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Organismo. Tratado de anatomía psicopatológica (II)
Carlos Rejón Altable
Carlos Rejón Altable
Organismo. Tratado de anatomía psicopatológica (II)
Organism. Treatise on Psychopathological Anatomy (II)
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 148, pp. 93-119, 2025
Asociación Española de Neuropsiquiatría
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Resumen: Este artículo, continuación de “Órgano. Tratado de Anatomía Psicopatológica (I)” (1), expone las formas básicas en las que se compone el organismo psicopatológico (figuras y atmósferas); su origen en diferentes matrices; su consolidación en hábitos y su modificación por la lengua. Concluye con un glosario de los fenómenos clínicos expuestos.

Palabras clave: Psicopatología, psiquiatría, fenómeno elemental, órgano, organismo, hábito, matriz.

Abstract: This paper, sequel to “Organ. A treatise on psychopathological anatomy (I)” (1), introduces the basic arrays of organs into organism (figures and atmospheres); their origin in different matrices; their consolidation in habits; and their modification by language. It finishes with a glossary of the clinical phenomena studied.

Keywords: Psychopathology, psychiatry, elemental phenomenon, organ, organism, habit, matrix.

Carátula del artículo

Artículos

Organismo. Tratado de anatomía psicopatológica (II)

Organism. Treatise on Psychopathological Anatomy (II)

Carlos Rejón Altable
Universidad Autónoma de Madrid., España
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 148, pp. 93-119, 2025
Asociación Española de Neuropsiquiatría

Recepción: 04 Agosto 2025

Aprobación: 10 Octubre 2025

Antaño: esquema y campo arcaico

Hay una fascinación del aparecer. El ojo encandilado, el vello en la nuca atento, la oreja tiesa ante el síntoma que aparece en un mundo de cosas, de caras y de voces corrientes, ante su seriedad extremosa, su extrañeza. Un melancólico que se sabe muerto abre la puerta. El dueño del hospital obedece y marcha a tomarse la medicación. Me limpio otra vez una suciedad invisible, ordeno de nuevo mi mesa. Te cortas en los brazos por no cortar otros brazos. Cada ciudadano que se cruza conmigo sabe por mi rostro de mi poquedad y debo enseguida asegurarme de su benevolencia. Cómo puede todo eso vivir junto a las formas y los colores, la televisión, el acarreo cotidiano, las miserias de poco más o menos.

Empotrada en la fascinación hay una lógica del aparecer, también. En los síntomas, en la mundanización de los síntomas. Hay orientación y figura en los síntomas, a partir de la ausencia de orientación propia del campo fenomenológico arcaico, del órgano. Porque los tejidos del órgano, hylé, kinestesia, afectividad, no tienen de suyo dentro ni fuera, aquí o allá; son estructura descentrada arcaica que insiste siempre:

La hylé sensible es de la cosa, pero es de mi ojo y mi perspectiva, y de mi recuerdo o fantasía de la cosa.

La afectividad dice de un día triste y de un ánimo triste sin que medie metáfora.

El cuerpo y el ánimo y el espacio del mundo se ensanchan si hay alivio o sale uno de la gruta al llano.

Hylé, kinestesias, afectividad circulan por una banda de Moebius. Esta es la estructura del campo fenomenológico arcaico, la estructura persistente del campo fenomenológico arcaico que resuena incluso en la vida de conciencia de un adulto aburrido. Una estructura no-orientada. Sin dentro ni fuera.

¿Qué la orienta, entonces?

La intensidad orienta: la mirada de un rostro en otro reverbera y pone aquí-allí. Me entresaca del campo y te muestra. Pronto pondrá aquí-allí-eso, miremos juntos. El deseo orienta, sobre todo: kinestesia/afectividad que ante la hylé pone en marcha el proceso de significación, el paso de esbozos múltiples de sentido a sentido en esbozo que busca a ciegas estabilizarse y de ahí a significado discernible, instituido[1]. Algo se orienta el campo entonces, un instante, una nonada y allí se individua el cruce de afectividad, hylé, kinestesias según alguna forma singular pero reconocible.

Un esquema.

Hace mucho tiempo definimos como esquema el mínimo de consistencia necesario en la tarea psicopatológica para asegurarse la determinación y la movilidad de la determinación, la determinabilidad de un síntoma y separación de los otros, la mediación entre exterioridades (biológica, simbólica) que da forma a una interioridad, relativa, apareciente[2]. Qué pena haber tardado tanto en topar con este otro esquema, que no es de reconstrucción psicopatológica sino de construcción subjetiva (2,3).

Esquema es forma de unidad sin concepto de una multiplicidad cualquiera. En cuanto operación, queda embebido en lo formado; en cuanto fenómeno, el esquema es ritmo (4). Ritmo de ir y venir del campo como multiplicidad a la unidad prendida tan frágil de un algo: una tarde, esta tarde, un cielo, este cielo, una mirada, un gesto de abandono aparecen, enseguida se regresan a la luz, el calor, las voces o la hora que componían esta tarde, este cielo, que a su vez. Ritmo porque hay movimiento del sentido, del llegar a ser algo como algo. Porque hay sucesión, alternancia de momentos distintos, aunque no sea regular ni métrica, aunque no pueda uno pretender que cada fenómeno o cadena de fenómenos se deduzca de un repertorio de ritmos esquemáticos.

El esquema da lugar a fenómenos trabados en cadenas. Se presenta a sí mismo como la casi nada de fenómeno que es el movimiento de algo que se muestra como algo. Si atiendo a la cosa y al sentido, el esquema transparenta: si atiendo al esquema, se muestra el movimiento de llegar a ser en los dos aspectos del ipse de sentido: ser algo, ser uno entre muchos. Determinabilidad, cuantibilidad: tomar algo como algo y ponerlo bajo un algo mayor, por repetición o por conjunto. De nuevo: esta tarde de abril luciente en que recuerdo el propósito de no releer La tierra baldía, como cada abril, mientras mi hija entra gritando en casa y añoro la siesta (otra vez) estropeada por las obras en la cocina y recuerdo la charla en la docencia de hoy: pluralidad reunida en la singularidad de esta tarde del 9 de abril. Ir y venir entre la individuación de algo como algo (la tarde singular, etc.) y su desindividuación hacia cosa del campo, hacia eslabón de una cadena fenoménica (4,5).

Esquema es pulso de órgano.

Aun embebidos de la contingencia y la multiplicidad del campo arcaico, algunos esquemas se reiteran, quedan como patrones mínimos, corrientes, disponibles: fuerza ejercida en una dirección. O resistencia ante una fuerza padecida (6), pasibles de acogerse en rendimientos intencionales distintos. Otros, muy complejos, se componen como esquemas de esquemas, trayendo a unidad multiplicidades que a su vez son, pueden ser, unidades muy breves, muy frágiles, esquematizadas en precario. La ordenación esquemática del campo arcaico empuja desde sí y recibe determinaciones desde otros registros siempre ya instituidos, una expresión/aspiración para trasponerse, variada, enriquecida, elaborada.

No hay esquema solo en el aparecer, hay deseo.

Hay hábito, lengua, conciencia que orientan y ordenan el campo en mundo, según matrices, hacia figuras y atmósferas que comparten un principio de orden: hay aparecer algo como algo para alguien.

Figuras, atmósferas: dos formas de orden desde el campo arcaico

El campo arcaico se ordena, se orienta, a partir de matrices fenomenológicas, simbólicas, según figuras, según atmósferas, según formas intencionales discretas. No hay prioridad genética, más bien convivencia y relación acompasada o disjunta. Las atmósferas se orientan apenas, de ahí la confusión frecuente en su trato, que las vuelve subjetivas para unos, objetivas para otros, ambigüedad efecto de pensarlas desde un registro intencional pleno. Las figuras están orientadas, pero son reversibles, convivientes aun en contradicción. Las formas intencionales[3] son orientadas no reversibles[4], al menos aquellas que se ordenan según la falsilla conciencia-objeto. Nos ocuparemos poco de las formas intencionales aquí, conocidas como son, muy tratadas. Atmósferas y figuras muestran claras la articulación órgano/organismo, y en ellas pararemos.

Llamo matriz a una estructura capaz de producir algo diferente de sí. Como el útero. Como una matriz matemática que modela un espacio. Como el encuentro de hylé, kinestesias, afectividad que produce deseo y sentido. Como el encuentro de hylé, kinestesias, afectividad, topografía del cuerpo, dinámica del cuerpo, sistemas de equivalencias que producen sentido.

