Enclave. Respuestas a la crisis socioambiental desde el ámbito educativo

Recepción: 04 Agosto 2024
Aprobación: 09 Diciembre 2024
DOI: https://doi.org/10.48102/rlee.2025.55.1.683
Resumen: Las futuras generaciones necesitan una alfabetización ecosocial crítica que les permita afrontar la actual crisis socioambiental. Posibilitar un nuevo currículo y una nueva enseñanza que eduque en y para el decrecimiento, que cuestione el actual modelo de capitalismo extractivista que genera una mayor desigualdad social y la destrucción del planeta y su contaminación para mantener un sobreconsumo insostenible. Un modelo extractivista que destruye los hábitats naturales, ocasionando graves problemas ambientales y socioeconómicos, que afectan sobre todo a las poblaciones más empobrecidas, pues son las más vulnerables. El sistema educativo tiene una responsabilidad insoslayable para educar en un modo de vida que anteponga el mantenimiento, el cuidado del planeta y el futuro de las generaciones, para desnormalizar el deseo y el consumo como forma de realización y de felicidad. Formar una ciudadanía consciente y capaz de comprometerse con la justicia ecosocial, la igualdad, el cuidado de los demás y del planeta.
Palabras clave: alfabetización ecosocial, decrecimiento, pedagogía del decrecimiento, educación ambiental, formación docente.
Abstract: Future generations need a critical ecosocial literacy that allows them to confront the current socioenvironmental crisis. Enabling a new curriculum and a new teaching approach that educates in and for degrowth, questioning the current model of extractivist capitalism that generates greater social inequality and the destruction of the planet and its pollution to maintain an unsustainable overconsumption. An extractivist model that destroys natural habitats, causing serious environmental and socioeconomic problems, primarily affecting the most impoverished populations, as they are the most vulnerable. The educational system has an unavoidable responsibility to educate towards a way of life that prioritizes maintenance, care for the planet, and the future of generations, to denormalize desire and consumption as a form of fulfillment and happiness. Forming a conscious citizenship capable of committing to ecosocial justice, equality, care for others and the planet.
Keywords: ecosocial literacy, degrowth, degrowth pedagogy, environmental education, teacher training.
Résumé: Les générations futures ont besoin d'une alphabétisation écosociale critique qui leur permette de faire face à l'actuelle crise socio-environnementale. Permettre un nouveau curriculum et un nouvel enseignement qui éduquent en et pour la décroissance, qui remettent en question le modèle actuel du capitalisme extractiviste générant une plus grande inégalité sociale et la destruction de la planète et sa pollution pour maintenir une surconsommation insoutenable. Un modèle extractiviste qui détruit les habitats naturels, causant de graves problèmes environnementaux et socio-économiques, affectant principalement les populations les plus appauvries, car elles sont les plus vulnérables. Le système éducatif a une responsabilité incontournable d'éduquer à un mode de vie qui priorise la préservation, le soin de la planète et l'avenir des générations, pour dénormaliser le désir et la consommation comme forme d'accomplissement et de bonheur. Former une citoyenneté consciente et capable de s'engager pour la justice écosociale, l'égalité, le soin des autres et de la planète.
Mots clés: alphabétisation écosociale, décroissance, pédagogie de la décroissance, éducation environnementale, formation des enseignants.
Resumo: As futuras gerações precisam de uma alfabetização ecosocial crítica que lhes permita enfrentar a atual crise socioambiental. Possibilitar um novo currículo e um novo ensino que eduque em e para o decrescimento, que questione o atual modelo de capitalismo extrativista que gera maior desigualdade social e a destruição do planeta e sua poluição para manter um superconsumismo insustentável. Um modelo extrativista que destrói os habitats naturais, causando graves problemas ambientais e socioeconômicos, que afetam sobretudo as populações mais empobrecidas, pois são as mais vulneráveis. O sistema educacional tem uma responsabilidade inadiável de educar para um modo de vida que priorize a manutenção, o cuidado com o planeta e o futuro das gerações, para desnormalizar o desejo e o consumo como forma de realização e felicidade. Formar uma cidadania consciente e capaz de se comprometer com a justiça ecosocial, a igualdade, o cuidado com os outros e com o planeta.
Palavras-chave: alfabetização ecosocial, decrescimento, pedagogia do decrescimento, educação ambiental, formação docente.
El Decrecimiento
El decrecimiento es una crítica radical al sistema capitalista y a la ideología neoliberal que lo justifica y sostiene, que apuesta por un cambio sustancial para superar un modelo social que está absorbido por el fetichismo del crecimiento. Este enfoque apunta hacia otras formas de pensar la vida y el modelo social desde “las ocho R” (a las cuales se pueden añadir más): Reducir, Redistribuir, Relocalizar, Reutilizar, Reevaluar, Reconceptualizar, Reestructurar y Reciclar.
Especialmente e iniciando este decrecimiento por los países industrializados, que son los responsables y causantes principales de la contaminación y la crisis medioambiental que sufre el planeta, avanzar hacia la sostenibilidad y la justicia global exige el reparto de las riquezas y el acceso equitativo de todas las sociedades y generaciones a los bienes y recursos de la naturaleza, superando de una vez el tradicional modo de producción capitalista basado en la explotación de los demás y de la naturaleza, sin límite y sin fin.
