Ensayos
Narrativas Literárias: Pietro Portalho
Literary Narratives: Pietro Portalho
Narrativas Literarias: Pietro Portalho
Narrativas Literárias: Pietro Portalho
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 22, núm. 79, pp. 149-156, 2017
Universidad del Zulia

Recepção: 02 Julho 2017
Aprovação: 30 Julho 2017
Resumo: Um homem de barba branca que dá lições de uma maneira muito particular. Isso acontece em Pietro Portalho, um povo que não existe e que, ao mesmo tempo, deixará de existir, vítima da transformação do espaço público nas mãos do capital privado. O conto narra a estória de um professor da cidade que embarca em uma experiência de trabalho em direção à capital alemã. Ali ocorre um encontro triplo que mostra da maneira mais crua a ação de uma cadeia multinacional que vem tirar por completo o charme natural de Pietro Portalho. O leitor tem, como consolo, as emoções compartilhadas por três gerações de homens que, quando se reconhecem, descobrem que compartilham muito mais do que uma maneira de pensar.
Palavras-chave: Paulo Freire, Narrações, Ficção.
Abstract: An old man with a White beard teaching in a such a particular way. This happens in Pietro Portalho, a town that does not exist and, at the same time, it will cease to exist victim of the transformation of the public space due to the action of private capital. The tale tells the story of a teacher from this town who embarks on a work experience towards the German capital. There occurs a triple encounter that shows in the crudest way the action of a multinational chain that comes to ripple the natural charm of Pietro Portalho. The reader has, as a consolation, the emotions shared by three generations of men who, once they recognize themselves, discover that they share much more than a particular way of thinking.
Keywords: Paulo Freire, Narrative, Fiction.
Resumen: Un hombre de barba blanca dando clases de una manera tan particular. Esto ocurre en Pietro Portalho, un pueblo que no existe y que al mismo tiempo dejará de existir víctima de la transformación del espacio público en manos del capital privado. El cuento narra la historia de un profesor oriundo de dicho pueblo que se embarca en una experiencia laboral hacia la capital alemana. Allí se produce un triple encuentro que pone en evidencia de la manera más cruda el accionar de una cadena multinacional que llega a arrancar de cuajo el encanto natural de Pietro Portalho. Al lector le queda, como consuelo, las emociones compartidas por tres generaciones de hombres que al reconocerse descubren que comparten mucho más que una manera de pensar.
Palabras clave: Paulo Freire, Narraciones, Ficción.
Marcos Reigota nació en una pequeña localidad 300 kms al Este de San Pablo en Brasil. Los mejores recuerdos de su infancia se sitúan en el segmento comprendido entre los cinco y los ocho años de edad. En aquella época, cada verano la familia entera se dirigía a Pietro Portalho, el pueblo de 252 habitantes donde vivía su abuela materna.
Pietro Portalho era un pueblo distinto en comparación con los pueblos de sus alrededores. Al momento en que la gran región maduraba como el motor económico industrial más importante de América y uno de los más importantes del mundo, Pietro Portalho, ajeno a esa transformación, no presentaba cambio alguno. Era como un vecino seguro de sí mismo, que se sentaba a observar como los otros en la cuadra entregaban su alma al diablo por crecer y prosperar. Pero Pietro Portalho tenía un encanto propio, natural y mágico, el cual parecía rebelarse al mandamiento de moda de los otros pueblos que identificaban al progreso y al desarrollo a partir del avance industrial.
Sus casas, presentaban en sus frentes, una particularidad que hacía que todo el desarrollo naciente de la región se viera miserable frente a lo romántico de sus colores. Cada casa había sido pintada de un verde pálido en su fachada, pero no era cualquier verde pálido, era un verde pálido engañoso, pues esa palidez brillaba al mismo tiempo y hacía pensar a sus habitantes y visitantes que sería inmodificable, perpetua y eternamente encantadora. Se podía decir que aquel pueblo sin playa, ni costa, ni puentes, ni algún tipo de paseo recreativo, era en sí mismo un lugar mágico donde refugiarse del constante crecimiento demográfico y económico que presentaban los pueblos y ciudades cercanas a la gran metrópolis de San Pablo.
