Religión y política en México
Participaré... si Dios quiere. Influencia de las creencias religiosas sobre la participación política de los católicos en el México del siglo XXI
I will participate... God willing Influence of religious beliefs on the political participation of Catholics in the Mexican 21st Century
Participaré... si Dios quiere. Influencia de las creencias religiosas sobre la participación política de los católicos en el México del siglo XXI
Política y Cultura, núm. 54, pp. 11-36, 2020
Universidad Autónoma Metropolitana
Recepción: 30 Abril 2020
Aprobación: 12 Octubre 2020
Resumen: La religión no sólo no ha abandonado la vida pública, sino que se presenta con fuerza y de nuevas formas. Ahora bien, cuando se estudia cómo influye la religión en la participación política, la asistencia al culto es la medida predominante. Este artículo analiza, con base en la Encuesta mundial de valores, la influencia política de dos creencias religiosas: el providencialismo y la desregulación institucional. Se descubrió que hay evidencia a favor de que el primero disminuye la propensión a participar políticamente, a no ser que el sacerdote la señale como parte del plan divino de salvación. También se encontró que la segunda no implica que éste participe más.
Palabras clave: comportamiento político, creencias religiosas, providencialismo, desregulación institucional, religión y política.
Abstract: Religion not only has not abandoned public life, but is presented with force and in new ways. Now, when studying how religion influences political participation, worship attendance is the predominant measure. This research analyzes, based on the World Values Survey, the political influence of two religious beliefs: providentialism and institutional deregulation. It was discovered that there is evidence in favor of the former confirming the propensity to participate politically, unless the priest designates it as part of the divine plan of salvation. It was also found that the second does not imply that this participates more.
Keywords: political behavior, religious beliefs, providentialism, religion and politics, institutional deregulation.
introducción. participación política del creyente más allá de la misa
La democracia requiere una ciudadanía activa para su buen funcionamiento y los fundamentos de ésta se encuentran en el espacio donde los ciudadanos convergen y participan para defender intereses, demandar soluciones y satisfacer necesidades. Por medio de la participación, los ciudadanos buscan influir en la toma de decisiones del gobierno y para ello cuentan con un amplio repertorio de actividades que difieren entre sí, según el grado de esfuerzo, recursos y cooperación. Ahora bien, en México, la religión es un factor importante en la vida de gran parte de la población, por lo que frecuentemente el ciudadano y el creyente convergen en el mismo sujeto. ¿La religiosidad de los ciudadanos mexicanos influye de alguna manera sobre su vida pública y, en particular, sobre su proclividad a participar políticamente en democracia?
En ciencia política, cuando se habla de la influencia de la religiosidad sobre la participación política, el análisis se suele centrar en la asistencia al culto, a las prácticas, pero no se puede dejar de lado lo esencial de la religión: la fe. La asistencia a los servicios religiosos y la membresía en actividades eclesiales no son un proceso aleatorio, sino que las creencias religiosas tanto motivan la participación dentro de la Iglesia cuanto pueden tener importantes consecuencias para el comportamiento político del creyente.1 No obstante, cuando se estudia la religiosidad se suele hacer centrándose en la tradición o en la asistencia religiosa y se dejan de lado las creencias, en parte por lo difícil que resulta medirlas empíricamente. Rodney Stark sugiere que las creencias deberían ser estudiadas más extensivamente, pues señala que, para el creyente, Dios es el que importa, no los rituales.2
Aunque hay estudios que sugieren que las creencias impactan menos en la vida pública que otras dimensiones de religiosidad,3 no hay razones para no considerar cómo éstas influyen sobre el comportamiento del creyente y, en particular, en la propensión a participar en política.
Weber explicaba que los intereses materiales son los que dominan directamente la acción de los hombres; no obstante, señala que las “imágenes del mundo” creadas por las ideas, han funcionado como guardagujas que modifican la trayectoria de la acción impulsada por intereses.4 Esta metáfora hace referencia “a cómo la palanca de las ideas es capaz de modificar la trayectoria sobre la que ya venía encarrilado [...] el ferrocarril de los intereses materiales”.5 De forma análoga y parafraseando al sociólogo alemán, ¿las creencias religiosas no podrían “modificar” la trayectoria del tren de la participación política? Siguiendo la analogía weberiana, sin duda, la participación política está motivada por intereses materiales, tanto en el fin de la acción cuanto en los factores que contribuyen a impulsarla. En este mismo sentido, si bien sabemos que las asociaciones, por poner un ejemplo, promueven la participación, las creencias religiosas bien podrían impulsarla o mitigarla, según sea el caso. En ningún momento se sugiere que las creencias religiosas puedan ser el origen de determinados comportamientos, pero habría que comprobar empíricamente si éstas influyen de alguna manera sobre la conducta política de los seres humanos.
