Crítica de libros

La locura que no cesa

The Madness that Never Stops

Antonio Ariño Villarroya
Universitat de València, España

La locura que no cesa

Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 147, pp. 263-268, 2025

Asociación Española de Neuropsiquiatría

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Polo Griñán Cándido. Los locos de Valencia (1409-2009). Mitos, rituales y utopías.. 2024. Valencia. PUV. 262pp.. 9788411184229

ESTE LIBRO SE PUEDE COMPRENDER como la historia crítica de un mito secular que, por ahora, ha pervivido y, a la vista de lo sucedido seis siglos después, en la efeméride de 2009, todo hace presagiar que seguirá perdurando, pese a su inconsistencia científica. Esta se halla bien descrita a lo largo de las 260 páginas del libro y lo ha sido también en muchas otras publicaciones e intervenciones públicas de su autor, Cándido Polo.

Pero en esta obra, que ha ido granando tanto con la investigación paciente como con la práctica terapéutica y la militancia social, hay mucho más. Pertrechado con una extensísima recopilación de lecturas, tanto de historia de la locura como de teoría social y cultural, el autor produce también una historia social o sociología histórica de las prácticas y visiones y del lugar de la locura a lo largo de esos siglos. Como diría Tilly, se ocupa de procesos amplios, escrutados en la larga duración, insertándolos en las pequeñas y grandes estructuras en las que operan y, así, proporciona también una historia crítica de las políticas sobre la locura y la cordura, la enfermedad y la salud, la norma y la desviación, en Valencia y en España. Y muestra cómo el estigma de la locura se fue extendiendo hasta ser sinónimo de cualquier extravío o desviación, cómo se fueron transformando los perfiles humanos de los excluidos, segregados, custodiados tras los muros inhóspitos y patológicos del hospital. Por el libro desfilan brujas, beatas, emparedadas, sodomitas, adúlteros y cualquier conducta considerada perversa, pero también jansenistas, ilustrados y librepensadores. Lo entendido como normal por el poder se desplaza y metamorfosea, pero no deja de construir lindes, muros y estigmas.

En cierto sentido, me permito decir que la locura y el establecimiento donde supuestamente se ha de curar funcionan como signos y símbolos, como testimonios desarbolados, de las patologías de las sociedades que los crearon y mantuvieron.

1. El mito

El 24 de febrero de 1409, el fraile mercedario Joan Gilabert Jofré se dirigía a la iglesia catedral para predicar un sermón de Cuaresma, cuando tropezó con una desagradable, aunque entonces frecuente, escena: un grupo de mozalbetes estaba burlándose y maltratando a un pobre loco; tal vez también le pegaban y le tiraban piedras. El fraile, con amplia experiencia en el rescate de cautivos, se interpuso entre ellos; afeó y recriminó la conducta de aquella turba y protegió al desvalido.

Durante el sermón que pronunció un poco después, narró la execrable escena y exhortó a las élites urbanas presentes en el templo para que construyesen una casa de acogida, para que los “folls e ignoscents estiguesen de tal manera que no anaren per la ciutat ni pogueren fer dany nils ne fos fet”. Apeló, con halagos a la caridad y misericordia de tan ilustres personas, para que se pusieran manos a la obra. Y, como resultado de aquella instigación, se construyó el Spital dels Ignoscents, Folls e Orats.

Este hospital fue considerado como expresión de una nueva concepción de la locura y del trato debido a las personas dementes. Frente a la tradicional demonización y consideración como energúmenos se pasaría a atenderlos como enfermos y se les acogía en una casa especializada en su atención. La citada institución fue considerada como el primer hospital psiquiátrico de Europa; con el transcurso del tiempo también se tomó como una manifestación de la generosidad y solidaridad del pueblo valenciano, como un rasgo arquetípico de su carácter.

2. Unas palabras de contexto

Ciertamente, en distintas ciudades de los reinos hispánicos –Barcelona, Zaragoza, Sevilla, Palma de Mallorca, Toledo o Valladolid–, se fundaron hospitales similares a lo largo del siglo xv. Los tiempos estaban cambiando. El Spital valenciano sería un proyecto laico y civil y en su fundación aparecía una manera nueva de atender a las personas que hasta ese momento eran maltratadas.

