Consecuencias políticas
Received: 29 January 2024
Accepted: 14 May 2024
DOI: https://doi.org/10.24275/LRII8416
Resumen: Los conflictos en África son malinterpretados por los enfoques clásicos y dominantes, debido a que se plantea que la violencia es inherente a los pueblos africanos. Sin embargo, esta postura se estructura en lógicas racistas que contribuyen a reforzar estereotipos y a mantener la explotación sobre estos cuerpos y territorios. En este trabajo se analizan tres guerras africanas: Etiopía, Sudán y la de los países del Sahel occidental. Estas conflagraciones generan profundas crisis humanitarias. El objetivo de este artículo es recuperar brevemente sus genealogías y estudiar algunos intereses externos que las avivan.
Palabras clave: conflicto armado, vidas llorables, Etiopía, Sudán , Sahel.
Abstract: Conflicts in Africa have been misunderstood by classical and dominant approaches, because it has been suggested that violence is inherent to African people. However, this position has been structured in racist logic that contributes to reinforcing stereotypes and maintaining the exploitation of these bodies and territories. In this work, three African wars will be analyzed: Ethiopia, Sudan and countries of western Sahel. These conflagrations are generating deep humanitarian crises. The objective of this article is to briefly recover its genealogies and study some external interests that promote them.
Keywords: armed conflict, grievable lives, Ethiopia, Sudan, Sahel.
introducción
Tras la pandemia de la covid-19, dos conflictos armados han predominado en la discusión mediática internacional: Ucrania y Gaza. Desde el inicio del conflicto en Ucrania, en febrero de 2022, los medios internacionales se volcaron a presentarlo y explicarlo. Incluso, según algunos analistas, sus implicaciones serían sumamente relevantes para las dinámicas globales y la reconfiguración del poder mundial.1 Por su parte, el incremento de la violencia en Gaza a partir de octubre de 2023, que ha derivado en un genocidio cometido por las fuerzas de ocupación israelíes, también ha sido ampliamente difundido por la intensidad de la represión. En menos de cuatro meses, las personas asesinadas por las fuerzas israelíes superaron las 25 mil de acuerdo con cifras de la Organización de las Naciones Unidas.2
Sin embargo, y desafortunadamente, estos no son los únicos espacios geográficos donde hay conflictos y guerras afectando la vida y bienestar de las comunidades. De acuerdo con el informe del International Crisis Group (ICG) de 2024, los diez conflictos a los que se les debería prestar atención durante ese año son: Gaza, Medio Oriente, Sudán, Ucrania, Myanmar, Etiopía, el Sahel, Haití, Armenia-Azerbaiyán, Estados Unidos-China. En este listado falta incluir otras conflagraciones.3 Sin embargo, es una muestra más amplia de las reconfiguraciones geopolíticas globales.
Tres de los diez conflictos recuperados por el ICG se ubican en el continente africano. A pesar de ello, las contiendas en África generalmente no se mencionan en los medios de comunicación, se encuentran relegadas en páginas secundarias y, cuando se nombran, su discusión es temporal y su análisis superficial. En un estudio de 2013, donde se analizaron las regiones de estudio de 18 medios de comunicación durante el periodo de 2004 a 2010, se estableció que África sólo representaba 4.1% de las notas totales, mientras que Europa, Asia y Medio Oriente tenían presencia en 30.6, 26 y 11.7% respectivamente. Las noticias sobre Sudáfrica y Kenia equivalían a 31.3% de los artículos totales sobre el continente, mientras que Argelia, Botswana, Egipto, Etiopía, Madagascar, Malawi, Malí, Mauricio, Namibia, Rwanda, Senegal, Sudán y Zimbabwe sólo representaban 2.1% de las notas totales estudiadas.4
Lo anterior se puede deber a que África es vinculada con la guerra desde el periodo colonial, por lo que se normaliza esa violencia.5 En 2023, Care International, la organización no gubernamental que realizó un estudio sobre medios de comunicación en inglés, francés, árabe, alemán y español, evidenció que las crisis humanitarias a las que menos atención se les pone en los medios de comunicación internacionales son las africanas.6 Muchas de las guerras africanas han producido crisis humanitarias importantes. Sin embargo, éstas no son difundidas de manera amplia. Si estas conflagraciones no se conocen, entonces es difícil que generen empatía entre la sociedad civil internacional.
¿Por qué lo que ocurre en Ucrania y en Gaza sí nos moviliza y lo que sucede en países africanos no? Con esta pregunta no pretendo criticar las muestras de solidaridad con estas poblaciones o sugerir que no deberían ocurrir. Al contrario, me parece central la organización y resistencia social en contra de cualquier tipo de violencia y considero que para acabar con las opresiones se debe luchar contra todas ellas. Sin embargo, me pregunto por qué hay muertes que padecemos y vidas por las que no hay afinidad. ¿Por qué los conflictos en África no se entienden de manera compleja más que en algunos medios académicos especializados?, ¿cómo permean los discursos coloniales en la manera en la que entendemos la realidad?, ¿por qué no salimos a las calles a exigir el fin de esas guerras?
Aunque hay análisis históricos y medios académicos que estudian las dinámicas y procesos africanos de manera amplia, aún prevalecen planteamientos donde los conflictos se explican a partir de diferencias étnicas o religiosas, o por la baja institucionalización de los Estados africanos, sin hacer un análisis sistémico y transescalar de los debates.7 De tal suerte, como menciona Sithole, “la continua justificación de la guerra a quienes están desposeídos de todas las facultades ontológicas para que alcen la voz para decir que es injusta”,8 sigue presente en los debates contemporáneos. Estas explicaciones únicas y lineales no permiten comprender la complejidad de los conflictos en África. Así, en este texto se cuestiona la utilidad de no difundir de manera amplia las dinámicas de las guerras en Etiopía, Sudán y los países del Sahel occidental.
Para ello se realizan genealogías breves que permiten historizar y analizar algunas de sus implicaciones. Asimismo, se identifican algunos beneficios capitalistas que las mantienen activas. Se plantea que la poca empatía que sentimos por las vidas perdidas en estas guerras se debe al racismo del sistema capitalista y a la manera en la que el conocimiento moderno colonial proyecta al continente africano. Asimismo, se considera que estos conflictos no son tan difundidos, a pesar de que son identificados y estudiados en la literatura especializada, debido a los réditos que generan para los Estados y corporaciones que se benefician de la extracción de riquezas en el contexto de la guerra.
De tal suerte, primero se cuestiona, en términos de Butler, por qué las vidas africanas no se lloran. Posteriormente, se historizan, de manera breve, los tres conflictos seleccionados para comprender las dinámicas actuales, las implicaciones sociopolíticas para las comunidades y algunas de sus resistencias. Cada conflicto se analiza en un subapartado para detallar los intereses del sujeto capitalista9 de manera particular. Finalmente, se recuperan algunas reflexiones generales.
las vidas que no se lloran
¿Por qué las 4 776 personas asesinadas en el Sahel durante cinco meses en 201910 no nos inquietaron?, ¿por qué los 600 mil asesinados en Etiopía durante un periodo de dos años11 no nos movilizan?, ¿por qué los cuatro mil muertos y 8 400 heridos en menos de cinco meses en Darfur12 no son nombrados?, ¿por qué, aunque los medios de comunicación compartan estas cifras, las vidas de los pueblos africanos no se lloran? Generalmente, cuando pensamos en el continente africano muchos estereotipos llegan a nuestra mente.
