Literatura

Lingüística aplicada a los estudios toponomásticos. Disimilación entre líquidas en la expresión sufijal de lo colectivo en la toponimia de Gran Canaria

Linguistics applied to the study of toponymy. Dissimilation between consonants liquid in the sufijal expression of the collective in the toponymy of Gran Canaria

Salvador G. Benítez Rodríguez
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, España

Lingüística aplicada a los estudios toponomásticos. Disimilación entre líquidas en la expresión sufijal de lo colectivo en la toponimia de Gran Canaria

Anuario de Estudios Atlánticos, vol. AEA, núm. 64, pp. 1-11, 2018

Cabildo de Gran Canaria

Recepción: 10 Mayo 2017

Aprobación: 17 Julio 2017

Resumen: El objetivo del presente trabajo es el de demostrar, desde un punto de vista lingüístico y apoyándonos en datos estadísticos, que las marcas -al y -ar funcionan en la toponimia de la isla de Gran Canaria como variantes de un mismo morfo, pero no como dos unidades sufijales.

Palabras clave: Disimilación, consonantes líquidas, sufijación, lo colectivo, toponimia, Gran Canaria.

Abstract: The objective we pursue with this work is to demonstrate, from a linguistic point of view and relying on statistics, that -al and -ar marks function in the toponymy of the island of Gran Canaria as variants of a same morph, but not as two suffixes.

Keywords: Dissimilation, liquid consonants, suffixation, collective, toponymy, Gran Canaria.

Cómo citar este artículo/Citation: Benítez Rodríguez, S. G. (2018). Lingüística aplicada a los estudios toponomásticos. Disimilación entre líquidas en la expresión sufijal de los colectico en la toponimia de Gran Canaria. Anuario de Estudios Atlánticos, nº 64: 064-000. http://anuariosatlanticos.casadecolon.com/index.php./aea/article/view/10177

Uno de los aspectos que llaman la atención en el estudio de la formación de aquellas palabras que contienen las unidades sufijales –al y –ar es que se comportan en sincronía como dos variantes alomórficas de un sufijo, esto es, como, según figura en el DLE[1] `variantes alternantes de un morfema´ cuya selección se justifica por el contexto fonológico.

Para llegar a tal consideración hemos partido, de un lado, de los principios de la lingüística como disciplina científica en la necesidad humana de nombrar para distinguir; y, de otro, de los que definen, caracterizan y delimitan los signos, esto es, los elementos que significan en las lenguas y que los distinguen de lo que se entiende por variantes sígnicas. En nuestro caso nos hemos servido de los datos estadísticos[2] de los registros que aparecen en la toponimia de la isla de Gran Canaria[3] que contienen tales signos por los siguientes motivos: en primer lugar, porque, según defiende Maximiano Trapero, la toponimia es una «lengua funcional que en cada momento se presenta como «un todo» sincrónico propio de un territorio, pero, a la vez, es el resultado de una diacronía en donde las huellas de los distintos estratos léxicos son muy perceptibles, mucho más que en el léxico común»[4], esto es, constituye un sistema lingüístico vivo, que funciona, que es operativo; en segundo lugar, porque en ella se revelan 477 derivados monosufijales[5] con las marcas -al y -ar[6]; en tercer lugar, porque en los registros que conforman nuestro corpus se contemplan los dos valores con que se usan estas marcas en el español general[7]. Y, por último, porque esta muestra nos permite analizar, además, todos los contextos silábicos en los que pueden aparecer estas unidades sufijales en el arte de comunicar nombrando el territorio.

No cabe duda de que existen posturas encontradas en la consideración de -al y -ar como dos alomorfos o como dos signos[8] porque, probablemente, no se han tenido presentes los criterios que sustentan ambas argumentaciones y porque no se ha hecho un estudio teniendo presentes de manera simultánea los rasgos que definen y condicionan a la lengua, en general, y al español, en particular.

Para ello es fundamental delimitar la frontera entre lo que se entiende por signo lingüístico y lo que, por el contrario, se entiende por variantes de un signo. Dicha distinción se ha de establecer a partir de su comportamiento lingüístico pues, si existen diferencias de contenido o de combinatoria tanto en lo que respecta a la categoría gramatical de la base como la del producto, estamos ante dos unidades sufijales; si, por el contrario, no existen tales diferencias, se trata de un caso de variantes sígnicas condicionadas por algún aspecto lingüístico.

