Dosier
El retorno del psicoanálisis en el tardofranquismo y la Transición
The Return of Psychoanalysis in Late Francoism and the Spanish Transition[1]
El retorno del psicoanálisis en el tardofranquismo y la Transición
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 148, pp. 129-148, 2025
Asociación Española de Neuropsiquiatría

Recepción: 04 Agosto 2025
Aprobación: 10 Octubre 2025
Resumen: Este trabajo analiza el contexto político y los cambios intelectuales que posibilitaron el retorno de un psicoanálisis crítico en el tardofranquismo y la Transición democrática. Dentro del conjunto de corrientes psicodinámicas y psicoanalíticas que convivieron en este período, este estudio se centra en la recepción de la obra de Jacques Lacan y en el papel que tuvieron los psicoanalistas argentinos exiliados de la dictadura militar. Como forma de adentrarnos en este contexto de efervescencia política y de diversidad formativa, este trabajo incluye fragmentos de entrevistas realizadas a algunos de los jóvenes que participaron en este contexto, en las que se brinda una lectura más cercana y personal sobre cómo fueron las trayectorias de estudio y acceso al psicoanálisis en los años 70, principalmente en Madrid, y el cambio que se produjo a partir de la llegada del Campo Freudiano en los años 80.
Palabras clave: Psicoanálisis lacaniano, tardofranquismo, Transición española.
Abstract: This paper analyses the political context and intellectual changes that made possible the return of critical psychoanalysis in the late Franco era and the democratic Transition. Among the various psychodynamic and psychoanalytic currents that coexisted during this period, this study focuses on the reception of Jacques Lacan's work and the role played by Argentinian psychoanalysts exiled from the military dictatorship. As a way of exploring this context of political effervescence and educational diversity, this work includes extracts from interviews with some of the young people who participated in this context, which provide a closer and more personal insight into their study trajectories and access to psychoanalysis in the 1970s, mainly in Madrid, and the change that took place with the arrival of the Freudian Field in the 1980s
Keywords: Lacanian psychoanalysis, late Francoism, Spanish Transition.
Introducción
A FINALES DEL FRANQUISMO Y DURANTE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA, el psicoanálisis experimentó un importante resurgir, inscrito en un clima de convulsión política, efervescencia cultural y revisión crítica de los discursos dominantes sobre poder y norma social, así como de los dispositivos de atención en salud mental (1). En este contexto, el psicoanálisis retornaba no como una simple reanudación de una práctica previamente establecida, sino como la emergencia de un nuevo escenario clínico, político e institucional que, si bien portaba las huellas de un pasado anterior a la dictadura, se configuró desde unos parámetros muy distintos. Este proceso de retorno remite por tanto a una genealogía anterior a la dictadura, en la que el psicoanálisis fue entendido como baluarte modernizador de las reformas educativas, sexuales y de higiene mental de los años 20 y 30 (2,3). Pero, además, la idea de retorno debe leerse a la luz de un doble movimiento de exilio. Por un lado, el de los profesionales españoles que integraron estas reformas y que tuvieron que abandonar el país tras la guerra civil española, muchos de ellos a países latinoamericanos (4) y, por otro, el de los psicoanalistas del Cono Sur, que llegaron a España en la década de los 70 huyendo de las dictaduras militares (5). Su exilio transformó la configuración del campo psicoanalítico español (6,7). Muchas de las trayectorias clínicas, intelectuales y políticas de estos autores hundían sus raíces en una forma mucho más urgente y radical de entender al sujeto, el malestar y la clínica. Y quizás por ello sus ideas resonaron con fuerza en un contexto marcado por la tensión política y la movilización social. Fueron años en los que una nueva generación de jóvenes reclamaba ideas y experiencias con potencial para la transformación de la realidad que hasta ese momento habían conocido (8).
En este sentido, podemos decir que estos exilios de ida y vuelta operaron como vectores de memoria: no solo hicieron viajar a las ideas, sino que también transmitieron relatos de violencia política, compromiso y resistencia, que sin duda configuraron un nuevo escenario para el psicoanálisis, sacándolo de la neutralidad y el aislamiento individual característico de las instituciones psicoanalíticas vinculadas a la International Psychoanalytical Association (IPA) (9) y de la lectura católica que el régimen franquista había promovido (10,11). En este cruce de memorias —la del exilio español y la del exilio latinoamericano—, se tejerá una conexión en la que lo singular del síntoma se anudará con lo colectivo del trauma histórico, encontrando en el tardofranquismo un contexto para retomar —y hacer retornar— un psicoanálisis con potencial transformador, más comprometido con el contexto social y político.
Este trabajo analiza el contexto político y algunos de los espacios en los que el psicoanálisis tuvo vigencia en el tardofranquismo y la Transición democrática. Se prestará especial atención a los cambios políticos e intelectuales que facilitaron la recepción de la obra de Jacques Lacan. Su propuesta de retorno a Freud, aunque inicialmente entró por Francia, tuvo en los argentinos exiliados de la dictadura militar a sus principales protagonistas. En los 70 las ideas de Lacan convivieron con una amplia diversidad de corrientes psicoanalíticas y psicodinámicas, las cuales han recibido atención historiográfica en los últimos años (8,12,13). Como forma de adentrarnos en este clima de efervescencia política y de diversidad formativa, este trabajo incluye fragmentos de entrevistas realizadas a algunos de los jóvenes que participaron en este contexto, en las que se brinda una lectura más cercana y personal sobre cómo fueron las trayectorias de estudio y acceso al psicoanálisis en los años 70, principalmente en Madrid, y el cambio que se produjo a partir de la llegada del Campo Freudiano en los años 80 (14).