Chimamanda Ngozi Adichie, menciona:
Si no me hubiese criado en Nigeria, y lo único que supiese de África proviniese de las imágenes populares, yo también pensaría que es un lugar de bellos paisajes, magníficos animales y gentes incomprensibles enfrascadas en guerras sin sentido, víctimas de la pobreza y el sida, incapaces de hablar por sí mismos y que viven a la espera de ser salvados por un extranjero blanco y bueno.13
La autora nigeriana también menciona que los estereotipos no son falsos. Sin embargo, éstos sólo reflejan un pedazo de la realidad.
Aunque Adichie es una escritora de cuentos y novelas, en esa cita recupera la materialidad de su experiencia al vivir en Estados Unidos. Además, lo subjetivo y lo material están estrechamente relacionados. La literatura y los medios de comunicación reflejan y también proyectan una realidad. Como menciona Ngwenya: “los medios siguen siendo una herramienta importante para dar forma e influir en la producción de conocimiento [...] Los medios desempeñan un papel fundamental en la construcción de la realidad”.14 Ngwenya agrega que en los medios se reproducen las ideas de políticos de los centros globales y éstas permean en los discursos públicos.15
Esto se refleja también en la academia. Aunque hay esfuerzos significativos por colocar en el centro de los análisis a las poblaciones marginalizadas por el sistema capitalista, como las teorías decoloniales, marxistas y críticas, los enfoques dominantes siguen prevaleciendo por su alcance y difusión. En relaciones internacionales, las teorías clásicas (realismo, liberalismo y constructivismo) aún dominan. Por ejemplo, “consideremos la teoría de la paz democrática. La teoría formula dos proposiciones clave: que las democracias tienen menos probabilidades de ir a la guerra que las no democracias, y que las democracias tienen menos probabilidades de ir a la guerra entre sí”.16 De acuerdo con Freedom House, ningún país africano figura en las democracias consolidadas y menos del 20% son considerados libres.17 Así, la teoría interpretaría que la mayoría de los países del continente no son democráticos y, por lo tanto, hay más probabilidades de que haya guerra, como si la correlación fuera natural.
Desde el periodo colonial, las teorías clásicas dominan el estudio de África; reproducen estereotipos, entre éstos, la idea de que en el continente las guerras son normales. Frente a estas posturas, los enfoques decoloniales resaltan la asociación y naturalización de las guerras con el continente a partir de una base racista. Anibal Quijano menciona que la colonialidad se estructura en el racismo y que este sistema de dominación fue producido en América para después trasladarlo a otras regiones del mundo colonizado.18 No obstante, el racismo no se produce en un solo espacio, sino que se crea desde diferentes nodos para garantizar la expansión del capitalismo a escala global. Así, mientras que el racismo jerarquizaba a las poblaciones americanas para su dominación, en África este sistema justificaba la esclavitud.
El pensamiento moderno colonial se sostiene de un racismo/sexismo epistémico, que considera que los saberes “otros” no tienen validez y son inferiores. La modernidad colonial asume que los conocimientos y teorías de la geo y corpopolítica de Europa occidental “son suficientes para explicar las realidades histórico-sociales del resto del mundo”.19 Sin embargo, estos saberes son, en la mayoría de los casos, patriarcales, sexistas, positivistas, heteronormados, cristianocéntricos20 y racistas.
En su ensayo “¿Quién inventó la verdad?”, Binyavanga Wainaina menciona: “Las ideas no son democráticas –el valor de tus ideas no puede ser medido por cuántas personas las entienden”.21 Frente a esta afirmación, Ndlovu-Gatsheni señala: “la ciencia se ha convertido en una herramienta del imperialismo que permite el extractivismo capitalista”.22 La validez de las ideas se da a partir de su relación con el sistema capitalista. Es decir, si los planteamientos son funcionales para la reproducción del sistema, entonces éstos serán aceptados.
La modernidad colonial se basó en conocimientos duales y excluyentes para obtener réditos del trabajo y superexplotación de las poblaciones racializadas. De tal suerte, plantear que África y las guerras están asociadas, justifica, desde la perspectiva moderno colonial, el saqueo de riquezas y la explotación de poblaciones, porque los conflictos armados difuminan la participación de los países del centro en la extracción de riquezas. Por ejemplo, en República Democrática del Congo, la red de criminalización y la guerra se articulan con el saqueo de minerales. Incluso, “la guerra se hizo mucho más redituable que la paz para todos los actores africanos y extranjeros”.23
El conocimiento moderno colonial construyó el ser (lo europeo) a partir de lo que la otredad no es.24 La humanidad se vinculó al sujeto moderno capitalista: al hombre blanco, heteronormado, europeo y burgués. Así, si Europa era civilizada, entonces África fue proyectada como salvaje, conflictiva, el lugar por excelencia para la guerra. A partir de la colonización, África fue configurada como el espacio del no-ser. En su libro Piel negra, máscaras blancas, Frantz Fanon menciona que la zona del no-ser es la negación del ser humano, y añade: “Aunque me exponga al resentimiento de mis hermanos de color, diré que el negro no es un hombre”.25 Lo europeo representaba la humanidad, la civilización, el desarrollo; mientras que las personas africanas eran parte del no-ser: no eran humanas, no eran civilizadas y tampoco desarrolladas.
En ese sentido, si los pueblos africanos carecían de humanidad, entonces podían ser explotados, violentados y humillados. Si África se encontraba en la zona del no-ser, entonces era “normal” que ahí ocurrieran guerras sangrientas. Sin embargo, a pesar de que estas ideas se configuraron en el siglo XV y que hemos pasado por procesos de independencia y de aparente consolidación de derechos humanos, estos estereotipos siguen permeando los estudios y perspectivas de los centros dominantes, tanto en la academia como en los medios de comunicación. Empero, las guerras en África no responden a una “esencia africana”, tienen causalidades políticas e imperiales.
Las vidas africanas son proyectadas desde los discursos dominantes como vidas sin importancia, porque sus cuerpos se encuentran en la zona del no-ser. No lloramos esas vidas porque, como arguye Butler: “si una vida se considera carente de valor, si una vida puede destruirse o hacerse desaparecer sin dejar rastro o consecuencias aparentes, eso significa que esa vida no se concebía plenamente como viva y, por tanto, no se concebía plenamente como llorable”.26 En general, no sentimos empatía por esas personas porque seguimos pensando en África como un espacio inferior, bárbaro e incivilizado. Además, los medios se han encargado de reproducir esa imagen, como lo evidenció Noah Trevor al analizar la forma en la que en los medios occidentales se referían a las personas refugiadas ucranianas en contraste con las africanas.27 Aún en el siglo XXI, estas ideas siguen introyectadas en nuestras mentes y continuamos naturalizando esa violencia.
