Dosier

Del barrio al conjunto: Espacio público y sociabilidad en la vivienda social de Santiago

From the Neighborhood to the Housing Complex: Public Space and Sociability of Social Housing in Santiago

Felipe Link
Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile
Andrés Señoret
Universidad Tecnológica Metropolitana, Chile
Cristhian Figueroa Martínez
Centro de Desarrollo Urbano Sustentable, Chile

Del barrio al conjunto: Espacio público y sociabilidad en la vivienda social de Santiago

Revista INVI, vol. 37, núm. 106, pp. 49-73, 2022

Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda

Recepción: 20 Mayo 2022

Aprobación: 18 Octubre 2022

Financiamiento

Fuente: Fondecyt

Nº de contrato: 1190724

Financiamiento

Fuente: Fondecyt

Nº de contrato: 1221332

Financiamiento

Fuente: Fondap

Nº de contrato: 15130009

Financiamiento

Fuente: Fondap

Nº de contrato: 15110020

Descripción del financiamiento: Trabajo realizado en el contexto de los siguientes proyectos de la Agencia Nacional de Investigación (ANID): Fondecyt 1190724 y Fondecyt 1221332, Fondap 15130009 y Fondap 15110020.

Resumen: La política habitacional chilena sufrió una profunda transformación durante las últimas décadas. En los años sesenta e inicios de los setenta emergió un modelo basado en atributos comunitarios, promoviendo la organización vecinal y la construcción de barrios bien equipados que contaban con abundante espacio público. En 1973, el foco cambió con la instalación de un modelo subsidiario que promovió la postulación familiar e individual con menos atención al desarrollo colectivo del hábitat residencial. Aunque la continuidad de este modelo hasta la actualidad ha logrado una significativa reducción del déficit habitacional, no ha podido reconstituir un espacio residencial de vínculos comunitarios. Este artículo indaga en las consecuencias de ambos modelos, tanto en la configuración y uso del espacio público, como en la sociabilidad vecinal de sus habitantes mediante un análisis de dos proyectos de vivienda social en Santiago de Chile. Los resultados reafirman la relevancia de la historia y organización barrial, pero también evidencian la importancia del espacio público planificado y de la configuración del entorno construido como dimensiones que pueden motivar o inhibir prácticas sociales.

Palabras clave: Espacio público, entorno construido, organización social, sociabilidad barrial, vivienda social.

Abstract: Chilean housing policy has suffered a profound transformation during the last decades. In the sixties and the beginning of the seventies, a model emerged based on community attributes, promoting community organization and the construction of well-provided neighborhoods that, in addition, had abundant public space. In 1973, the focus shifted with the implementation of a subsidiary model that promoted single-family and individual solutions and payed far less attention to the collective development of the residential habitat. Although the continuation of this model until today has significantly reduced the housing shortage, it has been unable to reproduce a residential space of community ties. This article aims to investigate the impacts of both models on the configuration, use and appropriation of the public space and the neighborhood sociability of the residents through a multi-methods analysis of two social housing projects located in Santiago de Chile. The findings reaffirm the relevance of the history and the organization of the neighborhoods, but also confirm the significance of planned public spaces and the arrangement of the built environment as dimensions that can promote or suppress social practices.

Keywords: Built environment, neighborhood sociability, public space, social housing, social organization.

Introducción

Una de las más profundas transformaciones generadas por el neoliberalismo en Chile fue el giro radical en la política habitacional y en el modelo de provisión de vivienda social. Anteriormente, durante la década de 1960 y comienzos de la siguiente, prevaleció la formalización de asentamientos irregulares, con un rol preponderante de la organización entre vecinos, además de una preocupación por parte del Estado sobre la configuración del barrio, el espacio público y los servicios a escala barrial (Ramón, 1990; Raposo, 2001). En contraste, las políticas neoliberales, articuladas en dictadura y profundizadas en democracia, buscaron disminuir el déficit habitacional incrementando la producción de vivienda, pero promoviendo la erradicación de familias hacia las periferias y prestando poca atención a la organización social, al espacio público y a la provisión de servicios (Rodríguez y Sugranyes, 2004; Tokman, 2006). Al respecto, existe un amplio consenso sobre los impactos perjudiciales que tuvo este giro sobre las ciudades chilenas y la vida cotidiana de sus habitantes (Rodríguez y Winchester, 2001), sin embargo, poco se conoce sobre los impactos de la configuración del espacio público en los patrones de encuentro y sociabilidad barrial de sus habitantes.

Para analizar el modo en que la configuración espacial del barrio influye en la sociabilidad y el uso del espacio público a escala barrial, el artículo reporta los resultados cuantitativos y cualitativos de encuestas, grupos focales y entrevistas de redes sociales realizadas en dos barrios de Santiago de Chile que representan los modelos descritos anteriormente: Villa Juanita Aguirre, construida en la década de 1960 bajo políticas de vivienda incremental que buscaron fortalecer lo colectivo, y Villa Los Andes, construida a partir de 1990 por políticas subsidiarias que configuraron espacios precarios y segregados del resto de la ciudad. Mediante dicho análisis se pretende comprender cómo la transición de un modelo de vivienda social con un fuerte rol de lo colectivo, tanto morfológica como organizacionalmente, a otro basado en criterios subsidiarios e individualistas, tuvo un impacto en las prácticas sociales en el espacio público y específicamente, en el uso, apropiación e interacción social a escala local.

