Dossier
Estrategias de vida ante la pobreza energética de mujeres en una localidad de Argentina
Life Strategies in the Face of Energy Poverty: Experiences of Women in a Town in Argentina
Estrategias de vida ante la pobreza energética de mujeres en una localidad de Argentina
Revista INVI, vol. 38, núm. 109, pp. 209-230, 2023
Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda
Recepción: 25 Abril 2023
Aprobación: 12 Octubre 2023
Resumen: La pobreza energética es un fenómeno que resulta de condiciones extrínsecas e intrínsecas al hogar, aunque es en el espacio interior donde se manifiesta con mayor intensidad. El artículo identifica y analiza las estrategias que despliegan los hogares y las mujeres, vistas como principales responsables históricas de la gestión de los recursos del hogar para atenuar las causas y consecuencias de la pobreza energética en una localidad urbana electro-dependiente de Argentina. Aplicando la técnica de grupo focal, el estudio toma la voz de las protagonistas y sus experiencias y vivencias para identificar y analizar, con un enfoque cualitativo, las estrategias y prácticas que las mujeres despliegan de manera cotidiana para atenuar las consecuencias de la pobreza energética. Estas estrategias y prácticas afectan la organización de los recursos del hogar y la salud física y mental de estas mujeres, debido al papel que poseen en las tareas domésticas y de cuidado del hogar. Si bien la propuesta de las mujeres es construir espacios de aprendizaje sobre el uso de la energía que fortalezcan sus estrategias, esto reforzaría la distribución sexual del trabajo doméstico por lo que este trabajo propone el diseño de políticas multiescalares.
Palabras claves: Estrategias familiares de vida, género, pobreza energética.
Abstract: Energy poverty is a phenomenon understood as the result of conditions extrinsic and intrinsic to the household, although it is within this space where it manifests with greater intensity. This article identifies and analyzes the strategies deployed by households and, particularly, by women as the main historical responsible parties for the management of household resources to mitigate the causes and consequences of energy poverty in an electricity-dependent urban locality in Argentina. Using the focus group technique, the study takes the voices of the protagonists and their experiences to qualitatively identify and analyze the strategies and practices women deploy in their daily lives to alleviate the consequences of energy poverty. These strategies and practices impact the organization of household resources and the physical and mental health of women due to their role in domestic and caregiving tasks. Although the women’s proposal is to build learning spaces about energy usage that bolster their strategies, this would further reinforce the gendered distribution of domestic labor, which is why this paper suggests the design of multi-scalar policies.
Keywords: Energy poverty, family life strategies, gender.
Introducción
En Argentina, como en muchos otros países de América Latina y el Caribe, el acceso a la electricidad es prácticamente universal1, pero el acceso y la calidad de la energía térmica aplicada a la cocción de alimentos y a la calefacción de los ambientes muestran una realidad heterogénea. Para una gran proporción de la población, los combustibles y las tecnologías utilizadas con este fin son múltiples, aunque muchas veces escasas, y las condiciones habitacionales que median entre el clima y los ambientes de convivencia resultan precarias2. Además, aunque el gasto promedio de los hogares en electricidad, gas y otros combustibles no superó el 10% del gasto total ―incluso entre los hogares con clima educativo muy bajo― en los años de mayor aumento de las tarifas eléctricas (2017-2018) (Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC], 2019), desde el 2016 el gobierno de Argentina enfrenta el desafío de aumentar las tarifas energéticas para mejorar la estabilidad fiscal y la inversión en el sistema, aplicando diferentes ritmos y niveles de segmentación geográfica y social. Este proceso ha resultado en que el 42% de los/as jefes/as de hogar manifieste dificultades para pagar la factura de electricidad en 2018, aunque en esos años la tarifa era un 69% inferior a la del promedio de América Latina y el Caribe3 (Energy Hub, 2023).
Aunque desarticulados, estos datos expresan diferentes situaciones de pobreza energética que existen en el país, un fenómeno que encuentra su expresión más cruda en los hogares con bajos ingresos sin acceso a fuentes modernas de energía, pero cuyas causas se encuentran en la interacción de múltiples factores. La pobreza energética es la imposibilidad que tienen los miembros de un hogar de consumir niveles adecuados de energía, a través de tecnologías modernas y confiables para satisfacer sus necesidades -alimentación, calefacción, aseo, etc.- (Calvo et al., 2021). Este fenómeno es el resultado de condiciones extrínsecas e intrínsecas al hogar, pero es en este espacio donde, con mayor intensidad, se manifiesta y experimenta la pobreza energética y desde el cual se pueden comprender algunas de sus causas y consecuencias.
Este artículo se propone identificar y analizar las estrategias que despliegan los hogares urbanos y, en particular, las mujeres como principales responsables históricas de la gestión de los recursos del hogar para atenuar la pobreza energética. Esta puede tener consecuencias emocionales que moldean la experiencia de las personas frente a esta situación (Gayoso Heredia et al., 2022). Es por esto por lo que, tomando la voz de las protagonistas, sus sentidos y vivencias, adoptamos el concepto de estrategias de sobrevivencia, estrategias adaptativas o estrategias familiares de vida, para comprender los efectos de la pobreza energética en el bienestar de los hogares y las estrategias que despliegan para atenuarlos. Al incorporar la perspectiva de género, utilizando el marco conceptual de la economía del cuidado, este artículo visibiliza el trabajo que realizan las mujeres al interior del hogar y muestra cómo las relaciones de género median en las experiencias que tienen las personas frente a la pobreza energética. Esto permite poner en discusión la desigualdad de género en la distribución del trabajo de cuidado al diseñar acciones que buscan resolver el problema.
