Dossier
La espacialización de los cuidados. Entretejiendo relaciones de cuidado a través de la movilidad
The spatialization of care. Weaving care relations through mobility
La espacialización de los cuidados. Entretejiendo relaciones de cuidado a través de la movilidad
Revista INVI, vol. 37, núm. 104, pp. 199-229, 2022
Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda
Recepción: 16 Diciembre 2021
Aprobación: 04 Abril 2022
Financiamiento
Fuente: ANID -Programa Iniciativa Científica Milenio- Núcleo Milenio Movilidades y territorios MOVYT
Nº de contrato: NCS17_027
Financiamiento
Fuente: Programa Fondecyt
Nº de contrato: Nº1171554
Nº de contrato: Nº1201362
Nº de contrato: N°1090198
Descripción del financiamiento: Este trabajo fue financiado por ANID -Programa Iniciativa Científica Milenio- Núcleo Milenio Movilidades y territorios MOVYT NCS17_027 ; Programa Fondecyt Nº1171554, Nº1201362 y N°1090198 e investigaciones de posgrado de la Universidad de Chile.
Resumen: Los cuidados han sido un tema clave en los estudios feministas por varias décadas, particularmente en cuanto a las relaciones de poder que se han construido a partir de su feminización y a las consecuencias que han tenido en todas las esferas de la vida. Pese a su importancia, las espacialidades del cuidado no han sido suficientemente profundizadas desde sus interrelaciones cotidianas. A partir de una serie de investigaciones que han puesto el foco en la movilidad cotidiana de las personas y otras específicamente enfocadas al cuidado se han podido identificar categorías relevantes al momento de entender, desde los espacios relacionales evidenciados por la movilidad, las espacialidades del cuidado. Por medio de etnografías móviles, fue posible mostrar aquellas negociaciones, gestiones, objetos y espacios que permiten cuidar en la ciudad. Las categorías resultantes develan seis dimensiones: los sujetos de cuidados, sus prácticas, lugares, materialidades y objetos, temporalidades y afectos que sostienen los cuidados en ciudades como Santiago, Concepción o Temuco. Al entenderlos desde la perspectiva del espacio relacional, es posible visualizar la complejidad que implica cuidar y, al mismo tiempo, la necesidad de espacio que tienen, el que va más allá del espacio doméstico. Esta propuesta contribuye a la importancia de la espacialización de los cuidados al momento de pensar en formas de desfamiliarización y colectivización de los cuidados en general. Esto es particularmente relevante hoy, ya que la pandemia del COVID-19 relevó la realidad material de los cuidados de manera tangible, y nos instó, además, a replantearnos el cómo nos cuidaremos entre humanos y no humanos en el futuro.
Palabras clave: crisis COVID-19, espacialidades del cuidado, movilidad, reproducción de la vida, prácticas de la vida cotidiana.
Abstract: Matters of care has been a relevant issue for several decades in feminist studies, particularly in relation to the power relations that have been built from their feminization, and the consequences they have had in all spheres of life. Despite their importance, the way care is spatialized has not been sufficiently treated based on the daily interrelations in which they are part of. Based on research taken place over the course of a decade by a collective group of researchers on the daily mobility practices as well as on care issues, we have been able to identify six categories that contribute to the spatialization of care from a relational spaces approach. Through mobile ethnographies of urban dwellers’ daily lives, we were able to understand how care strategies and circulations take place, and their relation with subjects of care, practices, time spaces, places, affects, materialities and objects that support care in cities like Santiago, Concepción or Temuco. Understanding them from a perspective of relational space helps to visualize the complexity that care implies, and at the same time the intertwined implications of space that go beyond domestic space. This paper contributes to the existing work on the invisible aspects of care including the spatialization of care and to the discussion on the need to defamiliarize and collectivize care in Chile. This is particularly relevant today, as care became a major issue in Chile and globally due to the COVID-19 pandemic, as it was possible to identify the material reality of care in tangible ways, and also to question the ways we want to care for ourselves and our living space in the future.
Keywords: COVID-19 crisis, everyday life practices, mobility, reproduction of life, spatialities of care.
Introducción
La literatura referida a los cuidados es abundante y problematizada a nivel mundial (Carrasco, 2014; Herrero, 2014; Valdivia, 2018). En términos espaciales, el trabajo se ha concentrado recientemente en las materialidades de los cuidados vinculadas al ámbito de la salud (Buse et al., 2018), la movilidad de los cuidados referida a los propósitos de viaje (Sánchez de Madariaga, 2016), y la geografía de los cuidados vinculado a miradas escalares (locales y globales) de los cuidados (Bowlby, 2012; Pratt, 2012; Sánchez de Madariaga, 2016; Schwiter et al., 2019). Existen también miradas arquitectónicas y urbanísticas respecto a formas de diseñar ciudades cuidadoras (Amann y Amoroso, 2020; Chinchilla, 2020; Gabauer et al., 2022; Muxi, 2020; Rico y Segovia, 2017; Valdivia, 2018) que a pesar de posicionar a las personas en el centro de la vida -criticando el sistema capitalista y patriarcal- centran su atención en el espacio físico y estático donde suceden los cuidados, más que en las múltiples formas en que estos espacios se vinculan entre sí y se relacionan con la forma en que los sujetos los llevan a cabo y permiten develar la complejidad de circulaciones, redes y cadenas de cuidados en la actualidad, generando lo que denominamos como espacialidad de los cuidados.
En este contexto, la espacialidad de los cuidados se refiere a la compleja y enmarañada relación que tienen los habitantes con los espacios en que llevan a cabo los cuidados, particularmente la forma en que los espacios son producidos a partir de los cuerpos que los habitan y las relaciones que se generan entre estos y otras materialidades, por medio de múltiples movilidades. Entendemos los cuerpos como territorio (Haesbaert, 2020; Zaragocín y Caretta, 2021), en el sentido en que estos no son ni neutrales ni universales sino diversos al ser racializados, al tener sexualidad, género, edad así como clase, entre otros. Es a partir de estos cuerpos que suceden las relaciones espaciales que se van produciendo de manera multiescalar (Jirón y Gómez, 2018), sin una jerarquía predefinida o estructurada. En este contexto, la espacialización de los cuidados va más allá del diseño del espacio o las infraestructuras de cuidado o el reconocimiento de múltiples propósitos de viaje; esta, finalmente, se refiere a la manera corporal, relacional y multiescalar en que llevamos a cabo los cuidados cotidianos, estrechamente vinculados a formas de habitar los diversos entornos en que suceden.
La espacialización de los cuidados es relevante tanto para las disciplinas cuyo foco principal es el espacio (arquitectura, geografía, diseño y planificación urbano/territorial y de transporte) como para aquellas vinculadas directamente con los cuidados. En la primera, los cuidados se sitúan como un eje clave en el análisis de las prácticas de habitar el territorio. Mientras que para aquellas disciplinas como las ciencias sociales y médicas, resulta relevante en la actualidad considerar la espacialidad de manera más explícita en sus análisis e implementaciones en políticas de cuidados. Esto se debe a que la simple prestación o existencia de servicios resulta insuficiente para realizar los cuidados si no se considera la forma en que circulan por medio de personas que coordinan, se desplazan, negocian y ejercen sus cuidados en relación a espacialidades diversas a partir de las múltiples redes humanas y no humanas que permiten la reproducción de la vida.
El documento está estructurado en cuatro secciones: en la primera discutimos la espacialización de los cuidados a partir de los conceptos de espacios relacionales, movilidades y cuidados. Luego, a partir de diferentes investigaciones1 realizadas en base a etnográficas móviles, proponemos seis dimensiones cruciales para espacializar los cuidados desde la perspectiva relacional que permiten las movilidades: sujetos, prácticas, materialidades y objetos, lugares, temporalidades, afectos y afectividad de cuidados. Adicionalmente, se menciona la importancia de estas dimensiones que fueron visibilizadas durante la pandemia COVID-19 en Chile. Finalmente, reflexionamos respecto al aporte que permite esta forma de abordar los cuidados desde la movilidad como una manera de resaltar la importancia del espacio y para colaborar a desfamiliarizar y colectivizar los cuidados, particularmente en relación a las políticas públicas en Chile.
Espacios relacionales, movilidad y cuidados
El aporte que hace la geografía respecto a pensar los espacios de manera relacional (Amin, 2007) ha sido ampliamente reconocido. Esta relacionalidad se vincula con entender el espacio sin límites y conformado por marañas de flujos y redes. Este enfoque desafía las miradas de escalas jerárquicas y promueve políticas de la espacialidad abiertas, centrada en actores y móviles (Jones, 2009). Siguiendo estas ideas, Massey (2005) plantea que el espacio relacional funciona como una alternativa a la mirada fija y absoluta del espacio, observado desde arriba, de manera predecible y contenedora de actividades. Los espacios relacionales enfatizan la interdependencia entre quienes los habitan, sus cuerpos, objetos, prácticas y materialidades, así como entre diversos lugares, aunque sean lejanos y a veces imperceptibles para sus habitantes. En síntesis, pensar el espacio como relacional, busca reemplazar la topografía y las dicotomías de estructura y agencia con una teoría topológica del espacio, lugar y políticas como encontradas, performadas y fluidas (Jones, 2009).