Por otra parte, las guerras en África pocas veces se historizan fuera de los debates académicos especializados, lo que contribuye a que los conflictos se piensen como algo intrínseco a sus poblaciones. Las guerras en el continente generalmente se describen como algo fortuito y sin sentido, se dice que responden a diferencias étnicas y religiosas irracionales. Pocas veces se profundiza en las causas políticas y económicas, en los intereses e injerencias foráneas. En ese sentido, historizar las guerras permite entenderlas, darles sentido. Mahmood Mandani señala que la violencia no es algo que asuste a la sensibilidad política moderna europea. Sin embargo, esa violencia debe ser comprendida por dicha racionalidad.28
La violencia en África se ha asumido como irracional. Además, cuando ésta es analizada por las diferencias “étnicas”, pocas veces se menciona que esa división no existía antes de la llegada de la colonización. Como menciona Ranger, las diferencias entre los diversos grupos africanos respondieron a la categorización occidental, la división “tribal” o “étnica” no era inherente a los pueblos africanos.29 Incluso, “los contratos eran diferentes, los arreglos sociales distintos. Los idiomas, acuerdos y reglas eran compartidos. La autoconciencia tribal llegó cuando las personas tenían que lidiar con los británicos en estructuras que éstos pudieran reconocer y hablar”.30
Muchas de las genealogías de las guerras contemporáneas en África se pueden remontar al periodo colonial. Las diferencias y animadversiones entre poblaciones fueron reestructuradas a partir de relaciones de poder impuestas por los gobiernos coloniales. Las independencias, aunque eran indispensables, no cuestionaron los ejes de dominación del sistema. Así, esas relaciones de poder se mantuvieron y refuncionalizaron bajo el discurso del nacionalismo. Con estos procesos, las identidades culturales se reificaron y se transformaron en identidades políticas estructuradas desde las lógicas de poder y acumulación del sistema capitalista. Por esa razón, incluso después de las luchas de liberación, las praxis violentas de la colonización persistieron.31
En muchos casos, las guerras africanas están ligadas a las economías de guerra, las cuales están a su vez estrechamente relacionadas con el proceso de globalización y los intereses de las grandes corporaciones trasnacionales. En las economías de guerra participan élites en distintas escalas (local, regional, trasnacional). Estos sectores están integrados de manera desigual para extraer riquezas y transferir plusvalor a los países occidentales, emergentes y a sus corporaciones.32
Las economías de guerra permiten controlar la extracción y distribución de riquezas. Además, los actores participantes pueden obtener mejores rendimientos porque actúan desde los márgenes de las leyes. Este proceso ha ocurrido desde el periodo colonial (las guerras permitían la extracción de cuerpos y riquezas durante el periodo esclavista y colonial, pero actualmente ese proceso sigue ocurriendo, como lo muestra el caso de República Democrática del Congo) y se ha refuncionalizado en los últimos años.33 De tal suerte, las guerras en África han sido indispensables para mantener el despojo y saqueo del territorio. Así, mientras los intereses capitalistas se salvaguardan, las vidas de los pueblos africanos se asumen como desechables y no llorables. No dilucidar las razones y causas de estas guerras tiene una intencionalidad: normalizar la violencia en el continente para continuar con el despojo.
África y sus poblaciones permanecen en la zona del no-ser por diversas razones. Esto se refuerza al omitir o malinterpretar sus guerras. Por esa razón, en los siguientes apartados se analizan los tres conflictos que aparecen en la clasificación del ICG para 2024. Sin embargo, es importante señalar que éstas no son las únicas conflagraciones que ocurren en el continente, hay otras que también son funcionales para la reproducción de la hegemonía mundial, como la guerra en el Sáhara Occidental y en República Democrática del Congo, sólo por mencionar algunas.
etiopía: la guerra más mortífera en la disputa regional
Etiopía es el segundo país más poblado de África y, de acuerdo con datos del Banco Mundial, mantiene un buen crecimiento económico. De hecho, en 2021-2022 su crecimiento fue de 6.4%.34 No obstante, en noviembre de 2020 estalló un conflicto en la región de Tigray, al norte del país, que generó la muerte de miles de personas. Esta guerra es considerada como una de las más mortíferas del siglo XXI. “En el año 2022, la guerra de Tigray se cobró más vidas en combate que la guerra en Ucrania, según el Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, con más de cien mil muertos frente a los 81 mil de Ucrania”.35 ¿Por qué este conflicto es poco mencionado en los medios de comunicación y cómo es que el país llegó a esa situación?
Para empezar, sería importante señalar que, aunque no es posible resumir la historia etíope en un par de cuartillas, se recuperan algunos acontecimientos importantes con el fin de historizar el proceso. Etiopía es la sucesora de un gran reino africano que tenía vínculos estrechos con territorios vecinos, particularmente con la península arábiga. En 1896 venció a la fuerza colonial y estableció un fuerte Estado (con la dinastía salomónica), una estructura de clase bien definida y una ideología nacionalista.36 A pesar de esto, en octubre de 1935 las fuerzas italianas de Mussolini invadieron la capital etíope, Addis Abeba, y ocuparon el país hasta 1941. La ocupación italiana fue sumamente atroz y generó la muerte de muchas personas.37
Durante esos años, Etiopía dejó de tener acceso al mar, aunque en 1950, con la anexión de Eritrea, recuperó esa posición con los puertos de Assab y Massawa.38 Naciones Unidas, en su resolución 390, proclamó la incorporación de Eritrea a Etiopía, y Haile Selassie, el entonces emperador etíope, anunció la creación de una sola nación. En la región había diversos grupos socioculturales que no respondían a un poder centralizado. Sin embargo, la constitución de Etiopía como un Estado nación impuso la identidad política amhara sobre las demás. Así, su lengua y el cristianismo ortodoxo se establecieron como oficiales.39 Lo anterior generó malestar no sólo entre los pueblos eritreos que querían su independencia, sino entre diversos grupos socioculturales como los tigray y oromo.40
La inconformidad también se avivó por las violencias estructurales del sistema y por la incapacidad del gobierno para generar bienestar para las poblaciones. En las décadas de 1960 y 1970 hubo muchos movimientos de resistencia que se opusieron al régimen de Selassie. Por ejemplo, el Movimiento Estudiantil de Etiopía rechazó la opresión de la monarquía, enclave de clase y nación. Este grupo cuestionó la explotación campesina y la imposición de la cultura amhara como nacionalidad etíope.41 Frente al descontento y la división entre la población, en 1974, un comité de militares denominado Derg derrocó a Haile Salassie y estableció una junta. En un primer momento, el Derg hizo una redistribución de tierras, pero a la larga mantuvo la centralización estatal.42
La junta eliminó el sistema imperial, pero sostuvo las desigualdades. Así, los estallidos y resistencias sociales continuaron. En 1991, el Derg cayó ante la oposición y lucha del Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), que estableció un gobierno en 1995. La división del país a partir de grupos sociopolíticos, el debilitamiento de la iglesia ortodoxa y el rediseño de fronteras internas generó malestar entre los amharas y la violencia persistió.43 Para la población amhara, la unidad pan-etíope era fundamental, mientras que para otros grupos socioculturales su identidad cultural era más relevante que la nacional. En este punto es importante mencionar que más allá de las diferencias sociales, lo que se disputaba era el acceso al poder político y económico, a no ser excluidos por el gobierno central.
