Artículo
¿(In)sostenibles? Confrontando la sostenibilidad urbana a los “barrios pobres” dominicanos
(Un)sustainable? Confronting urban sustainability with Dominican informal settlements
¿(In)sostenibles? Confrontando la sostenibilidad urbana a los “barrios pobres” dominicanos
Revista INVI, vol. 36, núm. 101, pp. 173-199, 2021
Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda
Recepción: 03 Diciembre 2019
Aprobación: 13 Agosto 2020
Financiamiento
Fuente: CRH-LAVUE
Nº de contrato: UMR7218
Descripción del financiamiento: Universidad Paris Nanterre; CRH-LAVUE UMR7218; Ministerio de Educación Ciencia y Tecnología en República Dominicana (MESCYT)
Resumen: Descritos históricamente desde las teorías de la marginalidad y precariedad urbanas, los “barrios pobres” deberían desaparecer para que las ciudades latinoamericanas alcancen la sostenibilidad. Sin embargo, en países como la República Dominicana, donde estos barrios forman parte del mercado informal responsable del 75% de la producción de viviendas y estructuran fuertemente el tramado urbano de la ciudad de Santo Domingo, resulta necesario otro enfoque de análisis. En efecto, para algunos autores, la existencia de estos barrios en nuestras ciudades de hoy es una señal de su crucial importancia para la definición y el desarrollo del urbanismo contemporáneo y de la capacidad de sus habitantes para aceptar transformaciones significativas, especialmente, en términos de sostenibilidad. El presente artículo propone, en esa misma línea, un estudio sobre la sostenibilidad de cuatro barrios dominicanos a partir de tres categorías de análisis: las competencias de los habitantes, la estructura urbana compacta de los barrios y el ejercicio eco-ciudadano. Para esos fines, se desplegó una metodología cualitativa y se utilizaron herramientas de investigación etnográfica: observación prolongada en el tiempo y descripción sistemática de espacios y situaciones. Los resultados muestran que, aunque los barrios presentan características compatibles con la sostenibilidad urbana, estas son poco reconocidas y están sujetas a las formas de descalificación socio-espacial interna y externa.
Palabras claves: sostenibilidad urbana, marginalidad urbana, barrios, indicadores de sostenibilidad, Santo Domingo.
Abstract: Historically described through theories of marginality and urban precariousness, ‘informal settlements’ must disappear for Latin American cities to achieve sustainability. However, in countries such as the Dominican Republic, these neighborhoods are part of the informal market responsible for 75% of housing production. Because they powerfully shape the urban pattern of the city of Santo Domingo, a new analysis approach is necessary. For some researchers, the existence of these barrios in our cities indicates that these neighborhoods are crucial for the definition and development of contemporary urbanism. Their inhabitants are capable actors able to embrace significant transformations, particularly in terms of sustainability. In line with this approach, this article offers a study of four Dominican slums based on three categories of analysis: the inhabitant’s capabilities, the compact urban structure of informal settlements, and the practice of eco-citizenship. For these purposes, a qualitative methodology was deployed using ethnographic research tools: participant observation over time and systematic description of spaces and situations. The results show that even if these informal settlements have characteristics compatible with urban sustainability, they are little recognized and dependent on internal and external socio-spatial depreciation.
Keywords: Urban sustainability, urban marginality, slum, sustainability indicators, Santo Domingo.
Introducción
¿Pueden los “barrios pobres” participar en la definición de la ciudad sostenible dominicana? Si bien la literatura parece haber demostrado las dimensiones socioculturales e históricas (Saez Giraldez et al., 2010) y la capacidad de transformación y adaptación de estos barrios (Gonçalves, 2017), las evaluaciones desde la sostenibilidad urbana siguen siendo negativas. Demasiado rápida y espontánea, la proliferación de los barrios precarios es una amenaza para la estabilidad ambiental, especialmente cuando contribuye a la artificialización masiva de áreas naturales y agrícolas (Davis, 2007; Saez Giraldez et al., 2010; Scherger et al., 2012), o cuando demuestra una incapacidad para gestionar los desechos y las aguas residuales que contaminan el paisaje y afectan la salud de sus habitantes (Davis, 2007; Monroy Ojeda, 2015). Incluso algunos estipulan que el desarrollo sostenible depende del desarrollo económico y sugiere que la mejor y probablemente la única manera para que los países en desarrollo puedan tener un medio ambiente decente está condicionado a su capacidad de producir riquezas (Anglés Hernández, 2015; Beckerman, 1992). Entonces, más allá de la relación destructiva entre los barrios y su medio ambiente, es la situación de pobreza que impide entenderlos desde su potencial de sostenibilidad urbana.
