Resumen: La inclusión de La Habana en la Lista del Patrimonio Mundial en 1982 contribuyó al reconocimiento de los valores de la ciudad tradicional. El presente artículo profundiza en la historia reciente de los años 80’s en materia de vivienda social. Partiendo del marco teórico y los antecedentes, se caracteriza el contexto de los años 80’s en Cuba, que comienza con los sucesos del Mariel y culmina con al inicio del “Período especial”, para ayudar a la comprensión de las transformaciones operadas. Esto incluye la Ley General de la Vivienda aprobada en 1984 y modificada en 1988, después del “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, con el cual también se crea el Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital y se revitaliza el Movimiento de Microbrigadas en 1986. Se produce un tránsito desde la industrialización de la vivienda y la urbanización abierta periférica hacia la revalorización de la ciudad tradicional y las tecnologías artesanales de construcción; asimismo, se impulsa la conservación del patrimonio, así como la inserción de nuevos edificios de vivienda en áreas urbanas consolidadas. Algunos Programas priorizados formulados al final de los 80’s no pudieron continuarse por la crisis económica del “Período especial” que caracterizó la siguiente década.
Palabras clave: viviendavivienda,centro urbano tradicionalcentro urbano tradicional,La HabanaLa Habana,década de los 80’sdécada de los 80’s.
Abstract: The inclusion of Havana in the World Heritage List in 1982 contributed to a recognition of the values of the traditional city. This paper delves into the recent history of the 80’s in the area of social housing. To help understand the transformations that have taken place, this work starts with a theoretical framework, and background to the Cuban context of the 1980s, beginning with the events of the Mariel and ending at the start of the "Special Period". This includes the General Housing Law approved in 1984 and modified in 1988, after the “Process of rectification of mistakes and negative trends”, when the Group for the Integral Development of the City was created and the Microbrigades Movement was revitalized in 1986. This produced a transition from the industrialization of housing and open peripheral urbanization to a revalorization of the traditional city and craft technologies. In addition, heritage conservation was promoted as well as the insertion of new housing buildings in consolidated urban areas. Some prioritized programs formulated at the end of the 80’s could not be continued because of the economic crisis that characterized the following decade.
Keywords: housing, traditional urban centre, Havana, decade of the 80’s.
Artículos
El regreso a la ciudad tradicional. Vivienda social de los 80’s en La Habana
Going back to the traditional city. Social housing in 80’s Havana
Recepción: 02 Mayo 2019
Aprobación: 20 Noviembre 2019
Desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959, atenuar las diferencias entre la ciudad y el campo fue un objetivo que llevó a invertir en el desarrollo de las zonas rurales, mientras las urbanas quedaban, en cierta forma, afortunadamente olvidadas; pues gracias a este olvido, los centros históricos cubanos se conservan a pesar de su elevado grado de deterioro. Y es que hasta finales de los años 70’s estuvo vigente, a nivel internacional, la condena a la ciudad tradicional y la necesidad de sustituirla por el modelo urbano moderno, “más sano”, que ha conducido en gran medida a la crisis ambiental y social que viven hoy las capitales de los países en desarrollo.
El “abandono” de las ciudades y de sus centros tradicionales, llevó a la construcción de nuevas urbanizaciones periféricas de vivienda social al estilo del modelo abierto del Movimiento Moderno, a partir de la repetición del mismo proyecto de edificio típico en cualquier lugar del país, de modo que, fuera de cada centro histórico, es difícil identificar de qué ciudad se trata.
Sin embargo, desde finales de los años 70’s, la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH) inició los trabajos de recuperación del centro fundacional, que resultaron pioneros a escala regional; en gran medida, gracias esto, La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones fueron declarados Patrimonio Cultural de la Nación desde 1978, e incluidos por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en 1982 (Pérez e Iglesias, 2014). A partir de entonces, se intensificaron los trabajos de conservación del centro histórico y se inició la construcción de nuevos edificios de vivienda en zonas ya consolidadas dentro de la ciudad, a diferencia de las construcciones periféricas desarrolladas en la década anterior.
Habiendo transcurrido más de tres décadas, ya es tiempo suficiente para la valoración y el aprendizaje de esta historia reciente, pero poco divulgada en publicaciones. Es por ello que el presente artículo pretende profundizar en la experiencia de los años 80’s en materia de vivienda social y reflexionar sobre la revalorización de la ciudad tradicional, especialmente en La Habana.
El rechazo del Movimiento Moderno a la ciudad histórica tuvo su origen en el Movimiento Higienista del Siglo XIX en Europa. Las nuevas comunidades obreras en la Gran Bretaña de fines del Siglo XIX ofrecían viviendas con abundante asoleamiento y espacio, así como condiciones de higiene adecuadas. Este principio estuvo en la base del nuevo modelo urbano moderno-abierto, que se extendió después de la primera Guerra Mundial a otros lugares de Europa, como Holanda, Suecia, Suiza y Alemania, donde se registró el movimiento más fuerte (Butti y Perlin, 1985). Benévolo reconoce en los nuevos barrios de vivienda social, construidos en Madrid a mediados de los años 50’s, la predominancia de “una disposición general de bloques exentos paralelos, cuya ordenación obedece casi exclusivamente a consideraciones de tipo higiénico” (Benévolo, 1986, p. 906).
