Dossier
Recepción: 15 Diciembre 2021
Aprobación: 05 Abril 2022
DOI: https://doi.org/10.5354/0718-8358.2022.65649
Resumen: En este artículo analizamos los efectos diferenciales del género en los casos de desalojo forzado del hogar y de desplazamiento hacia la periferia experimentados por mujeres habitantes de la Ciudad de México. Consideramos que el desalojo es uno de los problemas menos abordados en los estudios urbanos, a pesar de tener una importancia fundamental para discutir las cuestiones de ciudad y vivienda desde una perspectiva feminista. Hipotetizamos que se trata de una expulsión que afecta no solo a las mujeres, sino que a las mujeres racializadas. Así, reuniendo los conceptos de desalojo, movilidad e inmovilidad, “racial banishment”, gentrificación, entre otros y, través de un método de investigación cualitativo que reconstruye los relatos de desalojo y desplazamiento recogidos mediante entrevistas con mujeres de la “Red de Desalojados de la Ciudad de México”, damos textura emocional y encarnada a estos procesos urbanos abstractos. En este contexto, los hallazgos muestran cómo las cuestiones étnico-raciales cruzan interseccionalmente y tienen efectos de género específicos. Asimismo, ubicamos cómo el desplazamiento forzado puede ser entendido desde una perspectiva de movilidad e inmovilidad, donde aspectos como la accesibilidad a la ciudad y la inseguridad son muy sensibles para las mujeres. Finalmente, abordamos cómo entender la experiencia del desalojo desde una perspectiva emocional.
Palabras clave: desplazamiento, destierro racial, género, gentrificación, vivienda.
Abstract: In this article we analyze the differential effects of gender in cases of forced residential eviction and displacement to the periphery as they are lived by women residents of Mexico City. We consider eviction to be one of the least addressed problems in urban studies, but one that exhibits great strength for discussing the issues of housing and the city from a feminist perspective. We hypothesize that this is an expulsion not only of women, but of racialized women. Gathering concepts of eviction, mobility, and immobility, “racial banishment”, gentrification and others, and through a qualitative investigation that reconstructs the stories of eviction and displacement collected through interviews with women from the “Eviction Network of Mexico City”, we offer emotional and embodied texture to these abstract urban processes. In this context, the findings show how ethnic-racial issues intersect and produce specific gendered effects. At the same time, we pinpoint how forced displacement can be understood from the perspective of mobility and immobility, where aspects such as access to the city and insecurity are very sensitive for women, and finally, we address how to understand the experience of eviction from an emotional perspective.
Keywords: displacement, gender, gentrification, housing, racial banishment.
Introducción
El 15 de octubre de 2021, cargadores contratados invadieron ilegalmente una vivienda de 20 familias indígenas Mazahua en la colonia Juárez de la Ciudad de México, golpeando y expulsando a sus habitantes. Llegaron con martillos, palos y otros objetos exhibiendo un exceso de violencia, sin aviso previo y sin papeles oficiales (“Así se vio desde el aire”, 2021). Lograron sacar los muebles y pertenencias de las y los habitantes, llenaron la calle con muebles y artículos personales antes de ser detenidos por una riña y la llegada de la policía ciudadana (Bravo, 2021). En el chat de WhatsApp de un grupo que se ha organizado en contra de los desalojos en la ciudad, llegó una ráfaga de mensajes de este caso reciente poniendo en evidencia lo que se ha denominado “blanqueamiento por despojo” (Gaytán, 2019).
En los últimos 20 años, mientras la Ciudad de México se gentrifica, unas 400 mil familias han sido expulsadas a la periferia de la Ciudad de México (Cruz, 2021). En este contexto, buscamos analizar experiencias vividas por mujeres que han enfrentado el desplazamiento causado por desalojos, debido a que las repercusiones de la gentrificación rara vez son reveladas a través de las experiencias encarnadas y vividas por las mujeres, dándole así textura a procesos tan abstractos como la gentrificación y los procesos de inmovilidad y movilidad en las ciudades globales. Nuestra hipótesis plantea que se trata de una expulsión que afecta no solo a mujeres, sino que también, y en mayor grado, a mujeres racializadas. Además de señalar la interseccionalidad de este proceso de expulsión, también mostramos el papel que tienen las emociones en los desalojos forzados, donde la desolación y la angustia se combinan con la solidaridad, la esperanza, y el apego al lugar y se entretejen en experiencias encarnadas de habitar la ciudad.
Para abordar lo anterior, trazamos un camino analítico desde una perspectiva de género en el que primero ubicamos el problema del desalojo de mujeres, en el marco de una amplia preocupación sobre la vivienda, dando cuenta de los principales problemas estudiados y los enfoques que los sostienen. En el segundo apartado, retomamos los principales debates teóricos en torno a los conceptos de desalojo, movilidad e inmovilidad, “racial banishment” y gentrificación. En el tercer apartado, se discuten las dimensiones de género y raciales de los desalojos a través de los resultados de una investigación cualitativa desarrollada con mujeres de la “Red de Desalojados de la Ciudad de México”. A modo de cierre concluimos presentando los deseos de este colectivo de mujeres de una “in-movilidad voluntaria”; es decir, el deseo de quedarse en el lugar.