Si la relación pobreza urbana/insostenibilidad persiste, es debido a una tradición de estudios urbanos latinoamericanos que desde los años 80 se desarrolla en torno a las teorías de marginalidad “dual" y “polar" (Sabatini, 1981). Si la primera teoría sugiere que los grupos menos favorecidos se encuentran al margen de los mercados económicos, y la segunda denuncia que la marginalidad es una cuestión cultural (Sabatini, 1981), ambas teorías admiten una reciprocidad entre condición espacial y conformación socioeconómica. En general, los pobres urbanos son considerados incapaces de integrar la esfera económica y cultural de la ciudad debido a su lugar de residencia. Otras contribuciones teóricas y empíricas refutan más tarde estos postulados y declaran que existe una relación entre marginalidad y funcionamiento del sistema capitalista (Enriquez, 2007; Nun, 1971; Quijano, 1971). La marginalidad urbana sería el resultado de las competitividades del mercado económico, y, por lo tanto, una consecuencia directa de las políticas sociales y urbanas unilaterales desarrolladas por los gobiernos.
En República Dominicana, tres corrientes teóricas han sido utilizadas para el estudio de estos barrios: (1) el postulado marxista de la "superpoblación relativa"; (2) la teoría de Oscar Lewis sobre la "cultura de la pobreza", y (3) el movimiento de la geografía radical de David Harvey. El primer postulado define los “barrios pobres” desde el concepto de "superpoblación urbana" (Duarte, 1980), considerando esas comunidades como excesos de población resultantes de fenómenos de migración rural/urbana y víctimas del atractivo económico de la ciudad de Santo Domingo (Duarte, 1980; Lozano et al., 1997). Para los exponentes de la “cultura de la pobreza”, entender los “barrios pobres” como los avatares de una cultura (pobre) auto-productiva permitiría una mejor comprensión de las condiciones materiales de su aparición y su posible reestructuración (Cela, 1999, 2001). Todavía hoy, este enfoque es utilizado para explicar las tendencias políticas clientelistas en los barrios o para justificar la segregación socio-espacial de la ciudad de Santo Domingo (Álvarez y Objío, 2007; Faxas, 2007). La tercera corriente, inspirada en la geografía radical, apela al Estado para que éste acepte su responsabilidad en la promoción de barrios precarios. Los investigadores de esta corriente criticaron las políticas de renovación urbana excluyente en los años 90 y exigieron planes de acciones concretos orientados a la modernización de los barrios -regulación de tenencia, construcción de infraestructuras, participación ciudadana, etc. (Cela, 1996; Chantada, 1998; Morel y Villaman, 1996; Navarro y Mercedes, 1996; Pantaleón, 1983).
Traer a colación las teorías de marginalidad que han influenciado el estudio de los “barrios pobres” permite comprender la dificultad que implica un análisis desde un enfoque de sostenibilidad. Y es que el estudio de estos barrios desde la marginalidad ha generado un imaginario colectivo que considera, por un lado, que los barrios deben desaparecer para facilitar el desarrollo sostenible de la ciudad, y por otro, que la sostenibilidad urbana de los barrios estaría condicionada al estatus socio-económico de sus habitantes.
Sin embargo, la existencia de esos barrios en las ciudades latinoamericanas de hoy da cabida a otro tipo de análisis. Para algunos, estos barrios cuestionan los aparatos de planificación urbana (el plan masa y las acciones top-down), movilizados desde hace medio siglo por las instituciones nacionales y promovidos por las organizaciones internacionales (Calvo Cerda, 2000; Clerc et al., 2017). Otros señalan que esos barrios son, en sí mismos, espacios cruciales para la definición y el desarrollo de un urbanismo contemporáneo donde el habitante es el actor clave que detenta la capacidad de acoger transformaciones significativas, especialmente en términos de sostenibilidad y ecología urbana (Allen, 2015; Bolay et al., 2016; McGuirk, 2015). En un plano más operacional, el equipo de Gehl Arquitectos, contratado para definir un modo de intervención para un barrio precario en Argentina, terminó encontrando indicadores clave de sostenibilidad urbana. Ellos admiraron especialmente las calles peatonales y la vida pública dinámica, cualidades deseadas en la mayoría de las ciudades europeas (Risom y Madriz, 2018).
Últimamente estos barrios han despertado interés, pues se les considera como una fuente de conocimiento urbano y de innovación en términos de ahorro de recursos, reutilización y adaptación (Brillembourg, 2004; Mansilla, 2019; Risom y Madriz, 2018; Smedley, 2013). Son vistos como centros donde se desarrollan modos de creatividad cultural, inventiva económica e innovación social. Así, lejos de concebir principios de planificación globales y tecnocráticos, a menudo socavados por las prácticas sociales y las necesidades inmediatas de los habitantes de los barrios, los recursos y las prácticas cotidianas deberían ser exploradas para reevaluar las perspectivas hacia una planificación urbana contemporánea (Bolay, 2006). En este sentido algunos sugieren utilizar la sostenibilidad urbana como una herramienta estratégica y analítica (Bolay y Schmid, 2004); esto permitiría reconstruir las dimensiones urbanas establecidas y dar prioridad a los barrios para protagonizar dinámicas de cambio social y urbano.