Esta forma de pensar relacionalmente el espacio implica comprender que se vive diferenciadamente de acuerdo a aspectos como el nivel socioeconómico, género, edad, ciclo de vida, etnia, habilidades, entre otras. Bajo esta mirada, la experiencia diferenciada de los espacios obliga a observarlos desde su interseccionalidad (Hopkins, 2018; Rodó de Zárate y Baylina, 2018; Viveros, 2016), la cual permite entender el por qué de estas diferencias por medio del análisis de las relaciones de poder imbricadas en los cuerpos y por ende desde allí es que se producen sus espacialidades.
Observar los cuidados desde una perspectiva interseccional, permite evidenciar, entre otras, las diferencias de género en relación a quiénes se llevan la mayor carga de trabajo, que históricamente han sido las mujeres. Sin embargo, estas prácticas son interdependientes y muchas veces negociadas de múltiples formas, por lo que al profundizar en las experiencias de cuidados comprendemos mejor cómo se habita la ciudad. Por ejemplo, para una mujer que vive en un barrio acomodado de una ciudad, la experiencia de habitar la calle probablemente sea distinta a la de otra mujer que habita un barrio vulnerado y tomado por el narcotráfico. Si bien, ambas pueden sentir miedo al caminar por la calle por el solo hecho de ser mujeres, los espacios donde habitan atenúan o profundizan esas sensaciones, y esas diferencias las hacen las materialidades, los objetos, la clase, el grado de delincuencia que experimentan cotidianamente, la presencia/ausencia del Estado en sus comunas, etc. (Solar-Ortega, 2020).
El espacio, entendido como dinámico, constituido por habitantes humanos y no humanos en constante movimiento, forma parte de los fundamentos del paradigma de las movilidades (Urry, 2007). En este enfoque, las movilidades no son sinónimo de transporte, sino una aproximación a los espacios entendidos relacionalmente con énfasis en los diversos movimientos que los producen y forman parte de las experiencias de sus habitantes. Este enfoque pone en el centro la vida cotidiana de las personas, permitiendo comprender cómo se organizan y gestionan diversas prácticas en el día a día por medio de las movilidades (Freudendal-Pedersen, 2009). En este sentido, la forma en que habitamos el espacio cuando cuidamos, trabajamos, descansamos, nos divertimos, compramos, entre muchas otras prácticas, sucede no solo en espacios fijos, sino que en y gracias al movimiento, configurando espacios en red (Jirón, Carrasco, et al., 2020). Esta perspectiva intenta enfocarse en el continuum de la movilidad, es decir, tanto en los movimientos como en las diversas formas de inmovilidad y en los impactos que el continuum de la movilidad-inmovilidad tiene en las vidas de las personas (Jirón e Imilan, 2018), generando vidas que se encuentran interrelacionadas y que son interdependientes (Jirón, Carrasco, et al., 2020; Jirón y Gómez, 2018; Murray y Cortés-Morales, 2019).
La interdependencia en la movilidad implica que las decisiones que tomamos para movernos no son individuales ni independientes, ya que las prácticas de movilidad involucran otros miembros del hogar, familiares cercanos, o redes de apoyo que se encuentran inherentemente vinculadas a las movilidades individuales. Las investigaciones sobre las movilidades de la niñez (Murray y Cortés-Morales, 2019) revelan que las relaciones de los niños con los adultos no son unilaterales, es decir, que no solo son los hijos dependientes de sus padres para llegar al jardín infantil o al colegio, sino que los padres también dependen de ellos en la ejecución de actividades productivas, recreacionales, reproductivas y otras. En este sentido, las decisiones de movilidad casi nunca son individuales, sino que están condicionadas por una serie de decisiones y negociaciones previas, que suceden mucho antes de salir de la casa.
La interdependencia genera la necesidad de organizar movilidades diferenciadas según necesidades específicas al interior de un hogar y de las familias con sus relaciones extendidas, en relación a su vez con los contextos materiales, infraestructurales y culturales específicos que habitan. En el caso chileno y de la mayoría de las ciudades latinoamericanas, se reconoce la baja autonomía de movilidad que tiene la niñez, la necesidad de acompañamiento que requieren los adultos mayores, o la dificultad de movilidad de personas con discapacidad o mujeres embarazadas. Además, el tiempo dedicado al cuidado es algo que merece particular atención ya que tiene implicancias importantes en los propósitos de viaje y en lo que Sánchez de Madariaga (2016) denomina la movilidad del cuidado. Respecto a las diferencias de género en la movilidad, diversos estudios en ciudades latinoamericanas muestran que las mujeres viajan distancias más cortas que los hombres, pero hacen más viajes, debido a las múltiples tareas de cuidado que realizan (Casas et al., 2019; Rico y Segovia, 2017).
Lo anterior nos lleva a vincular la movilidad con los estudios de cuidados, que forman parte de una larga tradición en el campo de los estudios feministas, en particular aquellos referidos a la reproducción social. En la economía del cuidado (Carrasco, 2013; Requena Aguilar, 2014; Rodríguez Enríquez, 2015) la reproducción social se refiere a la forma en que la vida es mantenida y reproducida, tanto a nivel cotidiano como generacional. Por otro lado, las feministas de/coloniales (Curiel, 2014, 2017; Guerrero, 2019; Lugones, 2008; Rivera Cusicanqui, 2010, 2018; Zaragocín, 2017) y en particular las comunitarias (Paredes, 2010; Paredes y Guzmán, 2014) que se basan en el buen vivir, recogen una visión del mundo centrada en la relación que tienen las personas, en particular experiencias cotidianas vividas por mujeres negras e indígenas, con su entorno natural y social. Estas miradas anteriores, junto con las ecofeministas (Carrasco, 2001, 2014, 2016; Carrasco et al., 2011; Herrero, 2014) de la sustentabilidad de vida, proponen una forma de comprender la reproducción de la vida como algo que va mucho más allá de la inserción de las mujeres al trabajo asalariado o la remuneración del trabajo doméstico; más bien apuntan a reconocer diversas formas de habitar que respeten la relación entre humanos, no humanos y el medioambiente (Vega Solis, 2019). En este sentido, el reconocimiento de las diversas formas en que habitamos en el planeta, los cuidados se tornan fundamentales.
Desde los enfoques de producción/reproducción, la cuestión de lo que ahora llamamos cuidados, es inseparable de las tensiones de poder, desigualdades e interseccionalidades de la vida social. Los cuidados son centrales y subyacen a la producción social; y las desigualdades de la producción social atraviesan y tensionan el mundo de los cuidados (Picchio, 2001). Entonces existe un vínculo entre la reproducción social ampliada -y sus múltiples tensiones- y la vida cotidiana y doméstica de quienes cuidan (Picchio, 2010) y que representa un enorme desgaste de energía, descrito como plusvalía emocional (Hochschild, 2001).
Más aún, el trabajo de los cuidados es invisible y devaluado cultural y económicamente (Hatton, 2017), por lo cual es usualmente asumido por grupos carentes de poder y estatus social, particularmente mujeres de menores niveles de educación e ingresos, y trabajadoras migrantes, quienes muchas veces incluso “descuidan” a su propios dependientes, para cuidar a otros. Así, tanto en los ámbitos de cuidados familiarizados -desarrollados en el ámbito doméstico- como los profesionalizados desarrollados por servicios de mercado. Estos procesos de reproducción de desigualdad han sido descritos como deuda y huella de cuidados (Herrero, 2012) y cadenas globales de cuidado -cuando involucran procesos transnacionales- (Pérez Orozco, 2009; Pratt, 2012). En este sentido, las relaciones de poder no sólo producen y reproducen en el aspecto social de la vida, sino que llevan consigo un espacio constantemente en disputa.
En palabras de Doreen Massey (2005), las relaciones de cuidados son impuestas por el patriarcado y exacerbadas por el sistema productivo capitalista. Entonces, pensar en su espacialidad, es pensar las relaciones de cuidados en clave espaciotiempo. Cuando se analizan, es posible observar las relaciones de poder, dominación, subordinación, cooperación y solidaridad y que todo esto está situado, vale decir, que en cada lugar tienen una distribución espacial y forma particular (Massey, 2005). Las prácticas de cuidados caracterizan la vida cotidiana de las mujeres que cuidan y su relación con los espacios físicos y virtuales que producen (Bowlby, 2012; Solar-Ortega, 2020).