La importancia de las creencias radica en el hecho de que, por más contemplativa que sea una religión, por más que ponga la mirada en el más allá, las convicciones doctrinales tienen repercusión en el medio social donde se desarrollan.6 También se deben considerar porque las variaciones entre creencias tienen impacto en otras esferas de la vida. Por ejemplo, las diferencias de creencias entre miembros de la misma denominación tienen mayores consecuencias políticas que las diferencias doctrinales entre tradiciones religiosas.7 De hecho, las creencias no sólo presentan diferencias entre individuos, sino que también varían según las divisiones grupales de la religión y las diferencias entre creencias se convierten en un argumento a favor de lo conveniente que resulta considerar a las comunidades, sub-comunidades y asociaciones religiosas.8 Es decir, hay variación en las creencias dentro de una misma denominación religiosa porque las enseñanzas de las iglesias son internalizadas e interpretadas de forma diferente por cada individuo.9
Además, la dimensión de las creencias es la que más ha sido afectada por lo que algunos autores han denominado desregulación institucional, es decir, la conformación de un marco de creencias independientemente de lo que enseña la institución. En el ámbito católico, se suele identificar la disminución de las prácticas con la pérdida de las creencias, cuando, en realidad, la pérdida de una no significa, en automático, la de la otra.10
Siguiendo a Hervieu-Léger, esta desregulación institucional, surgida por la crisis de legitimidad de la autoridad clerical y la caída de la civilización parroquial, ha provocado el cese del “imaginario de continuidad”, es decir, del “armazón simbólico” que provee de sentido, del cual los miembros del grupo extraen las “razones para creer en su propia perennidad”.11 Durante mucho tiempo, la materialización de este imaginario fue la parroquia, pues en torno a ésta se articulaba la memoria de la comunidad y delimitaba el espacio de la misma, así como evidenciaba quiénes pertenecían a ella, todo bajo la influencia del clero. Su caída significó la desvinculación con la tradición que regía férreamente el dogma.12
De esta manera, el creyente contemporáneo construye su propio sistema de creencias a modo de “collages y bricolajes”, con total libertad ante la tradición, ante la cual puede sentirse perteneciente, más no regulado.13 Sin embargo, en este nuevo mundo de creencias a modo también cabe “el retorno a la tradición”, el cual se da usualmente entre quienes se han reencontrado con su propia tradición, proceso del que la juventud no está exenta.14
La investigación sobre la relación entre creencias religiosas y comportamiento político es reciente, incluso en Estados Unidos. Tan temprana edad es causa de que no haya claridad en qué creencias afectan el comportamiento político de los creyentes,15 ni mucho menos sobre cuáles son los mecanismos específicos a partir de los cuales las primeras afectan a este último.16 No obstante, esta investigación pretende colaborar a la comprensión de estas interrogantes, desde la ciencia política. En este sentido, en términos generales, aquí se considera que las creencias religiosas actúan a modo de predisposiciones adquiridas de los ciudadanos que pueden motivar o desmotivar la participación política.17
El presente artículo aporta a la discusión desde la ciencia política. En este sentido, se inserta en la literatura de comportamiento político. No obstante, el tema de la expresión política de las creencias religiosas ha sido tratado en México principalmente desde la antropología. De entre los múltiples autores, destaca Carlos Garma, quien recientemente publicó un artículo sobre cómo ciertas creencias religiosas de los grupos evangélicos se vinculan con la aceptación o rechazo de los partidos políticos, lo que ayuda a explicar la conformación de alianzas partidistas en torno a las elecciones de 2018.18 También destacan las ya célebres obras de Masferrer19 y Scott20 cuyos análisis permiten entender que las iglesias católicas y evangélicas en tanto instituciones se ven afectadas por actores externos y cambios estructurales, a partir de los cuales se ven en la necesidad de adaptarse y cambiar.
Ahora bien, ¿qué creencias motivan o desmotivan la participación política y cómo lo hacen? Para contestar esta pregunta, el artículo se divide en otros tres apartados, además de esta introducción. En el siguiente, con base en la literatura revisada, se desarrollan el providencialismo y la desregulación institucional, a partir de las cuales se establecen las hipótesis que rigen la investigación. En el tercer apartado se reportan los resultados del modelo logístico empleado y se discute la relación entre creencias religiosas y práctica política en el último apartado.
puentes entre creencias y participación política. providencialismo y desregulación institucional
Primero, se sabe que la creencia en el involucramiento de Dios en el mundo, en un Dios activo en el mundo, se asocia con una menor participación política porque si Dios controla lo que sucede en el mundo, entonces el creyente no tiene motivos para involucrarse políticamente con la intención de cambiar las cosas.21En este sentido, Glazier propone el uso del concepto de “providencialismo” entendido como la creencia en que Dios tiene un plan y el creyente contribuye a llevarlo a cabo. El plan divino es políticamente importante porque implica un estado final futuro inevitable. La creencia en este destino inexorable se traduce en comportamientos distintos respecto a quien no comparte estas creencias.22 Por su parte, la creencia en que uno puede contribuir a la realización de ese plan es importante políticamente porque implica una potencial disposición a participar políticamente,23 pero para ello tiene que saber cuál es la voluntad de Dios y es ahí donde la influencia del clero tiene peso.
