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La revista Aurora: un espacio de intervención conceptual en la escena político-cultural de la izquierda chilena de la década del ‘60 del siglo XX

Aurora magazine: a space for conceptual intervention in the political-cultural scene of the Chilean left of the 60s of the 20th century

Patricia GONZÁLEZ SAN MARTÍN
Universidad de Playa Ancha, Chile

La revista Aurora: un espacio de intervención conceptual en la escena político-cultural de la izquierda chilena de la década del ‘60 del siglo XX

Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 24, núm. 85, pp. 178-188, 2019

Universidad del Zulia

Recepción: 10 Octubre 2018

Aprobación: 04 Abril 2019

Resumen: La Revista Aurora fue uno de los dispositivos discursivos con los que se disputó la lucha ideológica por la hegemonía cultural en Chile y fue, además, el espacio intrapartidario donde se disputó teóricamente un concepto de lo político. En la Revista Aurora se escenificó una discusión conceptual y política dirigida por un propósito doble: al interior de la sensibilidad y la institucionalidad partidista, se puso en acto una intervención teórica de cuño gramsciano en la concepción leninista del partido. Más ampliamente, en el campo político-social del país, se trató del delineamiento de una política cultural que le disputara la hegemonía ideológica a la tradición social-cristiana.

Palabras clave: Aurora, Gramsci, discusión conceptual, marxismo en Chile.

Abstract: The Aurora Magazine was one of the discursive devices with which the ideological struggle for the cultural hegemony in Chile was disputed and was, in addition, the intraparty space where a concept of the political was theoretically disputed. In the Aurora Magazine a conceptual and political discussion directed by a double purpose was staged: within the sensibility and the partisan institutionalism, a Gramsci theoretical intervention was put into effect in the Leninist conception of the party. More broadly, in the political-social field of the country, it was the delineation of a cultural policy that disputed the ideological hegemony to the social-Christian tradition.

Keywords: Aurora, Gramsci, conceptual discusión, chilean marxism.

INTRODUCCIÓN

El estudio de la gestación y desarrollo de una filosofía de raíz marxista en Chile es, aún, una investigación emergente; en particular, el delineamiento de su singularidad en los distintos contextos epocales en los que ésta se ha dado y en el horizonte de un marxismo latinoamericano[2] es una empresa investigativa relativamente reciente que se mueve entre un trabajo de memoria y un estudio realizado bajo la mirada de una epistemología crítica. Desde esa perspectiva, ha sido Arturo Andrés Roig el filósofo del que hemos tomado orientaciones epistemológicas y pautas metodológicas para el trabajo de historiar las ideas de nuestro continente, orientaciones que, fundamentalmente, dicen relación con vincular la producción discursiva a la emergencia de sujetividades que se reconocen en su valor y capacidad de acción crítica y transformadora[3].

Bajo este señalamiento, nos hemos concentrado en estudiar la producción teórica desarrollada bajo el alero del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz (ICAL), –Centro de estudios dependiente del Partido Comunista de Chile–, institución que durante todo el siglo XX y, muy particularmente en la década del ‘60, desarrolló importantes proyectos editoriales a partir de los cuales se puso en escena una discusión teórica con la que, según hemos indicado en otros lugares[4], se ha vertebrado en Chile, con una autonomía relativa, una filosofía de raíz marxista. Hablamos de una autonomía relativa porque entendemos que la producción filosófica de raíz marxista en Chile se realiza sin establecer un diálogo directo con otros grupos teórico-políticos del continente –con el grupo liderado por José Aricó y Juan Carlos Portantiero en Argentina por ejemplo– razón por la cual hablamos de un desarrollo filosófico marxista local, esto es, una producción teórica singularizada por su específico contexto de enunciación. Bajo este respecto conviene señalar que la filosofía marxista en Chile en la década precisada se desarrolló en dos espacios distintos: el ICAL y el Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile. Se trata, afirmamos, de dos maneras distintas de aproximarse a la obra de Marx y a los marxismo del siglo XX: una modalidad ‘militante’ que recurre a la discusión filosófica para argumentar y sostener un determinado proyecto político; la otra, una forma ‘académica’ para la cual la perspectiva marxiana da la posibilidad de criticar la concepción y el ejercicio de la filosofía al interior de la institucionalidad universitaria chilena.