Y es que el surgimiento del modelo urbano moderno fue acompañado del ideal de la vivienda social masiva que, para ser producida industrialmente, debía ser estandarizada, repetitiva y tipificada. Así, según Gropius: “se llevan finalmente a cabo intentos de realizar el antiguo ideal de construir viviendas más baratas, mejores y en mayores cantidades que hasta el presente, de suerte de suministrar a cada familia una vivienda sana” (Gropius, 1957, p. 164). Pero, aunque la materialización total de este sueño no fue posible, el modelo arquitectónico sirvió de base al llamado “Estilo Internacional” o “estilo sin estilo”, cuya abstracción formal y uniformidad produjo una arquitectura anónima (Saldarriaga, 2010).
No sólo esa monotonía y falta de identidad condujeron al reconocimiento del fracaso del modelo urbano moderno en la segunda mitad del siglo XX (una de cuyas manifestaciones fue la declaración de su muerte por parte de los Postmodernos), sino la llamada “ciudad informal”, surgida como consecuencia de su incapacidad para satisfacer las demandas habitacionales de los estratos sociales de menores recursos a los cuales supuestamente beneficiarían los programas de vivienda social, y que hoy constituyen mayoritariamente la ciudad latinoamericana. Así, este fracaso se manifiesta en el abandono de los grandes conjuntos urbanos periféricos por parte de la población, siendo luego ocupados por inmigrantes en Europa o por negros pobres en Estados Unidos, lo cual genera grandes problemas urbanos que en ocasiones conducen a su implosión.
El fracaso del modelo urbano moderno y el reconocimiento de los valores de la ciudad tradicional, que había sido condenada por éste, aumentaron el interés general por su recuperación, protección y conservación, fundamentalmente a partir de la década de los 80’s del siglo XX, cuando se iniciaron los estudios de microclima urbano (Alexander, 2016). De hecho, la inclusión de los centros históricos en la ampliación -en lo físico- del concepto de valor, fue aprobada por el ICOMOS en el Coloquio de Quito en 1977 (Rojas, 2012).
En América Latina, a pesar de que la globalización arquitectónica y urbanística había promovido la desaparición total o parcial de gran cantidad de áreas centrales de ciudades latinoamericanas y caribeñas (Rigol, 2012), la recuperación de los centros históricos ha estado a menudo asociada a un saldo social negativo -dada la necesidad de recuperar las plusvalías urbanas, frecuentemente mediante el turismo-generando el desplazamiento de la población de menores recursos y procesos gentrificadores (Navarrete, 2017) que finalmente terminan afectando los propios valores patrimoniales. Salvo excepciones, las políticas nacionales y locales no enfatizaron la premisa fundamental de elevar las precarias condiciones de vida de los centros y barrios históricos, y así “la mayoría de los sitios recuperados devinieron enclaves de turistas extranjeros y grupos adinerados” (Rigol, 2012, p. 78) ya que, al descubrirse el potencial de las zonas antiguas, éstas se rehabilitaron mayormente para espacios de lujo.
En este marco conceptual se inscribe el presente trabajo que reflexiona sobre la evolución de la vivienda social en La Habana de los 80’s, a partir de sus circunstancias condicionantes, entre las cuales el cambio de enfoques sobre la ciudad tradicional jugó un rol determinante en el tránsito desde la construcción de edificios -con sistemas constructivos de alta tecnología en urbanizaciones periféricas abiertas- a la recuperación de tecnologías tradicionales en la ciudad consolidada. La inserción de la vivienda social en zonas urbanas de valor es también una experiencia bastante excepcional, posible gracias al sistema económico social cubano.
Para exponer la fundamentación metodológica de la investigación, es inevitable hacer referencia a la experiencia personal de la autora del presente artículo, pues la información de base, no publicada, fue recopilada mediante una investigación empírica nacida de las propias vivencias. La investigación parte del trabajo desarrollado en el Grupo de Proyecto Provincial de la Microbrigada en Ciudad de La Habana en 1987. Esta institución había sido “revitalizada” en 1986 para comenzar a proyectar y construir edificios de vivienda de hasta 5 plantas, que incluían consultorios y viviendas para el programa del médico y la enfermera de la familia, insertados en lotes vacíos dentro de la trama urbana consolidada de la ciudad (a diferencia de la obra desarrollada por las “microbrigadas” en la década anterior, dedicada a la ejecución de proyectos de edificios tipo “bloques” repetitivos en urbanizaciones periféricas). Esto permitió conocer de primera mano los objetivos de los planes y políticas, participar en la elaboración de proyectos y vivir la evolución de la experiencia, sobre lo cual se reflexiona en el presente artículo.
Este trabajo se combinó con la labor docente, encaminada desde el inicio de la década de los 80’s al desarrollo de propuestas para rehabilitar la ciudad histórica mediante enfoques que también fueron evolucionando, sobre la base del reconocimiento de los valores de estos contextos históricos. Esto obligó al seguimiento de las discusiones teóricas en el ámbito internacional y en Cuba, y a promover su aplicación en las propuestas para La Habana (González Couret, 2012), con vistas a convencer a los decisores sobre posibles alternativas a seguir y las ventajas de conservar y consolidar la ciudad histórica.