Ahora bien, ¿no hubo ningún antecedente en el que el padre Jofré pudiera inspirarse? ¿Fue este hospital el modelo para los citados anteriormente? Al menos, ¿puede asegurarse que en él se materializó la caridad cristiana y una atención compasiva y piadosa a los enfermos, inspirada por el padre Jofré?

Durante el siglo xv, Valencia era una ciudad próspera e influyente y su dinámica estructura social requería la creación de instituciones de lo que ahora llamaríamos protección social para distintas categorías de personas que quedaban en los márgenes del pujante crecimiento económico: para atender a los huérfanos se creó el Pare d’Orfens y para las prostitutas la Casa de les Repenedides.

Por otra parte, como buen mercedario, Fray Joan Gilabert Jofré debió conocer la existencia de centros de atención a personas enfermas mentales tanto en el Magreb como en la Granada nazarí. Pero, si su admonición catequética sirvió para impulsar la creación del hospital, su influencia no fue decisoria para la organización interna de la institución y para acordar el cuidado que se debía a las personas allí ingresadas.

3. La realidad resultante

El libro recorre seis siglos de historia en los que una misma institución, una estructura mental similar y una idéntica política de la locura llegarán a mediados del siglo xx, como si se tratara de un fósil prehistórico incrustado en la ciudad mudable. No hemos de poner en duda la buena voluntad del padre Jofré ni la de los burgueses que crearon el Hospital, pero lo cierto es que este funcionó con una eficacia histórica extraordinaria como una institución de encierro por encima de cualquier otro objetivo declarado. Su función custodial se impuso sobre cualquier veleidad terapéutica. Para las personas que entraban en él era una verdad incontestable el lema que Dante colocó en las puertas del infierno: Lasciate ogne speranza, voi ch'entrate –Se entra pero no se sale–.

De esta forma, esta historia se convierte en paradigmática de la única ley de la sociología que se cumple con férrea regularidad: “el infierno está empedrado de buenas intenciones”. Dicho de otra manera, de las mejores motivaciones, cuando entran en acción en una estructura social dada, surge toda clase de aberraciones.

En el libro vemos transitar por los diversos capítulos a una infinidad de actores de todo tipo, desde luego Federico iii y Margarita de Austria, Felipe v de Borbón y la Inquisición, el patriarca Juan de Ribera, el Sexenio Revolucionario y la Iª República, la Restauración y la IIª República y, a su compás, una gran diversidad de tipos marginales, de cambios de nombre para el hospital, de pequeños acicalamientos sin abordar las cuestiones fundamentales del encierro, la masificación, la instrumentalización y la aniquilación de las personas. Llegaremos al nacionalcatolicismo, a los xxv años de paz y hasta la mismísima transición democrática y “la triste realidad de los servicios psiquiátricos”, dirá el autor, “era que, por más proyectos arquitectónicos que se anunciaran repetidamente, no se aumentaba la dotación de la plantilla ni se modernizaban los recursos de diagnóstico, ni de tratamiento terapéutico o se reducía en el número de asilados” (p. 166).

El Spital es un caso paradigmático que Cándido Polo va desmenuzando capítulo a capítulo, mostrando la perduración del tipo de trato prestado a las personas ingresadas, de los sistemas de clasificación, de la degradación ritual y de la función custodial.

- El tratamiento de los ingresados se basaba en medios coercitivos y de tortura. En los libros de cuentas de las primeras décadas constan los pagos al herrero “per adobar camals de ferro per als folls” o por “refermar grillos e cadenes al spital, servent als folls que han castich; el carpintero cobraba por un cepo de madera; y entre las compras se citan “una cadena ab collar” o “una garrotera per a la cadena”. Grillos, perneras, cadenas, collares o cepos eran algunos de los instrumentos empleados en el Departament de Gàbies. Se puede pensar que así fue en siglos antiguos, pero que esto ya no sucedía en los siglos xix y xx, pero en 1863 escribía Monlau que “en nuestros hospitales los locos no son tratados como enfermos, sino como animales feroces expuestos en jaulas a la pública curiosidad” (p. 131), y, como denunciaba Concepción Arenal, “si la locura no se consideraba un crimen, se trataba como tal, dejando su castigo a discreción de hombres brutales y desalmados”. Y ello era así pese a que estos ostentaran el título de padre o madre de locos, cargos que se reproducían por endogamia familiar y nepotismo corporativo.

