinámica de acoplamiento estructural entre ambos campos de élite, el nacional y el global, siendo éste último el espacio ampliado en el cual el primero adquiere su forma dependiente.

Aquí presentaré dos axiomas en relación al vasallaje de la derecha latinoamericana. El primero es que este tipo de servidumbre voluntaria, que involucra a todo un gobierno nacional antes que a un individuo aislado, suele ser tan vergonzoso para los propios actores que rara vez lo asumen abiertamente. A lo largo de la historia regional, la enorme mayoría de los gobiernos vasallos se autodefinieron como patrióticos, para así tratar de ocultar frente al pueblo su opción degradante por la sumisión política. Las proclamas nacionalistas de las dictaduras militares de la década de 1970 resultaron emblemáticas al respecto. A modo de ejemplo, en su primer discurso como presidente de la Junta de Gobierno, pronunciado el 11 de octubre de 1973, Augusto Pinochet enfatizó que “Las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile actúan sólo movidas por el amor a la Patria…” y que, en referencia al gobierno de Allende, “se ha eliminado un régimen totalitario que tenía sometido al país a la servidumbre” (Cirujano Videla, 2014). Por esos mismos años, en Brasil, la dictadura de Emílio Garrastazu Médici (1969-1974) popularizaba el slogan “Brasil: ame-o ou deixe-o” (“Brasil: ámalo o déjalo”) (Skidmore, 1988).

Junto a ello, las potencias imperiales suelen ofrecer a los gobiernos serviles de la periferia un tipo de trato diplomático especial, que busca camuflar el modo en que opera el régimen de dominación externa. Los discursos frecuentes centrados en la cooperación y en la amistad entre naciones igualmente soberanas son un ejemplo de ello. El ocultamiento del vasallaje de la derecha periférica por parte de los actores que lucran con dicha forma de obediencia es un acontecimiento relevante que permite observar la manera en que funcionan las relaciones de poder entre el norte y el sur global.11Luego se presentan algunos casos excepcionales, como el del presidente argentino Javier Milei, quien, en vez de ocultar su política de servidumbre hacia Estados Unidos, la publicita hasta convertirla en una estética pública.

El segundo axioma, ya mencionado, es que la máxima radicalidad de la derecha se asocia al máximo nivel de vasallaje que ésta alcanza en una situación determinada. De este modo, su mayor radicalidad no tiene que ver en primer lugar con el incremento del autoritarismo en el ejercicio de la dominación interna, sino con la forma y la dinámica que adquiere su régimen de sumisión. Éstas últimas dependen a su vez de la asimetría de poder existente en cada momento entre las derechas y los regímenes de dominación externas. A mayor poder relativo de las élites globalizadoras, mayor es su poder de imposición sobre el campo político de los países y regiones, y, por lo tanto, mayor es la radicalidad que asume el vasallaje de las derechas criollas. La mayor desigualdad de poder dentro del campo global de élite entre las élites globalizadoras y las élites globalizadas impacta en la relación que establecen las élites con el campo popular en cada uno de los países. Se inclina el tobogán dentro de los campos de élite y más aún entre éstos últimos y los campos populares de cada esfera social.

De este modo, el incremento acelerado de la concentración de riquezas en el mundo en los últimos años, con epicentro en las empresas líderes de los países dominantes (Oxfam, 2024, 2025; Alami et al., 2025), guarda relación con las formas más radicalizadas que asumen las fuerzas de derecha en América Latina. No se pueden explicar las segundas sin la primera, aunque el vínculo entre ambas no se rige por un proceso de determinación directa. Como vengo insistiendo, los regímenes de dominación externa no determinan la política de derechas en América Latina, pero sí moldean sus regímenes de sumisión.

Empleando con laxitud los dualismos de la teoría del conocimiento materialista, podría decir que la esencia de la derecha latinoamericana se condensa en su comportamiento vasallo, mientras que su expresión fenoménica se asocia a la violencia política que aquélla ejerce sobre su pueblo cuando necesita sostener el régimen de dominación interno. Dicho de otro modo, los ajustes en el régimen de sumisión de la derecha terminan siendo la causa que explica la virulencia que adquiere por momentos el ataque a su población. No hay que perder de vista que la sociedad nacional no representa la base del poder real de la derecha latinoamericana, respecto a la cual tienen que legitimarse, sino tan sólo la masa electoral y el tejido político que cíclicamente le permite ganar las elecciones, siempre y cuando estemos hablando de un movimiento de derecha votado por las mayorías sociales. Si la derecha latinoamericana aterroriza y reprime salvajemente a su población, es porque no gobierna para ésta sino para los campos de élite. Y es en relación a estos estratos cimeros que la derecha debe rendir cuentas y legitimarse en primera instancia (Torres, 2020).