Allí pasó Marcos algunos de sus veranos, entre la arrogancia de un sol que sabe que no hay playas, el verde desgastado imborrable que quedaría para siempre impreso en sus retinas y las clases de piano que cada tarde, de 5 a 6, le dictaba el pianista polaco Jaroslaw (cuyo nombre en polaco paradójicamente significa Gloriosa Primavera). El viejo, como lo llamaban en el pueblo, era un inmigrante polaco que había llegado unos años antes con un par de dientes sobrevivientes a la Gran Guerra y con un no muy profundo conocimiento musical. De hecho, sabía poco y nada de música, pero eso no importaba. Lo que las personas admiraban en él era su manera de interactuar con niños y adultos. Aunque no hablaba casi nunca, cuando lo hacía dejaba una enseñanza de lealtad, de reconocimiento y respeto por todas las personas. Era eso, con dulzura y amor, lo que le brindaba a la comunidad.
La figura de Jaroslaw parecía sacada de algún cuento suizo de pastores, con su cabello y su barba blanca y crecida. Sus ojos eran de un verde claro que brillaban cuanto tocaba el piano, al menos los pocos acordes que sabía. Nunca se lo veía pestañar, parecía que sus ojos no se cerraban ni para dormir. ¿Qué habrían visto esos ojos en tiempo de guerra? ¿Qué temores acechaban las noches de aquellas épocas que era mejor no cerrarlos y estar atento aún mientras se estaba durmiendo?
Cada atardecer cuando todos los relojes (siempre grandes y viejos) de Pietro Portalho marcaban las 5pm, Jaroslaw pasaba con su cuatrimotor a recoger al pequeño Marcos para llevarlo al teatrito del pueblo, que estaba en el centro mismo de la municipalidad, para dictarle clases de piano por una hora. El maestro era increíblemente amable, en aquella época Marcos a veces pensaba que sus ojos y su barba blanca era desproporcionadamente más grande que su cabeza.
Al niño Marcos le encantaba la clase de piano, no solo porque lo alejaba por un rato de la melancolía del atardecer (incrementada por el color verde claro que reinaba en el pueblo), sino también porque compartir un rato con Jaroslaw era muy agradable. Y a esto hay que sumarle que el viejo siempre se aburría de dar clases de piano y a eso de los 7 minutos de haber comenzado, dejaba a Marcos que saliera al patio de la municipalidad a jugar con otros niños mientras él le recitaba poemas a una mujer que trabajaba en limpieza en la misma municipalidad.
Cuatro meses después de cumplir ocho años a la abuela de Marcos la encontraron dormida profundamente en su cama. La familia nunca más volvió al pueblo, pues la madre de Marcos argumentaba no soportar ni siquiera pasar cerca del pueblo sabiendo que su madre ya no se encontraba allí. Al cabo de unos años Marcos fue ganando reputación de buen estudiante en el seno de su familia y su entorno, a tal punto que una vez terminada la universidad, su padre, que era chofer de un político reconocido y honesto de San Pablo, decide enviarlo a estudiar a una universidad alemana invirtiendo allí todos sus ahorros. Así llega por primera vez a Alemania el joven Marcos con 23 años recién cumplidos.
Al llegar a Berlín, el profesor Marcos Reigota sentía una felicidad y una ansiedad galopante por volver al país que tantas emociones le había dado en su pasado. Marcos había completado una rica trayectoria académica que incluía a la biología como ciencia materna, más un Doctorado en Bélgica y un post Doctorado en la Universidad de Ginebra. Inclinándose por la ecología y la educación popular como enfoque central de sus trabajos de investigación y docencia. Esta nueva experiencia en Alemania lo pondría en contacto con un grupo de alumnos latinoamericanos en el marco de un programa de maestría ofrecida inéditamente en dicho país en la lengua española.
No eran pocos los motivos que alimentaban la motivación de Marcos para esta nueva experiencia como educador: Alemania, en español, contacto con otros profesores internacionales, más la suma de dinero interesante que se llevaría a su Brasil de residencia teniendo en cuenta la tasa de cambio vigente.
Eran las 3 am de la primera noche de Marcos en Berlín, ya no podría dormir, él lo sabía muy bien. Desvelado y ansioso, decide bajar y dar una vuelta por el pintoresco barrio de Friedrischain donde quedaba su hotel. La calle estaba casi vacía, algún que otro hipster que salía o entraba a algún bar, un maratonista obsesivo y otro compañero de ansiedad fue todo el movimiento humano que Marcos observó durante los 30 minutos que duró su caminata por la Karl-Marx Allee. El barrio le gustaba mucho, el hotel daba justo a la entrada de la estación Samariterstrasse.