De esta forma, el líder religioso provee el vínculo entre la creencia providencialista y la acción política. El creyente providencialista es más propenso a responder al llamado a la acción política enmarcada en términos de la voluntad de Dios, como parte del plan divino. En el razonamiento de Glazier, sin el vínculo que crea el clero, el creyente providencialista no sabe cuál es la voluntad de Dios sobre un tema político concreto o si ese tema tiene relevancia religiosa.24 No obstante, en realidad, el creyente puede tratar de encontrar esa voluntad sin acudir necesariamente al clero, pero esta dimensión queda fuera de la definición de providencialismo, como la propone Glazier.
Si bien Glazier considera que su construcción del concepto de “providencialismo” aplica para todas la tradiciones religiosas,25 en realidad esa noción es más cercana a concepciones protestantes del mismo.26 En el catolicismo, la definición de “Divina Providencia” es más cercana al involucramiento de Dios en el mundo, pues “Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó”27 y “tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo”.28 Además, Dios pide al creyente “un abandono filial a la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos”.29 Esta creencia se encuentra interiorizada por buena parte de la población católica mexicana, prueba de ello son las expresiones populares “Dios mediante” o “Si Dios quiere” y sus variantes que, hasta hace relativamente poco, se usaban cada vez que se expresaba algún deseo futuro. Por ello es que en esta investigación se prefirió operacionalizar el concepto en esos términos.
No obstante, ello no implica que el mecanismo propuesto por Glazier no pueda ser usado con una operacionalización distinta del concepto, pues, por un lado, la noción de “providencia” del catolicismo implica un plan divino de salvación y, por otro, “Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia [...] no sólo por sus acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos [...] [y así] llegan a ser plenamente ‘colaboradores […] de Dios’ (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (Col 4, 11)”.30 Además, si bien esta participación en el plan divino puede ser inconsciente,31 desde finales del siglo XIX, la jerarquía católica ha promovido, con distintas variantes, la participación política de sus fieles llegando a afirmar que ésta es parte de su vocación divina.32
Con las diferentes formas de operacionalizar el concepto subyace la idea de que Dios influye sobre la vida del creyente y así sus mandatos adquieren mayor fuerza. Weber percibió el conflicto en el que entraría una persona que obra según las exigencias morales del Evangelio, de participar en la política y que, por ello, le convendría no hacerlo.33 Pues los ideales del Evangelio chocan con las decisiones pragmáticas que el creyente deberá tomar en el quehacer cotidiano de hacer política. También subyace la idea weberiana de que según el grado de convicción será la responsabilidad del creyente con el mundo, pues si ya todo está planeado y todo sigue un plan predestinado ¿qué importa lo que yo pueda hacer para cambiar las cosas? El problema no es la creencia en un plan, sino la responsabilidad de cada parte (Dios y el creyente) en ese plan, si uno tiene más responsabilidad en la medida en que Dios se involucra menos en el acontecer diario, tendría más disposiciones de ejecutar acciones concretas, en el espacio público, para “construir el reino en la tierra”.
De esta forma, se formula la siguiente hipótesis:
H 2.1 (Providencialismo)
Los individuos con creencias providencialistas serán menos propensos a participar políticamente.
El dogmatismo, mejor conocido en los estudios estadounidenses como “fundamentalismo”, pretende indicar el grado de flexibilidad del creyente respecto al dogma. No obstante, la mayoría de los estudios se han centrado más en indagar la relación con las preferencias políticas como el conservadurismo político y actitudes políticas ante ciertos temas, como las políticas morales.34
Por ejemplo, Lenski encontró que hay implicaciones diferentes sobre aspectos de la vida pública según la orientación personal o dogmática de una persona. En términos generales, la orientación a la ortodoxia doctrinal se asociaba con una visión donde la religión se separaba de las demás actividades de la vida diaria, mientras que la orientación devocional se vinculaba con una unificada visión de la vida donde las creencias y las prácticas religiosas se integraban con otros aspectos de la vida diaria. Así, encontró que la orientación devocional hacía más propenso al creyente a adoptar posturas humanitarias que una fuerte adhesión al dogma.35
En este sentido, se sabe que la creencia en la autoridad inefable de la Biblia o en su interpretación literal, ejerce influencia negativa sobre la participación política. La explicación dada a este patrón es semejante a la anterior, la Biblia describe un Dios que interviene en un mundo que avanza inexorablemente hacia su destino divinamente designado. Ahora bien, la autoridad de la Biblia es al protestantismo lo que la jerarquía es al catolicismo. La obediencia al magisterio petrino es el elemento esencial del catolicismo desde, cuando menos, el siglo XVI. La Iglesia exhorta a los laicos a seguir “el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la libertad de los hijos de Dios” y a aceptar “con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes”.37 La “obediencia cristiana” no es una cualidad que se considere esencial de un ciudadano proactivo, más bien se asocia con la pasividad, el establecimiento del statu quo y con la función de integración, cohesión y mantenimiento del orden social que se presume de la religión.38
De igual forma, como se mencionó en la introducción, el concepto de desregulación institucional se toma de Hervieu-Léger, quien lo define como el fenómeno en el que el creyente se sigue identificando como tal, pero que re-construye su universo religioso –de creencias y prácticas– al margen de lo que la institución religiosa dicta.43
En este sentido, cabe aclarar dos cosas:
1. No se entiende al católico que apoya el aborto y a la comunidad homosexual en términos de izquierda o derecha, de progresismo y conservadurismo. Más bien se entiende como una expresión del desregulado institucionalmente que agrega a su repertorio de creencias y valores ítems que la jerarquía rechaza. De igual forma, su contraparte, el católico institucionalizado, no será entendido en términos de un católico conservador, de derechas u opositor de las políticas morales, sino como un católico a quien le importa la tradición, en términos de seguir lo que la religión le enseñó. Cabe mencionar que esta simplicidad obedece a las limitaciones que impone la naturaleza estadística del trabajo. La operacionalización de estos conceptos se explica en el siguiente apartado.