En resumidas cuentas, la derecha latinoamericana se convierte circunstancialmente en una extrema derecha cuando instaura un régimen de sumisión extremo. El ejemplo más reciente de esta forma de obediencia radicalizada fue la red de gobiernos militares conformada en el Cono Sur en la década de 1970, cuya política de exterminio fue comandada desde Estados Unidos en el marco del llamado “Plan Cóndor” (Calloni, 1999; Cadahia, en prensa).12 Es a partir del establecimiento de un régimen de sumisión extrema, con un tipo de mediación política prácticamente inerte, que se instala un régimen de dominación interna basado en el terrorismo de Estado. No siempre se señala que los terroristas estatales son siervos ejemplares del poder imperial. Y luego tiendo a suponer que los gobiernos de derecha pierden radicalidad en la región cuando prevalece la búsqueda de consensos internos para conseguir sostener su régimen de dominación doméstico. Ello suele ocurrir, sobre todo, cuando se aproximan las elecciones.

Al presentarse esta última circunstancia, en la cual la derecha suele priorizar el plano político interno, por lo general se multiplican las presiones y las inquietudes externas para avanzar con el programa de cambio estructural pactado en el campo de élite global. Qué mejor ejemplo que las declaraciones de la actual titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, como reacción al comportamiento del gobierno de Javier Milei: “Lo que hemos aprendido de la experiencia es que antes de los procesos electorales los Gobiernos tienden a debilitar su compromiso con las reformas que exigen los programas de crédito del FMI” (Página 12, 2025).

Queda por analizar si para todos los gobiernos latinoamericanos de derecha la mayor radicalización de su régimen de sumisión provoca una mayor debilidad política interna. Lo que sí resulta corroborable es que la lógica de poder no se precipita en la dirección inversa: no es la debilidad política interna de las derechas regionales, cuyo ámbito se priorizaría en la construcción de poder, la que las empuja a la búsqueda de firmes apoyos políticos externos para su preservación como fuerzas soberanas.

El axioma de la radicalización, tal como lo he presentado, pretende interpelar a los estudios actuales sobre las derechas contemporáneas, que vienen proliferando a un ritmo similar al del avance del propio fenómeno político. Las investigaciones disponibles dan cuenta del incremento del nivel de violencia de las derechas, lo cual para algunos analistas directamente convierte a esta fracción en una “nueva derecha”. Y los estudios más citados, tanto en el norte como en el sur global, se ocupan del asunto a partir del empleo de lógicas añejas de conceptualización, en la medida en que pretenden revivir las pretensiones universalistas de la vieja fórmula europea (ver punto anterior).

A grandes rasgos, según la bibliografía dominante, las derechas crecientemente autoritarias estarían avanzando desde el norte global, con epicentro en los Estados Unidos de Trump, hacia la totalidad del hemisferio occidental, siguiendo un mismo patrón de desarrollo. Se les define como “ultraderecha”, “extrema derecha”, “extrema derecha 2.0”, “fascismo”, “posfacismo”, “derechas autoritarias”, “populistas”, “neopatriotas”, “alternativas”, entre otros.13Un denominador común a estas nociones es que se proyectan desde el viejo paradigma moderno de las ciencias sociales, rebosante de nacionalismo y norcentrismo, para el cual los determinantes de las vidas política y social se desenvuelven en el plano interno de los países, para luego globalizarse (Torres, 2023b). Ello presupone que todo gobierno está dotado, en los papeles, de un grado de autonomía similar para decidir su política nacional. De este modo, la forma y la dinámica de los gobiernos de derecha estarían determinados por su régimen de dominación interna, lo cual coloca por defecto a los directivos políticos de cualquier país periférico en la cúspide de un poder inexistente. ¿Quién ha sido el presidente más poderoso de América Latina en el último siglo? ¿Y cuáles fueron los indicadores concretos de su poder?

Para todas estas categorías, la radicalización de la derecha es un proceso que se institucionaliza en el gobierno y en el sistema de partidos políticos a partir de una decisión más bien autónoma, erosionando o liquidando en el camino a la democracia. O, mejor dicho, a una idea de “democracia”, de “sistema democrático”, de “sistema democrático liberal” o de “sistema democrático republicano” que, al igual que la derecha aludida, se determinaría a partir de las relaciones y los procesos internos de una sociedad nacional. Las nociones mencionadas no extienden el campo de la democratización deseada a las relaciones de poder entre los países del centro y de la periferia del mundo (Lessenich, 2019, 2022). Para esta bibliografía dominante, mientras más radical es la derecha, más antidemocrático resulta su accionar, siendo aquí el componente antidemocrático una manifestación de autoritarismo político interno.

