Dosier

El psicoanálisis y su posición respecto de la ciencia

Psychoanalysis and its Position regarding Science

Gustavo Dessal
Instituto del Campo Freudiano, Madrid, España

El psicoanálisis y su posición respecto de la ciencia

Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 148, pp. 245-251, 2025

Asociación Española de Neuropsiquiatría

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Recepción: 15 Junio 2025

Aprobación: 14 Septiembre 2025

Resumen: Partiendo de la diferencia aristotélica entre episteme (saber) y doxa (opinión), el autor muestra cómo el discurso científico fue perdiendo su neutralidad inicial y, alentado por el capitalismo neoliberal, fue transformándose en algunos aspectos en ideología. En este contexto, recuerda las enseñanzas de Lacan a este respecto y analiza la posición del psicoanálisis actual respecto a la ciencia.

Palabras clave: Ciencia, capitalismo, ideología, psicoanálisis.

Abstract: Starting from the Aristotelian difference between episteme (knowledge) and doxa (opinion), the author shows how the scientific discourse gradually lost its initial neutrality and, encouraged by the neoliberal capitalism prevailing, became in some ways ideology. In this context, the author recalls Lacan's teachings in this regard and analyzes the position of current psychoanalysis regarding science.

Keywords: Science, capitalism, ideology, psychoanalysis.

PARA COMPRENDER EL ALCANCE, la significación y el papel contemporáneo de la ciencia, un discurso que ha logrado una hegemonía indiscutible y hasta ahora irrebasable en la civilización, es preciso rastrear en su historia, y en el modo en que se propone introducirnos en esa dimensión humana fundamental que es el campo de la verdad. En la base misma de nuestra cultura, la cultura occidental, cuna de esa forma de aproximación a lo real que denominamos ciencia, nos encontramos con la diferencia socrática entre saber y opinión. Se trata de una oposición de términos que han sentado las bases para establecer el conocimiento objetivo del mundo.

La opinión, la doxa, es lo que responde al sentido común. La política, por ejemplo, pertenece al terreno de la doxa, puesto que una idea, una posición política, no es más que una opinión que puede ser apoyada, sustituida o refutada, ya que no forma parte del campo del conocimiento. El saber, la episteme, es, en cambio, el lugar donde el conocimiento se objetiva gracias a una manera de leer el mundo, una manera que no forma parte de la relatividad de la opinión. El saber —y los griegos lo comprendieron muy pronto—, el saber verdadero, es matemático. Lo que ellos no pudieron lograr, puesto que para eso se necesitó una profunda revolución en la historia del pensamiento, fue una aplicación del saber matemático al mundo físico. La física de Aristóteles, que gobernó el pensamiento escolástico durante casi veinte siglos, es en verdad un conjunto de creencias mágicas que actuaron como obstáculo para la comprensión científica de lo real.

