Dossier
Desigualdades en contextos de desastres socionaturales: reflexiones desde el habitar interseccional de mujeres lideresas
Inequalities in Contexts of Socio-Natural Disasters: Reflections from the Intersectional Living of Female Leaders
Desigualdades en contextos de desastres socionaturales: reflexiones desde el habitar interseccional de mujeres lideresas
Revista INVI, vol. 37, núm. 104, pp. 71-99, 2022
Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda
Recepción: 03 Enero 2022
Aprobación: 05 Abril 2022
Financiamiento
Fuente: ANID
Nº de contrato: SA77210085
Financiamiento
Fuente: Fondecyt de iniciación
Nº de contrato: 11190123
Descripción del financiamiento: Trabajo financiado por ANID convocatoria nacional subvención a instalación en la academia año 2021, folio SA77210085 y Fondecyt de iniciación 11190123 (2019-2022) “Nuevos repertorios de la acción pública: profesionales psicosociales en el contexto de la reforma a la justicia familiar y penal en Chile”.
Resumen: Este estudio se propone aportar a las discusiones sobre género y desastres a partir de una reflexión sobre el habitar interseccional que permitirá releer los procesos de emergencia y reconstrucción, identificando cómo los desastres afectan de manera diferenciada y desigual las experiencias de las personas damnificadas. A partir de un trabajo etnográfico, de grupos focales y de entrevistas, se analiza la experiencia situada de tres mujeres, habitantes de los territorios de Llico, Arauco y Constitución, que lideraron a sus comunidades tras el terremoto y maremoto de 2010 en Chile. A través del análisis interseccional se identifican en los relatos tres niveles del espacio habitado, el cual no solo es apropiado y vivido por las mujeres, sino también agenciado y utilizado como un recurso de organización y ejercicio del poder: la vivienda, el barrio o entorno próximo y la ciudad o localidad. Segundo, la división sexual del trabajo tensiona a las mujeres a asumir dobles roles para poder “reconstruir” sus esferas productivas y reproductivas. Finalmente, se evidencian formas de ejercicio del poder y de organización social en las que, ante la desigualdad de poder, las mujeres contrarrestan dicha asimetría con trabajo en red para responder a las necesidades de sus comunidades.
Palabras clave: desastres socionaturales, desigualdades, interseccionalidad, género, habitar.
Abstract: This study proposes to contribute to the discussions on gender and disaster, based on a thought on intersectional living that would allow rereading the processes of emergency and reconstruction, identifying how disasters affect the experiences of the affected people in a differentiated and unequal way. Based on ethnographic work, focus groups and interviews, the situated experience of three women who led their communities after the 2010 earthquake and tsunami in Chile, from the territories of Llico, Arauco and Constitución, is analyzed. The intersectional analysis shows that three levels of inhabited space are identified in the stories, which are not only appropriated and lived by women, but also managed and used as a resource for organization and exercise of power: the home, the neighborhood or immediate surroundings and the city or locality. Second, the gendered division of labor forces women to assume double roles in order to “rebuild” their productive and reproductive spheres. Finally, forms of exercising power and social organization are evidenced, in which, faced with inequality of power, women counteract said asymmetry with networking to respond to the needs of their communities.
Keywords: Social and natural disasters, inequalities, intersectionality, gender, living.
Introducción
Los estudios sobre género y desastres se han desarrollado desde los años 90 a nivel mundial. En América Latina aparecen en la misma época a partir de los trabajos de Enarson y Meyreles (2004), Fordham (1998) y De Sousa (1995) entre otras, develando los impactos diferenciados entre hombres y mujeres y otros colectivos. En efecto, como señala Gaillard et al. (2017) el enfoque de vulnerabilidad abrió la discusión para la incorporación del género como ámbito de preocupación tanto de estudios como de intervenciones ante desastres. Si bien esto impulsó ciertos avances institucionales para integrar el enfoque de género, como es el caso del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 y acuerdos internacionales sobre Cambio Climático, el desastre sociosanitario del COVID-19 generó una preocupación internacional generalizada por los impactos inmediatos que esta tuvo en el aumento de la violencia de género y la intensificación de la crisis de cuidados en América Latina, entre otras consecuencias (CEPAL, 2020a, 2020b; UN Women, 2020).
Para Zaidi y Fordham (2021), los avances en materia de género y desastre han obviado el enfoque interseccional a nivel mundial, necesario para comprender lo complejo y multidimensional de las vulnerabilidades ante desastres, así como el poder de transformación de quienes lideran estos procesos y colaboran en la resiliencia de sus comunidades. Para las autoras, la adopción de un lente interseccional ha estimulado el progreso en la rectificación de los enfoques esencialistas del riesgo. En esta línea, Kadetz y Mock (2018) subrayan que los estudios sobre riesgo de desastre han generado dependencia de una descripción esencializada de la vulnerabilidad y las “víctimas del desastre”, siendo estas últimas tratadas comúnmente como un grupo hegemónico. Así, los autores sostienen que es necesario abordar eventos sociales complejos -como son los desastres socionaturales y sus secuelas- a través de un enfoque de sistemas complejos como la lectura de la interseccionalidad. Sin embargo, la literatura especializada en este ámbito aún es escasa, estando más bien ausente de las investigaciones en riesgo de desastres (Kadetz y Mock, 2018; Zaidi y Fordham, 2021). En Chile, esto no ha sido distinto, pues si bien se puede encontrar en la literatura especializada enfoques multidimensionales en que se aborda la situación de “los damnificados” y sus territorios en contexto de desastre como resultado de procesos históricos, sociales, identitarios y políticos (Contreras y Arriagada, 2016; Micheletti y Troncoso, 2016; Ugarte Caviedes y Salgado Vargas, 2014), estas carecen de enfoque de género o, aun cuando lo incorporan, lo hacen sin problematizar a partir del enfoque interseccional (Moreno y Shaw, 2018; Valdés, 2020), por lo que las mujeres suelen aparecer como víctimas o lideresas de manera casi estática o determinista.
Este estudio tiene como primer objetivo aportar a la reflexión teórica basada en evidencia empírica sobre el habitar interseccional en contextos de desastre desde América Latina y, específicamente, acerca del caso chileno. Se postula que el movilizar una perspectiva interseccional de las experiencias ante desastres socionaturales permite releer los procesos de emergencia y reconstrucción. Desde una perspectiva interseccional del habitar, es posible identificar cómo los desastres socionaturales afectarán de manera diferenciada y desigual las experiencias de las personas damnificadas.
El 27 de febrero de 2010 ocurrió en Chile un terremoto de 8.8 Richter con epicentro en la región del Bío-Bío (actual región del Ñuble), seguido de un maremoto que afectó la costa (en adelante 27-F). En total, seis de las 15 regiones de ese entonces se vieron afectadas, lo que representa un 80% de la población urbana y de los centros económicos más importantes del país. El proceso de reconstrucción que siguió a esta catástrofe se consagró bajo un modelo de Alianza Público-Privada que buscó generar ciudades resilientes, promover la participación y formular carteras de proyectos entre el sector público y los principales conglomerados del país, lo que fue considerado una innovación en la gobernanza urbana (Farías, 2016; Tironi, 2014). No obstante, se conformaron organizaciones de contestación a este proceso, dando origen al Movimiento Nacional por la Reconstrucción Justa y Red Construyamos. En gran parte de los territorios la dirigencia fue compuesta mayoritariamente por mujeres. Cabe preguntarse entonces, ¿de qué manera se evidencia el habitar interseccional a partir de la experiencia de estas mujeres lideresas en contextos de desastres socionaturales que contestaron el proceso de reconstrucción desde sus territorios?
