Reseñas
La textura y el afecto, un espejo frente a la pedagogía.

Recepción: 21 Febrero 2019
Aprobación: 01 Abril 2019
"Percibir la textura es siempre, inmediatamente, y de hecho estar inmerso en un terreno de narración activa” (p.15).
La esperada edición en español del libro Touching Feeling. Affect, Pedagogy, performativity, publicado originalmente en inglés en 2003 por Duke University Press, quizás represente la expansión de una hipótesis de trabajo antisocial y negativa para el campo de los estudios de los afectos, que afirma la existencia de una intimidad particular entre las texturas y las emociones. Se trata de “un proyecto que analiza algunas herramientas y técnicas que pueden ser útiles para seguir desarrollando un pensamiento y una pedagogía no dualistas” (p.3). En la necesidad de debatir sobre la textura por medio de los sentidos, la co-fundadora de la teoría queer norteamericana, reconoce en este texto una condición material del tocar que es siempre querer llegar a alguien, acariciar, levantar, conectar o envolver(nos). Entre la vergüenza, la mortalidad y el budismo Eve Kosofsky Sedgwick (1950-2009) nos propone ampliar el sentido mismo del tacto físico y provocarnos a sentir el tacto más allá del enfoque dualista sobre la agencia y la pasividad que convirtió su discursividad.
En su reciente aparición, el libro se inicia con un prólogo escrito por su traductora María José Belbel Bullejos, a partir de una necesaria narrativa en primera persona. Esta intervención devela pistas, en el tacto de una propia sensibilidad, para interrogar ¿qué nos hace sentir Sedgwick al leerla? Además, dicha incorporación ofrece una presentación de la obra de hecho estar inmerso en un terreno de narración activa” (p.15). La esperada edición en español del libro Touching Feeling. Affect, Pedagogy, performativity, publicado originalmente en inglés en 2003 por Duke University Press, quizás represente la expansión de una hipótesis de trabajo antisocial y negativa para el campo de los estudios de los afectos, que afirma la existencia de una intimidad particular entre las texturas y las emociones. Se trata de “un proyecto que analiza algunas herramientas y técnicas que pueden ser útiles para seguir desarrollando un pensamiento y una pedagogía no dualistas” (p.3). En la necesidad de debatir sobre la textura por medio de los sentidos, la co-fundadora de la teoría queer norteamericana, reconoce en este texto una condición material del tocar que es siempre querer llegar a alguien, acariciar, levantar, conectar o envolver(nos). Entre la vergüenza, la mortalidad y el budismo Eve Kosofsky Sedgwick (1950-2009) nos propone ampliar el sentido mismo del tacto físico y provocarnos a sentir el tacto más allá del enfoque dualista sobre la agencia y la pasividad que convirtió su discursividad. En su reciente aparición, el libro se inicia con un prólogo escrito por su traductora María José Belbel Bullejos, a partir de una necesaria narrativa en primera persona. Esta intervención devela pistas, en el tacto de una propia sensibilidad, para interrogar ¿qué nos hace sentir Sedgwick al leerla? Además, dicha incorporación ofrece una presentación de la obra de Sedgwick disponible en castellano, que recurre a los intereses de su traductora. Conjuntamente a una biografía intelectual de las ocho obras de la autora, en una conversación entre su producción, sus dislocamientos, sus proyectos intelectuales y sus herencias en tiempos presentes.
Luego de los agradecimientos –en el que se desconoce a la gratitud como un afecto y se la encuadra como una emoción compleja− en la introducción Sedgwick, caracteriza el proyecto específico que significa este libro entre sus exploraciones previas. “Más allá de, debajo de y junto a”, Tocar la fibra pretende ofrecer alternativas a la habitual subordinación de los afectos a las pulsiones. Para ello desconoce la intención de sacar a luz formas residuales de esencialismos, desentrañar pulsiones inconscientes o elementos compulsivos subyacentes al juego aparente de las formas literarias y anula la pretensión de desenmascarar fuerzas históricas opresivas y violentas camufladas bajo un pretexto estético liberal-progresista (p. 10).
