Resumen: Caminar a través de una calle no es lo mismo que salir a caminar. Una de sus diferencias es que al salir a caminar es posible empatizar con las fachadas de la urbe. Mediante un análisis cualitativo y comparativo de las percepciones e imaginarios urbanos de jóvenes adultos se propuso analizar cómo comprenden el caminar por las distintas calles de los barrios limeños de Lince, Jesús María y Santa Beatriz que experimentan cambios físicos en sus calles por el incremento del mercado inmobiliario. Se reveló que la disposición para empatizar con las fachadas se relacionaba con una idea de vida que era utilizada como factor distintivo y que comprendía las cualidades de localización, visibilidad, variedad, sentido de comunidad e historización. Por lo tanto, cuando existía una mayor disposición para empatizar con las calles, el caminar adquiría un nuevo carácter y se salía a caminar.
Palabras clave: caminar, empatía, fachadas, imaginarios urbanos, Lima (Perú).
Abstract: Walking down a street is not the same as going out for a walk. One of the differences is that by going out for a walk it is possible to empathize with the city façades. Through a qualitative and comparative analysis of the perceptions and urban imaginaries of young adults, we propose to analyze how they understand walking through the different streets of the Lima neighborhoods of Lince, Jesús María, and Santa Beatriz, which are experiencing physical changes in their streets due to the expansion of the real estate market. It was revealed that the disposition to empathize with façades was related to an idea of life that was used as a differentiating factor, and which included attributes of location, visibility, variety, sense of community, and historicization. Therefore, when there was greater disposition to empathize with the streets, walking acquired a new character and people did go out for a walk.
Keywords: empathy, façades, urban imaginary, walking, Lima (Perú)..
Artículos
Salir a caminar: Empatizar con las calles a través de sus fachadas en Lima
Going out for a walk: Empathizing with streets through their façades in Lima
Recepción: 22 Noviembre 2020
Aprobación: 27 Octubre 2021
Cuando alguien indica que “saldrá a caminar” ¿qué quiere decir y en qué se diferencia del mero “caminar”? En principio, se asume que lo hará en el espacio exterior, que en el caso de las ciudades, es el espacio público compuesto por calles y plazas. Sin embargo, no saldrá a caminar por cualquier calle, sino por aquella que le permita realizar una específica interacción que posibilite aumentar su disposición para empatizar con ella.
Para comprender esto se debe ser consciente que el caminar por la ciudad no solo involucra las condicionantes físicas -como la calidad de las aceras o de las diversas infraestructuras urbanas- sino también las condicionantes mentales, afectivas y perceptivas propias de los procesos cognitivos de los seres humanos y parte de su experiencia multisensorial, pues estos serán los que transformen al caminar en el salir a caminar.
Se decidió abordar este proceso desde un contexto físico y social particular como es el caso de la ciudad de Lima, la más importante y que contiene a casi un tercio de la población del Perú (Instituto Nacional de Estadística e Informática, 2018). Desde hace algo más de 20 años Lima ha experimentado diversas transformaciones económicas e institucionales promovidas por organismos multilaterales (Rolnik, 2017) que han disminuido la injerencia del estado y aumentado la del sector privado. Aquello ha consolidado su centralidad en relación a las demás ciudades del Perú (Vega Centeno et al., 2019) e impulsado el crecimiento de su mercado inmobiliario. Y este mercado inmobiliario ha promovido la transformación física de diversos barrios limeños entre los que destacan los de la zona suroeste (Gonzales de Olarte et al., 2011) en donde se emplazó este estudio. Específicamente en los barrios de Lince, Jesús María y Santa Beatriz.
El cambio físico de sus calles, representado por la construcción de nuevos edificios con fachadas de una organización ornamental distinta a los que antes existían (Figura 1), ha manifestado ciertas cualidades formales perceptibles visualmente que pueden influir en la disposición para empatizar con ellas, en donde una idea de vida cobra relevancia como factor distintivo de las calles en las cuales se puede salir a caminar.
El objetivo del presente estudio fue revelar las cualidades formales -identificadas visualmente en las fachadas- que influían en la disposición para empatizar con las calles, como una primera aproximación de los complejos procesos empáticos con la ciudad.

La empatía ha sido abordada desde distintas disciplinas y ciencias, cada una aportando significativamente a su complejidad y exponiendo su importancia para las diversas interacciones humanas. No obstante, esto ha provocado distintas conceptualizaciones y diversas técnicas de medición cuantitativa (Coplan y Goldie, 2011). Coloquialmente se la ha entendido como el “ponerse en los zapatos del otro” para percibir la realidad desde su punto de vista y comprender las situaciones ajenas. Davis (1996) se ha esforzado en proponer una definición que intente abordar las distintas variables que influyen en ella catalogándola como el conjunto de constructos relacionados con las respuestas de un individuo a las experiencias del otro. Sin embargo, la empatía no ha sido una interacción exclusiva entre seres humanos y no es recomendable adecuar las técnicas de medición hacia este tipo de empatía.
