Dosier
El psicoanálisis, aún
Psychoanalysis, Yet

Recepción: 15 Junio 2025
Aprobación: 09 Julio 2025
EL PSICOANÁLISIS, QUE NACIÓ CON EL SIGLO XX, resiste más de una centuria después. Aquel período histórico supuso algunas transformaciones en el pensamiento que han sido determinantes para el mundo en que vivimos hoy. Ya en el siglo xix aparecieron nociones en la lógica y las matemáticas que prefiguran y permiten los logros de la física teórica posterior: G. Frege propone la anterioridad lógica del concepto sobre el objeto (1); N. Lobachevski (1826) y, después, B. Riemann (1854) desarrollan las geometrías no-euclídeas (2). Todos ellos resultaron imprescindibles para la física relativista y la física cuántica posteriores. Y, en 1931, K. Gödel puso definitivamente de relieve la imposibilidad lógica de dar un sustento completo y consistente a la aritmética, así como de fundarla y probarla internamente y, con ello, a cualquier sistema formal (2), lo que supuso una catástrofe y una revolución en las matemáticas.
Pero todo ese giro radical respecto de los consensos científicos vigentes desde Newton también podemos observarlo durante esos años en una profunda subversión en el campo de la música, la pintura, el teatro o la literatura; no menos en el terreno del pensamiento, la filosofía y la política. S. Freud, que publica La interpretación de los sueños en 1900 (3), participa también del clima subversivo de la época.
Naturalmente, desde la invención freudiana del inconsciente hasta hoy el psicoanálisis se ha transformado. La obra de J. Lacan es, seguramente, la mayor transformación de todas, pero no la única. El movimiento psicoanalítico ha tenido polémicas internas y con otras disciplinas desde siempre, cosa que ha estimulado esas transformaciones. Las externas, desde las que tuvieron lugar en el momento de su invención hasta las que, bastante virulentamente, se dan en la actualidad, han girado especialmente en torno a su validez científica o a su lugar en los escenarios políticos y sociales. Ambos asuntos se vinculan —y esto supone una cierta respuesta— en el hecho de que el psicoanálisis participe con una conjetura teórico-clínica rigurosa en las discusiones en el campo de lo psíquico y su tratamiento. Las internas han implicado, con frecuencia, rupturas asociativas (probablemente, algunas diferencias lo justifican; en otras no parece tan seguro). A día de hoy, el panorama resulta más fragmentado entre las escuelas lacanianas, menos en la histórica IPA, aunque esto no prejuzga sobre cuál de los dos modelos es mejor para la persistencia del psicoanálisis y, quizás, esa fragmentación no exenta de vínculos conflictivos sea algo a preservar. Nuestra Sección de Psicoanálisis reconoce y cuida esas diferencias y debates en el interior de nuestra disciplina y también con otros discursos con los que, desde siempre, el psicoanálisis ha dialogado y polemizado.
Las primeras Jornadas de la Sección se celebraron en Huelva en febrero de 1985, alrededor de un año después de su creación. Hasta hoy, que hemos realizado las decimoséptimas en mayo de 2024, han sido el eje principal de nuestra acción, con una periodicidad bienal desde hace ya muchos años, solo demoradas en 2020 por la pandemia del COVID. Entremedias de ellas, hemos realizado multitud de actividades, como mesas redondas, presentaciones de libros, conferencias, coloquios, publicaciones, etc., por nuestra cuenta y como asociados a diversos colectivos e instituciones. El sentido de la Sección no se ha modificado, aunque hemos pasado por ella muchas personas y muchas vicisitudes, algunas difíciles. En cualquier caso, nos guía el interés de sostener la teoría y la clínica psicoanalíticas en la sociedad, en general y en el ámbito de lo que llamamos salud mental, en particular, que, para nosotros, no es otra cosa que las repercusiones subjetivas del estructural malestar en la cultura. Queremos sostenerlo, en primer lugar, en las instituciones públicas, pero no menos en las privadas. Nuestro lugar en la AEN-PSM nos hace poner en primer plano el amplio campo de la salud mental y sus dispositivos terapéuticos y sociales. Coincidimos plenamente con la defensa irrenunciable de unas instituciones públicas de calidad, y nos sostenemos allí con independencia tanto de la industria como del poder político. Coincidimos, asimismo, en el apoyo a los tratamientos comunitarios, psicoterapéuticos, en el respeto a los derechos humanos de los usuarios, el apoyo a los grupos de ayuda mutua y en la oposición teórica, clínica y política a los discursos biologicistas centrados en el tratamiento farmacológico y la reeducación conductual.
Por otra parte, no podemos olvidarnos de lo que sería una distorsión llamar sector privado, porque las asociaciones psicoanalíticas no pertenecen al sector privado como podríamos decir de empresas con obvios propósitos de lucro. Al contrario, están impulsadas por el esfuerzo y el deseo de estudiar y de transmitir. El papel de estas asociaciones es crucial en el sostenimiento de los analistas en la sanidad pública, son su fuente de formación y de análisis personal, asuntos que no están incluidos en la formación reglada y que, probablemente, sea así porque la formación reglada no puede sostener esa dimensión singular que requiere el indispensable análisis personal de los psicoanalistas.