¿Cómo explica Aristóteles la caída de los cuerpos? Considera que todo cuerpo posee un lugar que le es propio y que pertenece a su naturaleza de ente: la tierra. Por lo tanto, si cogemos una piedra y luego la soltamos, cae por la sencilla razón de que tiende a retornar al lugar que le corresponde, y del que ha sido desplazada por una acción exterior. Los especialistas han hecho distintas lecturas de la teoría aristotélica del “lugar”, mostrando, por ejemplo, su vinculación con la estructura de una sociedad estratificada y separada por lugares en los que cada uno se ubica conforme a un orden natural y un destino inmodificable. Sea como fuere, la idea de que el movimiento de caída esté causado por la intencionalidad del objeto —que tiende a buscar su morada primigenia— constituye uno de los tantos ejemplos que demuestran la extraordinaria transformación mental que exigió el surgimiento de la ciencia moderna. Ante todo, fue menester que se produjera lo que Max Weber denominó el “desencantamiento del mundo” (1), es decir, el abandono de la creencia en el “alma” de las cosas, por una parte, y, por otra, absolutamente decisiva y fundamental, el paso que significó descartar la información que nos proporcionan nuestros sentidos como fuente de conocimiento. La ciencia moderna comienza a partir del momento en que alguien llamado Descartes fue capaz de vislumbrar el carácter radicalmente engañoso de nuestros sentidos (2). Esa fórmula aparentemente tan sencilla del “pienso, luego existo” tuvo el poder de cambiar la historia de la Humanidad. Traducida de su forma aforística a un lenguaje elemental, significa que para alcanzar un saber verdadero, un saber de cuya legitimidad no pueda dudarse, un saber que no esté contaminado por mis creencias, mis prejuicios, mis deseos, mis apetencias, es absolutamente necesario que me desprenda de la percepción como forma de aproximación a lo real. Todo lo que ven mis ojos es ilusorio, puesto que el mundo está regido por leyes invisibles y universales, que no distinguen entre el cielo y la tierra, entre lo humano y lo divino, y solo el pensamiento verdadero nos encamina hacia lo real. El único pensamiento verdadero es matemático, un pensamiento que no está condicionado por los intereses subjetivos de los hombres.

El saber popular y espontáneo es a veces fecundo a la hora de apreciar la realidad. Pongamos por ejemplo el ordenador. Ahora los ordenadores son tan veloces, procesan la información con tanta celeridad, que sus resultados son casi instantáneos. Hace unos años, cuando el ordenador demoraba más en el procesamiento de los datos, solíamos decir: “Está pensando”. Es interesante que esta expresión suponga una forma profana de comprender, no obstante, algo que es del todo cierto: el ordenador piensa. Pero lo hace con un lenguaje particular, un lenguaje que no está cargado de significación, de intencionalidad, o sea, de todo aquello que acompaña necesariamente al pensamiento humano.

Se trata, entonces, de un saber que no emite juicios, que no es responsable de las consecuencias, de sus efectos, ni de sus resultados. Carece de restricciones morales y, sobre todo, posee un alcance universal: vale para todos. Esto no supone que el discurso científico sea desinteresado y neutral. Lo es en teoría, pero no así en la realidad, puesto que la ciencia moderna muy pronto entabló una alianza poderosa con la actividad industrial, que como todos sabemos carece de las virtudes del desinterés y la neutralidad. Como resultado de esa alianza hemos visto prosperar en el último siglo una verdadera revolución tecnológica que ha tenido consecuencias extraordinarias en la sociedad. La tecnología ha colonizado progresivamente el campo de la ciencia, al punto de disputarle su hegemonía (3).

El discurso científico fue posible gracias a un postulado de base, sin el cual no podemos hablar de ciencia: aunque en ella intervengan sujetos —los científicos—, se trata de un saber al que ha sido necesario “limpiar”, despojar de todo rastro de subjetividad. En otras palabras: la ciencia es incompatible con el concepto de inconsciente, de allí la intuición lacaniana que asocia la ciencia a la psicosis.

Esto es perfectamente comprensible a la luz de lo que, por el contrario, significó la ciencia premoderna, que permaneció anclada en un conjunto de creencias y prejuicios que obstaculizaron la correcta aplicación de las matemáticas al mundo físico. Pero tenemos que señalar aquí dos problemas. El primero es el hecho de que el discurso científico haya conquistado un lugar de poder absoluto en la revelación de la verdad. Es un discurso que se arroga el único modo de conocimiento verdadero, sin admitir que puedan existir otros, y sin aceptar que el concepto mismo de la verdad es a todas luces problemático.

El segundo, acentuado de manera especial en las últimas décadas, es el emplazamiento de la ciencia en territorios que tradicionalmente estuvieron fuera de su jurisdicción. Me refiero fundamentalmente a los asuntos de la subjetividad. Como acabo de señalar, a su vez este último movimiento ha sido secuestrado por la aceleración de los desarrollos tecnológicos.

