Artículos
Órgano. Tratado de anatomía psicopatológica (I)
Organ. Treatise on Psychopathological Anatomy (I)
Órgano. Tratado de anatomía psicopatológica (I)
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 147, pp. 155-172, 2025
Asociación Española de Neuropsiquiatría

Recepción: 26 Junio 2024
Aprobación: 23 Enero 2026
Resumen: El artículo explora el rendimiento para la psicopatología del concepto de órgano fenomenológico y de la perspectiva sobre la subjetividad que implica. Una subjetividad espaciada y dispersa que permita entender cómo la clínica psiquiátrica no es constante ni homogénea, ni siquiera en el mismo episodio. En tanto la dispersión subjetiva se da junto a una cierta unidad de experiencia, se estudia el concepto de organismo fenomenológico y su relación con el ego impersonal o ipse común en la psicopatología fenomenológica contemporánea. Órgano y organismo dan forma lógica a la empiricidad propia de la psicopatología. Para terminar, se proponen algunos ejemplos de los rendimientos de estos conceptos. Una segunda parte expondrá conceptos auxiliares precisos para la solidez de esta anatomía psicopatológica.
Palabras clave: psicopatología, psiquiatría, fenómeno elemental, órgano, organismo.
Abstract: This paper deals with the concept of phenomenological organ, its profits for psychopathology and its specific focus on subjectivity, which becomes dispersed and spaced. We thus try to pay heed to the heterogeneity, dynamicity and change of symptoms. Disperse subjectivity comes with some unity in experience. Hence, the concept of phenomenological organism is introduced, and its relation with the impersonal ego or ipse, a mainstream concept in contemporaneous phenomenological psychopathology, is studied. Organ and organism thus become the logical innards of psychopathology. Lastly, some examples of their application to psychiatry are briefly analyzed. In the second part of the paper, we will deal with some concepts necessary to strengthen this psychopathological anatomy.
Keywords: psychopathology, psychiatry, elemental phenomenon, organ, organism.
Introducción
LA PSICOPATOLOGÍA NO ES YA CIENCIA DEL PADECER DE PSIQUE. Si alguna vez lo fue, lo ha sido.
Psicopatología es lógica de la pasibilidad al sentido de un cuerpo, de la forma de un cuerpo, de la articulación de un cuerpo, de su exposición a los otros, al mundo. Forma de un cuerpo que vive, que padece el sentido[1]: sus esbozos, sus carencias, sus interrupciones, sus acaecimientos.
Psyché: cuerpo expuesto al sentido.
Cuerpo hecho de partes, de relaciones entre partes. Cuerpo por de dentro y por de fuera, cuerpo de carne. Cuerpo que cambia de perfil y extensión, como anticiparon las migraciones de los espíritus animales, las almas distintas asentadas en vísceras, la articulación de la subjetividad en partes que aún tocó a Esquirol.
Cuerpo expuesto al sentido es subjetividad, presubjetividad que alcanza a ser sujeta en la forma del cuerpo: su articulación, su orden. Forma cambiante en el movimiento de hacerse juntos mundo y cuerpo y sentido. La unidad subjetiva, que sin duda se da, es proceso, producto, acaecimiento, recorte en las tareas dispersas, articuladas del cuerpo.
Hay dos psicopatologías hoy, psicoanalítica, fenomenológica.
El psicoanálisis ha pensado esto subjetivo como efecto en el cuerpo viviente de su encuentro con la estructura, bajo el nombre de sexualidad. Y así, por la atención a las formas que este cruce toma, ha podido, parece, desprenderse de la necesidad de atender al sentido, ha llegado a disolverlo en estructuras deseantes.
Pero la fenomenología ha pensado el sentido como aquello que por aparecer reúne cosas y otros y cuerpo; la subjetividad, como aquello que asiste a su aparición: ayuda y contempla. No puede renunciar a la subjetividad, la fenomenología, deshacerse de ella.
Su meditación fundamental viene a parar en esto: hay mundo y hay alguien y aparecen a la par como necesarios ambos al sentido. La fascinación, el asombro original de este pensamiento, no llega con los trabajos del deseo, del fantasma, que puede incluir, que incluye hoy en sus textos bajo el nombre de matriz simbólica, por ejemplo, de estructuras de significatividad rígidas, sino con la aparición de estos fantasmas entre las mismas cosas duras del mundo, en las mismas caras corrientes que van a lo suyo como yo a lo mío.
Esta meditación del mundo y del sujeto y del sentido cambia por fuerza según el repertorio conceptual disponible. Pero la psiquiatría fenomenológica, las muchas que hay, ha permanecido algo apartada, cautelosa. Su tradición muy larga (Specht, Jaspers, Mayer Gross, Grühle, Schneider, Binswanger, Wyrsch, Kuhn, Häffner, Kisker, Tellenbach, Kraus, Blankenburg, Zütt, Bosch, Kulenkampff, Winkler, von Weizsäcker, Storch, Strauss, Minkowski, von Gebsattel, Rümke, Martín-Santos, Ey, Laing, Tatossian, Bin, Stanghellini, Fuchs, Sass, Pelegrina) ha pensado el tiempo, los afectos, el espacio, el mundo, el common sense incluso, ha pensado la persona, el “dispositivo antropológico”; ha pensado la subjetividad trascendental. Ha ido a buscar y nos ha traído cosas de mucho precio y hermosura.