Bajo esta distinción topográfica, hemos identificado a tres pensadores que le dieron forma a eso que denominamos una filosofía marxista en Chile: los filósofos Sergio Vuskovic, Osvaldo Fernández y Juan Rivano. Vuskovic y Fernández son los nombres bajo los cuales se articula una discusión filosófica desde la militancia partidista; Rivano, en cambio, es el nombre de un marxismo desarrollado en la academia universitaria[5].

Lo que nos interesa afirmar con esta distinción topográfica es que el estudio de una filosofía marxista en Chile demanda atender las distintas voces que la han pensado, distinción signada por el lugar de enunciación; así, lo que hemos llamado una filosofía ‘militante’ logró sortear lo que José Santos ha llamado la distorsión profesional[6] en el ejercicio filosófico en Chile. Por el contrario, el ejercicio filosófico de Vuskovic y Fernández atendió a demandas, cruces problemáticos y discusiones teóricas bien específicas vinculadas a la reformulación del humanismo desde una perspectiva crítica y en vistas de un proyecto de transformación social. Bajo este respecto, advertimos una impronta anti-althusseriana, heterodoxa, un marxismo que se concibió como filosofía de la praxis por lo que debía ampliar el campo problemático a pensar y, sobre todo, un marxismo que debía considerar y responder muy atentamente a la condición política local en que se desarrollaba.

Desde esta perspectiva, la tesis que articula este escrito es que en la labor teórica y editorial del ICAL, y muy particularmente en una de sus publicaciones periódicas, la Revista Aurora, se escenifica una discusión conceptual y política dirigida por un propósito doble: al interior de la sensibilidad y la institucionalidad partidista, pone en acto una intervención teórica de cuño gramsciano en la concepción leninista del partido. Más ampliamente, en el campo político-social del país, se trató del delineamiento de una política cultural que le disputara la hegemonía ideológica a la tradición social-cristiana. En lo que sigue de este escrito desarrollaremos los argumentos que permiten sostener tal tesis.

EDITORIALISMO PROGRAMÁTICO, REDEFINICIONES IDEOLÓGICAS

Las revistas culturales son valiosos documentos de cultura ya que se configuran a partir de un espíritu colectivo que despliega un determinado posicionamiento ideológico, político y estético en una época determinada. Son, al decir de Fernanda Beigel[7] un tipo de documento histórico donde se puede apreciar en toda su complejidad y riqueza discursiva las tensiones y conflictividades del campo cultural de una época. Son también el lugar donde se articula política y cultura, dando origen a lo que Beigel ha dado en llamar editorialismo programático, esto es, una determinada forma de difusión cultural ligada a aspiraciones de cambio social[8].

Las Revistas culturales se convirtieron en importantes proyectos editoriales, tal es el caso de las Revistas Amauta, Babel, Martín Fierro, Claridad; cada una de ellas, movilizó nuevas sensibilidades estéticas asociadas a nuevas ideas políticas indicativas de la emergencia de sujetos de la acción social. Así, Beigel afirma: “las revistas adquieren un carácter objetivo de análisis capaz de arrojar luz sobre las particularidades de la construcción de un campo cultural en base a un proyecto colectivo”[9], por lo que a partir de ellas se pueden leer las redefiniciones ideológicas y las reconfiguraciones conceptuales en vistas de la rearticulación de programas políticos.

Osvaldo Fernández, también, ha puesto sobre relieve la importancia de estudiar las Revistas culturales, ya que por su carácter colectivo permiten figurar en su complejidad y riqueza las voces de una generación en una época determinada; así, sostiene Fernández, estudiar las ideas de José Carlos Mariátegui es algo que no se agota en sus textos individuales, sino que requieren la mirada hacia su proyecto editorial, la Revista Amauta: “Amauta –afirma Fernández– es el lugar donde transita la nueva experiencia cultural, la vanguardia artística e intelectual peruana y mundial pero que recoge y recrea el incaísmo originario que convoca entonces al indígena en una experiencia crítica hacia la oligarquía peruana”[10]. En efecto, Amauta es la Revista de las primeras décadas del siglo XX que alberga a la vanguardia occidental en América Latina y que, según la voluntad de su editor, ha de constituirse en un medio de polémica y de debate en vistas de la transformación social del Perú.

Dentro de la escena teórico política que se abre en los años ‘60 del siglo XX, fundamental es mencionar el proyecto editorial de José Aricó y sus colaboradores los que, en 1963, dan inicio a Pasado y Presente, la Revista que activa el debate teórico y político en el centro de la militancia marxista argentina y latinoamericana desde la apertura conceptual que posibilitó la lectura y traducción de las obras de Antonio Gramsci. Por nuestra parte pensamos que la Revista Aurora, en una dimensión local y sin romper con la estructura partidaria sino que, todo lo contrario, con la intensión de redireccionar la política del Partido Comunista chileno desde dentro, articuló una intervención gramsciana.