El retorno a Freud
En el año 1979 la revista El Viejo Topo publicaba un fragmento de la conferencia de prensa que Lacan había ofrecido en Roma en vísperas del Congreso de la Escuela Freudiana de París, el 29 de octubre de 1974. Cuando le preguntaron si su “retorno a Freud” no hacía más complicada la lectura del psicoanálisis, el francés respondió:
Quizás porque dejo entrever lo que Freud solo consiguió meter en la cabeza de sus contemporáneos a base de años (...) El significado del retorno a Freud es este: mostrar lo que hay de incisivo en la postura de Freud, en lo que él descubrió, en lo que puso en juego de un modo, digamos inesperado; por primera vez aparecía algo que nadie había dicho antes. El inconsciente de Freud, en efecto, es la incidencia de algo completamente nuevo (15, p. 43).
La propuesta teórica de Lacan operaba un retorno a los textos de Freud, no como una simple vuelta, sino que el autor proponía una lectura rigurosa a la luz del estructuralismo —principalmente la lingüística de Saussure y la antropología de Lévi-Strauss— y la filosofía moderna de autores como Hegel y Heidegger. Su enseñanza y método clínico, con nociones como la descripción del inconsciente como un sistema de significantes regido por las leyes del lenguaje (16), o su método clínico, en particular la introducción de la sesión de duración variable, no fueron bien acogidas por la ortodoxia teórica de la IPA. Tras años de desencuentros con esta asociación (17), Lacan fundará en 1964 su propia institución, L´Ècole Freudienne de Paris (EFP), rompiendo definitivamente con la IPA y estableciendo un nuevo modelo de formación no jerárquico y basado en el dispositivo del pase (18). El núcleo de su enseñanza fue desarrollado en su célebre Seminario, el cual impartió en París desde 1953 y hasta 1980, un año antes de su muerte.
En España, las noticias sobre Lacan y su polémica relación con la ortodoxia psicoanalítica llegaban a través de las revistas del medio psiquiátrico (19). El propio López Ibor, mostrándose conocedor del asunto, aplaudía el “renacimiento en el interior del psicoanálisis” protagonizado por Lacan (20, p. 73). También el medio católico interesado en la medicina mental era conocedor de las diatribas del psicoanálisis en el país vecino, principalmente aquellas que enfrentaban al sector laico con el católico (21). Cabe recordar que en el año 1961 la Congregación del Santo Oficio había prohibido a los clérigos ejercer el psicoanálisis (22), lo que deja entrever la particular expansión que había tenido en los círculos católicos (10,11).
La depuración política y epistemológica del psicoanálisis durante el primer franquismo buscó eliminar su relación con las reformas republicanas y expurgarlo de sus vínculos con el materialismo y el positivismo. En cierto sentido, se trataba de reintegrarlo en nuevas coordenadas epistémicas y sociales. Podría decirse que este fue el leitmotiv que articuló la forma en la que el psicoanálisis fue debatido en eventos y publicaciones científicas durante este período. Dentro de estos eventos, destaca por el papel político y la proyección internacional que recibió el IV Congreso Internacional de Psicoterapia, celebrado en Barcelona del 1 al 7 de septiembre de 1958. Presidido por Ramón Sarró, figura clave en la expansión del psicoanálisis durante la dictadura (23), este evento congregó a gran parte de la élite mundial de la medicina mental, entre ellos a Lacan.
Un buen número de las intervenciones de este congreso retomaron algo de la obra de Freud y señalaron el valor de sus ideas para la medicina mental. No obstante, prácticamente todos los ponentes lo interpretaron bajo las coordenadas de la psicoterapia y la psiquiatría de influencia alemana (24). No fue así en la intervención de Lacan, en la que bajo el sugerente título “La psychanalyse vraie et fausse”, el francés expuso aquellos elementos que definían al campo psicoanalítico e introdujo el fundamento estructural y lingüístico sobre el que se apoyaba su retorno a Freud (25). Su intervención pasó bastante desapercibida para el público español y, al igual que sucedería con la de otros autores, no fue publicada en las actas del congreso, lo que generó, años después, cierto revuelo en el medio psicoanalítico francés, que atribuía esta ausencia a una censura deliberada. No obstante, la investigación de Anne Cecile Druet ha demostrado con acierto lo improbable de esta acusación (19). De hecho, Lacan mantuvo desde entonces una amigable relación con Sarró, como hemos dicho, presidente del congreso y director de la Revista de psiquiatría y psicología médica de Europa y América Latinas, en la que se publicaron las actas a lo largo de dos entregas entre enero de 1959 y junio de 1962 (19).
En 1972 Lacan visitó España por segunda vez. Sarró y su joven colaborador, el psiquiatra Martí-Tusquets, le invitaron a impartir la conferencia de la sesión inaugural de la Asociación de Psiquiatría de la Academia de Ciencias Médicas. Lacan vino acompañado de la psicoanalista Catherine Millot, e impartió una conferencia titulada “Du discours psychanalytique comme accès au réel” (26,27). En esta ocasión la situación era completamente diferente.