Este proyecto supone una ruptura relacionada tanto con el modelo económico y productivo, como con la cultura, el lenguaje y los términos utilizados, así como con las prácticas simbólicas y materiales, personales y colectivas, pero especialmente estructurales, sociales y políticas, lo cual implica la descolonización del imaginario colectivo de nuestra sociedad, enseñar a reimaginar una sociedad futura que se ajuste a los recursos y medios de los que dispone el planeta en el que habitamos, distribuir de forma justa y equitativa tanto los recursos como el trabajo necesario para perpetuar la vida (incluido el trabajo de reproducción y los cuidados).
Pero hay que advertir que el decrecimiento nada tiene que ver con las caricaturas que a veces se ha pretendido hacer sobre él. No se trata de volver a vivir en las cavernas, tampoco de renunciar a lo que nos han aportado los descubrimientos científicos y la técnica para mejorar la vida humana. Además, la finalidad no es decrecer absolutamente nuestro consumo de energía y materia, sino hacerlo de forma equitativa y justa hasta unos ritmos que se acoplen a los ciclos naturales y permitan que todas las personas y pueblos del mundo cubramos nuestras necesidades básicas de forma respetuosa con el ecosistema planetario. Tampoco se plantea que quienes no llegan a final de mes o tienen salarios de subsistencia tengan que decrecer, ni que los países en los que no hay sanidad o la educación pública, gratuita y universal tengan que ser los primeros en decrecer.
Es más, no todo tiene que decrecer. Al revés, el decrecimiento material debe conllevar un crecimiento exponencial de la cultura, el tiempo de relación, los cuidados, los servicios públicos que aseguren una vida digna (salud, educación, servicios públicos), lo cual implicará un aumento del bien común, la justicia y la solidaridad colectiva, etcétera. Es decir, aquello que hace que la vida sea buena y cada vez más humana y justa.
Esta propuesta se enmarca en la filosofía del Buen Vivir y del Buen Convivir ligada a categorías de los pueblos originarios de América Latina (Abya Yala), o a la filosofía kantiana occidental (el criterio ético de universalidad: que lo que uno hace sirva para que todos puedan vivir dignamente de esa forma), o a muchas de las cosmovisiones orientales que plantean una convivencia armónica y respetuosa entre el ser humano y el entorno.
Educar en y para el decrecimiento
Como decía Gandhi, “debemos enseñar a vivir más simplemente, para que los demás puedan simplemente vivir” (dominio público). Para ello debemos crear una nueva cultura global asentada en nuevas formas de habitar el planeta que sean coherentes con el decrecimiento.
Se necesita, paralelamente, un cambio de mentalidad colectiva y personal. En este cambio de mentalidad los sistemas educativos tienen un papel crucial. Esto es lo que se hace en la educación familiar y en la educación formal, transmitir aquellos valores, principios y prioridades que se consideran necesarios y adecuados y que hemos acordado colectivamente.
Para impulsar este cambio de mentalidad cultural, para consolidar una cultura del decrecimiento, desde la educación se necesita enseñar, de forma pedagógica y sistemática a la actual generación y a las futuras otra forma de mirar el planeta, las relaciones con los demás y la vida desde el bien común, los derechos humanos y el apoyo mutuo, asumiendo la interdependencia y la ecodependencia que nos caracteriza como especie y como ecosistema.
Cualquier persona debería tener el derecho a ser educada y la obligación de conocer los principios ecológicos que le permiten estar viva… Educar para que se comprenda que la libertad de tener o de poseer no puede pasar por encima de la garantía de derechos y cobertura de necesidades de otras personas es un rasgo básico de una educación para la sostenibilidad de la vida. …El aula es un lugar de disputa de la hegemonía cultural… debe ayudar a construir unos imaginarios más coherentes con la vida humana” (Herrero, 2022, pp. 94, 110-112).
Es cierto que el conocimiento, por sí mismo, no desemboca necesariamente en una ética ecosocial y en una mentalidad y práctica de decrecimiento, cuidado, respeto, ayuda mutua y solidaridad. Pero lo que sí es verdad es que, aunque no sea condición suficiente, es condición necesaria e imprescindible, sin la cual no es posible asentar esas bases.
Por eso necesitamos reorientar todo el sistema educativo, poniendo en el centro una mirada ecosocial que sitúe en el núcleo de su afán pedagógico la comprensión del momento de encrucijada histórica en que se encuentra la humanidad, con el objetivo de desarrollar saberes para la sostenibilidad de todas las formas de vida, con el propósito de educar para vivir una vida buena, digna y justa para todos los seres humanos.
No olvidemos que, en la mayor parte del mundo, el colegio es el único contacto que se tiene con el conocimiento académico y la educación formal. Es, por ello, una oportunidad única que debe asumirse como una responsabilidad insoslayable por parte de los sistemas educativos (Díez-Gutiérrez, 2024).
Educar para el decrecimiento (EPD)
Fridays for Future, jóvenes por el futuro, cuestionan el capitalismo porque “sencillamente no hay recursos para seguir manteniendo esta economía de mercado salvaje”. Mediante huelgas como forma de lucha, se articulan fuera de la escuela porque, denuncian, que buena parte de los contenidos de la educación formal no tienen sentido si están descontextualizados y desconectados de la realidad que están viviendo. Exigen que se abra un debate en todas las escuelas y universidades sobre nuestro modelo de vida y se ponga en práctica un modelo alternativo. Plantean descolonizar el imaginario colectivo basado en el progreso económico sin término, sin tener en cuenta los límites biofísicos del planeta y de la vida.