Con este fin, se realizaron dos grupos focales en junio de 2019 con mujeres mayores de edad, cuyos hogares reciben el servicio de electricidad de la Cooperativa de Energía y Consumos de Ibarlucea. Adicionalmente, se aplicó un cuestionario a una selección de las mujeres que participaron en los grupos focales para conocer sus condiciones familiares y de consumo de energía.
Los resultados de este artículo forman parte de un proyecto de investigación más amplio que evaluó el potencial impacto del proceso de ajuste de las tarifas de electricidad en las condiciones de vida de las familias residentes en el área de distribución de las cooperativas que integran la Federación Santafesina de Cooperativas de Electricidad, Obras y Servicios Públicos, entre ellas la Cooperativa de Energía y Consumos de Ibarlucea (Figura 1).

A continuación, se hace un recorrido por el estado del arte de la noción de pobreza energética y su diálogo con los enfoques de género y se presenta el concepto de estrategia de vida y las principales dimensiones de análisis que guiaron el diseño de investigación. En la segunda sección se desarrolla la metodología adoptada que incorpora la técnica de grupos focales y un cuestionario estandarizado aplicado a las mujeres que participaron de los grupos focales. Finalmente, se presentan los resultados que permiten ampliar la mirada sobre la temática y se introducen aspectos que se podrían profundizar en futuras investigaciones.
Estado del arte
La noción de pobreza energética, así como sus causas y consecuencias, han sido ampliamente debatidas en los países de Europa y en Estados Unidos y de manera creciente en los países de América Latina y el Caribe durante los últimos años (Thomson et al., 2022). En la literatura académica existe un relativo consenso en que la pobreza energética refleja un fenómeno multicausal en el que distintas condiciones, tanto sistémicas y productivas en materia energética como socioeconómicas y ambientales, inciden en la posibilidad que tienen los integrantes de un hogar para tener un consumo adecuado de energía que satisfaga sus necesidades materiales y sociales fundamentales y específicas. Algunas de estas condiciones causales son: 1) acceso limitado en cantidad o calidad a los servicios energéticos debido a la infraestructura disponible; 2) una baja relación entre los ingresos de los hogares y las tarifas energéticas que limita su capacidad de consumo; 3) baja flexibilidad de las tecnologías de provisión de energía para adaptarse al equipamiento del hogar y sus necesidades; 4) pobre aislación térmica de la vivienda y eficiencia de conversión de energía de sus artefactos y equipos; 5) necesidades energéticas diferenciales debido a razones ambientales, culturales o de salud, y 6) la existencia de estructuras sociales e institucionales vigentes, que moldean los patrones de consumo de los hogares (Bouzarovski y Petrova, 2015).
Si bien la pobreza energética es resultado de la interacción entre las condiciones del entorno y las condiciones internas al hogar, este es el principal espacio en que se manifiesta y experimenta la pobreza energética y donde surgen estrategias de vida que, atravesadas por determinantes de género4, se proponen paliar sus efectos. La economía neoclásica conceptualiza a los hogares como una unidad homogénea, imprescindible para el suministro de cuidados y la producción de bienestar. En contraposición, el enfoque de la geografía cultural y feminista propone analizar este espacio como un ámbito multiescalar, fluido y abierto (Petrova y Simcock, 2021), un espacio de tensión clave para la reproducción de las identidades femeninas y masculinas (Blunt y Dowling 2006; Brickell 2009; Massey, 1992).
La economía del cuidado pone énfasis en el rol sistémico del trabajo, cuestionando el funcionamiento del sistema económico como un todo, y analiza el modo en que se distribuyen los trabajos, tiempos e ingresos para poner a la producción de bienestar en el centro del análisis. De esta forma, la economía del cuidado centraliza el conflicto entre la producción (con sus tensiones entre ganancias y remuneraciones) y la reproducción (o las condiciones de vida entendidas en un sentido amplio, sostenidas con ingresos y con trabajo de cuidado no remunerado) (Picchio, 2003). La distribución del trabajo doméstico y el rol de las mujeres en la toma de decisiones también inciden en la gestión y uso de los recursos energéticos porque condicionan su capacidad de modificar la incorporación de nuevos recursos en el hogar y la asignación del ingreso, incluidas las tecnologías que acompañan la producción y uso de la energía.
En los últimos años, diversos estudios centrados en el Norte Global han comenzado a adoptar un enfoque de género al estudiar la pobreza energética (Clancy y Roehr, 2003; Clancy et al., 2007, Petrova y Simcock, 2021). Con anterioridad, este fenómeno era considerado neutral respecto al género, como si sus causas y consecuencias y las experiencias derivadas de estas afectaran de igual forma a varones y mujeres (Clancy y Roehr, 2003). Uno de los estudios más recientes en la materia es el de Petrova y Simcock (2021). En este, tras una investigación cualitativa en Polonia, Grecia y la República Checa, se muestra que las prácticas de vida de los hogares frente a la pobreza energética y su respuesta emocional a esta situación difieren según género. Así, la pobreza energética estaría vinculada con patrones y procesos más amplios de desigualdad de género, teniendo el potencial de producir nuevas asimetrías.