Tres matrices traigo: fenomenológica, de equivalencias[5], de lengua. Las tres recogen, elaboran el esquema de órgano, el esquema mínimo de fenomenización, y son también esquema. Pero donde el esquema se aviene con un campo arcaico, la matriz fenomenológica, simbólica, la matriz de lengua, saben de un mundo humano.

Lo común de este orden que traen las matrices se llamará figura.

Y si el deseo orienta el campo arcaico (aquí-allí-esto), las figuras ponen ipseidad, alteridad y tercería mediadora, a veces[6]. Ordenan afectos y poderes, según polaridades que se alternan, se complementan o existen en contradicción: [acercarse-atrayente]; [alejarse-asustante]; [acercarse y alejarse]-[atrayente-asustante]. Quién o qué ocupe las posiciones es contingente, a veces uno mismo todas y me castigo o me corto por delegación. Pero si hay orientación, y la hay, los huecos se disponen rígidos y si me siento abandonado, vaya usted a saber por qué, alguien, por fuerza, ocupará el lugar cruel del que abandona.

Forma del organismo: matriz fenomenológica

Qué es entonces una matriz fenomenológica.

El cruce virtual del esquema/órgano salvaje (7) y de un número abierto de restricciones de antelengua, que trasponen esquema y campo a un cuerpo y un mundo, a lo mínimo de mundo y de cuerpo, de organismo.

Restricciones, riquezas.

Un límite topográfico: el poco de forma que trae ser cuerpo de carne, punto cero que ordena un delante/detrás/cerca/lejos/aquí/allí/encima/debajo. El hecho de estar poblado de trayectorias irreversibles: la comida “entra”, “baja” y desaparece; la respiración “entra” y “sale”; la excreción “sale” y se aleja. La direccionalidad reversible, en cambio, pero forzosa de levantarse, acostarse, acurrucarse. Tener dos ojos frontales. Dos manos. Dos pies.

Otro límite: la estructura y la dinámica del aparecer del cuerpo, no en su imagen o aspecto, sino en volúmenes, en resaltes densos de afectividad y kinestesias, que componen un montaje variable de acentuaciones, avances, retiradas, lentitudes. Hermann Schmitz (8,9,10) nombró islas, islotes, a estas regiones del cuerpo apareciente. Densidades afectivo-kinestésicas que ligan y pasan, se fijan a veces. Algunas más constantes, el kardias, el toracoabdomen que respira, la cabeza, las plantas de los pies, la boca o el ano. Otros que van y vienen y cambian el trazado del cuerpo que aparece, el de ego que es forma suya. No son islas de atlas, estas islas móviles, esta forma del cuerpo, pero flotan cerca de lugares del cuerpo dibujado: el pecho, los pies, la boca. Mitbestimmt, co-determinados.

Cuerpo en islotes: forma mínima atestable de la masa fenomenologizada y fenomenologizante, del organismo. Aparece como articulación, relación, acontecimiento.

Articulación de islas, que es articulación de órganos, aunque un órgano pueda no aparecer, o un órgano reúna islotes diversos: el avergonzado que siente las piernas flojas y el rostro encendido, mientras desaparece el resto del cuerpo, que sin embargo le deja alcanzar la puerta y marcharse sabiendo que la reprimenda no es justa.

Relación mundeante, sea intencional, figural o atmosférica, polaridad en el sentido que se entrehace, se presenta.

Acontecimiento de la forma concreta del organismo, variada, producida, con el solo rasgo común del ego.

Constantemente rehecho, ocasión reiterada, el cuerpo, el organismo.

En su hechura participa el acontecimiento de una disposición singular, salvaje; de una disposición concreta de estos órganos concretos y el carácter habitual, facilitado, de unas u otras formas esquemáticas, formas matriciales.

La dinámica del cuerpo apareciente se deja guiar por unas pocas dimensiones: estrechez-amplitud; tensión-hinchazón; sensación protopática-sensación epicrítica; y por la dirección, intensidad, ritmo de la densificación afectiva y kinestésica. Gana relieve una u otra región, queda lugar de empalabramiento preferente, intercambiador de equivalencias. Se contrae, a veces, hasta una sola presencia maciza e inarticulada en algunos delirios paranoides, donde el cuerpo vigilado no es de zonas sino una sola casicosa mirada. Se disuelve en un raro relajo homogéneo si tomo un baño. Se retira hacia los muslos y abdomen, listos entonces para ser simbolizados, metaforizados como valía. Pierde su articulación y aparece suelto o casi suelto, desapropiado, automatizado.

O cósico.

Un ejemplo: alguien que, a ratos, casi siempre, queda resumido en su nariz deforme, tan conspicua, tan visible. Cuando vaya a mirarse al espejo no encontrará aquello que los otros ven, sino la circulación por el campo arcaico hacia la hylé de aquello que teme y siente y sabe.

Otro ejemplo. La kinestesia es la matriz fenomenológica del poder en su relación con la masa de la carne y de los huesos que resiste (y faculta) el movimiento (11). Pero las kinestesias se ordenan en islas y su poder hacer se ordena en islas. Si atendemos a lo bisbisado por el cuerpo, podemos tal vez reparar en cómo aquello que duele, el abdomen, la espalda, la riñonada me duele a mí, se escinde casi del resto del cuerpo mío y hace daño al resto de mí, aparece con una especie de agencia torcida, local, segregada (12).

Esta agencia segregada, este poder raro, funge como matriz de alguna culpa, la que se prefiere al espanto del azar, de la contingencia: “yo puedo, podría, pude, podré, no volverá a sucederme”. Así en el trauma, en el abuso, en las cosas que los niños se dicen sin hablar[7]. Y que aparecen transpuestas en el adulto: “pude haber hecho”.

Aquí otro ejemplo. La matriz de la culpa neurótica supone el desajuste de tiempos entre valideces sensibles y sentido, pongamos entre las cosas que pasan y el sentido de las cosas que pasan: la cosa llega y pasa, el sentido de la cosa puede retomarse y rehacerse. El desajuste de tiempos es de antenorma. Cuando la norma llega, y trae consigo identidad y neurosis, la matriz se transpone más o menos así: “esto no ha podido pasarme a mí, por tanto, pago el precio en angustia de mantener abierto imaginariamente el tiempo del hecho, de aquello que fue el caso, en lugar del precio en identidad de rehacer el sentido, asumir, aprender”. Es decir, el desajuste constituyente entre el ir pasando de las cosas, irreversible, indomeñable, y el sentido de las cosas que pasan, este sí tolerante de reapertura, de retrabajo. No hay culpa neurótica sin matriz de tiempos y sin norma de ser.

Matriz y figuras

Las matrices producen sentido singular. En ellas, sin embargo, sirviendo al sentido, asientan figuras lógicas, psicopatológicas, que se echan al campo arcaico como sus nervaduras. Pongamos que son tres las figuras: cara a cara, cara y cosa, cara con cara y tercería, sea esta tercería otra cara, una relación, una cosa, un suceso.

Ipseidad (ego forma del organismo), alter (cosa o cara) y tertium, si es el caso, quedan vinculados por un afecto que cualifica las posiciones en un reparto emotivo, epistémico forzoso: si alguien me asusta, lo conozco como terrible. Pero también, andando el tiempo, si siento miedo, algo, alguien, debe ser por fuerza lógica causa de mi susto. Este mínimo de orden en la interfacticidad fuerza un reparto en los poderes, los afectos, sus valencias, sus lugares[8].

Las relaciones cara y cosa son antisimétricas conjugadas: tumbado en mi cuna alcanzo o no un móvil con elefantes y estrellas lilas, rojas y amarillas. Ese poder/impotencia podrá declinarse, en su momento, como “muy lejos, muy difícil” (la cosa, el acto) o “muy chico, muy torpe” (yo mismo).

Las relaciones cara a cara son de resonancia, ajuste y desajuste, regulación, desregulación, invasión, expulsión del Innenleib [cuerpo por de dentro], del otro que se me adentra casi, en phantasia, en figuración no mimética interna: me calma que calmes porque me calmo. O bien opuesta: me aterra que grites. Y en tanto son resonantes puedo aterrar o ser aterrado a la vez. Las de cara y cosa no resuenan, claro, pero son capaces de ocupar, de reducir o remedar esta otra figura y entonces trato cara como cosa y cosa como cara.

Las relaciones de tercería implican mediación, inclusión, exclusión (en lugar de dominio directo, abandono, devoración) y pueden girar también, pasando una u otra persona, suceso, trozo de cuerpo, a ocupar la posición de alter o de tertium. Miramos juntos los elefantes y estrellas, o tú le das un meneo y se mueve, o tienes algo y entonces yo lo quiero.