Desde mi punto de vista, esta premisa no resulta sostenible para analizar la realidad de cualquier región subalterna de la sociedad mundial. Y no lo es, en primer lugar, porque contempla el proceso de radicalización política de la derecha sin tomar en cuenta el poder que emana de su régimen de sumisión. Las diferencias de interpretación resultan cruciales cuando el problema del autoritarismo de las derechas se enlaza con el interrogante por los efectos económicos que producen estas fuerzas políticas en sus respectivas sociedades. Cuando se compara exclusivamente la dimensión política de un régimen de dominación interna con otro, es sencillo corroborar estrechas similitudes entre la dictadura de Hitler y la de Videla en Argentina. Ambas aniquilaron y desaparecieron a miles de personas, y suprimieron las libertades de expresión del conjunto de la sociedad. Sin duda se trata de un plano de análisis fundamental. Otra discusión, algo escatológica, sería si el hecho de que el primero masacró a millones de individuos y el segundo a miles transforma cualitativamente cada caso en relación con el otro.

Ahora bien, si observamos la dimensión económica de dichos regímenes, allí las dictaduras de Hitler y de Videla difieren considerablemente. Si bien los rasgos que adquirió la economía alemana durante el nazismo son aún hoy motivo de discusión, allí se produjo un fortalecimiento del Estado, el aumento de la inversión en infraestructura pública, una industrialización reorientada hacia el sector militar, así como la reducción del desempleo y el mantenimiento de los niveles salariales de la clase trabajadora (Overy, 1994; Turner, 1985; Lee y Shuter, 1996). En cambio, durante la dictadura de Videla, esos mismos indicadores se comportaron en un sentido opuesto: se debilitó al Estado, se redujo la inversión pública en infraestructura, avanzó la desindustrialización, el desempleo se incrementó y los salarios se desplomaron (Basualdo y Arceo, 2006; Basualdo, 2006; Rapoport, 2000). Una similitud económica entre ambos regímenes es que promovieron la privatización de empresas públicas, pero Hitler lo hizo en el marco de una dinámica de fortalecimiento estatal y Videla a partir de un proceso de extranjerización.

Además, si observamos los regímenes que configuraron en relación con los restantes países, allí las dictaduras de Hitler y de Videla se oponen absolutamente. La primera instauró un régimen de dominación externo y la segunda un régimen de sumisión. De este modo, al integrar un registro holístico, que contempla los tres tipos de regímenes, podemos observar cómo la primera de las dictaduras llevó adelante un gobierno de aniquilación política selectiva, con desarrollo económico y expansión internacional, y la segunda un gobierno de aniquilación popular, tanto política como económica, y de pleno sometimiento internacional. Sin duda, ambas merecen una sanción moral similar, por sus crímenes de lesa humanidad, pero la variación estructural entre ellas es la que termina explicando su relación con el campo popular, así como el piso a partir del cual los gobiernos subsiguientes inician la transición a la democracia formal.

En resumidas cuentas, lo primero que necesitamos considerar cuando nos ocupamos de las fuerzas de derecha en América Latina es que se constituyen como actores dependientes de un campo de poder global que moldea desde “afuera” la evolución de los procesos políticos regionales. Y el núcleo del poder de la derecha regional, como vengo indicando, reside en su régimen de sumisión y no en su régimen de dominación interna. Las derechas latinoamericanas, como toda derecha del sur global periférico, despliegan una lógica de acumulación de poder de carácter contradictorio, en tanto consiguen afianzarse como opción política a partir de arrodillarse frente a los actores dominantes que las patrocinan y las sostienen durante el tiempo que les resulta conveniente. Esta forma de interiorización convierte a la derecha regional en una alternativa política relativamente descartable, de corta vida útil, que se reinventa permanentemente, cambiando de figuras y de sellos.

Ello ocurre porque su desgaste político interno suele ser mayor que el de la izquierda. Dado que el imperativo de reproducción estructural de la derecha se asocia a un proceso de legitimación hacia arriba y no hacia abajo, y por lo tanto sus bases de poder no residen en el campo popular, siempre aparecerá la necesidad de un nuevo ropaje para garantizar la continuidad del régimen de sumisión, y a la vez para optimizar un régimen de dominación interno a partir de la captura circunstancial de una legitimidad popular cuya forma alienada se disipa más temprano que tarde.

Al menos desde mediados del siglo XX, el patrocinador central de las derechas latinoamericanas ha sido el gobierno en turno de Estados Unidos. Este aspecto no está presente —o suficientemente considerado— en la copiosa bibliografía actual que analiza el avance de estas fuerzas políticas radicalizadas en el mundo. Es difícil imaginar cómo los conceptos de “fascismo” o “neofascismo”, que vuelven a ser empleados en el contexto actual, podrían dar cuenta de un gobierno basado en un régimen de servidumbre voluntaria.14 Se trata de categorías que, al referirse a las formas políticas, presuponen una marcada concentración de poder en el actor político así denominado.