La literatura centrada en los países en desarrollo, especialmente en aquellos de bajos ingresos, parte de situaciones donde la pobreza energética se expresa en la falta de acceso a fuentes modernas de energía, lo que impacta fuertemente en las mujeres, quienes son las encargadas de recolectar leña y asegurar la comida y la calefacción del hogar, debido a la división histórica de labores domésticas (Clancy, 2001; Jones et al., 2015). En general, estos artículos han adoptado un discurso cuyo eje son las tecnologías energéticas como solución frente a las desigualdades, anulando la agencia de las mujeres y obviando que estas pueden ser un facilitador del cambio si otras estructuras sociales también se modifican (Listo, 2018). En América Latina y el Caribe, sin embargo, donde la cobertura de electricidad supera el 97,4%, la pobreza energética adquiere múltiples matices y se expresa de formas que no necesariamente coinciden con la de los países desarrollados ni de los países de menores ingresos (Thomson et al., 2022). A nivel internacional, sin embargo, es ampliamente reconocido que persisten condiciones estructurales en las sociedades que perpetúan las desigualdades de género y estas determinan el acceso a los recursos y medios necesarios para el bienestar (Petrova y Simcock, 2021).
La perspectiva de análisis de las estrategias de sobrevivencia, también llamada perspectiva de estrategias adaptativas o estrategias familiares de vida permite profundizar en el análisis de estos comportamientos y sus consecuencias. La noción de estrategias se desarrolla durante la década de los setenta y principios de los ochenta, en el marco de numerosos estudios que revisaban los mecanismos de reproducción cotidiana de los hogares y, específicamente, revisaban la manera en que estos enfrentan la pobreza (Méndez, 2019). La riqueza de este enfoque se encuentra en el estudio de las relaciones entre los fenómenos macrosociales (estructuras) y los de nivel microsocial (comportamientos) (Gutiérrez, 2007; Molina, 2006; Torrado, 1981). Según Eguía y Ortale (2007), el concepto de estrategias permite la reconstrucción de la lógica subyacente a estas acciones y opera como nexo entre la organización social de la reproducción de los agentes y el grupo doméstico responsable de esta reproducción. Esto contribuye a estudiar las articulaciones entre las condiciones económicas-políticas generales y las condiciones específicas de producción y reproducción social de las unidades domésticas (Eguía y Ortale, 2007). Como precursora en este tipo de análisis, Torrado propone el concepto de estrategias familiares de vida para hacer referencia a que “las unidades familiares pertenecientes a cada clase o estrato social, en base a las condiciones de vida que se derivan de dicha pertenencia, desarrollan, deliberadamente o no, determinados comportamientos encaminados a asegurar la reproducción material y biológica del grupo” (Torrado, 1981, p. 205). Desde una perspectiva más reciente, Urcola (2010) entiende que la noción de estrategias de vida comprende el conjunto de prácticas y acciones económicas, sociales, culturales y demográficas por medio de las cuales los sujetos o familias ―condicionados por la posición social desfavorable― tienden (de manera explícita o implícita) a conservar o aumentar su patrimonio (bienes materiales, culturales y simbólicos) y a concretar planes y proyectos, con el fin de mantener o mejorar su posición en la estructura de relaciones sociales. Desde esta perspectiva, se le agrega una dimensión de análisis superadora de las visiones centradas en lo material/económico a la noción de estrategias de vida, al pensar que la vida que atraviesan ciertas poblaciones no es reductible a la idea de supervivencia sino que incluye el desarrollo de acciones orientadas a modificar e innovar; en resumen, “las estrategias de vida comprenden tanto las estrategias adaptativas (de reproducción) como las estrategias de cambio (creativas)” (Urcola, 2010, p. 117).
Metodología
El estudio incluyó la realización de dos grupos focales con mujeres cuyos hogares reciben el servicio de electricidad de la Cooperativa de Energía y Consumos de Ibarlucea. Esta técnica fue seleccionada porque permite conocer las opiniones producidas en el encuentro social, a partir del intercambio grupal que se genera (Hernández Sampieri et al., 2010). Específicamente, se pretendía hacer emerger puntos de vista compartidos y visiones contrapuestas en debate entre las integrantes de una misma comunidad para abordar el fenómeno de la pobreza energética, tanto desde una perspectiva individual como a partir de la interacción. Se buscó identificar visiones sobre las situaciones cotidianas y estrategias desarrolladas de manera compartida. Se organizaron dos sesiones5 en las que participaron 23 mujeres, algunas de las cuales concurrieron con sus hijos e hijas pequeños, un sábado del mes de junio de 2019. La cooperativa fue la encargada de difundir entre los hogares la convocatoria a mujeres socias mayores de 18 años6. A las participantes se les informó de la naturaleza del estudio y su finalidad académica tanto en la convocatoria como al inicio del cuestionario estandarizado descrito más adelante.