Pero la han embaucado con dos espejuelos encantados: el axioma un mundo, un sujeto, un sentido (enfermo) que no le deja advertir que sentido son sentidos, dispersos siempre ya, articulados, superpuestos, contradictorios. Axioma que aboca en una paradójica multiplicación de mundos-sujetos-sentidos: el mundo del ansioso, del fóbico, del obsesivo, del paranoide, del esquizofrénico, del melancólico sin explicarse, sin explicar un hecho clínico corriente, como es la amalgama de fenómenos de sentido, melancólicos y no, delirantes y no en un mismo paciente; la composición de fenómenos contradictorios en un solo horizonte mundano que con todos se comparte.
En el otro espejillo, esta psiquiatría ha quedado muchas veces mirándose extrañada, reconociéndose a medias en la psyché repartida en funciones que la psicología supuso hace ya tantos años: percepción, pensamiento, afectividad, las que se quieran. Ha trabajado las condiciones de fenómenos que llegaban con cierto recorte teórico inadvertido. No ha sabido, casi no ha sabido, dar con palabras propias, con una clínica suya.
Con tanto entretenimiento, esta tradición psiquiátrica se ha perdido una conversación en marcha entre Ideen II, de Husserl (1), y la Fenomenología de la percepción, de Merleau-Ponty (2), en cuanto a las tareas del cuerpo en la constitución del sentido. No en la “psicopatología de la corporalidad”, sino en el cuerpo como functor operante del sentido del mundo. Que, si es cosa de cuerpo, al menos algo, desplaza mucho de los rendimientos de la conciencia hacia el cuerpo, sus partes, su articulación y sus tareas. Su anatomía. Para poder pensar la heterogeneidad subjetiva interna, los fenómenos múltiples de sentido. Para poder pensar la subjetividad como aconteciente, y el mundo como horizonte común compuesto. Para pensar un órgano y un organismo fenomenológico, psicopatológico.
Escritos tardíos y subjetividad dispersa
El dieciocho de julio de 1931 Edmund Husserl le contó a Dorion Cairns acerca de los órganos fenomenológicos, del organismo. Órgano es, le dijo, una serie hylética vinculada con otra kinestésica, y ambas, su conjunto, percibidas, situadas, fijadas, por otra serie, kinestésica o hylética, que la toma por objeto, con la que se articula. El organismo, le dijo, la coyuntura de estos órganos (3).
Los órganos fenomenológicos, el organismo, siguió Husserl, son co-determinados [mitbestimmt], pero no coincidentes, aun menos idénticos, con los órganos y el organismo de la fisiología. Qué se deba entender por mitbestimmt, Husserl no lo explicó, o Cairns no lo anotó, y quedó al aire de la tarde. Nada se dijo de conciencia ni de ego en esta charla. En ella, Husserl hizo explotar el a priori de la unidad subjetiva, abrió para la fenomenología el pensamiento de una subjetividad dispersa cuya unidad fuera constituida.
Tampoco se mencionó que la afectividad fuera un momento estructural del órgano, pero allí debe de estar, entreverada, animada, animante, con sus ascensos, sus apaciguamientos y sus desplazamientos, entretenida por la hylé[2] y las kinestesias propias del órgano, sus movimientos, sus apuntes, sus gestos fantasma. La energía, que Husserl sí nombra, debe de ser en verdad otro nombre de la afección, su fuerza.
Las hylai conversadas serían Darstellungen, como suele ser con Husserl, expositivas, presentadoras de cosas en el mundo. Nada impide en su concepto que se amplíen a lo sensible de sentimientos e impulsos (4), a la interocepción y la propiocepción, a la somatoestesia[3]. Las kinestesias: actividad, espontaneidad, movimiento actual o en potencia, y por ello embrión aún impersonal de yo, apropiante de eso hylético que le llega y lo afecta. Un órgano fenomenológico es de algún modo cuerpo.
El 22 de agosto de 1938 Freud anota: Psyche ist ausgedehnt. Weiss nichts davon. “La psique está extendida, dilatada, espaciada. Nada sabe de ello” (5, p 302). Es la última línea de la penúltima nota de Freud, con el poco de oropel de las sentencias gnómicas. El párrafo comienza así: “La espacialidad acaso sea la proyección del carácter extenso del aparato psíquico. Ninguna otra derivación es verosímil. En lugar de las condiciones a priori de Kant, nuestro aparato psíquico”.