Si se desea abordar las posibilidades para empatizar con las cosas -entre las que se encuentran las calles o fachadas-, debe reconocerse que los orígenes de su conceptualización se remontan a la estética alemana de finales del siglo XIX en donde el Einfühlung apareció como la habilidad para “sentirse dentro de las cosas” y uno de los primeros medios para conocer sensiblemente el entorno (Currie, 2011). En otras palabras, es posible interactuar con el entorno construido mediante la empatía.
Las veces que la empatía había sido estudiada no se la había abordado como una interacción absoluta, sino como una por niveles, en donde ha sido importante revelar si ha existido una mayor o menor disposición a empatizar. Tan importante como el nivel de la disposición de una persona para empatizar han sido las características del objetivo a empatizar. Por lo tanto, las características físicas que puedan tener una calle o sus elementos influirán en posibilitar o limitar la disposición de las personas para empatizar con ella.
Si bien ha habido esfuerzos por introducir la empatía en los discursos urbanos, muchos de estos se han concentrado en las interacciones interpersonales que suceden o promueven las configuraciones urbanas (Jiménez-López et al., 2017). Sin embargo, la empatía a la cual nos referimos involucra una interacción entre personas y cosas y la manera en que estas pueden aumentar o disminuir nuestras posibilidades para conocer sensiblemente nuestro entorno.
Uno de los medios más comunes que han tenido las personas para conocer y construir una imagen de sus ciudades ha sido caminando a través de ellas (Lynch, 2008). Los diversos elementos que componen sus calles y le dan un carácter habitacional han influido en ese proceso, y es necesario revalorizar el desplazamiento a pie para entender una empatía con las calles.
El desplazamiento erguido y sobre dos pies ha permitido a los seres humanos percibir y experimentar el entorno de una manera distinta a la de otras especies. Condicionado por los peligros a los cuales estaban expuestos nuestros ancestros, tener los ojos paralelos al suelo y orientados hacia adelante fue una gran ventaja al momento de desplazarnos (Sussman y Hollander, 2014). Aquello ha influido en nuestro caminar y cómo hacerlo por la ciudad.
Desde entonces, innumerables estudios sobre el caminar han expuesto y reforzado las diferentes ventajas fisiológicas (Ewing et al., 2006), psicosociales (Cooley et al., 2020), económicas (Litman, 2003), entre otras, que tiene esta práctica para los seres humanos. Por ende, ha sido una de las actividades que han dotado de vida a las ciudades (Gehl, 2011; Jacobs, 2011), desde los antiguos peripatéticos hasta el particular flâneur (Baudelaire, 1857; Simmel, 1988), el caminar ha sido una experiencia para descubrir e interactuar con la ciudad (Certeau, 2000).
Independientemente de que el caminar sea una experiencia multisensorial, la mitad de la información sensorial que es llevada al cerebro es visual (Kandel, 2012) y al trasladarnos a las ciudades han sido las calles las que nos han permitido construir una imagen de ella (Lynch, 2008). Parte de esa imagen ha estado influenciada por las fachadas que contienen y dotan de un carácter habitacional tan característico como se puede observar en la Figura 2 (Holston, 1989). Han sido las fachadas que vemos cuando caminamos las que han dotado de identidad y lenguaje a las diversas calles de nuestras ciudades.

Mientras se camina por las calles suceden diversas interacciones con los elementos que las componen, algunas de las cuales consisten en proporcionarles características humanas con la intención de conocerlas y controlarlas sanamente. Ese es el caso de la vida ¿Cómo comprender que algo sin vida biológica pueda tener vida? ¿Cómo una ciudad o una calle puede estar viva? ¿Cómo no malinterpretar cuando alguien menciona que tal ventana da vida?
Para evitar la confusión se debe realizar una distinción entre varios niveles de pensamiento. Por un lado, tenemos la definición biológica que se basa en el fenómeno de la vida, un complejo sistema fisicoquímico cuyas dos principales peculiaridades son el almacenaje y replicación de información molecular en forma de ácido nucleico y la presencia de catálisis enzimática (Abercrombie et al., 1990). Por otro lado, tenemos la comprensión filosófica de la vida que refiere al ser y la considera como algo trascendental presente en todas las cosas (Jeuken, 1975).