A diferencia de su primer viaje, en ese momento Lacan era ya una figura de referencia internacional, ampliamente reconocido por su crítica a las instituciones oficiales del psicoanálisis y su controvertida propuesta teórico-clínica. Su nombre aparecía asociado al de autores como Althusser, Lévi-Strauss o Michel Foucault, todos ellos representantes del estructuralismo, corriente que comenzaba a tener cabida en los medios españoles. De hecho, el Instituto Francés de Barcelona, en colaboración con la Cátedra de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona, había dedicado un seminario a esta temática en el año 1968 (12). Como resultado de este seminario, Martí-Tusquets publicaría el que probablemente sea el primer texto sobre Lacan en castellano: “Estructuralismo y psiquiatría” (28). El interés de este psiquiatra por las causas sociales, económicas y culturales de la locura, que más adelante cristalizará en su concepto de psiquiatría social (29,30), su relación con las terapias grupales como el psicodrama (31), así como su proximidad a los enfoques dinámicos y estructuralistas, son muestra del cambio generacional, social y político que estaba teniendo lugar en este momento en el contexto de la psiquiatría y del régimen franquista. Sin adscribirse al marxismo ni a la antipsiquiatría, Martí-Tusquets se hizo eco de textos clave de la crítica institucional, como Internados de Erving Goffman (32), La institución negada de Franco Basaglia (33), La historia de la locura de Foucault (34) o la obra del antipsiquiatra norteamericano Thomas Szasz (35,36), para ilustrar la importancia del entorno social y las estructuras de poder asociadas al ejercicio de la psiquiatría (29). En sus propias palabras: “La psiquiatría actual, en la búsqueda de nuevos caminos que la lleven a la interpretación y descubrimiento de las causas de la enfermedad mental, se convierte en psiquiatría social y hasta cierto punto en antipsiquiatría en tanto en cuanto aquella se define como clásica, estática, descriptiva, adaptativa y por lo tanto represiva” (30, p. 26).
En sus publicaciones relacionaba el estructuralismo lacaniano con las comunidades terapéuticas, convencido de que el análisis del hospital psiquiátrico ya no podía prescindir de las aportaciones del psicoanálisis estructural:
Lacan ha tenido, a nuestro juicio, el mérito innegable de introducir los métodos del estructuralismo lingüístico y antropológico en el análisis de las interrelaciones. (...) La aportación más original de Lacan es la consideración de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. (...) La incorporación de esta idea al análisis de las instituciones psiquiátricas ha empezado a dar sus frutos y nos parece absolutamente imprescindible para un auténtico estudio de los fenómenos e influencias relacionales en el hospital psiquiátrico (37, pp. 208-209).
Fue así como el psicoanálisis de Lacan comenzó a inscribirse paulatinamente en el imaginario intelectual español del tardofranquismo, dentro de una búsqueda más amplia de alternativas a los modelos clásicos de atención en salud mental. En este contexto, fueron fundamentales figuras como el psiquiatra Carlos Castilla del Pino, interesado en las relaciones entre psicoanálisis y marxismo (38,39), o el psiquiatra Ramón García, uno de los principales responsables de la introducción en España del movimiento antinstitucional y antipsiquiatrico (40). Fue García quien impulsó la publicación en castellano de la obra de Franco Basaglia (33) y la publicación en España del primer texto de Lacan, en el año 1970 (41), además de la edición de los textos de Wilhem Reich e Igor Caruso (12,42). El testimonio del psicoanalista Vicente Mira, por entonces estudiante de Medicina en la Universidad de Valladolid, ilustra muy bien este clima intelectual:
Comme beaucoup de jeunes de ma génération, j´avais lu Freud de ma propre iniciative. Dans notre cursus [se refiere a la formación universitaria en psiquiatría, en la Universidad de Valladolid], il n´y avait, sauf très rare exception, aucune référence à Freud, mais il y avait, pour nous, une sorte de présence imaginaire de la psychanalyse, nous avions tous une vague idée de ce qu´etaient la psychanalyse et l´inconscient dans le cadre du courant de pensé de gauche, pré-soixante-huitard, dans lequel nous évoluions. D´un autre côté j´avais, moi, pas mal de réferences françaises dans ma formation intellectuelle (...).
Alors que j´etais en cinquième ou sixième année de médicine, avec quelques camarades de différentes facultés nous organisons un groupe de travail que nous baptison “Structuralisme et politique”. L´un se charge d´Althusser, un autre de Lénine -je ne sais pas très bien ce que faisait Lénine là-dedans, mais enfin...-un autre de Foucault et à moi, qui connais le français, on me demande de m´occuper de Lacan qui n´était pas traduit en espagnol. Ce devait être en 1967 ou 1968, et c´était mon premier contact avec Lacan. Je m´en souviens très bien: j´achète les Écrits, et je commence à lire (27, p. 252)[2].
En general, en la España del tardofranquismo comenzó a circular un inmenso volumen de textos, anteriormente ausentes, que alimentaban el cuestionamiento de los valores y las creencias, y con los que la juventud podía imaginar y construir una realidad alternativa, hecha de un lenguaje diferente al del régimen. Los años 70 son los de la revolución editorial y de los medios audiovisuales, en los que las traducciones de Goffman, Cooper, Szasz, Laing o Basaglia circulaban junto a las de Freud, Marcuse, Foucault, Althusser, Marx, Reich o Lacan, entre otros. Son también los años de la progresiva democratización del acceso a la universidad, de la emergencia de otras formas de difusión cultural no controladas por el estado franquista, y los de la apertura experimental de nuevas formas, quizá utópicas, de habitar la realidad y cuestionar al poder. Esto es lo que Germán Labrador ha denominado “esfera pública alternativa”, es decir, “como una cultura paralela, en construcción, de carácter cívico-popular” que no puede resumirse bajo la idea de “apertura del régimen” (43, p. 200).