El cuerpo parlante, la psique espaciada por el mundo tal vez, por el cuerpo, en eco a otra frase de Husserl que Freud no podía conocer: Der Leib ist als Leib durch und durch Seelenvollen Leib —“El cuerpo en cuanto cuerpo es, de cabo a rabo, cuerpo lleno de alma” (1)—. Durch und durch: Hasta los tuétanos. Hasta la médula. Hasta lo hondo, cubierto, material y genésico del cuerpo. Del órgano.
Husserl piensa un alma de carne, una conciencia cohecha de cuerpo. Freud, Lacan, una psique capaz de capturar al cuerpo, de semiotizarlo. Una psique descoyuntada que conserva algo de la unidad de la conciencia, bajo la forma del sistema percepción-conciencia, pero donde prima la dispersión. Dispersión de la psique. Desde luego, en estratos. Sobre todo, en el cuerpo, en sus bordes, sus agujeros, sus mucosas. Y tal vez, por el mundo, el aus, lo extenso.
La unidad de esta psique es lograda, parcial, precaria siempre. Imaginada, a partir de los trozos de cuerpo. Efectuada en lengua cuando toca. Esparcida, parece, por el mundo, como Husserl había pensado la conciencia, tantos años.
Articulación descoyuntada, lingüisticidad, corporalidad. Es posible pensar una subjetividad aliviada de la unidad de la conciencia, pegada a un extraño cuerpo aconteciente. Cuerpo aconteciente necesario al goce, para Lacan (6); necesario al ego impersonal, constituyente, para Husserl. Aconteciente a partir de qué.
Psiquiatría: una psique tajada en funciones
La fenomenología sufrió siempre a la psicología como a un hermano menor o a un pariente pobre, uno al que se mira con alguna arrogancia y se tolera por sus buenos servicios, en este caso facilitar una entrada intuitiva a los asuntos de la constitución. El pariente pobre se rebeló, sin embargo y acabó casi por quedarse con la casa y la plata, tras suavizar y civilizar y positivizar la fenomenología. De esta convivencia se aprovechó la psiquiatría fenomenológica temprana, o eso parecía. La unidad de la conciencia era común a la fenomenología y la psicología, y esta psiquiatría nueva podía encargarse de complementar, corregir y fundamentar la semiología corriente, con el peligro cierto de quedar encerrada en la irrelevancia clínica y la discusión metapsicológica, cuando los momentos luminosos de la psiquiatría fenomenológica han quedado siempre aparte de la psicología y sus funciones.
Minkowski lo sabía.
Y al principio de todo, Esquirol lo supo también, o parecía saberlo. La visceralización de la locura, forma premoderna de pensar una subjetividad material y espaciada, reapareció en su trabajo como aviso. Como si la psiquiatría, en el trance de distinguirse y consolidarse dentro de la medicina clínica, quisiera resistir, un instante siquiera, a la forma moderna de la subjetividad, más o menos basada en la unidad de la apercepción y en la forma del tiempo, como si supiera que no le convenía.
Y no le convenía y la resistencia fue frágil y fue breve. El siglo xix prefirió un homo psychologicus, cerebralis et duplex (7). Una conciencia y una multitud de inconscientes. Y fue así hasta que pudo pensarse la subjetividad como cuerpo, como aconteciendo desde el órgano fenomenológico, el organismo. Y como lengua, infiltrada, parásita, formante (8).
Órgano
Órgano fenomenológico es un cruce virtual de hylé, kinestesias y afectividad. Los cruces virtuales, los órganos, aun articulados, no cierran un sistema, ni hacen colección partes extra partes, ni conjunto numerable. No participa siempre, cada órgano, en la constitución del organismo.
Los órganos fenomenológicos secretan esbozos de sentido siempre múltiples, tropismos de sentido, antelenguas de sentido que la lengua guía, acoge, deforma y consolida en un significado concreto, singular, solo. Esbozos de sentido que andan siempre a pique de perderse, pobres de solidez, inconscientes, precisados de un trabajo instituyente, constituyente, simbólico.
Para la secreción de esbozos, este cruce virtual precisa de tres condiciones. Un fantasma de cosa, una afectividad primera, anterior a su madurez de afectos claros, y una kinestesia propia del órgano.
Fantasma de cosa, a saber, disposición concreta del material hylético capaz de entrar en diferentes formas intencionales: de Phantasie (9), imaginativas, perceptivas, rememorativas, se me ocurren[4]. Son fantasma también los muchos roces, presiones, tensiones, picores, agitaciones viscerales, del rumor de fondo del cuerpo (11). El contexto constitutivo; las secuencias de cambios y permanencias del fantasma; la intensidad de la afección; las temporalizaciones; las restricciones que los otros ejercen serán las que acaben de incluirlo, al fantasma, en uno u otro estilo de experiencia, en una u otra forma intencional.