Las figuras pueden acoger afectos, cualificaciones de ipseidad y de alter contrapuestas, alternantes, malamente copresentes. En tanto no son juicios, y no deben componerse según coherencia, pueden muy bien quedar contradictorias. Nada impide, son cosa de órgano, también, que uno ocupe dos posiciones, en dos figuras, a la vez.

Un ejemplo: el orden figural me cualifica triste y enrabiado conmigo y yo solo me castigo. Me corto, por ejemplo: se pseudosubjetiva una parte de mi cuerpo, una isla, y a veces es a mí a quien corto en la isla, pero a veces es a otro, alguien figurado en mi antebrazo o mi abdomen. Como a veces es mi padre el que ocupa el lugar activo, el que maneja en mí la cuchilla, indignado, y castiga, en fin. Las variantes de giro y posición son muchas.

El orden figural concreto es selección en la multiplicidad concreta, y trasposición y actualización suyas, no destino ni sentencia. Se puede deshacer el múltiple, su regla de unidad, y atender afectos, fantasmas, palabras, esbozos de sentido pasibles de otro orden, que en la composición del órgano en organismo quedan arrumbados, descartados casi por la pujanza de la figura impuesta[9]. Uno puede sentirse solo y estarse solo sin más, sin contraparte, sin caerse en la figura del abandonante/abandonado. Se necesita suerte, o conciencia y terapia. Como se haría si no hubiera órgano y organismo fenomenológico, psicopatológico.

Uno puede conducirse incluso a la nonada de avidez que deja solo ipse y mundo como forma de mundo y tejido de valideces empíricas sin otro significado que la forma que une. Algunos meditadores pueden.

La matriz fenomenológica queda aún lejos del síntoma apareciente, que supone, sin embargo, una elaboración suya, algo que lo incluye, y lo cambia, que aun trastocado se deja reconocer. La matriz fenomenológica es condición de acogimiento de reglas, normas, lenguas que trasponen, traducen, sus cosas de afecto, hylé, kinestesias, densidad, dirección en lengua de culpas y signos y posibles.

El síntoma supone un órgano empalabrado.

Atmósfera

La orientación necesaria del campo arcaico y la articulación en órganos del organismo fenomenológico se echa de ver en una forma de orden distinta del orden figural como es la atmósfera. Una atmósfera se aparta de la morfología intencional clara y consciente, de los actos de percepción, imaginación, fantasía o memoria. Nombra un volumen externo de posibles afectivos y kinestésicos el entorno concreto con el que el cuerpo entra en resonancia (13,14,15).

La solemnidad de una iglesia, el acogimiento de un casa bien puesta, la amenaza de un edificio administrativo o de un dentista.

Hay un trabajo en marcha, epistémico, estético, sobre las atmósferas. Aquí nos interesa, sobre todo, su carácter mínimamente orientado y la posibilidad de asistir a una fenomenización que aun global, organísmica, muestra la articulación en órganos subyacente. Uno puede sentir la atmósfera y no participar de ella: entro en un tanatorio y resueno con el ambiente, opresivo, angostante, atristado, pero yo iba contento, por una buena noticia recibida en casa y mi visita allí es de compromiso, así que no se hace conmigo la tristeza. O la solemnidad de un edificio oficial, religioso, despierta en mí un movimiento virtual de alejamiento y unas palabras de fastidio masculladas.

Las atmósferas se mueven sin desplazarse, por expansión, contracción, rarefacción o densificación. Su dinámica las condensa en objetos (el sillón, el torno), en personas o más bien partes suyas (el dentista, su sonrisa) y en islas de mi cuerpo. Hay para la atmósfera una relación de resonancia y prendimiento con el cuerpo apareciente, sus densidades propias, sus configuraciones, que ancla la atmósfera en una isla de cuerpo o en todo el cuerpo vuelto una sola isla contraída, densa y homogénea. Esa ligereza o pesadez locales de la atmósfera puede quedar así, actuante sin nombre; puede teñir figuras; o darse como elemento material de formas intencionales judicativas: “el torno amenaza”.

Se influyen, entonces, atmósferas, figuras y formas intencionales.

Dos ejemplos clínicos: la disforia que de repente precipita en rabia hacia alguien poco o nada responsable, que acaba de llegar. El humor/atmósfera predelirante que señala un objeto entre muchos y este carga ahora dos significados, delirante y común.

El ejemplo excelente de esta forma de orden del campo es la psicosis melancólica. La melancolía, concebida como el menoscabo kinestésico/afectivo general, organísmico, que se ha llamado apagamiento del deseo, abunda en fenómenos que hacen eco, en un registro distinto, de la falta de orientación del campo arcaico, advertidos en su afectación pareja del mundo y el viviente, facilitados por esta flojedad de la tensión afectivo/kinestésica: humor y atmósfera; despersonalización/desrealización; constricción del cuerpo/ constricción de los posibles del espacio; lentificación del paso del tiempo/ inhibición psicomotriz; separación de los otros/ falta de responsividad propia; ausencia de color en el mundo/anhedonia; incluso cierre de los posibles del mundo/ vida propia concluida. Pares que son tal vez lo mismo, casi lo mismo, formas mínimamente orientadas del campo fenomenológico que afectan al organismo, a la composición de esquemas en un organismo[10].

Forma del organismo: circulación de equivalencias y matriz simbólica

Qué es una matriz de equivalencias.

Ante todo, parte de una conversación escrita, una charla parisiense escrita entre Lacan, Lévi-Strauss y Merleau-Ponty.

Después, una cualificación de las figuras y atmósferas que trae la matriz fenomenológica.

Lacan habla de Merleau-Ponty, de lo Visible y lo invisible en el Seminario XI. Lévi-Strauss le dedica El pensamiento salvaje. Merleau-Ponty escribe sobre Lévi-Strauss en Signos, lee a Lacan, piensa una variación sobre qué sea lo real, lo imaginario, lo simbólico: lo real, el escorzo de cosa; lo imaginario, la completud del escorzo en cosa; lo simbólico, el orden diacrítico, el orden de equivalencias, el orden de alteridad que ordena ya el mundo de la percepción en figuras, que son sentido.

No hay acuerdo posible aquí. Lo simbólico lacaniano es radicalmente heterogéneo. Lo simbólico de Merleau-Ponty es continuidad enriquecida, cambiada, abstraída, capaz de proliferar por su lado, pero al fin yacente en el mundo de percepciones que antecede, que aguarda la lengua.

Como en Richir, el esquema viene de antelengua.

Qué es una matriz simbólica, de significatividades, mejor, corrijamos: un sistema singular de equivalencias que implica mi cuerpo, las cosas, los otros, en un principio de orden (16,17). Orden singular de antelengua que aparece por sedimentación y cualifica, complejiza, las figuras concretas producidas en la matriz fenomenológica.

Su definición canónica: “matrices simbólicas, un lenguaje de sí a sí, sistemas de equivalencias organizados por el pasado, realizan en un acto simple los agrupamientos, las abreviaturas, las distorsiones que el análisis reconstituye progresivamente” (18).

Pero qué puede parlotear este lenguaje sin palabras: fuerzas, valencias, agencias, resistencias, apagamientos, crecimientos, encogimientos, expansiones, aumentos, dirección, ritmo, potencia[11]. Asuntos de matriz fenomenológica.

Un lenguaje de sí a sí no tiene más oyente que lenguaje sin lengua: “un sistema de distribución de valores o de significaciones, sistema que es practicado como el sistema fonemático de una lengua (principios de discriminación), pero que no es adquirido nocionalmente, porque lo nocional es siempre positivo y lo diacrítico es más profundo” (20).

La matriz simbólica supone alteridad, diacrisis y sustitución operando de antelengua en la matriz fenomenológica del organismo, singularizando lo ya singular, cualificando el aparecer.

Alteridad: la mínima oposición significativa acontecida en el campo, en el cuerpo, para que una cosa comparezca por otra.

Diacrisis: la distinción estructurante de unas y otras valideces.

Equivalencias: traducción, vertido de algo de la hylé, de la afectividad, de la kinestesia en algo de la kinestesia, la afectividad, la hylé.

Así en Merleau-Ponty. Pero alteridad y diacrisis vienen ya supuestas en la potencia figural de la matriz fenomenológica. Queda entonces la complicación extraordinaria, emocionante, de las equivalencias.

La equivalencia más sencilla, esta sinestesia común que compone la unidad polimodal de la validez sensible: sé si una cañería está húmeda, si una piel es suave con solo verlas. Traslado de lo óptico a lo háptico.