En esta discusión, el establecimiento por parte del Estado de sistemas de cuidados que reconozcan las múltiples necesidades de las personas es un fin urgente en nuestras sociedades. Sistemas que colaboren hacia la desfamiliarización de los cuidados2 y el reconocimiento de formas justas de distribuirlos y colectivizarlos resultan urgentes. Sin embargo, resulta también urgente ampliar la discusión incorporando la forma en que los espacios cumplen un rol fundamental en la forma en que pensamos los cuidados. Los sistemas de cuidados requieren ser accesibles y vinculantes, y al mismo tiempo reconocer que los cuidados cotidianos existen relacionalmente con el espacio. Debido a esta consideración, resulta imprescindible espacializar los cuidados y la propuesta que se presenta a continuación plantea cómo la movilidad puede ser útil para comprender cómo se espacializan los cuidados.
Metodología
El presente trabajo constituye una propuesta colectiva basada en diversas investigaciones realizadas en los últimos diez años, principalmente desde enfoques etnográficos, que nos permitieron observar e ir develando aquello que hemos llamado las dimensiones de la espacialización de los cuidados. El grupo de investigadoras/es fue observando una serie de diversas experiencias cotidianas de movilidad, en las que se iban develando estas dimensiones de manera enmarañada en base a relaciones interdependientes de cuidado en las ciudades chilenas de Santiago, Alto Hospicio, Concepción y Temuco. Salvo uno3, todos los estudios fueron realizados previo a la pandemia del COVID-19, por diversos miembros del Núcleo de Movilidades y Territorios, MOVYT.
Tal como se explica en Jirón e Imilan (2018), la exploración metodológica juega un rol central en el paradigma de movilidad. Comprender las experiencias cotidianas va más allá de los registros discursivos y requiere adentrarse en las prácticas y sus performances asociadas. En el ámbito de la movilidad, y por esto ha sido así abordada por los/as investigadores/as de este trabajo, la etnografía se ha constituido como la base sobre la cual se despliegan diversas técnicas y estrategias para capturar las experiencias de habitar en movimiento que den cuenta cómo los y las habitantes espacializan sus vidas cotidianas (Büscher et al., 2010; D’Andrea et al., 2011). En estos estudios, el enfoque metodológico se basa en etnografías móviles, particularmente la técnica de sombreo (Jirón, 2010), la cual consiste en un acompañamiento a viajeros urbanos en sus movimientos de un día completo, así como entrevistas previas y posteriores al sombreo para conocer y discutir estos viajes. Esta técnica ha permitido describir las diversas y complejas experiencias de movilidad diaria en las ciudades estudiadas. Dichas prácticas eran el eje exploratorio de los estudios, los cuales, en un inicio, estaban enfocados de manera más amplia a múltiples experiencias de movilidad. En ellos, los temas de cuidado se fueron evidenciando como una actividad clave de la vida cotidiana, lo que dio pie a realizar estudios más específicos sobre cuidados de niños, adultos mayores, personas con discapacidad, comida, entre otros.
Espacialización de los cuidados
Las dimensiones que permiten espacializar los cuidados surgen tanto de los resultados de nuestras investigaciones como de distintos estudios con similares fines (Baldassar, 2016; Isaksen y Näre, 2018; Janta et al., 2015). En los nuestros se pregunta respecto a las formas de habitar y la especialización de fenómenos sociales por medio del enfoque de la movilidad. A partir de lo anterior, los cuidados surgen como un aspecto fundamental en las prácticas cotidianas de habitar y la interdependencia como una característica intrínseca de la forma en que las personas se relacionan en su habitar cotidiano. Esta manera interdependiente de habitar (Jirón y Gómez, 2018) emerge al observar cómo las personas se mueven para desarrollar su vida cotidiana, siendo posible desde ahí identificar las dimensiones que conforman la espacialidad del cuidado, las cuales se relacionan con los sujetos, prácticas, materialidades y objetos, lugares, temporalidad y afectividad de los cuidados (Figura 1). Para explicar cada una de ellas se utilizan ejemplos correspondientes al trabajo etnográfico de las investigaciones realizadas.

Sujetos de cuidados
Los sujetos de cuidados se refieren tanto a quienes entregan como a quienes reciben cuidados, lo que implica relaciones interdependientes, que pueden ser entre personas, o con el medio ambiente, organizaciones sociales, entre otras (Power y Williams, 2020). La mirada de interdependencia es muy útil para comprender estas relaciones, ya que permite observar las prácticas de cuidados como flujos que involucran a diversos miembros del hogar y sus redes, vinculadas a través de sus movilidades.
Por ejemplo, al referirse a las movilidades de los niños, es común plantear la diferencia entre relaciones dependientes o independientes entre estos y sus padres o adultos cercanos (O’Brien et al., 2000). Sin embargo, diversos estudios revelan que las relaciones de los niños con los adultos, en particular observados desde la movilidad, no son unilaterales (Jirón, Carrasco, et al., 2020; Jirón y Cortés, 2011; Jirón y Gómez, 2018; Murray y Cortés-Morales, 2019), sino que dependen uno del otro para realizar sus actividades. En este sentido parece más pertinente hablar de interdependencia en vez de in/dependencia (Mikkelsen y Christensen, 2009), particularmente en términos de cuidados. Sin embargo, la interdependencia, no se refiere solo a la relación entre niños y adultos sino también a las relaciones entre diversos grados de parentesco, amistad, vecindad, camaradería, vínculos laborales o provisión de servicios. En las investigaciones realizadas, al observar los viajes de una persona, resulta casi imposible separar los viajes individuales de otros con quienes se mueven las personas. Es decir que parejas, hijos/as, sobrinos/as, hermanos/as, madres/padres, tíos/as, amigos/as, colegas, trabajadores/as domésticos/as, entre otros, generalmente acompañan los viajes, o secciones de viajes, en el intento de hacer calzar todas las necesidades, responsabilidades y tareas familiares con aquellas de los grupos cercanos dentro del trayecto cotidiano de movilidad. Las personas se relacionan entre ellos por medio de vínculos esenciales emocionales y/o prácticos en la organización de sus vidas cotidianas, vidas que actualmente son inconcebibles sin la existencia de otros miembros de estas redes (Jirón y Gómez, 2018).
Desde una mirada interdependiente, las redes de movilidad articulan los diversos roles, rutinas y necesidades de un número variado de humanos y no humanos, quienes se relacionan por medio de vínculos emocionales/afectivos y prácticos esenciales en la organización de la vida diaria, y que hoy en día son inconcebibles sin la existencia de otros miembros de estas redes (Jirón, Imilan, et al., 2020; Solar-Ortega, 2020). En la Figura 2, ilustramos gráficamente un caso que da cuenta cómo suceden las cadenas de cuidados, donde la cuidadora principal, Judith, se hace cargo de la organización de su casa y el cuidado de sus hijos, pero para poder trabajar, contrata a una persona, Sra. Mode para que organice y realice las labores domésticas de su casa y el cuidado de los hijos de Judith. La Sra. Mode a su vez, requiere de alguien que cuide a su hijo cuando llega del colegio mientras ella llega, labor que le pide a una vecina.

Esto es particularmente relevante en sociedades como la chilena, donde la familia extendida juega un rol crucial en las cadenas de cuidados, especialmente cuando los medios económicos y ahora la situación de pandemia, hacen difícil pagar o acceder a otros medios de cuidados. Las redes y cadenas de cuidados, solidarias o pagadas, hacen que las relaciones entre sujetos de cuidados sean complejas y enmarañadas en su conformación.
Prácticas de cuidados
Las prácticas de cuidados se refieren a aquellas actividades necesarias para reproducir la totalidad de la vida e incluyen aquellas vinculadas a la crianza y el cuidado de enfermos o personas mayores, pero también incluyen prácticas de comunicación, higiene, salud física y mental, descanso, educación, alimentación, juego, aseo, autocuidado, entre muchas otras. Estas requieren de una organización que involucra soportes y cadenas de cuidados (Jirón y Gómez, 2018; Solar-Ortega, 2020), personas y múltiples elementos que lo facilitan (Jirón, Carrasco, et al., 2020; Pérez Orozco, 2004; Solar-Ortega, 2020). Se trata de prácticas incorporadas y por lo tanto, en ellas el cuerpo es clave para entender los cuidados de manera situada.
En la Figura 3 vemos a Paulina, quien se dedica a cuidar niños y niñas de familiares y amigos por un monto diario de CLP $ 2.0004. La situación que se ilustra es la hora de la once5 o merienda, en la cual ella ordena a los niños y niñas en una fila contigua al refrigerador para entregarles un yogurt y una cuchara. Esta práctica cotidiana es un modo de hacer cotidiano que tiene cuerpo y memoria (Bowlby, 2012), que conlleva una rutina y comportamientos que se expresan de acuerdo al momento.