En cuanto a su génesis el latín contaba, de entre sus numerosas unidades sufijales, con la entidad -alis que, según afirma Salvador Fernández, desarrolla la variante -aris cuando en la base derivativa precede /l/ a dichos sufijos[9]. Es decir, -aris nace ante la necesidad articulatoria disimilatoria, esto es, para evitar la repetición de un mismo sonido lateral próximo en el contexto silábico mediante la alteración de alguno de los rasgos articulatorios propios. Y así tenemos ejemplos como pluralia frente a singularia. Pero, ¿cuál ha sido y cuál es su comportamiento lingüístico?

Desde un punto de vista morfológico y en cuanto a su combinación, observamos que ambas unidades derivativas se adjuntan a bases nominales para derivar adjetivos[10] y así tenemos desde el latín para -alis ejemplos como mūrālis (derivado de mūrus-ī)[11], laboral (derivado del sustantivo labor-ōris) y, para -aris, consulāris (derivada de consul -lis) y sustantivaciones como aulagar derivado de aulaga. Excepcionalmente, algunos pocos derivan de bases adjetivas como līberālis (derivado de līber), que siguen funcionando hoy en día como excepciones a la norma general. En cuanto a su flexión, si su comportamiento es adjetival, se trataría de adjetivos que, desde el punto de vista genérico, son de una terminación; si su comportamiento es sustantival, se trata de términos de género masculino invariable. En cualquier caso, forman el plural añadiendo la marca -es, pues se trata de términos que acaban en consonante. Es decir, no existen diferencias en el comportamiento lingüístico porque, como afirman M. Alvar y B. Pottier, “la existencia -al y -ar no tiene fundamentación morfológica”[12]. E incluso la RAE y la ASALE en su NGLE

Desde un punto de vista semántico, no vamos a distinguir si estamos ante un caso de polisemia o de homonimia y, por lo tanto, si se trata de un signo con varios valores o de dos signos, sino de si en cualquiera de sus valores se manifiesta en ambas formas el sufijo[13]. De entrada, -āris nace no ya para cumplir una función semántica, una función distintiva diferente de la que indica el primogénito, sino como resultado de una necesidad disimilatoria para expresar el mismo contenido de `relación o pertenencia´ que expresa -alis desde su génesis. Y así tenemos numerosos ejemplos desde el latín: para el primero como brūmālis (derivado de brūma-ae) con el sentido de `relativo a la bruma´, y el registro imperial, `relativo al imperio´ en la toponimia de la isla para el caso de la variante -al, y con la variante -ar, fābulāris (derivado de fābula-ae) en latín (y potencialmente en el español actual) con el mismo sentido de `relativo a la fábula´ y con espaldar `relativo a la espalda´, en nuestra muestra. Se desarrolla en español desde fechas muy tempranas formas con la variante -al para hacer referencia a plantas y, como consecuencia, a los lugares donde abundan -y que la RAE amplía para `el lugar en que abunda el primitivo´ (DLE)[14]- inicialmente en forma de adjetivos sustantivados y que se hace extensiva con posterioridad a la variante vibrante -ar. Y así disponemos desde el latín casos como flōrālis (derivado de flōs-ōris) y en español peral para la variante lateral y, por otro lado, aulagar para la variante vibrante[15]. A día de hoy mantiene fundamentalmente estos dos contenidos[16] tanto en una como en otras variantes comportándose, pues, como dos marcas sufijales alomórficas que se diferencian en sus aspectos formales en el plano de la expresión.