Otra más difícil: un dolor que pesa, una dicha que eleva el ánimo, un paso leve, una tarea que me bloquea, un azar que me hunde. Experiencias que no han de ser confundidas con metáforas de bazar barato.

Un ejemplo clínico: en medio del trema se oye la puerta de un coche cerrarse, siento un sabor metálico en la lengua. Hay más aquí que la equivalencia sola, pero hay una equivalencia, y salta del campo arcaico sin orientación y se constituye como sabor mío de la puerta otra. Otro ejemplo: una laringe que se mueve se oye como voz.

Y otro más: Una mujer en la cincuentena, acompañada desde la infancia por el desprecio materno y las voces y visiones que en su lugar aparecen, deja, después de un intento de suicidio, de poder comer lo que toca, de poder tocar lo que come. Meses después el asco se ordena como el olor del cuerpo enfermo de su padre y el rechazo a la tarea excesiva, absorbente, delegada del cuidado.

El sistema singular de equivalencias, que es historia efectiva de cada cual, de cada uno, precisa de dos condiciones: matriz fenomenológica y objetos mixtos. Y de un principio: el hábito, entendido como sedimentación y virtualidad.

La matriz fenomenológica construye nervaduras, excava guías, tira carriles entre las configuraciones afectivo/ kinestésicas/ hyléticas.

Los objetos mixtos son correlatos, objetivo de la capacidad de equivalencia del cuerpo por de dentro. Y configuran con él, de manera pasiva, traducciones entre un patrón hylético (rostros, por ejemplo); una vivencia kinestésica de poder o impotencia; y unas determinadas sensaciones afectivas, placenteras o aversivas, en una matriz de antelengua sobre la que el crecimiento, el desarrollo, el acogimiento a la institución simbólica, el forzamiento a la institución simbólica, reparte, prescribe, proscribe objetividades separadas, sentimientos separados.

Más ceñido, llamo objetos mixtos a valideces hyléticas que cumplen con necesidades y rendimientos intencionales distintos (21). Lugares donde observar la fatigosa, lenta, siempre solo a medias, ordenación del campo arcaico.

La fatigosa, lenta cocción de las formas intencionales corrientes.

La inopinada aparición de formas intencionales torcidas (22).

El objeto mixto tiene una forzosidad anclada en el desarrollo de las formas intencionales. Atendamos a la disposición afectivo/kinestésica/hylética de un lactante que apenas se puede mover. El cuerpo se le ordena alrededor de aquellas zonas suyas que resaltan (y esto es un órgano fenomenológico) y en ellas echa cimiento el traslado entre comida y seguridad, afecto, compañía[12]. Una validez hylética, el pecho, por quedarnos con lo familiar del oficio, aparece como correlato del alimento, el consuelo, la seguridad (futuros afectos) y de sus contrapartes (hambre, sed, rabia, temor) al que el cuerpo lactante se acerca o del que se aleja (kinestesias). Hambre, sed, desconsuelo. Pero también erotización, pura rabia, poder e impotencia del cuerpo. El pecho, entonces, o mejor que el pecho, el regazo: pechorrostrobrazos aparece como un objeto mixto que supone una pluralidad de kinestesias, de hylai tanto separadas como juntas (calor, olor, color) y de intensidades, duraciones y valencias afectivas.

Que supone, en breve, una matriz fenomenológica.

Regazo prendido en diferentes fenómenos de lenguaje, esbozos de sentido, trabado en una estructura interfacticial.

Que supone un orden logrado en el campo fenomenológico arcaico que lo vuelve mundo.

Habrá otros. El desarrollo afortunado separa esta unidad mixta en correlato de diferentes rendimientos intencionales. Sin embargo, por debajo, la disposición singular de equivalencias nos arrima tal vez a la comida para consolarnos, en lugar de alguna cara amistosa, o de su recuerdo; de estar con gente en lugar de estar uno solo con su padecer y su nevera.

Las figuras matriciales, los productos de la matriz simbólica, fenomenológica, cualifican ego y alter, tal vez tertium, seguro la disposición y estilo de resonancia con las atmósferas. Cada forma de ego cualificado llega y pasa. Se repite y se cambia. Se va estableciendo o se olvida, según la historia propia. Si queda, su lugar es, muchas veces, un repliegue en la virtualidad del cuerpo, y una vida larga como facilidad de órgano. Un modo sedimentado de fenomenización que a veces nos invade y parece colmar el organismo cambiante que somos. La misma forma lógica (ipse-alter-tercería si toca) vuelve posible su actualización como todo del organismo y su reposo como virtualidad de órgano, de uno entre otros que nos deja decir: “no me abandona, solo marcha a por pan”.

De otro modo: la forma de articulación de organismo permite fenomenizaciones simultáneas disímiles. “Me siento abandonado, pero también sé que no es cierto”. “Me veo a mí mismo iracundo como si fuera otro”, “me siento una niña pequeña, mi cuerpo por de dentro se encoge, pero me siento también en la sala de grupos”.

Sedimentación y virtualidad son cosa de hábito.

Singularidad, que es la forma de presencia de lo general en lo particular, es cosa de hábito.

Sedimentación quiere decir anticipación de lo que llega porque fue, facilitación suya, contracción de esto virtual en el órgano, el organismo. Virtual quiere decir determinado, disponible y capaz de generar efectos de sentido que no son homeomorfos con el hábito y que alguna peculiaridad del contexto actualiza. Sedimentación hace carne de la historia propia. Virtualidad nombra la disposición latente y actualizable de la figura producida, frente a una supuesta, maciza, presencia efectiva constante.

Hábito contraído, latencia de hábito.

Hábito y subjetivación

Qué es un hábito.

Qué es un hábito aquí, para la psicopatología. Para empezar, una estructura de antelengua del órgano, del organismo que ordena, singulariza las matrices fenomenológicas, simbólicas.

Enseguida, un principio adquirido, incorporado, de regularidad en el campo fenomenológico, que traba, roza, nerva en singular tanto el hambre como la determinación reflexiva. Que es capaz de hacer postura, de ordenar lo motor, la percepción, el estilo de compleción de lo real-material-escorzado, las convicciones, el deseo incluso, la emoción, la anticipación de como qué ha de tomarse un rostro, un gesto.

Capaz de hacer carne del orden simbólico, de la lengua, de la clase.

Capaz, en suma, de infiltrar, de sostener todos los estratos, todas las estructuras presentadas y asistir así a muchos, casi todos los rendimientos, las formaciones de la vida subjetiva (23,24,25,26,27), singularizándolos.

Sedimentación, virtualidad, incorporación, singularidad.

Hay una habitualidad primaria (25), que se va cociendo en la pasividad y en la ceguera de conciencia y sirve a necesidades, disposiciones filogenéticas si se quiere, desde el hambre al rostro del otro. Su lugar husserliano es el de las síntesis pasivas cumplidas en el cuerpo sin saber, facilitadas por la experiencia repetida, la costumbre protentiva. Síntesis por semejanza y contraste que anticipan algo de la hylé por venir, una intensidad y tinte en el afecto que se siente llegar, un movimiento o una postura interna, externa, que se adopta ante una palabra brusca, un rostro airado: estilo hylético, movimientos afectivos, gestos, sugerencias al deseo.

En este cumplimiento contingente de lo forzoso se contrae una singularidad subjetiva, un estilo de ego, que no sabe apenas de sí mismo sino en gustos, anhelos, tendencias, angustias. Daimon, Genius, muy cercano y oscuro.

Y hay una habitualidad secundaria, en la que aquello laboriosamente adquirido, forzadamente repetido, violentamente exigido, se vuelve espontáneo: una capacidad; un papel en la familia, una expectativa; un conjunto de juicios ajenos; una manera segunda de sentirse, incluso, de esperar algo de los otros que confirma o discrepa aquel estilo primero de ego. El hábito cruza el campo fenomenológico entero y ordena también, en parte ordena, convicciones, juicios, pertenencias sociales.

Hábito entonces es cosa de cuerpo que dura, sedimentada y virtual; que interesa la hylé, la afectividad y la kinestesia; y que da un modo de percibir, de moverse, de corresponderse con un mundo, de singularizar ego y alter y de hacer aparecer cosas-sentido en el campo según una forma.

Que trae sentido, entonces.

Cauce o avatar del puro deseo en su vínculo con la significación.

Institución fenomenológica de antelengua y encarnación de lengua.