El establecimiento del Estado-nación impuso una forma de gobernar que produce desigualdades por la concentración del poder. Ésta fue reproducida por los gobiernos independientes e incluso por el FLPT. Durante el gobierno del FLPT, además, ocurrió la guerra contra Eritrea (1998-2000). Para Etiopía, los eritreos representaban grupos represores de la ocupación italiana, ya que durante ese periodo algunos sectores eritreos, libios y somalíes participaron con las fuerzas imperiales.44 No obstante, el hecho de que los pueblos hayan combatido a los etíopes no debe ser entendido como una colaboración voluntaria, ya que las relaciones de poder y los medios de coerción europeos influyeron de manera significativa en la división de grupos.
En general, como menciona Kebede, la colonialidad de la mente trascendió los círculos etíopes a pesar de que no hubo una colonización formal y “la degradación ha alcanzado hoy su clímax con el establecimiento de un régimen étnico y la proliferación de movimientos étnicos cuyos rencores contra el Estado etíope, por legítimos que sean, son tan excesivos y unilaterales que reflejan el menosprecio colonial de todo lo que es nativo”.45 La independencia de Eritrea hizo que Etiopía perdiera su acceso al mar, pero también reforzó la movilización y lucha independentista de los grupos tigray y oromo contra la marginalización y centralización monárquica.46
A partir de ese momento, Etiopía ha dependido de los puertos de países vecinos, específicamente de Djibouti. A inicios del siglo XXI, y con la crisis sistémica, la región del Cuerno de África se ha convertido en una zona fundamental para los intereses hegemónicos, tanto por las riquezas de la zona como por su ubicación hegemónica para el comercio internacional. Esta situación ha debilitado a Etiopía y ha contribuido a que las disputas internas se intensifiquen. En la actualidad, hay muchos intereses y actores en la zona del Cuerno.
Las actuales potencias extranjeras que luchan por bases militares, puertos comerciales, acceso a recursos estratégicos y rutas marítimas seguras alrededor del Cuerno están contribuyendo a la militarización y securitización de la región. Por lo tanto, Etiopía, geográficamente estrangulada, enfrenta un compromiso complejo con sus vecinos y con potencias externas que tienen intereses militares, de seguridad, políticos, económicos o comerciales contradictorios en la región.47
Durante el siglo XXI, Estados Unidos ha incrementado su presencia en la región para combatir a las denominadas fuerzas terroristas de Al-Shabaab en Somalia. En 2003, el país americano estableció dos bases militares en Etiopía como parte de la Fuerza de Tarea Conjunta Combinada-Cuerno de África. Además, de 2011 a 2015 utilizó el aeródromo de Arba Minch en el sur del país.48 A pesar de esto, en los últimos años ha habido un distanciamiento entre el gobierno etíope y Estados Unidos, debido a los acuerdos entre el gobierno africano y países como China. Por ejemplo, en 2011 Etiopía inició la construcción de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD), la cual tiene financiamiento chino.
A esto se debe agregar la presencia de intereses de países externos en la región. Para ilustrar, Djibouti se ha configurado como un centro militar donde hay bases estadounidenses, chinas, francesas y japonesas. Por su parte, en 2015 se negoció el establecimiento de una base militar de Emiratos Árabes Unidos (EAU) en Eritrea, y en 2020 se proyectó la construcción de una rusa. Además, países como Turquía, Irán, Arabia Saudí, India y EAU están interesados en la zona, tanto por razones comerciales como por la producción de alimentos.49 De tal suerte, la región del Cuerno de África cada vez tiene más capas gubernamentales que responden a intereses tanto internos como externos.
Por otra parte, los conflictos locales también están vinculados con el despojo de riquezas, aunque sus causas sólo se expliquen a partir de la disputa étnica. En 2012, la Corporación Nacional Minera (NMiC), una empresa privada etíope, anunció que había identificado amplios depósitos de oro en las regiones tigray y oromo,50 dos zonas que se han opuesto a la centralización y opresión del gobierno central y que, de acuerdo con Kebede, han tenido un fuerte acercamiento a la educación occidental.51
Etiopía tiene la mayoría de los elementos esenciales necesarios para tener éxito como nación minera. Es rico en recursos, con una gran variedad de minerales no explotados y otros recursos naturales, incluidos importantes depósitos de oro y tantalio. También se han identificado petróleo y piedras preciosas. Se ha encontrado una reserva probada de gas natural lista para la exploración comercial, mientras que también existen depósitos de platino, tantalita, hierro, cobre, plomo, zinc, níquel y otros metales básicos.52
Cuando el FLPT tomó el poder en la década de 1990, los oromo, el grupo sociopolítico más numeroso de Etiopía, aceptaron su gobierno, porque ambos pueblos habían sido marginalizados y violentados desde el establecimiento del Estado moderno, por lo que su organización es reflejo también de las violencias sistémicas.53 Sin embargo, posteriormente consideraron que la praxis política del Frente no era diferente a la de la monarquía ni la junta; las poblaciones oromo seguían siendo excluidas del poder político y económico. A pesar del descontento social, el gobierno del FLPT logró sostenerse a partir de la deuda. No obstante, esta situación, junto con la baja producción agrícola, el incremento de la inflación y la pobreza, fortalecieron las resistencias de los pueblos. En 2016 hubo manifestaciones de los grupos oromo y amhara contra las desigualdades sociales.54 Dos años después, sus milicias se unieron para derrocar al gobierno de Meles Zenawi.
Tras la salida de Zenawi, Abiy Ahmed,55 un oromo, llegó al poder.56 Desde el establecimiento del Estado moderno etíope las riquezas que hay en el territorio oromo han sido saqueadas y la estigmatización en contra de sus poblaciones reforzada. Por ejemplo, los gobiernos monárquicos representaban a las poblaciones oromo como servidumbre y cuestionaban su humanidad.57 De tal suerte, el gobierno de Abiy Ahmed buscaba romper con esas lógicas y beneficiar a las comunidades locales. En diciembre de 2016, el presidente inauguró un parque industrial en Jimma, al oeste del país, creado por la Empresa de Construcción de Comunicaciones de China y está diseñado para fabricar manufactura ligera,58 lo que evidencia la diversificación de los vínculos comerciales y el acercamiento al país asiático.
