Dosier
El escenario asistencial de la reforma psiquiátrica
The Healthcare Arena of the Psychiatric Reform
El escenario asistencial de la reforma psiquiátrica
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 44, núm. 146, pp. 187-206, 2024
Asociación Española de Neuropsiquiatría

Recepción: 31 Mayo 2024
Aprobación: 24 Agosto 2024
UNA DE LAS CARACTERÍSTICAS DE LA AEN-PSM desde sus inicios ha sido su interés y su compromiso por lo asistencial, por la mejora de los modelos de atención en salud mental y por una clara voluntad reformista de la organización de los servicios públicos. Tanto la reforma psiquiátrica de la Segunda República como la que se inició en los años ochenta del siglo xx estuvieron precedidas de debates en el seno de la AEN, así como de iniciativas y valoraciones posteriores. El objetivo de este capítulo es conocer el balance que, en este momento, algunos de los socios más comprometidos con estos procesos hacen de las mencionadas reformas y del papel específico que la AEN pudo desempeñar durante sus cien años de existencia.
Editores Dosier: La primera pregunta obligada tiene que ver con la historia de la AEN desde su fundación en 1924. Rafael Huertas ha estudiado las características de la reforma psiquiátrica de la Segunda República (1,2). Rafa, ¿qué papel desempeñó la AEN en este proceso?
Rafael Huertas: El decreto de 3 de julio de 1931 “sobre asistencia a enfermos psíquicos” es considerado el punto de partida del intento de reforma psiquiátrica durante la Segunda República. Como se sabe, Lafora, Sacristán y Escalas habían elaborado y presentado en la Tercera Asamblea de la Liga de Higiene Mental, celebrada en Sevilla en 1929, un Anteproyecto de Legislación para la Asistencia del Enfermo Psíquico que fue la base del decreto republicano. Sin embargo, la AEN, desde su fundación en 1924, siempre tuvo la voluntad de convertirse en interlocutor de la administración, de modo que, además de reformas legislativas, la preocupación por lo asistencial ha sido una de sus señas de identidad ya desde la Primera Reunión de 1926, en la que se abogaba por la necesidad urgente de una revisión de la legislación, la creación de un cuerpo de facultativos especialistas, la enseñanza universitaria de la psiquiatría o un plan moderno de asistencia a los alienados. No cabe duda que la impronta de la AEN en la reforma psiquiátrica de la República es digna de tener en cuenta. En la Sexta Reunión de la AEN, celebrada también en Sevilla en 1932, la cercanía del colectivo de neuropsiquiatras organizado en torno a la AEN con el gobierno republicano es muy evidente, y su secretario, Belarmino Rodríguez Arias, presentó una Memoria en la que se reconocían con entusiasmo las novedades que en poco tiempo se habían producido: el decreto del 31, la creación de Consejo Superior Psiquiátrico –presidido por Gonzalo Rodríguez Lafora–, el título de “enfermero psiquiátrico” y otras disposiciones que afectaban a la asistencia psiquiátrica y a la higiene mental y que, desde la AEN, se consideraron logros propios. También en 1933, la Universidad de Barcelona creó las cátedras de Neurología y Psiquiatría, cubiertas por Belarmino Rodríguez Arias y Emilio Mira, respectivamente, dos destacados socios de la AEN. En definitiva, podemos concluir que nunca la AEN tuvo una influencia política tan importante como durante la Segunda República, sobre todo durante su primer bienio. Como en su día apuntó José Lázaro, “los neuropsiquiatras [de la AEN] apoyaban con entusiasmo a la República, pero previamente la República había puesto en sus manos la neuropsiquiatría” (3).
Editores Dosier: Rafael, ¿hasta qué punto la reforma republicana marcó un hito histórico en la organización de los servicios psiquiátricos? ¿O ha habido una cierta “idealización” de la República en este sentido?
Rafael Huertas: Creo que puede decirse que la reforma de la asistencia psiquiátrica en la España republicana es bastante similar a lo que estaba ocurriendo en otros países del mundo occidental. La Higiene Mental fue un movimiento transnacional y no debemos olvidar que su desarrollo refleja, en buena medida, el papel desempeñado en las sociedades europeas y americanas por las utopías científicas y sociales inspiradas en los ideales de regulación y defensa social. En este sentido, las reformas republicanas pretendieron establecer, al igual que en otros lugares, un entramado asistencial con dispensarios de higiene mental, servicios abiertos y servicios cerrados, pero no dejaron de tener un notable sesgo custodial y de defensa social. Entre otras cosas, porque introducía la peligrosidad social como un elemento fundamental para decidir la suerte de las personas diagnosticadas. Los y las pacientes ingresados contra su voluntad por presentar un “estado de peligrosidad social o con manifestaciones antisociales” (artículo 4º del decreto de 1931) debían ser confinados en servicios cerrados, de modo que, como ha señalado con acierto Ricardo Campos (4), se consagraba así un modelo dual que se fundamentaba no solo en argumentos humanitarios y científicos, sino también en criterios administrativos y de regulación social. En este sentido, creo que la reforma de la Segunda República probablemente solo respondió a las tendencias generales de la época, en el marco, eso sí, de un proceso de modernización del país (5).