El hábito, los hábitos, circulan ambiguos entre lo individual (23,24), lo colectivo, la pasividad, la esforzada adquisición de competencias, la naturaleza y la cultura. Amplían los límites del cuerpo vivo, le dan forma concreta, hacen del cuerpo objeto cultural. Sentarse, sentirse, con-ducirse, com-portarse, las rodillitas juntas, el manspreading, la pluma. Códigos simbólicos colectivos hechos carne singular por el habitus.

Escribe Bourdieu: “Se puede decir indiferentemente que los agentes sacan partido de las posibilidades ofrecidas por un campo para expresar y satisfacer sus pulsiones y sus deseos, o que los campos utilizan las pulsiones de los agentes obligándolas a someterse o sublimarse para plegarse a sus estructuras y a los fines que le son inmanentes” (28).

Lo simbólico se incorpora, también, como hábito.

En la jerga que venimos presentando: aquel que soy en la figura a dos, cara a cara, se complejiza con aquel que soy en la figura a tres, que es simbólica.

Por eso uno encuentra parecidos inquietantes. Cuando Almudena Hernando (29) anota las características de la “identidad de género femenina” incluye aspectos como una “seguridad basada en la confianza de haber sido elegida por un hombre: posición de objeto[13]” o “no se generan deseos para una misma sino que se está pendiente de averiguar y satisfacer los deseos del hombre”, junto con la “ausencia de poder directo sobre el mundo” o la presencia de un tipo encubierto de poder basado en su “competencia relacional”, intuimos cómo esas posibilidades simbólicas sociales se incorporan exageradas y estereotipadas en las viejas descripciones de la histérica (ella), atenta a azuzar el deseo del otro, a menoscabar ese otro que adoraba y a estrechar el campo del deseo a una lucha doméstica de poder. Por supuesto, hay histéricos (ellos) que toman y exacerban rasgos como el “volcado al mundo”, el “quererse constantemente sujeto”, “preciarse del cambio” y padecen a cambio la angustia de no llegar nunca a ser.

La gracia de la cosa está, en palabras de Colina (30), en cómo “la historia, las costumbres, los modelos emergentes, las nuevas formas de igualdad han trastocado estas hechuras concediendo a la histeria apariencias muy distintas.” De otro modo: a este menoscabo primario se incorporan conflictualmente posibles históricos, sociales, que sostiene mal que bien una subjetividad primaria habitudinal renqueante.

Que el hábito ordene el campo fenomenológico entero permite concebir persistencias, pregnancias, vigencias diferentes, contradictorias incluso. Tres ejemplos. Para la posición subjetiva de la histeria, una discrepancia entre la subjetivación habitual primaria (las intimaciones de significatividades afectivas —querido, temido, capaz, impotente— aún no instituidas, aun en lo casi crudo de su incorporación como estructuras de sentido, insegura y frágil) y aquella compensación establecida como habitualidad secundaria, una sobreidentificación con el rol que asegura la mirada subjetivante del otro, el efecto de certidumbre y fijación que alcanza, para perderla, eso es bien cierto, según qué mirada del otro.

Para la posición subjetiva de la obsesividad, una discrepancia entre la subjetivación habitual primaria y su compensación mediante la incorporación a y de un campo de normas, en ello identidad ansiada y resentida, identidad de ajuste y atenimiento.

Para la posición subjetiva incapaz de confianza básica, alguien abusado, violado, descuidado al extremo, un ir y venir de miradas ansiadas y temidas, de normas queridas, rotas, despreciadas, mezcladas en confusión con el puro arbitrio del que las impone.

Por mucho que el hábito traiga en su definición flexibilidad y polivalencia, puede volverse rígido y cristalizar una forma. Este hábito que cristaliza (una de las dos formas de la muerte, la otra es disolución, desorganización) se reitera monótono, y su poca cintura solo alcanza para aprehender significaciones pretéritas en contextos presentes distintos.

Significaciones que son del rostro ajeno, de su intención, que son significatividades afectivas, que son, al final, recortes narrados en lo grueso de la masa fenoménica, de los procesos de sentido.

Hemos ido muy lejos, pausemos, recojamos. Las matrices, que lo son de sentido, que reciben lo inocente del órgano, lo concreto salvaje del órgano, solo por convención se han separado en fenomenológica y de equivalencias. Entrambas componen tres figuras orientadas reversibles: cara a cara, cara y cosa, cara con cara y tercería. Vienen de la interfacticidad, del campo de aquíes dispersos, caras sin nombre y cosas aún no sueltas. Cruzan indiferentes, soberanas, las viejas distinciones entre consciente, inconsciente, y cuesta no llamarlas figuras lógicas. Pero, en tanto formas de aparecer, son cosa de organismo y por lo tanto de conciencia. Son fenómenos de mundo, y en el mundo deben componerse. Llegadas desde lo virtual replegado, de la facilidad de órgano, se hacen hueco en lo común del aparecer. Esperan palabras.

Un órgano parásito, un órgano simbiótico: matriz de lengua

Qué es una matriz de lengua: el núcleo diferencial interno de los significantes que asegura la franquía de aplicación en contextos diferentes y su encarnadura posible en el cuerpo y el contexto que hacen de la significación efectividad.

El cuerpo, el órgano, el organismo, encuentra el lenguaje antes que la lengua. Lenguaje aquí es decir algo como algopara alguien, pero no siempre lo mismo para todos; lengua, articulación que significa por sus diferencias, o que sin sus diferencias no significa, por lo menos.

El encuentro primero viene, para un bebé, por las correlaciones múltiples entre hylé, la afectividad y la kinestesia, en las que vive, que le arman un ámbito de significatividad antelingüística. Relaciones de intensidad, valencia, ritmo, frecuencia, tensión o relajo. Viene, entonces, con las afecciones del cuerpo.

Estas formas de orden, más cerca de la señal y de la huella que del significante, suponen un cuerpo espaciado y articulado, y un mundo mínimo, donde se den esbozos de sentido para una situación. Suponen el recorte, las saliencias de valideces sensibles pre-objetuales, pre-significativas y el recorte de afectos, y de kinestesias. El recorte mutuo y rítmico. Supone todas las restricciones biológicas que se puedan pensar, y las que pone la topografía corriente de la especie (dos ojos frontales, dos manos, un toracoabdomen en continuidad). Supone la sensibilidad al rostro, al olor, supone un cuerpo capaz de equivalencias y cierta apertura semiótica de las valideces sensibles, que no quedan cerradas en el par “llamativo-indiferente”, que es, parece, el ámbito significativo de la señal estricta.

Supone matrices.

Esta primicia del lenguaje queda, no se destruye con la lengua, ni se reabsorbe entera en su estructura. El recorte sensible del sentido tendrá que fijar la lengua, o deshacerla, ponerse como significado del significante, ayudarlo a decir. El lenguaje no es la lengua. Es la lengua que el cuerpo atrapa, lo que le hace el cuerpo a la lengua.

Eso vienen a querer probar algunas gramáticas cognitivas (31,32,33,34,35,36,37,38). La comprensión de conceptos simples, concretos, mesa o pan, implica la simulación modal o polimodal de ejemplos previos de mesa o pan. La comprensión de conceptos afectivos, alegría o cólera, de trocitos de escenas alegres o coléricas y de movimientos (kinestesias) fantasma, virtuales, subumbrales del cuerpo. De modo que es más torpe y lenta la comprensión si la musculatura del rostro se inhibe o fuerza. Como es corriente la subvocalización laríngea en el discurso interno y en las alucinaciones verbales. Hay, parece, una imbricación necesaria entre sistemas amodales de símbolos y sistemas modales o multimodales de cuerpo[14].

El encuentro segundo sucede en la franja solapada de antelengua y de lengua, con las dificultades que trae, y sus peligros, el injerto de un órgano nuevo extraño que debe envolverse con las cosas del órgano primero.

Peligro porque ese encuentro es acontecimental, y epagógico, y supone encontrarse dos instancias relativamente heterogéneas, aun con algo de estructura en común. Porque se va hacia una articulación de lo material, oído, escrito, que se sostenga en ausencia mostrativa; que sea recursivo y produzca al infinito; que se articule del fonema a la palabra a la frase al texto y sin embargo precise de imágenes, de imagencitas que vienen y van al paso de las palabras para su comprensión plena (40).

Husserl, Merleau-Ponty, René Thom, Kristéva, Lakoff y Johnson, Barsalou, han escrito todos sobre las estructuras de la antelengua que acogen lengua. El horizonte externo de la cosa como despliegue de la estructura de significatividad. La diacrisis sensible. El ritmo de las afecciones, los afectos, la hylé, sujeto por la sintaxis. La proyección de estructuras tri o tetradimensionales en estructuras sintácticas unidimensionales. Los esquemas sensoriomotrices como categorías protogramaticales. El anclaje y la simulación corporal como elementos esenciales de la significación.