2. El católico que acepta el aborto y a la comunidad homosexual no agota el concepto de desregulación institucional en el catolicismo. Otra expresión del concepto lo hallamos en católicos que creen en la reencarnación o incluso en las expresiones antidemocráticas y antiliberales de algunos grupos católicos tradicionalistas.44 En este sentido, estas formas de desregulación –que en el caso de algunos grupos tradicionalistas llegan incluso al cisma– también influyen en la participación política de sus creyentes, las cuales pueden ser a través de organizaciones de ultraderecha.45
Finalmente, cabe resaltar que se escogió al católico que disiente de la jerarquía en términos de políticos morales no sólo por las limitaciones de operacionalización impuestas por la base de datos, sino tanto porque es una expresión de la desregulación institucional del catolicismo, como porque los temas de ruptura en sí implican cierta movilización, activismo o compromiso político. En virtud de lo anterior, se formula la siguiente hipótesis.
H 2.2 (Desregulación institucional)
Los católicos desregulados institucionalmente serán más propensos a participar políticamente.
En resumen, las creencias religiosas pueden motivar o desmotivar al creyente, es decir, le predisponen para participar políticamente de la siguiente forma:
• El providencialismo, por sí mismo, desmotiva la participación política puesto que si todo está en manos de Dios, no tiene ningún caso el involucramiento político para cambiar las cosas. Pero si el líder religioso vincula explícitamente un tema político con el plan divino, entonces el creyente providencialista tendrá motivos para participar al responder al llamado a ser colaborador en la construcción del Reino.
• El católico desregulado tiene motivos para participar políticamente en virtud de que no se siente obligado a obedecer a la jerarquía y que los temas por los cuales se separa de ésta implican cierto compromiso político.
los datos
La Encuesta mundial de valores brinda información con la que se puede iniciar la exploración de estas relaciones en México, pues es de las pocas encuestas que considera variables religiosas y de participación política. De las 2 000 observaciones sobre México, tras reducir la base a quienes se consideran católicos y eliminar los valores perdidos, restaron 1 762.
La Encuesta mundial de valores 2010-2014 sólo permite indagar tres formas de participación política: voto, no convencional en formas pacíficas y disruptivas. De la participación en actividades de protesta, en consideración de que la firma de peticiones, presenciales o electrónicas, no requiere el mismo esfuerzo que la participación en manifestaciones pacíficas, se consideraron de forma individual. Por participación disruptiva se entienden aquellos individuos que afirmaron participar en huelgas o en boicots.
Como se observa en el Cuadro 1, cerca del 70% de la muestra afirmó siempre participar en elecciones nacionales. Aproximadamente 20% en firma de peticiones en señal de protesta, la cual es de las actividades favoritas de los mexicanos en virtud de los pocos recursos que implica realizarla.46 La asistencia a manifestaciones se restringe al 10% de la muestra y la participación en huelgas o boicots al siete por ciento.
La encuesta también permite atender el concepto de “providencialismo”, a partir de la pregunta sobre la importancia de Dios en la propia vida. Como se puede observar, la varianza en dicha pregunta es reducida, por lo cual hay que tener reserva al momento de interpretar los efectos que puede llegar a tener sobre el comportamiento político de los creyentes.
La encuesta también indaga la creencia en el grado de libertad y de control que se tiene en la propia vida. Si bien esta creencia no es estrictamente religiosa, pues los determinantes que limitan la libertad de decisión en la vida pueden ser percibidos más como obstáculos materiales que limitaciones metafísicas de la misma libertad, se vincula con la creencia del libre albedrío, central en el catolicismo.47 Por ello, y en tanto representa una visión opuesta a la del providencialismo, se decidió incluirla en el análisis. De forma semejante a la anterior, se esperaría que entre una fuerte convicción en la libertad que posee uno sobre la propia vida, disponga al individuo a la cooperación. No obstante, al igual que la variable anterior, las observaciones se concentran en el extremo más alto de la escala con poca varianza.