En el ámbito del profesorado, un movimiento similar denominado “Profes por el futuro” propone deseducar la “normalidad” capitalista que impregna el currículo escolar, que es biocida, patriarcal, y colonial, y que nos conduce hacia un colapso inevitable (Herrero, 2022). En su lugar, buscan reelaborar otro currículo ecosocial que tenga en cuenta los límites físicos del planeta y plantee una alfabetización ecológica que muestre que es posible vivir con menos necesidades en una sociedad justa y equitativa para todos y todas.
Requiere un abordaje continuado, repetido, consciente e intencional que se desarrolle en una materia específica y de forma transversal en cada una de las materias que forman parte del currículo, en todo lugar (patio escolar, comedores, infraestructuras, etcétera), en todo tiempo escolar (actividades extraescolares, complementarias, visitas, salidas, etcétera) y en todo nivel educativo (desde infantil a la universidad): cambiando la obsolescencia programada de los productos que utilizamos en los centros, reparando los materiales del colegio, compartiendo las tecnologías de las escuelas, etcétera.
¿Cuáles serían los principales ejes de una educación para el decrecimiento? Exponemos a continuación aquellos que consideramos cruciales.
Educar al profesorado para el decrecimiento
Educar para el decrecimiento exige como primera medida una formación de todo el profesorado en la cultura del decrecimiento. Porque la educación de las futuras generaciones dependerá en buena medida de la visión y de la concepción que tenga su profesorado sobre la realidad y la vida, así como sobre la ciencia, el conocimiento y la verdad.
Una primera medida esencial desde la política educativa es incluir, de forma planificada, como asignatura específica y como contenidos transversales en todas las materias universitarias (al igual que deberían estar los derechos humanos o el feminismo) en la formación inicial del futuro profesorado la “pedagogía del decrecimiento” (Guerrero, 2023), además de incluirla como prioridad en la formación permanente de todo el profesorado en activo, de los equipos directivos y de la inspección y la administración educativa. Porque el dicho de que se necesita a toda la tribu para educar a uno solo de sus miembros, también se debe aplicar a la tribu educativa.
Las facultades de Educación son un eslabón clave para romper con el imaginario etnocéntrico del crecimiento capitalista, para educar en y para el decrecimiento desde una concepción de justicia social.
Un currículo transversalizado por el decrecimiento
Las investigaciones muestran (Cembranos, 2007; Ecologistas en Acción, 2006; Herrero, 2007; 2022) que los contenidos escolares y el currículum oculto –pero muy efectivo– que se imparte en los centros escolares ha estado marcado por una visión profundamente antiecológica que ignora la crisis ecosocial, algo que, en todo caso, sólo aparece marginalmente.
Con ello se muestra que la interdependencia es una clave esencial de la vida, que los procesos de destrucción del ecosistema y de la vida legitiman la forma de organizarse y proceder del sistema productivo capitalista y la ideología neoliberal; ahondando aún más la insostenibilidad, apostando por una hipotética solución basada en un futuro tecnológico irreal de soluciones posibles que justifiquen el despilfarro y la inevitable destrucción del planeta en aras de un presente de consumo y crecimiento sin límites. Este currículo escolar influye poderosamente en las categorías y esquemas mentales en las que se socializan las futuras generaciones en la escuela.
Por lo que para educar para el decrecimiento se trataría, frente a ello, de “reconstruir” el currículo educativo en dos sentidos: a) revisar y reformular el significado de los contenidos tradicionales en clave decrecentista y b) priorizar y centrarlo en contenidos que supongan un mejor ajuste de la actividad humana a los ciclos y flujos de la biosfera. Un currículo que ayude a capacitar al alumnado para entender, comprender, adaptarse y asumir el decrecimiento como modelo y práctica de vida personal y colectiva.
Por ello hemos de introducir en todo el sistema educativo y en todos los niveles educativos una pedagogía basada en la filosofía de la sobriedad, de una vida en la que se aprenda a reducir y a limitar deseos e incluso algunas necesidades no esenciales. No únicamente como una propuesta de transformación individual, sino desde un enfoque político, es decir, que se eduque para generalizarlo a toda la sociedad y a las políticas económicas, sociales y ambientales para que sea realmente eficaz. En caso contrario, corremos el riesgo de transformar el decrecimiento en un “integrismo ascético con resonancias místicas” (Latouche, 2008, p. 95).
Educar en y para una sociedad del decrecimiento exige aplicar medidas simples y personales que aboguen por adoptar estilos de vida más austeros, hasta medidas complejas y de carácter político como repartir todos los trabajos socialmente necesarios, garantizar una renta básica universal (desde el Foro Económico Mundial hasta el Papa se han pronunciado en favor) o establecer rentas máximas (riqueza 0), que garantice una buena vida para todos y todas de una forma justa, sencilla en lo material pero rica en lo convivencial (Herrero, 2010).
Educar en y para una democracia ecosocial
Una sociedad de decrecimiento justo y equitativo sólo se puede hacer de forma democrática y participada. La planificación de una economía del decrecimiento es imprescindible para que podamos sobrevivir como especie, pero debe ser una planificación democrática, realizada desde la reflexión, el debate y el compromiso de toda la sociedad, porque si no lo decidimos entre todas y todos, otros lo decidirán en su exclusivo beneficio como hasta ahora.