El esquema.

Cuerpo y lengua entonces. La tarea inevitable de la lengua en la institución simbólica, en su estructura y en sus contenidos, y la contrapartida, la inevitable fijación corporal, contextual, de lo lingüístico de la lengua para que haya significación concreta, acontecimiento de significación.

Porque la lengua debe subjetivarse, en el cuerpo. Y el cuerpo afectivo, habitual, kinestésico, su(b)jetarse en lengua. El lenguaje como acontecimiento de subjetivación de cuerpo y lengua, afecto y concepto.

El encuentro tercero es la incorporación del sistema simbólico que abre la lengua. No de las categorías protogramaticales, sino del sistema peculiar de oposiciones (blanco-negro, día noche, bueno-malo) y sus equivalencias metafóricas (gordo: malo) Sus árboles semánticos. Los valores sociales, los programas de género, todo aquello simbólico-social-cultural. La equiparación de gordo, sucio, despreciable, imposible de amar, excluido. La elaboración, amplísima, refinada, de los esquemas y las correlaciones semióticas. El paso del mi-yo impersonal a la identidad familiar, de género, de empleo, de nación. Incluso la relación misma de palabras con palabras, el deslizamiento de unas a otras por la mera estructura de la lengua.

Mucho se ha ido adelantando del modo configurador de la lengua y sus presencias y sus ausencias. En la culpa, en la anorexia, en los desajustes entre ipseidad de antelengua y sujeto de lengua. Quizás el más claro, en el que la pura estructura de la lengua, el juego de combinación, sustitución, composición funge como fenómeno elemental es la elaboración delirante (41). Como el mito, toma prestado elementos preformados de la lengua, propiedades de las cosas, oposiciones básicas como izquierda y derecha y los combina y reordena, los opone, identifica, diferencia (42), así el delirio toma del momento fecundo elementos que combina, amplía, sustituye, por contigüidad, por similitud y contraste, mostrando en acto el mero funcionamiento de la lengua, la pura máquina de hablar: los esquemas semánticos, los lógico-sintácticos, la proliferación indefinida que operan unos pocos elementos. Y entonces no precisa el delirio nuevas experiencias que expresar, es la sola lengua la que se significa, se dice, se muestra en su andarse siempre allá.

Conciencia-lengua-figura

Aquí conciencia vale como medio de aparición; repertorio de formas intencionales posibles y lugar de restricciones formales necesarias. Medio de manifestación según tres nervaduras: polaridad, temporalidad, horizontidad[15]. Manifestación no siempre estrictamente intencional, de los recortes hyléticos, afectivos, kinestésicos, que vienen prendidos en figuras o se atmosferizan o acaban como ingredientes de actos y formas intencionales. Muchas de estas nervaduras suponen lengua, pero no todas o no siempre.

Formas intencionales que han sido conceptuadas como facultades del alma y positivizadas como funciones psíquicas: percepción, imaginación, recuerdo, fantasía, juicio epistémico, estético, valiceptivo, práctico.

Restricciones del sentido según criterios formales: de verdad para lo predicado; de sinceridad o autoridad para lo expresado; de eficacia para una acción “estratégica”, cazar, escapar; de rectitud si se trata de actos normativos de la vida en común.

La conciencia parlante es lugar de orientación irreversible del campo arcaico, de la figura reversible. Las tres figuras conocidas (uno con la cosa, como en la caza; uno y otro rostro enlazados; uno con otro rostro entendiéndose acerca de algo, una cosa, otro rostro, una parte del cuerpo, una relación, un suceso[16]) son comunes a rendimientos intencionales diferentes; pueden ser proyectadas, desde su espacio n-dimensional al espacio unidimensional de la lengua; pierden, por la polaridad de las formas intencionales, por la estructura de la lengua, su reversibilidad, su conjugación; y quedan en la forma sujeto-objeto-atributo: “El móvil está muy lejos. Mis brazos son muy cortos. Yo miro tu linda cara. Tú miras mi torpe aliño”. Bajo esta nuevas formas, sin embargo, la reversibilidad insiste: “yo amo lo que es amable-lo amable es lo que yo amo”.

Es evidente que la actualización de las figuras en tareas y lugares y afectos diferentes acarrean efectos, hallazgos, delicias y peligros también diferentes[17].

Es evidente que encontrarlas reproducidas en un ensayo de semántica topológica inquieta mucho (43).

Y mucho hay de especulación, o de hipótesis, en esta lingüística, en su apropiación psicopatológica. Estarse con las cosas, los otros, las cosas y los otros es de antelengua, son modos de orden principales de la interfacticidad. Lo novedoso es que puedan por trasposición dar grandes familias verbales, que puedan por desarrollo desplegarse en grandes temas mitológicos, que prolonguen a Lévi-Strauss, que sean páginas del libro donde se aprende el delirio. Más sobrio: que funjan como lingüistización básica y núcleo semántico inadvertido de estos modos, de sus figuras, que son condiciones de experiencia, cosas de cuerpo que mundea sentido. Que funjan como núcleo semántico que metaforizar. Aún más sobrio: que ofrezcan los temas y familias de temas que metaforizan las condiciones de experiencia tomados como contenidos de experiencia y que aparecen como contenido delirante explícito, según el estrato experiencial de origen, los afectos y las propias figuras: revelación, creación; enfermedad y muerte; misión, heroísmo, victoria; acecho, persecución, derrota; reunión y exclusión; intrusión, amenaza, enfermedad (44,45). En la claridad de una conciencia parlante, las tres figuras dan estos posibles (46).

Sujeto y cosa. La percepción, la aprehensión conceptual, la caza, la devoración que logro o padezco, por dentro o por fuera; sus contrapartes de resistencia o huida; su vinculación asimétrica conjugada. En ningún caso hay un enfrentamiento resonante de conciencias, sino la objetualización de lo que sea que aparezca.

Sujeto y sujeto, que es cooriginaria, que no se precede de una aprehensión cósica que luego se anime: la subyugación ejercida, sufrida; la rebeldía y rechazo. Pérez Herranz (46) las resumen como vencedor/vencido y rebelde/sumiso. En el Paraíso Yahvé puso a Eva, puso a Adán, que solo en la rebelión tomaron conciencia de sí, se vieron desnudos, padecieron castigo, dejaron de ser cosas parlantes y obedientes[18]. Claro que es muy fácil pasar de vencedor a devorador. Este temor a la cosificación, a la caída en la condición de instrumento, que alienta en la tradición ética envuelve un saber romo y seguro de lo fácilmente que se oscila entre una y otra. Un delirio apofántico en el que se revela el salvador del mundo implica la tematización alternante de las figuras primera y segunda.

La tercera supone una sofisticación de las dos formas cooriginarias y sostiene las aventuras de la exclusión y la protección, a su vez asentadas en la inclusión o englobamiento, la expulsión o rechazo de la parte mediadora, o de la tercería. Y esta es, me parece, la figura de conciencia, la figura simbólica tematizada y variada en las psicosis pasionales, todas ellas contando la breve historia del que se queda fuera: te amo, me amas, tu esposa, tu empleo, la dignidad de tu cargo, de tu trono, impiden la consumación del amor, lo sostienen: somos tres; te amaba, me amabas, el mundo quedaba fuera; ahora te veo hablar con el portero y soy yo quien teme quedar fuera: somos tres. Me humillan, ignoran mis papeles, mis derechos, mis denuncias me expulsan, me roban la condición de ciudadano: vecinos, Estado y yo mismo somos tres. No es raro tampoco que una cambie en otra: por mi amor por ti, todo el mundo me vigila, me controla, adivino sus intenciones, conocen mi secreto, huyo.

Hacerse grande es pasar de dos a tres, sin duda, aprender a vivir sin la loca intensidad de mirarse, mirar, ser mirado. Compartir algo, una cena, un boli, que es forma simbólica de estarse con los otros, forma de estarse a través de algo, aun en el cuidado, aunque el cuerpo nos pida alguien solo para nosotros todo para nosotros, en la memoria sin recuerdo del afecto infantil, de la pasión adulta, que tanto hace existir como amenaza muerte.

Forma de Mundo-Aparecer

Si los síntomas están incoados en la dispersión orgánica y en la coyuntura del organismo, deben componerse con otros fenómenos en la forma-mundo, quizás en la mejor, la única disposición posible para estos fenómenos/síntomas y la singularidad subjetiva que los sufre. En esa forma-mundo, la presunción de verdad es irrecusable. Porque el aparecer tiene sus leyes. La primera, venir desde lo indiferente a la verdad (47).