Desde los inicios en la década de los 80, la Sección ha pasado por diversos avatares y ha aprendido algunas cosas que pretendemos conservar. Al cabo de algunos años de andadura, se produjo dentro de la Sección una repetición de las polémicas teóricas y las disputas políticas que asediaban a las asociaciones analíticas en la década de los 90, sobre todo. Este asunto acabó por generar una división interna, en buena medida ajena a los propósitos de la Sección, que llevó al previsible abandono de muchos analistas, dejando a la Sección al borde de la desaparición —en ese momento alguien profetizó que éramos “un cadáver político”—. Abocados a una travesía del desierto, donde esta locución no es totalmente metafórica, la sabiduría de su entonces presidente, el Dr. Enrique Rivas, y un pequeño grupo resistente logró paulatinamente promover algunos reencuentros y la incorporación de jóvenes ya poco interesados en las disputas de poder entre grupos. Hemos aprendido y cuidamos muy mucho el respeto de las diferencias teóricas y nos preservamos de la disputa de un poder que, en realidad, es mucho más imaginario del que los narcisismos personales y grupales pretenden. A día de hoy, podemos decir que la Sección tiene buena salud, la convocatoria de sus actividades es considerable, sus Jornadas tienen un lugar en la agenda de salud mental y cuentan con una importante presencia de jóvenes que trabajan en los dispositivos públicos y concertados, lo que permite alimentar la esperanza de que haya relevo en las siguientes generaciones.
Llegados a este punto, pocas cosas más difíciles que caracterizar el presente en que estamos inmersos, del que formamos parte y que no puede no ser objeto de discusiones. Pero tenemos la impresión —y no somos los únicos, ni mucho menos— de que asistimos a una transformación histórica con pocos precedentes y con consecuencias inciertas: para el psicoanálisis desde luego, pero no menos para la civilización en conjunto. De alguna forma, los saltos epistemológicos que se fraguaron en el primer tercio del siglo xx, desarrollos fundamentalmente teóricos que necesitaron poco más que “papel y lápiz” y que contrariaron nuestras intuiciones del espacio y el tiempo, han sido la base del asombroso despliegue tecnológico que nos maravilla tanto como nos aterra y nos deja a la vista la incertidumbre en la que vivimos. Si se me permite la alegoría, diría que la célebre fórmula einsteiniana E = mc2 prefiguraba Hiroshima; la transformación teórica que abre el camino a un concepto distinto del espacio y el tiempo físicos, unificados en el espacio-tiempo dependiente de la gravedad, resulta ser también la que abre el camino a la autodestrucción de la humanidad. No puedo no evocar a W. Benjamin cuando escribe en Tesis sobre la filosofía de la historia (4) que “no hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie”.
El presente hipertecnológico se nos aparece lleno de ilusionantes promesas y de aterradoras amenazas. A la manera de B. Spinoza, no hay otra posición para enfrentarlo que la de sin temor y sin esperanza. Un mundo regido por algoritmos promete curarnos del error humano y, a la vez, nos atemoriza con una vida robótica sin lugar para el alivio del errare humanum est. Es indudable que el desarrollo técnico, como en la Revolución Industrial, transforma la realidad social, pero hoy nos enfrentamos a la evidencia de que son los algoritmos los que toman ciertas decisiones que hasta ahora estaban a cargo de personas: el debate está servido, porque resulta que las máquinas “inteligentes” padecen también de sesgos ideológicos, incluso de los peores del sentido común.
El pianista de jazz H. Hancock cuenta que, durante un ensayo con el grupo de Miles Davis, falla una nota en su solo. Después de un instante de silencio, que a él se le hace eterno, Davis retoma su error y crea una nueva melodía. ¿Podría una máquina hacer algo así, conjugar error y creación? Si un error es algo a corregir, parece imposible. M. Benasayag dice en La inteligencia artificial no piensa(5) que si hasta hace un tiempo nos preguntábamos si las máquinas podrían igualar al humano, hoy nos despertamos con la evidencia de que los humanos nos estamos igualando a las máquinas. El inconveniente del algoritmo es que coloniza nuestra vida cotidiana, nos obliga a adaptarnos a sus límites. Lo agobiante que resulta tener que hablar con una grabación que no nos admite más que preguntas con respuestas codificadas aptas para su estupidez es apenas un ejemplo de esa colonización. Hay cientos.