Este artículo propone el estudio de la sostenibilidad de los barrios dominicanos más allá de una perspectiva de marginalidad y de condiciones climáticas/medioambientales. El objetivo es exponer las situaciones reales y específicas, las evidencias empíricas que demuestran cómo estos barrios responden implícitamente a las dimensiones de sostenibilidad urbana. Para ello, tres categorías de análisis han sido utilizadas: las competencias de los habitantes, la estructura urbana compacta de los barrios y el ejercicio eco-ciudadano. Estas categorías permiten desprenderse de enfoques binarios (pobres / insostenibles, marginales / inconciencia ecológica) y considerar otras formas de intervención urbana tomando en cuentan las prácticas e iniciativas locales existentes.
Metodología
El uso de la sostenibilidad urbana como herramienta analítica implicó un trabajo de redefinición y una atención especial a las prácticas de los habitantes frente a eventos y situaciones cotidianas. Aunque se han desarrollado varias herramientas de evaluación e indicadores de la sostenibilidad urbana, a menudo se basan en datos cuantitativos y tratan de evaluar los procesos técnicos. Por ejemplo, las herramientas disponibles Practical Evaluation Tools for Urbain Sustainability (PETUS) o City Related sustainability Indicators Projet (CRISP), valoran más los aspectos físicos de los flujos de materiales y energía que los aspectos sociales y económicos (Simón Rojo y Hernández Aja, 2011). Además, la mayoría de estas herramientas han sido diseñadas para evaluar la ciudad o los edificios. Por lo tanto, las evaluaciones a nivel de barrios siguen estando poco representadas y son poco reveladores del contexto latinoamericano.
Para examinar los barrios desde una perspectiva de sostenibilidad urbana implícita, se necesitó de una estrategia metodológica cualitativa que combinara observaciones y entrevistas en profundidad, y que se justifica aquí por el paradigma interpretativo constructivista. Se emplearon las herramientas de la etnografía urbana: observación prolongada en el tiempo y descripción sistemática de espacios y situaciones. Cuatro barrios del Gran Santo Domingo fueron estudiados: (1) el barrio El Libertador en la demarcación de Santo Domingo Oeste; (2) el barrio La Ciénaga localizado en el Distrito Nacional; (3) el barrio Los Platanitos perteneciente al sector Los Guaricanos de Santo Domingo Norte, y (4) el barrio Maquiteria en Santo Domingo Este (figura 1). Un total de 80 entrevistas abiertas y semiestructuradas fueron realizadas entre los años 2016-2018.

También se realizó una revisión literaria sobre los indicadores de sostenibilidad (Castillo Féliz, 2013; Grafmeyer y Authier, 2015; Nacif, 2016; Orduña Gañán, 2016; Rogers, 1998; Ruedas et al., 2012; Saheb, 2008; Simón Rojo y Hernández Aja, 2011) que permitió la definición de tres categorías: (1) las competencias de los habitantes, (2) la estructura urbana y (3) el ejercicio ciudadano. Con la primera categoría se aborda desde lo pragmático, la capacidad de adaptación frente a eventos climáticos, así como la reproducción de eco-gestos. En la segunda categoría se analiza la estructura urbana basada en los parámetros de compacidad y complejidad, la cual confirma la necesidad de desprenderse de lógicas estructurales propias a la ciudad formal para valorar la estructura urbana específica a los barrios. Finalmente, el ejercicio ciudadano es analizado a través las movilizaciones y reivindicaciones inscritas dentro de los movimientos globales eco-ciudadanos (tabla 1).

Las competencias de los habitantes desde una perspectiva de desarrollo sostenible: las formas de adaptación y los eco-gestos
En sociología urbana, las "competencias de los habitantes" se construyen a menudo como categorías analíticas y descriptivas en contextos de relegación urbana. En Europa, las competencias califican la capacidad de los habitantes para producir "acciones ajustadas" en situación de precariedad (Berry-Chikhaoui y Deboulet, 2002; Roulleau-Berger, 1999). Se trata de micro-acciones que contribuyen a definir tanto la materialidad como las funcionalidades de los espacios urbanos. Esto implica también una capacidad de reivindicación frente a las autoridades y a los proyectos de intervención urbana, permitiendo el surgimiento de formas de resistencia política.
La utilización de esta noción ilustra las acciones de los habitantes frente a un sistema de dominación y desigualdades, sin interpretaciones liberales o románticas. Esta categoría analítica concuerda con la noción de “capability” entendiendo que no solo el capital económico y material de los individuos cuenta, sino también la capacidad para elegir una manera de vivir y un sistema de valores propios (Sen, 1999). La definición de “competencia” se inspira igualmente en la sociología moderna reflexiva que niega toda separación entre saber científico y saber popular (Latour, 2013) y, en ese sentido, los habitantes de barrios serían capaces de interpretación y espíritu crítico. Esto permite desarrollar la confrontación barrios/ sostenibilidad urbana entendiendo que las acciones se construyen en la vida cotidiana de los habitantes, en relación con las experiencias individuales y colectivas que generan un saber-ser y un saber-hacer frente a diferentes situaciones.