Me parece que esa posible idealización no solo de la reforma psiquiátrica, sino de la República en general tiene su origen en la manera tan traumática en que terminó, con el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, la guerra civil y la posterior dictadura franquista. Esto ha hecho que, en general, se haya considerado la Segunda República española como un momento de grandes esperanzas frustradas violentamente, lo cual es sin duda cierto, pero a veces se olvidan las contradicciones, discontinuidades o limitaciones que dicha república burguesa pudo llegar a tener. Un riesgo evidente de esta posible idealización es la propuesta de un relato de continuidad entre la vieja reforma republicana y la de los años ochenta. No cabe duda de que esta última estimuló la investigación histórica de experiencias anteriores, pero en ningún caso para considerar la reforma asistencial republicana como un modelo a reeditar. En ocasiones se nos ha achacado a los historiadores esta pretensión, pero en ningún momento hemos hecho afirmaciones en este sentido, lo que hubiera sido caer en un presentismo descontextualizado bastante poco riguroso. En todo caso, es lógico e inevitable que el talante reformista de la República, en especial, insisto, el del primer bienio republicano-socialista –o la etapa del Frente Popular–, fuera considerado una especie de referente moral en el que mirarse. Es evidente, también, que pueden encontrarse paralelismos entre los años treinta y los ochenta, en el sentido de que fueron momentos de trasformaciones políticas, sociales y culturales importantes, pero yo creo que representan escenarios muy diferentes en lo científico y en lo político, y el papel desempeñado por la AEN en ambos momentos históricos fue, obviamente, muy distinto.
Editores Dosier: En este sentido, y teniendo en cuenta que Antonio Espino publicó algunos trabajos históricos, como “La reforma de la legislación psiquiátrica en la Segunda República: su influencia asistencial” (6), cabría preguntarte, Antonio, ¿hasta qué punto el estudio de la reforma republicana pudo influir o dar soporte a la reforma de los años ochenta? ¿O abordaste este estudio histórico por interés o curiosidad intelectual sin que influyera demasiado en tu trabajo como secretario de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica, de la que más tarde hablaremos?
Antonio Espino: Mi interés por la psiquiatría y los psiquiatras de la Segunda República – con una figura germinal de la magnitud e impacto de don Santiago Ramón y Cajal– va unido al deseo de ejercer el oficio de psiquiatra, acumulando desde muy pronto documentación sobre aquel ilusionante periodo, y estimulado aún más, ya de residente en el Hospital Psiquiátrico de Leganés, al entrar en contacto con Diego Gracia (7), colaborador de Laín Entralgo en la Cátedra de Historia de la Medicina y antiguo psiquiatra del hospital; a lo que se vinieron a sumar las facilidades que suponía para la investigación del periodo la reciente donación de la biblioteca de Gonzalo Rodríguez Lafora al Instituto Arnau de Vilanova, que dependía de la cátedra. Mucho antes de su catalogación, pasé bastantes tardes allí leyendo, tomando notas y fotocopiando mucho material de interés.
La concreción del trabajo se aceleró, sin embargo, en 1976 por la exigencia formal de contar con el grado de licenciatura para continuar enseñando Psicopatología a los estudiantes de Psicología de la Complutense, lo que hice presentando una tesis sobre la legislación psiquiátrica de aquella época, que fue la base de la publicación que habéis mencionado.
Aun no siendo comparables las condiciones de nuestro país en las dos situaciones históricas, su estudio me ayudó a entender algunos elementos básicos en cualquier proceso de reforma y se podría establecer, sin duda, alguna correlación entre ambos procesos: los dos se daban en momentos históricos de cambio en el país, con unos profesionales ilusionados ante el nuevo proyecto y con un esfuerzo negociador con los poderes públicos que iba a ser elemento indispensable para hacer avanzar en unas reformas donde las dificultades de financiación iban a estar siempre presentes.
Editores Dosier: Siguiendo con una reflexión histórica más reciente, nos gustaría preguntar a Víctor Aparicio y a Manuel Desviat. ¿Se podría pensar que las luchas psiquiátricas del tardofranquismo fueron la antesala de la reforma psiquiátrica que aconteció en el país unos años más tarde? ¿De qué manera os parece que pudieron influir en todo lo que vino después?
Víctor Aparicio: En el tardofranquismo surgen en distintos lugares del país los llamados “conflictos psiquiátricos”. Estos conflictos son liderados fundamentalmente por psiquiatras jovenes y mires, que en su mayoría habían estado en los movimientos universitarios de mayo del 68. Son profesionales con conciencia política y con un interés claro por la lucha contra la dictadura franquista. Dentro de esos conflictos, están los que surgen en instituciones psiquiátricas bien dotadas (Clínicas de Ibiza, en Madrid, Conxo, en Santiago de Compostela, Oviedo) pero que se enfrentan a las dificultades para la gestión democrática de las mismas; están los que formulan alternativas conforme a fundamentos de la comunidad terapéutica (Instituto Mental de la Santa Creu, en Barcelona); y están los que critican la violación de los derechos humanos de los internados (Hospital Psiquiátrico de Salt, Girona). Todas estas experiencias generaron una crítica global del modo de atención de la salud mental en España y, con la ayuda de los contactos con la psiquiatría alternativa italiana, se fue construyendo la idea de formalizar una práctica que rompiera con el modelo asilar y basara su proyecto en desarrollar un proceso de desinstitucionalización y una red de salud mental comunitaria, territorializada y basada en el respeto a los derechos humanos.
Manuel Desviat: Los intentos de introducir mejoras en los insalubres hospitales psiquiátricos durante los años setenta, abortados con despidos y expedientes por la dictadura, promovieron una ola de movilizaciones y denuncias públicas y la creación de la Coordinadora Psiquiátrica, que agrupó a jóvenes psiquiatras, psicólogos y algunos otros profesionales de la salud mental. Estas luchas psiquiátricas del tardofranquismo y los primeros años de la Transición permitieron la creación de una masa crítica de profesionales de la salud mental y abrieron un debate que estableció la estrategia y los objetivos de la reforma que se llevará a cabo tiempo después. De hecho, informan los principios generales de la Comisión de la Reforma Psiquiátrica (1985) y del artículo 20 de la Ley General de Sanidad (1986), que estableció un modelo comunitario y desinstitucionalizador integrado en la sanidad general. En el ideario están presentes las experiencias que estaban sucediendo en países de nuestro entorno, con distintas características pero con unos objetivos comunes: el cierre de los hospitales psiquiátricos (o su transformación en la psiquiatría francófona) y la creación de recursos alternativos en la comunidad, que en España se enlazan con la lucha antifranquista.