Para responder a esta pregunta, el artículo analiza la evidencia recogida en el trabajo de campo en tres territorios siniestrados (Arauco, Llico y Constitución). En este caso, a partir de los relatos de mujeres que enfrentaron los procesos de emergencia, recuperación y reconstrucción post 27-F liderando en sus comunidades, es posible comprender cómo se despliegan las categorías de género, contexto territorial y clase, entre otras que se busca develar, ante un evento catastrófico.
Analizar el habitar desde la interseccionalidad
En la actualidad, el enfoque interseccional se considera uno de los principales aportes de los feminismos en las últimas décadas (Cruells, 2015; Cubillos, 2015), tanto por los debates teóricos que ha generado, como por sus aportes metodológicos (Valle, 2016; Zapata et al., 2014). Aunque tanto el concepto de divisiones sociales, como el de articulación de diferentes ejes de poder, son hoy asociados al concepto de interseccionalidad, este último no fue acuñado sino hasta 1989 por Kimberlé Crenshaw. Los estudios interseccionales exploran cómo los diversos ejes de diferencia se van articulando en niveles múltiples y crucialmente simultáneos en la emergencia de desigualdades y formación de sujetos específicos en un contexto determinado (Sales Gelabert, 2017; Sánchez Melero y Gil Jaurena, 2015). Por lo tanto, más allá de la comprensión de emergencias y desastres en cuanto a vulnerabilidades y amenazas, la interseccionalidad permite entender las relaciones de poder en contextos críticos.
Las teorías feministas han considerado el género como ordenador social y como una categoría significativa para entender la realidad social (Scott, 2015). Esta se ha ido asociando a otras como la clase, raza/etnia, edad o identidad sexual para leer a las relaciones estructurales entre individuos y, de manera más compleja, a la sociedad (Lamas, 1999). Aplicar un análisis que considere el enfoque de género significa develar estructuras de poder y observar diferentes imágenes en torno a la opresión y privilegios que se despliegan en la organización social. Por otra parte, implica desarrollar planteamientos teóricos y estrategias para lograr procesos de transformación posibles.
Smart (1995) afirma que el feminismo plantea preguntas significativas sobre el estado y el poder del conocimiento, formulando desafíos a las grandes teorizaciones que imponen una uniformidad de perspectivas e ignoran la inmensa diversidad de mujeres, hombres y disidencias. En dicho sentido, el concepto de interseccionalidad permite reconocer la complejidad de procesos formales e informales que generan las desigualdades sociales, evidenciando que estas son producidas por las interacciones entre los sistemas de subordinación de género y que se constituyen uno a otro dinámicamente en el tiempo y en el espacio. Así, la interseccionalidad invita a examinar el modo en que la interconexión del sexismo, racismo y clasismo (junto con otros sistemas de subordinación) contribuye en la creación, mantenimiento y refuerzo de las desigualdades (La Barbera, 2016). En efecto, lo que el enfoque interseccional examina son procesos históricos y sociales, lógicas de producción de jerarquías y discriminaciones (Hill Collins, 2000). Así, se interesa en “experiencias minoritarias” (Lépinard y Mazouz, 2021, p. 25) y no solamente identitarias, que se ubican en el cruce entre distintas relaciones sociales de poder (Lépinard y Mazouz, 2021).
Esta valorización de la experiencia situada resulta interesante de ser destacada dentro de distintos contextos donde puede existir opresión, porque existen y se manifiestan expresiones de poder. Ahora bien, la cuestión sobre la definición de la diferencia (Brah, 2013) es un reto cuando se opta por no asumir posturas deterministas y más bien ir a aplicaciones que ayuden a desplegar de manera más compleja, y no siempre en clave aditiva, el enfoque interseccional, ya que implicaría pensar que todas las categorías tienen el mismo valor a través del tiempo. Así, responder a la pregunta sobre cómo se desarrolla el habitar para las personas damnificadas, solo adicionando categorías de opresión, significaría fijar en cierta medida características homogeneizantes. Esta lectura de la interseccionalidad llama a salir de una visión “aritmética de la dominación” (Lépinard y Mazouz, 2021, p. 27) para insistir en las configuraciones plurales, contextualizadas, donde las relaciones sociales y las desigualdades se articulan, problematizando así sus tensiones.
Frente al uso político y analítico -que generalmente se ha valido de la lógica aditiva para entender la interseccionalidad- proponemos reconstruir los contextos e historias de las sujetas (Viveros, 2016). Aplicar un enfoque interseccional en el análisis de este estudio permite relevar la idea de que la realidad social es relacional, es decir, compuesta por relaciones asimétricas de poder, en las cuales se producen situaciones de vulnerabilidad y de privilegio. Un enfoque interseccional, mirado así, evita entrar en generalizaciones problemáticas que (re) producen las marginalidades sociales e históricas de los grupos que se ubican en la intersección de diversas relaciones de poder que les oprimen.
Desde una mirada interseccional, los estudios sobre el habitar portan una contradicción intrínseca: se preocupan de las experiencias individuales y colectivas, y las representaciones situadas de los modos de habitar. En estos estudios predomina el foco hacia los grupos oprimidos: principalmente clases populares, blancas o mestizas (no indígenas) y en contextos urbanos. Estas narrativas sobre el habitar se posicionan como dominantes en el campo de los estudios urbanos, perpetuando las desigualdades existentes al interior de los grupos oprimidos (McArdle, 2021), agudizando las experiencias de poder y vulnerabilidad (Osborne, 2015) y otorgando una visión parcial de la realidad desde un sexo, una raza, una clase social y un tipo de territorio (González, 2008).
Partiendo por la premisa que la producción del espacio es interrelacional, múltiple, y un hacer donde coexisten distintas trayectorias y prácticas, y está en constante formación (Massey, 2005), la noción de habitar interseccional que se intenta presentar aquí pone de manifiesto los aspectos “invisibles del género en la reproducción de las condiciones de desigualdad y segregación espacial en la vida urbana” (De Simone, 2020, p. 1). Así, la experiencia de habitar de una mujer, un hombre o una persona LGTBIQA+ no solo variará dependiendo de la cultura, de la historia y las condiciones geográficas del espacio social y material, sino también de otros marcadores de la diferencia (Delord y Gómez, 2014) que buscamos situar a través del estudio de los territorios. El habitar interseccional es una experiencia móvil que se construye a partir del recorrido de las propias personas que la encarnan. De esa manera, el habitar analizado en clave interseccional comprende que la trayectoria de una mujer indígena y una mujer indígena trabajadora en ambientes predominantemente masculinos no es estática, sino que se construye dentro del propio espacio y considera sus experiencias vitales. Desde esta perspectiva, analizar el habitar en contextos de desastres socionaturales permitirá relevar cómo las categorías clásicas trabajadas por los estudios interseccionales (género, clase y raza) se interseccionan con la naturaleza evidenciando, por ejemplo, un acceso desigual a los bienes comunes o la exposición diferenciada de grupos sociales a riesgos medioambientales (Keucheyan, 2016).