Se propusieron grupos de 10 participantes, no necesariamente heterogéneos, para indagar sobre cuestiones cotidianas, posiblemente compartidas por las participantes, y no sobre asuntos complejos o cercanos a la expresión de emociones profundas, por lo cual no se requirió la conformación de grupos de menor tamaño (Hernández Sampieri et al., 2010). Las sesiones se realizaron en un entorno informal y estuvieron organizadas en función de una guía de preguntas estructurada en cinco ejes. Estos fueron elaborados en función de los objetivos del proyecto, la perspectiva teórica seleccionada y recuperando los insumos ―informes― provistos previamente por la presidente de la cooperativa. Se inició con la apertura, donde se indagó por los tipos de energía utilizadas en el hogar; posteriormente, se indagó por el acceso y uso, para conocer las dificultades en el acceso y uso de la energía; en tercer lugar, se consultó por las estrategias desplegadas, en este punto se buscaba conocer las estrategias y prácticas desarrolladas frente a las dificultades de acceso y uso; en cuarto lugar, interesaba conocer sobre el entorno, es decir, sobre las percepciones de las mujeres sobre los roles de las instituciones ―la cooperativa (intermediaria y entidad local), el municipio y el Estado Nacional―; finalmente, en el cierre se trabajó sobre las propuestas a futuro y mejoras posibles, según sus percepciones e intercambios (a nivel individual y del hogar) y las necesidades principales identificadas a nivel grupal. Como parte de la metodología, se mostraron imágenes diversas sobre la problemática de la pobreza energética a las participantes que actuaron como disparadoras del debate-intercambio y de la actividad en general (por ejemplo, filas de personas para la compra de garrafas, hogares cocinando con leña y personas muy abrigadas con facturas de electricidad en la mano, entre otras). Las imágenes circularon entre las participantes con la consigna de que deben seleccionar aquellas que les llamen la atención, describan la imagen y expliquen los motivos de su elección.
A partir de los testimonios e intercambios de las mujeres, se buscó indagar en las estrategias familiares de vida que desarrollan los hogares para enfrentar la pobreza energética y lograr la subsistencia cotidiana. El interés radicó en identificar las acciones desplegadas para mejorar el acceso a la energía y así satisfacer las necesidades asociadas a su uso, tales como cocinar, bañarse y calentar o refrigerar la vivienda. Resultaba también importante ahondar en las redes e intercambios que realizan con la comunidad (familiares, amigos/as, vecinos/as) y la implementación de acciones conjuntas (préstamos, trueques, compras compartidas y reclamos colectivos) para paliar las necesidades de los hogares o de la comunidad, con especial interés en el papel asignado a las mujeres. También se observaron las acciones de tipo innovadoras y creativas que desarrollan los hogares para satisfacer sus necesidades energéticas.
Finalizado el trabajo de recolección de datos se transcribieron ambas sesiones de manera completa y se procedió a su sistematización, a partir del método de análisis temático. Este método permite identificar, organizar, analizar en detalle y reportar patrones o temas, a partir de una cuidadosa lectura y relectura de la información recogida para inferir resultados (Mieles Barrera et al., 2012). Posteriormente, se avanzó en la elaboración de una matriz de datos cualitativa dividida en secciones según los ejes seleccionados para la realización de los grupos focales y aquellos surgidos durante el trabajo de campo (cuestión propia de los estudios cualitativos en los cuales se considera lo emergente como parte del proceso de indagación). En este caso, las categorías emergentes integradas al análisis fueron denominadas sensaciones y recomendaciones y propuestas, las que resultaron centrales para el análisis.
Como instrumento de recolección de dato complementario, se aplicó un cuestionario estandarizado a 16 mujeres que participaron en los grupos focales para conocer la composición de su hogar, los combustibles que utilizan para cocinar y calefaccionar la vivienda, el gasto en energía, el equipamiento eléctrico que poseen las viviendas y su nivel de ingresos. Si bien los datos recopilados ofrecen información sobre las participantes, no pueden considerarse representativos de los hogares de Ibarlucea ni de los hogares asociados a la cooperativa.
Por otra parte, la selección de Ibarlucea como espacio para el trabajo de campo se asienta en la centralidad que posee la energía eléctrica provista por la cooperativa como servicio público en esta comunidad. Los hogares que residen allí no tienen acceso ni a la red de gas natural ni a la red de agua potable, lo que implica que la energía eléctrica es el único servicio público moderno y confiable que reciben los hogares. Estos deben proveerse de garrafas o leña7, gestionar sus propios pozos de agua y sistemas de desagüe y recolectar agua potable en las canillas públicas del pueblo. A pesar de sus particularidades, estas condiciones no son una excepción ya que alcanzan, según estimaciones propias, al 10% de los hogares del país (INDEC, 2010).
Ibarlucea es una localidad integrada por alrededor de 7.900 personas en el 2022, ubicada 12 kilómetros al noroeste de la ciudad de Rosario, tercera ciudad en tamaño del país y principal nodo portuario agroexportador por el Río Paraná en la Provincia de Santa Fe (Figura 1). Es una localidad mayormente residencial, ya que muchos habitantes trabajan en la ciudad de Rosario, pero viven en Ibarlucea. La localidad se ubica en una zona de llanuras onduladas con clima templado y húmedo por lo que integra la denominada región pampeana de Argentina donde predomina la actividad agropecuaria. El periodo cálido es de octubre a abril, con temperaturas máximas medias por encima de los 28°C de noviembre a marzo y coincide con el de máximas precipitaciones (123 mm mensuales en promedio). El periodo frío, por otra parte, es de mayo a septiembre, con temperaturas mínimas medias por debajo de los 10°C y precipitaciones medias de 38,5 mm mensuales (Servicio Meteorológico Nacional, 2020).
Cabe destacar que el trabajo de campo se desarrolló en el año 2019, luego de tres años consecutivos de aumento de la tarifa de electricidad (de 52 USD/MWh en 2016 pasó a 90,85 USD/MWh en 2019, promedio nacional). Este proceso de readecuación tarifaria generó gran malestar en la población y situaciones críticas debido a una segmentación tarifaria limitada que llevó a que muchos hogares tuvieran dificultades para pagar la energía. En paralelo, el Programa Nacional Hogares con Garrafa ofrecía un subsidio directo y mensual que, a mediados de 2019, cubría el 56% del valor de referencia de la garrafa de 10 kilos, variando la cantidad de garrafas consideradas y, por lo tanto, el monto del subsidio, en función del tamaño del grupo familiar, la ubicación de la vivienda y el calendario estacional.