Es en este clima en el que un entusiasta Pepe Ribas funda, junto a otros compañeros, la revista contracultural Ajoblanco, emblema de la revuelta política de este período y medio de comunicación en el que pueden seguirse las relaciones entre antipsiquiatría, contracultura y psicoanálisis (44). También es en los 70 cuando el joven Carles Frígola, después de estudiar psiquiatría con Sarró, completa su formación psicoanalítica en la Tavistock Clinic, donde conoció a Laing y Esterson, y de donde regresa en 1977 para fundar, en Creixell (Girona), Existentalia, una comunidad terapéutica inspirada en la de Kingsley Hall de Londres que estuvo en funcionamiento dos años, y a la que Ajoblanco dedicaba un artículo dentro del número extra de marzo de 1979 sobre Antipsiquiatría (44). Además de Ajoblanco, otras revistas como Ozono o El Viejo Topo se encargarán también de incluir novedades sobre antipsiquiatría, freudomarxismo y psicoanálisis, o sobre la recepción de este último en el ámbito literario (45). Véase por ejemplo el dossier del Viejo Topo dedicado a la antipsiquiatría (46), el dossier dedicado a Freud, en el que el psiquiatra Enrique González Duro defiende una lectura política del psicoanálisis (15), el dossier dedicado al freudomarxismo (47) o el que, al inicio de los 80, dedicarán a Lacan (48).
Toda esta revolución informativa será también la que ponga en circulación artículos, fotografías y reportajes periodísticos sobre las condiciones en las que se encontraban los hospitales psiquiátricos del país, motivando la movilización de los jóvenes profesionales de la salud mental que reclamaban la reforma de la asistencia psiquiátrica agrupados en torno a la Coordinadora Psiquiátrica (40). Es lo que más tarde se conoció como las “luchas psiquiátricas del tardofranquismo”, refiriéndose a diversos conflictos como el del Hospital Psiquiátrico de Oviedo, las clínicas psiquiátricas de la Ciudad Sanitaria Provincial Francisco Franco de Madrid (las conocidas como Clínicas Ibiza), el Instituto Mental de la Santa Cruz de Barcelona, el Sanatorio Psiquiátrico de Conxo en Santiago de Compostela o el recién inaugurado Hospital Psiquiátrico de Bétera en Valencia (49,50).
El régimen se tambaleaba y la sociedad era cada vez más permeable al cambio político, a su vez en diálogo con experiencias como el mayo del 68, la Primavera de Praga, la Guerra de Vietnam, la figura del Che, pero también el sexo, las drogas y el rock and roll, el movimiento hippie, la contracultura, la antipsiquiatría, etc (51). Es en este contexto en el que Lacan y las noticias sobre psicoanálisis de inspiración marxista compartían páginas con el feminismo, con la lucha obrera, con la crítica al capitalismo, el pacifismo, la Revolución Sexual, etc. Y es también en este clima político en el que desembarcarán los psicoanalistas argentinos. Exiliados de la dictadura, traerán consigo una lectura política del psicoanálisis, que sintonizará con ese espacio en el que la oposición al régimen y la búsqueda de alternativas en el campo psi compartirán esfuerzos, ideas, lugares, lecturas y lectores.
El exilio argentino en España
El 20 de octubre de 1975 el argentino Óscar Masotta empezó su seminario en Barcelona, poco después de la visita que Lacan hiciese en 1972. Este es probablemente el primer espacio formativo dedicado a la obra de Lacan. Poco después, se irán creando grupos de formación y revistas de psicoanálisis lacaniano en todo el país (52), la prensa cotidiana anunciará las conferencias y actividades que se organicen, y en varias universidades comenzarán a aparecer algunos nichos de enseñanza (27).
Fueron muchos los jóvenes universitarios que a principios de los 70 buscaron en el psicoanálisis un discurso que añadiese elementos críticos al ambiente contestatario del tardofranquismo. La propuesta ortodoxa de la IPA, que en España contaba con representación institucional desde el año 1959 (53,54), no respondía a este criterio. Tal y como recordase Carmen Gallano, entrevistada por Druet en el año 2006: “Pour nous [se refiere a los psiquiatras de su generación], l´IPA était la chose la plus réactionnaire que soit, et il était impensable d´y entrer. Ils nous transmettaient un Freud qui nous était tout à fait étranger” (27, p. 250)[3]. Gallano había leído en francés el texto de Althusser sobre Freud y Lacan (55). Su proximidad con el comunismo también la acercó a la antipsiquiatría, lo que la llevó a efectuar viajes a Londres y Trieste, ciudades en las que se estaban desarrollando experiencias críticas y reformadoras (56). En Londres se encontró con Masotta, a quien seguirá poco después en su seminario de Barcelona. Gallano, de hecho, formó parte del grupo que en 1977 fundó con Masotta la Biblioteca Freudiana (27). Pero Gallano continuó su formación en la Escuela Freudiana de París, donde inició su análisis con Laurence Bataille. Como española, su vínculo con las primeras figuras del psicoanálisis francés, la llevó a ocupar un rol clave en los viajes que Jacques Alain Miller hizo por España a partir de 1981, cuando buscó disolver y reintegrar los diferentes grupos de estudio psicoanalítico en el Campo Freudiano, fundado por Lacan un año antes de su muerte en 1980.
Los contactos con Francia y el psicoanálisis en francés tuvieron una influencia importante para la generación que leyó a Lacan y buscó una formación psicoanalítica al margen de la IPA. No obstante, como ya se ha mencionado, el peso del exilio argentino en este contexto es fundamental y marcó un antes y un después en el panorama psicoanalítico español. Así visto, aunque Lacan había atravesado los Pirineos hasta en dos ocasiones, su obra llegaba principalmente por el Atlántico y con acento argentino.