En noviembre de 2020, el Frente de Liberación Popular de Tigray atacó a la Fuerza Nacional de Defensa Etíope, iniciando una nueva escalada en el conflicto en este país. Inicialmente, el gobierno estadounidense apoyó la ofensiva estatal, pero conforme la guerra se prolongó, comenzó a tomar distancia. En noviembre de 2021, Estados Unidos suspendió la Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (AGOA) en Etiopía. AGOA concedía acceso preferencial a las exportaciones africanas en los mercados estadounidenses, lo que muestra una fractura en la relación. En este contexto, el gobierno etíope acusó a Estados Unidos de apoyar a la población tigray, lo cual podría tener algo de veracidad si consideramos que en la región hay amplios yacimientos de oro y que se encuentra Newmont Mining Corporation, una empresa minera estadounidense.59 Esta condición podría explicar la pasividad estadounidense frente a las demandas del gobierno etíope, ya que mantener la guerra asegura la continuidad del saqueo.
Además, “Estados Unidos busca controlar el Mar Rojo, preservar los intereses de sus socios, contener o negar el dominio chino y ruso en la región y está preocupado por la estabilidad del Cuerno de África, de lo que Estados Unidos culpa al gobierno de Abiy”.60 De tal suerte, los intereses externos y la extracción de riquezas agravan las dinámicas del conflicto en el país. Asimismo, aunque los intereses auríferos de Estados Unidos y otros actores son completamente omitidos por los medios occidentales de comunicación, en este texto se considera que éste es uno de los elementos que contribuye a profundizar la naturalización de la guerra en el país.
De 2020 a 2022, las milicias amharas habían apoyado al gobierno en su lucha contra las comunidades tigray, pero cuando el régimen firmó un acuerdo con los grupos tigray, entonces estalló un conflicto entre el gobierno central y la región amhara. Aunque las milicias Amhara fueron fundamentales para que el primer ministro Abiy Ahmed llegara al poder en 2018, ahora éstas se mostraban inconformes con el gobierno y aseguraban que Abiy Ahmed permite que en la región Oromía asesinen a poblaciones amhara.61
Así, mientras las divisiones entre los grupos socioculturales se agravan y las muertes se incrementan, la disputa por ocupar el terreno y beneficiarse de las riquezas también aumenta. La “carrera” por los recursos no sólo fija las identidades de los pueblos etíopes, sino que también atrae a actores regionales, lo que complejiza aún más la dinámica de conflicto. Sin embargo, a pesar de la violencia, las noticias referentes a Etiopía son mínimas en los medios de comunicación.
Una de las razones para explicar esta condición es que la guerra y la violencia son útiles para la extracción de riqueza. Así, por ejemplo, como menciona Hassen, el genocidio producido contra ciertos grupos, como los oromo y ahora otros, permite la expoliación de sus tierras y refuerza ideas estigmatizantes sobre sus poblaciones,62 lo cual se reproduce en los medios occidentales para difuminar su participación en el saqueo de riquezas. Empero, Etiopía no es el único territorio donde ocurre esta violencia. Al oeste de este país, en Sudán, las disputas por los recursos y espacios también generan una enorme crisis humanitaria.
sudán: aunque nada quede, la guerra continúa
En abril de 2023 estalló una nueva guerra en Jartum, capital de Sudán, dominio anglo-egipcio que en 1956 consiguió su independencia;63 tras la cual el control político quedó en manos de las poblaciones septentrionales, cuyos gobiernos excluyeron a los habitantes del sur de los beneficios económicos del Estado. El gobierno central, además, impuso su cultura y religión, generando mayores controversias y diferencias entre las poblaciones.64 Como resultado de estas políticas, prácticamente desde la independencia se gestó una guerra civil entre las poblaciones del norte y las del sur.
La primera guerra civil concluyó con los acuerdos de Addis Abeba en 1972, sin embargo, el conflicto continuó.65 En Sudán predominan dos religiones: el islam en el norte y el cristianismo en el sur. Por ello, y como consecuencia de las violencias epistémicas y mediáticas contra los pueblos africanos, la guerra es explicada por la diferencia religiosa. Sin embargo, siguiendo a Mamdani, las identidades religiosas fueron reificadas con el dominio colonial y las independencias. Así, la guerra no se explica sólo por una animadversión irreconciliable, sino por las violencias estructurales y los intereses capitalistas en la zona.
En Sudán hay amplios yacimientos petroleros. No obstante, estas riquezas se encuentran en el sur, mientras que la infraestructura, las inversiones y la distribución de ingresos se concentran en el norte.66 Esto ha generado disputas porque las riquezas petroleras no se ven reflejadas en el bienestar de las poblaciones, particularmente las del sur. Así, frente a las injusticias y vejaciones, en 1983 inició una nueva guerra. El principal grupo opositor de esta conflagración fue el Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés (MLPS), dirigido por John Garang hasta su muerte en 2005, cuando fue sucedido por Salva Kiir, quien se convertiría en presidente de lo que ahora conocemos como Sudán del Sur tras su independencia en 2011.67
“El violento conflicto político que condujo a la secesión de Sudán del Sur y la actual disputa en la región occidental de Darfur son legados del pasado, a saber, la esclavitud y el colonialismo”.68
La segunda guerra civil no se puede desvincular de las prácticas de marginación, pero tampoco de las políticas para dividir a la población. Por ejemplo, durante la década de 1980, el gobierno de Yaafar Muhammad al-Numeiry fomentó la división social al permitir que las comunidades excluidas del norte saquearan los bienes y tierras de los pastores del sur. Asimismo, desde este momento los intereses externos se materializaban a partir de las prácticas de las corporaciones petroleras. Por ejemplo, durante la década de 1980, Chevron, empresa petrolera estadounidense, identificó nuevas regiones de hidrocarburos en el sur del país. Durante esos años, Estados Unidos comenzó a buscar otras fuentes para obtener combustibles, debido a su disputa con los países árabes,69 por lo que, desde mi perspectiva, no es coincidencia que el conflicto se reanimara con la identificación de esos yacimientos.
En medio de la guerra, las empresas petroleras continuaron extrayendo el denominado oro negro. De hecho, este recurso financió a las fuerzas militares del gobierno de Jartum durante muchos años. No obstante, las fuerzas oficiales no fueron las únicas beneficiadas de esta economía de guerra, ya que “tanto los gobiernos como los grupos rebeldes han utilizado actores del sector privado [de la industria petrolera] como vehículos para obtener los ingresos necesarios y establecer las conexiones internacionales indispensables para acceder a armas militares y continuar luchando”.70
En 1989, Omar al-Bashir dio un golpe de Estado contra el gobierno de Ahmed al-Mirghani, quien también se había convertido en presidente con un golpe de Estado tres años antes. Mientras tanto, la guerra continuaba. A inicios de la década de 1990, las cifras eran desoladoras: se hablaba de entre nueve y once millones de personas que podrían morir de hambre, tanto por la guerra como por la sequía, y de 3.5 millones de desplazadas internas y externas.71 Durante esos años, el gobierno de Jartum también comenzó a distanciarse de Estados Unidos. Ya para la década de 1990, los actores que intervenían en la región comenzaron a diversificarse. En 1996, la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) y Petronas de Malasia tenían una fuerte presencia en la zona. Posteriormente, también entraría India en la disputa por el denominado “oro negro”.72
La segunda guerra civil no sólo ocasionó muertes directas. Esta disputa afectó las cosechas y puso en riesgo la seguridad alimentaria de las comunidades. La guerra “contribuyó a las pérdidas anuales de exportaciones agrícolas y a la alteración de las cadenas de valor agrícolas, exacerbando la crisis de inseguridad alimentaria e impidiendo el desarrollo económico”.73 A partir del distanciamiento entre Estados Unidos y Sudán, el primero argumentó que “el destino de quienes están en riesgo es un asunto interno del gobierno ‘soberano’ de Sudán”,74 haciendo caso omiso a la crisis humanitaria que se gestaba. Lo paradójico es que Estados Unidos ha violado la soberanía de diversos Estados bajo el discurso de la crisis humanitaria, pero en ese contexto decidió no intervenir. Así, la situación evidenciaba la disputa en diferentes escalas por el control y distribución de hidrocarburos y la indiferencia frente a las muertes sudanesas.