Transformaciones de la política de vivienda social

Las décadas de 1950 y 1960 y parte de la siguiente son usualmente señaladas como un momento clave para las políticas de vivienda chilena. Es un periodo de consolidación de la institucionalidad en el que se abrieron múltiples canales para acoger la entonces fuerte organización popular. Se crearon nuevos mecanismos de participación e intervención urbana para atender a los distintos segmentos de la sociedad chilena y se masificaron soluciones de vivienda que, como la autoconstrucción, habían tenido un limitado alcance (Ramón, 1990). Partiendo del diagnóstico de que los principales problemas asociados a la vivienda eran la inseguridad que causaba habitar terrenos ilegalmente ocupados, riesgosos y/o insalubres, la política pública se concibió bajo la idea de que la vivienda podía ser “autoconstruida” por los propios habitantes (Quintana, 2014), permitiendo al Estado enfocarse en la provisión de suelo urbano y en la generación de condiciones apropiadas para el “progreso colectivo” (Ministerio de Vivienda y Urbanismo [MINVU], 2004). Se incentivó la participación ciudadana mediante leyes que formalizaban la organización comunitaria y procesos que involucraron activamente a las comunidades en la toma de decisiones (e. g., adquisición del terreno, diseño del conjunto) que conllevaría a la construcción, y posterior consolidación, de un nuevo barrio (Ramón, 1990). Mientras que, a través de la estructura urbana de los nuevos barrios, se buscó promover el encuentro y la construcción de lazos entre los vecinos (Figueroa y Forray, 2015).

Un barrio típico erigido durante este período comenzaría con la entrega de lotes (usualmente sobre los 160 m2) conectados a servicios básicos (e. g., agua potable, saneamiento) y estaría dividido en grandes unidades por amplias calles. En el centro de aquellas unidades se instalarían equipamientos comerciales, de salud, educación y deportivos, que serían el lugar de encuentro de los habitantes (Figueroa y Forray, 2015; Raposo, 2001). Este esquema, sin embargo, quedó inconcluso en la mayoría de los barrios. En casos relativamente afortunados, los barrios terminaron con espacio reservado para futuros equipamientos. Otros se mantuvieron sin equipamientos ni servicios públicos hasta ser incorporados a los planes de saneamiento en la década de los 1980 (Hidalgo, 2005).

Este modelo de provisión de vivienda social queda truncado por la dictadura (1973 - 1990) donde se consolida lo que algunos denominan “neoliberalismo urbano” (Brenner y Theodore, 2002). El Estado se replegó y adquirió un carácter subsidiario, transfiriendo funciones a recién formados gobiernos locales, reduciendo los mecanismos de control en mercados claves (e. g., suelo urbano) y promoviendo el ingreso de actores privados a sectores como la salud, la educación y especialmente la vivienda (Slachevsky, 2015). Ante un creciente déficit habitacional, las políticas de este periodo se enfocaron en la provisión de unidades de vivienda que serían provistas por privados en un sistema de licitaciones que premiaría a los proyectos más rentables. Una vez completadas, las viviendas serían parte de un “stock” al que podrían postular personas beneficiadas por subsidios individuales sin necesidad de estar previamente organizadas (Tokman, 2006), priorizando la postulación individual de las familias por sobre la organización colectiva (Rodríguez y Sugranyes, 2004).

Además de entregar unidades de vivienda de 40 m2 o menos, los barrios creados por dicha política quedaron constituidos por bloques de departamentos situados sobre espacios de uso comunitario, viviendas unifamiliares en lotes pequeños o una mixtura de ambas soluciones. La estructura de calles tendió a seguir un patrón de maximización del uso del espacio para acomodar un mayor número de viviendas. Esquemas de “peine” o “espina de pez” en donde numerosos pasajes, muchas veces sin salida, convergen en una sola calle que, además, es usualmente la única conexión entre el interior y el exterior del barrio. En comparación a los barrios construidos antes de la dictadura, las calles son más angostas; mientras que las áreas verdes y los espacios reservados para equipamientos son escasos. La mayoría de los servicios y equipamientos se localizó con posterioridad en terrenos adyacentes a los nuevos barrios (Figueroa et al., 2019).