Metodología
El presente estudio se basa en la experiencia sistemática del equipo de investigación en comunidades afectadas por el terremoto y maremoto de 2010 en Chile, en específico en las regiones del Bio-Bío y del Maule. Los resultados aquí expuestos se sostienen en el trabajo de campo que se realizó en el marco del proyecto Incidencia de Mujeres Líderes en Políticas Post-desastre (PEEI INAP 2020-2021) y del proyecto transdisciplinario Observatorio de la Reconstrucción de la Universidad de Chile (2010-2017). En este marco se utilizaron técnicas de producción de datos como grupos focales, trabajo etnográfico y entrevistas semiestructuradas. Para alcanzar los objetivos propuestos en este artículo, se realizará un estudio de caso de tres territorios afectados por el desastre: Arauco (Región del Bío-Bío), Llico (Región del Bío-Bío) y Constitución (Región del Maule). Estos territorios fueron seleccionados porque formaron parte del Movimiento Nacional por la Reconstrucción Justa -MNRJ- (2010-2015). Se consideraron los resultados de dos grupos focales en Arauco, tres en Constitución, y uno en Llico. Todos ellos realizados el año 2013, durante el proceso de reconstrucción.
El trabajo etnográfico del que se nutre esta investigación, se desarrolló en 2013 en las localidades de Arauco y Llico, y 2017 y 2018 en Constitución, con especial foco en miembros del MNRJ. El método etnográfico es particularmente interesante para mostrar los entrecruces entre asignaciones de poder, pues permite interrogar la modalidad en que se desarrolla la imbricación o articulación entre distintas opresiones, revelando principios de jerarquización adaptados al contexto. También permite cuestionar cómo se eufemizan las relaciones de poder cuando son vistas con una mirada externa. De esta manera, las observaciones permiten hacer el contraste entre las interacciones que son relevantes para las personas y destacadas en su discurso, y aquellas circunstancias que se despliegan desde la mirada externa en un momento dado (Mazouz, 2015).
En complemento a lo anterior, se focalizará el análisis en las trayectorias de tres mujeres lideresas del proceso de reconstrucción, quienes fueron seleccionadas por su rol reconocido y legitimado en sus comunidades, y entrevistadas en profundidad entre los años 2013 y 2021.
Se plantea la realización de un análisis interseccional basado en métodos de aplicación del concepto para el estudio de las desigualdades. En esta línea, la estrategia de análisis seguirá en parte la propuesta llevada a cabo por McCall (2005), quien desde perspectivas interseccionales propone leer el poder desde tres acercamientos: intercategorial, anticategorial y el intracategorial. El primero de ellos, considerado el más clásico en su propia clasificación, tiene por objetivo comprender cómo las categorías de opresión se vinculan entre sí en el marco de grupos sociales. El segundo, o anti-categórico, busca deconstruir las clásicas categorías impuestas por los análisis sociales o las políticas públicas. El tercero, o intra-categorial, problematiza sobre el significado y el uso que se le atribuye clásicamente a las categorías dentro de los análisis, buscando adaptarlas según las experiencias de las sujetas. La perspectiva intercategorial es característica de análisis cuantitativos y longitudinales, los cuales buscan hacer un seguimiento de una situación estructural y de su evolución, mientras que la perspectiva anti-categorial y, sobre todo, la intra-categorial se relacionan con enfoques cualitativos que se centran en el análisis de situaciones específicas y en la búsqueda de interpretaciones subjetivas (Colombo y Rebughini, 2015).
Para efectos de este análisis de caso, donde el foco es pensar el habitar y cómo las personas se construyen en su entorno dentro de la experiencia que les significa la emergencia y el postdesastre, se ha considerado que el enfoque anti-categórico y el intra-categórico sirven para poder situar, desde las sujetas, sus experiencias en clave interseccional y así poder vincularlas con los modos de habitar de sus espacios sociales. Así, es desde el discurso de las mujeres entrevistadas que integran el estudio de caso, que se buscará no solo identificar los factores como el género, la clase, edad, sino que también observar si es posible constituir relatos particulares desde su habitar, para poder vincularlos con los elementos anteriores o con otros que resulten relevantes desde el relato de sus experiencias (Yuval-Davis, 2006). Para esto se propone una matriz inicial que nos permita entender su experiencia en consideración de las desigualdades que enfrentan dentro del contexto territorial e institucional, y considerando los roles que asumen al interior de sus comunidades.
Estudio de Caso: Vitalia, Julieta y Dorotea, y sus territorios post 27-F
Para analizar lo que en este estudio se entiende por “habitar interseccional”, es necesario conocer las trayectorias sociopolíticas de las lideresas entrevistadas, situadas en sus territorios. El territorio es reflejo de dinámicas de poder y desigualdades estructurales que entrecruzan la experiencia biográfica y el habitar de las personas, los que se ven tensionados en contextos de desastres socionaturales.
Vitalia, Arauco
Durante los años en que se desarrolló este estudio, los datos oficiales disponibles caracterizaban a la comuna de Arauco con una población de aproximadamente 38.769 personas, de las cuales 19.754 corresponden a mujeres y un 16,8% se autorreporta perteneciendo a un pueblo indígena. Sin embargo, dada la explotación forestal, existen variaciones estacionales de población producto de la migración interna (Municipalidad de Arauco, 2016). Hasta 2021, la tasa de pobreza por ingresos alcanzaba un 15,93% y la pobreza multidimensional ascendía al 18,4% (Biblioteca del Congreso Nacional de Chile [BCN], 2021a). En el PLADECO de la ciudad se establece que las jefaturas de hogar femeninas alcanzaron un 33,54% y que la violencia de género se consideraba un tema de preocupación aunque no se contaba con información oficial al respecto (Municipalidad de Arauco, 2016). Cuando ocurrió el terremoto y maremoto (2010), Vitalia, una de las mujeres lideresas de este territorio, tenía más de 50 años, había alcanzado estudios escolares completos y se desempeñaba como cuidadora de un terreno donde convivía junto a su pareja. Al momento de la entrevista (julio de 2013) sostiene que está divorciada del padre de su primera hija y que se acaba de casar con el padre de su segundo hijo. Subraya que esta unión formal la realizaron para acelerar los trámites de reconstrucción de vivienda.