Adaptarse a las amenazas climáticas al mismo tiempo que a las condiciones de vida
"Tenía 4 años cuando el huracán David1 azotó el barrio. Recuerdo que mi cama se fue volando y estaba en el jardín de la casa de al lado, arriba de una mata de aguacate. La nevera del vecino estaba en el tejado de la casa para evitar que se desprendieran las planchas de zinc... El problema en aquel momento no era el número de personas que vivían en el barrio, sino el mal estado de las casas, estaban construidas de hojalata y cartón… En mi casa, lo único que quedaba era el piso, el resto se lo llevó el huracán... Honestamente, ¡fue increíble!... Recuerdo que mi familia y yo nos refugiamos en la única casa con techo en hormigón. Otras personas se habían refugiado en casa de la Zarzuela. Allí, colgaron hamacas dentro de la casa hecha, de madera y zinc. Cada vez que el viento soplaba muy fuerte, la gente en las hamacas se levantaba junto con la estructura del techo [se ríe]... Pero te diré una cosa, estos desastres tienen un lado positivo. Mi padre me dijo que era la última vez que hacía una casa de madera. Cuando reconstruimos la casa, la hicimos en bloques de hormigón. Después del huracán David, la mayoría de la gente dejó de construir casas de madera...” (Melvin, 36 años, habitante del barrio El Libertador, 2016).
La adaptación es entendida como un canal de aplicación de principios de sostenibilidad urbana (Jiménez Herrero, 2002; Magnan, 2010). Siendo a la misma vez proceso (acción) y propósito (resultado), la adaptación es una respuesta al cambio cuando permite que los sistemas (sociales u otros) se organicen en función de su evolución y de su entorno (Simonet, 2017). Entonces, al hablar de adaptación frente a las amenazas climáticas (en el caso específico de los barrios) nos referimos a la capacidad de sus habitantes para superar momentos de inestabilidad. Las observaciones de campo y las entrevistas realizadas muestran como la auto-organización y la recuperación del hábitat legitiman la gran capacidad de adaptación de estos barrios. Esto, a través tres acciones articuladas: (1) la red de vecinos que funciona con la misma eficacia que una unidad de rescate; (2) las medidas para proteger físicamente la casa (como la nevera o los bloques de cemento posicionados en el techo para impedir que los fuertes vientos lo impacten2), y (3) la evolución de la casa después de un desastre natural. Estas respuestas intuitivas y pragmáticas son poco reconocidas en la lógica de la resistencia basada únicamente en la adecuación del entorno urbano. Esto acentúa también los límites de la planificación urbana operativa para hacer frente a los problemas del cambio climático (Desse et al., 2017). Los planificadores urbanos pueden ciertamente proponer una cartografía de las vulnerabilidades territoriales según parámetros precisos, pero observaciones más amplias permiten integrar las acciones y los actos de solidaridades locales necesarias en los procesos de adaptación.
En ese sentido, se considera que la adaptación incluye cualquier acción que ayude a mitigar los riesgos que afectan la calidad de vida (Scott y Willits, 1994), como las estrategias oficiales o silenciosas que han permitido a los habitantes superar sus vulnerabilidades a corto, mediano y largo plazo. Además, al reconocer esta capacidad de adaptación, se evitan las lógicas de victimización y pasividad promovidas por las teorías de marginalidad y, al mismo tiempo, se considera a los habitantes como agentes sociales con capacidad de acción frente a los impactos negativos de fenómenos climáticos y de desarrollo local (Sánchez Rodríguez, 2013).
La reproducción de eco-gestos: decorar o amueblar su casa con materiales recuperados
En los barrios, la capacidad de adaptación no se limita a las acciones frente a las amenazas climáticas. El sentido de ingenio incluye una serie de "habilidades ordinarias" (García Sánchez, 2007) que se perfilan más allá de las limitaciones estructurales de la vivienda. Esta lógica pragmática, pensada en términos de sostenibilidad, podría corresponder a los eco-gestos. Conocido como un neologismo, el término eco-gesto se refiere a las actividades cotidianas destinadas a proteger o preservar el medio ambiente. Estas acciones pueden variar de un país a otro, dependiendo de las costumbres y el nivel de vida del país en cuestión. Muy poco teorizado, pero ampliamente utilizado, este concepto incluye una lista de acciones pragmáticas que deben ser llevadas a cabo por todo eco-ciudadano responsable: producir menos residuos, reciclar y recuperar objetos, controlar el consumo de agua y energía, comer localmente, entre otros. Estas prácticas individuales, al articularse con otras acciones locales deben garantizar el desarrollo sostenible. En los barrios visitados se identificaron algunas de estos eco-gestos, en particular tres: el reciclaje, el reúso y la jardinería. En este artículo nos limitaremos a la experiencia de reúso, considerando sus implicaciones directas en la construcción del hábitat.