No sin diferencias entre ellos, los argentinos traían consigo un psicoanálisis más político, atravesado por la emergencia del exilio, lo que sin duda influyó en su recepción en suelo español (8). Para nosotros, escribía el argentino Germán García en 1982, “se trata de los textos de Lacan sin París, puesto que sabemos que no fuimos alumnos” (57, p. 245). García que estaba en ese momento de visita en Barcelona con motivo de la publicación en español de la revista Ornicar?, reprochaba con estas palabras a los lacanianos de París que alimentaran una lógica autorreferencial en lo relativo a la difusión del lacanismo en España y no se interrogaran sobre las dificultades reales para su expansión en el país (45). Mas próximos a la realidad española que los franceses, fueron principalmente los argentinos los que, en estos años, se encargaron de coordinar la enseñanza de Lacan y de analizar a los españoles. De nuevo, en palabras de García: “Nuestra sub/versión puede ser el porvenir del psicoanálisis, dado que la sub/versión de Lacan es su presente a pesar de los esfuerzos de la cultura francesa por evitarlo” (57, p. 245)
Como ya hemos dicho, Masotta fue el primero en coordinar uno de estos grupos en Barcelona. Entre 1978 y 1979, además del seminario regular, la Biblioteca Freudiana organizó conferencias, jornadas y tradujo textos de psicoanálisis al español. Masotta también creó grupos en ciudades como Vigo, Madrid, Valencia, Málaga y Granada. Su muerte en 1979 fue el origen de un importante cambio en las redes formativas de la Biblioteca Freudiana, que pasó a estar dirigida por Germán García, aterrizado en el país en el año 1980, lo que supuso un mayor acercamiento al Campo Freudiano (27).
Mientras, a Madrid habían llegado otros psicoanalistas alrededor de los que proliferaron grupos de estudio en todo el país. Jorge Alemán llegó en el año 1976 e inició desde entonces un seminario al que, tres años más tarde, se uniría el también argentino Sergio Larriera. Ambos fundaron el grupo Serie Psicoanalítica y editaron una revista de homónimo nombre a partir de 1981 (27). También en 1976 llegó José León Slimobich y fundó Analytica, Centro de Estudios Freudianos de Madrid, al que le siguieron otros dos grupos fuera de la capital: el Centro de Estudios Freudiano de Granada y el del Centro Psicosocial de Pamplona. Todos ellos editaron la revista Pathema. Boletín de Psicoanálisis, cuyo primer ejemplar se publicó en el año 1987, marcado por una clara vocación por establecer un diálogo con la sociedad y difundir el psicoanálisis más allá de la comunidad analítica (58). Un poco más tarde llegaron también a Madrid Miriam Chorne y Gustavo Dessal, en 1981 y 1982, respectivamente, y juntos crearon el Ateneo Freudiano de Madrid en 1983.
En general, en este período, la colaboración entre los miembros de los diferentes grupos era frecuente, no siendo extraño encontrar a miembros de Serie Psicoanalítica en unas jornadas del Centro de Estudios Freudiano de Granada, o a Slimobich impartiendo una conferencia en Madrid junto a Alemán, Chorne, Dessal, o Gallano, que, instalada en la capital madrileña, había creado el grupo Ámbito Madrileño de Psicoanálisis, erigido como representante del Campo Freudiano en España (27). Los grupos compartían ciertas características, aunque funcionaban de forma independiente y mantenían la marca personal de aquellos que los dirigían.
Galileo era el nombre que recibió el piso que varios de los argentinos exiliados alquilaron en la calle Galileo de Madrid, en el año 76:
En Galileo -recuerda la psicoanalista María Jesús Lazcano, por entonces estudiante de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid-, al fondo del pasillo estaban Pepe [José León Slimobich] y Alemán, los lacanianos, y en mitad del pasillo Rosa [Liguori] y M. Carmen [Rodríguez Rendo] (...) Galileo se complementaba con el bar, era importante, allí había toda la tarde un desfilar de gente que iba y venía a sesión o a cursos. El café de antes o después. Los alumnos de Pepe a veces estaban cuando subíamos a nuestro curso y seguían allí al bajar. No parecía importar, se hablaba. El dueño del bar debería de haber puesto un retrato de Freud en alguna parte(59).
Otra figura de peso para entender la influencia del exilio argentino en el contexto psicoanalítico de este periodo es la de Antonio Caparrós García-Moreno. De origen madrileño, este hijo de médico represaliado por el franquismo había vivido en Argentina desde los 18 años. Psiquiatra de formación y militante comunista, se exilió en España con el inicio de la dictadura militar argentina. Junto a su primo, el madrileño Nicolás Caparrós, realizaron importantes aportes a la corriente crítica de la psicología psicodinámica española, fuertemente influidos por otros autores como Marie Langer, José Bleger o Enrique Pichon-Rivière (8).