Editores Dosier: ¿Y qué papel jugó la Asociación en la creación de un estado de opinión previo y reivindicativo de la reforma?
Antonio Espino: La nueva AEN que surge del Congreso de Sevilla (1977) va a trascender su propia capacidad como asociación científico-profesional para implicarse de lleno en el proceso de cambio asistencial y democrático del país. Una parte de “la psiquiatría oficial” había abandonado la AEN desde hacía tiempo y a partir del Congreso de Sevilla algunos de sus miembros ajenos al franquismo –una generación intermedia en la que estaban algunos discípulos y allegados de los viejos psiquiatras republicanos– se fueron distanciando de la nueva Asociación para continuar un camino en gran medida marcado por la propia existencia de los Archivos de Neurobiología, la revista oficial de la Asociación Española de Neuropsiquiatras en tiempos de la Segunda República, con Lafora en la cabecera y a la que a su muerte en 1971 su hijo dará continuidad.
Desde la mencionada Coordinadora Psiquiátrica –donde participaban codo con codo con los psiquiatras otros profesionales del sector– una nueva generación estaba asumiendo ilusionada un protagonismo político-asistencial que podría recordar, en cierta forma y obviando no pocos aspectos, al grupo de experimentados psiquiatras que habían jugado tan importante papel durante la Segunda República española.
El cambio de los Estatutos con la ampliación de la Asociación al conjunto de profesionales del sector de la salud mental va a incrementar su presencia activa en los territorios en todos los ámbitos de discusión relativos a la salud mental y su incidencia real sobre las políticas de cambio que se desarrollan en el país, muy especialmente a partir de las elecciones municipales de 1979.
Editores Dosier: ¿Podemos hablar de un debate interno sobre la reformaen la AEN?
Manuel Desviat: El debate interno, muerto Franco, se da primero en la Coordinadora en torno al papel del movimiento que esta aglutinaba. De una parte, los que pensaban que era necesaria una asociación progresista profesional abierta a los distintos oficios de la salud mental, que rompiera el monopolio de la psiquiatría oficial, tanto ante las instituciones del Estado como en el imaginario social, vinculada a los movimientos de reforma sanitaria y de servicios sociales y a todo el proceso de reconstrucción democrática de la sociedad civil y sus aparatos. Se trataba de pasar de la denuncia a crear las bases técnicas y políticas para la construcción de una nueva realidad psiquiátrica, sin renunciar a los principios que animaban a la Coordinadora. Por otra parte, estaban los partidarios de mantener la movilización asamblearia desde una posición crítica y rupturista, antipsiquiátrica, no institucionalizada en una asociación. Un debate presente en los países de nuestro entorno, central en los encuentros del Réseau “Alternativa a la Psiquiatría”– (que dio lugar en la Italia basagliana a la creación de la Asociación Psiquiatría Democrática), que no puede leerse como un simple enfrentamiento de posiciones políticas partidarias, que como tal no tuvieron gran relevancia. Será años después, en el proceso de reforma, cuando tendrán peso los partidos políticos.
Víctor Aparicio: La AEN, a partir de 1977, tiene como objetivo prioritario debatir y reflexionar sobre los cambios necesarios en la atención en salud mental. Asimismo, tiene un rol activo en las situaciones donde se visualizan violaciones de los derechos humanos o déficits en la atención en salud mental. Con ese fin se desarrollan comisiones de investigación que realizan informes que permiten resoluciones de la AEN para denunciar esas situaciones y, a la vez, proponer alternativas concretas para superarlas. Junto a esa práctica se crean de forma permanente dos comisiones que van a tener un papel clave en el tema de la reforma y de su crítica: son las Comisiones de Asistencia y de Legislación.
En 1989 se presenta un Documento sobre la Posición de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en torno a la Situación Actual de la Reforma Psiquiátrica en el Estado Español(8). Este documento fue discutido en la asamblea de la Asociación celebrada en Santiago de Compostela el 3 de noviembre de 1989. Fue un documento crítico con los déficits en el desarrollo de la reforma psiquiátrica de 1985 y remarcaba las desigualdades entre las comunidades autónomas. Entre sus propuestas, instaba al Senado a promover un debate sobre el estado de la reforma en las distintas comunidades autónomas. La Revista de la AEN también recogía en 1990 el Manifiesto Fundacional del “ColectivoCrítico para la Salud Mental” (9).
Editores Dosier: Hablando de debates internos, la siguiente pregunta es para Guillermo Rendueles. Guillermo, a finales del siglo xx publicaste un texto, titulado “De la Coordinadora Psiquiátrica a la Asociación Española de Neuropsiquiatría: de conspiradores a burócratas” (10), que generó un cierto debate y dio lugar a reacciones por parte de colegas de la AEN como Manuel González de Chávez(11) o Manuel Desviat (12). Sin querer abrir viejas heridas (nada más lejos de nuestra intención), ¿cómo recuerdas aquel momento? ¿Se dio un debate real sobre el papel de la AEN en la reforma o fue un intercambio de pareceres entre distintas formas de vivir y sentir el proceso que no trascendió al tejido asociativo?
Guillermo Rendueles: En el tardofranquismo de los años 70 la estrategia comunista para su derrocamiento tenía como eje central unificar las luchas de las fuerzas del trabajo y la cultura. Parte de esos colectivos eran los colegios profesionales –de arquitectos, doctores y licenciados– en cuanto gremios útiles tanto para el ataque al autoritarismo franquista como para la defensa frente a la represión personal –despidos, listas negras– o intelectual –censura, cierre de publicaciones– que desde la universidad se extendía a todo el campo profesional.