Se identifica el reúso como una actividad común que implica la revalorización de materiales de construcción (láminas de zinc o madera), de muebles y de elementos decorativos o contenedores. Por ejemplo, en una visita guiada, se observó, desde la entrada de la casa, que la estructura del techo de la sala, en madera y zinc, estaba cubierta con paneles de PVC. Domingo (40 años, habitante del barrio El Libertador) explica:
“Un amigo empleado en una empresa de renovación de oficinas, me facilito esos paneles que se encontraban en la basura de la empresa. Yo le dije que me los trajera para decorar un poco esta casa. Yo mismo los instalé…”.
Asimismo, Teresa (53 años, habitante del barrio el Libertador), guarda los envases plásticos para dárselos a una vecina que vende jugo de frutas a la entrada de la escuela. Estos envases permiten el transporte del líquido y se utilizan varias veces para el almacenamiento de la mercancía. Una lata de pintura puede convertirse también en un macetero para flores y un lienzo publicitario puede ser utilizado como una cubierta para cubrir la terraza o el frente de la casa (figura 2).

Estos ejemplos, analizados desde la lógica de la marginalidad urbana, son definidos únicamente como prácticas de sobrevivencia frente a situaciones de precariedad que no tendrían ninguna relación con la sostenibilidad. Sin embargo, el reúso, al igual que el reciclaje, es promovido por los gobiernos nacionales como práctica compatible y complementaria a la gestión de residuos urbanos necesarios también a la sobrevivencia de los ecosistemas naturales. La norma dominicana para la Gestión Ambiental de Residuos Sólidos No Peligrosos de 2003 incluye el reúso o reempleo de materiales como una forma de “reciclaje directo” a promover en todo el territorio. En este sentido, tanto la sobrevivencia de los habitantes como la salvaguardia de los ecosistemas naturales van de la mano y responden a objetivos de sostenibilidad.
De hecho, estas prácticas no son solo representativas de dinámicas propias a los países latinoamericanos; en Francia, por ejemplo, la práctica del chiffonnage3 es adoptada por la mayoría de las clases sociales e incluso se desarrolla en torno a plataformas digitales como Vinted.fr, le boncoin.fr, etc., confirmando así que las fronteras entre residuos y recursos son difusas e incluyen aspectos culturales divergentes (Godin, 2007).
En el contexto dominicano, aunque la reutilización forma parte de parámetros de sostenibilidad, no conduce a legitimar la eco-ciudadanía de los habitantes de barrios. Cuando el reempleo o el reciclaje es ejercido directamente por los habitantes del barrio no se considera como virtuoso, sino como una actividad de incivilidad, a menudo marcada por la descalificación social (Benelli et al., 2017; Gonzalez, 2015). El reúso se convierte en una actividad valiosa y gratificante sólo cuando es supervisada o incentivada por las políticas públicas, las asociaciones o la dinámica del mercado. Un ejemplo es la iniciativa “Vida para el Ozama” patrocinado por un Banco Nacional dominicano que busca reducir los residuos plásticos en las orillas del río Ozama y beneficiar los habitantes del barrio a través el intercambio de tres bolsas de botellas plásticas por una bolsa de comida. De esta manera, los gestos ecológicos inicialmente desplegados en los barrios, reveladores de un sentido práctico y de una lógica de economía de recursos, suelen convertirse en estrategias políticas, clientelistas y asistencialistas.
El barrio y su estructura compacta
Frente al imperativo del desarrollo sostenible, los aspectos físicos y sociales de las estructuras urbanas han sido cuestionados en relación a la preservación del medio ambiente (Ruedas et al., 2012; Valenzuela et al., 2010). Como principal consumidora de espacio natural y responsable del 80% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), la ciudad debe revisar su estructura dispersa, mono-funcional y no solo responder a las ideologías del mercado económico. Se trata de pensar en proyectos de ciudades más globales que tengan en cuenta tanto los aspectos físicos y sociales como medioambientales. A esto se añade que el ideal de la sostenibilidad aboga por una estructura urbana capaz de adaptarse a diversos contextos y situaciones sociales. Para ello, la mayor parte de los parámetros de sostenibilidad consultados sugieren la construcción de estructuras complejas y compactas, siendo este último principio abordado aquí.
