Voces en tiempos de contingencia
Ser docente en tiempos del Coronavirus
Being a Teacher in the Time of Coronavirus. Reflection
Ser docente en tiempos del Coronavirus
Revista Latinoamericana de Estudios Educativos (México), vol. L, núm. Esp.-, pp. 271-278, 2020
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México

Marzo de 2020. Sigo impartiendo mi clase de Desarrollo del Potencial Creativo en la Facultad de Contaduría y Administración de la UNAM, la que he impartido por más de 12 años. Apasionada de la creatividad, mi labor ha sido buscar constantemente nuevas formas de atraer la atención de mis alumnos, nuevas formas de enseñar tratando de ser empática y de adaptarme a las nuevas circunstancias que nos presenta el mundo todos los días.
Hoy estoy a punto de cumplir 61 años; ya sé que muchos podrían decir que soy de edad avanzada para enseñar, que mis métodos quizá son obsoletos, que la tecnología seguramente me ha rebasado, que ya no entiendo a las nuevas generaciones, pero mi pasión es enseñar, no me imagino haciendo otra cosa y, como buena docente, también mi pasión es aprender, aprender todos los días, aunque sea a paso lento, leer todo lo que encuentro, libros, periódicos, revistas. Tomo todos los cursos que puedo y trato de ir a la par de los avances teóricos y tecnológicos, pero creo que hacía mucho no me había sentido tan impotente, tan desvalida, tan desconcertada, tan vulnerable como aquel 16 de marzo de 2020, cuando las autoridades de la Facultad tomaron la acertada decisión de cerrar las instalaciones y de enviar a todo el contingente de alumnos a resguardarse en sus casas por la famosa pandemia del Covid-19, del que ya todos sufrimos algunas de sus consecuencias.
Por supuesto que el desconocimiento de ese virus del que no sabíamos mucho causó, en ese momento, gran impacto en la inteligencia emocional de autoridades, profesores y alumnos. Entonces todos estábamos en ese barco que navegaba a la deriva, en mucho por falta de información, desconocimiento, desinformación, falta de preparación y angustia ante lo desconocido.
De un día para otro transporté el salón de clases y la oficina a mi casa y, en verdad pensé que, en primera instancia, ese lema que se adoptó muy pronto de “#LaUNAMnosedetiene” era sólo un decir, o que quizá únicamente sería cosa de una o dos semanas, pero la realidad nos llegó de golpe y poco a poco fui magnificando el momento histórico que estábamos viviendo.
El semestre apenas iba despuntando y los alumnos, al igual que yo, estaban con la enorme incertidumbre de saber qué es lo que pasaría con ellos. Por supuesto que el primer reto a enfrentar fue el de la comunicación. Muchos profesores no tuvieron la previsión o el tiempo de hacer una base de datos de sus alumnos y muchos de ellos no tenían ni el correo ni el teléfono de sus profesores; creo que dos meses antes, cuando ya se hablaba del virus que venía, muchos no lo tomaron en serio y pensaron que sólo se irían de vacaciones a casa por unos días. Aquí fue fundamental el papel de las autoridades, que sirvieron de mediadoras para conectar a la gran mayoría de los profesores con sus alumnos para que, dentro de esta nueva forma de hacer las cosas, se pudiera continuar con el semestre.
A pesar de mi edad me he preocupado, dentro de mis capacidades y habilidades, por adentrarme en las nuevas formas de comunicación e integración, pues estoy consciente de que enseñamos a las generaciones del futuro, nativos tecnológicos, por lo que, desde hacía semestres trabajaba ya con mis alumnos a través de un grupo cerrado en Facebook donde, además de ponerles avisos, les comparto materiales, videos y ejercicios a trabajar en la clase. Con este grupo educativo, funcionando a manera de classroom digital, no tuve ningún problema para comunicarme en ningún momento y, después de la confusión, tuvo que venir la adaptación, nada fácil, por cierto.
Como en muchas casas, el comedor se convirtió de un día para otro en oficina, ludoteca y escritorio compartido con mi esposo, que también es profesor de la UNAM. Sin hablarlo, cada uno se posicionó de su parte, ya que mi hija se apoderó de la única recámara libre para tomar todas las mañanas sus clases de nutrición en línea, lo que me hizo tener una doble perspectiva: la del docente, pero también la realidad enfrentada por los alumnos, cada uno en diferentes condiciones familiares y económicas.