Esa estrategia se complementaba con la práctica de extender cualquier conflicto laboral como una mancha de aceite: cada protesta, aunque hubiese empezado por una reforma mínima –en la primera huelga de Oviedo el cambio de los becarios MIR en laborales–, podía llegar a extenderse a la huelga general que en nuestros sueños derrocaría la dictadura.
La Coordinadora MIR y la AEN reflejaban, con unas particularidades que trataré de resumir, ese proyecto. Participar en la AEN suponía, por un lado, coger la cita que en esa asociación había dejado la psiquiatría republicana y, por otro, aprovechar que dentro de sus confusas publicaciones, que por norma buscaban la aprobación de las taifas de mandarines que repartían cátedras y prebendas, aparecían insólitas recomendaciones de la comunidad terapéutica en los manicomios, como ocurrió en el Congreso de la AEN en Málaga, que justificaban el cambio asistencial en los manicomios.
Los manicomios españoles de los años 70 eran resultado de dos funciones características asignadas desde el poder franquista: una asilar, presidida por los anacronismos del nacionalcatolicismo, que abortó cualquier coqueteo con el eugenismo y por ello sedimentó una enorme población de crónicos que habían ingresado por una crisis quedándose internados por abandono, y otra de complementar las prisiones como aparatos de producción de orden (en el psiquiátrico de Oviedo de esa época el pabellón de judiciales abarcaba un cuarto del total de internos). De ahí que al empezar a trabajar en el Manicomio de Oviedo mis primeras evocaciones fueron más con las instituciones totales que conocía –cárceles y cuarteles franquistas– y menos la del mundo del autismo o los delirios crónicos que había estudiado.
Poner entre paréntesis la vida real y concentrarse en las vivencias de los internados como aconsejaban los clásicos de la psicopatología resultaba a mi generación una práctica indecente, y de ahí la urgencia de forzar reformas en aquellas instituciones –apertura de puertas, altas, limitación de electrochoques y ataduras–, que rápidamente recibieron una respuesta represiva tanto administrativa en forma de despidos como directamente policial.
Las noticias que llegaban de Italia y otros espacios europeos no podían ser más optimistas para los reformistas: los manicomios se cerraban y Basaglia hablaba del doble de la locura encerrada, que se normalizaba al salir del manicomio, y películas como Locos a desatar [1]mostraban crónicos psiquiátricos integrados en cadenas de montaje o adolescentes tormentosos normalizados en residencias juveniles. El grito de “Abajo los muros de los asilos” parecía recorrer el mundo y hasta la OMS anunciaba un “bello día” sin manicomios.
La anomalía española consistió en despidos masivos tras cada conflicto y represión policial directa, resistencias concretadas en Coordinadoras que tras cada conflicto tejía resistencias y solidaridades que permitían sobrevivir a los despedidos y rehacerse tras cada derrota y acumular fuerzas para la siguiente pelea.
Coordinadora y AEN parecían estructuras complementarias en esas luchas, pero la historia las convirtió en alternativas. En el Congreso de Valladolid de la AEN, cuando todo parecía dispuesto para que la Junta Directiva fuese ocupada por una directiva de izquierda, la asamblea bloqueó esa posibilidad etiquetándola de burocrática, afirmando como única tarea la reforma asamblearia en los centros de trabajo y las coordinadoras como único colectivo representativo para colectivizar y apoyar esas reformas autónomas.
A mi juicio ese conflicto siguió latente y, aunque se invirtió –las directivas de la AEN fueron ocupadas por demócratas que lideraban las reformas psiquiátricas–, se exacerbó en el momento weberiano de la Transición española. En el congreso de la AEN de Oviedo el discurso del nuevo presidente, José García, afirmaba “Ya no somos la Coordinadora”, para indicar que los viejos carismas de los líderes reformistas debían ser substituidos por las virtudes gerenciales. La nueva administración del PSOE necesitaba reclutar unas élites que concretasen-limitasen las reformas psiquiátricas al mundo administrativo-político recién inaugurado. El nuevo gobierno carecía de ese personal de confianza que buscó y encontró en diversos cargos de la AEN que tuvieron que asumir la vocación y los valores de la responsabilidad que, parafraseando a Weber, había explicitado Felipe González.
Editores Dosier: Como sabemos, la llamada “toma de la AEN” tuvo lugar en el Congreso de Sevilla de 1977, pero fue en el siguiente Congreso, el de Madrid de 1980, cuando se presentó una ponencia colectiva, coordinada por Manuel González de Chávez, que dio lugar a una publicación muy emblemática: La transformación de la asistencia psiquiátrica (14). ¿Qué supuso esta ponencia como elemento aglutinador de la AEN en torno a la necesidad de la reforma?
Víctor Aparicio: Este texto reúne los trabajos de cincuenta y cinco profesionales que en ese momento estaban implicados en las experiencias de cambio en la atención de salud mental del país. En la presentación, Manuel González de Chávez expone claramente el objetivo del libro: “Es la continuación de tareas, discusiones y análisis que deseamos ampliar a muchas personas a las que interesar y con las que deliberar y actuar para conseguir cambios cualitativos en la ayuda que se ofrece en el terreno de la salud mental”. Durante mucho tiempo, el llamado “libro azul” ha sido una especie de manual para todos aquellos que iniciaron procesos de reforma en la década de los ochenta.
Manuel Desviat: El Congreso de 1980 representó la consolidación de la nueva AEN en el ámbito psiquiátrico, sanitario y social, y su presencia institucional y pública. Entonces se aprueban en asamblea los cambios estatuarios que van a fijar las señas de identidad de la nueva AEN, con un ideario reformador, alternativo a la psiquiatría conservadora, socializador, atento a los derechos humanos de los sufridores psíquicos. La apertura disciplinar, ya presente en la composición del comité organizador del Congreso, asienta la distancia con otras asociaciones del ámbito psiquiátrico, delimitando claramente las diferentes formas de entender la psiquiatría, la psicología, el trabajo social y otros oficios de la salud mental.La ponencia colectiva “La transformación de la Asistencia Psiquiátrica” da cuenta (a través de 55 capítulos-testimonio) de lo acontecido en los años 70, al igual que la Revista de la AEN (1981-) y sus publicaciones darán cuenta después del proceso de la reforma, de sus logros y fracasos.