En esta lectura queer los afectos tienen una mayor libertad que las pulsiones, con respecto a la temporalidad o al interés por algo. Para Sedgwick los afectos, pueden estar ligados a las cosas, a las personas, a las ideas, a las sensaciones, a las relaciones, a las actividades, a las ambiciones, a las instituciones, y al cualquier otro tipo de cosas, incluidos otros afectos. En el que:
Si la textura y el afecto, el tocar y el sentir parecen formar parte de los mismo, no se debe a que compartan una especial exquisitez de escala, tal como la que necesariamente pediría una lectura detallada o una descripción densa. Lo que textura o afecto tienen en común es que a cualquier escala que los contemplemos, ambos son irreductiblemente fenomenológicos. Describirlos primordialmente en términos de estructura siempre comporta una falsa representación cualitativa. Prestar atención a la psicología y a la materialidad a nivel del afecto y de la textura es también adentrarse en un terreno conceptual que no está conformado ni por la falta, ni por las dualidades de sentido común del sujeto frente al objeto, ni de los medios frente a los fines (p.29).
El telón de fondo es la intención de salir del dualismo, que si bien en occidente es una preocupación en común desde los años setenta del siglo XX en diferentes discursos −académicos, profesionales o populares− en ámbitos como la física, el género, la sexualidad, el arte, la psicología y el psicoanálisis, la deconstrucción, las relaciones poscoloniales, la pedagogía, la religión y la espiritualidad, la raza, la problemática ligada a la mente y cuerpo o la sociología de la ciencia, recurrentemente suponen caer en su trampa. Aunque descubrir a estas alturas que el conocimiento hace y no simplemente es debería resultar rutinario, es la recepción pedagógica y crítica sobre todo de tres textos del año 1990 lo que le permiten a la autora dislocarse de otras tradiciones no dualistas. Las voces de Austin – en cómo hacer cosas con las palabras-, Foucault –en La historia de la sexualidad− y Butler –en el género en disputa− componen una recurrencia para la conversación estética entre afecto, pedagogía y performatividad que aquí se ensaya.
Posteriormente el Interludio, pedagógico ubica a su autora como pedagoga y como profesora. Sedgwick en esta intervención alude sentir alegría, desazón y una molestia en el espacio del aula “tan reducido y tan complejamente representativo” (p.36). Auto-definida como una persuasora, cuya escritura provoca desplazamientos del espacio del aula −regularmente reconstruida por la amenaza, el duelo y la desnudez de las resistencias cognitivas y performativas que somos capaces de acumular en torno a ella−. Su escritura parece dislocarla en la pedagogía: “cada vez menos en el centro de mi propia clase, también estaba encontrando que la voz de un cierto desplazamiento abismal estaba siendo capaz de conseguir efectos que a veces pudieran abrir los límites del discurso de forma productiva, aunque esto no fuera siempre evidente” (p.36).
En el primer capítulo −Vergüenza, teatralidad y performatividad queer: El arte de la novela de Henry James− Sedgwick conceptualiza la identidad de “la mirada baja y cabeza agachada” desde un interés político, que genera y legitima el lugar de lo identitario como génesis de la pulsión performativa. Con el argumento que, al menos para algunas personas (queer), la vergüenza es sencillamente el rasgo estructurante de su identidad y como tal permanece en sus singulares posibilidades metamórficas.
Luego de explorar la visibilidad y el espectáculo de la vergüenza, en el segundo capítulo −En torno al performativo: vecindades periperformativas en la narrativa del siglo XIX− cobra relevancia la emergencia de la primera persona del singular, del indicativo o de la voz activa, como interrogantes -más que presupuestos de entrada- para la performatividad queer. Especialmente los ejemplos del cortejo y de los actos jurídicos en un sentido general, exploran la performatividad del Sí quiero del matrimonio. Para ello considera que la ceremonia del matrimonio está en el núcleo mismo de los orígenes de la “performatividad”, dada la extraña, refutada, pero siempre poderosa persistencia de lo ejemplar en la obra. Además, uno de los objetivos de este capítulo es explorar cómo la posesión de esclavos africanos y sus descendientes en el hemisferio occidental marcó a fuego las modulaciones de significado en un ámbito periperformativo al alcance de cualquier hablante – tanto descendiente de europeos como de africanos−. Con el supuesto de qué mientras duró la esclavitud y tras su abolición –aún presente hasta nuestros días− sus actos lingüísticos deben entenderse siempre a la luz de los ejemplos modélicos del esclavismo.