Los infinitos murales y pintadas en las casas, le hacía recordar en algo al barrio de Vila Madalena en San Pablo. El hotel era un edificio renovado que había sido un centro de rehabilitación para personas con conductas suicidas en tiempos de la República Democrática de Alemania. Al volver de la caminata, lo pensó muchas veces antes de llenar la bañera por el desperdicio de agua que ello implica, pero el golpe de ansiedad fue más fuerte que sus convicciones de “eco-chato” y tras muchos años de no hacerlo, tomó un baño de inmersión que le permitió relajarse y pasar las horas hasta el desayuno.
Cuando bajó a desayunar reparó un instante en la mesa de comida y escuchó que alguien le susurraba algo por atrás aparentemente en alemán. Al voltear vio la cara de un anciano con pinta de desvelado, ojos de un melancólico verde claro y con un pelo blanco tan largo como su barba que llegaba hasta su corazón. Sonriendo y muy amablemente el anciano le mostraba el reloj. Marcos intuyó que le señalaba que era muy temprano, pues ellos eran, hasta el momento, los únicos dos huéspedes en la sala de desayuno. Adivinando que Marcos no había comprendido lo que había dicho, el anciano solo se limitó a sonreír sin parar y a servirse su desayuno.
Al llegar a la universidad donde dictaría la clase tuvo una entrevista-reunión con el director de la maestría, un judío checo sobreviviente a 3 infartos, a un desencanto amoroso y a algunos meses en un campo de concentración. La charla fue muy amena, el director, el señor Klavisdchejv, proyectaba una energía muy positiva y relajante, pese a su edad y a lo atroz de su pasado. El hombre sabía definitivamente como direccionar una charla amena.
––Qué tal el viaje ?
––Muy bueno. Por suerte pude descansar en el vuelo porque al llegar tuve problemas para dormir.
––Ah... o sea que vas a dar la clase sin dormir ?
––Me temo que sí, pero estoy muy motivado y todo va a salir muy bien. (risas de ambos)
––Mira Marcos (con tono paternal) te va a tocar un grupo muy heterogéneo. Hay chicos becados que vienen de los barrios más periféricos y hay chicos ricos que los acompañaban sus sirvientes en helicóptero a la escuela. Alumnos que vienen de grandes capitales como Buenos Aires, Caracas y alumnos que viven en caseríos en medio de la montaña.
––Mejor, yo amo la diversidad.
––Me alegro. El tema es que el ambiente no siempre es el mejor entre ellos. A veces hay que interceder porque las discusiones o los debates se ponen muy ásperos. Ante tantas diferencias y choques socioculturales…
––No se preocupe, en mi metodología de enseñanza no hay diferencias de ningún tipo. No hay barreras represivas ni atmósfera de competición. El objetivo es la solidaridad y la cooperación a través del diálogo.
––Eso suena perfecto Marcos… lo aprendió en Ginebra? En Bélgica?
––No (entre risas), la primera vez que vi a alguien enseñando a través del diálogo fue un profesor de piano que la verdad sabía menos que sus estudiantes de piano. Pero sabía mucho de escuchar y sus silencios hacían el resto.
––Y así podían aprender las notas musicales?
––Así escribíamos nuestras propias notas.
La clase comenzaba a las 9 de la mañana. A esa hora exacta Marcos Reigota atravesaba la puerta del aula con una tímida sonrisa como pidiendo eternamente permiso. Al llegar a su escritorio, puso su mochila sobre la mesa de profesores y levantó la mirada hacia el grupo de alumnos que permanecía en silencio. Uno, dos, tres, cuatro... tan, tan, tan... moviendo el dedo índice contó dieciocho.
Después de una breve y muy tímida introducción de sí mismo, les pidió a los alumnos que, uno por uno, dijeran su nombre, nacionalidad, estudios preliminares y expectativas para el curso. Sabiendo de antemano que en el curso había un compatriota suyo, no puso mucha atención en escuchar minuciosamente al detalle la presentación del resto de los alumnos, hasta que por fin llegó el turno del alumno brasilero.