Editores Dosier: En relación a la reforma propiamente dicha, Antonio, tú desempeñaste un papel de gran importancia como secretario de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica (1985), que sentó las bases de la reforma psiquiátrica y que acabó encontrando su marco, un año más tarde, en la Ley General. ¿Qué papel te parece que desempeñó la AEN, si es que lo hizo, en aquel proceso concreto?
Antonio Espino: La Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica –y su Secretaría, colgada del Gabinete del Ministro– fue el instrumento creado por el Ministerio de Sanidad y Consumo en el primer gobierno socialista –al carecer de estructura administrativa propia para la salud mental– para impulsar la reforma psiquiátrica dentro del cambio sanitario, cuya necesidad y exigencia estaban en la calle y sentían mayoritariamente los profesionales: el país pedía, junto a democracia, medidas de justicia social como el cambio de la Sanidad.
Fue un objetivo inicial de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica elaborar un informe experto que respondiera a las necesidades de cambio en el sector de la salud mental y fuera asumido para su dinamización y desarrollo por el ministro de Sanidad y Consumo, Ernest Lluch. En este proceso, los vocales de la Comisión Ministerial – elegidos entre relevantes profesionales del sector– se constituirán en principales artífices de las veintinueve recomendaciones y propuestas del mismo (15). Pues bien, estos profesionales eran mayoritariamente miembros de la AEN y con un papel muy relevante dentro de la misma: Valentín Corcés había salido elegido presidente de la AEN refundada de 1977 en el Congreso de Sevilla –de cuya junta directiva yo formaría parte–; José García será presidente desde el Congreso de Oviedo de 1983 y Francisco Torres lo será a partir de 1990 en el Congreso celebrado en Madrid. Fede Menéndez, por último, formará parte del grupo inicial que va a promover la psiquiatría infantil dentro de la Asociación (16).
Editores Dosier:Iniciamos ahora otro bloque sobre el proceso de reforma psiquiátrica en lugares concretos. La desinstitucionalización o el cierre de los manicomios tuvo desarrollos desiguales en los distintos ámbitos del territorio español. Conscientes de que la aproximación será incompleta, hemos seleccionado Andalucía, Asturias y la zona sur de Madrid para reflexionar sobre estas cuestiones. En el marco de esa reforma se crearon tres Institutos de Salud Mental (Madrid, Valencia y Andalucía). El de Andalucía, el Instituto Andaluz de Salud Mental (lASAM) (Ley, 9/1984), tuvo como objetivos la integración de todos los servicios públicos de salud mental y el cierre los hospitales psiquiátricos. Marcelino López fue primero director de la Unidad de Ordenación Asistencial de IASAM, luego del Programa de Salud Mental del Servicio Andaluz de Salud y finalmente director de programas de la Fundación Pública Andaluza para la Integración Social de Personas con Enfermedad Mental (FAISEM). Marcelino, ¿cuáles serían, en tu opinión, las características más relevantes de la reforma en Andalucía?
Marcelino López: Los procesos de reforma de las estructuras públicas de atención en salud mental fueron diversos en los distintos territorios del Estado. En Andalucía, el proceso iniciado oficialmente en 1984, con la aprobación parlamentaria de la ley de creación del IASAM, tuvo algunas características diferenciales que merece la pena recordar brevemente (17, 18):
· La confluencia de una iniciativa política y profesional para un cambio básicamente estructural como base para posteriores cambios de funcionamiento.
· Un objetivo explícito de unificar el conjunto de recursos sanitarios públicos y su integración en un nuevo sistema de servicios sin hospitales psiquiátricos.
· La creación de una estructura para la gestión de una primera fase del proceso, el IASAM, claramente diferenciada, pese a compartir denominación con las establecidas en Madrid y la Comunidad Valenciana, por su carácter transitorio, su defensa de redes sin hospitales psiquiátricos y sus competencias sobre el conjunto de los recursos públicos.
· Y el desarrollo, a partir del año 1993, de una estructura específica de gestión de recursos intersectoriales de apoyo social: la fundación pública FAISEM (17, 19).
Y es con ese conjunto de aspectos con los que cabe relacionar el papel de la AEN, aunque es necesario diferenciar en él varios aspectos o dimensiones, centrándonos en las primeras décadas del proceso (1984-2000), en las que se produjeron los cambios estructurales más significativos.
Sin embargo, en primer lugar, es necesario hacer referencia al desarrollo de algunos procesos locales de reforma previos a la aprobación de la ley de 1984. Procesos de desigual desarrollo, pero con un claro protagonismo de profesionales vinculados a la AEN, como la creación del nuevo Hospital Psiquiátrico de Huelva en 1971, la oposición al traslado del viejo Hospital Psiquiátrico de Málaga a mediados de esa década y, especialmente, los procesos iniciados tras las primeras elecciones municipales democráticas (1979) en los servicios de las Diputaciones de Sevilla con Manuel González de Chávez, Jaén con Enrique González Duro y Málaga con Valentín Corcés Pando (14).Procesos cuyo desigual y no siempre afortunado desenlace favorecieron la generación y aprendizaje de un importante núcleo de profesionales adscritos a la renovada AEN desde su estructura andaluza, aunque también dejaron expectativas y posiciones discordantes con respecto al camino oficialmente emprendido en 1984, entre otras cosas por el papel contradictorio del PSOE en esos distintos procesos, con una paralela y progresiva diferenciación de dos tendencias dentro de la propia Asociación, simplistamente caracterizables como “crítica” y “oficial” (20).