Si analizamos las relaciones fonéticas que se dan en español entre los sonidos en la cadena hablada, observamos que unos, los consonánticos, son aquellos que precisan del apoyo de los otros, los vocálicos, e incluso a veces los primeros pueden aparecer formando grupos, fundamentalmente con fonemas oclusivos o fricativos y laterales o vibrantes en posición explosiva. También observamos que algunos sonidos cuando aparecen próximos «influyen sobre otros, pues el aparato vocal procura allanar las dificultades de pronunciación que puedan resultar de la proximidad de unos y otros, y así se produce el fenómeno de la disimilación»[17], que consiste, en este caso, en la eliminación del rasgo interrupto, que es uno de los que caracterizan al fonema /r/, y se sustituye por el de continuo, en el caso de disimilación de dos vibrantes, y al contrario para el caso en que la disimilación sea en favor del fonema /r/, eliminando el rasgo de continuo y reemplazándolo por el de la interrupción en su articulación, lo que se constata en términos como robur > robre > roble, marmore > mármol, arbore > árbol, taratru > taladro, aeramen > arambre > alambre, etc., un fenómeno «muy importante» en el español «por tener grande extensión»[18] .

Este es un fenómeno que, a pesar de que en la época de transición del periodo medieval al renacentista se suavizó en secuencias con líquidas[19], se vio estimulado de nuevo por la incorporación de numerosísimos latinismos que produjeron, cuando menos, la importación de tal fenómeno.

Es verdad que desde el latín existen algunas pocas excepciones[20] a esta norma, pero son solo eso, excepciones, pues, por otro lado, se ha puesto de manifiesto la vacilación a través de la existencia constatada de dobletes en términos que carecen de consonantes líquidas en la base léxica, es decir, cuando no se da el contexto fonético que obligue a la selección de tal o cual variante, sino aquel en el que no existen condicionantes a la libertad del hablante en el uso de dos variantes que, por tanto, lo son del mismo signo. Y así tenemos manzanar/ manzanal, castañar/ castañal, juncar/ juncal, encinar/ encinal, fangar/ fangal, conejar/ conejal, yesar/ yesal[21].

A nuestro entender, este fenómeno de la disimilación debe ser estudiado teniendo en cuenta los rasgos que definen este tipo de fonemas, el tipo de sílaba en el que pueden participar, la posición que ocupan en el interior de la sílaba, el lugar en la palabra, esto es, la mayor o menor inmediatez de los fonemas que tienden a disimilarse con respecto a la sílaba tónica, que siempre es la última, pues el sufijo, y, por tanto, su variante disimilatoria, son tónicos[22].

Vamos a distinguir en el análisis, por tanto, estos casos de aquellos otros en los que aparecen como consonantes simples, bien en posición explosiva en sílabas libres del tipo CV(C), o bien en posición implosiva en sílabas trabadas del tipo C(C)VC, pues en uno y otro caso estos factores construccionales y de ubicación intrasilábica pueden ser clarificadores. Por otro lado, tendremos en cuenta, también, la posición de la consonante más fuerte[23] con respecto a la marca sufijal.

En los registros que se dan en la toponimia de Gran Canaria, es la vibrante la que forma grupos consonánticos sólo con consonantes oclusivas sordas y sonoras. En el 100% de los registros, la variante sufijal es la continua -al tanto si se encuentra en la última sílaba, cabral, central e industrial, en la penúltima brezal, gramal, madroñal y pedregal, como en la antepenúltima dragonal y tribunal.


En cambio, cuando no forma grupo consonántico, distinguimos si aparece el fonema fuerte en posición explosiva o implosiva y, a la vez, la posición que ocupa en relación a la sílaba tónica. En el caso de que aparezca en posición explosiva y en última sílaba vamos a distinguir dos casos: en primer lugar, si la consonante fuerte es la vibrante múltiple, con los registros barrial, cascarrial, chaparral, parral y pizarral, en el 100% de los casos se elige la variante -al.


Lo mismo sucede con la simple en los registros del corpus bicacaral, doctoral, higueral, imperial, laboral, moral, peral, romeral y tederal.


Ahora bien, si la consonante fuerte es la lateral, en primer lugar, se produce un doblete en el árbol del laurel, es decir, dos bases derivativas que se combinan con ambas variantes y de las que aparecen tres registros de la variante laurelar y uno de la variante laurelal; en los demás casos, se elige la que contiene el fonema vibrante, como en pilar y telar, en el 75% de los registros y sólo un registro, balial, que, además de contar con una base léxica reducida, tiene como conjunto vocálico núcleo de sílaba un diptongo creciente que puede facilitar articulatoriamente el fonema lateral en lugar del vibrante, tal como sucede en latín con una de sus excepciones, filial[24].