Nicolás Caparrós fue sin duda otra figura importante en este contexto. Con interés por la formación psicodinámica, había viajado a Londres, donde, además de afianzar su formación psicoanalítica, principalmente en la corriente kleiniana, entró en contacto con la labor que se desarrollaba en Kingsley Hall, coincidiendo por estos años con figuras como Cooper, Laing, Esterson, Schatzman, o Berke. En el 69 había participado en Roma en la fundación de Plataforma Internacional, organización alternativa a la monolítica IPA, en la que se reunían analistas comprometidos con una visión crítica del psicoanálisis (8). Junto a él, también estaban otras figuras como Armando Bauleo, Marie Claire Booms o Hernán Kesselman, argentino que también se exilió en España, con quien los primos Caparrós colaboraron estrechamente. Las ideas de estos autores fueron canalizadas en España por la revista Clínica y Análisis Grupal, creada por el Grupo Quipú de Psicoterapia en el año 1976 y dirigida primero por Alejandro Ávila y posteriormente por Nicolás Caparrós. El Grupo Quipú de Psicoterapia fue un espacio importante para la enseñanza y difusión del psicoanálisis durante este período (8). Fundado por Nicolás Caparrós en el año 1974 (60), a él llegaban estudiantes y licenciados en psicología con ansias de encontrar alternativas más cercanas a la realidad social del país. Así lo recuerda la psicoanalista Beatriz Reoyo, por entonces estudiante de psicología:
un grupete de gente vimos que poco íbamos a aprender en la facultad (...). Era un momento de cambio político, cambio social y también de soltar un poco las amarras de esa represión tan brutal del franquismo (...). Estábamos con ansia de cosas, de aire fresco (...), de inquietudes, de inquietudes políticas también (...). Nos pusimos en contacto con Nicolás Caparrós y entonces ahí empezamos a hacer un grupo con él (...). Nos enseñaba un poco de todo el panorama que había dentro de ese momento: lo que era psicodrama, lo que era la Gestalt, en fin, esas cosas. Y estuvimos allí con él hasta que fundó el Grupo Quipú (...). Allí empezaron a aparecer exiliados argentinos (...), luego ya vinieron más y se fueron a Galileo, que es donde empezó un poco la aventura psicoanalítica, por así decir, porque todos venían un poco con esta orientación de Lacan, con sus diferencias, pero sí estaban dentro del campo psicoanalítico y del lacanismo (61).
Quipú se convertirá en estos años en referente del trabajo de grupos con orientación psicodinámica. Tal y como ha estudiado Miguel Huertas-Maestro, “este grupo fue un elemento clave para el desarrollo de la perspectiva social y relacional del psicoanálisis en general, y, específicamente, del psicoanálisis crítico de inspiración marxista en los setenta” (8, p. 70). Galileo, por su parte, fue más bien un espacio informal en el que se mezclaban los integrantes de diversos grupos, se hacían actividades conjuntas, tertulias, etc. Y, en cualquier caso, ambos espacios eran importantes, siendo frecuente asistir a los dos: “Yo fui a los cursos de M. Carmen Rodríguez en Quipú un año, tal vez dos y ella se mudó a Galileo (...). Yo daba un curso con M. Carmen [Rodríguez Rendo], otro con Rosa [Liguori] y otro día iba a Quipú a un curso con Alba Kaplan, kleiniana, seguidora de Arminda Aberastury, que era un referente en la clínica infantil y también en la educación. Allí también estaban Hernán y Sara Kesselman, psicoanálisis vincular” (59).
El ámbito educativo fue también otro espacio de influencia del psicoanálisis en el que los argentinos dejaron huella y que merecería una investigación de mayor calado. Iniciativas como Acción Educativa, fundado en 1975, canalizaron la insatisfacción de maestras y maestros, y promovieron acciones encaminadas a modernizar la educación e incorporar las novedades teóricas que venían de campos como la psicología, la pedagogía y la sexología. En la Escuela Infantil El Globo, recuerda Lazcano, “se hacían sesiones de supervisión. Y hacíamos escuela de padres siguiendo la teoría de grupos de Pichon-Rivière. Desde la Escuela contacté con Acción Educativa, un movimiento bastante pujante de educadores (...). Allí conocí a Mirtha Cucco, otra argentina que llegaba diciendo cosas diferentes, más bien Klein. Las referencias para la educación venían de Argentina, con psicoanálisis incorporado (...), allí también conocí a Alejandro Ávila, que era padre de una niña de la Escuela” (59).
Todos estos espacios de debate del psicoanálisis (Quipú, Galileo, las Escuelas Infantiles, pero también las cafeterías y tertulias informales) fueron lugares de apertura política, de ilusión y de búsqueda de otros códigos con los que vivir: “sentíamos que [el psicoanálisis] era un lugar mucho más de oxígeno para esa época todavía tan represora, pero también con cierta apertura, y esa apertura nos la brindaban esos lugares, o sea que en ese sentido sí tenía ese costado político, digamos, pero no una política formalizada, sino, simplemente, esa opción de que era un lugar donde uno podía estar, y podía hablar, y podía vivir” (61)
En la universidad también comenzaron a aparecer en estos años algunos espacios para la enseñanza del psicoanálisis, sobre todo en Barcelona y Madrid, aunque también hubo otras iniciativas (27,62). En Madrid, Gerardo Gutiérrez fue uno de los profesores que comenzó a incluir contenidos psicoanalíticos en sus clases:
A comienzos de los 70 y recién conseguida la licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación (Pedagogía), empecé a dar clase en la especialidad de Psicología. Bueno, en realidad, empezamos, porque fuimos un pequeño grupo: Pilar Ortiz, Baudilio Martínez, Ana Salvador y yo. Eduardo Chamorro se incorporó un tiempo después. Habíamos hecho un buen vínculo con una profesora joven y diferente al resto de profesores, Mercedes Valcarce, que había hecho formación en Ginebra con Piaget, y que hablaba con referencias psicoanalíticas del trabajo con niños.
Algunos (Chamorro y yo) ya habíamos iniciado acercamientos a grupos de psicoterapia con los analistas “originarios” de la APM [Asociación Psicoanalítica de Madrid, fundada en 1974 como resultado de la marcha de los portugueses de la Sociedad Luso-Española de Psicoanálisis en el año 1966, y de la escisión de los grupos de psicoanalistas de Barcelona y Madrid]. Comenzamos a trabajar en problemas de fracaso escolar, dislexias, y a leer a Freud, junto con autores franceses como Marc Oraison, Serge Levovici, René Diatkine o el analista americano René A. Spitz, etc.