Por un lado, la propuesta biológica sugiere que la distinción entre materia y vida se da por las distintas estructuras moleculares que le dan característica distintiva de vida; por otro lado, la filosófica ha propuesto que esa distinción está basada en los niveles de ser que la materia posee. Un alto nivel del ser reflejaría una mayor complejidad de la estructura de la materia (Jeuken, 1975). Aquella observación no es nada nueva pues ha sido utilizada por diversas sociedades alrededor del mundo, por ejemplo, en el Antiguo Perú existía la idea del camac, la cual proponía la existencia de una energía vital que animaba a todas las cosas, desde las vajillas hasta las montañas (Flores, 2016; Neira, 2015). Ideas similares que contemplan una relación entre las cosas o personas con energías o fuerzas suceden en la India con el ātman y en la China con el qi. El budismo concibe ideas similares y en tribus africanas y australianas. En líneas generales, todas estas sociedades han percibido que ciertas cosas o personas tienen algún grado de vida, cierta complejidad de su ser.
No obstante ¿Por qué ha sido tan recurrente esa asociación? Wilson (1984) intentó responder esa pregunta indicando que ha sido la biofilia la que ha permitido a los seres humanos -seres con vida- tener una innata tendencia por enfocarse en la vida y en los procesos que se la asemejen. Ha sido por ella que los seres humanos priorizaban a la vida en todo lo que han percibido y hecho (Kellert et al., 2008).
Siguiendo ese camino, Alexander (2002) en un intento por objetivar y hacer mesurable esa idea propuso 15 propiedades formales (Tabla 1) que influían en el nivel de vida de las cosas. Él aseguraba que referirse a las cosas como muertas o vivas era impreciso, siendo mejor indicar el nivel de vida identificado en estas.
Si se piensa desde la perspectiva biológica, sería absurdo hablar de cosas con vida, no obstante, estaríamos omitiendo el rol vital que tienen las cosas en la cotidianidad -desde los teléfonos móviles hasta las viviendas-. Por ende, no es recomendable pensar en una definición que intente unificar ambas posturas, sino que sería mejor una que comprendiese la vida como una herramienta de los seres humanos para intentar vincularse con su entorno y así conocerlo. Identificar los niveles de vida de las cosas inertes ha expresado un reconocimiento de propiedades formales ya presentes en sistemas biológicos vivos, lo cual permite cierto control.

Para revelar el modo en que las fachadas influían en la disposición para empatizar con las calles se decidió comparar dos tipos distintos y observar qué percepciones e imaginarios urbanos se construían cuando se caminaba a través de ellas.
Caminar por las calles de Lima implica ser testigo del cambio formal de las diversas fachadas de una calle. Decenas de edificios han sido derrumbados para dar paso a otros nuevos, pero con una organización ornamental distinta y entre los distritos que más han acogido estos cambios están los de la zona suroeste. Este fue uno de los motivos para seleccionar los barrios de Lince, Jesús María y Santa Beatriz. Primero se seleccionaron calles en donde sus fachadas ya habían cambiado -caso típico de esos tres barrios- y luego se buscaron calles cerca de ellas en donde sus fachadas aún se conserven (Figura 3).
Solo se trabajó con un lado de la cuadra -espacio entre dos esquinas de una manzana- pues estas calles eran relativamente anchas -de aproximadamente 19 metros- y la vista que se tenía cuando se caminaba por una de sus calzadas implicaba mayoritariamente las fachadas y una berma lateral (Figuras 4 y 5).
Dentro de las calles seleccionadas se catalogó cada fachada con un código y fueron analizadas bajo un índice de existencia y manipulación de las 15 propiedades formales de Alexander (2002), lo que distinguió a las fachadas en dos tipos, identificando a las de mayor porcentaje como Tipo A y a las de menor como Tipo B (Tabla 2). Para Alexander, realizar esa distinción reflejaría el nivel de vida de cada una de esas fachadas.
No se propuso que la distinción sea por la temporalidad de las fachadas, pues aquello podría llevar a una malinterpretación al propiciar ideas erróneas sobre una secuencialidad estilística. Por el contrario, una distinción basada en propiedades formales reveló la existencia de cualidades que pueden aumentar o disminuir la disposición a empatizar sin importar el año de construcción de la fachada.
Se buscó que las percepciones e imaginarios urbanos correspondieran a personas que caminasen constantemente por esas calles. En principio se pensó en quienes vivieran ahí, no obstante, se descubrió en exploraciones tempranas que eso no era condición para que salieran a caminar por sus calles, sobre todo en las Tipo B. Por lo tanto, se decidió trabajar con quienes estuvieran transitando por ahí.
En el imaginario público limeño las fachadas Tipo A eran consideradas como “antiguas” (Figura 4) y las Tipo B como “modernas” (Figura 5), por lo que se intentó problematizar esa postura seleccionando de entre los transeúntes al grupo social limeño que era considerado como indiferente a estos (Begazo y Fernández, 2015) y además era el foco de la publicidad inmobiliaria (“¿Quiénes tienen la última decisión”, 2019; Salas, 2017). Según diversas estadísticas los limeños y limeñas de entre 25 y 35 años eran los que más compraban y alquilaban inmuebles (Reyes, 2019) en los barrios seleccionados. Erikson (1982) denominó ese rango de edad como jóvenes adultos -19 a 40 años- y los caracterizó por estar en un proceso de construcción de una identidad que influirá en sus relaciones con los demás.