Se enrevesa, entonces, la relación del órgano fenomenológico con su hipotética contraparte fisiológica. El órgano de la visualidad se distingue del ojo, sin que pueda, sin embargo, pensarse aparte de él. Evocación, imaginación o percepción se cuecen en el mismo órgano. Y este órgano puede trabajar a las claras, o quedar implícito, o inconsciente incluso en alguna de las acepciones que inconsciente toma.
(Kurt Goldstein también apartó las unidades funcionales del cuerpo de la anatomía morfológica. Aquellas incluyen órganos distintos, y cada órgano puede formar parte de diferentes unidades).
Hay separación y envoltura del órgano fisiológico. Quizás mitbestimmt quiera decir esto.
Este fantasma de cosa lleva la marca del cuerpo. Se recorta en un campo de sensación, que es modo del cuerpo, y lo excede por sinestesia, que es correr por el cuerpo y cambiar de campo, algunas cualidades, al menos: el brillo se ve y se anticipa al tacto; el sonido es luminoso, el dolor sordo. La sinestesia, ampliada tanto como la cosa psicopatológica lo pide, puede volver sonora la stesia de una kiné de lengua, volverla voz.
La mera hylé concreta, sin esperar a la constitución de objeto, real o imaginado, la validez sensible, la presentación de Phantasie, dan más y dan menos de lo que prometen. Más que la cosa, porque dan el cuerpo. Menos que la cosa, porque la dan mezclada. Hylé aúna cosa y cuerpo.
Las reglas familiares de asociación pasiva, el contraste, la similitud, se aplican al fantasma, valen para la concreción hylética (12). Pero, siendo cosa de cuerpo, la hylé queda muy cerca de la afectividad, a la que despierta o modula o fija, y no extraña entonces sumar al repertorio de asociaciones pasivas aquellas que lo son por la afectividad. Es decir, la síntesis pasiva puede ser, también, por semejanza afectiva (13). Parecidos afectos llaman, en esta tarea sin fin del órgano, a valideces sensibles, fantasmas de cosa distintos, incluso cruzados de campo sensible, aun antes de su elaboración simbólica[5].
El órgano fenomenológico, que secreta sentido, funciona en dos direcciones.
Afectividad primera. Esto es, que no dice aún de humores ni emociones, sino de la atracción o rechazo que la hylé promueve o padece. Mucho se ha discutido si esa afectividad, que llama o despierta la atención, aun cuando quede, para la conciencia, desatendida o preparatoria, es de suyo marcada por una polaridad valorativa, si hay algo así como una afección neutra.
Más claro queda el equilibrio en la afectividad entre propio y extraño. Variable, dinámico, inevitable, afectos siempre entre míos y no. Porque si hylé es borde entre mundo y cuerpo, la afectividad es borde entre hylé e ipse. Hay un núcleo, una densidad afectiva en la ipseidad primera, tan pregnante que se ha hecho de ambas, afectividad e ipse, lugares donde buscar lo inicial y esbozado del trastorno fundamental esquizofrénico (14).
Salvo que, interrogados, pacientes con despersonalización crónica o trauma no dan resultados diferentes, o no mucho, de pacientes con esquizofrenia. Excepto en el ajuste entre hylé y kinestesia, o percepción y motricidad, en la lengua de algunos artículos que lo estudian (15,16).
En el apéndice xii de Ideen II (1), Husserl describe dos formas de lo mío del cuerpo: Como propiedad de lo sentido/afectante que está aquí o allá en el cuerpo, exterocepción, interocepción o ubiestesias. Y como yoidad del movimiento. Kinestesia.
Kinestesia de órgano. Claro que, para Husserl, kinestesia es sistema de movimientos posibles y, por tanto, esbozo de espontaneidad, de voluntad, y de la yoidad del cuerpo, de una acepción de cuerpo mío muy cercana a la definición de agencia común en la literatura.
Pero kinestesia no es solo cosa del cuerpo en conjunto que salta y corre o se reposa, ni solo decisión o conciencia. Los ojos se mueven para que la percepción sea posible, aunque no se los sienta moverse, y su movimiento se acomoda tal vez con el del cuello. Y los ojos se ajustan, o sus músculos se contraen desatendidos, cuando se rota una esfera imaginaria, se recorre un paisaje imaginario. La laringe se activa cuando se lee en silencio, cuando se alucinan palabras y frases que solo uno oye. Las afecciones se componen según cierto moverse, al crecer y pasar y cambiar de lugar por el cuerpo.
Aún más desatendidos, más silenciosos, son la atracción o el rechazo incoados, pedidos, por una afección cualquiera, una vibración de la afectividad, que son resueltos por aproximaciones y alejamientos kinestésicos, de una kinesis que no es del cuerpo conjunto, sino del órgano, y de cada uno de los órganos, de aquello del cuerpo tomado en el órgano.
El paso de las afecciones a los afectos se compone por el movimiento del órgano, en el órgano, aun antes de su elaboración social, conceptual, lingüística.