––Mi nombre es Marcos Reigota igual que usted, (en ese momento se oyó las risas de los alumnos) soy de San Pablo, de una localidad pequeña. Estudié biología en la Universidad de San Pablo y bueno ahora estoy aquí.
Marcos, el alumno, tenía 24 años. No era muy propenso a hablar en público, eso se notaba antes que hablara. Sus ojos verdes parecían que iban a llorar, era como sí pidieran auxilio cada vez que le tocaba pronunciar palabra. El tono de su voz era extremadamente bajo y la velocidad de sus palabras no reflejaban prisa alguna para completar las frases. La timidez de Marcos había sido prematura y era crónica. Era una timidez que intimidaba al resto de los interlocutores y los contagiaba de un silencio sepulcral, que en situaciones, parecía adquirir síntomas de pesadilla.
La melancolía de su mirada era infinita, como si arrastrase amargura de otras vidas sin poder soltarse esa cadena de constante tristeza. Esos ojos verdes sin embargo no eran neutrales. Conducían a una dimensión de sensaciones y emociones que resultaba imposible al observarlos no transportarse a algún pasaje de la vida pasada. Marcos el profesor por un momento, mientras el joven hablaba, recordó momentos de su infancia.
Luego de las presentaciones de rigor, la clase en sí transcurrió sin mayores sobresaltos. Una introducción al universo de las representaciones sociales, marcaron el pulso de las discusiones de las cuales el joven Marcos participaba más de lo habitual para sorpresa de sus compañeros.
Marcos, el profesor, había llegado a Berlín para dar unas clases de un periodo de duración de tres semanas, al cabo de las cuales regresaría a San Pablo para continuar con su vida allí. La primera semana de clases resultó muy agradable para él. Hubo buena química entre los estudiantes y él y los temas que se trataron despertaron el interés de un grupo que, a priori, se sabía difícil.
Al segundo día de la tercera semana, en medio de una pausa, el joven Marcos se acerca al profesor y le pregunta si podían encontrarse para charlar sobre una serie de cuestiones referidas a su proyecto académico personal. Ante la respuesta positiva del profesor, la cita quedaba acordada para el siguiente día en un café cerca del hotel donde se hospedaba el profesor.
Llegado el momento de la cita, profesor y estudiante se sentaron en la mesa de un café. Afuera llovía y los autos pasaban lentamente. El ruido de la lluvia tapaba arrogantemente cualquier otro sonido urbano. El primero en hablar fue el joven estudiante quien agradeció extremadamente el gesto del profesor de haber entregado un tiempo para consultas fuera del horario de clases. La charla comenzó de la manera más convencional posible.
Al acercarse la camarera, el alumno estiró el brazo derecho señalando al profesor como dándole la iniciativa para realizar la orden primero. Con una leve sonrisa el profesor ordenó jugo de melón con lima. El estudiante sorprendido y conmovido miró al profesor como no acreditando lo que había pedido.
––No sabía que en Berlín sirven jugo de melón con lima, yo también quiero uno por favor (ordena el joven mirando primero al profesor, luego a la camarera).
––Yo tampoco, de hecho me enteré ayer cuando vine a leer un rato y le pregunté a la camarera qué tipo de jugos servían y cuando me dijo de melón con lima me quedé altamente sorprendido. Ya que hacía mucho tiempo no encontraba un lugar donde se sirva.
En ese momento una tercera voz intercedió entre alumno y profesor.
––Entonces traiga tres jugos de melón con lima. Bien fríos, sin azúcar y con hielo por favor.
El auto invitado era un hombre anciano. Canoso, pelo largo, alto y ojos verdes claro. Vestido con ropa oscura, desprolija y de poco cuidado. Sus ojos vidriosos parecían a punto de llorar. La camarera sin esperar consentimiento o desaprobación del profesor y el alumno se retiró a pasos veloces como si alguien le hubiera ordenado, además de los jugos, que se retirase inmediatamente.
-- Perdonen que me presente tan abruptamente. Mi nombre es Marcos y no me creerían, pero les juro que al escucharlos desde que llegaron me sentí conmovido por tres cosas. Los dos son muy parecidos a mi cuando era joven. Los dos parecen brasileros y a los dos evidentemente les gusta el jugo de melón con lima, algo que no es muy común aquí ni en ningún lado, excepto en el pueblo donde pasaba mis veranos.
––Usted también se llama Marcos?! No diga que usted también es de San Pablo? (pregunta el profesor).