Como puede apreciarse, publicar en el formato de revistas afirma una voluntad colectiva a partir de la cual se configuran nuevas sensibilidades y, por sobre todo, se articula discursivamente lo ideológico y lo político en una época determinada. Las revistas culturales son, pues, un espacio de autoafirmación subjetiva que se construye justamente a partir del debate, la polémica, la puesta en cuestión de los códigos con los que se ha venido leyendo la contingencia.

En esta perspectiva, César Zamorano ha indicado recientemente: “Las revistas, por tanto, pueden ser vistas como el espacio disponible en torno a las cuales se diseñan complejas relaciones entre cultura y política, entre proyectos estético-culturales y su intervención en el imaginario colectivo y social. En definitiva, este corpus constituye un material privilegiado para comprender redes culturales, movimientos estéticos, literarios y políticos que tuvieron mayor o menor resonancia en el devenir latinoamericano”[11].

En efecto, Zamorano es uno de los estudiosos chilenos de las revistas culturales de la época de la Unidad Popular; sus indagaciones han puesto sobre relieve el editorialismo programático de distintas sensibilidades de la izquierda chilena de la época y, en ese campo, ha asociado la emergencia de proyectos editoriales a la discusión referida a la reconfiguración de la identidad nacional en esa década de transformaciones profundas. En esa óptica, ha indicado que la revista Cormorán fue un proyecto decisivo en la discusión acerca del papel de la cultura en el ideario de la Unidad Popular desde la perspectiva de articulación de un proyecto antiimperialista y desde una concepción identitaria nacional-popular[12].

En nuestro caso, se trata de entender la posición teórico política que levantó la Revista Aurora en la década del ‘60 del siglo XX. Nuestra tesis es que la Revista Aurora fue uno de los dispositivos discursivos con los que se disputó la lucha ideológica por la hegemonía cultural en Chile y fue, además, el espacio intrapartidario donde se disputó teóricamente un concepto de lo político. En tal sentido, Aurora actuó como un complemento indispensable de la disputa política. La Revista Aurora fue uno de los espacios donde la concepción gramsciana de la política intervino/tradujo la perspectiva leninista del Partido Comunista chileno. En efecto, Lenin a través de Gramsci, al interior de la escena de fuerzas de la izquierda chilena de la década del ‘60, supuso complejizar el rol y campo de acción del partido en un contexto signado, además, por las consecuencias del XX congreso del PCUS. De manera más específica, nuestra tesis indica que Gramsci, su concepto de la lucha política es la respuesta que la joven generación de militantes-filósofos del Partido Comunista da a la necesaria apertura política que la época reclamaba; de manera más específica aún, señalamos que la intervención en el campo de la cultura, a través de la Revista Aurora y, complementariamente, a través de la creación del Instituto de Investigaciones Marxistas (IDIM)[13], es la fórmula que encuentra esta joven generación de pensadores militantes para tensionar la escena política tanto al interior del Partido como fuera de él, la forma de intervenir el concepto de lo político en un escenario signado por los binarismos reforma/revolución, revisionismo/ortodoxia[14].

GRAMSCI, LA APERTURA HACIA OTRA POLÍTICA

Osvaldo Fernández ha indicado que la década del ‘60 del siglo XX puede ser identificada como un segundo momento de recepción y lectura de Antonio Gramsci en América Latina[15], una que se halla signada, en el campo de la teoría, por el efecto Althusser en la filosofía y la política europea y latinoamericana. En efecto, la emergencia del filósofo estructuralista francés implicó un tránsito teórico al modo de una ruptura con la perspectiva fenomenológica de cuño heideggeriano, esto es, desde una filosofía de la superficie orientada por el par sujeto-objeto, hacia una filosofía que desdoblaba lo real en una profundidad concebida como lo otro que la superficie. Así, Althusser, para el marxismo de los años ‘60, había venido a cernir la sospecha sobre la práctica política y a encausarla a partir de un ejercicio de vigilancia teórica, lo que fue interpretado como un necesario retraso de la praxis y su subordinación al esclarecimiento de la verdad del concepto. Para los jóvenes filósofos chilenos, el efecto Althusser venía a restituir ‘lo típico del esquema estalinista’, tensionando, desde la idea de ortodoxia, la práctica política.