Bajo este modelo se construyeron viviendas a niveles nunca vistos en el país (Simian, 2010), logrando disminuir considerablemente el déficit habitacional. No obstante, se profundizaron históricos patrones de segregación socio-espacial y muchas de las desigualdades que caracterizan al Santiago actual (Rodríguez y Sugranyes, 2004; Rodríguez y Winchester, 2001). El modelo que premia a las propuestas más económicas se tradujo en la construcción de barrios en suelos de bajo costo, en las afueras de la ciudad (Sabatini, 2000). El uso intensivo del suelo y la limitada conectividad de los nuevos barrios fragmentaron el territorio (Figueroa et al., 2019). El reducido tamaño de las viviendas propició la auto-construcción que, especialmente en conjuntos de bloques de departamentos, ocupó espacios comunitarios y aceleró el deterioro del que muchos barrios sufren hasta hoy (Olivares, 2018). El desplazamiento de familias desde distintos lugares de la ciudad, en combinación con otros factores como la postulación individual y la poca relevancia dada a la organización social, parece haber impactado negativamente en la cohesión barrial (Márquez, 2004; Sabatini y Wormald, 2013).

En décadas recientes, una serie de iniciativas de mejoramiento urbano (e. g., Quiero mi Barrio) han buscado revertir el deterioro socio-espacial del que sufren los barrios construidos por políticas subsidiarias y algunos erigidos por programas de vivienda de carácter colaborativo. Aquellas iniciativas han vuelto a situar al espacio público y la organización comunitaria en el centro de la discusión y, con distintos grados de éxito, han abierto canales de participación ciudadana y provisto de lugares de encuentro a barrios que se encuentran en críticas condiciones (MINVU, 2018a, 2018b). Sin embargo, este cambio contrasta con otros aspectos de las políticas de vivienda (e. g., localización periférica) que no han sufrido cambios significativos (Hidalgo et al., 2019).

Sociabilidad barrial y espacio público

Desde la sociología, una serie de autores han destacado la importancia del barrio como espacio de sociabilidad (Guest et al., 2006) a partir de conceptos como “villas urbanas” (Gans, 1982) o “barrios salvados” (Suttles, 1972). Otros autores han explorado las prácticas que fortalecen la sociabilidad barrial, como visitar a los vecinos, mantener conversaciones habituales (Völker et al., 2007), o el intercambio de favores (Wellman y Wortley, 1990). En este contexto, se ha afirmado que los habitantes de menor nivel socio-económico tienen más vínculos en el barrio que aquellos de mayores ingresos (Carrasco et al., 2008), lo que representa, por un lado, un mayor capital social potencial, pero al mismo tiempo, una dificultad para aprovechar la geografía de oportunidades a escala urbana.

Por otro lado, diversos autores han estudiado la relación entre espacio público y sociabilidad barrial (Jacobs, 2011), bajo la idea de que la configuración espacial del barrio puede promover la reproducción de vínculos locales, al incentivar el uso peatonal y la interacción social. Se ha establecido que tanto las densidades muy bajas como las muy altas dificultan la interacción en el espacio público (Talen, 1999). Por otra parte, una mayor diversidad de usos de suelo permitiría la realización de una mayor cantidad de actividades cotidianas en el barrio, aumentando su “vitalidad” e incrementando las oportunidades de contacto (Montgomery, 1997). Mientras que los espacios públicos de calidad, con amenidades (e. g., mobiliario urbano), diseños orientados al peatón (e. g., veredas anchas) y bordes “porosos” también promueven el uso cotidiano y el contacto social (Gehl, 1987).

Aunque esta literatura es criticada por no profundizar ni definir las relaciones sociales que emergen a partir del uso cotidiano del espacio público (Link et al., 2022), otros autores han buscado entender el tipo de vínculo que surge a partir de dichos encuentros. Blokland y Nast (2014) rescatan el concepto de “familiaridad pública” (Fischer, 1982) para referirse a los vínculos débiles y ausentes que emergen a partir de la interacción social en el espacio público, constituyendo un tipo de sociabilidad anclada en las prácticas cotidianas de los habitantes (Henning y Lieberg, 1996). Se trata de encuentros cotidianos que ocurren en determinados espacios a escala local, que no constituyen necesariamente una red de capital social, pero que sí proveen de un sentido de pertenencia y apropiación del espacio (Felder, 2021). Mientras que otros estudios destacan la importancia de las organizaciones sociales para la sociabilidad barrial por sobre la interacción en el espacio público (Swaroop y Morenoff, 2006), ya que estas generan “espacios parroquiales” (Neal et al., 2019) o lugares de “convivialidad” entre los distintos habitantes que disminuirían la incertidumbre frente al otro y generarían oportunidades de contacto (Small, 2002).