También en el año 1987, la autora comenzó a trabajar en el Plan para el desarrollo de las zonas montañosas (Plan Turquino) en todo el país, lo cual facilitó su acceso a la información completa sobre los objetivos y resultados de este programa, hasta 1991, cuando la crisis “período especial” condujo a un cambio de enfoque hacia el manejo de áreas protegidas por sus valores ecológicos. Posteriormente, la autora fue convocada para participar en la elaboración de varias Instrucciones Técnicas para diversos programas priorizados de vivienda a finales de los años 80’s, lo cual también le permitió un conocimiento directo y profundo de estas experiencias, que tampoco están publicadas.
Por otra parte, en 1979, la autora participó en el curso - taller realizado en La Habana por un equipo de arquitectos norteamericanos liderados por Hook Rorick, con el objetivo de proponer mejoras ambientales para los edificios realizados hasta ese momento con el sistema constructivo Gran Panel IV, lo cual constituyó el inicio del proyecto urbano de Las Arboledas, continuado en la década del 80 por la empresa de proyectos “Diseño Ciudad Habana (DCH). El vínculo con esta empresa favoreció también el conocimiento desde su origen de otro proyecto emblemático: la Villa Panamericana.
Toda esta información, recopilada como protagonista de los hechos en el momento en que se producían, fue procesada y evaluada 20 años después, a partir de una solicitud del Instituto Nacional de la Vivienda en el año 2000, con vistas a proponer posibles recomendaciones para el planeamiento y diseño de zonas residenciales en la ciudad; esto condujo a una evaluación integral de los modelos urbanos existentes y del desempeño de tipologías de edificios de vivienda construidos en diversas etapas. Para ello se aplicó un enfoque metodológico que identificaba las variables condicionantes de la economía y la calidad de las soluciones, tanto a escala arquitectónica como urbana, vistas éstas como un par dialéctico que encerraba contradicciones internas. Como resultado, se obtuvieron indicadores arquitectónicos y urbanos de referencia (González Couret, 2016). Esta investigación se continuó con otras desarrolladas hasta 2010, encaminadas a evaluar el desempeño de los edificios de apartamentos en zonas compactas, con el mismo enfoque teórico metodológico (González Couret, 2010).
Desde 1959, el proceso revolucionario cubano estuvo marcado por un espíritu de equidad y justicia social. Esto condujo, en los años 60’s, a la búsqueda de soluciones tecnológicas apropiadas para la vivienda social en un país en desarrollo y en revolución (Vejar, 1994). Sin embargo, estas búsquedas fueron abandonadas a finales de la década, por el compromiso con la industrialización pesada y de alta tecnología que caracterizó la siguiente (González Couret, 2009).
Así, en los años 70’s se desarrolló el “Sistema Modular Uniforme en la Construcción” que permitió la producción seriada de elementos catalogados e intercambiables en diferentes sistemas constructivos, e incluso, la prefabricación de cabinas sanitarias tridimensionales. Pese a que no se pudo alcanzar el sueño de la prefabricación abierta, el uso de un único elemento de fachada en diferentes sistemas constructivos y proyectos arquitectónicos condicionó una expresión muy similar en todos los casos, que caracteriza los edificios de vivienda de la época.
Se trataba de proyectos típicos desarrollados con diferentes sistemas constructivos, pero que se repetían en todas las ciudades del país, generando monotonía y falta de identidad en urbanizaciones abiertas periféricas al estilo del movimiento moderno, donde, además, se empleaban soluciones constructivas semi-prefabricadas que también se repetían por igual.
La base tecnológica de la industrialización de la construcción, desarrollada en la década de los 70’s, se perdió con la crisis económica de los 90’s. Por otro lado, las urbanizaciones abiertas periféricas -que han quedado como “ciudad dormitorio”, nunca pudieron competir con las tradicionales en cuanto a nivel de servicios, ambiente urbano y movilidad, por lo cual la historia ha demostrado la preferencia de la población por las zonas urbanas centrales.
Cuando en los años 70’s algunos de estos proyectos típicos se insertaban en lotes vacíos existentes en la trama consolidada, lo hacían en flagrante violación de las regulaciones urbanas. En ocasiones se demolieron manzanas completas de centros urbanos tradicionales para insertar estos edificios, quedando como ejemplos de lo que hubiera podido pasar en la ciudad de La Habana de haber contado con recursos para la demolición y reconstrucción de todas sus zonas centrales.
En contraposición a la tipificación de proyectos de edificios completos, en la academia se manejaban entonces conceptos de repetitividad a menor escala, que permitían una mayor flexibilidad, a partir de diversas alternativas de combinación de los elementos modulares (González Couret, 2012). La teoría elaborada por Lápidus (1984), también para la formación de arquitectos en la misma época, buscaba un equilibrio entre la necesidad de tener elementos fijos repetidos por razones económicas y otros variables, respondiendo a la deseada diversidad formal con vistas a evitar la monotonía. Así, para él, los elementos fijos eran las unidades habitacionales y sus posibilidades combinatorias, y lo que variaba era el diseño de la envolvente a partir de un posible repertorio de elementos que permitiera diversificar la expresión formal de las unidades habitacionales repetidas. Era una forma de materializar el principio de “unidad en la variedad”.