Esta participación en lo común es un aprendizaje básico que debería ser una de las prioridades en la educación de nuestros jóvenes, pues no se trata sólo de educar en la democracia, sino de vivir la democracia directa en la propia educación en los centros escolares. Las escuelas y universidades, todo el sistema educativo ha de establecer una dinámica para que la democracia no sólo se enseñe, se analice y se debata teóricamente en las aulas, sino para que se aprenda en la acción y en la participación cotidiana como forma de organización y dinámica educativa básica.
Una educación en democracia ecológica impulsando una cultura que asegure una educación global en los valores, principios y prácticas del decrecimiento. Que enseñe a vivir con lo necesario, para que todos podamos vivir mejor, sin dejar a nadie atrás. Que se comprometa con la emancipación social, con la equidad y con la justicia social. Que se vincule con el propio entorno en el que viven y el propio entorno ayude en la construcción de esa cultura de decrecimiento.
Esto permitirá generar una cultura democrática y compartir valores y objetivos de un proyecto común que dotará de sentido y cohesión a lo que sucede en ellas. El decrecimiento no se puede defender sin ciudadanía organizada, informada, crítica y participativa.
Educar para cooperar, no para competir
Una sociedad del decrecimiento necesita un modelo de relaciones, de convivencia, de concepción vital basado en la cooperación y el apoyo mutuo, no en la competición, base del capitalismo y la ideología neoliberal.
No es posible decrecer y repartir los recursos escasos de un planeta limitado sin una filosofía global basada en la cooperación y no en la competición. La competición significa que el ganador se lo lleva todo. Es una filosofía y una pedagogía del egoísmo y la apropiación de los recursos del más fuerte o el más hábil y astuto para hacerse con aquello que está en juego. Por eso avanzar hacia el bien común significa romper este “círculo vicioso” del capitalismo y ser capaces de pensar en el otro, en quienes también lo necesitan y estar dispuestos a compartir, a cooperar, a colaborar y repartir.
Por eso, para sobrevivir como especie inter y ecodependiente en un planeta limitado es necesario educar en la cooperación y el apoyo mutuo, con diferentes estrategias en las que podemos educar en los centros educativos, como son los “bancos de tiempo”, iniciativa comunitaria y ecosocial que “prestan” e “intercambian” saberes y tiempos de servicios en la vida diaria, fuera y al margen de la economía capitalista. Esto no sólo genera una red de ayuda mutua, sino que refuerza los lazos comunitarios de una colectividad, lo que se hace también en las escuelas, promoviendo experiencias de asistencia y apoyo mutuo entre miembros de la comunidad educativa, de tutorización compartida entre el alumnado y de colaboración compartida en proyectos comunes con el barrio. Pero, más allá de los muros del aula, también la escuela puede participar e incentivar la economía social y solidaria del barrio, de la vecindad, el municipio o el pueblo. O aprender de experiencias de trabajo cooperativo reconocidas y referentes como el tequio mexicano, la hacendera castellana o el mutirão brasileño, mecanismos de trabajo colectivo no remunerado y cooperación social que todo vecino y vecina debe a su comunidad. Todas estas formas de colaboración comunitaria pueden esbozar lo que podría ser y construirse como otra razón de un mundo y una sociedad basados en el decrecimiento.
En este principio de la cooperación y el apoyo mutuo, que es básico y esencial, debemos educar en el sistema educativo y replantear la educación desde este enfoque, porque sin solidaridad social estamos abocados a la extinción como especie y como planeta. Se trata de la visión y la filosofía de toda práctica, dinámica, relación y orientación en el funcionamiento de todo el sistema educativo.
Educación lenta frente a la aceleración
El decrecimiento coincide con el movimiento slow (lento) en plantearse la vida desde los tiempos prolongados y la reflexión en profundidad, más allá de la acumulación de conocimientos y la presión de los exámenes. Una educación lenta apuesta por desacelerar los ritmos educativos, planteando que el proceso de enseñanza aprendizaje es tan importante como el resultado, que el aprendizaje es un viaje apasionante al que merece la pena dedicar tiempo y cuidado, donde se prima el debate y se escucha con tranquilidad a todos los participantes, se disfruta de la observación científica y la contemplación de los procesos lentos de la tierra y de la vida y se observa detenidamente el crecimiento de la naturaleza.
En esto son ejemplos de muchas de las escuelas rurales que debemos poner en valor, pues fomentan un modelo de educación en el que se lleva a cabo una educación global adecuada a los tiempos y a su entorno, con ratios más pequeñas que permiten personalizar el proceso de enseñanza aprendizaje, así como desarrollar una evaluación integral con la intención de mejorar todo el proceso educativo y no sólo examinar al alumnado. A la vez que la relación con el entorno permite favorecer la experimentación, la pedagogía activa y una educación ecosocial, apoyando la integración del alumnado con el medio natural, cultural y social en el que vive, con el añadido de que la convivencia entre distintas edades en el mismo espacio potencia la solidaridad y la ayuda mutua si se sabe acompañarla.
Educar para una cultura de paz y solidaridad internacional
Una sociedad del decrecimiento exige una sociedad desmilitarizada que apueste de una forma radical por una cultura de paz y solidaridad internacional.
¿A qué necesidad responde fabricar y vender armamento? ¿A qué necesidad o derecho humano responde crear ejércitos? El incesante incremento del gasto militar mundial (con la excusa de la guerra de Ucrania o la militarización de la gestión de la migración) no responde a ninguna necesidad real y vital, sino a la industria de la muerte, la conquista por la fuerza y el incremento de los beneficios de la poderosa industria armamentística.