Resultados
En esta sección, los resultados se presentan en dos apartados: En el primero se ofrece una breve caracterización de los hogares que integran las mujeres en dos aspectos (factores privados ―composición del hogar, ingresos― y públicos ―infraestructura, tarifas energéticas― que condicionan el consumo de energía de los hogares); en el segundo apartado se analiza la información surgida en los grupos focales con la introducción de testimonios.
Caracterización de las participantes
Las mujeres a las que se les aplicó el cuestionario estandarizado son 16, tienen entre 21 y 50 años, aunque la gran mayoría (13) tiene más de 35 años. Todas han transitado la escuela secundaria, a excepción de cuatro que sólo cursaron el nivel primario. Adicionalmente, cinco cursaron el nivel terciario o universitario. Su núcleo familiar está compuesto, en promedio, por 4,18 personas y 2,37 hijos/as, 76% menores de 18 años, y la mitad son hogares monoparentales. Entre las mujeres a las que se les aplicó el cuestionario, 11 residen en viviendas propias y el resto en viviendas prestadas o alquiladas. La calefacción de las viviendas se realiza con gas en tubo o garrafa (7), complementada con leña (4) o exclusivamente con leña (5), pero en tres casos las mujeres manifestaron no calefaccionar su vivienda. En este sentido, si bien el gas en tubo o garrafa es la principal fuente de energía destinada a la calefacción del hogar, la leña es utilizada con intensidad variable por nueve de los 16 hogares en los que se aplicó el cuestionario estandarizado. Todas las viviendas utilizan gas en tubo o garrafa para cocinar, aunque también se menciona el uso de energía eléctrica en algunos casos.
Todas las personas a las que se les aplicó el cuestionario tienen teléfono fijo o celular y radio o televisión en sus viviendas, pero solo casi la mitad posee aire acondicionado, freezer o computadora. Los electrodomésticos como caloventor, horno eléctrico y pava eléctrica son bienes de alto consumo relativo y están ausentes en la mayoría de las viviendas (Tabla 1).

El gasto en energía eléctrica y gas envasado de los hogares en los que se aplicó el cuestionario estandarizado se encontraba en torno a los 55 USD mensuales. Sin embargo, el gasto en energía eléctrica representa, en promedio, el 74% de este monto, oscilando entre una participación del 34% en los hogares que compran gas envasado y del 100% en los hogares que sólo consumen energía eléctrica. Si bien la leña es una fuente importante de energía térmica, los hogares raramente la compran, recolectándola en los alrededores de la localidad o siendo provista por la comuna.
Los hogares en los que se aplicó el cuestionario estandarizado poseen un ingreso total mensual menor a 334 USD en el 37,5% de los casos y entre 334 USD y 556 USD en el 31% de los casos. En otras palabras, más del 60% de las mujeres integran hogares con ingresos mensuales por debajo de 556 USD en un mes en el que la canasta básica total familiar8 se encontraba en torno a los 760 USD. Es necesario destacar que son los hogares monoparentales, a cargo exclusivo de las mujeres a las que se les aplicó el cuestionario, los que se encuentran en el rango de ingresos totales más bajo. El 80% de estas mujeres trabaja en distintas actividades remuneradas, entre ellas la elaboración y venta de alimentos en sus hogares, y casi la mitad recibe ingresos adicionales por algún plan social9. La energía en el hogar, entonces, es también un insumo productivo que puede facilitar o condicionar la generación de ingresos.
Las mujeres en primera persona
A partir de la información recolectada se detectaron diferentes estrategias que las mujeres despliegan para hacer frente a las situaciones de pobreza energética que atraviesan sus hogares. Una de las estrategias más debatidas por las participantes en los grupos focales se centró en las actividades que realizan diariamente para recortar los gastos derivados del consumo de energía. Al momento de cocinar, bañarse y calefaccionar, una de sus preocupaciones es gastar lo mínimo posible, tanto en términos de dinero como de los recursos disponibles en el hogar (leña). Asimismo, destacan que realizan recortes provisorios en el consumo de ciertos bienes si estos aumentan su precio: “Ahora voy a suprimir… uno no se da cuenta lo que gasta y lo tenés que gastar porque no tenés otra cosa” (Mujer 1, grupo 2).
Como parte de esta estrategia ponen de relieve la búsqueda constante de materiales aptos para calefaccionar la vivienda en la localidad y alrededores. Una de ellas menciona que su actividad es el cirujeo: “Yo re cirujeo también. Yo empiezo: ahí hay una tarima, rompela, ponela arriba del auto y así” (Mujer 1, grupo 1). A su vez, la recolección de leña en el espacio público es una estrategia que demuestra la sobrecarga de trabajo de cuidado por parte de las mujeres, quienes relatan:
Ahí me identifico porque hay que juntar leña sí o sí para el hogar [salamandra] y alimentar el hogar, tenerlo prendido desde que empieza el invierno hasta que termina. Por lo menos en mi caso no se apaga nunca. ¡En donde pasa una y me dice ´no sabes donde hay leña! ´ y así… Yo particularmente no compro. (Mujer 2, grupo 1).