El fascismo como forma de gobierno se basa en el ejercicio violento y segregacionista de la autoridad política, que presupone una relación de mando/obediencia, siendo quien manda el actor fascista. Desde su origen, es una manifestación de soberanía política y económica, no de la ausencia de éstas (Neumann, 1943; Kirchheimer, 1941; Pollock, 1941). De este modo, de haber algún “fascismo” directamente relacionado con la realidad latinoamericana, sería el de las derechas dominantes de las potencias centrales. En ese caso, habría que admitir la existencia de un proceso de imposición fascista sobre los gobiernos del sur global. Pero ello tampoco resulta convincente, desde el momento en que tal escenario de dominación global no involucra de forma directa a los campos populares de cada sociedad.

Un término como el de fascismo, y con ello la oposición fascismo/antifascismo, sin duda resulta pertinente para volver a analizar hoy el régimen de dominación interna de las fuerzas de derecha de las regiones y de los países dominantes, o de posición intermedia como Europa. Además, se trata de una semántica política profundamente arraigada en las experiencias más dramáticas de sus historias nacionales. Los creativos afiches colocados por el Instituto de Investigación Social de Frankfurt ([IfS], 2025), en las inmediaciones de su edificio, con la inscripción “Sólo hay dos géneros: fascistas y antifascistas”, sintetizan a la perfección la demarcación derecha/izquierda que se impone por la fuerza de las circunstancias en la política alemana de 2025.

En cualquier caso, no debemos limitar el espacio de demarcación de las derechas a un único tipo de campo nacional o regional. Más bien debemos reconstruir las especificidades identitaria y funcional de estas fracciones políticas a partir de su localización posicional y de las interacciones que mantienen a lo largo del tiempo con el conjunto de las fuerzas sociales que las moldean.15 Como vimos, este plexo de fuerzas intervinientes se desenvuelve desde el siglo pasado en una sociedad mundial poscolonial ocultada por la teoría social dominante. Ahora bien, el hecho de reconocer que, al momento de explicar el accionar de la derecha en América Latina, tenga primacía su régimen de sumisión, de ningún modo significa que el régimen de dominación interna que instaura no adquiera relevancia.16 Dado que las luchas políticas en la región se anclan en los tableros políticos nacionales, suele resultar necesario distinguir entre diferentes tipos de derecha en función de la singularidad que adquiere su régimen de dominación interna.

Un ejemplo interesante de esta necesidad es la diferenciación que proponen René Ramírez y Juan Guijarro (en prensa) para el caso de Ecuador entre un gobierno de derecha transformista, uno extremo y otro alternativo, que se suceden desde 2017 hasta hoy. Esta distinción toma como indicador el modo en que prospera la relación entre las desigualdades y la violencia política internas en los gobiernos de derecha ecuatorianos, corroborando un aumento paulatino de la agresividad con el paso de una gestión a la siguiente. En cualquier caso, no hay que perder de vista que las tres derechas mencionadas se homogeneizan en el momento de reconocer que son portadoras de un determinado régimen de vasallaje, que procesa uno o varios regímenes de dominación externa. Se trata de derechas globalizadas y no globalizadoras. Este registro unificador no simplifica la explicación del fenómeno, barriendo con las diferencias producidas por la política en cada país; más bien coloca a las constelaciones de derecha latinoamericanas en un escenario de tres dimensiones, tal como vengo indicando.

También se hace posible y pertinente hablar de la existencia de una derecha latinoamericana en singular, dado que cada uno de los gobiernos de esta orientación no adopta un programa de cambio estructural propio sino uno diseñado por los centros de poder mundiales para su aplicación en los diferentes países del continente. El programa de reformas del llamado “Consenso de Washington” en la década de 1990 es un buen ejemplo de ello (Williamson, 1990, 2004).

Lo que sí se observa en cada gobierno de derechas es un trabajo activo de mediación, orientado a la instrumentación concreta de los programas regionales en cada tablero nacional. Hay que tener en cuenta que Estados Unidos define su régimen de dominación para la región como un todo antes que para cada uno de los países que la componen.17 Aunque nos duela reconocerlo, las élites norteamericanas son las primeras diseñadoras de América Latina como bloque regional —mas no las únicas—, desde la década de 1970.

Finalmente, si optamos por usar el término “derecha dependiente” para referirnos a estas fuerzas políticas criollas, hay que tener presente que las derechas dominantes de los países centrales también dependen para su reproducción del sometimiento de los gobiernos de la periferia mundial, y más exactamente de la apropiación de los recursos naturales de los países sometidos (Lessenich, 2019, 2024). De este modo, la dependencia no es un rasgo estructural exclusivo de las regiones periféricas, como dejaban entrever las teorías de la dependencia latinoamericana más populares (Cardoso y Faletto, 1977; Marini, 1991). Existe un tipo de dependencia de las regiones subalternas y otra que es propia de los bloques dominantes, aunque la modalidad que se impone es la primera, dada la magnitud de los efectos que genera en las sociedades respectivas.