Sin embargo, el mero encuentro entre los habitantes en el espacio público no sería suficiente para el surgimiento de vínculos vecinales o de “familiaridad pública”. Valentine (2008) indica que estas “geografías del encuentro” confunden la civilidad y la cordialidad características de la vida urbana con los vínculos propiamente vecinales. Es perfectamente posible que un habitante salude a sus vecinos todos los días, pero que la mala opinión que tenga sobre ellos impida el establecimiento de un vínculo duradero, restringiendo su sentido de comunidad. En la misma línea, para Blokland y Schultze (2017) es necesario que existan pautas culturales comunes y cierta identificación entre los habitantes para que los encuentros cotidianos devengan en vínculos de vecindad. Siguiendo con lo anterior, otros sugieren que las perspectivas tradicionales no consideran las maneras en que el espacio público adquiere significado, ya sea reflejando la esfera sociocultural (Næss, 2016) o reproduciendo desigualdades (Figueroa et al., 2019) y, por lo tanto, sugieren que una mayor presencia de peatones y reconocimiento en el espacio público no necesariamente se traduce en una mayor sociabilidad efectiva (Mouratidis y Poortinga, 2020). Por otra parte, diversos autores, especialmente latinoamericanos, han explorado las distintas disputas y fenómenos de apropiación que se dan en el espacio público (Fernández, 2013; Guadarrama y Pichardo, 2021; Portal, 2009; Saraví, 2004; Urzúa, 2015) y cómo este se ha transformado en las últimas décadas por el miedo y la privatización (Dávila y Aguiar, 2015; Low, 2005; Rodríguez-Caporalli, 2016). Aguilar y Capron (2022) caracterizan esta compleja relación a partir del análisis de las banquetas y la desconfianza que se produce con consecuencias sobre el uso y apropiación del espacio público. En América Latina, la inseguridad y la violencia son elementos ineludibles para la comprensión de la relación entre sociabilidad y espacio público (Lindón, 2006). Habitar el espacio está condicionado por causas estructurales. Siguiendo a Duhau y Giglia “el desorden que predomina en los espacios urbanos no es más que la manifestación de otros fenómenos, más profundos” (2008, p. 12).

A partir de estas discusiones este trabajo se pregunta, en los conjuntos analizados, por el rol que juega la configuración del espacio público en los patrones de sociabilidad de los habitantes, la influencia de otros atributos como la organización barrial o la percepción sobre el barrio y los vecinos, así como el impacto de estas dos formas disímiles de concebir la vivienda social (enfoque en la familia y la vivienda versus la comunidad y el barrio) en los patrones de sociabilidad barrial de sus habitantes.

Metodología

Este artículo es parte de una investigación mayor cuyo objetivo fue analizar los patrones de sociabilidad barrial en barrios representativos del Área Metropolitana de Santiago (Link y Valenzuela, 2018). Los barrios seleccionados para este trabajo corresponden a Villa Los Andes, localizado en la comuna de San Bernardo en el extremo sur de Santiago, y Juanita Aguirre, ubicado en la comuna de Conchalí, en el sector norte del área metropolitana (Figura 1).

Casos de estudio en el Área Metropolitana de Santiago.
Figura 1
Casos de estudio en el Área Metropolitana de Santiago.

Se realizaron cuatro grupos focales a habitantes de Juanita Aguirre y Villa Los Andes. Para cada conjunto se aplicaron dos grupos: uno para jóvenes de entre 18 y 39 años y otro para residentes mayores de 40 años. En cada instancia participaron entre seis y ocho habitantes, manteniendo cierta paridad entre hombres y mujeres, y se conversó sobre el uso del barrio, la interacción social entre vecinos, sociabilidad barrial y percepción sobre el barrio y la comunidad. Las instancias fueron presenciales y se grabaron en audio, siendo transcritas y posteriormente analizadas mediante técnicas de codificación abierta a partir de software de análisis cualitativo.

Para indagar en la configuración espacial de los barrios y su espacio público se analizó el entorno construido de cada uno, a partir de datos secundarios estadísticos y geoespaciales (Instituto Nacional de Estadísticas [INE], 2018, Observatorio de Ciudades UC, 2021). Además, se analizaron los datos de una encuesta aplicada a 1.175 habitantes de los 10 barrios analizados en el contexto del estudio, (aproximadamente 120 casos por barrio). En el cuestionario, dirigido a los jefes de hogar, se consultó sobre temas relacionados a las características sociodemográficas de los miembros del hogar, el uso cotidiano del barrio, sus prácticas de sociabilidad barrial y la percepción de los habitantes sobre su barrio, sus vecinos y su comunidad, siendo sus variables dicotomizadas entre valores “bajos” y “altos”, según un puntaje de corte del 75%. Para comparar los barrios de Juanita Aguirre y Villa Los Andes se analizaron los resultados correspondientes a cada barrio (considerando un total de 117 y 118 encuestas respectivamente) junto al promedio obtenido por los 10 barrios del estudio como parámetro de comparación. Por último, se analizaron 20 entrevistas de redes personales realizadas a 10 habitantes de cada barrio en las cuales se profundizó en los vínculos sociales.