Atendiendo a las consideraciones teóricas, se elaboraron dos variables índices que intentan representar dos tipos de católicos: el institucionalizado y el desregulado. Ambos se construyeron a partir de aquellos que reportaron ser católicos y que se consideran personas religiosas. Pero el primero se construyó, además, con aquellos que reportaron ser parecidos a una persona para quien es importante la tradición, seguir las costumbres que le fueron inculcadas por su religión o familia. Por su parte, el católico desregulado se elaboró con quienes también registraron que consideran que el aborto y la homosexualidad siempre son “justificables”, en una escala del 1 al 10.
En el Cuadro 1 se puede observar que 45% de la muestra se puede considerar como católico institucionalizado, en contraposición con 14% que tiene posturas más progresistas en términos de políticas morales. Se debe recordar que en ambos casos se consideran personas que se identifican a sí mismas como católicos y religiosos, pero los primeros se adhieren a la tradición recibida en la fe y la familia, y los segundos divergen en temas de aborto y homosexualidad.
Dado que la asistencia al culto es la medida clásica de la religiosidad, se analizó la relación de estas mediciones con aquélla. Como se puede observar en el Cuadro 2, de los que asisten a misa una vez a la semana, cerca del 60% podría considerarse católico institucionalizado. Como es de esperarse, su presencia entre quienes asisten frecuentemente a misa va disminuyendo considerablemente conforme disminuye la frecuencia. La proporción de la presencia de los católicos orantes entre los asistentes frecuentes era ligeramente mayor, pero se comportaba de forma semejante a la proporción mostrada en el cuadro. Por su parte, como es de esperarse, la presencia de los católicos desregulados en la asistencia al culto es menor y su distribución más uniforme a lo largo de las frecuencias que los católicos institucionalizados. No obstante, las concentraciones más grandes se dan en las frecuencias de una vez a la semana y una vez al mes.

Dado que se intenta probar la relación entre creencias y participación, se incluyeron variables control que están en el orden de las ideas y valores. La confianza en el Instituto Federal Electoral (IFE) ha mostrado tener efecto positivo sobre la participación electoral48 y la confianza intrapersonal sobre la no electoral.49 Por su parte, el interés por la política guarda efecto positivo sobre todas las formas de participación. Se ha probado que la satisfacción por la democracia, si bien no explica la participación electoral, sí tiene efecto positivo sobre las formas no electorales de participación.50 Curiosamente, la sexta Encuesta mundial de valores no mide la satisfacción con la democracia, por lo que se optó sustituir la variable por percepción de la democracia. En la distribución de sus datos muestra tres concentraciones, en cada extremo y por en medio. Como se observa en el Cuadro 1, el promedio de la muestra percibe a México al centro-derecha entre un país plenamente democrático y uno nada democrático. Finalmente, se consideró el asociacionismo de forma desagregada siguiendo los resultados de investigaciones previas, pues se señala que no todas las organizaciones inciden sobre la participación política de la misma manera. Por ello se seleccionaron aquellas que han manifestado guardar efectos positivos sobre el comportamiento político del asociado.51
las creencias, el voto y la participación no convencional
Primero se corrió un modelo de regresión logística donde se consideraban únicamente las creencias en relación con las diferentes formas de participación, el cual se muestra en el Cuadro 3.
El efecto sobre el voto es consistente con estudios previos52 y se suele explicar argumentando que la Iglesia, pese a las restricciones, ha sido políticamente activa, particularmente conforme se acercaba el cambio de siglo, y han movilizado a los fieles con el fin de influir en diversas decisiones de política pública,53 además de exhortar constantemente a los fieles a participar en las elecciones.54 En este mismo sentido, puede entenderse porque el ser católico institucionalizado aumenta la propensión a participar sólo en su dimensión electoral, pues, como se señaló, su presencia es mayoritaria entre quienes acuden a los servicios religiosos una vez a la semana o más, que es como se considera la variable en el presente análisis. Cabe mencionar que las dos formas consideradas de ser católico son significativas al 90% en la participación en manifestaciones y protestas pacíficas. Si se considera el efecto dentro de ese intervalo como significativo, podría deberse tanto a las movilizaciones propias del segundo lustro del siglo XXI mexicano, como a movilizaciones en favor o en contra de políticas morales, las cuales iniciaron desde la década de 1970, particularmente contra el aborto desde el movimiento Pro-Vida.55

El providencialismo es la única variable que tiene significancia estadística en todas las formas de participación política. Como se puede observar, su efecto es positivo en la participación electoral y negativo en todas las formas de participación convencional. Esto se explica con la teoría antes enunciada, pues es sabido que los ministros de culto han exhortado desde la década de 1950 a la participación electoral,56 pero no así a las otras formas en las que el efecto mantiene la dirección esperada.