Labor de órgano
El órgano fenomenológico, los órganos, constituyen afectos desde las afecciones; rudimentos de propiedad, como equilibrio a tres de hylé, afectividad y kinestesia; y de agencia como espontaneidad del moverse o pasividad del ser movido.
La extrañeza, la despersonalización, la pérdida de la evidencia natural, la perplejidad, la agencia pálida, pueden llegarle a cualquier campo hylético, tocar la afectividad o la kinestesia. Porque todas están mediadas por el desacuerdo entre unos y otros elementos organológicos, todas son locales. El automatismo mental, se sabe, no solo es mental, sino motriz o afectivo y puede aparecer uno solo, o cambiarse uno en otro, o abarcar e incluir todas las variantes (17).
Hylé, afectividad y kinestesia no se aguantan solas, no aguardan sueltas de su enredo en la forma virtual del órgano. Pueden pensarse así, como lo material sin sentido de la subjetividad, condición necesaria suya. Pero no hay factum afectivo, hylético, kinestésico fuera del órgano y su tarea, fuera de la forma embrionaria y multívoca del sentido.
Sentido es darse algo como algo para alguien.
Algo: ente, relación, acontecimiento percibido, imaginado, anhelado, recordado.
Como algo: que carga en sí apertura, poder acaecer como otra cosa. Este portón como cierre, leña, obra de arte, regalo, prueba de amor, de pánico, de la solidez de una amenaza, madera de pino, roble o cedro del Líbano, como cruce de tamaño, densidad, forma.
Para alguien: singular, ni sujeto personal, ni sujeto en general, sino lo previo y común, el espejeo de uno en otro que es lo singular, pasible de especificación hacia uno u otro polo. Ese alguien puede a veces ser muchos, o todos, y así disimular su condición concreta.
Al paso cumplido siempre ya, el salto, de lo material sin sentido hacia el esbozo creándose. A la violencia inaudita de la espontaneidad subjetivante. A esa fuerza insólita llamo deseo. Deseo que son deseos siempre ya, multiplicidades que por abreviar escribo en singular[6]. El deseo envuelve poder, poder hacer aparecer, poder o no poder asistir a un aparecer. Poder que no es idéntico al deseo, pero sí coextensivo, y a veces se confunden en un no poder/no querer indistinto, y veces se separan y no se puede desear o se desea, tan triste, no tanto poder algo, cualquier cosa, sino el poder tan solo, un dominio estéril y abstracto que los otros padecen muy concreto[7]. El deseo se endereza a lo real, y lo real acontece como dotado de sentido, y aun su mera validez sensible, su borde material, aparece como sostén y límite para el trabajo deseante, el sentido. Real-material, deseo, sentido. Trabajos dispersos de órgano.
Un órgano fenomenológico es el encuentro virtual de una hylé concreta, unas kinestesias concretas, unas afecciones concretas para producir sentido en el deseo. Esbozos de sentido en dispersión, aún por componer, aún por rehacerse en la lengua, siempre con la forma del aparecer algo como algo para alguien. El órgano, los órganos, se afanan en un laboreo y creación sin cuento, conducido solo a reposo por las restricciones perpetuas del comer, el dormir, el dominar, el hablar.
Organismo
Organismo es la coyuntura virtual de al menos dos órganos fenomenológicos por la que acontece lo mínimo del aparecer, sus cuatro momentos. Cuerpo vivido/percibido; ego impersonal; fenómeno; mundo.
Es siempre orden concreto de órganos, el organismo, pero los órganos cambian. Órganos hay de ver esta calle como calle o peligro y de pensar mientras en la compra. De pensar y de sentir el corazón apretado por la pena toda la mañana. De dolerse y de andar o estarse erguido, o sentado. De sufrir un delirio mientras uno come o va al baño. De percibir al tiempo delirante y corriente, de saberse muerto mientras uno camina.
Un órgano fenomenológico secreta esbozos de sentido, prepara aparecer concreto. Prende juntos hylé, afectividad y kinestesias concretas. Un organismo articula estos órganos, y sus esbozos, los hace convenir y concordar según figuras, perfiles, encastres diferentes, cambiantes.
Esta unidad, la unidad de organismo, no es unidad de conciencia. La unidad del organismo fenomenológico es coyuntura. La coyuntura no precisa conciencia, pero la conciencia, mínima, antepredicativa, impersonal, pasiva, viene solo por esta coyuntura.
Si se quiere, ego es forma[8], la forma de la coyuntura hecha conciencia. Ego es forma que acaece por la coyuntura. Y ego, que es acaecimiento, es forma de coyuntura que pide conciencia, una nonada de conciencia, la menor que se le pueda conceder. Por tanto, unidad unificada, producida, aconteciente. Ego es lo común de toda forma virtual del organismo cuando se vuelve consciencia. Objeto no dice aquí cosa sola, ni mecanismo, sino órganos múltiples dispersos. La coyuntura, el organismo, mantiene una relación mereológica con sus partes, múltiples, cambiantes. La forma de esa relación es ego.