Los primeros conceptos propuestos por el arquitecto norteamericano Hook Rorick, en 1979, para el proyecto de la urbanización “Las Arboledas” (Segre, 1989) -posteriormente desarrollado en los años 80’s por la Empresa de Proyectos DCH- aplicaban el principio, previamente promovido por la academia, de repetir sólo el “núcleo” y variar la expresión exterior, recuperando las técnicas artesanales de construcción y los espacios exteriores inmediatos a las viviendas.
Como antecedentes de los años 70’s también se destacan los trabajos iniciados por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana a finales de la década, encaminados a la conservación del Centro Histórico, que influyeron en su inclusión en la lista del patrimonio mundial en 1982.
El comienzo de la década estuvo marcado por el inicio en 1979 de los viajes a Cuba de los cubanos que habían emigrado en las dos décadas anteriores y que por primera vez podían visitar el país, seguido por los sucesos de la Embajada del Perú que dieron origen a la emigración a través del puerto del Mariel como consecuencia de los desacuerdos migratorios con el gobierno de los Estados Unidos, todo lo cual generó el inicio de las “marchas del pueblo combatiente” y los actos de repudio a algunos cubanos que decidían abandonar el país.
Fue un momento histórico sumamente convulso, a partir del cual se produjeron cambios encaminados a diversificar las ofertas de consumo para los habitantes de la isla. Se instauró un nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía encaminado a estimular la productividad a partir de los ingresos; comenzó un mercado paralelo sobre la base de una cadena de tiendas “Amistad”, donde se vendían productos importados de los países de Europa del Este, a precios más altos que los normados en la libreta de abastecimiento que había sido hasta entonces la única opción, pero accesibles a los ingresos de la población; el Mercado Libre Campesino ofrecía productos alimenticios adicionales a los asignados por la histórica cuota de racionamiento, y un Mercado Artesanal como el instalado cada sábado en la Plaza de la Catedral de La Habana, permitía la compra - venta de la producción de artesanos que obtenían una licencia y pagaban el impuesto correspondiente para desarrollar la actividad.
En diciembre de 1984 la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó la Ley General de la Vivienda (48/84) que entregó la propiedad a todas las familias cubanas, autorizando la compra - venta y el alquiler de inmuebles (lo cual no estaba permitido hasta entonces) y estimulando la autoconstrucción de viviendas por esfuerzo propio -tanto en forma individual como a través de cooperativas constituidas a ese fin- para lo cual se estableció una normativa (Segre, 1989). Uno de los elementos tomados como base para estimular la auto-construcción fue la experiencia, demostrada, de que la población por sí misma había sido capaz de construir más viviendas que el estado durante los primeros años ya transcurridos de esa década. De hecho, en el Informe del Ministerio de la Construcción a la Asamblea Nacional (MICONS, 1989) se dice que en el período de 1981 a 1988 el Estado y las cooperativas terminaron 219700 viviendas, mientras que en la misma etapa se registró la construcción por la población de unas 324000.
No obstante, en 1986 se inició un “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” encaminado a corregir desviaciones ocasionadas por la falta de un adecuado control de las experiencias anteriores, lo cual podía generar el inicio de la concentración de riquezas en pocas manos y con ello, la estratificación de una sociedad hasta entonces bastante uniforme desde el punto de vista económico y social. Así se detuvo el nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía, desapareció el Mercado Libre Campesino y el Mercado Artesanal, se revitalizó el Movimiento de Microbrigadas y se modificó la Ley de la Vivienda aprobada en 1984 (31/84).
Para el sector de la construcción la “rectificación” implicó “introducir formas superiores de organización (para concluir las obras en el menor plazo posible y con calidad), el uso más racional de la fuerza de trabajo (incrementando la extensión y aprovechamiento de la jornada laboral), control más riguroso de los cosos en las obras y una mejor e integral atención al hombre” (MICONS, 1989, p. 5). Se crearon así los “Contingentes”, consagrados al trabajo de construcción de grandes obras, priorizadas en jornadas de 12 o 14 horas diarias.
Las modificaciones efectuadas en 1988 a la Ley General de la Vivienda -aprobada en 1984, que para algunos constituyen una nueva ley (65/88), prohibieron nuevamente el alquiler y la compra - venta, así como las cooperativas temporales “que agrupaban a dos o más personas con el fin de edificar inmuebles de dos o más plantas, siendo destinada cada unidad física de vivienda a cada uno de los integrantes” (López, 2012, p. 31).
Según Gomila (2000, p. 21), la vivienda en Cuba es un bien social, voluntad política que “fue ratificada por la Ley General de la vivienda de 1984 y su ley modificativa de 1988, que además de transferir la propiedad de las viviendas estatales a sus usufructuarios y ocupantes legítimos, afirmaron el derecho a la vivienda en su verdadera esencia como el derecho del propietario y su familia al disfrute de la misma, sin que en ningún caso pueda este derecho personal convertirse en mecanismo de enriquecimiento y explotación”.
Esto explica las razones por las que se modificó la ley, prohibiendo la compra - venta y el alquiler de viviendas, a pesar de que esta prohibición fue nuevamente levantada por el Decreto Ley No 288 de 2012, modificativo de la Ley General de la Vivienda, que flexibiliza el “ejercicio de los derechos de los propietarios, que ahora no sólo pueden usar y disfrutar de la garantía de la tenencia en propiedad de su vivienda, sino disponer libremente de esta… se le otorga al inmueble adquirido una plenitud legal y económica completa” (Herrera, 2012, p. 29).