Vivienda, género y ciudad. Objetos, enfoques y escalas
Como todos los problemas de desigualdad, la falta de una vivienda adecuada tiene una mayor incidencia entre los colectivos más vulnerables; “la mujer sufre discriminación en numerosos aspectos de la vivienda, la tierra y la propiedad en razón de su género, a lo que a veces se añaden otros factores como la pobreza, la edad, la clase social, la orientación sexual o el origen étnico” (Naciones Unidas, 2012, p. 40). En efecto, las mujeres, los niños y las niñas representan un elevado porcentaje de la población sin vivienda.
En este contexto, diferentes problemáticas han sido documentadas. Desde un punto de vista estructural, un problema importante ha sido que, tanto en la planificación del territorio como en la planificación habitacional, se ha omitido el protagonismo de las mujeres en la gestión del hábitat urbano (Soto, 2016). Así, las mujeres son doblemente excluidas: por un lado, como ciudadanas y, por otro, como sujetos de planificación. Alejandra Massolo (1995) ha documentado que, pese al papel protagónico de las mujeres de escasos recursos dentro de los movimientos urbano-populares, este protagonismo no necesariamente se ha reflejado en su participación en las decisiones sobre el diseño de la ciudad, la vivienda o la planificación urbana. Otro problema es la seguridad de la tenencia, en el caso de México la brecha de género se expresa de manera evidente, según INEGI (2015) las mujeres son propietarias de vivienda en menor cantidad que los hombres, con un 35% de las casas escrituradas en México a nombre de mujeres. Si vemos las diferencias entre grupos vulnerables, en el caso de las mujeres indígenas esta diferencia alcanza a 10 puntos porcentuales en relación con el porcentaje nacional: 30.9% de las viviendas habitadas por población indígena poseen escrituras a nombre de una mujer, mientras a nivel nacional, 40.8% de las viviendas tienen a una mujer como titular o cotitular de la propiedad (INEGI, 2015). El acceso a créditos también expresa la desigualdad, según Infonavit (2020), sólo el 34% de los créditos se otorgan a mujeres.
En una escala microsocial podemos mencionar otro orden de problemáticas. La cuestión de la habitabilidad ha sido un aporte para concebir la vivienda como un entorno no solo físico sino afectivo y simbólico donde las mujeres intentan compatibilizar tareas de reproducción social junto al trabajo productivo adaptando los espacios (Esquivel, 2004). El diseño y producción estandarizada de la vivienda, responde a un modelo de familia tradicional-nuclear, y a la generización del conocimiento (Molina, 2006) que se caracteriza por construir un imaginario dicotómico donde lo público y lo privado, junto a lo productivo y lo reproductivo, han marcado las políticas urbanas y habitacionales sin considerar los cambios en la actualidad en las formas de organización familiar y las múltiples situaciones vitales de todas las personas, que son cambiantes a lo largo del tiempo.
En este mismo orden microsocial, podemos encontrar el sentido político que adquiere la vivienda a través del concepto de hogar, donde, más allá de los elementos materiales, serán los aspectos inmateriales y políticos de esta, como el arraigo al lugar y la historia colectiva de las luchas los que pueden ser factores determinantes en la creación de un hogar en contexto de pobreza (Ossul-Vermehren, 2021). En cuanto a nuestro objeto de investigación una cuestión menos investigada ha sido el tema de los desalojos forzados, que de acuerdo a organizaciones internacionales se constituye en una grave violación de los derechos humanos (Naciones Unidas, 2012). Los desalojos incrementan la inestabilidad residencial de las personas arrendatarias de muchas formas, y, en especial pueden aumentar la probabilidad de que quienes son desalojados acaban trasladándose a barrios alejados y desfavorecidos. Desde una perspectiva de género, para las mujeres que se encuentran en situación de amenaza de desalojo, una de las principales preocupaciones es por los hijos, perder la tuición, o resulta imposible obtener matrícula en escuelas (Centro por el Derecho a la Vivienda y contra los Desalojos, 2006). Sumado a lo anterior, durante los desalojos forzados, las mujeres y las niñas son especialmente vulnerables a la violencia, incluida la violencia sexual (Naciones Unidas, 2012).
Aproximaciones conceptuales. Notas críticas a los conceptos de desalojo, movilidad, “racial banishment” y gentrificación
Como hemos demostrado en el apartado anterior, existe una amplia literatura que vincula la ciudad y la vivienda con las cuestiones de género. Sin embargo, estas aproximaciones plantean una concepción estática de vivienda, como un espacio fijo anclado al territorio, poniendo con ello mucho menor interés y énfasis en entender la extensión y la complementariedad de estas residencias con otros espacios de la ciudad a partir de la movilidad cotidiana (Imilán et al., 2018). Una categoría que nos parece relevante para comprender el desalojo es el continuo movilidad e inmovilidad en la experiencia del destierro forzado en la Ciudad de México. Por un lado, la política de la movilidad, como lo ha propuesto Cresswell (2010), se expresa en las diversas formas en que las personas se mueven y las relaciones que las personas establecen con el movimiento, es decir, la política de la movilidad define quién se mueve y quién no, quién tiene la obligación de moverse y quién no lo hace y por tanto quién elige, cuándo y cómo moverse. Esto tiene claras implicancias de poder; es decir la inmovilidad puede ser concebida, por un lado, como un instrumento de poder y control social de los cuerpos y, por otro, como un discurso a través del cual se construyen los cuerpos generizados, por ejemplo, la idea de “confinamiento territorial” (Rose, 1993).