La articulación, la coyuntura, no precisa la copresencia de todos los órganos, que es imposible, porque son virtuales, ni es sinónimo de fragmentación recosida imaginariamente. Articulación, coyuntura, es toque de al menos dos órganos, cambiantes, diversos los órganos, cuyo cruce sin embargo debe tener, si atiende uno al fenómeno, una igualdad virtual determinada, la forma del ego. Articulación que lo es de sentido.
No es el cuerpo una unidad física indivisa, indivisa desde el punto de vista de su “sentido”, del espíritu. Sino la unidad física del cuerpo que está ahí […] está múltiplemente ARTICULADA, y según las circunstancias, ya más determinada, ya menos determinada. Y la articulación es una ARTICULACIÓN de sentido (4).
Lo mínimo del ego, para la tradición, es que haga de algún modo polo con el mundo, y sea temporizante, por ello horizóntico. No se debe tomar esta invarianza por la completud de la forma del ego tal como es secretado por el organismo fenomenológico. Hay momentos, experiencias, formas intencionales donde ego aparece puntiforme, enfrentado a un mundo de cosas, retirado de su cuerpo, que acontece protobjetivamente, a punto de abandonar este prendimiento mínimo, que cae detrás y algo arriba de los ojos, donde lo hallan las descripciones de Spiegelberg (18,19), Strauss (20) o Behnke (21,22).
En otras situaciones (tumbado, ojos cerrados, apartando a propósito el tirón hacia objetivar una rigidez en el cuello o un picor en la barriga), ego difunde por el cuerpo vivo, y llega con una cualidad algodonosa, difuminada, del borde del cuerpo, y una poca densidad y extensión por este cuerpo interno, un cierto volumen.
Este cuerpo que es intracuerpo no puede ser Leibkörper constituido, cosa de bulto vivo en el espacio, sino cuerpo por de dentro, Innenleib, Phantasieleib, y su espacialidad se hace al paso de las afecciones, las sensaciones, las kinestesias.
Extensión y profundidad sin bordes (21).
Cuerpo archipiélago, con islas, islotes que viene y van, que cambian su extensión, su forma (23).
Esta experiencia de la motilidad de ego nos empuja a pensar de nuevo la espacialidad del intracuerpo y su relación con ego. Aun en la experiencia corriente, hay cambios en la forma del cuerpo interno/ego. Tensiones por estos y esos músculos y ligamentos que aguantan la postura. Agitaciones menudas de las vísceras. Presiones en la piel y la grasa de los pies si me levanto, de las manos si me apoyo en la mesa y me ayudo un tantico. En otras incluso desliza y recubre un bastón, la raqueta y siento míos los golpes o toques que la afectan, no solo por su eco en mi mano, que también, sino en la punta misma del bastón o en el cordaje. Avances y retrocesos, planos primeros y silencios, ausencias y presencias móviles, anatomía fenomenológica (24).
Intracuerpo infundido de ego. Anatomía que parece olvidarse cuando se escribe sobre la inespacialidad de ego.
Sea cual sea su forma, su volumen, su espesor, con ego coaparece mundo, coaparece cuerpo sin escapatoria, sin tregua. Sea cual sea su causa, un síntoma es un modo de mundanización, de corporación. Cada acontecimiento subjetivo, aun mínimo, casi anónimo, es coaparición de cuerpo, de fenómeno y de mundo. Bien puede pensarse, se hace, se ha hecho, la hylé, la kinestesia, la afectividad, como tejidos, como campos ordenados diacríticamente por diferencias, contrastes, intensidades, horizontes. Bien se puede pensar cada modulación del campo como una célula, si se quiere, se ha hecho, se hace. Pero no hay experiencia ninguna del campo-tejido fuera del órgano, del organismo.
Desnivel(es)
En la distancia entre los órganos y el organismo habita la ambivalencia de ser cuerpo, tener cuerpo, manifiesta solo para ego. Habita también la distinción posible entre mis emociones y yo, mis dolores y yo. La extrañeza ante la materialidad misma de nuestro acaecimiento subjetivo, o la angustia ante el amor recordado y no sentido que tengo por mis hijas. Es decir, la articulación sintomática en la unidad de organismo que la excede.
Esta distancia ordena, permite componer, hacer resonar la afección que trae un acontecimiento concreto de órgano en la atmósfera, el temple o el ánimo que se ordena en el organismo, y perderse allí, o hacerlo cambiar.
Ordena, permite la reflexividad afectiva, en la que unos órganos se sienten a otros, y ego se siente mal por sentirse bien, o contempla cómo se siente mal y bien a un tiempo.
Ordena, permite, la diástasis temporal, que es diástasis espacial, de organismo y órgano, entre la afección y el sentido, el padecer al que se responde, que se conoce solo cuando se responde.