Educar para la paz es, o debería ser, un elemento esencial en todo el currículo escolar a lo largo de todos los niveles educativos, desde infantil a la Universidad, al igual que el decrecimiento, porque no puede haber paz sin justicia social. La verdadera paz es fruto de la justicia y la solidaridad entre la especie humana y con el planeta. La paz es bienestar, integridad, salud, felicidad, plenitud tanto para los individuos como para la sociedad. Efectivamente, no podemos educar para una cultura de paz sin educar para una cultura de justicia social.
Y una sociedad del decrecimiento implica todo un programa de construcción de una sociedad con justicia social y cultura de paz, que es lo único coherente con una educación para el decrecimiento.
Educar para el compromiso con el bien común
El decrecimiento exige aprender a pasar del egoísmo biológico a la solidaridad humana y planetaria. Como decía un tuit en las redes sociales: “Si un mono acumulase más bananas de las que puede comer mientras otros monos mueren de hambre, los científicos estudiarían al acumulador para descubrir qué demonios sucede con él. Cuando los humanos hacen lo mismo, los colocamos en la portada de la revista Forbes de las grandes fortunas”.
Se trata de profundizar y avanzar, por tanto, en una Pedagogía del Bien Común, un imperativo ético y vital en la actual sociedad. Por eso como plantean Nichols y Berliner (2007, p. 42) como objetivo fundamental de la educación: “deberíamos ser el número uno en el mundo en porcentaje de jóvenes de 18 años que están política y socialmente implicados. Mucho más importante que nuestras puntuaciones en matemáticas y nuestras puntuaciones en ciencia es la implicación de la generación siguiente en el mantenimiento de una democracia real y en la construcción de una sociedad más justa para los que más la necesitan: los jóvenes, los enfermos, los ancianos, los parados, los desposeídos, los analfabetos, los hambrientos y los desamparados. Se deberían identificar las escuelas que no pueden producir ciudadanía políticamente activa y socialmente útil y divulgar sus tasas de fracaso en los periódicos”.
Educar en el decrecimiento (EED)
Todo lo expuesto hasta ahora se centra en cómo sentar las bases para consolidar y asentar una “educación para el decrecimiento”. Pero es necesario hacer un movimiento de “doble pinza”, avanzando simultáneamente en educar en la práctica del decrecimiento tanto en las políticas y prácticas educativas en acción, como en las políticas sociales y culturales. No sólo pensando en la escuela, aunque también, sino en la población y en la ciudadanía global, pues “se necesita a toda la tribu para educar a uno solo de sus miembros”, como dice el dicho popular africano, ya universalizado.
Esta educación total (global, constante, rizomática), a través de todos los canales de comunicación, formales e informales, tiene que extenderse por los medios, las redes sociales, las políticas y las prácticas que se desarrollen en las ciudades y las zonas rurales, en los barrios y en las comunidades vecinales., porque necesitamos crear una cultura del decrecimiento que se extienda como una marea imparable a todo el sistema educativo, para que a su vez permee la sociedad.
Sobriedad frente a los deseos
Se publicita lo que no se necesita. Éste es un principio básico del mercado y del capitalismo. Generar deseos. Si hay alguna forma sin coste para poder resolver una necesidad humana, el mercado la torpedeará hasta conseguir que se convierta su satisfacción a través de un servicio monetizado (por ejemplo, la seguridad colectiva y personal a través de la cohesión social y el apoyo mutuo de las comunidades locales, está siendo sustituida en las ciudades por las alarmas de empresas de seguridad que se expanden como virus). El mercado genera modas que impulsan deseos masivos, y los sobreestimula para que, a la larga, se conviertan en necesidades básicas. La insatisfacción crónica de las sociedades deseantes impulsa la mayor parte del mercado, de la producción y el consumo sin límites.
Se hace preciso, por lo tanto, distinguir qué es necesario. Qué es imprescindible para vivir. Saber qué necesidades son materialmente posibles y socialmente justas. Qué es necesario seguir produciendo para satisfacer las necesidades básicas y qué debemos dejar de producir. Qué productos satisfacen necesidades y, por lo tanto, deben ser universalizables y cuáles sólo responden al capricho o al deseo de unos pocos, y cuáles tienen menor impacto ecológico y social. Deslegitimar las necesidades construidas y concretar las indispensables vinculadas a la buena vida, no sólo en el nivel personal, sino también social.
Es necesario aquello cuya carencia haría imposible una vida digna. Esas necesidades clave que son comunes a todas las culturas y civilizaciones. Educación, afecto, entendimiento y relación, alimentación, cobijo, protección y seguridad, creación y entretenimiento, libertad y autonomía, equidad y justicia…
Hemos de aprender a vivir con lo necesario. Es decir, autolimitarse. Universalizar el lema: “De todo, lo justo”. Educar en la ética de la moderación y la suficiencia: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita” decía el filósofo griego Epicuro. Si se persiguen fines básicos y esenciales es sencillo vivir en la abundancia. Nunca demasiado, nunca por encima de lo necesario y suficiente. “¡De cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!”, una máxima que sintetiza los principios básicos de una sociedad socialista o comunista, en su sentido original.
Por eso necesitamos trabajar en las aulas la diferencia entre necesidades y deseos. Reflexionar, debatir y consensuar qué necesita el ser humano para vivir dignamente. Debemos aprender a pensar, imaginar y poner en práctica formas justas de dar respuesta a todas las necesidades en un contexto de recursos finitos y de derechos humanos que deben ser garantizados para todos los habitantes, no únicamente para unos pocos.