A pesar de que el estudio no consideró un enfoque de género -lo cual hubiese influenciado en los resultados- se consideró pertinente intentar seleccionar lo más equitativamente posible. De esa forma en Lince se seleccionaron seis jóvenes adultos, tres mujeres y tres hombres; en Jesús María cuatro jóvenes adultos, una mujer y tres hombres; y en Santa Beatriz seis jóvenes adultos, tres mujeres y tres hombres. Al momento de hacerles las entrevistas, todas estas personas estaban caminando por las calles seleccionadas y vivían en diversas zonas de Lima (Tabla 3).





Revelar cómo influían las fachadas en la disposición para empatizar con las calles y cómo esto se relacionaba con el salir a caminar implicaba analizar las diversas percepciones e imaginarios urbanos que se construían alrededor de ellas. Revelar qué distinguía el salir a caminar del simplemente caminar implicaba identificar cuáles eran las cualidades que la posibilitaban.
Para abordar ese problema se utilizó un enfoque cualitativo que permitiese a los entrevistados, con sus ideas y opiniones, ser partícipes de la construcción de conocimiento.
Las limitaciones conceptuales y teóricas de cómo medir una empatía entre personas y cosas sugirieron enfocar el estudio en la etapa disposicional y no en la situacional. Si bien se entiende que todas las personas poseen cierta disposición para hacerlo, esta está influenciada por el nivel de su habilidad y de las cualidades formales del objetivo a empatizar (Gerdes et al., 2010).
La dificultad de trasladar a los entrevistados para que caminen por las calles de estudio propició la creación de una herramienta gráfica que permitiese recrear esa acción desde un solo lugar, controlando así ciertas variables. Se elaboraron seis cartillas, dos por cada barrio, que graficaban las fachadas Tipo A y Tipo B a una escala determinada, monocromática y sin la vegetación existente (Figura 6).
Fueron siete los temas que se abordaron en las entrevistas -sin un orden lineal- y que se organizaban de acuerdo a los intereses de los jóvenes entrevistados. Se indagó sobre (1) sus preferencias de calles; (2) la vida en ellas; (3) los distintos tipos de vida en ellas; (4) las razones por las cuales las calles se diferenciaban; (5) las fachadas y su influencia en la calle; (6) las experiencias surgidas a partir de caminar por las calles tipo; y (7) las características que debería tener la calle en la cual les gustaría vivir.
Las ideas y opiniones fueron procesadas por categorías de codificación que en una primera instancia permitía elevarlas a conceptos, compararlas y reajustarlas constantemente. Estos conceptos entran enfrentados entre ellos para desarrollar categorías que, luego, eran asociados por similitud en cualidades que se consideraron influían en los niveles de la disposición para empatizar con las calles.

Los resultados de este estudio no deben ser generalizados. Lo que se espera es que permitan abrir nuevos debates sobre el análisis de la interacción cotidiana entre las personas y sus calles. Por lo tanto, la intención no fue elaborar una teoría universal sobre la empatía con el entorno construido, sino enfocarse en un elemento -fachadas- y un caso -tres barrios de la ciudad de Lima- para empezar a abordar este complejo tema.
Las principales limitaciones se basaron en el reconocimiento de mis propios sesgos que pueden derivar del bagaje cultural, académico o socioeconómico.
Si bien el enfoque estuvo en las fachadas, esto no debe malinterpretarse asumiendo que es el único elemento de la calle que importa. Se trabajó con ellas porque se intentó problematizar su rol al ser elementos privados que influyen en la imagen pública de la ciudad que se construye diariamente. Son los elementos que dan el carácter habitacional de la calle y rápidamente se perciben visualmente.
Soy consciente de los peligros que involucra enfocarse en un solo sentido y desde un punto de vista -los peatones-, mas considero que trabajar con limitadas variables permitirá que nuevas investigaciones rescaten patrones que les ayuden a abordar este fenómeno desde los otros sentidos para así reconstruir la experiencia multi e intersensorial.
Se trabajó con un grupo social especial, jóvenes adultos limeños, por lo que se espera que los resultados posibiliten estudios con otros grupos sociales -niños, ancianos, discapacitados, etc.- y en otros contextos.
Finalmente, a pesar de considerar lo más equitativamente posible a hombres y mujeres, no se consideró un enfoque de género; esto no quiere decir que considere a la estructura de la sociedad como binaria, y puede haber sucedido por mi posición privilegiada de hombre heterosexual cisgénero que me permitía experimentar la calle de una manera distinta a la de otras personas. No obstante, he revelado contrastes que merecen ser abordados a profundidad en futuros estudios y con un diseño metodológico distinto.