No obstante, cuando la consonante líquida aparece en la penúltima sílaba, la mayor distancia articulatoria entre estos fonemas no se refleja en el caso de que la consonante fuerte sea la vibrante simple, como en arenal y forestal, o la múltiple, como en carrizal, rosal y terregal, pues en el 100% de los casos la variante elegida es la que contiene el sufijo lateral.


Pero cuando la consonante núcleo de sílaba sea la lateral, en el 80% de los casos, se opta por la variante vibrante, como en aulagar, lajar, lajiar, olivar y palomar, frente a un 20% de los registros que optan por la lateral, como en colegial[25], helechal y melosal.


Cuando aparece la consonante líquida en la antepenúltima sílaba, la distancia articulatoria facilita la elección libre, lo que se refleja en el hecho de que de los dos términos que aparecen registrados suponen dobletes, con cinco registros para el caso disimilado, retamal, frente a tres en la forma retamar, siempre en proporción mayor la variante disimilada.


En el caso de que en esta posición el núcleo sea una vibrante simple se opta por la variante disimilada.


Por el contrario, en posición implosiva en la penúltima sílaba, si la consonante que se mantiene es la vibrante, hogarzal, pernal, portal y zarzal, en el 100% de los casos se selecciona la variante sufijal que contiene el fonema lateral.


En cambio, si la consonante fuerte es la lateral, en el 84,91% de los registros, espaldar, galgar y palmar, la variante es la vibrante, salvo un caso de doblete en el término salviar, con ocho registros y salvial, con diez registros, un caso que responde al mismo tipo de sílaba que se da en la mayoría de las excepciones, es decir, sílaba trabada cuyo núcleo es ocupado por un diptongo creciente.


Cuando aparece en la antepenúltima sílaba se van a repetir los resultados, esto es, sea la sílaba fuerte la lateral, sea la vibrante, en el 100% de los registros la variante seleccionada es la que contiene el fonema disimilado. Así tenemos, por un lado, colmenar, y por otro, arvejal, bermejal, carcañal, cardadal y cornical.


Pero, cuando aparece en sílabas anteriores, el conflicto articulatorio desaparece, lo que se manifiesta en sus dos registros, almacigal y altabacal.


Es importante hacer notar que la solidez como consonante fuerte de la vibrante frente a la de la lateral viene condicionada, por un lado, por la mayor sonoridad del fonema interrupto[26], por contar con un homónimo sufijal para creación de verbos para las mismas bases léxicas, como sucede con los términos confital y confitar; y, por último, por la clara preferencia de la variante sufijal -al, con un 74´27% de los registros, en los que no aparecen fonemas líquidos en la base derivativa, lo que pone de manifiesto que desde su nacimiento -aris es, además, una variante auxiliar.


Conclusión

A partir de la necesidad del hombre de nombrar el espacio con una función meramente distintiva se genera, desde un primer momento y sirviéndose del signo latino -alis, una variante disimilatoria -aris para aquellas bases léxicas que contuvieran el fonema lateral /l/, pero su uso se extendió a otros términos que carecen de limitaciones articulatorias, de manera que ambas variantes recorrieron juntas y en paralelo el camino de la evolución desde el latín hasta el romance y de este hasta el español actual sin perder su esencia en cuanto a los valores que aportan y al comportamiento como variantes de un signo, pues la necesidad de distinguir dos sonidos iguales en la inmediatez articulatoria no ha desaparecido. En los grupos consonánticos la selección de la variante disimilada es independiente de la proximidad articulatoria. En cualquier posición el uso de una u otra variante viene condicionado por varios factores: por la proximidad articulatoria, por la existencia de diptongos crecientes y por una clara preferencia por la variante primogénita lo que facilita la presencia de dobletes.

Desde el punto de vista de la lingüística, la toponimia en general se comporta, por tanto, parafraseando al eximio especialista en el lenguaje del territorio, Maximiano Trapero, como un sistema lingüístico que funciona desde el arte de comunicar nombrando.