En ese escenario, los jóvenes filósofos militantes chilenos leen a Gramsci, el pensador que les permite movilizar el concepto de lo político, desprenderlo del concepto prefijado por el trabajo de la abstracción para dejarlo operar con la soltura de la especificidad irreductible a lo que en ese momento se presentaba como la verdad ya acontecida en el texto marxiano. Gramsci permite, además, volver sobre la obra de Marx y advertir sus matices: “el concepto de lo específico, el estudio de lo propio de cada escrito, el rigor interno, la lógica de cada texto”[16]. Para Fernández, Gramsci vino a morigerar la recepción de Althusser, específicamente la asociación de la idea del marxismo como ciencia posible solo a través de una lectura ortodoxa.

Gramsci es la figura que impulsa a la redefinición de lo político, por lo tanto, significa una emergencia teórica al interior del Partico Comunista chileno. Interpela los campos de acción del partido, interpelación que se efectúa al modo de una discusión teórica relacionada con los conceptos ciencia e ideología. Gramsci es el teórico que le permite a los filósofos militantes articular una relación no polar entre ambos conceptos; de lo que se trató es de pensar la verdad científica del materialismo dialéctico pero soslayando el concepto de ruptura epistemológica althusseriano. Así, para estos filósofos, la verdad de la ciencia marxista solo puede advenir como un movimiento del concepto que se deja interpelar por la singularidad de la situación. Para decirlo en categorías conocidas, pensar a Marx y con Marx al modo de una filosofía de lapraxis[17] por sobre un teoricismo frío. Gramsci le permite a Vuskovic y Fernández resignificar la problemática teórica marxiana en equilibrio con la problemática-inmediata, esto es, balancear el tratamiento de lo contingente, sin consideraciones aisladas y sin caer en un empirismo ingenuo, acompasado por una orientación teórica sin dogmatismo, porque lo que está en juego es la posibilidad de una elaboración teórica de la propia experiencia política. En ese sentido, los análisis de Gramsci sobre la política, posibilitan la restitución de la idea de sujeto –recordemos, la emergencia de las tesis althusserianas referidas a que el concepto materialista de la historia es sin sujeto[18]–, esto es, la reconsideración que hace Gramsci del ‘lado activo’ del conocimiento, actividad que para ser tal, debe considerar a la voluntad[19]. Gramsci es la perspectiva crítica que posibilita la propuesta de un marxismo cálido, para usar la categorización de Martín Cortés[20], uno que critica el economicismo y el determinismo de las relaciones sociales que piensan sin resto la configuración del individuo. Gramsci es importante porque no solo es, según muchos, el tercer intelectual más importante de la historia del marxismo, sino también un teórico moderno que recoge y resignifica lo mejor del legado teórico del humanismo. “El hombre para Gramsci es un proceso, el proceso de sus actos”[21], en ese proceso, el sueño, la utopía, los mitos deben ser pensados por el marxismo en cuanto componentes movilizadores de la conciencia, los componente que pone a los hombres en el exceso de todo determinismo, contra el fatalismo de lo objetivo estructural.

GRAMSCI, LA OTRA COMPRENSIÓN DE LA IDEOLOGÍA

Como sabemos, Gramsci es el teórico que muestra la importancia de la lucha y confrontación ideológica en el campo de la sociedad civil, justamente porque amplía y complejiza el concepto de lo político, la ideología es materia de disputa, por lo tanto, las intervenciones en el campo cultural se vuelven estratégicas en la lucha por la transformación social.

En ese sentido, Gramsci es el pensador que refuerza la lectura del joven Marx en la joven generación de filósofos militantes, toda vez que las tesis de los Manuscritos económico filosóficos y de las Tesis sobre Feuerbach, vinieron a resignificar el humanismo desde una perspectiva materialista; Garmsci es el pensador que refuerza la idea de que la lucha política es una lucha por una autoconciencia de clase y, por lo tanto, una disputa por la hegemonía de las ideas regulativas de la sociedad. Es en este contexto discursivo que Garmsci hace sentido en nuestros intelectuales militantes; así, la lucha política adquiere un sentido más complejo, la creación de una nueva cultura, la articulación de nuevos sentidos, lo que posiciona al trabajo intelectual en tal articulación, para Gramsci, de un ‘humanismo real’.