Configuración del barrio, espacio público y características de los habitantes

Villa Juanita Aguirre posee un área de 106 ha, una densidad relativamente baja (93 hab./ha) y un porcentaje elevado de suelo público. Más de un tercio del área total de la villa es espacio público (33,6%) y más de un quinto es de uso peatonal (20,9%). Una métrica elevada si se compara con el promedio de todas las áreas estudiadas (16,9%, verTabla 1). Un 4,9% de la superficie total se encuentra ocupada por usos distintos al residencial, teniendo una diversidad de uso de suelo (13%) que supera el promedio de los barrios estudiados (10,2%). La villa tiene un importante número de equipamientos al interior; centros educacionales, de salud, comunitarios y deportivos que se complementan con los desarrollos ligados al cordón industrial con el que limita hacia el norte (Figura 2). El barrio permite “hacer de todo […] ir al consultorio, [resolver] el tema de las cuentas, comprar cosas para la casa” (Hombre, 23 años, Juanita Aguirre). Un 39% de los residentes de este barrio percibe una alta cercanía a equipamientos (Tabla 1).

Tabla 1
Casos de estudio en el Área Metropolitana de Santiago. Fuente: Elaboración propia, INE, 2018 y Observatorio de Ciudades UC, 2021.
Casos de estudio en el Área Metropolitana de Santiago. Fuente: Elaboración propia, INE, 2018 y Observatorio de Ciudades UC, 2021.

La villa, sin embargo, comenzó en precarias condiciones. Fue edificada en lo que en ese entonces eran los márgenes de la ciudad bajo políticas que buscaban promover la construcción de vínculos comunitarios a través de la estructura urbana y el espacio público. Siguiendo aquellos lineamientos, Juanita Aguirre se estructuró en “capas”. En una primera capa se distinguen amplias vías que atraviesan la villa y la conectan con el resto de la ciudad. En una segunda capa se reconocen dos ejes interiores que atraviesan el centro y el sur de la villa y la comunican con las distintas áreas de servicios comunitarios (Figura 2). En el eje ubicado en el centro se ubican el centro de salud, espacios deportivos y equipamientos educacionales y está estructurado sobre una calle con amplias aceras. En el eje sur se localizan equipamientos educacionales y otros de menor tamaño y está conectado por una red de pasajes. Esta estructura urbana aún resuena en la vida cotidiana de sus residentes. Mirando hacia el pasado, los habitantes mencionan el rol fundamental de los espacios públicos en la construcción de la comunidad, mientras que destacan su importancia actual; los equipamientos siguen siendo lugares en los que se construyen vínculos que nutren la vida pública del barrio.

Estructura de Villa Juanita Aguirre.
Figura 2
Estructura de Villa Juanita Aguirre.

Villa Los Andes es un sector de 90 ha que se caracteriza por un uso intensivo del suelo y por sus elevadas densidades (304 hab./ha). El espacio dedicado al peatón es escaso (17,5%), mientras que la superficie ocupada por usos de suelo distintos al residencial también es baja (1,67%). Los equipamientos están, además, dispersos por el territorio (Figura 3). La villa posee un marcado carácter residencial (sólo 5,8% de los inmuebles no son residencias) que fuerza a los residentes a salir del barrio para resolver sus necesidades cotidianas: “la gran mayoría de las cosas que hago las hago afuera, estudié afuera de la comuna, voy a la iglesia afuera de la comuna, juego a la pelota afuera de la comuna” (Hombre, 27 años, Villa Los Andes). Apenas un 16% de los encuestados del barrio declaró una alta cercanía a equipamiento y servicios (Tabla 1).

La villa es parte de la periferia, terrenos que en décadas recientes fueron incorporados a la ciudad: “cuando llegamos no había nada, […] eran peladeros y viñas” (Hombre, 27 años, Villa Los Andes). Es una sumatoria de diecisiete conjuntos de viviendas unifamiliares y bloques de departamentos que fueron edificados entre 1997 y 2004 bajo el amparo de políticas subsidiarias que dieron solución a pequeños comités provenientes de distintos lugares de Santiago. Cada conjunto posee superficies ocupadas por equipamientos proporcionalmente pequeños, limitadas conexiones con el entorno y tramas urbanas distintivas que buscaron acomodar el mayor número de viviendas posible (Figura 3). Si bien el porcentaje de espacio público (33,3%) supera el promedio de Santiago (Tabla 1), la mayor parte es espacio exclusivamente vehicular o de uso compartido. El sector está estructurado sobre una densa red de calles con angostas veredas y pasajes con una única calzada que comparten vehículos y peatones. En los conjuntos compuestos por viviendas unifamiliares, muchos de estos pasajes se encuentran enrejados (Figura 3). Mientras que en los conjuntos de bloques se encuentran flanqueados por rejas y ampliaciones irregulares que han configurado fachadas opacas que proveen poca vigilancia natural (Jacobs, 2011). Las áreas verdes son pequeñas y se encuentran deterioradas (Figura 3).

Estructura de Villa Los Andes.
Figura 3
Estructura de Villa Los Andes.