En el caso de Paulina, ella actúa como un eslabón clave en el cuidado de los y las niñas que van a su casa durante el día, no sólo se preocupa de acompañarles sino también hace labores de crianza, educativas y ejerce un trato cariñoso con cada uno de ellos.
Materialidades y objetos de cuidados
Las materialidades y objetos del cuidado se refieren a la manera en que los cuerpos, objetos, edificios y materiales se vinculan y dan forma a la naturaleza y posibilidad de cuidados, ya que los cuidados son prácticas que requieren de elementos materiales para que se ejecuten. Este conjunto de elementos da cuenta de que la interdependencia no es una cualidad exclusiva de las personas, sino que las relaciones de cuidados se ven influidas por elementos físicos -cotidianos y ordinarios- que facilitan o dificultan el cuidado, y que este vínculo produce espacialidad entre el cuerpo objeto y relaciones sociales (Solar-Ortega, 2020).
Los objetos de cuidado corresponden a aquellos elementos con los que convivimos diariamente que nos permiten cuidar, como coches de bebé, teléfonos móviles, televisores, termómetros, sillas de ruedas, bastones, sillas de niños/as para automóviles, colchas, entre otros. En la Figura 4 se ilustran algunos de estos objetos presentes en los distintos momentos del cuidado que permiten extender los cuerpos y el espacio, por ende, las espacialidades y sus escalas.
Un ejemplo de los objetos indispensables, es la telefonía móvil, la cual extiende nuestros cuerpos y nos mantiene conectados por medio de un aparato telefónico, conformando una escala virtual y una espacialidad que se produce desde la nube, permitiendo estar en dos o más lugares a la vez, y en este sentido, cuidar desde la distancia. Sin embargo, para que la virtualidad suceda, necesitamos de un objeto que permita emitir la señal y conectarnos. De este modo, observar y entender los objetos que necesitamos para cuidar devela materialidades concretas que permiten la práctica de cuidar.

Por otro lado, las infraestructuras de cuidados incluyen aquellos espacios físicos que permiten el cuidado a través de la ciudad (Solar-Ortega, 2020). Estos espacios físicos extienden el espacio hacia los cuerpos conformando espacialidad y escalaridad a medida que sucede el cuidado. En la Figura 5 se ilustra el recorrido que hace Marta para llevar a Roberto, su marido, hasta la junta de vecinos de su barrio. Roberto está en silla de ruedas y no puede desplazarse solo por la pendiente natural del terreno debido al mal estado de las calles. En este sentido, la infraestructura material se presenta como una barrera para el cuerpo de Roberto, quien, sin embargo, con el apoyo de Marta, logra salvarlas y realizar la actividad. Desde esta perspectiva, ambos, a partir de sus cuerpos, conforman una espacialidad del cuidado que se produce a través del barrio bajo una relación de interdependencia.

En el ámbito de los cuidados, los objetos extienden los cuerpos generando espacialidades de cuidado que permiten que estos se lleven a cabo. Las infraestructuras, mobiliarios y fijaciones espaciales por otro lado, se extienden hacia los cuerpos permitiendo los cuidados múltiples y complejos, y además generan otro tipo de configuraciones espaciales. En estas configuraciones, los cuerpos se tornan en infraestructuras humanas (Simone, 2004) de cuidados, o sea, cuerpos que permiten unir, coordinar, planificar o ejecutar las múltiples prácticas entre sujetos humanos y no humanos que nos permiten reproducir la vida. Las materialidades en sí mismas no son inocuas (transparencias, oscuridades, durezas, asperezas) y afectan el habitar y nos ayudan a definir y decidir sobre cómo vivimos los trayectos cotidianos. Entre esas experiencias diversas, la mirada interseccional es clave ya que permite agregar a la tríada clase, racialidad y género, dimensiones territoriales como localización, materiales, viajes, horarios, etc., que vinculan la experiencia de habitar desde su vínculo con lo material, como un habitar en red que veremos a continuación.
Lugares de cuidados
Estos lugares son espacios donde suceden las labores de cuidado y no se refieren solo a los espacios de la vivienda, sino también a espacios públicos (Power y Williams, 2020) o de uso público, como guarderías, hospitales, cafeterías, parques, bibliotecas, museos, entre otros. Estos serían espacios para cuidar y ser cuidados. Algunos de estos lugares son permanentes y otros transitorios, como espacios de albergue temporal, por ejemplo. Estos espacios son creados por medio del trabajo de cuidados e intenciones de las personas, incluyendo funcionarios, residentes, visitantes en relación con el entorno material donde se localizan. Para Solar-Ortega (2020) estos lugares son de interconexiones en la práctica cotidiana de cuidar, que al ser analizados desde la movilidad cotidiana de las personas van apareciendo y dando sentido de lo importante de la dimensión espacial en el desarrollo de los cuidados.
En el ejemplo de la Figura 6, se ilustra cómo el habitar en red conecta los lugares de cuidado. El habitar cotidiano no sucede de manera estática, sino que involucra diversas escalas desde el cuerpo hacia otras escalas que incluyen vivienda, entorno inmediato, barrio, ciudad, y más allá. Al observar el habitar cotidiano, los límites entre escalas se vuelven complejos, con formas difusas y cambiantes. La mirada de movilidad devela una serie de sucesos que van ocurriendo en el trayecto y que se encuentran enlazados por la experiencia espacial. El enfoque de movilidad cuestiona las concepciones estáticas del espacio urbano, las ideas de fijación y permanencia, ya que las experiencias móviles son fluidas, escalares y procesuales, y requieren por ende ser vistas en toda su complejidad (Jirón, 2017). Es decir que este habitar sucede por medio de movimientos cortos, largos, complejos, simples, duraderos, solos o acompañados, y la forma en que las personas interrelacionan diversos lugares, servicios, infraestructuras, a partir de su movilidad, genera lo que denominamos habitar en red.
En la actualidad se reconoce que ciertas actividades que se consideraban propias de la vida privada y consecuentemente del espacio interior de la vivienda, son actividades que requieren de desplazamiento cotidiano. Según esto, el habitar en red permite comprender cómo parte de las prácticas de cuidado (como llevar a los niños al colegio, ir de compras, acompañar a algún ser querido al médico, pasear una mascota, etc.) suceden de manera relacional, y por tanto, no pueden ser diseccionados en su análisis, sino que requieren ser analizados en sus múltiples conexiones, como red.

Temporalidades de los cuidados
La noción de tiempoespacio desarrollada por May y Thrift (2001) sugiere una interconexión indisoluble entre tiempo y espacio y una multiplicidad de tiempoespacios. Estos son multidimensionales, desiguales y siempre un proceso parcial. Las experiencias de cuidado varían en el tiempoespacio según los ritmos, tanto los cíclicos -ciclo de vida, circadiano, y traslación, como ritmos lineales del disciplinamiento- como los horarios de trabajo, apertura de instituciones como oficinas, centros de salud o colegios, o sistemas de transporte que muchas veces se ajustan a los horarios institucionales. Estos ritmos afectan nuestras decisiones en torno a prácticas de movilidad tales como los medios de transporte que utilizamos, las formas en que nos vestimos, los artefactos que portamos, acceso a recursos naturales, entre otros. Estos se añaden a la complejidad de moverse en relación a los cuidados, no solo en cuanto a los propósitos de viaje (Sánchez de Madariaga, 2009, 2016), sino también a la duración de los viajes, los lugares donde se ubican los paraderos, las frecuencias, la priorización de ciertos modos, entre otros. En este sentido, las tecnologías que permiten la movilidad virtual y facilitan ciertas prácticas de cuidado, a la vez que complejizan el tiempoespacio en que estas se realizan, por ejemplo, difuminando las horas laborales en relación a las de cuidado y tiempo libre, la disposición material y espacial al interior de los hogares, etc.
El caso que vemos en la Figura 7 corresponde a la organización de cuidados de un grupo de madres de un condominio cuyos hijos van al mismo colegio. Las madres se organizan diariamente para ir a retirar a los hijos de acuerdo al horario en que cada uno sale de clases. Cada día le corresponde a una madre distinta, el día que se presenta en la Figura 7 es el día jueves que corresponde al turno de Sandra, quien tiene tres hijos, uno en kinder, otro en tercero básico y la mayor en segundo medio. Sandra cuenta con el apoyo de dos mujeres en su casa para realizar los trabajos domésticos y cuidado de sus hijos, mientras ella trabaja media jornada los días que no se hace cargo de ir a retirar a los niños del colegio. Este día es especial porque los niños de kinder tienen un paseo a una fábrica de galletas durante la mañana. Temprano, a las 7:30, Sandra lleva a sus niños al colegio. A las 10:00 am se encuentran las cinco madres en el colegio para llevar a los niños de kinder a la fábrica de galletas. Vuelven antes de las 12:00 al colegio y, a las 13:30, a Sandra le corresponde ir a buscar a los niños de kinder al colegio y llevarlos a sus respectivas casas en el condominio. Una vez repartidos, vuelve a su casa a almorzar. A las 15:00 sale de nuevo a retirar a los niños de básica y los lleva a sus respectivas casas. Por último, a las 17:00 hrs., va a buscar al último grupo de adolescentes de media, y los reparte en sus casas.