Con Gramsci se puede enunciar una política revolucionaria que considere la articulación y ampliación de nuevos consensos de clase y sectores de clase, porque se pone como foco la disputa ideológica que es una disputa que afecta a toda la sociedad. Por eso, persuasión, discusión, “guerra de posiciones” en vistas de movilizar los aparatos ideológicos de la sociedad civil. En ese sentido, el año 1964 fue un año fundacional, según lo que hemos podido analizar, para la discusión de lo ideológico; así, Aurora, dará inicio a los que consideramos un programa de discusión referida al concepto de revolución, en el sentido de disputar su sentido con lo afirmado por el pensamiento social cristiano[22].

La ideología es una determinada visión de mundo que se articula a partir de los intereses de la clase dominante[23]; lo interesante que enfatiza Gramsci es el carácter práctico de esas ideas, porque la ideología posee un carácter normativo sobre la conducta. La ideología configura el sentido común, por lo tanto, para Gramsci, el marxismo entendido como filosofía de la praxis es una lucha conciente por la transformación de ese sentido común, lucha que opera con una cierta autonomía de la dimensión material estructural. En ese sentido, la ideología no puede oponerse de manera binaria a la verdad de la ciencia, sino que se transforma en la superficie sobre la que hay que transitar políticamente.

Gramsci hace ver que la lucha por la emancipación puede y debe pensarse como lucha por la hegemonía, precisamente porque dominados y dominantes comparten la misma estructura de sentido y un cierto consenso tácito desplegado a través de distintas estrategias discursivas con las que se ejerce el liderazgo moral e intelectual y la imposición de una determinada concepción de mundo. Es importante la distinción de Gramsci en torno a identificar la dimensión ideológico-cultural de la hegemonía, dimensión distinta a la que circula por los aparatos jurídico-institucionales del Estado. Lo interesante que destaca Gramsci es que la dimensión ideológica no es un espacio homogéneo, por el contrario, es un espacio de fricciones y luchas, es un campo abierto donde las subjetividades no están decididas. Así, la disputa ideológica se actualiza en el espacio de la cultura, al modo de una disputa sensible y simbólica, por lo que, desde el punto de vista del trabajo intelectual, “se vuelve central analizar los modos en que se constituyen los regímenes de creencias y amalgamas culturales”[24], lo que hace volver a pensar el tema del Estado justamente en el sentido de pensar su proyección –no su destrucción– bajo una renovada hegemonía político-cultural[25]. Desde esta perspectiva se entiende el interés de Gramsci por estudiar la configuración del lenguaje y la historia de la literatura italiana, los lugares desde donde ensayar una fenomenología del espíritu italiano siempre en clave política[26]. Este señalamiento fue recogido por los editores de la revista Aurora, donde se ensaya una fenomenología de la creación artística y literaria nacional y continental, una que reconstruya y recree la sensibilidad de lo popular[27].

En ese sentido, los jóvenes filósofos chilenos que leen a Gramsci, entienden la importancia de ese espacio de disputa simbólica –sobre todo en el contexto de la concepción althusseriana de sujeto político sobre-determinado por la estructura, como ya hemos indicado–. En ese sentido, Gramsci flexibiliza el campo político, lo des-determina y abre las posibilidades de diálogo, sobre todo la posibilidad de un diálogo/traducción del proceso de reforma agraria iniciado por el reformismo católico, resignificado en clave marxista[28].

Gramsci permite enfrentar las definiciones políticas del partido a la luz de un efecto de superficie, la esfera de lo que aparece con el peso y la realidad de su aparecer. Por lo tanto, lo político puede empezar a comprenderse en su fenomenalidad y autonomía relativa. Por eso, también, Maquiavelo y Lenin serían, en este sentido, lugares del pensamiento propiamente político como pensamiento expresivo, es decir, pensamiento que reconoce en el mundo de las creencias la dimensión materialista de las posibilidades de organizar la fuerza de las clases subalternas”[29]

Entonces, lo que afirmamos es que para entender el tipo de publicación que significó Aurora, es necesario considerar la escena de intervención conceptual que significó Gramsci para redefinir lo político en el contexto marxiano-leninista del PC chileno.