Las dos primeras semanas y, en cuanto yo misma lograba encontrar mi centro emocional y organizaba mi actuar, recuerdo que escribí a los alumnos y les dejé alguna lectura y uno o dos ejercicios para “entretenerlos”, tratando de que ellos no se dieran cuenta de que yo también estaba nerviosa, también estaba preocupada, también estaba angustiada, por no decir “apanicada”.
Hice mis primeros intentos de dar clases en línea con mi teléfono celular. Puse la cámara del teléfono frente a la pantalla del computador para grabarles una clase. Este primer intento fue fallido. Logré una clase de 25 minutos que nunca supe cómo enviar a mis alumnos por el peso del video. Después grabé el mismo video en 15 minutos. Finalmente, lo dejé en ocho minutos y por fin logré subirlo al grupo de Facebook. El segundo intento fue dar clases a través de Facebook Live. Jamás había utilizado esta herramienta pero me arriesgué, contacté a mis alumnos y les pedí que se conectaran a las 9:00 de la mañana, con la consabida advertencia de “vamos a probar para ver cómo sale”. Igual que lo hice con el video, apoyada por libros, cajas, un vaso, y lo que encontré a la mano puse el computador en la mesa, con el teléfono tomando la pantalla y con temor le di click para iniciar la transmisión y, mientras ellos veían la presentación a través de mi celular, yo les fui explicando la clase. Como creo que esa clase no salió tan mal, la repetí la segunda semana. Todas las preguntas y respuestas de la clase fueron a través de Messenger.
Si bien trato de no rezagarme en el uso de estas tecnologías, creo que esto difícilmente se logra ya que éstas avanzan a pasos agigantados. Todos los días se conoce de nuevos avances, nuevos métodos, nuevas formas, y apenas vamos dominando una técnica, cuando ya hay otra mejor, incluso muchas veces estas nuevas tecnologías rebasan hasta a los más jóvenes, ya qué decir de los adultos, nuestro proceso de adaptación es más lento.
En el transcurso de esas dos primeras semanas, y una vez teniendo ocupados a mis alumnos, tomé un respiro para sentarme a pensar, pero sobre todo para sentarme a investigar. Platicando con mi hija, me contó que ella estaba tomando clases en una plataforma llamada Zoom con algunos profesores y con otros en Google Classroom. En mi vida había escuchado hablar de esas herramientas, lo más cercano a eso para mí era el uso que ya había hecho alguna vez de la plataforma Moodle, que se me hace impersonal y fría. Inmediatamente le dije a mi hija: “enséñame por favor”. Por supuesto que me dijo que sí, pero no me dijo cuándo; pasaron dos, tres, cinco días y yo seguía en la angustia de hacer algo. Nuevamente tuve la oportunidad de observar y entender cómo podrían estar viviendo este proceso los alumnos, pues pude percibir en mi propia hija el estrés, la sobresaturación y la angustia de ese cambio tan drástico que implicó mudarse de la modalidad presencial a un híbrido de clases en línea.
El proceso de adaptación fue lento y la resistencia a salir de la zona de confort luchó hasta el último instante con muchas preguntas rondando en mi cabeza, “¿y ahora qué hago?, ¿cómo sigo?, ¿qué les digo a mis alumnos?, ¿de qué otra forma puedo dar clases?”. Todo esto sumado a la enorme responsabilidad de ser el ejemplo a seguir, de ser el pilar, el guía, el consejero. No fue fácil hacer mis propios miedos a un lado para ofrecer fortaleza, seguridad y estabilidad a los alumnos. Como profesor, uno tiene que luchar con sus propios monstruos, pero claro, como profesora de una materia de Creatividad, me dije: “no puedes enseñar creatividad en la teoría y no llevarla a la práctica hoy, que más se necesita”. Fue así como, sacando fuerzas físicas y emocionales tomé mi computador y empecé a buscar en Internet las diversas opciones que tenía para iniciar mi plan de acción. Vi varios tutoriales de Zoom y de Google Classroom, sus ventajas y desventajas y, finalmente, me decidí por utilizar Zoom de cero. También tuve que ver, uno a uno, tutoriales de cómo instalarlo, de cómo compartir pantalla, de cómo grabar la sesión, cómo cerrar micrófonos y me aventé a nadar sin flotador. Abrí mi primera sesión de Zoom e invité a dos que tres conocidos para hacer mi prueba-error.