Ordena, permite comprender el lugar, el órgano, donde toman cuerpo estos temores, ansiedades, anhelos, que aparecen a la conciencia hechos a su aire, venidos de no se sabe dónde, nacidos nadie sabe cuándo. Incluso la determinación mutua, la intensidad creciente, espiral, entre afecciones e hylai, afecciones y palabras.
Esta distancia ordena, permite la hechura del cuerpo, indeclinable, forzosa en sus formas sociales, culturales, biográficas, liberadoras, represivas. Cumplidas a partir de este fundamento material, que se prepara para el acogimiento simbólico y de las prácticas significantes cual sean que allí muerden. Ordena, permite la sujeción del acaecimiento subjetivo en sujeto.
La subjetividad que se adereza y se compone aquí, por el organismo, los órganos, sus tareas, sus coyunturas, sus desniveles, es corporal, dispersa, articulada, lingüistizada, mundanizada, producida, productora.
Consecuencias
En tanto la anatomía fenomenológica cambia según los órganos actualizados, articulados, la estructura del aparecer es acontecimiento. Cuerpo, mundo, fenómeno son acontecimiento. Ego, acontecimiento.
En tanto este aparecer de la forma-ego, de la mismidad del ego como lo común de las figuras diversas del organismo fenomenológico, no es cosa de lengua, es forma de antes del acogimiento de lengua, este aparecer antecede, anticipa cualquier dispositivo, práctica o forma de subjetivación cual sea. Si se quiere, forma parte de la normatividad intrínseca de la vida que los dispositivos, prácticas y formas precisan, emplean y sujetan (25).
En tanto los órganos producen esbozos de sentido, y no hay sentido, para un fenómeno, sin horizonte, interno, externo, al fin horizonte de mundo, la composición de todos los trabajos de órgano será composición de horizontes en una sola forma-mundo (26,27), que arregle y disponga juntos fenómenos dispares, aun psicóticos.
Porque hay una anatomía patológica fenomenológica también, una anatomía psicopatológica, que explora la forma que toman fenómenos enfermos y corrientes en un individuo.
Una persona melancólica, alucinada, perseguida, vive también en un mundo común, come un poquito, reconoce a su familia, lee incluso por encima el diario si los fenómenos/síntomas no son hoy asfixiantes. La articulación de órganos en organismo permite alteraciones locales en la experiencia, incluidas en la unidad que acontece por el organismo, compuestas en la unidad correspondiente de la forma-mundo.
Órgano, organismo: empiricidad y lógica
Órganos, organismo. Articulación que fibra el intracuerpo, el Innenleib, el Phantasieleib, esos conceptos. Un cuerpo interno cuya topografía es cambiante, como la historia de la medicina pensó a través de los espíritus animales (28) y la fenomenología a través del dolor (29).
Un cuerpo interno de potencia sinestésica, que facilita un cierto cambio de registro de valideces sensibles, algo de viaje de propiedades sin cosa. Una kinestesia de garganta que se vuelve voz o la visión de un coche que se siente metálica o un afecto que resplandece.
Un cuerpo afectivo, kinestésico, saturado de mundo, que no puede cesar de dispersarse y recogerse, por el que corren fantasmas y afectos, pasible de diversas formas intencionales, capaz de una lógica para cuerpos que se fragmentan, se corrompen, que están habitados de ondas, de órdenes. De una lógica para mundos muertos, paranoides, revelados donde hay lugares para tomar el té.
El cuerpo interno de una subjetividad dispersa, parlante, que debe soportar, permitir. Un brazo que me mueven desde fuera. Una mano mía que no siento mía. Una mano de goma que siento mía. Un pensamiento que sale de la garganta. Un cuerpo que alcanza más allá o acá de su límite de piel. Un cuerpo muerto que anda. Un pensamiento que se oye. Un cuerpo despedazado que vive. Un ojo intacto que no ve. Una nariz desmesurada solo para mí. Una carne caquéctica que se ve y se palpa gorda. Un cuerpo en el centro del mundo que se vigila, amenaza, persigue. Y la mezcla constante de todo con vivencias corrientes, temores vulgares.
A este cuerpo acaeciente, coapareciente, mundanizante y mundanizado que prepara, acoge, se desliza en los huecos, rendijas que dejan las potencias instituyentes del hábito y la lengua se dirige la psicopatología[9].
El órgano, el organismo, la lengua de los que trato aquí no respetan siempre, no por fuerza, las tradiciones, fenomenológica, lingüística, de las que provienen. Ordenan el campo del aparecer según divisiones propias de la clínica, necesarias a la clínica.
Órganos, organismo, lengua, hábito, conciencia, son la entraña lógica en la empiria de la psicopatología (30,31).
Fenómenos elementales
Fenómeno elemental psicopatológico nombra una alteración de este cuerpo acaeciente, de este mundo acaeciente, en su multiplicidad de órganos, recogida y reordenada por alguna institución de hábito o de la lengua.