GRAMSCI (MAQUIAVELO) PARA VOLVER A LEER A LENIN

En un contexto signado por la ortodoxia del marxismo-leninismo, según lo estatuido por el estalinismo soviético, Gramsci representa la posibilidad de redefinir el significante partido revolucionario. Así, el partido es el nuevo Príncipe que debe saber actuar en el espacio de autonomía relativa del campo político. Nuestros filósofos quieren poder pensar lo político como un espacio de autonomía relativa de la praxis. Aquí, para estos filósofos, la autonomía habría que entenderla en dos dimensiones: a) reposicionar el campo de acción de las subjetividades por sobre el concepto de sobre-terminación de Althusser y, b) contra la ortodoxia estalinista y la lectura mecanicista. Para los filósofos chilenos, se trata de recuperar y resignificar en su contingencia el análisis gramsciano del partido, verlo en su “historicidad concreta, en su universo sociológico, no solo como un instrumento, (…) [sino] como un actor de la sociedad civil”[30]. Estudiar al partido en los sujetos que lo hacen actuar, en el binomio inseparable de política y cultura, lo que supone insertar el análisis del partido en el seno de la configuración de la historia nacional, con sus específicos problemas sociales[31]. Bajo este señalamiento se hace claro para nuestros intelectuales que un aspecto a tratar es el fenómeno religioso, su desarrollo histórico e institucional en la modernidad y fundamentalmente la emergencia de posiciones progresistas de la Iglesia latinoamericana[32].

Esto último supone la elaboración del marxismo de Lenin, lo que presupone desplegar la filosofía de Lenin para re-elaborar su política. Eso es lo que Gramsci elaboró como filosofía de lapraxis a partir de una atenta lectura de Maquiavelo. La virtud del príncipe es “la eficacia colectiva del partido para con la cosa del Estado”[33]. Desde Gramsci, los jóvenes filósofos apuestan por una redefinición de lo político a través de complejizar los campos de acción del partido desde la lógica de la disputa hegemónica al interior de la izquierda. Por lo tanto, dotar de un cuerpo al liderazgo contra-hegemónico, un cuerpo que puede emerger en su labilidad –por sobre la rigidez– cosa que solo será posible a partir de una atenta fenomenología de lo local. Solo así, el partido podrá ser “el instrumento que permite la trabazón dialéctica entre la teoría socialista, la filosofía de la praxis y la práctica revolucionaria del proletariado”[34].

Esta cita nos indica que los filósofos marxistas entienden que Gramsci ofrece una posibilidad de apertura y movilidad teórica-conceptual, justamente porque los textos –de Marx y Lenin– son leídos en su complejidad, especificidad y diferencialidad, no como casos de una misma lógica ya decidida. Ello implica sopesar la relevancia de los tiempos históricos de escritura para, así, advertir el estatuto teórico de cada texto cuestión importante para alcanzar “el equilibrio necesario entre realidad y teoría (…) para no caer en un empirismo grosero, ni en un teoricismo abstracto”[35]. Los filósofos chilenos entienden que la recepción de un cuerpo teórico debe suscitar siempre un trabajo de traducción, ya que traducir “es el modo específico y creador de cómo se asume una herencia”[36].

Para finalizar, lo que nos ha interesado plantear es el tipo de operación teórica que escenifica la revista Aurora en la década señalada. Una operación teórica que pretendió sostener argumentativamente un programa político destrabado, esto es, una política que soslayara los binarismos con que la ortodoxia del PC había venido operando. Así, la perspectiva gramsciana del marxismo permitía desbaratar las posiciones polares y abrir un campo para el pensamiento y para la acción donde resignificar, descomponer y recomponer las relaciones entre las clases a partir de la disputa por la hegemonía. Ello significó una apertura al diálogo de los marxistas con otras perspectivas teóricas y políticas, en el convencimiento que la discusión abierta iba a abonar el camino hacia una cultura crítica y transformadora.