Los ritmos y temporalidades que requiere la organización de estos cuidados son coordinados con precisión por las madres. Esto implica estar al tanto de cada niño/a, de cualquier ausencia, o cambio de itinerarios. Para este grupo de madres, delegar entre ellas la tarea de retirada de los hijos en el colegio resulta un apoyo importante y un alivio en sus tareas diarias. Esta coordinación espaciotemporal del desplazamiento de escolares es algo común entre todos los padres/madres de familia, independiente del nivel socioeconómico. Al no moverse solos, los estudiantes requieren de sus padres, quienes, debido a otras responsabilidades, deben poder coordinar tiempos y elaborar estrategias con familiares, amigos, vecinos y/u otros para cumplir con los menores.

Afectos y afectividad
La dimensión de los afectos en los cuidados se puede abordar desde dos miradas. La primera considera la mirada de la ética del cuidado (Gilligan, 2013), según la cual las mujeres, debido a ser socializadas para ejercer el rol de cuidadoras, tienen una impronta para enfrentar los cuidados desde la subjetividad y la preocupación por el bienestar de un otro específico. Por otro lado, también se puede abordar desde la postura del ecofeminismo (Palacín, 2018) y la sostenibilidad de la vida (Carrasco, 2016; Herrero, 2014; Pérez Orozco, 2004) de habitar cuidadosamente. Es decir, todas las acciones que se realizan promueven una forma respetuosa de relacionarse con las personas, otras especies y el medio ambiente. Este afecto no solo tiene que ver con el cariño con el cual comúnmente se asocian las prácticas de cuidados, sino, con la capacidad de afectarse, es decir, de producir un efecto en un otro humano-no humano, y con ello relevar la agencia de nuestras acciones.
Tensiones de cuidar durante la pandemia del COVID-19
En la crisis pandémica actual, el enfoque de movilidad e interdependencia contribuye a comprender la importancia del territorio, especialmente cuando se instruye a los habitantes de ciudades a permanecer en sus casas y trabajar desde allí, sin reconocer necesariamente que esto implica que otros se sigan moviendo, encargándose de tareas de cuidado como el retiro de la basura, repartos a domicilio, conducción de autobuses, tareas vinculadas a la salud, venta y distribución de alimentos y artículos esenciales, entre otros. El llamado desconoce también la necesidad de movimiento que tienen muchas personas para procurar los recursos necesarios para vivir. Adicionalmente, desconoce que el no salir y quedar encerrados, también tiene implicancias en las tareas de cuidado que generalmente se comparten, contratan, delegan, y que obligatoriamente se deben realizar al interior del hogar, con severas consecuencias para quienes otorgan y quienes reciben cuidados.
En el Proyecto MOVYT “Etnografías virtuales de movilidades urbanas durante la emergencia del coronavirus (COVID-19)” se pudo observar cómo las personas y sus redes enfrentaron la pandemia por medio de la organización social con los cuidados puestos en el centro, permitiéndoles continuar con la reproducción de la vida cotidiana, a pesar de la ausencia del Estado o los vínculos sociales o privados con los que contaban previamente. Lo que resultó evidente es que las respuestas individuales, colectivas y territoriales de cuidados muchas veces precarias y complejas han tenido un rol clave en suplir la carencia de respuestas a las cuales se estaba habituado, y que en plena crisis el Estado no supo responder a tiempo. En este contexto, resulta necesario resaltar las formas en que el territorio y la manera en que se espacializan los cuidados forman parte fundamental en el habitar cotidiano.
En los casi dos años de pandemia hemos podido observar la ausencia del estado en su capacidad de cuidar a la población, lo que dio pie a la actualización de prácticas existentes en períodos difíciles de la dictadura en Chile, donde debido a la crisis económica, muchas poblaciones se organizaban en Ollas Comunes para proveer de alimentación a sus habitantes (Hardy, 1986). Durante la pandemia sucedió algo similar, se organizaron ollas comunes a lo largo de todo el país, con entrega de alimentos preparados a los habitantes que llegaban, entrega de comida a domicilio a personas que no podían salir de sus hogares o reparto a personas que habitan la calle, y un estado vigilante sobre la situación del otro. Las seis dimensiones de la espacialización de los cuidados nos permiten observar la complejidad que se vivió durante la pandemia por COVID-19, en términos de cuidados.
Durante los primeros meses de adaptación, los sujetos de cuidados surgieron como entes claves desde la postura de la presencia y de la ausencia. Sin embargo, otros roles son importantes de destacar cuando gran parte de la población se encontraba bajo cuarentenas restrictivas, como los trabajadores recolectores de basura, repartidores de artículos por aplicación y delivery y trabajadores del área de la salud, mientras algunas redes tradicionales -como la familia extendida- se habían visto debilitadas o reconfiguradas (Jirón, Carrasco, et al., 2020). En este contexto, la noción de interdependencia nos permite pasar de un cuidar a como a un cuidar con, es decir, avanzar hacia la conceptualización de comunidades de cuidados, que se pudieron observar a través de aquellas vinculadas a la salud, el apoyo solidario, incluso los servicios de reparto a domicilio. De esta forma, quienes nos podíamos quedar en casa, podíamos tangibilizar a todas aquellas personas que a través de un trabajo en red presencial y que por medio de sus cuerpos, permitían el aislamiento de otros.
Si bien las prácticas de cuidado se transformaron durante la pandemia, estas continuaron concentrando la organización del cuidado y sus etapas como la planificación, coordinación y ejecución (Solar-Ortega, 2020) de las prácticas muchas veces en una sola persona -mujeres principalmente- y en un solo lugar, lo cual complejiza el habitar cotidiano y desdibuja los límites de las prácticas como el trabajo remunerado, el cuidado, el descanso, entre otras. Lo anterior produjo un abandono de ciertas prácticas de cuidado y por ende, el abandono de algunas personas -particularmente en términos afectivos- y también la externalización de ciertas tareas de cuidado, como aquellas que exigían salir del hogar, en especial el supermercado. La pandemia del COVID-19 ha puesto en la palestra las múltiples y complejas prácticas de cuidados que requerimos realizar cotidianamente y a evidenciar lo borroso de los límites que a veces se establecen al separar las labores productivas de las reproductivas, e inclusive y a pesar de estar compartiendo un mismo espacio como una vivienda, la repartición de tareas de cuidados principalmente, sigue siendo desigual y altamente feminizada.
En cuanto a las materialidades, los objetos y los lugares de cuidados, la pandemia del COVID-19 dejó en evidencia la necesidad de espacio -físico y virtual- que necesitamos para vivir. El hecho de tener que aislarnos en masa para evitar el contagio masivo del virus, implica entender que este se mueve a través de nosotros, por ende hay una cualidad territorial que lo caracteriza. Desde esta perspectiva, el aislamiento provocó la inmovilidad de quienes podíamos quedarnos en casa, y permitió continuar con el movimiento de aquellos que no podían hacerlo debido a la precarización de la vida y de otros que funcionaron como sujetos de cuidados esenciales, no menos precarizados que los anteriores. Los primeros tuvieron que adaptar sus vidas y sus espacios a la convivencia inscrita dentro del hogar, lo cual implicó modificaciones espaciales concretas como la habilitación de un espacio “oficina”, contratar y/o mejorar una conexión a internet que permitiera el trabajo remunerado desde la casa, implementar espacios para la escuela virtual en caso de necesitarlo, equipar con equipos como computadores, tabletas, teléfonos celulares que permitieran la vida remota. Pero también otras prácticas, como la higiene, se agudizaron. El lavado constante de manos, el uso de alcohol gel, de guantes, el lavado de alimentos, lavado de ropa utilizada en la calle, etc. Todos estos objetos permitieron extender el cuerpo y el espacio dentro de quienes se quedaron aislados, modificando radicalmente la forma de vivir. Por otro lado, la movilidad de quienes seguían en la calle, facilitó la vida de quienes estaban encerrados a través de la entrega de alimentos, objetos varios, medicinas, incluso toma de exámenes. En este sentido la infraestructura de cuidados puede aparecer como un facilitador o una barrera para los cuidados. En cuanto a un facilitador, para aquellas personas que podían quedarse en casa, esta surge como la base de operaciones de la vida cotidiana, como el lugar desde donde se organiza la vida. La virtualidad aquí es clave, ya que el acceso a una red de internet y a uno o varios dispositivos va a permitir la alimentación, educación, trabajo, entre otras actividades. En este sentido, la vida cotidiana sigue siendo multiescalar, pero con la virtualidad teniendo un rol protagónico en la conexión entre diversas escalas.