Hace unos años que asistimos al intento de abordar al ser hablante con la misma lógica que se emplea para estudiar las leyes y los mecanismos del mundo físico-químico. Resulta sorprendente, y a la vez inquietante, que un conocimiento que debió despojarse de la subjetividad para lograr establecerse, acabe por convertirse en el método capaz de dirimir sobre cuestiones humanas tales como el amor, el deseo, los sueños, las pasiones, el sufrimiento, el dolor de la vida, en suma, todo aquello que nos distingue en tanto seres no solo sometidos a los mecanismos de nuestro cuerpo, nuestros órganos y nuestros genes, sino sobre todo a las palabras, las palabras que nos modelan, las palabras que nos determinan, las palabras que nos han hablado de más o de menos, y también las que pronunciamos sin saber en el fondo ni su significado ni el efecto que producen.

Esta avanzada del discurso científico, este crecimiento hiperbólico, ha ido transformándose poco a poco en una ideología[1]. La neutralidad inicial de la ciencia se ha convertido en una ideología, alentada por el capitalismo neoliberal y la presión creciente de los poderes financieros, una ideología que debe regular la totalidad de la realidad humana. Así, la subjetividad se aplasta al punto de extinguirse bajo la afirmación de que todo es genético, y por lo tanto manipulable, restituible, corregible y programable.

No me refiero, por supuesto, a los bienvenidos avances en materia de detección precoz de enfermedades y su posible tratamiento. La ideología comienza a partir del momento en que se pretende explicar el amor, la elección de pareja, la atracción sexual, la alegría o la tristeza, como el resultado de particularidades genéticas. La ideología comienza cuando se pretende aplicar, sin más, la optimización de la producción industrial al trabajo de los seres humanos, y a la educación de esos mismos seres humanos. En síntesis, la ideología -una ideología más que peligrosa y al mismo tiempo alentada por los medios de comunicación- consiste en transferir a la ciencia la conquista y la vigilancia de una normalidad a la que la especie humana debe someterse.

Así, pues, hemos visto florecer al amparo de esta ideología (que dicho sea de paso es objeto de serios cuestionamientos por parte de numerosos miembros de la comunidad científica) un buen número de disciplinas que se arrogan el título de “científicas”: una psicología “científica”, una sexología “científica”, una economía “científica”, que pretenden discernir lo normal y lo patológico, lo sano y lo enfermo, lo que es bueno para la ciudadanía y lo que no lo es, y todo ello bajo el paraguas de métodos que, aplicados o extrapolados a determinados campos humanos, se convierten en una superchería, una estafa moral al servicio de una política de la domesticación.

Hace ya más de un siglo el psicoanálisis reveló que la conciencia, atributo exclusivo de los seres hablantes, no es sino una pequeña parte de nuestra actividad psíquica, gobernada fundamentalmente por tendencias que escapan a la voluntad y al conocimiento de nuestro yo. Freud llamó a eso el inconsciente, y al mismo tiempo postuló algo que supuso una transformación decisiva en la concepción de los síntomas y de los padecimientos mentales: desligó la vida psíquica de todo sustrato cerebral o neuronal. El psiquismo freudiano se apoya exclusivamente en el espíritu, no en el sentido metafísico o religioso, sino en el sentido de que el espíritu es el producto de las palabras y los símbolos en nuestra existencia, y no de nuestras neuronas o nuestras secreciones hormonales (5). Freud se impuso al demostrar que la locura no escapa a la causalidad psíquica. Ni la extrema locura ni la neurosis corriente tienen una raíz orgánica. Un siglo después las neurociencias, promovidas por la presión feroz de las multinacionales farmacéuticas, impulsan investigaciones para demostrar que la totalidad de la acción humana se debe a combinaciones de sustancias, a órdenes emitidas por nuestros genes, o a caprichos cromosómicos. De este modo se propaga una reprobable ideología que convierte a los sujetos en entes que carecen de toda responsabilidad, ya que sus actos no son más el resultado del entrecruzamiento de circunstancias históricas de vida, encuentros azarosos y decisiones conscientes e inconscientes. Los actos humanos pasan a ser meras sombras de mecanismos biológicos medibles y cuantificables.