A modo de conclusión

La izquierda y la derecha, observadas como una unidad relacional, seguirán vivas y dispuestas a ser actualizadas en la medida en que las luchas políticas desatadas en cada localización de la sociedad mundial se desenvuelvan a partir del enfrentamiento entre modelos de sociedad y no entre personas o grupos que convierten su paso por la política en un proyecto cosmético, cambiando de identidad cada vez que su community manager sugiere un nuevo reciclaje. Dicho de otro modo: la díada conservará su vigencia en la medida en que exista la necesidad de identificar con claridad a aquellos actores que pretenden aniquilar determinado programa de cambio social por estar en las antípodas de los suyos.

No hay que perder de vista que el clivaje izquierda/derecha no alude exclusivamente a dos identidades plenas, atornilladas a los extremos, sino más bien a una gradación de alternativas que se van acomodando a lo largo de una serie que termina en ambas extremidades, y que por diferentes motivos suelen variar su ubicación. Por lo tanto, sea cual sea el contenido que asume la díada en una situación social determinada, en la práctica podemos ser de izquierdas de una forma más acentuada o más moderada, aunque en muchas ocasiones la polarización que imprime la lucha política empuje estas diferencias hacia su disolución por un tiempo indeterminado. Ello tiende a ocurrir más en la práctica que en el plano de una ideología o de una doctrina, las cuales usualmente se resisten a cambiar. Y, junto a ello, dejamos de ser de izquierdas cuando a la vista de la mayoría resultamos funcionales a la acción política de la derecha, aunque sigamos convencidos de que somos los verdaderos izquierdistas.

A riesgo de resultar redundante, conviene tener presente que la izquierda y la derecha como detectores de fuerzas opuestas de carácter trascendental pueden perder validez (y sobre todo gravitación) en un determinado lugar y momento, si en la lucha política concreta no se enfrentan programas de cambio social sino tan sólo grupos afines en términos ideológicos. Finalmente, la díada puede dejar de mencionarse o puede ser reemplazada por otro dualismo igualmente fértil que ocupe su lugar para intentar dar cuenta de la misma situación de antagonismo que vengo comentando. A partir de esta última situación, que suele ser habitual, lo que desaparece no es la derecha y la izquierda y su arena de batalla, sino tan sólo esta expresión topológica universal que empleamos a menudo para referirnos a los idearios de cambio social.

Bibliografía

Alami, I., Anugrah, I., Bello, W., DiCarlo, J., Font, T., Saggioro Garcia, A., Hung, K.-H., Lovera, J., Mahjoub, H. O., Schindler, S., Starrs, S., Rolf, S., Tooze, A., Wray, B., y Ziadah, R. (2025). State of power 2024. Geopolitics of Capitalism. Transnational Institute.

Applebaum, A. (2021). El ocaso de la democracia y la seducción del autoritarismo. Debate.

Arendt, H. (1963). Sobre la revolución. Alianza.

Aron, R. (2018). El opio de los intelectuales. Página Indómita.

Bagú, S. (1949). Economía de la sociedad colonial. El Ateneo.

Bagú, S. (1952). Estructura social de la colonia. Ensayo de historia comparada de América Latina. El Ateneo.

Balibar, E. (2025, 1 de enero). Geometrías del imperialismo en el siglo XXI. Diario Red. https://www.diario-red.com/articulo/armas-para-pensar/geometrias-imperialismo-siglo-xxi/20250101225503040584.html

Basso, C. (2015, 2 de agosto). Los secretos de Manuel Contreras según Estados Unidos. El mostrador. https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2015/08/05/los-secretos-de-manuel-contreras-segun-estados-unidos/

Basualdo, E. (2006). Estudios de historia económica argentina. Desde mediados del siglo XX a la actualidad. Siglo XXI.

Basualdo, E., y Arceo, E. (2006). Neoliberalismo y sectores dominantes. Tendencias globales y experiencias nacionales. CLACSO.

Boétie, É. de La. (2020). La servidumbre voluntaria. Página Indómita.

Brachet Márquez, V. (1996). El pacto de dominación: Estado, clase y reforma social en México (1910-1995). El Colegio de México.

Bragança, A. de, y Wallerstein, I. (eds.). (1982). The African Liberation Reader. Volume 1. The anatomy of Colonialism. Zed Press.

Cadahia, L. (en prensa). La derecha colombiana como laboratorio postdemocrático regional. En E. Torres y P. Vommaro (eds.), Las derechas en América del Sur. Transformaciones contemporáneas. El Colegio de México.

Calhoun, C. (2023). Immanuel Wallerstein and the genesis of world-systems analysis. Journal of World-Systems Research, 29(2), 257-285.

Calloni, S (1999). Los años del lobo: Operación Cóndor. Peña Lillo - Continente.

Cardoso, F., y Faletto, E. (1977). Dependencia y desarrollo en América Latina. Siglo XXI.

Chian, S. (2025, 10 de mayo). Immanuel Wallerstein como africanista: De la modernización al marxismo en la década de 1960. Espai Marx. https://espai-marx.net/?p=17823

Cirujano Videla. (2014, 29 de noviembre). Primer discurso del General Pinochet (octubre, 1973) [Video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=LDzgBTUG7ws

Collotti, E. (1989). Fascismo, fascismi. Sansoni.