- Cándido Polo dedica un buen número de páginas, bien justificadas por otra parte, a mostrar la degradación ritual de los locos como bufones por la ciudad, en fiestas como el Carnaval; con una vestimenta ridícula y estrafalaria para pedir limosna o para exhibirlos en ceremonias, procesiones y funerales e incluso para disponer de ellos como objetos de colección particular. Era la locura domesticada, inocente y divertida.

- La persistencia de la función custodial del centro. En 1512, cuando se crea el Hospital General de la ciudad como proyecto de integración de los centros asistenciales en ella existentes y siguiendo un modelo de institución cívica, profesional, especializada, propia del Renacimiento, se quedan fuera los locos. El Consejo municipal decidió “que los dements resten en son apartament segons huy están”. Y allí permanecieron hasta bien avanzado el siglo xx, hacinados en los vetustos e inadecuados caserones. Cambiaban los nombres de la institución pero no la realidad: Quadra de Orats, Casa dels Bojos, Departamento de Enagenados, Asilo de Dementes, etc. Las causas más diversas frustraban las mudanzas necesarias.

- También merece un tratamiento amplio en el libro la intervención de la Inquisición, con episodios que serían jocosos si no fuera por la maldad que encierran. Recoge Cándido Polo la sentencia contra un francés, fraile de la religión de San Antón, lego apóstata, hereje relaxado y protervo de la ley hugonota, calvinista y luterana. Este defendía el derecho de los clérigos a casarse, porque era imposible guardar la castidad fuera del matrimonio. Se lo llevaron al quemador y le exhortaban para que renunciara a sus afirmaciones: “pero siempre se estaba en sus treze hasta la noche que ya estaba encendida la hoguera, quemándole el verdugo primero con tizones las manos y la cara, y ni por esas. Últimamente, cansados todos de ver su pertinacia, se baxaron del cadahalso y así que vio las llamas y que iva de veras pidió misericordia y fue absuelto, y dándole garrote fue quemado y echadas sus cenizas en el río” (p. 91).

En los siglos xix y xx no mejoraron mucho las cosas. Se sucedieron proyectos de reforma, eso sí, y se modernizaron los nombres del establecimiento: Manicomio, Sanatorio, Psiquiátrico… Pero en Patraix se mantuvo intacta la institución, ajena a la modernización de la ciudad y a todo cambio político. Las modas no llegaron más allá de los nombres, imperando una desidia institucional y unos intereses creados, que llevan a Cándido Polo a afirmar que “la mayor parte del cuadro asistencial, desde los médicos hasta las religiosas, parecían perfectamente incrustados en la paredes del viejo establecimiento de Patraix. Estaban todos tan cronificados como los internos que se encontraban a su cargo, insensibles a sus penas y reacios a cualquier cambio, contagiados de aquel misoneísmo paralizante que solo parecía reaccionar a los estímulos de la mitología” (p. 181).

Dejaré de lado la jugosa exposición de los delirantes proyectos que se sucedieron en la segunda mitad del siglo xx, mientras permanecían hacinados 1.500 internos y un movimiento social, profesional y científico reclamaba la integración en la vida comunitaria para las personas encerradas. Pues de eso se trataba y se siguió tratando en nuestras sociedades: de pedir muros, bien altos, para que las personas estigmatizadas no perturbaran la vida plácida que la era del consumo estaba prometiendo a un espectro amplio de clases sociales.

Si en el comienzo hubo alguna ambivalencia –atención para los enfermos y seguridad para la sociedad–, el tiempo impuso una única lógica que sería muy difícil de desarraigar. En mi trabajo de campo en los años ochenta del pasado siglo, tuve ocasión de recoger una fatídica sentencia: dels pecats del pares, els fills es fan xeperuts.

En estos tiempos de múltiples malestares, de policrisis, viejos fantasmas retornan para defender la existencia de límites precisos entre buenas y malas personas y los estigmas rebrotan con inusitada fuerza bruta. La lectura de este libro ayudará a comprender las psicopatologías de la vida cotidiana y cómo hemos de estar vigilantes para no proyectar nuestros fantasmas y nuestras oscuridades más pérfidas sobre las vidas inocentes.

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