Esto conduce, sin más, a una concepción totalitaria de la vida, en la cual somos despojados de la dignidad de asumir y también de combatir nuestro lugar en el mundo mediante otras armas que no sean las de la biología, somos despojados del derecho a no vernos convertidos en una cifra en el cómputo general de un cálculo. Luchar desde todos los frentes contra el aplastamiento de la subjetividad, y militar contra la uniformización globalizada de la vida humana, es algo en lo que todos debemos comprometernos, empezando por el compromiso de pensar.

En la enseñanza de Jacques Lacan hay dos posiciones respecto a la ciencia. Por momentos se llega a considerar que el psicoanálisis puede situarse, no como una disciplina científica en sentido estricto, pero sí en paralelo con la ciencia. Pero más tarde considera que el psicoanálisis posee un modo específico de aproximación a la verdad. Asimismo, en los comienzos de su obra Lacan piensa que hay saber en lo real, mientras que en su última parte modifica esta idea y deduce que el carácter imposible de lo real lo ha vuelto refractario al saber.

Lacan formuló tres grandes tesis. La primera es el inconsciente estructurado como un lenguaje[2], la segunda es que el sujeto de la ciencia es el sujeto del psicoanálisis (7) y la tercera es la imposibilidad de la escritura de la relación sexual, una imposibilidad radical (8). La propagación de los medios tecnológicos y los dispositivos digitales se presentan como la promesa de superar ese límite de lo real del sexo y de la muerte.

El psicoanálisis no puede demostrar sus efectos con los instrumentos de la ciencia. El método científico se basa en la universalidad. Esto, desde Aristóteles hasta nuestros días, sigue siendo válido. La experiencia analítica solo contempla el campo de una singularidad irrepetible, y su eficacia se valida en el contexto de la transferencia. Sin ella, no hay marco de referencia capaz de dar cuenta de las transformaciones del sujeto y su goce. Ahora bien, la transferencia es un fenómeno que no podemos desligar del gran apartado de la creencia y sus diversas modalidades. Freud estaba advertido de que la transferencia mantiene un estrecho lazo con la sugestión, y no dudó en reconocerlo. Sin transferencia, solo existe el inconsciente real, aquel que dirige la vida de todo sujeto más allá de las intenciones que tenga. Pero ese inconsciente, que no se distingue de la satisfacción que subyace a todo síntoma, debe transmutarse en inconsciente transferencial para que el sujeto se haga cargo del papel que su goce juega en el ciframiento de su realidad.

En ese sentido, el psicoanálisis no cuestiona la modernidad científico-técnica, sino que mantiene su observatorio de las nuevas y viejas manifestaciones del síntoma, procurando dar cuenta de la marcas que la época deja en los cuerpos hablantes.

Bibliografía

(1) Weber M. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Madrid: Prometeo, 2008.

(2) Descartes R. El discurso del método. Madrid: Trotta, 2018.

(3) Dessal G. Inconsciente 3.0. Barcelona: Xoroi Edicions, 2019.

(4) Lacan J. La ciencia y la verdad. En: Lacan J. Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2013.

(5) Freud S. Psicoterapia: tratamiento por el espíritu. En: Freud S. Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1975.

(6) Lacan J. Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1987.

(7) Lacan J. La ciencia y la verdad. En: Lacan J. Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2013.

(8) Lacan J. Aún. Lección del 9 de enero de 1973. Buenos Aires: Ediciones Paidós, 2006.

Notas

[1] “Ideología de la supresión del sujeto”, la llama Lacan en su texto “La ciencia y la verdad” (4).
[2] Véase Seminario 11 (6)

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