Otra actividad asociada a la disminución del gasto se vincula con dejar de utilizar electrodomésticos para volver a utilizar formas de calefacción tradicionales, las cuales muchas veces generan más sobrecarga de cuidados:
Yo llegaba y prendía el aire [acondicionado]. Ahora no, tengo que pensar que tengo que prender la salamandra, que los chicos no se me quemen, el olor a humo que te queda adentro de la casa, pero bueno … (Mujer 1, grupo 2).
Calentamos agua arriba de la salamandra para economizar. (Mujer 2, grupo 2).
Estas estrategias para la reproducción cotidiana fueron compartidas por varias participantes, afirmando que se trata de prácticas generalizadas en la comunidad al compartir la misma realidad energética: carencia de gas natural y de agua potable en las viviendas y los altos costos de la electricidad.
También se observan cambios de hábitos en relación con el uso y la adaptación de los espacios de su vivienda: “Mi habitación no tiene ventana, me la paso en mi habitación mirando tele, ¿qué querés que te diga? Mi casa es grande y me cago de frío” (Mujer 3, grupo 1). “No prendí más el aire … Solo en la pieza a ella [la hija] a la noche, tengo un timer que se prende a una hora y se apaga a otra hora. En la pieza de ella nada más, nosotros no” (Mujer 4, grupo 1).
Asociado a esto, algunos integrantes de estas familias atravesaron complicaciones de salud (enfermedades respiratorias como asma o broncoespasmos) que requieren adaptaciones a las viviendas para asegurar una correcta ventilación y confort térmico, así como el acceso a nebulizadores, calentadores y otros electrodomésticos que facilitan el cuidado de niños/as pequeños/as y personas mayores. Esta cuestión se complejiza aún más en épocas de bajas temperaturas, cuando sumado a la alta humedad ambiente característica de la zona, los hogares usan sistemas de calefacción sin salida al exterior, incrementándose así la humedad al interior de la vivienda. Por ello señalan que: “Acá a vos no te conviene tener muy calefaccionado el ambiente porque entre el frío que tenés afuera genera una condensación en el ambiente y salen hongos” (Mujer 3, grupo 1).
En la indagación, las mujeres dieron cuenta de su conocimiento del gasto en energía que implica cada uno de los electrodomésticos de uso más cotidiano y que más contribuyen a los tiempos de trabajo doméstico no remunerado (lavarropas, plancha, estufas, horno, etc.). Consideran que los precios de la electricidad, la leña y el gas en garrafa son altos y por eso están atentas a sus aumentos.
Casi me infarto cuando vi [que usaba] 12 bolsas por mes de $175 (3,9 USD) cada una y bueno… Después hacemos la cuenta, y yo no me había dado cuenta de que era eso… son tres bolsas por semana más o menos… es un fangote de guita [mucha plata]. (Mujer 4, grupo 1).
Dentro de esta misma lógica se encuentra el registro por parte de estas mujeres de los materiales más convenientes para calefaccionar su hogar a un menor costo. Una de las participantes señala: “A mí una hora me dura una bolsa … si tienen al rojo vivo todo, calienta toda la casa, pero entonces no me conviene. Yo no compro porque me puede durar menos de un día” (Mujer 5, grupo 1).
Del mismo modo, conocen cuáles son los electrodomésticos que más kWh consumen y que, por lo tanto, no pueden usar de manera asidua. Algunas relatan que pese a tener estos bienes (plancha eléctrica, caloventor), deciden no usarlos por el alto costo que representa:
No plancho, porque en casa no se plancha, no la conozco, la tengo de adorno. (Mujer 5 grupo focal 1).
Un aparato de estos… [haciendo referencia a una foto] gasta muchísimo. Ponele, yo lo hablo con la gente que viene a vender acá. Por ahí dice ´traje pava eléctrica, horno eléctrico, traje caloventor´ Acá no vas a vender nada, ya te estás yendo. No te van a comprar esas cosas. Nosotras esas cosas tratamos de no usarlas. (Mujer 6 grupo 1).
Cuando pasé del calefón eléctrico al termotanque… ´¿cuánto voy a pagar?´ Un año estuvo guardado, cuando lo puse, en aquel tiempo, rezaba. (Mujer 3, grupo 2).
Las mujeres que sí tienen y deciden usar estos bienes mencionan diferentes pautas y situaciones para su uso: “Yo me voy temprano a trabajar, entonces mi hijo se hace el desayuno con la pava eléctrica, puede ser una vez cada tres meses se usa, ¿me entendés? Si no, no se usa, porque sabemos que todos los días” (Mujer 4, grupo 2). Asimismo, conocen las mejores formas para aprovechar ciertos aparatos eléctricos al máximo. Una de ellas comentaba que el lavarropa “ahora lo regulamos a tres veces por semana y una vez por día, y buscamos que nos expliquen cuál es el mayor rango de utilización del lavarropas, entonces yo ahora técnicamente sé cuál es la carga máxima” (Mujer 5 grupo 2). En este sentido, saben el costo de usar ciertos electrodomésticos por determinado tiempo. Así mencionan “A ver … ya van 17 minutos de una estufa eléctrica … 17 por 20 pesos” (0,45 USD) (Mujer 6, grupo 1).