La doble contabilidad psicótica permite vivir en dos mundos a la vez y si la percepción delirante no deja, es por su intensidad, por la urgencia, no por la cancelación del significado habitual, que permanece.

La melancolía mantiene el recuerdo de un mundo vivo, o aún la validez del mundo para los otros, aunque, asombrosamente, no para mí.

La supuesta extrañeza de una idea obsesiva no le resta realidad a su inminencia, su peligro, aun cuando se admita, a menudo con la boca pequeña, que el temor que provoca tal vez resulte en un síesnoes exagerado.

La anorexia deja ver la delgadez de un cuerpo ajeno parejo al mío tan grueso, porque el ajeno no carga con las metáforas olvidadas del propio valor.

Los horizontes de significación de los fenómenos se sueldan sin rendija en un horizonte solo válido en una sola forma-mundo (48). Esta forma-mundo es articulación mínima de los pequeños mundos que cada cual habita, más o menos afortunada en su tarea de estabilizar la vida y ahorrarnos la justificación racional, la deliberación continua. Aun en la crisis morosa de significación de la esquizofrenia paucisintomática, en la que la convencionalidad de la institución simbólica se deja ver a las claras, el paciente por lo común sigue sostenido por el hábito, los hábitos, algunos de los modos en que el mundo de la vida espanta el desconcierto.

En lengua técnica, la composición de horizontes mundanos se hace por su borde vacío. Así como para el ojo en el desierto o el mar allá de una distancia hay solo raya y nada más, para el tiempo, allá de un borde móvil se protiende tan solo más tiempo y para el sentido, llegado un allá suficiente, no hay relieve, encaje, descuadre de los sentidos particulares, solo apertura no determinada, promesa de inteligibilidad. Así se sueldan los pequeños mundos racionalmente incomposibles (49).

En lengua técnica también: anclada en la constitución antepredicativa del aparecer, su certeza es lógicamente premodal, es decir, anterior a su cualificación como real, posible o necesaria.

No es real, el mundo. Es y basta. Vivir es vivir en la certeza del mundo. En la certeza antepredicativa, antejudicativa del mundo (50,51). Y si para eso hay persecución, revelación, muerte en vida, sea.

Ítem más. La mayor parte de la vida de conciencia no se ocupa más que en tomas de posición, en formas de juicios que no se componen ni se verifican. Husserl los llama “ocasionales” (51). Anclado en su evidencia antepredicativa propia, el fenómeno de mundo enfermo se remata en tomas de posición que no se vinculan con otras intersubjetivamente válidas más que por coexistencia y por horizonte vacío: “No sé explicarlo, pero es así”. “Ellos se ocuparán”. “Puedo verlo como usted, pero entonces estaría loco”.

Esta certeza premodal alcanza más hondo que el conjunto de reglas implícitas y no tematizadas de saberes y experiencias colectivas sedimentadas que se han llamado “sentido común”, “saber de fondo” del mundo de la vida. Esta certeza antejudicativa y premodal es roca madre de experiencia, carece de fundamento según razón. En ella se sostiene la “pobre conciencia de enfermedad”, que equivale a decir: “algo nuevo aparece y es cierto como lo otro fue cierto”. La mundanización solo se critica desde fuera y después: del delirio, los cortes, la fase. Es una tarea hercúlea recordarse a uno mismo que se está cayendo en un agujero sintomático, que la mundanización de una estructura sintomática impone realidad, la misma que en un tiempo quizás cambie.

Mundanización, entonces: composición de horizontes, certeza premodal.

Hay una logicidad intrínseca en el aparecer de algo como algo para alguien[19]. La conciencia nos obliga al mundo, a las cosas, a tener mundo y cosas a partir de fantasmas, esquemas, movimientos ínfimos. Y envuelve, anticipa la lengua saprófita, su nueva vida propia. La actualización perceptiva, se alcance como se alcance, suceda como se pueda, de cualquier cruce entre fantasma de cosa, afectividad y kinestesia, goza de presunción de verdad y, a fortiori, de objetividad, y habría que añadir, tal vez, de existencia independiente de la cosa; de motivación para nuestras respuestas emotivas; y de obviedad en nuestras aprehensiones. La actualización imaginativa, de presunción de posibilidad, en sentido estricto, de poder ser efectiva según condiciones. La judicativa, de significación lógica y gramatical que puede o no desmentirse por la empiria sin menoscabo de esta significación. Las tres, de objeto y sujeto autónomos manteniendo relaciones antisimétricas e irreversibles tasadas. Estas son características formales de la conciencia que la lengua fija. En ellas se cimenta la mejor o peor narrativa, rapsódica, fragmentaria racionalización de aquello llegado a manifestación evidente, venido de lo indiferente a la verdad.

El modo tan raro en que psicosis, TOCs graves, trastornos de personalidad graves comparten con la ciudadanía corriente un mundo a la vez común, extravagante y evidente obedece a la potencia de un proceso que pone la solidez del mundo por encima de todo. La mundanización trae mundo común posible a partir de los posibles de cada cual, y no se compone según racionalidad o interés, sino por necesidad interna y a través de horizontes vacíos.

No hay nada psíquico aquí. Es la necesidad lógica de estabilización que alienta en un animal como nosotros.

Cierre

Rara fenomenología esta, que arranca en esquemas y acaba en formas pocas, en figuras. En incrustaciones, campos, formaciones, deformaciones, arcaísmos. En una síntesis disjunta de matrices, en un ovillo de órganos (52), a veces coherente, a veces yuxtapuesto a la brava. Nadie se siente sujeto, escribió Zambrano, y así es, tal vez, como nadie toca o busca objetos, sino cosas. Pero sí se sabe cada cual ego, y sí se sienten, se experiencian, se viven, se intuyen (las palabras cambian) la predicación, la negación, la modalidad, la categoría, la pasibilidad y los daños del sentido aun cuando no se nombren. Hay una lógica del mundo, escribe Husserl, que comienza por una estética (51), un saber de sensación y afecciones que se hacen perceptos, afectos, palabras, juicios. Esa lógica del mundo esperaba, en 1929, la logicidad de la lengua sirviendo de trascendental, la de la matemática cualitativa, la topología. No se ha ido tan lejos, entonces, al buscar en las formas en que se extiende psique por el cuerpo, la logicidad propia de la psicopatología.

Programa: un glosario de fenómenos elementales

Tómese lo que sigue literal y compasivamente como un resumen de lo escrito; como un anhelo y una dirección para otras investigaciones, mayores claridades.

Esquizofrenia: El fenómeno elemental de la esquizofrenia consiste en un desajuste dinámico entre hylé y kinestesia expresado en: crisis de significación (pérdida de la evidencia natural, puesta en cuestión de la convencionalidad simbólica instituida); afecto (perplejidad, extrañamiento); demarcación del campo arcaico (propiedad, agencia, transitivismo, autonomía del significante); desorganización conducta y pensamiento. No todas las expresiones son necesarias, ninguna es constante, se compensan estructuralmente en una mundanización peculiar, que incluye delirios.

Melancolía: El fenómeno elemental de la melancolía es la mengua kinestésico-afectiva en la producción de sentido, advertida por el menoscabo de la categoría de posibilidad y de la orientación en el campo arcaico. Se expresa en fenómenos no orientados: atmósfera/humor; despersonalización/desrealización; constricción del espacio/ constricción del cuerpo; separación de los otros/falta de responsividad propia; ausencia de interés/mundo plano; ausencia de placer/mundo gris (53). En fenómenos orientados, como la culpa, o la angustia. En delirios. Donde la esquizofrenia abunda en alteraciones de órgano, la melancolía se sostiene como daño de organismo, aunque no falten fenomenizaciones discrepantes de órgano (la protencionalidad kinestésica, por ejemplo, se conserva en la motricidad física, aunque se apague en la producción de sentido. Algunos pacientes “contemplan” su propia angustia o falta de sentimientos).

Anorexia: El fenómeno elemental de la anorexia es la puesta en obra de la ambivalencia tener/ser cuerpo, la pluralidad de islotes y capacidad simbólica del cuerpo, para cumplir el cambio de una situación de exclusión (a tres), en la que se juega la identidad simbólica, a una situación de a dos, entre mi cuerpo amenazante y yo. De otro modo, en el cuerpo como asiento de matriz de equivalencias y en el cuerpo como amenaza interna, expresado en la alteración cenestésica/visual del cuerpo propio, en el uso simbólico y ritual del alimento y en la mecanización final de esta tensión.