Por otro lado, en la intersección de los estudios de inmovilidad/movilidad y la teoría urbana sobre la gentrificación y el desplazamiento (Elliott-Cooper et al., 2019), retomamos la perspectiva de DeVerteuil (2011) sobre la inmovilidad en las áreas de gentrificación. Los conceptos que DeVerteuil expone sobre la inmovilidad involuntaria (atrapamiento) y la movilidad involuntaria (desplazamiento) nos parecen un marco apropiado para comprender la cuestión de los desalojos. Para DeVerteuil (2011) la inmovilidad involuntaria tiene que ver con la forma en que las personas quedan atrapadas en una renta accesible en una zona en proceso de gentrificación. No pueden ampliar su espacio ni mudarse a otro espacio en la zona porque el que tienen es la única opción accesible. La movilidad involuntaria describe el movimiento forzado sobre una persona, contra su voluntad: el desalojo. Cuando estos dos fenómenos coinciden -cuando alguien involuntariamente inmóvil es desplazado por el desalojo de una renta accesible en una zona en proceso de gentrificación- se ve obligado a alejarse del barrio por falta de lugares dentro de las limitaciones de su presupuesto.
Ahora bien, asociamos la idea de movilidad con un tipo particular de desplazamiento, que va más allá del movimiento de cuerpos de un lugar a otro, y que Ananya Roy (2017) ha denominado “racial banishment”, el destierro racializado que se expresa en geografías de movilidad forzada y presencia ilegalizada en el territorio. Para esta autora la expulsión de personas racializadas de partes de la ciudad mediante el desalojo es, en sí misma, una eliminación generalizada de los residentes negros de las zonas urbanas en proceso de gentrificación; esto constituye no solo un castigo legal, sino un destierro racial. Desde nuestra perspectiva, este concepto puede ser útil para comprender el caso de estudio en la Ciudad de México bajo un régimen extendido de desalojos ilegales, bajo varios supuestos. En primer lugar, de acuerdo con Roy (2017) el destierro racial se ubica como un proyecto del Estado, como un esfuerzo concertado de los gobiernos para bloquear la residencia, a menudo utilizando el poder policial. En segundo lugar, el destierro racial centraliza la importancia de la racialidad, creando una forma de desplazamiento espacial que expulsa a cuerpos racializados y en nuestro caso, generizados, de áreas urbanas. En tercer lugar, el destierro, y en nuestro caso el desalojo, no solo marca la desaparición de los residentes racializados de los núcleos urbanos, sino la pérdida del sentido de comunidad y de los lugares e historias que ellos han creado habitando el espacio.
Es importante precisar que frente a los discursos generales que describen la gentrificación fuera del mundo anglosajón, reconocemos que la gentrificación consiste en un fenómeno diferente cuando tiene lugar en América Latina. La pertinencia del término gentrificación para describir la transformación urbana ha sido ampliamente debatida, y a pesar de la renuencia a importarlo del norte global, y a sustituir otros términos como turistificación (Hiernaux y González, 2014), segregación y pobreza (Ziccardi, 2012), modernización y apego al lugar (Tamariz Estrada, 2019), regeneración/renovación (Leal Martínez, 2016), densificación (Flores, 2018), o urbanización neoliberal (Ramírez Zaragoza, 2019), el término gentrificación está presente en textos tanto en inglés como en español en muchos de estos temas tal y como aparecen en las ciudades latinoamericanas. Cuando nos referimos a la gentrificación en este artículo, nos referimos a las transformaciones actuales en la producción del espacio urbano en los barrios históricos de la zona centro de la Ciudad de México que implican una revalorización de los usos del espacio urbano, destacando la renovación arquitectónica, el énfasis en los servicios y la inversión en el espacio público que en conjunto producen una sensación de exclusividad (Olivera y Delgadillo, 2014). Desde nuestra perspectiva, este concepto nos ayuda a entender los desalojos y desplazamientos como mecanismos estratégicos de la gentrificación, que tienen efectos de género y raciales específicos.
Finalmente, la última dimensión que guía nuestro análisis es la centralidad de las emociones y la afectividad que tiñen las historias y marcan su devenir. Inseparables, las emociones (Davidson et al., 2016) y los afectos (Ahmed, 2014) median la relación entre una inquilina y su entorno, en la medida en que son las interacciones afectivas entre las mujeres y sus espacios, entre la espacialidad y la temporalidad de las emociones y, más específicamente, la forma en que estas emociones se vinculan alrededor y dentro de ciertos lugares, lo que adquiere relevancia dentro de la experiencia de habitar la vivienda y su pérdida en el desalojo.
Contexto de estudio y aproximación metodológica
Nuestra investigación se orienta a encontrar la dimensión de género de las experiencias de movilidad forzada de mujeres que forman parte de la “Red de Desalojados de la Ciudad de México”. Este grupo busca, colectivamente, dar soluciones de vivienda accesible a sus participantes y sirve como una comunidad de apoyo, una fuerza de presión y una protesta de resistencia organizada para las personas que pasan por la experiencia emocionalmente agotadora, legalmente confusa y burocráticamente tediosa de resistir ante un desalojo, cuyo accionar se inscribe en el marco de las luchas del Movimiento Urbano Popular. Esta red si bien es una organización mixta, son las mujeres las que constituyen la participación activa.