En 2003, la guerra se profundizó en la región de Darfur. Ese año, el Movimiento Justicia e Igualdad y el Movimiento para la Liberación de Sudán se levantaron contra el gobierno por la opresión política y económica.75 En Darfur hay yacimientos petroleros importantes, por lo que podemos afirmar que la disputa no sólo se debía a los conflictos internos y a las injusticias nacionales, sino a la economía de guerra que permitió que corporaciones extranjeras se beneficiaran de la situación y generaran plusvalor.
[Para principios del siglo XXI] El conflicto ya ha dejado miles de habitantes de Darfur muertos, se estima que 600 mil han sido desplazados internamente y unos 110 mil han cruzado como refugiados al vecino Chad. Como el gobierno ha negado el acceso a la mayoría de las agencias de ayuda que operan en el país, la región de Darfur está de hecho aislada del mundo exterior, lo que deja a las personas desplazadas con pocas posibilidades de recibir ayuda alimentaria y suministros médicos.76
En Darfur también se disputaron tierras y aguas. Por ello, no es casual que haya afectado a 2.7 millones de campesinos.77 La segunda guerra civil concluyó con el Acuerdo General de Paz firmado entre el gobierno sudanés y el Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés, en el que se prometió la realización de un referéndum para las poblaciones del sur. Asimismo, se exigió que los recursos derivados de los ingresos petroleros se repartieran en 50% entre el norte y el sur para generar una restauración.78
En ese contexto, Estados Unidos apoyó fuertemente la realización del referéndum,79 el cual se celebró en enero de 2011. Con esta votación, Sudán del Sur consiguió su independencia. A diferencia de lo ocurrido en otros espacios geográficos, como el de Somaliland, Estados Unidos no se opuso a la emancipación. Al contrario, parecía promoverla porque asumía que el gobierno de Sudán del Sur sería más afín a sus intereses. Esto se puede explicar por la disputa con Bashir, presidente de Sudán, pero también por el hecho de que el gobierno de Jartum estrechaba su relación con China y sus consorcios petroleros. Sin embargo, a pesar de la proyección estadounidense, Sudán del Sur también estableció relaciones con China y sus empresas.80
Por su parte, en el norte, desde 2018 se multiplicaron las protestas sociales contra el gobierno de Bashir, quien fue derrocado por un golpe de Estado un año después. A partir de ese momento, las exportaciones petroleras aumentaron, aunque éstas están lejos de representar las que tenía antes de la independencia de Sudán del Sur, de acuerdo con información de CEIC Data.81 Las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR),82 que disputan zonas en Darfur, y las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS), lideradas por Abdel Fattah al-Burhan,83 encabezaron dicho golpe y acordaron compartir el gobierno hasta las elecciones de 2021, bajo la figura del Consejo Nacional de Transición.84 Sin embargo, el cambio de poder no ocurrió y la disputa entre ambas fuerzas generó el estallido de una nueva guerra en abril de 2023.
La guerra que estalló en 2023 se concentró inicialmente en Jartum, aunque se ha desplazado a Darfur y al Kordofán. Sudán es uno de los principales exportadores de oro y la refinería de este metal precioso se encuentra en Jartum, lo que puede explicar, en parte, la disputa inicial por la capital. En Darfur, además de oro y petróleo, hay aluminio, cobre, hierro, grafito, magnesio, tierras raras y uranio.85 Para octubre del mismo año, 70% de los servicios médicos no funcionaban debido a los combates. Además, “la mayoría de los servicios de atención médica se centran en Jartum, lo que resulta en un acceso extremadamente limitado a los servicios de salud para millones de personas”.86 Para noviembre se estimaba que había un total de 10 400 personas asesinadas, un millón de desplazadas y cinco millones de desplazadas internas. Simplemente, en septiembre llegaban dos mil refugiados por día a Chad.87
Las implicaciones de la guerra son enormes para las vidas de las poblaciones sudanesas, debido a la centralización económica de Jartum, que se ha configurado como el hub manufacturero, comercial y de distribución de alimentos.88 La guerra en la ciudad implicó el despliegue de violencias no directas y que parecen invisibles, como el hambre. A pesar de las muertes, los intereses capitalistas no se contienen. Al contrario, hay nuevos actores que avivan la violencia en el país. Por ejemplo, Emiratos Árabes Unidos (EAU) proporciona armas, drones y asistencia médica a los heridos de las FAR a través de Chad.89 En ese contexto, las exportaciones de petróleo en 2023 fueron superiores a las de 2022. Además, el principal destino tanto del petróleo de Sudán como de Sudán del Sur durante ese año fue Emiratos Árabes Unidos.90
La alianza entre las FAR y EAU no es reciente. De hecho, durante la guerra en Yemen, Hemedti, el líder de las FAR desplegó sus fuerzas contra las poblaciones hutíes para apoyar al régimen emiratí. Además, Hemedti se ha enriquecido de la extracción de oro de Sudán y ha invertido esas riquezas en EAU, lo que nos permite entender el estrecho vínculo y asistencia entre EAU y las FAR. De acuerdo con la Autoridad de Investigación Geológica de Sudán, el país es el tercer exportador de oro en África. De hecho, un cuarto de sus exportaciones las representa este recurso. El incremento de su producción está relacionado con la búsqueda por compensar las pérdidas por las exportaciones de petróleo que se concentran en Sudán del Sur, y actualmente los recursos auríferos han financiado la guerra. Incluso, el diario sudanés Sudane Tribune, menciona que muchas de estas riquezas llegan a EAU y que entre 50 y 80% del oro es saqueado.91
Emiratos Árabes Unidos también se interesa en la producción alimentaria y en la construcción de un puerto a 125 millas al norte de Puerto Sudán. Por su parte, “Wagner ha asesorado al gobierno sudanés y ha recibido acceso a lucrativas operaciones mineras de oro. Rusia ha tratado de permitir que sus buques de guerra atraquen en la costa del Mar Rojo de Sudán”,92 por lo que sus relaciones con este gobierno son centrales para sus intereses hegemónicos. Así, mientras las utilidades de diversos actores en distintas escalas avivan las disputas internas al financiar a grupos particulares, las poblaciones sudanesas siguen muriendo y enfrentando las violencias en la conflagración por el control de la región. Jean-Baptiste Gallopin menciona que “con todas las demás crisis que están ocurriendo en el mundo en estos momentos, se ha pasado por alto gravemente la inmensa escala del sufrimiento en Sudán”.93 Por ejemplo, en dos meses (del 13 de marzo al 13 de mayo de 2024), en el periódico estadounidense The New York Times, sólo hubo una noticia sobre Sudán, mientras que durante ese periodo hubo al menos una nota sobre Gaza y una sobre Ucrania diariamente. Aunque en los conflictos revisados las dinámicas regionales parecen dirigir las relaciones de confrontación, en otros espacios los internacionales son más evidentes, como lo demuestra el caso del Sahel.