A la siguiente semana, emocionada, les compartí a mis alumnos la liga para la sesión en Zoom, pensando que estaba haciendo algo grandioso y, ¡oh!, sorpresa; no todo fue miel sobre hojuelas, los mensajes comenzaron a llegar: profesora mi computadora no me permite entrar a Zoom; no tengo Internet; el Zoom tiene muchos riesgos de sabotaje y robo de información, en fin, que, después de todo mi esfuerzo y horas de dedicación para aprender una nueva herramienta, estuve a punto de aventar la computadora y todo a la basura.
Me tranquilicé, me relajé, tomé aire y dije: “probemos una primera sesión y a ver cómo sale”; puse un mensaje en el grupo acerca de que la sesión se llevaría a cabo y que no contaría la asistencia, es decir, que no era obligatoria y que dejaría la clase grabada en el grupo para quien no pudiera ingresar al momento. La primera clase en Zoom, impartida con nervios, salió bien. De 48 alumnos registrados en mi lista ingresaron 42. Al término de la clase envié un mensaje a los alumnos que no ingresaron para conocer la razón. Ninguna tenía que ver con la herramienta; las causas fueron de trabajo, de “se me olvidó”, y a un único alumno, que manifestó no tener dinero para comprar datos en su teléfono, le ofrecí y aceptó que le hiciera una recarga a su teléfono para que pudiera tener datos y no se perdiera, no sólo esta clase, sino de algunas otras. Un alumno al que pude apoyar con mis propios medios, pero quien me hizo volver a reflexionar sobre cuántos más estarían pasando por una situación similar.
Así me inicié en esta tecnología de dar clases en línea, con los señores del gas gritando en la calle, la bocina del señor del pan cada hora, la campana del camión de la basura, el silbido del afilador y el nunca faltante sonido clásico de la ciudad de México: “se compran colchones, lavadoras, estufas, refrigeradores, hornos viejos que vendan”. Al final, traté de tomar esto como es, y si se aparecía el del pan a la hora de la clase, pues les preguntaba en ese momento a los alumnos si ya habían desayunado y les daba 10 minutos para que se fueran a preparar un café. Me di cuenta que ésta es una ciudad muy ruidosa y que mi perro se sumaba a los ruidos cuando más silencio requería. Lo mismo les pasaba a los alumnos que, al olvidar apagar su micrófono, sufrieron dos que tres bochornos por los gritos de su mamá o del hermano, ventilando asuntos personales en plena clase.
Los profesores somos, antes que nada, personas: también sentimos, también sufrimos, también tenemos miedo, debilidades, pero también debemos saber sonreír y ser felices; por eso creo que un gran valor que no debemos perder ni en las peores circunstancias es la empatía, no perder nunca ese sentido humanitario, no perdernos en nuestros saberes como ejes primordiales, porque pocas veces sabemos qué batallas están enfrentando nuestros alumnos tanto en situaciones de crisis como la que vivimos ahora, como en tiempos que para nosotros serían normales.
En medio de estos contratiempos aprendí a dar clases en Zoom y a grabar videos más ágiles, combinados con diversos ejercicios que tuve que adaptar para que hicieran desde su casa. Trabajos individuales y trabajos en línea. Jugamos Basta y les hice ejercicios en Kahoot. Los puse a dibujar con los ojos cerrados y apliqué dinámicas guiadas de relajación. Creo que, después de varios intentos, tanto ellos como yo nos fuimos adaptando y relajando, aceptando que estábamos viviendo de una forma diferente y tratando de llevar la clase de la mejor forma posible, respetando el temario, los horarios y los días.
No fue nada fácil, trabajé de forma individual con varios alumnos: tuve una alumna de intercambio procedente de Brasil que prefirió regresar a su casa por la angustia que le causaba estar lejos de su familia. Afortunadamente, la tecnología permitió que no dejara la clase. Hubo otra alumna, muy triste porque perdió a su abuela y, por supuesto, no lograba concentrarse. Platiqué con ella, le di mi apoyo, mi solidaridad para que siguiera con la clase. Sin embargo, es importante no olvidar que no somos expertos psicólogos y que sólo podemos apoyar, si bien en casos que lo requieran, nuestro deber es canalizar, no atender.