Por lo tanto, la opción metodológica es seguir una estrategia etnográfica feminista (Pérez y Gregorio, 2020) que toma al espacio urbano como un objeto de crítica, como se ha planteado de manera sistemática dentro de las geografías feministas (Kern, 2010; Soto, 2018). Consideramos que el método etnográfico feminista desencantado de las “abstracciones y las ilusiones positivistas, así como de los dualismos sujeto/objeto, pensamiento/sentimiento, sujeto conocedor/objeto de conocimiento, personal/político” (Gregorio Gil, 2014, p. 299) nos parece más ajustado a la comprensión de una posición política situada que pone en el centro lo emocional para abordar las voces y experiencias espacializadas de las mujeres en los procesos de relocalización dentro de la ciudad. En este sentido, retomamos las críticas que sostienen que todo conocimiento se produce en circunstancias específicas y que esas circunstancias le dan forma (Haraway, 1991; Rose, 1997).
La producción de narrativas se realizó mediante entrevistas en profundidad con mujeres que participan en la Red de Desalojados, realizadas entre 2019 y 2020, a partir de un proyecto más amplio sobre el desplazamiento por gentrificación en la Ciudad de México. Las entrevistas fueron posibles luego de un proceso de participación en reuniones y diferentes instancias de interacción con los y las participantes. El proyecto completo engloba entrevistas con 36 personas, de las cuales nueve son mujeres viviendo procesos de desalojo. A través de este instrumento se reconstruyó el discurso de la vida cotidiana de mujeres de entre 28 y 75 años, ubicando sus vivencias sobre el desalojo y la cotidianeidad de la nueva vivienda, las adaptaciones que realizan para garantizar su seguridad y la forma en que dependen del acceso a la ciudad central para mantener a sus hijos e hijas. Con este método pudimos explorar cómo la posibilidad de perder la vivienda y los procesos de desarraigo pueden ser comprendidos desde una mirada relacional entre las prácticas, las emociones y los lugares.
Hallazgos del estudio1
El deseo de quedarse: sueños de in-movilidad voluntaria
Las mujeres que participaron en la investigación y que expresaron sus deseos, hablaron del significado de tener raíces, memorias, de tener un espacio para vivir. Si entendemos que el espacio, bajo la perspectiva de Massey (1994), se constituye como producto de las relaciones a través de interacciones que están necesariamente implícitas en las prácticas materiales que deben realizarse, las entrevistadas quieren quedarse donde han desarrollado un vínculo afectivo con el lugar donde “el apego se encuentra enraizado en la práctica cotidiana que alimenta recuerdos, que genera diferentes emociones y hace que el lugar se vuelva algo que no solo te pertenece sino que es parte de ti” (Poma, 2018, p. 6).
Es el caso de Gema, una mujer de 60 años, que ha vivido en el mismo departamento desde pequeña. Su familia llegó a la Ciudad de México en 1957 de Oaxaca con poco más que unos petates de paja2 para dormir y una mesa plegable. Se instalaron en un departamento de dos habitaciones, en donde ella vive todavía con su hija y sus dos nietos. Es costurera y ayuda a su hija, enfermera, en trabajos de cuidado de sus nietos. La propiedad del edificio es incierta y sus esfuerzos junto al de otros inquilinos por expropiarlo para gestionarlo ellos mismos han fracasado en los juzgados, pero los intentos de desalojo han tenido éxito en varios departamentos de su edificio. Gema quiere quedarse donde están sus raíces: cree en el estado de derecho y quiere usar las herramientas legales a su disposición para permanecer en su vivienda, pero teme que finalmente sea expulsada del centro.
No es la única que quiere hacer las cosas bien, pero tiene poco éxito al intentarlo. Muchos inquilinos de la “Red de Desalojados” están atrapados en largos procesos legales para permanecer o regresar a sus edificios. En otro sentido, la mayoría de las entrevistadas también hablan de un deseo de volver a lo que conocían antes de que las inmobiliarias se interesaran por el lugar donde viven y empezaran a aumentar las rentas a su alrededor.
Para algunos inquilinos que aún viven en estas zonas y pagan rentas accesibles, lo que mantiene a flote muchas de sus realidades es un tenue acuerdo previo de renta accesible. No obstante, cuando el barrio se gentrifica o el propietario fallece y el edificio pasa a manos de nuevos propietarios sin vínculos emocionales con el antiguo barrio o los antiguos inquilinos, la irresistible tentación de subir la renta a precios de mercado hace que estos inquilinos no puedan pagar las nuevas rentas. En este mismo sentido Saskia Sassen advierte que ya no se pueden llamar simplemente condiciones de desigualdad, y ni siquiera de desigualdad extrema; lo que estamos presenciando en las ciudades, argumenta la autora, es el abandono del gradiente y el salto hacia una lógica de expulsión, donde los derechos y las protecciones no solo son limitados, sino francamente se niegan (Sassen, 2014).