Fanon, F. (2018). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.

Finchelstein, F. (2010). Transatlantic fascism. Duke University Press.

Forti, S. (2021). Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla. Siglo XXI.

Forti, S. (2024). Democracias en extinción. Akal.

Fromm, E. (1941). Escape from Freedom. Farrar & Rinehart.

Furtado, C. (2020). The Myth of Economic Development. Polity Press.

Galasso, N. (2023). Historia de la deuda externa argentina. De la Banca Baring a la vuelta del FMI. Colihue.

González Casanova, P. (2006). Sociología de la explotación. CLACSO.

Institut für Sozialforschung. (2025, 6 de marzo). Das Institut für Sozialforschung im Frühling 2025 [publicación]. Facebook. https://www.facebook.com/profile.php?id=100063841452101

Kirchheimer, O. (1941). The legal order of National Socialism. Studies in Philosophy and Social Science, 9(3), 456-475.

Laje, A. (2022). La batalla cultural. Reflexiones criticas para una nueva derecha. Harper Collins.

Laje, A. (2024). Globalismo. Ingeniería social y control total en el siglo XXI. Harper Collins.

Lastarria, J. V. (1905). Obras completas de don J. V. Lastarria. Vol.1. Estudios Políticos y Constitucionales. Imprenta, litografía i encuadernación Barcelona.

Lee, S., y Shuter, P. (1996). Weimar and Nazi Germany. Heinemann.

Lessenich, S. (2019). La sociedad de la externalización. Herder.

Lessenich, S. (2022). Límites de la democracia: La participación como problema de reparto. Herder.

Lessenich, S. (2024). Dr. Stephan Lessenich | La Semiperiferización de Europa | Sesión Inaugural I jornadas de Sociología [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=arp19ZSmLR0

Machover, M. (2015, 17 de diciembre). Colonialism and the natives. Weekly & Worker.https://weeklyworker.co.uk/worker/1087/colonialism-and -the-natives/

Marcuse, H. (1964). One-Dimensional Man: Studies in the Ideology of Advanced Industrial Society. Beacon Press.

Marczak, J., Bozmoski, M. F., y Kroenig, M. (2024). Redefining Us Strategy with Latin America and the Caribbean for a New Era. Atlantic Council.

Marini, R. M. (1991). Dialéctica de la dependencia. Ediciones Era.

Mudde, C. (2007). Populist Radical Rights Parties in Europe. Cambridge University Press.

Mudde, C. (2021). La ultraderecha hoy. Paidós.

Neumann, F. (1943). Behemoth: La estructura y la práctica del Nacional Socialismo, 1933-1944. Fondo de Cultura Económica.

Overy, R. (1994). War and Economy in the Third Reich. Clarendon Press.

Oxfam. (2024). Desigualdad S.A. El poder empresarial y la fractura global: La urgencia de una acción pública transformadora. https://lac.oxfam.org/wp-content/uploads/2025/02/Davos-2024-Informe.pdf

Oxfam. (2025). El saqueo continúa. Pobreza y desigualdad extrema, la herencia del colonialismo. https://cdn2.hubspot.net/hubfs/426027/Oxfam-Website/oi-informes/informe-davos-2025-saqueo-continua-desigualdad-extrema.pdf

Página 12. (2025, 25 de abril). Georgieva quiso recular, pero metió la pata hasta el fondo.https://www.pagina12.com.ar/820989-georgieva-quiso-recular-pero-metio-la-pata-hasta-el-fondo

Pollock, F. (1941). State Capitalism: Its possibilities and limitations. Studies in Philosophy and Social Science, 9(2), 200-225.

Prebisch, R. (1981). Capitalismo periférico. Crisis y transformación. Fondo de Cultura Económica.

Ramírez, R., y Guijarro, J. (en prensa). Pueblo contra pueblo: Estado de guerra interna, polarización cultural y muerte de la democracia en Ecuador. En E. Torres y P. Vommaro (eds.), Las derechas en América del Sur. Transformaciones contemporáneas. El Colegio de México.

Ramos, J. A. (1975). Historia de la nación latinoamericana. Continente.

Rapoport, M. (2000). Historia económica, política y social de la Argentina. Machi.

Ribeiro, D. (1971). El dilema de América Latina. Estructuras de poder y fuerzas insurgentes. Siglo XXI.

Ribeiro, D. (1988). Las Américas y la civilización. Procesos de formación y causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos. Biblioteca Ayacucho.

Rousseau, J. J. (2003). El contrato social. Alianza.

Rovelli, H. (2020, 12 de julio). Un combate desigual. Por qué es imprescindible auditar la deuda cuyo pago se está renegociando, El Cohete a la Luna. https://www.elcohetealaluna.com/un-combate-desigual/

Samper, J. M. (1969). Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas colombianas. Universidad Nacional de Colombia.