En segundo lugar, es importante resaltar que la iniciativa del proceso tuvo una dimensión claramente política. Aunque la ley se aprobó por unanimidad en el Parlamento, la iniciativa directa fue del Partido Socialista, desde el gobierno de la Junta y con el apoyo no siempre consistente de las diputaciones provinciales. Pero la ideología que orientaba la ley era plenamente coincidente con la que venía defendiendo la AEN desde la Ponencia de 1980 (14), incluyendo, además, la presencia como viceconsejero de Salud de un psiquiatra miembro de la Asociación y futuro presidente de esta, Francisco Torres González. La superación de los hospitales psiquiátricos, la orientación comunitaria y la integración en el sistema sanitario público formaban parte claramente de los principios orientadores de la Asociación, aunque no todos sus miembros compartiesen exactamente idénticas posiciones estratégicas y tácticas, cuando no tenían visiones diferenciadas del modelo final de servicios e intervenciones deseado. Esos principios y objetivos fueron también los que movieron a un grupo importante de profesionales a participar en el proceso, tanto en niveles de responsabilidad en su desarrollo como en el trabajo cotidiano en los servicios.
Editores Dosier: En este contexto, en este proceso de reforma y de construcción de un nuevo modelo de atención pública sanitaria y social en salud mental en Andalucía, ¿qué papel desempeñó, a tu juicio, la AEN?
Marcelino López: En lo que respecta a los niveles de dirección, la mayoría de quienes los asumimos en esos años (desde el gerente, primero del IASAM y después de FAISEM, Ladislao Lara Palma, a ocupantes de distintos escalones centrales y provinciales) éramos miembros de la AEN, en algunos casos con participación posterior en diferentes equipos de dirección nacionales y autonómicos. Y esa “militancia” orientaba, con más o menos éxito según los casos y momentos, el trabajo realizado entonces: desinstitucionalización y cierre de los hospitales, diseño y despliegue de los nuevos servicios, fomento de una orientación comunitaria del trabajo, etc. (21).
En cuanto al conjunto de profesionales directamente implicados en la atención, su vinculación a la AEN debe relativizarse más, con las cautelas que impone la ausencia de datos precisos sobre afiliaciones organizativas. La impresión es que, desde una afiliación importante al inicio del proceso, aunque siempre sesgada a favor de los y las psiquiatras y con menor participación de otras categorías profesionales, fue perdiendo peso progresivamente. Y tampoco está claro en qué medida esa afiliación, cuando existía, determinaba intervenciones profesionales realmente alternativas del modelo biomédico dominante. De hecho, ese sigue siendo uno de los problemas pendientes, definitorios también de la situación: la contradicción entre un cambio estructural claramente positivo y un cambio funcional bastante menos satisfactorio.
Por último, hay que señalar el papel jugado por la AEN como organización, especialmente en el caso de la “sección” andaluza. En términos generales, hay que señalar que desde el inicio sucesivos equipos directivos de la Asociación Andaluza, entonces de Neuropsiquiatría y hoy de Profesionales de Salud Mental, trataron, con diferente fortuna según los casos, de combinar un apoyo claro al proceso en lo que respecta a sus objetivos y principales líneas de trabajo con distintas expresiones e iniciativas críticas sobre aspectos concretos del desarrollo de aquel, especialmente en relación al ritmo y magnitud del incremento de recursos, aunque también, de manera más diferenciada y minoritaria, en relación a determinadas decisiones de la dirección del proceso, en el IASAM, en la dirección de Salud Mental del SAS y en la creación y desarrollo de FAISEM (22).
En todo ello hay que señalar además diferentes posiciones en relación con la división ya señalada entre “críticos” y “oficialistas”, con algunas desconfianzas hacia determinadas decisiones del equipo directivo del proceso. Divergencias en las que cabría diferenciar aspectos críticos razonables a decisiones equivocadas e insuficiencias del proceso de posiciones más ligadas al inevitable “personalismo” de algunas figuras relevantes. Pero esta es una tarea que, obviamente, no cabe hacer aquí con unas mínimas garantías de objetividad.
Como resumen aún más apretado, la reforma no puede entenderse sin tener en cuenta el papel, ocasionalmente contradictorio pero en todo caso decisivo, de la AEN, como orientación y movimiento profesional, y, de manera más matizada, en tanto que estructura organizativa concreta.
Editores Dosier:Manuel, tú fuiste director del Instituto Psiquiátrico-Servicios de Salud Mental José Germain de Leganés durante una larga etapa (1985-2008), ¿qué representa Leganés en el marco de una reflexión general sobre la reforma?
Manuel Desviat: Leganés es una referencia de las experiencias llevadas a cabo a partir de los años ochenta que demuestra la posibilidad de cerrar un manicomio y crear una amplia red de dispositivos en la comunidad, integrando administraciones y recursos públicos, desde las viviendas protegidas y la rehabilitación a las unidades psiquiátricas de los hospitales generales. Pero también es referencia de la fragilidad política de la asistencia psiquiátrica, y en general de las construcciones sociales, cuando cuestionan la estructura político-económica que predispone o causa el sufrimiento psíquico (23, 24).
Editores Dosier: Y una última pregunta sobre este bloque. Víctor, la AEN asturiana (autonómica) no se funda hasta finales de los años ochenta, pero, en todo caso, ¿crees que la AEN desempeñó algún tipo de papel en la reforma en Asturias?
Víctor Aparicio: En Asturias se da la circunstancia de que las dos personas que comenzaron la reforma psiquiátrica, en 1983, eran vicepresidentes de la AEN: José García González era vicepresidente 1º y fue nombrado director regional de Salud Mental y yo mismo, que era vicepresidente 2º, obtuve la plaza en concurso público de director-gerente del Hospital Psiquiátrico de Oviedo. Sin embargo, la AEN no tuvo una intervención directa en el proceso de reforma. Hay que añadir que, en efecto, la Asociación de Neuropsiquiatría y Salud Mental de Asturias no se creó hasta 1987.