Delirios: los delirios tematizan, metaforizadas, traspuestas unas u otras condiciones de experiencia. En el delirio sensitivo paranoide, la posición central del cuerpo en el campo fenomenológico y la forma a dos de conciencia (que su contenido emotivo fundamental sea la vergüenza no deja de ser interesante, en tanto la vergüenza, como efecto de una desaprobación, no precisa de una norma rota, y salta de dos a tres, es humillante y excluyente.) En las psicosis pasionales, la necesidad de una figura a tres para la identidad simbólica, en su avatar relacional, bajo la forma de la exclusión (que, a veces, está descrito, pasa a ser a dos si hay que huir pues me persiguen, y entonces se acerca al delirio capilarizado y persecutorio de corte sensitivo). En los delirios corporales, el aislamiento relativo de una parte de cuerpo y su capacidad matricial de hacerse significado. En el delirio melancólico, el vínculo interno entre deseo, valor, sentido y tiempo: estoy muerto, me han condenado. En el delirio esquizofrénico, la creación de sentido desde lo real-material-sin sentido; la posición central del cuerpo; y el paso posible de la figura a uno, a dos, a tres. Incluso, en su desarrollo, la posibilidad interna a la lengua de crear sin límite. Quizás para todos, la propiedad del esquema de cumplirse en fenómenos distintos, pero poder fenomenizarse como un solo esquema: un delirio dice siempre lo mismo diciendo muchas cosas distintas.

El fenómeno elemental del TOC: la ruptura singular de una norma con validez general que asegura la integridad (corporal/moral: identitaria) y precisa reparación ritual, esto es, manipulación de objetos para tranquilizar sujetos. De otro modo, el vínculo interno entre orden, contaminación y reparación expresado en una temporalidad que presentifica la posibilidad y la reminiscencia como casi pasando a la experiencia efectiva (No sé si toqué/ temo haber tocado/estoy casi seguro de haber tocado/ si no me lavo ritualmente sufriré (casi) seguro las consecuencias).

El fenómeno elemental de la histeria y la obsesividad, de las caracteropatías vinculadas a trauma, pone en juego la discrepancia entre una subjetivación habitual primaria malograda y las compensaciones necesarias, complicadas. Para la histeria, la mirada del otro a través de la encarnación de un papel social disponible. Para la obsesividad, la adhesión a una norma en tanto posibilidad de ajuste; para el trauma, y su desconfianza básica, diferentes combinaciones de ajuste, mirada, cercanías, abandonos.

Material suplementario
Información adicional

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Notas
Notas
[1] Fenomenológicamente: el deseo es la determinación parcial de la pulsión objetivante-subjetivante, del exceso sobre esta constelación de términos que son para Husserl casi intercambiables: necesidad, instinto, pulsión no objetivante. Deseo es la determinación apareciente de la pulsión, pulsión es el exceso objetivante-subjetivante sobre la necesidad de comer y dormir. El como qué me subjetivo objetivando es cosa del deseo. La forzosidad excedente, que empuja y sigue y con ninguna forma calma la pulsión.
[2] No entraré mucho en este asunto. La “interioridad psíquica” parece como un repertorio de estructuras intencionales y temporalidades; unos patrones de pasividad/actividad kinestésicos; y una sujeción intersubjetiva y lingüística actuando unos sobre otros.
[3] Percepción, imaginación, recuerdo, actos de voluntad o deseo en su acepción corriente. Cabe decir que las formas intencionales son, sobre todos, temporalizaciones. Escolarmente simplificado: la percepción es la articulación en presente entre los escorzos hyléticos que pasan y el significado que no cambia (mesa, silla); el recuerdo, la imaginación, presentificaciones de una validez, de un afecto que no forman parte del “presente actual perceptivo”; el juicio, forma omnitemporal válida (como forma) para todo tiempo y lugar.
[4] El ejemplo, popular, de la mano tocada/tocante es más bien una tensión de la tesis que un desmentido.
[5] El nombre de “matriz de equivalencias” merece una aclaración. En la tradición se ha llamado matriz simbólica y cumple con una especie de lenguajerío de antelengua, donde algo figura en lugar de algo. Sin embargo, “simbólico” se ha empleado aquí siempre vinculado a la lengua, así que intentaré sostener el nombre nuevo. Por otra parte, matriz fenomenológica y simbólica pertenecen a la obra de Richir y Merleau-Ponty, respectivamente. Se solapan en parte, y se alejan en parte. Ambas cumplen con la tarea de “mediación” entre lo fenomenológico salvaje o puro y la lengua. Aquí las empleo como separadas porque el contexto en que las muevo no es coincidente, supone cortes diferentes en el campo fenomenológico. Sin embargo, según se afirma en el cuerpo del texto, ambas son trasposiciones a contextos fenomenológicos distintos del concepto de esquema.
[6] Otro alter, una cosa, una relación, un suceso, una parte del cuerpo cuando hablo conmigo.
[7] Elen Scarry, de quien tomo este concepto de agencia segregada, lo advirtió aun en la tortura.
[8] Aproximaciones a estas figuras han aparecido en alguna fenomenología: en Merleau-Ponty, como estructura moi-choses-autre(s); en Jan Patočka, el campo fenomenológico se ordena en tú-yo-él(la), que es aquí, ahí, allá.
[9] Este es un asunto de interés contemporáneo en fenomenología. Qué múltiples (recuerdo que un múltiple es una multiplicidad unificada según reglas, como en la percepción) se pueden deshacer y qué aparece cuando se deshacen.
[10] Este orden paralelo al figural precisa también, acoge también, el trabajo simbólico. Hay un deslizamiento, un flotamiento o una envoltura de la atmósfera por el orden simbólico.
[11] Lakoff y Johnson han trabajado sobre estas dimensiones significativas desde la perspectiva de una gramática cognitiva (19). Por ejemplo: “arriba-puedo” como “bueno-enérgico.”
[12] Que supone el poder calmante del azúcar y la grasa, que ordenan desde fuera el campo fenomenológico pero no fungen como causas lineales.
[13] Hay que entender objeto aquí de una manera completamente no técnica, es decir, distinta del/ la histérico/a que se niega a ser objeto de goce.
[14] No puedo evitar citar aquí una entrevista de Miguel Morey, muy lejano en su obra de toda fenomenología y psicopatología, para el Aula Deleuze del Ateneo de Barcelona, en la que cuenta cómo, en la búsqueda de una palabra, escribiendo, traduciendo, uno pone “cara de….” el nombre, adjetivo o verbo del que se trate (39). Es decir, la palabra viene con ayuda del gesto. O cómo, en la misma búsqueda, uno tiene el sentido, pero no la palabra (no es esta, no es la otra) o, en la traducción, uno se queda, un instante, a solas con el sentido y fuera de las lenguas.
[15] No hay posibilidad de tratar aquí la horizontidad y la temporalidad de la experiencia. Pero sí cabe decir que agujerean las presentaciones cualesquiera de las figuras que voy siguiendo, impiden que se cierren sobre una significación concreta y así se alcanza, con suerte, un apaño entre la figura y el “como qué” concreto que sostiene.
[16] No conozco formalizaciones de cuatro elementos, de cuatro conciencias. No hay, en principio, en el campo, en la interfacticidad, restricción intrínseca. Y sin embargo es bien difícil mantener una resonancia a tres, tanto más a cuatro. No quiero decir una relación sino una figura en que las cuatro subjetividades resuenen al tiempo sin que el fenómeno que aparezca sea una atmósfera, la circulación por todos de una afectividad impersonal, que es otro asunto. Este es un fenómeno grupal frecuente y conocido. Por otro lado, por supuesto que una familia de cuatro miembros, o un grupo de amigos, tiene roles instituidos. Una vez más este es otro asunto, también importante.
[17] Otros avatares comunes de las figuras son: a dos, vínculo, relación objetal, pasión; a tres, atención conjunta, Edipo, cuidado.
[18] Eva y Adán fueron expulsados juntos, pero cada uno se miró y cada uno habló con Yahvé, con la serpiente. Nadie quedó en el jardín, y, por tanto, no fueron excluidos.
[19] Escribo aparecer y pienso aparecer perceptivo. Cierta logicidad menuda afecta también las apariciones de imaginación. Se puede desear un caballo ruano y tordo a la vez, pero no imaginarlo. Se puede imaginarlo fucsia cerrado, o amarillo crema, o con cinco patas funcionales, pero no cuatralbo y todo amarillo al tiempo.
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