Pero las mujeres en la Red son enfáticas en sostener que no desean quedarse utilizando medios corruptos o recibiendo dádivas, sino a través de un camino en el que se les reconozca el espacio en el que han desarrollado sus vidas durante largos años y que cuando el lugar está en peligro o cuando están en peligro de ser expulsadas de manera forzada, el vínculo de arraigo que las une con el lugar adquiere mayor conciencia. Podríamos pensar que lo que están planteando es el derecho a una inmovilidad voluntaria o, arraigo elegido, en términos de DeVerteuil (2011), que no pueden conseguir ante un sistema legal corrupto y de poderes desequilibrados. Más bien, lo que se les presenta como alternativa es el desalojo: el traslado forzado a un lugar no elegido por ellas.
Por otra parte, la inmovilidad voluntaria, es decir, la elección de estar donde se está sin amenazas de que alguien lo desaloje, es un lujo que no todas las entrevistadas se pueden permitir. Es a la vez “muy sencillo y muy complicado”. Es complicado debido a que la ciudad y las inmobiliarias con sus cálculos económicos no están del lado de las mujeres, pero sencillo a la vez, cuando se entiende que el compromiso afectivo de estas mujeres fue lo que añadió valor al barrio a través de sus impuestos y que, además, su activa participación a lo largo de los años ha contribuido a que estos barrios sean lugares atractivos para vivir. De hecho, ellas reconocen que su continua preocupación ha evitado que estos espacios queden abandonados.

El destierro y la percepción contradictoria del barrio
"El barrio es la casa", mientras salen de su boca las palabras le dibujan una sonrisa. Malena ha vivido en la misma cuadra de un barrio céntrico durante 30 de sus 42 años. Ha vivido allí el tiempo suficiente para que todos los propietarios de las tiendas la conozcan a ella y a sus hermanos por su nombre y, ha visto que los negocios familiares han pasado ya a las nuevas generaciones. Pero de esas familias solo quedan unas pocas. Las demás han tenido que mudarse a la periferia, a la salida de la autopista hacia Puebla, Chalco o Ecatepec, contó Malena mientras nos sentábamos en bancos de plástico en el centro de la pequeña lavandería de su familia una tarde de sábado del otoño de 2019.
Ella no es la única que siente que la vivienda y el barrio están entrelazados en el centro de la Ciudad de México. Varias mujeres expresan historias de apego hacia sus barrios, es decir no tanto a sus viviendas, sino a los alrededores inmediatos, que representan emociones compartidas y significaciones comunes, soportes de prácticas e instituciones de reciprocidad que, con la introducción de los intereses inmobiliarios, se han visto rebajados a simples espacios de competencia. En efecto, la familiaridad con los propietarios de las tiendas y los vecinos que ocupan los espacios públicos del barrio y sentir que se tiene una comunidad en una ciudad tan grande “implica un sentimiento de seguridad asociado a su proximidad y contacto y una pérdida de esa figura produce miedo y angustia” (Hidalgo, 1998, p. 53).
El hogar no son solo las cuatro paredes que delimitan la vivienda que se habita, más bien, la experiencia del habitar se extiende hacia el barrio y la ciudad, porque los procesos de habitar la vivienda deben ser entendidos como un conjunto de prácticas y representaciones que permiten al sujeto ubicarse dentro de un orden espacio temporal, al mismo tiempo reconociéndolo y estableciéndolo (Giglia, 2012). Una mirada tradicional del hábitat residencial ha centrado su atención en la relación vivienda-barrio como el contenedor de las experiencias, lo que ha implicado que se entienda como un conjunto de prácticas localizadas identificadas con la vivienda bajo una concepción estática de un espacio fijo, y con ello mucho menor interés. En este mismo sentido, separar lo que es hogar de lo que no lo es, con esas paredes, introduce una falsa división de algo continuo (Iturra, 2014).
Mónica, una estudiante universitaria que asiste a clases nocturnas solía volver sola a casa desde el metro por la noche con confianza cuando vivía en el Centro Histórico. No obstante, cuando ella y su familia fueron desalojadas, se trasladaron a unos 40 minutos en metro hacia el sur, a una zona cercana a Metro San Isidro hace un año y medio, donde describe la sensación de incertidumbre que le produce volver a casa desde el metro por la noche:
“Si yo llegaba tarde allá no importaba, porque mis vecinos me conocían y yo estaba segura. No había ningún problema que yo llegara tarde allá. Aunque no conozcas bien a tus vecinos te reconocen. Si te pasa algo están allá ¿Te ubican? (afirma con un gesto de la cabeza) y aquí no, porque no conocemos a nadie. Entonces creo que eso de la seguridad es lo que me pegaba un poco más a mí. [...] Si te pasa algo nadie va a estar para ayudarte. Por ejemplo, caminando del metro, entonces lo que hacemos es que cuando voy llegando, mando un mensaje y alguien viene a caminar conmigo. Todavía lo hacemos. Este no es un lugar inseguro, pero te arriesgas, te vas caminando y no hay nadie. Y de repente puede salir alguien”.