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Notas

[1] RAE y ASALE (2014).
[2] Nos basamos en porcentajes absolutos, esto es, teniendo en cuenta el número de registros de cada unidad léxica derivada, pues los concebimos como unidades independientes que aparecen en diferentes topónimos y porque, además, se dan algunos casos de dobletes de términos en diferente proporción que han de contemplarse en el cómputo. .
[3] El corpus es el que aparece recogido en el segundo tomo, Corpus toponymicum, de La toponimia de Gran Canaria. Véase SUÁREZ (1997).
[4] TRAPERO (1999), p. 22.
[5] Nos hemos centrado sólo en las formas monosufijales por varios motivos: en primer lugar, porque son las que conservan la marca sufijal en posición tónica, las que no participan de nuevos procedimientos derivativos que puede producir transformaciones fonológicas, lo que nos permite el análisis contrastivo con las formas así sufijadas que recorren el camino de los avatares la historia hasta el español actual; y, en segundo lugar, porque son las que muestran y consolidan un fenómeno que se mantendrá vivo mientras se siga presentando la necesidad de creación de derivados de este tipo para nombrar tal o cual realidad.
[6] Los registros derivados monosufijales con las variantes -al y -ar proceden del estudio de SANTANA (1998), pp. 274-275, 279. Partimos del mismo principio: el sufijo es toda unidad lingüística mínima significativa que se le adjunta a una base léxica existente en posición final anterior a las marcas sufijales flexivas.
[7] En el DLE ambas marcas aparecen con dos acepciones posibles que coinciden salvo en un pequeño matiz en la primera acepción: para –al figura «1. Suf. En adjetivos, indica generalmente relación o pertenencia. Ferrovial, cultural; 2. Suf. En sustantivos indica el lugar en el que abunda el primitivo. Arrozal, peñascal.»; para –ar figura «1. Suf. En los adjetivos significa condición o pertenencia. Expectacular, axilar; 2. Suf. En los sustantivos indica el lugar en que abunda el primitivo. Pinar, paloma.».
[8] De entre los que defienden que se trata de dos unidades sufijales figuran FERNÁNDEZ (1986), p. 74; PHARIES (2005), pp. 57-59 (en un primer momento (en la entrada correspondiente al sufijo -al) no considera que se trate de dos variantes disimilatorias, pero en un segundo momento (en la entrada correspondiente a -ar) muestra dudas (PHARIES (2005), pp. 91-93); algunos como ALMELA (1999), pp. 108-109; PÉREZ (1997), p. 21) y CABRERA (2000), pp. 191-217 no se decantan explícitamente, pero los tratan de manera independiente como si lo fueran; por el contrario, otros se inclinan por hablar de dos variantes de un mismo fonema: ALVAR y POTTIER (1983), pp. 386-387; SANTIAGO Y BUSTOS (1999), pp. 4527-4529; MORERA (2005), p. 220, entre otros.
[9] FERNÁNDEZ (1986), pp. 74-75.
[10] En la consideración categorial de los términos ha de tenerse en cuenta el fenómeno de la metábasis del adjetivo, de ahí que sincrónicamente muchos de estos derivados de naturaleza adjetival son interpretados como derivados de bases nominales. RAE y ASALE (2009-2011), p. 542.
[11] La mayoría de los ejemplos aquí aducidos son latinismos en la actualidad, esto es, forman parte del léxico funcional en el estudio lexicológico sincrónico de cualquier muestra del español actual y supone un fenómeno derivativo heredado como un mecanismo que goza de una gran vitalidad, por ejemplo, en la creación de adjetivos en el español actual para expresar el valor de `relativo a´ (CABRERA (2000), pp. 191-217) y de sustantivos para expresar los nombres de árboles, de plantas o los lugares en los que abundan (FERNÁNDEZ (1996), pp. 229-232).
[12] ALVAR y POTTIER (1987), p. 386.
[13] En nuestro análisis no se hace necesario, por tanto, desentrañar la relación semántica que existe entre los diferentes contenidos que tales unidades expresan, a pesar de que, como afirma FAITELSON-WEISER (1998), pp. 201-216, hay que determinar los criterios que, permitiendo establecer ciertas demarcaciones entre los casos de polisemia y homonimia en los sufijos, nos faculten para dar cuenta de manera eficaz de las unidades que constituyen el análisis.