crisis e intervención en el sahel
El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados afirma que “El Sahel atraviesa una de las crisis de desplazamiento que crece con mayor rapidez en el mundo; aun así, es una de las más olvidadas”.94 El Sahel es una región que cruza el continente africano de este a oeste; es la costa sur del Sahara, por lo que atraviesa diversos Estados. En los últimos años, la violencia, batallas y muertes se han incrementado en esta región de manera constante. Específicamente, la guerra se ha concentrado en países como Malí, Níger y Burkina Faso. Como en los casos anteriores, la crisis en el Sahel tampoco se debe a un conflicto reciente y tiene una relación estrecha con prácticas imperiales.
En el Sahel, Francia fue la potencia colonial con mayor presencia. Este país europeo también fomentó la división entre las poblaciones, debido a su proyecto civilizatorio. Con la imposición colonial, el desierto y sus habitantes fueron subordinados por la jerarquía impuesta por medio de la organización estatal. Sin embargo, después de las independencias, esa sumisión fue mantenida por los gobiernos recién independizados, evidenciando nuevamente que las identidades políticas fijan las culturales. Por ejemplo, tras las independencias, “las comunidades tuareg de Malí y Níger se han visto inextricablemente atrapadas en esta búsqueda de identidad e inclusión nacional, así como en repetidas revueltas contra la autoridad central (Malí 1962-1964 y 1990-1995; Níger 1990-1995)”.95
En 2007, pueblos tuareg de Malí y Níger se organizaron para declarar la independencia de Tumoujghan, región que abarca las zonas que habitan las poblaciones tuareg en ambos países. El levantamiento de las poblaciones tuareg se explica por las vejaciones e injusticias, pero también por los intereses externos. En concreto, en el caso de Níger, los pueblos tuareg se organizaron contra la expansión de las minas de uranio que controlaba Areva, el consorcio francés que extraía esta riqueza para la producción eléctrica de la exmetrópoli.96 Frente a los intereses externos y la búsqueda de unidad nacional por parte de los países africanos, el movimiento tuareg de 2007 fue reprimido y la autonomía del territorio no se consiguió. No obstante, ese fue uno de los primeros antecedentes de la reivindicación de independencia tuareg.
Más adelante, en enero de 2012, un nuevo levantamiento se orquestaría en contra del gobierno de Malí. El Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA) no sólo estaba articulado por las demandas de las poblaciones tuareg, sino que también incluyó las peticiones de otras poblaciones que habitan el desierto y que habían sido excluidas del poder político y económico. En abril, el MNLA declaró la independencia del Azawad en la región septentrional del país. Un mes antes, en marzo, el general Amadou Sanogo, quien había recibido entrenamiento militar estadounidense, dio un golpe de Estado contra el gobierno central de Amadou Touré, quien era cercano a los intereses franceses.
Frente a esta situación, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), criticada por responder a intereses franceses, presionó a Sanogo para dejar el poder. Así, colocaron a Dioncounda Traoré, presidente de la Asamblea Nacional, en el gobierno de Malí. A partir de esos años, la presencia de los denominados grupos terroristas se empezó a extender por el país, lo que justificó que Traoré solicitara la intervención francesa. Sin embargo, a la larga, “la estrategia militar francesa en Malí no sólo fue incapaz de contener a los grupos armados, sino que también empeoró el conflicto”97 y lo extendió a otras regiones.
La injerencia de fuerzas e intereses externos es evidente en el Sahel. De hecho, para entender la inestabilidad en la región, también debemos analizar la intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Libia en 2011. Aunque el objetivo de este apartado no es analizar la guerra en Libia, es importante señalar que a pesar de que las fuerzas de Gadafi, el líder libio, habían sido vencidas, la intervención de la OTAN no concluyó hasta su asesinato. Asimismo, “la intervención de la OTAN exacerbó significativamente el sufrimiento humanitario en Libia y Malí, así como amenazó la seguridad en toda la región [...] La intervención de la OTAN aumentó la duración de la guerra civil de Libia aproximadamente seis veces y su número de muertos entre siete y diez veces”.98
De tal suerte, la injerencia extranjera en Libia permitió eliminar a Gadafi, un personaje incómodo para los intereses externos, y reestructurar el Sahel occidental a partir de la guerra. Asimismo, para entender la conexión de lo ocurrido con Malí, “hay que tomar en cuenta al menos dos factores centrales: 1) el total descontrol sobre los arsenales y el tráfico y dispersión de las armas por toda la región, y 2) el regreso a Malí de combatientes tuareg que lucharon junto a las fuerzas pro-Gadafi”.99 La intervención en Libia está conectada con la crisis en Malí y las operaciones francesas en Malí han influido en el despliegue de la guerra en Níger y Burkina Faso.
El asesinato de Gadafi permitió que grupos terroristas y en resistencia tuvieran acceso a armas. Algunos tuaregs llegaron al norte de Malí con este arsenal para declarar la independencia del territorio. Sin embargo, tras la emancipación del Azawad y la presencia de grupos terroristas, en enero de 2013, François Hollande, entonces presidente de Francia, anunció el despliegue de la Operación Serval por invitación de Traoré. En abril del siguiente año se declaró el éxito de la misión. En julio la operación concluyó y en agosto se lanzó una nueva: la Operación Barkhane. Ésta amplió su área de operación a cinco países sahelianos (Mauritania, Malí, Níger, Burkina Faso y Chad) y se centró, discursivamente, en contrarrestar las prácticas contraterroristas.100
La presencia de fuerzas externas no sólo se materializó en el despliegue de operaciones francesas, también hubo un desarrollo de fuerzas de la Unión Europea en la zona, como la Fuerza Conjunta del G5 Sahel, la Misión de Entrenamiento en Malí, entre otras.101 Conforme pasaron los años, la presencia francesa fue cada vez más cuestionada tanto por el gobierno como por la población. En principio, la población en Malí plantea que Francia sólo quiere salvaguardar sus intereses en la región, particularmente en relación con la extracción de petróleo y oro en Malí, y uranio en Níger. Asimismo, cuestionaron la violación de derechos humanos contra la población civil y el incremento de las muertes, desplazamiento y batallas. Por su parte, el gobierno dejó de confiar en Francia debido al apoyo reciente que brindó a grupos rebeldes en el norte, los cuales son opuestos al gobierno central.102
La intervención en el Sahel no sólo agudizó las violencias e injusticias estructurales en contra de las poblaciones en Malí, sino que también las propagó a los demás países en donde Barkhane tiene presencia. Específicamente, la frontera entre Malí, Níger y Burkina Faso se consolidó como punto crítico de la violencia en la región. De tal suerte, podemos afirmar que la intervención no sólo agravó la guerra en Malí, sino que la extendió a otros territorios.