Las temporalidades de los cuidados responden a una coordinación diaria de movilidad que en el caso de los estudiantes, se vio afectada por la pandemia, y en contraste, la pandemia ayudó a evidenciar los espacios de interconexión de los cuidados (Solar-Ortega, 2020) y la complejidad, para algunos, de tener que ejecutarlos simultáneamente mientras trabajamos, o la imposibilidad de cuidar a quienes no están cerca. La pandemia ha transformado la forma en que vivimos el tiempoespacio y, por ende, requiere repensar lo que es lento y lo que es rápido, lo que entendemos como cerca o lejos, la relevancia de los eventos de la vida diaria y las relaciones. Nos ha dejado profundos cuestionamientos respecto a cómo medimos el tiempo a través del espacio. En la pandemia, la experiencia de espera, de permanencia, de inmovilidad se han develado como dimensiones desconocidas del tiempoespacio y cuya experiencia nos transforma y obliga a adaptarnos constantemente. Sin embargo, los cuidados se mantienen, y requieren adaptación constante para continuar con la reproducción de la vida.
Un aspecto importante que ha emergido en la discusión actual es la sobrecarga de quedarse en casa, sobre todo para las mujeres. La experiencia del primer año de la pandemia del COVID-19 revela que muchas mujeres tuvieron que dejar sus trabajos o bien alcanzaron alto desgaste físico y mental por la dificultad que implica trabajar remuneradamente y hacerse cargo de la crianza y del hogar. Por otro lado, quienes debían salir a trabajar a oficinas, fábricas, repartir productos comprados a domicilio, producir alimentos, pasaron a ser elementos de interconexión entre el mundo exterior y quienes podían quedarse en casa. Estas cadenas productivas formales e informales sostienen la vida de quienes se quedan en casa y -al igual que con las cadenas de cuidados entre mujeres- a medida que la cadena se extiende, se precariza.
En la dimensión afectiva de las prácticas de cuidado, el cuerpo es el principal eje de su realización. Es por esto que los cuidados pasan de ser un cuidar a, a un cuidar con, ya que muchas de las prácticas de cuidado se interrelacionan y se llevan a cabo entre humanos y no humanos. Esto nos ayuda a pensar que las tareas de cuidado pueden ser realizadas por diversos miembros del hogar y no solo por mujeres, superando la esfera doméstica y familiar, y también ayuda pensar en cómo colectivizar los cuidados como sociedad, y en cómo nos cuidamos colectivamente, respons-abilitándonos (Haraway, 2016) por la interdependencia de los cuidados en nuestra sociedad.
En la Figura 8, se ilustran ejemplos de organizaciones sociales voluntarias que se reúnen por compromiso con los habitantes para cuidar colectivamente. Estas prácticas urgentes dan cuenta de relaciones de resistencia, preocupadas, cuidadosas y afectivas, que se manifiestan en momentos de crisis respecto a la posibilidad de reproducir la vida propia, la colectiva y organizarse territorialmente. Entonces, esta afectividad no sucede solamente entre personas que comparten vínculos familiares, más bien es una disposición empática y respetuosa para ponerse en el lugar del otro, de cuidar y dejarse cuidar por los demás con quienes cohabitamos. Estas experiencias permiten ser más conscientes respecto de que los cuidados no son responsabilidad exclusiva de las mujeres, sino que es una responsabilidad de la sociedad en conjunto, para poder procurar la vida que queremos vivir.
A partir de etnografías remotas realizadas durante el año 2020, en plena pandemia, se acompañaron discusiones online de habitantes en la ciudad de Santiago. En particular, se acompañó a un grupo en la comuna de San Miguel que por medio de la plataforma de mensajería instantánea WhatsApp, comenzó a organizarse para cuidarse. A fines de abril de 2020, producto de las ‘‘Protesta contra el hambre’’ al inicio de la pandemia en Chile, se comenzaron a articular las primeras ollas comunes. Primero, se hizo una colecta virtual de alimentos no perecibles y muchas familias sacaron la cocina a la calle para hacer cundir la comida entre el barrio. Pero luego, ante la contingencia, se comenzó a articular la logística para las ollas comunes en la comuna. Toda la coordinación de las ollas comunes se realizó por WhatsApp y llamadas telefónicas, cada vecino realizaba un aporte voluntario, ya fuese este en alimentos, dinero, cocinando, entregando comida a las personas que por problemas de salud no podían acercarse a las ollas solidarias. Todas las ollas comunes se organizaban por WhatsApp. La gente que cocinaba, eran mujeres sin trabajo, asesoras del hogar, garzones, dirigentes vecinales, obreros de la construcción, entre otros. No había un comedor comunitario, la comida era entregada en envases plásticos, olla que cada integrante de la familia debía llevar para proporcionar la comida. En el caso de los adultos mayores que no podían asistir, se coordinaba la entrega con algún vecino.

Conclusiones
En este trabajo hemos explicado las seis dimensiones que permiten observar las espacialidades de cuidados a partir de las movilidades cotidianas, junto con señalar que realizar esta observación tiene implicancias teóricas, metodológicas y de políticas públicas que considerar. En primer lugar, el enfoque de movilidad da cuenta de la manera enmarañada en que se llevan a cabo los cuidados, a partir de la comprensión de los espacios relacionales. Por un lado, el análisis de los propósitos de viaje de aquellas personas a cargo de diversos cuidados que sugiere Sánchez de Madariaga (2009) permite comprender su complejidad. Sin embargo, resulta fundamental analizar también la experiencia corporal de quienes se mueven cuidando por la ciudad, así como las diversas dificultades que surgen del encuentro entre cuerpos, propósitos y materialidades. Por ejemplo, atravesar puentes, pasarelas, estaciones de metro, escaleras, paraderos, superficies y sombras, y darse cuenta de cómo los cuerpos zurcen estas espacialidades. Por otro lado, los cuidados se complejizan al comprenderlos desde la movilidad, al dar cuenta cómo los horarios, recorridos, frecuencias, disponibilidad de asientos, accesos, costos, diversidad de cuerpos, entre muchos otros, son elementos imprescindibles de la ciudad para pensar los cuidados. Cuando pensamos los cuidados desde la movilidad, se observa cómo se conectan las dimensiones, discutidas aquí, que permiten visualizar espacialidades que se conforman a partir del vínculo relacional entre el espacio físico, los otros sujetos y las prácticas, lugares, materialidades, temporalidades y afectos que hacen de esta forma relacional de habitar interdependiente. Por lo tanto, parece importante pensar, observar y entender los cuidados desde la movilidad y así expandir la relación de cuidados -más allá de la relación entre personas cuidadoras y cuidados- hacia otras dimensiones y también a otras relaciones que no son fijas y que van transformándose a medida que las espacialidades lo van permitiendo.
Metodológicamente, al observar los cuidados a partir de métodos etnográficos, de historias de vida y de seguimiento cotidiano es posible dar cuenta de que cuidar es una práctica de habitar, es un entendimiento ético de sobrevivencia y resistencia, que no funciona de manera aislada o simplemente como infraestructuras de los cuidados donde las personas van a “cuidarse” o “ser cuidados”. Más bien, son relaciones que se entretejen entre personas, otras especies y el medio ambiente. Esto hace que los cuidados como práctica cotidiana de habitar sean inseparables de los contextos socioeconómicos y sociomateriales en los cuales suceden y cómo, al ser estos variados e interseccionalmente complejos, es necesario situarlos. Entonces las decisiones sobre quién cuida en una familia, quién se mueve para cuidar, qué cadenas de cuidados se establecen, y qué prácticas de subcontratación -y muchas veces de precarización- de cuidados se establecen, están intersectadas por una complejidad de aspectos socioeconómicos que reflejan una desigual distribución de poder. Así mismo, ello se expresa también en la infraestructura de movilidad a la cual acceden, y donde muchas veces ello se traduce en una importante carga física y especialmente emocional de las cuidadoras, en tanto los afectos se ven directamente involucrados.
Por otro lado, las etnografías móviles han permitido agudizar la observación de algunos fenómenos socioespaciales como los cuidados, relevando así aquellos aspectos invisibilizados de la vida cotidiana que son urgentes de abordar, tanto en las discusiones académicas, como en la vida cotidiana y la política pública. Esta sutileza permite profundizar en las espacialidades de los cuidados y presentar las dimensiones que tejen la práctica cotidiana de cuidar y entender que los habitantes no responden a un sujeto universal, por lo que sus necesidades son muy distintas a las de sus pares.