Éramos muy jóvenes, prácticamente de la edad de nuestros alumnos, teníamos mucho entusiasmo, con la convicción de estar aprendiendo y transmitiendo cosas nuevas en la Facultad, y en la Complutense, cosas que se iban pareciendo cada vez más a una divulgación seria y rigurosa del psicoanálisis” (63).
No obstante, el contacto con los argentinos, principalmente con Alemán y Larriera, llevó a este grupo de profesores a distanciarse de la APM, que además de no aceptar que se pudiera impartir formación psicoanalítica en la Universidad fuera de la APM, no reconoció nunca su labor docente, ya que consideró que no habían completado la formación necesaria “a pesar de que una amplia parte de los analistas en formación que ellos tenían, estaban allí porque habían pasado por nuestras clases (...). Curiosamente, algo parecido ocurrió más adelante con los grupos lacanianos de Miller. No vieron con buenos ojos nuestra labor docente en la Universidad, ni facilitaron que alguno de sus miembros aceptara nuestra invitación a venir a dar clases o conferencias. Con alguno de estos miembros, no obstante, siempre pudimos contar, Carlos Sopena de la APM o Jorge Alemán de la ELP [Escuela Lacaniana de Psicoanálisis] son los mejores ejemplos (63).
Estos profesores (grupo que se fue engrosando con los años con nombres como Pedro Chacón, Eugenio Fernández, Marina Bueno, etc.) defendieron pequeños nichos formativos en la Universidad y años más tarde, en 1989, crearon el primer Máster en Teoría Psicoanalítica, en la Facultad de Psicología de la UCM, al que le seguiría, poco después, el programa de Doctorado Interuniversitario de Psicoanálisis, que implicó a la Complutense (Facultades de Psicología, Filosofía, Medicina y Ciencias de la Información), a la Universidad Autónoma de Madrid y a la Universidad de Comillas. En 1996, fundaron el Máster de Psicoterapia Psicoanalítica (en Psicología) y algo más tarde el Máster Oficial en Psicoanálisis y Teoría de la Cultura (en Filosofía).
En los años 70, Lazcano fue una de las alumnas de Gutiérrez en la Universidad Complutense. Había llegado desde Sevilla para estudiar 3º de Psicología. Según relata, en la Universidad hubo dos sucesos que en cierto sentido marcaron su formación hacía el psicoanálisis: un seminario sobre Sexología de Efigenio Amezúa y el curso de psicoanálisis que impartía Gutiérrez:
Llegué a Madrid en el curso 74/75 (...). Para entonces ya había corrido delante de los guardias, había estudiado en Filosofía marxismo y, por fuera de ella, había leído a Althusser, Lenin, Trotsky (...), había estudiado a Saussure en Lingüística y Estructuralismo. Había leído psicoanálisis por mi cuenta, pero no tenía ni idea de Lacan. En Madrid tenía asignaturas muy conductistas (...), algún divertido ecléctico (...) Y luego llegó Gerardo con su asignatura enfocada desde el psicoanálisis. Novedad.
Al mismo tiempo, estaba (...) toda la cuestión de Marcuse y la revolución sexual. Marcuse era un poco el libro de cabecera de los progres. Creo que fue otra puerta de entrada al psicoanálisis. En ese contexto de una juventud que se cuestiona cosas respecto a la sexualidad y en la que el gran hito era tener relaciones antes de casarse... Otros, más atrevidos, hablaban de parejas abiertas, pero eso caía muy grande a la mayoría, muy marcada por la religión a pesar de todo. En este contexto llegó Efigenio Amezúa, que daba un Seminario de Sexología, que, por lo que recuerdo, era voluntario y sin nota. Y fue él quien un día nos hizo la pregunta: ¿Están en 3º de carrera y no han leído a Lacan? ¿No saben quién es Lacan? De ahí no se deduce que leyéramos ni aprendiéramos a fondo a Lacan con este señor. Para mí solo quedó la pregunta. Y, desde luego, el interés por el Psicoanálisis, que ya tenía desde antes de llegar a Madrid (59).
De 1973 a 1984 Efigenio Amezúa fue profesor asociado de Sexología en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense. Su papel en la formación de varias generaciones de sexólogos españoles desde los años 70 hasta la actualidad (especialmente como fundador del Instituto de Sexología (INCISEX) en 1975, de la Sociedad Española de Sexología en 1976,y, a partir de 1979, de la Revista Española de Sexología) es indiscutible, y es sin duda una figura importante en la modernización de la sexología en España, vía por la que también circuló la obra de Lacan, en diálogo con ese contexto en el que se leía a Marcuse y a Reich y se hablaba de la Revolución Sexual (64).
En lo que respecta al psicoanálisis lacaniano, todo este escenario cambiará a partir de la llegada del Campo Freudiano a España. Fundado por Lacan en 1980, será la estructura empleada por Miller para desplegar su proyecto internacional de reunir bajo una directiva común a los múltiples grupos de orientación lacaniana, que hasta ese momento se habían coordinado de forma más o menos independiente entre sí, además de ofrecer directrices sobre la nueva manera de leer a Lacan (14). En 1983 se celebraron en Bilbao las primeras Jornadas de Psicoanálisis organizadas con la colaboración del Campo Freudiano. En ellas se fundó el boletín El Correo del Campo Freudiano en España, destinado a vincular a los diferentes grupos lacanianos del país ligados al Campo Freudiano. Según escribía Miller en el primer número del boletín, se trataba de crear un proyecto de expansión de la obra de Lacan, que, además fuese crítico con la estandarización del modelo de la IPA, y que facilitara la relación entre los grupos lacanianos (27, pp. 264-65). El boletín suponía en este sentido el primer paso en el camino hacia la creación de una escuela lacaniana en España, marcada por el sello del Campo Freudiano y de la Escuela de la Causa Freudiana (ECF). De hecho, no parece casual la elección del equipo de redacción de El Correo, formado por tres miembros de la ECF que reunían, en cierto sentido, las tres culturas -Argentina, España y Francia- implicadas en la expansión del lacanismo en España: Carmen Gallano, Francisco Hugo Freda y Rithée Cevasco (27).