Mónica contrapone sus sentimientos de comodidad al caminar por la noche en el centro con sus sentimientos de incertidumbre en San Isidro. Su familiaridad con los vendedores y vecinos del Centro hizo que ante la incertidumbre de lo que puede ocurrir en las ciudades por la noche se sintiera cómoda y acompañada. Por el contrario, su preocupación por caminar de noche cerca de San Isidro es que, ante la misma incertidumbre urbana, no haya alguien que la acompañe si sucede algo extraño. En otras palabras, la familiaridad con los vecinos no elimina la incertidumbre inherente a la vida urbana, pero sí cambia las herramientas con las que se cuenta para enfrentar un evento inesperado. "Es que no conoces a nadie", dice. "Entonces si te pasa algo nadie va a estar para ayudarte”. Lo que describe es la diferencia entre sentirse completamente desprevenida y sentir que puedes manejar cualquier cosa que se te presente: sentimientos de agencia significativamente diferentes, un horizonte de experiencias, valoraciones y significaciones en las que la sensación de temor y de inseguridad de alguna forma devalúa ese sentido de comunidad y desdibuja con facilidad la pertenencia a la nueva colonia.
No es particular de la Ciudad de México sentir los extremos del hogar y la alienación en el paisaje urbano. A veces la ciudad te dice implícitamente y otras veces te dice explícitamente que no perteneces. Ciertas partes de la ciudad exigen formas particulares de vestir y actuar, y las mujeres no siempre pueden ajustarse a las exigencias de un barrio concreto. Por lo tanto, la ciudad no solo está segregada físicamente con muros y construcciones residenciales orientadas hacia el interior, sino que cada vez segrega más a las clases sociales en una “escala mucho mayor que la correspondiente a los barrios o vecindarios” de otras décadas (Duhau y Giglia, 2008, p. 93).

La vida es complicada en la periferia
El desplazamiento no solo hace aflorar el miedo a la inseguridad, sino también el temor a las nuevas y complicadas necesidades de movilidad que implica vivir lejos de los destinos cotidianos. Verse obligada a desplazarse configura un entramado de arreglos, prácticas y decisiones para moverse entre el hogar y el trabajo, la escuela y otros destinos, pero también una serie de emociones como frustración, pena, enojo y preocupación. Según algunos autores, los residentes de la Ciudad de México han mostrado durante mucho tiempo patrones de vivir cerca de donde trabajan (Suárez y Delgado, 2010). Así, en una ciudad como la Ciudad de México, donde cruzar de un extremo a otro puede llevar más de tres horas, quizá esto explique por qué la gente desea tanto quedarse en su sitio.
Eva ha vivido gran parte de su vida en un céntrico barrio conocido por el comercio y la delincuencia, pero con el reciente auge de la urbanización y la especulación, la compra o renta de una vivienda en esta zona estaba fuera del alcance de su reducido presupuesto. Luego de sentarnos en la mesa plegable del centro de la sala principal del centro comunitario que ella dirige, aún repleta de materiales sobrantes de un taller de piñatas que acababa de terminar, Eva expresó que en la Victoria las calles están desiertas a las siete de la tarde. Los restaurantes cierran y el tráfico callejero, que es alto durante el día, se evapora. El centro comunitario planifica actividades nocturnas en el centro o en la plaza para personas jóvenes del barrio. Algunas de ellas han sido batallas de rap, música y baile, clases de artes visuales y talleres de permacultura. A Eva le encanta este lugar. Aquí es donde su infancia se desarrolló, donde fue a la escuela primaria y secundaria, donde pasó sus años de joven adulta, y donde le encantaría comprar una casa para criar a sus hijos y seguir sosteniendo el centro comunitario. Pero sabe que no será posible: como la zona es tan cara, Eva y su familia se tuvieron que mudar a la periferia, lo que representa un momento de ruptura y que su narrativa esté dividida en un antes y un después. La casa que se anunciaba a unos 20 minutos de la última estación de la línea del metro, en la práctica, estaba más bien a 60 minutos de esta, lo que generalmente implica otros 30 minutos más en el tren hasta la parada de la Victoria. Al comenzar la periferia, termina el transporte público integrado de la ciudad y las combis, los taxis y otros sistemas concesionados de transporte conforman una red de transporte informal "deficiente" y "desarticulada" (Paxton-Martin, 2017, p. 39). Para la familia de Eva se volvió una mejor opción utilizar su propio vehículo particular desde el metro a su casa para evitar el viacrucis del último trayecto. Sin embargo, no notaron la diferencia y, finalmente después de seis meses, la familia dejó la periferia y se mudó a otra parte de la ciudad, aunque aún no están de vuelta en la Victoria.
Los largos y complicados desplazamientos no son el único obstáculo para habitar en la periferia de la ciudad. Los patrones de desarrollo urbano de las últimas décadas provocan una atomización, una ruptura, un distanciamiento entendido a través de la idea de segregación o fragmentación (Caprón y González, 2006), es decir "un conjunto desarticulado de lugares separados, segregados, provistos de dispositivos de cierre a menudo agresivos, donde el transeúnte no puede pasar" (Duhau y Giglia, 2008, p. 394). Sin embargo, como afirman Imilan et al. (2020) en el contexto de un asentamiento informal chileno, los espacios periféricos no están completamente aislados de la ciudad. Más bien, están mal conectados con la ciudad y, para llegar a fin de mes, sus habitantes afrontan cada día el reto de navegar por complejas trayectorias que no están en absoluto diseñadas pensando en la movilidad diaria.