Educar en la sobriedad necesaria (austeridad, en términos del profesor y político Julio Anguita) supone formar a toda la población para adoptar un estilo de vida que sea universalizable a todo el planeta. No podemos seguir viviendo en el norte con el nivel de despilfarro que se ha convertido en la norma, pues si todos los habitantes del planeta viviesen con ese nivel se necesitarían 2.3 planetas para sobrevivir toda la especie.
Vivimos en un planeta limitado y no hay planeta B. No hay planeta alternativo si arrasamos el que tenemos. Por ello hemos de educar en otro modelo de consumo a nivel global que priorice la cobertura sólo y exclusivamente de aquellas necesidades que sean básicas y ecológicamente sostenibles y socialmente justas.
Pues bien, la sobriedad, en definitiva, exige pensar cómo sería una “vida buena” que pueda ser vivida por toda la humanidad, sin que nadie quede atrás.
Alfabetización ecosocial crítica
Para educar en el decrecimiento, el sistema educativo debe incorporar una alfabetización ecosocial crítica, como plantean y desarrollan Herrero, Cembranos y Pascual (2019). Se necesita aplicar en las prácticas educativas que se desarrollan en los centros y en las que se han de socializar y normalizar los estudiantes, pues se aprende no sólo de lo que se escucha, se lee o se investiga, sino también de lo que se experimenta y pone en práctica, desde colocar bombillas de bajo consumo, hasta reutilizar lo desaprovechado o hacer un uso adecuado de la climatización; instaurar un sistema de recogida selectiva de papel y otros residuos para su reciclado, etcétera.
Alfabetización ecosocial crítica centrada en aprendizajes que pasan también por todos esos otros espacios y lugares, más allá de las aulas, que componen la vida cotidiana y vital de los centros educativos. Espacios y tiempos que pueden convertirse en una oportunidad para una pedagogía ecosocial crítica de la vida cotidiana: el patio, el comedor escolar, las salidas y entradas del centro, etcétera.
En todos estos espacios y momentos se están produciendo aprendizajes, aunque a veces no somos conscientes o no nos damos cuenta de su importancia. Pero se aprende tanto o más de lo que se vive y experimenta de forma vital, que de lo que se dice o se enseña de forma expositiva en las clases. Vinculando el aprendizaje con el “saber hacer” ligado al desarrollo práctico de proyectos concretos. Estos espacios dan la posibilidad de desarrollar esa pedagogía de la vida cotidiana a partir de lo que en ellos sucede, si los repensamos y reorientamos desde una perspectiva educativa e inclusiva.
Los patios escolares son uno de esos espacios educativos que desarrollan aprendizajes básicos, valores, visiones y consolidan formas de entender las relaciones y la interacción social. Por ejemplo, podemos repensar y recrear los patios y reconvertirlos en espacios verdes, coeducativos e inclusivos.
En este sentido, la iniciativa de “patios escolares verdes” busca que los centros educativos reconecten con la naturaleza y, contribuir a frenar el cambio climático con la presencia de árboles y plantas reemplazando el asfalto de los patios escolares tradicionales por tierra, árboles, arbustos y plantas, así como quitar estructuras metálicas e incluir areneros. Permiten, además, a toda la comunidad educativa convivir y tener un contacto directo con la naturaleza, estimulando el aprendizaje de los menores en un entorno más ligado a lo natural e incluso contribuyendo a mitigar el “efecto isla de calor” que se da sobre todo en las grandes ciudades.
La concepción de los patios verdes se puede ampliar y complementar con el enfoque de los patios coeducativos e inclusivos. Éstos pretenden reconfigurar los espacios de ocio y recreo de los centros educativos, que suelen arrastrar una gran carga de género (el fútbol como espacio y actividad central con canchas pintadas en los espacios centrales de los patios escolares). Se trata de repensar su estructura para que las actividades, roles y dinámicas habituales que en ellos se desarrollen no reproduzcan los estereotipos de género tradicionales; donde niñas y niños (que pasan en ellos más de 500 horas al año jugando) puedan experimentar formas de relación y juego que promuevan relaciones igualitarias incorporando una mirada inclusiva.
Otro de los espacios que podemos repensar desde un punto de vista profundamente ecosocial crítico son los huertos escolares o los jardines verticales. Buscar espacios y lugares donde instalar, de forma participada con el alumnado, vecinos y vecinas con conocimientos sobre ello, huertos y jardines ecológicos. Convertir espacios urbanos baldíos o generar una red de zonas verdes en la ciudad, en lugares comunitarios, educativos y participados, que además permitirían la integración de la actividad educativa, comunitaria y de autoconsumo con actividades socioculturales vinculadas al entorno de carácter social, cultural, lúdico, incluso terapéutico...
“Volver a la tierra” y recuperar su importancia para la vida, a la observación y el cuidado lento de la vida que crece. Comprender y disfrutar de los ritmos de la naturaleza y del clima y las estaciones, responsabilizarse de tareas y compromisos, trabajar cooperativamente. Recuperar el sentido de alimentarse de lo que se trabaja, relocalizar la producción con productos de kilómetro 0, o el aprendizaje de capacidades de cultivo y tareas de producción primaria básica, etcétera. Aprender prácticas agrícolas ecológicas como la permacultura, la agricultura orgánica, la sinérgica; aprender a minimizar la producción de residuos; aprender técnicas de redistribución de las plantas, mediante asociación y compatibilidad ecológica entre las plantas... Recuperar habilidades para preparar alimentos, saber sembrar un huerto y conservar los productos… Generar redes colaborativas de autoproducción y autoconsumo local, redes de intercambio y de autoabastecimiento, etcétera.