La compacidad para determinar la sostenibilidad de los “barrios pobres”
La ciudad del futuro sería una ciudad compacta y densamente poblada con una urbanización continua (Bochet, 2007; Hilman, 1996; Sadoux, 2010). Se opondría a la expansión urbana y a la sobreexplotación del suelo proponiendo una estructura urbana que favoreciera los desplazamientos cortos, los desplazamientos no motorizados y el transporte público. Esto reduciría los costos de energía, mejoraría la calidad del aire en las zonas urbanas y promovería los encuentros, los intercambios y la comunicación entre residentes e instituciones (Bochet, 2007; Fouchier, 1998; Nacif, 2016; Næss et al., 1996; Newman y Kenworthy, 1999). Si imaginar la ciudad compacta parece estar a la moda, en particular gracias a los movimientos smartgrowth4, New Urbanism5 y Transit-Oriented-Development (TOD)6, ya en 1961, Jane Jacobs cuestionaba el determinismo espacial y social del modelo urbano estadounidense y recomendaba que una alta densidad era esencial para la construcción de espacios comunes, acogedores y habitables (Parin, 2012).
Por algunos fuertemente criticada, la compacidad urbana significa el regreso a la ciudad medieval, superpoblada y promiscua, una ciudad que perdería su calidad urbana, especialmente por falta de espacio, cogestión y contaminación (Breheny, 1996; Thomas y Cousins, 1996). Pero para Mayer Hilman (1996), la compacidad urbana no es sólo una cuestión de densidad constructiva, sino más bien de equidad. En ese sentido, las ciudades compactas son más justas, puesto permiten a todos los ciudadanos, independientemente de su clase social, aprovechar al máximo su capacidad de desplazamiento (Hilman, 1996).
En la República Dominicana, la compacidad urbana como herramienta necesaria para el desarrollo urbano sostenible no ha tenido el mismo éxito que en los países europeos. Influenciada por el desarrollo urbano al estilo norteamericano, la ciudad dominicana se estructura en torno a un tejido disperso, polar y fraccionario. Con una densidad de unos 2.300 habitantes/km², Santo Domingo es la ciudad más poblada del país, pero estructuralmente, sólo los “barrios pobres” constituyen las áreas más densas y las más compactas (figura 3). Sin embargo, para los profesionales de la ciudad, la alta densidad de estos barrios es sinónimo de no habitabilidad, pobreza y marginalidad (Navarro García, 1996; Torres et al., 2017). La densidad se reduce a un cálculo matemático -número de habitantes por hectárea cuadrada- y se convierte en un indicador de salud pública, un argumento político o un instrumento de despoblación (Amphoux et al., 2001). Esto ha influido en el análisis de los barrios, entendiendo que existe una correlación entre marginalidad, alta densidad y hacinamiento.

En el imaginario colectivo dominicano, vivir en un “barrio pobre” equivale a vivir en un ambiente promiscuo. Si bien, esta idea ha sido vehiculada tanto por los medios de comunicación como por las asociaciones locales dominicanas, Jorge Cela (1987) ya había desmentido esta relación entre hacinamiento y densidad a finales de los años 80. Él había constatado que el hacinamiento era un fenómeno particular a algunas zonas del barrio y demostraba que la alta densidad territorial no era relevante para definir el hacinamiento (Cela, 1987). Además, la densidad es una variable que puede ser cuantitativa en relación con un referente institucional, pero también es una variable cualitativa en términos de percepción de cada individuo y su capacidad para desarrollar estrategias de cooperación y apoyo social (Fouchier, 1998; Hombrados Mendieta et al., 1994). Por lo tanto, la sensación de hacinamiento depende del desarrollo social, del momento histórico y de particularidades culturales (Lentini y Palero, 1997).
La compacidad y la habitabilidad de los barrios
Durante las visitas a los barrios, la configuración y la relación entre los espacios privados y comunes fueron reveladoras de compacidad urbana. Se observó una proximidad entre las redes familiares, amicales y los lugares de trabajo, en un ambiente que permite la cohesión entre los diferentes estratos sociales en los barrios. A pesar del número de personas que viven en los barrios visitados y la aparente acumulación de casa en las colinas, la sensación de opresión es inexistente. Cada elemento parece encontrar su lugar de forma natural y en relación con una necesidad inmediata. En el barrio, más que en cualquier otro lugar en la ciudad de Santo Domingo, se desarrolla el sentimiento de serendipity del que habla Isaac Joseph (1997): “la capacidad de descubrimiento por casualidad, de descubrir una cosa o situación mientras se busca otra” (Joseph, 1997). En otras palabras, la distracción es una cualidad tanto estructural como dinámica, subjetiva y socialmente productiva en estos barrios.
En ese sentido, para algunos autores, la compacidad es uno de los principales atributos de los barrios que determinan su forma e influyen en la cohesión y funcionalidad sociológica de sus lugares (Gallastegui Vega y Galea Alarcón, 2008; Risom y Madriz, 2018; Zimmerman y Quiróz Rothe, 2015). Para entender esto es necesario establecer que existe una diferencia entre compacidad y densidad constructiva. Un espacio es compacto cuando genera interrelaciones entre los espacios públicos, vividos, comúnes e instituciones. (Zimmerman y Quiróz Rothe, 2015). En términos más operativos, de acuerdo con la Agencia de ecología Urbana de Barcelona (AEUB), la compacidad implica la convergencia entre la densidad, la morfología urbana, la movilidad multimodal y los espacios públicos confortables (térmica y acústicamente). Si varios de estos indicadores son perceptibles en estos barrios, (la alta densidad, los espacios públicos, la convivialidad, los senderos peatonales y medios de transporte como los mototaxis, figura 4), lo que dificulta el análisis son las condiciones de “habitabilidad”, de calidad de vida y de confort (Moreno Olmos, 2008). En efecto, a menudo estudiada desde un enfoque de planificación y gestión desde arriba, la compacidad urbana ha sido muy poca analizada desde estos barrios, sobre todo porque sus altas densidades son relacionadas al hacinamiento y a la insalubridad.