––Sí. (contesta el anciano) ¿Ustedes también? Vivo hace unos años en Alemania, pero vengo de allí. ¿Les importa si me siento con ustedes?
––En absoluto. Lo que ocurre es que el joven es mi alumno y me solicitó una charla para conversar sobre sus proyectos académicos.
––Qué casualidad yo también soy profesor. Mejor dicho era, ahora ya estoy retirado.
––Un momento. (Interrumpe el joven). Acá los tres nos llamamos Marcos, somos de Brasil, de San Pablo, nos gusta el jugo de melón con lima y pertenecemos al mundo de la pedagogía! La camarera ms rápida de Berlín interrumpe el momento de sorpresa y sirve los jugos. Luego de una sonrisa sin ganas, pero bastante honesta para ser de camarera, se retira de la mesa.
––Debo admitir que estoy sorprendido. (Exclama Marcos, bueno podemos comenzar a llamarlo el del medio al que vino a Berlín recientemente a dar clases).
––Parece una obra de Becket (exclama el joven)... yo sí quería asesoría para un ensayo que tengo que entregar pronto, pero reconozco que este encuentro se puso mucho más interesante. Señor, disculpe... profesor de qué era usted? (mirando al anciano y olvidándose de su proyecto académico)
––Yo estudié varias carreras, tanto en Brasil como afuera, pero mi rama siempre fue la educación y lo que en aquella época comenzaba a interesarme era el medio ambiente y preservación de los recursos naturales.
Marcos del medio fue el primero en reconocer la situación. Ya no resistía el menor análisis la posibilidad de que aquel encuentro sea producto de la fortuna. Sin dudas para él había una circunstancia mayor que los había unido a tres tertulianos.
––¿Dónde solían tomar ustedes jugo de melón ? En San Pablo eso no es muy común... (pregunta el anciano)
––En un pueblo que se llama Pietro Portalho. (Responde el del medio).
––Ahí vivía mi abuela !! (Exclama el joven).
––Caralho. Ahí pasaba yo mi infancia!!!
––Yo también !
––Yo también !
Los siguientes diez minutos transcurrieron entre la sorpresa, el terror y la desconfianza del límite entre lo real y lo irreal. Sin parar de hablar, los tres se percataron que coincidían en todo. Los unía orígenes geográficos, aficiones, gustos, actividades, intereses, profesiones y la lista no terminaba nunca. Además coincidían en el aspecto físico, color de ojos, altura, facciones, dimensiones, todo indicaba desde lo biológico y lo social que se trataba de una coincidencia surreal o de la misma persona. Incluso coincidían en sus nombres y apellidos y en el nombre y apellido de sus padres y todos sus familiares y el origen geográfico de cada uno de ellos.
La magia había copado el escenario. De pronto las fronteras de lo que se percibe como terrenal quedaron obsoletas. Tres hombres de ciencia, ajenos a todo tipo de culto a la fábula y al encanto fantasioso resultaron sometidos a la más imbatible de todas las fuerzas: el asombro. Cuando ya todo parece resuelto, explicado, comprobado, aparece lo mejor que se conoce de esta vida: la brusca amabilidad de lo impensado.
––Insisto, esto solo se puede ver en una obra de Samuel Becket, pero díganme.. ¿A ustedes también les gusta Samuel Beckett?
El profesor y el auto invitado asintieron con la cabeza ante la inocencia del más joven.
––Hay que averiguar por qué estamos los tres acá, quién o qué hizo que nos reuniéramos, por qué y para qué... esto me asusta demasiado. (dice el del medio)
––Como el más viejo de los tres me parece injusto con ustedes esta situación. En mi caso se entiende más o suena más razonable, el hecho que semejante incidente surrealista se presente a mi edad. Con mi vida ya hecha, no creo que este episodio modifique tanto lo que me queda.
––No se trata de edades, me parece. Esto al fin y al cabo nos debe servir a los tres, o al mismo... ya no sé si somos tres o uno solo (dice el del medio).
––¿A qué se refiere profesor concretamente? ¿A qué tanta coincidencia responde a que somos la misma persona? (pregunta el más joven)
––Es que coincidimos hasta en el pensamiento. Cada palabra que dice uno, al otro le suena familiar como si tranquilamente pudo haber sido pronunciada por uno mismo. Sospecho (continúa el Marcos del medio) que si estamos los tres acá es porque tenemos que resolver un asunto que nos compete a los tres, más allá del factor generacional, hay algo por tratar que escapa a los límites de la edad. Lo que sea que nos hizo juntar sabe muy bien de qué se trata y quiere que lo averigüemos nosotros mismos.