También podemos replantear los comedores escolares como espacios de ecoeducación, como ya están haciendo muchos centros que consideran este espacio y este tiempo como una oportunidad profundamente educativa, en lo nutricional y en la relación y colaboración educativa, pues pueden contribuir positivamente a la adquisición de hábitos alimentarios saludables y son un marco inmejorable de socialización y convivencia en grupo desde la colaboración y el apoyo mutuo. Lo cual genera una alternativa profundamente ecopedagógica frente a los modelos de mercado y negocio, de empresas de catering de líneas de frío que traen comida enlatada de kilómetros a distancia, basados en criterios de rentabilidad económica.
Se trata de aprovechar un espacio y tiempo cotidiano para desarrollar todo un espectro de aprendizajes esenciales: favorecer los hábitos alimentarios saludables, potenciar las relaciones positivas e igualitarias entre niños y niñas, promover la convivencia y el respeto, fomentar habilidades sociales y de comunicación, educar en la responsabilidad y la corresponsabilidad, en probar y comer todo tipo de alimentos y alimentarse con productos de calidad, ecológicos, frescos y de cercanía cocinados in situ a diario, recuperar las cocinas escolares que había en los centros y donde se puede aprender también a cocinar con vínculo a materias y contenidos como “la química de la cocina”, “la salud alimentaria”, etcétera, participando también desde el centro en crear o apoyar cooperativas de consumo que aproximan a productores y consumidores para resolver la necesidad de la alimentación cotidiana, como están haciendo algunos centros educativos y universidades.
Pero podemos ir más allá incluso del centro con esta alfabetización ecosocial crítica, empezando por la entrada a la escuela y cómo llegar a ella. Diseñar rutas escolares seguras para venir a clase andando o en bici, mediante la creación de itinerarios seguros, accesibles y no motorizados en el acceso a los colegios, eliminando la presencia de vehículos privados a las puertas del centro, que es una forma ecológica y sana de desplazarse.
Se trata de recuperar lo que se hacía tradicionalmente en los pueblos y concebir la ciudad desde un enfoque humano, lento, sosegado y recuperar el espacio público para el uso prioritario del peatón o el cicloturista. Un buen camino escolar seguro es aquel que es respetuoso con el medio ambiente, reúne las condiciones para que los menores puedan ir de forma autónoma y sus familias sentirse seguras. El alumnado estrecha sus amistades compartiendo el camino, pero también las familias, al pasear juntos a diario, acaban conociéndose mejor, apoyándose y confiando más los unos en los otros. El alumnado mayor puede cuidar y responsabilizarse de los más pequeños. Es decir, es una oportunidad de múltiples aprendizajes y de otra forma de ver el mundo.
Al igual que otros muchos espacios del entorno que podemos repensar y rediseñar como oportunidades educativas, podemos comenzar a concebir y plantear las ciudades y los pueblos como espacios educadores. La escuela no puede vivir de espaldas al territorio, a la comunidad, a los conocimientos cercanos a la vida. Debe romper los límites vallados institucionales de los centros educativos y expandirse e incorporar a la comunidad, la granja, la plaza, el ayuntamiento, los huertos, el bosque, el mercado, la biblioteca pública, la casa de cultura… Convertir los centros educativos, las casas de cultura, los espacios comunes en lugares de la comunidad, abriendo sus puertas para que entren las familias y los vecinos y vecinas, los conocimientos del pueblo, las personas mayores y su sabiduría, las experiencias vividas, para compartir, aprender y vincularse afectiva y activamente … Vincularse al territorio próximo implica convertir también el entorno en espacio educativo (ciudades educadoras) y responsabilizarse de él (cuidando y protegiendo el entorno).
En todos estos procesos de alfabetización ecosocial crítica no se nos ofrece únicamente la oportunidad para repensar, cambiar y reorientar los espacios y los tiempos desde una perspectiva más acorde con los valores que planteamos en un proyecto global de educación en el decrecimiento, sino también la participación en el proceso que se hace para ello de una forma democrática y participativa, que implica aprendizajes fuertes.
Un proceso en el que se involucra la propia comunidad educativa; que se desarrolla de forma participativa y colaborativa; que supone una oportunidad para pensar el modelo de educación y de vida en el que participamos y que nos vincula como comunidad en un proyecto compartido. Además, la participación de los propios estudiantes en cómo diseñar y reconstruir esos espacios les da la oportunidad de poner en práctica una democracia participativa que les implique en la mejora de su propia educación, de su vida, de su crecimiento y desarrollo psicosocial, del clima educativo, la convivencia y la calidad democrática. Esto es parte de lo que podemos denominar “pedagogía de la vida cotidiana”, utilizar la vida cotidiana como espacio privilegiado de educación.