En los países latinoamericanos la cuestión de habitabilidad ha sido rezagada en las políticas públicas orientadas a la disminución del déficit cuantitativo de viviendas. Varios países de la región han emprendido proyectos de renovación urbana sin tomar en cuenta los parámetros de calidad del espacio urbano7. En Santo Domingo, el mercado inmobiliario “formal” establece las reglas de habitabilidad fomentando la construcción de urbanizaciones en las afueras de la ciudad, desconectadas y sin espacio público. Esto promueve un ideal que atribuye una calidad urbana implícita a estas formas de producción urbana. Sin embargo, se ha comprobado que las buenas condiciones físicas de una vivienda no son suficientes para recrear las condiciones necesarias de habitabilidad (Alcalá Pallini, 2007).
Por lo tanto, abordar la cuestión sobre la habitabilidad de los barrios no puede limitarse al estudio de las condiciones puramente físicas de la vivienda, en especial cuando sabemos que la mejora de estas condiciones depende en realidad del nivel de evolución del hábitat, de la apropiación del espacio y de la evolución socioeconómica de los habitantes. Reflexionar sobre la habitabilidad urbana de los barrios, implica, por tanto, tener en cuenta la diversidad de usos, la variedad y las formas alternativas de la estructura espacial (tales como las esquinas y sus funcionalidades, los callejones y escaleras, o los patios y galerías8) y de los espacios que garantizan un dinamismo social. Sin negar la falta de ciertos aspectos de habitabilidad, lo que se defiende aquí es que los barrios dominicanos nunca han sido analizados más allá de un cálculo primario de la densidad bruta y que esto lleva a conclusiones simplificadas sobre sus condiciones de vida. Además, esto se convierte en una limitante en la definición de políticas de intervención urbana, sobre todo cuando no conciben que la concentración poblacional necesita también de una concentración y diversidad de usos y actividades (Zimmerman y Quiróz Rothe, 2015).
El ejercicio eco-ciudadano y la consciencia ecológica del habitante de barrio
Finalmente, se aborda el ejercicio eco-ciudadano como última categoría de análisis que permite la confrontación barrios/sostenibilidad. Si hasta ahora se ha expuesto la compacidad de la estructura espacial del barrio y la capacidad de adaptación de sus habitantes, aún queda por dilucidar el carácter político. Para ello, se ilustra el ejemplo de la iniciativa The Cañada Projet que desde el 2008 propone a un grupo de estudiantes de la Universidad de Texas, Austin, trabajar con los habitantes del barrio Los Platanitos y juntos desarrollar proyectos de planificación, abordando especialmente las problemáticas de residuos sólidos presentes en las cañadas que atraviesan el barrio (figura 5). Cada seis meses, los estudiantes pasan unas dos semanas en el barrio y realizan estudios técnicos/empíricos con la ayuda de los habitantes: análisis socioeconómicos, así como estudios cartográficos y estadísticos. Guiados por un marco teórico en torno a la justicia ambiental, la ecología política y las teorías critica del desarrollo (Sletto, 2008), este grupo busca crear sinergias comunitarias para abordar cuestiones de vulnerabilidad y dignidad de las comunidades que viven en entornos precarios. Después de varios intercambios, en 2010, los habitantes de Los Platanitos crearon la Fundación Los Platanitos (FUNPLA) responsable de la limpieza del barrio y en 2012, emprendieron un proyecto de vermicultura con la construcción de tres sitios: los cinco corazones, criadero la maravilla y punto final (figura 6).


En 2016, el proyecto de vermicultura era reconocido de las asociaciones locales como un proyecto emblemático en el desarrollo comunitario sostenible y había despertado el interés de los gobiernos locales y nacionales. Pero, si pareciera que las acciones eco-ciudadanías en el barrio los Platanitos son influenciada por este grupo de extranjeros, en el informe de 2010 los estudiantes ya habían identificado manifestaciones eco-ciudadanas en el pasado. Los estudiantes señalaron que un grupo de habitantes habían dirigido campañas de limpieza en los espacios públicos y las cañadas que atraviesan el barrio; incluso los habitantes que viven cerca de las cañadas habían interpelado a los habitantes de la parte alta del barrio acusados de tirar basura y de empeorar la situación. En otro barrio, Pascal (58 años, habitante del barrio la Ciénaga) asegura que durante su mandato como presidente de la junta de vecinos había establecido una red de voluntarios para garantizar la buena gestión de desechos de los hogares dentro de su demarcación. Además, la revisión histórica muestra que en la década de los ochenta, a través las movilizaciones de los “movimientos barriales” (CECAPO, 1987; Pérez y Artiles, 1992), los habitantes de los barrios reclamaban ya la mejora de las condiciones medioambientales de su hábitat.