La crisis sanitaria que estamos viviendo ha evidenciado la importancia de los cuidados en el ámbito doméstico, situación que hace varias décadas las feministas han intentado evidenciar (Hayden, 1981, 1984, 2005; Madigan et al., 1990; Watson y Austerberry, 1986). Sin embargo, la realidad colaborativa en el país ha demostrado cómo los cuidados sociales (Daly y Lewis, 2000), colectivos y comunitarios comienzan a dar cuenta de formas en que las comunidades se cuidan entre sí, a partir de relaciones afectivas que logran constituir estos cuidados. El carácter colectivo, social y político de los cuidados se expresa categóricamente en los ejercicios de organización y trabajo desarrollados en torno a la pandemia. La experiencia de las llamadas “ollas comunes” es ejemplo claro de cómo los cuidados no se viven de la misma manera, ni representan la misma carga para los distintos grupos sociales. Para algunos, resolver las cuestiones más básicas del cuidado, involucra un amplio despliegue y compromiso material, político y emocional.
De acuerdo a lo anterior, la política pública chilena sobre cuidados es fragmentada y se ha enfocado en proveer servicios de cuidados focalizados en los niños, las personas mayores y con discapacidad, poniendo énfasis en el área de la salud. También, ha incluido a las mujeres, principalmente con el objetivo de abrir espacios laborales para ellas. Sin embargo, estas formas en que la política pública contempla los cuidados no transforman las relaciones de género, ya que perpetúa relaciones asimétricas de cuidado. Durante la pandemia pudimos observar cómo estas relaciones asimétricas eran evidentes entre los géneros, pero también en cuanto a lugar de residencia, condiciones materiales y de habitabilidad del hogar, profesiones, situación migratoria, entre otras, provocándose una ausencia del Estado en la vida de las personas más pobres y precarizadas del país.
Entonces, pensar en la posibilidad de un sistema nacional de cuidados podría permitir formas más justas de entenderlos y abordarlos, sin embargo, al no estar espacializada la problemática de los cuidados no se logra comprender su complejidad y lo profundo que se requiere repensar territorialmente la forma en que cuidamos y nos cuidamos actualmente. Lo anterior también desafía la sectorializada política gubernamental, obligando a transversalizar el cuidado en el transporte, la vivienda, y en general la provisión de servicios urbanos. Desde una perspectiva aún más amplia, pensar el cuidado desde las espacialidades aquí planteadas, permite ampliar estos espacios que han sido inscritos social y espacialmente en la vivienda/hogar hacia las espacialidades interdependientes de la comunidad y la sociedad en general, en espacios que se relacionan entre sí.
Las investigaciones que hemos realizado dan cuenta de prácticas de cuidado complejas, donde la relación entre Estado, privado, mercado y comunidad no es lineal ni ordenada. Así, las decisiones de cuidados están permeadas por las posibilidades prácticas y afectivas de las vidas cotidianas, a partir de lo cual surgen las formas en que se cuida y junto a ellas espacialidades de cuidados situadas y multiescalares.
Referencias bibliográficas
Amann, A. y Amoroso, S. (2020). ¿Y tú qué cuidas? En G. Rodríguez (Ed.), Hacia una arquitectura de los cuidados (pp. 198 - 203). URBANBAT.
Amin, A. (2007). Re-thinking the urban social. City, 11(1), 100-14. 10.1080/13604810701200961
Baldassar, L. (2016). De-demonizing distance in mobile family lives: Co-presence, care circulation and polymedia as vibrant matter. Global Networks, 16(2), 145-163. 10.1111/glob.12109
Bowlby, S. (2012). Recognising the time-space dimensions of care: caringscapes and carescapes. Environment and Planning, 44(9), 2101-2118. 10.1068/a44492
Büscher, M., Urry, J., y Witchger, K. (2010). Mobile methods. Routledge.
Buse, C., Martin, D., y Nettleton, S. (2018). Conceptualising ‘materialities of care’: making visible mundane material culture in health and social care contexts. Sociology of Health & Illness, 40(2), 243-255. 10.1111/1467-9566.12663
Carrasco, C. (2001). La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres? Mientras Tanto, (82), 43-70.
______ (2013). El cuidado como eje vertebrador de una nueva economía. Cuadernos de Relaciones Laborales, 31(1), 39-56. 10.5209/rev_CRLA.2013.v31.n1.41627
______ (2014). Economía, trabajos y sostenibilidad de la vida. En Y. Jubeto Ruiz, M. Larrañaga Sarriegi, C. Carrasco Bengoa, M. León Trujillo, Y. Herrero López, C. Salazar de la Torre, C. de la Cruz Ayuso, L. Salcedo Carrión y E. Pérez Alba (Eds.), Sostenibilidad de la vida. Aportaciones desde la economía solidaria, feminista y ecológica, (pp. 27-41). REAS Euskadi.
______ (2016). Sostenibilidad de la vida y ceguera patriarcal. Una reflexión necesaria. Atlánticas - Revista Internacional de Estudios Feministas, 1(1), 34-57. 10.17979/arief.2016.1.1.1435
Carrasco, C., Borderías, C., y Torns, T. (2011). El trabajo de cuidados. Historia, teoría y políticas. Cataratas.
Casas, M., Lara, C., y Espinosa, C. (2019). Determinantes de género en las políticas de movilidad urbana en América Latina. Boletín FAL, (371). http://hdl.handle.net/11362/44902
Chinchilla, I. (2020). La ciudad de los cuidados. Cataratas.
Curiel, O. (2014). Construyendo metodologías feministas desde el feminismo decolonial. En I. Mendia Azkue, M. Luxán, M. Legarreta, G. Guzmán, I. Zirion y J. Azpiazu Carballo (Eds.),Otras formas de (re)conocer. Reflexiones, herramientas y aplicaciones desde la investigación feminista. UPV/EHU.
______ (2017). Género, raza y sexualidad: debates contemporáneos. Intervenciones en Estudios Culturales, (4), 41-61.
Daly, M. y Lewis, J. (2000). The concept of social care and the analysis of contemporary welfare states. The British Journal of Sociology, 51(2), 281-298. 10.1111/j.1468-4446.2000.00281.x
D’Andrea, A., Ciolfi, L., y Gray, B. (2011). Methodological challenges and innovations in mobilities research. Mobilities, 6(2), 149-160. 10.1080/17450101.2011.552769
Fernández, A. y Agüero, V. (2018). Desfamiliarización del cuidado: un puente desde el malestar individual hacia el bienestar social. Millcayac. Revista Digital de Ciencias Sociales, 5(9), 189-206.
Freudendal-Pedersen, M. (2009). Mobility in daily life. Between freedom and unfreedom. Routledge. 10.4324/9781315595764
Gabauer, A., Knierbein, S., Cohen, N., Lebuhn, H., Trogal, K., Viderman, T., y Haas, T. (2022). Care and the city. Encounters with urban studies. Routledge.
Gilligan, C. (2013). La ética del cuidado. Fundació Víctor Grífols i Lucas.
Guerrero, J. (2019). Por un feminismo decolonial, antirracista y popular: una charla con Ochy Curiel. Cartel Urbano. https://cartelurbano.com/libreydiverso/por-un-feminismo-decolonial-antirracista-y-popular-una-charla-con-ochy-curiel
Haesbaert, R. (2020). Del cuerpo-territorio al territorio-cuerpo (de la Tierra): contribuciones decoloniales. Revista Cultura y Representaciones Sociales, 15(29), 267-301,
Haraway, D. (2016). Staying with the trouble. Making Kin in the Chthulucene. Duke University Press.
Hardy, C. (1986). Hambre + dignidad = ollas comunes. Programa de Economía del Trabajo (PET) Academia de Humanismo Cristiano.
Hatton, C. (2017). Day services and home care for adults with learning disabilities across the UK. Tizard Learning Disability Review, 22(2), 109-115. 10.1108/TLDR-01-2017-0004
Hayden, D. (1981). The grand domestic revolution: A history of feminist designs for American homes, neighborhoods and cities. MIT Press.
______ (1984). Redesigning the American dream: The future of housing, work, and family life. W.W. Norton.
______ (2005). What would a nonsexist city be like? Speculations on housing, urban design, and human work. En S. Fainstein y L. Servon (Eds.), Gender and planning: A reader. New Rutgers University Press.
Herrero, Y. (2012). Propuestas ecofeministas para un sistema cargado de deudas. Revista de Economía Crítica, 1(13), 30-54. http://revistaeconomiacritica.org/index.php/rec/article/view/521
______ (2014). Perspectivas ecofeministas para la construcción de una economía compatible con una vida buena. En Y. Jubeto Ruiz, M. Larrañaga Sarriegi, C. Carrasco Bengoa, M. León Trujillo, Y. Herrero López, C. Salazar de la Torre, C. de la Cruz Ayuso, L. Salcedo Carrión y E. Pérez Alba (Eds.), Sostenibilidad de la vida. Aportaciones desde la economía solidaria, feminista y ecológica (pp. 55-68). REAS Euskadi.