Las percepciones e imaginarios urbanos que se construían alrededor de los dos tipos de fachadas seleccionadas revelaron diferencias que permitían a los jóvenes adultos entrevistados distinguir entre calles en donde simplemente se camina y calles en donde se puede salir a caminar.
La posibilidad de identificar cuando una calle permitía salir a caminar se relacionaba con el nivel de las personas para manifestar una disposición para empatizar con sus fachadas. Reconocer en ellas cualidades de su humanidad que les permitiese “sentirse dentro” de ellas.
Los hallazgos revelaron que existía una mayor disposición para empatizar con fachadas que eran consideradas como elementos que daban vida a la calle. Desplazarse por ese tipo de calles posibilitaba disfrutar el caminar, distraerse, apreciar y experimentar la ciudad; en otras palabras, salir a caminar.
Esta idea de vida hacía referencia a patrones de comportamiento social y a como las fachadas las posibilitaban o limitaban. Entre las diversas cualidades encontradas por los jóvenes entrevistados destacaban cinco a las cuales le dedicaban más tiempo para explicar. Estas eran la localización, la visibilidad, la variedad, el sentido de comunidad y la historización. No se encontró un orden o una jerarquía evidente -algunas personas priorizaban unas sobre otras- pero no era motivo suficiente como para generalizar. Identificar estas cualidades en las fachadas permitía aumentar la disposición para empatizar con la calle; cuando eso sucedía, el caminar adquiría un nuevo carácter y se podía salir a caminar.
La disposición para empatizar con las fachadas estaba influenciada por el entorno y podría resumirse como lo expresaba Elsa (mujer, 22 años), “depende de la zona”. La localización era necesaria conocer para empezar a comprender y controlar las limitaciones físicas.
La localización hacía referencia a la ubicación exacta de la calle y a cuál era el distrito limeño en el que se encontraba. Pues, para algunos de los jóvenes entrevistados existían prejuicios sobre algunas zonas en las cuales no saldrían a caminar por más “bellas” que sean sus fachadas, Elena (mujer, 27 años) explicaba:
“Bien, dependiendo el lugar dónde esté la calle ¿no? Si tú pones El Agustino o La Victoria… ¡Más miedo! ¿No? Porque inclusive las cuadras de acá son recontra altas, mejor dicho, largas. Son callejones, quintas. Yo, al menos, cuando paso por ahí estoy viendo. Porque de repente me jalan.”
Sin embargo, si los dos tipos de fachadas eran entendidas bajo las mismas condiciones, es decir, en un mismo entorno, las Tipo A eran las que aumentaban la disposición para salir a caminar.
La localización permitía reconocer barrios limeños en donde un determinado tipo de fachadas debía conservarse cuando se construía un nuevo edificio, Mateo (hombre, 23 años) explicaba, “Depende de donde esté ubicado [el nuevo edificio]. Si está ubicado en el Centro de Lima, yo prefiero que sea así [Tipo A].” Realizar esa asociación permitía identificar el carácter que se espera del lugar.
La localización interactuaba con las demás cualidades como un posibilitador, pues si la calle era asociada a un entorno favorable, permitía una mayor exploración. También posibilitaba identificar qué rodeaba a una calle o cómo se integraba a un sistema más complejo. Las relaciones eran graduales, de la fachada a la calle, de la calle al barrio y del barrio a la ciudad.
La visibilidad era la cualidad que tenían las fachadas para permitir su apreciación y que el caminar no fuera un simple desplazamiento. Era la manera más rápida de recopilar información del entorno físico inmediato para ejercer un cierto control.
Para “sentirse dentro” de las fachadas era necesario poder verlas y que estas se dejaran ver. Aquello diferenciaba la experiencia de caminar por las calles analizadas, Elsa (mujer, 22 años), comentaba: “En la de acá [Tipo A] se puede ver, y muchas veces en esta [Tipo B] no se puede ver nada”.
Las fachadas Tipo B eran percibidas como elementos que no se dejaban ver por los muros perimetrales que bloqueaban la visión. La imposibilidad de verlas propiciaba que las personas asociasen comportamientos específicos como los que Braulio (hombre, 24 años) explicaba, “Siento que solo debo seguir avanzando”. El caminar se aplanaba al solamente transitar.
Por el contrario, una calle con fachadas Tipo A permitía una mayor visibilidad, Marta (mujer, 40 años) resumía, “Es mucho más agradable a la vista.” A pesar de la existencia de un componente subjetivo en esas afinidades, la posibilidad de ver las fachadas marcaba una diferencia.
Poder verlas permitía lo que José (hombre, 30 años) mencionaba, “Te podrías quedar observando”. Concentrarse en lo que se está viendo, descubrirlo, entenderlo y comprenderlo a consecuencia de una curiosidad. Es lo que las ciencias cognitivas han venido demostrando: las fijaciones conducen a la exploración (Just y Carpenter, 1975; Sussman y Hollander, 2014).