Además, aprender las formas en que se divide el espacio en una nueva parte de la ciudad y encontrar la manera de negociarlas no ha sido fácil. Retomando la narrativa de Mónica, su nuevo viaje a la escuela requiere una línea de metro adicional y caminar cerca de una avenida rápida y desolada que no solo lleva el tráfico de alta velocidad y el metro a través de la ciudad, sino que divide dos barrios y desalienta el tráfico a pie. La solución que se le ocurrió a su familia fue que alguien llevará al perro a pasear por la tarde para encontrarse con ella en el metro y volver juntas a casa cada noche. La forma en que la ciudad está separada en esta zona más suburbana produce la soledad que hace que Mónica se sienta insegura al caminar por la noche.
Sentimientos de destierro más allá del banishment racial
Tal como lo enunciamos anteriormente el concepto de “banishment” como el castigo de ser enviado fuera de un país u otro lugar (Stevenson y Lindberg, 2010), ha sido utilizado también para describir la migración interna forzada de afrocolombianos racializados (Moreno Hurtado y Mornan, 2015). Este uso es particular, porque para los afrodescendientes, el destierro despierta el trauma histórico de haber sido traficados desde África en la trata de esclavos (Moreno Hurtado y Mornan, 2015). A través del uso del destierro por parte de Moreno Hurtado y Mornan, y el uso de banishment por parte de Roy (2017), se vincula el proyecto de racialización con la expulsión a través del desalojo. Sin embargo, la utilidad del destierro para describir la violencia racializada no se aplica exclusivamente a la negritud, ya que, según Sznajder y Roniger, “el destierro como castigo por delito o el control, tiene una tradición en América Latina que data a los inicios de la colonia” (Sznajder y Roniger, 2009, p. 42). Esto resulta interesante para nuestro caso de estudio porque los y las indígenas han sufrido la privación de recursos, la migración económica y la criminalización, esta movilidad involuntaria también tiene vínculos históricos con el trauma racializado. En la Ciudad de México, este despojo racializado se remonta a la colonización (Gruzinski, 2012, p. 307). En nuestro caso de análisis, muchas de las personas que se enfrentan al desalojo se identifican como indígenas o de piel más oscura. Ariana, quién es indígena mazahua, expresa la realidad que se vive actualmente en el centro de la ciudad de México:
“Nosotros, como indígenas, somos muy maltratados por el gobierno. Queremos vender productos para ganarnos la vida, pero nos quitan. Sólo queremos trabajar, ganar dinero y comprar nuestro edificio. Nos mudamos aquí desde el Estado de México en busca de oportunidades, para que nuestros hijos tengan una vida mejor. Mi hija va a ir a la UNAM este año a estudiar ingeniería. Queremos comprar nuestro edificio. En el Estado de México no podíamos salir adelante y ahí nos quieren mandar de vuelta”.
En su discurso señala que ser una vendedora indígena en la ciudad es un obstáculo, no por la falta de ventas sino por el antagonismo de las autoridades al acto de vender. Su trabajo ha estado lleno de riesgos a su integridad física y a la libertad de miembros cercanos de su familia, episodios de maltrato, multas, cárcel, negociaciones para liberar a compañeras encerradas; la invisibilidad y la discriminación forman parte de trabajar y habitar en el espacio público3. Este antagonismo proviene de vivir y vender no solo en la ciudad sino en esta parte de la ciudad, donde los barrios se están gentrificando, y donde los vecinos han expresado que la gentrificación es un proyecto de "blanqueamiento por despojo"4 (Gaytán, 2019).
Como deja claro Ariana, el futuro de su familia depende de la posibilidad de permanecer en la ciudad, aunque permanecer en ella signifique sufrir racismo y hostilidad por ser indígena. Durante la entrevista, expresó una y otra vez que su objetivo era comprar el edificio en común con otras familias indígenas que vivían allí, haciendo hincapié en su honestidad, en su trabajo duro, en la inversión, en su familia y en cómo todo ello es invisible para la lógica del mercado de la vivienda y de las autoridades. El edificio que Ariana y sus vecinos están interesados en comprar es un edificio antiguo que está clasificado como de riesgo medio de derrumbe. El gobierno clasifica los edificios en alto, medio y bajo riesgo según la gravedad de los daños. Sin embargo, a raíz del terremoto de 2017, los edificios cuyos daños se originaron antes del sismo no pudieron recibir aportes para la reconstrucción5. Además, cuando la propiedad de un edificio dañado es incierta, este financiamiento no es accesible. Debido a esto, el edificio de Ariana sigue en la indefinición, sobre todo porque cuando los habitantes no están seguros de si tienen derecho a permanecer en un edificio cuya propiedad no está clara, no se atreven a abandonar el inmueble ni siquiera temporalmente, incluso siendo éste estructuralmente inseguro.
Ariana no es la única que sigue habitando un edificio de riesgo medio. Los indígenas otomíes que llevaban dos décadas ocupando formalmente la dañada pero histórica embajada de España fueron de los primeros trasladados de su edificio bajo el riesgo de derrumbe, para luego ser desalojados violentamente del espacio el 19 de septiembre de 2018, en el primer aniversario del terremoto de 2017 (Gilet, 2019). Los inquilinos de estos edificios peligrosos saben que si pierden su precaria vivienda no tienen opciones para otro lugar en las cercanías. Si son expulsados, saldrán hacia la periferia, pero cada día es una apuesta por su seguridad física bajo una infraestructura comprometida estructuralmente.