Editores Dosier: Bueno, llegados a este punto, parece obligado pediros un balance, una breve reflexión sobre qué supuso la reforma, con sus luces y sus sombras. ¿Con qué obstáculos se encontró y en qué situación estamos en el momento actual?
Guillermo Rendueles: A mi juicio la reforma chocó con cuatro conflictos básicos que contextualizan la situación actual de la asistencia psiquiátrica española: 1) la cronicidad y el defecto no eran el resultado del encierro, ni el doble de la locura, y hoy persisten lejos del manicomio; 2) lejos de un mundo acogedor hacia los locos, san Mercado (lo social) los estigmatiza y margina; 3) las familias que tanto habíamos criticado en los textos antipsiquiátricos (Family Life[2], Laing) resultaron el único espacio de supervivencia para los locos sin comunidad; 4) a los centros de salud mental llegaron una multitud con quejas de angustias, depresiones y malvivires diversos que recibieron fundamentalmente psicofármacos, lo que nos convirtió en uno de los países más psiquiatrizados del mundo; las demandas interminables hacen imposible que nada sea bastante para contener los malestares que refutan la promesa de salud-bienestar; 5) Por ello, la industria farmacéutica, marginal antes de la reforma, sin ninguna innovación real, se convirtió en un coloso que hoy dirige la información y formación del gremio psiquiátrico.
¿La reforma era esto o podía ser otra? La ucronía no es un género que me seduzca, pero creo que, dado el giro de nuestra historia hacia el individualismo y lo líquido, una psiquiatría capaz de generar psicoterapias accesibles a toda la población, vínculos serenos y redes sociales solidarias pertenece a la ciencia ficción y quien persevere en actualizarlo merece la crítica que Weber reservaba para las bellas almas que tratan de realizarse en lugar de cumplir con las sobrias tareas del deber profesional.
Víctor Aparicio: Yo me voy a referir, en este sentido, a lo que escribí en 1993: “Se observa un impulso y entusiasmo en la reforma durante el periodo 83-88 que coincide con la época de mayor producción legislativa para luego entrar en una fase de atonía muy en conexión con la decadencia de la vida política y con el alejamiento de la preocupación social por los aspectos ideologizados de nuestro quehacer cotidiano. En esta situación es fácil dejarse seducir por el crecimiento de los recursos y perder la perspectiva del contenido de la reforma, por eso hoy parece imprescindible impulsar la reflexión sobre lo ya realizado y buscar el compromiso de las diferentes administraciones para no perder el ritmo de la historia” (25).
Antonio Espino: A mi juicio, para entender los resultados del proceso de reformas que se inicia con el Informe de la Comisión Ministerial y la Ley General de Sanidad hay que analizar con especial detalle lo ocurrido en los años noventa, un tiempo donde las comunidades autónomas, a través de sus Planes de Salud Mental, asumen la gestión y planificación de la salud mental al tiempo que el Ministerio de Sanidad irá abandonando de forma progresiva sus compromisos con la misma. Proceso este seguido en cada comunidad y por tanto necesariamente heterogéneo, lo que hace más complejo, si cabe, su análisis global.
Una primera reflexión sobre dicha situación –resultado de varias reuniones de debate en grupo– la publiqué en la Revista de la AEN en 1995 (26), señalando ya entonces algunos problemas que no han dejado de crecer en todos estos años.
Mi balance actual sobre la reforma, así como las nuevas propuestas para el momento actual, están recogidos en un editorial publicado para una revista catalana de Atención Primaria en el año 2022 (27), donde –más allá del reconocimiento de reformas fundamentales que han cambiado la imagen de la psiquiatría que recogimos de la dictadura– considero que una de las principales carencias a replantearse en el momento actual es la fractura del modelo comunitario –nudo gordiano de las propuestas del Informe y de la Ley General de Sanidad–, debido a una creciente organización regresiva del sistema público hacia un tipo de red psiquiátrica gestionada desde elámbito hospitalario. Es cada vez más necesario implantar medidas para recuperar el liderazgo perdido desde los recursos del territorio, especialmente los centros de salud mental, y contar con programas sólidos de atención domiciliaria capaces de reducir los internamientos hospitalarios en las crisis y con programas de continuidad de cuidados potentes que limiten la necesidad de ingresos prolongados de pacientes con trastornos severos. A lo que habría que añadir un papel más significativo del territorio respecto del ámbito hospitalario en la formación MIR y la investigación clínico-asistencial, dando cumplida respuesta, de esta forma, a los principios, recomendaciones y propuestas que en su momento establecieron el Informe de la Comisión Ministerial y la Ley General de Sanidad en su artículo 20 (de la salud mental).
Editores Dosier: Manuel, con posterioridad a los años de la reforma has publicado el libro La reforma psiquiátrica (23), que ha tenido varias ediciones, y otros artículos sobre el tema. ¿Qué balance harías tú hoy de la reforma?
Manuel Desviat: En un breve balance, diría: que la reforma rompió la hegemonía del hospital psiquiátrico; que no se pueden negar las mejoras alcanzadas: asistenciales, legislativas, en derechos humanos y para las personas con sufrimiento psíquico, a las que hizo visibles; que demostró la viabilidad de una atención comunitaria, plural en la teoría y en las herramientas, abierta al espacio social, antropológico, donde cuenta la escucha, la biografía del paciente, su código postal. Pero también hablaría de la necesidad hoy de una reforma de la reforma, coartado su desarrollo, que siempre fue a contracorriente de los poderes económicos, por décadas de neoliberalismo y de sus mañas para integrar los logros en la sociedad del mercado (28). Ese estar a contracorriente se dio aun en tiempos de gobiernos socialdemócratas, pactistas con la derecha heredada del franquismo (presentes en buena parte de la dirigencia del proceso: aparatos del Estado, universidad, judicatura…) y dependientes de las alternativas neoliberales mundiales que se estaban afianzando en los primeros tiempos de la reforma (la Ley General de Sanidad se aprueba en 1986). De ahí la contradicción entre la proclama de una salud mental comunitaria en las declaraciones políticas de los partidos de izquierda en el gobierno y su negación en la práctica con las continuas trabas, cuando no impedimentos, de las políticas estatales y autonómicas (en planes, normativas, recursos…) o con la vuelta al predominio de la psiquiatría hospitalaria en la dirección de los servicios y al mantenimiento de hospitales psiquiátricos trasmutados en clínicas de larga estancia.