Estas acciones, reivindicativas y proactivas, prueban como los habitantes de los barrios se inscriben en movimientos eco-ciudadanos que luchan contra la relegación socio-ecológica y por el reconocimiento de sus derechos a un medio ambiente limpio. Nótese también que la conciencia ecológica implícita de los habitantes es lo que permitió a los estudiantes de Texas desarrollar proyectos con un enfoque ambiental y, al mismo tiempo, posicionar al barrio dentro de las políticas de intervención urbanas del gobierno. Se puede incluso argumentar que estos movimientos forman parte del enfoque proactivo de justicia ambiental vinculado al eco-desarrollo comunitario, particularmente cuando integran preocupaciones sobre salud, dignidad humana y cohesión social (Anguelovski, 2014).
En contradicción con las teorías de marginalidad y más allá de un interés ecológico, la acogida de la iniciativa The Cañada Projet confirma la capacidad de apropiación y participación de los habitantes de los barrios. Este tipo de proyecto contribuye a la revitalización del barrio e incluso hasta la construcción de una imagen positiva y al fortalecimiento de las movilizaciones colectivas.
Conclusión
Si todavía se tiene la idea de que los barrios son agentes reproductores de homogeneización social y espacial que representan las formas más avanzadas de precariedad e insostenibilidad urbana y que, por lo tanto, son patologías que deben desaparecer, esto es porque los "mitos de la marginalidad" aún persisten y juegan un papel psicosocial útil (Cottam, 1999; Perlman, 2003). Al ser el chivo expiatorio de los problemas sociales (desviación, delito y perversidad), estos espacios legitiman las reglas de dominación y suavizan la imagen del resto de la sociedad (Perlman, 2003). Estos mitos se trascienden al análisis sostenible de los barrios, sobre todo cuando son considerados como obstáculos para la sostenibilidad urbana en vista de las condiciones socioeconómicas de los habitantes y su deficiente conciencia ecológica.
El enfoque sobre sostenibilidad urbana desarrollado aquí se basa en la tesis que considera que ciertas características espaciales y sociales de estos barrios coinciden con los parámetros de la ciudad sostenible y justifican una confrontación entre ambas entidades urbanas. Esto nos permite identificar tres categorías de análisis que corresponden tanto a la naturaleza de los barrios observados como a los parámetros de sostenibilidad urbana establecidos en la literatura científica. Las competencias de los habitantes, la estructura urbana y el ejercicio ciudadano se conjugan a la interfaz entre el imaginario de sostenibilidad y la realidad urbana de estos barrios para ilustrar las analogías. La adaptabilidad, la flexibilidad, los eco-gestos, la predisposición a procesos de largo plazo, la complejidad y compacidad de su estructura, así como las demandas eco-ciudadanas revelan como los barrios responden de manera pragmática a una serie de parámetros de la ciudad sostenible. Así, al presentar una redefinición de indicadores de sostenibilidad desde la cotidianidad de los barrios, se cuestiona también la estandarización de parámetros de sostenibilidad urbana oficiales, especialmente cuando estos promueven la intervención de barrios desde una perspectiva higienista y tecnocrática que va en contra de prácticas locales.
Por lo tanto, estudiar la sostenibilidad de los barrios implicó un distanciamiento de los procesos de descalificación que llevan a cabo las clases dominantes (promotores, autoridades locales, etc.) y que a menudo son integrados por los habitantes. En otras palabras, aunque se identificaron ciertos principios de sostenibilidad, estos se encuentran subordinados a los estigmas territoriales asociados al hábitat “barrio pobre”. También parecen estar condicionados por las influencias, algunas de las cuales hemos destacado: teorías de la marginalidad, eventos climáticos e intervención de asociaciones locales e internacionales, entre otras. Para nosotros, estas influencias necesitan ser estudiadas más profundamente puesto que interfieren en las prácticas de los habitantes y en la evolución de la estructura espacial de los barrios, articulándose a favor o en contra de su desarrollo sostenible.
Agradecimientos
Las reflexiones presentadas en este artículo forman parte de una investigación doctoral realizada entre 2016 y 2020 en el Centro de Investigación Sobre el Hábitat (CRH-LAVUE), financiada por el Ministerio de Educación Ciencia y Tecnología en República Dominicana (MESCYT). Agradecimientos especiales a Anyerlina Hernández y a Xenia Fuster por la lectura y comentarios para la redacción de este artículo.
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Notas