De acuerdo a lo anteriormente planteado, podemos considerar que la lucha de Ariana por permanecer en su edificio es una lucha contra el destierro con dimensiones raciales y de género, como opresiones interseccionales. Así, Ariana se enfrenta al desalojo de la vivienda que su familia ha ocupado y, por otro, si fueran expulsados su destino casi seguro sería la periferia. Pero ella ya sabe, porque viene de la periferia, que los márgenes de la ciudad tienen muy poco que ofrecerles. Además, el destierro a la periferia, desde una mirada de género, no es solo un castigo a través del exilio sino un castigo a su futuro, que la separa de las promesas de la ciudad, especialmente en lo que se refiere al destino de sus hijos. Su hija está en su segundo año de ingeniería en la UNAM y sus hijos menores sacan buenas calificaciones. En la ciudad, mantiene la esperanza de que su familia encuentre cierta estabilidad económica, no obstante, afirma que ser indígena determina las actividades que puede realizar, la criminalización de estas y de su clase social. En esta línea argumental, creemos que en este caso los sistemas de clasismo, racismo y sexismo no pueden entenderse disociados los unos de los otros (Viveros, 2016). El caso de Ariana expresa, en este sentido, como las esferas vitales de la vida han sido separadas artificialmente y, siguiendo a Molina (quien retoma la propuesta Lefebvriana) como “a pesar de las fragmentaciones de la vida urbana, la vida cotidiana sigue un continuo espacio temporal de la acción, pensamiento y sentimiento” (Molina, 2013, p. 223).
El registro emocional de la experiencia de Ariana se ubica entre el dolor, la ansiedad, el miedo y la angustia provocadas por la incertidumbre y, como ella lo menciona, se encuentra “en un callejón sin salida”. Las perspectivas de futuro de su familia están comprometidas en la periferia debido a factores económicos, pero también lo están en el centro de la ciudad: el edificio en el que vive podría derrumbarse y, cuando intenta ganarse la vida, corre el peligro de ser criminalizada, multada, fichada y encarcelada. Tanto el centro como la periferia son hostiles para su bienestar y para la vida que busca construir para sus hijos e hijas. Pero, además, también hay que tener en cuenta que Ariana ya fue desterrada dos veces. En primer lugar, su familia dejó su hogar para venir a la Ciudad de México a buscar un futuro, exiliándose voluntariamente en la ciudad, pero mientras intenta echar nuevas raíces en un lugar donde el futuro pudiera ser prometedor, se enfrenta a un segundo desalojo que podría llevarla a ella y a su familia de vuelta al lugar de donde vinieron. El derecho a controlar la propia movilidad está entonces determinado no solo por la clase y el género, sino también por un sistema étnico-racial.
Conclusiones
Los conceptos de inmovilidad voluntaria, movilidad cotidiana y destierro racial han servido para comprender con mayor profundidad las formas en las que el barrio, como extensión del hogar, desempeña un importante papel en la percepción que una persona tiene de su libre circulación. También muestra que expulsar a esas inquilinas del centro de la ciudad tiene complicaciones tanto logísticas como emocionales. Asimismo el artículo expone cómo el desalojo generalizado de estas mujeres racializadas que no tienen acceso a alternativas de viviendas viables en la proximidad de sus viviendas originales equivale a un destierro racial, el castigo de expulsar a alguien de un lugar determinado, que cruzadas con las categorías interseccional del género muestra que formulando interrogantes específicos sobre cómo se presentan las categorías de dominación en la vida de las mujeres, la idea de destierro racial y de género puede ser pertinente para comprender el desalojo desde una mirada crítica de género.
A menudo no se presta la debida atención a estas texturas de la violencia del desplazamiento causado por la gentrificación, especialmente porque se trata de una violencia que se escapa de la vista, una violencia simbólica, naturalizada que desaparece con la persona que es expulsada de un barrio en el que ya no es valorada. Por otro lado, hemos puesto la atención en los deseos de permanecer y el miedo al desalojo de las entrevistadas a través de la lente del sentimiento de apego al hogar y seguridad en la ciudad, a estos los hemos denominado como deseos de inmovilidad voluntaria o arraigo elegido. Al organizarse y defender su derecho a quedarse, también están defendiendo su identidad, su habitar y su seguridad, todos elementos que están amenazados junto con la vivienda. También profundizamos en la logística a la que se enfrentan las residentes que deben alejarse del centro de la ciudad hacia la periferia, articulando las adaptaciones que deben hacer a los trayectos diarios para llevar a cabo las actividades habituales de la vida.
Al contar las historias de las mujeres racializadas, este artículo muestra que el desalojo va acompañado de un espectro emocional que abarca el miedo, la dignidad, la tristeza, el dolor por la amenaza de perder su vivienda y con ello sus redes, el vínculo afectivo con el lugar, el trabajo y más. Pretendemos llamar la atención sobre un grupo especialmente vulnerable a esta forma de violencia urbana, las mujeres, porque son ellas las que soportan el costo de la gentrificación, pasado por alto en el debate público y la literatura académica. Al invitar a las y los lectores a sentir los miedos, la angustia, y la ansiedad como emociones encarnadas, a posicionarse en las encrucijadas y acompañar a las mujeres en los callejones sin salida a los que se enfrentan, hemos dado materialidad a procesos urbanos abstractos como la gentrificación y el desplazamiento por desalojo, visibilizando las cargas ocultas que estas mujeres llevan cuando son desterradas e invisibilizadas en la periferia.
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