Con respecto a sus habitantes, ambos barrios son representativos de los procesos urbanos que les dieron forma (Tabla 1). La población de los dos presenta un bajo nivel socio-económico, ligeramente más alto en Juanita Aguirre (24,7) que en Villa Los Andes (19,1), pero bajo el promedio del total de barrios investigados (40,7). Juanita Aguirre presenta también una población más envejecida y con mayor antigüedad en el sector. La edad de los jefes de hogar bordea los 47 años y sus residentes llevan, en promedio, 30 años de residencia en el barrio, atributo que suele considerarse como indicativo de una mayor sociabilidad barrial (Carrasco et al., 2008). Los jefes de hogar de Villa Los Andes, por otro lado, son más jóvenes (39 años promedio) y llevan menos tiempo residiendo en el barrio (12,9 años promedio). Asimismo, mientras que un 69% de los habitantes de Juanita Aguirre son originarios de la misma comuna, solo un 45% de la población de Villa Los Andes presenta dicha situación.

La estructura de las redes personales de los habitantes de ambos barrios no difiere mucho entre sí (Tabla 2). Ambos presentan redes personales más densas que el promedio del total de barrios; gran parte de sus vínculos se conocen entre sí y un alto porcentaje corresponden a vecinos (16% en Juanita Aguirre, 19% en Villa Los Andes). A esto se suma que un 44% de los vínculos de Juanita Aguirre y un 38% de Villa Los Andes residen en el mismo barrio, ambos valores por sobre el promedio del total de barrios analizados (34%).

Pero al profundizar en sus prácticas de sociabilidad barrial, emergen diferencias importantes. Los residentes de Juanita Aguirre destacaron cómo el largo proceso de consolidación de la villa y la relevancia que tuvo la comunidad en la transición desde un barrio precario a uno bien equipado les facilitaron la construcción de lazos: “entre los pasajes se conocen todos… hay buena comunicación… es que uno se ve mucho con la misma gente, porque es un barrio antiguo” (Mujer, 56 años, Juanita Aguirre). En contraste, la sociabilidad entre los habitantes de Villa Los Andes parece estar debilitada por los mecanismos que originaron el barrio (e. g., erradicaciones, carencia de organización) y ligada casi exclusivamente al mero hecho de vivir en el mismo lugar: “llegué como a los 15 años acá, entonces típico que uno se juntaba afuera de la puerta de un vecino […] y entonces así vas conociendo a los vecinos” (Hombre, 33 años, Villa Los Andes).

Tabla 2
Análisis de redes sociales y prácticas de sociabilidad. Fuente: Elaboración propia.
Análisis de redes sociales y prácticas de sociabilidad. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas de sociabilidad barrial en el espacio público

Conociendo las diferencias que presentan los barrios en relación a sus atributos urbanos y a la sociabilidad de sus habitantes, cabe preguntarse sobre el rol que cumpliría la configuración del barrio y de su espacio público en sus patrones de sociabilidad barrial.

Los residentes de Juanita Aguirre consistentemente destacaron las cualidades positivas de los espacios públicos de su barrio. Las calles y las veredas fueron caracterizadas como amplias “en comparación con otras poblaciones, que son “‘pasajitos’ ínfimos” (Mujer, 30 años, Juanita Aguirre). Además, la diversidad de usos fue descrita como un atributo que les permite resolver un buen número de necesidades caminando, dándole vitalidad a los espacios públicos de la villa y promoviendo el encuentro. De hecho, un 50,4% de las personas encuestadas indicó tener un alto uso del barrio, mientras que un 80% señaló que se encuentra con frecuencia con sus vecinos en las calles (Tabla 3). Los habitantes de la Juanita Aguirre se encuentran, se saludan y entablan conversaciones en el espacio público: “los mismos, vecinos si nos encontramos de repente en el consultorio, en la calle, caminando al colegio, pasan y me saludan, y nos quedamos conversando” (Mujer, 36 años, Juanita Aguirre).

Tabla 3
Percepción, uso del barrio y encuentro entre vecinos. Fuente: Elaboración propia.
Percepción, uso del barrio y encuentro entre vecinos. Fuente: Elaboración propia.

Los residentes de Juanita Aguirre fueron cautos al momento de describir las interacciones que ocurren en el espacio público, indicando que dichos encuentros no constituyen señal de amistad: “es de la puerta para afuera, más allá no, igual uno cuida su privacidad” (Mujer, 21 años, Juanita Aguirre). No obstante, la encuesta indica que un 81% tiene una alta confianza en sus vecinos, en tanto que los grupos focales sugieren que aquellos vínculos construidos en el espacio público refuerzan certezas al momento de ocupar las calles: “independientemente que no los conozca, la dinámica es de confianza en general, por las prácticas que tienen, de respeto, de limpieza, pareciera que uno se siente más seguro” (Mujer, 30 años, Juanita Aguirre).

No obstante, los habitantes perciben que dichas dinámicas sociales se encuentran actualmente amenazadas, presentando reparos con el deterioro que ha sufrido el espacio público por el paso del tiempo y la falta de inversión. Solo un 19% de los encuestados tiene una percepción muy positiva de su entorno barrial, bajo el promedio del resto de los barrios analizados (Tabla 3). A esto se suma la proliferación de recintos (por ejemplo, comercios, oficinas) que han modificado el entorno inmediato de la villa. Por ejemplo, el shopping mall construido en las inmediaciones en décadas recientes fue señalado como un recinto que trajo comodidad por los servicios que ofrece, pero también intranquilidad a las calles de la villa, incrementado la presencia de desconocidos en la villa y agudizando el miedo.