Hochschild, A. R. (2001). Emotion work, feeling rules, and social structure. En A. Branaman (Ed.), Self and society (pp. 138-155). Blackwell Publishing.
Hopkins, P. (2018). Feminist geographies and intersectionality. Gender Place and Culture A Journal of Feminist Geography, 25(4), 585-590. 10.1080/0966369X.2018.1460331
Isaksen, L. W. y Näre, L. (2018). Local loops and micro-mobilities of care: Rethinking care in egalitarian contexts. Journal of European Social Policy, 29(5), 593-599. 10.1177/0958928719879669
Janta, H., Cohen, S., y Williams, A. (2015). Rethinking visiting friends and relatives mobilities. Population, Space and Place, 21(7), 585-598. 10.1002/psp.1914
Jirón, P. (2010). On becoming 'la sombra/the shadow'. En M. Büscher, J. Urry y K. Witchger, Mobile methods (pp. 36-53). Taylor & Francis Books.
______ (2017). El hábitat residencial observado desde la movilidad cotidiana urbana. En W. Imilan, J. Larenas, G. Carrasco, y S. Rivera (Eds.), ¿Hacia dónde va la vivienda en Chile? Nuevos desafíos en el hábitat residencial (pp. 265-276). Adrede.
Jirón, P., Carrasco, J. A., y Rebolledo, M. (2020). Observing gendered interdependent mobility barriers from an ethnographic and time use approach. Transportation Research Part A: Policy and Practice, 140, 204-214. 10.1016/j.tra.2020.08.018
Jirón, P. y Cortés, S. (2011). Mobile relations, mobile shadows. Understanding contemporary urban daily living through shadowing techniques [Presentación]. International Workshop: The Everyday Life of Multi-Local Families. Concepts, Methods and the Example of Post-Separation Families, Munich, Alemania.
Jirón, P. y Gómez, J. (2018). Interdependencia, cuidado y género desde las estrategias de movilidad en la ciudad de Santiago. Tempo Social, 30(2), 55-72. 10.11606/0103-2070.ts.2018.142245
Jirón, P. e Imilan, W. (2018). Moviendo los estudios urbanos. La movilidad como objeto de estudio o como enfoque para comprender la ciudad contemporánea. Quid 16, (10), 17-36.
Jirón, P., Imilan, W., Figueroa, I., Basaure, F., Brinck, F., Peña, G., Rivera, C., Cuyanao, J., y Osterling, E. (2020). Aceptación, adaptación, transformación. COVID-19 y acomodos afectivos de la vida cotidiana en Santiago de Chile. Revista Ensambles, 7(13), 72-95.
Jones, M. (2009). Phase space: geography, relational thinking, and beyond. Progress in Human Geography, 33(4), 487-506. 10.1177/0309132508101599
Lugones, M. (2008). Colonialidad y género. Tabula Rasa, (9), 73-102. https://revistas.unicolmayor.edu.co/index.php/tabularasa/article/view/1501
Madigan, R., Munro, M., y Smith, S. M. (1990). Gender and the meaning of the home. International Journal of Urban and Regional Research, 14(4), 625-647. 10.1111/j.1468-2427.1990.tb00160.x
Massey, D. (2005). For space. Sage.
May, J. y Thrift, N. (2001). Introduction. Timespace. Geographies of temporality. Routledge.
Mikkelsen, M. y Christensen, P. (2009). Is children's independent mobility really independent? A study of children's mobility combining ethnography and GPS/mobile phone technologies. Mobilities, 4(1), 37-58. 10.1080/17450100802657954
Murray, L. y Cortés-Morales, S. (2019). Children's mobilities. Palgrave Macmillan.
Muxi, Z. (2020). Ciudades cuidadoras. En G. Rodríguez (Ed.), Hacia una arquitectura de los cuidados. URBANBAT.
O’Brien, M., Jones, D., Sloan, D., y Rustin, M. (2000). Children’s independent spatial mobility in the urban public realm. Childhood, 7(3), 257-277. 10.1177/0907568200007003002
Palacín, I. (2018). Ecofeminismo, marco sobre el que asentar la pedagogía de los cuidados. En I. Palacín (Ed.), Pedagogía de los cuidados. Aportes para su construcción, (pp. 64-79). Fundación InteRed.
Paredes, J. (2010). Hilando fino desde el feminismo comunitario. Comunidad Mujeres Creando Comunidad.
Paredes, J. y Guzmán, A. (2014). El tejido de la rebeldía. Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo.
Pérez Orozco, A. (2004). Estrategias feministas de deconstrucción del objeto de estudio de la economía. Foro Interno, 4, 087-117.
______ (2009). Global perspectives on the social organization of care in times of crisis: Assessing the situation. United Nations INSTRAW.
Picchio, A. (2001). Un enfoque macroeconómico “ampliado” de las condiciones de vida [Presentación]. Jornadas "Tiempos, trabajos y género", Facultad de Ciencias Económicas Universidad de Barcelona.
______ (2010). Vulnerable bodies, total work and caring relationships: a new economic perspective. En T. Addabbo, Gender inequalities, households and the production of well-being in modern Europe. Ashgate.
Power, E. y Williams, M. J. (2020). Cities of care: A platform for urban geographical care research. Geography Compass, 14(1), e12474. 10.1111/gec3.12474
Pratt, G. (2012). Families apart: migrating mothers and the conflicts of labor and love. University of Minnesota Press.
Requena Aguilar, A. (2014, 10 de agosto). Queda bonito hablar de igualdad en el mercado laboral y no plantearse quién limpia el váter en casa. elDiario.es. https://www.eldiario.es/economia/igualdad-mercado-laboral-replantearse-limpia_0_289771553.html
Rico, M. y Segovia, O. (2017). ¿Cómo vivimos la ciudad? hacia un nuevo paradigma urbano para la igualdad de género. En M. Rico y O. Segovia (Eds.), ¿Quién cuida en la ciudad? Aportes para políticas urbanas de igualdad (pp. 41-70). CEPAL.
Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón.
______ (2018). Un mundo ch´ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Tinta Limón.
Rodó de Zárate, M. y Baylina, M. (2018) Intersectionality in feminist geographies. Gender, Place & Culture, 25(4), 547-553. 10.1080/0966369X.2018.1453489
Rodríguez Enríquez, C. (2015). Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales. Revista Nueva Sociedad, (256).
Sánchez de Madariaga, I. (2009). Vivienda, movilidad y urbanismo para la igualdad en la diversidad: ciudades, género y dependencia. Ciudad y territorio: Estudios Territoriales, 41(161-162), 581-598.
______ (2016). Mobility of care: Introducing new concepts in urban transport. En I. Sánchez de Madariaga y M. Roberts (Eds.), Fair shared cities: The impact of gender planning in Europe. Routledge.
Schwiter, K., Brütsch, J., y Pratt, G. (2019). Sending Granny to Chiang Mai: debating global outsourcing of care for the elderly. Global Networks, 20(1), 106-125. 10.1111/glob.12231
Simone, A. M. (2004). People as infrastructure: Intersecting fragments in Johannesburg. Public Culture, 16(3), 407-429. 10.1215/08992363-16-3-407
Solar-Ortega, M. (2020). Espacialidades del cuidado. Develando las prácticas espaciales de mujeres cuidadoras en Santiago de Chile. (Tesis de Magíster en Hábitat Residencial, no publicada). Universidad de Chile, Santiago.
Urry, J. (2007). Mobilities. Polity.
Valdivia, B. (2018). Del urbanismo androcéntrico a la ciudad cuidadora. Hábitat y Sociedad, (11), 65-84. 10.12795/HabitatySociedad.2018.i11.05
Vega, M. C. (2019). Reproducción social y cuidados en la reinvención de lo común. Aportes conceptuales y analíticos desde los feminismos. Revista de Estudios Sociales, (70), 49-63.
Viveros, M. (2016). La interseccionalidad: una aproximación situada a la dominación. Debate Feminista, 52. 10.1016/j.df.2016.09.005
Watson, S. y Austerberry, H. (1986). Housing and homelessness: A feminist perspective. Routledge.
Zaragocín, S. (2017). Feminismo decolonial y buen vivir. En S. Varela y S. Zaragocín (Eds.), Feminismo y buen vivir. Utopías decoloniales (pp. 17-25). PYDLOS Ediciones.
Zaragocín, S. y Caretta, M. A. (2021). Cuerpo-territorio: A decolonial feminist geographical method for the study of embodiment. Annals of the American Association of Geographers, 111(5), 1503-1518. 10.1080/24694452.2020.1812370
Notas