Ser católico desregulado no tiene ningún efecto con significancia estadística sobre la participación política. Como se señaló, una parte considerable de quienes se pueden catalogar de esta forma acuden al servicio religioso; no obstante, bien pueden sólo acudir más no socializar con sus correligionarios con posturas francamente opuestas a las que ellos sostienen en temas de sexualidad. Es razonable pensar que no suelan ser miembros de organizaciones religiosas, lo que les restaría probabilidades de participar en las formas no electorales de participación política.

Sin embargo, como se muestra en el Cuadro 4, la mayoría es miembro activo, o lo ha sido, de una organización religiosa. Poco más del 40% era miembro activo en el momento en que se levantó la encuesta. Esto parece sugerir que los católicos dentro de los grupos laicales, estructuras intra o paraeclesiales, lo que sea que la gente entienda por organización religiosa, presentan una diversidad de creencias que pueden aproximarse más o menos a las dictadas oficialmente por la jerarquía. Así que, si bien la membresía puede ser un signo de mayor compromiso religioso, éste, incluso dentro del catolicismo, no necesariamente implica adherirse doctrinalmente a la tradición religiosa. Ahora bien, no podemos saber si los católicos desregulados intentan, en espíritu reformista más no radical, transformar a la Iglesia desde dentro hacia una mayor apertura en los temas que así consideran o, más bien, permanecen dentro de las estructuras eclesiales de forma pasiva, resignada o desinteresada. Tanto el espíritu reformista cuanto la actitud pasiva podrían explicar por qué el acceso a recursos organizacionales y tener valores divergentes al grueso de la sociedad no los hace más propensos a participar políticamente.
En el Cuadro 5 se muestra el modelo logístico completo sobre las variables dependientes analizadas. Por obvias razones, el interés por la política es la variable en el orden de las creencias y valores que más poder explicativo tiene sobre la participación política. Pese a ello, el providencialismo mantuvo su significancia estadística y la dirección de sus efectos. Sin embargo, su efecto perdió significatividad en la firma de peticiones. Esto puede deberse a que firmar una petición, si bien es un acto de protesta, no exige el involucramiento que requieren las otras formas de participación no convencional y, por ende, no se percibe como una acción radical de transformación. Por su parte, convicciones sobre una mayor importancia de Dios en la vida, hacen al individuo 9% menos propenso a participar en manifestaciones públicas de protesta y 13% menos a involucrarse en las formas más disruptivas de actividad política.
Llama la atención que, aunque las variables de confianza han mostrado influir sobre la participación política,57 cuando se consideran variables de religiosidad, éstas no manifiestan significancia estadística. Cabe pensar que son estas variables las que alteran las relaciones entre la confianza y la participación política; por un lado, en virtud de que son variables que se encuentran en el orden de las ideas y los valores, por otro, porque el resto de las variables control se han corrido en conjunto con las de confianza y aun así mostraban tener peso explicativo sobre el comportamiento político.58
Otro grupo de variables que pierden poder explicativo sobre la participación política son las asociaciones. Como es de esperarse, el partido político es la agrupación que más hace propensa a la gente de participar en formas no convencionales. No obstante, en esta muestra, la propensión a la actividad disruptiva que ofrece el sindicato es superior a la que favorece el partido político en las formas más pacíficas. Esto se explica porque las huelgas y los boicots usualmente son promovidos por los sindicatos. En el caso de estos últimos, piénsese, v. g., en las acciones emprendidas por el sindicato de electricistas y maestros en los últimos años.
En oposición a los resultados del apartado anterior, las organizaciones religiosas no sólo pierden significancia estadística sobre las formas no electorales de participación política, sino que su efecto se torna negativo. Lo anterior nos indica que, cuando se consideran variables cognitivas, ideacionales como lo son las creencias, el efecto de las variables estructurales se ve afectado.
Estos resultados nos dan una idea de cómo puede influir la religiosidad de una persona sobre su comportamiento político. En este apartado se ha sugerido que la participación electoral del católico institucionalizado está mediada por su participación en el culto, en el cual, como se sugirió en el apartado anterior, está más expuesto a la exhortación sistemática del clero al voto. Con una explicación distinta, su frecuente asistencia también podría aumentar su propensión a participar en actividades políticas de contacto, pues se ha sugerido que la primera influye sobre aquéllas.59

discusión y conclusiones
En el apartado anterior se observó que quien posee creencias providencialistas es 12% más propenso a participar electoralmente que quien no tiene esas creencias, pero, en el caso de las formas no convencionales de participación, las mismas creencias disminuyen hasta 13% la propensión a involucrarse, con excepción de la firma de peticiones, con la cual guarda un efecto negativo, pero no significativo (Cuadro 5).
Las actividades de protesta y disruptivas propugnan un cambio del statu quo de alguna situación y, además, suelen ser más costosas que otras formas de participación. La creencia providencialista implica creer que el orden de los acontecimientos, desde el más grande hasta el más insignificante, está en manos de Dios. Por tanto, alguien quien confía en que Dios interviene en los asuntos del mundo tiene pocas motivaciones para participar en actividades que tienen la intención de cambiar esos mismos asuntos. Este mismo argumento funciona para explicar por qué las creencias providencialistas tienen efectos negativos –aunque no significativos– sobre el resto de acciones políticas no electorales.