Además de la revitalización del Movimiento de Microbrigadas, se iniciaron, a partir de 1986, Programas Priorizados como el Plan Turquino (Figura 1), el Programa Alimentario (Figura 2), el turismo y los polos científicos, todos los cuales generaron Instrucciones Técnicas que establecían áreas mayores (a las normadas entonces) para las viviendas que debían garantizar la estabilidad de la fuerza laboral vinculada a estos programas económicos.
Sin embargo, la desintegración del “campo socialista”, compuesto por los países de Europa del Este a partir de la caída del muro de Berlín, privó al país de sus principales relaciones comerciales, lo cual, unido al bloqueo económico y comercial impuesto por los Estados Unidos desde inicio de los años 60’s, sumió a Cuba en la profunda crisis económica conocida como “Período especial en tiempo de paz”. Estos factores determinaron una caída brusca del Producto Interno Bruto, habiéndose perdido las fuentes de adquisición de combustibles y energéticos, con una sensible reducción de las producciones agrícolas, industriales y de materiales de construcción, así como una drástica disminución del transporte y los abastecimientos. Tal situación obligó a detener o transformar algunos de los programas de vivienda a partir de la siguiente década.


La inclusión de La Habana y su sistema de fortalezas en la Lista del Patrimonio Mundial en 1982 constituyó un importante incentivo para reconsiderar los valores de la ciudad tradicional, tan criticada y agredida por el Movimiento Moderno. Varias fueron las instituciones que trabajaron en el centro fundacional de la ciudad, tanto en la investigación y capacitación como en las labores prácticas de conservación del patrimonio existente, e incluso, en la inserción de nuevos edificios de vivienda. Tal es el caso del Centro de Conservación, Restauración y Museología, donde existió una cátedra de la UNESCO; del Grupo de Proyecto de la Microbrigada de La Habana Vieja (a partir de la escisión por municipios, al final de la década del Grupo Provincial creado con la revitalización del movimiento en 1986); y de la Oficina del Historiador de la Ciudad, que quedó, con todas sus dependencias, como entidad única coordinadora de la recuperación de ese centro histórico, y que hoy coordina la Red de Oficinas del Historiador en el país.
El plan de conservación de La Habana Vieja partía de las plazas y ejes principales, para ir penetrando hacia el tejido interior. Ha sido un proceso lento, basado en una fórmula de financiamiento única en un país de economía centralmente planificada, ya que, por la importancia concedida, les fue posible invertir en su recuperación una buena parte de los ingresos generados, mediante un proceso económico autofinanciado e integral (Pérez e Iglesias, 2014). Por otro lado, esta estrategia de conservación patrimonial ha tenido siempre una elevada vocación social y participativa, de manera que se ha logrado mantener una buena parte de la población original no desplazada, evitando la gentrificación que usualmente ocurre -por razones económicas- en las experiencias de recuperación de los centros históricos. Así, la vivienda social estuvo siempre presente en los objetivos trazados desde el inicio (Rodríguez, 2009), razón por la cual La Habana Vieja sigue siendo una ciudad auténtica, un centro vivo, a diferencia de otros montajes escenográficos para el turismo en centros históricos de la región (Figura 3).

La recuperación del interés por la ciudad histórica condujo necesariamente al estudio del microclima urbano generado por esa morfología compacta, el cual corresponde al modelo mediterráneo traído por los colonizadores españoles, opuesto a lo recomendado en los manuales de diseño bioclimático para climas cálido - húmedos, sobre la base de los experimentos desarrollados durante las décadas anteriores en cámaras de humo y túneles de viento, considerando flujos laminares y edificios aislados como en las urbanizaciones abiertas del movimiento moderno.
Así, la academia cubana fue pionera en estos estudios que se iniciaron justo en los años 80’s a escala mundial, demostrando que la ciudad tradicional no era tan mala como se pensaba, ya que en ella se genera un microclima que opera de manera diferente a lo que ocurre en las zonas abiertas (Alfonso, Diaz y de la Peña, 1989). Entonces, desde las universidades se comenzó también a incursionar en las nuevas formas de intervenir en los procesos de rehabilitación de la ciudad histórica, generándose de esta forma el llamado “Movimiento de la nueva trama” que abogaba por esto.
A partir del “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” y como demostración del nuevo interés por la ciudad, se fundó el Grupo para el Desarrollo Integral de la Ciudad de La Habana, entidad consultora y orientadora, la cual posteriormente creó los Talleres para la Transformación Integral de los Barrios en las zonas urbanas históricamente más pobres y deprimidas, ya fueran centrales o periféricas. El objetivo era crear equipos multidisciplinarios de trabajo que acompañaran a la población, orientándola y ayudándola con vistas al mejoramiento participativo de su propio hábitat.