Cuando los jóvenes entrevistados reconocían que podían realizar otras acciones en la calle además de caminar, como apreciarla y recorrerla visualmente, el caminar adquiría un nuevo carácter y se salía a caminar. Esa vieja práctica cobraba sentido y se realizaba. La posibilidad de aumentar o disminuir la disposición para empatizar con la calle interactuaba con la posibilidad de esta para permitir la visión de sus fachadas, con el nivel de su visibilidad.
La variedad era la cualidad de las fachadas para permitir explorar visualmente los detalles de su organización ornamental. La disposición para empatizar con la calle aumentaba o disminuía si se reconocía en sus fachadas una variedad ligada a la posibilidad de identificar en ella elementos con los cuales reconocerse.
La variedad de formas en las fachadas atraía a los jóvenes entrevistados e influía en sus percepciones para construir imaginarios urbanos del lugar, Katia (mujer, 28 años) explicaba:
“Mira, primero [esta fachada Tipo A] parece una iglesia. Aparte tiene más distribuciones en las ventanas. Un lugar para sentarse… Se ve más construido que otros. Tiene ventanas ovaladas. Como que se ve más familiar”.
La variedad permitía una mayor capacidad de elección, incrementándose las probabilidades de encontrar algo de sus preferencias. La particularidad dentro de la variedad. De esa manera, las fachadas Tipo A se distinguían de las Tipo B por su facilidad de identificar en su composición diversos elementos a diversas escalas. Las Tipo B limitaban esta aproximación por su dificultad para identificar elementos con los cuales comenzar una exploración visual, Karol (mujer, 22 años) explicaba:
“Estos edificios [con fachadas Tipo B], todos son muy literales. Como que toda luna, vidrio. A comparación de como las de acá [con fachadas Tipo A], en donde es más llamativo. Me parece más bonita”.
Aquella distinción influía en las percepciones e imaginarios urbanos sobre la calle, Ernesto (hombre, 21 años) comentaba: “bueno, por acá [calle con fachadas Tipo B], se siente más solitario, pasa menos gente”. Calles con fachadas que limitaban su visibilidad eran también con poca variedad, y eso se asumía como una calle que no tenía ningún atractivo para que las personas estén afuera y salgan a caminar.
La variedad también permitía imaginarse una diversidad de actividades en la calle: conversar con los demás, observar a las personas pasar o poner un negocio local. José (hombre, 30 años), explicaba:
“Por ejemplo acá [calle con fachadas Tipo A] hay más movimiento porque muchas personas abren en sus primeros pisos una bodega o un menú, y así hay una dinámica económica. Entonces, hay más actividad”.
No solo interesaba la posibilidad de ver físicamente las fachadas, también importaba comprender lo que se ve como algo con variedad.
El sentido de comunidad era la cualidad que tenían las fachadas para posibilitar que los diversos elementos que componían la calle interactuaran entre ellos intensamente. La variedad era organizada en un sistema más complejo que permitía a los jóvenes adultos entrevistados sumergirse en prácticas sociales con los cuales desarrollaban una afinidad.
La disposición para empatizar con la calle se relacionaba con los tipos de comportamientos sociales que uno se podría imaginar en ella, José (hombre, 30 años) explicaba:
“De las pocas o varias veces que he podido caminar por acá [calle con fachadas Tipo A], porque trabajo cerca, veo que acá es un trato cordial, con educación y está relacionado con el tipo de educación que tienen las personas. Son casas en donde hay un trato cordial sin ningún problema”.
Este imaginario construye a un tipo de vecino -educado y amable- ideal para una vida en comunidad. Sin embargo, es propiciado por la posibilidad de estar en la calle e interactuar con los demás, Marta (mujer, 40 años) explicaba: “entre los vecinos se conocen. Hay comunicación. No quiero decir que se lleven bien, pero se conocen”.
A diferencia de las fachadas Tipo A, las Tipo B eran asociadas con conductas similares a la indiferencia y aislamiento, comportamientos que para los jóvenes adultos entrevistados eran poco pertinentes para la convivencia, Caleb (hombre, 34 años), explicaba: “acá [calle con fachadas Tipo B] yo lo percibo como… lo que te digo ahorita ¿No? Solitario, o sea, llegan de frente a su casa y se quedan dentro de su casa o departamento”.
Ese aislamiento era asociado a una ausencia de personas en la calle y a una poca interacción entre vecinos que hacía necesario la creación de normas en favor de un individualismo y alejadas de la negociación, José (hombre, 30 años) explicaba:
“¡Ah! Esto [calle con fachadas Tipo B] es como Miraflores y aquí sí el trato es un poco más frio. Poca interacción. Yo he trabajado por detrás de Larcomar, donde hay un montón de edificios, y ahí ponen más vigilancia, por ejemplo. Pero de lo que he visto, sí acá el trato es más frio. No hay mucha cordialidad”.