Las mujeres señalan que deben aprender muchas cuestiones de este tipo para aprovechar las cualidades del equipamiento hogareño al máximo y no gastar dinero demás. Dentro de estas cuestiones surge que, aun teniendo lavarropas y usándolo, algunas ponen la ropa en remojo previamente para “no poner el programa largo tampoco” (Mujer 6, grupo 1). Los cambios de hábitos y adaptaciones que las mujeres realizan para ahorrar energía resultan en una sobrecarga de trabajo de cuidado y doméstico no remunerado en los hogares, como se aprecia en el ejemplo del lavarropas, especialmente cuando se considera la centralidad que posee este equipo en la vida cotidiana, especialmente, en hogares con varios integrantes.
También conocen las diferencias y conveniencias de utilizar diferentes fuentes de energía y mencionan que el alto precio de la energía repercute en el resto de sus gastos, generando cambios en sus hábitos y estilo de vida: “La garrafa la tengo para la cocina nada más, pero si hacen la cuenta es más barata la electricidad que el gas” (Mujer 7, grupo 1). “Por ahí dejo de comprar ropa o calzado porque tengo que juntar para pagar la luz” (Mujer 6, grupo 2). De manera general, mencionan que comprar otras cosas sería un lujo que no pueden darse, ya que además de pagar la electricidad deben “darle de comer a los chicos, cubrir las necesidades, si tenés alguien con medicamento en casa, por ejemplo” (Mujer 1 grupo 2). Por ello, aluden que, a veces, posponen lo más posible el pago de la electricidad: “Pensás, ¿pago la luz o espero que me llegue el aviso de corte? ¿o pago al que le estoy sacando para comer? En mi caso es así” (Mujer 3, grupo 1).
Ellas comparten que esta forma de vida es una gran carga, dado que implica que todo el tiempo tienen que estar desplegando estrategias, aumentando los tiempos que dedican a tareas de cuidado y domésticas no remuneradas. A su vez, también deben desarrollar estrategias creativas para ahorrar dinero ―por un menor gasto o por el acceso a recursos gratuitos―, hacer un uso más eficiente de la energía y no endeudarse. Las mujeres señalan que este tipo de pensamientos y acciones son constantes en su vida diaria y que les resulta agotador o hasta les dan bronca:
Te agota mes a mes ver cómo vas a hacer para pagar lo que estás debiendo. Porque vos imagínate a mí me gustaría decir este mes tengo toda la platita para mí, porque no debo dos, tres meses de luz. (Mujer 5, grupo 1).
En este sentido, dan cuenta de la “pesada carga” que representa no poder pagar la electricidad y endeudarse: “Y vos sabes que debes … debes …” (Mujer 8, grupo 1). En esta línea otra participante mencionaba que “Yo no me relajo nunca, porque terminas de pagar y estás pensando en lo que tenés que pagar al otro mes, pagaste todo ahora y ya estás haciendo la lista de todo lo que tenés que pagar” (Mujer 9, grupo 1).
Las mujeres también plantearon que atraviesan múltiples privaciones personales en estas situaciones de restricción energética, con efectos tanto físicos como emocionales: la posibilidad de comprar ropa para ellas, darse una ducha caliente y extendida, no pasar frío en el invierno, tener tiempo personal para trabajar fuera del hogar y estudiar. Quienes tienen trabajos remunerados fuera del hogar, aluden que “cuanto más trabajamos, menos nos alcanza, el tiempo, es corto el día… Como persona, no te queda tiempo para vos” (Mujer 3, grupo 1).
Una de las tareas más mencionadas es la recolección de leña que, además del tiempo y esfuerzo de recolección, implica estar atentas a cuestiones climáticas que podrían afectar su rendimiento (lluvias, humedad ambiente). La compra y transporte de la garrafa y la búsqueda de precios es otra actividad que demanda tiempo y atención.
Con respecto a la leña, por más movilidad que tengas, ahora, como está lloviendo no vas a conseguir leña seca en ningún lado. Así que hay días como estos que te la tenés que bancar si vos tenés leña guardada” (Mujer 7, grupo 2). El gas [en garrafa] tenés que salir a buscarlo. Pero lo que es en invierno que aumenta el precio, que lo tenés que salir a buscar, que si estas bañando a los chicos se apaga [la garrafa]. (Mujer 8, grupo 2).
En esta línea, otra de las tareas que les consume tiempo es la provisión de agua potable, dado que solo se consigue de canillas públicas localizadas en algunas esquinas de la localidad. Señalan que es común ver “gente con bidones haciendo cola, vos no vas a creer, acá hay una canilla en la escuela que es la zona esta… vamos a buscar agua… cuando ves bajar no bajan con un bidón” (Mujer 3, grupo 1).
En la Figura 2, que se presenta a continuación, se identifican de manera sintética las principales estrategias y acciones cotidianas desarrolladas por las mujeres frente a la pobreza energética.

En términos generales, recopilando todas las apreciaciones, detectamos el cuestionamiento a la situación que atraviesan. Ellas identifican que “se vive mal, porque no tenés las comodidades”, sumando que “no deberíamos de vivir así”, además señalan que “las comodidades están, lo que no alcanza es la plata”. Sin embargo, no identifican que se trate de una cuestión de pobreza. En este sentido, una de ellas menciona que “no estoy en pobreza, pero no tengo tantas comodidades tampoco” (Mujer 4, grupo 1). Si bien esta cuestión no fue una dimensión de análisis considerada inicialmente en este estudio, es interesante que haya surgido en el trabajo de campo, dando cuenta de aspectos que requieren una mayor indagación para comprender la ausencia de reconocimiento o identificación de la pobreza energética como un tipo de pobreza, al menos, para estas mujeres. Esto podría deberse a que ninguna de las participantes mencionó dificultades para adquirir bienes básicos como alimentos, vestimenta (abrigos) o educación. Del mismo modo, este grupo no da cuenta de restricciones en el acceso a electrodomésticos modernos, sino que manifiestan que no pueden usarlos por los altos precios de la electricidad. Es decir, pueden comprar bienes; pero, paradójicamente, no pueden realizar un uso asiduo de los mismos, generando restricciones energéticas que imposibilitan una vida más confortable. Sin embargo, aunque es vivenciado como una privación, no es identificado como parte de una situación de pobreza.