El 27-F debilitó la institucionalidad local, que debió enfrentar la emergencia y proceso de reconstrucción con una gran sobredemanda, ya que la Municipalidad de Arauco tiene bajo su responsabilidad localidades rurales y caletas pesqueras como Llico, todas siniestradas tras el terremoto y maremoto. Según Mohor (2012), el daño en Arauco causado por el maremoto alcanzó al 31% de la población y destruyó unas 260 viviendas. Como se puede observar en la Figura 1, la mayor parte de su zona urbana está expuesta a los efectos de un tsunami, afectando fuertemente la infraestructura crítica de la ciudad. Además, los incendios forestales reportados durante 2017 evidencian la existencia de zonas de peligro cercanas al área urbana y rural de Arauco.

En términos económicos, destaca la presencia del complejo privado conformado por la Celulosa y Forestal Arauco, principal fuente laboral de la comuna y factor de múltiples problemas ambientales y sociales (Municipalidad de Arauco, 2016). Sin embargo, ni Vitalia ni su marido estaban vinculados a esta actividad económica. Ambos enfrentan problemas de salud que requieren cuidados, por lo que su participación en el esquema productivo de la ciudad es limitada. Vitalia presenta movilidad reducida, y se identifica como persona con discapacidad. Al perder la vivienda, también pierde su fuente laboral, por lo que ha debido reorientar su actividad económica dedicándose al cuidado de niños al tiempo que asume más responsabilidades dentro de su hogar. Vitalia comienza a participar de una organización en su territorio luego del 27-F para poder hacer frente al proceso de reconstrucción una vez que son destinados a vivir en viviendas de emergencia.
Julieta, Constitución
Al momento de este estudio, la información disponible sobre Constitución señala que en esta comuna vivían alrededor de 50.479 personas, de las cuales 25.446 son mujeres y un 5.7% pertenece a un pueblo indígena (BCN, 2021b, 2021c). La comuna poseía una tasa de pobreza por ingresos del 7,54%, mientras que la pobreza multidimensional ascendía al 20,84% (BCN, 2021b), y de las mujeres en edad productiva, “un 52,67% se ubicaba en uno de los tres quintiles de mayor vulnerabilidad” (Municipalidad de Constitución, 2016, p. 21). La escolaridad en este territorio es baja, lo que se agudiza en el caso de las mujeres. Esta población con más de 12 años de escolaridad alcanza sólo un 17,4%, mientras que las mujeres con menos de 8 años de escolaridad en hogares monoparentales con jefas de hogar llegan al 47,8% (Municipalidad de Constitución, 2016, p. 21).
En este contexto, Julieta se desarrolla como mujer profesional, de unos 40 años. Cursó estudios de Educación Superior en otra ciudad y luego siguió estudios de postítulo en temáticas de género y territorio. Al momento de la entrevista (mayo de 2021), trabaja formalmente en el ámbito de la educación. Se encuentra soltera, no tiene hijos, pero sí realiza labores de cuidado para sus padres. En paralelo a su actividad remunerada, realiza labores de voluntariado en su territorio.
Constitución es una ciudad costera de la región del Maule. Fue la zona con mayor mortalidad a nivel nacional en el contexto del 27-F y su destrucción alcanzó alrededor del 61% del territorio urbano (Contreras y Arriagada, 2016). Por esta razón, fue uno de los casos más mediatizados durante la emergencia y reconstrucción. La comuna se ubica en una zona productiva forestal, aunque persiste la pesca artesanal (BCN, 2021d), y su economía depende fuertemente del conglomerado ARAUCO-CELCO, uno de los actores más importantes del proceso de reconstrucción (Fuster-Farfán et al., 2020; Vergara Saavedra et al., 2016). En efecto, la Figura 2 muestra cómo la zona de inundación de Constitución alcanza no solo a gran parte del centro urbano consolidado, sino también a la Celulosa. También es una ciudad que se encuentra en constante vulnerabilidad ante incendios forestales, lo cual impacta en la relación que tienen los habitantes con su territorio.

Julieta fue dirigenta estudiantil durante años, y tras el 27-F decide integrar la organización territorial de lucha por la reconstrucción de Constitución para ayudar a sus padres que fueron afectados por el tsunami. Con el tiempo, se hace parte de la dirigencia a nivel interregional, y a lo largo de los años continúa en diversas actividades sociales y políticas vinculadas a su territorio, por lo que tras el plebiscito constituyente desarrollado en Chile (2021), decide postular a un cargo de representación política.
Dorotea, Llico
A pesar del extenso trabajo de campo llevado a cabo en esta zona siniestrada, obtener datos precisos sobre la caleta pesquera de Llico es complejo. Llico es una de las caletas que se agrupan bajo la administración de la Municipalidad de Arauco, por lo que la mayor parte de los servicios e infraestructura pública se encuentra en el área urbana de la comuna. De la información oficial, puede desprenderse que tiene aproximadamente 283 habitantes (Municipalidad de Arauco, 2016), sin embargo, no existen registros sobre etnicidad ya que la información se encuentra agregada a los datos censales de Arauco. No obstante, en el PLADECO de Arauco se reconoce que entre las más de 800 familias que integran la comunidad del pueblo Mapuche y Lafkenche, existen registros de habitantes de Llico, sin especificar el número exacto (Municipalidad de Arauco, 2016). En Llico la escolaridad es baja, teniendo en cuenta que un 30,7% de la población no completó la enseñanza básica y un 3,5% no accedió a ningún tipo de educación formal (Municipalidad de Arauco, 2016).
Ante el maremoto de 2010, Llico sufrió la destrucción de un 90% de su infraestructura, principalmente destinada a uso habitacional y a los escasos servicios públicos que allí operan (ver Figura 3). Su economía local también se vio fuertemente afectada, puesto que la principal fuente de ingresos es la pesca artesanal (extracción de mariscos, recolección de algas). El Censo Pesquero estima que el 50,5% de las actividades de pesca corresponden a extracción en borde costero, y que en ellas el 50,2% de participación corresponde a mujeres (Municipalidad de Arauco, 2016). En efecto, el oficio de “alguera” es tradicional de pueblos pesqueros y altamente feminizado.

Al momento del 27-F, Dorotea era una mujer que rondaba los 60 años que recolectaba algas en la orilla del mar para su venta informal. Ella ha sido históricamente dirigenta del sindicato de algueras. Al momento de la entrevista (julio de 2013), no indica qué estudios cursó en el sistema educacional ni qué nivel alcanzó. Está casada y tiene dos hijos mayores de edad que han formado sus propias familias y fueron afectados por la catástrofe, al igual que sus compañeras de sindicato. Dorotea, luego del 27-F, es parte de las personas que representan a su localidad ante las autoridades para enfrentar el proceso de reconstrucción de viviendas, pero su liderazgo principal está asociado a su oficio y, por ende, muchas de sus acciones apuntan a la recuperación de la economía local para las mujeres algueras de Llico.