La mitad de las jóvenes entrevistadas fueron mujeres y con sus relatos se manifestaban los problemas que tenían que afrontar cuando caminaban por la ciudad de Lima. Si bien un enfoque de género no fue considerado, es importante destacar las diferencias, pues muchos de sus comentarios se resumían en que no importaba en dónde o cómo eran las fachadas, pues estar en la calle ya era inseguro. Patricia (mujer, 21 años) explicaba:
“No me sentiría más segura en ninguna de las dos [calles] ¿Sabes? Porque la delincuencia está en todos lados. Si yo paso por una zona tranquila ¿Cómo puedo saber si en la esquina me está esperando un choro? Las dos calles son bonitas pero la delincuencia esta por todos lados. Puedes estar en una calle tranquila y ¡Te pueden robar en el día! ¡Eso es verdad pues! Es la pura verdad”.
Si bien para los entrevistados hombres las cualidades que buscaban en una calle eran variadas, para las jóvenes mujeres sus preocupaciones estaban dominadas por una percepción de seguridad. No obstante, si esa percepción era controlada tenían una disposición para salir a caminar en calles con fachadas Tipo A.
Identificar que las fachadas propicien un alto nivel del sentido de comunidad posibilitaba percibir la calle como un lugar con vida, con gente en la calle a pesar de no verlas, imaginarse la posibilidad de vivir en ellas.
La historización era la cualidad de las fachadas que posibilitaba un vínculo con el pasado, con los hechos que sucedieron en la calle y con las personas que lo hicieron. La disposición para empatizar con la calle podía aumentar o disminuir si se reconocía en las fachadas una historia detrás, verdadera o no, pero que permitiese no sentirse solo.
Los jóvenes entrevistados mostraban una mayor disposición para empatizar con las calles cuando podían historizar sus fachadas y hacer una reminiscencia del ambiente construido. Involucraba relacionarlas con costumbres y/o vivencias que marcaron la vida de los vecinos, constituyendo parte de su identidad como individuo, calle, barrio o ciudad.
Los jóvenes entrevistados catalogaban las fachadas Tipo A como “antiguas” y eran inscritas en un discurso que evocaba la identidad de Lima. Julián (hombre, 25 años), explicaba: “Como que forma parte del Perú, de lo nuestro, de las casas de antaño ¿No?... Es más clásica. A la Lima”.
Una idea de identidad emergía a partir de las historias que la soportaban y, para la ciudad de Lima, lo colonial era lo más recurrente. Aquellas fachadas no fueron hechas en esa época ni eran del mismo estilo formal, sin embargo, la manera de organizarlas ornamentalmente hacia recordarlas.
Por otro lado, las fachadas Tipo B eran identificadas como “modernas” y eran constantemente diferenciadas de las Tipo A. Entre las razones, la más recurrente hacía referencia a una cualidad atemporal, John (hombre, 32 años), explicaba: “Por lo clásico… Más que todo por lo clásico. Esta [fachada Tipo B] es más… Ya no hay nada. Vas de frente. A diferencia de la arquitectura de acá [con fachadas Tipo A]”.
Es importante destacar que no era relevante identificar qué entendían los jóvenes entrevistados por “clásico” o “moderno”; lo interesante era que usaban esos adjetivos para distinguir entre fachadas que podían historizar y no.
La importancia de contar historias no ha radicado en su veracidad, sino en su capacidad para transmitir información relevante, como conocimientos ancestrales, tradiciones, costumbres culturales o valores morales (Young y Saver, 2001). Contar una historia atractiva sobre algo no depende únicamente de la habilidad de quien lo cuenta, sino también de que las características formales del objeto lo permitan.
Salir a caminar por la ciudad es andar sin tener lugar (Certeau, 2000). Es caminar sin un objetivo en particular, mostrar una disposición para experimentar la vida de la ciudad y, a partir de ahí, recopilar información para construir conocimiento. Por tal motivo, nunca haber visitado las ciudades de Lima, Santiago o Buenos Aires es impedimento para salir a caminar por sus calles.
A pesar de que todas las calles sean físicamente caminables, no todas permiten salir a caminar. Caminar a través de una calle no implica generar un vínculo con esta que permita disfrutarlo o mostrar una disposición para la exploración o descubrimiento. Para lograrlo se necesitaba mostrar una disposición para empatizar con ella.
Esta disposición para empatizar era entendida como la capacidad para sentirse dentro de ellas, reconociendo e identificando cualidades con las cuales familiarizarse.