Dos semanas después otra alumna perdió a su padre por Coronavirus, y su mamá se quedó contagiada. Cuando lo supe, me pregunté, ¿cómo puede un alumno seguir adelante ante esta incertidumbre en su vida? Nuevamente estuve cerca de ella, platicando, aconsejando, dando seguimiento para que no dejara sus materias. Varios alumnos manifestaban síntomas de angustia, de tristeza y decepción propias de situaciones adversas, así como del encierro prolongado, que ya para esas fechas llevaba más de cincuenta días. Ahí nuevamente la maestra, con sus propios miedos y problemas, haciéndose la fuerte trataba de dar ánimo dentro de la crisis.
Traté, dentro de mis posibilidades, de hacer un seguimiento personal a cada alumno, verificando si se conectaban a las clases, si entregaban actividades, si hacían presencia a través de preguntas en los chats y, a los que se ausentaban, les enviaba mensaje cada semana para saber si estaban bien. Afortunadamente todos salieron bien librados del virus, pero no todos de su salud emocional. Hubo mucha angustia, ansiedad, miedo, incertidumbre y más de tres perdieron su trabajo por la crisis y tuvieron serios problemas económicos, al grado de tener que empeñar incluso la computadora, su principal herramienta para seguir sus clases. Ante esto, la flexibilidad fue un factor importante: ¿no tienen bibliografía?, les comparto bibliografía, ¿no tienen computadora?, háganlo a mano, ¿no tienen impresora?, tomen una foto y mándenla, ¿están preocupados, saturados?, no pasa nada si envían la tarea o el ejercicio dos o tres días después; en fin, aplicando una de las máximas de la creatividad: un problema siempre tiene muchas soluciones.
Creo que salí bien librada con mis alumnos de esta clase y de este semestre pero, por sus propias experiencias, supe de algunos profesores que desaparecieron completamente y los alumnos no volvieron a saber de ellos, profesores que todo el semestre sólo dejaron un trabajo final general, profesores que dieron todos los temas por vistos, profesores que hicieron exámenes por Kahoot, sin tomar en cuenta las circunstancias de cada alumno que, o no tenían Internet, o su señal era mala, o compartían una misma computadora con dos o tres hermanos. Claro está que, como ya lo señalé, los profesores también tienen sus propias batallas y no sabemos cómo las estaba enfrentando cada uno.
En tiempos de crisis, como ésta que vivimos en 2020, se conoce al verdadero maestro, al que da clases por vocación, con amor, al que verdaderamente se compromete, no sólo al que medio cumple, al que da clases porque no encontró otro trabajo mejor. Las crisis son grandes oportunidades; por eso esta crisis ha sido una gran oportunidad de crecimiento para muchos de quienes lo supimos aprovechar. Hoy sé usar Zoom, Moodle, Google Classroom, Microsoft Teams, y ya probé también las nuevas Salas de Facebook. Di un brinco tecnológico en sólo dos meses, aplicando, sin mucho pensar, una herramienta creativa llamada Scamper (Sustituir, Cambiar, Adaptar, Modificar, Proponer, Eliminar y Reordenar).
La UNAM, tiene, como siempre, todo mi reconocimiento ya que, con sus circunstancias y posibilidades, puso a nuestro alcance todos los recursos y estuvo al pendiente de los profesores y alumnos en su integridad y en el cabal cumplimiento de los programas de estudio. Para mí ha sido una gran jornada, de mucho crecimiento y aprendizaje en todos los sentidos. Tengo sentimientos encontrados, me siento triste, y al mismo tiempo alegre y satisfecha. Sin duda perdimos mucho, perdimos nuestro espacio, nuestra libertad, nuestra tranquilidad, algunos la salud, pero también ganamos mucho, nuevos aprendizajes, mayor empatía, compromiso, unión, integración. Esta crisis pasará y seguro vendrán otras, pero nosotros ya no somos ni seremos los mismos de antes. Hoy la educación necesita, requiere replantear los modelos educativos bajo los cuales se rige y bajo los cuales se regirá de ahora en adelante. La educación en línea llegó para quedarse y será obligación de las instituciones y de los profesores actualizarse en todo lo novedoso que haya en materia educativa para que, cuando llegue una nueva crisis, no nos agarre desprevenidos, como nos pasó ahora.