Fenómeno elemental no es vivencia, sino acaecer mediado por el organismo fenomenológico, psicopatológico, en sus cuatro momentos, y por la lengua, órgano extraño. Por eso no se busca aún otra semiología psiquiátrica de la vivencia, sino una psicopatología reconstructiva del acaecer.
El fenómeno elemental esquizofrénico, que es fenómeno elemental de mundo, proviene de un desajuste entre la kinestesia, la afectividad y la hylé, que provoca un menoscabo en la significación, la caída en la cuenta de su convencionalismo radical; un cambio en la afectividad del órgano, expresada como extrañeza o perplejidad; y mermas fluctuantes de la propiedad o la agencia, muchas veces vinculadas a contenidos o situaciones particulares (32,33).
El fenómeno elemental melancólico, que es fenómeno elemental de mundo, supone la actualización de la relación con las cosas, los hechos, mi cuerpo como pura validez sensible, como puro bulto a veces, como fantasma de cosa otras, casi privados de sentido, de sentidos que no sean mera denotación, sin vida entonces, a través de una mengua en la producción de afectos a partir de la afectividad; de movimiento a partir de kinestesias; de sentido por el deseo que, en tanto se conserva el recuerdo de que una vez no fue así, acaece bajo forma de pérdida (34,35,36).
El fenómeno elemental de la referencia, que es fenómeno elemental de mundo, común a muchos delirios, supone la experiencia actual del cuerpo en su posición virtual de centro y eje de mi mundo perceptivo, que es mundo de sentido y de la dirección centrípeta de las afecciones, forzosa por la forma lógica del aparecer. Los tipos clínicos de delirio tematizan diferentes estructuras virtuales de experiencia, según de dónde arranquen y lo que crucen y acarreen, y comparten muchas que son comunes a cualquier experiencia posible.
En el fenómeno elemental del trauma los gestos, afectos, perceptos fantasma, y las posiciones más o menos claras del yo, solidificados en una habitualidad constituyente (37,38), dirigen la aprehensión de los otros, de uno mismo, y conforman una cuña de subjetividad monótona, igual siempre a sí misma, pronta a hechizar la relación presente como si fuera una variación simple de aquella incrustación sin tiempo donde el hábito vive.
Lengua: cómo se empalabra un órgano
La clínica psiquiátrica, que es del órgano, del organismo, es de la lengua también. Del paso del esbozo de sentido antelingüístico al sentido expresable como significado; del encuentro entre el juego de hylai, kinestesias y afecciones con el juego formal, combinatorio, de la lengua; y del trabajo de traslación metafórica, expansión y elaboración de las tareas de órgano. Hay distancia que cubrir entre la referencia, la persecución y la conspiración. El delirio de parasitación precisa parásitos, que son cosa de concepto, y sin ellos no habría delirio, todo lo más titilación en una validez sensible entre inmanencia hylética y escorzo de cosa, algo semejante a un dolor.
Pero a su vez la lengua precisa un cuerpo que la fije, con su antelengua de sentido, para poder decir algo concreto.
La aparición, la conciencia, tienen de suyo un efecto formante, una logicidad. Otro tanto puede decirse de la lengua, y del hábito, que responden de procesos identitarios esenciales, por ejemplo, para las psicosis pasionales, y formantes para la fragilidad melancólica, o algo de ella.
El fenómeno elemental anoréxico, que es fenómeno de mundo anoréxico, supone el repliegue de la identidad simbólica, siempre a tres, en un estarse casi a dos con su cuerpo, en tanto portador metafórico de valores, olvidados, estas metáforas y valores, y actuantes.
El fenómeno elemental obsesivo, que es fenómeno de mundo obsesivo, supone tratar los posibles como casi cumplidos, y conjurarlos. El desorden, que es suciedad y peligro; y la duda, que es trato con lo posible en tanto tal, deseo de volver atrás en el tiempo, de acceder a la pasividad. Es decir, supone la lengua que permite el trato con esos posibles, el trato de lo subjuntivo como indicativo sin dejar de articularlo en subjuntivo, en condicional, en estas formas de lo contrafáctico.
La lengua envuelve y acaba los trabajos dispersos del órgano, los órganos y crea de suyo virtualidades, descarríos. La infiltración del órgano por el lenguaje, su domesticación por el hábito, merecen tratamiento aparte. De momento, pues, mejor callar.
Matrices
Órgano, organismo, dan la forma mínima, la matriz fenomenológica, la figura aún necesitada de alguna determinación de los síntomas psiquiátricos, entre la multiplicidad pura y la esclerosis. Pero el síntoma precisa diferenciación, restricción, institución, constitución.
Un trato entre órganos empalabrados, habituados. Entre órganos islotes de cuerpo que se traban en la forma ego.
Entre matrices fenomenológicas, simbólicas, conceptuales, que conviven en ovillos, en remolinos de tiempos según trayectorias imprevistas, atajos, bloqueos.
De todo eso se trata en otro texto, que viene.
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Notas
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