Sanahuja, J. A., y López, C. (2020). Las derechas neopatriotas en América Latina: Contestación al orden liberal internacional, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, (126), 41-64.

Sanahuja, J. A., y Stefanoni, P. (2023). Extremas derechas y democracia: Perspectivas iberoamericanas. Fundación Carolina.

Santa Cruz, H. (2024). Cooperar o perecer: El dilema de la comunidad mundial [3 tomos]. Naciones Unidas.

Skidmore, Th. (1988). The Politics of Military Rule in Brazil 1964-85. Oxford University Press.

Stavenhagen, R. (1981). Sociología y subdesarrollo. Nuestro Tiempo.

Stefanoni, P. (2021). ¿La rebeldía se volvió de derecha? Siglo XXI.

Sztompka, P. (2002). Sociología del cambio social. Alianza.

Teitelbaum, B. R. (2020). War for Eternity. The Rise of the Far Right and the Return of Traditionalism. Allen Lane.

Tilly, C. (1990). Coercion, capital and European States. A. D. 990-1990. Basil Blackwell.

Torres, E. (2020). El nuevo Estado protector y la legitimidad de excepción: Una aproximación mundial. Astrolabio. Nueva Época, (25), 65-97. https://doi.org/10.55441/1668.7515.n25.29219

Torres, E (2021). La gran transformación de la sociología. CLACSO.

Torres, E. (2023a). La sociedad mundial, los intersistemas y una nueva historia del capitalismo. Utopía y Praxis Latinoamericana, 28(101), 1-22. https://doi.org/10.5281/zenodo.7767811

Torres, E. (2023b). El paradigma mundialista: Una nueva propuesta para la sociología. Estudios Sociológicos, 42, 1-19. https://doi.org/10.24201/es.2024v42.e2431

Torres, E. (2024). La sociedad mundial poscolonial: Una aproximación. Antrópica. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 10(20), 223-255. https://doi.org/10.32776/arcsh.v10i20.479

Torres, E. (2025, 28 de mayo). La fórmula latinoamericana. Anfibia. https://www.revistaanfibia.com/la-formula-latinoamericana/

Torres, E., y Borrastero, C. (2020). Capitalism and the State in Latin América: Concentration of power, social inequality and environmental depletion. En X. Bada y L. Ribera Sanchez (eds.), The Oxford Handbook of The Sociology of Latin America (pp. 1-17). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oxfordhb/9780190926557.001.0001

Traverso, E. (2018). Las nuevas caras de la derecha. Siglo XXI.

Turner, H. (1985). German Big Business and the Rise of Hitler. Oxford University Press.

Wallerstein, I. (1974). Dependence in an interdependent world: The limited possibilities of transformation within the Capitalist world economy. African Studies Review, 17(1), 1-26.

Williamson, J. (1990). What Washington means by policy reform. En J. Williamson (ed.), Latin American Adjustment: How Much Has Happened? Institute for International Economics.

Williamson, J. (2004). The Washington Consensus as Policy Prescription for Development. World Bank, Institute for International Economics.

Zaffaroni, E.R. (en prensa). ¿Las derechas son derechas? El caso argentino. En E. Torres y P. Vommaro (eds.), Las derechas en América del Sur. Transformaciones contemporáneas. El Colegio de México.