En el capítulo tres –La vergüenza en el pliegue cibernético: una lectura de Silvan Tomkins (escrito con Adam Frank)− cuestiona algunos presupuestos básicos que a grandes rasgos conforman los hábitos heurísticos y los procedimientos asertivos de la teoría actual (de los afectos). Allí la lectura del trabajo del psicólogo estadounidense Silvan Tomkins involucra un doble movimiento −responder al gran interés que suscita su obra conlleva también a ilustrar continuamente los mecanismos que tienden a descalificarla con mucha facilidad− Su lectura tocada de Tomkins y su crítica a la perspectiva representada por Ann Cvetkovich, remarca la impugnación y la falta de claridad de su “infra-desarrollada afirmación en la que el afecto está construido discursivamente en lugar de ser “natural”, por lo que debería arrogarse el estatus de teoría”. En este sentido Sedgwick explica como en vez de resumir o abordar una teoría real sobre el afecto estas proposiciones “teorizan el afecto”, lo pastorean y lo llevan hasta el corral donde se da por hecho que está contenido el corpus de la Teoría (p.113).
En el cuarto capítulo –Lectura paranoica y lectura reparadora, o, eres tan paranoico, que quizás pienses que este texto se refiere a ti- la paranoia, un objeto privilegiado de la teoría anti-homófoba desde mediados de los años ochenta, representa un modo afectivo además de cognitivo. En esa genealogía en la que la paranoia tiene una relación particularmente íntima con las dinámicas fóbicas en torno a la homosexualidad, se cristaliza el interrogante ¿cómo tenemos que entender la paranoia para situarla como un tipo de práctica epistemológica entre otras prácticas alternativas? y se propone una hipótesis de trabajo articulada en la cual: La paranoia (1) representa, (2) es anticipatoria, reflexiva y mimética, (3) es una teoría fuerte, (4) es una teoría de los afectos negativos y (5) sitúa su fe en el desvelamiento.
En el último capítulo −La pedagogía del budismo− se explora el “gran tesoro” que se encuentra en las fenomenologías budistas sobre el aprendizaje y la enseñanza, la extraordinaria herramienta pedagógica que representa el Bardo y la implosión de una pedagogía de la enfermedad y de la muerte. Aquí el interés por la literatura budista sobre la vida y la muerte toca la identificación de la autora con las pasiones y las antinomias pedagógicas que se repiten a lo largo las traducciones de la rama budista Mahayana. Se trata de un capítulo centrado en la pedagogía como tema y como relación, intentando componer algo diferente a las divulgaciones occidentales del pensamiento budista y para tal defensa se considera que la adaptación no es el único modelo posible para analizar los encuentros occidentales con las enseñanzas budistas de divulgación.
A partir de la cuidadosa traducción realizada por Belbel Bullejos, Sedgwick trae una renovada perspectiva para la teoría de los afectos desde el conflicto entre el placer y la destrucción en nuestro apego por la vida. Y aún más en la ampliación y reformulación de la teoría de los afectos y de lo que entendemos por política, Sedgwick actúa mostrando cómo construir pedagogías del conocimiento y modos de hacer no binarios. Su (triple) sentido de posibilidad: político −de los afectos y sus texturas−, pedagógico −de qué se hace con el conocimiento− y performativo −de los debates sobre las esencias y la tutela de lo lingüístico sobre otras formas de conocimiento− desplaza la vieja Teoría desde una textura. Su intervención queer, con vergüenza, paranoia y humillación, disloca la ausencia de lo diferente en la “teoría de los afectos”. Provocación que para la autora no es fruto de un descuido, sino que constituye una decisión teórica arraigada: “como si lo que se presenta no pudiera finalmente ser teoría, si dejara un hueco definicional para las diferencias cualitativas entre los afectos” (p.115).
Tal como intenciona Sedgwick al inicio del libro parece que el interés sexual de estos artículos disminuye, mientras que el sentido pedagógico se hace más profundo. El ser poseedora de un tesoro desconocido o receptivamente estar poseída por él -al igual que la artista textil que abraza su obra en la tapa del libro- evidencian la plenitud de una conciencia estética. Este texto vuelve a celebrar la “riqueza desbordante” de la perspectiva queer para el estudio de los afectos y para la composición de una pedagogía que se apestó de subjetividades, marginalidades, disidencias y travistió su poesía. Hay algo aquí que nos toca, la recepción de una palabra o de una fibra, que nos con-mueve. Un estímulo para perseguir el afecto más allá de las convenciones del pensamiento, para colocar la intimidad entre la textura y los afectos frente al espejo de la pedagogía.