Si bien este panorama de un saber “científico” de certidumbres objetivas que resolvieran cualquier problemática humana y acabaran con toda discusión representa, obviamente, una amenaza de abolición de la subjetividad, hay algo que el psicoanálisis puede decir al respecto. El porvenir de nuestra disciplina está ligado al de la subjetividad: no auguramos nada más que la muerte del sujeto sería la nuestra. Hay un pequeño detalle preñado de consecuencias que el psicoanálisis puede señalar en esta cuestión: la máquina no tiene cuerpo. A un chat de IA le podemos decir cualquier barbaridad, no se enfada, porque no se angustia. Sus significantes no están encarnados, son una pura estructura simbólica que pretende ser consistente y completa —aunque según los teoremas de Gödel eso no existe—. Ahí situamos una grieta por la que creemos poder incidir. Este discurso maestro actual debería dar lugar al discurso de sus síntomas; y estos, a una posibilidad para la insistencia del deseo, en un plano que, de esta manera, conjuga lo singular con lo social. Creo que algo de esto estamos viendo en nuestra clínica en los síntomas generalizados nombrados como ansiedad y depresión, por ejemplo.
Entrando ya en el sentido de este dossier, hemos de decir que se dirige, sobre todo, a aportar algunos argumentos al debate que hemos llamado externo, al que el psicoanálisis sostiene con los otros discursos a los que hemos hecho referencia. Para clarificar nuestra posición, fundamentalmente. Es probable que con los que nos cuestionan de buena fe, muchas veces, las diferencias sean malentendidos. Nos dirigimos a los psicoanalistas, por supuesto, pero también y, sobre todo, a los lectores de la Revista de la AEN, compañeros con los que compartimos posiciones políticas y clínicas esenciales.
El dossier empieza, como es de rigor, con una perspectiva de la historia del psicoanálisis en España. Concretamente, a partir del “tardofranquismo”, porque es en ese momento cuando el psicoanálisis retorna después de la Guerra Civil y la Dictadura. Es decir, cuando el incipiente pero ya sólido desarrollo de nuestra teoría durante los años que preceden y acompañan al surgimiento de la Segunda República se vio adulterado o enviado al exilio. Sería inútil pretender entender algo de nuestro presente sin proponer alguna perspectiva histórica que le dé un sentido, una dirección.
En el segundo eje hallaremos cuatro trabajos que apuntan a mostrar la presencia del psicoanálisis en instituciones públicas. Hemos propuesto trabajos en el área de la salud mental comunitaria, por razones obvias, pero también en ámbitos más alejados como la educación y altamente complejos como la institución penitenciaria. Se verá cómo los psicoanalistas, sin renunciar a sus posiciones teórico-clínicas, inciden y aportan en las áreas que le son específicas y en las que no.
En el tercero, abordaremos la vigencia del psicoanálisis en la actualidad con un artículo que vuelve a apoyarse en la asistencia pública y en la vocación que tuvimos desde el principio por que nuestra práctica no se redujera a atender a las clases más privilegiadas. La práctica analítica no puede ignorar que se desarrolla en el marco del sistema capitalista, más aún en la presente fase, que parece no dejar apenas resquicio para que cualquier producción humana escape a convertirse en una mercancía. Sin embargo, no se puede olvidar que el objeto causa del deseo no es ningún objeto concreto, es justamente la falta de un objeto que colme el deseo, que siempre será deseo de otra cosa. Cosa que lo hace inviable para el consumismo desenfrenado que promueve el sistema vigente, que asegura lo que no cesa de aparecer como síntoma: la frustración.
Para terminar, el último eje presenta dos artículos que dialogan con otros discursos: la ciencia y el feminismo y la teoría queer. La elección no es casual, suponen dos controversias que resultan muy interesantes y enriquecedoras para nuestra teoría, que la han obligado a revisar ciertas posturas y a resituar nuestra posición respecto a ambas cuestiones. El primero expone cómo se ubica el psicoanálisis con relación al discurso científico, sus diferencias, que implican campos limítrofes y desde donde se pueden cuestionar las consecuencias de la apropiación de la ciencia por los intereses de la industria. El siguiente propone un diálogo entre el psicoanálisis, el feminismo y el deseo lesbiano. Si bien fue S. Freud quien planteó por primera vez la diferencia entre la genitalidad como hecho anatómico y la sexualidad como construcción subjetiva en Tres ensayos para una teoría sexual (6), el desarrollo posterior fue infiltrado por el sentido común patriarcal, dándose en los hechos algunos prejuicios que debimos revisar: la homosexualidad como perversión o la transexualidad como invariablemente psicótica, por poner dos ejemplos notorios.
Terminamos esta sucinta introducción con el deseo de estimular el interés por la lectura del dossier. Querríamos transmitir que el psicoanálisis no es una práctica individualista, aunque requiera de una privacidad personal para que el analizante encuentre que su condición de sujeto deseante es el deseo del Otro, lo que lo sujeta en el vínculo social incluso cuando está solo. Que, como ser hablante, como cuerpo tomado por el lenguaje, es un ser social, para quien las vicisitudes de su felicidad/infelicidad —si se me permite el exceso que suponen estas palabras— dependen no de sus necesidades, sino de lo que resulta significativo para su deseo.
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