Notas

1 Una versión preliminar del primer y del segundo apartado de este texto fue publicada en la Revista Anfibia con el título “La fórmula latinoamericana” (Torres, 2025).
2 La crítica al imperialismo francés del siglo XVIII se activa una vez que se agota el ímpetu plebeyo de la Revolución francesa. Como si se tratase de dos momentos o fases distintas. Hanna Arendt (1963) señaló que la Revolución, al volcarse hacia la guerra y la conquista, traicionó su origen emancipador, mientras que Raymond Aron (2018) sostiene, en el mismo sentido, que el universalismo revolucionario francés justificó la dominación de otros pueblos con la excusa de liberarlos.
3 En la década de 1960, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro (1988) se refirió al paso de la “civilización unicéntrica europea” a la “civilización polícéntrica” o “sistema policéntrico”, generado a partir del quiebre de la doble base de sustentación de la hegemonía del viejo continente: “su dominio y explotación de los pueblos coloniales y su monopolio de la tecnología industrial moderna” (p. 52). Ahora bien, para Ribeiro, dicha transformación no se inicia en el siglo XX (sino antes) y no crea nuevas modernidades en el sur global, aspectos que yo sí sostengo afirmativamente en mis estudios sobre la sociedad mundial poscolonial.
4 El mismo Ribeiro (1971, 1988) empleó la noción de “clase dominante subordinada” para referirse a los estratos de élite de los países latinoamericanos, a quienes consideró “agentes internos del subdesarrollo”.
5 Según cuenta la hija de Immanuel Wallerstein, Katharine, alrededor de la mitad de los intelectuales y líderes políticos africanos que asistieron a la boda de Immanuel en 1964 fueron asesinados en algún momento posterior. Entre ellos se encontraban Walter Rodney, el popular activista político y académico guyanés, liquidado por un coche bomba en 1980, y Aquino de Bragança, muerto en el mismo accidente aéreo que se cobró la vida del presidente de Mozambique, Samora Machel, en 1986 (Calhoun, 2023; Chian, 2025).
6 En el mencionado Congreso de Stuttgart, Hendrick van Kol afirmó que “una política colonial socialista podría desempeñar un papel civilizador”; Bernstein, por su parte, invitó a “aceptar un programa colonial socialista”, mientras que David hizo especial hincapié en que “Europa necesita colonias […]. No tiene suficientes. Sin ellas, estaríamos económicamente como China” (ver Machover, 2015).
7 Étienne Balibar (2025) enfatiza del siguiente modo la centralidad actual de los idearios antiimperialistas, en su realidad multilocalizada: “yo no sé lo que podría ser hoy ‘la revolución’, pero sí creo que todas las luchas antiimperialistas, en su enorme diversidad de condiciones y modalidades, son revolucionarias tomadas en su conjunto, podríamos decir que las luchas antiimperialistas son la revolución del siglo XXI” (cursivas del autor). Aquí Balibar resguarda una identidad antiimperialista, sin mencionar el ideario anticapitalista.
8 Este hecho también lo observa el prestigioso jurista argentino y exmiembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Eugenio Raúl Zaffaroni (en prensa): “una expresión como derecha, precisamente por provenir de experiencias y luchas muy diferentes, oculta la verdadera naturaleza, o sea, la onticidad misma del fenómeno de sometimiento al poder colonizador financiero mundial. Nuestras llamadas derechas no son más que fuerzas proconsulares de los intereses de la actual etapa de colonialismo, lo que nunca debemos perder de vista en este difícil momento de nuestra América” (itálicas del autor).
9 El problema se aborda muy indirectamente a partir de la crítica al consumo suntuario de las élites de la región, entendido como una forma de imitación alienada de los estilos de vida de las élites de los países centrales (Prebisch, 1981; Furtado, 2020; Ramos, 1975).
10 En ciertos casos, antes que aludir a un tipo de “vasallaje interno”, resulta más adecuado hablar de un “pacto de dominación” entre la derecha y determinados actores del campo de élite que se sitúan en un estrato de clase similar (ver Brachet Márquez, 1996).
11 Los teóricos de la derecha latinoamericana son los primeros en promover una identidad patriótica ficticia para intentar ocultar el componente vasallo de sus gobiernos afines (ver Laje, 2022, 2024).
12 La relación que establece Manuel Contreras, segundo de Pinochet y titular de la tenebrosa Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), con la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA), resulta ejemplar para dimensionar el grado de vasallaje de las dictaduras militares de la década de 1970. Este caso es ilustrativo dada la documentación disponible sobre las vicisitudes de la trayectoria de Contreras en la esfera global chilena desde 1973 (Basso, 2015).
13 Para profundizar en estas diferentes nociones, consúltese Traverso, 2018; Mudde, 2007, 2021; Forti, 2021, 2024; Teitelbaum, 2020; Applebaum, 2021; Collotti, 1989; Finchelstein, 2010; Sanahuja y López, 2020; Stefanoni, 2021; Sanahuja y Stefanoni, 2023.
14 En cuanto al empleo del término para la caracterización de la derecha latinoamericana actual, Raúl Zaffaroni (en prensa) sostiene que “lo que llamamos fascismos no son más que Estados represores, debilitados y degradados por el colonialismo, para facilitar la expoliación de sus riquezas y convertirnos en factorías” (s. p.).
15 Para el desarrollo del concepto de “localización posicional”, ver Torres, 2023b y 2024.
16 La asunción de un determinismo externo en relación a los procesos de cambio social en América Latina fue un error teórico y político severo que cometió la corriente marxista de la dependencia, porque no supo resituar con la autonomía suficiente a la teoría leninista del imperialismo (Torres, 2021).
17 Los informes regulares del Atlantic Council ofrecen una buena muestra de la estrategia norteamericana de regionalización de cada uno de los países de América Latina (ver Marczak et al., 2024).

Notas de autor

* Profesor de Sociología en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Director del Programa Cambio Social Mundial, CIECS-CONICET-UNC. Fellow permanente en el Institut für Sozialforschung (IfS). Profesor visitante en New York University, University of Wisconsin–Madison, University of Cambridge, Friedrich–Schiller–Universität Jena, Institut des Amériques de la Université Sorbonne Nouvelle – Paris 3. Director de la Cátedra Libre Immanuel Wallerstein, UNC-IfS.

Información adicional

redalyc-journal-id: 2110



Buscar:
Ir a la Página
IR
Visor de artículos científicos generados a partir de XML-JATS por