Resultados: Habitar interseccional en contextos de desastres socionaturales
Una vez caracterizadas las trayectorias de las mujeres lideresas -aplicando un análisis basado en su relación con el territorio y la importancia que este tiene en la construcción de sus identidades y los roles, además de las condiciones de recepción de sus demandas y la conflictividad que puede surgir con el vínculo institucional- hemos aplicado un análisis interseccional. El objetivo de dicho análisis es, siguiendo los postulados de McCall (2005) con su modelo anti categórico, en un primer tiempo, evidenciar las relaciones que para esta problemática se advierten como relevantes para las sujetas. Posteriormente analizar el carrefour entre ellas, a fin de observar, a través de una matriz, qué marcadores clásicos de las desigualdades podrían influir en su constitución desde un enfoque intra-categorial. Sin partir de visiones esencialistas como lo propone Yuval-Davis (2006), los marcadores se han intentado constituir y no adicionar. Así, para efectos prácticos del análisis, en un primer momento se presentará el análisis anti-categorial a través de tres dimensiones en diálogo que surgieron desde lo que las actoras movilizan en sus discursos. En un segundo tiempo, se realiza un análisis a partir de nuestra aproximación al terreno, donde se establecen las relaciones entre categorías y marcadores de la diferencia.
Representaciones en el espacio habitado y agenciamiento territorial
Las características del territorio se presentan como ejes articuladores en la experiencia de habitar, las que también varían según las características y trayectorias de vida de los casos analizados. Los relatos de las entrevistadas evidencian cómo el territorio influye en su capacidad de agenciamiento, así como en su relación con el espacio vivido y percibido y lo que aspiran del espacio concebido (Lefebvre, 2000), posterior a la catástrofe.
La experiencia de la emergencia y el postdesastre fue distinta para las tres mujeres, a pesar de haber vivido el mismo evento. En los relatos se identifican tres niveles del espacio habitado, el cual no solo es apropiado y vivido por las mujeres, sino también agenciado y utilizado como un recurso de organización y ejercicio del poder: la vivienda, el barrio o entorno próximo y la ciudad o localidad.
En el caso de Vitalia de Arauco, la vivienda representa tanto su espacio vital, como productivo, reproductivo y de intimidad. Esto la hace estar expuesta a más vulnerabilidades y desigualdades, pues en el momento del desastre se genera una crisis en dos esferas: pierde su vivienda y su trabajo. Su relación con el espacio durante la emergencia fue aún más aguda en comparación a sus otros vecinos. El tránsito hacia la vivienda de emergencia ocurrió en una carpa diseñada para dos personas sin problemas de movilidad, donde durmió junto a su marido y su hijo. La incomodidad y pérdida de intimidad la llevó a dormir en una carretilla, dejando los escasos espacios de confort a su marido e hijo. Esto evidencia cómo la cultura del autosacrificio (Ossul-Vermehren, 2018) es determinante a la hora de comprender por qué Vitalia, a pesar de su condición, prioriza la relación de cuidado que mantiene con su familia.
“No hay intimidad. Y dos meses. Yo misma. Dormíamos los tres en la misma carpa, entonces no había intimidad […] Porque al principio teníamos una carpa de esas que son para dos personas y yo me acuerdo que yo, por mi problema de mis piernas, porque se me dormían las piernas, si nos metíamos los tres, yo tenía que levantarme los primeros días y quedarme en una carretilla sentada y taparme con una frazada, y ahí dormía. A los dos los dejaba que durmieran”.
A pesar de las dificultades, Vitalia destaca la importancia que tuvo la comunidad para enfrentar la catástrofe. Al igual que en otros eventos de crisis en Chile, la organización comunitaria se vuelve crucial para la sobrevivencia (Arteaga y Tapia, 2015; Imilan et al., 2015). Para Julieta la comunidad también fue fundamental. A diferencia de Vitalia que participó en actividades que permitieron su sobrevivencia, Julieta se relacionó con la comunidad a través de la ayuda. Julieta no vivió la catástrofe en Constitución, y a pesar de sentirse afectada a través de sus padres, su condición material no se vio directamente impactada por el desastre. Por este motivo, aquello que la moviliza para involucrarse como lideresa en el proceso es su relación con el barrio. Según sus relatos, el barrio posee valores que Julieta proyecta en su identidad y la impulsan a organizarse ante cualquier necesidad o catástrofe que afecte a la ciudad, y en especial al barrio. Tanto su nivel educacional como su experiencia política, le permiten reflexionar sobre los atributos del barrio y cómo estos afectan su trayectoria y participación.
“Pese a que a lo mejor no conversamos tanto, son las redes que formamos en los territorios y que cada vez que hay una situación, catástrofe, terremoto, porque esta comuna ha sido bien golpeada, volvemos los mismos a articularnos y así ha sido cada vez, como por ejemplo para el estallido social […] Pero sin duda yo veo a mis padres, personas trabajadoras veo que con mucho esfuerzo mi hermana y yo seamos profesionales y que yo no sé de dónde sacaron la plata, más yo que me fui a estudiar a otra ciudad. Entonces yo creo que más el rigor, yo vengo de un barrio donde la mayoría son pescadores y gente que trabaja mucho, entonces cuando empiezas a ver valores sociales le das una connotación diferente a la vida y la desigualdad e injusticia no puede dar lo mismo”.
Considerando que Llico es una localidad rural, la organización territorial de sus habitantes no es originalmente el barrio, teniendo en cuenta que el último catastro realizado por la municipalidad informa que hay 120 viviendas (Mohor, 2012). Por este motivo, sus habitantes perciben a esta localidad como una unidad. Sin embargo, la catástrofe trajo consigo divisiones en el espacio que se hicieron evidentes luego de la intervención estatal. Al igual que en otras localidades, se construyeron las “aldeas”1. Para Dorotea de Llico, la creación de estos espacios excepcionales trajo consigo la producción de desigualdades y discriminaciones tanto materiales como simbólicas (Fawaz, 2016). Ella percibe que recibió un trato diferenciado por el hecho de decidir quedarse en su terreno y no desplazarse a la “aldea”, lo cual tuvo consecuencias a nivel de relaciones, liderazgos y vinculación con el Estado.
“Los problemas que trajo el terremoto, fue que como que dividió Llico. Porque se formó la aldea y eran como veintidós casas que todavía están. Fue una división, porque todo llegaba a la aldea y eran los de la aldea y los de la aldea, pero damnificados estaban por todas las casas. En todos los terrenos, por todos lados y no se tomaron en cuenta […] Tampoco dijeron que solo los de la aldea iban a recibir todos los beneficios. Porque si no, nadie se hubiera ido a las casas. Habrían estado todos en la aldea, porque el beneficio era para los damnificados que quedaron en la aldea. Y yo siempre decía, ¿por qué?, si ellos son damnificados, ¿Por qué se discrimina? La mayoría se hubiera ido a la aldea si se le hubiese dicho eso”.