El miedo a permanecer e interactuar con otros en el espacio público surgió en numerosas ocasiones en ambos barrios. En Juanita Aguirre fue retratado como un problema emergente (18% percibe una alta sensación de inseguridad) que está transformando las maneras (e. g., tiempo de permanencia en las calles) y los momentos (e. g., horas sin luz natural) en los que se ocupa el espacio público. En contraste, el miedo fue descrito como una problemática que acompañó desde el inicio a los habitantes de Los Andes, donde un 83% declara una alta inseguridad (Tabla 3).

El análisis de los datos sugiere que la estructura urbana, las condiciones en las que se encuentra el espacio público, el origen diverso de los habitantes y la carencia de organización social han profundizado muchas de las problemáticas que aquejan a quienes habitan Los Andes. Las distintivas tramas urbanas, las limitadas conexiones, los pocos espacios compartidos y la ausencia de vínculos entre los habitantes de los distintos conjuntos han enfatizado las fronteras y reforzado las diferencias entre las comunidades. El deterioro, por otro lado, ha influenciado en la percepción que los habitantes tienen sobre el barrio (apenas un 5% de los encuestados tiene una alta percepción positiva de su entorno barrial), fortaleciendo aprehensiones y dificultando el uso de las calles y plazas. De esta forma, si bien el encuentro con vecinos en el espacio público es alto (57%), en comparación con el total de barrios estudiados (42%), sólo un 6% declara un alto uso cotidiano de su barrio, muy por debajo del promedio del total de barrios estudiados (Tabla 3). Muchos participantes prefieren suprimir actividades y abandonar el espacio público por completo: “yo hacia la plaza no puedo ir porque yo no me siento segura… ni mi hijo, yo sé que [vamos] a correr peligro” (Mujer, 20 años, Villa Los Andes).

El abandono del espacio público también se ha traducido en una alta desconfianza hacia aquellos que sí lo ocupan, reproduciendo un constructo en el que se pena el uso de las calles y se asocia con malos hábitos. Los participantes consistentemente indicaron que los “malos” vecinos son aquellos considerados peligrosos y que, como otros han reportado (Figueroa et al., 2019; Saraví, 2004), se apropian de los espacios públicos. La presencia de estos “malos” vecinos transforma las calles en lugares disputados; espacios impredecibles que restringen aún más su uso, impidiendo el surgimiento de vínculos sociales: “uno puede estar de lo mejor conversando con el vecino, pero… son las balaceras que ocurren de la nada” (Mujer, 20 años, Villa Los Andes). En Los Andes, un 81% de los encuestados posee una percepción muy negativa de sus vecinos y sólo un 22% confía en ellos (Tabla 3). Esta mala percepción podría indicar que los residentes creen no compartir costumbres con sus vecinos, restringiendo las posibilidades de que encuentros que ocurren en el espacio se transformen en vínculos de vecindad o familiaridad pública. En este contexto, el mero contacto entre habitantes parece no ser suficiente para que se generen vínculos, sino que es necesario que exista cierta identificación con las costumbres y los patrones culturales del otro que habita en el barrio (Blokland y Schultze, 2017).

Conclusiones: del barrio al conjunto, de lo colectivo a lo individual

Considerando las diferencias que presentan ambos barrios en términos de sociabilidad vecinal y sus visiones opuestas con respecto a la percepción y el uso del barrio y el espacio público, no es sorpresa que ambos muestren niveles disímiles en relación a su sentido de comunidad (Tabla 3). En Juanita Aguirre, la organización barrial, la sociabilidad entre vecinos y la sensación de compartir una historia común explica el alto nivel de sentido de comunidad de sus habitantes (65%), que duplica al promedio del total de barrios analizados (35%). A partir de sus experiencias en el barrio, los habitantes han forjado una cultura o una identidad común (Blokland, 2017), reforzándola con sus prácticas de sociabilidad y encuentro en el espacio público, logrando sentirse parte de algo que va más allá del contacto efectivo: “los barrios tienen identidad propia y personal” (Hombre, 50 años, Juanita Aguirre). Los habitantes reconocen sentimientos de pertenencia y pautas de identidad compartidas a partir de las cuales logran distinguirse como una clase social específica, distinta a la de otros sectores de la ciudad: “la gente de barrio… es más sociable, porque la gente, para arriba [de altos ingresos]... [no] perdona” (Mujer, 56 años, Juanita Aguirre).