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Notas

[1] El texto es el resultado del proyecto de investigación HUM 05-1617 financiado por la Dirección General de Investigación (DIGI) de la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, Chile. En ese contexto, quiero agradecer a la señorita Andrea Pinol Bassi, bibliotecóloga de la Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz por permitirme el acceso a las dependencias y al material de estudio en un momento en que se encontraba cerrado al público. Sin su consideración y deferencia, este trabajo no habría sido posible.
[2] Horacio Cerutti ha indicado que, en el trabajo de historiar las ideas filosóficas de nuestros países, es necesario considerar la regionalidad de las ideas, lo que supone reconocer áreas geoculturales para determinar cómo operan las ideas en la compleja trama socio-histórica en que ellas emergen. Así, la regionalidad de las ideas complementa la específica nacionalidad de las ideas (Santos: 2010), para entender la singularidad de las discusiones en un espacio geofilosófico común, en este caso, América Latina (Cerutti: 1986, p. 45). Complementariamente, para nuestro trabajo, la denominación marxismo latinoamericano se sustenta en los análisis de José Aricó a partir de los cuales examina cómo los latinoamericanos se encuentran con Marx y, a su vez, cómo Marx tuvo más bien un desencuentro con América Latina (Aricó: 2010). Por su parte, también, hemos tomado los señalamientos de Jaime Massardo quien ha constatado: “Así entonces, el marxismo que llega a nuestra finis terrae austral debe entenderse como la historia de las formas concretas en que determinadas fuerzas sociales han hecho en Chile su encuentro con Marx, de las lecturas, de las prácticas, en definitiva, de la cultura política que este mismo encuentro ha ido generando en ellas” (Massardo: 2012, p. 20).
[3] Arturo Roig resignifica la relación entre la filosofía, su ejercicio, y la emergencia de un sujeto; de los señalamientos respecto de la normatividad de la filosofía de Kant y Hegel, Roig formula una categoría fundamental para la definición del ejercicio filosófico, se trata de la noción de a priori antropológico, la dimensión axiológica que complementa y posibilita la puesta en acto de la dimensión lógico formal del filosofar. Lo importante para Roig es que todo ejercicio filosófico supone la afirmación de un sujeto desde la singularidad de su existir, sujeto que “se pone a sí mismo como valioso y, consecuentemente, tiene como valioso conocerse a sí mismo” (Roig: 2009, pp. 11-12).
[4] González: 2014, pp. 9-32; 2015, pp. 179-198; 2016; 2017.
[5] En el contexto de estudio de la filosofía en Chile, el único filósofo chileno asociado a la perspectiva marxista en Juan Rivano. Al respecto se puede revisar los trabajos que analizan la obra del profesor de la Universidad de Chile: Sánchez: 1992; Jaksic: 2013; Naranjo: 2001; Abufón: 2011.
[6] “El filósofo profesional adquiere entonces el perfil de un especialista, miembro de la elite y, por lo tanto, aislado del resto del mundo (…) Aparece la figura del filósofo del despacho –como dice Sánchez– donde se abstrae del mundo y de sí mismo”. Santos: 2015, p. 25.
[7] Beigel: 2003, pp. 105-115.
[8] Ibíd., p. 107.
[9] Ibíd., p. 111.
[10] Fernández: 2010, p. 84.
[11] Zamorano: 2016, p. 253.
[12] Cfr. Zamorano: 2016, p. 217.
[13] En 1970 es inaugurado el Instituto de investigaciones marxistas, bajo el alero del ICAL; su existencia fue breve –debió cesar su trabajo luego del golpe de Estado de 1973– sin embrago, en el ámbito de la discusión filosófica se publicaron dos textos importantes bajo la responsabilidad del entonces joven filósofo Sergio Vuskovic: ¿Lenin o Marcuse?, IDIM-ICAL, Santiago, 1970; Lenin, antifilósofo, IDIM-ICAL, Santiago, 1971.
[14] En este sentido, disentimos de la afirmación de Oscar Ariel Cabezas para quien Gramsci fue reducido a su condición de héroe encarcelado, en desmedro de su potencialidad teórico-política por parte de la institucionalidad partidista: “A la estructura de poder de los partidos comunistas –y Chile no era una excepción– siempre le fue más útil el martirio del héroe sacrificado que la complejidad del pensamiento teórico-político. En el sentido común (…) de algunos círculos partidarios (…) era percibido como un ícono de culto al sacrificio y no tanto un teórico capaz incluso de pensar desde la exterioridad del aparato de control y vigilancia del partido” (Cabezas: 2015, p. 95). Justamente nuestra tesis apunta a contradecir tal afirmación, en el entendido que sí hubo una recepción y recurrencia teórica a Gramsci, por lo que hablamos de una intervención gramsciana en el comunismo chileno de la década del ‘60 del siglo XX. Se trata, sostenemos, de una irrupción teórica que se escenifica en la Revista Aurora.