El principal hallazgo fue revelar que las fachadas influían en esta disposición a través de las percepciones e imaginarios urbanos que se construían y proyectaban hacia la calle. En otras palabras: se develó una relación entre un tipo de fachada y las experiencias que se esperaban encontrar en sus calles.
El tipo de fachadas que incrementaba la disposición para empatizar eran las consideradas con un elevado nivel de vida. Este nivel se relacionaba a las cualidades de localización, visibilidad, variedad, sentido de comunidad e historización. Por ende, no existían fachadas sin vida sino estériles; fachadas con bajo nivel de vida que no podían proyectarla hacia la calle.
La vida de las fachadas no era entendida desde un punto de vista biológico, sino en las posibilidades para identificarse y reconocerse en ellas. Aquello no debe malinterpretarse como un tipo de preferencia o gusto, pues algo podría ser desagradable pero no por eso con menos vida. Puede disgustarnos el dolor o el sufrimiento, pero eso no las aparta de la experiencia de estar vivos.
Caminar por calles con fachadas que daban vida era salir a caminar. Una disposición para empatizar con las fachadas permitía esa complejización. La vida de las cosas no era entendida aisladamente, sino en una interacción con su entorno, en cómo se ensamblaba e influían en él. Las fachadas Tipo A, además de poseer un elevado nivel de vida, podían proyectarla hacia la calle permitiendo asociarlas a experiencias sociales con las cuales los jóvenes entrevistados mostraban una alta afinidad y que, además, dotaban de vida a la calle.
Que las fachadas de las calles permitan a las personas salir a caminar, implica comprender a estas como los espacios públicos que son. Permitir el disfrute de sus ciudades y democratizar la experiencia en ellas. Posibilitar que las distintas personas se encuentren y se enteren de las diversas vicisitudes por las que atraviesan. Hacer de nuestras ciudades más empáticas.
Todo lo anterior es opcional. Sin embargo, es necesario que exista aquella posibilidad, pues no todos comprenden la calle como un simple camino para llegar a algún lugar.
Esto no significa que las calles con fachadas Tipo B ejemplificaban todo lo negativo de nuestras ciudades, sino que, más bien, estaban limitando y encasillando la experiencia de caminar a una mono funcional. La calle aún existía, pero no se identificaba rastro de gente en ella.
El entorno construido puede posibilitar o limitar ciertas acciones, algunas serán favorables para la convivencia y otras no. Analizar las respuestas -no solo físicas sino también mentales- de las personas ayudaría a comprender cómo se conectan con lo que las rodea, cómo está limitando su desenvolvimiento y qué se puede hacer al respecto.
Cuando las fachadas de una calle invitan salir a caminar -es decir, pasear- la ciudad no es ajena. Explorarla está a nuestro alcance y podemos empezar a sentirnos dentro y parte de ella.
El enfoque cualitativo del estudio permitió indagar en las percepciones e imaginarios urbanos que se construían alrededor de las fachadas. Las herramientas gráficas sirvieron para controlar variables y enfocarse exclusivamente en la organización ornamental. Si bien salir a caminar es una actividad multisensorial, analizarlas visualmente permitió encontrar patrones para abordar esta compleja experiencia.
Las diversas opiniones de los jóvenes adultos limeños entrevistados que caminaban por las calles seleccionadas eran codificadas para ser analizadas por similitud o discrepancia. Cuando se hallaban semejanzas transversales en los distintos barrios, las categorías conceptuales se intensificaban para crear propiedades que explicaban aquellas percepciones e imaginarios urbanos.
Los barrios limeños de Lince, Jesús María y Santa Beatriz facilitaron la comparación de calles al ser barrios con una intensa actividad de la industria inmobiliaria. Se ha argumentado que para salir a caminar, las fachadas de las calles debían aumentar la disposición para empatizar con ellas. Entre las cualidades formales de las fachadas que mayor influencia tenían sobre esa disposición se encontraban: (1) la localización -nivel de una fachada para ser asociada a un entorno favorable-; (2) la visibilidad -nivel para permitir fijaciones y exploraciones visuales-; (3) la variedad -nivel para permitir experiencias diversas-; (4) el sentido de comunidad -nivel para asociarlas a una idea de colectividad-; y (5) la historización -nivel para vincularlas con reminiscencias-.
La presencia de un gran nivel de todas esas cualidades identificaba a la fachada como una que daba vida. Las Tipo A eran las que facilitaban esa comprensión y las percepciones e imaginarios urbanos dirigían la experiencia hacia un aumento de la disposición para empatizar con ellas. Caminar a través de este tipo de calles era salir a caminar.
Las fachadas son solo un componente más de las diversas razones que pueden existir para que una persona decida salir a caminar. Sin embargo, son las fachadas las que dan carácter habitacional a la calle. Revelar su influencia ha permitido entender mejor nuestra interacción con las calles para aprovechar las oportunidades de mejorar nuestras ciudades.