Una realidad esta cada vez más adversa, que aviva en la AEN-PSM de los últimos años el espíritu de avanzar en la reforma de la reforma, acentuando su posición crítica, teórica, asistencial, política, como vienen mostrando sus congresos, manifiestos y acuerdos asamblearios como, entre otros, la supresión de la colaboración financiera con la industria farmacéutica (Madrid, 2016) o la incorporación estatutaria de asociados en primera persona (agentes de apoyo entre iguales) (Segovia, 2023) o el ya legendario Manifiesto de Cartagena (2016).
Editores Dosier: Manuel ha introducido un elemento de reflexión interesante, diríamos que fundamental en los últimos tiempos, que tiene que ver con las consecuencias del neoliberalismo. Para terminar, nos gustaría pedirle a Iván de la Mata alguna reflexión en este sentido. Iván, tú perteneces a una generación de socios de la AEN que no vivió directamente la reforma de los años ochenta, pero siempre has estado muy comprometido con lo asistencial y nos consta que te has interesado por el proceso de reforma (29) y has combatido las políticas neoliberales (de privatización y recortes presupuestarios) en el ámbito de la salud (30). ¿Cómo crees que se han percibido las políticas de salud mental en el seno de la AEN-PSM en los últimos años?
Iván de la Mata: La relación de la AEN-PSM con las políticas de salud mental y con las administraciones ha venido determinada en los distintos momentos históricos por la situación política y social. No se puede negar la influencia que tuvo la AEN en el proceso de institucionalización de la reforma psiquiátrica. Creo que durante los años 80 y 90 el lugar de la AEN fue de un diálogo propositivo y pedagógico con las administraciones, no exento de tensiones y decepciones, centrado en aspectos más organizativos y técnicos. Ya teníamos un modelo comunitario de organización de los servicios y parecía que de lo que se trataba era de ir vigilando y calibrando su implantación.
En el año 2003 entramos en la Junta de la Asociación Madrileña de Salud Mental (AMSM-AEN) una nueva generación de profesionales que no habíamos participado en los procesos de reforma. Poco a poco tomamos conciencia de que ese diálogo pedagógico con la administración en Madrid se había convertido en una especie de formalismo intrascendente. El marco político había cambiado y los “nuestros” ya no tenían tanto poder, salvo en algunos reductos llamados a desaparecer. Mientras que la retórica de la administración seguía apostando por el modelo comunitario, los cimientos sobre los que debía descansar este modelo se resquebrajaban con el nuevo modelo sanitario madrileño que introducía una lógica privatizadora. No tuvimos más remedio que adoptar una postura de mayor confrontación con la administración, algo así como una interpelación desde fuera. Así, en el 2009 nos negamos a participar en el formalismo del nuevo Plan de Salud Mental, cuya finalidad solo era trasladar los principios privatizadores del mercado interno, la libre elección y la desterritorialización a la salud mental y que dejaba en manos de las gerencias hospitalarias el control de la red de salud mental. Nuestro lugar estaba al lado de los que estaban defendiendo la sanidad pública. La prioridad pasó de lo técnico a lo político, si es que se puede hacer esa distinción. El cambio desde arriba no iba a llegar, aunque seguimos escribiendo aburridos informes sobre la situación de la red de salud mental.
En 2015 se celebró en Madrid el Congreso Internacional de Escuchadores de Voces, en el que pudimos escuchar las experiencias en primera persona de gente que era atendida en salud mental. Esto nos impulsó a seguir trabajando en una idea que ya llevábamos construyendo: cambiar las prácticas y las políticas de salud mental no era solo una cuestión técnico-organizativa, sino que teníamos que generar nuevos discursos críticos con las prácticas actuales y los modelos de subjetivación implícitos y establecer nuevas alianzas. Discursos que desde el afuera interpelaran no solo a la administración, sino también a la psiquiatría biocomercial hegemónica. Un camino que hicimos en paralelo con la AEN estatal. Se trataba de traer al primer plano cuestiones como el papel de la técnicas psi en el orden social actual, los derechos humanos, la coerción, los determinantes sociales, el reduccionismo del modelo biomédico a la hora de entender el sufrimiento psíquico, la crítica feminista, la influencia de la industria farmacéutica... En cierto sentido se recuperó cierto espíritu de los primeros años de la nueva AEN. Si ese camino fue el correcto no soy quién para evaluarlo.
Editores Dosier: Iván, ¿te parece que la AEN-PSM representa una sensibilidad más o menos común y compartida en relación con el modelo asistencial o, por el contrario, crees que existe una pluralidad de visiones?
Iván de la Mata: La AEN-PSM es una asociación, no una sociedad. Eso marca una diferencia importante, porque el que se hace socio lo hace porque conoce sus valores y sus señas de identidad, que tienen que ver con el compromiso ético con un modelo público de atención que dé respuesta a las necesidades de la población y dignifique la vida de las personas con sufrimiento psíquico. Sobre estos valores compartidos siempre han existido discrepancias y discusiones que creo tenían que ver más con la estrategia para llevar a cabo estos valores. La AEN-PSM, por su carácter multiprofesional, es una asociación atípica en estos momentos identitarios y corporativos. Esa es su fortaleza y a la vez su debilidad.
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Notas