La escala de Llico lo hace un territorio fuertemente dependiente en términos económicos y administrativos a la ciudad de Arauco. En efecto, un camino es el que conecta a Llico con el resto de la región. En base a lo señalado por los habitantes y al trabajo etnográfico, se identificaron diversos problemas de movilidad y conectividad, debido a la escasez de transporte público. La movilidad cotidiana es diferenciada entre hombres y mujeres (Jirón y Zunino, 2017) y, en contexto de catástrofes, esta diferencia se acentúa. Ahora bien, la condición de ruralidad es productora de desigualdades según género (Gac Jiménez et al., 2017; Gac Jiménez y Miranda Pérez, 2019). En el caso de Llico, el maremoto afectó la pesca artesanal, razón por la cual muchos hombres tuvieron que desplazarse a otras ciudades a trabajar. En el caso de las mujeres, a pesar de ver afectado su trabajo, las labores de cuidado las mantuvieron estáticas en el territorio. Por esta razón, la estética del territorio cobra mayor relevancia para las mujeres, no solo porque es el único paisaje que pueden disfrutar sino porque es potencialmente un motor económico de turismo. Así lo expresa Dorotea:
“Ya no queremos recibir más ayuda, queremos trabajar, queremos ganarnos con el sudor de nuestra frente. Queremos trabajo, no queremos nada más. Eso es lo queremos. Yo decía por qué no nos dan unos pocos empleos para limpiar y hermosear Llico. Que quedó tan destruido. Plantar árboles, hacer jardines, todo eso y que sea zona turística. Ahora está todo feo, horrible”.
Finalmente, mencionar que las tres mujeres se ven expuestas desigualmente a futuros riesgos y catástrofes, independiente de su edad, su condición de movilidad y de clase. En el caso de Constitución y Arauco, son comunas fuertemente dependientes a la actividad forestal, y en particular a la presencia de la forestal y celulosa Arauco. Se ahondará sobre las relaciones de poder en el territorio en los siguientes apartados.
Las mujeres frente a la emergencia y post desastre: trabajo, género y cuidado de la comunidad
Comúnmente los estudios de género se han preocupado de indagar cuáles son los roles y las condiciones que asumen las mujeres frente al trabajo doméstico y aquel que implica su vínculo con el capital (Kandel, 2006). Con todo, los acomodamientos y las estrategias que asumen grupos de especial protección han sido menos analizados en contextos de riesgos y de desastres, y más bien han puesto el foco en la participación de las mujeres en la esfera pública (Andersen et al., 2020) en su rol clave para la sobrevivencia y el cuidado del hogar y/o la recuperación de este. No obstante, a través de los relatos se constata que, si bien muchas de ellas ya vivían en condiciones de desigualdad, tuvieron que hacer frente a cambios profundos en sus vidas. Esto las llevó a asumir distintas estrategias a partir de las posibilidades y recursos que podían o no movilizar desde las opresiones o situaciones de ventaja en las que se encontraban. Al consultar a Vitalia sobre el impacto del desastre en su vida y las actividades que debió asumir para responder económicamente en su hogar y gestionar su solución habitacional, explica que la responsabilidad de tramitar subsidios y ayudas del Estado recayó en ella y no en su pareja, pese a no ser la titular de derechos por su estado civil:
“Porque era soltero [...] Y por eso postuló [a los subsidios]. Y al final él postuló, la firma y todos los trámites los hice yo. Las reuniones, los documentos. [A él, su marido] no le gusta andar metido en trámites. En un principio me decía que cuando nos entregaran la casa quería ponerla al tiro a mi nombre. Y yo le decía que no se podía. Y empezamos a averiguar y no se puede, hay que esperar no sé cuánto tiempo.... Entonces me dice si la casa es tuya, tú te has sacrificado. Y eso siempre me lo ha recalcado”.
De la misma justificación sobre la búsqueda de los hombres para no asumir trabajo que involucre burocracia y otro tipo de responsabilidades, ella reconoce que han propiciado espacios para que sean las mujeres quienes asuman las responsabilidades de dirigencia:
“Porque los hombres, como que los hombres le dan el poder a la mujer. La mayoría de aquí no gusta andar metido en reuniones, no les gusta esperar, no les gusta. Las reuniones son copuchenteos2, son de mujeres [...] Y entre mujeres se forman discusiones y a los hombres no les gusta eso tampoco”.
Si bien la dirigencia ha sido un espacio que ha podido ser ejercido por mujeres dentro del contexto de reconstrucción, esto conlleva costos personales en sus vidas, pues les ha significado alejarse de su rol tradicional por no poder estar siempre acompañando a su familia. Dorotea, dirigenta de Llico, reflexiona que aquello no hubiese sido posible de no contar con la comprensión del núcleo familiar y en especial de su marido:
“Mi marido me apoya mucho [...] Porque en general cuando uno es dirigente, pasa muchas horas fuera de la casa. Eso a veces pasa la cuenta [...] A mí me encanta trabajar. Aunque yo no saque nada para mí, con la gente me encanta trabajar. Incluso mi marido me dice: “Oye tú sacas para todos menos para ti”, y yo les decía que no sé. Hay otros que necesitan mucho más”.
Como bien se observa aquí, se produce la paradoja clásica de la incorporación de la mujer en un ámbito masculino productivo, donde ella es requerida por sus habilidades, pero no retribuida o con muy poca retribución, produciéndose en palabras de Kandel “una lucha permanente, principalmente por la cuestión de la doble jornada y el cuidado” (2006, p. 13) de las y los otros.
Su relato contrasta radicalmente con la reflexión de Julieta, quien si bien reconoce todas las dificultades de las mujeres para asumir funciones de dirigencia en los territorios estudiados, destaca que su posición social y educacional le permitió colaborar con su comunidad encontrando otras dificultades, más supeditadas al machismo que se despliega en los espacios políticos que a roles de cuidado que haya tenido que ejercer:
“En general yo siempre he sido una profesional bien valorada, eso me permitía mantener una autonomía económica y en mis tiempos libres poder aportar, pero hay mujeres que son dueñas de casa o tienen labores de cuidado y debían salir y con todo a cuesta. Yo me he apropiado de espacios y por ser mujer me ha tocado pelear espacios de muchos hombres [...]”.
La división sexual del trabajo (Kergoat, 1992) está presente en todos los casos analizados, ya sea como un desafío que deben enfrentar o bien se presenta como un recurso para poder asumir labores que puedan ser de importancia dentro de sus comunidades. Esta dimensión aparece presente toda vez que se ven constreñidas a tener que asumir labores de cuidado, donde la doble jornada se vuelve algo común, ya sea con su familia o por el bienestar de su comunidad. Aquello se transforma en una economía moral (Rojas Lasch, 2019), que las lleva a dar sentido a sus acciones incluso si estas no obtienen reconocimiento directo de quienes asumen liderazgos políticos o incluso cuando al interior de sus comunidades no se reconoce el valor de sus acciones en el avance de trámites, recuperación de espacios u otras labores que permitan mejorar la calidad de vida de las y los otros.
Modos de ejercicio del poder y organización social
No solo las mujeres damnificadas tuvieron que asumir una doble o triple jornada de trabajo; también se evidencia una desigualdad de poder que adopta diversas formas. La manera en que se abordó la emergencia y el plan de reconstrucción deja entrever, a través de los relatos, que colaboró a construir una arena política desigual en cuanto a las posibilidades de participación para decidir sobre el proceso (Vergara Saavedra et al., 2016). Mella (2012) se refiere al bypass ejercido hacia el nivel local, pues el nivel central de gobierno puso en marcha un plan de reconstrucción en que se creó una triada entre el nivel nacional, el sector privado y la tecnocracia, dejando fuera de las decisiones e implementación de las acciones al nivel comunal (Fuster-Farfán et al., 2020). Sobre la dificultad de hacer cumplir promesas por parte de los poderes públicos y privados y sobre participar del proceso para obtener soluciones adaptadas a sus necesidades, Vitalia señala:
“Nos sacaron de ahí con el compromiso de darnos la prioridad de quedarnos ahí mismo. […] Que iban a hacer una población ahí y que nosotros íbamos a tener prioridad en esa población. En vez de quedarnos abajo. Lo malo fue que no firmamos ningún documento [y] la mayoría [de la comunidad] tuvo que irse donde ellos quisieron”.