A partir de este momento el movimiento lacaniano español, hasta entonces definido por la diversidad de grupos más o menos autónomos entre sí, vivirá una escisión sin precedentes. Por un lado estaba la división entre ipeistas y lacanianos, que venía ya fraguándose desde lejos. No obstante, a esta escisión se sumará aquella producida en el interior del lacanismo. La llegada del Campo Freudiano abrirá un proceso de debate interno en el que los diferentes grupos se interrogarán sobre el lugar que les correspondía en este proceso, siendo varios los que decidirán no disolverse y continuar al margen de las redes del Campo. Así lo recuerda Reoyo:
Miller vino con la teoría de que había que disolver los grupos y que todo el mundo se metiera en el Campo Freudiano, y ahí hubo una disparidad de actuación, unos se disolvieron, para entrar en el Campo Freudiano, y otros no. Analytica, por ejemplo, tuvo sus más y sus menos, bueno finalmente también se disolvió, pero otros grupos, como por ejemplo el grupo de Granada [Centro de Estudios Freudianos de Granada], que también estaba vinculado a Pepe [José León Slimobich], y aquí [se refiere a Pamplona] el Centro Psicosocial no nos disolvimos, nosotros continuamos también(61).
En general la emergencia del Campo Freudiano en España se movió dialécticamente entre dos polos, los psicoanalistas españoles formados en París y los argentinos exiliados en España. Las estrategias de expansión del Campo Freudiano tuvieron que hacer frente a estas coordenadas, que además seguían una lógica geográfica marcada por la transmisión de los textos de Lacan con París y otra sin París. En los siguientes años, la presencia cada vez mayor del Campo Freudiano, lejos de rebajar la tensión, enconará cada vez más las posturas de unos y otros, abriendo un panorama cada vez más complejo en las relaciones entre la directiva de Miller y los grupos independientes. Pero eso, es otra historia.
Conclusión
La década de 1970 estuvo marcada por un clima de movilizaciones sociales y políticas en las que se reclamaban cambios estructurales y teorías con capacidad para transformar la sociedad (8). En este contexto, resurgía el psicoanálisis atravesado por los ecos de dos exilios: el de los profesionales republicanos que partieron de España tras la Guerra Civil y el de los psicoanalistas argentinos que huían de la dictadura y que encontraron en España un terreno abonado, que acogió con interés sus aportaciones psicoanalíticas (7). Ambos movimientos actuaron como puntos de renovación del campo psi e introdujeron relatos de resistencia y compromiso político que, en los años 70, permitieron romper con la neutralidad promovida por la IPA y con la lectura católica del psicoanálisis vigente a lo largo del franquismo (3,10).
Fue en este contexto de agitación política que la obra de Lacan comenzó a circular por España, entendida como una aportación crítica con los modelos de la psiquiatría franquista y con la ortodoxia psicoanalítica. Su ideas influyeron en ámbitos como la psicología, la pedagogía, la sexología o la educación, y aparecieron en revistas, seminarios y espacios universitarios, a menudo en diálogo con la contracultura, la crítica institucional y las luchas sociales. El psicoanálisis se convertía así en un saber vivo, plural y políticamente sensible, íntimamente ligado al proceso de democratización del país. Y, aunque la influencia del contexto francés tuvo un peso fundamental, fueron sobre todo los argentinos los que condicionaron los modos de implantación y circulación del lacanismo en España.
La emergencia de múltiples grupos de estudio e iniciativas formativas a lo largo del país evidenciaron la vitalidad del psicoanálisis en este período. No obstante, la década de los 80 supuso un punto de inflexión a esta diversidad formativa. La progresiva consolidación del Campo Freudiano a nivel internacional introdujo cada vez más cambios en las políticas de funcionamiento del psicoanálisis lacaniano, con el objetivo de reagrupar los diversos grupos en una estructura común. En España, esta reorganización generó importantes tensiones: mientras algunos grupos optaron por integrarse en el Campo Freudiano, otros decidieron mantener su autonomía y continuar al margen de la directiva francesa. Las aristas de este proceso son complejas y aunque el Campo Freudiano reivindicaba el retorno a Freud de Lacan, este, en manos de Miller, no siempre fue bien recibido por los diferentes grupos lacanianos, influidos de forma diferente por las lecturas de Lacan que se habían hecho en los dos grandes núcleos geográficos de producción de ideas psicoanalíticas en ese momento: Francia y Argentina.
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Notas
Cuando estaba en quinto o sexto año de medicina, con algunos camaradas de diferentes facultades organizamos un grupo de trabajo que bautizamos “Estructuralismo y política”. Uno se encargaba de Althusser, otro de Lenin —no sé muy bien qué pintaba Lenin ahí, pero en fin...—, otro de Foucault, y a mí, que sabía francés, me pidieron ocuparme de Lacan, que no estaba traducido al español. Eso debió de ser en 1967 o 1968, y fue mi primer contacto con Lacan. Lo recuerdo muy bien: compré los Escritos, y empecé a leer”.
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