En 1985 se organizó un concurso nacional para la elaboración de propuestas de diseño para la “Casa consultorio del médico y la enfermera de la familia” a insertar en diversos contextos de la ciudad, a partir de la llegada a la ciudad de un programa social que ya había dado excelentes resultados en zonas rurales. Esto constituyó el inicio de una nueva voluntad de construir viviendas en toda la ciudad tradicional, no sólo en el centro fundacional. Prácticamente todos los premios otorgados fueron ganados por equipos mixtos de profesores y estudiantes de la Facultad de Arquitectura, y parte del premio consistió en la oportunidad de proyectar y ejecutar edificios de consultorios y viviendas del médico y la enfermera de la familia en diversos municipios de la ciudad con diferentes características morfológicas, como forma de verificar la real flexibilidad de las soluciones propuestas: La Habana Vieja, Arroyo Naranjo, Marianao y Santa Cruz del Norte (Figura 4).

Después de la ejecución de los prototipos demostrativos derivados del concurso, el consultorio y las viviendas de los médicos y enfermeras de la familia se incorporaron a los edificios multifamiliares que proyectaba y ejecutaba, en las zonas consolidadas de la ciudad, la Microbrigada provincial que fue revitalizada en 1986.
El movimiento que había logrado contar con 1153 microbrigadas en 1975 y que logró construir 80 mil viviendas durante los años 70’s se fue extinguiendo a partir de 1980 (MICONS, 1989), como consecuencia de los nuevos mecanismos económicos que promovían la construcción de viviendas por empresas estatales y, en mayor medida, la autoconstrucción por esfuerzo propio de la población. Es por ello que parte del “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” de 1986 consistió en la revitalización del Movimiento de Microbrigadas y su espíritu de cooperación solidaria con asignación democrática de las viviendas construidas. Pero éstas no continuaron construyendo edificios típicos de viviendas en nuevas urbanizaciones periféricas como en los 70’s, sino nuevos edificios, supuestamente “atípicos” insertados en lotes vacíos existentes dentro de la trama urbana consolidada de la ciudad tradicional (Figura 5).

Para ello se creó el Grupo Provincial de Proyecto de la Microbrigada, que comenzó a desarrollar proyectos específicos de edificios de vivienda con consultorio médico incluido, para ser ejecutados en municipios centrales como La Habana Vieja, Centro Habana, Cerro 10 de Octubre, Plaza y Marianao. No obstante, la dinámica constructiva superaba la del proyecto, de manera que casi de inmediato las microbrigadas con terrenos asignados (para construir en ellos sus edificios de vivienda) no pudieron esperar por los proyectos cuyo diseño se iniciaba, y se optó por ubicar en esos terrenos otros proyectos de edificios en un mayor grado de avance, cuyas dimensiones en planta permitieran su inserción, teniendo en cuenta no violar las regulaciones urbanas.
Así, los primeros proyectos que fueron diseñados para lotes y contextos específicos, se repitieron en otros lugares de la ciudad, perdiéndose la intención inicial de desarrollar soluciones específicas y atípicas. En algunos casos, incluso, el proyecto cuya ejecución se iniciaba, sólo contaba con una planta y un diseño de cimentación elaborado para un terreno con las peores condiciones de resistencia y considerando un edificio de cinco plantas, que también a veces sólo quedaba en tres pisos con el objetivo de acelerar la conclusión y entrega de las viviendas, con lo cual, la cimentación resultaba doblemente sobredimensionada. Como resultado, era frecuente que los cierres exteriores de algunos edificios se proyectaran a la par que su ejecución.
Algunos de los arquitectos jóvenes, recién graduados, que trabajaron en estos proyectos, pertenecían a la contestataria llamada “Generación de los 80’s”, quienes, lamentablemente, se dejaron deslumbrar por los estertores del postmodernismo tardío, intentando producir una arquitectura comercial “de moda” que fue divulgada en algunas publicaciones para mostrar los cambios que se estaban produciendo en la arquitectura cubana a partir del rol de la nueva generación de arquitectos (Figura 6).

Lo cierto es que tanto esos edificios, que pretendieron ser paradigmáticos, como los otros que imitaron la arquitectura de los años 50’s -predominante en el contexto donde se ubicaban, se caracterizaron de manera general por deficientes soluciones espaciales y condiciones ambientales interiores (González Couret, 2016), ya que se desconocían los principios de diseño a seguir en zonas urbanas compactas (Figura 7), con requerimientos totalmente diferentes a los de las urbanizaciones abiertas para las cuales se había proyectado la vivienda social durante las dos décadas anteriores.

Las viviendas proyectadas y construidas en esta época se caracterizaron, además, por tener áreas superiores a las establecidas en la “Norma de superficie útil máxima para la vivienda social”, que estuvo vigente hasta que se aprobó la nueva en 1991, un poco más generosa. Tampoco se adecuaban a los requerimientos de los hogares cubanos, que ya habían comenzado a decrecer con un promedio de 2.93 miembros del núcleo familiar, a pesar de lo cual la mayoría de las viviendas que se construían eran de tres dormitorios dobles, porque los microbrigadistas deseaban que su esfuerzo se viera coronado con una vivienda de las mayores dimensiones posibles, que representara un importante valor adquirido, pues por ella pagaban mucho menos del costo de producción en mensualidades inferiores al 10% del ingreso familiar, ya que la vivienda estaba altamente subsidiada por el estado. Según el Informe Nacional de Cuba a Estambul+5, “la diferencia entre el costo de construcción y el precio de transferencia para una vivienda de 60m2 de superficie útil, implica un subsidio de alrededor de la mitad de su costo. Las viviendas asignadas a microbrigadistas que participan en su construcción tienen un descuento adicional del 10%” (Hábitat Cuba, 2001, p. 15).