Conclusiones
Este artículo se propuso analizar las estrategias y prácticas que despliegan las mujeres para atenuar las consecuencias de la pobreza energética en un entorno urbano, caracterizado por la escasez de servicios públicos. La técnica de grupo focal permitió indagar en las vivencias y experiencias compartidas por las mujeres respecto a la manera en que se organizan los recursos del hogar (tiempo, ingresos, activos, redes, acceso a bienes libres).
El análisis muestra que las mujeres desarrollan distintas estrategias de vida para incidir activamente en la manera en que este fenómeno impacta en su calidad de vida: cambian sus hábitos de consumo, disminuyen el consumo de energía, modifican el uso de los espacios en la vivienda, destinan mayor tiempo a la gestión de los recursos del hogar, e incorporan diversidad de conocimientos técnicos. Estas estrategias, aunque involucran al conjunto del hogar, generalmente intensifican el tiempo de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que, históricamente, tienen las mujeres. Además, implican tareas adicionales (técnicas, de gestión, de ahorro) que refuerzan la carga emocional y física de las mujeres, y que aumenta con la cantidad de personas que integran el hogar y sus requerimientos energéticos (discapacidad, enfermedades preexistentes e infancias, entre otras). En este contexto, se hace evidente la conexión con el concepto de feminización de la pobreza, que subraya cómo las mujeres a menudo experimentan de manera desproporcionada los impactos de la pobreza y asumen una carga mayor en la gestión de recursos y la prestación de cuidados no remunerados.
Las carencias energéticas conllevan una disminución en la calidad de vida que deriva en la adopción de prácticas que inciden en la organización de los recursos del hogar y en la salud física y mental de sus miembros, pero con mayor intensidad en las mujeres porque realizan gran parte de las tareas vinculadas a la reproducción familiar. Son ellas quienes se encargan de las prácticas económicas y no económicas que rigen la vida cotidiana afectando su tiempo, estado de ánimo y salud física. En muchos de sus testimonios dan cuenta de prácticas que sacan su costado más inventivo para gestionar el día a día, mostrando estrategias ampliamente desarrolladas o situaciones en las que prima la improvisación ante nuevos eventos.
Las mujeres participantes reconocen la ausencia de infraestructura pública y el rol central que, en este contexto, posee el servicio de electricidad, lo que en la interacción con el precio de las distintas fuentes de energía disponibles refuerza su situación de vulnerabilidad. No obstante, debido a que no poseen, en general, dificultades para acceder a otros bienes esenciales, no se reconocen en situación de pobreza. Esto da cuenta de la complejidad que reviste el fenómeno de la pobreza energética para ser percibido como un problema público en localidades urbanas. Si bien esta cuestión no formó parte de los ejes de investigación iniciales, emerge en el trabajo de campo como un hallazgo que requiere un desarrollo más profundo en futuras investigaciones, dada la relevancia que puede tener para promover procesos colectivos autogestivos y diseñar programas y políticas públicas.
En el plano de lo colectivo, las mujeres participantes proponen la construcción de espacios de intercambio, debate y aprendizaje sobre la cuestión energética. En particular, señalan la necesidad de acceder a información precisa y clara sobre el gasto energético de los electrodomésticos y los usos más eficientes que se le pueden dar a estos equipos, y las medidas que mejoran la aislación térmica de sus viviendas y disminuyen el gasto en energía con una baja inversión.
Estas iniciativas, si bien son valiosas para empoderar a las mujeres en la gestión de la energía y promover su bienestar, continúan reforzando el rol de las mujeres en la distribución sexual del trabajo, en vez de resaltar la importancia de abordar las causas estructurales de la pobreza energética y considerar enfoques más integrales (como poner en valor el papel social de las cooperativas de electricidad y de los Estados nacional, provincial y municipal). En este sentido, por un lado, las cooperativas pueden coordinar y gestionar la instalación y financiamiento de sistemas descentralizados de generación de energía de fuentes renovables (termotanques solares, paneles SFV, salamandras eficientes) bajo modelos de negocio individuales o colectivos. Los gobiernos locales, por otra parte, pueden fortalecer los programas de fraccionamiento de poda, aplicar programas de compra conjunta de leña de calidad. Los gobiernos nacional y provincial y las empresas que poseen la concesión de los servicios públicos tienen un papel clave, ya que resulta imperioso ampliar y mejorar la infraestructura energética y facilitar el acceso a combustibles más baratos. A su vez, resulta clave promover políticas públicas que reconozcan y validen la importancia de la organización social de los cuidados y permitan distribuir mejor los tiempos de trabajo doméstico y de cuidados. Al considerar las perspectivas de género en diversas problemáticas, se puede promover mayor equidad y la formulación de políticas más inclusivas y acordes a las necesidades reales de los hogares.
Agradecimientos
Se agradece la contribución desinteresada de la Dra. Melina E. Zuliani con el mapa de Ibarlucea y sus alrededores.
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Notas