No es utopía. Es voluntad política y comunitaria. Hay ya centros educativos en Andalucía, en Extremadura, en Valencia y en otras muchas comunidades autónomas de la geografía española que están poniendo en práctica muchas de estas propuestas: desde incorporar programas activos de educación ambiental y para la sostenibilidad hasta reconstruir y adaptar los centros con criterios ecológicos y realizando auditorías ambientales para evitar derroches en calefacción, iluminación o equipos electrónicos. Abordan simultáneamente en sus currículos los problemas ecológicos clave, sus causas, así como las posibles medidas correctoras que sería necesario poner en marcha cuanto antes. Desarrollar una ética ecológica… Recuperar una cultura ecológica de la lentitud. Implicar a toda la comunidad en proyectos de ecología del decrecimiento que fomenten formas alternativas al capitalismo de resolver las necesidades de la especie nos demuestran que, si se quiere, se puede.
Un horizonte de transformación y emancipación
Esta Pedagogía del Decrecimiento en acción es un torpedo a la línea de flotación de las bases económicas del capitalismo y la ideología neoliberal que lo sustenta. Es un enfoque que va mucho más allá de la pedagogía de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) y otras propuestas como la “transición energética”, cuyos planteamientos siguen dentro del marco y las coordenadas del sistema capitalista aceptando su continuidad; es decir, programas que, en definitiva, son una forma de greenwashing o “lavado de cara verde” que maquillan el modelo con medidas y actuaciones que pretenden reformar y presentar una imagen verde del sistema para que se vea como “sostenible”. Sin sospechar que no es posible. Capitalismo o vida, insistimos.
Este es el caso de la Educación para el Desarrollo Sostenible, por ejemplo, un enfoque que ha sido asumido y divulgado masivamente por organizaciones supranacionales y muchos gobiernos. Es significativo, como analizan García-Díaz et al. (2019), que en los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) (ONU, 2015) no se aborden estos temas en los objetivos fundamentales que se plantean al respecto (sea el objetivo 7, donde no hay ni una mención al tema del agotamiento de la energía fósil, o el objetivo 2, donde tampoco se aborda el carácter destructivo del modelo agrícola industrial o el desastre alimentario asociado al control de la soberanía alimentaria por parte de las multinacionales). En definitiva, en los ODS se sigue planteando que los graves problemas socioambientales actuales, derivados del colapso ecológico y ambiental, pueden ser resueltos dentro del marco del capitalismo neoliberal y del paradigma del crecimiento y el solucionismo de la futura y milagrosa innovación tecnológica.
No es suficiente con instalar en los centros educativos “tecnología verde” y energías renovables, o sistemas de reutilización y reciclaje, así como riego con aguas residuales o ambientalización con ajardinamientos de especies autóctonas, entre otras muchas acciones de las citadas antes. Ciertamente, son medidas que pueden ayudar a educar en un modo de vida más respetuoso, armónico y ecológico con el entorno. Sin embargo, resultan claramente insuficientes e incluso contraproducentes si únicamente responden a un modelo de sensibilización individual, sin cuestionar y combatir el modelo de fondo que alimenta el problema: el capitalismo y la ideología neoliberal que lo sustenta y justifica. Porque la ecología sin conciencia de clase y lucha anticapitalista no deja de ser sino estética y cambio de imagen que no aborda las causas de fondo del actual desastre ecosistémico.
Por eso, para avanzar hacia una auténtica sociedad con una cultura del decrecimiento se necesita una auténtica revolución educativa y social y un ambicioso programa de educación ética y política contrahegemónica para transformarnos de sujetos y sociedades neoliberales en sujetos y sociedades ecológicas postcapitalistas.
Salir del capitalismo es la única salida. La única posibilidad de supervivencia de la especie humana y del planeta. Educar para ello es cuestión de bien común y vida digna y justa.
Referencias
Cembranos, F. (2007). El currículo oculto antiecológico de los libros de texto. Cuadernos de pedagogía, (373), 84-87.
Díez-Gutiérrez, E. (2024). Pedagogía del decrecimiento. Octaedro.
Ecologistas en Acción (2006). Estudio del currículum oculto antiecológico de los libros de texto. Ecologistas en acción.
García-Díaz, J., Fernández-Arroyo, J., Rodríguez-Marín, F., y Puig-Gutiérrez, M. (2019). Más allá de la sostenibilidad: por una educación ambiental que incremente la resiliencia de la población ante el decrecimiento/colapso. Revista de Educación Ambiental y Sostenibilidad, 1(1), 1101.
Guerrero, A. (2023). Grado de alfabetización ambiental de los futuros maestros y maestras en la formación en ciencias: una perspectiva decrecentista. (Tesis doctoral). Universidad de Sevilla, España.
Herrero, Y. (2007). El currículum oculto antiecológico de los libros de texto: ecologistas en acción. Ambienta: La revista del Ministerio de Medio Ambiente, (69), 33-40.
Herrero, Y. (2010). Reflexiones sobre el necesario decrecimiento de la presión sobre los sistemas naturales. Menos para vivir mejor. Ecologista, 64, 18-20.
Herrero, Y. (2022). Educar para la sostenibilidad de la vida. Una mirada ecofeminista a la educación. Octaedro.
Herrero, Y., Cembranos, F., y Pascual, M. (2019). Cambiar las gafas para mirar el mundo. Una nueva cultura de la sostenibilidad. Libros en Acción.
Latouche, S. (2008). La apuesta por el decrecimiento. ¿Cómo salir del imaginario dominante? Icaria.
Nichols, S., y Berliner, D. (2007). Collateral Damage: The effects of high-stakes testing on America’s schools. Harvard Education Press.
ONU (2015). Agenda 2030. Objetivos para el desarrollo sostenible. ONU. La Agenda para el Desarrollo Sostenible - Desarrollo Sostenible