La Microbrigada, revitalizada para construir edificios de viviendas con consultorios del médico de la familia en la ciudad consolidada, también acometió la ejecución de otros programas sociales, y poco a poco fue derivando hacia la llamada “Microbrigada social”, ya no organizada por centros de trabajo para la construcción de nuevas viviendas u obras sociales, sino a nivel de barrio para el mantenimiento, reparación y mejoramiento de las viviendas existentes. A la llegada del “Período Especial” en los años 90’s, se detuvo la ejecución de la mayoría de los edificios iniciados, algunos de los cuales lograron finalmente concluirse 20 años después.
La revalorización de la ciudad tradicional también se vio reflejada en el proyecto de la Villa Panamericana que sirvió de alojamiento a los deportistas participantes en los Juegos Panamericanos que tuvieron lugar en La Habana en 1991 y que después sirvió de vivienda para la población en general.
Aunque su inauguración ocurrió en 1991, este proyecto fue concebido desde finales de la década de los 80’s, continuando el trazado del tradicional poblado de pescadores aledaño (Cojímar) y estructurado en súper manzanas. La coherencia del proyecto urbano se garantizaba mediante unas regulaciones que establecían, entre otras cuestiones, la continuidad virtual de la línea de fachada y el porcentaje de ocupación del suelo que garantizaba un espacio semi-público al interior de la manzana, que a partir de estas reglas se subdividía en grandes lotes, asignados a diferentes proyectistas que elaboraban los diseños específicos de los edificios, algunos de los cuales se ejecutaron con sistemas industrializados como el IMS, postesado y de origen yugoslavo, mientras que en la mayoría se emplearon materiales y tecnologías tradicionales de construcción (Figura 8).

Algunos de estos principios como el de la variedad de diseño, a partir de la participación de diversos arquitectos, ya habían sido empleados en la urbanización Las Arboledas. Por supuesto, como en toda ciudad, la calidad de diseño arquitectónico en la Villa no es uniforme y nuevamente, algunos arquitectos se dejaron llevar por la influencia formalista postmoderna. (Figura 9).

A pesar de que se perdió la oportunidad de recuperar en la vía principal la tradición de los portales corridos en las plantas bajas destinadas a comercio y servicios, la Villa Panamericana tuvo muy buena aceptación por parte del público en general, los decisores y la crítica especializada, de manera que se convirtió en el paradigma a seguir en la urbanización de las áreas aledañas (urbanización que nunca se produjo) e incluso, fue el modelo a seguir en las nuevas comunidades rurales concebidas como parte del “Programa alimentario”.
Aunque no todos se relacionan con la ciudad de La Habana, los programas priorizados constituyen un exponente esencial del pensamiento en materia de vivienda y urbanización a finales de la década de los 80’s. Como parte del “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” iniciado en 1986, se identificaron los que deberían ser renglones fundamentales para el desarrollo futuro del país desde el punto de vista económico y social. Estos programas incluían la construcción de urbanizaciones de vivienda destinadas a garantizar la necesaria estabilidad de la fuerza de trabajo requerida, para lo cual debían resultar estimulantes y atractivas por su mayor calidad, lo que prácticamente se redujo a una mayor superficie, establecida en las Instrucciones Técnicas elaboradas.
Uno de los primeros programas priorizados fue el “Plan Turquino”, dirigido a mejorar las condiciones de vida en las zonas montañosas apartadas para su repoblamiento, pero también para prepararlas, con un enfoque de autosuficiencia, como refugio de la población urbana que debería subsistir y resistir allí en caso de agresión externa y ocupación del país. Era el concepto de la “guerra de todo el pueblo” y del “Período especial en tiempo de guerra”, cuando el país fuera totalmente bloqueado y tuviera que resistir sin relación alguna con el exterior. Es por eso que a la crisis que sobrevino en los años 90’s, cuando fue necesario sobrevivir en condiciones similares a esas, se le llamó “Período especial en tiempo de paz”.
El Plan Turquino, iniciado en 1987, se basaba en una concepción endógena y sustentable, aun cuando estos conceptos no habían sido oficialmente enunciados a escala internacional, pero el erróneo ideal de calidad de la vivienda inspirado en el contexto urbano, así como una concepción simplista del comportamiento social, impidió la continuación de su desarrollo desde de la crisis de los 90s. Supuestamente, los jóvenes que cumplían su Servicio Militar General laborando en el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), en las regiones montañosas apartadas, se sentirían motivados por las viviendas de alta calidad que se construían en los nuevos asentamientos (vinculados a los campamentos donde ellos se alojaban) de manera que decidirían quedarse a vivir y trabajar allí, con una cónyuge de la zona, con quien formarían un hogar. Al cabo de algunos años, cuando el asentamiento estuviera poblado, el campamento ya no sería necesario, por lo que se transformaría en zona de servicios para la comunidad. La realidad fue bien distinta, porque los jóvenes no se sintieron lo suficientemente atraídos como para quedarse, y por último, porque no fue posible continuar construyendo ese tipo de viviendas y asentamientos a partir de la crisis económica de los 90’s, razón por la cual el Plan Turquino cambió su vocación hacia el manejo de zonas protegidas.