Ahora bien, ¿por qué el efecto sobre la participación electoral es positivo? Siguiendo el razonamiento de Glazier, porque el clero ha establecido el vínculo entre la creencia providencialista y la participación electoral. Se ha mencionado que la jerarquía católica mexicana ha promovido desde hace varios años la participación electoral de los feligreses. En este sentido, se ha subrayado que acudir a las urnas no sólo es un deber ciudadano, sino también es un deber religioso y que está en orden con el plan divino de salvación.
En este sentido, ¿por qué las creencias providencialistas siguen disminuyendo la propensión a participar en formas no convencionales pese a que, como se ha dicho, en los últimos años se ha convocado a participar en estas acciones en favor de la vida y los valores tradicionales? Siguiendo dentro del mecanismo causal propuesto por Glazier, la respuesta es porque el mensaje del clero sobre participar en este tipo de acciones, además de reciente, no ha sido del todo claro. Es cierto que el clero se opone a las políticas sexuales, pero el apoyo clerical concreto a la protesta, como acción política querida por Dios, ha sido ambigua.
Por ejemplo, las marchas a favor de la familia que se suscitaron por la propuesta presidencial de ley federal sobre el matrimonio igualitario fueron convocadas por las organizaciones civiles que constituyen el Frente Nacional por la Familia, no por la Arquidiócesis. Esta última “aclaró que ni sus Vicarías Episcopales ni sus parroquias se involucrarán de manera directa para animar las marchas, por lo que [...] los fieles laicos son libres de participar voluntariamente”.60 De hecho, se ha señalado en años recientes que la irrupción de lo religioso en el espacio público no proviene de instituciones religiosas, sino de asociaciones civiles de inspiración religiosa.61
En este mismo sentido, no todos los sacerdotes tienen la misma determinación en apoyar este tipo de temas, por lo que su prédica puede pasar de la indiferencia al respecto hasta la movilización política, pasando por el simple apoyo moral. Por ejemplo, a su llegada a México, el nuncio apostólico monseñor Franco Coppola llamó a los católicos a dejar de realizar marchas contra el matrimonio igualitario y a “sentarse en una mesa y hablarse”.62 También puede citarse aquel momento en el que el entonces director de Cultura de la Arquidiócesis salió a disculparse con un contingente del movimiento LGBTTTI, disculpa que no fue reconocida por la Arquidiócesis “puesto que nunca se les ha ofendido”.63
Considerando lo anterior, parece que las creencias providencialistas se comportan de acuerdo con las propuestas e investigaciones de Glazier. En este sentido, se podría esperar que, de seguirse promoviendo la participación en estos medios de forma clara y contundente por los líderes religiosos, los creyentes providencialistas podrán ser propensos a involucrarse en las actividades no convencionales. No obstante, para evaluar estas nuevas hipótesis, es necesario primero seguir puliendo el concepto de providencialismo en el contexto católico mexicano.
Sobre la desregulación institucional, considerarse a sí mismo católico y estar a favor del aborto no guarda efecto estadísticamente significativo con ninguna de las formas de participación política. No obstante, los efectos presentados en ambos capítulos sí son consistentes: el efecto es positivo, sobre la participación electoral, y es negativo sobre el resto de las actividades políticas más allá del voto (Cuadro 5).
La correlación negativa débil o nula del católico indica la validez de la medición, porque refleja lo que se pretende medir. Lo anterior está en relación con el “catolicismo secularizado” señalado por Blancarte y el concepto de desregulación institucional propuesto por Hervieu-Léger: un catolicismo que, sin negar su identidad religiosa, vive su fe al margen de las enseñanzas y espacios institucionales.
Ahora bien, ¿por qué si rechazan la obediencia a la jerarquía, apoyan temas activos políticamente y no creen que Dios rige todos los acontecimientos del mundo, no son más propensos a participar en la arena pública? Puede haber dos razones que no son mutuamente exclusivas.
En primer lugar, distanciarse de la postura que la jerarquía tiene de ciertos temas polémicos no implica ningún compromiso político con ellos. La aceptación del aborto o el matrimonio igualitario puede deberse a la adhesión del relativismo moral y se ha sugerido que un relativista moral es “pluralista en el corazón”,64 es decir, simplemente las acciones tomadas por otros grupos no son vistas como buenas ni malas y, en este sentido, se desmarca del juicio negativo que la jerarquía pronuncia sobre esos temas. Entonces, si un católico desregulado también comparte relativismo moral, no tendría motivos para involucrarse políticamente. A no ser que se pertenezca a movimientos y asociaciones religiosas desregulados, como Católicas por el derecho a decidir, que tienen agenda, objetivos y estrategias políticas muy claras. Pero el solo hecho de ser un católico desregulado no te dará motivos para participar políticamente de ninguna forma.