Otro factor de desigualdad se refiere al machismo y conflictos entre pares, que derivan en una constante deslegitimación del rol de las lideresas para ejercer la representación de sus comunidades, y que, en algunos casos, terminaba siendo expulsiva de los espacios de decisión y vinculación con el poder político y administrativo. Sobre uno de estos conflictos, Dorotea se refiere a cómo fue retirándose de otros roles de representación que ejerció además del de alguera:
“Sí, chocamos una vez, cuando yo traté de meterme en el comité de las casas. Yo quise entrar como presidenta de la junta de vecinos y fui porque estaba demasiado retrasado todo lo que había. Fui y hablé con una asistente que vino una vez, ahora no está, y le dije yo que era Presidenta de la junta de vecinos. Y entonces Carlos [también dirigente] me trató de echarme para el lado. Entonces vi estas cosas y mejor no trabajé”.
A más de 10 años del 27-F, estas desigualdades de poder aún están muy presentes en los territorios. En palabras de la dirigenta de Constitución, Julieta, la situación no mejoró con el pasar del tiempo ni los cambios de gobierno nacional y local:
“Hay mucha desigualdad entre lo que se dice y lo que se vive, y las disidencias sexuales y mujeres aún no tienen las mismas oportunidades [...] hoy en día tenemos un concejo de puros hombres con un alcalde hombre. Me parece impresentable que no haya una representante mujer. Nosotros vemos que las organizaciones sociales están lideradas por mujeres, donde la mujer tiene que cumplir todos sus roles, pero sin embargo no se logra representar en cargos políticos [...]”.
No obstante, la organización política territorial evidencia un ejercicio del liderazgo más bien solidario y donde se fomenta el trabajo en red. Este trabajo en red se conforma como un capital simbólico que refuerza la legitimidad con la que cuentan estas lideresas. Sobre cómo se organizaban en Arauco, Vitalia subraya que fue designada por las propias personas damnificadas porque “sabía escribir” y “tomaba notas”, pero sobre todo por su responsabilidad en ir a reuniones a distintos territorios aún “con su discapacidad” y relevando que su rol era trabajar con otras dirigentas para defender los derechos de toda su comunidad. Sobre este mismo punto, Julieta señala lo fundamental de haber generado una red multinivel como fueron las organizaciones de comunidades damnificadas y la trascendencia de estas en el apoyo afectivo y concreto más allá del proceso de reconstrucción:
“Para mí tiene que ver con los afectos. Soy una mujer con mucha fuerza cuando tiene que defender algo, pero valoro mucho el cariño de la gente, soy una mujer que trabaja mucho entonces cuesta un poco ver los resultados de lo que uno ha hecho y este proceso ha servido para ver eso. De repente ver a los dirigentes del Movimiento Nacional por una Reconstrucción Justa, todos alineados con un objetivo común que era esta candidatura, con los que llevamos 10 años trabajando, y el sentir que todo ese tejido social persiste y que las redes están, tenemos un compromiso con el tema social y en las diferentes temáticas que hemos trabajado”.
Por su parte Dorotea da cuenta cómo las mujeres algueras han insistido desde distintas instancias para obtener soluciones de manera articulada respetando su cultura fuertemente vinculada al mar y a la economía local asociada a ésta, y a pesar de ello las respuestas han sido escasas:
“[…] Nosotras nos hemos arreglado solas. Nosotros postulamos a un proyecto mediante la Cruz Roja que eran de casi ciento veinte millones de pesos. Y ahí entró al bando la municipalidad […]. Queríamos trabajar haciendo clases, siempre relacionado con el mar. […] Pero de allí a acá. Y aún estamos esperando. Nosotras queremos tener una empresa para trabajar. Hemos luchado por la costanera, porque en la costanera nos habían ofrecido que iban hacer quioscos para vender y todo eso. Pero estamos en todas las esperanzas y para acá no se ve”.
En esta línea de construcción del capital simbólico, las tres lideresas consideran que los saberes con los que cuentan sobre sus realidades se constituyen como un factor importante de sus liderazgos los cuales son apreciados por su comunidad, pese a todas las dificultades que enfrentan, pero no así por las estructuras de poder político y económico.
Dimensiones del habitar interseccional
A partir del análisis de los diferentes relatos basados en experiencias de mujeres damnificadas, desde una perspectiva anticategorial (McCall, 2005), se han podido identificar dimensiones frente a las cuales se erige la relación con el espacio durante el proceso de emergencia y reconstrucción. Lo anterior se ha llevado a cabo a través de un análisis que ha buscado levantar categorías desde la experiencia de las sujetas, no estableciendo a priori valorizaciones esencialistas que las sitúen al interior de ciertos roles, o que establezcan qué elementos resultan decisivos frente a la experiencia de la emergencia y post desastre en sus territorios. El establecimiento de categorías sociales conlleva establecer desde el inicio del análisis valorizaciones y jerarquizaciones sobre lo que para ellas resulta importante dentro de su contexto y tiene como resultado inductivo situar “a unos y otros en posiciones privilegiadas o desfavorecidas respecto de los recursos, el poder o la consideración social” (Sánchez Melero y Gil Jaurena, 2015, p. 145).
Entonces, una vez codificados los discursos, se han identificado dimensiones en relación a su habitar, las cuales han sido resultado del análisis previamente expuesto: i) la primera dice relación con los modos de representar y percibir su territorio, la que hemos denominado agenciamiento territorial; ii) en segundo término, se han identificado elementos en torno a los roles y responsabilidades que asumen durante la emergencia y el post-desastre, que se vincula con el clásico concepto de división sexual del trabajo; iii) y, en tercer lugar, sus vínculos con la institucionalidad y los poderes públicos locales, y la construcción de redes para enfrentar el desastre y el proceso de reconstrucción, que hemos nombrado como ejercicio del poder y organización social.
Luego de la identificación de dichas dimensiones, se realizó un análisis intra-categorial. Esto nos permitió observar cómo diferentes categorías estructurales se constituyen como un límite o bien un recurso según su contexto y sus capacidades personales, en la gestión de su experiencia de habitar el territorio. En ese sentido, los relatos y observaciones muestran que no solamente la categoría de análisis de género jugaba un papel preponderante, sino que el nivel de instrucción o educación, el nivel socioeconómico o clase y el estado civil, así como el rol reproductivo. Todo lo anterior, se configura como una experiencia y va constituyendo un habitar específico. Aquí, la relación entre agencia/estructura se visibiliza en las narraciones: ser mujer, tener un nivel educativo con menor o mayor desarrollo, son elementos estructurales de categorización social en el cual cada entrevistada articula e interpreta su cotidiano, y se caracterizan ya sea como límites u oportunidades.