A partir del cierre del “Mercado libre campesino” en 1986, se enunció el “Programa alimentario” como solución alternativa para mantener la producción y el suministro de alimentos a la población. Para ello se desarrollarían nuevos asentamientos rurales, independientes de los ya existentes y no conectados con ellos, que serían repoblados por jóvenes provenientes de la ciudad, atraídos nuevamente por la calidad de las viviendas y las ventajas del ambiente rural sano. Por ello, el modelo urbano fue el de la Villa Panamericana, estructurado en manzanas, con una ocupación del suelo relativamente alta, de edificios de vivienda de hasta tres plantas. Algunos de estos asentamientos quedaron iniciados, pero no pudieron continuarse como consecuencia de la crisis económica de los 90’s.
El turismo y la ciencia constituían ya, desde finales de los 80’s, dos pilares básicos de la economía cubana, por lo cual también se desarrollaron programas priorizados de vivienda para estos sectores. Los polos turísticos generalmente se encuentran en lugares apartados, con valores naturales y paisajísticos como las costas y cayos, de difícil acceso de los trabajadores, razón por la cual se decidió crear en zonas relativamente cercanas, nuevas comunidades donde ellos y sus familias pudieran vivir. Aunque las Instrucciones Técnicas creadas para las viviendas de este programa priorizaban su calidad, mediante una mayor área, éstas fueron ejecutadas a través de sistemas prefabricados de grandes paneles, en edificios de cinco plantas -con deficiente calidad de ejecución, que en algunos casos los propios habitantes pudieron mejorar con sus ingresos provenientes del turismo.
Resulta significativo que algunos de estos conjuntos habitacionales, a pesar de haber sido ejecutados con sistemas constructivos de grandes paneles, incorporasen elementos decorativos tomados de los propios proyectos foráneos de los hoteles, tales como balaustradas y otros que fueron posteriormente invadiendo de forma paulatina la vivienda autoconstruida (Figura 10). La necesidad de ornamento, individualización e identidad tomó como referente aquello que supuestamente representaba la mayor calidad arquitectónica: los nuevos hoteles.

Para el polo científico del oeste de La Habana se construyó un conjunto de edificios de vivienda utilizando sistemas industrializados de alta tecnología, aun disponibles a finales de los 80’s, algunos de los cuales todavía esperan la imposible oportunidad de ser terminados.
En La Habana de los 80’s, el paso desde los sistemas constructivos de alta tecnología en urbanizaciones periféricas abiertas hacia la recuperación de tecnologías tradicionales en la ciudad consolidada, responde a diversas circunstancias condicionantes, entre las cuales el cambio de enfoques sobre la ciudad tradicional jugó un rol determinante. La inserción de la vivienda social en zonas urbanas de valor es también una experiencia bastante excepcional, sólo posible gracias al sistema económico social cubano.
Los años 80’s constituyeron una década de grandes cambios en Cuba, comenzando por los convulsos sucesos del Mariel, seguidos de la apertura de oportunidades paralelas de consumo fuera del tradicional racionamiento, algunas de las cuales desaparecieron nuevamente con el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas de 1986 y otras después de la caída del muro de Berlín en 1989, como antecedente del “Período especial en tiempo de paz” que caracterizó la década siguiente.
En materia de vivienda y urbanismo, la década estuvo marcada por la revalorización de la ciudad tradicional a partir de la inclusión de La Habana, y su sistema de fortalezas, en la lista del patrimonio mundial en 1982. Esto impulsó los trabajos de conservación patrimonial con un saldo social positivo, que favoreció la evolución del pensamiento respecto a las formas de intervención en la ciudad histórica, promovió la construcción de nuevos edificios de vivienda social en la trama urbana consolidada, y permitió la recuperación de los valores de la ciudad tradicional en los enfoques de las nuevas urbanizaciones.
Los estudios del microclima urbano de La Habana Vieja, desarrollados por la Facultad de Arquitectura en los 80’s, constituyen un significativo aporte a escala global. Igualmente, la creación de los Talleres para la Transformación Integral de los Barrios más deprimidos en la ciudad de la Habana representa un importante referente para el mejoramiento habitacional participativo.
Un hito de la década fue la Ley de la Vivienda aprobada en 1984 que autorizaba la compra - venta y el alquiler de viviendas y promovía la autoconstrucción, lo cual fue lamentablemente prohibido con la modificación de 1988, para volver a ser posteriormente autorizado en 2012. La rectificación acometida en 1986 agudizó la crisis económica que se desencadenó a finales de la década.
La deficiente calidad espacial y ambiental interior de los edificios de vivienda, proyectados y construidos por la Microbrigada revitalizada en las zonas urbanas consolidadas a finales de los 80’s demuestra que hubo desconocimiento de los principios de diseño a aplicar en estos contextos donde no se había construido durante las dos décadas anteriores.
En los 80’s se generaron nuevos intentos utópicos de repoblar el campo sobre la base de conceptos erróneos de calidad de vida y de vivienda, tomados del ámbito urbano. La imposibilidad de continuar, al final de la década, con el desarrollo de algunos programas de vivienda priorizados, demuestra lo insustentable de su concepción.