En segundo lugar, rechazar la postura de la jerarquía en asuntos de políticas morales y de sexualidad, no implica oponerse a otros principios del catolicismo. Según datos de la Encuesta mundial de valores, casi 40% de las personas que se consideraban a sí mismas católicas y tenían una opinión favorable al aborto y la homosexualidad asistían a la misa dominical (Cuadro 2). Si bien no podemos saber las intenciones que les motivan a asistir a misa –ya por mera tradición, ya por convicción–, su asistencia revela que hay por lo menos un núcleo de católicos que conservan valores religiosos esenciales a la religión institucionalizada. Lo anterior es consistente con las creencias “remiendo” señaladas por Hervieu-Léger y otros. Pero también con la tesis de Berger de que el creyente puede actuar como creyente en algunos casos, pero secularmente en otros.65 En este sentido, el católico desregulado puede ser reflejo de “los muchos creyentes ordinarios que logran ser tanto seculares como religiosos”66 y, así, su comportamiento en la esfera que iden-tifica como secular, bien puede no estar dirigida por principios, ideales y creencias religiosas sin que esto implique que sea menos religioso de facto. Lo cual se fortalece al considerar el laicisimo imperante en la política –y en la concepción misma– del Estado mexicano y que se ha interiorizado en los mexicanos al grado que gran cantidad de personas religiosas se muestran a favor de principios como el de separación Iglesia-Estado.67 Además, la gama de opiniones dentro del catolicismo no es uniforme y varía de acuerdo con los temas específicos sobre los cuales se quiera tomar postura.68
La figura del creyente usada en esta investigación, no sólo tiene la función didáctica de presentar los resultados de una forma de religiosidad diferente a la usual (la asistencia a los servicios religiosos) sino también pretenden dar cuenta de la diversidad existente dentro del catolicismo. Para la sociología y la antropología de la religión queda claro que no se puede hablar de catolicismo, sino de catolicismos. En esta investigación se pretendió usar esta concepción en el campo de la ciencia política e indagar las consecuencias de dicha variación en el comportamiento político de los individuos.
El creyente va más allá de las restricciones de la religión institucional. Ya sea que la creencia atraviese denominaciones religiosas, como se ha dicho del providencialismo o que indique diversidad de posturas al interno de una misma religión, como aquellas sobre la Iglesia misma. No obstante, incluso en la larga tradición académica estadounidense, el estudio de la influencia política de creencias concretas más allá de las tradiciones religiosas es incipiente y hay poca claridad sobre los mecanismos causales de los efectos reportados. Por lo que la presente investigación también aporta al estudio de estas relaciones, en el marco de los estudios sobre el catolicismo en el mundo. Sin el afán de ser repetitivos, a continuación se presentan los principales puntos que sintetizan la discusión de los resultados a la luz de la literatura revisada.
1. Providencialismo. El efecto negativo que tiene sobre las formas no convencionales de participación política, reportado por datos de la encuesta “Religiosidad y participación”, es consistente con resultados previos y la literatura revisada. Dicho efecto se explica porque alguien quien confía en que Dios interviene en los asuntos del mundo tiene pocas motivaciones para participar en actividades que tienen la intención de cambiar esos mismos asuntos. Empero, este tipo de creencias tienen efecto positivo sobre la participación electoral. Esto puede deberse a que el clero mexicano ha establecido un vínculo entre votar y actuar de acuerdo con el plan de Dios y, según la teoría, esto motiva la participación política del creyente. De ser esto cierto, un mensaje consistente y congruente que establezca un vínculo entre participar de alguna forma con actuar conforme la voluntad de Dios, será un elemento que aumente la propensión del creyente providencialista de participar de esa forma.
2. Desregulación institucional. La constante ausencia de efectos significativos de ser católico desregulado es congruente con la religiosidad característica de la modernidad de “collages y bricollages”,69 de “construcción copulativa fluida [entre fe y secularidad]”.70 Es decir, que incluso si un creyente interioriza cierta creencia, ello no implica que se rija por ésta en todos los ámbitos de la vida. No obstante, según datos de “Creer en México”, cierta visión de una Iglesia comprometida socialmente fomenta la participación comunitaria,71 lo cual es congruente con los hallazgos sobre el catolicismo estadounidense. Por lo que este tipo de creencias podrían tener efecto sobre la vida comunitaria.
Para finalizar, no cabe duda que cada uno de los puntos presentados requiere mayor investigación por separado. No obstante, la presente investigación se planteó con carácter exploratorio y, en este sentido, ha cumplido con ese objetivo al presentar un panorama de las formas de involucramiento eclesial y cuáles creencias religiosas pueden tener efecto sobre la participación política de los mexicanos. No obstante, las explicaciones propuestas deberán ser evaluadas con más y mejor evidencia. Particularmente, es necesario pulir el concepto y la operacionalización de la noción de “providencialismo” en el contexto del catolicismo mexicano debido a las implicaciones políticas de la teoría de Glazier.
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Notas