A partir de los relatos, como ha sido expuesto, la dimensión del género parece ser más importante en las sujetas que poseen un nivel de escolarización más bajo. En ellas se observa una visión de género caracterizada por una diferencia más marcada de sus roles sociales. Para estas sujetas, su habitar se rige por principios de sacrificio, propios a su rol reproductivo, y entregan a su comunidad parte del tiempo que invierten en sus familias, constituyendo dobles jornadas de manera más naturalizada. Esta actitud, pese a ser muchas veces asumida para poder obtener los apoyos que ofrecen las políticas públicas, no siempre es parte de una actitud pragmática o de una lógica instrumental, sino que, más bien, se constituye como una respuesta para hacer frente a los imprevistos de la existencia. Al contrario, se observa que cuando el nivel educacional es mayor (como en el caso de Julieta de Constitución que no tiene hijos y es soltera) se opta por adaptar la propia experiencia a situaciones donde se pueden poner en valor sus conocimientos, entregando parte de aquellos a su comunidad, desarrollando para ello estrategias de agenciamiento político.
Para visualizar lo anteriormente expuesto, hemos obtenido como resultado del análisis una tabla (Tabla 1) que permite ilustrar cómo se configuran las experiencias del habitar interseccional de las sujetas. En ella se observan las dimensiones que han surgido de sus propios relatos y las categorías que han primado en la construcción de sus experiencias situadas para este caso concreto.

Fuente: Elaboración propia, 2022.
Más allá de las diferentes posiciones en la intersección, los relatos muestran la importancia de la dimensión generacional, el género, el nivel educacional y el estado civil. Esto influye en las responsabilidades que las lideresas asumen, de las cuales surgen sentimientos de mayor o menor compromiso respecto a la comunidad y del quehacer colectivo. Los efectos de la intersección son visibles en lo que respecta al nivel de estudios, ya que generan mayores posibilidades de adaptación a la situación de crisis. Leer sus experiencias desde el habitar ha permitido una comprensión más fina de las intersecciones presentes y repensar las categorías, desde las dimensiones que han surgido de sus relatos. Sea cual sea las que se consideren, las categorías son dinámicas en el espacio y en el tiempo. Lo anterior resulta importante para comprender las experiencias de colectivos atravesados por situaciones de desventaja y desigualdad. Por otra parte, posibilita respuestas institucionales y políticas públicas más vinculadas con la historia, cultura, territorios y riesgos de las comunidades a intervenir. De ahí que la lectura interseccional, basada en enfoques interculturales, llame a establecer la diversidad como una norma, anticipando los riesgos de la categorización esencializadora, evitando caer en sesgos que pueden no ser tan relevantes y, por el contrario, escondiendo aquellos que sí lo son (Gil-Jaurena, 2008).
Este ejercicio de análisis anticategorial e intercategorial ha permitido comprender el escenario de resistencia y transformación, pero también de acción autónoma de estas mujeres y, por tanto, de agencia individual y colectiva a partir de la multidimensionalidad de la realidad social. No es solamente una simple perspectiva metodológica, sino una mirada sobre cómo los individuos articulan estas categorizaciones para redefinir sus significados.
Conclusiones
La propuesta conceptual y metodológica de este artículo fue entrecruzar tres elementos que han sido escasamente vinculados en la literatura, especialmente en castellano: el habitar, los desastres socionaturales y la interseccionalidad. Dicho análisis es fruto de un estudio etnográfico y de una investigación-acción que acumula más de 10 años, la cual ha permitido conocer y comprender experiencias y desigualdades desde distintas escalas sociales y territoriales.
El enfoque de la interseccionalidad ha adquirido un protagonismo decisivo para enfrentar la comprensión y resolución teórico-metodológica del estudio de las desigualdades sociales al tomar en cuenta, simultánea y relacionalmente, la complejidad derivada de las múltiples experiencias de las personas (Guzmán-Ordaz, 2015). Dicho enfoque permite una crítica a las estructuras de poder hegemónicas.
El presente estudio releva factores que remiten a las particularidades del contexto y del habitar de mujeres lideresas. Esta evidencia constata el hecho que existen elementos a considerar para entender sus experiencias situadas frente a la problemática vivida y que aparecen en sus relatos. Así, se han revelado estructuras de poder que van más allá de las lógicas de organización comunitaria y de las tensiones con autoridades políticas, que influyen en la experiencia de emergencia y reconstrucción. Las aportaciones que ofrece la interseccionalidad son claras para el levantamiento de un análisis estructural y para interpretar interrelaciones individuales, sociales e institucionales (Hill Collins y Bilge, 2019) en la conformación del habitar interseccional. La interseccionalidad vista desde el análisis situado aquí propuesto ha permitido observar los dispositivos que definen y causan desigualdades, discriminaciones y la exclusión de las mujeres de ciertos espacios.
En este caso, la experiencia de habitar de las distintas lideresas se presenta de dos maneras: desde la relegación al espacio privado y doméstico (muchas veces invisibilizado por las políticas públicas, lo cual acrecienta la situación de vulnerabilidad y exposición a discriminaciones de dicha población); y, por otro lado, desde el surgimiento de estas categorías en el espacio público y político, especialmente en el momento de la emergencia, donde las mujeres han asumido labores de reproducción de la vida comunitaria, ocupándose de la subsistencia de la población afectada a través de la alimentación, la salud, la limpieza, el cuidado, la gestión y adaptación de viviendas y espacios de emergencia, y la organización vecinal (Retamal, 2015).
Como sostienen Zaidi y Fordham (2021), las mujeres desempeñan un papel más importante en la gestión de riesgos y el fomento a la resiliencia de lo que a menudo se reconoce. Tanto por el conocimiento previo al desastre que tienen sobre sus comunidades, como el que van acumulando durante la emergencia y en el post desastre, estas mujeres van transformándose en lideresas y adquieren un rol político frente a procesos críticos. Estas mujeres han visto sus vidas y comunidades transformadas, lo que se agudiza dada la falta de apoyo y exclusiones a las que son sometidas. Pese a lo anterior, el compromiso con sus comunidades puede ser mucho mayor que las adversidades enfrentadas, pues existe la clara conciencia de que sin sus esfuerzos no habría respuestas.
Finalmente, el enfoque de la interseccionalidad para observar los fenómenos territoriales permite visibilizar otras formas de habitar distintas a las hegemónicas, cuya forma de producción del espacio y la construcción de lugar son particulares (Quinn, 2002). Además, abre nuevas vías para comprender la relación entre el espacio concebido, el percibido y el vivido (Lefebvre, 2000), así como para reconocer las particularidades de los territorios y las condiciones de vida de quiénes los habitan (Jirón y Lange, 2017). También ha permitido comprender que las experiencias de habitar son diferentes y desiguales, reflejando el poder asimétrico de las y los actores con y en el espacio (Giglia, 2012), aún durante los procesos de emergencia y reconstrucción post desastres.
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Notas