La presencia externa también incrementó la aparición de grupos terroristas y rebeldes. En 2019, el centro de la crisis estaba en Malí y Burkina Faso, sobre todo por la presencia de Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM) y del Estado Islámico en el Gran Sahara (ISGS).103 Con esto, además, se multiplicó la extracción de riquezas de manera informal y se avivaron conflictos intercomunales, como lo ejemplifica el surgimiento de la Katiba Macina. Esta organización utilizó los agravios estatales contra las poblaciones peul para organizar la indignación y fomentar una “guerra revolucionaria” que, de acuerdo con Eloïse Bertrand, Tony Chafer y Ed Stoddard, es “una mezcla de tácticas guerrilleras combinadas con una estrategia para construir la subversión política”.104
Uno de los objetivos de la injerencia francesa en el Sahel se relaciona con garantizar la extracción de riquezas petroleras, auríferas y nucleares en Malí y en Níger. Desde 2012, cerca de 20% del uranio importado por Francia provenía de Níger y este país europeo poseía una participación de al menos 59% en las minas del país.105 Por su parte, en Burkina Faso la intervención también contribuyó a ampliar el despojo de las tierras y de las riquezas auríferas.106 Asimismo, desde el despliegue de Barkhane ocurrieron dos golpes de Estado en Malí: uno en 2020 y otro en 2021; tres en Burkina Faso: un intento en 2015 y dos más en 2022; y uno en Níger en 2023. Así, además de incrementar las muertes, la intervención agravó la disputa por el poder. “Sólo en esos Estados, entre 2012 y 2019 hubo 1 463 enfrentamientos armados, 4 723 civiles asesinados a manos de 195 grupos armados violentos, en 1 263 localidades discretas”.107 A pesar de que la ACNUR señaló que lo que ocurre en esta región es una de las crisis humanitarias de mayor escalada en el mundo, la difusión y explicación de ésta en los medios de comunicación nacionales e internacionales es mínima.
Por otra parte, en estos tres países el rechazo a la injerencia se incrementó de manera considerable, por eso los gobiernos golpistas expulsaron a las fuerzas francesas de sus territorios y obtuvieron apoyo popular. Sin embargo, la salida de Francia no implicó la eliminación de intereses externos. En la actualidad, Rusia y grupo Wagner incrementan su presencia en la zona. A pesar de que estos actores siguen reproduciendo lógicas coloniales donde África simplemente se ve como un yacimiento de recursos. En la actualidad, la percepción de la población civil es más favorable a Rusia que a Francia, lo que muestra la agencia de las comunidades.
En un estudio realizado en 2021 se señaló que 80% de malienses, 62% de nigerianos y 63% de burkineses consideran que la presencia rusa es positiva en sus territorios. Por su parte, en los tres países, más de 50% considera que el papel de Rusia en la lucha contra el terrorismo es bueno.108 Como en los casos de Sudán y Etiopía, los intereses extranjeros siguen favoreciendo la inestabilidad y conflicto en la región. Los réditos externos se siguen beneficiando de la eliminación de las corporalidades otras. Sólo por citar un ejemplo, a partir del incremento de la violencia en la frontera de los tres países sahelianos mencionados, las exportaciones de oro en Burkina Faso aumentaron en al menos 40 por ciento.109
Por su parte, del 13 de marzo al 13 de mayo de 2024 hubo siete artículos sobre Burkina Faso en el periódico francés Le Monde. Sin embargo, cuatro de éstos eran notas sobre la expulsión de medios occidentales o de diplomáticos franceses. En el periódico inglés The Guardian hubo dos, uno sobre la expulsión de medios y otro sobre la “masacre” ejercida por el gobierno contra sus poblaciones. Estas narrativas sólo aumentan la humillación contra estos pueblos y no contribuyen a cuestionar estos conflictos, reforzando la idea de que hay vidas que no se deben llorar.
reflexiones finales
En estas genealogías se describieron algunas de las guerras contemporáneas poco mencionadas por los medios de comunicación. Este “olvido” está estrechamente vinculado con el racismo, el saqueo y la explotación de cuerpos y territorios africanos. Esta deshumanización también contribuye a que sus vidas sean pensadas como desechables, no dignas de vivir, no llorables. La creación de este imaginario no es un error sin intención. Normalizar estas guerras y multiplicar las diferencias entre las poblaciones es funcional para el saqueo de riquezas y control de rutas para la acumulación y valorización de capital.
Las guerras en Etiopía, Sudán y en países del Sahel occidental muestran varios puntos en común:
1. A pesar de que en los tres murieron miles de personas y desplazaron a millones, su resonancia en los medios de comunicación es mínima.
2. La presencia de intereses externos dificulta la resolución de las luchas, porque se impulsa la destrucción del tejido social para la financiación de las guerras.
3. Los actores involucrados se diversifican; sólo por mencionar algunos ejemplos: en Etiopía observamos el incremento de la injerencia china, en Sudán de Emiratos Árabes Unidos y en el Sahel de Rusia. Aunque éstos no son los únicos Estados involucrados en los conflictos, su presencia muestra que no sólo hay presencia de los actores tradicionales.
4. Las disputas creadas entre los grupos socioculturales son reforzadas por los intereses foráneos creando identidades fijas y antagónicas. Además, las conflagraciones extranjeras se materializan y tienen como campo de batalla a los territorios africanos, lo que incrementa los réditos externos y la violencia interna.
5. Las guerras contribuyen al saqueo de riquezas y al dominio de territorios: en Etiopía, ésta se puede asociar con la extracción de minerales como el oro y el control del comercio en el Mar Rojo; en Sudán, la extracción de oro y petróleo, así como la construcción de infraestructura para sacarlo y, en el Sahel, riquezas como el oro, el petróleo y el uranio son fundamentales en la disputa por el poder.
A pesar de que se sigue proyectando la idea de que las poblaciones africanas están en la zona del no-ser, éstas no son pasivas y resisten a pesar de la agudización de los embates. En este texto no se resaltaron las resistencias, pero es importante mencionar que éstas existen y se articulan para oponerse a la dominación y el sometimiento, y para vivir con dignidad.
Fanon decía: “hay una zona de no-ser, una región extraordinariamente estéril y árida, una rampa esencialmente despojada, desde la que puede nacer un auténtico surgimiento”.110 Esa manifestación es la que demanda un alto a las humillaciones, a las injusticias y a las violencias. Esa lucha exige dignidad y respeto a la vida.
Referencias
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Zhe Guo et al.,“Monitoring Indicators of Economic Activities in Sudan Amidst Ongoing Conflict Using Satellite Data”, op. cit., p. 3.
Øystein H. Rolandsen, “Sudán 2011: la independencia del sur a un paso”, op. cit., pp. 146-148.
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Notas
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