Por otro lado, la sensación de inseguridad y los bajos niveles de sociabilidad barrial de Los Andes repercuten en su bajo sentido de comunidad (4%), muy por debajo del promedio del total de barrios analizados. En este caso, los orígenes diversos de los habitantes y la inicial falta de organización barrial son aspectos que han dificultado el establecimiento de relaciones de vecindad. Sumado a esto, la falta de equipamiento y la mala percepción que los residentes tienen con respecto a algunos de sus vecinos, impiden que los encuentros fortuitos en el espacio público devengan en relaciones de familiaridad pública que pudiesen contribuir a un mayor sentido de pertenencia al barrio (Blokland y Nast, 2014). Todo lo anterior se refleja en la marcada insatisfacción que sienten los residentes con respecto a su barrio: “yo siempre he estado disconforme de vivir aquí [...], tienes que puro mirar, para donde vamos hay basura, para donde vamos hay gente peleando, perros, balaceras” (Mujer, 20 años, Villa Los Andes).

Finalmente, el espacio público a escala barrial contribuye a la materialización de la organización e interacción social. No se trata solamente de un soporte del entorno construido que motiva o inhibe los encuentros cotidianos, sino que se constituye como un elemento que estructura relaciones sociales y contribuye a la generación de comunidad. Analizar el espacio público implica entender la forma en que el espacio encuadra (frames) las prácticas sociales, donde las divisiones y jerarquías del habitus se evidencian en la forma en que el espacio está fraccionado, propiciando las situaciones o formas del encuentro (Dovey, 2014). En este sentido, por sociabilidad barrial entendemos las prácticas de interacción social que configuran vínculos de diferente intensidad (fuertes, débiles o ausentes), que ocurren y se estructuran en un espacio multiescalar, tensionados por el entorno construido y que definen la convivencia urbana de las diferentes comunidades y grupos sociales. Más aún, en el contexto local, habitar la metrópolis (Duhau y Giglia, 2008) significa una experiencia fragmentada y en disputa, violenta y múltiple, donde el entorno construido y las características del espacio público, juegan un papel como elementos que pueden motivar o inhibir prácticas constitutivas de relaciones sociales y construcción de comunidades.

Según Valentine (2008) la convivencia dada en los encuentros cotidianos remarca efectivamente una cierta cultura de la tolerancia. Sin embargo, una buena convivencia no es suficiente para la transformación social. Relacionarse en proximidad no alcanza para superar las barreras estructurales de la diferenciación social (Gilroy, 2006). En algún sentido, se mantiene la desigualdad respecto a quiénes tienen el poder de tolerar (Valentine, 2008). El espacio, en este sentido, contribuye a la conformación de ese poder, a través de la convivencia que las características del espacio público motivan o inhiben. La proximidad en este contexto no provee necesariamente encuentros significativos, aunque sí permite eventualmente -como en el caso de Juanita Aguirre- la buena convivencia en la diversidad (Valentine, 2008). Según Blokland y Schultze (2017) la materialidad y las interacciones sociales que constituyen al barrio proveen de una “familiaridad pública” que emerge en una relación de ambivalencia, en relación a la identidad al lugar, la identificación y el sentido de pertenencia, donde la posibilidad de pertenencia selectiva se contrapone a la idea de comunidad tradicional. En este sentido, hay convivencia donde la coexistencia es posible y donde la diferencia no está esencialmente reificada. La convivencia se trata de “encuentros sin conexión”; pequeños encuentros en la calle, almacenes, paraderos o cualquier otro lugar donde puedan emerger interacciones significativas, pero que no constituyen necesariamente un vínculo. El entorno construido y el espacio público sí proveen de un escenario relacional, donde los vínculos sociales están incrustados y donde hay reconocimiento y expectativas de reciprocidad (Blokland y Schultze, 2017). En este contexto, es necesario comprender el rol de la configuración espacial en la formación de vínculos sociales y en las prácticas de sociabilidad en diferentes escalas -desde la configuración del espacio, la composición y la proximidad del entorno (Small y Adler, 2019)- con el objetivo de motivar prácticas productivas para la construcción de lo colectivo en el espacio.

Los casos analizados muestran que los diferentes modelos de vivienda, ejecutados en períodos muy diferentes de la historia de la política habitacional chilena, contribuyen de manera diferente a este objetivo. El espacio público planificado y consolidado, que constituye efectivamente la idea de un “proyecto de barrio colectivo” opera como una estructura que potencia relaciones sociales; mientras que la suma de unidades individuales de vivienda, agrupadas en conjuntos habitacionales desconectados, actúa en sentido contrario. Esta diferenciación depende en gran medida del tiempo y consolidación de cada barrio, de su historia y formas de organización social y política, pero también, de la forma en que la estructura del espacio contribuye al establecimiento de relaciones sociales. Siguiendo a Bourdieu (1999) depende de la forma en que el hábitat contribuye a formar el habitus, y viceversa, a través de los usos sociales del espacio público.

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Notas

Trabajo realizado en el contexto de los siguientes proyectos de la Agencia Nacional de Investigación (ANID): Fondecyt 1190724 y Fondecyt 1221332, Fondap 15130009 y Fondap 15110020.
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