[15] Un primer momento, para Fernández, es la década del ‘20 del siglo XX, con Mariátegui: “no se trata de una lectura, sino de una identificación espiritual, donde la misma agonía les lleva a similares adhesiones teóricas y políticas, y a un idéntico comportamiento intelectual” (Fernández: 1987, p. 211). Un tercer momento, es la escena que se abre en los años ‘80, ante las interrogantes que para la izquierda chilena y latinoamericana abre la lucha por la recuperación de la democracia arrebatada por las dictaduras (Ibíd., pp. 221ss). Jaime Massardo indica también que la primera referencia a Gramsci en América Latina es en la época de Mariátegui en una selección de artículos compilados bajo su Defensa del marxismo. Luego Massardo coincide también en que el segundo momento de recepción –para él bastante más protagónico– es la lectura que harán de Gramsci algunos jóvenes militantes comunistas; se trata de la traducción que hacen los argentinos José Aricó y Héctor Agosti, en la editorial Lautaro, de los Cuadernos de la cárcel. Cfr. Massardo: op. cit., pp. 44-56.
[16] Fernández: op. cit., p. 219.
[17] Adolfo Sánchez Vásquez ha indicado de manera concisa que Gramsci entiende al marxismo como una filosofía de la praxis, esto es, inmanentismo, historicismo y humanismo absoluto (2003, p. 66).
[18] Cfr., Althusser: 1969, p. 22.
[19] En efecto, voluntad e inteligencia, dos dimensiones in-escindibles para pensar la política, eso es lo que Gramsci restituye y resignifica desde una atenta lectura de los clásicos: Maquiavelo, la filosofía idealista alemana y Goerge Sorel, justamente “para no ser prisionero de los esquemas abstractos de la lógica formal” (Piñón: 2016, p. 36). Se trata de que advenga una voluntad colectiva que abra el tiempo; el arte de la política es el arte de hacer advenir lo nuevo desde la inmanencia de la acción.
[20] Cortés: 2011, p. 122.
[21] Piñón: op. cit., p. 40.
[22] Al respecto, podemos destacar los artículo de González-Dagnini, A., “El problema de la natalidad, su posición y la nuestra”, De León, C., “La visión cristiana de la revolución”; Vuskovic, S., “La política perenne y las encíclicas”; Fernández, O., reseña al libro de Luis Vitale Esencia y apariencia de la Democracia Cristiana, Aurora, abril-junio, 1964; Vuskovic, S., “La noción cristiana de propiedad”, Aurora núm. 7, 1966.
[23] Gramsci: 1971.
[24] López: op. cit., p. 22.
[25] María Pía López ha indicado con claridad que la gestación gramsciana del concepto de hegemonía habría que asociarlo al proceso de constitución del estado nación italiano que supuso un movimiento de homogeneización de lo heterogéneo a partir de la gestación de una cultura nacional y de una lengua común. En ese sentido el lenguaje, en un contexto de constitución de lo nacional, es fundamentalmente el vehículo de traducción de lo diferente a un común. (Cfr. Ibíd., p. 20).
[26] Piñón: op. cit., p. 39.
[27] Cfr. Moretic: 1965; Maldonado: 1967; Moretic: 1967; García: 1967. En el artículo, su autor identifica y analiza a diversos de compositores doctos chilenos cuyos trabajos dan cuenta de una voluntad de creación de un lenguaje popular-nacional (Moretic: 1967). Habría que considerar también, distintos artículos aparecidos en el núm. 12, 1967, dedicados a analizar el significado de los nuevos lenguajes de la creación teatral y cinematográfica europea de la década del ‘60.
[28] Cfr. Aurora, núm. 3, 1964; Aurora núm. 7, 1966; Aurora, núm. 15, 1968.
[29] Cabezas: op. cit., p. 108.
[30] Piñón: op. cit., p. 134. “El partido, para Gramsci, ya no estaba radicado en la fase corporativo-económica, en pura organización técnica por dogmas que defender, sino en ese momento de reforma intelectual y moral en orden a la creación de una nueva cultura”(Idíd.m p. 142).
[31] En ese sentido, bien enfatiza Oscar Ariel Cabezas: “En política, para Gramsci, no habrá nada naturalizado por las criptas epistemológicas del saber (…)” (op. cit., p. 99).
[32] Vuskovic: 1964; Vuskovic: 1966; Vuskovic: 1967.
[33] Fernández: 2014, p. 24. Por su parte Gramsci lo planeaba así: “El desarrollo del partido en Estado reactúa sobre el partido y le exige una continua reorganización y desarrollo (…) planeándole nuevos y originales problemas a resolver” (Gramsci: 2003, p. 177).
[34] Fernández, O., “Prólogo”, op. cit., p. 27.
[35] Fernández, O., “Tres lecturas de Gramsci en América Latina” op. cit., p. 220.
[36] Fernández, O., “Prólogo”, op. cit., p. 15.
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