––Si somos la misma persona yo no quiero que me cuenten lo que les pasó o lo que hicieron en sus vidas (afirma asustado el más joven).
––Quédate tranquilo (responde el del medio) no digamos nada de nada. Más bien concentrémonos en lo que puede ser la razón para este encuentro.
Los tres comenzaron a pensar en cuál podía ser la causa de ese encuentro que ya de casual no tenía nada. El cielo ya estaba cubierto de noche, la lluvia no paraba de caer con una fuerza poco habitual. Los jugos ya llevaban algunos minutos en el vaso sin ser bebidos por ninguno de los tres. Si alguien más observara el comportamiento de los tres, pensaría que estaba todo de un guión. Pues los movimientos a veces eran casi coordinados y en simultáneo, con una perfección como el equipo de nado sincronizado de la desaparecida Unión Soviética.
––Debe ser que algo hicimos mal los tres, o que algo no hicimos. O tal vez, uno de nosotros tiene que comunicarle algo a los otros... no lo sé, me estoy volviendo loco con tanto misterio (comenta el más joven interrumpiendo el ruido brusco de la lluvia).
En ese momento, el Marcos del medio mirando fijamente al más viejo le pregunta apuntándole con el dedo índice:
––Decime vos... ¿Qué fue lo que siempre quisiste hacer y nunca lo hiciste? Algo que por no hacer te persiga y te torture hasta hoy...
––Bueno muchas cosas
––Pero tiene que haber algo demasiado gravitante (replica el más joven)
––Bueno en efecto, hay algo que me persigue desde hace muchos años. No lo controlo, aparece en mi mente colándose sin pedirme permiso. Me acuesto y antes de dormirme se instala en mi mente. En ocasiones, cuando recuerdo lo que soñé la noche anterior, está eso allí. Lo que más me lamento de no haber hecho es no haber vuelto al pueblo donde murió mi abuela. Un pequeño pueblo en el estado de San Pablo. Siempre al levantarme lo primero que me viene a la cabeza es ese pueblo, el color verde de sus casas y la tranquilidad de las tardes en sus calles. Pero sin saber qué es, hay algo que me impide volver, es como un temor, una fobia o algo que me limita a acercarme allí.
––A mí me pasa algo parecido (dice el del medio con cara de haber encontrado plata en la calle). Hace muchos años no vuelvo al pueblo donde pasaba mi infancia y cada tanto siento una necesidad inmensa de ir, es como una melancolía que cada vez se hace más pesada. Pero nunca tuve el tiempo ni la disponibilidad. Además, reconozco que hay un factor psicológico, pues de pensarlo a veces me da un poco de miedo.
––Qué puta coincidencia caralho!! (grita el más joven). Yo añoro volver al pueblito donde pasaba mi infancia, pero no he podido volver por una razón no psicológica sino de realidad bien tangible.
––¿A qué te referís con una razón de realidad tangible ? (pregunta el del medio)
––Bueno, el pueblo donde vivía mi abuela ya no existe más. Fue desalojado el año pasado y será destruido en breve para construir un mega proyecto comercial. Una especie de centro comercial gigante, el más grande de Brasil y así ser reconocido como la capital latinoamericana del consumo.
––Joven, ¿cuál es el nombre de ese pueblo ? (pregunta el anciano con los ojos a punto de llorar)
––Antes se llamaba Pietro Portalho, ahora cambiará el nombre adoptando el de uno de los máximos auspiciantes de la mega obra.
––Un momento! (sentencia el del medio) Cómo puede ser posible que yo viviendo en Brasil a pocos kilómetros no me haya enterado!!!???
––Los medios lo han ocultado (explica el más joven), yo me enteré por unos compañeros de la universidad que son activistas y trabajan en proyectos antropológicos cerca de la zona e intentaron denunciar los desalojos pero fueron amenazados y silenciados por las autoridades locales.
Los tres permanecieron unos segundos impávidos, en silencio mirando los vasos con jugo de melón con lima aun llenos. El color del jugo era un verde pálido sin brillo.
Fin.