[14] No obstante, en algunas sintopías, y quizá se pueda dar en algunos de nuestros registros, el sufijo hace referencia a la planta y se carece, por tanto, de una marca con este valor locativo-abundancial. Para ello, es muy interesante el estudio que al respecto hace en el Valle de Aras FERNÁNDEZ (1996), pp. 229-232.
[15] Es importante hacer notar que en el español de Canarias, y en particular en la toponimia de Gran Canaria, contamos con la marca sufijal -ero para referirnos a la planta, cardonera a partir de un derivado lexicalizado, cardón, lo que facilita la especialización del sufijo -al/-ar para aludir al `sitio poblado de´ plantas, cardonal BENÍTEZ (2007), pp. 699-708.
[16] Son las que tomamos como invariantes de contenido tras consultar DRAE, el DUE y a autores como ALMELA (1999), pp. 108-109; PHARIES (2005), pp. 57-59 y 91-93; MORERA (2005), pp. 220-224; ALVAR y POTTIER (1983), pp. 386-387; SANTIAGO y BUSTOS (1999), pp. 4527-4529.
[17] ALVAR y POTTIER (1983), p. 181.
[18] ALVAR y POTTIER (1983), p. 181.
[19] FRANCO (1994), p. 85.
[20] PHARIES (2002), p.58. El autor aporta una serie de ejemplos en los dos sentidos, es decir, bases léxicas que contienen el fonema /l/ y que se derivan con -alis (lēgālis y filialis), por un lado, y, por otro, otras que han seleccionado la variante -aris, a pesar de no contener el fonema /l/ (coquīnāris y pecūniāris), los que le parecen suficientes argumentos como para dictaminar que existen dos sufijos y no dos alomorfos. Pero no considera el caso en el que, al aparecer una vibrante en el interior de palabra, es necesario seleccionar la variante lateral como deja de manifiesto STERIADE (1987), pp. 339-362. Por eso sería conveniente estudiar con detenimiento si la posición en la sílaba, la cercanía articulatoria y los demás sonidos contextuales en la cadena hablada condicionan el fenómeno, en uno y otro sentido, admitiéndose, en caso contrario, la posibilidad de la excepcionalidad de un fenómeno general que, como defendemos en estas páginas, está vivo, que funciona, que le facilita al hablante la expresión de contenidos concretos de la realidad. Con respecto a la segunda argumentación, no se puede pasar por alto el funcionamiento de las lenguas: -ari nace como variante de -ali, con los mismos valores y comportamiento lingüístico, para evitar de esta manera la dificultad articulatoria de pronunciar dos laterales que se encuentran próximas, pero ello no implica que el hablante, disponiendo de dos variantes de un signo ante una palabra cuyo estructura fonética no ofrece impedimentos en la articulación por no contener dos fonemas idénticos, en el ejercicio de su habilidad comunicativa y de su libertad expresiva, elija servirse de la variante clónica en detrimento de la variante generadora.
[21] PHARIES (2005), p. 92.
[22] Podría pensarse que este fenómeno disimilatorio puede ser alterado porque exista una tendencia dialectal a la neutralización que se da entre estos fonemas en posición implosiva, pero en el español de Canarias la norma general es el mantenimiento o pronunciación relajada (ALMEIDA y DÍAZ-ALAYÓN (1988), pp. 66-88) y en muy pocos casos la alternancia (MARRERO (1988), pp. 394-463).
[23] Según MENÉNDEZ PIDAL (1962), p. 182, se considera fuerte en todo fenómeno disimilatorio a la consonante que se mantiene, es decir, “la inductora”, y débil o “inducida”, a la que pierde algunos de sus rasgos; en este caso, la que aparece en el sufijo, lo que arroja como resultado variantes alomórficas disimilatorias.
[24] PHARIES (2002), p. 58.
[25] Como ya se ha apuntado, podría deberse este caso de no disimilación a la presencia como núcleo silábico de un diptongo creciente.
[26] Según la escala de sonoridad aportada por CARREIRA en FRANCO y ELORDIETA (1994), pp. 83-100, la máxima sonoridad la presentan las vocales (10) seguida de las semivocales (9), de las vibrantes (7) y de las laterales (6), etc.
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